Siento la espera. ¡Ya vamos con estos hermanitos y hermanas complicados!


Resumencillo:

Hasta ahora, las hermanas Hatake han ido acomodándose en su nuevo hogar y conociendo el barrio. Tras una fuga nocturna insatisfecha, Ino y Sakura se pelearon por diferentes pensamientos. Mientras que la primera empieza a sentirse atraída por el chico artístico de los vecinos, Sakura sólo piensa en divertirse en la piscina y, si puede, pescar algún bombón. Ha empezado una buena amistad con Naruto, quien parece seguir sintiendo algo hacia ella y disfruta molestar a Sasuke.

Izumi sigue en sus trece de no querer que las chicas se acerquen de más a ellos, pero sí en agradecer su ayuda hacia Hinata, pues Naruto la encontró en un puente a punto de morir tras que esta tuviera una cena catastrófica con su prometido. Lo que no esperaba era que terminaría besándose con el mayor.

Gaara ha tenido una recaída grave de su enfermedad y tuvo que ser ingresado, siendo por Hatake los gastos médicos pagados y haciendo así que Shikamaru viera mal su "trabajo". Hinata ha descubierto que tiene un primo al que finalmente conoce, ajena a los pensamientos de su prometido hacia ella y su padre…

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ºNunca te enamores de esas hermanasº

5º: Presión


No me fuerces a ir a verte.

Mis pies me llevan solos a ti.


Hinata suspiró aliviada cuando por fin pudo colocarse su ropa y quitarse el pijama del hospital. Le había costado muchísimo convencer a su padre que quedarse más tiempo sería un gasto tonto de dinero y ocuparía un lugar que otra persona a quien realmente le hiciera falta necesitaría.

Temari estaba con ella en la habitación tras que echaran a su padre, quien las había mirado con un mohín de tristeza y había luchado por quedarse, hasta que Rin se lo llevó indicándole que ya no era una niña a la que pudiera ver cambiarse como antes.

—¿Estás bien? —preguntó Temari entregándole la rebeca.

—Sí, tranquila. Me lo habéis preguntado cómo siete veces desde que me dieron el alta —recalcó con una sonrisa.

Temari se mostró ligeramente avergonzada por ello. No podía culparlas. Ellas la amaban del mismo modo que ella lo hacía.

¿Por qué no podía comprender eso?

Las amaba con locura. Eran sus hermanas y cuando le hacían falta, ellas aparecían sin dudarlo. La mimaban hasta la hartura y la regañaban por no darle más sabrosura a su vida.

Se quedó mirando sus manos cubiertas por las mangas de la rebeca, estudiando el anillo que faltaba y que Izumi había prometido guardar hasta que saliera del hospital. No le hacía extraña su falta. Era una joya muy bonita, debía de confesarlo, pero no era emocionante. En su momento quizás sí lo fue. Toda una pedida de mano romántica en medio de un restaurante de lujo que no merecía. Se había abochornado demasiado en ese momento.

¿Quizás eso había influido en decir que sí?

Continuaba sin recibir llamada alguna y estaba empezando a pensar que simplemente estaba ignorando su situación. Si eso era lo que le esperaba por el resto de su vida, no lo quería.

Ella había nacido en una casa en donde siempre había amor, apoyo, confianza, ruido. Y siempre una llamada de por medio. Una visita a un dormitorio inesperadamente. Encontrarse en la cocina a la hora de comer era imprescindible. Todas se levantaban a la misma hora por lo mismo y, después, ya podían regresar a su cama si lo deseaban. Eran cosas que las hacían una familia. Tradiciones que esperaba incluir en la vida de sus hijos.

Y no quería perder eso. No por sus hermanas. Ella misma quería una familia feliz y para ser feliz, a veces hacía falta que fuera ruidosa. Risas, ruidos, alegría.

Creía que no era tan difícil de comprender.

Por supuesto que tendremos nuestros hijos, le había dicho él una vez mientras la tomaba de las manos, pero cuando puedan despegarse de ti, los enviaremos a un internado. Yo me crie de esa forma y no he salido nada mal.

Hinata había pensado que aquello era una broma, especialmente por la forma que había sonreído, como si ocultara ese mensaje entre líneas. Pero jamás había sentido tanto miedo como en ese momento de que el hombre al que supuestamente amaba, era todo lo contrario a lo que ella esperaba.

Y que ni siquiera hubiera llamado para preguntar qué tal estaba, era una gran señal.

—¿Hinata?

Volvió en sí cuando Temari pasó una mano frente a sus ojos. Le sonrió aturdida.

—Dime.

—Si estás lista, vamos saliendo. —Temari señaló la puerta.

—Ah, sí. Perdón, me había quedado pensado en cosas…

—Cosas que no te hacen feliz.

Se detuvo. Temari siempre había sido bastante sensorial para esas cosas. Aunque tendiera más a evitar los sentimientos.

—Mira, nunca me meto en cuanto a tu compromiso o quién es él. Te doy tu espacio y margen para que seas tú misma quien decidas qué hacer con tu vida, paso a paso. Al principio parecías realmente feliz, hasta el punto en que te empanabas y te comías las esquinas de la casa. Ahora pareciera que estás en un funeral. Marchitándote poco a poco.

Hinata no pudo evitar mirarla con sorpresa.

—No voy a decirte qué hacer —aclaró Temari firmemente—. Es tu decisión. No obstante, como no te haga feliz, le patearé el trasero de tal forma que no podrá sentarse jamás.

Hinata deseó besarle la mejilla ahí mismo y no se controló. Cuando la puerta de la habitación se abrió por el jaleo, ambas habían caído sobre la cama, riendo. Su padre las miró enarcando una ceja tras otra.

—¿Puedo unirme? —cuestionó llevándose un dedo hasta la boca infantilmente.

—¡No! —negaron ambas entre risas.

El hombre gruñó y estaba a punto de abrazarlas a la vez, cuando alguien carraspeó tras ellos.

—Ah, ya no lo recordaba. Me emocioné demasiado —carraspeó a su vez, mirándolas—. Hinata, tienes visita.

Hinata se apartó algunos mechones de la cara y se incorporó para poder ver al hombre tras su padre. Al principio, pensó que era una completa alucinación. Se arregló la ropa y avanzó. Su padre le rodeó los hombros antes de que se acercara más a él.

—Así que este hombre es tu prometido —habló susurrante en su oído.

Hinata asintió, temblando.

Podía ver que la mirada su prometido era dura y una mueca que aseguraba que iban a tener que hablar más tarde.

—Papá, Rin, Temari —nombró señalando hacia él—. Os presento a Toneri Ōtsutsuki, mi prometido.

Hubo un momento de tensión en el ambiente. Toneri hizo una inclinación torpe, mientras que su padre se había quedado sin palabras, con los ojos entrecerrados y los labios apretados. Rin le dio un pellizco para despertarlo, pero no era un trance en lo que estaba. Ni tampoco parecía tener esa mirada de padre paternalista que no quiere que una de sus hijas se case.

—¿Papá? —cuestionó asustada—. No es la primera vez que hablas con él…

—No —reconoció Hatake—. Pero nunca supe su apellido.

Toneri se llevó una mano al pecho.

—Mi apellido o procedencia poco tiene que ver, señor Hatake. Es mi amor por Hinata lo que debería de impresionarle.

—Conozco lo suficiente a los de tu familia como para saber de qué costal vas —rectificó Kakashi señalándolo con el índice—. Una rama que pertenece a los Hyûga, no es algo que deba de hacerme confiar.

Hinata ahogó un gemido de sorpresa, mirando hacia Toneri.

—¿No se lo dijiste? —inquirió Kakashi enarcando una ceja.

—No lo encontré necesario —respondió Toneri. Clavó la mirada en ella, imperturbable—. ¿Entiendes ahora nuestras conversaciones?

—Sí —dudó.

—Era por esto. Tampoco por ello quería conocer a tus padres hasta que fuera el momento correcto, como nuestra boda. Sabía que iba a negarse a nuestro matrimonio, cuando nuestra situación no es muy diferente de la que él mismo vivió.

Kakashi se adelantó, aferrándolo de la chaqueta del traje. Toneri desvió la mirada hacia él. Hinata alargó la mano para sujetarlos a ambos de los hombros, pero su padre la ignoró. Tenía el mentón tenso y sus ojos brillaban de rabia.

—Tú no sabes nada de nuestra vida, ni de lo que me ha pasado. Ni de lo que ha pasado Hinata.

—Lo sé, señor Hatake —dijo Toneri tranquilamente.

Le aferró la mano con suavidad para que le soltara.

—No pretendo meter el dedo en la llaga. Sólo quería que comprendiera nuestra situación.

Le rodeó los hombros con tensión y la pegó contra él.

—Le ruego que no se interponga en nuestro amor. Sería algo hipócrita de su parte.

Sin darle tiempo a su padre a responder, se inclinó hacia Temari, que había recogido su maleta.

—Con permiso. Yo la llevaré a su casa.

Hinata se dejó arrastrar. Lo último que vio fue a su padre dejarse caer sobre la cama, llevándose las manos al rostro y ser rodeado por Rin y Temari.

Miró la espalda de Toneri a medida que avanzaban.

—E-espera —suplicó.

Él la ignoró. Continuó caminando a grandes zancadas hasta salir del hospital. Se detuvo para hacer una señal al conductor de la limusina. A medida que el coche avanzaba hacia ellos, empezó a tener más miedo. No quería irse así. No quería dejar a su padre de esa forma.

No. Su amor no consistiría jamás en hacerle daño a otros. ¡No podría!

Se soltó bruscamente de la mano, retrocediendo.

—¡Espera! —exclamó.

Su voz todavía no se había recuperado del todo y la garganta todavía le dolía. Se llevó las manos hasta la zona, mirándole en súplica. Toneri se volvió para mirarla desde su altura, siempre superior, como si fuera capaz de juzgarla y eso fuera lo más verídico del mundo.

—No puedo irme así —explicó—. Mi padre no es malo. Su vida no ha sido fácil y…

—Deja de dar excusas —la interrumpió levantando una mano—. Ya te dije que cuanto más centrada estás en tu familia, menos puedes ver lo nuestro. No vamos a estar toda la vida detrás de ellos.

Hinata se mordió el labio inferior.

—Además. Vine porque me dijeron que habías sufrido un accidente terrible y cuando llego, estás jugando con tu hermana tranquilamente. ¿Qué clase de mentira es esta? ¿Quieres llamar la atención simplemente? Si lo que quieres es que esté siempre prestándote atención, sólo tienes que casarte conmigo ya.

La asió de la mano, buscando el anillo. Estaba atónita. Estiró los labios en una fría sonrisa.

—Ni siquiera lo llevas puesto.

Retiró la mano, ocultándola contra su pecho mientras rozaba con el índice y el pulgar de la otra el lugar donde había estado siempre el anillo.

—Lo tiene mi hermana. Tuve que quitármelo en el hospital —explicó preocupada—. No me lo habría quitado de no ser necesario… yo… yo…

—Hinata, no balbucees —regañó cruzándose de brazos—. Di lo que tengas que decir. Sabes que siempre te escucho.

Negó con la cabeza.

—A veces… parece que no —confesó—. Yo no puedo irme y dejar a mi familia así. Ellos…

—Ellos siempre van a estar por encima de nosotros. ¿Verdad?

—No quiero decir eso… —negó torpemente—. Ellos y nosotros son dos cosas diferentes. Pero yo no puedo dejarles. Son mi familia.

—Has de tener tu propia familia. Es lo que intento darte. ¿Por qué no lo comprendes? Ven conmigo.

Extendió su mano con firmeza hacia ella.

—¿No soy el hombre que amas?

Hinata estaba hecha un flan. De nuevo, de alguna forma, Toneri había conseguido ponerla entre las cuerdas. Presionarla hasta el punto en que su cabeza no pensaba con claridad y su lengua ni siquiera era capaz de permitir que sus sentimientos se exteriorizasen en palabras.

—A eso lo llamo yo presión a nivel mundial.

Hinata dio un respingo al escuchar la voz. Había extendido un poco la mano hacia él, deteniéndola. Miró hacia su izquierda a la vez que Toneri. Atónita, descubrió al joven rubio que la había salvado de la muerte.

—¿Perdón? —cuestionó fríamente Toneri—. Es una conversación privada.

—Sí, seguramente —reconoció el muchacho—. ¿Sabes qué pasa? Que estás en plan entrada del hospital y ocupando tu súper cochazo de ricachón el lugar donde tiene que parar el taxi de mi hermano. Así que, si no te importa, fush, fush.

Hizo señales con la mano como si espantara las moscas.

Toneri reaccionó a la idea de interponerse en la salida de los enfermos y abrió la puerta de la limusina, esperando por ella. Hinata dio unos pasos para seguirle.

—Ah, ella se queda también.

Sin tiempo a reaccionar, la había atrapado por el brazo. Su hombro chocó contra su pecho, quedando atrapada entre ambos hombres. Levantó la mirada hacia el chico más joven.

—¿Algo que decir? A ver si puedes intentar presionarme a mí —incitó haciendo una mueca torcida en su morena cara—. Vamos, gilipollas.

Toneri se volvió hacia ellos lentamente.

—Hinata.

Volvió a extender la mano hacia ella.

—Son muchos años como para que un crío pueda comprender lo nuestro.

Angustiada, no sabía qué hacer.

—No vayas —susurró el chico.

Agrandó los ojos al levantar la cabeza hacia él una vez más. Mantenía la mirada firme hacia Toneri y todo su cuerpo parecía listo para pelear.

—¿Ocurre algo?

Otra voz se unió a ellos. Cuando le vio, el chico estaba justo hombro con hombro con el rubio. El mismo que había visto darle un golpe el día de la señal de tráfico. Sus oscuros ojos se posicionaron sobre Toneri, esperando.

Éste mismo suspiró, dándoles la espalda.

—Ya hablaremos, Hinata.

Se subió al coche sin añadir más y la limusina avanzó calle abajo.

Hinata ahora se encontraba entre ambos chicos, escoltada y superada por su altura y anchura. Cuando Izumi le había asegurado que eran impresionantes y que todos los de esa familia bien podrían ser modelos, pensó que estaba exagerando un poco, siempre nerviosa con cualquier contacto masculino hacia sus hermanas. Pero no, Izumi estaba en lo cierto.

No se había fijado demasiado el día que los vio pasar de largo y la otra noche, había estado tan oscuro como para ver bien al chico rubio, aunque podía asegurar y confirmar que era bien fuerte y ancho para un chico de solo dieciocho años.

—¿En qué lio te has metido ahora, Usurantonkachi?

—¡Teme! —exclamó el chico—. ¿Por qué apareciste? Lo tenía todo bajo control, ttebayo.

—Iban a partirte la cara —corrigió el moreno.

—¿Y qué sabes tú? Vuelve a ponerte tu coletita y vete zumbando al curro.

—Hoy no tengo curro. Venía a buscar a Gaara con los demás.

Hinata alternaba la mirada de uno a otro según hablaban, mareándose cada vez más. Los chicos no parecían estar dispuestos a dejar de pelearse y tampoco a soltarla.

—Chicos… —balbuceó—… me aplastáis.

Porque cada vez estaban más uno encima de otro, sacándose los dientes y pegando sus frentes como si fueran machos de cabras. Y estar en medio no era del todo beneficioso.

Además, empezaba a sentir cosas que no debía pegándose contra sus nalgas y vientre.

—Por favor… —rogó.

Ambos detuvieron la batalla para mirar hacia abajo. Se encontraron con su rostro, enrojecido y se apartaron como si acabaran de tocar algo completamente caliente, levantando las manos y mirando a su alrededor, como si temieran que apareciera la policía.

—¡Lo siento! —se excusó el rubio.

—Naruto —nombró el moreno—. Hazte cargo de tus acciones.

Le dio la espalda para entrar en el hospital. Naruto levantó un puño como respuesta mientras gruñía entre dientes.

Hinata no sabía qué hacer en esos momentos.

Toneri seguramente estaría furioso. Su padre estaría enfadado y triste. Ella estaba hecha un completo lio y un flan. Porque los calores de hacia un momento se habían esfumado.

Se llevó las manos al rostro y sollozó.

—¡Ah! ¡Ey, no llores! —exclamó Naruto inclinándose en busca de su rostro—. Lo siento, lo siento. Esto lo hacemos siempre entre nosotros. No es que nos estuviéramos peleando en serio. De verdad.

Hinata se retiró las manos. Lloraba a lágrima viva, como si de una adolescente y no una adulta se tratara.

El chico tenía tal cara de espanto que parecía estar a punto de echar a correr.

—¡Ya sé! ¿Qué tal si te enseño mi lugar secreto? ¡Seguro que allí te sentirás bien!

Se inclinó para coger la mochila de ella y, después, tiró de ella para echar a correr. Se giró, sonriéndole.

No estaba muy segura de ello, porque el llanto apenas le permitía ver su rostro.

Pero por una vez en su vida, no se sentía como una estúpida.

¿Acaso eso era libertad?


Sasuke entró por la puerta justo cuando Gaara se cerraba los pantalones y accedía entre dientes a que Shikamaru le colocara la chaqueta.

—Hace calor.

—Deja de protestar. Los enfermos han de ser buenos.

—Parecéis una pareja de casados —gruñó Sasuke agachándose para recoger la bolsa con las medicinas.

Shikamaru levantó el dedo corazón como respuesta. A veces, sus hermanos disfrutaban subiéndose a su chepa y olvidando que era mayor que ellos.

—¿Y Naruto? —cuestionó—. Dijo que vendría también.

—Ah. Lo vi antes. Estaba con… ¿Cómo se llamaba?

Shikamaru y Gaara apenas pudieron controlar la sensación de un sudor frio.

—Si no lo sabes tú…

Sasuke pareció rumiarlo bien.

—La chica de cabellos largos de las vecinas.

—Hinata —recordó chasqueando la lengua.

Suspiró. Se rascó la nuca.

—Espera. ¿Qué?

—Sí —respondió Sasuke encogiéndose de hombros—. Cuando llegué, estaban juntos. También un tipo de cabellos blancos y mirada fría. Se parecía un poco a la chica en esos ojos. Pensé que iban a pelearse.

Shikamaru suspiró.

—Se suponía que había quedado fuera.

—Se la cambié —respondió Gaara intentando quitarse la chaqueta disimuladamente—. Itachi lo sabe.

—Entiendo —inclinó la cabeza en aceptación mientras cerraba la cremallera de la chaqueta—. La llevas puesta.

Tsk.

Los tres comenzaron a salir, deteniéndose al encontrarse con otra de las hermanas en el camino. Precisamente, la suya. Aunque decirlo de ese modo era algo irónico. La chica apenas parecía prestar atención por donde caminaba y Shikamaru la retuvo de la frente justo antes de que se golpeara con una de las columnas.

—¿Qué crees que haces? —exclamó retrocediendo y llevando una mano donde estuvo antes la suya.

—Ibas a comerte la columna —respondió señalándola con el pulgar.

La mujer le miró. Luego la columna. Volvió a mirarle.

Era muy leve, pero logró ver un leve rubor en sus mejillas.

—Gracias —respondió seca.

Miró a su alrededor, como si buscara a alguien y suspiró.

—No habrás visto a mi hermana. ¿Verdad?

Shikamaru se rascó la barbilla, sopesándolo.

—¿Cuál de ellas? Sois seis.

Cuando le miró pareciera que fuera a mandarlo al cuerno, pero parecía estar demasiado desesperada.

—Hinata, la tercera. Es la que tiene el pelo más largo y azul, con ojos…

—Sí —interrumpió—. Está con mi hermano pequeño.

Ella suspiró.

—Por dios… ¿En qué está pensando? —cuestionó más para sí que para él.

—¿Ocurre algo porque esté con mi hermano?

Ella abrió mucho los ojos al mirarle.

—Claro que no.

—¿Por qué entonces esas palabras?

—Porque acabamos de… No importa. ¿Con tu hermano estará bien?

—Sin dudas —aseguró.

Ella ladeó la cabeza y se rascó los cabellos.

—Vale. Por favor, si la veis, decidle que estamos esperándola en casa. Que vuelva sin falta.

Shikamaru asintió y la vio marcharse.

No sabía bien qué había sucedido, pero esperaba que Naruto no acabara de meterse en algún tipo de lio problemático. Uno que les diera dolor de cabeza e impidiera que continuaran con el plan.

Principalmente, que no rompiera la nueva regla.

Se unió a los otros tres para salir del hospital.

Últimamente empezaba a sospechar que aquella regla iba a dar más problemas que el trabajo en sí. No había estado tanto en casa como para saber cómo iban las cosas con todos, pero dudaba que Naruto aguantara sin incumplirla o peor… que contara la verdad.

—Sasuke —nombró una vez en el taxi y con Gaara cabeceando. Vendita medicina que era capaz de lograr adormecerlo—. ¿Quién era el chico con el que estaba discutiendo Naruto?

—Ya te he dicho como era.

Shikamaru negó.

—Necesito más.

Sasuke lo sopesó.

—Rico. Tenía una limusina. Trajeado y aseado. Un anillo con una O grabada.

Escuchó con atención cualquier pista posible. Así como él podía tener una mente, según sus hermanos, privilegiada, Sasuke era el mejor en fijarse en ciertos puntos. Itachi también era bueno en ello, pero su vista a veces era demasiado mala.

—Una letra… Puedo empezar por eso. Pare aquí —ordenó al taxista—. Lleva a Gaara a casa. Iré a la biblioteca.

Sasuke asintió y se inclinó más en el asiento tras indicarle al chofer que continuara. Pese a que cerró los ojos, Shikamaru sabía que no se dormiría.

La biblioteca era el mejor lugar para tres cosas fundamentales: conseguir internet gratis, dormir sin que nadie te molestara y con un servicio impecable de baño y máquina expendedora de café.

Saludó a la chica de la recepción, que ya lo conocía por sus frecuentes visitas, y se dirigió directamente a la zona de ordenadores. Por suerte, el que siempre ocupaba estaba vacío. Decidió rebuscar en diferentes formas, nombres de gente importante que empezaran por una O, enfocándose especialmente en noticias de la ciudad. Si ese hombre provenía de una familia rica, aparecería. Si había ganado fortuna lentamente, también. Especialmente, si había subido de rango en poco tiempo y para sorpresa de muchos.

Encontró varias publicaciones que descartó.

Había dado por hecho que la O bien podría ser de un nombre, hasta que encontró lo que buscaba. Era un apellido. Los ricos a veces actuaban así, poniendo las iniciales de sus apellidos por delante de sus nombres, para marcar que venían de una familia importante o casi extinguida.

En este caso, era así y formaba parte de la rama de los Hyûga. Si no recordaba mal, el historial de Hinata que había leído por encima, decía que era hija de una mujer perteneciente a ese clan. No le había prestado mucha más atención, puesto que al estar comprometida no creía que entrara dentro de sus planes.

El hombre en cuestión era Toneri Ōtsutsuki. Se había ido labrando el mundo lejos del círculo de los Hyûga y buscaba la forma de hacerse con el control de muchas empresas y política.

—Así que era eso…

—Si falla el sistema es porque es uno viejo.

Levantó la mirada por encima de la pantalla del pc, dando rápidamente al ratón para cambiar de pestaña.

—Tú eres…

—Sí, Matsuri Hatake, gusto en conocerte. Siento mucho lo de tu cartera, por cierto.

Shikamaru suspiró.

Gracias por recordarlo, tsk.

—No tiene importancia.

Cerró las pestañas y borró el historial. Terminó Hackeando cualquier posibilidad de ser descubierto y apagó.

La niña continuaba mirándole fijamente, con esos ojos grandes.

—¿Quieres algo? —preguntó cauteloso.

Era Gaara quien tenía que encargarse de ella, no él. Aunque dudaba que su hermano estuviera de muchos trotes como para ello.

—Sí —dijo ella. Rodó la parte del escritorio que los separaba y se sentó en la silla a su lado, acercándola despacito mientras miraba a su alrededor, como si fuera a venderle una bolsa de droga —. ¿Cómo está?

—¿Quién?

Ella se inclinó más. Olía a libro.

—El chico pelirrojo. Os vi cuando lo sacabais de casa. Mis hermanas me contaron que también estaba ingresado con Hinata. Pero no me han dejado ir a verla, así que no pude ir a ver qué tal se encontraba. Y si Izumi ve que estoy preguntando o rondando por la casa para saberlo, me castigará como nunca.

Comprendió entonces.

Las cosas iban a ser bien difíciles para Gaara si la niña estaba tan vigilada. Aunque en su país* era legal casarse ya con esa edad y encontrar un trabajo siempre y cuando la escuela te lo permitiera, el problema eran sus hermanas. ¿Cómo se tomarían también si por un casual la rondara un hombre mayor que ella? Gaara tenía siete años más.

—Hoy ha salido del hospital. Le han dado una buena dosis de carga de su medicina y lo han enviado a casa. Tendrá que hacer reposo y tomar sus medicinas diariamente.

La chica asintió lentamente, como si procesara las cosas.

—¿Puede comer de todo tipo de cosas?

—Podría si no fuera tan remilgado su estómago —gruñó —. Pero gracias a tu hermana ahora mismo tenemos la nevera llena.

Había que reconocer, que casi todos se pasaban al menos dos minutos mirando los cajones y las estanterías de la nevera sin poder creérselo. Hasta las lacenas estaban llenas —y muy limpio todo —, que era casi un sueño.

—Me refiero, a algo casero —explicó ella dándose pequeños pellizcos en la punta de los cabellos —. Querría hacerle un pastel o algo.

Dudaba que Gaara fuera de dulces. Desde pequeño no le había visto comerlos, claro que tampoco habían tenido nada dulce en su casa por un tiempo. Hasta el azucarero daba tristeza de sólo verlo. Una vez, hasta Naruto lo chupó de tal forma que Itachi, si no hubiera estado tan en shock por ello y por la falta de comida, le hubiera metido la cabeza en el fregadero por cochino.

—Si no puedes dárselo. ¿No estás en las mismas?

Ella negó.

—No, no. Porque Izumi no se negará a que sea educada con un convaleciente y seguramente, Temari-nee-san me ayude a prepararlo y la convenza. Mi hermana odia que se malgaste la comida y si se lo digo después de hacerlo, no habrá problema.

Era bastante pilla la chiquilla.

—¿Tu hermana Temari?

—¡Sí! —exclamó emocionada—. Ella es fuerte, guapa, tiene unos ojos preciosos verdes y te aseguro que hará feliz al hombre que se case con ella. Al menos, en la cocina.

Era una broma inocente, lo sabía. Pero por algún motivo él pudo ver la parte pícara que ocultaba esa parte. Porque en una cocina se podía hacer muchas más cosas que cocinar. Claro que no iba a explicarle eso a una niña.

Heeh.

Shikamaru enarcó una ceja al escucharla. Ella sonreía abiertamente.

—Podría ser. ¿Qué te interesara mi hermana mayor?

Shikamaru casi dio un respingo en la silla al levantarse. Se frotó la nuca. Se detuvo. Quizás no era una mala oportunidad, conociendo cómo eran las mujeres.

La miró de reojo.

—Podría ser.

Y se alejó, escuchando cómo gritaba y la encargada la regañaba.

Había dejado caer el cebo. Sólo quedaba esperar que picaran. Aunque iba a resultar bastante problemático.


Izumi miró satisfecha la habitación, sonriendo de oreja a oreja. Había quedado completamente limpia y a tiempo. Gaara todavía no había regresado del hospital, aunque no les quedaría mucho por traerlo.

Esperaba que su nueva habitación limpia le diera un poco de paz y tranquilidad. Al fin y al cabo, era un enfermo que debería de estar en reposo. Sólo le quedaba aquella pila de papeles que había apilado. Algunos eran carpetas y otros, tenían hojas sueltas que no se había detenido a mirar.

Los chicos solían ser muy celosos de sus cosas, imaginaba.

Además, no estaba ahí para curiosear.

Y la última vez que había limpiado la habitación de un hombre convaleciente descubrió cosas que no debería. Claro que aquello ni siquiera se lo había contado a sus hermanas, menos a su padre.

Se acercó a los cristales para limpiarlos, por último. El trapo estuvo a punto de caérsele al suelo.

¡Madre de…!

La visión que tenía ante sus ojos era claramente lo que alborotaría por completo las hormonas de cualquier mujer en sus cabales. Desde luego, no había pensado en verla. Y tampoco en que se alborotaría tanto las suyas.

Itachi Uchiha estaba en el jardín, sin camiseta, junto a su moto. Llevaba toda la mañana trabajando en ella. Lo había escuchado trastear, pero no le prestó demasiada atención hasta ese momento. La camiseta estaba colgada de uno de uno de los mangos de la moto y ajeno a que ella pudiera estar mirándolo, se agachó para coger una botella de agua, abriéndola. Había algo diferente en él, algo sexy, encantador. Quizás fuera que llevaba el cabello suelto cayendo por sus hombros, o la forma en que miraba maravillado su trabajo, aunque cansado.

No mires. Date la vuelta. No debes de… como se entere…

Itachi había echado la cabeza hacia atrás para beber y sí, la pillo en pleno momento. Dando un brinco, fingió seguir limpiando los cristales.

Miró de reojo, viendo que se había volteado, pero no lo suficiente como para no ver una media sonrisa en su rostro. Algo le decía que no iba a dejar pasar aquello.

Igual eran imaginaciones suyas, pero desde que pasara aquel encuentro en la cocina, Izumi tenía que reconocer que no sabía bien qué pensar. La había besado, no era un secreto. La duda estaba en qué habría pasado de no haber interrumpido su hermano.

¿Por qué había sido tan tonta como para comportarse de ese modo? Además. ¿Qué tenía ese hombre que la estaba volviendo loca? Parecía ir en contra de todos sus principios, diablos.

Se llevó una mano a los labios, aturdida.

Hacía mucho tiempo que no sentía la boca de un hombre sobre la suya. No recordaba ser capaz de estremecerse de ese modo o de desear más.

Y no debía sentirse así. Con ese hombre menos.

—¿No están suficientemente limpios ya esos cristales?

Dio un respingo.

—¡Dios, Santo! ¿Es que eres un ninja?

Él esbozó una sonrisa traviesa.

—Si lo fuera, querría ser el héroe que todo el mundo considera malo cuando en realidad no lo es.

—Suena muy dramático —sopesó—. Casi pareciera que fueras a morir en esa historia.

—¿Quién sabe? —cuestionó indiferente—. No es algo que un héroe en secreto deba de cuestionarse.

Miró por encima la habitación con ojo crítico. Esperaba que la criticara de algún modo.

—¿Sigues sin querer que haga que ellos te ayuden?

—Sigo —confirmó. Cuanto más lejos estuvieron ellos de estar por medio, mejor. Sólo les había pedido ayuda con los muebles y poco más—. Quise hacer esta habitación antes que la de los demás porque él salía hoy del hospital.

Itachi no le quitó la vista de encima mientras recogía los últimos enseres y daba un repaso por si se olvidaba algo. Cuando llegó a la puerta, él continuaba ahí, en pie y no parecía estar muy dispuesto a dejarla pasar.

Al menos, llevaba puesta la camiseta.

Lástima…

—¿Puedo pasar? —cuestionó mientras se gruñía mentalmente a sí misma por ese pensamiento tan descarado.

Él no se movió para concedérselo, pero sí levantó una mano hasta apoyarla contra el umbral.

—¿Acaso te pongo nerviosa?

—¿¡Qué!? ¡C-claro que no me pones nerviosa!

Santa madre de Dios. ¿Había tartamudeado? ¡Sí, lo había hecho! Y estaba sintiendo que su rostro se ponía colorado.

—No hay absolutamente nada en ti por lo que tuviera que ponerme nerviosa.

Sus ojos se entrecerraron en os oscuras rendijas.

—¿No?

—No —garantizó.

Itachi chasqueó la lengua, inclinándose hacia ella. Olía a sudor limpio, grasa y metal. Volvía a llevar el cabello recogido en una coleta. Por un instante, deseó que se lo soltara.

—Entonces, es que mi beso no fue lo suficientemente bueno.

Izumi sintió que el calor aumentaba en su rostro. Abrió la boca para protestar, pero él lo tomó como una invitación y… sorpresa. Los trastes cayeron al suelo y su cadera sufrió el apretón de un brazo masculino. Su cuerpo se rebeló a su mente y se pegó más a él, mientras su lengua irónicamente aceptaba la suya en un baile húmedo e impensable.

Sus bocas se separaron, unidas aún por el aliento y las ganas. Él la observó con su oscura mirada, brillante.

—¿Nada?

—Nada —respondió, deseando que su rostro no delatara cuánto deseaba más de aquello—. Ni siquiera besas bien.

—Te gusta tentar al demonio. ¿Verdad?

Izumi dio un respingo.

—¡Claro que no! —negó posando sus palmas sobre su pecho empujándolo hacia atrás—. Tú me has besado. No he ido buscándolo.

Itachi se tocó los labios. La punta de su lengua apareció para lamer uno de sus dedos, sexy, demasiado para su gusto.

—Pues tu cuerpo no dice lo mismo exactamente.

—¡Tonterías! —acusó—. Es culpa tuya por ir… provocando y atacándome justo cuando tengo las manos ocupadas.

Sí, tenía que haber una explicación a todo eso.

—Oh —ironizó él.

Alargó su mano hasta su nuca, acercándola. Izumi se preguntó a dónde diablos habían ido sus conocimientos o sus reflejos. Había sido capaz de golpear a un sujeto que se le tiró encima. ¿No podía hacer lo mismo con Itachi Uchiha?

Tembló y entreabrió la boca.

Él se detuvo antes de que sus labios se tocaran. Miró hacia la ventana con el ceño fruncido y chasqueó la lengua.

—Tendrás que dejar tus armas de seducción para otro momento. Mi hermano acaba de llegar.

Izumi parpadeó como un pez. Su rostro se volvió como un tomate.

Agarró los bártulos y salió dispuesta a seguir limpiando en otro lado y como Itachi Uchiha volviera a querer hacer algo, le echaría líquido de los cristales en la cara.

O le metería el palo de la escoba en la boca.


Itachi se maldijo mientras bajaba los escalones hasta la entrada. El taxi se detuvo a los pocos segundos frente a su casa. Todavía tenía la sensación de la mujer contra su cuerpo, la sensación y el sabor de sus labios y la forma en que había respondido a sus intenciones. Joder, si hubieran continuado un poco más, aquello habría terminado creándole ciertas cosas preocupantes que no podría haber escondido a los chicos.

Vio a Sasuke bajar del taxi y zarandear a Gaara. Este sólo abrió los ojos para volver a cerrarlos.

—¿Qué ocurre? —cuestionó acercándose.

—Le han dado tanto calmante que se ha sobado completamente.

Itachi suspiró.

—Ayúdame a sacarlo —pidió inclinándose para tirar de él—. Cuando lo subamos, saldré a pagarle —avisó al taxista.

—De aquí no me moveré —aseguró el hombre.

Itachi hubiera soltado algún taco de no estar más preocupado por su hermano pequeño. No era la primera vez que tenía que cargar con uno de ellos. Era un crío cuando tuvo que sostener casi dos a la vez para que no se murieran de frío. Claro que Gaara no pesaba como por aquel entonces.

Sasuke lo asió por el otro lado y entre ambos lo metieron en el interior de la casa. Vio a Izumi asomarse y llevarse una mano a la boca.

—¿Está bien? —cuestionó acercándose.

—Sólo drogado —respondió—. Vamos arriba con él, Sasuke.

El joven asintió.

—¿Os puedo ayudar en algo?

—No —negó fríamente Sasuke.

Itachi enarcó una ceja hacia él, que desvió la mirada hacia otro lado.

—Vale… seguiré lo que estaba haciendo —dijo la mujer dubitativa.

Subieron a Gaara hasta su habitación. Sasuke dudó al principio debido a lo limpio que estaba todo.

—Abre la cama, yo lo sostendré.

Sasuke no le hizo caso.

—¿Sasuke?

—Se supone que la cosa iba a ser al revés. Nosotros entrando en sus vidas. No ellas en las nuestras.

—Sólo ha limpiado la habitación, por favor —aseveró empujando a Gaara hacia él para que lo sostuviera—. No es como si fuera a quedarse a vivir para siempre con nosotros.

Abrió la cama e hizo un gesto para que dejara caer a Gaara en ella.

—No seas tan huraño o estropearás todo.

Sasuke se retiró para que desnudara a Gaara. Rebuscó el pijama perfectamente doblado bajo la almohada y empezó a ponérselo. Al terminar, lo cubrió con las sábanas y mantas limpias que olían a suavizante y sol.

—Itachi.

Se volvió hacia su hermano. Sasuke le había dado la espalda y estaba ya en la puerta.

—Cuando nos diste aquella normal para cumplirla…

—Sí.

—¿Te excluía a ti?

Itachi tensó la mandíbula. Sasuke esbozó una sonrisa que a veces le parecía demasiado cruel.

—Creía que sólo había que engatusarlas, no meternos dentro de sus bragas.

Itachi se cruzó de brazos.

—Haré lo que haga falta, Sasuke. Es la última oportunidad que tenemos de conseguir vivir mejor.

Sasuke no respondió.

—¿Sasuke?

—Lo que tú digas, hermano.

Se marchó, subiendo a su habitación.

—¡Ah, Sasuke! —escuchó la voz de Izumi—. ¿Era así?

Su hermano gruñó entre dientes.

—¡Genial! Sólo quería advertirte que mañana empezaré con las habitaciones y la tuya y la de tu hermano son las que están en el ático, así que… ¡asegúrate de esconder las cosas cochinas!

Itachi ahogó una carcajada contra la mano.

No podía dejar pasar la oportunidad.

Escuchó la puerta de Sasuke cerrarse de un portazo y se asomó él por la escalera. Izumi miraba hacia arriba con el ceño fruncido.

—Es porno. Se le llama porno o revistas guarras —corrigió.

La vio enrojecer y levantar una mano hacia él.

Le sacó una sonrisa que no pudo evitar.


Naruto se detuvo a unos pasos tras ella para dejarle un momento de espacio. Y también porque no tenía ni puñetera idea de qué hacer. Estaba con los dos helados en cada mano, preguntándose por qué diablos los había comprado y si ella iba a gustarle esos sabores. Una vez había escuchado decir a sus hermanos mayores que las mujeres se calmaban cuando comían algo dulce que les apeteciera. Quizás era demasiado pronto para ponerlo en marcha o no era la ocasión adecuada.

Hinata llevaba llorando por un buen rato y cada vez que abría la boca era para soltar frases inconclusas que parecían darle más impotencia y la frustraban hasta el punto de comenzar a llorar una vez más.

Al menos, se había ido calmando poco a poco.

Dio un paso hacia ella.

—¿Hinata?

La susodicha se volvió para mirarle. Tenía marcas de lágrimas bajo los ojos y los labios rojizos e hinchados de mordérselos.

Al verle con los helados, abrió la boca en sorpresa para formar una sonrisa después. Señaló el de su mano derecha y él se lo entregó. Se acercó hasta ponerse a su lado y dio un lametón al helado.

—Lo siento —se excusó ella tímidamente.

—¿Eh? —cuestionó—. ¿Por qué?

—Por inmiscuirte en todo este jaleo.

—¿Inmis que…?

A veces era un poco duro con las palabras.

Ella rio, pero era una risa sin burla.

—Me refiero, a que te viste en medio de todo esto.

—Ah —comprendió, rascándose la nuca—. Por cierto. ¿Quién era él?

Lo sospechaba, pero quería escucharlo de su boca.

—Mi prometido.

Hizo una mueca con los labios y mordió su helado.

—Pues es un gilipollas —soltó sin contenerse—. ¿No estabas escuchando la misma conversación que yo? Te presionaba.

Hinata dio un pequeño lametón a su helado en silencio. Naruto apartó la mirada y la clavó en el mar frente a ellos. Estaban la parte superior de un parque, algo lejano de sus casas y el lugar perfecto para esconderse de sus hermanos.

—Eres una mujer inteligente…

—¿Qué?

Sintió su mirada sobre él.

—Digo que eres una mujer inteligente. Al menos me lo pareces, ttebayo. No creo que debas de dejar que él te domine de ese modo. ¿Realmente buscas una pareja que te haga feliz o infeliz?

¿Qué demonios estaba diciendo? Ni que hubiera salido de un culebrón de la tarde de esos que le gustaba ver a Sai cuando había luz en la casa.

—Es más complicado de lo que parece —dijo a media voz. Él clavó la mirada en ella con curiosidad—. No es que me esté presionando exactamente. Es que yo no quiero ceder y comprender que la vida que viva con él será solo nuestra.

—No comprendo.

Ella le sonrió. Tenía los labios manchados de helado.

—Estoy muy apegada a mis hermanas. Hasta tal punto que, de casarme, quiero seguir viviendo con ellas en casa.

—¿Y qué hay de malo en eso?

Hinata parecía dudar.

—Pues…

Enrojeció.

—Una pareja recién casada siempre querrá intimidad.

Naruto lo sopesó de otro modo muy diferente. En su casa nunca podían llevar chicas precisamente porque todos sus hermanos tenían un oído realmente fino y si no quería terminar con la chica avergonzada y con mil bromas después, era imposible. Demonios, hasta hacerse un solitario era difícil allí.

Pero considerando que estaban hablando de algo más serio que una simple noche de retoce en la cama, no comprendía por qué la molestia de su prometido. Claramente, si él se casara, querría tener a su mujer para él, pero privarla de su familia era algo estúpido y tras haber convivido con cinco hermanos, dudaba que le fuera un impedimento hacerlo.

—Sigo sin comprenderlo. Al casaros él pasará a formar parte de tu familia como tú de la suya.

—Claro —concedió ella—. Lo lógico es vivir en tu propia casa como hombre casado. No con la hermana en la pared de al lado. ¿Verdad?

Se cruzó de brazos y guiñó los ojos. No terminaba de comprender el problema. Quizás es que era tan estúpido como a veces Itachi y Sasuke recalcaban.

—¿No hace más feliz una casa ruidosa? —cuestionó tirando el papel del helado que había devorado a mordiscos—. Quiero decir, estás acostumbrada a tener siempre ruido en ella. Está bien ser sólo dos por el tema del sexo y tal —explicó admirando los tonos rojizos que iba tomando el rostro femenino —, pero a la larga, sin hijos, sería muy vacía.

—No es que no quiera tener hijos —defendió Hinata rápidamente—. Quiere tenerlos, pero cuando sean lo suficientemente mayores, mandarlos a un internado.

Sintió que se estremecía. No pudo evitar la frialdad en su voz.

—Eso es básicamente lo que hizo nuestro padre con nosotros —gruñó más para sí que para ella—. Es un imbécil —dijo en voz alta—. Los niños no son trastos que puedan abandonar como si nada.

Hinata le miraba con los ojos muy abiertos y la boca entreabierta. Se preguntó si habría hablado de más, hasta que ella chilló, sacudiendo la mano y vio todo el helado en el suelo.

Hala —exclamó atónito. Luego reaccionó—. Ah, espera.

Llevó una mano hasta la parte trasera de su pantalón y sacó un viejo pañuelo, limpiándole parte del brazo donde se había manchado. Al llegar a sus dedos, se detuvo, preguntándose si lamerlos sería algo demasiado obsceno para ella.

—Si… una chica…

Levantó la mirada hacia ella pero no encontró sus ojos. Miraba hacia sus pies, nerviosa.

—Con la que llevas mucho tiempo prometido… te dijera de repente que… no quiere casarse contigo… ¿La odiarías?

Cubrió la parte helada de su mano con la parte limpia del pañuelo.

—No lo sé —susurró como respuesta. Ella le escuchó, porque levantó la cabeza hacia él, le devolvió una sonrisa como respuesta—. Depende de lo enamorado que estuviera de ella. Pero hay un punto muy importante que Itachi siempre recalca en cuanto a mujeres —recordó. Hinata frunció el cejo—. Me dijo que por más que yo amara o quisiera a una mujer, si esta no me correspondía, no servía de nada intentar retenerla.

Se aseguró que los dedos estuvieran bien limpios y se apartó.

—No puedes aferrarte a un amor que no existe, al fin y al cabo.

Hinata parecía desconcertada.

—¿Cuántos años tienes?

—Dieciocho —respondió sin comprender a qué venía la pregunta en ese momento.

—Dios… eres muy maduro para tener esa edad.

Entonces lo comprendió. Se rascó la nuca, avergonzado.

—Bueno, Itachi nos ha criado muy bien.

Hinata esbozó una sonrisa más sincera y alegre.

—Le quieres mucho. ¿Verdad?

Naruto se cruzó de brazos una vez más, guiñando los ojos.

—Tanto como que lo quiero… No sé, es mi hermano, el que me ha tocado. Un cascarrabias que siempre me echa la bronca y me pilla cuando he hecho algo. Ha sido nuestro modelo de hombre a seguir.

Emitió una risita encantadora.

—Mi padre llama a eso "el romance de los hombres". Dice que es un romance especial y que las mujeres no podemos comprenderlo.

No pudo evitar reírse hasta que ella gritó una vez más, llevándose la mano a la boca.

—¡Ay, Dios! ¡Mi padre! He de volver a casa. Estará muy preocupado por mí.

—Claro.

Se echó la mochila de ella al hombro y le ofreció el brazo sin pensarlo demasiado. Ella lo aceptó, más preocupada en volver a casa que otra cosa, mientras él, sin comprender por qué, sentía corrientes pequeñitas corriéndole por la piel.


Temari la miraba sin comprender del todo la emoción que podía haber en preparar un poco de pastel. Era muy raro que ella decidiera ayudarle en la cocina en vez de estar metiendo las narices en algún libro. Es más, empezaba a sospechar que, Matsuri, ocultaba algo más de lo que le había dicho.

—¿Se sabe algo de Hinata? —preguntó Sakura desde la puerta la cocina.

—Todavía no —respondió acercándose a ella—. Espero que esté al caer.

—Si está con Naruto estará bien —aseguró Sakura—. Es un buen chico. He estado con él varias veces y es compañero de la universidad.

—Los hombres son hombres —puntualizó—. Y todos piensan en lo mismo.

Sakura rodó los ojos.

—Espero que algún día encuentres la horma de tu zapato, Temari, porque pobre de que no haya un hombre que ame tu forma de ser.

Temari le sacó la lengua.

—Anda, dame un par de refrescos para que se los tomen los chicos de la valla. Están que sudan.

—Un hombre sudando y Izumi no ha ido a censurarlo —bromeó Matsuri desde su puesto cerca del horno—. ¡Eso es nuevo!

Sakura le rio la gracia.

—Lo es. ¿Verdad? Sólo diré que Ino está encantada —chinchó,

Temari las aseveró a ambas con la mirada.

—Cállense, mocosas.

Matsuri todavía la obedecía algo, pero Sakura simplemente se encogió de hombros, cogió las latas y se giró bamboleando el trasero seductoramente.

—¡No olvides echarte crema solar!

Sakura hizo un gesto afirmativo con la mano y salió.

—Yo creo que lo que ha dicho Sakura está equivocado —dijo repentinamente Matsuri jugando con la punta del trapo de cocina.

—¿Qué parte?

—La de que no haya un hombre que te ame.

Temari no comprendía a qué venía sus palabras, pero con Matsuri uno nunca sabía. A veces leía demasiado e imaginaba otro tanto.

—Hoy estás muy rara, Matsuri —acusó entrecerrando los ojos—. ¿Hay algo que tenga que saber?

La adolescente se mordió los labios para luchar contra la gran sonrisa que se mostraba por segundos en su rostro.

—¡Es que…! ¡He descubierto algo increíble! No, esa no es la palabra. ¡Emocionante! Sí, eso.

Temari levantó una mano para detenerla.

—Espera, espera. No me hagas una perorata. Toma aire y poco a poco.

Matsuri obedeció, apretando el trapo entre sus dedos.

—Sé que le gustas a alguien.

Temari se quedó con la boca abierta por unos segundos antes de echarse a reír.

—Lo siento, Matsuri, pero los niños de tu edad no me interesan demasiado.

Matsuri abrió la boca tanto que podría haberle metido un bollo de pan.

—¡No es alguien de mi edad! Es mayor. ¡Mayor!

—Tampoco me van los profesores, gracias —zanjó—. Anda, déjame ver el pastel. Ya debe de estar.

La hizo a un lado y abrió la puerta para pinchar el pastel, apagando el horno.

—Vale, un poco de reposo y estará listo.

—Temari-nee-san… ¿Tanto te cuesta creer que puedas gustarle a alguien?

—¿Eh? —exclamó sorprendida—. No es que me cueste creerlo, es que es improbable que ahora mismo...

—¡Pues lo hay! —repitió enfadada—. ¡Si digo que lo hay, lo hay!

—Matsuri…

—¡Le gustas al tipo pelo pincho del vecino! El chico de cola de piña. ¡Ese!

Estupefacta, la vio gesticular para garantizar su afirmación.

—¿Shikamaru?

Ambas miraron hacia la puerta de la cocina. Por culpa de los gritos de Matsuri no habían escuchado a nadie entrar. Hinata y el rubio de la casa de al lado estaban juntos en la entrada. Supuso que él sería Naruto, el famoso chico que había conseguido caerle bien a Sakura sin necesidad de querer comérselo.

—¿Se llama así tu hermano que tiene una coleta? —cuestionó Matsuri emocionada.

Naruto asintió sin comprender.

—Sí. ¿Pasa algo?

—¡Pues que…!

Temari cubrió su boca antes de que dijera cualquier idiotez.

—No importa, no le hagáis caso —bromeó meneando la mano libre—. De todas formas. ¿Cómo es que está él aquí? —cuestionó mirando a Hinata.

—Ah, vine a dejar la maleta —respondió el chico.

—Sí —afirmó Hinata mirándole agradecida.

—Bueno, eh… —Naruto dudó—. La dejo arriba en la escalera y me marcho. ¿Vale? Quiero ver a Gaara.

—Sí, gracias —dijo, siguiéndolo con la mirada hasta que se marchó, despidiéndose con una mano alzada y una sonrisa resplandeciente—. Hinata, tienes que…

—No, antes que nada —interrumpió la susodicha señalándola pálida—. Tienes que liberar a Matsuri o la asfixiaras.

—¡Oh, no!

Retiró su mano y empezó a darle palmaditas para ayudarla a respirar.

—Lo siento, Matsuri.

—Iré a ver a papá —anunció Hinata mientras las dejaba a solas.

—Escúchame, Matsuri —dijo seriamente—. No puedes ir por ahí esparciendo rumores acerca de los sentimientos de los demás. Menos, con algo que no es garantizado. Por otro lado, si alguien estuviera enamorado de mí, soy de las que prefieren hacer todo por sí misma y a la cara. Así que nunca aceptaría rumores de otras personas. ¿De acuerdo?

Matsuri asintió.

—Está bien. Pero me guardo mi derecho de decir "te lo dije".

Temari no pudo evitar sonreír.

—Eres un trasto, hermana mía.

Se dieron un largo abrazo.

—Vale. ¿Qué te parece si vamos decorando este misterioso pastel que querías hacer?

—¡Sí!

No sabía si era cierto o mentira aquella suposición de Matsuri, pero no podía pensar en algo así. El amor no nacía tan rápido como pasaba en las novelas o en los libros.


Ino se quitó el sombrero para echar un nuevo vistazo a los hombres que trabajaban desmontando la vieja valla. No estaban nada mal. Con piel tostada por el sol, remangados y sombreros. Lo único que no aprobaría sería la barba, pero no era algo que le importara demasiado.

Claro, si terminaran de ser su tipo al cien por cien.

Desvió la mirada hacia los pies de los hombres. Ni siquiera se fijaban qué estaban pisando. Con sus botas metálicas, pisando su tierra sin el menor de los cuidados.

—No todo el mundo tiene el mismo apego por las cosas importantes.

Miró hacia el otro lado de la valla. Aquel chico volvía a estar ahí con dos bolsas enormes de basura para tirarlas en los cubos de basura.

—No hace falta que lo jures —confirmó—. ¿Mi hermana te está usando de recadero de la basura?

—Sí. Es bastante… inquieta. Ha encontrado muchas cosas en la casa que ni recordaba que teníamos.

Ino torció el gesto, incrédula.

—¿Cómo habéis podido vivir tan sucios sin pillar nada?

—Oh, todavía nos quedaba hueco bajo el sofá.

Lo dijo tan tranquilo, que dudaba que fuera una mentira.

—Qué suerte habéis tenido —musitó—. Mi hermana es algo maniática de la limpieza, así que no se lo tengas en cuenta.

Él miró hacia los hombres.

—Y tú lo eres de las plantas.

Ino arrugó la nariz.

—Dicho así suena horrible.

—Creí que, diciendo lo mismo, pero con otro punto, sería lo mismo.

Entrecerró los ojos.

—No sé si eres un buen chico o te gusta sacar de quicio a la gente.

Él pareció sopesarlo unos segundos.

—¿Ambas?

Ino no pudo evitar reírse.

—¡No me lo preguntes a mí!

—Ah.

—¿Qué? —exclamó llevándose las manos al rostro. No era raro ensuciarse con algo de tierra y alguna rama inoportuna terminaba siempre entre sus cabellos y la descubría a la hora de la ducha—. ¿Tengo algo?

—Sí —dijo. Alargó la mano hasta ella a través de la valla. Sus dedos rozaron su mejilla, sorprendiéndola—. Belleza.

Ino se quedó sin aliento. Era sólo un segundo más lo que sus dedos se demoraron sobre su piel y, sin embargo, le pareció completamente intenso. Más de lo que habría esperado.

—¿Puedo enseñarte algo?

—No soy una niña a la que puedas engañar diciendo que vas a enseñarle algo y luego es tu ganso —advirtió.

El casi se rio.

—No, eso te lo enseñaré cuando quieras. Me refería a esto otro.

Ino iba a protestar hasta que vio el cuaderno de dibujo. La boca se le abrió de sorpresa, acercándose más a la valla para ver.

—Espera. Iré.

Él enarcó una ceja. Ella se quitó los guantes y corrió hasta su altura, ignorando a los trabajadores. Seguramente, si Izumi salía en ese momento, la regañaría. Pero estaba algo harta de sus limitaciones. Tampoco se iba a otra calle a buscar droga.

Llegó hasta su altura.

—¿Eras Sai? —Él afirmó. Esbozó una sonrisa—. Sai. ¿Eres mago?

El chico finalmente rio. Cálido, reconfortante hasta el punto en que él mismo pareció sorprendido.

—Sólo soy dibujante.

Volvió a tenderle el cuaderno de dibujo y ella lo tomó como si de un tesoro se tratara. En trazos elegantes y rápidos se veía a sí misma, como si fuera otra persona realmente. El dibujo era de ella limpiándose la frente mientras sostenía unas flores en la otra mano, sonriendo con una amplia sonrisa satisfecha.

—Dios mío. ¿En serio no eres mago?

—No lo soy —aseguró.

—Entonces. ¿Así me ves?

Levantó la cabeza hacia él, aferrando el cuaderno contra su pecho, emocionada.

—Sí —confirmó él—. Siempre dibujo las cosas tal y como las veo. Menos cuando pinto casas, claro.

—¿Vendes tus obras? —inquirió.

—Sí.

—¿Me la venderías? —indagó metiéndose un mechón tras la oreja, emocionada—. Iré a casa por la cartera. Dime su precio.

Sai pareció sopesarlo un momento.

—Una cita.

—¿Eh? —exclamó. ¿Por qué diablos estaba nerviosa? ¡Ella!

—Una cita —repitió él—. No puedo llevarte a un restaurante caro, sin embargo. Lo siento.

Ino negó rápidamente y le tendió el cuaderno.

—Es una negación —supuso Sai mirando el cuaderno.

—¡Claro que no! —dijo dándole la espalda—. ¡Iré! Recógeme esta noche.

Sai todavía la miraba cuando echó a correr y también vio que sonreía, cubriéndose la mejilla cuando entró en la casa.

Iba a tener que prepararse.


Sasuke cerró la puerta nada más que hizo la pregunta. Sai volvió a abrirla.

—Ya sabes que Itachi odia las puertas cerradas.

Gruñó, dejándose caer contra la cama y aferrando el comic que había estado leyendo por… había perdido ya la cuenta. Lo nuevo escaseaba en esa casa.

—No —repitió—. Tengo los exámenes encima y también trabajo.

—Sólo será un rato.

—Sai. ¿No me escuchas cuando te hablo? —cuestionó clavando la mirada en él.

Sai ni siquiera le temía. Sasuke a veces se sentía frustrado. Era capaz de acojonar a cualquier otra persona, especialmente a hombres, fuera de su casa. Sus hermanos, sin embargo, parecían inmunes a sus miradas furiosas o negativas.

—¿De qué están hablando, eh, eh?

Naruto asomó la cabeza. Probablemente, los había escuchado desde su habitación y como era tan cotilla como cualquier otro de esa casa, tenía que ir a meter su nariz.

—¿No te tocaba cuidar de Gaara? —cuestionó irritado.

—Sí, pero sigue durmiendo y me aburro. Izumi prohíbe tajantemente que entremos en el salón y como Itachi ha dicho que le hagamos caso en esas cosas, pues…

—Mañana limpiara tu dormitorio —recordó.

Naruto se llevó las manos a las mejillas.

—¡El porno!

Tan pronto como llegó, se fue. Al menos, uno fuera.

Le quedaba el otro, que continuaba ahí de pie, ocupando un espacio en su habitación y sonriendo como si de un idiota se tratara.

—¿Por qué he de hacerlo? —preguntó—. Pídeselo a Shikamaru.

—No puedo. Shikamaru está encerrado hablando con Itachi de a saber qué en el sótano.

Supuso que del encuentro de Naruto con aquel tipo.

—Has de hacerlo porque es nuestro otro trabajo —continuó Sai, dando justo donde sabía que no podría negarse.

Se frotó los cabellos, levantándose.

—¿Es que van a ir juntas hasta para eso?

—Las mujeres son así, Sasuke —explicó Sai irónico—. Van todas a la par. A veces, sin motivo aparente. Aunque a veces pienso que los hombres somos algo estúpidos como para no saber el motivo y lo tenemos ante nuestras narices.

—Seguro —ladró. Empujó la puerta con el hombro para pasar—. Me deberás una. Bien gorda.

—Un kilo de tomates bastará.

Sasuke puso los ojos en blanco. Bajó las escaleras de tres en tres los escalones y salió al exterior. No podía creerse lo que iba a hacer.

La vio inclinada sobre la piscina. Estaba apretando uno de los focos de iluminación mientras sonreía con una satisfacción increíble. Y no era la única, por lo que pudo apreciar. Los trabajadores que se suponían tenían que estar arreglando la valla, tenían los ojos puestos en ella.

No era para menos.

Estaba a cuatro patas y con el culo en pompa hacia ellos. Si no se lo ponía más a juego, era un milagro. Iba a matar a Sai. Definitivamente.

—Sakura.

La chica levantó la vista de la piscina hasta él. Al verle, casi resbaló hacia delante, algo que era muy peligroso.

—¡Sasuke! —gritó logrando estabilizarse. Se puso en pie de un salto ágilmente—. ¿Qué haces aquí?

—Te vi por la ventana. La puerta estaba abierta —mintió.

—Oh, sí. Es porque están arreglando la valla —explicó—. Y como es un rollo estar abriéndoles todo el tiempo, Temari decidió dejarla abierta directamente. No tardarán mucho en irse.

Cabeceó desinteresado. Los trabajadores habían vuelto a sus tareas ante la falta de vistas.

—¿Necesitabas algo?

—Curiosidad —respondió señalando la piscina con la barbilla—. Trabajas mucho en ella.

—Ah. Sí. Es que me encantan las piscinas. Las fiestas, las risas, las ahogadillas. Siempre quise una en casa y hasta ahora no pude tenerla. Es emocionante. Queda poco y podré dar una pequeña fiesta de piscina. Será divertido.

Demasiado ruidosa para su gusto.

—Estaba pensando en invitaros. ¿Qué te parece?

—Naruto seguramente vendrá.

Sakura hizo un mohín.

—¿Qué hay de ti?

Se llevó la mano hasta los cabellos, atrapando un mechón para jugar con él en un intento de seducirle. Aquello era cansino hasta decir basta.

Vio a Sai desde la casa y suspiró.

—A cambio de algo.

Diablos, si a su hermano le funcionaba, a él también.

Salvo que Sakura estaba a punto de golpearle.

—Una cita —dijo antes de que su integridad física corriera peligro.

—U-u… u…

—Cita —repitió molesto—. Hoy.

Se marchó sin esperar un sí o un no por respuesta. Eso sí, escuchar el grito que soltó no se lo quitó absolutamente nadie. Hasta uno de los trabajadores estuvo a punto de caerse de la escalera.

Sai se unió a él y le dio unas palmaditas.

—Tranquilo. Seguro que la cita irá bien. La chica no muerde.

—¿Qué chica?

Ambos se volvieron a la vez.

El mundo parecía que iba a caerse sobre sus cabezas.


Gaara despertó sintiéndose más liviano. Además, fresco y cómodo como nunca. Hasta tenía la sensación de que su cabeza estuviera recostada sobre una nube en vez de en su almohada dura de siempre.

Cuando pudo visualizar bien su dormitorio, comprendió por qué. Estaba impecable, tan limpio que podría comerse del suelo de querer. Sobre el escritorio que usaba de mesa de noche a la vez, descansaba un plato y algo de beber. El agua le atrajo más que la comida y no tardó en llevársela a los labios para saciarse.

Su estómago por una vez en mucho tiempo, le permitió quedarse.

Era maravillosa la sensación. Incluso probó con la comida poco a poco y terminó dejando el plato vacío como nunca antes.

Su estómago no gruñó ni se rebeló por la ingesta. Fue maravilloso. Aunque su vejiga no dijo lo mismo.

Se levantó, tanteando que su cuerpo resistiera el movimiento y caminó con urgencia al retrete. Cuando salió, fue cuando la vio asomada en la puerta del dormitorio, mirando a su alrededor.

—Así que esta es la habitación de un chico…

Gaara se preguntó qué habría de diferente entre los hombres y las mujeres en cuanto al dormitorio. Todos servían para lo mismo.

—Y encima no está —protestó ella haciendo un mohín.

—Si buscas el porno, puede que tu hermana lo haya puesto en ese montón —aclaró señalando el tumulto en el escritorio de carpetas y revistas.

La muchacha dio un respingo, girándose para encararle. Tenía las mejillas sonrojadas y sus manos sostenían alguna clase de paquete que olía bastante bien.

—¡No me refería al por… por…! ¡La cosa esa! Me refería a ti.

—¿Yo soy el porno que buscas?

La chica parecía a punto de explotar. Le dio la espalda.

—¡Claro que no! Eres el enfermo. ¿Qué haces de pie, por cierto?

Se rascó la nuca, bostezando.

—Me meaba. Soy un humano con necesidades fisiológicas.

—Ah, eso es normal —dijo tranquilamente. Esperaba que hubiera terminado de explotar y salir corriendo—. Acuéstate, anda. Shikamaru me ha dicho que necesitas seguir en cama.

Así que ese era el traidor que la había dejado entrar.

Caminó hasta la cama para dejarse caer. La miró con curiosidad mientras trasteaba en el escritorio antes de volverse hacia él con un trozo de pastel sobre un pequeño mantelito.

—¡Ten! —Ofreció.

—¿Qué es?

—Un pastel —respondió ella como si no fuera obvio—. No está muy dulce porque no sabía si te gustaban las cosas dulces o prefieres agrio. Le pregunté a tu hermano si podías comerlas, así que…

Calló al escuchar algo que provenía desde abajo. Él también la escuchó. Era la voz de su hermana.

—¡Ups! Izumi no sabe que estoy aquí.

La vio volverse hacia la ventana y abrirla. Ya tenía un pie fuera cuando la agarró.

—Espera. ¿Qué vas a…?

—No te preocupes. Estoy acostumbrada a saltar y trepar por los sitios.

Le revolvió los cabellos como si fuera un crio y no el adulto que debiera respetar y salió. Dejó el pastel sobre el escritorio y cuando se asomó, ella ya corría en dirección a la mansión.

Aquella chica, definitivamente era una locura.

Se sentó para llevarse un pedazo de pastel a la boca.

No supo por qué, pero se le saltaron las lágrimas.


Sakura escuchó el grito hasta debajo de la ducha. Nada más salir, con una toalla enrollada a su cuerpo, descubrió que Izumi entraba en su dormitorio tirando de la oreja de Ino. Su rostro estaba congestionado de rojo y respiraba agitada. Ni siquiera se había cambiado las ropas sucias de estar limpiando y tenía el cabello recogido en un moño descuidado.

—¡Ahora mismo me vais a aclarar esto! ¡Ya!

—¿De qué estás hablando? —cuestionó aferrándose mejor la toalla cuando estuvo a punto de caérsele—. Izumi, cálmate y suéltale la oreja a Ino que en vez de una cerda va a parecer un elefante a este paso.

—Qué graciosa… ¡Ay! —protestó Ino alejándose de ella cuando Izumi la soltó—. No sé qué diablos pasa.

—Os dije que no os acercarais a los chicos —acusó señalándolas—. Y me acabo de enterar de que ambas vais a salir con dos de ellos. ¿Es una broma?

—No lo es —negaron ambas a la vez.

Sakura miró a Ino con sorpresa. Ni siquiera sabía nada. Claro que desde que se pelearan, su relación había estado un poco tensa. Hizo una mueca para preguntarle con quién e Ino pronunció "Sai".

Izumi las miró atónita.

—¿Estáis mal de la cabeza? ¡Negarlo al menos! No, mejor dicho, cancelarlo. Ya.

Ambas empezaron a negarse drásticamente. Era tal el ruido, que su padre se asomó.

—¿Qué ocurre?

Izumi se volvió hacia él, histérica.

—¡Quieren salir en una cita con los vecinos!

Kakashi las miró con atención. Sakura esperó una negativa de su parte, al fin y al cabo, era un padre muy celoso de sus hijas. Su rostro todavía denotaba esa preocupación que le había dejado lo que ocurrió con Hinata. No sabía exactamente qué había ocurrido y lo poco que escuchó de Temari, había sido un verdadero shock para su padre.

—¿Queréis ir? —cuestionó pausadamente.

—Sí les preguntas eso…

—Izumi —acalló en advertencia su progenitor.

Izumi se mordió el labio inferior, enrojeciendo. Se hizo a un lado.

—Quiero ir —confirmó Ino—. Desde que nos hemos mudado, sólo hemos hecho trabajar y estar cubiertas como pollitos por Izumi. Te lo agradezco mucho, hermana, pero estoy harta de tener que esconderme como si estuviera haciendo algo malo siempre. Mira que te amo, pero hay cosas que tienes que dejar que nosotras vivamos.

Izumi abrió la boca. La cerró. Sus mejillas estaban ruborizadas.

—Sólo me preocupo por vosotras… yo…

—También quiero ir —interrumpió—. Y no me importa nada estar enviándote mensajes cada diez minutos para que estés tranquila, pero no puedes tenernos siempre maniatadas. Tenemos ya dieciocho años y vamos a la universidad. Lo que no nos pase saliendo con esos chicos, nos podrá pasar en la universidad tranquilamente.

Ino la miró sorprendida, seguramente, recordando que aquellas no eran sus palabras exactas si no las de Itachi.

Sus miradas se cruzaron y asintieron a la par. Abrazaron a Izumi a la vez, impidiendo que se alejara de ellas.

—No, no hagáis estoooo —protestó ella luchando contra ello.

—Oh. ¡Abrazo grupal! —exclamó Matsuri que pasaba por ahí, uniéndose a ellas.

Un momento después, Hinata también se unió y Temari apareció para hacerles palmaditas en la cabeza a cada uno. Su padre se unió, rodeándolas con sus brazos cuanto pudo.

Entre risas, estuvieron un rato así hasta que escucharon a Rin carraspear. Todas miraron hacia ella y se sorprendieron al ver al hermano mayor de los vecinos a su lado.

—Itachi —dijo Izumi sorprendida—. ¿Me he dejado algo?

—No —respondió el hombre—. Perdón por la intromisión, señor Hatake, pero escuché de mis hermanos que tenían planeado llevarse a sus hijas a una cita.

Su padre negó con la cabeza y le estrechó la mano.

—No te preocupes, no molestas. Puedes venir de visita cuanto quieras. Además, más bien creo que mi hija es la que se ha metido en tu casa. Mi Izumi es un poco torbellino.

—¡Papá! —exclamó Izumi dando un brinco para soltar a Matsuri.

Kakashi sonrió como respuesta.

—Acabo de enterarme, sí, de que mis hijas van a salir con dos de sus hermanos.

—Sí. Y como uno de ellos es mayor que su hija. Pensé que estaría preocupado, por lo tanto, venía a ofrecerme como carabina para que tengan una cita segura. Si no se fía de mí, Izumi siempre puede acompañarnos.

—Oh —rumió Kakashi.

Las tres hermanas cambiaron miradas de duda.

—¿Una triple cita? —cuestionó Rin suspicaz.

—Dudo que Izumi quisiera tener una cita conmigo, señora. Al fin y al cabo, no le agrado demasiado a su hija mayor.

Rin parpadeó, demasiado aturdida como para responder.

—¡Claro que no! —exclamó Izumi—. Iré. Pero por mis hermanas. Mañana.

—¿Estás segura, Izumi? —cuestionó Ino tocándole el hombro—. Me sabría mal que Itachi fuera de carabina mientras nos divertimos, pero…

—No hay problema —negó la mayor mirándolas a ambas—. Así estaré más tranquila que con veinte mensajes.

Sakura se mordió el labio y se llevó una mano a las caderas.

—Vale. Pero por si un casual no lo han notado. Yo sigo en toalla y ahí, justo en mi puerta, hay un desconocido.

Itachi levantó los ojos hacia el techo, silbando, como si no hubiera visto nada.

Los demás empezaron a salir a tropel de su habitación, menos Ino, que se quedó atrás, apoyada en la puerta.

—Frentona —llamó mientras se dirigía hasta la cómoda para sacar algo de su ropa—. ¿Crees que hemos sido muy duras con Izumi?

—¿Has sido sincera?

—Sí —reconoció—. Y tú también.

Se colocó la ropa interior y luego el pijama para estar más cómoda. Total, su cita se había cancelado por un día.

—No sabía que ibas a salir con él.

—Tampoco yo que lo harías con…

—Sasuke —respondió mirándola—. ¿No te parece algo raro que casualmente ambos decidieran hacer esto?

Ino se llevó un dedo hasta la boca.

—En realidad, yo invité a Sai a cambio de un dibujo que hizo de mí. Ese chico tiene un don, te lo juro.

Sakura sopesó un poco más su teoría.

—¿Crees que Sai le haya pedido a Sasuke que me pidiera salir?

—¿Para qué? —cuestionó Ino acercándose a ella.

—Quizás imaginó que me lo contarías y querría ir contigo. O que Izumi nos obligaría a ir juntas.

Tal y como lo dijo, le parecía hasta estúpido. Empezó a reírse e Ino le siguió.

—Qué tonterías piensas Sakura.

—Sí, desde luego.

Ambas se miraron un instante, se mordieron los labios con culpabilidad. Se tomaron de las manos.

—¡Mañana tenemos una cita! —exclamaron a la par.

Se subieron a la cama y saltaron, entre gritos y risas, cayendo hacia atrás.

—¿Qué te parece una noche de chicas para prepararnos?

Sakura sonrió.

—¿Y si secuestramos a Izumi?

Ino arrugó la nariz.

—¿Crees que aceptará? Vamos, va con Itachi y parece que ni puede verle.

—Cierto —recordó—. Pero nosotras sabemos algo que ella no —canturreó.

Ino sonrió en una mueca traviesa que se le contagió.

Ambas saltaron de la cama.

—¡IZUMI!


Sai miró a Itachi con una mueca de duda, mientras le veía caminar en línea recta de un lado a otro del salón. Casi no lo reconocía con la cantidad de limpieza que había. Aunque había ayudado a tirar algunas cosas, seguía sin comprender que aquella fuera su casa. Itachi solía hacerles recoger, pero en realidad, las telarañas nunca se quitaban y el polvo menos. Incluso habían encontrado un pincel suyo que creyó perder hacía siete años atrás.

—Habéis estado a punto de crear un buen caos —aseveró mirando del mismo modo severo tanto a Sasuke como él—. ¿Cómo se os ocurre? ¿Qué hay de lo de ir poco a poco? Estáis yendo a saco, por dios.

—Al menos, algunos fingimos —murmuró Sasuke cruzándose de brazos.

Sai miró hacia él con curiosidad, preguntándose qué habría visto que los demás no. Pero fuera lo que fuera, Itachi lo sabía. La mueca en su cara lo delataba.

—En realidad, a mí me lo ha pedido ella —interrumpió el combate de miradas entre ambos hermanos maternos—. Ino.

—¿Y por qué diablos has inmiscuido a Sasuke? —cuestionó—. Diablos, Sai, eres adulto. Deberías de ser capaz de tener una cita tú solito.

—Pero serían dos. Las mujeres siempre van juntas. ¿No?

Itachi se llevó una mano a la frente, golpeándosela.

—¿Eres un pervertido poliamoroso o qué? —cuestionó gruñendo—. Ino seguramente iría contigo a solas. No se habría llevado a Sakura con ella si hay un hombre entremedias. Diablos, esa mujer es peligrosa para los hombres.

—¿Peligrosa? —inquirió.

—Intentó acostarse con Shisui.

Sai abrió la boca por la sorpresa.

—De todas formas, el trato ya está hecho. Mañana iremos los tres a alguno sitio con ellas.

Sasuke maldijo entre dientes.

—Podrías haberme quitado de en medio.

Itachi clavó la mirada en él.

—Claro. Era tan fácil como decirle al padre: Ah, pero perdone usted, el idiota mi hermano menor ha decidido no venir y dejar a su hija tirada porque no es su tipo y se le ha olvidado que hace todo esto por trabajo y no para pasar un rato divertido.

La ironía en la voz del mayor fue cortante. Sasuke desvió la mirada, poniéndose en pie.

—Vale, captado.

—Otra cosa, Sasuke —nombró antes de que este hiciera por marcharse—. Ya he hablado con Gaara y Shikamaru, pero os lo diré a vosotros dos también. Después hablaré con Naruto de ello también.

—¿El qué? —cuestionó Sasuke.

—El tipo que estaba con Hinata y al que Naruto ha plantado cara es muy peligroso. Tanto para nosotros como para nuestro trabajo. Queremos lo mismo.

Sai miró a uno y otro.

—¿Hinata?

—No, idiota —gruñó Sasuke.

—Ah… Eso —Recordó. —Yo entendí que peleaban por ella —dijo llevándose un dedo a la barbilla.

Itachi suspiró.

—A veces me pregunto por qué os aguanto.

—Porque nos amas demasiado —respondió—. ¿Qué hemos de hacer entonces?

—Primero, tendremos que ver cómo avanza la situación entre Hinata y ese hombre, evitar que Naruto se vea inmiscuido y… continuar con el plan. Así que más os vale esforzaros. ¿Me has escuchado, Sasuke?

—Sí, sí —gruñó el susodicho.

—Haré que Naruto mañana pruebe suerte de entrar en la casa mientras no estamos. Dudo que Hatake aguante más tiempo en irse de luna de miel. Imagino que Hinata irá en busca de su prometido y la mayor se quedará para vigilar a los obreros.

—¿Qué hay de la pequeña? —cuestionó.

—Se me olvidaba, tsk —maldijo entre dientes—. Podría intentar que viniera a cuidar de Gaara.

—Buena suerte convenciendo a la hermana mayor —animó irónicamente Sasuke.

—Ojos que no ven, corazón que no siente —citó levantando un dedo hacia el techo.

Ambos hermanos le miraron como si fuera un bicho raro, claro que ya estaba acostumbrado. Él sólo sonrió y se levantó para subir las escaleras.

Iba a ser muy divertido el día siguiente.


Tenten abrió la puerta con ciertas dudas. No era frecuente que ese hombre fuera a visitarles y mucho menos, que acudiera justo cuando Neji no estaba. No podía negar que a veces le tenía cierto miedo.

—Lo siento, Neji todavía no ha terminado de trabajar.

Él hizo una mueca que parecía una sonrisa. Le daba pavor.

—Mejor. Porque es a ti a quien quería ver.

Le mostró un sobre que ella aceptó.

—Esto es para usted. Espero que lo disfrute.

Tras hacer una leve reverencia, se marchó. Tenten cerró la puerta, preguntándose qué sería aquel sobre.

Cuando lo abrió, deseó no haberlo hecho jamás.

Continuará…


¡Hola! Muchas gracias por leer hasta aquí =). Espero que lo estén disfrutando.

Hubo un poco de todo, pero he amado tanto los momentos NH y ITIZ de este capi, que muero.

¡Nos leemos!

Gracias por sus rw =)