Sumamente agradecida a georgii. eunice , a quien va dedicado este capítulo tras su donación voluntaria. ¡Mil gracias, hermosa! Sin ti, NTEDEH no vería la luz hoy =)
Nunca te enamores de esas hermanas
11
Levantarse
Te entregaré mi corazón. Haz con él lo que quieras. Tuyo es.
Mío ya no.
Shikamaru ya bostezaba una vez más cuando ella llamó a la puerta. Izumi parpadeó al verle y enseguida esbozó una sonrisa gatuna, de esas que siempre ponían las mujeres cuando querían algo y a él le ponían los pelos de punta.
Después de la larga noche que habían pasado y lo incómodo que estaban resultando las noticias que no cesaban de llegar o la tensión que sentían por querer darse prisa, cada vez que estaban cerca de ellas la pelota que habían ido formando crecía más y más.
—Si buscas a Itachi…
Izumi negó.
—No. En realidad, te buscaba a ti. Especialmente.
Se señaló a sí mismo con cierta intriga.
—Aunque no negaré que ha sido ella especialmente quien me ha pedido que haga la pregunta —continuó cruzándose de brazos.
Shikamaru estaba más perdido que antes. Entre que su cerebro todavía tenía que despertar y que Izumi estuviera hablando con tanta rapidez, empezaba a sentir que le escapaba algo. ¿Quién era esa ella de la que hablaba?
—Temari —indicó Izumi como si hubiera sido capaz de leerle la mente.
Al momento en que la nombró, el recuerdo del beso se acomodó en su mente, despertándole por completo. Se enderezó, sorprendido, como si su cuerpo aceptara la idea de tener que estar respetable para ella.
—¿Qué le ocurre? —preguntó.
—Necesita de tu ayuda —respondió Izumi satisfecha por captar su interés.
Entonces, cayó en la cuenta.
—¿Necesitas que la baje de su dormitorio o algo? —sopesó.
—No, no —negó—. Ella ya está esperando en la entrada. Si te asomas podrás verla.
Shikamaru lo hizo. Pudo ver a Temari en la entrada de la mansión hablando con el chofer. Se reía de algo que el hombre parecía decir.
—¿Va a algún lugar? —preguntó.
—Sí, rehabilitación —confirmó Izumi—. Le dieron el alta con la condición de que fuera y no puede faltar. Desgraciadamente, ninguna de nosotras puede acompañarla y cuando le hemos preguntado, en seguida dijo que tú no te negarías. Por eso estoy aquí.
Se rascó la nuca, chasqueando la lengua. En realidad, no encontraba ninguna excusa factible para excusarse y, hasta nuevo aviso, debían de continuar actuando como siempre. Que Itachi decidiera ofrecerse como cebo no significaba que los demás tuvieran que detenerse. Eso llamaría la atención de las chicas.
Y de todas maneras… no le molestaba hacerlo.
—Cogeré las llaves —indicó.
Izumi carraspeó.
—Creo que también vas a necesitar unos pantalones.
Se miró las piernas con sorpresa. Maldiciendo, asintió y empezó a subir las escaleras junto cuando Itachi bajaba. Tenía ojeras, arrastraba los pies y llevaba el cabello suelto.
—Buenos días —saludó Izumi. Itachi casi se resbaló.
Era algo digno de ver, pero que se ganó una mirada de venganza como se le ocurriera echarse a reír. Con él funcionó, pero con Izumi no. La chica empezó a reírse que daba gusto. Todavía la escuchaba mientras se ponía los pantalones, hasta que la carcajada se cortó. Podía imaginarse que Itachi estaba besándola como venganza. O simplemente, porque le apetecía.
¿Por qué besaría él a Temari?
Atractiva, inteligente, de carácter. Aunque no congeniasen en otras cosas, no podía negar que esas cualidades fueran interesantes.
Además, tenía conversaciones realmente interesantes. Y eso no solía pasarle con las mujeres que había conocido.
Cuando bajó, Itachi y Izumi se separaron como si quemaran. Como dos adolescentes descubiertos haciendo algo malo. Izumi se adentró hacia la cocina.
—¿Dónde vas? —preguntó Itachi sorprendido al verla remangarse.
—Voy a lidiar con la mancha de tomate —respondió avergonzada—. Y estoy segura de que voy a ganar.
Shikamaru le miró una vez Izumi se metió dentro de la cocina.
—Es una lástima. Creo que Gaara ya había pensado un nombre para ella y Sai la quería como mascota.
Itachi le dio una palmada en la espalda para invitarlo a salir, sacudiendo la cabeza.
—Shikamaru —le dijo—, ten cuidado.
Él se detuvo.
—¿No se supone que con Toneri en la cárcel todo estaba en calma?
El mayor se encogió de hombros.
—¿Quién sabe?
Comprendió su preocupación. Nunca podías bajar la guardia con algo tan preciado. Si no era Toneri, podría ser cualquier otro. Y la cárcel a veces no evitaba que un ser tan cruel como Toneri se quedara de brazos cruzados.
Caminó hasta llegar a la altura de Temari y el chófer.
—Buenos días —saludó a ambos.
—Casi medio días —bromeó ella—. Siento pedirte esto.
—Nah, no tiene importancia —descartó—. ¿Segura que no prefieres que vaya alguna de tus hermanas?
—Segura —confirmó mirando al chofer para asentir con la cabeza—. Sé que sólo me pondrán más nerviosa. Y como seguimos con necesitar ir de dos en dos, pensé que no te molestaría ayudarme.
Shikamaru se adelantó al chófer cuando intentó cogerla en brazos. Temari emitió un gritito suave que, tarde, intentó cubrir con sus dedos. Le miró, algo avergonzada.
—No lo has escuchado —le advirtió.
Él hizo oídos sordos. Esperó a que el chófer abriera la puerta y después, la dejó con cuidado en el asiento, ayudándola a ponerse el cinturón. Después, ladeó el coche para adentrarse y sentarse a su lado.
—Nunca pensé que subiría a un coche de estos —murmuró sorprendido por lo cómodo que resultaba y lo fácil que era para él estirar las piernas.
—Mi padre lo compró cuando consiguió el dinero. Le propuso así trabajo a nuestro chófer y como somos muchas, generalmente ocupamos mucho lugar. Aunque últimamente usamos más el de Hinata y papá usa más éste. Aunque a mí me gusta más caminar, sinceramente —añadió—. Algo que parece que voy a tardar en hacer en un buen tiempo.
—Poco a poco —le dijo observando al chófer subir al asiento del conductor—. Si aceleras las cosas, podrías tener secuelas graves.
—Lo sé, he tenido un accidente de coche. —Le imitó lo mejor que pudo y ambos se rieron a la vez.
Sin embargo, el resto del trayecto hasta el hospital fue en completo silencio.
Acompañó a Temari por los pasillos, empujando la silla de ruedas mientras intentaba orientarse con las señales y las indicaciones de las enfermeras. Al final, ambos se acomodaron en la sala de espera. Temari miraba preocupada la puerta cada vez que veía a alguien salir y pronunciar un nombre.
—Tardará un rato —le dijo—. Puedes relajarte un poco.
—Un poco difícil —negó ella mirándole. Pero su gesto severo se suavizó—. ¿Cómo está Gaara?
Shikamaru lo sopesó. No le había visto en todo el día. Sopesaba que debería de estar escondido, más por Matsuri y su confesión extraña, que por otra cosa. Quizás dándole vueltas a todo y a nada.
—Digamos que sigue cascarrabias a la hora de tomar medicina.
Temari esbozó una escueta sonrisa.
—Puedo decir que le comprendo —añadió—. Es horrible tomar medicina.
—Sí, pero si de ello depende tu vida… te la tomas sí o sí —aseveró. Temari le miró—. Cuando era pequeño, Gaara odiaba tomarla, si es que podíamos tener en casa. Así que siempre teníamos que engañarle con algo para que la tomase. Itachi solía… —Se detuvo un instante preguntándose si debía de contarle eso. Pero Temari le miraba curiosa, ansiosa de saber más cosas de Gaara—. Itachi solía traer los bocadillos que las clientas le daban. Picábamos la medicina y se lo dábamos de comer. También la echábamos en agua o zumo, si es que teníamos suerte de tener ese día.
Temari bajó la mirada. Seguramente, pensando en la mala suerte que habían tenido desde niños. Ella no tenía la culpa de esos sucesos, por supuesto.
—¿Sabes por qué quise hacerme cocinera? —preguntó, sin embargo, sorprendiéndole.
—No —negó.
Ella le miró, luego desvió su atención al resto de personas, volviendo a él.
—Cuando éramos niñas, tampoco teníamos mucha comida. Mi padre trabajaba muchas horas y si no teníamos una madrastra en casa, era difícil para nosotras cocinar. Él siempre dejaba algo de comida hecha en casa para nosotras, pero siempre sabía rara, estaba salada, sosa, o como nos faltaban ingredientes y él tampoco sabía cuales usar, no teníamos nutrientes. Era muy pequeña cuando empecé a cocinar justo por eso. Me estudiaba libros de cocina, veía recetas visualmente hasta que aprendí a leer con coherencia.
—Es decir, para alimentar a tus hermanas y aliviar el peso a tu padre.
Asintió.
—Izumi era nuestra madre por muchas razones. Yo quería aportar algo y decidí que la cocina sería lo suyo. Llegó un punto en que, de encontrarlo una necesidad, empecé a verlo como algo maravilloso. Cuando tenía ingredientes podía crear comida que provocaba que a mis hermanas les sonara el estómago de impaciencia o que les brillara los ojos mientras comían. Podía hacerlas feliz y llenar sus estómagos con comida balanceada. Mi padre entendió mis capacidades y mis deseos, así que recuerdo que empezó a trabajar más duro para poder pagar mis estudios de cocina. Soy titulada, sólo me faltaría cocinar.
—¿No has pensado en un restaurante?
—Sí —asintió pensativa—. Pero lo descarté hace tiempo, cuando pensé que iba a ser demasiado trabajo. Me gusta cocinar y de trabajar en ello, querría encargarme de la cocina más que de las cuentas. Y, en ese momento, tampoco tenía dinero para permitirme comprar un local.
—¿Por qué no ahora? —cuestionó—. Dudo que tu padre no pueda avalarte y tú devolverle el dinero poco a poco.
Su verdosa mirada brilló.
—Necesitaré a alguien que sea bueno con las cuentas, no quiera estafarme y me deje concentrarme en la cocina. No encuentras esa confianza fácilmente.
Shikamaru miró al techo. Suspiró. Volvió a mirarla.
—Siempre puedo ayudarte yo.
Eso era una jodienda. Ofrecerse de esa forma y después, desaparecer. Dejarla en la ruina, cargando con un local y que las cuentas se le caigan encima. Ese tipo de crueldad futura le asfixiaba.
Dio con el cartel de prohibido fumar y maldijo como nunca.
—Eso… sería fantástico —murmuró ella.
No esperaba esa aceptación. Si realmente ese era su sueño, Shikamaru acababa de joderle todo. No sería suficiente ni una condenada disculpa.
—Con un sueldo, por supuesto —puntualizó ella más concienzuda—. No como favor.
Dios. Podría haberse negado. Dejarla ahí, terminar con ese asunto al instante. Pero no lo hizo. Cabeceó una afirmación.
—Puede que me duerma en mi turno.
—Te despertaré con una sartén —bromeó ella.
—Suena doloroso.
—Oh, lo será —aseguró.
Podía imaginárselo perfectamente. Se acurrucaría sobre el escritorio, agotado o aburrido. Antes de que terminara de entrar en sueño profundo ella aparecería con la sartén en la mano para golpearle. Podía parecer cómico, pero seguramente terminaría con un buen chichón.
—Es divertido hablar de sueños —murmuró ella suspirando—. Tardaré mi tiempo en mejorar como para poder sostener correctamente una sartén en mi mano sin que se caiga.
Le puso una mano sobre el hombro y ella se la palmeó, agradecida.
—Por cierto, hablando un poco de todo —continuó—, de nuevo tengo que darte las gracias en referencia a Matsuri.
—Ah, eso…
Bueno, había sido divertido. Entre verla acurrucada como un animalillo a ver la cara de terror de su hermano. Sí. Era algo que sólo Sai o ahora Matsuri, podían conseguir.
—Matsuri malinterpretó la situación —dijo ella—. Me dijo que tú la habías ayudado a aclararla. Se pensaba que, al ser hermanos, eso la convertía a ella en hermana y se montó un lío sola acerca de lo que podían o no hacer los hermanos.
—Le gusta mucho Gaara —confirmó.
—Sí… —corroboró Temari. Luego le miró con preocupación—. ¿Gaara está bien con el hecho de que seamos hermanos? Quiero decir, no tiene que esforzarse por ello ni nada tiene por qué cambiar entre nosotros si no quiere.
Shikamaru se rascó la nuca. No sabía bien cómo responder a esa pregunta. Gaara había descartado ese punto como una preocupación para robar la llave, pero…
—No es de los que habla a cuenta de sus sentimientos —se sinceró.
Temari asintió y miró hacia el techo lo más que pudo.
—Eso creo que es cosa de familia —farfulló. Luego, volvió a mirarle—. ¿Sabe algo de nuestra madre?
Shikamaru negó con la cabeza.
—Él… —intentó encontrar las palabras correctas—, no quiere saber nada de ella. Eso sí nos lo ha dicho. Al saber que su madre está viva, le hemos dado la oportunidad, pero se ha negado. Si ella no ha querido saber nada desde entonces…
—¿Por qué ahora él debería? —terminó ella por él. Shikamaru asintió encogiéndose de hombros—. Mejor —continuó con cierta amargura en su voz—. ¿Sabes? Yo la llamé una vez. No se lo he dicho a mi padre. La llamé porque no entendía por qué mi madre había escogido a mi otro hermano a mí. En ese momento no sabía nada de Gaara, por supuesto. Mi madre contestó al teléfono pensando que era mi padre. Cuando le dije que era yo, me gritó un "Olvídame" y me colgó.
Podía imaginársela por aquel entonces. El llanto, el terror y la incapacidad de comprender por qué su madre no la aceptaba.
La ternura y el dolor que sintió hacia Temari le abrumaron. Deseó pasar su brazo por sus hombros, besarle la mejilla y jurarle que nadie iba a dejarla de esa forma jamás. Pero era imposible. No podía darle esa esperanza.
—Temari Hatake.
Ambos levantaron la mirada hacia la enfermera, que sonrió al verlos. Shikamaru se puso en pie para empujarla dentro de la sala. Después, salió para que la vistieran y cuando le avisaron, entró en la sala para observarla y darle un apoyo diferente que sí podía darle, con la esperanza de que mejorase y que, de quererlo, pudiera cumplir su sueño.
Cuando salieron, con el corazón algo más pesado, le entregó a ella los papeles para la próxima visita. Reconoció su apellido y casi sin pensarlo, las palabras escaparon de su boca.
—Me pregunto cómo os quedaría el apellido Uchiha.
Temari levantó la mirada hacia él.
—¿Qué?
—Ah, nada, nada —descartó encogiéndose de hombros—. ¿A casa?
—Sí, por favor —suspiró ella ansiosa.
Shikamaru la empujó en silencio. Aquellas palabras habían escapado de alguna forma de sus pensamientos y era algo realmente irónico.
Temari nunca podría llevar su anillo ni sus apellidos.
Hinata tomó aire antes de llamar a la puerta. Necesitaba encontrar las palabras exactas que convencieran a su padre para obtener el permiso. Lo había pensado mucho esa noche mientras hablaba con Temari. Y sabía que, de tenerlo más tiempo dentro, sería peor.
No es que quisiera apresurar las cosas por un motivo exacto, pero sí necesitaba algo de tranquilidad en su vida. Y ese, era un paso que debía de dar. Pasar por ese momento y disfrutar de la libertad.
Para ello, necesitaba ver a Toneri.
Y el permiso de su padre.
Finalmente, golpeó la puerta y esperó a escuchar la voz de su progenitor para entrar. Su padre levantó la cabeza de un libro de arte que sostenía entre sus manos, dejándolo a un lado para centrarse en ella.
—¿Podemos hablar? —le preguntó—. ¿O prefieres que venga más tarde?
—No, ahora es un buen momento —indicó él cerrando el libro—. Me informaba sobre las galerías de arte de la zona.
Hinata cerró tras ella, sonriéndole.
—¿Por qué me da en la nariz que es para cierto chico pintor? —preguntó.
—¿Quién sabe? —zanjó él—. Aunque dudo que hayas venido para hablarme de eso. ¿Qué ocurre?
Ella asintió con la cabeza y avanzó hasta sentarse frente al escritorio. Se arregló la falda recatadamente mientras buscaba las palabras exactas. Sin encontrarlas, decidió que lo mejor que podía hacer era ser directa.
—Quiero visitar a Toneri.
El rostro de su padre fue un verdadero poema. Pasó de la sorpresa a la negación. Después, a la meditación y a la rendición. Cuando suspiró y apoyó la barbilla sobre sus manos y los codos en la mesa, Hinata supo qué iba a pedir a cambio antes de que lo dijera.
—Con una condición: iré contigo.
Suspiró para calmarse y le miró.
—Sí —aceptó—. Sin embargo, tendrás que prometer que me dejarás hablar con él a solas. Y que no te inmiscuirás en la conversación.
Su padre realmente parecía desear negarse a esa petición. Sin embargo, se levantó y la tomó de los hombros para esbozar una escueta sonrisa forzada.
—Me guardo el derecho de que, si se sobrepasa, entrometerme.
—Vale —aceptó abrazándole—. Gracias por la oportunidad, papá.
Kakashi lo descartó y la tomó de la mano.
En realidad, no se la soltó en ningún momento mientras avanzaron hasta el coche. Debido a que Temari se había llevado el coche familiar, Hinata y él usaron el suyo. Sakura había logrado superar el miedo hacia su vehículo después de que Toneri fuera detenido y un mecánico se encargara de revisar el vehículo de pe a pá.
Su padre la fue guiando en dirección a la cárcel. El edificio no era lo que se llamaría un parque de atracciones. Las paredes grises y el tejado azul no ayudaban a adecentar el lugar. Si querían realmente entristecer a los presos, lo conseguían.
Eso le recordó un viejo caso que tuvo que tratar. Un joven que había salido de la cárcel quiso encontrar trabajo en la empresa en la que ella trabajaba. Tenía todo en orden, documentación, estudios y capacidades y experiencias. Su jefe lo descartó justamente por ser un exconvicto. Hinata se frustró tanto con ello que lloró por días. Al final, el joven se suicidó. No era aceptado por la sociedad y lo afectó tanto que no pudo soportarlo. Hinata investigó algo más y descubrió que se le acusaba por un crimen que no cometió.
Su muerte le dolió todavía más.
Para ello, tuvo que visitar la antigua cárcel donde vivían y era aún peor que esta. Más tenebrosa e impactante. Aunque fuera un día soleado, pareciera que las paredes de ese lugar absorbieran la felicidad del mundo.
Aparcaron en la zona de visitas y nada más entrar, los detuvieron para cachear y tomar sus datos.
—Soy Kakashi Hatake —se presentó su padre—. Y ella mi hija. Estamos aquí para ver al preso Toneri Ōtsutsuki.
—Espere mientras comprobamos que puede recibir visitas.
Uno de los vigilantes se apartó de ellos para revisar el ordenador. Hinata intentó distraerse mirando los carteles. Eran panfletos de obras que algunos presos iban a protagonizar, concursos de escritura, eventos aleatorios. Todos bajo vigilancia, por supuesto.
—Pueden pasar —indicó el vigilante en poco tiempo—. Señor Hatake.
—Gracias.
Su padre la tomó del codo para ir avanzando.
Hinata pensó que tendrían que atravesar los pasillos de las celdas, sin embargo, los desviaron a una habitación donde en fila recta, había cristales con oberturas pequeñas para la voz y blindados. Sillas frente a cada pequeño ventanal.
El guardia encargado les indicó uno de ellos y ella se sentó. Su padre permaneció apartado a una distancia prudente, cruzados de brazos y el semblante serio. Hinata sabía que mantendría su promesa. En el momento en que Toneri se sobrepasara de alguna forma, terminaría la reunión.
Hinata esperaba poder resolver todo antes de tener que llegar a eso.
Poco tiempo después, la puerta frente a ella se abría y dos guardias entraban. Detrás de ellos, Toneri caminaba costosamente debido a las cadenas en sus pies. Le soltaron las manos para que avanzara hasta la mesa.
Era una sorpresa que no podía borrar de su mente. Pensar que conoció al hombre impoluto, que siempre vestía de traje, a verle con el mono anaranjado y el cabello descuidado, era impresionante.
Se sentó frente a ella sin apartar la mirada de ella.
—¿Has venido a regodearte de mí sufrimiento? ¿Romper conmigo? —preguntó con la cabeza bien en alto—. Hinata, eres demasiado predecible.
Hinata guardó silencio. Era como volver a escuchar las mismas palabras que en la grabación, donde ella era tonta y se tragaba sus mentiras. Ahora se daba cuenta de clase de persona que era. La forma de persuadirla, de jugar con su mente.
—Si vienes para que implore tu perdón, pierdes el tiempo, Hinata.
Una persona retorcida, orgullosa pese a que se habían derrumbado su poder y capacidad para destruirla mentalmente.
No se permitió dejar de mirarle ni una sola vez. Las oportunidades que había pensado mentalmente hacia él, para que todo terminara de otra forma se esfumaron con facilidad. Toneri no era el hombre que había amado. En algún momento del camino se había deteriorado por el ansia del poder y destruido. Su corazón había querido a su parte brillante y fue la oscuridad la que terminó sobresaliendo.
Entonces, lo comprendió.
Negó con la cabeza, enderezó su espalda y habló lo más firme que fue capaz.
—No. Estoy aquí para pedirme perdón a mí misma. Adiós, Toneri.
Él agrandó mucho los ojos y se levantó a la par que ella. Hinata no se permitió flaquear en ningún momento. No lo necesitaba. Ya no.
Escuchó que golpeaba el cristal y que los guardias enseguida acudían a él. Su padre se puso a su lado, posicionando su mano en su espalda.
—¡Recuerde lo que le dije, Kakashi! —gritó—. ¡Recuérdelo!
Hinata y él abandonaron el lugar en silencio. Nada más salir, se detuvo para tomar aire fresco. Extendió los brazos y levantó la cabeza hacia el cielo azul. Era un buen día, definitivamente.
—¿Te encuentras bien?
Miró a su padre con ternura.
—Me siento… libre. Feliz. Como si me acabara de quitar un gran peso de encima —confesó esbozando una sonrisa más segura—. Creo que después de mucho tiempo, me siento… liviana. Casi creo que puedo volar.
Kakashi la sostuvo de los codos.
—Bueno, mejor no pongamos a prueba eso y sigamos con los pies en la tierra.
Se echó a reír. De una forma que no hacía desde que era niña. Kakashi la abrazó con ternura y ella le devolvió el abrazo.
—Gracias, papá —murmuró—. Y perdóname.
Kakashi se separó y acarició sus mejillas dulcemente.
—¿Sabes? La próxima vez que salgas con un chico, quiero conocerlo al primer día y matarlo al segundo si no te cuida.
—Bueno, para eso queda mucho tiempo —aseguró ella—. En realidad, creo que nunca voy a encontrar al chico correcto. No necesita ser perfecto, porque yo no lo soy. Pero sí que me gustaría que no quiera matar a mis hermanas, que las acepte y comprenda que yo las necesito en mi vida.
Su padre la estudió con la mirada un momento.
—¿También piensas que es extraño mi forma de pensar?
—No, cariño —negó—. Me parece perfecta teniendo en cuenta que todas sois hijas mías y a un padre le cuesta ver a sus hijas salir del nido. Lo que no quiero es que te cierres a mirar lo que tienes delante. Quizás hay un chico capaz de darlo todo por ti y aceptar lo que venga detrás. No lo descartes. Tómate tu tiempo y piensa bien. Disfruta de tu libertad y escoge tu camino.
—Lo haré —aseguró—. Esta vez, no me equivocaré.
Kakashi asintió y ambos tomaron rumbo a su coche. Antes de arrancar, se detuvo, pensativa.
—¿Sabes, papá? Creo que debería de darle las gracias también a alguien.
—¿Naruto?
—Sí —confirmó—. Ese chico ha hecho mucho por mí. Me salvó la vida y se expuso por tal de salvarme. Además, ha tenido que soportar los insultos de Toneri y… le humillé un poco al escaparme engañándole. Creo que debo agradecerle de verdad.
Era bien cierto que ya lo había hecho, pero igualmente, sentía que debía de mostrarle el nuevo sendero que iba a tomar y gracias a él.
—Creo que sí, deberías —animó su progenitor.
Sonrió, mirando el reloj.
—Creo que lo haré.
Izumi estaba agotada cuando consiguió adecentar la cocina. Lo que más le había costado fue la dichosa mancha de la pared. Además, el intento de limpieza de los chicos había provocado que su reserva de un mes terminara necesitando un relevo por más. Había enviado a Ino a por ello, ya que era la única libre, pero por algún motivo tardaba en regresar de ello, así que había usado lo poco que quedaba y, para su suerte, consiguió el logro.
Claro que también había tenido que batallar con un hombre que siempre aparecía de detrás de las piedras cuando menos lo esperaba.
Desde que se había reído de él por casi caerse en las escaleras —una de esas risas que se te escapaban y aún así sabías que estaba mal, pero seguías riendo—, Itachi no cesaba de estar ojo avizor. Imaginaba que por la idea de vengarse de alguna forma.
Lo único que conseguía era ponerla más nerviosa. Porque, todavía sentía el cosquilleo de sus labios cuando acalló sus risas con un beso.
No entendía del todo cómo interpretar lo que sucedía entre ellos y la charla con las chicas no había ayudado a aclarar sus sentimientos.
Si lo pensaba, le gustaba Itachi de alguna forma. Pero sentía que enamorarse era peligroso. Itachi no terminaba tampoco de aclarar eso. ¿Quería enamorarla para afianzar todo? ¿Y qué significaba eso de que le rompiera?
Eran cosas que no cesaban de darle vuelta en la cabeza. Además, se picaba fácilmente cuando él se detenía asegurando que no haría nada sin ningún tipo de protección. Por un lado, respetaba y le agradaba ese pensamiento. Por otro lado, le molestaba que pensara que cada vez que se besaban ella iba a querer más. Aunque su cuerpo demostrara que era cierto y después se sintiera más frustrada por ello de no lograrlo.
Además, había otras cosas que también se le escapaban.
—¿Contemplando tu trabajo?
Dio un respingo al escuchar su voz. Se había quedado tanto en su mundo que no se percató de que estaba justo en medio de la puerta.
—No, estaba pensando en otras cosas —confesó echándose a un lado para dejarle paso—. Eres como un ninja, Itachi. Nunca te escucho venir.
Él enarcó una de sus oscuras cejas. Diablos, siempre parecía elegante cuando lo hacía.
—Y eso que no voy en modo silencioso.
—¿Has evolucionado ese modo? —preguntó curiosa.
—Cuando vives con hermanos que son más traviesos cuando están en silencio que haciendo ruido, aprendes a hacerlo.
Sonrió al imaginárselo.
—¿Funcionaba?
—Todavía lo hace —aseguró encogiéndose de hombros.
Izumi se cruzó de brazos.
—Bueno, yo no soy uno de tus hermanos que necesites pillar haciendo algo malo. No voy a hacer nada dañino —aseguró.
Él alargó su mano hasta acariciarle la mejilla. La sensación áspera contra su mejilla era maravillosa.
—Lo sé —confirmó entrecerrando los ojos—. Sé que no. Por eso no lo uso, simplemente, es que estabas más concentrada en otra cosa. ¿Verdad?
Cuando la tomó de la cintura para acercarla a él, todas las alertas de su cuerpo despertaron. Sintió cómo sus instintos reaccionaban a su cercanía y su boca latía de impaciencia.
—Sí —confesó—. Hay algo que me escama de hace tiempo —comenzó. Notó que él se tensaba—. ¿Qué pasó con mi ropa el día que me emborraché?
Itachi apretó los labios, como si quisiera retener un suspiro de alivio.
—¿Qué ocurre? —preguntó a su vez.
—Simplemente, me olvidé de eso —respondió encogiéndose de hombros—. ¿Qué importa?
—Pues que luego estaba en mi cuarto. Como por arte de magia y sé que eso no existe.
Itachi se encogió de hombros.
—Digamos que me resultó divertido llevarla antes de que despertaras a tu casa y se la di a una de tus hermanas.
Izumi abrió la boca con desconcierto.
—¿Estás de broma?
—No —aseguró con seriedad—. Quería que llevaras puesta mi ropa.
—¿Por qué? —preguntó incrédula—. ¿Vomite encima?
—No —negó—. Puedes llamarlo el romance de los hombres.
Izumi dudó, pero Itachi era lo suficientemente convincente como para que no le diera más vueltas al asunto. Era mejor intentar descubrir quién de sus hermanas estaba tras el delito. Y eso sabía muy bien cómo hacerlo.
Repentinamente, la puerta de la calle se abrió con brusquedad. Sasuke se detuvo para mirarlos por un momento, frunciendo el ceño con desagrado suficiente como para que Izumi retrocediera para alejarse de Itachi, aunque éste mantuvo una mano en su cintura. Después de eso, Sasuke gruñó una palabrota y empezó a subir escaleras arriba.
Antes de que ninguno pudiera preguntar, Sakura apareció también. Se detuvo, jadeante, mirándolos de hito en hito. Itachi levantó el dedo para darle la dirección y su hermana comenzó a subir.
—Sakura, espe…
—Déjales, Izumi —intervino Itachi observando con gesto serio la escalera mientras los pasos de los otros dos se perdían—. Creo que ha pasado algo serio y ambos necesitan resolverlo. Y no me extrañaría que el causante de todo, fuera mi hermano.
Izumi se chupó el labio inferior, preocupada.
—Sasuke no le hará daño.
Ella le miró con sorpresa.
—No estaba…
—Lo pienses o no, te lo garantizo.
Ella aceptó su promesa. Caminó hasta la puerta para cerrarla justo cuando vio al cartero caminar hacia ella.
—Ah, señora Uchiha, le traigo una carta.
—No soy…
Pero el cartero no le dio oportunidad de negarse. Le dejó la carta y pasó de largo para ir hasta su casa. Se volvió, sorprendida, para mostrarle la carta a Itachi.
Este estaba recostado contra la pared, acariciándose los labios mientras la miraba de arriba abajo. Izumi sintió que enrojecía hasta la raíz.
—¿Qué? —preguntó entrando y cerrando esa vez la puerta.
—Señora Uchiha —recalcó divertido.
—Cállate —protestó avergonzada—. He intentado decirle que no lo era, pero ha pasado de largo, jo.
—Y haciendo pucheros —añadió acercándose a ella. La tomó del mentón para besarla. Lentamente, deleitándose en ello. Cuando se separó, ella sentía que las piernas le temblaban como un flan—. Definitivamente, vas a romperme, Izumi —le dijo.
—¿Qué quieres decir con eso? —preguntó.
Él suspiró y le quitó la carta de la mano.
—Otro impago más —farfulló dejando la carta sobre la entrada. Mientras limpiaba, Izumi había encontrado varias de esas acumuladas.
—¿Itachi? —preguntó. ¿Realmente estaba esquivando su pregunta?
Él le sonrió. Una de esas sonrisas lejanas que la aterraban de alguna forma. Como si quisiera ocultar su presencia tras una nube invisible y una barrera donde nadie debiera de pasar.
Izumi comprendía ese sentimiento. Ella era igual. No quería recordar aquel tiempo que todavía le pesaba en el corazón.
—Izumi —nombró él sorprendiéndola—. ¿Estás libre esta noche?
—Sí —respondió—. ¿Necesitas que cuide de tus hermanos?
Él negó mirándola profundamente.
—Necesito que seas más mujer que madre o hermana.
—¿Por qué? —gruñó.
—Porque vamos a tener una cita —indicó él señalándola—. Solos. Sin hermanos de por medio.
Izumi apenas podía mantener la boca cerrada.,
—¿Qué? Espera, no creo que…
—Has dicho que estabas libre —le recordó, atrapándola.
Izumi tuvo que morderse la lengua para no maldecir.
—¿Y qué se supone que tengo que ponerme?
Él la miró pensativo, rozándose los labios con los dedos.
—Pantalones cortos y top. Es verano, al fin y al cabo.
Enrojeció.
—¿¡Y qué tiene que ver que sea verano!?
—Pues… que con esa ropa puedo tocarte mejor —puntualizó con la risa en la voz.
Izumi puso los ojos en blanco, pero no se negó.
Lo único malo: ella no tenía esas cosas en su armario.
Sasuke no podía creerse que estuviera siguiéndole. Esa condenada mujer no sólo no le había dejado respirar en la universidad, sino que ahora se atrevía a subir a su dormitorio y a recordarle la frustrante noche que había pasado con su recuerdo. Como un fantasma rondándole y levantando sus condenadas hormonas.
—¡Sasuke! —exclamó cerrando la puerta tras ella.
—Itachi no quiere las puertas cerradas —aseveró. Aún así, Sakura no la abrió.
Dejó su mochila sobre la mesa y estudió su habitación con ojo crítico. Con la intromisión de Izumi habían enviado todo al sótano, pero nada le aseguraba no tener algo de información de la casa por ahí.
—Mira —comenzó ella—, sé que puedes estar enfadado conmigo por todo lo que ha pasado. Por ser arrastrados con nosotras por lo ocurrido con Toneri. Pero te aseguro que no fue para nada mi intención que intentaran volarme la cabeza —aseguró.
Cuando la miró, Sakura se apretaba las manos, nerviosa.
—Y creo que… no he querido hacer nada malo como para darte dolor de cabeza o lo que sea —continuó—. Es cierto que a veces me dejo llevar por Naruto, que adora chincharte (1), pero te aseguro que no es con ningún tipo de maldad.
Dio algunos pasos hacia él, mirándole en súplica. Sasuke retrocedió hasta que su trasero dio contra el escritorio. Empezaba a sentirse acorralado.
—Sin embargo, me has gritado de esa forma que… no he podido dejar de pensar en que realmente necesitábamos aclarar esto.
Se pasó una mano por los cabellos, irritado.
—El beso —farfulló.
Sakura detuvo su charlatanería al instante. Parpadeó con la misma inocencia que le miró. Sasuke maldijo entre dientes y se cruzó de brazos.
—Espera. ¿Es porque Ino sabe lo de nuestro beso? —cuestionó. Sasuke enarcó una ceja—. ¡Ni siquiera puedo saber cómo Sai se enteró! —se defendió—. Es cierto que se lo conté a Ino, pero… ¿Tu hermano? No nos llevamos tan bien como para confiarle algo así. A menos… —musitó pensativa.
Con todo el descaro y la confianza del mundo se sentó en su cama. Cruzó una pierna sobre otra y llevó un dedo a su mentón. Aquella era una condenada imagen que podría terminar tergiversando en su imaginación.
—¿Qué? —preguntó observándola.
—Creo que esa noche Ino estaba actuando extraña cuando fui a hablar con ella. Lo enlacé al hecho de que estábamos preocupadas por el accidente de Temari —explicó. Luego levantó la mirada hacia él—. ¿Y si en realidad estaba ocultando algo?
Sasuke entonces recordó. Había enviado a Sai para que consolara a Ino, indicándole la escalera y el hecho de que estuviera llorando. Seguramente, Sakura llegó justo cuando ambos todavía estaban hablando. Ino debió de esconder a Sai como si de un amante se tratara y Sakura empezó a hablar sin pararse a pensar que había algo extraño en su hermana.
—A mi hermano —siseó maldiciendo al encajar todo.
Ella levantó su mano y chasqueó los dedos.
—¡Eso mismo! El que se dio el golpe fue él y no Ino. Fingió haberse golpeado el pie para que no sospechara. ¡Ahí fue que se enteró de nuestro beso!
Tan pronto como lo dijo, se sonrojó. Se levantó para caminar inquieta por la habitación y detenerse justo frente a él, inclinando su cabeza para mirarle desde una postura femenina y atrayente.
—¿Tan malo fue? —preguntó.
—¿Qué? —masculló sorprendido.
—Nuestro beso —recalcó ella como si no fuera obvio—. ¿Fue malo?
—No —negó casi sin darse cuenta de que lo hacía—. Maldita sea.
Entonces, ella enderezó la espalda y se acercó más.
—Lo digo, porque… —murmuró lamiéndose los labios. Con su pequeña y rosada lengua demorando demasiado sobre ellos. Eso ponía en aprietos a cualquiera—, siempre podemos retomarlo. Mejorarlo…
Dio un respingo y se apartó.
—¿Qué demonios te hace pensar que voy a querer eso? —reclamó indiferente—. Sólo fue un beso húmedo de lágrimas. Nada más.
—Entonces —murmuró ella sujetándolo de la camiseta y tirando de forma que se volviera a él—, este promete ser mejor.
Sasuke frunció el ceño. No entendía si ella estaba jugando con él o qué. Generalmente, podía sacudirse a las mujeres fácilmente con frialdades que no le importaban. Sakura, sin embargo, parecía encontrar el punto bueno a cualquier cosa y rebatirle en sus intentos de alejarse de ella. Él no quería caer como le estaba sucediendo a su hermano Itachi. Tampoco quería terminar como su padre.
—¿Por qué? —preguntó fríamente—. ¿Porque te apetece a ti? Pues a mí no —ratificó.
Sakura pareció confusa por un momento.
—No te… pero… creía que…
—Pues has creído mal. Te dije que amigos y nada más.
—Entonces por qué me…
¡Dios, qué difícil estaba siendo buscar una condenada excusa!
—Me diste pena —dijo al final.
Eso fue completamente óptimo para que ella retrocediera. Sin embargo, su cara de dolor fue casi más horrible que si le hubiera abofeteado.
—Eres una completa molestia —añadió. Si iba a terminarlo, mejor que fuera de esa forma—. Forzándome a hacer algo que no quiero. Si fuera al revés. ¿Qué crees que pasaría?
Sakura pareció sopesarlo.
—Lo que quieres decir, es que te sientes incómodo porque no es el momento —sopesó. Su mirada volvió a iluminarse—. Entiendo. Sasuke es de esa clase de chicos.
¿Esa clase de chicos? ¿A qué clase se refería?
—Entiendo, entiendo —continuó diciendo a medida que avanzaba hasta la puerta.
—Espera —ordenó. Pero ella no le hizo caso.
Abrió la puerta y avanzó hasta salir, para regresar asomándose.
—Tendré paciencia entonces —informó.
Luego, desapareció.
Sasuke se quedó en blanco.
Definitivamente, no comprendía a esa mujer.
Ino se había detenido para tomar algo de aire y calmar el dolor en sus manos por el peso de las bolsas de las compras que Izumi le había pedido cuando Sai apareció. Tras darle un golpecito en el hombro y sonreírle de esa forma tan suya, Ino supo que iba a llegar tarde para entregar la compra.
—¿Por qué estás caminando? —le preguntó.
—Porque Sakura tiene su coche, Hinata no estaba cuando me he ido, papá tampoco y Temari tiene el coche familiar, así que no quedaba otra. Además, caminar es sano. ¿No crees?
—Lo es —asintió él mirando con gesto dudoso las bolsas—. ¿No hay servicio de envío a casa para ricos?
Ino miró las bolsas y luego a él.
—Para aquellos que puedan permitírselo, claro —confirmó—. Yo no lo necesito. Tengo brazos fuertes para cargar. El problema son las manos. Las bolsas cortan demasiado.
Sai se inclinó y tomó algunas de ellas.
—Deja que lleve las que pesan demasiado. Lleva tú las más livianas. Así, tus articulaciones se relajarán.
—Gracias.
—No me las des —descartó—. ¿Esto va para limpiar la guarrería de mi casa?
Ino se echó a reír.
—¿Está bien si digo esa misma palabra?
—No necesitas hacerlo. Puedo deducirlo fácilmente. Después de la mancha de tomate de Sasuke, no me extrañaría que Izumi encontrara algo más… tenebroso.
Esa vez, se estremeció.
—¿Por qué siento que cuando lo dices tú da miedo?
Su boca se extendió en una afable sonrisa.
—Pues no debería, belleza.
Ino le devolvió la sonrisa.
—Dime una cosa, Sai.
—Lo que quieras.
Ino cabeceó ante su ofrecimiento.
—Te gusta dibujar y lo haces de maravilla. ¿Qué harías de aparecer una oportunidad para mostrar tus obras en una galería?
Su oscura mirada brilló de anhelo.
—Participar, por supuesto. Esas oportunidades no llueven del cielo. Se necesita dinero o los contactos correctos. La suerte también influye bastante —reconoció—. Aunque ahora internet hace mucho, es algo a lo que no tengo acceso.
—Comprendo…
Se mordisqueó los labios, pensativa, hasta que sintió su mano bajo su barbilla y, después, su boca sobre la suya. La sorpresa llevó a que retrocediera y no por desagrado. Sai enarcó de sus oscuras cejas.
—Vi que te lamías los labios, así que pensé que era una invitación a besarlos.
—Yo… no, bueno… eso… ¡Ahg! —exclamó.
Levantó su mano libre para echársela a los hombros y esa vez, ella buscó sus labios. De nuevo, la misma sensación electrizante del primer beso la recorrió. Más intensa, más consciente de que esa vez, era ella la que acortaba las distancias.
Cuando se separó, se echó a reír.
—Dios mío, estaba intentando hablar de algo serio y mira cómo hemos terminado.
—¿Acaso besarse no es serio? —cuestionó él con tranquilidad—. Yo me lo tomo así.
—Sí, pero… es algo muy diferente de lo que quería hablar. Me distrae más que me deja pensar —confesó.
—Si no te gusta…
—Me gusta —aclaró sintiendo que las mejillas le ardían—. Pero de verdad que quiero hablar contigo en serio de algo.
Sai guardó un instante silencio, observando su rostro. Casi podía imaginarse sus pensamientos, porque se sentía de la misma forma. Odiaba cuando el mundo real te retiraba de cosas tan maravillosas como perderte en un beso.
—¿De qué se trata? —preguntó retomando el paso.
Ino se colocó a su lado.
—¿Qué pasaría si te dijera que podrías presentar algo tuyo en una galería?
Sai se detuvo, las bolsas resbalaron por sus dedos. Su gesto, casi siempre impertérrito con esa sonrisa de fingida inocencia cambió a uno más severo.
—Hablo en serio —garantizó—. De poder hacerlo. ¿Te presentarías?
Pareció dudar, como si estuviera debatiéndose seriamente contra algo. Una pared invisible que ella no alcanzaba a ver.
—No podría.
—¿Por qué? —exclamó sorprendida.
Sai suspiró y fue como si le desgarran el alma.
—Porque no tengo nada. Pintura, boceto…
Ino se mordisqueó el labio inferior. No podía ofrecérselo como si nada o Sai sentiría su orgullo herido.
—En realidad, me gustaría contratar tu servicio como pintor —dijo repentinamente. Sai se quedó atónito—. Sabes que estoy arreglando el jardín. Pues una de las partes, la del mirador, necesito pintarla y la verdad, eso no se me da bien. Pensaba contratar a alguien para ello igualmente, porque aparte de Matsuri, ninguna otra hemos nacido con don artístico.
—¿Es una broma?
—Para nada —aseguró—. Aunque siempre puedo ponerme yo a hacerlo.
Hizo un gesto brusco con el brazo, moviendo su mano como si tuviera una brocha en ella. Sai la retuvo en dos intentos.
—Para. Si pintaras así solo terminarías rompiendo la brocha y tirando pintura de más.
Ella le miró con ojos brillantes.
—¿Eso es un sí a mi oferta de trabajo? —preguntó, bajando su mano hasta enlazarla a la de él—. Mira que seré una buena jefa. Puede hasta que te de limonada.
—Eso sería más de lo que nunca me han dado —reconoció él.
Ino no pudo evitar besarle de nuevo. Con ternura y cautela.
—Mañana es mi día libre. Puedo empezar.
Ella asintió.
—Y, aparte de eso, ves pensando también en una obra que quieras presentar.
—¿Por qué? —preguntó retomando de nuevo su camino.
—Porque mi padre ha conseguido un puesto para ti en una galería.
Le sonrió y él se mostró confuso.
—No sé si Itachi esté de acuerdo con eso —murmuró arrastrando su voz. Ino le acarició la mejilla—. Es complicado, Ino.
—Díselo. No. Digámoslo juntos.
—¿Qué?
Pese al tono de pánico de su voz, Ino lo ignoró y apremió el regreso a casa de los chicos. Esperó a que Sai abriera la puerta y, después, se anunciaron. Itachi salía del salón justo en ese mismo momento.
—¿Ahora llegas de compras? —preguntó divertido—. Tu hermana se ha marchado hace poco.
—No importa —descartó—. Seguro que me tira de las orejas después, pero, ha valido la pena entretenerse.
Miró de reojo a Sai, quien le devolvió una sonrisa cómplice. Itachi los estudio a ambos con la mirada y se cruzó de brazos.
—¿Me he perdido algo entre ustedes?
—No, que va —descartó ella rápidamente—. Pero sí que podemos ponerte al día. Es más, queremos ponerte al día —se corrigió.
Itachi frunció el ceño, algo perdido, pero la siguió mientras entraba en la cocina y dejaba las bolsas sobre la mesa. La cocina parecía un territorio nuevo comparado a cómo estaba por la mañana. Y volvía a oler a algo de comida y no al caldo misterioso que parecía marca de la casa.
—¿De qué se trata? —inquirió Itachi autoritario.
Ino puso los ojos en blanco.
—No estoy embarazada —aseguró.
Ambos hombres la miraron con gestos semejantes y estuvo muy tentada a reírse.
—¿Qué? —cuestionó cruzándose de brazos—. Es la preguntita del montón de siempre.
—Pues qué alivio —farfulló Itachi mirando a Sai con cierto rictus que hizo tragar al otro. Ino se apresuró a tomarle de la mano—. ¿Qué es entonces?
Se preparó para dar uno de sus mejores discursos.
—Le enseñé a mi padre el dibujo que Sai hizo de mí y, por el cual, tuvimos la cita a cambio —comenzó. Itachi asintió para animarla a continuar—. Bueno, cree que Sai tiene mucho talento y ha estado mirando diversas galerías cercanas. Hay una en la ciudad que otorga oportunidades a pintores desconocidos. Mi padre ha conseguido un puesto para él y la verdad, creo que podría conseguir un gran interés en su arte. Es muy bueno.
—Lo es —reconoció Itachi entrecerrando los ojos.
—Me ha comentado que no tiene pintura y le he ofrecido trabajar para mí. Necesito que alguien pinte el mirador y sé que él será capaz de hacerlo. Así, podrá pagarse la pintura de quererlo.
—Es un buen trato —aceptó Itachi—. ¿Qué piensas tú, Sai?
Sai pareció perdido por esa pregunta. Su boca se tensó y sus cejas se levantaron inquisitivas.
—¿Es una pregunta trampa? —preguntó a su vez.
Itachi negó con la cabeza.
—No lo es —aseguró Itachi.
Ino empezó a notar que había cierta tensión que no querían hablar delante de ella. Se preguntó hasta qué punto debería de inmiscuirse, pero algo entre ellos le recomendaba que no fuera en ese momento. Así que dio una palmada y suspiró.
—Bueno, puedes pensártelo un tiempo. El mirador no va a marcharse, aunque la posibilidad de entregar un trabajo en la galería, puede que sí. Así que habladlo y después me dices cosas.
Ambos hombres asintieron.
—Ino —detuvo Itachi antes de que saliera.
—¿Ocurre algo? —preguntó—. Oh, si es por lo de Sai, te aseguro que no hay ningún tipo de peligro y que mi padre no hará que por eso gane o algo. Ha de esforzarse él mismo en conseguir lo que quiere.
—Comprendo —aceptó él—, pero no es eso —descartó rápidamente—. Más bien: cuida de Izumi.
—¿De Izumi? —preguntó curiosa.
—Sí —confirmó—. Estoy seguro que lo entenderás cuando la veas.
Ino regresó a su casa poco después, preocupada por su hermana mayor. Izumi era tan difícil algunas veces que cuando alguien le pedía que cuidara de ella le venían mil cosas a la mente. Pero cuando entró en la mansión tras saludar a Hinata en la entrada, descubrió el alboroto en los dormitorios.
—¡Sakura, que no! —protestaba Izumi.
Ino casi voló para reunirse con ellas. Cuando entró, Sakura estaba intentando colocar uno de sus tops a la mayor, que se negaba rotundamente mientras huía sosteniendo otro más recatado.
Ino se echó a reír.
Ahora entendía por qué tenía que cuidarla.
Y, oh, iba a hacerlo encantada.
Sai realmente estaba confuso. Quizás porque Ino había sido la artífice de todo y se había explicado claramente, pero Itachi no mostraba ninguna señal que remarcara una negación a la oferta que le estaban poniendo en bandeja.
Había mentido a Ino diciéndole que no tenía pintura suficiente. En realidad, la tenía. Incluso había un cuadro que estaba terminando. Lo había hecho porque no estaba seguro de qué respondería Itachi. Presentarse en una galería de arte significaba que su nombre iba a ser conocido y, por lo tanto, más complicado después cuando tuvieran que huir.
Sin embargo, era uno de sus sueños. No era lo mismo con lo que se ganaba un poco de dinero. Eso era diferente; más grande. Por ello, necesitaba estar seguro de qué decisión tomar y no podía dejarse llevar por sus deseos.
Cuando Ino se marchó, Itachi caminó arrastrando los pies hasta la escalera, deteniéndose al notar su presencia.
—¿Qué? —preguntó.
—¿Hablabas en serio o era realmente una pregunta significativa?
Itachi se rascó la nuca con cansancio.
—En serio. Si quieres hacerlo, hazlo, Sai —indicó—. Pinta el mirador, publica tu obra. Disfruta de esas cosas. Aprende de la experiencia para cuando nos vayamos, puedas tenerlas como guía.
—Entonces, aceptaré —expuso.
Itachi asintió y empezó a subir los escalones.
—¿Qué te ocurre?
—Me muero de sueño —respondió aguantando un bostezo—. Por cierto, abajo tienes una fotografía de la que has de sacar la huella de Hatake.
Miró hacia la puerta sellada.
—Me pongo a ello —aceptó remangándose—. Después, hablaré con Ino.
Itachi asintió con una mano y continuó subiendo los peldaños. Sai apenas había entrado en el salón cuando la puerta se abrió. Naruto se asomó sólo para tirar su mochila dentro y cerrar la puerta.
Algo extraño estaba pasando a su alrededor. Algo se le escapaba.
Decidió remangarse y no darle más vueltas. Necesitaba concentrarse para sacar la huella. Y era uno de los pasos que necesitaban para continuar con su futuro.
Caminó lo más deprisa que pudo hasta llegar a las escaleras de la mansión. Hinata estaba sentada en ellos, mirando la calle distraídamente. Su rostro parecía más fresco, descansado y de alguna forma, más hermoso. Cuando le notó, se puso en pie enseguida.
Llevaba consigo una pequeña caja de cartón.
—¿Has terminado en la universidad por hoy? —le preguntó.
—Sí, aunque tuve que venir a pata porque Sakura se puso a seguir a Sasuke y no hizo caso de nadie. Luego, Sai me dejó tirado porque se adelantó —explicó cruzándose de brazos—. ¿Por qué estás aquí fuera?
—Te esperaba.
Eso le iluminó el corazón.
—¿Te gustaría acompañarme, Naruto? —preguntó ella con una cortesía encantadora.
—No necesitas ni preguntarlo —respondió.
Entonces, Hinata lo guio hasta su coche. Dejó la caja detrás y después, se sentó al volante. Naruto se sintió algo apretado al entrar y ella se echó a reír.
—Ay, perdona. Puedes echar el asiento hacia atrás si quieres —le propuso—. Antes se sentó papá en él, pero volví a colocarlo a la posición normal. ¿Alcanzas la manivela?
—Sí, creo que sí —afirmó buscando entre sus piernas bajo el asiento—. La tengo.
Echó hacia atrás hasta que pudo encajarse correctamente dentro. Después, tras ponerse el cinturón, volvió a percatarse de la caja.
—¿Dónde vamos?
—Quiero ir a un centro de beneficencia que conozco —explicó—. Hay cosas que me gustaría donar. Pensé que te gustaría venir —añadió mirándole preocupada—. Si quieres, puedo…
—No, no, iré —aseguró—. Vamos.
Ella asintió y puso el coche en marcha.
Naruto no perdió detalle de sus movimientos. La forma en que colocaba sus manos sobre el volante o cuando movía la palanca de marchas, cosa que provocaba que rozara su pierna alguna que otra vez sin querer. Sin embargo, ni ella se disculpó ni él pensaba en quitarla. Le gustaba ver sus ojos reflejados en el cristal del retrovisor o la forma en que se mordía el labio inferior al cambiar de carril.
Nunca pensó que ver conducir a una mujer sería tan interesante.
Si bien era cierto que todas las mañanas se iba con Sakura, había algo distinto en Hinata.
No tardaron mucho tiempo en llegar al lugar, o a él se le hizo demasiado corto. No había un silencio incómodo, de esos que necesitabas llenar con algo de música, así que era irremediable que fuera agradable.
El lugar en cuestión era un viejo orfanato. Lo conocía porque una de las últimas peleas que tuvo con unos chicos de clases fue por esa zona. Recordaba el escozor de las heridas en sus puños, aunque sus palabras le dolieron más.
"Nunca jamás tendrás mamá, así que deberías de vivir aquí".
El orfanato era un lugar que creaba terror en él. La idea de ser separado de sus hermanos y terminar en ese lugar, siempre le había causado un nudo en la garganta.
—¿Te encuentras bien? —preguntó Hinata sacándolo de sus tormentosos pensamientos.
—Sí, disculpa —dijo tras tomar algo de aire—. Sólo recordaba viejas cosas del pasado.
Ella miró el edificio de ladrillos y luego a él.
—Creo que lo comprendo.
—¿Comprendes?
—Sí —confirmó—. Cuando Izumi, Temari y yo éramos pequeñas, teníamos mucho miedo. Mi padre pasaba muchas horas trabajando para traer comida a casa y muchas horas nos quedábamos solas. Llegamos a pensar que vendrían a separarnos y que terminaríamos en un lugar así. Era… aterrador. Puedo imaginar que para vosotros fue algo parecido.
—Sí, lo fue —reconoció.
—Pero hoy no estamos aquí para eso —indicó Hinata quitándose el cinturón—. Sino para ayudar.
—¿Ayudar?
—Así es. ¿Quieres ver cómo?
Él asintió con la cabeza y se quitó el cinturón para salir, decidido. Hinata se detuvo en coger la caja de cartón a su espalda y, después, caminó a su lado hasta las puertas de metal. Una verja que siempre le había parecido retorcida y lúgubre. Presionaron el botón de llamada y esperaron. A los pocos minutos una mujer apareció. Iba vestida de monja y corría dando saltos hacia ellos. Se detuvo para mirarlos con gesto severo.
—¿Qué puedo hacer por ustedes? —preguntó—. La hora de visitas para adopción es por las mañanas.
Hinata enrojeció tras intercambiar una mirada con él.
—Oh, no, no —negó—. No venimos por eso, sino para colaborar. Tengo algunas cosas para donar. Llamé este medio día y hablé con la hermana Mei.
La mujer puso los ojos en blanco.
—Ella siempre haciendo lo que no debe —farfulló empezando a abrir la puerta—. Es más bruja que monja. Pecadora hasta por los costados. No sé por qué sigue aquí.
Naruto tuvo que apretar los labios para aguantar una carcajada. Su cara debía de ser un panorama, porque Hinata le dio un codazo para tranquilizarlo, pero cuando la miró se percató de que estaba igual de tensa.
Siguieron a la mujer por el inmenso jardín repleto de juegos y zonas de deporte. Les hizo entrar en una de las salas. Estaba vacía excepto por las grandes mesas de madera y hierro pegadas a la pared. En cada una de ellas había una placa con una fecha.
—Ponga su caja ahí, por favor —indicó la mujer—. Enseguida vendrá alguien a valorar si las cosas que trae son óptimas o no.
Hinata obedeció, pero retuvo a la mujer.
—Si no le importa, no me gustaría estar presente cuando empiecen a sacarlas.
—Tiraremos lo que no veamos posible para vender. ¿Estás segura?
—Sí —aseguró.
Luego se volvió. Naruto la siguió, preocupado.
—¿Estás segura? No sé qué sea, pero esas cosas irán directas a la basura.
—Y es donde deben de estar —aseguró deteniéndose para tomar aire una vez fuera—. Si no lo termina haciendo alguien por mí, tengo miedo de que lo pase. O lo que decida hacer. Y una de las cosas que deseo, es cambiar. Y, para empezar, tengo que hacerlo deshaciéndome de estas cosas.
Naruto no comprendía al cien por cien a qué se refería. Él tenía cosas de cuando era niño acumulando polvo en estanterías. Incluso Izumi encontró uno de sus viejos coche de juguete detrás de un mueble de la cocina.
—¡Esperen, por favor!
Ambos se detuvieron al escuchar la voz agitada de la monja. Volvía a correr hacia ellos dando saltos y sostenía una pequeña caja de terciopelo azul en lo alto de su brazo estirado.
—Señora, señora —jadeó—. ¿Seguro que quiere donar esto? ¡Es muy caro!
Hinata tomó aire. Naruto vio que la mujer se detenía frente a ellos y abrió la caja. Un anillo que bien podría pagar muchas de sus deudas frente a sus ojos.
Un anillo de compromiso.
—Sí, por favor —dictaminó Hinata cerrando la caja con manos temblorosas—. Úsenlo para recaudar dinero junto a las otras cosas, si lo desean.
La monja se marchó con una sonrisa feliz que iluminaba su rostro.
Naruto se fijó entonces en Hinata.
—Es tú…
—Sí —interrumpió ella mirando a las paredes del orfanato—. Son las cosas que Toneri me regaló durante este tiempo juntos. Incluido el anillo de pedida. No lo quiero y no necesito el dinero, así que prefiero que lo usen para subastarlo y sacar algo para ayudar al orfanato.
Le miró sonriente.
—Toneri hizo cosas muy malas, pero que sirva de algo lo que me dio con mentiras.
—Él no es todos los hombres —aseguró.
—Lo sé —aceptó—. Soy consciente de ello. No te preocupes. Me he prometido a mí misma no cerrar mi corazón. Pero ahora mismo, primero me he de encontrar a mí misma.
Naruto extendió su mano hasta la de ella, aferrándola.
—En ese momento, piensa en mí también, por favor.
Hubo un instante de pausa en que su corazón apenas latía. Le pitaban los oídos y empezaba a necesitar tragar de más. Continuó mirándola lo más firme posible que fue capaz. Quería que quedase en claro que no estaba bromeando.
Entonces, su boca se movió.
—Lo haré.
Su boca se extendió en una sonrisa pura de felicidad. Podría haber aullado de felicidad y saltado repetidas veces sobre sus pies sin agotarse. Como si estuviera sobrecargado de energía.
—¿Quieres volver ya a casa? —preguntó Hinata, ajena a sus sentimientos que eran más como un torbellino interno—. Me gustaría hacer otra parada, pero puede que eso te aburra un poco.
—¡Quiero ir! —respondió, emocionado.
Ella se echó a reír y asintió con la cabeza. Naruto le soltó la mano con cierta amargura y la siguió hasta el coche una vez más.
Esa vez, se detuvieron cerca de la zona comercial. Odiaba ir a ese lugar si no era para robar algo. Shikamaru solía pasar algunas horas por allí para regresar con algunas carteras más vacías de lo que esperaba.
La juventud se enfrascaba en la zona de juegos, dejándose sus pagas ahí y buscando cualquier oportunidad que sus hormonas se dispararan.
Hinata subió a la tercera planta y se detuvo frente a una peluquería. Le miró y luego a los carteles de diferentes modelos con distintos peinados. Él no era muy observador, debía de reconocer, pero sí que parecían increíbles.
—Voy entrar —le dijo.
Temblaba un poco.
Naruto movió su mano derecha hasta apoyarla en su espalda.
—Sólo si tú quieres.
—Quiero —confirmó.
Luego, se soltó el cabello del coletero y se lo dio. Era hermosa. De esa forma. Y estaba entrándole cierta lástima que continuara por ese camino.
—Hinata —nombró aceptando el coletero e inclinándose hacia ella—. ¿Puedo…? Antes de que lo cortes.
—¿El qué? —preguntó sorprendida. Los ojos muy abiertos.
—Esto.
No le dio ninguna explicación. No quería perder tiempo.
Movió la mano en su espalda hasta su nuca. Notó que se tensaba en el momento en que sus dedos se metieron entre sus hebras, en que enredó entre sus dedos los mechones y tiró. Suavemente, arqueándola lo suficiente como para que su rostro quedara expuesto. Sus ojos se encontraron entonces.
Hinata le miraba entre sorprendida y confusa, con la boca abierta y en las mejillas enrojecidas. Como si acabara de pillarla completamente con la guardia baja.
Él bajó un poco más su cara, desvió el sendero hasta su oreja y pegó su mejilla ahí, olisqueando su cabello, besando su cabeza.
Después, se alejó.
Ella parecía un tomate y él sonrió.
Mientras ella entraba nerviosa dentro de la peluquería, Naruto rezó. Rezó porque ese acto le hubiera llegado hasta el corazón.
Sakura sonrió fascinada mientras veía a Izumi subirse en la moto de Itachi para después, perderse en nada. Le había costado mucho esfuerzo terminar de prepararla. Por suerte, Ino apareció el momento oportuno y dos contra uno, fue una victoria aplastante. Lo suficientemente grata como para notar cómo Itachi la miraba de arriba abajo y deducía cuanto era capaz de llevársela en la moto y no a su cama.
Claro que nunca diría eso a su hermana. Izumi era capaz de entrar en caos si lo dejaba caer. Ella, que siempre fue tan celosa con sus relaciones hasta el punto en que ninguna conocía la cara ni la historia del hombre que la hirió. A Sakura le gustaría verle alguna vez, romperle la cara o hasta patearlo de ser necesario.
Se había quedado con las ganas con Toneri, pero su padre les había prohibido tajantemente hacerlo, así que tuvo comportarse lo suficiente en su momento. Además, Hinata parecía estar haciendo un gran esfuerzo por cambiar y no sería ella quien le recordara a esa basura.
—¿Y papá? —pregunto Ino, que había estado a su lado despidiendo a Izumi.
—Creo que está en el despacho. Van a salir esta noche. Rin y él. Una cena. Dice que se la debe a alguien.
—Es decir, no es nada romántico —protestó Ino cruzándose de brazos—. ¿Soy la única a la que le irrita que no estén disfrutando de su luna de miel?
—No, no eres la única —aseguró—. Pero también pienso que podríamos haberla cagado mucho de no estar papá aquí con todo esto.
—Eso es verdad… —concedió Ino suspirando. Desvió su mirada hacia el jardín y la piscina—. Oye. Izumi se ha marchado…
—Sí.
—Y papá también se marcha.
—¿Sí…?
—Y sólo quedarían Temari y Hinata. Las cuales no están.
—Temari no creo que tarde en regresar. La verdad es que lleva muchas horas fuera —reconoció pensativa—. ¿No estaba con Shikamaru?
—Algo de eso me dijo Sai, sí —afirmó Ino. Continuaba mirándola sugestivamente.
—¿Qué se te ha ocurrido?
—¡Cine al aire libre! —exclamó extendiendo los brazos.
Sakura la miró incrédula.
—¿Estás de broma? La única tele que tenemos en casa es enorme como para cargarla nosotras solas.
—Para eso están los chicos —señaló Ino. Extendió los brazos hacia la casa de los vecinos—. Vamos a invitarlos. Pidamos algo de comida China y alquilemos una peli.
Sakura se lamió los labios, pensativa y tentada.
La última conversación con Sasuke fue extraña y llegó a una conclusión interesante. Sasuke realmente sentía, pero el tipo de hombre que necesitaba sus momentos idóneos. Era un reto interesante, debía de reconocer.
—Vale —aceptó—. Vamos a buscarlos.
—Ves tú —indicó Ino—. Yo voy a pedir la comida. Estoy segura de que si les preguntamos qué quieren empezarán a recular sin aceptar.
—Cierto —confirmó.
Luego echó a andar en dirección a la destartalada casa. Le abrieron a la cuarta llamada y fue Gaara. El hombre pelirrojo era el más bajo de sus hermanos y, aun así, era capaz de impresionar sólo con su mirada. Comprendía por qué a Matsuri le gustaba. Y ahora, compartía sangre con su hermana mayor.
—¡Hola! —saludó—. ¿Están los demás? Estábamos pensando en hacer un cine en el jardín —explicó—. Y nos preguntábamos si os apetecería uniros y ayudarnos un poco a sacar la tele fuera.
Gaara miró hacia la valla, desde donde se podía ver a Ino y Matsuri sacando una de las mesas grandes para colocarla junto a la pared. A su vez, ya había algunas sillas, cojines y mantas preparadas.
Como si presintiera su escrutinio, Matsuri se volvió y levantó el brazo para saludar. Después, llevó sus manos hasta su boca para aumentar su tono de voz.
—¡Por favor, ven a divertirte con nosotras!
Sakura esbozó una pícara sonrisa.
—Creo que ahora no puedes negarte —indicó—. Eso sí, tienes prohibido cargar nada de peso, así que te sentarás desde que llegues. ¿De acuerdo?
Gaara le devolvió la mirada. Sakura llevó sus manos a su cintura para resaltar su orden y asegurarle así que no iba a aceptar una respuesta negativa por su parte.
—Oh, lo hará.
Sai se asomó por encima de su hombro y le dio una palmada a su hermano.
—¿Has escuchado la conversación?
—Sí. También me daba curiosidad ver qué estabais haciendo, así que me apunto. —Luego, se dio la vuelta para asomarse por las escaleras—. Deja de cotillear por las esquinas y baja a ayudar, Sasuke.
Sakura esbozó una sonrisa divertida cuando le escuchó maldecir, pero realmente descendió.
—¿Qué es? —preguntó acercándose a ellos.
—Cine al aire libre —respondió.
—¿Hay comida? —cuestionó Gaara.
—La hay. China. No sé si os guste.
Los tres hermanos se miraron entre sí. Sakura enarcó una ceja.
—¿Nunca la habéis probado?
—¿Tenemos cara de poder hacerlo? —protestó Sasuke irritado.
Sakura negó, avergonzada. Acababa de retroceder de nuevo varios pasos con él.
Sai le puso una mano en la cabeza, tranquilizador.
—Será una experiencia interesante, no te preocupes —le dijo apaciguando lo que podría haber terminado como una pelea semejante a la de la verbena—. Vamos, Sasuke. Desfógate haciendo fuerza.
Sasuke pasó por su lado, pero, para su sorpresa, tiró de su mano. Sakura se quedó en ascuas, sorprendida por el gesto.
Definitivamente, sí. Sasuke era ese tipo de hombre.
Cuando finalmente llegaron la sorprendió ver a todos en el jardín y la televisión en la calle. Incluso un repartidor de comida se marchaba guardándose el dinero dentro del bolsillo del pantalón y Ino subía los escalones en dirección a la cocina.
—¿Qué está pasando? —cuestionó antes de que Shikamaru bajara del coche.
—No lo sé —respondió.
Esperó a que él abriera la puerta y la sentara de nuevo en la silla. Esa vez, sí logró interceptar a Matsuri, quien bajaba con un montón de platos.
—Ups, pilladas —gesticuló.
—Habla —le ordenó dando golpecitos en el reposabrazos de la silla.
Matsuri suspiró con impaciencia. Temari intentó concentrarse. Cuando pasaba eso solía ser porque tenía prisa e iba a aparecer un palabrería rápida y directa.
—Izumi se ha marchado a una cita con Itachi y como no está, las chicas han decidido hacer un cine al aire libre. Hemos pedido comida china e invitado a los chicos. Eso es todo. Hasta aquí mi reporte.
Luego, echó a correr hacia la piscina.
—¿Has logrado entender algo? —cuestionó Shikamaru.
—Algo —respondió—. ¿Puedes empujarme hasta la piscina? Creo que ahí encontraremos más respuestas.
—Claro.
En realidad, sentía que debía disculparse con Shikamaru por ello. El pobre llevaba empujando todo el día la silla de un lado para otro por el hospital. Nadie dijo que la rehabilitación sería tan larga y cansada. Y que les quitaría tantas horas fuera de su casa. Sakura e Ino eran buenas chicas, pero cuando les dabas cuerda…
—Vaya, realmente han sacado la televisión —farfulló Shikamaru sorprendido.
—Para que se hubiera caído y…
—Seguramente la han cargado mis hermanos —intervino Shikamaru antes de que creara más drama del necesario—. No te preocupes.
—Me preocupo. ¿Y si se les hubiera caído a ellos? Me da igual que se rompa la televisión. ¿Un pie, una mano o una pierna? No, no me da igual.
Shikamaru sonrió a su lado. Llevaba extrañamente todo el día sin fumar y parecía tener una dosis de paciencia increíble para soportar su mal carácter a medida que el dolor aumentaba.
—Gracias por preocuparte por ellos, pero mira.
Siguiendo su señal, vio a los chicos en diferentes situaciones. Sai y Matsuri colocaban los platos frente a la mesa baja que habían sacado. Gaara, ya sentado en el centro, se encargaba de ir sirviendo bebidas y Sasuke apareció por la esquina cargando algunas bandejas con comida que olía de maravilla.
—¿Ya habéis vuelto? —preguntó con cierta indiferencia.
Quizás fuera su ego o su forma de ser. Ese chico podría ser interesado, pero demostrar que su interés era simplemente cortés.
—Sí —respondió Shikamaru—. ¿Itachi?
—Se ha largado —respondió irritado.
—Matsuri lo dijo antes —intervino ella—. Se ha ido con Izumi.
Shikamaru pareció entonces comprender y permitió que Sasuke se alejara.
—¿Sabes que algunos hermanos terminan encariñándose tanto con los mayores que les irrita cualquier otro que se acerque?
—Sí.
—Bien. Ese es nuestro Sasuke.
Temari esbozó una sonrisa divertida.
—Como para no aburrirse.
—Te juro que no —aseguró Shikamaru. Luego, se incorporó al ver que Ino y Sakura aparecían con más platos.
—¿Qué tal una explicación, chicas? —cuestionó.
—Izumi no está —soltaron a la par. Casi podrían haber sido gemelas, maldita sea.
Suspiró.
—¿Sabéis que tengo móvil? —cuestionó sarcástica—. Podríais haberme preguntado.
—Papá está en casa todavía —intervino Matsuri atrapando algunos de los platos.
—Sí —confirmó Ino aliviada—. Le hemos preguntado y ha aceptado enseguida. Así que ni tú ni Izumi podéis regañarnos.
Temari parpadeó, sorprendida.
—No era para regañaros —objetó—. Era para traer más comida.
Y no mentía. A ojo crítico, dudaba que hubiera suficiente como para alimentar a tanto adolescente reunido. Además, necesitaban una cena equilibrada también para Gaara.
Sintió que le besaban la mejilla. Matsuri le rodeó los hombros con su brazo.
—¡Eres tan mona! —exclamó—. Nos haces creer que estas enfadada pero ya estás pensando que no comemos saludable.
Temari le pellizcó el costado y Matsuri se levantó entre risas.
—Es mi profesión. —Luego, se volvió hacia Gaara—. Come más verduras que carne y la carne que sea hervida y no frita.
Él parpadeó, sorprendido. Incluso dejó a un lado la alita frita que había atrapado. Los demás se echaron a reír, pero ella hablaba realmente en serio.
—Y tú, Matsuri, no te pongas un plato enorme que luego no te lo comes todo.
—¡Síii! —aceptó la pequeña sentándose junto a Gaara.
Shikamaru alargó una mano para coger dos platos.
—¿Y la mandona que le servimos? —bromeó Ino—. ¿Algo de carne, verdura, castañas?
La miró con ojos brillantes.
—¿Has pedido pollo con castañas?
—Del que te gusta —confirmó su hermana con ojos brillantes.
Temari no pudo evitar lamerse los labios. Observó ilusionada mientras Shikamaru servía su parte y después, casi se lo arrebató de las manos. Él se sentó a su lado, sorprendido.
—Vaya, ya sé qué regalarte.
—Las castañas me encantan —reconoció algo avergonzada—. Podría comer sólo de eso por días.
—Pero nunca lo haría —aseguró Sakura—. Ella no se porta mal nunca.
—Para eso te tenemos a ti —indicó.
Sakura enrojeció y les sacó la lengua.
—¡Ey! ¡qué está pasando!
Se volvieron hacia la voz. Naruto avanzó hacia ellos sonriente y olisqueando el aire.
—¡Huele delicioso, ttebayo!
—¡Hinata! —exclamó al reconocerla.
Las demás levantaron enseguida la cabeza para observarla. Empezaron a ponerse en pie para rodearla.
—¡Madre mía, estás guapísima! —halagó Ino.
—¡Vaya si lo está! —exclamó Matsuri.
—¿Y eso? —preguntó curiosa.
Hinata le sonrió y se acercó para besarle la mejilla.
—Decidí cambiar y ser un poco yo misma —explicó—. He cambiado muchas cosas y poco a poco, voy a ir abriendo de nuevo mi mundo. Sin estar más atada a él.
Temari sonrió. Le entregó su plato a Shikamaru por un momento y abrazó a Hinata lo más que su dolor se lo permitió.
—Bienvenida de nuevo, hermana.
—Estoy en casa.
Gaara miró de reojo una vez más a Temari, quien sostenía las manos de Hinata mientras hablaban casi en susurros. Le había sorprendido que le regañara con tanta facilidad a cuenta de su comida. Si bien era cierto que sus hermanos también solían hacerlo, ignorarles solía resultar mucho más sencillo.
No estaba acostumbrado a que una mujer fuera autoritaria con él. Menos con su alimentación.
Hasta para su sorpresa la obedeció. Especialmente, porque sus hermanos se percataron de que iba a picotear sólo lo que le gustara y eso podría crear consecuencias después. No les pedía que lo hicieran, pero a algún que otro le gustaba quedarse a su lado mientras vomitaba en el váter.
—¿Está bueno?
Dirigió su mirada hacia Matsuri. La pequeña mocosa no se separaba de él. De alguna forma parecía haber decidido que ese era su lugar preferido. Podría sentarse justo sobre unas brasas que seguramente, ella también lo haría.
Y después de su declaración… ¿Acaso no era consciente de la edad que los diferenciaba?
Si la miraba fijamente se daba cuenta que, su simpleza, era justo su rasgo más hermoso. Matsuri llevaba sus cabellos cortos, poseía unos ojos marrones y grandes, de un color simple y natural. Su piel era algo tostada y su boca se torcía en una mueca burlona cuando intentaba no sonreír. Además, su carácter era impredecible. Actuaba más como la niña que era que como la mujer que quería ser.
Quizás si él tuviera una edad más cercana podría haberse interesado en ella. Sólo quizás.
—¿No tienes amigos? —le preguntó.
Ella hizo un mohín.
—Los tengo, pero en mi antigua escuela. Me aceptaron en esta por una beca al mudarnos. Y sigo sosteniéndola. Después, iré a la universidad de mis hermanas. Estudiaré mucho para poder convertirme en editora y escritora. Me gustaría montar mi propia editorial.
Y sí, también solía irse por las ramas si le preguntabas algo. No era malo del todo. Ella llenaba los silencios que él dejaba.
Iba a cumplir diecisiete años en tres meses, según su ficha. Su corazón no había experimentado el romance adolescente. El primer amor de su edad.
—Búscate un hombre de tu edad, Matsuri —le recomendó.
Ella detuvo los palillos que había llevado a su boca. Pudo notar que el dolor se figuraba en sus ojos y que la comida resbalaba de su boca a su plato.
—¡Matsuri! —regañó Hinata sorprendida por su comportamiento.
Ella parpadeó y miró a su hermana, luego la comida.
—Ah, perdón —se disculpó—. ¿Saben qué? Creo que iré a estudiar un poco más. Me perdí una clase y tengo que recuperarla.
Se levantó silenciosamente, dejando la comida apartada. Luego, se marchó corriendo. Sasuke, a su lado, le dirigió una simple mirada que quería decir mucho más que sus palabras:
—Y luego dicen que el borde soy yo.
—Cállate.
Sasuke se encogió de hombros y se concentró en la película. Gaara no sabía ni de qué iba. Tampoco lo supo ni cuando terminó. No pudo concentrarse en nada de ello.
Podía parecer sencillo, pero realmente, romperle el corazón a alguien era algo que también te dañaba.
Kakashi esperó a que el director se sentara frente a la mesa, impaciente. Llegaba tarde a una cena y Rin no estaba de buen humor. Ella odiaba llegar tarde a los sitios. Aunque a él generalmente no era algo que le molestase, le gustaba hacerlo más para chinchar a las personas con las que había quedado que no por obligación.
Sin embargo, ese desvío era importante. Antes de salir de su casa recibió una llamada de la universidad. Aunque no le dijeron nada claro, le aseguraron que era algo de vital importancia. Cuando le preguntó a Ino y Sakura, ambas negaron, asegurando que no habían hecho nada.
—Deje que le agradezca primero que nada por el donativo tan gentil que tuvo hacia nosotros —comenzó el hombre. Llevaba el peluquín ligeramente torcido—. También, por ayudar a esos dos chicos a regresar a sus clases. La verdad es que ambos tienen muy buenas notas.
—Y aún así, no les importó expulsarlos sin darles ni una semana —recordó.
El hombre se aflojó la corbata, carraspeando.
—Sí, bueno… sepa comprender. Toneri era… muy persuasivo.
—Sí, claro —aceptó esbozando una tirante sonrisa—. Entonces. ¿Ocurre algo con alguna de mis hijas?
—En realidad no —negó el director—. Sus hijas son muy inteligentes y de buena conducta. Además, usted ha pagado los gastos que ha costado reparar el restaurante como disculpa por los problemas, pero…
—Vaya al grano —ordenó mirando el reloj—. Tengo una cena importante a la que acudir.
—Bien. —De nuevo, carraspeó vigorosamente y levantó uno de los historiales frente a él—. Usted declaro que iba a apadrinar a los tres chicos Uchiha. Sai, Naruto y Sasuke.
—Es correcto. ¿No han llegado los pagos por sus matrículas?
—Sí, sí, lo han hecho —reconoció el hombre con ojos entrecerrados—. El problema es que uno de ellos está incumpliendo las normas de la universidad.
Kakashi ladeó ligeramente la cabeza.
—¿Cómo que está incumpliendo las normas de la universidad?
—Sí —confirmó el hombre extendiendo el historial del chico en cuestión frente a él—. Una de las normas de esta institución se basa justo en la élite de las carreras que ofrecemos. De aquí salen profesores, doctores, arquitectos, artistas. Por ello, una de las reglas es que no se permiten trabajos. Especialmente, si eres becado.
Kakashi miró el nombre de fichero.
—Sasuke Uchiha.
—Sí. Sabemos que está trabajando en una cafetería tres tardes por semana y los fines de semana.
Kakashi asintió, cerró el historial y se cruzó de piernas masculinamente, recostándose contra la silla.
—¿Por qué existe una regla tan estúpida como esa para los becarios? —cuestionó. El hombre palideció.
—Como le he dicho, esta institución…
—Es absurdamente egoísta —continuó ignorando su interrupción—, pensar que una persona becada tiene dinero suficiente como para poder pagarse los estudios, comida y el transporte. Algo que no es gratis ni financiado. Pese a las grandes donaciones que han recibido, he de decir.
—Pero… usted ha de comprender que yo no pongo las normas y…
—A su vez, está usted diciéndome que he de negarle experiencia a mi apadrinado.
—No es lo que…
—Sasuke Uchiha está trabajando para mí —interrumpió—. Yo pago su matrícula y doy una valiosa donación. Además, tengo dos hijas estudiando aquí. Creo que la universidad recibe suficiente dinero de mi cuenta como para vetar a ese joven de tener un sustento. Si le molesta que esté trabajando como empleado en una cafetería, cuyo honor en ello no debería de verse insultado, entonces, volveré a colocarlo como mi secretario personal. ¿Hay algún problema?
—Eh... yo… bueno, preguntaré en la corte si no le molesta.
Kakashi señaló el teléfono con ambas manos y sonrió, guiñando sus ojos a la par.
—Adelante. Dígales que Sasuke Uchiha, el niño becado, que en realidad ya no lo es, ya que yo estoy pagando su carrera y la de sus hermanos, está trabajando para mí.
El hombre tragó costosamente. Sudaba a mares. Presionó el botón automático de llamada y esperó a que alguien respondiera al otro lado. Quien fuera, no parecía estar de buen humor y hasta Kakashi escuchó los insultos que ocurrieron después cuando le explicó lo que ocurría y citó las mismas palabras que Hatake acababa de decir.
Cuando colgó, ya se secaba el sudor con la corbata y el peluquín resbalaba por completo por su nuca.
—Han dicho que… si está bajo su mando y trabajando con usted, debe de mostrar un contrato fijo, pero… es aceptable.
Kakashi suspiró aliviado y se puso en pie.
—Me parece perfecto. Ahora, si me disculpa, tengo una esposa cabreada y una cena que atender. Que tenga buena noche.
Salió, silbando. Rin le dio un codazo nada más cerrar la puerta al salir del despacho, aunque su boca estaba extendida en una mueca de diversión.
—Eres cruel cuando quieres —le susurró mientras bajaban las escaleras.
—Sólo me irrita ese tipo de comportamiento —descartó. Se encogió de hombros y después le extendió su mano—. Me habría gustado mucho poder asistir a la universidad. Sin embargo, no pude hacerlo porque Izumi ya estaba en camino y sólo pensaba en trabajar. Me habría venido de perlas una beca en la que pudiera trabajar también. No la hubo y tampoco nadie me apoyó.
—Haz lo que te gustaría que te hicieran —citó.
Él esbozó una sonrisa antes de besarla.
—Exactamente. Me imaginaba que esos chicos debían de hacer trabajos para poder mantener algo de dinero para ellos, pero Sasuke encontró un buen lugar por un mísero sueldo. Ahora, a ver cómo le convenzo para que trabaje para mí en lugar de donde lo hacía.
—Seguro que serás convincente.
—Eso espero. Pensaba que Itachi me respondería hoy —confesó suspirando a la par que subían en la parte trasera del coche—. No me ha dicho nada. Y los chicos estaban divirtiéndose tanto que no se me ocurrió preguntar.
—La verdad es que, por la forma en que miraba Sasuke la comida cuando nos hemos ido, demuestra muchas de sus carencias.
—Lo sé, Rin, lo sé.
Guardaron silencio hasta el restaurante. Nada más llegar e informar de su presencia, los dirigieron a una de las mesas apartadas, donde ya una pareja les esperaba.
—Asuma —saludó estrechándole la mano. Después, se inclinó respetuosamente hacia su esposa—. Kurenai.
La mujer le sonrió y se disculpó por no levantarse. Ni Kakashi ni Rin le dieron importancia, al fin y al cabo, el embarazo era lo suficiente pronunciado como para comprender que no era agradable levantarse con tanto peso.
—Sentimos el retraso —se disculpó.
—De ti siempre espero que llegues tarde —objetó Asuma sentándose frente a él—. ¿Qué ha sido esta vez?
—Un incompetente incapaz de empatizar —respondió Rin por él.
Asuma se echó a reír.
—Definitivamente, una de las mejores excusas que he escuchado de toda la vida.
Luego, se inclinó más hacia ellos.
—¿De verdad puedo comer todo el marisco que me dé la gana?
—¡Asuma! —exclamó Kurenai enrojeciendo.
Kakashi se encogió de hombros.
—Hasta que te salga por las orejas —animó. Luego, se inclinó para apoyar la barbilla en sus manos y los codos en la mesa—. Te debo la vida de mi hija. Una mariscada es lo menos que puedo pagar.
—Sólo hacia mi trabajo. Ayudar al necesitado y capturar sanguijuelas es mi afición.
—Y exponerte al peligro —recalcó Kurenai—. Cualquier día siento que podría morir de servicio y que me entregarán su uniforme y unas palmadas en la espalda como recompensa.
—Te comprendo —reconoció Rin mirándole de reojo—. Por suerte, ya no se ve obligado a hacer esa clase de cosas.
Kakashi pestañeó inocentemente y Asuma escondió una risita condescendiente bajo la servilleta. Si ambas mujeres le hubieran visto el día que visitó a Toneri habrían dudado de si realmente su experiencia militar había quedado mitigada en un simple recuerdo.
Para él no podía serlo, por supuesto. Fue gracias a ello que consiguió alimentar a sus hijas. Lo que logró en parte que no se las arrebataran nunca.
Concentrándose en temas triviales, los cuatro avanzaron en una cena que prometía ser tranquila hasta que el teléfono de Asuma interrumpió la conversación. Mientras que Kurenai ponía los ojos en blanco, hastiada, Asuma respondía la llamada fuera. Por la mirada que le dio, Kakashi sabía que era algo de suma importancia y en referencia a él.
Se levantó tras besar a Rin en la coronilla, escuchando un "¡Hombres!" antes de salir.
No se había cerrado la puerta a su espalda cuando Asuma ya colgaba. Le estudió con la mirada fijamente.
—Si no fuera porque te conozco de hace años, no me dolería tanto hacer esta pregunta ahora mismo, Kakashi.
—Dispara.
Asuma cuadró su postura.
—¿Has pagado a alguien para que asesine a Ōtsutsuki?
Kakashi se quedó completamente a cuadros.
—¿Qué?
—Han hallado su cadáver esta tarde a la hora de salir a cenar. Lo han estrangulado hasta la muerte y clavado uno de los cepillos de dientes en el corazón. Como diste aviso de que te anunciáramos cualquier cambio en él, te lo cuento. Sin embargo, espero que me respondas con sinceridad.
—No —negó con seguridad metiendo las manos en los bolsillos del pantalón—. Esta mañana he estado allí con mi hija. En todo momento me he mantenido bajo la cámara de seguridad de forma que ni ella ni yo fuéramos sospechosos. Y no he pagado a nadie para que lo haga. Quería que se pudriera en la cárcel, no que muriera tan rápido.
Asuma lo estudió con la mirada un momento. Kakashi comprendía que ese era su trabajo y que debía de dudar.
—¿Tienes idea de quién podría?
—Sólo se me ocurren los Hyûga —respondió encogiéndose de hombros—. Hinata es heredera de parte de su dinero, así que no les queda otra que proteger lo que ocurra con ella. Por eso quitaron la prensa de en medio durante el juicio.
—¡Maldita sea! —protestó Asuma—. Eso nos dará muchos dolores de cabeza. Los Hyûga son un viejo clan muy conservador y complicado de investigar.
—De todas formas, no se lo digas a Hinata —recomendó—. Nuestras suposiciones, me refiero. Prefiero que se entere por la prensa de lo ocurrido. Si sabe que los Hyûga están detrás y que puede que lo hayan matado por ella…
—Es una niña muy dulce y delicada.
—Sí —afirmó—. Se ha prometido a sí misma cambiar, así que esto podría destrozar la fortaleza que estaba consiguiendo de alguna forma. Prefiero dejarla todo lo que se pueda alejada de ello.
—Controlar la prensa para nosotros será difícil —le advirtió—. Y a veces, son mejores detectives que nosotros.
—Lo sé, no te preocupes —descartó—. Igualmente, gracias, Asuma.
—No me lo agradezcas. Tú me salvaste la vida hace tiempo. Sólo tenía que devolvértela. Ahora, encima, voy a llenarme el buche con langosta.
Kakashi sonrió, pero antes de entrar ambos hombres, las puertas se abrieron para mostrar una Rin alterada.
—¡Está de parto!
Ambos se miraron.
—¡Maldita sea, Asuma! —gritó Rin—. Entra. Ya. Y tú —añadió señalándole—. Usa tus poderes de ricachón para traer una ambulancia. ¡Ya!
A Kakashi casi se le cayó el teléfono, tartamudeó y tropezó al entrar.
Pareciera mentira que tuviera la experiencia de seis partos.
Izumi saltó de la moto nada más detenerla y caminó a grandes pasos hasta que enterró los pies en la arena. Después, echó la cabeza hacia atrás, con el cabello suelto ondeando al aire y se echó a reír.
Debía de reconocer que esa chispa alegre formaba parte de su plan inicial, pero lo triste de todo es que le gustaba demasiado.
Ya conocía a la Izumi borracha y le estaba encantado la achispada (2).
Realmente había dicho en broma lo de qué ropa llevar, pero fue sumamente agradable ver que se había tomado en serio su petición. Debía de reconocer que, si no hubiera estado sobre la moto, bien podría haberse debatido el hecho de ir a su casa en vez de ir a cenar.
Se había gastado parte de sus pocos ahorros para arreglar una de las piezas de la moto de segunda mano, pero había valido cada condenado yen. No fue una cena muy diversa, ni en un restaurante de lujo. A Izumi no parecía haberle importado eso, pero cuando llegó la hora de pedir algo de postre, se negó para detenerse en otra tienda donde vendían dango. Lo llevaba en una cajita bien resguardado.
El trayecto de la cita lo había ideado poco a poco, improvisando. Necesitaba lugares donde pudieran estar a solas y no costaran un riñón. Izumi no pidió nada de más de lo que sabía que él podría ofrecerle y tampoco lo insultó ofreciéndose a pagar ella los gastos de un sitio que, claramente, le pondrían incómodo.
La playa fue una de sus preferencias. No estaba lejos de la ciudad y en moto, se llegaba en nada. A esa hora, los jóvenes playeros decidían reunirse mejor en zonas de discotecas que darse un buen baño. Era un lugar tranquilo al que le gustaba acudir en sus días de estrés.
Avanzó para seguirla, deteniéndose a su lado. Mantenía las manos en los bolsillos y observaba la oscuridad del mar. Muchas personas le habían dicho que el mar de noche le daban miedo. A él no. Le encantaba de alguna forma.
—Me gusta.
Se volvió para mirarla. Izumi se acercó más a él.
—El mar. De noche. Puede dar miedo, pero me gusta. Es una especie de contradicción extraña. Es como al que le gusta que haya tormenta, pero a la vez le da miedo (3).
—Y a mí —reconoció.
—¡Ah! —exclamó repentinamente.
Él dio un paso hacia atrás, confuso.
—¿Has pisado algo?
—No, no —negó y echó a correr hacia la moto. Regresó poco después con la bandeja de dangos—. ¡Comamos!
Se sentó sin pensarlo dos veces en la arena, manteniendo a salvo la bandeja y le miró desde su altura. Con los ojos brillantes y la boca extendida en una infantil sonrisa. Pareciera mentira que fuera la misma mujer que era capaz de poner firme a otras seis. Incluso a sus hermanos si se lo proponía.
Se sentó a su lado y ella agradeció su obediencia dándole un toque suave con el hombro en el suyo. Y después, ofreciéndole una de las varillas con Dango. Itachi se lamió los labios y su mano casi tembló.
Era uno de sus postres favoritos. Los había comido una vez cuando era pequeño a escondidas de sus hermanos. Luego se sintió culpable durante días de haberlo hecho.
—¡Están deliciosos! —exclamó ella frotándose las mejillas—. Hacía años que no comía de estos.
—Pareces una niña —bromeó.
Ella le sacó la lengua y prosiguió comiendo. Era interesante verla hacerlo. Con pequeñas mordidas y lamiéndose los dedos después.
Si quería excitarlo iba por buen camino. ¿Cómo podía esa condenada mujer no darse cuenta de que sus actos le afectaban de una forma muy intensa?
Izumi alcanzó un trozo de dango con los dedos y se lo acercó a los labios, ignorando sus pensamientos. Itachi entrecerró los ojos, esperando que retrocediera en algún tipo de juego infantil, pero se quedó quieta mientras la tomaba de la muñeca y abría su boca. El dulce resbaló entre sus dientes y su lengua por sus dedos. Cuando se apartó, ella estaba con la boca muy abierta en una muy tentadora situación.
Itachi soltó el palillo de sus propios dangos, pero no su muñeca, se inclinó sobre ella y buscó el roce de sus labios. Izumi suspiró, sin apartarse y ofreciéndose dócilmente. Tuvo que tener todo su mejor auto control para separarse. Izumi le acarició la mejilla y con el pulgar, los labios.
—Eres parco en palabras, pero directo en gestos.
—Eso parece de familia —respondió besándole la palma—. Sasuke es igual.
Ella torció el gesto.
—Creo que no le caigo muy bien que digamos. Me tolera por respeto, pero nada más.
—Sólo necesita tiempo.
Izumi asintió y miró a la lejanía del mar.
—A veces siento que eso es justo lo que no tengo. Contigo.
—¿Por qué?
—Porque muchas veces parece que te alejas de mí. Eres como un gato. Te acercas cuando lo deseas, pero cuando puedo saber más de ti, te alejas. Cambias de la nada. De besarme y hacerme sentir que estoy con un volcán pasas a ser un iceberg.
—Tú también te cierras —le recordó.
—Lo sé. Hemos estado haciéndolo desde que nos conocimos. Somos iguales en ese tema.
No. Por supuesto que no lo eran. Él iba a romperla el mil pedazos por un motivo y ella no sería capaz de hacerlo con él.
—Pero eres el primer hombre que dejo que me toque después de… tantos años.
Itachi no pudo evitar sentirse sorprendido por sus palabras.
—Crees que actúo como una chica virgen, pero… bueno, en cierta forma sí lo soy —reconoció frunciendo el ceño—. Lo que quiero decir es que…
—Hubo un primero —atajó.
Ella asintió y se abrazó las piernas. Apoyó la mejilla contra su rodilla con la cara hacia él, pero sus ojos no le miraban.
—Duró cinco años de mi vida. Le conocí cuando tenía veinte. Era una cría —se burló—. No me aferré a él con vanas ideas de que me sacara de mi casa o de mi situación financiera. Para nada. Le conocí gracias a mi padre. Era militar.
Podía imaginárselo. Una historia trágica. El primer hombre que amas es un hombre con un destino militar a sus espaldas. Un romance que termina en tragedia con la muerte de él. Cliché, pero verídico.
—No, creo que sigue siéndolo —corrigió entrecerrando los ojos y descuartizando su cliché—. No importa. Ya no.
—Izumi…
—No, tranquilo —descartó—. Simplemente fue y sí, me marcó lo suficiente como para que decidiera no fijarme en otros hombres y me enfocara en ser más una madre que una hermana para las chicas. Y ellas… —Se miró de arriba abajo, echándose a reír—. Les encanta verme como una hermana. Siento que les quité muchas cosas que debí de hacer como hermana y no como la madre que no era. Incluso creo que provoqué que nuestras madrastras no tuvieran oportunidad con ellas por lo mismo. Me pregunto si con Rin está sucediendo…
No podía hablar por las demás madrastras, pero a Rin Hatake no se la veía mirar con odio ni resentimiento a ninguna de ellas. Así que dudaba que se sintiera de esa forma hacia ella.
—Y entonces, de repente —continuó mirándole. Incluso alargó su mano para presionar su índice contra su mejilla—, apareces tú. Justo al lado de mi casa. Me salvas el trasero. Me hablas como si fuera una idiota que no comprende nada de la vida.
—No lo hice.
—¡Oh, sí que lo hiciste! —aseguró entre risas.
Itachi chasqueó la lengua. En realidad, no creía haber tenido que alargar tanto la situación y no esperaba haber creado tantos recuerdos juntos.
—¿Hay más detrás de lo que me cuentas? —preguntó para disipar sus burlas y sus deseos de retractarse.
Izumi tornó a su gesto serio, cabeceando una afirmación.
—La hay. Pero no quiero hablar de ella. No hoy. Ahora.
Lo comprendía. Había momentos en los que uno no podía abrir su corazón. Suficiente era que le hubiera dejado entrever un resquicio de su pasado. Ahora comprendía muchas cosas de ella. Las que no entendía, las que le parecía que exageraba. Todo tenía un motivo. Mucho más noble que el suyo.
—¿Te arrepientes de haberme traído aquí esta noche? —preguntó ella repentinamente.
—No —respondió completamente seguro—. Quería traerte y lo he hecho. Y quería tener una cita con la mujer y la tengo.
—Sí, bueno, en cuanto a eso, lo siento —se disculpó levantando la mano y después, mostrando dos dedos—. Eso va en el mismo saco. Nunca voy a poder dejar de preocuparme por mis hermanas y me gusta saber que están bien. ¿Acaso a ti no te gusta saber que tus hermanos están bien?
Se rascó la barbilla, pensativo.
—Sé que lo están. Shikamaru es más capaz de lo que parece. Naruto y Sasuke se cuidan el uno al otro. Sai disfruta con los problemas ajenos y no le gusta inmiscuirse a menos que vaya a sacar algo provechoso.
Aunque por culpa del descuido de Shikamaru, Naruto trajo la señal de tráfico a casa. Naruto solía meterse en peleas que Sasuke terminaba acompañando. Y Sai y Gaara simplemente es que o se mostraban desinteresados o despertaban una vena maléfica que no sabía de dónde habían sacado para su disfrute propio.
Sin embargo, quizás por ser hombres era mucho más permisivo en ciertas cosas que Izumi, claramente, no. Pero ni siquiera su protección sirvió para evitar que Hinata terminara enamorándose de un tipo sin escrúpulos.
—Itachi —murmuró. Se movió sobre la arena hasta pegar su mejilla contra su hombro, acurrucándose para atrapar parte de su calor—. ¿Por qué dijiste que podía romperte? ¿A qué te refieres con eso?
¿Debería realmente de responderle? Bien. Él iba a romper algo muy delicado. ¿Por qué no entregar lo mismo?
Llevó su mano hasta su barbilla, levantando su rostro de forma que pudiera observarle atentamente.
—Porque tienes mi corazón en tus manos, Izumi. Todo él. Y bien puedes romperlo en mil pedazos, tirarlo a la basura o clavarle un cuchillo.
Disfrutó de sus mejillas enrojecerse. Cuando la empujó hacia atrás, buscando sus besos, eso fue lo que encontró.
Matsuri se había quedado dormida en algún punto de su escapada cuando sintió que la zarandeaban. Parpadeó para disipar el sueño, encontrándose con el rostro de Izumi y su ceño fruncido. Olía a mar y sin pensar en las consecuencias, se pegó contra ella para olisquearla, murmurando en sueños su regreso.
—¿Matsuri? —preguntó Izumi preocupada—. ¿Qué haces aquí fuera? Vas a pescar un resfriado.
—No conseguía dormir —farfulló—. Vine a leer y me dormí… me desperté enfadada, me puse a pensar de nuevo y volví a dormirme.
Izumi la movió un poco para cambiar de postura. Sintió otras manos diferentes, más fuertes y firmes. Le recordaron a su padre. Dejó que la sujetara y se abrazó a él con total confianza.
—Vaya, es como una niña grande.
Esa voz no encajaba con la de su padre y aún así, no se molestó en abrir los párpados.
—¿Qué hacemos? —preguntó Izumi preocupada—. Si entramos, despertaremos a las demás…
—En casa —respondió el hombre—. Podemos dejarla en el sofá. O que duerma con nosotros.
Matsuri no estaba segura de la respuesta que dio Izumi. Le gustaba en suave tambaleo del caminar.
—Itachi. ¿Seguro que puedes con ella? Ya no es una niña.
—Puedo contigo, puedo con ella —reflexionó él.
Matsuri sonrió divertida.
—Y se ríe, la muy… —protestó Izumi—. Ya hablaremos por la mañana, pequeño mono.
Eso le recordó su enfado.
—No soy un pequeño mono… no tengo por qué enamorarme de chicos de mi edad y… odio que no me mires como mujer.
Itachi se detuvo. No supo bien si por sus escandalosas palabras o para que Izumi tomara las llaves y abriera la puerta.
—Creo que esto va a tener que ver con Gaara —sopesó en voz baja Itachi. Su voz le llegaba directamente pese a eso. Con su cara en su cuello, era una sensación maravillosa—. Arriba.
La sostuvo mejor y empezaron a subir las escaleras. Izumi les seguía de cerca.
Atravesaron el umbral y, después, la depositaron con suavidad en la cama. Izumi se acostó poco después a su lado y la acurrucó contra ella. Otro peso ocupó el otro lado de la cama, pero Matsuri ya estaba lo suficientemente agotada como para preocuparse.
Era mejor soñar. En un mundo en el que era mayor. En que podía sostener la mano del hombre de sus sueños, besarse y sentir que la miraba de la misma forma que los otros miraban a sus hermanas.
Continuará…
(1): meterse con una persona en burla no dañina.
(2): Persona que no está del todo borracha pero que tiene acciones como si lo estuviera. Risa floja, alegría, entre otras cosas. Suele estar mucho más consciente de sus actos. Algunas personas entran en este estado de embriaguez con sólo un sorbo. Me han dicho que en otro país se le dice "bien poseído" "hasta las manitas".
(3): como a una servidora xD.
