2º: El secreto


Puedo protegerte de todo, menos de mis secretos.


Durante toda su vida, pensó que sus reglas eran lo más importante del mundo para llevar a cabo una buena vida. Al menos, medianamente normal. Los robos comenzaron tiempo atrás, cuando el dinero de su padre dejó de ser suficiente y los gastos se acumulaban. Después de la llegada del último de ellos, los ingresos por parte paterna se cerraron. Lo último que supo de su progenitor fue una carta avisándole de que ya eran suficientemente mayores para valerse por sí mismos y buscarse sus propias castañas.

Enseñar a sus hermanos a ser unos buenos ladrones de guante blanco no fue fácil. Naruto era torpe algunas veces, demasiado ruidoso. Sai se embobaba frecuentemente con las obras a robar y más de una vez estuvieron a punto de descubrirles por lo mismo, no obstante, era el mejor a la hora de descubrir qué obra de arte era buena y cual mediocre en dinero entregado. Además de calcarlas.

Sasuke era aplicado, pero demasiado orgulloso algunas veces como para evitar que se llevara de más o estuvieran a punto de pillarle en el último segundo. Gaara empezaba a hartarse de ello y solía entrar en tal trance de molestia que los entorpecía más que ayudar. Y Shikamaru… por dios, la sola idea de tener que entrar por una ventana ya le parecía el fin del mundo. De ahí que prefiriera enseñarle el arte de robar carteras cuando daban uno de sus paseos.

—¿Cómo demonios vamos a hacer esto? —se cuestionó mientras miraba hacia la oscuridad de la noche.

Sus ojos fijos en las paredes de la mansión frente a su ventana. Solo podía ver un rincón de ella, pero lo suficiente como para notar una sola parte de la casa encendida. A Juzgar por las estanterías a su alrededor, podía jurar que se trataba de la biblioteca.

Recordaba aquel lugar claramente, porque fue el primero que investigó de niño. Se había colado años atrás, cuando ante la necesidad sopesó la idea de enfrentarse a fantasmas que, obviamente, no existían, pero que para un niño de su edad eran lo más a temer en una mansión abandonada.

Recordaba haberse colado por una habitación que tenía una escalera a un lado de la chimenea. La ventana estaba abierta y se coló por ella. La habitación estaba vacía y ni siquiera tenía lámparas. Caminó por la casa sin nada satisfactorio para llevarse, hasta que entró en la biblioteca.

Las estanterías eran demasiado grandes para un niño como él o para robar sin ser visto. Tampoco tenía por dónde sacarlas. Ni siquiera la lámpara estaba a su alcance. Paseó entre las diferentes estanterías, pegadas a las paredes, incrustadas, con su olor a madera y barniz. Solo en una de ellas quedaba un libro.

Se acercó con cautela y de un salto, alcanzó el libro hasta tirarlo al suelo al resbalar de sus dedos. Se abrió por el centro, con sus hojas desgastadas.

Lo primero que llamó su atención fueron las imágenes. O, mejor dicho, fotografías. Para los niños, la curiosidad es algo innata que sale por si sola. Cuando ves algo por primera vez deseas saber más.

A esa tierna edad, pese a verse en la determinación de tener que ser un padre infantil, no sabía absolutamente nada de las mujeres. Por ende, encontrar un libro erótico fue como si le abrieran las puertas a un camino diferente.

Desde entonces, conseguir abrirse paso a medio de ligarse a las desafortunadas mujeres de esposos trabajadores, fue tan fácil como chasquear los dedos. Era fácil emocionar a una mujer hasta el punto de que ella misma te entregara lo que quisieras.

Hasta que llegó un momento en que se dio cuenta de que aquello no duraría para siempre. Y tampoco era rentable cuando tenías que salir corriendo de las casas de las mujeres porque llegaba el marido. Para cuidarse en salud y poder criar bien a sus hermanos, tuvo que dejarlo.

Fue por eso que buscó otros quehaceres.

Lo malo es que esas mismas fechorías y cambios le estaban colocando en una encrucijada para sí mismo.

Entrecerró los ojos y miró el periódico doblado sobre su cama. Sus hermanos se habían quedado pensativos y mientras que Naruto y Sasuke, esperaba que así fuera, estaban castigados trabajando en sus tareas de la universidad, Shikamaru había ido a investigar algo más en el museo, mientras Sai se reunía con algunos contactos.

Itachi se rascó el mentón dubitativo. La regla primordial de nunca cerca de casa estaba por romperse. Pero todavía no era el momento.

Entrecerró los ojos, pensativo.

La luz de la biblioteca se apagó y fue entonces cuando vio la sombra reptar por un lado de la valla.

Maldijo entre dientes y se asomó al pasillo. La luz del cuarto que Gaara estaba encendida, probablemente, el pelirrojo estaba leyendo en sus ratos libres.

—Gaara —nombró. Un gruñido llegó desde su habitación y el sonido de un libro cerrarse—. ¿Estás solo?

—Sí.

—¿Sai ha regresado?

—No todavía.

Chasqueó la lengua, caminó hacia la habitación de Shikamaru y se lo encontró frito en la cama. Debía de haber vuelto en algún momento y, ensimismado como estaba pensando en el pasado, no le había oído.

—Naruto, Sasuke —llamó.

El rubio asomó la cabeza por la escalera y el moreno por el otro lado. El ático era sus dominios y aunque alguna que otra vez había tenido que subir para evitar que terminaran por tirarle la casa encima, no le importaba tenerlos arriba. Más bien, era una buena forma de controlarlos.

—Mierda —masculló. Entonces no se trataba de ninguno de sus chicos.

Saltó por el lado de la escalera y en tres pasos, llegó al rellano. Los demás chicos miraron su salida con incredulidad, pero ninguno hizo ademan de seguirle. Cuando Itachi soltaba un taco y salía corriendo, los demás tenían que asegurarse de estar en casa o si él podía necesitarlo, a sus espaldas. Nunca delante.

Con la seguridad de que ellos estaban en la casa y que Sai continuaba con sus chanchullos, solo existía algo que podría llamarle la atención: alguien que quería adelantárseles. Y eso era algo que no pensaba permitir.

No delante de sus narices.

Salió por la puerta de atrás y de un saltó, bordeó la destartalada valla.


.

Izumi se golpeó los hombros con cansancio mientras salía a tomar el aire fresco que tanto necesitaba. Se había hecho de noche mientras las seis debatían la situación que en la misma portada del periódico salía en letras grandes.

Temari estaba que trinaba. Hinata había dejado su trabajo para regresar completamente asustada y preocupada por ellas trayendo la noticia. Sakura, Ino y Matsuri se habían mirado unas a otras sin saber bien qué hacer.

Izumi solo había llegado a la conclusión de que esperar era lo único que iba a resultar factible hasta que su progenitor se reuniera con ellas. Por más que se subieran a las paredes, gritaran, buscaran explicaciones a base de gritos en un contestador automático, no serviría de nada.

Era la figura paterna en presencia viva quien tenía que darle las respuestas.

Se frotó los cabellos con una mano y agradeció el fresco que entró entre estos para refrescarle el cuero cabelludo.

El lugar olía a tierra y todavía, a cerrado. Caminó hacia el lado derecho de la casa y miró hacia los altos ventanales. Las luces de la habitación de Ino estaban encendidas y pudo ver dos sombras que se movían a la par que sus dueñas gesticulaban algo. Matsuri se había llevado su trabajo a su nueva habitación, habiendo visto que iba a ser imposible para ella trabajar algo en la biblioteca.

Hinata estaba en la cocina junto a Temari y por el olor que empezaba a hacer, dedujo que la cena no tardaría demasiado en estar lista. Aunque el estómago le rugió con la idea de meterse comida en él, su garganta estaba cerrada con un nudo.

Desde que su padre había decidido darles esos lujos con la llegada de aquella enorme herencia y, gracias a su trabajo, jamás pensó que eso las llevaría al punto de tener que soportar una fama que ninguna deseaba. Por más que Ino y Sakura bromearan a cuenta de ello, estaba segura de que se hartarían en cuanto tuvieran que cortarse las alas a la hora de ligar.

Volvió sobre sus pasos hacia el otro lado. La inquietaba tener que compartir la valla con aquellos hombres. Le preocupaban sus hermanas.

¿Y si por algún motivo decidieran saltar y colarse en las habitaciones de sus hermanas? ¡Eran capaces de hacerles algo indebido! O peor, Sakura e Ino estarían encantadas de engancharse a esos bribones como si fueran trofeos. Ya podía imaginárselas luego, llorando como magdalenas con el enemigo al otro lado de la valla de su casa. Los hombres podían ser tan crueles…

Apretó los labios para borrar los recuerdos de su mente y apuró el paso.

Tan preocupada estaba de eso que no alcanzó a ver la sombra que saltaba sobre ella hasta que lo tuvo encima. Ahogó un grito cuando resbaló por el suelo y su trasero dio de lleno contra el césped demasiado crecido. Lo primero fue la reacción natural de defensa de su cuerpo y estaba segura de que su puñetazo dio de lleno contra la quijada del sujeto, pero este continuó aplacándola y manoseándola como si buscara algo.

Estaba a punto de gritar cuando algo tiró del sujeto de los cabellos y salió disparado hacia atrás, contra la valla. Le escuchó maldecir entre dientes y mientras ella se levantaba, sorprendida, solo pudo ver a dos figuras enzarzarse en una disputa de puños y patadas.

Se llevó las manos a la boca al reconocer la sombra del segundo hombre.

De una patada contra su vientre, empujó al acosador contra la valla y este pareció decidir que era suficiente, pues salió corriendo lo más rápido que su costado le permitió.

La segunda sombra jadeó frotándose el pecho y con claras intenciones de marcharse, empezó a trepar por la valla. Izumi se puso en pie y con un grito negativo, lo aferró de los pantalones para descenderlo.

—¡Demonios! —exclamó el hombre tirándose de los pantalones.

Izumi se llevó las manos a las mejillas, avergonzada.

—¡Lo siento! ¡Lo siento tanto!

Una vez asegurada de que se había cubierto, le miró.

—Eres el vecino, ¿verdad?

—¿Ya has olvidado mi nombre? —cuestionó. Izumi se sonrojó.

—No, claro que no. Perdón. Pero… la oscuridad no es mi aliada que digamos.

—Lo he notado —respondió él bruscamente.

Sin embargo, se movió hacia donde los rayos lunares iluminaban más la noche. Izumi sintió que el corazón se le encogía. Pese a toda la cantidad de golpes que debería de haber recibido, su cuerpo estaba intacto a simple vista. Ni siquiera se había despeinado. Solo unas gotas de sudor resbalando por su mejilla.

—¿Más tranquila?

—Sí —confesó. Pero no supo decir si era por verle claramente o ver que estaba bien—. ¿Quién debía de ser?

Miró hacia la valla, hacia el lugar que había saltado el agresor. Itachi se acercó hasta su altura y clavó sus oscuros ojos en el mismo lugar que ella.

—Un acosador o un ladrón. Esta mansión llevaba años desierta. Más de uno ha entrado para ver si tenía algo que robar y poder pagar facturas.

Izumi le miró de reojo. Por la forma en que torció el labio con desagrado casi tuvo la descarada pregunta de saber si él también lo hiciera. Pero apretó la mandíbula y se metió un rebelde mechón tras la oreja. Él sujetó aquella mano repentinamente.

—¿Disculpa? —exclamó por su atrevimiento. Itachi pasó el pulgar por sus nudillos y ella guiñó los ojos en un gesto de dolor.

—Me lo imaginé. Le llegaste a golpear y te hiciste daño.

—Tenía que defenderme —protestó.

Él clavó los ojos en ella como si tratara de regañarla. Izumi levantó el mentón, para nada asustada. No era uno de sus hermanos menores a los que pudiera regañar.

—¿Acaso tenía que haberme quedado quieta mientras me manoseaba?

—¿Te ha metido mano? —cuestionó irónico.

Izumi infló los mofletes y apartó la mano. ¡Era el colmo!

—No me siento orgullosa de ello, pero creo que tampoco soy tan poca mujer como para eso, señor. Gracias por su ayuda.

Y sin darle tiempo a decir nada más, regresó al interior de la casa. Desde un cristal que adornaba la entrada, lo vio sacudir la cabeza, dar una patada a una piedra y saltar con una agilidad casi felina la valla. Izumi pensaba llamar mañana mismo para que arreglaran la valla y, por supuesto, colocaran una alarma.

Se miró los nudillos enrojecidos y se los llevó a los labios. Todavía le ardía el contacto de su mano y le dolía en el alma que dudara de un motivo para que un hombre quisiera tocarla.

¡Descarado!


.

—¿Sabéis algo de papá? —cuestionó Ino al entrar en la cocina.

Sakura iba tras ella, arrastrando los pies y bostezando de una forma poco femenina que sacó una carcajada a Matsuri antes de recibir un coscorrón como reprimenda.

—Nada de nada. Le he dejado ya tres mensajes y sigue sin responder— aclaró Temari extendiéndole una taza de café—. ¿Vas a ponerte a trabajar ya en el jardín?

—Sí —respondió ilusionada—. Tengo muchas ideas para su futuro y con la buena tierra que poseemos, el agua, más la luz solar, estoy segura de que conseguiré algo maravilloso. He pensado hasta montarle una buena decoración a nuestra querida y futura escritora para que se inspire.

A Matsuri le brillaron los ojos emocionada.

—Te amaré siempre por eso.

—Lo sé —sonrió Ino—. A cambio, solo pediré que dejes de robarme la ropa. ¿Sabes que esa camiseta que llevas es mía?

—¿Tuya? —Matsuri se miró la ropa y enarcó una ceja—. Oh, no. Capaz de haber cogido tu caja en vez de la mía. Soy un desastre.

—La gran mayoría de minutos —bromeó Sakura dándole un gofre con chocolate—. Anda, come y deja ya de leer. Se te secarán los ojos como a un pescado.

Matsuri hubiera protestado de no ser por el chocolate que se le deshacía en la boca. Ino las observó divertida y luego miró hacia el jardín. Izumi entró colgando el teléfono justo en ese momento.

—Qué bueno que estáis ya todas. Tengo noticias.

—¿Has conseguido hablar con papá? —cuestionó Temari enarcando una ceja.

—Sí. Esta noche estará aquí. Espero que nos aclare todo. Por otro lado, chicas, hoy vendrán a levantar la valla más alta, reparar las roturas y a poner alarmas de seguridad. Anoche tuve un encuentro horrible con un no invitado.

—¿Uno de los vecinos? —exclamó alertada Temari poniéndose en pie.

Hinata se adelantó para revisar a su hermana mayor.

—¿Te encuentras bien?

—¿Le pateaste? —cuestionaron a su vez Sakura y Matsuri.

Ino rodó los ojos.

—Vais a matarla con tantas preguntas.

Izumi cogió aire y levantó las manos para tranquilizarlas. Acostumbrada ya a esa clase de cascada emocional entre ellas, sabía cómo manejarlo, pero Ino había esperado que estuviera espantada tras el ataque. Aunque si así hubiera sido: ¿Por qué no dijo nada cuando sucedió?

—A ver… —empezó la mayor cruzándose de brazos pensativa—. Me encuentro bien, primero que nada. No fue tan grave. Solo un tipo saltó la valla, pero ya está solucionado. De ahí las alarmas, chicas. Ya se lo dije a papá y me dio permiso para hacerlo. No os preocupéis.

—¿Y cómo fue que saliste ilesa con el tipo ese que entró? ¿Quién era, a todo esto? —inquirió dando golpecitos a la taza de café que sostenía entre las manos—. Me alegro que estés ilesa, no me mal entiendas. Pero, caray, tuviste que darle una buena.

Todas notaron un ligero sonrojo bajo los ojos de Izumi. Esta carraspeó, nerviosa y finalmente, las fulminó con la mirada, aquel gesto que siempre ponía y decía claramente: soy la mayor, no preguntes.

—Sakura —recordó Hinata mirando su reloj de muñeca—. Llegarás tarde si no te preparas.

La chica soltó un improperio y tras dedicarle una mirada funesta, se levantó. Ino le sacó la lengua.

—Eso te pasa por coger medicina en vez de artes, frentona.

—Ya, ya. No dirás eso tanto cuando tengas que ir andando a la universidad, Ino-cerda.

—¡Sakura! —recordó Hinata sonriente.

La otra salió corriendo, seguida por Matsuri que le suplicaba que la llevara hasta las clases. Ino terminó su desayuno, sacudió sus manos y se preparó para un largo trabajo en el jardín.

Lo primero que hizo fue estudiar la valla. No quería sujetos pisando sus próximas flores por encima de sus tiernas semillas, así que tendría que ir trabajando en otros lares. O al menos, ya que iban a pisotearle el lugar, podría utilizarlos como azadas.

Miró las flores que podrían salvarse y las más salvajes que habría que erradicar. Fue creando un camino rodeando la valla y sin darse cuenta, hasta que no escuchó los gritos, no fue consciente de dónde estaba.

Alcanzó a ver al chico rubio que Sakura casi atropella saltar la valla de su propia casa con suma agilidad. La camiseta naranja presionando en unos hombros y brazos bien torneados y levantándose lo suficiente como para ver algunas pecas de su espalda. Hubiera silbado de no ser porque el moreno que había llamado su atención junto a la de Sakura, salía tras él bostezando.

—Sasuke, date prisa o llegaremos tarde.

—Cállate, Usurantonkachi —protestó el nombrado abriendo la puerta y saliendo con total tranquilidad.

—¿Vais a la universidad M? —cuestionó apoyándose coquetamente contra la valla.

Como esperaba, los dos pares de ojos se centraron en sus pronunciados senos antes que en sus ojos, aunque los tuviera preciosos, otros dos de sus encantadores atributos solían quitar más la atención de su rostro.

—Así es —respondió el rubio finalmente mirándola a los ojos—. ¿Por qué?

—Porque mi hermana también tiene que ir. Ya sabéis. Coche, sin necesidad de correr.

Ambos se miraron un instante. Antes de que ni ella ni el otro tuvieran tiempo de decir nada, Sasuke se adelantó y empezó a tirar del chico rubio. Ino movió la nariz con enfado.

—Pues nada. Allá tú.

Se volvió para ponerse los guantes que llevaba colgados de la cintura del pantalón junto a su pequeña palita, azada y demás utensilios que su padre le regalara tiempo atrás. Dispuesta a deshacerse del manojo de hierbas innecesarias, se arrodilló.

—Gracias.

Levantó la vista hacia la valla. Otro de los muchachos se había acercado y sonreía con cierta amabilidad que le puso los pelos de la espalda de punta. Tan falso.

—¿Qué?

—Sasuke y Naruto son bastante alocados y generalmente, se tienen que conseguir las cosas. Así que cuando son tan fáciles, como caídas del cielo, tienden a desconfiar. Pero gracias por el gesto.

Ino asintió, apoyando las manos sobre sus rodillas. El chico continuó ahí, mirando las flores y la valla.

—Vamos a cambiarla en nada. Supongo que mi hermana hablará con tu padre cuando pueda para aclarar el momento y no molestaros.

Algo en sus ojos oscuros titileo. Le notó tensar la boca y borrar la sonrisa.

—Es nuestro hermano mayor quien se hace cargo de esas cosas.

—Oh. Entonces como mi hermana. Nuestro padre viaja demasiado y por ende no está mucho en casa. Supongo que ella hace de madre y padre a la vez. Es complicado a veces.

Le sonrió en una mueca de confidencia.

—A veces deseas tener más una hermana que una madre que te regaña por todo. Por cierto —añadió extendiendo la mano hacia él—. Soy Ino. Ayer no tuvimos mucho tiempo de presentarnos.

Él le tomó la mano, le estudió las uñas y cuando Ino comenzaba a sentirse incómoda, se la besó. Sus ojos se clavaron en ella y si no fuera porque retiró el contacto, Ino estaba segura de que estaría temblando todavía.

—Sai —se presentó educadamente—. Sin apellido ni nada más. Solo Sai.

Le dio la espalda y tras levantar la mano, salió también de la casa, con las manos cargadas de bolsas de cuero roído y un lienzo en blanco.


.

Sakura detuvo el coche justo antes de sobrepasar el paso de cebra cuando los vio en el lado derecho de la calle. Pitó dos veces hasta que ambos miraron hacia ella. Saludó con la mano y sonrió, subiéndose las gafas e ignorando los tirones de ropa que Matsuri, encogida en el asiento, le hacía como indirecta.

—¿Os apetece que os lleve?

El rubio clavó la mirada en el moreno, que enarcó una ceja antes de que el primero tirase de él en dirección al coche y de un salto, se metiera en la parte trasera de su descapotable. El moreno casi dio con los morros contra el sillón.

Menuda agilidad, pensó.

—Venga, Sasuke, estoy seguro de que sabes caer con mejor gracia.

La respuesta del nombrado fue un puñetazo directo a sus costillas mientras se acomodaba. Matsuri tembló a su lado y miró al frente. Sakura rodó los ojos y los miró por el retrovisor.

—Primero he de dejar a mi hermana en el instituto C. ¿Qué hay de vosotros?

—Universidad M —respondió el rubio.

Sakura asintió y cuando pudo avanzar, continuó.

—Soy Sakura y ella es Matsuri —presentó. Matsuri solo movió la mano como saludo.

—¡Yo soy Naruto! Y el torpe aquí es Sasuke.

Sakura rio entre dientes y por el espejo retrovisor logró ver como Sasuke golpeaba de nuevo a Naruto para cruzarse de brazos con un mohín y no volver a abrir el pico en todo el trayecto.

Naruto, sin embargo, no paró.

Sakura se enteró que estaba estudiando para ser profesor infantil. Que le encantaban los niños y pensaba trabajar de ello en el futuro, así como encontrar a una mujer con la que tener varios. Matsuri le miró sorprendida por primera vez.

—Entonces tus notas deben de ser alucinantes —alagó.

Naruto guiñó los ojos de una forma realmente zorruna que provocó que su hermana riera. Sasuke se acomodó en su asiento.

—Sí. Alucinantes de lo malas que son.

Naruto gruñó y soltó algunos tacos. Matsuri se cubrió las orejas y enrojeció tras algunos más fuertes. Cuando Sakura se detuvo en su escuela, casi saltó con todas sus cosas y tras saludar, se metió entre los chicos, reuniéndose con su mejor amiga.

—Desde luego, si sueltas esos tacos frente a tus alumnos, los espantarás —regañó Sakura volviendo a poner el coche en dirección a la universidad.

Sasuke le dio un codazo al otro y Sakura sonrió divertida. Gracias al espejo retrovisor, pudo darse un buen momento de la visión de sus ojos oscuros y los cabellos ondeando al viento. Ese chico era un tremendo hombre.

Empezaba a ver los buenos vestigios de haberse mudado y escoger la universidad M como futuro aprendizaje para medicina. Su padre había soltado un grito de alegría cuando le explicó su futura profesión. Ella le explicó los malestares económicos que llegarían, pero cuando la herencia llegó, su padre se las ingenió totalmente para conseguirle una plaza de honor en la mejor universidad de medicina.

Pese a que le gustaran más los pantalones* y divertirse, Sakura estaba dispuesta a no echar por los suelos la ilusión de su progenitor.

Eso sí, aunque fuera a pies de plomo por sus estudios, no negaría la oportunidad de probar a dos bombones como los que llevaba en la parte trasera de su coche.

¡Ñam!


.

Sasuke y Naruto apenas pudieron apartar sus ojos del trasero en forma de corazón de Sakura cuando se inclinó sobre el maletero para sacar su maleta. Los vaqueros le sentaban la mar de bien y eso lo aseguraban como nadie. Así como el top que remarcaba la falta de sujetador.

Joder.

Sasuke se frotó la nuca y desvió la mirada. No. Las mujeres no era algo que le atrajeran de sobremanera. No era un baboso como Naruto, al que tuvo que dar un codazo para que recordara todo lo que habían hablado la noche anterior y se comportara. Pese a que su hermano le dedicó una sonrisa fulminante, Sasuke no se amedrentó.

Las mujeres eran para Itachi, Sai o Gaara cuando estaba de buenas. Quizás para Naruto que buscaba su mujer ideal. Para él no. Y mucho menos Sakura o Ino. Eran tan jodidamente molestas las hembras humanas… Además, frecuentemente tenían la manía de intentar violarlo, cosa que le jodía más en las pelotas que en otra parte de su cuerpo.

La chica se acercó a ellos con esa sonrisa que le provocaba hoyuelos en las mejillas y los miró alternadamente, sin centrarse en uno. Aunque no le extrañaba. Sasuke podía pasar de ellas, pero nunca bajaba la guardia cuando una estaba cerca y era completamente consciente de que había estado observándole todo el transcurso a través del espejo retrovisor.

—El edificio de medicina está allí. Imagino que nos separamos aquí.

—Sí —respondió girándose hacia su respectivo edificio. Naruto, sin embargo, se quedó un instante a charlar con ella.

Sasuke entrecerró los ojos mientras se mezclaba con el resto de gente. Era tan sencillo caminar entre ellos sin que llegaran a enterarse. Solo las mujeres necesitadas eran las que más notaban su presencia.

Esta nueva regla es irrompible por las siguientes circunstancias…

Todavía recordaba las palabras dichas por Itachi esa noche antes de que Naruto y él fueran castigados con la cabeza metida entre libros. Pareciera mentira que fuera a la universidad y su condenado hermano mayor continuara castigándolos como si fueran dos adolescentes.

Maldición.

Si tan solo pudiera salir de esa casa… Aunque, quizás, y solo quizás, si conseguían hacer ese trabajo, todo llegara a un puerto en que el dinero les cayera de las manos cada vez que chasquearan los dedos.

Un sueño infantil e idiota. Como cuando le daba esos momentos febriles en que hubiera deseado la mano de su madre en la frente en vez de la callosa de su hermano mayor y que esos ojos oscuros, asustados, se preocuparan de que lo dejara atrás.

—¡Ey, Teme! —Naruto llegó hasta su altura, esquivando a las demás personas con tal gracilidad que apenas le sintieron. Podía ser todo lo escandaloso que le diera la gana o esconder su propia aura como cualquiera de ellos—. ¿Por qué te has ido sin darle las gracias? Ya sabes lo que nos dijo Itachi anoche.

Sasuke rodó los ojos y fijó su ver un punto cualquiera mientras recordaba todo más fresco si cabía.

Sexta regla, chicos —empezó. Todos tragaron—. Nunca, pero nunca —repitió, y habló como si se lo estuviera contando a cada uno por individual—, nunca te enamores de esas hermanas.

Sasuke había arqueado una ceja. El amor no era algo que se cuestionara. De hecho, Itachi alguna que otra vez les dejaba caer sutilmente que se casaran, se buscaran una buena mujer y que nunca jamás fueran como su padre.

Si tienes cojones para dejar embarazada a una mujer, hazte cargo de lo que viene con dos pares, chico.

Aquella era la frase preferida de su hermano cuando se refería a mujeres + embarazo + tú. Su ecuación era clara.

El tema en cuestión era que, aunque las demás reglas indicaran que todo debía de quedar lejos de casa, nunca les habían prohibido enamorarse, acostarse, retozar, follar o hasta tener citas con una mujer. Que precisamente esa regla se marcara a esas chicas, resultó realmente interesante.

Quiero que recordéis esta norma que va a parecer en contra de lo que os voy a ordenar. Es un nuevo trabajo.

¿Y consiste en tirárnoslas? cuestionó Gaara indiferente. Porque una de ellas es una estudiante de bachillerato. Ya sabes. Menor.

No seas bruto —ladró Itachi frotándose las sienes—. No necesitáis meter vuestras cosas colgantes en ellas. Solo necesitamos infiltrarnos. Nada más. Infiltrarnos. Así que sed buenos chicos y empezad a haceros amigos de ellas.

Por supuesto, aquello había sido incómodo y encajaba completamente en la última regla impuesta.

Miró hacia Naruto, que saludaba a unas chicas de su clase con el mismo entusiasmo de siempre. Aquel idiota era capaz de meter la pata cuando menos lo esperaba, pero parecía haber decidido ya su víctima.

Con un gruñido sopesó la idea de tener que hacer la maldita cosa que muchas mujeres querían hacer con él: usar y tirar. Pensar en eso le revolvía las tripas.

Pensad bien y después, trazaremos un plan.

Al cuerno con los planes.

Sin darle más vuelta de hoja, se fijó en lo que verdaderamente le importaba en ese momento: su carrera.


.

Shikamaru puso sobre la mesa de la cocina las fotografías y esperó a que todos ellos inclinaran las cabezas. Naruto se movió sobre sus pies. Sasuke les echó un rápido vistazo. Gaara ni siquiera las miró realmente, simplemente se había inclinado para coger un trozo de pan para mordisquear. Itachi apartó la barra de pan de la mesa y regañó con la mirada al pelirrojo, que solo se inclinó de hombros. Sai sonrió como siempre mientras miraba las fotografías.

—Estas son todas las niñas Hatake. He tomado fotografías como he podido —explicó cruzándose de brazos—. Tsk. Fue problemático.

Pero Itachi le palmeó la espalda y lo felicitó con la mirada. No por nada podía ser el mejor para esos asuntos. ¿Espionaje? ¿Parecer una sombra? ¿Ser ignorado? Déjenselo todo a Shikamaru.

Excepto cuando chocaba contra una chiquilla a la que terminaba pisándole su trabajo y para remate, se llevaba la cartera como premio. Quizás estaba convirtiéndose en un vago rematado que ni era capaz de ver pequeños detalles como esos.

No quería recordar la mirada de malvado de su hermano menor cuando había cogido su cartera. Gaara a veces podía ser un capullo redomado.

—Bien. ¿Habéis tomado una decisión? —cuestionó Itachi cogiendo una fotografía de las tantas.

Shikamaru se percató que se trataba de la mayor de todas ellas. No le dio demasiada importancia. Sería ilógico que Itachi fuera a por una menor, aunque también quedaban otras opciones, como, por ejemplo, la chica rubia de cara de mala leche, que tenía veintiséis años según su ficha personal que Sai había traído, o la de veintidós. Aunque esa ya estaba prometida.

Puso el dedo sobre la fotografía de la chica de cabellos azules y ojos únicos.

—Esta deberíamos de descartarla.

—¿Por qué? —cuestionó Itachi enfocando su vista en ella. Los demás lo imitaron.

—Porque está prometida. Según su ficha personal el tipo es un importante director de banco. No reconozco su nombre porque no sale en la ficha. Es casi como si fuera una relación a escondidas.

Gaara enarcó una ceja antes de preguntar.

—¿Se avergüenza de ella?

—Quizás antes de que optaran a tanta fortuna —sopesó encogiéndose de hombros.

—Qué buen hombre —escupió Naruto colocando las manos tras la nuca—. Yo ya escogí esta mañana.

—¿Esta mañana? —Cuestionó Sai alargando la mano y cogiendo otra de las fotografías—. ¿Qué sucedió?

—Pues verás, verás… —comenzó Naruto gesticulando todo emocionado hasta que se percató de algo—. ¡Ey, Sasuke! ¡No puedes cogerla!

Sasuke había alargado la mano con los ojos cerrados. Para su sorpresa, al abrirlos, tenía la fotografía de una de las dos chicas que iban a la universidad y que casi atropellaran a Naruto.

—Sakura —anunció—. Según su ficha es una devoradora de hombres. ¿Quieres cambiar de chica?

Sasuke se encogió de hombros e ignorando la perorata de Naruto, se guardó la fotografía en el bolsillo del pantalón. Aferró los documentos que le entregaba Shikamaru y subió escaleras arriba.

—El problema real está con la menor. Matsuri solo tiene dieciséis años. Naruto, tendrás que encargarte tú.

Naruto abrió la boca para protestar mas Itachi intervino.

—No vamos a arriesgarnos a ganarnos un buen lio poniendo a uno de los mayores, Naruto.

El último de los hermanos maldijo a diestro y siniestro. Cogió la documentación, la fotografía y subió escaleras arriba. Antes de meterse en su dormitorio, se escuchó que golpeaba la puerta de Sasuke con una maldición.

Shikamaru fue testigo que Sasuke no lo hizo adrede. Había cerrado los ojos. La fotografía cayó en sus manos sin que él quisiera. Naruto no debería de estar tan enfadado.

Gaara se inclinó sobre la mesa sin interés.

—Como una está casada, me abro.

Itachi suspiró.

—Entonces, tú te encargarás de cubrirnos cuando sea necesario.

El pelirrojo levantó dos dedos en afirmación y bostezando, subió escaleras arribas. Itachi clavó entonces la mirada sobre él mientras recogía la fotografía de Hinata y la guardaba en el sobre. Solo quedaba una mujer.

Y mierda. Era la más gruñona de todas ellas.


.

Naruto miró la fotografía de la menor de las hermanas y su ficha con aburrimiento. Él había querido ir tras la chica de cabellos rosas y ojos jade que quitaba el hipo. Le había gustado, demonios. Pero sus hermanos eran jodidamente siempre capaces de llevarle la contraria. Hasta la suerte de Sasuke parecía únicamente funcionar para fastidiarle.

Se asomó a la ventana con un suspiro y revisó los terrenos de la mansión de su lado de la ventana. Veía una parte de la piscina y del jardín. Al parecer, habían segado algunas de las plantas y removido la tierra. La piscina estaba siendo arreglada y para su sorpresa y disfrute, la chica que justamente quería ocupar, estaba allí, en pantalones cortos, parte de arriba de un bikini y pamela mientras rasgaba el suelo de la piscina.

Otra de las hermanas apareció. Aquella que estaba prometida y a la que ninguno había prestado atención. Traía una bandeja con dos vasos de té helado y se agachó para hablar con Sakura. Algo las hizo reír a ambas. Sakura subió con ella y ambas se sentaron al borde de la piscina para tomar el té.

El viento removió los cabellos de ambas y la de cabellos rosas tuvo que alargar la mano para retener el vuelo de su pamela. La otra, reía tímidamente y por un instante, Naruto se percató de algo que pocos habían notado al no tenerla en cuenta.

Demonios, esa chica también era hermosa.

Giró sobre sus pies y bajó nuevamente las escaleras. Cada uno de sus hermanos se había metido en sus respectivas habitaciones para estudiar las fichas de sus "chicas". El sobre con la ficha de Hinata estaba sobre la mesa todavía. Sin hacer el menor de los ruidos lo cogió e intercambio las fotografías, volviendo a cerrarlo.

Metiendo las hojas bajo la camisa, regresó escaleras arriba y pasando de puntillas por la puerta de Itachi, subió hasta su habitación en el ático.

Acomodando la cadera contra el escritorio y volviendo a mirarlas desde su ventana, sacó la fotografía y los papeles.

Hinata tenía veintidós años. Y sí, por supuesto que estaba prometida. No solo la alianza en su dedo demostraba que así era. Aun así, algo fallaba. Algo que su ojo captó como una máscara que conocía bien.

Miró hacia la pared a su lado y frunció el ceño.

Sasuke tenía esa misma máscara en su rostro desde hacía varios años.

—Te he visto.

Desvió la mirada rápidamente hacia la puerta. Gaara estaba apoyado en el quicio y sujetaba un trozo de manzana a medio roer entre sus dedos.

De nuevo…

—¿Has tenido otro ataque?

Gaara puso los ojos en blanco y se frotó el entrecejo antes de dar otro mordisco a la manzana. Su gesto de asco le dijo a Naruto todo lo que necesitaba saber. Se incorporó, pero Gaara se encogió de hombros.

—No fue fuerte así que no te molestes en avisar a Itachi y los demás. No os enterasteis. No lo sabes.

Siempre tajante, su hermano era como una bomba muchas veces. Naruto le habría dado un buen tirón de orejas si no fuera porque sus ojos estaban puestos en la fotografía que había dejado sobre el escritorio. La cubrió con uno de sus libros y tragó.

—No se lo digas a Itachi —pidió rascándose la mejilla—. En serio. No puedo con esa chiquilla. La hemos visto hoy y no. Me sentiría un pedófilo.

Gaara masticó con fuerza.

—¿Por qué debería de callarme? Si lo hago, seré yo quien tendrá que hacer tu trabajo. Y no me apetece nada meterme con una cría tampoco.

Naruto se rascó la nuca buscando algún tipo de chantaje, cambio o cualquier otra cosa. Pero Gaara solía ser el típico hermano al que siempre terminas debiéndole más favores que él a ti. De pequeños Naruto y él se llevaban a matar hasta tal grado que Naruto rompió su viejo oso de peluche y Gaara, como venganza, estuvo a punto de tirarlo por un barranco con su bicicleta. Por suerte, Itachi los interceptó justo a tiempo.

Tras darse unos buenos mamporros entre ellos, las cosas cambiaron para bien y aunque no eran uña y carne como bien podría suceder con Sasuke, eran hermanos y la sangre podía más que otra cosa.

Eso sí, los favores eran favores.

—Recuerdo aquel tomate que Sasuke había guardado en el cajón de la nevera…

—No jodas —interrumpió Gaara levantando una mano—. No te atrevas a chantajearme. Una vez funciona. Dos no.

Desde luego que no funcionaba. Gaara no era de los que caían dos veces en la misma trampa. Naruto empezaba a sentirse derrotado.

—Venga, Gaara —pidió—. Sabes que estas cosas no se hacen.

—Te veo capaz de romper la regla, Naruto.

—Claro que no —respondió ofendido.

Demasiado tarde se dio cuenta de la trampa. Gaara lanzó los restos de la manzana directamente a su papelera.

—Espero que valga la pena divertirme.

Cerró la puerta tras él antes de que Naruto pudiera negarse. Lo sentía por la pobre pequeñaja, pero él no podía cuidarla.

Volvió a mirar la fotografía.

—Hinata. ¿Eh? Será divertido.

Abrió la puerta antes de que Itachi se percatara de que estaba cerrada.


.

Hinata se estremeció cuando una nueva ráfaga de aire removió sus ropas. La noche estaba cayendo y el fresco nocturno arrecia. Sakura se había recogido ya y ella se quedó unos instantes para, simplemente, disfrutar de la idea próxima de Ino. Su hermana tenía una mente genial en cuanto a jardines se trataba.

El móvil vibró en su bolsillo y cuando lo sacó, una sonrisa le cruzó la cara. Completamente ilusionada, se volvió hacia la puerta principal y corriendo, saltó para echarse en brazos del único hombre en la tierra capaz de tratarla como una princesa. Y contando con que tenía seis princesas, eso ya era mucho decir.

—¡Papá!

Hatake Kakashi la sostuvo de la cintura mientras le plantaba un sonoro beso en la frente. Hinata lo estrechó con todas sus fuerzas entre sus brazos y ahogó un gritito de felicidad de volver a verle.

Por más que tuviera veintidós años y estuviera prometida, ver a su padre era como que el cielo se abriera. Y estaba segura de que sería madre y continuaría sintiéndose como una niña de nueve en sus brazos.

Escuchó los pasos de las demás chicas y se hizo a un lado para permitir que una tras otra se uniese en abrazarlo y besarle. Izumi fue la más reservada y Temari apenas le dio un apretón en los hombros.

Kakashi suspiró libre ya de tanto amor de hija y se volvió hacia su mujer. Rin esperaba tras él, con las manos en la espalda y una tierna sonrisa por la escena. Kakashi extendió una mano para que se uniera y todas se abrieron en abanico para darle también la bienvenida.

—Será mejor que hablemos dentro de todo —expresó el hombre asintiendo con la cabeza antes de que Temari abriera la boca—. Por favor.

Todas obedecieron y le siguieron hacia el interior de la mansión. Kakashi revisó todo con buen ojo, sorprendiéndose y mirando a Matsuri.

—¿Tiene buena biblioteca?

—¡La mejor! —respondió esta soltando una risita de júbilo.

—Bien, me alegro. —Se volvió hacia Temari—. ¿La cocina es de tu gusto?

—Es justo como la que quería —asintió la rubia cruzándose de brazos y con las mejillas ligeramente enrojecidas. No quería dejarse vencer antes de aclarar las cosas.

—¿Las vistas son idóneas, Hinata?

Hinata asintió ruborizada. El hombre se volvió hacia Ino.

—¿Qué tal el jardín?

Ino fingió remangarse y levantó el puño con una sonriente y emocionada sonrisa.

—Lo convertiré en una cosa preciosa, papá —prometió.

—Estoy completamente seguro de ello —aseguró. Se volvió hacia Sakura—. ¿Necesitas una piscina más grande?

Sakura negó.

—Para nada, papá. Te aseguro que daré una fiesta alucinante de piscina.

Kakashi rio y sacudió la cabeza mientras un ya veremos se acentuaba en su gesto. Se detuvo en Izumi y suspiró.

—Me apuesto lo que quieras a que has pensado más en tus hermanas que en ti. Incluso que nos habrás dejado a Rin y a mí la mejor habitación. Que te has pasado todo el tiempo encargándote de todo y ni siquiera has ido a buscar unos muebles nuevos como han hecho las demás.

Izumi enrojeció pese a su edad, mordiéndose el labio inferior. Kakashi la apretó entre sus brazos.

—Ya hablaremos de esto, Izumi —susurró contra su oído—. ¿Qué clase de padre no quiere que sus hijos sean felices? Te mereces ser feliz y pensar un poco en ti. Sakura, Ino: ¿por qué no os la lleváis mañana a una peluquería, compráis ropa y muebles con ella?

Las dos adolescentes rieron emocionadas, pero Izumi levantó una mano para acallarlas.

—Mañana será imposible, papá. Tengo que atender a los de seguridad y a los empleados para la valla. No quiero ser irresponsable. Bastante que Temari y Hinata han estado ayudándome.

—Eres imposible —suspiró Hatake encogiéndose de hombros—. Como quieras. ¿Por qué no pasamos a alguna de las habitaciones que ya estén montadas donde podamos hablar en vez del hall?

Las chicas los guiaron a la salita que en tiempo antaño había sido catalogada como una sala para los hombres, donde beber y fumar era algo solo de ellos y las mujeres estaban vetadas. Izumi y Temari habían hecho un buen trabajo decorándola y aunque no estaba terminada, tenía lo suficiente como para entretenerse en una charla.

Temari apareció con una bandeja de suficiente té para todos. Tras que su padre bebiera un sorbo, las miró una a una, terminando en su mujer, quien asintió y le dio un apretón en la mano.

Hinata, al contrario que el resto de sus hermanas, miraba maravillada la pareja que ambos formaban. Quizás había tardado demasiado, pero su padre finalmente era feliz. Y dada la casualidad, con el amor de su vida. Rin y él habían sido compañeros de colegio y su padre se había enamorado de ella, pero jamás movió un dedo porque ella parecía estar enlazada a su mejor amigo.

Cuando este falleció, Kakashi no se lo pensó demasiado y regresó a recuperar el amor de su vida.

—Supongo que todas tenéis la misma pregunta: ¿por qué no estás en tu viaje de bodas y sí en la portada del periódico?

Hizo una revisión general de sus rostros y todas parecían tener el mismo gesto dubitativo en su cara.

—Papá, déjate de evasivas y demás tonterías —protestó Sakura. Su padre sonrió divertido. Sakura siempre era la más rebelde con él—. Hemos estado toda una noche mordiéndonos las uñas. Incluso atacaron a Izumi y creemos que es por culpa de esa publicación.

Kakashi se puso serio y clavó los ojos en su hija mayor.

—¿Te atacaron?

Izumi asintió cohibida.

—Pero no fue grave. Por eso quiero poner una alarma. No quiero que ninguna de mis hermanas pase por ese peligro.

—Mi buena Izumi —murmuró Kakashi frotándose los cabellos—. Tú también eres importante, nunca te olvides de eso. Ya he firmado los documentos necesarios para eso. Pero hay algo que debéis de saber.

«Lo que visteis en la portada del periódico era la llave de la ciudad. Creo que ya lo sabéis si habéis leído la crónica. Pero entre nos, no es tan solo eso. No es lo único que ganas al obtenerla. Que me dieran esa llave estaba pactado desde hace años. Justo antes del nacimiento de Matsuri. Es un poco largo de explicar.

—Creo que tenemos tiempo —remugó Ino cruzándose de brazos—. Nos dijiste que habías obtenido la fortuna gracias a un lejano pariente tuyo.

—Y así es —reconoció dándole un toque a la nariz arrugada de la chica—. No os he mentido, no os preocupéis. La recibí de un pariente lejano. Era su único heredero pese a que no nos hemos visto nunca. Sin embargo, gracias a él también es que me entregaron la llave. Esta llave es especial.

—¿Tiene poderes mágicos? ¿Abre una puerta que dará a un gran tesoro oculto por muchos ladrones?

Kakashi rio. Sakura estranguló fingidamente a su hermana menor y Hinata sonrió dulcemente.

—No has cambiado en imaginación, pequeño monito —reconoció su padre con el apelativo cariñoso que siempre usaba para Matsuri, quien siempre había adorado subirse a los árboles—. No. Es algo más peligroso. Desgraciadamente, no puedo deciros qué exactamente abre.

—¿Por qué? —cuestionó Hinata interesada.

—Secreto militar, seguramente —respondió Temari encogiéndose de hombros.

Su padre no lo negó. Sus años como miembro de la milicia continuaban ahí en sus gestos y por la forma en que sus ojos brillaban, descubrieron que había llegado hasta prometer no soltar prenda a costa de su vida.

—En definitiva. Que tenemos una llave que ha salido en los periódicos y que es capaz de abrir algo sumamente importante. Que tu familiar de vete a saber dónde y que te dio el dinero, era el primer encargado de guardarla y ahora recae sobre ti —resumió Izumi enarcando una ceja—. Bien. Si es tan peligroso: ¿por qué demonios lo hicisteis público?

—Lo de siempre —habló por primera vez Rin—. La prensa se enteró antes incluso que nosotros. Hubo una filtración por alguna parte y al gobierno no les quedó más que hacerlo público para no fingir que es algo sumamente importante y querían hacerlo a espaldas del mundo.

Hinata la miró fijamente. Tenía el mentón tenso y estaba cruzada de brazos. Según sabían, había sido periodista tiempo atrás y, por lo tanto, entendía a la perfección esos asuntos.

—¿Seguro que fue una infiltración antes de que os enterarais? —inquirió Temari severa con la mirada fija en ella.

Rin enrojeció por la sorpresa. Su padre le puso una mano en la pierna como apoyo.

—Estamos seguros, Temari. No seas grosera —regañó—. Ya veo que sigues sin poder controlar tu genio, como siempre.

Fue el turno de Temari de enrojecer y bufando, desvió la mirada. Rin sujetó la mano que tenía en su rodilla.

—No la regañes, cariño. En realidad, tiene razón en dudar de mí. Soy periodista. Retirada, sí, pero sigo siéndolo. La comprendo.

Temari bufó y se cruzó de brazos.

—De todas maneras, esto os afectará en vuestras vidas. Lo siento —se excusó Kakashi enarcando las cejas.

Matsuri se encogió de hombros y habló por todas.

—Tarde o temprano sabíamos que íbamos a ser famosas. Yo seré la mejor escritora del mundo. Hinata salvará tantas vidas como pueda de la pobreza. Especialmente, infantil. Temari será la mejor cocinera del mundo. Sakura será médico y estoy segura de que hará una gran proeza. ¿Quién sabe si el mejor trasplante de corazón del siglo? Ino será la mejor decoradora de jardines del mundo. Y Izumi encontrará algo que hacer con su vida que no sea mandarnos a nosotras. Aunque ya os digo que como manijera no existe ninguna mejor.

—¡Oye! —protestó Izumi completamente colorada.

Los demás rieron con ganas durante un rato.

—Bueno. Por otro lado, chicas. Habéis hecho un trabajo increíble con toda la casa. Me gustaría, Izumi, que me enseñaras la valla y demás. Cariño —añadió volviéndose hacia Rin—. ¿Por qué no descansas un rato?

Rin asintió poniéndose en pie y tras hacer una leve reverencia, caminó hacia las escaleras.

Hinata decidió acompañar a su hermana y su padre en el paseo alrededor de la casa. Izumi le explicaba los puntos clave y especialmente, el lugar por donde había entrado el misterioso sospechoso.

Se detuvo a un lado de la valla junto a la pobre y destartalada casa vecina. Kakashi había fruncido el ceño al verla y decidió que hablaría con los chicos que vivían en ella. Hinata realmente no había prestado más atención sobre ellos que a los que se encontró colocando aquella señal de tráfico durante su trayecto al trabajo.

Su móvil vibró en su falda y dando la espalda hacia los otros dos y la casa, sonrió con timidez al leer el mensaje. Con las mejillas ruborizadas, respondió.

Pese a que el calor estaba anclado en sus mejillas, no llegó hasta su corazón.


.

—¿El novio?

Gaara desvió la mirada hacia el costado de la casa que daba a la mansión al escuchar la voz masculina. Mientras cogía la correspondencia, no se había percatado de la presencia de las tres personas de tan ensimismado que iba en sus pensamientos.

Naruto iba a deberle una bien gorda.

La chica que su hermano había escogido pese a estar prometida, se había puesto colorada y asentía hacia el hombre, quien puso una mano sobre su hombro gentilmente.

—Tenemos que vernos algún día. Esa corta presentación por teléfono fue apenas un simple saludo. Creo que tengo derecho a conocer al futuro marido de mi hija como corresponde. Sé que estás prometida con un chico al que ni siquiera he visto.

Gaara cerró la puertecilla del buzón con intenciones de marcharse, antes de que llegaran a pensar que era una maruja con el oído puesto que fingía leer facturas que, suponiendo lo poco que había en el tarro del dinero, les iban a costar lo suyo pagar. Pero la dichosa puerta tuvo que soltarte del dichoso tornillo y caer a sus pies con un ruido que, estaba seguro, resonó por toda la urbanización.

Maldiciendo su mala suerte, se agachó para recogerla y al levantarse, sin necesidad de mirar, sabía que tenía todas las miradas de los otros tres clavadas en él.

—Vaya. Mira por dónde —habló el hombre—. Perdona, chico. ¿Puedes esperar un momento? Me gustaría hablar contigo.

Gaara se tensó, pero esperó. Las dos mujeres y el hombre salieron por la puerta principal y casi más rápido de lo que Itachi se movería, llegó hasta su altura. Las chicas casi llegaron resollando tras él. Le extendió una mano.

—Soy Kakashi Hatake. Acabo de comprar la mansión y sus terrenos.

Gaara miró la mano y luego a él. El hombre sonrió con una gota de sudor cayéndole por la mejilla mientras esperaba el apretón de manos correspondiente. Enarcó una ceja. Antes de que las cosas fueran a más, otra mano apretó la mano del visitante. De reojo, alcanzó a ver a Itachi hasta que habló.

—Itachi Uchiha, señor —saludó—. Disculpe a mi hermano. Es algo asocial.

Gaara gruñó una palabrota y le dejó paso mientras intentaba volver a colocar la dichosa puertecita del buzón.

—No se preocupe. Tengo alguna que otra hija con esa misma personalidad. ¿Podría hablar con sus padres? —cuestionó.

Gaara sintió tensarse a Itachi casi al mismo tiempo que él rechinaba los dientes. Esa condenada pregunta siempre estallaba ante sus caras con la misma respuesta.

«Ey. ¿Quién es tu madre? ¿Cómo está tu padre? ¿Podemos hablar con él?»

«Oh, sí. Vaya usted al vertedero más cercano y busque la peor mierda del mundo. Seguro que es mi padre»

El muy desgraciado no había vuelto a dar señales de vida. Por un lado, era bueno, pues no trajo más progenie al mundo. Pero por otro, era una putada. Porque todos tenían algunas cosas que reclamar. Como, por ejemplo: ¿quién fue la puta madre que lo parió y lo dejó tirado en sus brazos? ¿Con quién tuvo un niño tan rubio como el sol? Naruto y él eran los que más destacaban entre sus hermanos.

Nadie nunca se creía que eran hermanos de los demás. ¿Cómo podía ser que siendo cuatro hermanos morenos dos de ellos resaltaran de ese modo? Pelirrojo y rubio. Qué clase de genes malditos poseían.

A saber.

—Lamento decirle que nuestros padres son ilocalizables, señor. —Gaara notó todo el esfuerzo que Itachi hacía para evitar que se notara el desprecio en su voz—. Soy el que me encargo de esta… humilde casa. ¿Le hemos molestado en algo?

Kakashi Hatake sacudió una mano como si espantara una mosca, restándole importancia.

—Para nada, joven. Más bien, quería hablar con vosotros acerca del arreglo de la valla. Los costos pienso mantenerlos yo, al fin y al cabo, es mi decisión cambiar la valla por mi cuenta.

Itachi asintió.

—Lamento el estado.

—No te disculpes. La otra parte de la valla está en muy malas condiciones y no es por vuestra culpa. Esta tampoco. Los anteriores dueños de la mansión debieron de haberla cuidado con más interés.

Gaara rodó los ojos mientras todos se enfrascaban en hablar de cosas sin importancia.

—Suena aburrido. ¿Verdad?

Miró hacia la valla. La pequeña de los Hatake estaba apoyada contra los sucios barrotes y le miraba con una sonrisa en la cara mientras sus ojos brillaban. Gaara enarcó una ceja.

—Los mayores hablan y hablan sin cesar de cosas que para otros no tienen importancia.

Gaara se acercó a ella un poco disimuladamente. Clavó sus ojos en ella y enarcó una ceja.

—Las crías a veces también son petulantes.

Y se volvió para entrar. La chica gritó tan fuerte que calló hasta los mayores.

—¡Sé lo que significa esa palabra! ¡Diablos!

Gaara le sacó la lengua y entró bajo una mirada de advertencia de Itachi.

Cuando este se reunió con él, rebuscaba algo que poder masticar sin que su estómago decidiera volver a expulsarlo. Y dada la escasa lista de la compra que solían hacer, dudaba que así fuera.

—¿A qué ha venido eso? Creí que habíamos quedado que Naruto se haría cargo.

—Hemos cambiado —respondió cerrando la puerta con un rabanito entre los dedos. Cogió un cuchillo para quitarle la piel y apoyó la cadera contra el quicio—. Solo eso.

—¿Cómo que habéis cambiado? —cuestionó Itachi incrédulo. Con la mirada, buscó el sobre en la mesa de la cocina—. No jodas que ha…

—No tenemos que enamorarnos de ellas, ¿verdad? ¿Qué más da que esté prometida?

Itachi se frotó la frente.

—Eso también es verdad. Mierda.

—Van a poner seguridad —informó Shikamaru bajando las escaleras.

—Supongo que en este lado de la valla no —opinó tirando la piel entera en una olla con caldo que hervía con, a saber cuáles, algunas verduras—. Eso nos da paso libre.

—Sí, desde luego. Porque he conseguido que el hombre confíe en nosotros. Pero si sospecha… tendremos que coger las maletas.

Gaara mordisqueó el rabanito entre los dientes. El sabor le revolvió el estómago. Tiró el vegetal en el caldo y con una maldición, buscó el cuarto de baño. Escuchó a Itachi maldecir y a Shikamaru trastear en el mueble de las medicinas.

Justo cuando ambos entraban, Gaara estaba apretando los dientes y los puños, mientras el resto de su cuerpo temblaba como si de un flan se tratara. El siguiente vómito llegó acompañado del familiar pinchazo en su hombro.

Sí. Los genes eran una mierda.

Continuará...


Notas aclaración:

*: Con esto se refiere que a Sakura le gustan los hombres mucho, pero no del modo vulgar ni obsceno hasta el grado de hacerla parecer una puta. No.