Por fin fui capaz de sentarme y obligarme a escribir un nuevo capítulo de está historia.
Kalim continúa con su incierta cruzada.
Here We Go...
Se dejó llevar por el flujo del río, que se calmó un poco a medida que la corriente lo arrastraba. El frío del agua calaba los huesos y helaba hasta la sangre pero a pesar del cansancio y el dolor de sus miembros debido a la baja temperatura no se rindió. Kalim se mantuvo a flote, alzando la cabeza sobre la superficie del agua y manteniendo los brazos extendidos y usándolos como remos para evitar ser arrastrado por el peso de sus ropas empapadas y la alabarda en su espalda.
No supo cuánto tiempo estuvo dejándose arrastrar en la oscuridad, oyendo solo el murmullo del agua y su respiración agitada y temblorosa debido al frío envolviéndolo hasta que al fin, a lo lejos entre la espesa masa de tinieblas pudo divisar un rayo de luz de sol abriéndose paso desde arriba, débil a medida que se acercaba a la superficie del agua. El Príncipe achicó los ojos en un intento por afilar su vista y así distinguir mejor de que se trataba aquello y lo más importante, descubrir cómo utilizarlo para escapar de una tumba de agua.
Y entonces, apenas distinguible desde su posición, notó un objeto que se mantenía quieto en el aire a poca distancia de la superficie del agua caudalosa, sostenido por una cuerda que venía desde arriba, desde donde el punto de luz se filtraba. Ahí lo supo, la luz de día se colaba en esa caverna subterránea a través de un pozo de agua, tal vez de alguno de los tantos que había en las casas nobles o incluso en el palacio, como fuera, ese cubo para el agua era su apuesta segura para escapar de la oscuridad hacia la luz del día, para retomar su camino y volver a centrarse en su misión.
Con energías renovadas ante la expectativa de abandonar ese deprimente lugar y un trágico destino, el joven indio se preparó, física y mentalmente, para aprovechar la oportunidad. El cubo no estaba muy lejos de la superficie acuosa pero debería de estirarse un poco para afianzarse de él y poder trepar a la cuerda que le permitiría alcanzar su libertad. Solo tenía una oportunidad, más allá en la oscuridad no se podía divisar otro punto de luz como ese, al menos no todavía, no sabía si aguantaría más tiempo flotando en esas aguas.
Finalmente, estuvo a poca distancia del cubo, y haciendo acopio de las fuerzas que reunió y la determinación que tenía de cumplir su misión hasta el final, se impulsó hacia arriba todo lo que el peso de sus ropas empapadas y su arma le permitieron, estirando sus brazos casi entumecidos hacia su objetivo, las puntas de sus dedos rozando la madera antes de que otro impulso de decisión lo hiciera hacer un último esfuerzo, dando un grito de júbilo que retumbó en las profundidades cuando sus manos lograron afianzarse de la madera.
Se tomó unos instantes para reunir más energías surgidas de su logro y antes de tardarse demasiado y arriesgarse a que el cubo se rompiera o se soltara de la cuerda que lo sostenía, Kalim impulsó su cuerpo hacia arriba, jadeando mientras sus dedos helados se cerraban sobre el borde de la madera. Ya estaba fuera del agua pero todavía no fuera de peligro, sus manos estaban resbalosas y el agua hacia su cuerpo más pesado. Sin perder más tiempo, el Príncipe alzó una mano para afianzarse de la cuerda, y una vez bien agarrado, alzó la otra, levantando y cerrando sus piernas alrededor del cubo de madera. Tomó aire, descansando un momento, antes de alzar los ojos hacia arriba, teniendo que entrecerrarlos debido a la luz que después de estar tanto tiempo entre tinieblas, lo encandilaba. Ahí estaba la salida de esa pesadilla subterránea.
Endureciendo sus rasgos y con una mirada de determinación en sus ojos negros, el Príncipe comenzó a trepar la cuerda, sus poderosas manos aferrándose con fuerza para evitar resbalar, sin quitar la mirada de su objetivo allá arriba. A su mente vinieron recuerdos de sus días de entrenamiento en su temprana juventud, como su mentor en ese entonces lo había hecho entrenar todos los días hasta casi desfallecer del agotamiento, recordándole que siempre se exigiría más de él por ser el Príncipe, el heredero, en quien descansaría el destino de una nación alguna vez, y que cada obstáculo que superaba en su entrenamiento para el ejército era una prueba de lo apto que era para un día tomar el lugar de su padre en dirigir y proteger a su gente. Ahora, esas palabras resonaban más fuerte en su cabeza.
No solo el destino de su gente dependía de que superara ese obstáculo, se trataba de todo el mundo, las Arenas lo consumirían todo a su paso muy pronto, en esas horas quien sabe hasta que rincón del mundo habrían llegado ya, llevando su nube de destrucción y muerte, convirtiendo a millones de inocentes en grotescas versiones de si mismos, obligadas a servir a un amo cruel y traicionero, una serpiente vil cuya cabeza cortaría con la hoja de la alabarda que portaba en su espalda.
Su anillo refugió bajo sus empapadas ropas, el brilló las atravesó, pudo sentir el calor extendiéndose sobre su cuerpo, alejando el gélido toque de las aguas lo suficiente como para que el su cuerpo extenuado tuviera reservas a las que recurrir para terminar de trepar el corto tramo que le quedaba de camino. Ya casi podía sentirlo.
Llegó entonces a la parte donde el pozo terminanba, con el interior hecho de piedra labrada, y se balanceó hacia adelante y atrás para colocar sus pies contra la superficie de la pared y caminar por ella, un pie después del otro en sincronía con sus manos, una después de la otra, despacio pero constante para evitar resbalar, hasta alcanzar el borde. Entonces, dejó caer sus piernas y volvió a impulsarse hacia atrás y hacia adelante varias veces para una vez que alcanzó la altura y velocidad deseadas, soltarse y saltar afuera del pozo.
Debido a la fuerza utilizada y el propio peso de su cuerpo, el poste que sostenía la cuerda de la que pendía el cubo se quebró, cayendo todo a las aguas abajo, el sonido perdiendose en la profundidad de aquella caverna. O si hizo algún sonido reconocible, el Príncipe no lo escuchó. Su aterrizaje no fue tan pulcro y ágil como le hubiera gustado que fuera, debido a lo cansado que estaba, sin energías para preocuparse por algo tan irrelevante, acabó por caer indecorosamente al suelo de piedra, de lado, propinandose un buen golpe que dejaría moretones bajo sus ropas.
El joven gimió por lo bajo por el dolor, cerrando los ojos y apretando los dientes, pero en lugar de ponerse en pie de inmediato, solo se dio la vuelta para quedar boca arriba, con los ojos aún cerrados y los brazos extenidos a cada lado de su cuerpo y hacia arriba, con las piernas flexionadas.
El palo de la alabarda se le clavaba de forma ligeramente dolorosa en la espalda, sus ropas empapadas colgaban de forma incómoda contra su piel, el frío lo hacía tiritar a pesar de ya estar bajo la luz del día, pero ignoró todas esas incomodidades y se dedicó a disfrutar unos pocos instantes de paz y calma después de esa batalla contra aquellos infames demonios de arena y su ardua labor para regresar a la superficie, que si bien no estaba mejor que las cosas allá abajo, al menos aquí había luz de sol y un paisaje que le recordaba que seguía en el mundo de los vivos, aunque solo él y un puñado de humanos siguieran perteneciendo a esa categoría.
Respiró profundamente, dejando que su pecho se inflara y luego se vaciara lentamente, los rayos de sol secaban su piel, y tenía cabello pegándose a su frente y mejillas, pero no se inmutó. Todo a su alrededor estaba en completo silencio a excepción del viento del desierto que seguía soplando, imperturbable a las tribulaciones humanas, que había recorrido la tierra antes de que su pueblo surgiera y que seguiría soplando sobre la tierra durante muchas generaciones eones después de que su civilización se hubiera convertido en un recuerdo o en una leyenda increíble. El soplo hacia ondear unas cortinas en alguna parte, el único sonido que indicaba que este lugar había sido habitado. No había el cantar de aves ni el murmullo de una ciudad, era una ciudad muerta.
El Príncipe exhaló audiblemente, abriendo los ojos para mirar al cielo cubierto en partes de esas nubes extrañas, nubes que se movían de forma extraña, iluminadas por relámpagos de forma intermitente y que de vez en cuando cubrían el sol, robándole la calidez que disfrutaba.
Por mucho que le atraía la idea de quedarse allí en el suelo y dejar que el tiempo pasara en esa escalofriante pero bienvenida tranquilidad, sabía que quedarse de brazos cruzados no era opción. Esos monstruos de arena podían estar aún acechando, buscando por él, comandados por su cruel amo, y aún debía encontrar a su hermana, y descubrir con quien se había aliado.
Tenía aún mucho por hacer antes de perecer en su cruzada.
Apoyó sus codos en la piedra y se impulsó hacia arriba, siseando por el dolor de sus huesos y músculos debido al golpe de la caída, girando su cuello a un lado y a otro antes de erguirse sobre sus pies. Hizo una mueca de disgusto a la sensación de sus ropas pegándose y del agua fría deslizándose por debajo. Si por él fuera se libraría de esos ropajes mojados y cortados pero necesitaba la armadura de soldado para protección y ante todo era un guerrero que había aprendido a lidiar con las incomodidades... aunque decidió que si encontraba al menos una túnica en buen estado entre los restos de la ciudad se cambiaría la que traía, que ya tenía una de las mangas casi deshecha.
Se pasó las manos por el cabello para peinarlo hacia atrás y quitárselo de la cara y de paso librarse del excedente de agua y miró por fin a sus alrededores. Había ido a parar en el amplio patio de una casa, en medio de un jardin bastante bonito que sabía que habría encantado a las dos mujeres de su vida. Tenía bancos de piedra y glorietas con adornos tallados por cuyas columnas se trepaban enredaderas de flores coloridas y vivaces. Había palmeras y una fuente de agua –limpia y cristalina– de la que bebió un poco.
Una vez saciado, se dedicó a observar mejor y buscar una forma de seguir su camino, o más bien de retomarlo ya que al parecer había ido a parar muy lejos de donde había empezado. La arena flotaba hasta sus rodillas mientras avanzaba, pero hacia tiempo había dejado de prestar atención a ese fenómeno.
Y allí, en medio del patio, había otra de esas columnas de color naranja brillante. Se acercó a ella con cuidado, recordando la última vez que se había atrevido a tocar una de esas, cómo había sido arrastrado hacia adentro por una fuerza desconocida. No había sido doloroso, solo extraño, y un poco aterrador, sentir ese repentino calor envolviéndolo mientras todo se oscurecía antes de que un destello de imágenes pasara por su mente.
Pero esas imágenes habían sido útiles, le habían mostrado qué buscar y dónde buscar. Necesitaba saber dónde estaba Farah para poder encontrarla.
No sabía cómo funcionaba, como haría para mostrarle lo que quería descubrir, pero no había otra manera, ninguna que él conociera de todos modos.
Tomó un respiro, caminando lentamente hacia la columna, apretando los puños antes de dar un paso hacia adelante y entrar en la columna, sintiendo que su cuerpo era atraído nuevamente hacia adentro.
No supo cuánto tiempo estuvo inconsciente, pero cuando volvió a abrir los ojos, se encontró tirado en el suelo a varios metros del resplandor naranja, ligeramente aturdido pero en general bien.
Kalim se sentó en el suelo, frotándose los costados de la cabeza debido a un floreciente dolor de cabeza que imaginó provenía del uso de esos poderes arcanos. Al menos, había vislumbrado a su hermana. La había visto disparar flechas a esos demonios de arena con una precisión y concentración que lo llenaban de orgullo. También había tirado de palancas y saltado sobre pozos de trampas. No pudo evitar sonreír ante esas imágenes, su padre también habría estado orgulloso de ella.
Pero lo importante era que él había visto hacia dónde se dirigía, o al menos podía imaginárselo. Una torre alta a la que se accedía a través de un puente, cuya parte superior estaba arremolinada por nubes de aspecto extraño, el edificio que había visto antes.
Tenía que encontrar una manera de ir allí.
El príncipe indio se levantó del suelo, ignorando lo mejor que pudo el suave latido detrás de sus ojos e inspeccionando el lugar en el que se encontraba.
Había paredes altas que no podía trepar, y un montón de escombros bloqueaba la única salida, pero no estaban lo suficientemente altos como para que los usara para salir.
Su única opción era trepar por encima de otro montón de escombros de la casa que podría usar para llegar al balcón que conducía al interior del edificio.
Lo hizo, comenzando a trepar sobre la piedra caída que alguna vez fue el piso superior de la casa de tres pisos. Fue un ascenso difícil, todo su cuerpo palpitaba en diferentes puntos, sus manos aún húmedas resbalaban a menudo sobre la piedra lisa, volvió a cortarse las palmas con bordes dentados, pequeñas líneas de sangre se mezclaban con el agua que caía de su ropa.
Fue una subida incómoda, pero tenía que hacerlo si quería salir de allí.
Finalmente llegó al barandal roto, saltando sobre él y cayendo sobre sus dos pies en el balcón, cuyas cortinas de seda ondeaban suavemente con el viento seco.
Entró, lenta y cautelosamente, entrecerrando los ojos para mirar la habitación que tenía delante. Afuera había tinajas y bancas rotas, había ocurrido una pelea por lo que pudo deducir y realmente no quería cruzarse con otras de esas bestias de arena, al menos no tan pronto.
Sacó su alabarda lo más silenciosamente que pudo y la colocó en posición de defensa, mientras avanzaba y levantaba la mano libre para apartar la cortina lentamente, con sigilo, permitiendo que la luz del sol bañara el interior de la cámara.
Estaba vacía, afortunadamente, así que relajó sus hombros rígidos y caminó libremente, guardando por el momento su arma.
Había una cama con dosel en un extremo, como muchas camas como las que había visto antes, deshecha, y el dosel destrozado, plantas en macetas volcadas con la tierra esparcida, un armario a un lado aun intacto y cojines esparcidos por el suelo, con tajos de espada que dejaban salir las plumas de relleno. Lucia como cualquier habitación por dónde las arenas habían pasado arrasando.
De todo allí, lo que más le interesó fue el armario, podría tener algo con que reemplazar su atuendo, asi que fue a abrirlo, con la esperanza de encontrar algo que le quedara bien, gruñendo decepcionado cuando encontró solo ropa de mujer.
No había nada útil allí para él.
Las puertas de la cámara estaban destrozadas, así que escaló sobre ellas para alcanzar un pasillo y caminó por este, sorteando huecos en el suelo. Más adelante había otras puertas dobles, de las cuales una estaba caída pero casi intacta en el suelo, la otra todavía se mantenía en pie.
Al entrar, siempre con cautela y la mano lista sobre el mango de su alabarda, se encontró con una cámara en el mismo estado que la anterior, destrozada, había también rollos desparramados en el suelo junto a libros, y un armario que al revisarlo, dio una exclamación de júbilo en voz baja al encontrar en su interior ropas de hombre. Rápido se quitó la armadura y luego se deshizo de la túnica hecha jirones para reemplazarla por una túnica de uso diario, color negro con bordes que tenían tejidos patrones en dorado. Encima volvió a colocarse las piezas de armadura y después de ver de que eran los libros, los descartó por no tener nada útil para ayudar en su cruzada.
Las ventanas de esas cámaras estaban enrejadas, por lo que no tenía forma de salir por ellas. Decidió seguir moviéndose, subiendo con cuidado los escalones de una escalera de piedra a través de una pequeña abertura porque una pila de escombros del último piso se había derrumbado sobre ella, bloqueando la mayor parte del camino.
Al final del camino, casi tuvo que pegarse a la pared para pasar y llegar a la salida donde trepó sobre montones de bloques. Allí arriba el sol volvió a brillar sobre él. Había llegado al último piso destruido, los escombros de las columnas rotas lo habían cubierto todo, perforando el piso y dejando enormes agujeros. Con sumo cuidado, caminó sobre la parte debilitada del piso de piedra que aún quedaba, haciendo una mueca con cada paso que daba porque todo el lugar retumbaba y temblaba, amenazando con derrumbarse debajo de él.
Hizo su camino hacia el borde y miró a su alrededor. Podía ver varias cimas en forma de cúpula de los edificios de la ciudad desde allí, pero lo que más le interesaba era la torre alta que tenía esas nubes arremolinándose en la parte superior.
La última visión que tuvo le mostró ese mismo edificio, junto a su hermana caminando dentro de ese lugar. Tenía que llegar a ella.
¿Pero cómo?
Miró a su alrededor, la forma más rápida era saltando sobre los tejados, o lo que quedaba de dichos tejados. La mayor parte de la ciudad parecía que se iba a desmoronar en cualquier momento. Rápido pero no seguro, y tenía que llegar de una pieza. Puso sus brazos en jarras, entrecerrando los ojos mientras pensaba cómo continuar, pero un repentino gruñido infernal detrás de él lo hizo tomar una decisión apresurada.
Se dio la vuelta rápidamente, lanza en mano lista para bloquear un ataque de dos espadas de una dama alta. O lo que fue una dama una vez.
Ella no estaba sola. Empujó sus espadas a los lados y la atravesó con la punta de su lanza, viendo lo que una vez fue un hombre blandiendo una cadena que giraba en el aire, y otro hombre más bajo pero más voluminoso con un garrote viniendo en su dirección. La mujer cayó al suelo de rodillas, debilitada pero no derrotada. Ya consciente de que luchar contra esos monstruos era una pérdida de tiempo, ignoró a los demás y miró por encima del borde nuevamente antes de tomar impulso y saltar de allí al siguiente edificio.
Consiguió aferrarse al borde del tejado, impulsándose con un gruñido hacia arriba para saltar encima del tejado, solo para encontrarse con más demonios de arena esperando por él allí. Continuó corriendo sin parar, esquivando sus embestidas mediante rodar por el suelo o echarse a un lado sin perder velocidad, alcanzando el otro extremo y saltando de allí hacia otro edificio más bajo.
Sin detenerse se permitió dar una mirada rápida sobre su hombro, viendo como algunas de las criaturas iban tras él, cayendo por el borde al ser incapaces de dar el salto para alcanzarlo. Regresó la mirada al frente pero sus pies derraparon sobre la superficie ante el sobresalto que se llevó cuando vio más criaturas de arena apareciendo por una puerta que estaba justo frente a él a unos pies de distancia. Alzó las manos en un gesto de desesperación, miró para todos lados en segundos, divisando una cuerda enrollada en un poste. Rápido se dirigió allí y la tomó, corriendo en dirección al borde, saltando de él mientras aferraba la cuerda.
Quedó colgando de ella pegado a la pared, debajo de él las criaturas se amontonaban, alzando sus armas y gruñendo esperando a que descendiera para acabar con él. Mirando hacia arriba, vio más de esos demonios asomándose por el borde, gruñendo y chillando de una manera que helaba la sangre.
No podía dejarse caer, aparte de las criaturas, la distancia al suelo era mucha y corría riesgo de sufrir una herida de gravedad. No podía volver a subir, en cuanto estuviera al alcance de los demonios, estos arremeterian contra él y no podría contra todos. Aún colgando de la cuerda, miró a todas partes, decidiendo que solo tenía una opción.
Empezó a balancearse sobre la pared de un lado a otro, corriendo sobre la superficie, consiguiendo velocidad y altura, y cuando sintió que ya era suficiente, dejó ir la cuerda y se lanzó a un edificio adyacente, sujetándose del borde y escalando al tejado de inmediato.
Las criaturas se confundieron por unos momentos al verlo alejarse saltando sobre los tejados de la parte residencial de la ciudad, pero pronto fueron tras él, de nuevo desapareciendo para aparecer segundos después ya fuera detrás suyo para perseguirlo o delante, tan de súbito que el príncipe frenó en seco un par de veces para evitar colisionar contra ellos.
En un punto llegó a una edificación amplia pero que tenía un hueco en el centro que daba a un jardín, encontrándose rodeado por criaturas de diferentes aspectos, todos ellos armados, y en su desesperación por huir de una batalla de la que sería incapaz de salir con vida, no calculó la distancia de un extremo al otro y su salto no fue suficiente para conseguir aferrarse siquiera al borde.
Kalim dio un grito mientras caía al vacío, agitando las manos en el aire en un vano intento de sujetarse de algo por puro instinto. En esos instantes en lo único que pudo pensar fue en la dolorosa caída que le esperaba y en que probablemente moriría, solo y sin poder despedirse de su hermana, deseándole suerte en su cruzada y que vengara a todos los caídos.
Sin embargo, su caída se vio interrumpida por toldos que habían sobrevivido al derrumbe. Su cuerpo a esa velocidad los atravesó pero también ayudó a disminuir la fuerza de la caída, y a mitad de camino, con la esperanza renovada, Kalim consiguió sujetarse de uno de ellos.
La tela se desgarró y él la usó como si fuera una cuerda para impulsarse hacia adelante y alcanzar el barandal de un balcón interior. Trepó sobre este y corrió sin saber exactamente a dónde iba, pero aprovechó la oportunidad para huir ya que las criaturas parecían haberlo perdido de vista.
Bajó por unas escaleras de piedra hasta ese patio interior y corrió por el suelo de piedra hasta atravesar unas puertas que lo llevaron a las desiertas calles de la ciudad.
Se detuvo a un lado, apoyándose contra la pared y encorvándose para tomar aire sin quitar la atenta mirada de sus alrededores. Esas cosas estaban tras él para matarlo bajo las órdenes de ese traidor, no había duda. Zervan siempre lo había odiado, y el sentimiento era mutuo. Y como él, no descansaría hasta conseguirlo.
En la seguridad de su escondite, el Visir despotricaba enfadado. A través de los ojos de las criaturas había visto como ese condenado príncipe escapaba de una emboscada no una sino tres veces. Sin la superioridad de la daga, quitarse de encima a Kalim tendría que haber sido una tarea muy fácil, sobretodo al enviar tras él a sus criaturas más intimidantes y ágiles, pero este había demostrado ser más audaz e ingenioso de lo que creía.
Tomando aire, Zervan se calmó, pensando en los pros de su situación, aun tenía la ventaja sobre él. En su huida, el príncipe indio se había alejado bastante del palacio y por ende de la Torre del Alba. Estaba perdido en las sombrías calles de una ciudad que desconocía, armado con una alabarda que de poco le serviría frente a criaturas inmortales.
Había una cantidad limitada de seres que podía controlar desde lejos y teniendo en cuenta que el hijo de Sharaman era más importante por portar la daga no podía quitarle la vista de encima, así que no podía concentrar todas sus fuerzas solo en él. Pero tenía una marioneta especial de la que podía prescindir y que impactaría más profundamente en Kalim.
Zervan invocó a una de sus más recientes adquisiciones. Ya no había rastro de la inocencia y la ternura que alguna vez habían brillado en el rostro de la muchacha, solo unos inhumanos ojos amarillos desprovistos de emociones y una mueca infernal. Las ropas que una vez llevó no eran más que harapos y sus delicadas manos parecían las cadavéricas de una bestia. Era una vista espantosa que aterrorizaría a cualquiera.
El Visir esbozó una mueca cruel y habló a la criatura.
—Ve a la zona residencial en la parte este de la ciudad, busca y mata al príncipe Kalim con tus propias manos —ordenó, pasando sus manos sobre su báculo mientras lo hacia—. No regreses hasta haber cumplido tu misión.
'Arundhati' dio un chillido a la vez que se retorcía de forma grotesca como si estuviera prometiendo que cumpliría sus órdenes de forma impecable y desapareció, dejando a su amo agudizando su sádica mueca, ya saboreando la sanguinaria y cruel muerte que le esperaba a Kalim.
Kalim se enderezó, ya recuperado del cansancio causado por su rápida huida y miró a su alrededor. Había terminado en las calles, podía ver el caos dejado por las Arenas, destrucción, carros volcados, su contenido esparcido por el suelo.
Caminó hasta llegar a las calles más estrechas y silenciosas, lento y con cuidado, atento a cualquier peligro pero allí no oía nada más que el viento que arremolinaba la arena y sus pasos.
Se dio cuenta de que su camino estaba cortado en algunos tramos por escombros u otras cosas que le impedían continuar por ellos, teniendo que tomar giros, perdiéndose en el interior de las laberínticas calles.
Le preocupaba perderse y perder demasiado tiempo precioso, pero no quería subir a un lugar más alto para ver a dónde debía ir porque podía escuchar el canto de los pájaros malditos a lo lejos. Estos podrían detectarlo y advertir a su amo de su posición. La zona en la que se hallaba, sin mucho espacio para moverse y mucho menos blandir la alabarda, era inapropiada para luchar con cualquier oponente, podría convertirse en su tumba.
No supo cuánto tiempo pasó caminando en círculos hasta que se cansó y decidió atravesar lo que parecía un almacén casi demolido.
Entró, apartando unos toldos con su arma lista, pero no había nadie dentro. Encontró solo barriles y cajas, una de las cuales tuvo que mover para usarla para subir a un piso más alto dónde había una puerta porque las escaleras ya no existían. No sabía adónde lo llevaría, pero era mejor que quedarse atascado.
Tuvo que mover otra caja sobre una placa de presión, abriendo la puerta a un largo y ancho pasillo, y se encontró inmediatamente rodeado por aquellos molestos escarabajos. Eran fáciles de lidiar, nada como esas otras malditas criaturas aladas y humanas. Una vez que terminó con ellos, llegó al final, donde tuvo que saltar por encima de un agujero en el suelo para llegar a la salida.
Completamente inconsciente de que así como los pájaros podían mostrarle a su amo lo que veían, los escarabajos también podían hacerlo.
En otra parte de la desolada ciudad, la criatura que una vez fue una sierva de Farah detuvo su incierto andar en busca de su presa, y recibiendo las órdenes de su nuevo amo desde la lejanía, desapareció para ir tras el rastro dejado por el príncipe indio.
En la cámara, Zervan abrió los ojos.
—Te tengo, Kalim —susurró con voz áspera antes de toser sangre sobre un pañuelo.
Se que no sucede mucho pero es importante para el flujo de la historia.
Trataré de no tardarme tanto con el próximo capítulo.
See Ya!
H. C.
