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6º: Citas y verdades
Caminaré el sendero que estés dispuesta a mostrarme
No te sueltes de mi mano y caigamos juntos en el infierno de la verdad
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—¿Tienes que hacerlo?
Hinata apretó entre sus dedos el volante de su preciado coche. Amaba que fuera tan pequeño y su color extraño. Además de la libertad que le otorgaba. En ese momento casi deseaba que se estropeara para evitarle la tarea que estaba a punto de hacer.
Aunque más que tarea era algo necesario, casi obligatorio.
Necesitaba aclarar todo.
Temari continuaba observándola desde la ventanilla del coche. La había llamado a gritos para entregarle las llaves que se había olvidado y también, aunque lo intentara ocultar, darle una oportunidad de pensarlo más tiempo.
—Está todo demasiado fresco. ¿No deberías de pensarlo un poco más?
Hinata hizo memoria, recordando que su padre le había hecho la misma pregunta. Éste no le había contado todo al pie de la letra, pero sí que había expuesto su conocimiento acerca de su prometido. Familiares de su propia familia cuyo clan estaba medio extinguido. También había añadido que sentían un odio profundo por los Hatake y aunque no había profundizado en ello, Hinata supuso que era una herida que todavía sangraba.
—Hay respuestas que necesito conseguir —explicó aflojando el agarre al sentir daño en los dedos—. Si lo alargo más será peor. O eso me parece.
—¿Quieres que vaya contigo? —propuso finalmente—. Esperaré fuera si es necesario. Hay algo que me da mala espina. Que papá se pusiera de ese modo… da miedo.
Estuvo muy tentada a decirle que sí, quizás con un buen apoyo las cosas fueran más sencillas. No quería que sucediera lo mismo que el día anterior. Esperaba poder reaccionar a su presión por sí misma, dejarle las cosas claras sin imponerse demasiado y tampoco permitir que se impusieran a ella, por supuesto.
Iba a ser difícil.
Toneri era de los hombres que tomaban lo que querían entre sus manos costara lo que costara. Lo sabía bien.
—Deberías de descansar —dijo Temari—. Tu voz todavía no está curada del todo. Si haces un sobreesfuerzo podrías lastimarte las cuerdas vocales. Por si no lo sabes, estas son mucho más delicadas de lo que creemos.
Hinata no pudo evitar sonreír.
—¿Te das cuenta que te estás pareciendo mucho a Izumi?
Temari hizo un mohín.
—Somos hermanas, es natural.
—También eres mi hermana —recordó sonriéndole.
En ese momento, daría lo que fuera por tener un poco más del valor de Temari y la precaución exagerada de Izumi.
—Continuaré —avisó.
Temari se dio por vencida y se apartó para permitirle avanzar. No lo había hecho mucho cuando vio a la figura junto a la acera, con las manos dentro de los bolsillos de la sudadera naranja y dando patadas al suelo. Era como un adolescente tímido.
Casi sintió una ternura maternal.
Detuvo el coche al ver que la miraba y hacía una mueca con los labios.
—¿Qué haces aquí tan temprano? Ni siquiera Sakura se ha levantado para ir a clases.
Naruto bostezó como respuesta antes de hablar.
—Me levanté al baño y te vi. Iba a ir a hablarte, pero tu hermana te llamó y sinceramente, da algo de miedo.
Hinata no pudo evitar reírse entre dientes para no cohibirle.
—Bueno, te contaré que a más de uno le da miedo Temari. Tiene un carácter bastante fuerte por encima de una capa de ternura.
Naruto se encogió de hombros claramente desinteresado.
—¿Por qué querías hablarme? —cuestionó al notar que él daba algunos rodeos.
—¿Vas a verle? —O no. Quizás no los daba del todo—. A ese manipulador.
Hinata se lamió los labios lentamente antes de responder.
—Tenía un mal día y estaba asustado. Creía que podría haber sufrido un accidente grave y…
—Estaba allí. Yo fui el que te sacó de ese lugar. Estabas en peligro de muerte. Si eso no le importa…
Extendió el brazo para dar un golpe con la palma contra la parte superior de la puerta.
—Y ayer en la puerta del hospital quería obligarte… ¿Vas a defender eso?
Hinata no lo comprendía. Más bien, estaba segura de que él ni siquiera debería de estar metiéndose en eso y lo único que iba a lograr era ponerla más y más nerviosa.
—Puedo con esto. Te aseguro que él no es como crees. Ahora, déjame irme.
Naruto no lo hizo a la primera. Se tomó su tiempo, suspirando y alejándose. Hinata hizo lo mismo.
Sí, desde fuera podía verse como algo horrible, pero sabía que había algo más. Tenía que estar ahí. Toneri tenía que tener algo bueno, algo que se le escapaba a los demás pero que ella sí había visto.
Por el retrovisor vio a Naruto dar una patada a la papelera, tirándola al suelo. Acto seguido, su hermano mayor se asomó por la ventana para gritarle y tras saltar como un gato, entró en la casa.
Era sorprendente lo maduro que podía parecer y lo inmaduro a la vez.
Esperaba que se equivocara. No, tenía que estar equivocado. Por favor. ¡Era un mocoso al lado de ella! No había vivido ni la mitad de su vida. Todavía tenía que experimentar muchas cosas. Sabía que a Sakura le daba coraje cuando la trataba como una niña, pero era la realidad.
Aparcó en el parking de los edificios en los que Toneri vivía. Conocía su horario y sabía que no se marcharía hasta una hora después. La limusina estaba aparcada al otro lado, en los parkings para residentes. El chófer todavía no había llegado.
Avanzó hasta el ascensor y tomó aire mientras intentaba prepararse.
Toneri vivía en el ático. Le gustaba vivir lo más arriba posible. Más de una vez, en sus tardes de arrumacos y besos castos, le había confesado que si fuera por él viviría en la luna. Ambicionaba incluso ese sueño. Más de una vez le había hablado de crear un mundo nuevo y diferente y que para eso necesitaba mucho poder.
Hinata no entendía a qué clase de poder se refería.
Sonrió con cierta ironía. Había pensado que Naruto no lo sabía todo unos minutos antes: ella era igual. Se había lanzado de cabeza en algo que ahora la preocupaba demasiado.
Giró la esquina del pasillo tras salir del ascensor y caminó mirándose los pies hasta que escuchó un grito furioso de mujer. Enseguida captó la procedencia.
Lo primero que pensó fue que estaban maltratando a alguien, hasta que se detuvo frente a la puerta en cuestión. Antes siquiera de poder llamar se abrió de par en par y se encontró con la mujer de su primo. Ésta sólo soltó una maldición con los ojos hinchados de tanto llorar y se marchó.
Hinata no supo si ir tras ella. Algunas mujeres no querían que otras se metieran en sus asuntos, hasta que recordó de dónde estaba saliendo.
Primero lo miró a él, que se mantenía con las manos dentro de los bolsillos y una mueca de desinterés en lo sucedido. Hasta que se percató que ella estaba ahí y su rostro mostró una ligera sorpresa.
Luego, sus ojos bajaron hasta las fotografías que había a los pies del hombre. Toneri empujó una con el pie sin cuidado y otra la pisó para llegar hasta ella.
—No pensé que vendrías por motu propio.
—¿Por qué? —dudó mientras que cerraba la puerta a su espalda. Ella aprovechó para tomar una de las fotografías—. Toneri… este es…
—Tu primo, Neji Hyûga engañando a su mujer. La mujer que se ha marchado. Al parecer no le ha gustado nada que se lo mostrara.
Avanzó pisando de nuevo las fotografías y fue a la mesa del comedor donde esperaba su desayuno y algunos documentos que parecía haber abandonado.
—¿Por qué lo hiciste?
Toneri parpadeó mientras se remangaba.
—¿No es obvio?
Hinata negó.
—Por ti.
Eso fue inesperado.
—¿Cómo?
Toneri suspiró invitándola a sentarse a su lado. Hinata dudó antes de hacerlo.
—Los Hyûga son un clan corrompido desde hace años. Desde que mi gente estaba ahí y antes de que quedáramos tan pocos. Ya te conté que mi familia fue extinguiéndose debido a la mezcla incorrecta de nuestra sangre. Ese clan es el resultado de nuestros errores. Se corrompió demasiado y que tu madre saliera creó muchas consecuencias, pues era una heredera muy importante.
—Todo eso es algo complicado que ya no tiene que ver conmigo —recordó—. Mi padre consiguió mi custodia legalmente y ahora no les necesito para nada. Soy adulta.
—Pero ellos no pueden permitirse que tú te alejes. Eres una heredera. ¿Crees que tu primo ha estado en libertad? No, continuaba en una jaula llamada presión. Que te encontrara le daba la oportunidad de tener una nueva oportunidad y heredar lo poco que fuera posible de su madre. ¿Sabías que era la hermana gemela de tu madre, Hinata?
Negó.
—Pues lo era. Eso conlleva a que seáis enemigos como herederos.
—¿Y por eso has de…? —Le mostró la fotografía con cierto repelús—. ¿Hacer daño a su mujer?
—Necesito que se concentre en otras cosas antes de que te ataque. Y especialmente, para que no te desconcentre de nuestro compromiso. Porque sigue existiendo. ¿Verdad?
Hinata tomó un momento aire, dejando la fotografía sobre la mesa. Toneri la observó.
—¿Quieres tener un amante?
Aquello la descolocó.
—¿Perdona?
—Lo digo por ese chico de ayer. No sé quién es todavía. Más tarde me enteraré. Pensé que era el joven que habías decidido que sería tu amante pese a estar casada conmigo. Por supuesto, supuse que eso a la larga pasaría, debido a que mi trabajo me absorberá demasiado y pasarás mucho tiempo sola. Lo único que pediré es que los hijos que salgan de tu vientre siempre sean míos.
Se sintió mareada. Aquella era demasiada y nueva información. Además de ponerla en una situación demasiado inverosímil.
—¿Dónde le conociste?
—Detente —suplicó.
—Comprendo que no quieras contarme nada. Lo averiguaré entonces por mi cuenta.
Apuró el café de un sorbo y se levantó.
—Yo, sin embargo, no tomaré a ninguna mujer. No me interesan los hijos bastardos y serás capaz de entregarme todo cuanto deseo. No te agotes ni te enamores de él.
—¡Toneri! —exclamó poniéndose en pie—. ¿Estás escuchando lo que estás diciendo?
—Sí —confirmó volviendo a colocarse bien los gemelos—. Eso fue lo que estuve pensando toda la noche. ¿Acaso me he equivocado?
—Te has hecho una idea errónea. Y en lugar de hablar de lo que importa, das por hecho cosas que no son. ¿Realmente crees que soy el tipo de mujer que tendría un amante?
No quería tartamudear, pero le salió. La loca idea de que pensara algo así de ella era absurdo.
La miró de arriba abajo y torció la boca.
—Tampoco esperaba tu comportamiento de ayer, así que estoy empezando a ver otra de tus facetas y actuando a consecuencia. ¿Tan ilógico es?
—¡Sí cuando lo mal interpretas!
Tomó aire para calmarse y dio unos pasos hacia él.
—Toneri, me estoy asustando muchísimo. Ayer era un momento de tensión y dijimos cosas hirientes donde terminamos mezclando a personas ajenas a nuestra relación. Naruto no es mi amante, dios mío, tiene dieciocho años nada más.
—A las mujeres les gustan más jóvenes.
—Me gustan los hombres como tú —recalcó—. No quiero poca madurez en mi vida. Es un chiquillo que sólo actuaba porque malinterpretó la situación y yo estaba partida en dos. Quería estar contigo y a la vez con mi padre. Mi confusión causó que él actuara.
No quería sonar frívola o como una mujer que no era capaz de reconocer que Naruto había hecho un buen acto, era un buen chico y por ello, era un modo de protegerlo y quizás, sacárselo de la cabeza a Toneri.
Éste dio un paso hacia ella. La superaba en altura, así que tuvo que echar la cabeza hacia atrás para poder mirarle.
—¿Todavía quieres casarte conmigo?
Hinata dudó.
—Tienes que aceptar… que no voy a poder estar separada de mi familia. Los necesito y muchas veces los elegiré por encima de ti.
Toneri entrecerró los ojos. Hinata pudo sentir el escalofrío recorriéndole el cuerpo.
—¿Vas a imponer esos derechos por encima de lo que conlleva el matrimonio, Hinata?
Ahí estaba de nuevo.
—No los impongo —tartamudeó—. Van conmigo de la mano. Mi padre, mi madrastra y mis hermanas.
—Y supongo que los últimos de la lista siempre seremos tus hijos y yo.
—Claro que no —exclamó espantada—. No es eso lo que quiero dar a entender.
—Es lo que no haces más que dar a entender.
Toneri no solía ser violento, no demasiado. Y nunca con ella. Por eso, cuando le dio la espalda para dar por zanjado la conversación, fue sorprendente lo que ocurrió.
Toneri se soltó bruscamente echando el brazo hacia atrás. Hinata no logró esquivar a tiempo y su codo impactó directamente contra su ojo izquierdo.
Se lo cubrió con ambas manos, arrodillándose.
—No ha…
No continuó. Sacó el móvil del bolsillo cuando sonó.
—Envía a tu sustituto. Quiero que lleve a mi prometida al hospital. Se ha dado un golpe. Ya.
Puso una mano sobre sus cabellos.
—Espera aquí. Te llevarán a urgencias para asegurarnos que no pasa nada.
Se incorporó y volvió a darle la espalda.
—Iré a verte cuando termine de trabajar.
De nuevo la dejaba atrás.
Temari estaba furiosa. Deseaba atrapar a ese energúmeno entre sus manos y estrangularlo hasta que se quedara completamente satisfecha. Aunque Hinata se negaba a explicar cómo había sucedido, la cara de la enfermera lo decía todo. No era la primera vez que veía algo así.
No comprendía, es más, la asustaba, el hecho de que su hermana estuviera en una relación tan tóxica hasta ese punto.
Dio una patada a la papelera más cercana imaginando que era la cabeza de aquel estúpido ricachón. Su padre ya lo decía muchas veces, que el dinero no hacía al sapo mejor. Y en esos momentos estaba en lo correcto.
—¿Qué te ha hecho la pobre papelera?
Apretó los puños para encarar al hombre. No. Más bien no quería ver a ninguno en el estado en el que estaba. Hinata le había rogado que no avisara a Izumi ni a sus padres. A la primera porque bastante nerviosa y atacada estaba ya con la idea de ir de carabina de unos adolescentes en una cita. Y los segundos porque sabía que harían muchas preguntas y Hinata era incapaz de mentirle a su padre y, si realmente la había pegado, su padre tomaría claras represalias.
Se detuvo al ver quién era.
Aquel sujeto con cola de piña del que Matsuri le había hablado y que en otras ocasiones había dado la casualidad de encontrarse. Igualmente, estaba demasiado furiosa como para pararse a pensar que él era inocente.
—¿Existir? ¿Como tú?
Shikamaru enarcó una ceja.
—¿He hecho algo que te molestara?
—¿Existir? —repitió.
Sabía, de verdad, que él no era el culpable.
El rostro del chico se torció en un gesto marcado por un mensaje de odio y fastidio.
—Si yo pudiera haberle cortado a mi padre la capacidad de traerme, creeme que lo habría hecho también. Igual que al resto de mis hermanos. Seguro que Itachi sería más feliz —gruñó.
Tomó aire para intentar calmarse.
—Lo siento, he sido demasiado injusta y he pagado contigo lo que no debía.
Shikamaru miró hacia la puerta y enarcó una ceja.
—¿Alguna se ha herido? ¿Hinata ha recaído?
Temari negó cruzándose de brazos. Su política no le permitía cubrir la identidad de ciertos hombres que ni eso debían de ser llamados.
—Su prometido le ha pegado.
Shikamaru se incorporó y por primera vez le pareció más alto, más apuesto incluso. Era ridículo, pero por un instante le pareció increíble.
—¿Está dentro? ¿Te ha echado?
Temari tardó en reaccionar. Se había quedado como una estúpida mirando su actitud. Acababa de pasar de una persona a la que parecía pesarle la vida a otra capaz de tirar la puerta abajo y pegar a quien hiciera falta… por ellas.
—No, no —reaccionó—. Estoy fuera porque me he peleado con mi hermana. No quiere denunciar y asegura que fue sin querer. Es la típica frase de todas las mujeres que sufren estos casos y no quieren admitirlo. Quiero mucho a mi hermana, pero ahora mismo la estrangulaba también. Aunque a ese cerdo…
—Comprendo, menudo problema.
Había vuelto a relajarse y se rascaba la coleta con la mano izquierda.
—¿Por qué estás en el hospital?
—Mi hermano se dejó la cartera con la documentación, así que he venido a buscarla.
—Entiendo. ¿Está mejor?
—Sí, sólo reposo, cosa que es difícil con él.
—¿No hay nada que le atrape? —cuestionó apoyándose contra la pared. La conversación estaba relajándola.
—Libros.
—Oh, eso es bueno.
—Lo es cuando puedes permitirte comprarlos, sacarlos de la biblioteca, intercambiarlos o bajarlos de internet. Pero ninguna de las cosas las tenemos, tsk. Es demasiado problemático.
Pensó que las acciones de antes merecían un premio.
—Bueno, por suerte para ti tienes una vecina que es una loca de los libros.
Shikamaru la miró inquisitivo.
—¿Tú?
—No, mi hermana pequeña. Matsuri.
La avergonzaba de sobremanera admitir que la única estantería que tenía en su dormitorio estaba llena de libros que, claramente, a ese hombre no le iban a interesar. Y menos a su hermano. Matsuri, sin embargo, tenía de todos los géneros por haber. Su padre la había mimado demasiado en esos temas. No se lo reprochaba, el saber nunca ocupa lugar.
Él parecía meditarlo.
—Gaara no puede moverse —explicó.
—No hay problema por eso. Puedo pedirle a Matsuri una lista de un género en específico que le guste a tu hermano y entregároslo.
Shikamaru frunció el ceño.
—¿Por qué no te ahorras el viaje y envías a Matsuri directamente? —cuestionó.
Temari dudó. Conocía a Matsuri y sabía que era capaz de acabar con la paciencia del más santo cuando se ponía a hablar de libros. Y si Gaara estaba enfermo lo que menos querría es tener una alocada adolescente correteando por su dormitorio hablando de libros y libros.
—Creo que eso empeoraría a tu hermano.
Shikamaru parecía estar a punto de negarse.
—También puedo ir yo a echarle una ojeada. Conozco sus gustos. Si no es una molestia.
A él sí que parecía molestarle tener que andar un poco por su calle hasta entrar en su casa, pero no se lo dijo.
—También serás bienvenido.
Shikamaru asintió y levantó una mano.
—Estaré esta tarde. ¿O prefieres otro día?
Señaló con el pulgar la puerta donde todavía estaba Hinata siendo tratada. Suspiró porque sintió de nuevo la ira crecer.
—No, creo que vendrá bien un poco de charla. Aunque si escuchas muchos gritos, huye.
—¿Cuál sería el peligro?
—Mi padre armado —respondió.
Shikamaru se lo tomó como una broma, pero ella sabía que sería verdad. No iban a poder esconder un ojo morado como si nada. Tarde o temprano Hinata tendría que dar la cara. Puede que Izumi se enterase más tarde al igual que Sakura e Ino, pero su padre no y Matsuri tampoco.
—Disculpen.
La enfermera salió con sumo cuidado, como si estuviera escondiéndose de alguien. Supuso que de su hermana.
Miró a Shikamaru con ciertas dudas.
—Es un amigo de la familia —mintió.
Más tranquila, la mujer se apretó las manos.
—Tenemos un policía en el hospital, por si quieren poner ustedes la denuncia. Puede que no tenga la misma fuerza que si la pusiera ella misma, pero…
Temari negó.
—Tiene que ser ella entonces —recalcó—. Además, es un hombre importante. Hemos de movernos bien, abogados y todo.
—Lo comprendo—musitó la mujer—. Igualmente os daré un informe de los que preparamos para estos casos por si acaso decide cambiar de opinión.
—Muchas gracias.
La enfermera regresó y ambos se quedaron mirando la puerta durante un momento. Temari se preguntó si habría hecho bien en retractarse de ponerla ella misma.
—¿Qué harías si…?
—Castrarlo ahí mismo —respondió sin mirarle siquiera.
Supo que tragó por el sonido que hizo. Le miró.
—Y si no puedo, no daría tantas vueltas. Mi hermana es demasiado buena, yo no.
Shikamaru levantó una mano y la posó sobre su cabeza. Era un acto cordial de ánimo, aprovechando su altura que la superaba. Temari se encontró con que el corazón le latía demasiado rápido y que aquello era parecido a lo que sucedía en sus novelas románticas.
Recordó las palabras de Matsuri descartándolas al instante. Ella prefería que fueran sinceros con los sentimientos, pero tampoco la hacía feliz verlos donde no estaban y no podía permitirse el lujo de mal interpretarlos.
Estaba siendo amable porque era una situación que lo ameritaba.
Y era una soberana tontería pensar que un hombre al que acababa de conocer, era su vecino y que era más vago que petete a simple vista podía llegar a gustarle o sentir algo él por ella.
Siendo realistas, sabía que los chicos perfectos de las novelas románticas que leía no existían. Pero si lo pensaba, también debería de haber sido uno entre un millón las posibilidades de mudarse justo al lado de una casa donde desde el hermano mayor hasta el más pequeño parecían haber nacido para comerse el mundo con su aspecto.
Si, Izumi ya los había catalogado como peligrosos y quizás era por eso.
¿Y si sus feromonas eran capaces de idiotizarlas de algún modo?
Se echó a un lado, carraspeando.
—Soy una adulta.
—Lo sé.
Bostezó y giró su cuerpo para darle la espalda en dirección a la salida.
—Pero hasta el más adulto necesita ánimos en situaciones así.
Se detuvo.
—Ah, cierto. ¿Seguro que no necesitas que te escolten? Tengo varios hermanos vagos en mi casa que están perdiendo el tiempo.
Temari esbozó una estirada sonrisa.
—Ofreces y te escaqueas.
—Es de pura profesión.
Le vio sonreír, una mueca masculina que le quedaba muy bien.
—No, puedes irte tranquilo.
Él levantó una mano como despedida y ella se quedó ahí un buen rato, mirando por dónde desapareció.
Hasta que se dio unas palmadas.
—Estás siendo idiota, Temari.
—No eres idiota.
Se volvió y a su espalda, Hinata le sonría. Le habían cubierto el ojo con una gasa y el Betadine había traspasado un poco. Sonreía con claro dolor.
—¿Qué te han hecho?
—Me han puesto dos puntos —explicó—. Parece que venir al hospital se está convirtiendo en algo repetitivo.
—Pues prefería que no le cogieras el gusto a esto —regañó.
Hinata apretó las manos y se miró los pies.
—Te ruego que no digas nada —suplicó—. Déjame solucionar esto.
—Eso has dicho esta mañana y has regresado con un ojo morado, Hinata. Perdona si ya no te creo.
Hinata estaba espantada. No la había visto actuar así desde que se aturulló el día en que Ino se cayó mientras jugaban sobre un rastrillo mal colocado. La pequeña se hizo una herida que sanó sin dejar cicatriz, pero Hinata no superó aquello.
—Temari —suplicó—. Hay muchas más cosas detrás de todo esto de lo que crees. Necesito ir paso a paso y…
—¿Y vas a casarte con él?
Hinata tomó aire y Temari esperó, dando golpecitos con el pie.
—Creo que sé qué diré cuando el cura pregunte si alguien tiene algo que objetar.
Hinata gimió llevándose una mano hasta la frente. Caminó por delante de ella.
—Necesito tiempo. Y no es lo que parece. No me ha pegado queriendo.
—Sí, seguro. Te han dado dos puntos. ¿Lo sabes?
Hinata no respondió. La tomó de las manos.
—Por favor, di que me diste tú sin querer.
—¿Me estás pidiendo que mienta a mi familia? —exclamó irónica.
Hinata asintió despacito. Acababa de darse cuenta de la gravedad que conllevaba hacer algo así.
—También quiero pedirte que me acompañes a ver a alguien.
—¿A quién? —cuestionó incrédula—. Si es a él, no me importa ir.
—No, a mi primo —respondió—. Quiero ver si trabaja y si puede darme un poco de su tiempo. Hay algo que necesito aclarar.
Temari dudó por un instante. Luego, se le ocurrió la estúpida idea de que quizás él consiguiera convencerla de que denunciara.
Sin embargo, cuando encontraron a Neji Hyûga en las escaleras de emergencia tenía un humor de mil perros furiosos y tiraba su móvil contra la pared como si de un arma ninja se tratara. Al verlas, gruñó y si Temari no hubiera estado delante, estaba segura de que habría zarandeado a Hinata.
—¿En qué demonios está pensando ese hombre? —ladró sin apartar la mirada de ella.
—¿De qué está hablando, Hinata? —se interesó.
Hinata le explicó a media voz lo que había visto esta mañana. Temari no sabía con quién estar más enfadada. Si con el prometido de Hinata o con su primo.
—No lo hice —explicó fríamente—. No os tengo que dar explicaciones, pero nunca he estado con otra mujer. Tenten... no me quiere creer.
—Por algo será —ironizó colocando las manos en las caderas.
Neji vaciló.
—Cuando me conoció y antes de casarnos estaba hecho un despojo. Estaba con otra mujer y hundido. Casi pierdo mi trabajo por el clan Hyûga. Ella me salvó.
—Pues hay fotos que lo demuestran.
—Existe el Photoshop —acusó.
Temari levantó las manos.
—A mí no me lo cuentes.
—Quiero saber por qué —exigió mirando hacia Hinata.
—Cree que eres un espía de la casa principal para hundirme.
—¿Hundirte? —cuestionaron ambos a la vez.
—Al parecer, nosotros dos somos dos herederos. No lo comprendo bien del todo. No quiero nada de ellos, ni heredar ni nada. Repudiaron de mí. No me importaría si tú heredaras.
Neji soltó una irónica risita entre dientes.
—¿Heredar? Fuimos expulsados. Únicamente heredaremos si nos casamos con alguien de la rama principal. Y tu prometido no lo es. Es del clan viejo, obsoleto.
Temari sopesó toda la información una tras otra. No podía ocultar que ya no confiaba para nada en ese tipo, así que las cosas iban hacia un patrón claro.
—Si te casas con él cree que podrías heredar. Si lo haces, seguramente cambiarías la expulsión de Neji y lo convertirías en heredero automáticamente —propuso—. Para evitar eso, quería joderle la vida creando una falsa infidelidad y así tenerlo ocupado con otros temas hasta que él pudiera destruir cualquier posibilidad de incluirlo en el clan de nuevo.
Ambos la miraron atónitos.
—¿Qué? Leer te da mucha imaginación. Deberíais de probarlo un rato.
—No, es que tiene mucho sentido —recalcó Neji.
—Sí —reconoció Hinata apesadumbrada—. Eso significa que… no quiere casarse conmigo por amor.
Temari la estrechó con cuidado entre sus brazos.
—Voy a buscar a mi mujer —anunció Neji—. Esto ha de quedar claro.
Las dejó a solas y Temari retomó el camino hacia el parking. Hinata solía sentirse mejor cuando se sentaba dentro de su coche, así que esperaba que al menos algo la reconfortara.
—No me lo creo… —musitó—. No puede ser por eso. Sé que tiene que haber algo más. Algo escondido.
—¿Por qué te aferras tanto, Hinata? —cuestionó poniéndose el cinturón—. Estás sacando a la luz que es un gran… capullo. Por quedarme corta.
Hinata no respondió. Temari buscó su rostro con la mirada.
—No me digas que…
Hinata cerró los ojos como toda respuesta y se cubrió el rostro con ambas manos. No necesitaba más palabras.
Shikamaru se detuvo en la puerta de la biblioteca, sorprendido. Era inmensa. Itachi les había hablado de ella como algo increíble y sucio, teniendo en cuenta que eso fue cuando era niño y no estaba recogida ni limpia y mucho menos, cargada con tantos libros.
¿Por qué si tenía tantas cosas Matsuri iba igualmente a la biblioteca principal? Él no querría salir de esa.
—¿Sorprendido?
Temari encajó la puerta cuando los gritos del resto de sus hermanas inundaron la estancia al pasar corriendo. Por lo poco que pudo ver, las menores perseguían a la mayor con algo de ropa. Que Izumi se tomase el día libre les había dado un respiro necesario para ponerse al día. Itachi tenía muchas órdenes para ese día.
—Te voy a sorprender más —continuó Temari—: Se los ha leído todos.
—¿Tu hermana?
Temari asintió.
—Sí.
Silbó. Aquello era impresionante, teniendo en cuenta que era muy joven y ahí debían de tener más de mil libros al menos. Eso explicaba por qué iba a otras bibliotecas.
—Adelante, escoge el que quieras.
—¿Estás segura de que no se molestará?
Ella negó.
—Le mandé antes un mensaje al móvil y accedió siempre que le cuideis los libros. Hasta puso un corazón al final.
Hizo una mueca extraña y Shikamaru se preguntó qué ocurriría. Esa mujer era muy complicada. Le había parecido entenderla antes en el hospital, encontrar una faceta delicada de ella, pero de nuevo volvía a tener cierta aura de advertencia.
—¿Es malo? —se interesó.
—Se ha alegrado demasiado que quiera ofrecerle un libro para tu hermano.
—Le emocionará que alguien se interese por la lectura como ella.
Temari hizo una mueca de duda pero guardó el teléfono.
—Está ordenado muy cuidadosamente, de autores y géneros. Tiene etiquetas seguramente, así que no deberías de perderte. Pero si necesitas algo, estaré por aquí.
Se sentó en el único sofá que no tenía libros desperdigados y con cajas alrededor. Seguramente, la mudanza de los libros estaría llevándola a cabo la pequeña de todas ellas. Caminó entre las estanterías centrales y revisó las pequeñas etiquetas.
—¿Qué tal tu hermana?
Temari carraspeó y cerró el libro que había abierto por curiosidad.
—Está bien. Durmiendo o fingiendo que duerme. A saber. No quiere que mi padre la vea, así que estará escondida un tiempo. Como si eso fuera posible con tantas hermanas.
Shikamaru le recordó a su propia familia. Ninguno de ellos podía ocultar mucho tiempo algo antes de que se enterasen. De no ser así, Gaara podría estar no contándola esa vez. Itachi había puesto serias reglas en cuanto a las puertas cerradas y aunque sólo permitía un momento, enseguida la quería abierta. Pero hacer eso significaba que todos los hombres de la casa sabía qué habías estado haciendo.
Además, era normal que Naruto pululara por los dormitorios de todos e Itachi hiciera una ronda. Así que las chicas no parecían ser muy diferentes.
Y Sai… Sai daba miedo si conocía alguno de tus secretos.
—Las casas con mucha gente siempre serán una trampa para todos.
Temari arrugó la nariz.
—¿También odias eso? ¿Alejarías a tu mujer de su familia?
Shikamaru tardó lo suyo en responder. Encontró el libro de la Odisea de Homero y se tentó con tocarlo.
—¿Eso eso posible? —cuestionó desviando su atención a otro. Era imposible que su hermano disfrutara de ese libro.
—No lo sé —continuó levantándose para acercarse a él—. ¿Es posible alejar a una esposa de sus hermanas y hermanos, de su padre y madre?
Tomó el libro más cercano para distraerse un momento. Aunque siempre había sido bueno mintiendo sabía que algunas mujeres tenían cierto sensor que captaban las mentiras o los secretos. Y por supuesto, era un secreto que él conociera ciertas cosas de Hinata.
—La pregunta no sería más bien para ti. ¿Aceptarías que te alejaran de tus hermanas y demás?
Observó de reojo su rostro. Parpadeó y creaba un hoyuelo interesante en su boca cuando pensaba. También se cruzaba de brazos o se apoyaba contra algo. Esa vez, para su sorpresa, sacó un pequeño abanico (1) que llevaba colgado del cinturón y se dio golpecitos en la boca con él.
—Si yo me casara podría vivir en mi propia casa. No importa la distancia que nunca dejaría de preocuparme de mis hermanas. No soy como Izumi, que necesita tenerlas a todas casadas antes de hacerlo ella misma. Ahora, cuando me llamaran seguramente iría corriendo, así tuviera que correr de una ciudad a otra (2).
No dijo nada, sopesándolo.
En realidad, nada les obligaba a vivir con sus hermanos para toda la vida, así que no entendía cuál era el problema exacto. Un matrimonio es normal que quiera vivir su propia vida. Y tras convivir lo suficiente con hombres, el hecho de pensar en vivir con una mujer a solas le parecía hasta… excitante.
—Cada persona ha de buscar su vida.
Temari asintió y abrió el abanico. Sus cabellos oscilaron suavemente al vaivén del objeto.
—¿Y si tu pareja no respeta tus deseos?
—Define eso.
Chasqueó la lengua y se volvió más hacia él.
—Imagínate que estamos prometidos. Yo quiero vivir con mi familia lo más que pueda o estar cerca de ellas. Pero tú no. Estás harto o me quieres acaparar de algún modo.
Shikamaru captó enseguida lo que ya sabían, del mismo modo, que el botón del top se había soltado y dejaba ver una hermosa vista de piel cremosa.
—¿Qué crees que deberíamos de hacer?
—Es complicado —concedió levantando la mirada hasta sus ojos—. Pero siempre podríamos encontrar una casa para nosotros y no vivir demasiado lejos. Si fuera conmigo, chica, puedes olvidarte de una mansión, eso sí.
Chasqueó la lengua y le guiñó un ojo para enfatizar la broma. Tardó en captarla. Quizás demasiado.
—Claro, se buscaría algo ecuánime. ¿No es cierto? Así no estaríamos lejos de mis hermanas, tus hermanos y también tendríamos nuestra propia intimidad.
Asintió sin poder despegar su mirada de ella. Temari tampoco la desvió.
Hasta que sus hermanas volvieron a escucharse desde detrás de la puerta.
Ella carraspeó y cerró el abanico para darle la espalda.
—Me pregunto por qué hay hombres tan acaparadores entonces.
—¿Lo dices por su prometido?
Se tomó su tiempo en contestar, como si quisiera asegurarse de que nadie estuviera espiándoles.
—Sí. Eso es lo poco que he conseguido sacar en claro, entre otras cosas.
Shikamaru se aclaró la garganta antes de contestar.
—Bueno, un hombre que golpea a una mujer no me da mucha confianza.
Ella no contestó y tomó el libro que había estado sujetando desde hacía un buen rato para ver cuál era.
—Sobre antes… gracias. —Y acto seguido cambió de tema—. ¿Vas a llevarte ese?
—Ah, sí. Sé que le gusta Julio Verne. Tuvo que hacer un trabajo para la escuela y desde entonces, tiene ese único libro hecho unos zorros. Lo máximo que tenemos en casa son revistas pasadas de fecha que tiran. O de las que él trae cuando va a la playa que hay no muy lejos.
Temari se mostró interesada.
—¿Le gusta la playa?
—Más que el agua, la arena (3) —explicó—. Siempre trae consigo algo de ella. Imagino que tu hermana habrá quitado una buena cantidad.
—Ya sólo faltaría que le gustara el verano.
—Es su estación favorita, sí.
Temari se quedó con la boca abierta y Shikamaru presintió que algo extraño había oculto tras todo aquello. Especialmente, cuando se ruborizó y le dio la espalda.
—Ayer hicimos algo de pastel. Llévale un poco de nuestra parte.
Shikamaru asintió y la siguió de nuevo hasta el piso inferior y se detuvieron en la cocina. Temari avanzó canturreando entre dientes hasta el plato del pastel.
—No queda mucho porque ayer comimos y también Matsuri se llevó una buena porción. Temía que acabara con una buena indigestión.
Bien, si entrelazaba las historias, preguntas y pruebas como el plato y el cubierto de más en la bandeja de su hermano, todo encajaba. Al parecer, aquella incontrolable chica se las había apañado para no sólo mentir a una de sus hermanas, si no que también engañó a la otra al colarse en la casa vecina y llevarle un trozo de pastel (4).
—Ten.
Le entregó el plato con un film transparente por encima.
—Espero que le guste.
—Gaara es demasiado extraño muchas veces, así que no diré que sí ni que no.
Quizás ese trozo no se lo comiera. Quizás el otro sí porque era de aquella chica a la que le había intercambiado Naruto y debía ganar puntos. Pero una vez se hubo marchado nadie le obligaba a comerse el pastel.
—¿Por qué antes me diste las gracias?
La mano de Temari se retiró rápidamente para ir en busca de su abanico.
—No comprendo.
—Me las diste cuando cogí el libro. ¿Por qué?
La duda se mostró en su rostro. Desviaba la mirada y apretaba los labios. Parecía ir enfureciéndose por momentos, hasta que explotó.
—¡No importa! —zanjó empujándolo hacia la salida—. Ten un poco más de brío y vuelve a tu casa.
A base de empujones terminó en la calle. Se despidió bruscamente y se alejó. Shikamaru se quedó un momento mirando la puerta y rascándose la nuca.
—Tsk, problemática.
Cuando entró en la casa era un completo caos. No del rango de romper muebles y ensuciar, porque Izumi seguramente los molería a palos por muy grandes que fueran, si no porque Naruto parecía haberse enterado ahora de la cita que tendrían Sai y Sasuke.
—¿Por qué nadie me ha dicho nada? ¿Eh? ¡Yo también quiero ir, Dattebayo!
Gaara bostezó mientras lo observaba. Naruto iba de uno a otro y los sacudía como si de sacos de patatas se tratara. Había pedido levantarse para no estar todo el tiempo en la cama y aunque Itachi había refunfuñado un poco estaba demasiado concentrado en otras cosas como para negarse de todo.
Y es que los tres estaban completamente como novios a punto de casarse. O peor, como mujeres. Parecería que nunca hubieran tenido una cita. De Sai lo esperaba. ¿Itachi y Sasuke? Ni de broma. No eran como el primero que se enfrascaba demasiado en sus pinturas. Claro que eso sólo eran suposiciones suyas. No estaba muy metido en la vida de todos.
—Punto uno —intercedió Itachi colocándose su anillo de la suerte—: no estabas. Punto dos: Hinata Hyûga está prometida y se te ha prohibido mezclarte con ella hasta que obtengamos más información a cuenta de su prometido. Punto tres: Vas a cuidar de Gaara. Y no me hagas decir el punto cuatro, Naruto.
Sai fue quien no captó eso último.
—Punto cuatro: me sale de los cojones —citó imitando la voz del mayor de todos ellos.
Itachi le dedicó una mirada en advertencia. Naruto se sentó junto a él en el sofá.
—Genial, vosotros por ahí arrimando cebolleta (5) y yo aquí de niñera.
Sasuke negó rotundamente con un suspiro superior.
—Eso sólo podría pasar por tu mente de enfermo.
—¿¡Qué dices!? —estalló nuevamente Naruto.
Si Shikamaru no hubiera interrumpido el paso hacia él estaría aferrando de nuevo de la sudadera a Sasuke.
—Ten, de la vecina —informó dejando el plato con el pastel frente a él.
Gaara lo miró ligeramente receloso. ¿Había enviado a su hermano esa vez en lugar de colarse por la ventana como si de un mono se tratara? Curioso.
—No de esa —explicó Shikamaru como si captara sus pensamientos—. De la hermana que me ha tocado.
—Temari —recordó Gaara tomando el plato—. ¿Lo hizo ella?
—Creo que junto a la otra. Por cierto, tu cartera.
La sacó también del pantalón para entregársela.
—Ya que estáis hablando de ese sujeto —continuó mirando a los demás, especialmente a Naruto—. Esta mañana me la encontré mientras iba de camino a hacer el trabajo de costumbre. Estaba esperando a su hermana.
—¿Hablas de Temari? —cuestionó Itachi.
—Sí. Pensé que estaba ahí por una revisión o curas de Hinata.
—¿Qué ha ocurrido? —inquirió Naruto apretando las manos en las rodillas—. Esta mañana iba a reunirse con ese tipo.
Shikamaru cabeceó una afirmativa.
—No sé bien los detalles, pero al parecer la ha golpeado.
Todos fijaron sus ojos en él. Shikamaru se encogió de hombros.
—Cuando he ido a buscarte esto —añadió entregándole un libro—. No la he visto por ningún lado. Al parecer está escondida para que su padre no la vea. Pero la enfermera dejó claro que no era la primera vez que veía algo así. A los ricos se les va muchas más veces la mano de lo que parece.
Tomó el libro con bastante más ilusión del que le hubiera gustado mostrar. Julio Verne era uno de sus autores favoritos y eran pocas las ocasiones en las que podía encontrar algo de él gratis.
—Naruto.
El tono autoritario de Itachi le hizo volver al momento. Sai y Itachi habían colocado una mano sobre el hombro del chico para sentarlo y evitar que saliera corriendo. Seguramente, en busca de venganza.
—La dejé ir a verle, ttebayo —explicó—. Sabía que alguna mierda de esta iba a pasar.
—Temari estaba furiosa porque Hinata asegura que no fue lo que creemos. Al parecer, fue sin querer.
Gaara extendió su mano hasta darle una torta. Shikamaru se volvió automáticamente, perplejo.
—¿Qué…?
—Ha sido sin querer. Mi mano se ha escurrido hasta tu cara. No sé por qué.
Shikamaru chasqueó la lengua y se frotó el lugar.
—No necesitabas mostrarlo. Creo que todos captamos el punto de esa mentira.
—¿Y si no lo es realmente? —cuestionó Sai.
—¿Qué dices? —acusó Naruto levantando el dedo índice hacia él—. Claramente es una mentira.
—Nadie, ni tú, ni su hermana, ni ninguna otra persona estaba allí. ¿Verdad? Por lo tanto, es la palabra de esa mujer la que hemos de creer.
Naruto se levantó apartando de un manotazo la mano de Itachi.
—¿Acaso crees que no debemos de creerla? ¿Qué está bien que la haya golpeado? ¡Sai, maldito!
Sai levantó las manos en son de paz.
—No he dicho eso y sabes perfectamente lo que opino de ese tema —respondió—. Simplemente digo que quizás sí fue sin querer. A ti te rompió la nariz Sasuke cuando teníais doce años por jugar en las cascadas (6) cuando fuisteis de vacaciones.
—¡Eso fue…! —exclamó.
Gaara no estaba muy puesto en aquella historia. Sólo sabía que al volver de sus propias clases se los encontró sentados en el suelo, con Naruto con la nariz cubierta por apósitos y a Sasuke con la cabeza gacha, murmurando de vez en cuando que fue sin querer.
—Sin querer.
Que Sasuke lo repitiera sólo acentuó a comprender las palabras de Sai.
—Tenemos dos opciones. Que de verdad la golpeara queriendo y, dado el suceso de ayer más que tú te la llevaras, quizás influya…
—Y por eso te decimos que te alejes —cortó Shikamaru —, sigue, Sai.
Este hizo un asentimiento para continuar.
—O que fuera sin querer por un escenario que sólo nos podemos figurar.
—En resumen: no vamos a intervenir —zanjó Itachi mirando el reloj—. Nos vamos. Y no quiero tonterías.
—Esperad —reclamó Naruto—. Es la chica que me tocó. Claro que debo interrumpir.
Sai siseó y junto a Sasuke salieron corriendo de la habitación. Shikamaru le tendió la mano para coger el libro y el plato y Gaara lo siguió un momento después.
Naruto a veces no aprendía.
Ino fue la primera en abrir la puerta y mostrarse. Sai sonrió con una de sus muecas preparadas, hasta que desapareció por una abertura de boca inesperada que Itachi apresuró a hacerle cerrar. Estaba espectacular.
Llevaba un kimono de flores azulado cuya falda quedaba por encima de su rodilla y se apretaba a su cintura. El cabello recogido en alto para acentuar lo exótico de su cuerpo y un maquillaje justo.
Estaba preciosa.
—¡Te he dicho que te vas a constipar, Ino!
Izumi apareció tras ella. Su ropa era más informal y como la típica mujer que luchaba por admitir que iba a una cita. Notó que Itachi arqueaba una ceja y no supo si por defraude o por interés. Cada uno tenía su propio gusto en mujeres y estilos. O quizás le tentaba el reto.
—Dejad de ocupar la puerta y salid —ordenó otra voz tras ellas.
Esa vez, Sakura apareció.
Al contrario que Ino no iban tan sugestiva y tampoco tan sosa como su hermana mayor. Portaba un vestido rojo al que había echado por encima un chal blanco, algo arrugado y por las marcas que reconocería gracias a los lienzos, eran de dedos. ¿Quizás hubo un rifirrafe entre ellas a hora de vestirse?
—Eres tú la única que no te has esforzado en arreglarte —protestó Ino bajando los escalones para llegar a su altura—. ¿He conseguido lo que esperabas?
—¿Qué esperaba? —cuestiono interesado.
—Sorprenderte.
Sai sólo sonrió y supo que eso bastó cuando se colgó de su brazo.
—No necesito arreglarme cuando claramente voy de carabina, diablos —protestó Izumi cerrando la puerta tras ella—. Ino, preferiría que corriera el aire.
—Yo no —negó esta apretando más el agarre.
—Relájate —dijo Itachi desde su espalda. Se había quedado a la misma altura que Izumi, mientras que Sakura y Sasuke, quienes sólo se habían escrutado el uno al otro un momento, iban tras ellos—. No va a comérsela.
Izumi no protestó pero continuó observándoles durante todo el camino. Nunca había deseado tanto meterse entre las sombras. Sólo que esa vez no iría sólo.
Ino olía a rosas. Le llegaba su aroma de tan cerca que la tenía. Un olor agradable, delicado, dulce. Una trampa mortal, porque desearía saber en qué otros lugares habrían ido a parar las gotitas de perfume.
—¿Dónde iremos? —cuestionó Sakura.
—Aquí al lado hacen una verbena —respondió Sasuke escuetamente.
—Oh, no lo sabíamos —exclamó ella.
Para acto seguido hacerse el silencio. Sai se preguntó cómo de mal le estaría yendo. Sasuke era malísimo para las relaciones, peor que él incluso. Podía imaginarse que estaba tan tenso como aparentaba. Lo había hecho porque él le insistió y probablemente estaba imaginándose otros lugares mejores en los que estar.
Por suerte, la fiesta no estaba demasiado lejos. Shikamaru fue quien les trajo la información del lugar y hora. Había bailes, lugares para comer y beber, puestos de juegos y hasta venta de cosas coquetas (7) para mujeres.
Los tres sabían que estaban permitiéndose un lujo que no podían. Invitar a las chicas a algo así era despilfarrar un dinero que no poseían.
Su idea desde el principio era llevarlas a la playa, al campo, cualquier cosa que no necesitara un gasto de dinero, que diera un buen paisaje y quizás hasta un momento íntimo importante, pero Itachi se había negado rotundamente, especialmente, por Izumi.
Al parecer, la chica que le había tocado a Itachi era de gustos raros. O más bien, no les habría dejado tiempo para intimidad.
Sai lo comprendió cuando se perdieron entre la gente. La efusividad de Ino les hizo alejarse de más y aunque Izumi les llamó para que no se separasen creía que Ino la ignoró deliberadamente.
—Al fin solos —suspiró Ino confirmando así su sospecha—. ¿Vamos a divertirnos?
Sai le sonrió como respuesta y volvió a ofrecerle el brazo.
—¿Qué quieres hacer?
—Hum… Vamos a la zona donde han plantado los cerezos y tomemos algo de comida de allí. Luego, vayamos a bailar.
Sai obedeció. La zona de los cerezos en flor ofrecía comida de degustación que no tendrían que pagar y la zona de baile era gratuita. Se preguntó si Ino era consciente de sus problemas económicos como para retenerse en sus peticiones. Hasta que vio la forma en que su rostro cambiaba al ver los árboles y tomar entre sus dedos algunos de los pétalos.
—Realmente amas las flores.
Ino sonrió, pero no a él.
—Sí, me encantan. Me ayudan a sobrellevar todo. A no sentirme tan inútil.
—Dudo que seas inútil —musitó.
Ella soltó los pétalos por encima de su cabeza y rio cuando algunos se quedaron enganchados en mechones disparejos. Rosa contra negro.
—Tú que me ves con buenos ojos, Sai.
Se los quitó con cuidado para meterlos dentro del bolsillo del pantalón.
—¿No es así?
—No. Mis hermanas son las útiles, las que saben hacer algo. Hinata con su trabajo perfecto. Izumi con su rectitud. Temari es fabulosa en la cocina. Matsuri es buenísima escribiendo y devorando libros. Y Sakura… ella es muy buena en medicina. La verdad es que trae muy buenas notas. Pone todo su empeño en ello y creo que llegará a ser muy buena doctora.
—Y tú eres genial con las plantas. ¿O no era eso lo que querías?
Tomaron algo de comida de uno de los puestecillos y se sentaron bajo uno de los árboles, alejados lo más que podían del resto de personas. Algo no muy sencillo si pensabas en los borrachos que no cesaban de pisar los puestos o invadir el espacio del resto de personas.
—Intenté medicina también.
—¿Porque Sakura quería hacerlo?
Ino parpadeó al mirarle estudiando su pregunta.
—No, en realidad no era cosa de Sakura. Era mi propia satisfacción. Somos seís hermanas y tenemos sólo un padre. Todas hemos llorado por su atención infinitas veces y, desgraciadamente, muchas veces lo que obteníamos las más pequeñas era la mano de Izumi, torpe, intentando consolarnos. Cuando Sakura dijo que quería ser médico, algo que la verdad no nos pilló por sorpresa, mi padre dio una fiesta y todo.
—Vaya, creo que Sakura es la niña mimada —ironizó. Ino, sin embargo, lo negó.
—Todas somos las niñas mimadas de papa. También se alegró mucho por Hinata, por Temari, a todas nos ha celebrado que decidiéramos qué hacer. La única que siempre dice que se ha torcido de sus ideales es Izumi.
Se terminó en un abrir y cerrar de ojos su comida y tiró el plato de plástico en la papelera cercana, volviendo a sentarse para esperar. Degustar la comida era algo que nadie podía quitarle. Había pasado muchas horas de hambre como para que hasta una mujer se lo negara.
—Creo que me sentí celosa en ese momento. Sakura siempre había dado señales de gustarle la medicina. Los libros, su forma de jugar…
—Oh. ¿Jugaba a médicos con los niños? —supuso pícaro.
Ino sólo sonrió como respuesta y fue una muy fructífera.
—El caso es que yo estaba espantada. ¿Qué quería hacer? Sopesé las opciones de mis hermanas. No me gusta lo que hace Hinata, porque para mí ayudar a las personas no se hace detrás de un escritorio. No quiero ser cocinera como Temari. Hago mis pinitos en comida y demás, pero no más lejos. No quiero convertirme en una madre tan fogosa como Izumi y tampoco quería estar con la nariz metida en libros como Matsuri.
—Entonces, te sentiste más cómoda con Sakura por compartir edad.
—Algo así, sí. Si lo mezclas a mis celos de entonces por la atención de papá, claro —bromeó abrazándose las rodillas—. El caso es que pasé los exámenes junto a ella e intenté volcarme en ello. Pero las tardes me las pasaba más en el jardín que teníamos por entonces y soñando con tener algo como lo que poseemos ahora. Así que la dejé y me metí a otra carrera que me ayudara a otro sueño que tengo.
—¿Qué es?
Ino soltó una carcajada. Le limpió con el pulgar algo de comida que luego chupó.
—Si te contara todos mis secretos, te aburrirás totalmente.
Sai estaba dispuesto a negarse. Porque algo lo había hipnotizado a llevar esa conversación. Si realmente le aburriera no haría preguntas interesado.
—¿Por qué no me cuentas nada de ti? —preguntó cambiando de tema—. Lo poco que sé son dos o tres cosas: que eres mi vecino, que amás dibujar y lo haces de fábula y que no importa lo muy grande que seas que sacarás la basura para mi hermana siempre que quiera.
Lo último lo dijo con un deje pillo que le encantó.
—Entonces, ya sabes más que muchos otros.
Ino hizo una mueca de desafio.
—Mhn. ¿Me obligarás a descubrirlo?
—Es un reto interesante. ¿No?
Ella volvió a reír.
Lo mejor era que esa noche no fue la última de sus sonrisas.
—Nos hemos separado.
—Eso parece, sí.
Sasuke la miró por encima del hombro con el ceño fruncido. ¿Acaso esa mujer estaba tomándole el pelo? Había sido completamente su culpa que se alejaran de sus hermanos y hermanas. Y ahí estaba, la mar de tranquila arrodillada frente a una fuente de peces, apartándose el cabello mientras los miraba nadar con toda la impasibilidad del mundo. Algo peor que él, si debía de confesar.
—¿Estás preocupado? —cuestionó mirando hacia él.
—No.
Sí, maldición. Si su hermana continuaba tocándoles la moral como estaba haciendo esos días o hacía otras de sus jugarretas para que Itachi fuera por otro camino al debido, iban a empeorar las cosas. Además, esas fiestas siempre llamaban la atención de los jóvenes universitarios que se aferraban a cualquier excusa para no estudiar. Si los veían juntos iba a ser una catástrofe.
—Yo tampoco —dijo tras arrugar la nariz. Parecía haber estado esperando algo más de su parte—. Sé volver a casa sola.
Claro, la señorita siempre podía pedirse un táxi.
Maldita fuera su estampa. Él no quería estar ahí. Estaba cansado del trabajo, de estudiar y no le apetecía nada meterse en medio de una aglomeración de borrachos y parejitas irritantes.
—No se te ve muy contento pese a que fuiste tú quien me invitaste.
Sasuke volvió a mirarla. Había hecho todo lo posible por evitarlo. Aquel condenado vestido le quedaba como un guante y resaltaba partes que no debería de resaltar. Más bien, si hacía memoria, desde que las conocieron ella y Ino no hacían más que enseñar carne.
—¿Fue por obligación?
Tragó.
Vale. Era más inteligente de lo que esperaba. Por supuesto, no iba a darle una confesión de mentira. Algo tan irritante como: no, mira, me moría de ganas por estar contigo en una cita. Eso no iba a salir de su boca. Jamás.
Pero guardar silencio sólo empeoraría las cosas, estaba seguro. Y cuando vio que su boca se tensaba peligrosamente, sólo acertó a tomarla de la mano y tirar hacia él. Por suerte, los azares del destino hicieron que un borracho cayera directamente dentro de la fuente de los peces y que ella le mirase con otros ojos.
—Gracias —murmuró—. Esa podría haber sido yo.
—Sí —confirmó tan sorprendido como ella. Aunque nunca lo confesaría.
—Definitivamente, eres ese tipo de chico.
Bajó los ojos hacia ella.
—¿Tipo?
—Sí —respondió Sakura y esa sonrisa volvió a aparecer—. De los que siempre se ven guais hagan lo que hagan. Seguro que hasta estornudando y con mocos colgando te ves superior.
Puso los ojos en blanco a reconocer esas palabras.
—Naruto.
Sakura asintió mientras reía alegremente.
—Sí. Siempre habla de ti. Para mal o para bien, pero siempre estás ahí. Creo que te quiere mucho.
—Soy su hermano —bufó. Debía de quererle, la sangre tiraba mucho en esos casos.
—Que sea tu hermano no quiere decir que tenga que amarte. Hay hermanos que no pueden ni verse. Por una disputa, por celos, por egoísmo... Da igual. Siempre hay un motivo para que esa clase de gente se distancie. Quizás hasta porque no recibieron el apoyo que esperaban y se sienten heridos. En vuestro caso no lo veo así. ¿Qué dirías que es Naruto para ti, si no compartierais lazos de sangre?
Lo sopesó durante un rato.
—Si no quieres contestar…
—Rivales.
—¿Qué? —masculló sorprendida.
—Rival. Eso lo consideraría.
Sakura estaba perpleja, por un momento pareciera que sus mejillas se sonrojaban.
—¿Rivales de qué exactamente? ¿Por una chica?
—No —negó. El rubor desapareció—. Rivales como hombres.
Sakura hizo una mueca de incomprensión. Por supuesto, él no iba a explicárselo. Era algo…
—Ah, lo que mi padre llama romance masculino.
Se quedó congelado. La vio sonreír mientras hablaba y hablaba de cosas que su padre les había contado, cosas que claramente no comprendía como mujer pero que aceptaba porque eran las creencias de su idolatrado padre.
—¿Sorprendido de que sepa tanto de ello?
Negó metiéndose las manos en los bolsillos.
—Es normal si has sido criada más por un hombre que una mujer… creo.
Por supuesto, eso era algo que sólo podía suponer. Su hermano los había criado como mejor supo y pudo. Pese a que no era su deber. En realidad, podría haberles abandonado a su suerte mucho tiempo atrás. Evitarse tantos dolores de cabeza. No enseñarles cómo de dura era la vida y prepararles para ella. Sí, lo reconocía, no era el sendero perfecto y dulce que esas mujeres parecían conocer. Estaba lleno de baches, de heridas, de sangre y mucha hambre y lágrimas.
Así que, por su parte, no sabía qué era crecer bajo las manos de dos padres amorosos o estrictos.
Cuando era crío, muchas chicas habían escrito en su casillero cartitas perfumadas con ideas que en aquel momento le espantaron. Ideas tan inverosímiles y fantasiosas que daban pavor, como, por ejemplo, pensar que él tendría hijos con ellas, que las llevaría al altar vestido de príncipe o que la vida sería maravillosa y llena de carcajadas junto a él.
Itachi le había dicho que las mujeres eran así y que a la larga sería más consciente de eso. Pero todas las chicas siempre habían sido igual de molestas, de aburridas y sosas. Se centraban más en ellas, en fomentar su feminidad que olvidaban comprender esa parte de él que no quería esas ridiculeces.
No quería ser padre con dieciocho años. No quería vestirse de príncipe azul. ¡Ni siquiera quería casarse!
Sí, posiblemente pareciera que quería huir de las responsabilidades que se acercaban y era paso de la vida. Pero no iba a embarcarse en eso sin dinero, sin estabilidad y mucho menos, con una mujer cabeza hueca que crea que el dinero cae de los árboles y es tan sencillo de ganar como de respirar.
Eso sí, sabía que no todas las mujeres eran iguales —o eso esperaba—. La desgracia había querido que todas las que se encontraba babeando por él eran de ese tipo.
Y lo desgraciado del asunto es que Sakura tenía una parte de ella que era así.
—Ni idea —contestó ella—. Me siento demasiado agusto con cómo he sido criada. Esa libertad quizás no la habría tenido de tener a mis dos padres. Pero es algo que sí se echa de menos algunas veces.
Pudo ver un deje de tristeza escondiéndose en sus ojos. Quizás había sido de esas niñas que se despertaban a media noche aterradas en busca de unas manos femeninas que la consolaran y nunca lo encontró.
Él sólo podía pensar en su experiencia. En las noches en que le había temido a la oscuridad y se había aferrado a las sábanas, con los labios apretados y soportando el terror hasta que finalmente, ahora, la oscuridad se había vuelto su aliada y más silenciosa compañera.
—Puede que me haya perdido muchas cosas que una madre otorgue, pero sinceramente, no me hizo falta. Tenía a mis hermanas mayores y me dieron una mano cuando fue necesario. Cuidado del pelo, maquillaje, ropa, cuando me convertí en… Olvida eso último.
Movió las manos frente a su rostro que se había tornado rojizo (8) . Carraspeó y miró hacia el cielo.
—El caso es que no le veo tanto problema a crecer sin padres.
Sasuke apretó los labios a medida que la rabia le consumía. Siempre había odiado a esa clase de personas que no valoran lo mucho o poco que poseen. Incluso la vida de los que les rodea.
¿No era problema crecer sin padres? ¡No tenía ni una jodida idea de qué era eso!
—¿Problema? —gruñó apretando los puños—. ¿Sin padres? No tienes ni idea de lo duro que es todo eso.
Sakura dio un respingo sin esperarse el cambio de su voz, la frialdad y la intensidad que no fue capaz de ocultar.
Sí, esa mujer era otra cabeza hueca sin sentido.
—¿Por qué te pones así…? Tú mismo deberías de…
—Cállate —interrumpió—. No tienes ni idea de lo que es.
Le dio la espalda.
—Espera, Sasuke, yo…
Se soltó bruscamente cuando lo aferró del brazo para retenerlo.
—Molesta.
No quería ni podía estar más tiempo con ella. Toda la poca paciencia que le quedaba acababa de irse completamente al garete. Lo sentía muchísimo por Itachi y Sai, pero no podía seguir con eso.
Naruto se moría por tenerla.
Le daría la ficha que tanto deseaba.
Estaba apoyado contra la ventana de su dormitorio cuando vio el coche aparcado frente a la casa. Sabía que Hakate se había marchado horas antes.
Lo vio salir. Altivo, con aquel dichoso traje grisáceo y su corbata blanca sobre una camisa de seda negra. Ropa clara de niño rico y idiota.
También su coche era de esos que te obligaban a mirarlo mientras pasaban por la calle te gustaran los coches o no. De esos que costaban seis veces un sueldo normal junto. De los que más de una vez les había robado su marca para revenderla.
La verja de la casa se había abierto para dejar salir a Temari. La altiva mujer le había plantado cara enseguida, señalándole con el dedo y le estaba a punto de abofetear cuando Hinata apareció. Levantó las manos para detenerles, especialmente a su hermana. Desde la distancia logró captar los vendajes en su rostro.
Temari se hizo a un lado pero no se marchó pese a que Hinata insistió un poco más. Ambos se acercaron más hacia el coche. Su oído no captó la conversación. No era bueno leyendo los labios. Pero sí comprendía los gestos.
Cuando saltó por la ventana la voz de Shikamaru apenas fue un murmullo.
—Me haces daño…
—Suéltala.
La pareja se volvió hacia él. Hinata se puso pálida al verle y Toneri, sin embargo, esbozó una sonrisa atípica.
La mantenía sujeta del brazo y sólo alivió el agarre unos milímetros al verle. Naruto continuó avanzando. En una parte de su mente una vocecilla le gritaba que se detuviera, que recordara las palabras de Itachi o el llamado de Shikamaru, pero cuando Hinata se volvió a mirarle pudo ver las vendas cubrir su ojo y la ira fluyó por cada poro de su cuerpo.
—El amante apareció.
—¡Toneri! —aseveró Hinata—. Ya te dije que no…
—No diría lo mismo de su parte —cortó él soltando su brazo para rodear los hombros para acercarla más a él—. No parece comprender que esta es la pareja principal y él el apéndice.
Naruto enarcó una ceja y se detuvo en seco.
—¿Apendicitis?
Hinata enrojeció como respuesta.
—Apéndice, Naruto —corrigió Temari acercándose a ellos—. Significa básicamente que eres un acoplado a la pareja. En pocas palabras; te considera su amante.
La mujer mostraba la misma sorpresa que él. Clavó la mirada en Hinata, quien parecía desesperada por darse a entender. Volvió a mirarle a él.
—¿De dónde has sacado esa suposición? —cuestionó—. ¿Tan poca confianza tienes en tu prometida como para pensar que te engaña?
—Eso mismo me pregunto yo —gruñó Temari.
Toneri hizo un gesto hacia Temari de desdén.
—Por favor, las personas ajenas a esto deberían de cerrar la boca.
—¿¡Cómo dices!? —exclamó Temari apretando un puño.
Hinata fue la que reclamó.
—¡Basta, ambos! —demandó—. Es suficiente. Iré contigo, Toneri. Pero deja de tomarles el pelo de este modo.
—No.
Naruto ni siquiera fue consciente de haber dicho esa palabra.
—¡Naruto, suéltala!
Shikamaru lo aferró del hombro y lo zarandeó hasta que miró hacia él y luego, en dirección a esa extremidad que no sabía ni que se había movido por sí misma. Su mano aferraba el brazo de Hinata, moreno contra niveo.
—Es suficiente.
Otra voz los alertó. Pensó que era Itachi y que estaba muerto. Pero fue Hatake Kakashi quien intervino. Se movió lentamente hasta su hija. Naruto la soltó y Toneri hizo lo mismo.
—Vamos a casa, Hinata —ordenó.
Algo en la mueca de su rostro hizo temblar a la mujer, que asintió.
—Lo siento, Toneri…
El hombre no dijo nada. Con los labios apretados la observó marcharse. La nueva esposa de Hatake y Temari lo siguieron. Shikamaru y él observaron a medida que se marchaban.
—Bueno, no tengo nada más que hacer aquí.
Toneri se volvió para darles la espalda y abrir la puerta. Shikamaru la cerró de un manotazo. El adinerado hombre lo miró por encima del hombro sin el menor interés.
—¿La golpeaste?
—Shika… —farfulló.
—¿Lo hiciste? —interrumpió su hermano nuevamente.
—No creo que sea…
—Es asunto nuestro —gruñó Naruto.
El hombre los miró a ambos y suspiró.
—¿Si digo la verdad igualmente van a creerme? Generalmente, no suelen creer mucho las verdades tras esas historias.
—Deja de joder y responde —acusó.
—No lo hice consciente. Fue un acto reflejo. Me aferró por la espalda y sin querer mi codo se golpeó con su ojo al querer soltarme de ella.
Suspiró y se encogió de hombros.
—No quiero una mujer lisiada ni inservible, así que no encuentro la necesidad en golpearla. La mente se daña más muchas veces que el cuerpo. Con eso es suficiente.
—¡Hijo de…!
Shikamaru se volvió para agarrarlo del cuello y hacerlo retroceder.
—Naruto, hemos terminado.
Toneri no esperó otra invitación. Se subió al coche y como si deseara hacerles entender que estaban muy por debajo de él, se marchó a toda velocidad.
Naruto se soltó para encarar a su hermano.
—¿¡Por qué me has parado, ttebayo!?
Shikamaru suspiró, rascándose la nuca.
—No pagues conmigo el que cumpla las órdenes de Itachi. Además. ¿Crees que partiéndole la cara vas a lograr el afecto de Hinata?
Se soltó bruscamente y frotó el sudor de la barbilla. Su hermano continuó ahí, mirándole severamente.
—Piensa con la cabeza, Naruto. Es su padre, además, quien tiene que encargarse de todo esto. No podemos hacer nada. Y creo que empiezas a hacerlo algo personal.
—¿Qué? No es… —cerró la boca, bufando—. ¿Acaso no te da rabia? Hinata no se ve mala persona y ese tipo juega con su mente. Ya has escuchado sus últimas palabras antes de marcharse.
Shikamaru se miró la mano izquierda un rato antes de cerrarla en un puño.
—Que me comporte no quiere decir que no me de rabia o coraje. Pero esas cosas no nos han de superar en importancia. Sólo salir de aquí.
Señaló la casa con el índice.
—Hinata quedó descartada desde el principio. Aférrate a eso.
Sacudió la cabeza, demasiado irritado en ese momento como para ceder.
—Aunque fuera una desconocida, no me parece bien que…
—¡Chicos!
Ambos se volvieron. Temari había vuelto a salir de la casa y corrió hacia ellos. Si no fuera porque era inverosímil, casi notó a su hermano tensarse y seguir con la mirada el balanceo de sus atributos.
—Esperad.
Ambos se miraron intrigados.
—Perdonad, chicos —se disculpó—. Parece que siempre os estamos metiendo en nuestros problemas. Pero… os agradezco que hayáis estado. Sé que parece de locos que os lo diga, pero… me aterraba la idea de que se llevara a Hinata.
Naruto se dio un puñetazo en la palma de la otra mano.
—Ese cabrón…
—Cálmate, Naruto —susurró Shikamaru suspirando—. Mi hermano es demasiado temperamental, lo siento.
—No, si os estoy dando las gracias —aclaró Temari sin comprender—. No sé cómo puedo demostrarlo de otro modo, pero…
—No nos gusta —dijo sin poder contenerse—. Los hombres que juegan con mujeres sin preocuparse por sus sentimientos son…
—Peor que escoria.
Temari se volvió a la par que ellos levantaron la mirada. Hatake caminaba hacia ellos con rostro severo.
—Lo mismo que aquellos que no cuidan de sus amigos —terminó—. Parece que de nuevo vuelvo a estar en deuda con vosotros. Aunque mi hija no lo vea así.
—Hinata está completamente eclipsada con Toneri, papá —protestó Temari—. Se está comportando como una loca en estos casos… me dan ganas de… abofetearla y todo.
Hatake tomó a su hija por los brazos y sonrió.
—Ambos sabemos que luego te arrepentirías.
—Sí, pero…
Temari se mordió el labio inferior.
—¿Por qué no entras dentro y preparas algo de ese té relajante que haces con esas especias del desierto?
—Yo… —Temari les miró de reojo, dudando—. Está bien —cedió.
Hatake esperó a que su hija entrara antes de hablar.
—Realmente no sé cómo daros las gracias. Hinata es algo cerrada en costumbres antiguas. No es que esté haciendo algo malo, es que quizás heredó demasiado de su madre. Soy muy consciente de que ese hombre es tóxico para ella, pero nosotros no podemos forzar las cosas. Es ella la que ha de tomar el camino correcto, por más que queramos evitarlo. Ella no es de las que dejan las cosas a medias, así que tiene el pensamiento de que ha de remendar lo que ha ocasionado.
—No es su culpa que ese hombre se comporte así —puntualizó Shikamaru—. Cada persona es dueña de sus actos. Para bien o para mal.
—Eso lo comprendemos nosotros que estamos fuera de esa relación. Hinata puso mucho cuidado en todo lo que conllevaba entre ellos dos. Y hasta ahora había pensado que era algo respetuoso, que esperaban hasta el matrimonio, pero veo que las cosas son muy diferentes a lo que pensaba.
Miró hacia el cielo y suspiró. Naruto frunció las cejas.
—¿Cómo puede estar tan relajado con esto? Es su hija.
Hatake lo observó durante un momento, como si fuera capaz de ver a través de él sin problema.
—Precisamente porque es mi hija tengo que tomármelo con calma. He de darle la oportunidad de salir de esto sola. Si hubiera dado la mano a todas o evitado que se golpearan los codos y rodillas, no serían unas chicas fuertes como son ahora. Sin embargo, todas siguen estando llenas de cicatrices que han de superar solas o de alguien que les tienda la mano.
—Comprendo —dijo Shikamaru. Naruto no lo hacía.
—Por cierto, hablando de mano. Hoy he dejado a tres de mis hijas en las manos de tres de vosotros.
Esbozó una sonrisa que le pareció tenebrosa.
—Espero que se diviertan. Sé que mis niñas son algo caprichosas pero no idiotas. Sabrán hasta dónde llegan los límites de una persona y no pedirán de más.
Naruto recordó la rabia que había sentido por no poder ir a ello. Le habría gustado ver a Sakura. Seguro que estaba guapísima y ese condenado de Sasuke ni siquiera la merecía.
—Ellos no harán nada que no permitan ellas —aseguró Shikamaru—. Itachi está con ellos, además.
Kakashi Hatake levantó el dedo índice hacia ellos.
—Ah, pero Itachi también es un hombre. Parece que se les olvida un poco.
—No se nos olvida —gruñó poniendo las manos sobre sus caderas—. Pero él nos enseñó a pensar cómo lo hacemos y se cortaría las manos antes de dejar que pasara algo incorrecto.
—Lástima —suspiró Hatake. Casi parecía defraudado—. En fin. Yo venía aquí a haceros una invitación. Sé que no es lo que merecerían, pero lo veo como un comienzo. ¿Por qué no cenamos todos juntos mañana? Como agradecimiento. Temari es una excelente cocinera.
Shikamaru y él se miraron. Claramente, la misma pregunta estaba en sus mentes a la vez que la esperanza de un nuevo paso más, hacia el interior de esa casa.
Se percató de que Kakashi no llevaba la llave colgando de su cuello. Era algo lógico, no la necesitaba siempre consigo.
—Ahí estaremos —respondió Shikamaru—. Igual no los seis, mi hermano todavía no está en condiciones de moverse.
—Oh, cierto. ¿Prefiere que sea en su casa? —propuso—. La cocina no es la que hace al maestro.
—Es demasiado pequeña para tantas personas —confesó. Naruto sintió que se ruborizaba por las palabras de su hermano—. Estaremos demasiado apretados.
Hatake miró la casa con el cejo fruncido.
—Comprendo. Entonces, otro día se celebrará con él en condiciones.
—Gracias.
El progenitor de las mujeres se marchó tras levantar una mano y afirmar su presencia la noche siguiente. Naruto se frotó el ceño, confuso.
—Casi pareciera una trampa. Nos ponen todo demasiado delante de las narices.
Shikamaru asintió y se volvió en dirección a su destartalada casa.
—Quizás sea una oportunidad el que Gaara esté enfermo. Nadie imaginaría que entraría en la casa. ¿No?
Su hermano no pudo ocultar la sorpresa.
—Vaya, a veces tienes buenas ideas. De bombero algunas, pero buenas.
—¡Piérdete, ttebayo!
—Estas chicas lo han hecho completamente adrede.
Izumi estaba segura de eso. Había visto cómo Ino se las ingeniaba para que la perdiera de vista y cuando quiso darse cuenta, Sakura también.
Llevaba un buen rato buscándolas sin lograr nada con la cantidad de gente que había a su alrededor y encima, teniendo que arrastrarle.
Porque Itachi parecía completamente indiferente al hecho de que sus hermanos se hubieran largado. Más bien, parecía encandilado con la comida y los remolinos. Incluso se había agenciado un sombrero japonés y una capa oscura con nubes rojas para hacerla de rabiar con la excusa de que eran gratuitas y de un grupo famoso de música llamado Akatsuki.
—¿Acaso has olvidado por qué hemos venido aquí? —acusó llevando sus manos hasta la cintura para remarcar su enfado—. ¿Eh? ¿Lo has olvidado?
Itachi arrugó la nariz antes de contestar.
—A divertirme.
—¡Claro que no! —exclamó tomándolo como una pregunta—. Estamos aquí para evitar que los chicos estén solos.
Itachi metió lo ganado en una bolsa que le cedió una amable mujer.
—Gracias. ¿Por qué deberíamos de hacer eso? —cuestionó mirándola—. Los chicos ya son grandes y van a la universidad. ¿Crees que te harán caso incluso ahí?
—No, pero… —dudó sintiéndose enrojecer—. ¡Ahí están los profesores!
Itachi ladeó la boca en una mueca de burla.
—Qué inocente eres.
Le dio un puñetazo en el hombro que apenas lo hizo moverse.
—¿Y qué tiene de malo ser inocente? ¿Qué tiene de malo que crea que las niñas son todavía demasiado jóvenes? ¡Las he criado como si fueran mis hijas!
Itachi tiró de ella antes de que unos niños la arroyaran.
—Ese es el problema —dijo demasiado cerca de su oído—. Que no son tus hijas. Eres su hermana y has de saber hasta qué punto puedes meterte o no.
Izumi intentó soltarse pero Itachi tenía más fuerza de la que aparentaba.
—Parece que has olvidado cómo ser mujer por culpa de eso.
—¿Perdona? —cuestionó irónica—. Las mujeres no podemos olvidarlo. Es lo que somos nada más nacer.
—No hablo del género, sino del sentimiento.
Le dio un toque con el pulgar justo entre ambos senos.
—Lo que sientes, lo que anhelas y también deseas. Como mujer.
Izumi retrocedió.
Itachi no la conocía. No sabía nada de ella. Lo que sentía, lo que sintió, lo que arrastraba consigo. Y no quería recordarlo. No todavía. Quizás cuando las chicas estuvieran casadas con buenos chicos y lejos de cualquier peligro.
Hinata era la primera que iba en buen camino, aunque se olía que algo pasaba en su casa que se le escapaba por estar demasiado tiempo fuera de ella.
—¿De qué tienes miedo, Izumi?
—De que le hagan algo a mis hermanas —soltó—. No quería decirlo abruptamente porque son tus hermanos e imagino que no te gustará que diga cosas horribles de ellos. Pero son mis hermanas y todas mujeres.
—Las ves demasiado débiles a cómo son realmente.
—¿De qué hablas?
Itachi señaló con la barbilla hacia los árboles que rodeaban el festival. Alcanzó a ver a Sakura lanzar por los aires a un tipo que claramente, no era Sasuke. Echó a correr hacia ella, esquivando a la gente e ignorando a Itachi, quien sorprendido había gritado su nombre antes de seguirla.
Cuando llegó, Sakura jadeaba y se limpiaba el sudor bajo la barbilla. Su cara era un desastre.
—¿Qué ha ocurrido? ¿Dónde está Sasuke? —exigió.
Su hermana se agachó para recoger el chal que había adquirido un tono grisáceo. Fue por eso que se percató de que había más chicos alrededor en el suelo.
—¿Y estos mierdas? —cuestionó Itachi dando una patada a uno de ellos en la pierna.
—Intentaban conseguir algo a base de fuerza bruta —respondió Sakura frotándose la mejilla—. Dios, qué asco de noche.
Itachi empezó a mostrarse impaciente.
—¿Y Sasuke? —preguntó Izumi por él.
Sakura se puso tensa.
—¿Qué ha pasado? —exclamó—. No me digas que él…
Calló al notar la mirada de Itachi.
—No es problema tuyo —respondió Sakura soltándose de su agarre—. Me voy a casa.
Izumi se quedó en shock completamente. Sakura estaba furiosa. Sabía que era mejor dejarla a solas, pero una parte de ella no quería.
—Espera, iré contigo y…
—¿¡Y qué!? ¿Te lo cuento? Para que empieces con las suposiciones que tú crees correctas porque has vivido más que nosotras. Ya, claro. ¡Encerrada en tu mundo de felicidad! O en tu cueva para protegerte. ¡Haz el favor y déjame respirar!
Sakura echó a correr. Izumi iba a seguirla pero Itachi la detuvo y esa vez, era imposible soltarse de su agarre.
—¡Suéltame!
—No, la asfixias.
Izumi abrió mucho la boca pero las palabras no salieron.
—Los chicos necesitaban de vez en cuando calmarse solos antes de que abran su corazón. Si les cohíbes esa parte no madurarán. No puedes tenerlas siempre bajo tu falda. Son tus hermanas, no tus hijas.
—¡No sabes…!
—Lo sé —cortó él posando los dedos sobre sus labios—. Sé qué se siente el tener que ser más padre que hermano, lo que es poner la mejilla (9) por todo y estar siempre preocupado. Pero ellos han de vivir sus vidas, no la tuya. Sakura no podría hablar más claro.
Izumi comprendía esas palabras, las atesoraba tanto incluso que se echó a llorar.
Y con mucha más pena de la que le habría gustado. Hasta el punto de dejarse abrazar, ahí, en medio del festival y con los fuegos artificiales estallando por encima de su cabeza.
Ino odiaba que la noche estuviera acabándose. Pese a la locura que había hecho al separarse de sus hermanas no podía ser tan mala y tener a la pobre Izumi dando vueltas por todos lados hasta encontrarla. Además, había una cierta parte de ella que quería jugar más con Sai, atraerlo, tocarlo y soltarlo a la vez.
El chico estaba maravillado con todo aquello que tuviera colores llamativos y se quedaron hasta que el último de los fuegos artificiales se perdió en la oscura noche. Era hermoso ver sus ojos brillar por el colorido o cómo se mordía los labios cuando intentaba pensar algún dibujo en el que pudiera plasmarlo.
Pero esa magia no podía durar mucho más.
Sacó el móvil para encenderlo. Descubrió que tenía más de treinta llamadas de Izumi y dos de Temari. Incluso un mensaje y otro de Sakura avisando que se volvía a casa.
—Madre mía. Mi móvil tiene que tener crisis de existencia con todo esto.
Sai se inclinó al escucharla.
—Me da miedo llamar a Izumi, pero me descoloca que Temari llamara o que Sakura se haya ido hace rato. Sin caritas ni exclamaciones y eso sólo lo hace cuando está cabreada.
—¿Habrá pasado algo? —cuestionó él al ver que se mordía el labio inferior.
—No lo sé. Imagino que estará con tu hermano.
Sai asintió pero hizo una mueca curiosa.
—¿Qué ocurre?
—Sasuke no es fácil de tratar. Puede llegar a ser muy hiriente. A veces sin quererlo. Su personalidad es así. Y…
—¿Y? —cuestionó llevándose las manos a las caderas.
—Él no quería venir.
Ino bufó.
—Sí, claro. Busca otra excusa más coherente. Uno no va donde no quiere.
—Le hice chantaje para que viniera.
Ino apenas pudo mantener la boca cerrada.
—¿Hiciste qué?
—Pensé que sería imposible tener una cita contigo si no traías a Sakura. Para que no se sintiera sola, le dije a mi hermano que la invitara.
Ino se llevó una mano a la frente y suspiró fuertemente.
—Oh, por dios. Eso lo explica todo.
Sai guiñó los ojos sin comprender. Por suerte, que no sonriera evitó que le diera un buen golpe. Se lo merecía, desde luego, pero tampoco era algo que hubiera hecho con malicia. Aunque estaba mal forzar las cosas, desde luego. Y Sakura solía tener la boca demasiado grande a veces.
—Volveré a casa —informó.
—Te acompañare, por supuesto.
—Por supuesto —asintió mirándole. Claramente, todo su enfado debía de estar marcándose en su rostro, porque carraspeó—. Vamos.
Se moría de curiosidad por saber qué había pasado entre Sakura y Sasuke. Si era tal y como Sai decía, capaz y se había ganado un buen puñetazo por su parte y eso era algo que siempre espantaba a los chicos.
La chica violenta de la gran frente.
Así era como apodaban a Sakura cuando eran niñas. Diablos, los niños eran seres crueles dentro de su inocencia. Sakura no era un alma de cántaro, pero tampoco había sido tan mala para que se metieran con ella de aquella forma.
Al principio, sólo eran insultos y dedos señalándola. Sakura regresaba muchas veces a casa mordiéndose el labio inferior para intentar retener las lágrimas. Nunca dijo nada a Izumi o las demás por más que preguntaron.
Ino sí sabía el motivo y pensó que cambiando un poco su estilo dejarían de meterse con ella. La peino de tal forma que se veía hermosa. Sin embargo, siempre tenía que existir algún chico demonio en su clase que no dudó en crear una comitiva para regresar a su acoso. Le pegaron chicles en la frente y el pelo.
Sakura se cortó aquel día el cabello con las tijeras que había llevado en su estuche y, desde entonces, decidió no volver a dejar que la hirieran más. Esto ocasionó muchas peleas siguientes y sin darse cuenta, el apodo se agrandó hasta ser ese el definitivo.
Por suerte para Izumi, Sakura no terminó convirtiéndose en una pandillera como había pronosticado alguna que otra vez. Y al ir creciendo, muchos de los que anteriormente se metían con ella por frentona terminaron hasta pidiéndole para salir.
Sakura no se lo pensó dos veces antes de romperles el corazón negándose.
Ino se había reído a carcajadas muchas veces mientras entraban en la clase llorando a lágrima viva. Más de una —y uno— le exigió que la detuviera. Ino siempre se negó. Ellos se lo habían buscado solitos. Habían labrado su propio enemigo.
Lo malo de todo aquello es que por dentro quedó una Sakura frágil a la que todavía había que amoldar un poco.
Ella la conocía bien, pues no sólo era su hermana.
Era su mejor amiga.
El móvil de Izumi fue lo que les obligó a separarse. Itachi casi sintió deseos de tirarlo contra el suelo, pero la ansiedad que mostró al desbloquearlo y el suspiro de alivio que soltó aplacaron aquel sentimiento que no debía de estar ahí.
Incluso era bueno que el dichoso aparato les obligara a separarse, porque estaba pasando ciertos límites infranqueables.
—Es Ino. Va a regresar a casa, Sai la acompañará.
—No esperaba menos —recalcó—. Al menos uno lo he criado bien.
Izumi suspiró.
—¿Tengo que decirte las mismas palabras que me has dicho?
Su boca se estiró en una mueca de diversión. Itachi se cruzó de brazos.
—Vaya, parece que con los polluelos en el nido la gallina agita las alas.
—¡Oye! ¿Acabas de llamarme gallina?
—No en mal sentido, mujer —negó encogiendo los hombros. Recogió la bolsa con sus pertenencias y la miró—. ¿Qué quieres hacer entonces? ¿Disfrutar de la fiesta o ir a casa para ver que te cierran la puerta en las narices?
Ella pareció dudar por un instante.
—¿Tienes toque de queda?
—¡Claro que no! —respondió enrojeciendo—. Soy una adulta, no lo necesito.
Itachi disfrutó de la forma en que sus mejillas se inflaron. Algo que iba muy en contra de sus propias palabras.
—Entonces, vamos por unas cervezas. Ya que los niños no están, podemos tomar algo de alcohol.
Izumi pareció dudar pero abrió el paso un momento después.
Pasaron entre las personas y se detuvieron en el primer puesto de comida. Itachi levantó la mano para llamar la atención del camarero, quien se acercó rápidamente a ellos.
—Una cerveza —dijo y luego se volvió hacia ella.
—Otra. Y unos dangos.
Enarcó una ceja.
—¿Vas a comer dangos?
—Sí —respondió ella inclinándose para que su voz le llegara—. Me gustan. Y tranquilo, no necesitas bromear sobre mi dieta que no me afectan.
—No iba a hacer esa chiquillada —remugó sorprendido.
Izumi enarcó una ceja.
—Ah, pero sí qué haces muchas otras.
El camarero impidió su respuesta al dejar las jarras y el plato en medio. Izumi cogió uno de ellos para llevárselo a la boca. Era como una cría y a la par, algo peligroso.
—¿A qué te refieres con que hago muchas otras cosas? —cuestionó tras dar un buen necesitado trago de su cerveza.
Ella masticó lentamente y pasó su lengua muy despacio por encima de sus labios al finalizar.
—Te picas muy fácilmente. Actúas como un adolescente prepotente que cree que conoce todo de cómo debe de tratar a una mujer.
Tras soltar aquello casi vació la jarra por la mitad.
—Ah, diablos. Hacía mucho tiempo que no bebía una cerveza.
No hacía falta que lo jurara. La forma de beber y comer, de moverse inquieta en el banquillo, como si esperara que en cualquier momento aparecería alguien para regañarla era gestos muy esclarecedores.
Esa mujer necesitaba más libertad: necesitaba vivir su propia vida.
—¿Puedo saber por qué?
Ella posó su mirada en él.
—¿El por qué me pareces un adolescente prepotente?
—No —negó arrugando la nariz—. El motivo de que te dedicaras tanto a tus hermanas que te olvidaste de ti misma. Tu padre no se ve un hombre descuidado en lo referente a ustedes.
Izumi no contestó. Se zampó otra varilla de dangos.
—Pasó lo que pasó —dijo finalmente.
Itachi no comprendió esa respuesta.
—Es tan claro que no sé si es que veo el mundo nítido —reprochó.
Izumi suspiró.
—Simplemente es algo que no quiero recordar. No ahora.
En otras condiciones probablemente sería algo que no le interesaría, que dejaría pasar y hundirse en la conversación como un barco hundido, pero la forma en que sus cejas se fruncían y los ojos se le llenaron de lágrimas dejaron ver su debilidad.
—Un hombre.
Ella levantó la mirada del plato hacia él.
—¿Qué?
—Lo que no quieres no contarme. Nadie mejor que un hombre para hacer daño a una mujer y que esta se vuelva una viuda seca.
—Te estás pasando —le advirtió. Pero él no hizo caso.
—¿Una monja amargada que sin embargo es capaz de entregarse al primero que la besa?
La jarra de cerveza le golpeó la mejilla al pasarle rozando. Izumi se puso en pie y por un momento pareció meditar si darle una bofetada o no. Se decantó por esto último y salió del local. Itachi iba a seguirla cuando el camarero le detuvo. No sólo le hizo pagar las consumiciones, si no que también le dio una larga charla sobre cómo tratar a las mujeres.
Si ese imbécil supiera algo de lo que él había tenido que aprender a base de esfuerzo, lágrimas y muchos otros aspectos asquerosos se iría directamente a la tumba.
La encontró más tarde, abrazada a una farola y cantando alguna estúpida canción militar.
—¿Qué estás haciendo? ¿Esperando que alguien te viole?
Lo señaló con el índice tan rápido que de no haber sido por sus reflejos habría perdido un ojo.
—¡Tú, villano! ¡Tú, hablador de más!
Hipo repetidas veces antes de desmayarse.
—Vaya. No tolera bien las verdades ni la cerveza.
La cargó en su espalda y tras un suspiro resignado puso rumbo a sus casas.
La única diferencia es que no se detuvo en la de ella.
Sakura sintió que Ino había entrado gracias al olor de las palomitas con chocolate y el perfume de su champú. Con una sonrisa en son de paz caminó hasta entregarle el bol y dejarla comer a gusto. Se sentó a su lado y se abrazó sus piernas mientras ambas miraban la pantalla, donde una absurda comedia romántica intentaba mejorar el humor de la chica sin lograrlo, claramente.
—Mañana estaré mejor —aseguró. No. Lo prometía.
Nunca había dejado de luchar contra esa clase de cosas. Siempre ofendía a alguien con sus palabras. No quería hacerlo, pero parecía que decir lo que pensaba siempre fue incorrecto simplemente porque otros no veían el mundo igual. ¿Dónde quedaba la libertad de expresión o el deseo de ser uno mismo y respetar al otro incluso aunque te moleste y duela lo que dice?
¡Diablos! Ni siquiera entendía qué estaba mal.
No es que se alegrará de que las personas estuvieran sin padres. Simplemente estaba hablando de su situación. Quería mucho a su padre pero a veces habría preferido vivir sin tanta presión adulta. Más que su padre, era a causa de Izumi y su necesidad de cubrirlas desde siempre.
Eso la había asfixiado mucho algunas veces.
Y había pensado que vivir sin padres no estaba tan mal de todo. Claro que era cruel. Lo sabía, no era idiota. No es algo que deseara para siempre. Si eso significaba perder a su padre, moriría antes.
Pero Sasuke simplemente se había hecho una condenada idea equivocada de ella y sus palabras, se había ofendido como un dichoso jabalí y se había largado dejándola allí sola en medio de un montón de gente estúpida y borracha.
Y para remate, unos tipos que llevaban siguiéndoles desde tiempo atrás se abalanzaron sobre ella cuando que vieron que estaba sola. Había llamado a Sasuke para nada. Este no acudió, así que no le quedó otra que desfogarse con ellos. A base de golpes, por supuesto.
Y luego… Dios, ahí sí que había sido cruel con Izumi. Ella estaba preocupada y no debió de soltarle aquellas palabras. Aunque fueran verdad, por supuesto.
Se había prometido a sí misma disculparse cuando llegara a casa o a la mañana siguiente. Al menos esperaba que estuviera pasándolo bien con Itachi. Ese hombre le daba mil vueltas a su hermano. Sasuke podría verse maduro exteriormente, pero por dentro seguía necesitando mucha de la sabiduría que poseía su hermano mayor.
No negaba que pasaran una vida dura y oscura por crecer sin padres, pero pareciera que no valorara el esfuerzo que hizo Itachi hacia él.
Claro que esto eran solo suposiciones, por supuesto. Sasuke parecía una pared.
—Te has zampado el cuenco en dos manotazos. Eso es que sigues furiosa.
—Sólo por ahora. Mañana tengo que pregonar una fiesta.
Su boca se torció en una sonrisa torcida.
Sí, bien. Había otros asuntos mejores que Sasuke Uchiha.
Después de todo: ¿Qué tenía él de especial?
Matsuri se encogió contra la puerta, cubriéndose la boca con las manos para evitar emitir un grito de sorpresa. Se agazapó contra la esquina de la casa y esperó a que pasaran. Itachi iba cargando a su hermana mayor completamente dormida en su espalda. La alzó en una mejor postura para abrir la puerta y cerró tras ellos.
Sentía que acababa de ver algo que no debía. Algo muy personal. Algo que quizás pudiera crear una guerra mundial cuando su hermana se despertara.
Se preguntó si debería de avisar a su padre a cuenta de ello. O Temari.
Pero sería exponerse completamente a sí misma. Al fin y al cabo, también estaba haciendo algo malo. Porque no era muy normal colarse por la habitación de un hombre que te doblaba la edad para dejarle tres libros en su escritorio mientras dormía.
Por otro lado, quedaba la duda de que Itachi le hiciera algo a Izumi. ¿Acaso no se lo habían recordado a ella misma muchas veces? Los hombres no eran de fiar.
Con la duda en la garganta volvió a trepar hasta dar con la ventana del mayor. Acurrucada y haciendo esfuerzos porque la noche cubriera su presencia, se sorprendió cuando vio que la depositó sobre la cama con un cuidado sorprendente. Se sentó a su lado y por un instante, pareció que iba a besarla.
Estaba dispuesta a gritar cuando él se retiró.
Levantó la cara hacia la ventana e hizo una mueca con la mano. Ella parpadeó, hasta que la repitió.
La había visto.
Entró mordiéndose el labio inferior con culpabilidad.
—Yo no…
Hizo una señal para que guardara silencio y guiñándole un ojo le entregó una camiseta.
—Cámbiala por mí —le susurró—. Y luego sal por la puerta y no por la ventana.
Matsuri parpadeó sin comprender.
—Yo te guardo el secreto y tú me guardas el mío.
Dudó.
—¿No le vas a hacer nada?
—Te lo juro —prometió antes de marcharse.
Matsuri no entendía del todo qué se estaba proponiendo hacer Itachi, pero algo en ella pensó que siempre era bueno tener un aliado en esas cosas.
—¿Has llorado suficiente?
Tenten le dio un codazo como respuesta.
—Es mentira, lo sabes.
—Eso no quita que me haya dolido —gruñó mirándole con las pestañas brillantes por las lágrimas—. Lo he pasado realmente. Casi quería comprar un arma arrojadiza y tirártela a la cabeza.
Neji hizo una mueca de dolor pero la tomó del talle.
—¿Por qué ese hombre quiere hacer eso? Después que te ayudó a escapar de esa familia.
—Va tras Hinata y el poder que esta puede heredar —respondió. Apretó los labios.
—Pero ella tiene una buena familia que la apoya. No está sola. Lo superará.
Neji esperaba que realmente fuera así.
Miró la carpeta con las fichas personales que descansaba sobre su despacho. Tomó la copa de coñac entre sus dedos y apuró un sorbo, mirando a lo lejos desde los ventanales. Desde ahí podía ver toda la ciudad. Lo que ambicionaba con todas sus fuerzas.
Y para eso debía de dominar uno de los clanes más importantes del mundo.
Y también quitarse morrañas de encima.
Sacó la hoja que sobresalía para ver su foto. Un joven sonriente, fuerte, de aspecto sano pese a que su ropa se mostraba algo descuidada. Un becado. No, en realidad eran dos becados los que acudían a la universidad.
Los otros hombres que habían en esas hojas eran adultos y cada uno tenía un historial bastante interesante. Especialmente, el mayor de todos ellos.
Y todos ambicionaban lo mismo.
Levantó el teléfono.
—Soy yo. ¿Recuerdas la generosa fuente de dinero que dono a la universidad para los becados? Bien. Quiero que me lo devuelvan. Si se quejan, por como condición que expulsen a Naruto y Sasuke Uchiha (10).
Continuará...
(1): ¿Qué sería de Temari sin abanico?
(2): Hace referencia clara a su situación en el manga. Todo el párrafo en sí. Espero que se notara =)
(3) Entiéndase que en la ropa, zapatos o en algún botecito. Para ellos es molesto muchas veces, pero es Gaara, lo raro en él es que no la estornude.
(4) Leer capítulo anterior. Nota: No tengo idea de si Gaara gusta de pasteles o no, acabo de darme cuenta…. xD
(5) Arrimar cebolleta es arrimar el sexo masculino a otra persona o a la inversa. En otras partes de mi país puede significar que van a ligar, a liarse con ellas, tener sexo.
(6) Referencia a las cascadas donde lucharon Sasuke y Naruto de niños antes de que Sasuke se marchara.
(7) Con esto, Sai piensa en artículos de mujer como abanicos, pendientes, pañuelos, etc cosas que pueden llegar a venderse en puestos de verbenas.
(8) No lo entiendan como un rojo Hinata, please.
(9) Hace referencia al encajar los golpes de la vida o las tareas que los padres deben de cubrir. Ejemplos: hablar con profesores, pelearse con otros padres por sus hermanos, etc.
(10) Dios, parece que los he casado xD (Viva el Sasunaruoknoperosi). Al igual que las chicas, los chicos tienen el apellido de su progenitor. Como en este caso es el padre de Itachi, pues Uchiha xD. Y sí, si lo piensan, Minato era mujer o entraba dentro del mundo del omega, beta etc. ¡Ups!
