Bueeno, tras tanto tardar, llegamos con un nuevo capítulo. Es cortito, pero se libera una trama que ya había y comienza otra más… Aunque eso no quiere decir que esté todo en claro para las parejas…


Advertencia: Lemon, smut.


Nunca te enamores de esas hermanas.

14

Noche de fiesta


Te entregaré lo más hondo de mi alma

Pero puede que no me quede junto a ti.


Rin observó la sala de té completamente llena de personas. Si su familia, porque eso es lo que eran, ocupaba siempre una gran mesa, tener a otras personas cuyo grupo familiar era igual al de sus hijas, abarcaba más espacio para ocupar.

Aún así no cambiaría esos momentos.

Su marido, Kakashi Hatake, la miró antes de comenzar a hablar. La situación había cambiado repentinamente esa noche y Kakashi parecía estar disfrutándolo de cierta manera.

Sostenía entre sus manos una carta que no le había dejado ver hasta ese momento y que prometía que la cosa sería más fácil.

—Papá —nombró Sakura mirando el reloj sin reprimir un bostezo—. Nos has hecho madrugar por algo. ¿No? No tengo clase hasta dentro de tres horas. Y pensaba dormirlas.

—Lo siento, pequeña —se disculpó él mirando al rostro adormecido de casi todos los presentes.

Rin tuvo que hacer su mejor esfuerzo por no reírse cuando Naruto se quedó dormido con la mandíbula apoyada en el hombro de Itachi, roncando hasta que este le dio un codazo, malhumorado.

—Iré al grano. Anoche recibí una carta importante. Un nuevo sendero a seguir —explicó—, a cuenta del tema de Hinata y su compromiso.

El sueño desapareció de diversos rostros. Las preguntas comenzaron a acumularse y Kakashi tuvo que hacer su mejor esfuerzo como adulto para controlarlos.

—Esperad que os lo explique y responderé a todas vuestras preguntas, por favor —rogó—. Si bien el acuerdo para que Hinata y Naruto sigan pareciendo que son novios debe de continuar, tenemos nuestra oportunidad de demostrarlo de una forma más clara en una fiesta.

—¿Una fiesta? —cuestionó Matsuri frotándose las legañas de los ojos. Kakashi había dudado en despertarla a ella, pero ambos sabían que tarde o temprano Temari se enteraría de todo—. ¿Una fiesta de compromiso?

—No, claro que no —descartó Hinata firme.

Rin notó que el gesto de Naruto se endurecía.

—¿Verdad? —cuestionó Hinata algo dudosa hacia su padre.

—No —respondió tranquilizador Kakashi mirándola a ella y a Itachi, quien repentinamente parecía haber comido algo en mal estado—. Se trata de una fiesta en los términos Hyûga.

—¿Quieres llevar a Hinata a la boda del lobo? —cuestionó Temari irritada.

—Sí, puedes decirlo así —confirmó ella cruzándose de brazos—. ¿Nunca has escuchado que uno de los mejores ataques es desde dentro?

—Sí —confirmó Temari con astucia—, y también que el porcentaje de error de esos ataques es mayor que el de huir.

—No quiero huir más —protestó Hinata con gesto agotado—. Sólo quiero poder hacer mi vida. Sanar. Quererme a mí misma. No estoy de acuerdo con tener que llevar a Naruto a este caos, pero si es el que permitirá que nos den libertad sin molestias y que después podamos seguir nuestras vidas libres de problemas, lo haré.

—Ya sabes que para mí no es ningún problema, Hinata —aseguró Naruto.

Rin la miró a ella y luego a él. Notaba la angustia de Hinata.

—Naruto. Si lo miras de otro punto de vista pareciera que ella está haciendo justo lo que no quiere que le hagan. Así que sé más cuidadoso con tus palabras, por favor —recomendó.

Hinata la miró sorprendida y Rin supo cuando iba a levantarse para abrazarla. Toda la habitación se quedó en silencio. Era realmente extraño que las niñas decidieran acercarse a ella. Entendía la situación perfectamente y nunca quiso forzar nada. Kakashi solía mostrarse inquieto de impaciencia pero ella había aprendido a ser paciente gracias a su trabajo.

Abrazarla maternalmente fue inexplicable. Había deseado tantas veces hacerlo que le dolía hasta el corazón. Había llegado a una conexión con Temari y que se abriera de nuevo con Hinata, era un logro.

—Lo siento —se disculpó Naruto apretando los puños sobre sus pantalones—. Es sólo que estoy dispuesto a hacer lo que sea porque ella no salga lastimada de esto.

—Y lo sabemos —intervino Itachi posando una mano en el hombre de su hermano—. Tranquilo.

—Vale —interrumpió Kakashi antes de que todo se convirtiera en un mar de lágrimas—. Dejadme que continue con esto.

Hinata asintió y tras darle las gracias en un susurro, regresó a su asiento, algo más aparta de Naruto, quien aquel acto pareció afectar.

—¿De quién es la carta? —cuestionó Izumi.

—Buena pregunta —dijo ella entre dientes, aún molesta porque Kakashi no se lo hubiera dicho—. A lo que llego es que es de una mujer.

—¡Papá! —exclamó Sakura poniéndose en pie.

—No es nada de lo que creéis. Seguro que Temari y Izumi la recuerdan. Al menos, de pasada. Kaguya.

—¡No! —gritó Izumi.

Notó que Itachi daba un respingo, observándola con detenimiento. Luego, se volvía hacia Kakashi.

—¿Quién es esa mujer?

—Una loca que ama los látigos y el sexo —respondió Izumi claramente enfadada.

—Interesante —puntualizó Izumi elevando las cejas.

—No es así —aseguró Kakashi mirándola—. Fue la madrina de bodas de la madre de Hinata y mía. Fue la única persona de ese clan que estaba de acuerdo con nosotros.

—Lo que quería era descubrir qué salía de una mezcla ajena al clan —expresó Izumi frotándose los brazos—. Jamás olvidaré como dijo que se alegraba de que Hinata no fuera un monstruo y que sus acciones no fueron erróneas. Si Hinata llega a nacer con algún problema físico, sigo pensado que esa mujer nos habría mandado a todo el clan Hyûga encima, papa. Si quiere hacer esto es porque saca algo a cambio.

—Desde luego —corroboró Kakashi tranquilo—. Sin embargo, esa mujer veló por nuestro bien durante años y no le pediría ayuda si no estuviera seguro de que será para bien de Hinata.

—Más vale que sea así —advirtió Izumi—. Esta vez no soy una niña. Si Hinata no está segura, arrasaré con todo lo que haga falta.

Rin no pudo evitar sonreír orgullosa, aunque Ino fue la que soltó una carcajada irónica.

—Sí, ya. ¿Tú contra un montón de guardaespaldas? Me gustaría ver eso. ¿Hemos terminado?

—No —negó Kakashi algo molesto por su tono de voz—. Para que Kaguya nos ayude, debemos de aceptar su plan.

—¿Y cuál es? —preguntó Shikamaru con clara cara de molestia por ser despertado tan temprano.

—Asistir a un baile.

El silencio fue general.

—Vaya, esperaba algo más de entusiasmo —susurró Kakashi mirando hacia ella—. ¿Los bailes no hacen felices a las chicas?

Rin bufó.

—Sólo si realmente es una fiesta.

—Y os recuerdo que la última fiesta casi mata a mi hermana —recordó Sakura con el gesto tirante. Continuaba, de cierta forma, culpándose por ello.

—Oye, míralo de este modo —dijo Temari tocando la silla con las manos—, seré la mejor bailarina.

—¡Temari! —regañó Izumi sin poder contener la risa.

—En realidad, cariño —dijo Kakashi acercándose a ella—. Sería mejor que tú esperaras aquí.

—Eso mismo iba a proponer —aceptó ella dándole una suave palmada en la mano—. Luego me dolerán los pies y será peor.

—¿Podemos desayunar? —cuestionó Ino—. Porque creo que sus neuronas no están funcionando bien y está bromeando más de lo normal en ella.

—Es sarcasmo, Ino, que es muy diferente —corrigió Temari—. Pero dado que estaré fue de esto, iré a preparar el desayuno. Matsuri, conmigo.

—¡Pero yo si quiero ir…!

—¿No quieres molestar a Gaara esa noche? —cuestionó Shikamaru poniéndose en pie para ayudar a Temari—. Podríamos cenar en casa y seguro que le da un patatús por ello.

—Oh, eso… Eso… es aceptable —accedió Matsuri siguiéndoles.

Esperaron a que saliera antes de que Kakashi continuara.

—Con los demás, cuento con que vayan.

—Olvídame.

—¿Perdona? —cuestionó Kakashi desviando la mirada hacia el rostro de Ino, quien se ponía en pie—. ¿No quieres ir a una fiesta? ¿Comprar vestidos y maquillaje?

Ino maldijo entre dientes.

—Hay cosas más importantes que pensar en eso. —Desvió la mirada hacia Itachi, enfadada—. ¿Es que vas a impedir que le vea?

Itachi frunció el ceño y cruzó los brazos frente al pecho.

—Él no ha querido venir —respondió.

A Ino se le llenaron los ojos de lágrimas y salió de la sala. Kakashi la miró en busca de respuestas, pero Rin no las tenía. Sakura, suspirando irritada, se levantó para perseguir a su hermana,

—Hablaré con ella.

—Por favor —suplicó su padre—. Os necesitaré esa noche.

Sakura aceptó y se marchó.

Kakashi entonces se volvió hacia los demás.

—¿Todo bien? —preguntó—. En cuanto a los trajes, chicos, no os preocupéis. Me encargaré de eso. Sasuke —nombró. El muchacho elevó una ceja—. Prepara una cita con el modista y encaja la agenda con todos para ir esta tarde a ello. Itachi, toma.

Le entregó unas llaves.

—Las que te di no eran todas. Ahí tienes las de la caja registradora. Estará a tu cargo como encargado. A los demás, muchas gracias por ofreceros a esto y, de nuevo, os debo un favor.

—No tiene que devolvernos nada —descartó Itachi levantándose—. Vámonos. Shikamaru.

—¿No vais a desayunar aquí? —cuestionó antes de que se marcharan.

Itachi pareció dudar.

—La verdad es que me muero de hambre —reconoció Naruto frotándose el estómago—. Y me da pereza hacer algo.

—No seas acomodado —aseveró Shikamaru—. Pero la verdad, Temari está haciendo para todos y me ha dado para que envíe a Sai y Gaara.

Itachi suspiró y se frotó la nuca, aceptando.

—Pero tendremos que irnos pronto. A ducharnos y a nuestras tareas —recordó hacia sus hermanos.

Asintieron y empezaron a salir en dirección a la cocina. Rin se acercó hasta Kakashi y le puso las manos alrededor de los hombros.

—¿Todo bien?

—Me preocupa un poco Ino. ¿Crees que haya pasado algo entre ella y Sai? Es raro que no quiera prepararse para ir de fiesta. A ella le encantan.

—Bueno, todas las parejas tienen sus momentos duros —sopesó—, pero confío en que Sakura será capaz de calmarla. Y puede que…

Calló al escuchar pasos y la voz de Ino. Vieron su figura detenida frente a la puerta de la cocina con el brazo estirado.

—¡Más vale que me dejes ver a tu hermano en la fiesta o tiraré tu casa abajo! —amenazó.

Luego, regresó escaleras arriba.

—Bueno, al menos quiere ir a la fiesta…

.

—No sé por qué tengo que ir con vosotras si igualmente no voy a ir a la fiesta.

Protestando, Matsuri se aferró del cuello de Hinata mientras intentaba mirar por la ventanilla hacia el enorme edificio que ocupaba una tienda de ropa elegante. Años atrás habría sido impensable que ellas visitaran ese lugar y, ahora, por recomendación de la misteriosa mujer que apoyaba a su padre y hermana, tenían que visitarlo.

Izumi tampoco estaba demasiado amable con el hecho. Parecía que todo lo que tuviera que ver con ella la enfadaba.

—¿Cómo es esa mujer? —preguntó algo temerosa.

—No quieras saberlo —terció Izumi—. Acabemos con esto cuanto antes.

Hinata le puso una mano en el hombro nada más bajar y caminar hacia la inmensa puerta de bordes dorados. Un lacayo abrió las puertas para ellas. Era tan ridículo cuando todas eran capaces de abrir sus propios picaportes.

—Ya te diré yo como es —prometió Hinata—. ¿Qué te parece si me ayudas a escoger algo bonito?

—¡Claro!

La tarde de compras resultó de los más amena. En realidad, llegó a agradecer no perdérsela. Sus hermanas estaban preciosas con diferentes vestidos. Elegantes todos ellos. Resaltaban su belleza y terminar por escoger fue más difícil de lo que pensó. Especialmente con Ino y Izumi. La primera alegaba que no encontraba su color perfecto. Luego el talle, los hombros… un sinfín de protestas que terminó cuando Sakura fingió tener el vestido perfecto y, como solían hacer en antaño según Izumi, lucharon por él. Sakura desde luego que perdió, obviamente.

Izumi sin embargo, no parecía estar contenta con nada. Todo lo encontraba fuera de sintonía para ella. Había dado el visto bueno en todos los vestidos de las demás, pero ahora estaba sacándoles fuego y humo por todos los costales.

—¡Es que siento que se me ve el culo! —expresó finalmente cuando Sakura y Ino decidieron que estaban lo suficientemente hartas como para gritarle—. ¡No entendéis lo que es eso con mi edad!

—No eres vieja —recalcó Sakura—. Te gusta creer que lo eres. Pero no es así.

—Es más, te aseguro que cuando Itachi te vea con ese vestido se le van a caer los pantalones —prometió Ino—. Aunque ahora mismo él no sea mi persona favorita.

—Ino… —Izumi intentó tocarla, pero Ino se apartó—. Entiendo que estés enfadada, pero no por qué. ¿Qué ha ocurrido?

Ino soltó una carcajada irónica.

—A ti te lo voy a contar. Ya bastante publicidad tiene mi vida sentimental, gracias.

—¡Ino!

—¡Es que es verdad! —protestó Ino mirando a Hinata cuando la regañó—. Sé que si Izumi se entera no sólo me reñirá, tomará decisiones por mí que no debe de tomar. Y bastante enfadada estoy con Itachi como para sentir esto mismo con mi hermana.

El gesto de dolor de Izumi apenas fue ocultado por un carraspeo de su parte.

—Ino, soy tu hermana y siempre voy a preocuparme por ti.

—Sakura también es mi hermana y también se preocupó por mí. Ella no me ha quitado ver a Sai ni pondría el mundo entre él y yo como harías tú. Y encima, estoy segura de que eso afectaría a tu relación con Itachi y no es algo que pueda permitirme. Así que no, perdona que no pueda verte como mi hermana en estos momentos y no pueda confiar en ti. Sin embargo, estoy harta de que siempre te veas como algo menor cuando eres hermosa y capaz. ¿Sabes qué? —exclamó levantando las manos, agotada—. ¡Haz lo que quieras! Estoy demasiado cansada contigo y Itachi.

Le dejó el vestido a Hinata sobre el brazo y salió. Sakura siseó entre dientes.

—Discúlpala, Izumi. No está bien —se disculpó.

—¿Por qué está tan enfadada con Itachi? —preguntó la susodicha—. ¿Itachi le ha hecho algo? Porque eso sí que me gustaría saberlo. Es más, necesito saberlo.

Se apartó un poco para sacar su móvil del bolso y presionar las teclas hasta que se lo llevó a la oreja. Caminó por un rato por la habitación y frustrada, lo volvió a tirar contra el bolso.

—No contesta.

—Izumi —nombró Sakura—. No sé de verdad si Itachi te lo contará, pero se ha entrometido en algo que era cosa de Sai y Ino. Puede que ambos fueran irresponsables, especialmente mi hermana, pero no quiere decir que él debiera de actuar. Sí, entiendo todo el rollo que los hermanos mayores queréis cuidar a los menores. ¡Por dios, yo no dejaría que a Matsuri le pasara nada! —aseguró mirándola. Ella le devolvió una sonrisa agradecida—, pero jamás me metería en algo que tuviera que ver con ella y su pareja. Ahí, sinceramente, Itachi se ha pasado.

—Por dios…—masculló Izumi pasando una mano por sus cabellos.

—Y encima, que hoy Sai no haya acudido cuando papá los llamó, la afecta. Ino necesita a Sai, aunque tampoco hace nada por ir a buscarle. O él por ir a buscarla.

—¿Qué ha sucedido entre ellos? —cuestionó Hinata—. Quizás podamos ayudar…

—Ya hice lo que había que hacer —contestó—. Ahora queda esperar. Y que sean ellos quien lo arreglen —enfatizó mirando a la mayor.

Izumi chasqueó la lengua, tiró del vestido para quitárselo y se lo colocó en las manos.

—Escoger el que creáis que me queda mejor —ordenó tomando su bolso tras vestirse—. Tengo que aclarar esto.

—¡Izumi! —exclamó Sakura—. Lo que vas a hacer es crear más caos. Si vas a preguntar a Itachi, podrías…

Pero Izumi ya no la escuchaba. Volvía a tener el móvil contra la oreja y detenía un taxi cuando la volvieron a ver.

Sakura rechinó los dientes enfadada.

—Entonces, va a llevar el vestido que menos piel oculta —aseveró cogiendo el que justo había puesto a Izumi histérica ante la idea de verse tanta carne.

—Te va a matar.

—Es culpa suya —respondió Sakura encogiéndose de hombros—. ¿Hinata?

—Yo no me meto —aseguró esta rodeándola los hombros con los brazos. Cuando levantó la mirada hacia su rostro, sonreía, cómplice.

A Hinata también le gustaba que Izumi se valorara más.

—Tú también eres preciosa, hermanita —aseguró.

Hinata sonrió sonrojándose.

—Bueno, pero yo no tengo a alguien a quien encandilar.

—Oh, no. A Naruto lo enamoras hasta sin un vestido de gala —exclamó Sakura caminando hacia la caja—. Espero que el pobre no sea de los precoces.

—¡Sakura! —exclamó Hinata atónita cubriéndole las orejas.

—Ay, puedes dejar de taparme las orejas. Por favor, ya sé perfectamente qué es eso. Hasta sé que hacen dos personas juntas —explicó—. ¿Qué creéis que aprendo en los libros?

Sakura se echó a reír y, Hinata, todavía escandalizada, la abrazó con fuerza.

—¡Nooo, no quiero que crezcas! Eres la que todavía puedo mangonear sin que proteste.

—No digas eso, Hinata —regañó Sakura sacando la tarjeta de crédito—. Que ella ya está enamorada y tiene futuro a la vista.

—¿Quién?

—Gaara —respondió Matsuri sin tapujos—. Es mayor que yo y el hermano de Temari, pero me gusta.

Hinata se llevó una mano a la frente.

—Madre de dios. ¿Se puede saber qué pasa con esta familia? ¿Es que soy la única sensata?

Ambas hermanas se quedaron en silencio mirando a Hinata, quien infló los mofletes.

—¡Lo soy!

Ninguna se atrevió a llevarle la contraria. Porque si había algo que podía dar miedo, era una Hinata enfadada.

.

.

Cuando Izumi se detuvo frente al garaje pensó que eso no podía ser más perfecto para Itachi. Tenía todos los condenados cachivaches que necesitaría y que debían de hacerle feliz. Ya tenía varios mecánicos trabajando en motos más grandes que las que él tenía.

Los dos mecánicos cerca de la entrada detuvieron sus manos sobre las motos para mirar hacia ella y silbar. Izumi les ignoró y continuó buscando a su alrededor para ver si le encontraba, hasta que, de nuevo, un silbido llegó siendo interrumpido por un grito de protesta.

—Es la hija del jefe, idiota.

Se percató de que Itachi se alejaba de ellos con el ceño fruncido y un gesto más duro de lo que esperaba. Cuando llegó a su altura suspiró.

—¿Qué haces aquí, Izumi?

—Tenemos que hablar.

Itachi observó por un momento su rostro hasta ceder. Le indicó la garita con un gesto y tras asegurarse de que los hombres centraban su interés en las motos, la siguió, cerrando las persianas y puerta nada más entrar.

Izumi se apoyó contra la única mesa y dejó el bolso a un lado, cruzándose de brazos.

—¿Qué ha pasado con mi hermana?

Itachi soltó un taco.

—Sabía que sería por eso. En realidad, ha sido más temprano de lo que esperaba. Pensé que aguantarías hasta la fiesta.

Ella arrugó la nariz.

—¿Cómo quieres que aguante con mi hermana subiéndose por las paredes y gritando a los vientos que está furiosa contigo? —Él no contestó—. Itachi…

Finalmente, se acercó hasta su altura y le tomó las manos, soltándoselas después al mirarse los dedos.

—Perdona, las tengo llenas de grasa.

—Eso nunca me molestará —aseguró atrapándolas ella—. Lo que me importa y puede llegar a molestar es que el hombre al que me siento apegada lo suficiente como para decirle que le quiero y mi hermana, a la que quiero con locura, no se lleven bien y sea por algo que no estoy comprendiendo.

—No he abusado de ella —juró.

Izumi elevó las cejas, desconcertada.

—¿Por qué iba a creer eso? —exclamó—. Además, si hubiera sido eso, Ino no es de las que se callan.

—Sólo quería aclararlo porque… mierda, aunque me joda, no puedo contarte por qué me odia. Pero te aseguro que el hecho de que ella crea que yo no he permitido a Sai presentarse hoy en vuestra casa es mentira. Le desperté para que bajara y ni siquiera contestó. No quería venir.

—¿Es que se han peleado?

La boca del Uchiha se tensó, como si hiciera un gran esfuerzo por contener la respuesta que estuvo a punto de escaparse de sus labios.

—¿Y si te prometo no enfadarme? —cuestionó inclinándose para acariciar con su nariz el mentón masculino.

Él entrecerró los ojos.

—No uses los encantos de mujer conmigo, Izumi.

—¿No funcionan?

—El problema es que podrían funcionar —contestó bajando su cabeza para besarla. Ella se lo permitió—. No puedo creer esa promesa porque yo me enfurecí. Probablemente porque no tenemos el mismo pensamiento y, reconozco, que fui duro con ella por tal de proteger a mi hermano.

—¿Regañaste a mi hermana? —cuestionó apartándose un poco para poder mirarle.

Él tardó en aceptar.

—¿Qué hizo? —inquirió. Cuando él no contestó, levantó las manos hasta sus hombros para evitar así que huyera—. Mira, eres tan hermano mayor como yo y después de ver lo bien que están tus hermanos, dudo que regañaras a Ino sin motivo. No me lo creo. Así que dime por qué fue.

Los labios masculinos se curvaron un poco.

—¿Sabes que el tonito de hermana mayor no funciona en mí?

—¡Itachi! —protestó frustrada—. Aprecio la solemnidad que sientes por mi hermana, pero si esto va a crear un caos…

—Sólo necesita hablar con mi hermano y se calmara. Te lo prometo. Y después, si ella quiere contártelo, escúchala.

Izumi negó bajando la mirada.

—Ino es incapaz de confiar en mí. Pensé que habíamos superado esa etapa, pero esto está provocando que de nuevo se haya cerrado esa puerta. Cree que me enfadaré y que me pondré en plan madre.

—Es justo lo que yo hice en ese momento —reconoció tenso—. La llevé al límite, lo reconozco. También tenía razón, he de decir. Me inmiscuí en algo que no debía y lo hice por terror. Porque mi hermano fuera destruido.

Izumi entrecerró los ojos.

—¿Qué podría llevar a que eso pasa…? NO.

—¿Qué?

Itachi retrocedió al no comprender. Se detuvo para señalarle.

—Tú, enfadado. Ino, enfadada. Sai, reprimido sin dar la cara. ¡Y Sakura de por medio! ¡Es como aquella vez!

—¿Qué vez?

Izumi suspiró abrazándose.

—Cuando éramos niñas y teníamos carencias, mis hermanas se metieron en una pelea. Todo lo comenzó Ino porque se burlaron de Sakura. Le cortó el cabello a una chica. Al hacerlo, se cortó también ella, necesitando puntos. Sakura, que ya por entonces estaba interesada en cosas médicas, trepó a la encimera para coger el botiquín y colocó una tirita sobre el corte.

Podía imaginarlas, rechonchas y creando esa clase de travesuras.

—Al volver a poner el botiquín en su sitio, Sakura, que debido a la falta de comida no estaba en condiciones, perdió el equilibrio de la silla. Si hubiera pesado algo más no se habría caído. Se rompió el brazo. La llevamos de urgencia y no nos dimos cuenta de Ino hasta que empezó a hinchársele y la doctora, que era amiga de mi padre, se percató. Por suerte no perdió el dedo.

—Vaya par de traviesas…

—Sí. Pero el problema no era ese —indicó—, el punto es que siempre que Ino hace algo de ese tipo grave, Sakura es quien le salva el culo. Y ya tengo las pistas suficientes como para darme cuenta de que ha sido de nuevo un dedo cortado, no literalmente, claro.

Clavó la mirada en él, ceñuda.

—¿Se han acostado?

Itachi dio un respingo.

—¿Disculpa?

—He pensando en algo que te pondría furioso y me he acordado de las veces que nosotros… bueno… —Notó que se ruborizaba—, eso. Pues tú siempre has sido muy respetuoso con ello y estoy segura de que has inculcado eso mismo en tus hermanos. Algo que provocaría que fueras duro con mi hermana de esa forma y que significara entrometerte en la pareja, tiene que estar relacionado con eso. ¿O me estoy equivocando?

Itachi puso esa cara de perplejidad que los hombres solían poner cuando descubrían que una mujer era más inteligente que ellos, o que pensaban que eran. Izumi no se lo tuvo muy en cuenta.

—Ellos se acostaron y no se cuidaron. Sakura está inmiscuida porque tiene acceso o más facilidad de pensar, en un método anticonceptivo. ¡La pastilla! —exclamó al caer en la cuenta—. ¡Madre mía!

Alargó la mano para coger el bolso, dispuesta a marcharse cuando él la retuvo.

—Quieta ahí.

Ella intentó soltarse.

—Tengo que ir a hablar con ella. Me va a oír.

—¿Y te va a escuchar como hermana y amiga, o como madre y hermana?

A Izumi se le detuvo el aliento. Notó que su cuerpo se aflojaba y las lágrimas subían a sus ojos.

—Eso mismo dijo ella antes —recordó bajando la mirada—. ¡Dios, pero qué estoy haciendo!

Itachi suspiró y la asió de los codos hasta acercarla a él. La abrazó con cautela y procuró que dejara el bolso.

—Izumi, de nuevo estabas pensando más en como madre que hermana. Eso justo fue lo que me pasó a mí y le dije cosas muy duras por proteger a mi hermano. No me siento orgulloso de desfogar mis miedos con ella, te lo aseguro, pero lo hice. Si ahora tu vas y le das la charla equivocada, esa puerta va a cerrarse con candados y vas a ser incapaz de abrirla en un futuro.

—Lo sé, lo sé y me aterra —confesó cubriéndose el rostro con ambas manos para sollozar—. ¿Qué hago Itachi?

—Ser la hermana. Eso tienes que hacer. Yo…

Se apartó de ella y se acomodó contra la mesa esa vez, justo donde antes estuvo Izumi. Su gesto era de dolor.

—No he sido el hermano que debí con Sai. Casi lo mato ante la idea de que hubiera dejado a tu hermana embarazada. Izumi, somos pobres, no seríamos capaces de sacar adelante a nuestros hijos. Que mi hermano llevara a tu hermana por esa calle me… aterró.

Izumi se acercó a él, tocándole la mejilla.

—En ese caso, mi padre no dejaría que…

—Estas cosas no debería de solucionarlas un padre con dinero. Y sé que es hipócrita que lo diga cuando por él tengo mi trabajo. O Sasuke y Naruto tienen su beca…

Izumi comprendía cuánto todo eso estaba pateando el orgullo de Itachi, lo doloroso que era para él aceptar las limosnas cuando lo había intentado por su cuenta.

—Hace años estuve en la misma situación —recordó—. Veía a mi padre volver derrotado a casa, con los nudillos sangrando o los pies rojos como si los tuviera quemados. Recuerdo cuántas veces lloró al ver que no engordábamos o cómo mirábamos los juguetes de los demás niños en la calle. Hay mucho dolor tras las privaciones, y aceptamos cuanto más podemos obtener, pero el orgullo puede ser un problema. En este caso, una de las partes tiene capacidad para criar a su hijo. No lo veas tan mal. Mi padre abrió cuentas para cada una. ¿Sabes?

—No lo sabía. No me interesan tus cuentas, Izumi.

Ella sonrió.

—Lo sé, pero te lo digo para que no creas que hubieran estado dependiendo sólo de mi padre. Mi padre le da como una paga por arreglar y mantener el jardín. A todas en realidad. Nos da mucho, sí, lo reconozco, pero es su forma de querer arreglar las carencias que tuvimos entonces.

—Entonces, fui un imbécil.

—No, fuiste un hermano preocupado y una persona que tiene miedo, como cualquier otra. Eso, lo respeto en ti, Itachi. Mucho.

Notó la mueca de dolor de su rostro antes de besarla. Izumi se abrazó con fuerza a él, correspondiendo y como siempre pasaba, su cabeza alejaba las preocupaciones y su cuerpo se enfocaba al completo en él.

Cuando las manos masculinas bajaron por su columna hasta atrapar sus nalgas, se estremeció como un condenado flan de nuevo.

Hasta que dos golpes rompieron el momento.

—Ey, jefe, tenemos visita importante.

Itachi gruñó entre dientes. Le costó separarse de ella.

—El trabajo me llama —dijo irónico—. Antes me llamaste. ¿Verdad?

—Sí, pero como no lo cogías, pensé en venir. Ahora sé la verdad, así que…

—Está bien —accedió tomándose un momento, revisando que sus ingles no dejaran ver algo inadecuado que casi provocó que ella se riera, amortiguándolo con sus dedos.

—Da gracias que esto no es mío o que sea un buen lugar —soltó irritado al notar su gesto—. Y esta tarde tenemos sastre —rememoró.

—Oh, Dios. He dejado a Sakura escogiendo mi vestido —recordó muerta de pánico—. ¡Esa mocosa va a liármela!

—Y yo estaré agradecida con ella, seguro —aseguró—. Nos vemos esta noche entonces.

—Sí. Imagino que una fiesta no es lo que esperas.

—No, pero hay algo que hará que valga la espera.

La tomó del talle una vez más y la besó. Irritado al recordar que le esperaban, abandonó sus labios y tras asegurarse de que ambos estaban respetables, abrió la puerta. Izumi regresó sobre sus pasos para tomar su bolso, hasta que escuchó la voz.

Todo su cuerpo tembló. Sintió la bilis subir por su garganta.

Mientras Itachi intercambiaba palabras, ajeno, a que la persona que estaba frente a él interesado en una moto, era el hombre que la había destrozado.

Se quedó como un pájaro enjaulado, apretando el bolso contra sus costillas mientras sentía que el corazón estaba a punto de escapársele por la boca. Itachi se volvió hacia ella ofreciéndole entrar, quedándose quieto al verla.

El hombre se asomó, curioso, hasta que la vio. Supo quién era al instante. Su gesto se endureció y sus ojos se entrecerraron. Su voz, sin embargo, sonó calmada y lejana.

—Vaya por dios. Izumi Hatake.

—Kabuto…

Itachi los miró alternadamente, sin comprender qué ocurría. Aunque sus ojos no dejaban de demostrar la inteligencia de sopesar lo sucedido.

—¿Se conocen?

Kabuto irguió la espalda, colocando su acostumbrada pose militar. Izumi estaba cada vez más tentada a vomitar a sus pies. Luchaba contra los deseos de llorar.

—Nos conocemos, sí —respondió él finalmente—. Cuando encontré este taller no esperaba que el apellido que regenta fuera el de ella, he de admitir.

—¿De qué se conocen?

Kabuto suspiró.

—Amigos en común —dijo entre dientes.

Izumi exhaló el aliento que había estado soportando, con más irritación de la que esperaba.

—¿Así es como le llaman en tu mundo? ¿Amigos en común?

El miedo dejó paso a la furia. Caminó hasta su altura, dispuesta a golpearle con el bolso, pero se detuvo al notar que Itachi estaba ahí. Kabuto la miraba fríamente, lejano.

—Eres un cabrón.

Pasó de largo de ambos hombres y subió al primer taxi que encontró.

El mundo parecía caérsele encima.

.

.

Sai se detuvo de nuevo frente a la pintura. Le gustaban e inquietaban los trazos una vez más. Cuando vino con Ino apenas tuvo tiempo de observarla gracias al sujeto que los interrumpió. Ino estaba encantada con él y por conseguir que Sai lograra un pase.

A Sai le carcomía más lo que dijo aquel hombre. Por eso, esperó poder encontrárselo de nuevo. Por desgracia, no estaba. Y ya llevaba varias horas esperando.

Cuando estaba a punto de darse por vencido, lo vio entrar.

—Ah, eres tú. El chico que iba con Ino.

—Sí —indicó ignorando el hecho de que recordara más a Ino que a él. Aunque era natural.

—Te han dado una paliza o algo, ¿no?

Se tocó el cuello con cautela. Tenía marcas del forcejeo con Itachi.

—No. En mi casa mis hermanos son algo brutos y terminamos siempre con marcas tras los juegos.

No iba a contarle su historia.

Porque era algo que le daba miedo. Todavía el hecho de pensar qué podría haber pasado. O qué podría pasar en realidad. No había visto a Ino desde entonces y sentía que ella debía de odiarle por sus actos y por ser un cobarde que se moría por verla pero un imbécil para ir.

Por eso no fue a su casa cuando Itachi les despertó avisando que Hatake quería verles. Porque no sabía qué cara poner frente a ella.

—¿Has vuelto para ver qué tal van tus obras?

—Sí y a la vez hablar contigo.

—Claro —aceptó Amane cruzándose de brazos—. Aunque te advierto que si quieres que convenza al jurado de algo…

—Jamás haría algo así —aseguró—. Estoy más intrigado en las palabras de Ino. Dijo que habías usado tecnicismos con ellas.

—Ah, eso —recordó esbozando una sonrisa nerviosa—. Entre nosotros, me inventé la gran mayoría por si funcionaba y ella caía en mis brazos.

Sintió cierta desazón en el pecho. Un malestar que estuvo a punto de acompañar con un puñetazo. Para evitarlo, metió su mano dentro del bolsillo.

—Igualmente, sí que me atrajeron tus pinturas. Creo que te lo comenté y si no es así, lo hago ahora. Tu trazo se parece mucho al que usaban en mi familia. Te hablé de mis padres, pero no era sólo ella. Mi tía también. Aunque no la conocí muy bien. Según me dijo mi padre, se echó un novio que la dejó embarazada y después se llevó al niño. Nunca hemos sabido dónde está ni quién es. Pensé que… podría gustarle el arte y tener el mismo estilo que ellas dos. Mi madre y su madre eran gemelas, por cierto.

—Ese hombre, el novio, no se apellidaría Uchiha —formuló angustiado. Un cosquilleo de advertencia nacía en su nuca.

Amane lo sospesó.

—Pues no te diría que no.

Tuvo que apoyarse en una pared cercana y soportar las arcadas.

—Ey, no tienes buen aspecto. ¿Es que le conoces?

—Podría ser —reconoció frotándose los labios con el dorso de la mano.

Amane miró a su alrededor y le dio un toque en el hombro.

—Dame tu número de teléfono. Le pediré a mi padre que revise si tiene alguna foto y te la enviaré.

—¿Tendría una foto? —cuestionó abrumado.

—Mi padre aún conserva todo lo que tenga que ver con ellas dos. Porque eran semejantes. Puede que tengas suerte. ¿Por qué no te tomas un descanso en la cafetería? Igual responde y todavía estás por aquí.

Asintió, convencido. Necesitaba algo para distraerse.

Ahora podía comprender a Gaara y la sensación de que tuvo cuando se enteró acerca de su madre. Y Gaara sólo era un niño por entonces. Los sentimientos le abrumaban y angustiaban por partes iguales.

El condenado de su padre parecía haber recorrido el mundo dejando el corazón roto de muchas mujeres.

—Has tenido suerte, chaval.

Miró el rostro de Amane con resentimiento.

—O no.

—Lo siento —se disculpó—. Es algo difícil de explicar.

Amane se encogió de hombros y le mostró una hoja.

—Lo bueno de trabajar en un sitio así es que tienes acceso a buenas computadoras. Ten.

La fotografía de un hombre y una mujer, cuyas caras permanecían pegadas. Sai la estudió con gesto frío. Él, que generalmente adoraba encontrar cualquier color y pensar en mil formas posibles para él, en ese momento el color oscuro le daba pavor.

—¿Puedo llevármela?

—Toda tuya —confirmó Amane—. Si puede ayudarte.

—Quizás lo haga.

Porque si no estaba equivocado, aquella podría ser su madre. Una mujer muerta, de la que había heredado la pasión por la pintura.

Su móvil vibró y tras disculparse y despedirse, descolgó.

—Itachi —nombró.

Su hermano tardó en hablar.

—Tenemos que ir a comprar los trajes para esta noche. Más te vale que esta vez no huyas porque ella te necesita.

Tragó, inquieto ante el recuerdo de Ino.

—¿No vas a interponerte?

—No. Conoces las reglas suficientemente bien. Si las rompes, ya será cosa tuya. Sabes lo que significa. ¿Quieres estar fuera?

Miró la fotografía con los dientes apretados.

—No. Pero con la huella no bastará para poder…

—No van a ir todas. Temari y la pequeña se quedan. Shikamaru se quedará con ellas dos y Gaara. Te necesito para controlar a Naruto. Además, ¿no quieres ver el vestido que va a llevar?

A veces no comprendía a su hermano, pero entendía que esa era su forma de disculparse. Sonrió y aunque no pudiera verle, asintió.

—Estará preciosa. Demasiado como dejarla ir sola.

—Pues ya sabes qué hacer.

Sí, y tanto que lo sabía.

Recordó la fotografía en sus manos.

—Oye, Itachi.

—¿Qué?

—Creo que he encontrado a mi madre.

Itachi guardó silencio desde el otro lado de la línea. Sai se apresuró a explicarle lo que había descubierto.

—Trae la fotografía. Te lo confirmaré.

Sai sintió que el cuerpo le cosquilleaba de impaciencia.

—La llevaré.

.

.

Naruto tiró de la chaqueta para encajarla en su cuerpo por no sabía que millonésima vez. Estaba inquieto mientras esperaba en las escaleras de la mansión. La tarde de buscar trajes no fue tan emocionante como espera. El edificio al que fueron resaltaba claramente las cosas que nunca podría permitirse y aunque trataron a Kakashi como un señor a sus hermanos y él les miraron como si fueran perros.

Eso no ayudó al malestar que percibía de sus hermanos.

Itachi estaba más mudo de lo normal. Sai le había querido hablar varias veces, pero no logró más que un "después". Sospechaba que su enfado residiera en lo ocurrido anteriormente, pero al parecer, lo que surcaba la mente del mayor era más otra cosa.

Sin embargo, a él le había repetido el mismo sermón setecientas veces.

Debía de comportarse, controlar sus impulsos y su forma de hablar. No avergonzar a Hinata ni a Kakashi y pensar antes de responder. Por suerte, la parte de no separarse de Hinata no debía de ser nada difícil. Tenía ganas de verla, como sabía que el resto también.

—Que os vaya bien —dijo Shikamaru dando palmadas de hombros a todos mientras se alejaba empujando la silla de Temari hacia su casa junto a Matsuri. Ambas mujeres habían aceptado acompañar a ambos varones en su hogar en lugar de en la mansión, especialmente, para comodidad de Gaara. De cierta forma, le gustaría ver por un agujerito la cara de Gaara al enterarse de que tanto su hermana, como la hermana de esta misma y que gustaba de él, estarían allí pasando el rato hasta que ellos regresaran.

No podía. Porque también se moría de ganas por ver a Hinata. ¿Qué clase de vestido llevaría? ¿Le gustaría su traje?

Empezaba a dar golpecitos con el pie cuando Kakashi apareció, bajando las escaleras junto a su esposa. Les miró en disculpa.

—Lo siento, hemos tenido problemas técnicos de vestimenta —expresó recibiendo un codazo por parte de su esposa.

—Izumi ha enloquecido cuando vio su vestido y hemos tardado horas en convencerla.

Naruto miró hacia Itachi con curiosidad. Este había fruncido el ceño y mirando con algo de ansiedad hacia la puerta. Finalmente, las voces de las mujeres se escuchaban. Especialmente, la de Izumi que juraba con matarlas después.

Sakura y Ino fueron las que aparecieron primero. Sai dio un paso hacia ellas y extendió su mano hacia la rubia mujer, quien pareció dudar por un momento, pero aceptó. Sakura dirigió una mirada hacia Sasuke, esperando, pero este desvió la mirada, como si la farola a su lado fuera más interesante.

—¿De verdad vas a hacer el imbécil? —le preguntó.

Con un gruñido, avanzó hacia ella y ofreció su brazo con desinterés. Aunque podía jurar que sus orejas estaban algo rojas.

Cuando Izumi apareció, Itachi no tardó nada en llegar hasta ella. Se detuvo al notar que ella dudaba y que él, la recorría con la mirada de arriba abajo, como si fuera capaz de comérsela ahí mismo.

—¡Al cuerno! —exclamó entonces ella empezando a bajar los escalones. Fue entonces cuando Naruto se percató de qué había retenido a la mujer.

Su espalda estaba completamente al aire y casi podía notarse su trasero. Si el vestido se moviera un poco más…

Su hermano se percató de ello algo más tarde y notó cómo sus hombros se tensaban. Incluso se puso detrás de ella para entrar en la limusina junto a los demás.

Definitivamente, iba a ser una noche difícil para Itachi.

Aunque él volvió a centrarse en la escalera, ansioso. Cuando finalmente apareció. Hinata les dio la espalda para cerrar la puerta de la casa y su vestido osciló a su alrededor, blanco, tan puro como parecía ella en ese momento.

Caminó sintiéndose como un robot hasta su altura y ella casi dio un grito al verle tan cerca.

—¿Tan feo estoy? —cuestionó.

Ella sonrió, avergonzada.

—No, es que… pensaba que esperarías abajo. Estás muy elegante.

—Y tú preciosa —se sinceró.

Hinata tardó un momento en apartar la mirada de él, carraspeando azorada.

—Chicos. Sólo faltáis vosotros. No es recomendable llegar muy tarde.

—Ya vamos —anunció ella. Se detuvo al ver que él le ofrecía su mano.

—Los formalismos por si acaso —dijo al notar sus dudas.

Entonces, ella sonrió y bajó junto a él. Sin embargo, en la limusina se sentó junto a su padre y Rin, dejándolo a él a un lado, con Itachi y Sasuke. Aún así, no fue capaz de quitarle la vista de encima.

No llevaba demasiado maquillaje y se recogió el cabello en un pequeño moño al lado de la cabeza cuyos mechones caían desiguales, sujetos con una especie de pasador de perlas.

Puede que su cabeza estuviera demasiado nublada con la idea, pero sí, definitivamente estaba hermosa.

—Dios, mirad eso.

Todos voltearon hacia la misma ventana que Ino señaló.

Si la mansión de los Hatake le parecía inmensa, al lado de esa se quedaba en pañales. Parecía sacada de una película de época, excepto por las decoraciones demasiado modernas.

A medida que circulaban por la carretera que bordeaba el hogar, la música inundaba el lugar y él sentía que se le formaba un nudo en la garganta. Aquello era demasiado lujo para ellos. Para sus manos ágiles. Dios, podrían robar algo y…

Sacudió la cabeza, intentando concentrarse en todo eso. Miró hacia Hinata, quien parecía más seria y nerviosa. Su padre le tomó la mano para tranquilizarla, pero cuando fue su turno en ayudarla a bajar, notó que tenía las manos heladas.

—Aférrate bien a mí —le dijo al oído—. No estás sola en esto.

Ella le miró con ojos asustados.

—Tengo más miedo por vosotros que por mí en realidad —confesó—. ¿Y si hacen algo que exponga a mi padre?

—¿Exponer a la vergüenza al hombre que recibió una llave? ¿Tú crees?

—No, pero… los Hyûga siempre hacen daño. Como sea.

Naruto miró hacia la estatua con el emblema del clan. Desde luego, eran una familia muy arraigada a las tradiciones y a las raíces.

—¿Te encuentras bien? —preguntó ella.

Él arrugó el gesto.

—Es… todo esto.

No podía saber si ella era capaz de entenderle. La aglomeración, la vanidad de todo el poder monetario. No eran cosas que fueran con él y era normal incomodarse. Incluso para el robo pensaba en que podría cubrir sus necesidades básicas y vivir en una casa lo suficientemente ancha como para dormir donde le diera la gana y poco más. Pagar facturas y darse algún que otro capricho de comida, no de objetos que no llenaría su estómago.

Aunque no sería un dinero honesto.

—Te entiendo —dijo Hinata sorprendiéndole—. Todo este lujo… Es demasiado. ¿Verdad? Ciega y te sientes inútil y pequeño, como si todos tus logros no fueran nada. Después de saber lo que es no tener nada, siento que esto me engulle.

No pudo ocultar lo atónito que se sentía.

—Justo eso. Justo.

Ella le sonrió amablemente y aferró mejor su brazo a él.

Entonces, las voces empezaron a codear el mismo nombre. Miraron en dirección al lugar y avanzaron hasta llegar a unas escaleras decoradas con alfombras y maceteros de oro.

Una mujer estaba en lo alto, ataviada con un vestido escotado y blanco que se pegaba a su cuerpo. Los zapatos rojos llamaban tanto la atención como su largo cabello y sus ojos parecidos a Hinata.

Era guapísima, debía de admitir.

Kakashi se adelantó a ellos y extendió su mano educadamente hacia ella. La mujer se mostró halagada y bajó, aferrándose al brazo masculino a la par que le susurraba algo al oído. Hatake sonrió y desvió su mano libre hacia los presentes,

—Mi familia —anunció.

Naruto debía de sentirse tan mierda como el resto de sus hermanos en ese momento. ¿Cómo iban a poder personarse después cuando Kakashi siempre los presentaba con tan buenas intenciones? Vale que eso fuera un condenado paripé para proteger a Hinata, pero dolía como una patada en los testículos.

Kaguya detuvo su mirada en Hinata y en él. Naruto notó como ella parecía volverse de piedra y volvió la mirada hacia ella, acariciando su brazo. Su piel era suave y delicada. Cuando miró hacia sus ojos en vez de a la mujer, pareció recordar que no estaba sola.

Le sonrió y ella asintió, decidida.

—Mi pequeña Hinata —saludó Kaguya extendiendo los brazos hasta que rodeó a Hinata con ellos. Era mucho más alta y delgada que Hinata, incluso su perfume era tan intenso que parte de él quedó impregnada en Hinata cuando se separaron—. Has crecido tanto desde la última vez que te vi.

—Y también está sana —recalcó Izumi con lengua viperina.

Kaguya la ignoró.

—Tienes nuestros ojos y eso implica que nuestro gen fue más fuerte que el de tu padre, cosa que beneficio a tus rasgos y sí, Izumi, a su salud.

La mayor de las hermanas Hatake siseó entre dientes. Era tan raro que se comportara de ese modo que hasta él estaba sorprendido.

—Y tú debes de ser Naruto.

Dio un respingo y enderezó la espalda.

—Así es, señora —confirmó inclinándose educadamente. Ella pareció halagada, pero se acercó para sujetarle el mentón con firmeza.

—Tienes unos rasgos increíbles. Eres guapo y te ves atlético. Nunca cuestionaré que seas más joven que ella, pues generalmente sois mejores amantes.

Naruto guiñó los ojos, confuso. Hinata a su lado se puso como los tomates y Kakashi carraspeó.

—Kaguya, te recuerdo que es la pareja de mi hija —advirtió.

La susodicha chasqueó la lengua y se apartó de él para dirigirse hacia el hombre.

—No te preocupes, querido. Sigo prefiriéndote a ti. Siento que si tuviera algo con él sería como un gesto incestuoso.

Por supuesto, era una broma que nadie captó. Quizás era cosa de los Hyûgas.

—Pasad y divertiros, muchachos. Estáis en vuestra casa.

Los demás empezaron a seguirla, pero él se tomó un momento para asegurarse que Hinata estaba predispuesta a ello.

—Estoy bien —aseguró—. ¿Tú estás bien?

Naruto se encogió de hombros.

—No es la primera vez que una mujer me mira como si fuera un trozo de carne al que comprar, no te preocupes.

—Qué escándalo —soltó ella enfadada.

Naruto no pudo evitar hincharse como un pavo.

—¿Celosa?

—No —negó pestañeando muy deprisa—. No, claro que no.

Le dedicó una sonrisa dolida pero firme.

—Creo que voy a tener que dejar de lanzar directas o me destrozarás el corazón.

—Naruto…

Hinata apretó su mano en su brazo y él le dio palmaditas de ánimo.

—Vamos a comernos la fiesta y lograr tu libertad.

Se adentraron finalmente y percibieron diversas mesas alrededor de un salón, cuya pista de baile y barra libre ya estaban ocupadas. Igualmente, camareros rondaban de un lado a otro ofreciendo bebidas y piscolabis.

Atrapó una de las copas que dejó en otra mesa cuando se encontró con la mirada de advertencia de Itachi.

—Venid, sentaros conmigo —indicó la mujer—. Ignorar a Hiashi y su cara larga.

Se percató entonces de que el hombre estaba ya sentado en la mesa. Dedicó una severa mirada a Hinata y suspiró, frunciendo las cejas.

—Kaguya, por favor —suplicó irritado—. No creo que el tema esté para muchas fiestas. Hay un…

—No voy a hablar contigo de qué sí y qué no. Te recuerdo que yo estuve ahí.

Fue interesante ver cómo el hombre se estremecía, como si fuera un gusano en la palma de la mano de la mujer.

—Hinata está sana, parece feliz y bien y cuidada. Y su mezcla de genes ha sido superada por el Clan. Eso significa que continuara sucediendo a lo largo de sus generaciones. No dejaremos de existir.

—Se irá perdiendo a medida que se mezclen, y lo sabes.

—¿Por qué se obsesiona tanto con la pureza de sangre? —cuestionó Sakura repentinamente—. Médicamente está demostrado que…

—¿Qué edad tienes, niña? —interrumpió Hiashi—. Ni siquiera respondas.

Sakura elevó las cejas, inclinándose hacia delante, pero Hatake habló antes.

—Discúlpala, está estudiando medicina.

Pudo apreciar algo de aceptación en la mirada de Hiashi.

—Neji también es médico.

—Lo sabemos. Gracias a él Temari y Gaara están a salvo.

—¿Gaara? —cuestionó Kaguya—. ¿Quién es?

—El hijo de la madre de mi Temari —respondió Kakashi incómodo ante el recuerdo.

La mujer soltó una risita entre dientes de diversión. Parecía estar disfrutando del encuentro más que nadie.

—Así que tu pequeña tiene un hermano. Qué curioso.

—Más curioso es que ellos son hermanos de este mismo —explicó señalándolos. Eso pareció emocionar aún más a la mayor Hyûga.

—Muy, pero que muy interesante. La vida misma se ha encargado de hacer que esta reunión valga la pena. —Luego, volvió su atención hacia Hinata—. ¿Qué estudios tienes?

—Servicios sociales —respondió Hinata—. Trabajo en…

—Eso lo sé —interrumpió Kaguya cruzándose de brazos—. ¿Por qué?

Hinata tomó aire y él extendió su mano para apretar una de las suyas bajo el mantel. Kaguya se había encargado de indicarles dónde sentarse, manteniendo siempre cerca a Kakashi.

—Cuando éramos pequeñas mi familia tenía muchas carencias y al ir creciendo quise hacer algo por las personas que estuvieran en la misma situación. Tuve que pedir becas, pero lo logré.

—Sí, una de las becas la pagué yo —protestó Hiashi.

—En realidad, fui yo. —Kaguya elevó una ceja retando con la mirada a Hiashi, quien pareció repentinamente incómodo con esa acusación. Naruto empezaba a cuestionarse cuánta edad tendría esa mujer—. Me parece bien. Estoy harta de cuervos en traje queriendo sacarme el dinero y de mujeres vagas sin nada más que hacer.

—Tenten es enfermera —puntualizó Hinata.

—Sí y por eso reconozco que es una mujer también interesante —aceptó Kaguya. Hiashi chirrió los dientes.

—¡Oh, venga ya! —protestó golpeando la mesa con el puño—. Sus genes son todavía más sucios que los de este muchacho o los de Hatake. ¿Cómo puedes pensar que simplemente por tener un trabajo estable es la adecuada? Lo adecuado para este clan es que ellos se casen y tengan descendencia como es debido.

Naruto, quien estaba muy tentando a mandarlo a la mierda, notó la mano de Itachi sobre su cadera, reteniéndolo. Su hermano mantenía los labios apretados, prestando mucha atención a la conversación.

Kaguya soltó aire rápidamente por la boca y dio unos golpecitos en el hombro de Hiashi.

—Esta niña no se casará con Neji Hyûga.

La mesa se quedó en completo silencio. El rostro de Hiashi fue un verdadero panorama.

—¿Por qué? —cuestionó, sin embargo.

Kaguya llamó a un camarero con la mano, que no tardó en traer una copa de champán para ella. Se tomó su tiempo en beber y cuando finalmente habló, muchos de los traseros de esa mesa se incorporaron.

—Porque tendrá un bebé.

.

.

Hinata notó que el rostro le ardía cuando todas las miradas se posaron sobre ella. Negó rotundamente, clavando la mirada en su padre primero, luego en Izumi y después… en él. Naruto la miraba de una forma que, repentinamente, la asustó.

Sabía que usarlo como novio iba a ser incómodo y que conllevaba esperanzas que no deseaba que tuviera. Sin embargo, esa mirada y la pregunta que estaba en el aire la obligó a negar.

Por supuesto, eso ayudaba para que Kaguya y Hiashi creyeran mejor en su falso noviazgo.

—¡Ella no! —exclamó hastiada Kaguya—. Tenten —indicó mirando a Hiashi—. Y dado que yo mismo estuve cuando se escribieron las leyes de nuestro clan, hay una cláusula que dice que, en caso de que una de las dos partes tenga un heredero en camino, el matrimonio no se llevará a cabo.

—¡Eso suele ser porque el heredero viene de otro útero Hyûga! —aseveró Hiashi.

No comprendía del todo porqué ese hombre se empeñaba en buscar siete patas al gato. Ella, quien no solía inmiscuirse en discusiones estaba deseando tirarle la copa que un camarero había puesto frente a ella antes, confundiendo un gesto de nerviosismo con la petición de una bebida.

—En ninguna parte pone eso, así que es legal. Te guste a ti, o no. Y dado que soy la última persona viva de aquel momento y que la ley es mía: no hay trato. Ni boda.

Parecía que Kaguya disfrutaba con eso. Por la forma en que su boca se extendía sobre su copa, sus dedos jugaban con el filo de esta y el modo de mirar a Hiashi, sintiéndose ganadora.

Por otro lado, el hombre estaba colorado de rabia y sus ojos empequeñecidos.

—Pediré que te destituyan. Estás claramente comprada por él. Ya se habló de ello cuando permitiste que la madre de Hinata se casara con él. ¿Para qué? Para que terminara ahorcándose. ¡Y todo porque tú aceptaste ese trato para disfrutar de tus investigaciones!

Esa vez, Kaguya fue la que tiró la copa sobre el rostro masculino. Hinata se descubrió habiendo llevado la mano hasta la suya, siendo retenida por una de Naruto, quien permanecía con el ceño fruncido.

—Hinata no es un experimento —intervino—. Es una mujer dulce y adorable a la que gente como usted y Toneri disfrutan destruir para sentirse superiores a ella. Porque les da miedo.

Hiashi finalmente pareció reparar en él. Levantó una ceja sin esconder el asco que sentía por él.

—Eres quien menos tienes que hablar de esto, niñato.

—Es el novio. ¡Claro que hablará, imbécil! —exclamó Kaguya rompiendo su servilleta y tirándole trozos a la cara mojada de Hiashi—. Mira, ¿quieres destituirme? Adelante. Inténtalo. Hombres más estúpidos que tú lo intentaron. Eso sí, el último que lo intentó está muerto.

Su padre clavó la mirada en ella.

—Tú…

—Sí, corazón —reconoció encogiéndose de hombros, como si hablaran de llover—. Ese mocoso se creía que podría hacer cuanto quisiera con mí dinero y la fama de mi familia. Mis hijos fueron estúpidos reproduciéndose bajo estos tratados. El único rebelde intentó matar a su hermano para nada. Y estos idiotas, como Hiashi y Toneri, se creen que pueden gobernar este clan sólo con ese tratado. ¡Que ya no estamos en la época de esclavitud! Y los matrimonios concertados son una mierda. ¿Sí o no, muchacho?

Naruto dio un respingo.

—¡Y tanto, ttebayo!

Parecía emocionado, sonriendo abiertamente.

—Hinata no va a casarse con Neji. Además, este está felizmente casado con su mujer. ¿Es que te gusta hacerle a los demás lo mismo que a ti?

—¡Me gusta este chaval! —animó Kaguya levantándose y rodeando la mesa hasta llegar a él, masajeándole los hombros—. Hinata, menuda pieza has encontrado.

—Ah… Sí —afirmó algo dudosa.

—¿Y bien, Hiashi? ¿Qué respondes?

El hombre parecía a punto de explotar.

—¿Vas a obedecer o vas a seguir echando mierda sobre mis decisiones? —cuestionó Kaguya alejándose de ellos para acercarse a él.

—No sé qué diablos ves en este hombre —expuso Hiashi clavando la mirada en su padre—. Nos quitó a una de las nuestras, revolucionó al clan ofreciendo nuevas visiones incorrectas y…

—No. Os recordó que la vida continua fuera de estos muros —interrumpió Rin. Todos la miraron con sorpresa—. Lo que sé por experiencia es que los clanes antiguos siguen creyendo que sus muros son la ciudad y no es así. Mantener la sangre mezclada hoy día no es buena. Pese a que son primos, Neji y Hinata, como bien decía Sakura, tienen demasiados genes encima. Que Hinata haya salido bien, es justo por él. Tus hijos murieron enfermos por seguir las creencias de tu clan.

El hombre palideció y Hinata sintió cierta pena al verle contraer el gesto de dolor. Rin, sin embargo, llevaba su máscara de periodista encima y cuando quería, podía ser letal.

—Tengo más información sobre usted, si lo desea. Y contactos a los que no les importaría exponer los trapos sucios de este clan bajo su mandato. ¿Quiere? —preguntó enseñando su móvil.

Finalmente, Hiashi dio por vencida la batalla y tras inclinarse educadamente frente a Kaguya, se alejó.

—¿Hemos ganado? —preguntó Ino mirando a su alrededor.

Hinata se levantó antes de que todos empezaran a aplaudir y siguió al hombre. Hiashi se detuvo cuando sintió que le tocaba el brazo.

—¿Qué quieres? —preguntó austero.

—Disculparme.

—¿Por qué habrías de hacerlo?

Le miró confusa.

—Los que han tomado participación de todo esto han sido ellos. Tú sólo has dejado caer que no estabas interesada y respeto eso, aunque no lo acepte. Deberías de estar en nuestra casa, porque eres un Hyûga y mereces protección.

Hinata negó con una sonrisa.

—Agradezco esa parte de protección, pero soy una Hatake, no una Hyûga. Mi padre hizo de todo para protegerme y ahora, yo puedo proteger a otras personas con mi trabajo. Soy feliz de este modo y lo único que habría hecho es evitar que lo fuera. ¿Acaso usted fue feliz en las decisiones que tomaron sobre usted?

Hiashi se mostró sorprendido.

—Nunca… Nunca nadie me lo habría preguntado —reconoció pensativo—. No fui feliz cuando perdí a mis hijos. Ni cuando mi esposa murió, aunque…

—No la amaba.

—No —reconoció con los dientes apretados—. Aprendí a quererla.

—Eso no es suficiente. Justo porque mi madre me enseñó a valorar ese sentimiento, que me enseñó que gracias a esta sangre puedo ser fuerte, es que necesito negarme a su proposición y ser feliz por mí misma. Los valores Hyûga me ayudaron a entender esto. Y me gustaría que usted los entendiera. ¿Por qué no se da una oportunidad de nuevo?

Él entrecerró los ojos.

—¿A qué te refieres?

—A enamorarse y vivir con el ceño menos pronunciado.

Hiashi la estudió con la mirada, hasta que la levantó para mirar tras ella.

—¿Le quieres?

Hinata siguió la dirección de sus ojos, notando a Naruto no muy lejos, inquieto, como si se preguntara qué hacer.

—Es un chico problemático para ti —le dijo antes de que respondiera—. Deberías escoger bien. Ya la fastidiaste con Toneri. Ten… —Tragó, incómodo—. Ten cuidado.

Hinata asintió, más relajada.

—Lo tendré.

Finalmente, le dejó ir. Esperaba haber logrado algo con esa conversación. De alguna forma, sintió que Kaguya se había encargado de avergonzarlo y destruir las barreras a las que Hiashi se aferraba de una forma grotesca. Ella quería hacerlo de forma más amable, más natural.

Quizás fuera una tontería, pero sentía que era lo adecuado.

Naruto se acercó entonces a ella, mirándola preocupado y ladeando un poco la cabeza.

—¿Está todo bien?

Su boca se extendió en una sonrisa, más relajada.

—Sí, todo bien.

Miró a su alrededor y le tomó la mano, decidida.

—¿Quieres bailar conmigo?

La mirada azulada brilló al instante y aquella resplandeciente sonrisa apareció una vez iluminando su rostro.

—Y tanto que sí.

Dudaba que Naruto fuera como Toneri. Él jamás le haría daño.

.

.

—Gracias por la comida.

Shikamaru entró por la puerta de la cocina con los dos últimos platos, dejando atrás a Gaara y Matsuri. Habló en voz baja, ya que esta última se había dormido sobre las piernas de su hermano y, este mismo, contra el sofá en una postura que estaba seguro que tarde o temprano le dolería más tarde.

—No es nada.

Se acercó hasta Temari junto a la encimera. Estaba de pie, aguantándose sobre su pie sano guardando los restos en unas fiambreras. La silla de ruedas estaba cerca de ella, frenada, por si la necesitaba.

El médico le había dado permiso para hacerlo de vez en cuando, pero Shikamaru sabía que por terquedad, ella era capaz de hacerlo más.

Le entregó los últimos platos para que separara lo sano de lo que tirarían y se remangó para fregar.

—Gracias por dejar que estemos aquí en vez de solas en la mansión.

Él ladeó la cabeza mientras echaba espuma en la esponja.

—No las des. Tu padre nos pidió que cuidáramos de vosotras y eso hacemos. Además, puede que no lo hayas notado, pero a Gaara le gusta tu presencia.

Ella le miró con los verdes ojos muy abiertos, brillantes.

—Lo digo de verdad —dijo antes de que ella efectuara la preguntara—. Puede que sea un idiota que nunca muestra del todo sus sentimientos, especialmente porque no sabe cómo hacerlo. En realidad… —Miró hacia la pared, pensativo—, ninguno de nosotros sabemos realmente cómo hacerlo.

—Quién lo diría —exclamó ella cerrando la última y dejándola en la encimera para que él las guardara después. La observó por el rabillo del ojo mientras se volvía a sentar con un gesto de dolor—. Dos de tus hermanos están saliendo con dos de mis hermanas. Y Izumi quizás no tanto, pero Ino es de las que esperan la misma cantidad de sentimientos.

—Sai es algo bruto, pero los de muestra.

—¿Su lengua viperina es ser bruto? —cuestionó en broma.

—Ahí le has dado.

Temari rio por lo bajo. A él le gustaba su risa, definitivamente.

—¿Qué hay de ti? —indagó ella—. ¿Tu forma de mostrar tus sentimientos es besar a las personas de improviso?

Apagó el grifo justo entonces, con la esponja resbalando dentro de su cajita. Su mirada se desvió del fregadero a ella. El rostro de Temari mantenía un gesto serio y sus ojos, brillantes de curiosidad.

—Te acuerdas.

—¿Esperabas que me olvidara? —cuestionó sorprendida—. ¿Cómo podría alguien olvidarse de algo así?

—Te sorprendería la gente que lo haría.

Se secó las manos y empezó a guardar los táperes.

—No lo haré.

Él cerró la nevera para mirarla.

—¿El qué?

—Olvidarlo.

Shikamaru se frotó el cuello, chasqueando la lengua.

—¿Shikamaru? —cuestionó ella ante su silencio—. ¿Te molesta?

—Mira, que tus hermanas hayan…

—No estoy pidiéndote salir —le interrumpió rápida y firme. Él elevó una ceja—. Sé cuán de problemático sería para ti algo así, no te preocupes. Sólo quería saber si al menos lo recordabas.

Entrecerró los párpados.

—Sí. Lo hago.

No iba a mentirle. Era cierto que ahí continuaba la espina de cometer un error y cargaba con ello cada día que la llevaba al médico. Cuando se acercaba a ella o simplemente aparecía por las noches su rostro.

Joder, con lo vago que era fue hasta el restaurante de Choûji para preguntarle por un local. Todavía no le había llamado, así que no tenía esa buena noticia para ella.

Y sí, su amigo tenía razón: él no se movía por una mujer de no ser necesario.

Aunque fuera un dolor en el trasero.

Temari se frotó las mejillas, suspirando y mirando hacia la puerta de la cocina.

—Me temo que voy a tener que romperle el ensueño a Matsuri. ¿No cre…?

Shikamaru podría maldecir por muchos años, preguntándose qué diablos estaba haciendo. No estaba seguro si fue su cuerpo o su mente quien actuó antes, pero de estar junto a la nevera en un momento estaba inclinado sobre ella, pegando sus labios contra los otros.

Que Temari estuviera en medio de una conversación recortó por un momento la forma en que sus bocas encajaban, pero después, para su sorpresa, ella correspondió, levantando una mano hasta su mejilla en un agradable acto de ternura.

—¡Lo sabía!

Ambos se separaron como si quemasen. Shikamaru se percató que Matsuri estaba en la entrada de la puerta, señalándoles.

—¡Te lo dije! —gritó a Temari, quien parecía dudar entre morirse de vergüenza o matar a su hermana.

—Matsuri —advirtió.

Pero la pequeña no le hacía caso. Continuaba gritando acerca de haberlos pillados en medio del beso, satisfecha. Incluso se subió a una silla y luego a la mesa.

—¡MATSURI HATAKE!

Esa vez, la chica obedeció, quedándose congelada.

—¿Tienes idea de lo que estás haciendo? —cuestionó Temari llevándose las manos a las caderas—. ¡Izumi te mataría de verte subida a la mesa! ¡Y yo estoy muy tentada a darte unos azotes, descarada! Ni siquiera estás en tu casa y, desde luego, nosotras no te hemos enseñado a ser así.

Matsuri pareció dudar.

—¡Baja de ahí! —aseveró Temari.

Matsuri se bloqueó. Como si el suelo y la silla se hubieran fusionado y no encontrara ni uno ni otro.

Shikamaru se acercó a ella y levantó las manos.

—Anda ven.

—Shikamaru —protestó Temari cruzándose de brazos.

Él se encogió de hombros.

—Está asustada. Deja que la ayude.

Temari pareció recapacitar en su enfado y Matsuri finalmente accedió a aferrarse a sus hombros. Le miró con sus grandes ojos castaños.

—¿Sabes? Gaara es mi favorito, pero de sus hermanos, tú me gustas más.

Shikamaru no pudo ocultar lo perplejo que estaba con eso.

—Eres realmente fácil de conquistar —dijo poniéndola en el suelo—. ¿Mejor?

La pequeña asintió y miró hacia su hermana en disculpa.

—Ven aquí —ordenó Temari de nuevo.

Matsuri obedeció. Shikamaru se mostró preocupado, frunciendo el ceño. Cuando Temari levantó las manos pensó que iba a golpearla. Sin embargo, estrechó a su hermana entre sus brazos.

—Por dios, qué miedo me has hecho pasar —dijo entrecerrando los ojos—. Si te caes, no sería capaz de cogerte sin que te hicieras daño. ¿Me oyes? No puedes seguir haciendo el mono.

—Lo siento —se disculpó Matsuri sentándose sobre sus piernas y abrazándola más fuerte—. Lo siento, de verdad. Pero me emocioné mucho de tener razón.

—¿Razón? —preguntó él observándolas con detenimiento.

Matsuri le miró.

—Le dije a Temari que te gustaba, pero ella es como Izumi en esto y siempre cree que no podrá encontrar a nadie que guste de ella por su carácter.

Shikamaru clavó la mirada en la susodicha. Temari enseguida se enderezó, bufando y sacudiendo una mano.

—No puedes poner en tu boca palabras de otras personas, como te dije —recordó—, ya te lo dije.

—Bueno, eso también es verdad —reconoció la joven azorada. Le miró como si fuera un cordero degollado—. Discúlpame.

Shikamaru se frotó la nuca, pensativo y derrotado.

—Tu hermano tiene razón. No puedes poner palabras tan importantes en la boca de otros. ¿No te gustaría a ti que el chico que te gusta se te declarase en vez de conocer sus sentimientos por las palabras de otra persona? —cuestionó—. Si bien es cierto que eso antes se utilizaba para ligar en ciertos lugares…

—¿Qué le vas a contar a mi hermana? —advirtió Temari inquieta.

—Espera —pidió amablemente. Volvió a centrarse en Matsuri—. ¿Sabes las cartas de amor que se envían en el colegio?

—¡Claro! —exclamó ella con cierto desdén—. A mí nunca me dejan.

—Mejor —aseguró. Ella le miró con dudas—. Es mejor no tener ninguna a que te llegue una falsa.

—Sí, eso es cierto —admitió Temari cruzándose de brazos. Shikamaru entendió que a ella le sucedió—. Son una mierda.

—Dijiste una palabrota —exclamó Matsuri.

Temari chasqueó la lengua.

—Luego meteré dinero en el bote, señorita todos las dicen menos yo.

Matsuri sonrió culpable, rascándose la nuca con ambas manos.

—A lo que voy —continuó Shikamaru, aunque estuviera enternecido con esa idea. Porque el tarro que tenían ellos para meter dinero era para pagar deudas y no por palabrotas—. Es que es mil veces mejor que la persona te diga las cosas a la cara. Especialmente, si son tan delicadas.

—Aunque eso no asegura que sean de verdad —opinó Matsuri cruzándose de brazos.

—Sí.

—¡Oh, como cuando Gaara dijo que me buscara un chico de mi edad!

Shikamaru torció el gesto, estirando su boca hacia arriba.

—Eso me temo que era verdad —dijo posando una mano en sus hombros—. A Gaara le intimidas porque eres sincera y buscas levantar la tapa de seguridad que siempre ha tenido. Eres un terremoto, pequeña. Por eso te dije que tenías que tener mucha paciencia y…

Antes de terminar, algo golpeó su espalda, cayendo de bruces contra Temari al lograr esquivar a Matsuri y el filo de la mesa. Al volverse, se encontró con Gaara mirándole amenazadoramente.

—Así que tú eres el cerdo que le metes en la cabeza tanta mierda.

—No, no es lo que crees —tartamudeo. ¡Dios mío! ¿Estaba tartamudeando delante de Gaara?

—Quítate de encima de mi hermana, estúpido —ordenó tirando de su camiseta para arrastrarlo fuera de la cocina, dejando a ambas chicas preocupadas.

—Oye, te estás pasando —aseveró soltándose.

Gaara se llevó un dedo a los labios y señaló hacia la ventana. Shikamaru se movió ágilmente por el salón hasta llegar a ella.

Vislumbró un vehículo detenido frente a la casa de las chicas.

—Ya estamos otra vez —gruñó. Se volvió para levantar la mano hacia él con el dedo extendido—. Quédate con ellas.

Salió al exterior y se camufló entre las sombras. Siempre fue sencillo para él hacerlo y no era nada nuevo. Contando con que su hermano cuidaría de las chicas, saltó la verja y caminó hacia la entrada.

Sólo un hombre había entrado y se encontraba sentado en los escalones de la mansión, en la puerta. Tenía un cigarrillo encendido y este iluminó su rostro cuando lo encendió. Maldijo entre dientes al reconocerlo.

—¿Por qué no sales? —preguntó este—. Tanto tú como Itachi siempre os habéis movido por entre las sombras. Sois buenos, pero no tanto. Al menos, tú no.

—¿Qué haces aquí, Kisame? —cuestionó llegando a su altura—. Nuestra casa está en el otro lugar.

—Quería sentarme y averiguar qué se siente ser tan rico aquí sentado. Este lugar huele mejor que el vertedero de tu casa.

Shikamaru hizo oídos sordos a su comentario.

—Itachi no está.

—Lo sé. Ha tenido los huevos de mantenerme esperando mientras llega de una fiesta de pardillos. ¿Por qué no estás allí?

—No me gustan esas cosas y.… tenía otras cosas que hacer.

Kisame le observó durante un momento. Sus ojos siempre le habían dado escalofríos.

—Pregunta equivocada. ¿Por qué no estás ahí dentro? —Señaló la mansión con el pulgar señalando hacia atrás—. ¿No se supone que ibais a conseguir este tesoro y largaros?

Miró las gruesas paredes por un momento, más interesado en las ventanas cerradas que otra cosa.

—Mira, chico. No sé a qué diablos está jugando Itachi, pero nunca antes le había costado meterse en estas cosas. ¿Recuerdas cómo conseguisteis pagar una vez las medicinas de tu hermano? Bien, ese trabajo fue rápido y efectivo. Este debería de serlo. No sé qué os lo impide.

—Eso… —suspiró—. Quizás sea mejor que lo veas por ti mismo.

—Igual tengo que esperarle —aceptó Kisame encogiendo los grandes hombros. Era un tipo al que no querrías enfrentarte. Alto y de hombros anchos. Aunque lo peor era el manejo de la información.

Miró hacia su cara con cansancio y anhelo. Le gustaría volver, hacer lo que antes estaba haciendo, antes de ser interrumpidos.

Quería volver a besarla.

.

. Ino sonrió satisfecha, más libre, más dispuesta a comerse la noche cuando notó que varios invitados, especialmente masculinos, sonrieron coquetamente hacia ella. Se tiró de la coleta hasta las puntas y parpadeó. A un hombre se le cayó la copa de las manos y otro escupió su bebida.

Fantástico.

—Quieres dejar de hacer lo que quiera que estés haciendo y plantar cara al asunto.

Miró hacia Izumi con fastidio. Debía de reconocer que estaba preciosa con el primer vestido que eligió para ella y que se negaba a ponerse. Se lo había repetidos diversas veces. No era la única que podía provocar que un caballero dejara caer su copa o pañuelo.

Ya había visto a varios comerse a su hermana con los ojos.

—Antes dijimos que…

—Sé lo que dije —interrumpió—. Dame un momento, por favor.

Izumi había vuelto a la casa, sorprendiéndola cuando entró en su dormitorio, dejando su bolso y sentándose a su lado, cruzada de piernas como si fuera una niña. Se disculpó para su sorpresa por haberse comportado como una idiota.

Ino se percató de que sabía lo que había ocurrido con Sai y cuando ella se mostró más enfadada con Itachi, Izumi lo defendió alegando que fue ella misma quien se dio cuenta y que no debería de subestimarla.

Sorprendentemente, en lugar de regañarla la abrazó y con temblorosas manos la acurrucó mientras se disculpaba por no darse cuenta de lo asustada que debió de sentirse, por no estar ahí para ella y no servir como la hermana que era en lugar de una madre que jamás estaría.

Ino no pudo más que desarmarse entonces y llorar sobre ella. Le contó todo entre balbuceos. Intentó proteger tanto a Sakura como a Sai, pero Izumi le insistió sobre él y la necesidad de que hablaran.

También le pidió que no siguiera enfadada con Itachi, pues este no tenía la culpa, sino la forma en que se habían criado. Le recordó como ellas antes habían pasado carencias y que tanto ella como Hinata y Temari tuvieron que criarlas acorde a lo que podían. Por suerte, ellas tenían un buen padre, Itachi y sus hermanos, no.

Sabía que tenía razón y que quizás estaba siendo injusta con Itachi cargando toda su frustración hacia él.

Sin embargo, cuando se encontró Sai al pie de la escalera aún deseo echar a correr.

—Debes enfrentar los problemas —le aconsejó. Luego, miró hacia Itachi, quien estaba apartado a un lado, pensativo—. Yo también.

La vio alejarse y acercarse a él. Itachi dejó enseguida la copa sobre una mesa y posó su mano en la cintura, desapareciendo entre la gente juntos.

Ella buscó con la mirada a Sai, encontrándolo apoyado contra la pared, una copa en la mano y las piernas cruzadas. Se acercó hacia él, ignorando a los hombres que quisieron detenerla.

—¿Sai? —cuestionó cuando al llegar él no parecía prestarle mucha atención.

Él desvió la mirada hacia ella.

—Belleza —saludó, aunque su mirada no brilló como siempre. Ella suspiró y se acomodó a su lado.

—¿Estás enfadado conmigo?

—No —negó tras un momento de silencio—. Pero sí que he huido. Necesitaba pensar en el error tan estúpido que cometí.

—No. Cometimos —corrigió tomándole de la mano libre—. No se me ocurrió pensar todo lo que podría significar para ti y actué a tus espaldas.

—Lo sé, pero hiciste bien. Itachi me lo ha contado y que por eso estás furiosa con él. Pero no fue él quien no me dejó ir esta mañana. Era yo necesitando aclararme.

Ella soltó aire bruscamente, apoyando la cabeza contra la pared.

—Soy una idiota que no piensa las cosas. Ya te lo dije: actúo. Me regañaste justo por eso. ¿Recuerdas?

—En esto, yo fui igual. —La miró en disculpa—. ¿Las tomaste?

—Sí. Sakura ya está pendiente sobre ello —explicó. No iba a mentirle—. Te necesité mucho.

—Lo siento —se disculpó—. De verdad, Ino. Lo siento.

Ino asintió lentamente sin dejar de mirarle.

—¿Qué ocurre?

Sai apretó los labios.

—¿Sabes? Esto va a ser un problema para nosotros si nos vamos a estar fallando de este modo. Hemos cometido un error quizás al lanzarnos.

Se soltó lentamente de su mano y Sai se quedó simplemente mirándola. Ino esperaba que dijera algo más, que detuviera hacia dónde iba la conversación, pero no lo hizo.

—Rompamos, Sai.

.

.

Gaara se asomó por tercera vez hasta que vio la luz del cigarrillo. Suspiró, cansado y se volvió hacia ambas mujeres, quienes esperaba sentadas en el sofá. Había ayudado a su hermana a sentarse en él, quien preocupada por Shikamaru, tenía intenciones de ir tras él. Gaara decidió que despojarla de su "vehículo" sería mucho mejor.

Además, que Shikamaru no hubiera regresado, pero hubiera un cigarrillo encendido no podía asegurar que fuera su hermano el dueño de tal objeto.

No les quedaba otra que esperar.

Notó algo a su derecha y retrocedió por instinto. Se percató de que Matsuri estaba a su lado y pegaba la nariz contra el cristal, curiosa.

—¿Estará bien Shikamaru?

—Lo estará. —O eso esperaba—. No tienes que preocuparte.

—Ya… —aceptó entre dientes. Luego le miró—. Oye, sobre lo que has escuchado antes… Lo que decía Shikamaru.

Al notar que él no contestaba, sus cejas se fruncieron un poco más.

—Bueno, no sé cuánto has escuchado, pero he aprendido que las cosas que se deben de saber es mejor que las diga uno mismo. Y un día yo te las diré. Puede que no ahora ni mañana, pero lo haré. Y no necesito que otra persona lo haga por mí. Dijiste que me buscara un chico de mi edad. No lo quiero. Y me gusta estar contigo. Eso no va a cambiar —prometió.

Luego, sonriendo, se puso de puntillas para besarle la mejilla y regresó junto a Temari.

Esa condenada niña realmente iba a ser su maldición.

.

.

—¿Y bien? ¿Tu mujer no va a enfadarse porque estés bailando conmigo?

Kakashi elevó las cejas con cierta diversión.

—Me gusta el sexo de reconciliación.

Kaguya levantó las comisuras con clara diversión. Si algo le gustaba a esa mujer es que aceptaba todo y más, la sinceridad.

—Te debo la libertad de mi hija —reconoció agradecido—. Creo que podré a cambio soportar un poco de celos de mi esposa.

—En realidad, es una mujer interesante. ¿Habíais ensayado lo que ha dicho?

—No, sinceramente no. Rin es así —explicó orgulloso.

Kaguya asintió.

—Tienes por ella la misma mirada que tenías por mi niña.

—Porque estoy enamorado hasta el fondo, Kaguya. Hasta el alma. La he amado más tiempo incluso que a todas las personas que he amado.

—Oh. Espera. ¿Ella es el ratoncito que dejaste atrás? —cuestionó—. De la que me hablaste.

—Sí.

—Dijiste que si la volvías a ver no podrías retomar lo vuestro porque tenías a tus hijas.

—Me equivocaba. En aquel siento me dolía hablar de ella y pensar en Hana y mis sentimientos por ella. Hasta que no me enfoqué en vivir no comprendí que era posible que tu corazón amara a dos personas de esa forma.

—Te comprendo. He tenido muchos esposos, pero sólo a uno he amado profundamente. Mi mala suerte es que la muerte no nos permitirá estar de nuevo juntos y miedo me da que sea cierto eso del cielo y cuando suba, me esté esperando junto al resto —bromeó.

—Dios, qué incómodo —reconoció deteniéndose cuando la pieza de baile terminó—. En cuanto a Hinata…

Ella afirmó.

—Es libre. Puede estar con ese muchacho si quiere. Porque, Kakashi, querido, puede que engañes a Hiashi, pero a mí no. Y lo sabes. Ese chico está enamorado de tu hija —aceptó moviendo una mano para tomar una copa de la bandeja de un camarero que pasó cerca—, pero tu hija es reticente debido a la edad.

—Acaba de sufrir las consecuencias de amar a un hombre que quería matarla, compréndela.

—Ambos sabemos que el amor no entiende de tiempos. No el verdadero. Y tampoco considero que la edad que los separa es mucha. Tu hija es que tiene miedo de volver a amar, pero ese chico se la come con los ojos. Sólo tienes que mirarlos para verlo.

Kakashi carraspeó, inquieto.

—No sólo él la mira a ella así.

Kaguya entendió.

—Vas a tener un buen lío en manos, cariño. O pones una regla o tendrás a seis hombres desconocidos en las camas de tus hijas.

—Dos de ellas ya están saliendo con dos de ellos —reconoció aceptando la copa cuando ella se la ofreció tras beber—. Sería interesante de ver, lo reconozco. Especialmente, porque esos chicos son buenas personas y me recuerdan mucho a mí en sus tiempos. Si yo tuve ayuda: ¿cómo podría darles la espalda? Es imposible para mí. Y si las hacen felices, no me entrometeré. El punto es que les hagan daño.

—Cariño, sabes que las parejas felices a veces se estropean.

—Lo sé —dijo encogiéndose de hombros—, pero me gustaría que no para ellas.

Kaguya le acarició la mejilla con ternura.

—Me encanta el hombre en el que te has convertido. Se lo dije a Hana. Que ibas a ser un hombre de fiar en el futuro, que el dolor valdría la pena. La pena es que no fue capaz de soportar.

Kakashi sintió presión en el pecho ante el recuerdo de su mujer.

—Tranquilo, tesoro —dijo ella acariciándole el cabello esa vez—. Ella está en un final feliz ahora. Y Toneri en el peor, eso espero.

Kakashi desvió la mirada hacia ella, con el ceño fruncido.

—¿Por qué lo hiciste?

—Tocó a alguien especial para mí —respondió inocente—. Si no lo hubiera hecho, habría conseguido salir de allí de alguna forma e ir tras Hinata. Y eso, no iba a permitirlo. Te lo dije cuando nació. Iba a protegerla. Sé que Izumi no perdona mis palabras de entonces. Es una chica preciosa.

—Es muy protectora.

—Sí y reconozco esa virtud, pero es hermana y no madre.

—Es culpa mía que Izumi se comporte así —admitió—, pero desde que ha conocido a Itachi ha cambiado mucho y me reconforta que esté comportándose más como hermana de las chicas que como madre.

—Hum, siempre has tenido buen ojo con estas cosas, así que dejaré a mis niñas contigo de nuevo.

Kakashi inclinó la cabeza en agradecimiento.

—Te devuelvo a tu mujer.

Le dio una suave palmada en el hombro.

—No te olvides, Kakashi, que este mundo sigue siendo la boca del lobo.

Y después, se alejó.

Kakashi entendía sus palabras, pero cuando Rin apareció de nuevo frente a él, sonriéndole, comprendió que el mundo también podía ser hermoso y dulce.

.

.

—Siento mucho el irme de esa forma antes en el taller.

Itachi cabeceó en afirmación mientras apoyaba la mano en el pez de piedra que adornaba una de las fuentes. En esta en particular, carpas doradas bailaban en el agua en busca de los mosquitos que osaban posarse en sus terrenos.

Sin embargo, su vista estaba posada en Izumi, quien se mantenía cerca, con su trasero apoyado contra el borde de la fuente. Itachi apenas podía borrar esa imagen de la primera impresión al verla vestida de esa forma.

La boca se le hizo agua y debía de tener mucho autocontrol para que cierta parte de su cuerpo no demostrara lo que creaba en él esa visión. Joder… ni siquiera debería de estar sintiendo algo así. No podía sacárselo de la cabeza, desgraciadamente. Como tampoco lo sucedido en el taller.

No era idiota. Pudo notar la tensión en el ambiente. El extraño comportamiento de una siempre entera Izumi. Dudaba que ella fuera capaz de hacer algo que avergonzara a su padre con un cliente, inclusive a él mismo. Así que ese sujeto era importante para ella de alguna forma.

Y quizás fue un estúpido por hacerlo, pero cuando el tipo al final se marchó sin mirar nada, no pudo evitar pensar que necesitaba saber más de él y tenerlo vigilado. Por eso, acudió a Kisame y quedó con él más tarde para verle.

Claro que no esperaba que la fiesta durase tanto.

—¿Estás enfadado por eso?

—No —negó—. Aunque sí curioso.

Se acercó más a ella e inclinó la cabeza para mirarla. Izumi no le había mirado muchas veces. Solía esquivar su mirada con algún que otro pretexto.

—Es sólo qué… —Se frotaba los pulgares donde anillos de oro los adornaban—. Es mi pasado y me enfadé mucho. Mucho que…

Calló al escuchar unas risas cercanas. Soltó el aire, molesta. Claramente, le costaba hablar de ello. Se enderezó, acercándose a él tanto que le llegó su perfume.

—Quiero estar contigo. A solas. Necesito estarlo.

Él la estudió con la mirada por un momento.

—¿Estás segura? —preguntó acercando sus manos hasta sus caderas.

—Sí.

—¡Chicos! —La voz de Sakura los interrumpió. Ambos se volvieron hacia la salida que habían tomado para estar a solas—. Nos vamos. Papá dice que es hora de regresar.

Izumi le miró y luego asintió.

—Tu casa me gusta —le dijo—. ¿Puedo?

El corazón le dio un respingo.

—Siempre.

Ella sonrió tenuemente y levantó una mano hacia Sakura, empezando a caminar hacia su altura.

Itachi la siguió, observando que sus hermanos estuvieran cerca. Naruto parecía algo más tranquilo que antes y tenía las mejillas sonrojadas tras que Hinata hubiera aceptado un baile con ella. Sai, sin embargo, parecía cabizbajo y no dijo nada pese a tener muchas posibilidades de meterse con el menor. Sasuke, quien también miraba a Sai dubitativo, aceptó cuando Sakura tiró de él para salir, aunque Ino no tardó en reclamarla.

En una extraña sensación, todos regresaron al interior de la limusina. Ino y Sakura no cesaron de repetir que al fin Hinata era libre, uniéndose su hermano a los vítores. Mientras, a su lado, Izumi se mordisqueaba el dedo índice mirando por la ventana.

No se movió hasta que llegaron y que todos se detuvieron con sorpresa al ver a Shikamaru y a otro hombre con él. Itachi enseguida supo de quién se trataba. Se acercó a Izumi para susurrarle al oído.

—¿Puedes esperarme allí?

Ella asintió algo dudosa, pero avanzó hacia su casa junto a Naruto, Sasuke y Sakura para ir en busca de las otras hermanas. Itachi se despidió del resto y se apartó junto a Kisame y Shikamaru.

—Me has tenido enfriándome el culo como un idiota. Más vale que valga la pena. Aunque entiendo qué te ha retenido —reconoció silbando y mirando hacia las otras personas—. Tiene un buen trasero.

—Kisame —advirtió—. Necesito que me hagas un favor.

—¿Otro? —cuestionó chasqueando los dientes—. Recuerda que ya te quedan menos que tomar.

—Lo sé. Aunque se te olvidaba la última vez que me debes una moto —rememoró—. Ahora en serio. Quiero que investigues a alguien.

—¿Otro tipejo aburrido? —protestó Kisame bostezando.

—Puede —reflexionó—. Estuvo en el taller hoy. Puedes entrar a las cámaras de seguridad para ver quién es. Sólo esa parte —advirtió.

—Oh, dios. ¿Juegos entre paredes? —cuestionó frotándose las manos Kisame—. Interesante puesto de trabajo.

—No. Es porque los tíos con los que trabajo se desnudan ahí mismo para cambiarse. Era sólo un consejo. En la garita sólo yo tengo acceso a las grabaciones.

Kisame chasqueó la lengua molesto.

—¿Sabe tu jefe sobre esto?

—No necesita saberlo. Por ahora —añadió al notar la mirada de Shikamaru—. Anda, lárgate —ordenó.

Kisame obedeció entre dientes y Shikamaru empezó a caminar a su lado.

—¿De qué va esto? —cuestionó—. Porque me he llevado un susto de mierda al verle y he estado aguantándole todo este rato. Al menos tiene buen tabaco.

—Sospecho que hay un tipo que va a dar problemas con Izumi.

Shikamaru se tanteó los bolsillos antes de maldecir.

—Me ha robado el tabaco el cabrón.

—Eso te pasa por bajar la guardia con él. —Itachi se encogió de hombros y siguió al frente.

—Oye —llamó Shikamaru deteniéndose —. ¿Qué ocurre con ese tipo? ¿Quiere la llave?

Itachi se quedó un momento pensativo.

—No lo sé todavía. Pero afecta a Izumi.

—¿Por qué?

—Espero averiguarlo ahora.

Continuó su camino hacia su casa. En la puerta, Sakura tiraba de Matsuri para que dejara de dar la lata y fuera con las demás, mientras que Sasuke empujaba la silla de Temari hacia fuera.

—Izumi. ¿No vienes? —cuestionó Matsuri poniendo morros.

—Luego. Id vosotras ahora.

Ninguna preguntó nada más y empujadas por Sasuke, las otras tres mujeres desaparecieron. Shikamaru se escondió en la cocina, Naruto subió escaleras arriba y Gaara debió de marcharse aprovechando que Matsuri estaba distraída.

Itachi miró a Izumi inquisitivo, pero ella, en silencio, comenzó a subir hasta su dormitorio. Él la siguió, aflojándose el traje.

Cerró la puerta tras de sí y al volverse, se la encontró a los pies de la cama, mordiéndose el labio inferior, mirándole asustada.

—¿Qué ocurre? —le preguntó.

—No sé cómo podría empezar —dijo inquieta—. Probablemente pienses que estoy loca, pero… ¿Qué dirías si te dijera que quiero estar contigo ahora?

El aliento se le quedó en la garganta. Tragó, confuso.

—Acostarme contigo —corrigió—. Quiero… —Se pasó las manos por los cabellos, cuyo recogido tembló bajo el gesto, amenazando con caer—, quiero tener sexo contigo.

Itachi entrecerró los ojos, dubitativo.

—No tienes que hacer algo porque sí, Izumi.

—A estas alturas ambos sabemos que no es porque sí —corrigió con las mejillas enrojecidas—, pero sé aceptar una negativa perfectamente.

Caminó hacia él con intenciones de marcharse. Él la retuvo al instante por la muñeca y sus ojos se encontraron. Izumi se mordisqueó el labio inferior, con las mejillas todavía turbadas por sus palabras.

—Llevo desde que te he visto con ganas de quitarse ese condenado vestido —aseguró entrecerrando los ojos—, así que el problema no es si quiero o no acostarme contigo. Si no, el por qué quieres hacerlo repentinamente.

Ella apretó los labios y bajó la mirada por todo él.

—Creo que tus mismas palabras podría ponerlas en mi boca. Siempre estamos tensando la cuerda, siempre. Estoy harta de tensar y soltar. Harta. Así que, o me haces el amor o me iré a casa sola a satisfacer mis ansias —soltó como ultimátum.

Joder. La sola idea de esa imagen bien podía volverle loco. No podía negar que notar el fuego en su vientre no ayudaba. Y que ella estuviera dándole una imagen mental de todo eso, tampoco.

—¿Quieres volverme loco? —cuestionó con la voz tomada.

Ella parpadeó inocencia, pero la muy condenada asintió.

Aceptó el reto.

La soltó de la mano pero la aferró de la cadera en su lugar, pegándola contra su cuerpo. Esperaba que si era consciente de cómo ardía de deseo por ella retrocediera. Era una de las oportunidades que le daría. Sin embargo, Izumi, en lugar de retirarse, levantó sus brazos para rodearle los hombros y buscar sus labios.

Un beso torpe pero marcado que le recordaron lo que él iba a hacer con ella. A destruir esa confianza. Y se iba a llevar algo más que una llave con él a ese paso.

Era una idiotez ponerse a pensarlo en ese momento cuando otras tantas veces había llegado al límite y tras ser infinitamente interrumpido, esa noche no iba a aceptar nada si ella no le detenía.

Subió lentamente su mano por su espalda, deleitándose de la suavidad de su piel expuesta, bajando una vez más hasta el contorno de su trasero. Izumi avanzó las caderas como respuesta y sus cuerpos aumentaron la presión. Cuando ella se apartó, bajó la mirada hacia sus ingles, sorprendida.

—No esperarías que estuviera de piedra con tus intenciones —dijo sin dejar de observarla.

Ella negó, lamiéndose los labios, enrojecidos por sus besos.

—Me siento halagada —confesó. Luego, dio un paso atrás para quitarse los zapatos, quedando de nuevo a su altura normal. Sin dejar de mirarle, caminó hasta los pies de la cama—. ¿Vienes?

Joder. Y más Joder.

Avanzó hasta cubrirla con su altura. Tomó su rostro entre sus manos y la besó una vez más, tiernamente hasta que la pasión renació con la misma intensidad en que sus lenguas se encontraron.

Izumi tiró de su chaqueta hacia atrás, colgándola por sus brazos y sus dedos surcando el sendero hasta su pecho, con lentos gestos, colándose entre los botones hasta llegar a su piel.

Itachi notó el suave cosquilleo sobre su piel y, soltando su rostro, entre beso y beso, se quitó la chaqueta, descendiendo la camisa cuando ella logró quitar todos los botones y, con manos temblorosas, recorrió todo su cuerpo maravillada con la visión de su piel pálida.

Permitió que le mirase, que se deleitara de la misma forma que él seguramente haría con ella, aunque no pudo aguantar más tiempo lejos de sus labios y, con un gesto dulce, posó un dedo bajo su barbilla para levantar su cara hacia él.

Su otra mano, surcó un delineado camino hasta sus cabellos, soltando lentamente cada agarre hasta que ella comenzó a ayudarle, dejando horquillas y demás a un lado de la cama.

Cuando terminó, metió sus dedos entre sus cabellos hasta tirar de ellos hacia atrás. Con sus rodillas tocando el borde de la cama, la besó profundamente hasta que logró que gimiera y sus manos se aferraron a su espalda, sus uñas arañando la piel.

Abandonó sus labios para besar su mejilla, descendiendo por su quijada hasta que llegó a su cuello. Ella ladeó dócilmente su cabeza, pero una de sus manos reptó en una caricia por su espalda hasta su cabello, liberándolo.

—Siempre he pensado que te queda bien…

Sonrió contra su piel.

—Si supieras que no lo corto por pereza y falta de dinero…

Ella ladeó la cabeza, besándole la mejilla.

—Pues me gusta.

Volvió a su cuello, bajando las manos hasta sus axilas. Ella emitió un gritito de sorpresa cuando la incorporó para sentarla algo más a dentro y así, poder acomodarse mejor. Cuando sus ojos se encontraron no pudo evitar levantar levemente sus comisuras, travieso.

—Así podré llegar mejor —anunció.

Ella se cubrió el rostro, avergonzada.

—Para —rogó.

Levantó las manos, sin tocarla, y ella llevó las suyas hasta sus hombros, reteniéndolo.

—Oh, de eso no —corrigió inflando los mofletes—. Sólo no te metas conmigo.

Le besó, aferrándolo lo suficiente en un intento bromista de evitar que se alejara, pero cuando él colocó ambas manos sobre sus piernas y las abrió para encajar nuevamente, sus labios temblaron en un suspiro.

—Me encanta este vestido, pero lo quiero fuera —le dijo bajando la mirada por todo su cuerpo.

Ella tembló contra él.

—Me quedaré desnuda completamente.

Él levantó una ceja y notó que sus orejas ardían esa vez. Desvió la mirada, avergonzada.

—No llevo nada. Nada.

Tuvo que soltar el aire. Con tanta fuerza que su garganta gruñó de deseo.

—Quiero ver eso —confesó clavando la mirada en sus ojos.

Izumi se lamió los labios, dudosa. Él le dio su tiempo, acariciando con sus manos sus caderas, bajando por sus muslos, subiendo de nuevo. Finalmente, ella llevó las manos a la parte trasera de su cuello y trasteó con el cierre. El vestido resbaló más rápido de lo que ella creía hacia abajo, liberando la parte superior de su cuerpo.

Itachi siguió ese movimiento hasta el final. Logró captar sus senos, algo llenos y su estómago. El vestido se quedó sobre sus muslos, arrugado y los brazos femeninos cubriendo su desnudez.

Deseo protestar como si fuera un niño, pero entendía a Izumi y su posición. Él mismo estuvo una vez ahí, cohibido, sin saber qué hacer mientras una mujer madura iba a quitarle la virginidad.

Deslizó sus manos por sus hombros, acarició su cuello y le tomó el rostro entre estas.

—No voy a hacerte daño —juró. Al menos, no en ese momento—. Pero si quieres parar…

—No, es solo que… No estaba desnuda frente a alguien desde hacía mucho. Mucho tiempo. Pero… tú…

Extendió un brazo para tocarle el suyo. Su mano descendió hasta unirse a la de ella.

—Eres tú.

La besó, asintiendo y ella finalmente quitó el brazo del centro. Segundos después, su pecho y su torso se encontraron en una dulce caricia que llevaría un escalofrío intenso por todo su cuerpo.

Izumi volvió a rodearle con el brazo y danzó con su cuerpo hacia él, echándose hacia atrás, tirando de él. Itachi se apoyó con la mano libre, dejando cortos y suaves besos que rompió al final, descendiendo por su cuello, lamiendo la piel expuesta hasta llegar a la clavícula. Se mantuvo un momento ahí, algo dudoso, pero descendió. La suave y blanda carne de sus senos rozándole la barbilla antes de que sus labios y sus dedos decidieran competir en uno y otro. Su cabello cayó por su hombro, creando cosquillas suaves que provocaron que ella se riera acompañada de un suspiro anhelante.

Una de las piernas de Izumi atrapó sus caderas obligándole a pegar las suyas contra las de ellas. Su sexo presionó contra su carne, como si buscara encajar donde sabía que podía hacerlo. Gruñó como respuesta, ondulando su cuerpo contra ella, frotándose. Como respuesta, ella suspiró, devolviendo el gesto y en cada uno, su boca ahuecaba y mamaba sus pezones, poniéndolos duros y calientes.

Los abandonó con cierto anhelo y bajó más hasta que sus dedos aferraron el trozo del vestido que quedaba, deslizándolo suavemente por su cuerpo. Ella levantó las caderas para permitírselo y le observó, en cada movimiento, hasta que, completamente desnuda, quedó expuesta a su mirada hambrienta.

Era hermosa. Jodidamente hermosa. No se cansaría de pensarlo.

Volvió a inclinarse sobre ella, besándola, abandonando sus labios para bajar de nuevo por su cuerpo, frotándose a la par hasta que llegó a su ombligo. Ahí, ella entrometió los dedos en sus cabellos, instándolo a continuar.

No se hizo de rogar, pero sí que se tomó su tiempo. Le encantaba el tacto de su piel, la suavidad, la forma en que su vientre se encogía por las risas o cómo su muslos se tensaba cuanto más se acercaba al lugar donde lo necesitaba.

Su barbilla cosquilleó contra los rizos suaves de su monte y se desvió hasta besar el interior de su muslo, demorándolo hasta que ella siseó en súplica y abrió más sus piernas, dispuesta.

Cuando su lengua perfiló la piel, tembló. Finalmente, él concedió un poco de tregua a lo que deseaba y caminó en besos hasta su centro, besando, con su humedad mojando sus labios. Hundió su lengua, probándola y sus dedos buscaron el punto de mayor placer.

Ver a Izumi retorciéndose debajo de él, empujando donde más le gustaba, suplicando y buscando su mirada, como si quisiera estar segura que era él realmente lo puso a mil. Tuvo que tomarse un momento y con una mano, abrir sus pantalones, permitiéndose algo de libertad.

De rodillas. Realmente esa mujer lo tenía de esa forma, con su boca directamente en su sexo antes de que sus dedos ocuparan su lugar. Fue uno, luego otro y el resultado aclamó en un grito ahogado de ella. Ocupó la zona más sensible con su boca, con sus dedos penetrándola hasta que, repentinamente, se tensó, estirando las piernas lo más que pudo, con sus dedos rodeando sus cabellos y su nombre escapando de sus labios. Notó las palpitaciones en sus dedos, la humedad y los últimos espasmos que continuó incitando hasta que, flácida, se quedó jadeando.

—¡Dios… Itachi! —exclamó cubriéndose el rostro con sus brazos.

Él trepó una vez más a sus labios, dejando un reguero de besos por su cuerpo. Le quitó el brazo del rostro primero y ella lo rodeó con ellos. Posó parte de su peso en ella y Izumi le mordió el labio inferior, separándose para mirar hacia abajo.

—Estás…

—Duro. No sabes cuanto —reconoció—. Joder, Izumi, sabía que ibas a ser increíble, pero…

Lo había desarmado. Hasta tal punto que quería volver a verlo. Pero la necesitaba. Dios, cuánto la necesitaba también.

—Espera aquí —le dijo.

Se separó un momento para acudir a la cómoda y sacar la caja de condones. Abrió uno de los paquetes y se retiró el pantalón. Para su sorpresa, ella avanzó, reteniéndole.

—No voy a…

—Quiero ponértelo yo —dijo, sorprendiéndolo.

—¿Estás segura de…?

Ella asintió y mostró su palma. Él lo dejó en sus manos.

Izumi le tomó con cuidado, lo acarició desde la base a la punta suavemente, besando su estómago en el proceso. Su cabello cubrió momentáneamente su rostro cuando empezó a ponerle el condón con cuidado, luego, levantó la mirada hacia él, echándoselos hacia atrás.

Itachi aceptó su mano cuando volvió a mostrársela y ambos se recostaron una vez más. Esa vez, ella se colocó sobre él. Le permitió disfrutar del mismo que él hiciera, aunque el control empezaba a escapársele de las manos. Entre besos y caricias, su pene temblaba ansiando.

Cuando se sentó a horcajadas sobre él, Itachi reprimió un leve atisbo de inquietud. Durante muchos años le habían montado, exigido ese poder que las beneficiaba. Pero Izumi le miraba llena de preguntas y él las asentía.

Para animarla a continuar, levantó sus manos hasta atrapar sus senos, moviendo su palmas circularmente sobre ellos. Estos se endurecieron de nuevo bajo él. Izumi le tomó, sus caderas moviéndose sobre su sexo, frotando su intimidad contra la suya hasta que, finalmente, la punta logró avanzar hasta hundirse al completo.

Soltó su nombre junto a una maldición y ella se inclinó hasta besarlo, curvando su espalda. Él empujó suavemente contra ella, tocándola por todas partes, deteniéndose en su rostro para ahuecar su mejilla.

Se percató de que estaba húmeda y por un momento, pensó que era de miedo, que algo no estaba yendo bien. Intentó parar, pero ella no se lo permitió, besándole y empezando a moverse.

—Izumi si…

—No —negó entre beso y beso—. No.

Aceptó, atrapando sus caderas para ayudarla a moverse. Entraba, salía, se hundía a los más hondo. Se tragaba sus gemidos. Cuando ella saltó, enderezándose, con sus cabellos hondeando en sus hombros, se quedó congelado.

Se percató, en ese instante, con ella mirándole con los ojos entrelazados, con sólo la luz de la luna alumbrado su cuerpo, que era puramente perfecta y que estaba enamorado.

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Sasuke bostezaba arrastrando los pies hacia la cama justo cuando el móvil vibró en la cabecera. En cualquier otro momento lo habría ignorado pero la idea de que Hatake hubiera cambiado alguna cita imprevista se lo impidió. Tener que trabajar de secretario era una jodida mierda de tiempo perdido.

Sin embargo, no era Hatake, pero sí su hija.

Reconoció la fotografía en la que aparecía con la lengua entre los labios, la mirada brillante, un sombrero cubriendo su pelo que ondeaba alrededor de su rostro. Claramente, una fotografía de un día de playa.

Debía de reconocer que estaba muy guapa.

Abrió el mensaje, sacudiendo la cabeza ante tales pensamientos a la par que se sentaba en la cama.

Espero que no estés dormido todavía, decía el mensaje, aún me debes un baile.

Arrugó el ceño. Se había negado diversas veces a acceder a bailar en la fiesta. Le parecía completamente ridículo. Aunque Sakura estuvo encantada de bailar con Naruto, ya que no parecía mucho por la labor de continuar consintiéndole. O simplemente, necesitaba pensar.

—No voy a bailar —contestó en voz alta mientras escribía.

Ella no tardó en escribir.

¿Ni siquiera conmigo? ¿Es porque no estaba guapa?

Joder. No era por eso. Si estaba. Demasiado. Aunque nunca se lo diría, por supuesto. Su corazón había saltado como un idiota. Más bien, últimamente era lo que no cesaba de hacer con ella y por más barreras que pusiera, parecía que eso continuaba.

—Oye, Sasuke.

Dio un respingo, con el móvil cayendo por su costado.

Shikamaru le miraba desde la puerta con una ceja alzada.

—Tranquilo, aunque luego acuérdate de borrar tu historial de búsqueda para que no se vea el porno —bromeó. Él levantó un dedo como respuesta—. Como sea. Hoy Itachi tiene puerta cerrada, así que aprovechar.

Sasuke gruñó como respuesta y aceptó que se la cerrara. Naruto, sin embargo, estaba frito en su cama y Shikamaru se la dejó abierta, porque escuchó que bajaba de puntillas hacia su dormitorio.

Tomó el móvil de nuevo y se percató de que había enviado un mensaje de voz. Frunciendo el ceño, le dio encima del pequeño play y escuchó la voz de su hermano. Intentó borrarlo, inquieto, pero Sakura ya lo había escuchado y no tardó en llegar su pregunta.

¿Qué significa eso de puertas cerradas? ¿Por qué Itachi…? Luego, otro mensaje más. Olvídalo. Sé que Izumi está allí. ¡Madre mía! ¿Es que no podéis cerrar las puertas para tener intimidad?

Esa pregunta creó un efectivo escalofrío en todo su cuerpo, direccionándose hacia cierta parte de su cuerpo. Maldijo entre dientes mientras luchaba por borrar de su mente la idea de Sakura en una habitación con puertas cerradas y esa intimidad a la que, quizás, no se refería.

—Olvídalo y duerme —respondió—. Buenas noches —añadió poco después.

Borró las últimas letras. "Guapa". No. No iba a decir eso en su vida.

.

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Sakura sonrió mientras dejaba la silla de ruedas a un lado y se guardaba el móvil en el pantalón del pijama. Temari apareció por la puerta del baño, saltando a la pata coja.

—Esto está siendo fastidioso cada día más —protestó, pero permitió que la ayudara a llegar a la cama—. ¿Qué tal ha ido entonces todo? ¿De verdad Hinata es libre?

—Sí. Aunque no sé bien cómo va a terminar la cosa con Kaguya. Parece muy interesada en Hinata y creo que en Naruto. Le ha tirado los tejos y todo. ¿Sabes?

—¿Qué dices? —exclamó incómoda—. ¡Que le dobla de sobras la edad!

—Bueno, eso no se nota para nada. Esa mujer es un bombón. Tenga la edad que tenga. Ojalá yo llegara a ser como ella, pero esos genes son solo de Hinata, al parecer —protestó abriendo la cama para que se acostara—. ¿Qué tal vuestro día? ¿Matsuri ha hecho de las suyas?

—Oh y tanto que sí —rememoró Temari.

Sakura no le habría prestado demasiada atención si no hubiera notado el rubor en las mejillas de su hermana.

—¿Qué ha hecho? —cuestionó al instante.

—No importa. Ya ha pasado —descartó con un gesto de la mano. Le dio una palmada en el hombro—. Vete a dormir, anda. ¿No estás cansada de tanto bailar?

—¡Bailar! —exclamó cruzándose de brazos—. Sólo lo he hecho un poco con papa y con Naruto. ¡Sasuke ni siquiera se a atrevido a pedírmelo! Y cuando le miraba en espera de que fuéramos, me ignoraba.

—Puede que no le guste.

—Vale, lo acepto. Pero… ¿tan poco soy como para no querer sacarme?

—Eso no tiene nada que ver —corrigió Temari severa—. Sakura, a ti no te gusta comer bacalao. ¿Lo comerías sólo porque a Sasuke le gusta?

—No, la verdad —admitió pensativa—, pero es porque ese pescado es asqueroso lo mires por donde lo mires.

—Bueno —aceptó Temari sin querer entrar en esa conversación una vez más. Bastante que no la ganara cuando Sakura no medía ni cuarenta centímetros—. El punto es entender a lo que me refiero.

—Sí, lo entiendo —afirmó suspirando—. Por cierto, dudo que Izumi venga esta noche a casa —explicó.

Temari asintió y miró por la ventana.

—Sí, yo también noté que se quedó. Seguramente, mañana lo haga.

—¿Ocurre algo? —preguntó Sakura preocupada.

—No, no —descartó Temari moviendo una mano.

—Pues que sepas que me he enterado por la voz de Shikamaru que Itachi no les permite tener puertas cerradas.

Temari dio un respingo y Sakura elevó las cejas.

—¿Tan desconcertante es eso?

—¿Tienes un audio de Shikamaru?

Notó que la miraba algo ansiosa, con las mejillas un poco sonrojadas.

—Sí, bueno… Sasuke también sale en él…

—¿Podrías…?

Temari miró su móvil en súplica.

—Puedo —aceptó frunciendo el ceño—. ¿Es que quieres desbloquear algo con su…? Ay, dios.

—No digas nada —advirtió—. Ya bastante tengo con Matsuri gritando a pleno pulmón.

—¡Pero eso significaría que…!

—No significa nada, Sakura —cortó antes de que pudiera terminar si quiera—. Sólo déjame el móvil y a solas, por favor.

Sakura obedeció, pero antes de salir, la miró.

—Hermana, casi pareciera que te hubieran roto el corazón de cierta forma.

Temari sonrió dulcemente.

—No lo han hecho. Tranquila.

Tomó su móvil para revisar los mensajes. Sakura salió justo cuando lo empezaba a reproducir.

Entró en su habitación, agotada, descalzándose y empezando a quitarse el vestido cuando dos brazos la atraparon. Notó el húmedo frío de las lágrimas contra su mejilla y el aroma de Ino.

—Me parece que ya sé a qué hermana le han roto el corazón.

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Temari le dio al botón de reproducir una vez más y cerró los ojos. Realmente era una conversación cualquiera y aunque le hacía dudar de por qué alguien tendría prohibido a un montón de chicos cerrar la puerta, no podía evitar cierto escalofrío cada vez que la voz de Shikamaru llegaba por el altavoz.

Era una tontería, comportándose como una adolescente que escucha una y otra vez lo mismo que le calienta el corazón.

Se llevó los dedos hacia la boca y pasó el índice por sus labios lentamente. Recordaba la textura suave de la boca masculina, su sabor y cómo su aliento le cosquilleaba la cara.

Sonrojada, con la respiración agitada, dejó el móvil a un lado y dio la espalda al teléfono para mirar hacia el exterior.

La luna brillaba en lo alto.

Empezaba a ir refrescando ya, pero su corazón continuaba sintiéndose cálido.

Continuará…