Llegamos con otro capítulo que espero que sea algo divertido por ciertas cosas que pasan…
Creo que no tengo que advertir nada, pero como siempre, cuidado, por favor =)
Resumencillo:
Hatake Kakashi, padre de seis hijas, hereda no sólo mucho dinero y poder, sino que una llave muy especial de la ciudad que le otorga muchos beneficios como propietario. Después de haber vivido en un mundo de pobreza junto a sus seis hijas y madres fallecidas o que abandonaron a sus hijas y a él, ha encontrado finalmente establecerse amorosamente con su amor de mucho tiempo atrás, Rin.
Ante la falta de madres, Izumi Hatake, la mayor, tomó el rol de madre más que de hermana, cuidando de sus cinco hermanas como tal. Tras que se mudaran a una nueva mansión conocieron a otros seis hermanos cuyo régimen de pobreza no les hace ser mala gente, pero sí necesitados.
Itachi Uchiha, el mayor de todo ellos, tuvo que trabajar en diferentes trabajos, algunos de cuestionable reputación, desde niño para poder alimentar a sus cinco hermanos, cuyo padre siempre abandonaba en su puerta sin mucho dinero y de diferentes madres.
La vida de los catorce personajes se verá enlazada tras que una señal de tráfico obligue a Sakura y Ino detenerse y conocerlos.
Poco a poco y tras situaciones tan peligrosas como un torpe tropiezo en un puente, un ex, Toneri, que quiere conseguir poder sea como sea, y una familia de aún leyes anticuadas, la vida de todos ellos se ve enlazada con un motivo oculto tras todo esto: ellos quieren robar la llave de Kakashi para salir de la pobreza.
Para ello hay una serie de reglas. La más importante: nunca enamorarse de esas hermanas.
Sin embargo, la regla ha sido rota.
Sai y Ino comenzaron una relación que terminó en sexo y se complicó hasta el punto en que cortaron durante la fiesta de salvación de Hinata. Izumi y Itachi, finalmente han dado paso a la pasión que los perseguía. Shikamaru ha tomado riendas con Temari, pero nada ha quedado afianzado. Sakura y Sasuke mantienen un toma y daca que no se sabe por dónde va. Gaara sigue rehuyendo de una firme Matsuri. Y Hinata sigue enviando a la friendzone al pobre Naruto…
Tras una fiesta con Kaguya, quien parece realmente encantada con Kakashi y Hinata, aceptan que Hinata pueda tener libertad para elegir sus pretendientes, terminando así otro capítulo de esta historia.
A su vez, Izumi pasa la noche con Itachi, pero tienen una charla pendiente…
Mención especial a:
Gab y BlueMatters por sus rws =)
Nunca te enamores de esas hermanas
15
Corazones enamorados.
Te amo, aunque sé que me vas a destrozar en el futuro.
Las decisiones difíciles nunca son fáciles de tomar.
La telaraña ya está tejida…
El sol aún no entraba en la ventana cuando Izumi ya estaba despierta. No podía borrar la sonrisa de la cara mientras le observaba.
Itachi estaba girado hacia ella, desnudo, con el cabello revuelto gracias más a ella que por la almohada. Tenía algunas marcas en su piel ocasionadas por sus besos gracias a que era más claro de piel y cualquier roce parecía quedarse durante un buen tiempo. A ella no le importaba verlas. Estaba segura de que su espalda también tenía algún que otro arañazo.
Se percató de que tenía pestañas largas y que dormido estaba tan guapo como despierto. Le gustaba que se mostrara vulnerable de esa forma. Estaba segura de que si se movía para acurrucarse contra él la abrazaría entre el sueño.
Ella ya se había levantado y tomado una de sus camisetas para cubrirse. Porque no iba a ponerse de nuevo ese condenado vestido. Ni de coña. Aunque la noche hubiera sido fantástica gracias a él. Mentalmente debía de darle las gracias a Sakura por su travesura.
Intentó sacar de su mente a sus hermanas. Se alegraba por Hinata y estaba deseando verla para abrazarla y felicitarla, sí, pero en ese momento tenía que poner primero en orden su propia vida.
Por fin.
Se sentía como estar apostada en un principio. No sabía cuán de dura sería la caída, pero quería intentarlo.
Necesitaba ser sincera con Itachi. Y eso implicaba rebuscar en un pasado que la coaccionó durante años. No sabía cómo iba a terminar todo. En especial, qué pensaría Itachi de ella. Por eso, y también porque estaba más pillada por él de lo que le gustaría admitir, quiso tener un momento hermoso de recuerdo entre ellos.
Debía de reconocer que también fue una forma de poner en claro si todo aquello lo había superado. Con Itachi era fácil dejarse llevar y el resultado le gustaba. Se sentía como no lo hacía en mucho tiempo.
Femenina. Guapa. Sexy. Querida.
Miró el reloj sobre la mesita de noche. Sabía que Itachi era madrugador ya por costumbre de años de cuidados infantiles y ahora, por el nuevo trabajo. Sin embargo, había algo que llevaba queriendo hacer desde que despertara.
Se movió un poco hacia él, lentamente, y pegó su boca contra su mejilla. Luego, lentamente, hacia su comisura y, finalmente, sus labios.
Itachi no tardó en moverse, levantando su brazo libre para asirla de la nuca y corresponder. Cuando se separaron, ella sonrió.
—Buenos días.
Él asintió parpadeando, poniéndose bocarriba y estirándose a la par que miraba de reojo el reloj antes de volver hacia ella y abrazarla.
—¿Cuánto tiempo llevas despierta?
—Hace bastante. Te he visto dormir.
Él frunció el ceño, como si eso fuera nuevo para él.
—¿Te molesta?
—No, no —descartó incorporándose y apoyándose en el codo para retirarle algo de cabello del hombro con la otra mano, observando su camiseta—. Claramente, estoy en desventaja. Sigo desnudo.
—Hum… Sí. Lo he podido percibir bien —aceptó sonriente. Pasó una mano por su vientre, subiendo por su torso hasta su cuello y mejilla—. Definitivamente, eres un hombre muy atractivo, Itachi.
Él arrugó el ceño y se apartó para caminar hasta la cómoda y sacar unos calzoncillos para ponérselos.
—Este hombre lo que debería de hacer es conseguirte algo que comer —indicó al notar su gesto de duda—. ¿No tienes hambre?
—Bueno… —murmuró.
Él se detuvo.
—De comida. Real.
Izumi soltó una carcajada que apenas logró cubrir con sus manos al recordar la hora. Lejos de enfadarse, él caminó hacia ella, la besó una vez más y rozó su nariz contra la suya.
—Iré a por algo que comer antes de que estos se despierten. Seguro que tienen puerta cerrada, así que será fácil.
Ella asintió y le vio marchar.
Estar a solas le dio una nueva perspectiva de dónde estaba. Cómo estaba vestida —cabe recordar que no llevaba ropa interior—, y lo que significa. La diferencia de las otras veces.
En esa cama Itachi le había hecho el amor toda la noche. O al menos, hasta que se quedaron dormidos. Si estiraba el cuello podría ver en la papelera los paquetes de los condones y podría estar del todo segura, pero de solo pensar en hacerlo se le subían los colores.
Ni siquiera recordaba si la cama crujía o no. O si gritó.
Buscó su móvil a tientas entre la ropa y luego recordó que no lo había llevado. Dudaba que sus hermanas la llamaran sabiendo dónde estaba, pero sí que luego sería un zafarrancho de preguntas que no podría esquivar fácilmente.
Se puso en pie para mirar desde la ventana la mansión. No parecía haber movimiento, aunque imaginaba que Temari no tardaría en empezar a llamarlas o simplemente, a moverse en contra de las recomendaciones. Su padre igual sí estaba ya en pie. Según como hubiera terminado la noche con Rin.
Le gustaría que su padre pudiera, finalmente, retomar su viaje de novios. Ahora que las cosas parecían haberse calmado con Hinata podría permitírselo perfectamente.
La puerta crujió detrás de ella y Itachi apareció con una bandeja con dos tazas de café, galletas y tostadas que le hicieron rugir el estómago.
—¿Ves como tenías hambre? —dijo dejando la bandeja sobre la cama.
—Ni me había dado cuenta —reconoció sentándose junto a él una vez lo hiciera para tomar su taza y dar un buen sorbo—. Delicioso.
—Es de sobre, no pidas mucho.
—Que te hagan el desayuno siempre lo hace delicioso —indicó sonriente. Él asintió dando un sorbo de su propio café—. Gracias.
—Sólo es café, galletas y tostadas. Todo rápido.
—Pues hasta este simple desayuno, que para mí no es para nada simple, me gusta. No necesito lujos como crees, Itachi —recordó—. Te lo dije. Sé lo que es no tener y me hacen felices las pequeñas cosas como estas. Pero habría sido tener que irme de tu cama nada más despertar.
Tomó una galleta y la mordisqueó mientras se esforzaba por no permitir al llanto ganar la partida.
—Ey.
Itachi le rozó la pierna con su mano, elevando una ceja cuando le miró.
—¿Todo bien?
—No —negó dejando la galleta—. Y no es que hayas hecho algo malo. Dios, todo ha sido… genial —aseguró—. Pero sigo sintiendo que tenemos que tener una conversación y que debes de saberlo. En realidad, debí de dejarlo claro antes de que…
—¿Nos acostáramos?
—Eso —confirmó azorada—. Pero temía que me odiaras o pensarás de mí que era una fácil mujer. Quería tener un recuerdo hermoso de ti —confesó.
Itachi había fruncido el ceño. Estaba muy serio. Dejó la taza sobre la bandeja para centrar toda su atención en ella.
—Izumi. Sé clara —invitó.
Ella asintió, lamiéndose los labios.
—Es a cuenta de Kabuto.
Él cabeceó una afirmación.
—Estoy furiosa con él. Con su desprecio. Con la forma de tratarme como si fuera simplemente un… un… nada. Como si no fuera nada. —Tomó aire y buscó en su mirada alguna desaprobación—. Es mi ex. El único que he tenido, he de decir. El único hombre que fue capaz de llevarme a ser lo que soy. Lo que era antes de ti —se corrigió.
Se lamió los labios pensando que iba a interrumpirla, pero Itachi simplemente se mantenía en silencio mientras hablaba.
—Lo conocí hace diez años. Él es o era militar. Adinerado, debo de decir. Pero como te he dicho siempre, no fue eso lo que me atrajo de él. Me pareció un hombre correcto, firme en sus ideales y atractivo. De unos amigos pasamos a convertirnos en amantes.
Un gruñido de afirmación escapó de la garganta masculina.
—Algo imaginé.
—Sí… Lo siento.
—No tienes que disculparse. Eso fue mucho antes de conocerme. Y yo no soy el más limpio para tirar la piedra —reflexionó.
Ella sacudió la cabeza.
—Como dije en su momento, no me importa siempre que tú estés bien.
—Lo sé. Continúa —animó—. Porque imagino que hay mucho más.
—Sí… Tenías razón en muchas cosas. No puedo creer en el amor, soy rígida porque me hizo mucho daño.
—Y cuando hablamos de matrimonio…
—Sí. Estuve prometida con él. O eso creía —añadió sarcástica—. Me compró un anillo y todo. Me lo pidió en un restaurante, como en las películas. Fui idiota. Todo tan teatral… Tan peliculero…
—¿Era mentira?
—Sí. Era imposible que se casara conmigo porque ya estaba casado —puntualizó—. No lo supe hasta que lo cambiaron repentinamente de destino. Fue herido en combate y lo dieron por muerto —explicó—. Fui a investigar qué había pasado con él y me encontré con su esposa. Estaba hecha un mar de lágrimas porque no lograban dar con él. Y yo lloraba porque me había engañado. Me juró muchas cosas. Todas mentiras.
—¿La mujer nunca se enteró?
—No. Al parecer solía decirle siempre que estaba en misiones y ella se lo creía. Igual que yo… Ambas fuimos unas tontas. Le entregué a su mujer el anillo como si fuera un regalo para ayudarla económicamente a encontrar a su hombre y desaparecí de sus vidas.
—Y cambiaste.
—Sí. Me endurecí. Alejé cualquier posibilidad romántica. No es que no sepa como reacciona mi cuerpo, Itachi, es que no puedo permitirle reaccionar. Por eso cuando te metes conmigo, cuando crees que no hay nada… Lo hay. Hirviendo dentro de mí por tu causa.
Él cerró los ojos y ella tragó pesado.
—¿Me odias?
—No.
—¿Me desprecias?
—Tampoco.
Los abrió finalmente para mirarla.
—Sólo pienso que no te merecías eso. Te ilusionaste con cosas que no deberían de haberte hecho daño, si no, feliz.
—Me ayudó a resguardarme. Me puse una coraza que durante muchos años me ayudó. Si que es cierto que luego fue duro decirle a mi familia que no había boda y esquivar el tema hasta que quedó en la inopia. No volví a hablar de ello hasta ayer y hoy. Contigo.
Él asintió y extendió su brazo hasta que su palma acarició su mejilla.
—¿Por eso lloraste anoche mientras estábamos juntos?
Ella negó.
—Fue porque por un momento me imaginé que me despreciabas por esta historia. Como te he dicho, quería llevarme algo hermoso de ti.
Él suspiró y tiró de ella hasta poder acomodarse de forma que quedaran frente a frente, con sus rodillas tocándose aún en la postura del escriba. Mantuvo sus manos en su cintura y la cabeza inclinada para asegurarse de que ella le miraba con atención.
—Jamás te habría despreciado por eso. Pero podrías haberme contado esto y nada sería diferente. Podrías haber disfrutado de todo sin remordimientos.
—Oh, no siento ningún remordimiento de haberme acostado contigo —aseguró—. Y lo he disfrutado mucho. Muchísimo.
Itachi ni siquiera se sonrojó. Sólo sonrió con satisfacción antes de tirar de nuevo de ella para sentarla sobre sus caderas y besarla. Izumi se aferró a con sus brazos, correspondiendo completamente encantada.
Itachi había esfumado los miedos a cuenta de Kabuto.
Notó que las manos masculinas descendían por su trasero hasta colarse bajo la camiseta y atrapar sus nalgas desnudas. La sonrisa de él se intensificó contra su boca.
—Sin bragas.
—Obviamente —admitió azorada—. No es que tengas en tu casa una muda. Pero unos pantalones me vendrían bien para poder bajar sin pasar la mayor vergüenza de mi vida por las escaleras de tu casa.
—¿Y quién dice que vas a irte tan pronto? —cuestionó rozando su nariz contra su mentón a la par que empujó sus caderas contra ella.
Izumi parpadeó al sentirlo. Su cuerpo respondió enseguida al acto. El recuerdo de lo vivido encendió por completo de nuevo la necesidad, como si fuera un condenado botón de apagado o encendido que él podía tocar a placer.
Desvió la mirada hacia el reloj y luego a él.
—Tienes que trabajar y yo tengo unas hermanas que organizar y, también tengo que reorganizar tu casa —recordó acariciándole los labios con el índice.
Él gruñó.
—Me he pasado tantos años sin trabajo que se me olvidaba.
Atrapó su dedo entre los labios y le dio un pequeño mordisco, chupándolo suavemente. Izumi siempre pensó que ese acto afectaba más a los varones que a las mujeres, hasta ese momento.
Soltó el aire fuertemente, maldiciendo que fuera capaz de volverla tan loca.
—Espera aquí —le dijo.
Saltó ella misma de la cama, abrió el cajón y sacó el preservativo de su plástico, entregándoselo. Fue sentándose a medida que lo observaba colocárselo, hasta que, fue él quien tiró de ella incitándola a sentarse. Lo hizo con total gusto. Parecía que su cuerpo había aceptado completamente su forma y lo que era capaz de otorgarle. En cada movimiento su cuerpo se estremeció como nunca antes desde esa noche.
Observar a Itachi de esa forma, sumiso a ella, permitiendo que marcara el ritmo pese a que en un punto llegó a ser tan intenso que él mismo tomó el control. La asió con fuerza para acostarla sobre el lecho y la tomó con tanta concentración que no se detuvo hasta que escuchó algo caer a los pies.
Ambos miraron hacia esa dirección.
Ella soltó un taco. Él la miró. Onduló su cuerpo lentamente sobre ella, luego, hacia atrás, como si fuera a alejarse para recoger la bandeja que se había caído. Lo apresó con sus piernas.
—No te atrevas —advirtió.
Adoraba el gesto travieso que era capaz de poner sólo con ella. Le dio una suave palmada a su pierna.
—Ni pensaba hacerlo —dijo, moviéndose contra ella de tal forma que estuvo a punto de perder el control, cubriéndose la boca con su palma.
Traicioneramente, Itachi lo repitió. Reiteradas veces, alternando con movimientos y puntos que ni siquiera sabía que eran capaces de enloquecerla de ese modo. El muy condenado disfrutaba viendo cómo se esforzaba por contener sus gritos. Incluso cuando sus ojos lagrimearon continuó torturándola.
Unos golpes llegaron a la puerta. Esa vez, Itachi fue quien maldijo.
—¿QUÉ?
—Perdona por interrumpir, Itachi, pero tenemos problemas. Es Sai.
—Mierda…
Se volvió a mirarla.
—¡Iré en cuanto pueda! —gritó.
Shikamaru debió de marcharse. O eso esperaba ella. Porque no iba a sentirse nada cómoda con abrir la puerta y encontrarles en esa postura.
Tragó, debatiéndose entre el deber y el placer.
Itachi fue quien decidió por ella.
—No puedo parar ahora —susurró contra sus dedos—. ¿O quieres que lo haga?
Negó. Retiró la mano para buscar su nuca y acariciarle con sus dedos para invitarle a un beso torpe que apenas logró acallar sus gemidos.
No estaba segura de si fueron las prisas o porque realmente ya estaba al límite, pero cuando se abandonó fue como derretirse por completo en él. Itachi apretó los dientes y cerró los ojos, encorvando su espalda mientras lo sentía en su interior alcanzar el orgasmo.
Jadeante, soportó su peso unos momentos, hasta que ella estiró las piernas y él se retiró. Como hiciera esa noche, le dio la espalda para quitarse y tirar el condón a la papelera. Se quedó un momento sentado tras colocarse los bóxer y luego, la miró por encima del hombro.
—He de…
—Ves —aceptó con gusto bajándose la camiseta y asintiendo—. Yo cogeré unos pantalones y limpiaré esto. No te preocupes. Sai es importante.
Él le dio un rápido beso y se vistió para salir descalzo. Con cuidado cerró la puerta y escuchó sus pasos subir escaleras arriba.
Avergonzada y sudada, se miró sola en esa cama y sintió más vergüenza que nunca. De un brinco, volvió a levantarse para buscar algo que ponerse, pero la torpeza la gano y cayó de rodillas.
—No puede ser… —protestó echándose a reír—. Creí que esto era un mito.
Pero al parecer no. Sus caderas dolían y sus piernas temblaban como flanes. Iba a tener unas bien merecidas agujetas.
Logró ponerse en pie y meterse unos pantalones por las piernas sin caerse. Luego, retiró las sábanas hacia atrás para quitar las sábanas y se agachó para recoger la comida derramada. Era una lástima, pero no iba negarse que prefería la opción final.
Cuando abrió la puerta intentó ver si había alguien en el camino, pero parecía que todos estaban en la habitación de Sai o en sus habitaciones, así que bajó hacia la cocina para dejar la bandeja, recogió fregona y cubo y tras llenarlo subió hacia arriba, sintiéndose más cansada de lo que esperaba.
Limpió y retiró las sábanas justo para que llamaran a la puerta. Reconoció a través de las cortinas el cabello rosado de Sakura y abrió.
—Ah, Izumi. Justo venía a por ti.
—¿Qué ocurre? —preguntó.
—Es Ino. Necesita de ti.
Dejó la ropa en el cesto y el resto a un lado y salió con ella al instante. Itachi entendería igual que ella el por qué.
Se encontró a Ino acurrucada en su cama cubierta hasta la cabeza.
—Esperaré fuera —dijo Sakura con gesto cansado.
—¿Toda la noche? —preguntó.
Sakura asintió y cerró para salir. Ella caminó con cuidado hacia la cama, tanteando donde estaba el resto del cuerpo de su hermana antes de meterse bajo las ropas con ella. Ino parpadeó para enfocarla y después, se estiró para abrazarse a ella.
Comenzó a llorar al instante.
Se mantuvo en silencio, reconfortándola en caricias y besos. Retirándole los cabellos y acunándola cuanto pudo.
Cuando finalmente se controló un poco, se apartó para limpiarse. Había ya tres cajas de clínex vacías en la mesilla.
—Lo siento… Sé que debía de ser tu momento especial con Itachi y yo he…
—Ino, tu y las demás sois muy importantes para mí. Itachi lo comprende perfectamente y jamás me negará algo como tal. Además, él ya estaba con… Sai.
Ino la miró con ojos enrojecidos y brillantes.
—¿Sai está mal?
—Eso parecía, sí —admitió—. Aunque ellos estaban encerrados en la habitación de Sai y yo… limpiaba.
—Tienes un serio problema con la limpieza, hermana —regañó Ino, pero enseguida frunció el ceño—. No esperaba que él estuviera tan afectado.
—¿Por qué no iba a estarlo? Mírate cómo estás tú.
—Ya… Yo pensaba que los chicos eran diferentes —reconoció sorbiendo por la nariz—. Anoche cortamos.
Izumi tragó, comprendiendo entonces el aspecto de su hermana.
—¿Os peleasteis o fue a razón de lo ocurrido?
—No estoy segura —reflexionó—, pero creo que es un poco de todo. Sentí también que Sai no tenía cabeza para mí en ese momento. Como si otra cosa le estuviera quitando el interés en lo nuestro. Y creo que con lo que pasó, ambos sentimos que la confianza no es buena y que eso no ayuda a una pareja. Si no hay de eso… no funciona.
—Eso es cierto —reconoció—. Aunque también cuando la hay de una parte, de otra no. Y es una balanza desequilibrada.
—Sí… —Ino se abrazó las piernas y suspiró—. Yo fui la que dije que cortáramos. Pero es que le pregunté qué pasaba y sólo apretó la boca como si se esforzara en con responderme, Izumi. Yo sólo quería que lo habláramos, que encontráramos una solución a todo esto. Pero él se calló. No dijo absolutamente nada. Habría preferido que me dijera que no estaba preparado para ser padre, que ambos debíamos de tener más cuidado a próximo o que superaríamos eso… pero no… Me sentí tan sola rodeada de gente.
—Oh, Ino…
La abrazó de nuevo y ella se dejó hacer. Volviendo a sollozar.
No estaba segura de cómo se sentía Sai en ese momento, pero ver a su hermana de esa forma le picaba la lengua con deseos de blasfemar hacia el muchacho. Ino era temperamental y loca. Era más probable verla metiéndose en líos que solucionándolos. Pero era leal y firme en su amor. Esperaba lo mismo.
Y Sai parecía no ser capaz de devolvérselo.
O no saber cómo hacerlo.
—Escucha Ino —dijo acariciándole los cabellos—. No quiero que creas que estoy defendiendo a Sai, pero quiero exponerte otra cosa.
Ino tragó.
—Te escucho.
—¿Has pensado que quizás Sai no sabe cómo amar? Estos chicos han tenido carencias durante toda su vida. No han conocido el amor de una madre y menos, de un padre. Se han criado sólo con hermanos y creo que ninguno ha tenido mucho tiempo para el amor. Y de hacerlo, seguro que para Sai sólo han sido momentos locos y nada serio. Él desde el principio parecía interesado en ti y tú le conoces mejor que nadie para saber si te mentía o no.
—Yo no sé. No sé qué pensar. Me gustaría aferrarme a tu idea, Izumi, pero... ¿Y si tenso las cosas? ¿Y si realmente no llegamos a nada intentándolo? Igual encajamos bien sexualmente pero no mentalmente.
Dio un respingo sonrojándose. En eso podía estar de acuerdo con ella. No le gustaba comparar, pero si debía de hacerlo, la única noche con Itachi había sido más intensa y satisfactoria que todas las veces que estuvo con Kabuto.
—Muchas veces, nuestro primer amor no termina siendo el indicado —dijo más para sí que para su hermana.
—Bueno, Sai no es mi primer amor —reconoció limpiándose las mejillas húmedas con las manos—. En realidad, fue un chico del que no recuerdo su nombre en la escuela principal. Me gusta mucho. Me imaginé muchas veces casada con él. Luego se mudó y no le he vuelto a ver. ¿Te imaginas que fuera él mi hombre destinado al que perdí?
—No vayas por el lado dramático —aseveró con cierta diversión.
—Lo sé, lo sé. Sólo era broma —reconoció Ino—. Creo que igual merezcamos una segunda charla. Si vuelvo a no verle interesado, pararé.
—Vale. ¿Qué tal una ducha y un desayuno de Temari? —preguntó—. A Sakura podemos dejar que duerma un poco.
—Sí, pobre —aceptó empujando las sábanas y mirándose al espejo para gritar—. ¡Dios mío! ¡El maquillaje!
—Sí, bueno, eso pasa cuando lloras sin más.
—Ahora mismo te envidio —protestó—. ¿Por qué el tuyo no está así?
—Porque no usé apenas —respondió.
Y salió de ahí antes de que la vena curiosa de Ino despertara.
Estaba por entrar en su dormitorio cuando escuchó la voz de Matsuri.
—¿Qué te ha pasado, Hinata?
Bajó las escaleras rápidamente para llegar a la entrada. Hinata había dejado caer su móvil y su mano temblaba.
—¿Qué ha pasado? —cuestionó exigiendo que Matsuri le diera el teléfono—. Sin esos Hyûga de nuevo…
—No —negó Hinata con gesto de decepción—. Me han despedido.
—¿Qué? —exclamaron ella y Matsuri a la par.
Izumi miró el móvil sin comprender. Sólo reflejaba una llamada de teléfono que fue contestada, nada más.
—¿Cómo que te han despedido?
—Sí… porque al parecer mi contrato ya debería de haber terminado hace tiempo, dado que Toneri lo… lo removió para que finalizara y pudiera casarme sin preocuparme por eso.
—¿Acaso no es eso ilegal? —preguntó Matsuri.
—Sí que lo es —confirmó ella poniéndose delante de su hermana—. Vamos a ir a hablar con tu jefe y…
—No —negó tomando aire cansada—. No voy a remover esto.
—Pero es tu trabajo —musitó Matsuri incrédula—. Y a ti te gusta mucho.
—Sí, pero no quiero alargar un contrato manipulado. Si ellos quieren que lo deje, lo aceptaré y buscaré algo por aquí cerca. Tiene que haber más puestos para mí.
La sonrisa de Hinata estaba llena de esperanza. Izumi sentía ciertas dudas con eso, pero aceptaba que tomara sus propias decisiones.
—Entonces, asegúrate que te den lo que te corresponde. ¿De acuerdo? Si hace falta pídele a papá algún abogado.
—No es que estemos faltas de dinero ahora —protestó Matsuri.
—No se trata de dinero, es de sus valores. Y son tan importantes como cualquier otra cosa —puntualizó—. No te dejes pisotear y si puedes sacar una carta de recomendación, mejor.
—Lo haré —aceptó Hinata besándole la mejilla antes de marcharse.
Matsuri la observó preocupada.
—¿Crees que irá bien?
—Creo en la nueva Hinata —asintió—. Voy a ducharme —anunció—. No olvides ir a clase.
—¿Es que nadie va a contarme cómo fue la fiesta? ¿Izumi?
Sí, que la perdonara su madre, pero acababa de ignorar a su hermana con todas las de la ley.
Se quitó la ropa de Itachi sintiéndose helada ante su falta y se metió bajo el agua caliente. Su cuerpo parecía especialmente suave. Percibió algunas marcas en su piel de rastros de besos y arañazos.
Sonrió, satisfecha.
De alguna forma Itachi la había devuelto a la vida.
.
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Kakashi entró justo para verlas tragar a la vez el mismo trozo de pastel. Al principio pensó que se trataba de una competición infantil frecuente entre ellas, pero ver a Rin en la contienda era realmente sorprendente.
—A ver si al final vamos a tener que llamar a emergencias por triple atragantamiento —bromeó.
Rin sonrió ante sus palabras y Matsuri empezó a darse golpecitos falsos en el pecho que Temari interrumpió con una palmada en su cabeza para que evitara seguir su atragantamiento.
Ino se levantó de golpe.
—Vale, ya he comido. ¿Puedo irme ahora?
—¿A dónde vas con tanta prisa? —cuestionó al ver que se acercaba a él para salir.
—Necesito hablar con Sai.
—Oh, pues justo de algo de eso quería hablar —anunció asiéndola del codo para impedir que se fuera—. ¿Dónde están Izumi y Sakura?
—Sakura duerme —respondió Ino.
—Y Izumi estaba en la ducha. Igual sigue todavía.
Asintió a Matsuri y las observó.
—Bueno, igualmente puedo decírselo después. Hace tiempo ofrecí a los chicos de celebrar una cena para agradecer su ayuda y a la vez, enlazarnos como vecinos. Después de diferentes sucesos nos hemos unido pero no hemos celebrado la cena. Así que quiero hacerlo hoy si a ellos les viene bien. Iré a hablar con ellos antes de que se vayan al trabajo o a clases —añadió mirando a Ino—. Iré contigo.
Ella asintió con ciertas dudas.
—Papá —llamó Temari—. ¿He de preparar esa cena?
—No. Iremos a cenar fuera.
—Vale.
Kakashi y Ino abandonar la mansión para dirigirse a la casa. No había nada de movimiento. Era extraño que Itachi no estuviera preparándose para irse a trabajar. Presionaron el botón de llamada. Empezaron a escucharse gritos repentinos y finalmente, Naruto abrió.
Cerró.
Padre e hija se miraron sin comprender.
Itachi apareció poco después, gritando una palabrota a Naruto por ese acto.
—Buenos días —saludó mientras esperaba si el mayor terminaba matando al menor o no.
—Buenos días —dijo a su vez Itachi—. Disculpe a mi hermano. A veces es un idiota.
Kakashi sonrió ante esas últimas palabras.
—En realidad, le estoy muy agradecido por ayudar mi hija.
—¡No fue nada! —exclamó Naruto desde dentro.
Ino levantó una mano.
—Si me disculpáis. Me gustaría poder ver a Sai.
Itachi interpuso una mano entre ella y la entrada. Ino siguió el gesto hacia su rostro, frunciendo el ceño.
—No está en muy buenas condiciones —explicó Itachi—. ¿Podrías darle un margen de tiempo, por favor?
Ella dudó.
—Pero hay cosas que…
—Lo sé mejor que nadie y no quiero volver a inmiscuirme, pero conozco a mi hermano y ahora mismo necesita tiempo para pensar. Sé que si os volvéis a ver ahora terminaríais por pelearos y no es algo que ninguno de los dos quiera.
Kakashi desvió la mirada hacia su hija. Conocía a Ino y sabía perfectamente que iba a costarle obedecer sin más. Cuando algo se le metía en la cabeza no había quien la parara a menos que la distrajera con otra cosa.
—Ino. ¿Recuerdas mi intención? ¿Qué tal si esperas hasta entonces? —propuso.
Su hija pareció sopesarlo entonces.
—Vale —aceptó finalmente—. Esperaré hasta entonces.
Luego, les dio la espalda y se marchó de regreso a la casa. Kakashi esperó a que estuviera más lejos para volver a concentrarse en Itachi.
Él suspiró. Parecía agotado.
—Gracias por comprenderlo. Puede parecer que no, pero Sai es más sensible de lo que parece, así que cuando tiene problemas con Ino le afectan.
—Y ningún hombre disfruta de mostrarse débil frente a una mujer que le interesa.
Itachi asintió corroborando así sus palabras.
—¿Quiere que me disculpe?
Kakashi elevó una ceja sin comprender.
—¿Por intervenir antes de que sea peor? No. Ambos son demasiado niños todavía y caer en esa clase de error es frecuente. Después nos arrepentimos. Has sido un salvavidas. Y sé perfectamente que tú no actúas sin un motivo.
Itachi ladeó la cabeza.
—No hablaba de Ino exactamente.
—Ah —comprendió entonces—. Izumi.
Uchiha asintió lentamente.
—¿Has hecho algo que consideres que necesites disculparte?
El muchacho lo sopesó. Le gustaba eso de Itachi. No era de los que se tiraba a la piscina sin más. Aunque no era de piedra y sabía que tarde o temprano el instinto le fallaría y actuaría más por impulsos. Errar era de humanos.
Sin embargo, con Izumi parecía muy serio. Incluso temeroso.
—No —negó al final—. A menos que algo haya cambiado desde que se marchó de mi casa, no.
—Entonces, no tienes que disculparte por nada —descartó—. Izumi es una mujer adulta y, en realidad, me agrada que sea capaz de cambiar y mejorar por ti. Sólo pediré que la cuides. Nada más.
La mandíbula masculina se tensó a la par que Itachi asentía. A veces era como si levantara una barrera ocultando algo que no deseaba que el resto descubriera. Puede que incluso Izumi.
—En realidad venía porque por fin puedo plantear algo que llevo dejando que se alargue demasiado. Y sí, puede que consideres que es innecesario, pero insisto. Y no quiero que pienses que lo hago para exponer riquezas o algo parecido. Considero que merecéis lo mejor y sé que sois capaces de ganároslo a pulso. Así que insisto en pediros que vengáis a cenar con nosotros como agradecimiento. Esta noche, a poder ser.
Itachi pareció dudar.
—No sé yo si Gaara o Sai estarán en condiciones de ir.
—Iré.
Ambos miraron por encima del hombro de Itachi. Gaara pasaba hacia la cocina cargando un bol de cereales vacío. Desde luego tenía mucho mejor aspecto que la última vez que lo vio. Incluso parecía que su cabello estaba más brillante.
—Y sobre Sai… sabrá comportarse —aseguró al notar la mirada de ambos—. Mi apetito ha aumentado, además.
—No necesitas preocuparte por comer cuanto gustes que podrás hacerlo. Y en cualquier caso, estoy seguro de que Temari se encargará de aconsejarte bien.
Notó que el rubor llegaba al rostro del joven hombre, quien finalmente asintió y se marchó tras intercambiar otra mirada con Itachi.
—¿Entonces…?
—Bueno, en este caso, mis hermanos mandan —accedió—. Sólo tiene que decir dónde y allí estaremos.
—Avisaré a Sasuke. Oh, y Itachi —añadió—. No necesitáis usar trajes. Id naturales. Os prefiero así que con corazas que os hacen sentir incómodos.
—Perfecto —aceptó mirando el reloj—. Si me disculpa, tengo que abrir su taller.
—Claro. Buen trabajo con eso, por cierto —felicitó antes de alejarse.
Mientras caminaba hacia la mansión envió un mensaje a Sasuke con los datos. Sabía que el chico se encargaría de eso. Resultó mucho más eficaz de lo que esperaba. Aunque continuaba repitiéndole que no descuidara los estudios, nunca le había fallado en una cita o en una petición. Debía de decir que no solían ser irracionables.
—¿Ha salido todo bien?
Se detuvo a los pies de la escalera al escuchar la pregunta. Asintió subiendo hasta llegar a ella, besándola.
—¿Qué era esa pequeña competición de comida?
—Oh. Las chicas me convencieron de ello. Ya sabes que no acepto un reto —bromeó ella besándole de vuelta—. Y me deleita formar parte de cualquier cosa con las chicas. Por muy tonto que te parezca, a mí me encanta.
—Te ves feliz cuando pasan estas cosas, Rin.
—Porque lo estoy —admitió—. Kakashi, te lo dije en nuestra boda: amo todo de ti. Tus hijas van incluidas perfectamente en el saco. Las amo.
—Eres maravillosa.
—Lo que soy es tu esposa —corrigió—. Y te conozco bien. ¿Qué estás planeando ahora?
—Bueno… —comenzó a inventar una excusa, pero sabía que con Rin era imposible hacerlo—. Vale. Ya sabes parte del plan. Quiero que esos chicos trabajen. Otorgarles esa oportunidad que siempre les han negado. No he cesado con encontrar algo para Shikamaru. Pero a la vez me he dado cuenta que mis sospechas son vistas por otros ojos igual que yo. Kaguya me lo dijo y, Rin, no estoy ciego.
—Hablas de emparejar a los chicos con las chicas.
—Sí.
—Kakashi. Puedes hacer de celestino entre ellas. Mira a Hinata, por ejemplo. ¿Te diste cuenta de lo incómoda que se siente con Naruto?
—¿Tan preocupante es?
—Sí. No puedes forzar las cosas. Puede que las demás chicas estén interesadas en ellos, pero no todas. Y debería de preocuparte que una de tus hijas es menor y todos esos chicos ya son adultos.
—Ya he pensando en Matsuri, desde luego. Pero no puedo dejarla fuera de esto porque cuando menos nos lo pensemos ha quemado la casa —indicó frunciendo el ceño—. En cuanto a lo de Hinata, podría pedirle que cuidara de Matsuri pero sería limitar su evolución y no quiero.
—Dime una cosa, cariño —dijo ella acariciándole el mentón—. ¿Quieres que esos chicos trabajen y una vez lo hagan emparejarlos con tus hijas?
—Dicho así suena a que quiero mejorarlos para que encajen con ellas.
—¿Y es tu intención?
—No. Quiero que ellos tengan una oportunidad laboral sana. Sin más. No me importaría que no trabajaran si salen con ellas.
—¿Y puedes forzarles a trabajar de algo que no encaje con ellos? Por ejemplo, Shikamaru. Te está costando tanto encajarlo porque es un lienzo en el que han pintado tanto que no consigues encontrar la línea madre. —Cuando él asintió reconociéndolo, ella continuó—. Lo mismo con el amor. No puedes forzarlas. Deja que el tiempo siga su camino y mantente como espectador.
—Sólo quiero que sean felices y que no pase lo mismo que con Izumi —reflexionó.
—A Izumi la veo bien feliz —indicó Rin elevando una ceja—. Y encontrar el amor tarde no es nada malo. ¿O es que yo he hecho algo malo?
—No, no, claro que no —negó aferrándola de la cintura—. Vale. Creo que entiendo tu punto. Pero siento que está ahí.
—Bueno, pues si está, se hará. Si no es ahora, será más tarde. Siempre llega.
Suspiró, reconociendo que ella tenía razón. Pero lo sentía en los huesos de cierta forma. Fue como si el destino los hubiera puesto en ese hogar de alguna forma.
Seis hermanos. Seis hermanas.
Sería perfecto.
Y sinceramente, a él no le incomodaría tener hijos varones. Aunque fueran adoptados.
.
.
Gaara se detuvo en la puerta y se apoyó contra el marco para observarle. Tirado en la cama, con un brazo cubriendo su cara. Pese a ello sabía que tenía fiebre por el rubor de sus orejas. Tanto Sai, como Sasuke y Itachi o él eran más fáciles de descubrir si tenían fiebre gracias a su tipo de piel. Mientras que Shikamaru y Naruto costaba más.
Desde que se lo encontraran tirado en el pasillo al despertar, Sai no había abierto la boca. Apenas había dejado que Shikamaru lo recostara en la cama o que Itachi lo mojara para bajarle la fiebre. Todos sabían que de seguir así o aumentar tendrían que llevarlo al hospital.
Sin embargo, Gaara lo veía de otro modo diferente.
Cuando escuchó a Itachi preguntarle si todo eso era por Ino y su madre, comprendió. Sai generalmente era de los que guardaban todo. Incluso aunque eso significara perder aquello que amaba. Seguramente todo eso comenzó a atormentarlo y desacostumbrado a llevar tanta carga, su cuerpo terminó enfermando de esa forma.
Caminó hasta llegar a su altura. Sai retiró el brazo para mirarle.
—Chupa este trozo de hielo —le ordenó—. Y ponte esta gelatina en la frente. O Itachi volverá a ducharte.
Sai obedeció a regañadientes.
Gaara miró hacia el escritorio donde la fotografía descansaba. Su padre y la madre de Sai. Tenía cosas de ambos, pero por desgracia, al igual que Itachi, Sasuke y Shikamaru, se parecía más a su padre.
Entendía bien el dolor de descubrir que tenías madre. El caos que creaba en tu mente que dejaba de existir el resto del mundo. Las preguntas no cesaban de torturarte a medida que se incrementaban. Como si se reprodujeran y siempre apareciera una peor que la primera.
Empezabas a sentirse poca cosa y afectaba a las personas a su alrededor. Era increíble cómo el hecho de saber que un ser así existe y que te rechaza doliera más que caerte de niño de la bicicleta. El desprecio de una madre era infinitamente peor.
—Está muerta.
Desvió la mirada de la foto hacia él. Sai le miraba de reojo antes de volver a concentrar su visión en el techo.
—Su gemela vive. Pero ella no. Ese de la foto es papá. Y ella.
—Es una mujer preciosa.
—Y enfermiza. Heredé su piel.
—Tú no estás enfermo, Sai.
—No lo sé —dijo con la voz marcada—. Anoche pensé que iba a morir. Por todo esto. ¿Cómo puede doler tanto alguien que no conozco?
—El anhelo. La imaginación de lo que no posees pero que existió en algún punto.
Sai asintió lentamente.
—La tuya murió, Sai —dijo—. La mía sigue viva y no quiere verme. Vernos —se corrigió—. Nos tuvo pese a saber que podríamos salir enfermos. Se está muriendo como yo me moriré en el futuro —expresó con la voz tensa—, tú no puedes recuperarla, lo entiendo, pero fue por un hecho mayor por el que no pudiste estar con ella. Igual, de vivir, te habría tenido consigo. Nosotros no te hubiéramos conocido entonces. Y puede que tengas una lengua viperina, pero sigues siendo nuestro hermano.
—Lo sé… sé todo eso, pero… me hundo.
—Sí. Es una mierda. Como un condenado vórtice que te absorbe. Sin embargo, no puedes dejar que lo hagas o no podrás salir. Tomarás decisiones erróneas incluso.
Sai guardó silencio con los labios tensos.
—Ella ha venido.
Le miró, cayéndosele el hielo de la frente.
—Estás mintiendo.
—No miento. Ino ha venido. Quería hablar contigo y aclarar lo que sucedió. No sé qué ha sido, pero mientras delirabas le has dicho a Itachi que la has cagado con Ino y que iba a odiarte. Que querías bajarte del barco por ella… Y sin embargo, esa chica ha venido para escucharte y encontrar una solución. Y eso es mucho.
Sai volvió a cubrirse el rostro con una mano. Gaara se agachó para coger el hielo y, al levantarse, notó que había una lágrima solitaria cayendo por la pálida mejilla.
—Sai…
—Ino es especial. Lo supe desde que la vi. Lo supe al dibujarla. Nunca debí de aceptar eso…
—Ninguno de vosotros debisteis de hacerlo —admitió—. No eres el único con estos demonios. Además, no está del todo perdido.
Sai le miró inquisitivamente.
—Hatake ha anunciado una cena. Hoy —puntualizó—. Así que más te vale quitarte esa fiebre de encima para poder hablar con ella y mandar al cuerno esa condenada regla.
—Itachi va a matarme esta vez.
Gaara lo sopesó.
—Itachi no lo hará.
—¿Cómo puedes estar seguro?
—Porque Izumi ha pasado la noche en casa.
Sai guardó silencio. Ambos sabían lo que eso significaba. Especialmente para Itachi.
—Gaara… Ayúdame a darme otra ducha.
Gaara sonrió, totalmente dispuesto.
.
.
Hinata tomó aire cuando le vio salir de la puerta de la universidad, despidiéndose de unos chicos. Casi se echó a reír cuando al reconocerla abrió mucho la boca y echó a correr hacia ella como si fuera tirársele encima. Por suerte, se controló acerca de eso.
—¿Por qué estás aquí? —cuestionó raudo—. Ah, igual buscas a Sakura. Ella no ha venido a clases hoy.
—No, sé que está en casa. Esta demasiado agotada como para asistir —admitió—. Te buscaba a ti. ¿Has comido ya?
—¡Qué va! No he podido robar nada en la cafetería.
Hinata frunció el ceño y él se mostró avergonzado.
—Yo no trabajo como Sasuke, así que mi bolsillo suele estar vacío y tengo que alimentarme de alguna forma.
—Está bien —aceptó—. Vamos, te invito a comer.
No necesitó decirlo dos veces.
Naruto sonrió resplandeciente y subió con ella en su pequeño escarabajo.
—¿Qué te apetece comer?
Naruto se quedó en silencio, simplemente observándola.
Hinata detuvo el coche antes de salir del parking de la universidad para devolverle el gesto.
—No es una broma. ¿Qué te apetece comer?
Le dio un momento de tiempo. Ella había estado en su lugar años atrás. Nunca solía decir qué le apetecía en realidad porque no tenía dinero en el bolsillo. Pero había agradecido que le dieran la oportunidad de escoger al menos una vez.
—¿Puedo escoger lo que sea? —preguntó dubitativo.
—Lo que sea. Carne asada, marisco…
—Ramen.
—¿Ramen?
—Ramen —confirmó extendiendo su boca—. Sé de un lugar que lo hacen delicioso. Cuando era pequeño solía ir allí a jugar y el hombre a veces se compadecía de mí dándome comida. Pero dejé de ir al crecer y al no poder pagarle. Me daba vergüenza.
—Entonces, vayamos allí —aceptó sonriente—. ¿Está muy bueno? ¿Por dónde voy?
Naruto le explicó en rápidos gestos la carretera a tomar antes de responder.
—¡Es delicioso, Ttebayo! O al menos recuerdo que lo era. Pero tampoco me lo tengas muy en cuenta porque en aquel tiempo hasta una mosca me parecía deliciosa.
—Oh —exclamó preocupada.
—No tienes que preocuparte —negó él sonriente—. Eso me ayudó a mejorar y gracias a eso ahora soy como soy. Y me gusta. De que se aprenda de las cosas. Quizás por eso me hizo ver de otro modo diferente lo que quiero hacer.
—Querías ser profesor. ¿Verdad?
—Sí, aunque Shikamaru y Sasuke alguna que otra vez se meten conmigo —reconoció cruzándose de brazos mohín—. Sólo ya por verles con la boca abierta, y porque me gusta, me sacaré lo necesario para serlo.
—Seguro que podrás —animó—. ¿Es por aquí?
—¡Sí, ahí! ¡Justo ahí! —señaló extendiendo el brazo.
Hinata asintió y aparcó mientras él se quitaba el cinturón y casi saltaba del coche. De cierta forma, le pareció gracioso esa actuación. Realmente no la habría importado llevarle a cualquier otro sitio, pero él parecía emocionado con simplemente un plato de Ramen. Algo que podría comprarse fácilmente en una tienda.
Pero cuando le llegó el aroma comprendió la diferencia.
El restaurante estaba medianamente lleno por diferentes tipos de personas. Algunas levantaron su cabeza para observarles detenidamente. Otras, fingieron que simplemente no estaban, más concentrados en su comida.
Naruto se sentó en la barra y esperó a que un hombre se acercara a él. Sonriente.
—Vaya. Que me lleven los demonios si no eres Naruto.
—¡Lo soy! Me alegra que me recuerdes, viejo.
—¿Cómo no hacerlo? Eras mi mejor probador de comida. Gracias a ti mi mejor plato de ramen surgió de sus cenizas. Te busqué para dártelo a probar pero no volví a verte. Oh. ¿Vienes acompañado?
—Mucho gusto —saludó Hinata sentándose a su lado—. Soy Hinata Hyûga.
—¿La novia? —cuestionó el hombre pícaro—. Te has buscado una chica muy guapa, ¿eh?
Naruto se echó a reír mientras que ella notaba que le ardían las mejillas. Dispuesta a negarse, él se adelantó.
—Ya me gustaría a mí que lo fuera. Pero no. Somos amigos.
—Oh, vaya —exclamó el hombre mirándola entonces—. ¿Por qué no le das una oportunidad al chico? Te prometo que es cumplidor y de buenas intenciones.
Hinata se echó a reír.
—Todo eso ya lo sé.
—¿Entonces qué es, mujer? —cuestionó entre dientes—. ¿Es que no se lava?
—¡Pero bueno, viejo! —protestó Naruto con las orejas brillantes—. Anda, danos dos platos en vez hacer preguntas.
—¿No vas a dejar que la dama elija? No me extraña que recibas negativas.
—Ah —recayó él mirándola—. ¿Quieres…?
—Confió en ti.
Él sonrió abiertamente y golpeó la barra con energía.
—¡Lo de siempre entonces!
El hombre asintió sonriendo y se marchó. Naruto fue ofreciéndole los cubiertos, un vaso, atrapando una jarra llena y llenando ambos vasos.
—La confianza de tu parte es increíble.
Él se encogió de hombros.
—La costumbre. Antes le ayudaba su hija, pero veo que no está por aquí. Quizás tenga libre.
—O quizás es que está demasiado rellena como para moverse tan rápido —protestó una mujer tras él, golpeándole con el dorso de la mano—. Hacía mucho tiempo que no te veía Naruto y veo que no has cambiado nada.
—Tú en cambio estás… estás…
—Embarazada —terminó Hinata por él.
La mujer sonrió y pasó una mano por su vientre.
—Exactamente. No esperarías que te esperara toda la vida. ¿Verdad?
—Oh —farfulló Hinata.
Naruto enrojeció y el dio palmadas a la mujer en los hombros.
—¡Era un niño! ¡Claro que no ibas a esperarme! ¿No tienes más que hacer? —exclamó entre dientes.
La mujer se alejó asintiendo, satisfecha. Hinata se echó a reír.
—No te rías. Era un niño y consideraba que, que alguien te diera comida, es que te quería —farfulló—. Era un idiota.
—No lo eras —negó ella acariciándole la mejilla—. Eras un niño adorable. Todos tenemos ideas diferentes cuando vemos el mundo desde abajo.
—¿Tú también?
Ella tomó su vaso de agua y antes de beber, asintió.
—También tuve ideas que ahora me dan mucha vergüenza. Pero fueron más sensatas incluso que las que he tomado como adulta. Excepto las últimas.
Él asintió al comprender.
—Me gusta tu nuevo corte de pelo. Tu cabello corto. Te queda.
—Oh. De pequeña lo llevaba mucho más corto —recordó—. ¿Quieres ver una foto?
—¡Claro! —aceptó él gustoso.
Tanteó su móvil, frunciendo el ceño a medida que buscaba en él.
—Ah, no la tengo aquí. Estará en casa.
—¿Llevas fotos de tu niñez en el móvil?
—No. Es que cuando nos mudamos me dio miedo de que se perdieran muchas de las fotos y le tomé fotos a cada una. Pero se ve que esas las guardé en la memoria que tengo extra y saqué del móvil. Pero la tengo en físico en casa. Después de comer puedo enseñártela.
—Me gustaría mucho verla. Nosotros no tenemos fotos. No podíamos permitirnos mucho, así que…
—Entiendo. Pero seguro que alguna cosa te habría gustado de retratar para siempre.
—Oh, lo hay —aceptó deteniéndose cuando les trajeron la comida—. Come antes que se enfríe —animó haciendo lo propio—. Por ejemplo, la vez en que Sasuke se hizo pis en la cama. Ahora no tengo pruebas y él siempre lo niega.
Hinata se echó a reír al imaginárselo.
—Oh, y cuando a Gaara se le cayó el diente al golpearse la boca contra el manillar de la bicicleta porque a esta se le salió el pedal. Era de segunda o quinta mano, así que estaba echa polvo. Se rompía a trozos. Por suerte, fue un diente de leche, si no, hoy le faltaría una de las paletas.
—Pobre, debió de llorar mucho.
—Que va. Volvió a casa con la cara ensangrentada y le entregó a Itachi el diente. El pobre entró en caos al ver la sangre.
Que Naruto recordara esas cosas con tanta ternura era adorable. Los malos momentos reconfortados con la consideración de tenerlos como buenos recuerdos.
—Me habría gustado mucho tener una foto de todos cuando éramos más jóvenes, la verdad —reconoció—. Una de esas que se hacen con la familia completa y te arreglas para parecer que todo va bien.
—Sí, las conozco. Uno de nuestro intento de niñera nos la hizo. Era extraña hacérsela —admitió—, porque no nos sentíamos cómodas con ella. Era muy estricta. Sakura y Ino la odiaban.
—¿Tuvisteis niñera?
—Nos la envió el gobierno, sí —explicó—, pero al final no sirvió de nada y ella misma renunció.
—Vaya. Nosotros teníamos pavor a esa clase de asociación. Nos daba miedo que nos separaran.
—Lo entiendo. En realidad, debo de reconocer que me sorprende que no fueran.
—Creo que Itachi se encargó de eso. No me preguntes cómo, pero logró protegernos.
—Es un súper hermano.
—Sin duda —admitió Naruto orgulloso—. Aunque a veces nos saque de quicio, le queremos. Eso sí, nunca lo diremos delante de él.
—¿Por qué no? A nosotras nos encanta decirle a Izumi que la queremos.
—Itachi es de tipo tímido-severo, así que no actúa como tal. Puede que por detrás se sonrojara o algo, pero usaría una frase agresiva de defensa. No lo hace queriendo. Lo sabemos. Ha tenido que ejercer mucho para lo que no estaba preparado.
Hinata asintió, terminando su plato.
—¿Puede darme otro? —preguntó al hombre, que la miró sorprendido, igual que Naruto.
—¿Está segura? —cuestionó dudoso.
—Sí, por favor. ¿Quieres otro, Naruto?
—¡Claro!
—Pues marchando —aceptó el cocinero.
Naruto sonrió satisfecho y orgulloso.
—No sabía que tenías tanto apetito. Siempre te he visto comer poco.
—Tenía muchas preocupaciones encima —reconoció algo inquieta—. Hoy he terminado con la última y que me enlazaba a Toneri.
El gesto del Uchiha se endureció.
—Tranquilo, Naruto —dijo conciliadora—. Ha sido decisión mía en realidad. Aunque a ellos les guste creer que no es así.
—¿A qué te refieres?
—He dejado mi trabajo. O, mejor dicho: me han despedido.
Naruto se puso en pie de golpe.
—¡Pero…!
—No te preocupes —tranquilizó—. Tengo una carta de recomendación y ya tengo en mente otro puesto de trabajo. Pero no quería un contrato enlazado a Toneri.
Él se sentó dudoso.
—¿Por qué estaba enlazado a él? No lo comprendo. ¿No era el director de un banco?
—Sí. Y por desgracia, su poder implicaba hasta el punto de meter mano en mi contrato. Él lo preparó para que sucediera su finalización al casarme. Como no me cansé había otra cláusula relacionada con la muerte que afectaba tanto a mí como la de él. Así que estoy en la calle. Y no me importa —añadió.
—Pero… pero… ¿Te han compensado? —preguntó perdido.
—Sí. Claro. Demasiado, a mi parecer —reconoció—. Así que antes de ir a buscar he ido a donar parte de ese dinero y con lo que era realmente mi sueldo, decidí, y se me antojó, invitarte a comer. ¿No te parece bien?
—¡Sí! ¡Por supuesto! —asintió con la boca abierta—. Hinata, realmente me encanta esta nueva tú.
Esbozó una sincera sonrisa de agradecimiento.
—No, de verdad. Me pareces increíble. Que seas capaz de levantarte pese a todo. Que vayas desmenuzando esos problemas paso a paso y te mantengas fuerte. Te admiro muchísimo.
—Bueno, no lo he hecho sola —reconoció mirando el plato que le pusieron de nuevo en frente—. Mis hermanas han estado ahí. Mi padre especialmente. Y tus hermanos. Luego… fundamentalmente tú.
Él se quedó como estaba. Girado hacia ella, con las manos colgando entre sus piernas. Su mirada azulada se mantenía fija en ella.
—¿Lo dices en serio?
—Sí. Generalmente te hablo con sinceridad —admitió ofreciéndole sus propios palillos para que comiera. Él los tomó suavemente—. Y no tengo suficientes palabras para agradecerte a todo lo que te has expuesto por mí. Incluso tuviste que soportar lo que Kaguya te hizo.
—¿Por eso me has invitado a comer? ¿Para agradecerme todo eso?
Ella dudó antes de responder. En realidad, fue un verdadero impulso. Mientras miraba su dinero lo primero que se le vino a la mente fue Naruto. Quería contarle todo a él antes incluso que a sus hermanas.
Sonrió.
—No. Porque realmente quería comer contigo.
El gesto de Naruto se tornó más maduro de lo que esperaba. Su boca expandiéndose de lado y sus ojos entrecerrados, llenos de satisfacción.
—Yo también quiero comer contigo —dijo volviéndose a colocarse junto a ella.
Sus codos se rozaron cuando se colocó para empezar a comer.
—Y también quiero ver esa foto. Todas las que quieras enseñarme.
—Entonces, comamos rápido —alentó.
—No necesitas decírmelo dos veces —bromeó aceptando el reto.
Y así fue, porque un rato después, con las barrigas completamente llenas, los dos subían la escalera de su casa hacia su dormitorio. Hinata se dirigió hacia el armario donde había colocado la caja con algunas de las fotografías. Todavía no habían puesto todas por la casa entre unas cosas y otras. Debía de comprar los marcos nuevos para ello.
La posó sobre la cama y empezó a sacar la que buscaba, entregándosela.
Naruto se acercó a la cama despacio, sentándose al otro lado de la caja. Era tan curioso verlo ahí, sosteniendo su fotografía que la miraba con suma atención, como si buscara las diferencias entre su yo actual y la tímida niña que había en esa fotografía.
—Lo llevaba corto porque era más fácil para lavarlo —explicó—. Aunque algunos niños pensaban que me lo corté porque tenía piojos.
—Idiotas.
—Eran niños.
—Niños idiotas. Es lo mismo.
—¡Naruto! —regañó entre risas—. ¿Eso vas a decirles a tus alumnos?
—Cuando haga falta, sí. Aunque me arriesgue a ser despedido —reconoció dejando esa foto y tomando otra. Luego otra más, hasta que se detuvo en una—. Vaya. Esta no eres tú.
Se inclinó para verla.
—Ah. Es mamá.
Siempre le había parecido una mujer hermosa. De un hermoso cabello azul oscuro como ella, aunque su rostro era más alargado y sereno. Era lo que llamarían una "señorita perfecta".
—Fue antes de que muriera —explicó—. Es la única foto que tengo de ella. Las otras las tiene papá. Él conserva una de cada una de sus mujeres. O eso creo.
No podía saber si Rin encontraría eso molesto y le había pedido que destruyera o ocultara esas fotografías. Lo dudaba mucho, pero era un tema en el que no entraría.
—Es muy bonita —halagó dejándola con sumo cuidado en la caja. Luego, la miró—. Nosotros no tenemos fotografías. Bueno, ahora Gaara tiene una y creo que Sai.
—¿No sabes cómo es tu madre?
—No. Pero todos bromeamos con que fue la que rompió el molde como la de Gaara. Somos los únicos con cabellos claros.
Ella sonrió y alargó su brazo hasta que alcanzó a acariciarle el pelo. Naruto se inclinó para facilitárselo, sonriendo como si fuera un perrito.
—Eres adorable, Naruto —dijo, sin pensar.
Él atrapó su mano, mirándole desde una postura más baja.
—No soy adorable. Soy un hombre.
Hinata se echó a reír.
—¿Por qué os cuesta tanto a los hombres aceptar cumplidos adorables? Ni que os fuera a quitar hombría.
—No es por eso. Es porque insisto en que me gustaría que me vieras como un hombre y no un niño.
—Naruto…
Retiró la mano para bajarla hasta sus muslos, mirándole fijamente.
—Sinceramente, ahora mismo necesito más un amigo que un interés amoroso, Naruto. Sé de sobras que no eres como Toneri. Eres mucho mejor. Y si dejo la edad aparte, no me importa. Pero es el cómo me siento ahora. Necesito sanar. ¿Puedes comprenderlo?
Él asintió.
—El problema es que quizás no tenga tanto tiempo para solo ser tu amigo.
—¿Cómo dices? —preguntó pensando que no le había escuchado bien.
—Nada. Olvídalo.
Se puso en pie, metiendo sus manos en los bolsillos del pantalón vaquero y miró a su alrededor. Tan jovial, tan fresco.
—¿Has terminado tu parte de la mudanza? —cuestionó repentinamente.
—No todo. Pero las cosas más grandes sí que están —explicó—. Entre el trabajo, todo lo que ha pasado y demás, hemos estado muy liadas para hacerlo completo. Lo que no me gusta que las cosas estén desordenadas y está todo más o menos organizado.
Él soltó una risita entre dientes, rascándose la nariz.
—En realidad, somos muy distintos. ¿Eh?
Ella le miró sin comprender.
—Tú eres organizada y yo soy un desastre. Mi habitación ahora está limpia porque tu hermana se ha dedicado a limpiar y organizar. Soy desordenado hasta decir basta. No me molesta si hay bolsas de patatillas o bolígrafos por el suelo. Mis paredes están llenas de posters de revistas viejas que encontré en la basura y tú no tienes nada más que un cuadro y un espejo.
Giró sobre sus pies y se miró al espejo.
—Tú vas perfectamente vestida. Muy seria. Y yo soy un payaso en camiseta y vaqueros roídos y deportivas. No puedo ir de traje si alguien no me lo compra o si lo alquilamos, cosa que es dolorosamente costoso para nosotros.
Se volvió para mirarla.
—A mí me gusta salir a divertirme y no necesito mucho. Quizás un paseo o jugar al futbol con los chicos del parque. Y tú te mueves en tu pequeño coche a todos lados. Tienes una mentalidad de trabajo y yo estoy pensado todavía en escaparme de clases. Incluso he pensado que los niños eran malvados y tú has actuado muy madura alegando que sólo son niños.
Sonrió tirante, como si se sintiera muy solitario repentinamente.
—Somos de dos mundos muy diferentes.
—No, Naruto, no es…
—¿Qué edad tienes, Hinata?
—Veintidós años —respondió sin pensar.
—¿Por qué piensas como una vieja?
Ella se quedó con la boca abierta.
—¡Yo no…! No pienso como una vieja. ¿Qué tiene que ver con decirte que necesito amistad y no amor ahora mismo con esto? ¿Estás reprochándome de esta forma que no te vea del mismo modo que tú a mí?
—Te equivocas —negó él rascándose la nuca—. Lo que estoy diciendo es que ya es hora de que vivas y te sueltes la melena, como suelen decir. Que dejes de pensar que sólo eres una adulta y tienes un sendero pronosticado. Eres joven y puedes divertirte. Eres libre y puedes salir con un amigo como yo a donde quieras sin tener que restringirte por eso. En pocas palabras: sé libre. Haz todo lo que Toneri te impidió hacer inculcándote que necesitabas ser seria y aburrida.
—No soy… —Empezaba a sentirse estúpida—. No puedes estar hablando en serio.
—Lo hago —asintió acercándose a ella—. Siempre me has mirado por encima del hombro tomándome como un niño. Me has rechazado por ese motivo. Dices que quieres un amigo, seré tú amigo, pero has de dejar que te saque, que te muestre lo que él quiso vetarte.
Se frotó el ceño.
—Yo siempre he sido así. Responsable. Me gusta tener limpieza. ¿Qué tiene eso de malo? ¿Y qué pasa porque me guste vestir seria? ¡Eso no me hace aburrida!
—Sé que no eres aburrida —recalcó—, pero si quieres cambiar, cambia todo lo que él te dejo, no sólo la mitad.
La miró de arriba abajo.
—¿Por qué viniste a buscarme Hinata?
—Ya te dije que…
—Sí, pero qué más hay ahí.
Soltó el aire que había retenido sin pensarlo. Intentó pensar más firmemente en eso.
—Quería verte.
—Pensaste en mí primero. Lo dijiste.
—Sí —admitió notando que el calor le inundaba el rostro—. Sí.
Él asintió a su par con la cabeza.
—¿Por qué querrías ver a alguien que es tan diferente a ti, Hinata? Al que siempre has tratado de un niño.
—Ya te dije que era…
—Piensa bien —interrumpió—. Y si no puedes, yo te lo diré.
Ella lo intentó. Era como chocarse contra una pared invisible. Él tomó su silencio como una invitación.
—Es porque justamente soy todo lo diferente a ti. Porque te gustaría poder ser libre como soy pese a mis carencias. Porque soy todo lo contrario a Toneri. Porque a ti siempre te ha gustado el sol y no la oscuridad. Porque me viste como hombre desde el principio.
—¡Eso no…! —Le dio la espalda mordisqueándose el pulgar—. Deja de decir tonterías o me enfadaré, Naruto.
Él exhaló.
—Como quieras. Seré tú amigo —aceptó—. Estaré para ti cuando me necesites.
Ella volvió a mirarle con ciertas dudas. Sonreía. Le acarició los cabellos como si ella fuera la niña pequeña y se marchó.
Se dejó caer sobre la cama, sorprendida por todo eso.
Entendía el punto de Naruto y quizás tuviera razón.
Si lo pensaba, aprendió a ser más ordenada después de conocer a Toneri, que amaba la pulcritud. Cambió su forma de vestir a una más severa cuando comenzó a tener citas con él. Su cabello creció por lo mismo. Incluso su maquillaje era del gusto de él.
—Oh, dios mío. Naruto tiene razón. Estaba más acondicionada por Toneri de lo que pensaba.
Miró a su alrededor viendo su habitación muy diferente. La sosa manta que cubría su cama. Sus sabanas blancas que le recordaban a un hospital.
Tiró de eso con fuerza hasta quitarlo de la cama, jadeando al luchar contra la funda de cuatro picos.
Su pensamiento sobre Naruto regresó.
No sólo tenía razón en todo aquello. Naruto siempre la había deslumbrado de una forma que no esperaba. Lo había visto como un niño porque ella ya estaba acondicionada a ser una adulta, casarse y vivir con su esposo —antes de conocer los planes malvados de Toneri, claro—, criar a sus hijos y esperar a que el tiempo pasara. Sin más.
Aburrida.
Sólo tenía veintidós años y se había vuelto vieja.
—¿Hinata?
La voz de Izumi llegó desde la puerta.
—Me pareció ver a Naruto salir y… ¿Es día de colada?
—No —negó pateando las sábanas—. Es día de deshacerme de todo esto. Quiero cambiar todo, Izumi. Mi ropa, mi dormitorio…
—Bueno, hay habitaciones vacías que puedes…
—No, me refiero a cambiar todo lo que escogí pensando en Toneri. Naruto me ha hecho ver el mundo a mi alrededor de otro modo. Es cierto que estoy cambiando e intentando dar nuevos pasos, pero necesitaba un empujón y él me lo acaba de dar. ¿Crees que podrías ayudarme?
—Claro —aceptó—. Aunque tenemos que volver para la hora de la cena. Papá ya ha escogido el restaurante.
—¿Vamos a cenar con los chicos?
—Sí. Finalmente —afirmó sonriente.
Hinata la observó mejor. Izumi llevaba el cabello suelto, llevaba un poco de maquillaje leve. Pero era su ropa lo que más llamaba su atención. No llevaba su clásico kimono, sino que se había enfundado unos vaqueros y una sudadera de manga corta que caía por uno de sus hombros.
—No sabía que tenías esa ropa…
—Oh. Los vaqueros son de Ino y la sudadera de Sakura. Ya que vas a comprar, igual pille algo para mí. ¿Nos vamos?
—Sí, sí —aceptó incrédula.
Aunque, luego, antes de seguirla, sonrió.
Pareciera que ella no fuera la única que necesitaba un cambio. Otras personas ya lo habían comenzado.
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Rin colgó el teléfono justo cuando Izumi y Hinata bajaban las escaleras.
—Ah, chicas. ¿Habéis visto a vuestro padre? —preguntó.
—Sí —respondió Izumi—. Está en el despacho en una reunión con Sasuke. Están organizando la agenda de la semana que viene.
—Vaya. Yo quería pedirle que me dejara invitar a Kabuto a nuestra cena.
Las llaves del coche de Hinata que había tomado Izumi cayeron al suelo. La miraba con la boca abierta, asustada.
—¿Kabuto?
—Sí —confirmó agachándose para luego entregárselas a Hinata, quien estaba tan confundida como ella—. ¿Ocurre algo?
—¿Cómo es su apellido, Rin?
—Kabuto Yakushi. ¿Por qué?
Izumi palideció. Empezó a negar retrocedió, cayéndose de culo en uno de los escalones. Hinata se apresuró a sujetarla y ella misma llegó hasta su altura, sorprendida.
—¿Estás bien, Izumi? Estás muy pálida. ¿Quieres que llamemos a un médico?
—No —negó mirándola suplicante—. ¿De qué conoces a Kabuto?
—Es mi informante. Es muy bueno. Generalmente no hay nada que no logre descubrir. Estuvo en la milicia y tras caer herido se metió al trapicheo de información. Aunque sigue en contacto con el sistema militar.
—Oh, Dios —exclamó Izumi cubriéndose el rostro con la mano libre.
—Izumi. Dime qué pasa —demandó seria—. ¿Es que le conoces?
—Es… Es… —tragó, incómoda.
Rin le apartó los cabellos de la cara.
—Mira, si te ha hecho algo o le conoces de algún asunto, te juro que sólo tienes que decírmelo para que me encargue de patearle las bolas.
Y era una promesa que se tomaba muy en serio.
—Es mi ex.
Rin apretó la mandíbula tan bruscamente que se hizo daño. Sin embargo, continuó observando a Izumi como si acabara de salirle otra cabeza.
—No estoy bromeando —juró Izumi.
—¿Es aquel hombre de que nos hablaste y que después…? —preguntó Hinata.
—Sí —confirmó Izumi antes de que continuara—. Es él. Sé que ha vuelto a la ciudad. El otro día estuvo en el garaje de papá y me lo encontré de frente. Conoce a Itachi e incluso creo que su hermano menor, Deidara, está rondando a los chicos.
—No le invitaré —anunció para tranquilidad de la mayor de las hermanas—. Pero me gustaría tomar cartas en el asunto si es capaz de ponerte de esta forma, Izumi.
—Sólo no quiero tener nada que ver con él. No le quiero de nuevo en mi vida. No ahora que…
Enrojeció y las otras dos mujeres comprendieron enseguida. Esa forma de mirar, esa forma de enmudecer, tenía nombre y apellido: Itachi Uchiha.
—Entiendo. Entonces sólo recurriré a él cuando sea necesario y procuraré que no se celebre ningún encuentro entre ustedes.
Izumi asintió agradecida.
—No puedes controlar a Kabuto, Rin. Si él quiere hacer daño, lo hará. Le conozco bien. Nunca tuvo miramientos en hacérnoslo.
Rin asintió.
—Te refieres también a su ex mujer.
—Sí.
—La conozco. Es una mujer encantadora, pero muy inocente. Ella y su hijo viven en otra ciudad. Kabuto tiene una orden de alejamiento de parte de un juez. ¿Quieres que pongamos una para ti?
—No. No creo que llegue a ser necesario. Igualmente, sé que es algo que tarde o temprano tenga que enfrentar, pero…
—No le debes nada, Izumi. Kabuto será un profesional en su trabajo, pero en otras cosas carece de argumentos. Así que entiendo bien tus miedos y son completamente aceptables. Mantendré mi promesa todo cuanto pueda.
—Gracias, Rin.
Izumi le echó los brazos al cuello y Rin no dudó en corresponderla. Hinata sonreía observándolas a su lado y Rin se atrevió a tirar de ella para abrazarla a su vez, recibiendo un fuerte abrazo de respuesta.
—¿Qué estáis haciendo ahí? —cuestionó Temari saliendo justo de la cocina dando saltitos.
—Más bien: ¿qué haces tú sin la silla? —cuestionó.
—Pues cocinar la comida —respondió tranquilamente—. Alguien tiene que hacerla.
—¿Y tú clase de rehabilitación?
—Libre. Hoy no tengo.
Ella entrecerró los ojos y Temari le mantuvo la mirada. Adoraba esa forma sincera de admitir la verdad. Así que sonrió y dándole una caricia en la mejilla, la animó a forzarse.
—Voy a ver si vuestro padre tiene algo de tiempo para mí —dijo finalmente—. Y no te preocupes, Izumi, no le diré que venga.
—Gracias —aceptó esta.
Se despidió de las chicas para dirigirse al despacho. Llamó dos veces antes de entrar. Sasuke parecía estar sufriendo con el móvil y Kakashi, con una paciencia increíble, explicarle su uso y las fechas a encajar en el calendario.
Ambos hombres dirigieron sus miradas hacia ella.
—Hola, guapetones —saludó—. ¿Puedo robarte un momento, Kakashi? —preguntó.
—Claro —aceptó él a la par que Sasuke se ponía en pie. Rin le dio un toque en el brazo antes de que saliera.
—¿Sabes quién puede ayudarte mejor con el móvil? —cuestionó—. Sakura. ¿Por qué no le pides que lo haga y de paso la despiertas? Lleva durmiendo toda la mañana.
Sasuke tragó, dudoso, pero asintió y se dirigió escaleras arriba.
Cerró la puerta, apoyándose en ella para encontrarse a su esposo cruzado de brazos sentado contra el escritorio y una mirada acusadora por tramposa.
—¿Qué? Sólo les he dado un empujoncito.
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Sasuke no estaba muy convencido con lo que iba a hacer, pero el condenado móvil realmente estaba volviéndole loco. Cuando ya creía tenerlo controlado se había desconfigurado y aunque Kakashi intentaba guiarlo era más torpe que él.
Ya pensaba en pedir ayuda, pero en una tienda. No a Sakura.
Después de su última conversación todavía no se habían encontrado y no se imaginaba que fuera porque estuviera durmiendo. Fue su día libre en la universidad, así que no se fijó si había ido a clases o no. Tampoco vio a Naruto todavía, quien eran las noticias con dos patas en la casa.
No podía darle más vueltas a las cosas: él no podía controlar qué pasaba con Sakura. Aunque fuera la chica que le tocara. Ya había demostrado ser un patán y aunque Sakura aceptó esa parte estúpida de él, no quitaba que volviera a meter la pata.
Era un inepto en cuanto a relaciones se trataba. Claramente.
Si lo ponía en ciertos términos: Sakura era mucho más fuego que él.
Golpeó finalmente la puerta sin recibir contestación. Una vez más. Otra. Un golpe contra la puerta que le llamó la atención. Decidió investigar —santiguarse mentalmente también— y bajó el picaporte para entrar.
La habitación estaba completamente a oscuras. Sólo la luz que él permitía que entrara por la puerta era la que le dio visibilidad. Descubrió que el golpe fue una almohada lanzada contra la puerta. La recogió y cerró tras él, esperando a que sus ojos se adecuaran a la oscuridad.
Olía a Sakura. Completamente. Era como infundirse sus fosas nasales de alguna forma en algún lado de su cuerpo. Intenso.
Era el mismo aroma que dejó en su cuarto cuando se marchó. Que se impregnó en su ropa cuando se besaron.
Sacudió la cabeza sacándose esos pensamientos de la cabeza y avanzó, dejando la almohada a los pies de la cama. Sus ojos ya se habían adecuado lo suficiente como para reconocer formas.
Había una figura oculta bajo una sábana en la cama, acurrucada. Escuchaba la suave respiración.
—Sakura.
No se inmutó.
Frunció el ceño y se acercó más hasta llegar a su altura. Como si ella lo presintiera, se estiró y giró hacia el otro lado de la cama.
Condenadas camas de matrimonio.
Caminó hasta el otro lado y se detuvo justo frente a ella.
Llevaba un pijama arrugado en su vientre, pues la sábana había descendido hasta su cintura. Un brazo lo mantenía estirado al lado libre de la cama. La cara yacía hacia él y su cabello llenaba la almohada.
—Sakura —repitió.
Esbozó una sonrisa entre sueños.
—Ja, ja, ja, ja…
—Sakura.
—Sasuke —farfulló entre risas—. No me lamas los pies…
Se irguió al notar que se había agachado para ver si le escuchaba mejor. Tragó.
¿Por qué diablos iba él a lamerle los pies? Era un acto que le parecía realmente asqueroso. Ni siquiera era excitante. Si pensaba en algo que lamer, acudían a su mente muchas otras zonas.
Decidió poner una mano en su hombro y zarandearla.
—Sakura.
Ella soltó aire con brusquedad en protesta.
—No —negó arrugando el gesto—. Quiero dormir más… quiero seguir soñando con Sasuke…
Bueno, él no quería que siguiera soñando con él lamiéndole los pies.
Repitió el gesto y sintió que el brazo del lado contrario se aferraba a su cuello, tirando con fuerza de él. Una fuerza que no esperaba y que le obligó a caer de bruces contra ella, girando a su vez hasta quedar atrapado por su otro brazo y piernas.
Como una condenada serpiente.
—Ino, no seas pesada —protestaba ella—. Déjame soñar.
—Sak…
Algo se le metió en la boca.
Pequeño, suave, blando. Que lentamente fue poniéndose duro en el centro.
Abrió los ojos con repentino pánico.
¡Su pecho! ¡Tenía la boca llena con su pecho! Eso no podía estar pasándole. Tantos años de entrenamiento. De peleas con Naruto y sus hermanos para caer ante la fuerza de una mujer soñolienta.
Intentó soltarse, pero es que tocara donde tocara había algo de ella que no debía de tocar —ni de chupar o babear como le estaba pasando, joder—, o si quiera tener cerca. Que Sakura hubiera comenzado a suspirar y rozarse contra él no ayudaba.
—Sasuke…
Genial. Simplemente genial. Irónico, puso los ojos en blanco y optó por la última solución.
Le pellizcó el costado.
Sakura dio un respingo, pareció despertarse totalmente.
—¡Diablos, Ino! —acusó moviéndose hasta estirar uno de sus brazos y encender la luz.
Entonces hubo mucho silencio.
Porque ella le miró en medio de su ensoñación que desaparecía y él desde su extraña posición. Porque gracias a que había estirado el brazo que no le apresaba, se había metido más su pecho en la boca.
Y ahí podían pasar dos cosas, tres si añadía la de su muerte por asfixia o por asesinato del padre de la chica. La primera: que Sakura gritara, se armara un caos del demonio y Itachi lo castrara. Dos: que Sakura decidiera que aquello continuaba siendo un sueño y continuara pasando a más.
Por suerte, pasó una cuarta.
Sakura volvió a apagar la luz en silencio, soltándole lentamente y mientras él intentaba recobrar el aliento, jadeando boca arriba en la cama, ella se sentó dándole la espalda.
—No eres un sueño. ¿Verdad?
—No —negó carraspeando y tocándose la mandíbula—. ¿Qué diablos sueñas?
Ella no respondió. Se levantó, caminó hacia la ventana y abrió las cortinas de golpe, cegándolo. Sakura se volvió rápidamente para mirarle, con la boca muy abierta.
—¡Realmente estás en mi cama! —exclamó.
—Creo que eso es obvio.
—¡Pero estás…! ¿Por qué estás en mi cama? —preguntó frunciendo el ceño y caminando hacia él—. Esta mañana no estabas aquí.
—¿Por qué diablos estaría aquí, tsk? —cuestionó incorporándose para sentarse y tantear entre la sábana hasta dar con el móvil—. Vine para que me enseñaras esta cosa, no para lamerte los pies.
Ella parpadeó hasta convertirse en un tomate.
—¡Eso era…! Privado, eso —protestó arrebatándole el móvil—. ¿Qué le ocurre?
Se acercó a ella para ir explicándole cada proceso que no comprendía. Extrañamente, ella fue arreglándolo y debía de reconocer que era una mejor profesora que Kakashi. Daba menos rodeos y era más sencilla y menos técnica.
Sin darse cuenta, la incomodidad del principio fue desapareciendo, concentrados en aquel diminuto aparato que, inconscientemente, terminó por acercarlos hasta que quedaron sentados hombro contra hombro.
—Y eso sería todo. Menos mal que enviar mensajes se te da bien —felicitó—. Siempre puedes enviarme más.
Él le quitó el móvil con cierto refunfuño.
—No es tan fácil sin tiempo.
—Oh, venga. Para un mensaje de voz siempre puedes tener tiempo.
—¿Y decirte qué?
Ella sonrió felinamente y él sabía que acababa de volver a cavar su tumba.
—¿Qué tal un… "¿estás libre hoy para ir a cenar solos?"? Eso me gustaría y sí, estoy libre.
Sasuke sabía que acababa de liársela. Pero bien.
—No puedo invitarte a cenar como crees —dijo levantándose.
—Yo no he dicho que tengas que pagar la cena —objetó ella—. Y tampoco yo.
—¿Qué piensas robar?
—No voy a robar.
—¿La cafetería de la escuela entonces?
Ella puso los ojos en blanco.
—Vale, te lo demostraré. Hoy saldremos y te dejaré con la boca abierta.
Y de nuevo, volvía a liarle.
—Recógeme a las ocho.
—No he…
—Y no necesitas ir de etiqueta.
Suspiró derrotado.
—A las ocho.
Cuando se marchó, Sakura sonreía de oreja a oreja y él, volvió a frotarse la mandíbula y notó que su boca parecía añorar volver a donde estaba antes de que ella despertara.
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Matsuri empujó la silla enérgicamente hasta detenerse frente a la puerta de los chicos. Temari llevaba sobre sus rodillas dos tápers ya preparados con comida. Golpeó la puerta diversas veces hasta que una voz lánguida llegó.
Shikamaru fue el que abrió la puerta.
—¡Hola! —saludó ella antes que los dos adultos—. ¡Hemos traído pastel! Que ayer se nos olvidó traer a la hora de la cena.
—Oh, vaya —murmuró Shikamaru bajando la mirada hacia Temari y luego, hacia sus piernas donde descansaban los dos recipientes—. Pasad.
Se hizo a un lado y Matsuri empujó la silla hacia el interior. Temari la frenó antes de que entrara a la cocina.
—Espera. Matsuri. Puedo ir a la cocina.
Shikamaru llegó hasta ella al instante, aceptando los tápers y asiéndola del codo.
—¿Estás segura?
—Totalmente —aceptó—. Estoy empezando a odiar como a nadie esa silla.
Se apoyó en él y aceptó que le rodeara la cintura para ambos dirigirse despacito hacia la cocina. Matsuri se encargó de "aparcar" la silla de ruedas y se adentró en el salón esperando ver a Gaara.
No había ni rastro de él.
Decidió preguntar a Shikamaru, pero antes de entrar en la cocina se asomó en silencio, con curiosidad. Se alejó sonriendo cuando vio lo que esperaba ver: a la pareja besándose.
Con una sonrisa deslumbrante regresó al salón para curiosear. Debía de reconocer que le gustaría más ir escaleras arriba y entrar en el dormitorio de Gaara, donde estaría seguramente, pero no tenía mucho tiempo y simplemente esperaba verlo un momento o saludarle.
Se detuvo frente a la puerta cerrada. No se había fijado en ella la otra noche. Parecía estar escondida de alguna forma. Disimulada, quizás. O simplemente es que ella leía demasiado.
Bajó la mirada hacia el suelo por un impulso y parpadeó al reconocer algo. Se agachó y tiró de lo que parecía ser una fotografía. Con ella, salió otra y una tercera se quedó algo más enganchada, pero era una mujer por la forma en que reconocía su cuello y su mentón. De alguna forma, se le hacía conocido.
Giró las otras dos para observarlas, alejándose de la puerta mientras lo hacía, incrédula.
—Son…
El ruido de unos pasos la alertó. Se escondió las fotografías en la tripa y salió para saludar.
Gaara se detuvo al verla salir del salón, como si temiera que hubiera descubierto la caja fuerte.
—¿Qué estabas haciendo en el salón sola?
—Sólo esperaba verte —respondió sin comprender su preocupación—. Estuve mirando las vitrinas mientras esperaba. ¿Es que hice algo malo?
—No, pero… no te quedes a solas en el salón —ordenó con gesto preocupado.
—¿Es por la puerta que hay? —preguntó sin tapujos.
Gaara la estudió con la mirada.
—¿Qué pasa? —cuestionó Shikamaru asomándose.
—Ella estaba en el salón. Sola —recalcó Gaara clavando su mirada en él—. Bajaba a por más hielo para Sai —explicó—. ¿Por qué la dejas sola? ¿Acaso no es parte de nuestras invitadas o sólo te interesa mi hermana?
Shikamaru pareció abrumado por las preguntas. Carraspeó y posó una mano sobre el hombro de Matsuri.
—Cálmate, Gaara. La estás incomodando y asustando.
—Si es por la puerta… —susurró. Ambos hombres se quedaron mirándola intrigados—. No me he acercado a ella. Sólo miraba las vitrinas.
Shikamaru suspiró.
—En realidad, no puede abrirse —indicó caminando hacia ella para mostrarle que por más que girara el pomo no se abría—. Itachi ya advirtió a Izumi en su momento. Debido a lo vieja que es la casa se derrumbó esa parte que da al sótano y no se puede abrir. Está prohibido porque no sabemos si podría ceder hacia nosotros. Por eso Gaara estaba tan asustado.
Gaara mantenía la mandíbula apretada.
—¿Es cierto? ¿Te preocupaba que me aplastaran?
—Sí —admitió Gaara lanzando una mirada extraña a Shikamaru que ella no supo interpretar—. ¿Vas a quedarte?
Dios. No pensaba que él le hiciera esa pregunta… Justo cuando no podía quedarse. Negó con la cabeza.
—Tengo clases. En realidad sólo vine a traer a Temari. —Miró fijamente a Shikamaru—. ¿Podrás encargarte de ella?
—Claro —aceptó Shikamaru.
Ella asintió y se asomó a la cocina.
—¡Me voy a clases! —anunció.
Temari asintió. Parecía preocupada, apoyada contra la encimera.
—¿Te encuentras bien? ¿Tienes dolor? —preguntó.
—No, no. Vete o llegarás tarde. Recuerda volver directa que tenemos que irnos a cenar.
—¡Vaaaale! —aceptó caminando entonces hacia la salida. Cuando se volvió para cerrar, Gaara estaba tras ella, sujetando la puerta—. Oh.
—¿Segura que está todo bien?
—Sí, sí —afirmó sonriente—. ¿Puedo darte un abrazo?
Él pareció perplejo.
—¿Por qué ibas a querer…?
No le permitió terminar la pregunta. Le abrazó rápidamente, con el corazón doliéndole. Se alejó, sonriente y luego, echó a correr sin mirarle.
Cuando se hubo alejando lo suficiente, se detuvo, jadeante, sacando las fotos del interior de su ropa, en el vientre.
—Son Hinata y Temari… ¿Por qué si esa puerta está rota había estas fotografías y la otra sobresaliendo de ellas? Además… ¿cuándo se tomaron estas fotos? Si ellos no tienen recursos para hacerlas…
Sintió un escalofrío de advertencia.
Volvió a guardarlas, en su mochila esa vez, y puso rumbo a clases.
Era algo que no iba a poder sacarse de su mente.
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Esperó a que Shikamaru volviera a la cocina para mirarle en disculpa.
—Lo siento —se disculpó rápidamente—. No sé en qué pensaba cuando…
Se calló al descubrir que su hermano acababa de entrar tras él. Odiaba cuando los hombres eran más grandes que ella y ocupaban más espacio sin dejar que viera cualquier posible acto de vergüenza. Le pasaba con su padre cuando era pequeña y era irritante que sucediera ahora con esos dos.
—Por mí no os cortéis —dijo mientras caminaban hacia la nevera para abrir el congelador—. Sólo quiero hielo y me marcho. Para que podáis seguir… eh… lo que sea que hagáis.
—Déjate de tonterías, Gaara —aseveró Shikamaru apoyándose contra la encimera cruzado de brazos—. Eres demasiado grande como para actuar como un hermano idiota.
Gaara atrapó un trozo de hielo para meterlo en un vaso que cogió después. Luego otro y al cuarto, se lo tiró a Shikamaru, quien protestó para quitárselo de encima.
—Sigue siendo mi hermana y conozco bien a la contraparte de hermano que tengo. Las cosas cambian.
Luego, se acercó a ella y le puso una mano en el hombro con cariño, marchándose finalmente.
Shikamaru maldijo entre dientes.
—Si no fuera mi hermano…
—Nuestro —corrigió divertida.
Shikamaru cabeceó afirmativamente y esbozó una tirante sonrisa.
—En cuanto a lo de antes…
—Sí —dijo él mirándola entonces al encontrar el hielo y tirándolo al fregadero—. No necesitas disculparte. Yo podría haber puesto un alto y no lo hice. ¿Verdad?
Ella asintió esa vez, confusa y él suspiró, acercándose a ella para inclinarse lentamente. Cuando sus labios estaban por tocarse, con el corazón desbocado, él habló en voz baja y susurrante.
—Puedes detenerme también.
—No quiero…
—Y no lo haces —afirmó.
Entonces, la besó. Un beso suave, firme, no obstante, que mandó a volar su mente. Se aferró a él al casi perder el equilibrio. Shikamaru la aferró en seguida, rodeando su cintura con un brazo.
Cuando se separaron, ella respiraba agitada, como si acabara de correr el maratón más duro de su vida. Cosa que era irónica, teniendo en cuenta que aún necesitaba esa asquerosa silla.
—Pero esto no significa que… —farfulló.
Él arrugó el ceño.
—¿Realmente quieres ponerle un nombre a lo que sientes?
Confusa, se separó un poco.
—¿Está mal de querer?
—No, pero… mira lo que ha pasado con nuestros hermanos.
—¿Con nuestros hermanos?
Esa vez fue él quien retrocedió.
—¿No lo sabes?
—No. ¿Es que ha pasado algo?
Shikamaru se rascó el mentón.
—No sé si debiera de decírtelo…
—Shikamaru.
Él chasqueó la lengua.
—Ino y Sai cortaron ayer en la fiesta. Esta mañana mi hermano estaba destrozado. El hielo que se ha llevado Gaara es para él.
—¡Por dios! —exclamó—. Ahora entiendo la urgencia de Ino de venir esta mañana. Por suerte, mi padre consiguió convencerla de que volviera a casa. Pero no ha contado mucho más.
Se frotó el ceño preocupada.
—Esto no puede ser. No puedo estar tan desconectada de lo que pasa cuando Izumi no está.
—Temari, no quería decir que…
Ella le miró, determinada.
—Ahora lo entiendo —interrumpió—. Sé a qué te refieres. Ahora mismo tenemos demasiado caos como para que esto pase entre nosotros.
Se retiró de un saltito hacia atrás y él volvió a atraparla bruscamente contra él para su sorpresa.
—No. No hagas lo mismo que intentó hacer Izumi.
—¿Shikamaru?
ÉL había fruncido los párpados con una mirada severa.
—Si no quieres hacer esto porque tengas miedo, ya que yo no puedo ponerle nombre hasta que esté seguro de que pueda quedarme contigo, lo aceptaré. Pero no pongas de excusas los problemas de otros. No te atrevas a hacer eso, Temari.
Ella parpadeó confusa. Apenas la punta de sus pies tocaba el suelo. Sentía por completo la tensión del cuerpo masculino contra ella. Sus orejas empezaron a arder al instante.
Soltó el aire lentamente. Su boca continuaba enganchada al deseo de volver a besarle. Movió sus manos hasta lograr atrapar su cuello y ella misma tiró de él para besarlo. Shikamaru giró sobre sí mismo para posarla sobre la encimera, sentándola en ella para su comodidad.
—Deberíamos…
Beso. Su lengua contra la de él.
—… parar.
Él negó, aferrándola con más fuerza de las caderas.
—No huyas de esa forma.
Le mordió el labio superior, hundiéndola en un deseo desconocido hasta ese momento. Era mucho mejor que leerlo en novelas. Vivirlo, ansiaron, desearlo.
Posó sus manos en sus hombros para detenerle cuando se sintió mareada.
—Por favor, detente…
Bajó la cabeza, respirando agitada. Él no estaba en mejores condiciones.
—Temari. Sólo lo diré una vez porque estas cosas se me dan mierda. Dios, me dan mucha pereza generalmente —reconoció chasqueando la lengua—, pero no soy el tipo de hombre que se mueve por todas las mujeres. Levantarme de la cama me parece una tortura y sin embargo, me he levantado para ir contigo al médico, a rehabilitación y cualquier otra cosa que necesites. No me muevo en ir a verte o simplemente en querer estar a tu lado.
Ella le miró con los ojos muy abiertos y los oídos lo más agudos que era capaz.
—Pero no pidas que haga lo mismo que Itachi. Porque no sé cuándo podría hacerte daño y eso es algo que sé que no me perdonarás jamás.
Ella frunció el ceño.
—¿Por qué ibas a hacerme daño? —Luego de pensarlo un segundo, preguntó—. ¿Es que estás casado o tienes un hijo por ahí?
—Dios, no —negó mirando a su alrededor con terror—. Si Itachi te escuchara decir eso ya me estaba arrancando la cabeza.
—¿No os deja tener puertas abiertas ni pareja?
Shikamaru se quedó en silencio observándola y Temari comprendió que acababa de cavar su propia tumba.
—No me preguntes.
—¿Cómo sabes eso?
—Izumi me lo dijo —mintió. No podía contarle sobre el mensaje de voz o moriría de la vergüenza.
—Ah, claro.
—No me has respondido.
—Podemos tener pareja —admitió suspirando—, pero es complicado. No somos los novios consentidores que muchas mujeres buscan. No puedo ni invitarte a comer o pagarte el taxi.
—No quiero un novio para eso —reflexionó.
Y su mente llenó de esas novelas absurdas que leía en que la gran mayoría eran hombres adinerados y apenas en la situación en la que Shikamaru y sus hermanos se encontraban. Pero sí que le gustaban las escenas románticas. Y no iba a negarlo, las de sexo.
—Una simple tarde tirados en una playa me bastaría —admitió.
Él casi se rio.
—Si me tiro en una playa seguramente me dormiría o no querría levantarme.
Ella se mordió los labios para no soltar lo que estaba pensando.
—Si, yo de nuevo.
Ambos dieron un respingo. Gaara volvía a entrar en la cocina para dirigirse a la nevera una vez más. Les dio un rápido vistazo y luego la espalda, sacando una botella de agua pequeña cerrada.
—Es lo que tiene cuidar a alguien enfermo y escoger la cocina como nido de amor. Que todo dios entra.
Luego, se dirigió a la salida.
—Ah, sí.
Se detuvo para mirarla.
—¿Podrías… eh…?
—Dilo, anda —animó.
—Hacer algo que ayude con fiebre y a recuperarse antes de esta noche.
—Bueno, no hago magia —reconoció dándole un toque a Shikamaru para que la bajara, pero este no se movió—, pero veré qué puedo hacer.
Gaara asintió y le dio la espalda. Deteniéndose de nuevo. Volviéndose una vez más.
—Gracias… eh… hermana.
Ella sonrió feliz.
—De nada.
Finalmente, Gaara se marchó y ella miró severa hacia Shikamaru.
—¿Por qué no me has bajado?
—Porque no puedo dejar que mi hermano pequeño me vea de esta jodida forma.
Bajó la mirada hacia la parte baja de su cintura. Ella le imitó.
—¡Oh! —exclamó mirando luego hacia el techo—. Oh. Vaya… yo pensaba que era…
—¿Él móvil? —bromeó él pícaro.
Ella se echó a reír.
—Anda, bájame que tengo que hacer magia para consentir a nuestro hermano menor. ¿Qué te parece si me ayudas a cocinar para que se te pase el… asunto?
Él gruñó.
—Si no tuviera que hacer…
—¿Tienes otra cosa que hacer? —cuestionó al ver que no continuaba.
Él la miró fijamente.
—No. No tengo que irme a ningún lado.
Temari no estaba segura, pero le había parecido que un "todavía" estaba oculto en alguna parte de esa frase. Pero cuando él le entregó el cuchillo y el primer ingrediente, todo desapareció de su cabeza.
.
.
Itachi miró pesaroso el reloj que finalmente marcaba la hora de cierre. Iban a cerrar antes debido a que él tenía que ir a su casa, ducharse y vestirse para la dichosa cena. No podía negar que le resultaba un terrible dolor de cabeza tener que hacerla, pero era algo que se necesitaba hacer.
Y ese malestar, debía de reconocer, lo sentía desde que se percató de que Izumi le había calado más de lo que estaba previsto. Reconocer que su hermano tenía razón, en especial. Sasuke solía ser quien era, pero veía más de lo que se esperaba de él.
Pasar la noche con Izumi fue el detonante de querer mandar todo a la mierda. Pero cuando subió al dormitorio de Sai y vio el estado en el que se encontraba, sintió que todo eso tenía que terminar de dos formas posibles: o aceptaba las ayudas de Hatake y se asentaban en trabajos normales y respetables o, mandaba al cuerno todos sus sentimientos y robaban de una puñetera vez esa llave.
En realidad, a Sai no debería de costarle tanto sacar las huellas. Sasuke debería de haber visto ya a Kakashi abrir la caja, como cuando le dio un sobre con dinero que debía de entregar a un cliente en especial. Sasuke lo cumplió de buen grado y claramente, fue una prueba hecha por Kakashi, quien se mostró satisfecho con todo su honor. Colarse en la casa debería de ser pan comido. Llevarse la llave y huir.
Pero no.
Tuvieron que hundirse hasta el punto en que se encontraban.
Sai derrumbado, debatiéndose entre el hecho de amar a una mujer por la que no le importaba columpiarse. Descubrir una madre que ni siquiera pudo tenerlo en brazos. Y para remate, no poder concentrarse en su relación porque debía de romperle el corazón a esa chica cuando le quitara todo cuanto poseía, engañándola.
Rompiéndole el corazón.
Naruto estaba más enfrascado en Hinata de lo que pensaba. Se dio cuenta a medida que pasaban los acontecimientos. El roce había provocado que se sintiera atraído por ella hasta un punto peligroso que ya sobrepasaba de sobras. Suerte es que ella no le correspondiera, claro.
Y Shikamaru… Su hermano era más hermético que los demás, pero estaba seguro de que Temari había cambiado a ese condenado vago de una forma que nadie habría esperado. Sí que pensaban que alguna vez se enamoraría y que si tenía suerte sería correspondido, pero dudaban que esa mujer lograra sacarlo de la cama o obligarle a ir de paseo como un perro.
Sasuke era incluso peor que este último. Porque estaba viendo todo lo que pasaba como si fuera un espectador mientras Sakura derrumbaba sus barreras de una forma que ni él podía. Ver a su hermano leer un mismo mensaje mil veces era inverosímil. ¿Huir de una mujer como le vio hacer con Sakura? Jamás. ¿Permitirle que subiera a su dormitorio? Jamás. Y seguro que habían pasado más cosas que él desconocía.
Pero sí que tenía algo seguro, si Sasuke había caído, era el fin de todo.
Porque Gaara… el pobre. Era él el acosado por una mocosa adolescente que no parecía tener claro lo que era el amor verdadero. Se fijaba en su hermano quizás por lo exótico que le parecía. Y aunque debía de reconocer que le habían asignado a Matsuri más que nada por su enfermedad, al final la cosa pintaba bien en cuanto a distracción. Pero su hermano no era de piedra. Y podían suceder dos cosas: o terminaba loco o encerrado por pederasta, o terminaba enamorado hasta los calzones. Encima, Shikamaru no ayudaba alentando a la chica a ir a por él.
Cuando descubrieron como estaba Sai empezaron a discutir sin sentido en el sótano acerca de cómo adelantar las cosas. La conversación se calentó demasiado y si Kakashi e Ino no hubieran intervenido estaba seguro de que habrían dicho cosas muy duras. No se sentía orgulloso de haber tirado la carpeta con los datos de las chicas de esa forma Naruto. Tampoco hablaron antes de que uno se fuera al trabajo y el otro a la universidad.
Por algún motivo que desconocía Naruto también estaba de mal humor y por eso, fue fácil que la chispa saltara. Era sorprendente como Gaara estaba convirtiéndose un poco en la voz de razón de ellos en esos días.
Lo único que conseguía pensar en claridad era que deseaba volver a tener a Izumi entre sus brazos. Y era una tortura.
—Vaya. ¿Estáis cerrando?
Itachi cogió las llaves y se volvió hacia el visitante. Quedándose por un momento estático al reconocerle.
—Sí, yo de nuevo —saludó él con tranquilidad—. El otro día no estuvimos en muy buenos términos porque esa mujer intervino en todo, pero sigo interesado en comprar una moto. Para colección, por supuesto. Sé de buena tinta que los talleres suelen tener enlaces con tiendas de segunda mano por las piezas.
Itachi ya estaba acostumbrado a mantener la calma en diversas situaciones. Siempre pisoteado. Siempre herido.
Sin embargo, Kabuto, el hombre que hablaba tan tranquilamente como si no hubiera pasado nada con Izumi, era ahora mismo lo que finalmente podría enviarle a la cárcel.
Kisame todavía no le había llamado para darle información, pero tras que Izumi le contara su historia juntos no la necesitaba tanto como creía.
—Hay muchos más talleres por la zona —respondió levantando las llaves—. Y sí, estamos cerrando. Hoy lo hacemos antes. Ya tenemos un aviso en la puerta con talleres y un número de teléfono para emergencias. Nada más.
Kabuto le estudio con la mirada por un momento. Itachi se mantuvo impertérrito.
—Vaya. Creo que aquí hay algo más que un cliente y un trabajador.
—Encargado —corrigió.
—Ya. Bueno. Dudo que a tu jefe le guste que me trates de esa forma. Soy un cliente.
—En el momento en que una persona decide saltarse el horario estipulado para los trabajadores por su jefe para tales peticiones que no conlleven una emergencia, los trabajadores tienen el derecho a dar por zanjada la conversación y pedir al cliente que venga otro día.
—Ya veo que sabes leer tu contrato —aceptó Kabuto encogiéndose de hombros y subiéndose las gafas, sonriente—. Sin embargo, da la casualidad de que soy amigo de la esposa de tu jefe y creo que por ese dato merezco algo más de tu tiempo laboral.
—No. No lo mereces —negó haciendo una señal al resto para que empezaran a marcharse—. ¿He de llamar a la policía o va a salir por usted mismo del local? Siempre puedo dejarle encerrado y decirle al jefe que venga a sacarle. Junto a su hija.
Kabuto entonces tensó la mandíbula y comenzó a caminar hacia él.
—Así que es eso. Dime. ¿Cuántos polvos te ha costado tu puesto de trabajo? —cuestionó.
Itachi notó que le dolían los nudillos de lo tensa que tenía las manos apretando las llaves.
—Más vale que no vayas por ahí.
—¿Por qué no? En realidad, deberías de felicitarme de lo buena amante que es —reflexionó—. Sigue abriendo la boca de una forma delicada antes de correrse. ¿Verdad? ¿Has probado a tocar entre sus nalgas? El orgasmo al que llega…
Itachi se movió rápido. Más rápido que nunca.
Lo asió de la mandíbula hasta que la pared impidió su avance. Kabuto se mostró confuso momentáneamente. Itachi notó que cojeó cuando lo hizo y lo atrapó con su propia rodilla. El gesto de dolor fue el resultado obvio de su deducción.
—Si no quiere trabajarse sus propios huevos, más vale que cierre la puta boca. Puede que usted crea que ha creado la vida de Izumi, pero lo único que hizo fue demostrarle la mierda para que yo le mostrara lo que es ser de verdad un hombre que merece. Si vuelve a hablar mal de ella no quedará nada esta vez para encontrar de usted.
Luego, lo empujó hacia la calle. Los trabajadores se reunieron con él rápidamente, preguntando qué ocurría y escoltándole. Itachi los detuvo antes de que decidieran hacer nada. Kabuto no tardó en escapar de allí.
Itachi esperó a que se marchara para despedir a los demás y cerrar. Se dirigió a su moto, subiéndose y sacando el móvil.
Kisame respondió al cuarto tono.
—Joder, Itachi. Estoy durmiendo.
—Cállate —ordenó.
—Oh, mierda. ¿Quién te ha puesto de mal humor? —cuestionó—. Si es al que estaba investigando, te digo que es un mierda metido en la red negra (1). Es un asco de tipo. Totalmente. Saca información de la gente y la vende. Se aprovecha de los periodistas en especial. Aunque no es mejor que yo, claro. Más quisiera. He sacado todo de él y podría hundirle si…
—¿Tienes suficientes pruebas de eso?
—Obvio. Siempre las guardo.
—Envíamelas a mi móvil —ordenó—. Todo. Ahora mismo.
—Como mandes. No me gustaría ser el tipo al que quieres arrancarle la garganta. ¿Te has logrado controlar? ¿Por qué?
Colgó.
Se llamaba Izumi Hatake. Si no fuera por ella le habría partido el cuello.
Condujo directamente a la mansión. Llamó hasta que Sakura abrió, sorprendida al verle.
—¡Ah, Itachi! —saludó nada más verle.
—¿Está tu madre?
Sakura arrugó el ceño.
—Perdón —se disculpó—. Rin. Necesito hablar con ella urgentemente.
Entonces, asintió y le indicó el salón de té. Itachi se detuvo antes de entrar.
—Perdona. No lo dije…
—No tienes que disculparte —descartó sonriente—. Rin es ahora nuestra madre. Es la realidad.
Itachi asintió y tras darle una palmada en el hombro, se dirigió hacia el salón. Rin estaba sentada leyendo un libro en el diván. Al verle lo dejó a un lado, mirándola preocupada.
—¿Ocurre algo, Itachi? —preguntó—. Creía que nos veríamos más tarde.
—Y así será —aceptó sacando su móvil y rebuscando hasta dar con los archivos que le envió Kisame—. ¿Puedes hundir a este cabrón?
Enseguida, Rin pasó a modo periodista. Su gesto serio y curioso mientras buscaba entre las carpetas hasta que se detuvo para mirarle.
—Kabuto Yakushi.
—Sí —confirmó—. ¿Podrías…?
—¿Esto es por Izumi?
Esa vez, fue él quien se puso alerta. Ella tomó aire tranquilamente antes de hablar.
—Izumi me lo ha contado. Resulta que Kabuto es un conocido mío. Un amigo, creía. Es mi contacto para conseguir información acerca de ciertos sujetos.
—Te vendía información.
—Algunas veces. Otras me debía favores que yo utilizaba.
Conocía eso. Era lo mismo que él tenía con Kisame.
—Era una equivalencia, si lo piensas. Hasta que hoy me enteré de que ha hecho daño a una de mis hijas —dijo autoritaria—. Llevo todo el día pensando en cómo cargármelo y has llegado como caído del cielo. Por mí, lo mandaba a la mierda ahora mismo. Pero…
Comprendía por donde iba.
—Izumi.
—Sí. ¿Qué pensará ella?
Iba a odiarle de todas formas.
—No lo sé —reconoció—, pero si no lo quitas legalmente lo mataré.
—¿Por qué?
Itachi tuvo que tomar aire para tranquilizarse. Si quería que Rin estuviera de su parte no quedaba otra que contarle la verdad.
—Porque le mataré como vuelva a ultrajar a Izumi como acaba de hacerlo en el taller.
Rin exclamó una gran palabrota.
—Ahora, si no quieres hacerlo tú, lo haré yo —aseveró—. Con permiso voy a pasármelo a mí móvil seguro —explicó—. ¿Puedes esperarme un momento?
—Sí. Aunque… —Se miró las manos sucias con disculpa.
—Aquí no tenemos ascos ni miedos por el trabajo, Itachi. Así que siéntate tranquilo en el sofá y espera.
Asintió algo preocupado y obedeció. De sólo recordar las palabras de Kabuto la sangre se le calentaba con renovadas ganas de matarla.
—¿Itachi?
Dio un respingo al escuchar la voz. Izumi y Hinata estaban en la entrada cargadas con un montón de bolsas. Se acercó a él con curiosidad.
—¿Ocurre algo?
Él elevó las cejas, observándola.
—Más bien… Uau.
Ella se detuvo sin comprender hasta que notó cómo la miraba.
—Ah… —Se echó a reír—. Es ropa prestada. Fui de compras con Hinata y compré para mí.
Él se lamió los labios sin poder evitarlo. Ella pareció ser capaz de deducir sus pensamientos, porque le cubrió la boca, roja.
—¡No digas nada! Mejor no, por favor. Que está Hinata aquí —susurró recordando a su hermana.
Hinata, sin embargo, inteligentemente se había marchado. Itachi la tomó del talle, aprovechando que estaba echando pestes de su hermana por traidora y la atrajo para besarla.
Izumi fue acallando sus protestas bajo sus labios reiteradas veces hasta quedar completamente atrapada en el beso.
—Ah, vaya. Perdón por interrumpir —exclamó Izumi estirando los labios en una mueva de error—. No sabía que habíais vuelto ya.
Se acercó a ellos y le entregó el móvil. Itachi lo recogió y se lo guardó en el bolsillo.
—¿Por qué tenía ella tú móvil?
—Porque quería actualizar una aplicación de noticias y…
—Está bien, Rin —interrumpió antes de que continuara ideando más mentiras—. Voy a decírselo.
—Ah. Entonces, me marcho —aceptó ella.
Izumi le miró entonces a él, concentrándose por completo en sus palabras. Las escuchó pacientemente. Todo.
Se fue sentado a medida que hablaba, pálida, mordisqueándose el pulgar.
—Nunca pensé que llegaría a pasar esto.
—Ni yo que regresaría —admitió—. Si hubiera sido solo la venta de la moto no habría pasado nada. Pero se notaba que venía a algo más. El otro día se percató de lo nuestro.
—Pero creer que mi padre te ha dado el trabajo porque nos acostamos…
—Que piense lo que quiera de mí, Izumi. Eso me da igual —descartó—. Además, ambos sabemos que tu padre lleva pensando en un trabajo para mí desde antes si quiera de que esto comenzara entre nosotros.
—Lo sé —confirmó sonriéndole dulcemente—, pero tampoco me gusta que te insulten o hieran.
—Estoy acostumbrado. Puedo aceptarlo.
—Itachi…
Se sentó a su lado y apretó su rodilla con los dedos.
—La importancia es que puede que no la haya dado la paliza que se merecía, si que voy a mandarlo a la cárcel y Rin va a ayudarme. Por eso tenía mi móvil. Conseguí unos datos de vital importancia sobre él y tenemos una periodista viviendo en esta casa.
Izumi asintió comprendiendo.
—Nuestra nueva madre es impactante cuando quiere protegernos.
Itachi asintió dándole la razón.
—No ha dudado un solo segundo en aceptar mi petición. Se ha preocupado por ti, pero es capaz de lanzarse contra una manada de lobos por vosotras, claramente.
—Sí —aceptó sonriendo de lado—. Está bien. Haced lo que consideréis adecuado. Siempre y cuando su ex mujer e hija no se vean afectados.
—Eso ya tendrás que pedírselo a Rin.
—Lo haré.
Se puso en pie y le rodeó los hombros con los brazos. Él dudó.
—Estoy…
—Guapísimo —interrumpió besándole.
—¡Chicos! ¿Habéis visto a Temari?
Izumi se separó de él para mirar a Sakura.
—No. ¿Por qué? —preguntó mirando por encima de su hombro hacia su hermana.
—Porque quiero pedirle algo de comida para esta noche.
—¿No vas a venir a la cena? —Izumi se enderezó para llevar las manos a la cadera—. Es para darle las gracias a los chicos.
—Oh, es que tengo una cita —canturreó Sakura—. Con Sasuke.
Itachi recibió la mirada interrogante de Izumi con desconcierto.
—No sabía eso.
—Voy a darle las gracias, pero más privativamente —indicó Sakura satisfecha—. ¿Entonces? ¿Y mi hermana?
—¿Cuál hermana? —preguntó Rin volviendo a asomarse.
—Temari.
—Está en casa de los chicos. Fue con Matsuri cuando esta iba al colegio. Lo raro es que no haya regresado.
—Iré a ver —anunció Izumi tirando de él—. Luego volvemos.
Itachi apenas tuvo de saludar como despedida.
—¿No vas a regañar a Sakura por hacer planes?
—No —negó ella con tranquilidad—. Sé que tú tampoco te interpondrías en esa cita. Y la cena es más cosa de mi padre. Creo que comprenderá que falte dos de los hermanos cuando sepa por qué. Además, sé por experiencia que parar a Sakura es peor.
Itachi se detuvo antes de abrir la puerta.
—¿Quién eres y qué has hecho con Izumi?
—Tonto —protestó abriendo ella la puerta.
No había nadie en la parte baja. Las voces llegaban desde la parte superior.
—Arriba.
Asintió dejando el casco y las llaves para subir tras ella.
Estaban todos en la habitación de Sai. Lo primero que sintió fue miedo. Y empezó a subir más rápido. Tanto incluso que Izumi se hizo a un lado para dejarle pasar. Deteniéndose en seco cuando vio el panorama.
Sus cuatro hermanos y Temari en la misma habitación. Sai luchando porque Temari dejara de darle friegas, al parecer. Gaara, Naruto y Shikamaru estaban sentados en el suelo como si fueran un corrillo mientras animaban a la mujer a hacerlo más veces y se reían como idiotas. Hasta Gaara parecía disfrutar de la tortura a Sai.
—¿Qué estáis haciendo? —cuestionó Izumi—. ¿Temari?
Esta dio un respingo, volviéndose con una toalla en la mano. Sai pareció aprovechar para taparse y acurrucarse bajo las mantas que, ni corta ni perezosa, Temari volvió a retirar.
—Estoy ayudándoles. A bajar la fiebre de Sai. Finalmente está mejor, pero se niega a hacerme caso el muy rebelde.
—Quiere ver más de mí que verá nunca de Shikamaru.
—Vete a la mierda, Sai —se devolvió Shikamaru gruñendo.
Temari bufó.
—No hay nada que pueda ver de ti que me guste. Sólo quiero ayudarte a cumplir la promesa que ha hecho mi hermano.
—Es culpa de él por tener la boca ancha —protestó Sai nuevamente.
—Encima que te doy otra oportunidad en tu vida sentimental —acusó Gaara.
—Al menos la mía es legal.
—¡Sai! —exclamó él adentrándose en la habitación y acercándose a él para observarle—. Si ya estás soltando tu lengua así es que definitivamente estas mejor. Igual sería bueno que Temari te las diera, pero en la boca. Y con jabón.
—Mejor no te digo qué podría lavarme mejor —respondió Sai dándoles la espalda—. Voy a dormir un rato.
—Es mejor sí —aceptó Temari dejando la toalla—. Al menos, se hizo algo de magia.
—Igual deberíamos de cancelar esto.
—No —negó Sai incorporándose y mirándola suplicante—. No lo canceles.
Izumi suspiró.
—Vale. Pero si empeoras yo misma te llevaré al médico.
—Aceptable —sopesó Sai acostándose—. Lo tomaré.
Empezaron a salir uno a uno. Shikamaru se agachó para que Temari se aferrara a su espalda y poder bajarla escaleras abajo.
—Bueno, al menos vuelve a estar cargado —dijo Naruto estirándose y mirando el reloj—. Habrá que ir preparándose.
—Me pido la ducha de arriba —avisó Gaara empezando a subir escaleras arriba.
—Se le ve animado —murmuró Temari.
—Bueno, la comida mágica hizo efecto, así que… —farfulló Shikamaru a su vez.
Itachi los miró con ciertas dudas. Shikamaru había bajado a Temari cerca de la silla, sujetándola con una intimidad que casi le asustó. ¿Acaso esos dos también habían rebasado la línea? ¿No era suficiente con que él y Sai cayeran?
—Anda, volvamos a casa. Sakura te está buscando para algo relacionado con comida —anunció Izumi tras darle a él un beso en la mejilla—. Gracias, Shikamaru. Ya la llevo yo.
—Vale —aceptó su hermano haciéndose a un lado para dejarlas salir.
—Nos vemos luego —se despidieron.
Una vez la puerta se cerró, los tres se quedaron en silencio mirándose. Itachi retrocedió un paso.
—Ni se os ocurra…
Silencio.
—He estado todo el día currando…
Más silencio.
—Y quiero…
Entonces empezó el caos.
La disputa por el baño de abajo.
Antes de que se acabara el agua caliente.
Y eso era la guerra en esa casa.
.
.
Ino tragó a medida que el coche se acercaba al restaurante. Hinata y ella se habían quedado atrás para ayudar a Sakura con la última organización de su extraña quedada. Le extrañaba que su padre le diera permiso para ausentarse y que su hermana dejara a Sasuke sólo en la cena.
Pero esa curiosidad quedaba eclipsada con la necesidad de hablar con Sai. De intentar arreglar todo eso. Porque uno no se entregaba de esa forma por nada. Y porque no podía permitirse cagarla tan pronto.
Eran dos adultos —aunque fueran considerados adolescentes. Bueno, ella—, y deberían de ser capaz de arreglar todo eso.
Sabía que él había ido con su padre y las demás y que ya las esperaban. Hinata tampoco era un Alonso (2) al volante, así que le había sacado algún quejido de protesta cuando le preguntaba si faltaba mucho.
—Dios mío, te has comportado como cuando tenías cuatro años antes de contagiar a Sakura a hacer lo mismo.
—Perdón, pero es que tengo prisa por… por cenar.
—Ya. Por cenar —dijo Hinata cerrando el coche.
—En realidad, hermanita. No te he dicho lo guapa que estás con esa ropa —halagó y era de verdad—. Sigues en tu línea de pureza, pero más colorida y menos grisácea. Me gusta mucho.
—Gracias. Voy a tirar toda mi ropa, así que si quieres algo…
—Lo que quiero es romperla y no verla nunca más. Aunque creo que en el desván tenemos ya cajas sin uso que podríamos usar y donarlo.
—Eso estaba pensando —admitió—. Miraré de coger algunas de ellas.
—Entonces, primero llenemos nuestros estómagos.
Hinata asintió y finalmente entraron. Un elegante camarero enseguida las recibió.
—¿Tienen reserva?
—Sí —respondió Hinata antes que ella—. Seguro que somos la mesa más ruidosa y grande.
—Ah —comprendió el hombre con un gesto de incomodidad—. Los Hatake.
—Sí, esos —confirmó Ino sonriente—, pero alégrese, hombre, que la propina será buena después.
Hinata le dio un tirón del brazo para acallarla, pero él parecía ya feliz ante la idea. Las guio esa vez con una sonrisa ladina.
—No hay mejor forma que sacar el dinero al tema para conocer a una persona —susurró contra el oído de Hinata, quien soltó una risita pese a querer regañarla—. Venga, Hinata, tú también lo has sentido. Como si fuéramos la peste.
—Sí, pero ya deberíamos de estar acostumbradas.
—Eso sí.
Cuando finalmente entraron al reservado, Hinata tenía razón. Todos hablaban casi a la vez y sólo había dos sillas vacías. Una al lado de Naruto y Itachi y otra al lado de Sai y Rin.
Ambas se separaron para sentarse en diferentes puestos.
Buscó la mirada de Sai enseguida, quien justo tomaba agua casi como si fuera su salvación.
—¿Te encuentras bien? —le preguntó.
—Sí. Sólo que no vuelvo a hacerle caso a Naruto en mi vida con el tema de comida.
—Dime que no has comido lo verde —pidió con los ojos muy abiertos—. ¡Pica a rabiar!
—Eso mismo —reconoció sacando la lengua para aireársela.
Ella se echó a reír, descubriendo que se sentía más relajada y tranquila. Ambos sabían que tenían una conversación pendiente, pero no era algo que pudieran tener tampoco delante de todos. Sin embargo, descubrir que podían estar en perfecta armonía ayudaba a sus nervios a apaciguarse.
Se inmiscuyeron en la conversación de la mesa. Se contaron batallas de la vida diferente y en algún momento, Rin llamó a Itachi para ofrecerle su móvil y este asintió tras leer.
—¿Qué ocurre? —preguntó interesada.
—Oh, nada —negó Rin sonriéndole—. Sólo son negocios.
Izumi, sin embargo, le dio un apretón de manos a Itachi, ocultando su rostro en su hombro, como si necesitara un momento para volver a concentrarse en la familia.
Ino los estuvo observando por un buen rato. Su hermana definitivamente había cambiado y para bien. Gracias a él.
Era más alegre, más accesible y lo más importante, feliz. Que cambiara su ropa, la forma de vestirse para volver a sentirse viva ayudaba mucho. Itachi no le había dicho en ningún momento cómo vestirse, al menos, que ella supiera. Porque la ropa que lucía en esos momentos continuaba siendo muy del estilo de Izumi, pero más acorde a su edad y no a una mujer mayor y solitaria.
—¿Está bueno lo de tu plato, Ino?
Desvió su atención hacia Sai, que miraba su plato de flores de mar con curiosidad. Asintió y tomó un poco de su tenedor para ofrecerle. Él dudó.
—Ah. Perdón. Puedes usar tu cubierto si lo deseas mejor.
—No es eso —descartó él—. Justo pensé que a ti te importaría.
—No lo hace. Si no, no te habría ofrecido.
Entonces, finalmente, él se lo metió en la boca. Luego de masticar un poco, sonrió. En realidad, si observaba a todos descubrió que degustaban la comida con ganas, sin prisa. Llenándose hasta que no podían más.
La verdad, es que era bastante interesante. Hasta que notó que Matsuri no tenía muy buena cara incluso estando cerca de Gaara. Cuando su hermana pequeña se levantó para ir al baño, la siguió, disculpándose con Sai.
—¿Te ocurre algo, Matsuri? —le preguntó.
La jovencita dio un respingo mirándola casi con ojos aguados.
—Que tengo miedo. Hay cosas que no comprendo y me dan miedo.
Ino no comprendía qué ocurría. Cerró la puerta del baño hasta llegar a su hermana. Más pálida y temblorosa que nunca.
—He estado dando vueltas y vueltas. Intentando encontrar respuestas para mis preguntas, pero no lo logro coherentemente y tengo miedo, Ino.
—No sé de qué me estás hablando, Matsuri. Me estás asustando.
—Es que… Hoy cuando hemos estado en casa de los chicos con Temari, que ella se quedó, fui a la cocina y como se estaban besando, pues me fui al salón —explicó en voz tan baja que Ino tuvo que hacer su mejor esfuerzo para escucharla—, pues me puse a mirar alrededor, curioseando.
—¿Y has roto algo?
—¡No! Claro que no. ¿Te fijaste que tienen una puerta en el salón?
—No muy bien, pero creo que Izumi dijo algo una vez. ¿No está rota?
—Eso me dijeron a mí cuando se enteraron de que estuve a solas en el salón —asintió—, pero ahí llega una de mis preguntas. ¿Por qué si está rota había esto debajo de ella?
Rebuscó en su bolso hasta sacar dos fotografías. Ino ya estaba preparando una explicación relacionada con el viento hasta que vio quién estaban en la fotografía.
—¿Hinata y Temari?
—Sí… y creo que había otra, pero no alcancé a cogerla. Se metió dentro de ese lugar.
Ino tragó y Matsuri palideció aún más.
—Pueden habérnoslas tomado sin que lo sepamos.
—¡También lo pensé! —exclamó abrumada—. ¿Pero con qué? Esto es de una cámara de esas que expulsan la fotografía al instante. Ahora no sé cómo se llaman, diablos. El caso es que en el instante que la tomas, sale. Ellos no tienen dinero ni para televisión. ¿Cómo podrían permitirse una cámara así? ¿Y por qué no pidieron permiso? Además, si miras estas fotografías…
Ino intentó hacer mejor memoria.
La de Hinata le sonaba de una tarde que salieron de visita por la anterior ciudad. Visitaron aquellos museos que anteriormente no habrían podido. Parques de atracciones. Y la de Temari… era de la vez que fueron a un evento de cocina al que ella siempre deseó ir.
Las dos fueron tomadas después de que su padre heredara el dinero. Antes de mudarse.
—¿Por qué las tenían ellos? —cuestionó a media voz Matsuri—. No lo entiendo, Ino… Me caen bien. Parecen buena gente. Nos han salvado muchas veces y… nos gustan. Porque a todas nos gustan. Todas les queremos.
Maldita fuera si eso era una mentira.
—¿Y si en realidad son malas personas? Yo… yo me muero si Gaara…
—No. No —negó aferrándola de los hombros—. No pienses en eso. Todo esto tiene que tener una explicación y la averiguaré. ¿De acuerdo? Porque tú has estado muchas veces a solas con ellos y nunca te han hecho nada. ¿verdad?
—No. Como he dicho me han protegido, que no es lo mismo.
—Exacto. Y Izumi siempre está con ellos y tampoco le ha pasado nada. No debe de haber visto nada malo si sigue allí. Así que… igual es un error. Puede que alguien lo haya puesto —añadió—, no podemos olvidar que Toneri intentó acusarlos de ser malos y el malo en realidad era él.
—Es verdad… ¡Es verdad! Y Toneri no sabía que esa habitación estaba rota. Es decir, mal. ¡Así que bien pudo ponerlas ahí con la espera de que Izumi abriera y creara un caos entre ellos y nosotras!
—Exactamente. Así que tengamos algo de fe. ¿Vale?
Matsuri sonrió más animada. Regresó a la mesa con la cabeza más tranquila.
Ella se guardó las fotografías en su propio bolso. Su gesto no era una sonrisa. Se miró al espejo e intentó esconder lo mejor que pudo el terror que le había creado eso.
Dios mío, quería a Sai. Y quería arreglar todo eso. ¿Cómo iba a poder haber algo tras todo eso?
—Fue Toneri —se dijo—. Porque no pueden haber ideado un plan como para hacernos algo. ¿No?
Luego se echó a reír.
—Por dios, la de la imaginación es Matsuri, no yo. Tú concéntrate en lo importante ahora.
Tomó aire y se decidió a salir.
Todos los demás estaban en la mesa, sonriente. El segundo plato acababa de ser servido.
Y a ella se le había quitado el apetito.
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Sakura le vio comerse el último tomate con una delicadeza que le dio hasta ternura. Desde que apareciera frente a la puerta de su casa, dispuesto a pasar por ese evento, Sasuke se había mantenido en silencio, simplemente dejando que ella lo llevara hasta donde quisiera.
Sakura había encontrado un parque escondido cerca de la zona contraria a donde solían dirigirse una tarde en que necesitó desfogarse un rato y salió a correr. Le gusta la idea de otros de preparar un picnic y pensó en comentárselo a las demás, pero se alegraba de no haberlo hecho y tener esa oportunidad única con el Uchiha.
—¿Qué te parece?
Él se chupó los dedos y la miró elevando una ceja.
—Te dije que no era necesario mucha cosa para hacerlo especial. Una manta, una cesta, comida, el cielo, árboles, apenas gente…
Miró a su alrededor al notar que había menos de la que esperaba. Ni siquiera la típica persona que saca a pasear a su perro.
—Este parque es conocido por las parejas que vienen a follar, así que generalmente suelen estar solitarios a estas horas. Cuando los hoteles están caros la ortiga es buena compañera.
Se quedó con la boca abierta.
—¿Bromeas?
Él se encogió de hombros, pero percibió un leve levantamiento de su comisura. Le tiró un trozo de pan.
—¡Me habías asustado! Pensé que iba a morirme de la vergüenza en cualquier momento.
—Sería incómodo, sí —admitió él mirando a su alrededor mientras atrapaba su lata de cocacola y le daba un sorbo—. Igual, el parque es tranquilo porque está terminando el verano.
—Ya. Apenas he podido disfrutar de la piscina.
—Siempre puedes hacer otra fiesta.
—No. Ni de broma —negó mirándole asustada—. Ya tuve bastante con la última. Igualmente, no necesito mucha gente. Mi familia y vosotros me basta.
Esperó su respuesta, pero Sasuke sólo le mantuvo la mirada durante un rato.
—¿No dices nada a eso?
Finalmente, suspiró.
—Que no deberías de apegarte a desconocidos que podrían hacerte daño alguna vez.
—Bueno. Creo que ya no nos puedo considerar tan desconocidos cuando nos hemos comido la boca y mi teta ha estado en tu boca.
Si hubiera estado bebiendo seguramente escupiría la bebida. Pero simplemente tosió, ocultando su rostro con una mano, avergonzado. Sakura se quedó mirando fijamente esa reacción, descubriendo que la hacía más feliz que nunca.
—¿Te gustó?
—¿Por qué diablos preguntas eso?
—Bueno, pocos hombres han tenido mis tetas en su boca. Por eso pregunto.
Sasuke se levantó irritado y ella comenzó a reír, levantándose a su vez.
—¡Vale, vale! Perdón. Perdón —se disculpó aferrándolo de la mano para que no se marchara—. Te prometo que dejaré de decir más cosas sobre esa.
Él chirrió los dientes.
—Simplemente… es la primera vez que hago eso. Nada más.
Tan mono…
—Vale. También he mentido —reconoció—. No soy como Ino. Para que algo paso conmigo tiene que haber un fuerte sentimiento y contigo lo tengo. Así que no me importa si quieres mis tetas en tu boca por primera vez.
—Sakura —advirtió.
—No, no estoy bromeando. Esta vez, es en serio.
Se quedó en silencio, escudriñando su reacción. Sasuke solo dio un paso para quedar frente a ella. Su mirada oscura clavada sobre su rostro.
—Creo que no es la mejor confesión —reconoció—, pero cada cosa que he hecho contigo, hacia ti, que te he pedido, es seria. Me gustas.
—Te gusta la idea que tienes de mí —corrigió él—. No lo que soy.
—Pues déjame ver quién eres —dijo suavemente.
—No puedes verlo —negó—. No todo, al menos. Hay cosas a las que no puedes adentrarte.
—¿Sabes que haciéndote el misterioso me gustas más?
—Eso ya me lo han dicho y no ha funcionado.
—¿Ah, no? —cuestionó dando un paso hacia él. Apoyó sus manos en su pecho, acariciando suavemente la ropa—. Me arriesgaré y diré que soy la única mujer de la que no has escapado caundo te lo ha dicho. Y en la única en que has pensado que te gustaría realmente mostrarle cuan de misterioso eres.
Él dio un paso atrás, irritado.
—Deja de querer meterte en mi cabeza. De mis hermanos soy el más sereno. El que mejor sabe defen…
Sakura mandó todo al cuerno. No quería más dramas. Ni era necesario dar más rodeo.
Se puso de puntillas y pegó su boca a la de él. Un suave y torpe gesto que esperaba que él detuviera o que reaccionara negativamente.
Sin embargo, mientras sus labios permanecían pegados se estuvieron observando, hasta que ella comenzó a retroceder.
Sasuke levantó una mano para asirla de la nuca y volver a pegarla contra su boca. Con su otra mano colgando, mientras que ella lo rodeaba con sus brazos cuanto podía.
Se besaron por un largo tiempo. Estudiándose sus bocas. Pequeñas separaciones de aire, pequeños mordiscos y suaves lamidas. Incluso un beso torpe de sus narices al separarse.
—Sal de mi cabeza —repitió él.
—No quiero —negó ella aferrándose a su ropa más—. Quiero quedarme hasta que no puedas dejar de pensar en mí. Ni siquiera cuando estés en la cama.
Él gruñó y ella supo en ese instante que ya era demasiado tarde.
—No voy a lamerte los pies.
—Entonces, lámeme los labios.
Y él obedeció. Extrañamente, como si fuera dócil y sumiso.
Sólo con ella.
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Naruto se detuvo cuando ella lo hizo. Su espalda golpeó contra su pecho y su pie estuvo a punto de pisarle. La sujetó de la cintura para estabilizarla y bajó su mirada hacia ella.
—Perdona —se disculpó retirando un rebelde mechón tras su oreja—. Quería preguntarte si querrías venir conmigo. Me gustaría que habláramos de algo.
Él dudó.
—La última vez nos peleamos.
—No. La última vez me distes un correctivo que necesitaba. Y tenías razón. Pero me gustaría hablarlo a solas.
Notó que la mirada de Itachi estaba puesta sobre él, así como la de Ino en su hermana.
—Vale —aceptó.
Hinata sonrió y puso rumbo a su pequeño coche tras despedirse de su padre y madrastra. Ambos se subieron en silencio y no fue hasta que Hinata detuvo su coche a pocas calles de su casa que no volvieron a hablar.
—Gracias, Naruto.
—No hice nada. Me comporté como un idiota insultándote en medio de una pataleta —reconoció—. Sí que quiero que mejores pero te estaba forzando a hacerlo.
—Me abriste los ojos. Vi lo que no podía ver creyendo que era "estabilidad". Tenías razón. Mi vida fue construida a gustos de Toneri y pensé que estaba ahí todavía. Cuando te fuiste me percaté de esas cosas. Vi mucho mejor mi alrededor. Cuando me corté el cabello fue el primer paso que tomé y al liberarme del clan Hyûga pensé que ya estaba todo hecho. Volvía a conformarme.
Él mantuvo la mirada sobre ella. Hinata miraba hacia el frente, concentrada en sus palabras.
—Escuché atentamente lo que dijiste. No querías decir que fuera aburrida porque no me reía o bromeaba, sino porque estaba bajo el yugo de alguien que aún de muerto me dejó lista para ser una triste alma en pena en vida. Mi ropa, mi forma de comportarme que cambió tanto. Incluso mi ropa de cama —añadió con una carcajada sarcástica—. Gracias, Naruto, por dejarme ver todo eso. No fuiste infantil ni fue una pataleta. Fue la verdad que me negaba a ver y no pensé que debía de cambiar más allá de ciertas cosas.
—Yo… tampoco dije las palabras adecuadas —reconoció rascándose la nuca, algo avergonzado—. No soy bueno con ellas, ttebayo.
Hinata entonces le miró. Sonrió dulcemente.
Desde luego, había cambiado para bien. Ya lo había notado cuando ella y Ino entraron en el restaurante. Su ropa más fresca, más del estilo que él veía en ella. No necesitaba vestirse con ropa pegada o ropa inadecuada. Necesitaba ser ella misma en sus gustos y no los grisáceos de Toneri que no la favorecían.
—Voy a cambiar los muebles de mi cuarto y la cama. La ropa especialmente. No me gustan las sábanas blancas sosas que utilizaba. Eran… ridículamente semejantes a las de un hospital.
—Bueno, todavía no me has permitido llegar a esa intimidad de levantarme la colcha para que mire las sábanas.
Ella se echó a reír y él lo atesoró.
—Esa es la Hinata que realmente siempre he visto. La que quiere vivir. La que es capaz de reírse de una tontería mía. La que toma riendas de su propia vida sin necesidad de acomodarse a un hombre.
Hinata ladeó la cabeza levemente, sonriendo.
—Vas a ponerme colorada si sigues alagándome tanto.
—Bueno, me gusta cuando te sonrojas, de eso no hay duda —dijo llevando una mano hasta su mejilla, acariciándola suavemente con el pulgar.
Ella se lo permitió hacer. Incluso cerró los ojos y él sintió que todo su cuerpo se calentaba. Hinata no estaba invitándole a un beso ni estaba haciendo nada fuera de lo normal. Sin embargo, ese acto era, de alguna forma, muy íntimo para él. La confianza era más intensa de lo que jamás pensó.
Retiró la mano, inquieto. Porque sabía que no podía permitir que sus impulsos le gobernaran.
—¿Volvemos? —preguntó—. Mañana tengo que madrugar.
—Claro —aceptó ella—. Yo tengo que enviar diferentes currículums.
—¿Vas a volver a trabajar?
—Claro que sí —afirmó mirándole y luego al tráfico antes de incorporarse a él—. No me voy a quedar sentada en casa sin hacer nada. Me gusta mi trabajo. Me gusta ayudar, así que quiero hacerlo cuanto antes. O… ¿Lo dices ya que mi padre tiene mucho dinero?
—Bueno…
—Naruto —nombró calmadamente—. Si algo aprendí cuando teníamos carencias es a trabajar, a luchar por lo que quieres y por eso también chocaba con Toneri. No quería dejar mi trabajo ni cuando fuera madre. Porque yo estuve un día en el lugar donde están muchas personas a las que ayudo en mi puesto de trabajo. Tener dinero y no hacer nada… me parece aburrido incluso. No digo que no sea necesario para vivir bien, eso está más que claro, pero pese a tenerlo, es importante seguir moviéndote.
Y él pensando en tirarse a la bartola a vivir tranquilamente con lo que le quitara a ella…
—Tienes razón —admitió.
—Dime, Naruto. ¿Por qué quieres ser profesor? ¿Sólo por los niños o porque también necesitas el dinero, me refiero?
—Ambas cosas —respondió sopesándolo—. Creo que me siento más cómodo con ellos porque ya sé de dónde van a venir las bromas que con los adultos, que suelen ir a hacer daño. Y luego, monetariamente necesito el dinero.
—¿Y si tuvieras mucho dinero pero esos niños necesitaran de ti? ¿Los dejarías para simplemente esperar a que el tiempo pase y tus ingresos mengüen?
—Visto así… No.
Ella sonrió satisfecha.
—Eso mismo me pasa. ¿Comprendes? Es algo a lo que me aferré siempre, incluso por encima de Toneri. Él quiso quitarme a mis hermanas y mi visión de la vida. Si estoy con alguien a futuro, esta vez me aseguraré de que sepa que todo va en el mismo saco.
—Yo lo sé.
Hinata volvió a reírse. Detuvo el coche frente a la mansión.
—Y te lo agradezco. De corazón.
Él apretó los labios en una sonrisa tirante.
—Al menos, ahora no me dices que no —bromeó inclinándose con intenciones de besarle la mejilla.
Por error, Hinata ladeó la cara y en su lugar, fue a sus labios. Presionó con suavidad, separándose al percatarse del error.
Iba a matarlo…
Sin embargo, se puso como un tomate y retrocedió tan rápido que se golpeó la cabeza con el cristal.
—¡Hinata! —exclamó sorprendido acercándose más a ella tras retirarse el cinturón—. Perdón, yo quería… La mejilla. Es decir, tú has… ¡Ahg, ttebayo! ¿Estás bien?
Ella asintió con los ojos llenos de lágrimas mientras se sobaba la cabeza.
—Sí, sólo ha sido… en fin… yo… ¿Nos vemos mañana? ¿Sí?
Él asintió, como un robot. Saliendo y dejándolas a solas.
Caminó hasta su casa como si fuera mecánico. De alguna forma sus labios estaban muy calientes.
Cuando entró en su casa estaba todavía en las nubes. Gaara revisó que viniera solo y luego, asintió a Shikamaru, quien estaba agachado en la puerta que llevaba al sótano.
—¿Qué pasa?
—Iba a revisar que todo estuviera bien, especialmente lo que me dijo Sai de la huella. Pero al abrir me he encontrado con las carpetas de las chicas aquí en el suelo —explicó Shikamaru levantándose con ellas en las manos—. Tú y Itachi siempre estáis dejando todo por el suelo.
—Perdón —se disculpó—. Estaba algo enfadado.
—Da igual. Al menos ellas no han visto nada —descartó Gaara bostezando.
—Lo dice el que estaba acojonado cuando vio a Matsuri aquí a solas.
—Esa niña trepa la tapia como si fuera un condenado mono. Me la imagino convirtiéndose en gelatina y entrando ahí —protestó Gaara—. Y si se enteran, entonces que todo se irá a la mierda.
Naruto maldijo por dentro. Shikamaru lo dijo en voz alta.
Gaara los miró a ambos con incredulidad.
—Venga ya… ¿Para qué putas fue la regla entonces?
—Cállate Gaara —ordenó Shikamaru cerrando la puerta tras él tras dejar las cosas dentro bien—. No nos regañes como si fueras Sasuke.
—Sasuke tenía razón —indicó Gaara justo cuando el susodicho entraba.
—¿Qué? —preguntó al notarse escrutado.
—Que tenías razón con todos estos y las chicas —explicó Gaara—. Están… ¿Por qué tienes las orejas rojas? ¿Dónde estabas?
—Con Sakura —respondió esquivándolo y subiendo escaleras arriba.
Los tres se miraron. Él fue el primero en perseguirle.
—¿Qué mierdas queréis? —preguntó cuando les vio forcejeando por entrar el primero en su habitación.
—¿Cómo que estabas con Sakura? ¿Qué ha pasado? ¿La has armado?
Los tres hablaron a la vez. Sasuke los estudió a todos con la mirada antes de mandarlos a la mierda sin siquiera abrir los labios.
—Sasuke, si la has cagado con ella… —comenzó Shikamaru.
—La he cagado —admitió dándoles la espalda—. Porque tengo los mismos genes estúpidos que vosotros.
Él y Shikamaru guardaron silencio, pero Gaara maldijo entre dientes.
—Venga ya. ¿Tú también? ¿Es que soy el único cuerdo de esta familia?
—No tires la piedra tan lejos —advirtió Shikamaru—, que todo es decir que Matsuri está cerca y te tiemblan las piernas.
Gaara soltó un taco.
—¿Quieres que me detenga la policía? Es una menor.
—No para siempre —recordó Naruto pensativo—. Además, legalmente en este país ya puede casarse.
—No tiene dieciocho —recalcó cabezón Gaara—. Y tengo claro qué tenemos que hacer. Parece que a vosotros se os ha ido de la cabeza.
—Tu hermana está ahí, Gaara —recordó Shikamaru.
Gaara apretó la mandíbula. Eso parecía dolerle más incluso que Matsuri. O simplemente, le era más difícil fingir.
—¿Y eso lo cambia?
—No te hagas eso. Gaara, acuérdate de cómo ha estado Sai —aconsejó Shikamaru.
Gaara se encogió de hombros.
—Como queráis. Yo sólo os daba una nueva oportunidad. Pero veo que estáis enterrados hasta el cuello.
Ninguno pudo contradecirle.
Notó que nuevamente su boca quemaba con un vago recuerdo.
Gaara pasó a su lado, posando una mano en su hombro.
—Más vale que estés preparado para lo que vendrá.
Naruto lo dudaba. Ninguno de ellos estaba realmente preparado para tomar la dura decisión.
.
.
Sai miró hacia lo alto del mirador para descubrir que las estrellas de plástico brillantes que colgaron estaban encendidas dándole un toque de cielo nocturno al techo.
Definitivamente, la pequeña Matsuri estaría contenta con todo eso. A él esos recuerdos le traían otro tipo de recuerdos.
Todavía sentía el cuerpo aletargado de la fiebre. Se sentía cansado y la mente cargada. Sin embargo, no podía permitir que todo terminara así.
—No quiero terminar.
Ino le miró. Estaba sentada a su lado y llevaba su chaqueta. Se la había dado cuando tras sentarse en silencio ella empezó a frotarse los brazos. No se la pidió, pero tampoco se negó cuando se la puso por encima de los hombros. Él estaba más acostumbrado que ella seguramente a pasar frío.
—¿No quieres?
—No. Pero tampoco quiero que sea un problema el hecho de que ahora mismo no puedo estar al cien por cien en ti. Y sé que el problema que hemos tenido ha sido duro y he sido un cobarde. Sé también que si te digo qué es lo que me tiene más preocupado, te enfadarás.
—Quizás no. ¿Por qué no pruebas a decírmelo? Sai, no tengo una bola de cristal donde puedo saber qué le pasa a todo el mundo. O qué piensa o qué pasará en el futuro.
Eso, algo sabía él. No podía decírselo, por supuesto.
—Mi madre.
Esperó que Ino se levantara enfadada, le tirase la chaqueta o que le insultara por poner en una balanza a una mujer de la que no tenía nada más que la vida.
—¿Tu madre? —preguntó, sin embargo—. ¿La has encontrado?
—Sí. Bueno, más o menos.
—Cuéntamelo, Sai.
Él dudó.
—Si es algo que te atormenta y puedo ayudarte a verlo de otra forma, me gustaría ayudarte.
Guardó silencio un buen rato, sopesando todo. La noche anterior intentó enfocarlo de diferentes formas, pero Ino también aparecía en todo aquel caos. Cuando se dio cuenta tenía tal estado de estrés que su cuerpo reaccionó.
Esa vez, Ino estaba delante de él, aparte de todos sus pensamientos.
—¿Recuerdas el hombre de la sala de arte?
—Sí —respondió—. El que intentó ligarme inventándose tecnicismos.
—¿Lo sabías?
—Claro que lo sabía —admitió soltando una risa de esas que las mujeres solían hacer cuando tenían el control de algo que a los hombres se les escapaba—. Estudié un poco de los términos para poder comprender mejor tu arte, Sai. Además, cuando tengo ojos por un solo chico no hay nadie más.
Él sonrió con cierto orgullo.
—Pues hablando con él noté un detalle que dijo que me llamó la atención. Quise investigar. Sólo era una idea, no pensé que se convertiría en realidad. Puedes llamarlo casualidad si quieres.
—¿A qué te refieres?
—Las pinceladas. Hay pocos artistas que tienen ese mismo ritmo. A veces, por herencia. Otras por imitación. En mi caso ha resultado por herencia.
—¿Quieres decir que…?
—Sí. La mujer de la que nos habló, su tía, es casualmente mi madre. Me mostró una fotografía que quise mostrarle a Itachi, pero este estaba tan concentrado en Izumi que no quiso atenderme. Se lo mostré a Shikamaru y dijo que sí, que el hombre que estaba con ella era nuestro padre.
—Entonces… Igual puedes encontrarte con ella y preguntarle qué pasó con…
—Murió. Está muerta.
—¡Oh, Sai! —exclamó cubriéndose la boca con las manos—. ¡Oh!
Se acercó más a él para abrazarlo. Él se lo permitió, apoyándose contra su hombro.
—Por eso y por otras cosas sin tanta importancia me encerré en mi mismo. En lugar de decírtelo, quise solucionarlo todo solo y… creé todo este caos entre nosotros. Cuando más falta te hacía actué egoístamente.
Por supuesto, no podía decirle que la otra parte que lo torturaba era el hecho de que iban a destruirlas tarde o temprano. Y que eso implicaba que él también se destrozara a sí mismo.
Ino se mantuvo abrazándole, consolándole.
—Lo entiendo. Ahora lo entiendo todo. Creí que era porque te habías asustado y que me echabas las culpas de todo. Que no te importaba…
—Ino, me importas —aseguró retirándose para mirarla a los ojos—. Que no te quepa duda de eso, por favor —suplicó—. Incluso si te hiero en el futuro.
—En el futuro…
Bajó la mirada, suspirando.
—Igual vuelvo a cometer otro error como este. Posiblemente más estúpido. Lo reconozco.
—También puede que lo cometa yo —dijo ella sonriéndole—. Yo tampoco quiero cortar Sai. Aunque tengo algunas preguntas. Sólo que ahora no sé cómo hacerlas.
—Dilas, simplemente.
Ella negó y lo descartó con un gesto de su mano.
—Son tonterías, nada más. Así que esperaré a que esté todas más claras en mi mente. No te preocupes. Aunque sí que hay una que puedo hacerte.
—Dispara.
—¿Puedo besarte?
Él sonrió automáticamente.
Dios, podía destrozarle de querer.
—Eso no necesitas ni preguntarlo, belleza.
Ella sonrió y se puso en pie para sentarse en sus piernas. Le rodeó los hombros con los brazos a la par que él la asía de la cintura. Sus bocas se atrajeron como si de dos imanes se trataran.
Aún así, Sai no pudo evitar pensar que había algo que atormentaba también a Ino. Algo que no se atrevía a comentarle.
No quiso ahondar. Si bien parte del problema llegó porque no hablaron como deberían —culpa de él, reconocía—, también entendía que todos tenían secretos y que, sí él tenía el suyo, ella podría tener los suyos.
.
.
Shikamaru se asomó al ver la puerta abierta.
Itachi estaba apoyado en la mesa central con los codos mientras tenía la cabeza metida entre las manos. Al escucharle levantó la cabeza para exhalar aliviado.
—Joder, te he dicho muchas veces que te muevas normal cuando estés en casa.
—Es de fábrica ya lo de caminar de esta forma. Tú mismo me enseñaste.
—Sólo aumenté algo que sabía que se te daba bien —corrigió—. ¿Qué pasa?
—Hemos tenido un cambio de hermano.
Itachi frunció el ceño sin comprender.
—Sasuke ha caído. Como tú, como Naruto, como Sai… y como yo.
—Mierda… Lo veía venir.
—Y ahora es Gaara quien nos mira como si fuéramos idiotas dándonos contra una pared. Y lo peor de todo es que tiene razón. ¿Qué vamos a hacer Itachi?
Itachi guardó silencio de una forma tan dolorosa que Shikamaru no pudo hacer más que empatizar con él.
—O lo dejamos o nos hundimos, Shikamaru. Tú sabes mejor que nadie cuáles son las opciones. La cuestión es qué preferimos hacer. Todos podemos terminar enloqueciendo como le ha pasado a Sai. Separarlo de Ino ahora es una tortura para él.
—Y a ti de Izumi. Sé sincero.
Itachi volvió a suspirar.
—Me he enamorado, sí. He sido el primero en romper la regla. Justo como pronosticaba Sasuke. No voy a negarlo.
Shikamaru le dio su espacio mientras hablaba. Itachi no era de los que hablaba a menos que estuviera cerca del borde. Por eso estaba ahí abajo, mirando la fotografía de Izumi como si esperase encontrar ahí la solución. Debatiéndose entre sus hermanos y el amor.
—Itachi. Igual podríamos aceptar las ayudas de Hatake. Sobrevivir algo mejor de como estamos. Sería fácil, sí. Nos jodería el orgullo, también. El problema es que tú ya diste tu palabra de obtener esa llave. ¿Qué ocurre si te echas atrás?
—Que otro lo intentará. Si ya estamos metidos en esto y hay más personas detrás de ella. En el momento en que lo liberemos, otro cuervo caerá encima. Y no tendrá tanta paciencia como nosotros.
—No, pero nos tendrá a nosotros como barrera. Piénsalo —aconsejó—. Nosotros aceptaremos lo que decidas.
Empezó a subir las escaleras, pero Itachi lo retuvo.
—¿Cómo lleva Gaara que sea su hermana?
—En términos de castración; la mía sería gratuita y sin anestesia.
Itachi se quedó con la boca abierta.
—Bromeas.
—Oh, no. Ese es el único punto que tiene Gaara de atadura. A menos que finja muy bien y realmente le guste la enana. Sólo que se siente un pederasta.
—A veces es difícil saber qué piensa —admitió Itachi frotándose la nuca.
—Sí, pero al mismo tiempo, no.
Su hermano asintió y le hizo un gesto para que se retirará.
Shikamaru sabía que necesitaba pensar y llegar a una decisión. No era fácil para ninguno. Porque sí, también rendirse era peligroso.
Miró su móvil con cierto anhelo. Si pudiera…
Maldijo entre dientes. No era una condenada mierda moviéndose. Sólo un culo perezoso.
Salió y se mezcló entre las sombras hasta llegar a la ventana que quería. Trepar fue mucho más sencillo de lo que esperaba y para su suerte, ella aún tenía la ventana abierta. La luz de la habitación estaba encendida.
Temari estaba recostada en las almohadas. Sostenía su móvil entre las manos y presionaba la pantalla de vez en cuando. Agudizó el oído. Podía percibir su propia voz. Una y otra vez.
Dio un paso al interior.
—Si lo que quieres es escuchar mi voz, sólo tienes que pedírmelo.
Ella dio un respingo, dejando caer el móvil y mirándole con los ojos muy abiertos.
—¿Qué diablos eres? ¿Un ladrón?
Estuvo muy tentado en admitirlo.
—No. Sólo quería verte.
—Nos hemos visto hace nada en la cena —recordó ella, claramente nerviosa—. Si mi padre se entera que has entrado por la ventana, te matará.
—Correré el riesgo. ¿Puedo entrar?
—Ya estás dentro.
Eso era cierto.
Avanzó más hacia el interior, deteniéndose a los pies de la cama y dando con el móvil. Lo tomó con cautela para luego entregárselo a ella.
—Yo no puedo llamar, pero siempre puedes llamarme —le dijo sentándose a su lado—. ¿Eso es de cuando le dije a Sasuke que Itachi había cerrado la puerta?
—Sí… ¿Por qué tu hermano te prohíbe tener puerta cerrada? Eres lo suficiente adulto como para necesitar tu intimidad.
Él miró hacia la de ella. Estaba completamente cerrada. Quizás no con el pestillo, pero sí otorgaba esa intimidad necesaria. Estaba seguro de que hasta ellas llamaban a la puerta antes de entrar, no como los brutos de sus hermanos.
—Sasuke y Naruto eran muy dados a escaparse por las noches. También Gaara tuvo un tiempo un poco rebelde de hacerlo, pero su enfermedad impedía que lo hiciera tan seguido. Luego… yo solía subirme al tejado a dormir porque no podía hacerlo dentro. Una vez me caí. Por suerte no me rompí nada porque me amortiguó un toldo que me cargué y nunca hemos podido reponer —explicó—, así que Itachi decidió que con las puertas abiertas era más fácil de custodiarnos. Y funcionó perfectamente. Porque Sasuke y Naruto dejaron de escaparse.
—Sí, pero… sois adultos.
—Ya. Supongo que nos hemos acostumbrado a cumplir reglas. Algunas veces las rompemos —añadió—. Y algunas veces tienen dolorosas consecuencias…
—¿Os ha pegado? —cuestionó ella incorporándose—. ¿Os pega aún?
—No —negó. Aunque evitó recordar lo que pasó con Sai—. No es esa clase de castigo. Con Itachi es más doloroso la ley de hielo que un golpe suyo.
—Se me hace tan complicado…
—Hacía lo que podía con nosotros —defendió.
—Entiendo —aceptó, aunque algo insegura—. Aquí tenemos a Matsuri, que nunca llama y entra como si fuera un caballo dentro. Estoy harta de regañarla por eso, pero generalmente se escuda en él: tenemos lo mismo. Generalmente le funciona. Que sea tan mona también le ayuda, pero no se lo digas.
—Mi boca está sellada —prometió.
Ella asintió, agradecida.
—¿Cómo es que has hecho la de Robin Hood?
Él no comprendió hasta que señaló el balcón. Se rascó la nuca, chasqueando la lengua.
—Yo no tengo un audio sobre ti, así que he tenido que escalar para verte.
Ella sonrió, con las orejas rojas.
—Mira que eres raro algunas veces.
Él se encogió de hombros y miró a su alrededor. En realidad, las últimas veces que estuvo en la habitación no se fijó mucho. Pero Temari no era de las que tuviera gran cosa. Lo que más llamaba la atención quizás era la estantería que tenía llena de diferentes libros. Algunos lomos eran rosados, otros lilas. Colores pasteles.
Se levantó y caminó hacia allí.
—¡Oh, espera, Shika…!
Pero él ya había cogido uno de los libros y levantado una ceja.
—"La noche que te amé"… —Lo dejó y tomó otro—. "La amante del diablo". —Otro más—. "El atardecer más caliente". Seguro que ninguno de estos libros habla del tiempo caliente.
Cuando se volvió ella se había cubierto el rostro y tenía las orejas tan rojas que brillaban. Era raro verla con el cabello suelto a su vez. Dejó los libros para acercarse a ella.
—¿Por qué te avergüenzas de que te gusten las novelas… sexuales?
—¡Románticas! —corrigió bajo sus dedos.
—Pero todas tienen sexo.
—¡Pero son románticas! —repitió—. Soy una condenada idiota que esperaba pasar su vida sin nunca tener un hombre que la tocara. Así que mi vida sentimental estaba siempre tras páginas llenas de tinta. Nunca pensé que un hombre fuera capaz de hacerme sentir como una de esas protagonistas. ¿Vale?
Él entrecerró los ojos.
—¿Y yo te hago sentir así?
Ella no contestó.
Shikamaru chasqueó la lengua y se inclinó hasta poder retirar una de sus manos. El rostro femenino estaba completamente rojo y le miraba con una sinceridad que no necesitó palabras. Extrañamente, se le contagió el sonrojo y se cubrió su propio rostro con su mano libre.
Maldita sea, no esperaba esa jugada.
Actuando como un adolescente que acaba de descubrir que una mujer es capaz de ponerle en esa situación.
—Será mejor que vuelva a casa.
—Sí —dijo ella—, pero… ¿puedes besarme antes?
Él retiró su mano para mirarla. Temari había desviado la mirada hacia la pared cercana. Sus manos se deslizaron hasta aferrarlo de la camiseta.
Adorable. Jodidamente adorable.
—Por supuesto —aceptó con más gusto del que debería.
Se movió hasta estar más cerca de ella. Se apoyó con sus manos a cada lado de las caderas femeninas y con cuidado, bajó la cara hasta poder encontrar la de ella. Se miraron unos segundos antes de besarse.
—¿Puedo pedir algo más? —cuestionó ella dudosa.
Él asintió.
—¿Te puedes quedar a dormir?
El corazón bien podría habérsele salido por la boca.
—¡Oh, sólo dormir! —recalcó—. No voy a pedirte más de lo que puedes dar. O podemos.
Shikamaru no se consideraba un hombre fácilmente manipulable porque no se movía si no era necesario. Pero si le invitaban a dormir a una cama, sabía que nunca se negaría.
Menos, si era ella quien se lo pedía.
—Por supuesto.
.
.
Kisame Hoshigaki se detuvo en seco cuando vio a la mujer detenida justo en la puerta de su casa.
—Claramente, tú no eres mi pizza.
—No. No lo soy. Pero sí que sé que sabes quién soy.
—Rin Hatake.
—No. Rin Nohara, esposa de Hatake —corrigió cruzándose de brazos—. Y creo que sabes perfectamente por qué estoy aquí.
—No sé. ¿Quizás que has descubierto secretos sobre Itachi Uchiha por los que te preocupan tus hijastras?
La mujer guardó silencio hasta que su boca se abrió en una sonrisa maliciosa.
—Kisame. Creo que ambos sabemos que yo no soy una persona normal si te he localizado.
—Eres periodista.
—Sí, lo soy.
—Y seguramente el mismo tipo al que Itachi me mandó investigar te ha enviado hasta mí.
—No. No he necesitado de ese sujeto para encontrarte. Es más. Ese hombre ya debe de estar desaparecido. Es natural cuando te metes muy profundamente en la web oscura.
Kisame silbó. Desde luego, esa mujer los tenía bien puestos. Es más, empezaba a sentirse preocupado. Porque él siempre fue muy resguardado con su información personal y esa mujer había dado con su hogar, su nombre, su profesión real… incluso sabía sus chanchullos en la web oscura.
—En realidad, déjame decirte que era yo quien dominaba a Kabuto. Él creía que me daba información y sólo lo hacía cuando yo no podía alcanzar un ordenador. O cuando me apetecía que él se sintiera terriblemente útil. Ahora que sé a quién hizo daño e intentaba volver a hacérselo… Bueno, puedes imaginarte qué ha pasado con él.
Y tanto que podía.
Tragó duro.
—¿Y vas a hacerme lo mismo?
—Eso depende.
—¿De qué? —preguntó cuidadoso.
—De qué respondas a mis preguntas.
Soltó su característica risita, emocionado. Sabía jugar a eso.
—Qué miedo. Señora. Pero adelante. Pregunté.
Rin Nohara cambió de postura.
—¿Por qué estás sirviendo Itachi Uchiha?
A la primera. Una buena periodista. Sin tapujos y directa.
—Digamos que le debo un gran favor y él no cesa de sacarme favores a cambio. Información, generalmente.
—Ya. Como la de Toneri o la de mi marido.
Kisame entrecerró los ojos. Esa mujer empezaba a oler a peligro. No iba con faroles.
—Y otras que no me interesan demasiado. Aunque están enlazadas a gente peligrosa, con dinero y otros tratos.
—Bueno, eso pasa cuando idealizas a una persona.
—Del mismo modo que él te idealiza a ti. ¿Verdad?
—¿A mí? —cuestionó a la defensiva—. Dudo mucho que Itachi me idealice. Es justo, al contrario. ¿Sabes por qué le cumplo tantos favores? Porque me salvó la vida.
—Sigue —animó cuando él hizo una pausa—. Saca tu verdadera cara. ¿O quieres que lo haga yo?
—Me intriga bastante. Pero no. Ya que lo sabe todo sobre mí seguro que no le sorprende si le digo que quiero ver a Itachi Uchiha caer como un perro condenado. Quiero lo que él desea. Pero no quiero hacerlo yo. Espero que lo traiga hasta mí. Luego, se lo arrebataré fácilmente si no acepta mis condiciones. Que, obviamente, no aceptará porque para él siempre están primero sus hermanos. Incluso por encima de usted y sus hijastras.
Ladeó la cabeza a medida que hablaba, enfocando su vista más en ella, esperando asustarla. Sin embargo, no se movió.
—La llave de mi esposo.
—Exactamente. ¿No creerá que se ha acostado con su hijastra por amor al arte? ¿O sí?
—Puede que tú estés algo desinformado, Kisame. Cosa que no me extraña. Cuando uno cae en la oscuridad de la venganza se deja convencer de que los demás actúan por un interés mayor y por supuesto, dañino. Sin embargo, las personas cambian y yo he venido a darte la oportunidad de cambiar.
—¿Tú? —cuestionó sarcástico.
—Sí. Yo.
—Podría hacerte desaparecer.
—No te lo aconsejo. Ya tengo todo preparado para que, en el momento en que yo falte, todo caiga sobre ti. Te fundirán sin dejar restos de ti, Kisame. Y tampoco te conviene tener a mi marido de enemigo, Kisame.
La amenaza le caló hasta los huesos. ¿Él sintiendo miedo? Imposible. Pero esa mujer conseguía ese efecto. Estaba dispuesta a todo por proteger a ese condenado de Itachi. ¿Qué demonios tenía que todo el mundo siempre le escogía a él?
—¿Y qué propone?
—Que dejes de trabajar para él y lo hagas para mí. Con un sueldo de verdad. Dejarás de extorsionar a esa familia y aplacaras la venganza contra él. Y supongo que con un sueldo de considerables cifras dejarás de necesitar la llave de mi marido.
Le entregó un cheque con una cifra más que considerable.
—Todo lo de un año.
Silbó.
—No hay nada como casarse con un ricachón, ¿eh?
—Te equivocas. La rica era yo antes de casarnos. Lo puedes averiguar en la web oscura si quieres. Tengo bloqueado lo que me interesa. Lo que no, es fácil de descubrir. Kakashi no era nadie importante cuando íbamos a casarnos. Siempre he sido yo la del dinero. No me importaba qué poseía en sus bolsillos.
—¿Te importaba más lo de su pantalón?
Rin esbozó una sonrisa tirante.
—Yo hablaba del corazón, pero eso es aceptable, sí —afirmó—. ¿Lo tomas o lo dejas?
Se rascó la nuca. Sería un idiota si no lo aceptara.
—Lo tomo. Pero qué hago si Itachi vuelve a llamarme pidiéndome algo.
—Se lo haces y me pasas una copia.
—Ok. Tú mandas —aceptó. Luego la miró de arriba abajo—. ¿Sabe tu marido la clase de viuda negra que eres?
—Mi marido sabe que le amo y amo a sus hijas. Es todo cuanto necesita saber —dijo encogiéndose de hombros—, pero lo sabe. La diferencia es que le gusta hacerse como el que no. Así que dejémoslo así.
—No sé si me ha quedado claro.
—Esa era la idea —admitió sonriendo satisfecha.
Antes de que se fuera volvió a detenerla.
—¿Por qué permites que Itachi se acerque a esas niñas?
Rin pareció sopesarlo.
—Porque el destino tiene la fea manía de unirte a tu verdadero amor de una forma u otra. Si esos chicos no son los indicados, todo terminará tarde o temprano. Si lo son, ellos cambiarán por ellos. Tengo fe.
—Esos chicos siempre han sido así. Dudo que cambien por un par de chochitos.
La mujer se encogió de hombros.
—Como dije: tengo fe.
Continuará…
¿Y bien? ¿Cómo se quedaron con esta Rin descubriendo todo y mangoneando a Kisame? Ella ya sabe cosas. Y sabe que quieren la llave los chicos. Mientras tanto, Matsuri ha abierto la siguiente parte de la trama… ¿Serán descubiertos los chicos o confesarán antes? ¿Qué hará Ino con sus sospechas?
(1): Hace referencia a la web esa donde hay de todo…
(2): Corredor de fórmula 1.
