Estrés.


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Sakura regresa a la aldea a paso apresurado; no por miedo, no por inseguridad, no por prisa... Sino que es su forma de lidiar con el estrés, con la confusión, y con casi cualquier cosa. Cada vez que algo está mal, ella entrena más duro, se mueve más rápido, golpea más fuerte.

Este dejo de practicismo ha hecho maravillas a su progreso como ninja. Es natural para una mujer, de su no tan abundante edad, cargar con basura en su mente, y convertirla en algo útil es lo que la destaca entre las demás.

Está orgullosa de ese aspecto suyo.

Justamente por esto, la joven no habla de sus inquietudes. En su lugar, ella entrena. Y nadie quiere acercarse a ella cuando está de malas, no sólo por el simple hecho de notar su mal humor en su aura, sino porque, siempre que lo está, pareciese que interrumpir su entrenamiento es un acto suicida.

Ahora mismo, ella carga de nuevo con inquietudes, carga con estrés, carga con confusiones, y éstas no hacen más que desvanecer el camino bajo su correr.

Esto no debería ser así, esto no es así.

Ese idiota era un criminal.

"¡Es un criminal!" Se recrimina por haber usado el verbo en pretérito.

"Él no debía mostrarme consideración. No, él no me la mostró. Fue un error. Eso NO ocurrió."

Y más importante aún: él no es como Sasuke, y Sasuke no es como él.

Ellos no tienen nada en común. Sasori es un traidor, un asesino. Por otro lado, Sasuke fue su amigo, su compañero.

"¡Es!" Vuelve a recriminarse con los dientes apretados.

Sin darse cuenta, pisa con fuerza la rama de un árbol, resquebrajándola al impulsarse a sí misma hacia la siguiente rama en su camino.

"¡Esto no debe ser así! ¡Esto no es así!"

El problema debe ser ella. No hay otra explicación. No puede ser…

En un nuevo impulso casi inconsciente, sube su mirada jade hacia el cielo sobre ella, al cual había dejado de prestarle atención desde que estuvo en el río. El sol todavía brilla con todo su esplendor sobre el despejado y etéreo océano azul, por lo tanto...

"Aún estoy a tiempo de regresar sin levantar sospechas."

De este modo, tras matar la distancia faltante para arribar a su destino, la muchacha aterriza sobre el césped y se detiene un instante para revisar que su aspecto no denotase nada raro. En el proceso de secarse el sudor del rostro, se encuentra a sí misma jadeando para recuperar el aliento, dejándose notar todo el ejercicio extra que hizo de manera inconsciente.

Odia que ese sujeto se haya metido en su cabeza. Se detesta por permitirlo. Se detesta por escucharle.

"Pero, al mismo tiempo, no puedo evitarlo..."

Sin embargo, esta vez no quiere dejarse atrapar de nuevo por sus deprimentes cavilaciones. Por lo tanto, se desentiende de sus ideas con un hondo suspiro, y se encamina por el sendero de tierra para traspasar el imponente umbral de la aldea.

Cuando su recorrido la lleva a quedar frente a su propia residencia, la médica introduce la llave, que había llevado consigo al partir en la mañana, en la plateada cerradura de la puerta. Un instante después, ingresa a su morada, sólo para encontrarla vacía y en completo silencio una vez que se deshace de sus botas y las deja atrás junto con el recibidor.

Por lo que se deja ver ante sus ojos, deduce que sus padres no están en casa en este momento.

"Perfecto." Se sonríe a sí misma, mientras cierra la puerta tras ella.

Al menos, la soledad le permitirá desahogar su frustración sin que nadie la vea.

Lo primero que aparece en su lista es quitarse cualquier olor y rastro físico que le recuerde al asunto, aquel que ahora mismo trata de superar y dejar atrás. De esta manera, motivada en aprovechar esta fugaz calma, Sakura se toma todo el tiempo del mundo para darse una refrescante ducha, tanto para relajarse, como para borrar toda suciedad y rastro físico producto del viaje.

Empero, al abandonar el pseudo cuarto de spa en el que ha convertido el baño, su mente vuelve a repasar de manera automática la conversación con el marionetista.

Manteniéndose amparada bajo el marco de la puerta de su dormitorio, la rosada tensa sus músculos, aún con las manos posadas sobre la toalla que cubre su desnudez. A continuación, su piel húmeda se irrita por la tensa fricción con la tela color pastel.

"¿Es que no puedes salir de mi mente ni siquiera cuando me baño?" Le espeta, entre irónica y molesta, a la figura de su informante que se reproduce dentro de su mente.

Quizá de algún modo acorde a la persistente apatía en su ánimo, Sakura se decanta por vestirse con unos pantalones cortos blancos más una playera negra y lisa.

Cepillando su húmedo cabello rosado con absorta dedicación, sus pies descalzos terminan haciéndola bajar las escaleras hasta llevarla al comedor. Al pasar junto a la mesa, la mujer suspira con un dejo de frustración al tiempo que deposita el peine sobre la superficie lisa de madera.

Lo único que quiere hacer ahora es matar el tiempo, sólo para lograr pasar la tarde sin más disgustos, sólo para distender su cabeza de estrés y preocupaciones en lugar de sobresaturarla aún más.

Más deseosa que nunca de no volver a pensar en nada concerniente al ex-Akatsuki, la joven decide acercarse a la pequeña biblioteca, que reposa a un lado del sofá del living adjunto al comedor. Sin demasiados miramientos, toma un ejemplar cualquiera del segundo estante, y de un autor que ni se molesta en mirar.

Luego, se recuesta sobre los mullidos almohadones del sofá, recargando su cabeza sobre el apoyabrazos, y, sin más, procura leer un poco. Pero no tarda en notar que no tiene suficiente concentración para hacerlo.

Negándose a permitirle a su mente el volver a divagar en tonterías, Sakura se incorpora con impaciencia. Deja el libro cerrado sobre la mesita de té frente a su sitio de descanso, y se dirige rumbo a la cocina. Una vez allí, se pone de puntillas frente a la mesada y ataca la alacena pegada a la pared, sin encontrar alivio allí tampoco. Como tercera opción para solucionar su ansiedad, la idea de pasarse a su cama tampoco se siente cómoda…

De un modo tan errático como su humor, Haruno termina por recostarse nuevamente en el sofá, forzándose a leer más allá de cuán poco concentrada esté, intentando buscar algún escape a la realidad dentro de una obra de ficción.

Cuando sus padres arriban a la residencia, ya entrada la noche, la encuentran dormida en el sillón con una mueca de desagrado en el rostro, y, sin perturbar su sueño, simplemente cubren a Sakura con una cobija.

Hace años que no hacían esto. De hecho, parece que el acto logra atravesar la barrera hasta sus sueños, sonsacándole una pequeña sonrisa.

De alguna manera, la joven logra dormir bien esa noche.

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Por otra parte, una escena muy distinta se da con el marionetista. Nadie está con él esa noche, así como nadie estuvo con él ninguna noche desde hace ya años.

No hay padres, desde hace años que ya no los hay. No hay sueño tampoco... otra cosa que no existe desde hace décadas. Desde su paso a su nuevo cuerpo, esto último ya no fue ni siquiera necesario para su subsistencia.

Sin embargo, ese eterno insomnio trae a su vez un problema: demasiado tiempo. Hay demasiado tiempo para pensar, demasiado tiempo para esperar, y, particularmente esta noche, demasiado desorden en su cabeza, demasiado poco que hacer.

Para más inri, nadie lo encontrará en el bosque... Así que tampoco hay nada de qué preocuparse, nada en qué pensar...

El panorama lo aburre, lo confunde... le desagrada.

Cansado de la pasividad, el artista siente la urge de conectarse al mundo, la urge de crear...

Necesita ejercer su arte. Necesita hacer algo, lo que sea.

Si tan sólo tuviese consigo su equipo... Quizá, algún viajero cumpliese con los requisitos para entrar a una nueva colección...

"No, eso está fuera de la lista de opciones." Sentencia poniéndole un alto a toda divagación producto de la frustración y abstinencia.

No puede hacer eso. Primero, porque no tiene el ya mencionado equipo, y segundo, y más importante aún, porque no puede permitírselo: la vida de la ninja de Konoha está en juego. Por estas dos razones, él no puede matar sin un motivo, no aún.

Además, hay un motivo más, uno más importante todavía, uno que es capaz de hacer temblar la definición de arte que este maestro de su artesanía sostiene con tanto orgullo:

"Esa chica me mostró que existe un tipo de belleza en la vida. Esa voluntad..."

Matar a alguien por arte ya no es un simple trámite. Ahora, carga con el miedo de que con el acto de destruir una vida, destruya la belleza que esa vida pudo producir…

Jamás se creyó capaz de contemplar un pensamiento como éste.

"Antes era sencillo, pero hoy es hoy. El pasado ya no existe."

Suficiente. Ya no quiere pensar. Sólo quiere crear, inmortalizar, aunque sólo sea en un modo básico.

Sasori se saca la gabardina, la dobla y la esconde en un arbusto. De este modo, queda ataviado con una ropa genérica, pero que sigue ocultando sus articulaciones y pecho de las miradas curiosas. Ya está decidido: esta noche saldrá a buscar inspiración, tan sólo para escapar del estrés.

Hace mucho que no salía en una misión de reconocimiento... A decir verdad, hubiese preferido otra marioneta para el trabajo, una que no tenga su rostro real, para, de este modo, hacer la actividad menos arriesgada. Empero, ésta es la única que tiene a su disposición, y deberá ser suficiente por ahora.

Con incertidumbre en su mente, y una sonrisa en su rostro, Sasori comienza a merodear cerca de las carreteras comerciales del área. Dichas carreteras consisten principalmente en rutas de tierra, sin vigilancia alguna, sin importancia mayor en el comercio y sin relevancia militar. Sin duda alguna, son perfectos sitios para encontrar inspiración.

A unos cientos de metros del camino que ha elegido para vigilar, el titiritero prepara la escena de un futuro sabotaje. Corta un tronco irregular, lo desmiembra en puntiagudos y gruesos pedazos, y deja éstos últimos repartidos sobre el camino. Cual campo minado, todas estas astillas servirán para bloquear la ruta de posibles carruajes, tan sólo al entrar en contacto con el chakra de sus hilos.

Cual pescador, el renegado se sienta a esperar...

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Los orbes de Sakura se abren con la pereza de siempre al recibir, por primera vez, la luz del día. En el momento siguiente a su despertar, nota que todavía se encuentra recostada en el sofá, con una suave manta arropando su cuerpo.

Reconoce, sintiendo como una sonrisa aflora en sus labios, que sus padres decidieron no interrumpir su sueño la noche anterior.

Sentándose en su sitio de descanso improvisado, se estira para desentumecerse.

—Oh, ya te despertaste—oye la inconfundible voz de su madre, que está observándola desde el marco de la puerta que da a la cocina.

La rosada dirige su vista hacia ella, percibiendo al mismo tiempo un agradable aroma a café que viene de la cocina.

—Anoche no los sentí llegar...

—Estabamos en una pequeña misión de patrullaje cerca de la aldea—responde Mebuki, retornando a la cocina para seguir preparando el desayuno— ¿Desayunarás algo? Imagino que estás hambrienta.

—Claro… —asiente con suavidad, levantándose finalmente de su improvisado lecho.

Ahora que lo recuerda, hoy tiene que buscar a Sai para entregarle la nueva información que había conseguido el día anterior…

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En un soleado domingo, a bajas horas de la mañana, la pupila de la Hokage se encuentra en la biblioteca.

Aquel no es cualquier sitio, ya que había sido elegido con anterioridad como la encrucijada por excelencia para un 'casual' cruce de caminos entre Sakura y su pálido compañero de equipo. Sólo que, en esta oportunidad, ella no ingresa al interior de la institución. Más bien, decide quedarse con la espalda apoyada contra la pared exterior de la estructura y junto al umbral principal, ignorando al tránsito matutino se lleva a cabo a su lado.

La kunoichi, sumergida en sus propios pensamientos, aguarda con tranquilidad por el muchacho de cabellos negros. Está segura de que él vendrá hoy, tan religiosamente como suele hacerlo casi todos los domingos a la misma hora.

Luego de unos minutos de cierta ansiedad interior, la muchacha consigue finalmente divisar al ninja, cuando lo ve cruzar la calle y luego arribar hasta la entrada de la biblioteca.

Reconociéndola casi al instante, el reservado shinobi cambia ligeramente de dirección, caminando ahora hacia ella.

—Buenos días—Sakura comienza la interacción ni bien consigue tener la ansiada presencia frente a sí.

—Buenos días—contesta el muchacho con su habitual sonrisa de etiqueta.

—Tengo otro para ti—musita entre dientes, yendo directamente al grano.

Sai parpadea dos veces, captando el tema de la conversación al instante.

—Entonces, sería mejor que nos vayamos a otro sitio. Si vas a ser mi informante, será mejor comenzar a tratarte con el debido respeto.

—Claro, vamos—responde casi al instante, incorporándose para tomar lugar junto a él y dar comienzo a la marcha— ¿A qué te refieres con "con el debido respeto"?

—Ya verás—sonríe enigmáticamente el dibujante.

Esta vez, Sai guía a su informante por distintas cuadras y callejones de la aldea, deteniéndose de tanto en tanto a mirar discretamente a los alrededores.

Luego de unos cuántos minutos de sinuoso recorrido, se detienen frente a lo que a la médica, en un primer momento, no le parece más que otro oscuro callejón ordinario. Una vez que Sai se cerciora de que no hay ojos a la vista, hace dos sellos de manos y da un suave golpe a la pared.

A continuación, una puerta secreta se abre apenas en el muro, dejando asombrada a la muchacha. El ninja ingresa al oscuro pasadizo sin atender demasiado a la expresión de su compañera de equipo.

— ¿Qué es este lugar? —pregunta contemplando atónita la entrada.

—Donde trato mis intercambios de información. Entra pronto—pide el moreno desde dentro, con un dejo de impaciencia en su voz.

Ella se apresura a obedecer la orden. Una vez refugiada en el oscuro escondite junto a su compañero, sólo se limita a esperar por nuevas instrucciones suyas. Él no da ninguna, sólo cierra la puerta tras Sakura, y después prende una vela para disipar la absoluta obscuridad de la desconocida recámara.

Bajo la tenue luz del ceroso objeto, se vislumbra una habitación pequeña, pero lo suficientemente espaciosa como para poder estar escondida en el medio de la aldea. La joven nota que piso, paredes y techo parecen hechos de una sola tabla de madera. Allí no existe ningún mueble, ni estante, sólo un cubo de madera.

Menos mal que ella no padece de claustrofobia.

—Cualquier traficante de información tiene sus sitios—señala el joven sosteniendo la vela frente a sus rostros, dejando contemplar a la muchacha la expresión sonriente de su pálida faz.

—"Traficante" suena demasiado ilegal para alguien de Raíz—comenta la ninja con cierto desacuerdo, arrugando un poco la nariz.

— ¿Cuál es el motivo de la ley? —pregunta en sentido retórico—. Lo hemos hablado.

—Olvídalo... No tiene importancia siempre que sepamos lo que hacemos—Sakura intenta evitar el dilema moral. Últimamente se viene sintiendo agotada de éstos.

Mete una mano dentro del compartimento trasero de su vestimenta, sacando el pergamino y extendiéndoselo a Sai.

—Ese es el punto: no importa si es legal o ilegal. Importa si sabes lo que estás haciendo. Importa si ayudas a la aldea.

Sakura queda en silencio. ¿Acaso ella acaba de tomar una posición en el dilema, sin siquiera ser consciente de ello?

—En cierto punto me alegra que aún pienses así—le sonríe con alivio al artista—. Eres como mi confidente ahora.

—Hasta cierto punto—señala el pálido aún con escepticismo y formalidad ante la situación—. Todavía no sé todo como para llamarme tu confidente. No sé tus fuentes, ni el contenido de lo que me entregas. También, no es necesario que lo sepa.

Remarca para prevenir cualquier reacción de decepción en ella.

—Como informante, no siempre debo saber lo que informo. Supongo que lo entenderás, pero me alegro de serte de ayuda.

Sakura asiente con la cabeza en silencio, mientras mira fijamente el objeto, ahora en posesión de Sai.

— ¿Sabes si ya han descifrado el otro pergamino? ¿Te has enterado de algo?

—No, y no quiero insistir—niega con la cabeza—. Si me preguntan de dónde lo saqué y comienzan a indagar, tendré que poner a prueba mi habilidad de mentir. Prefiero no tener que hacerlo.

Dicho esto, el shinobi vuelve a esbozar una sonrisa.

—Supongo. Esperemos que todo termine rápido, para que no tengamos que pasar por eso. Aún no sé por cuántos pergaminos más me estoy arriesgando—se sincera Sakura haciendo notar su incertidumbre en el timbre de su voz.

—Si ocurre un problema, haré algo al respecto. Además, la información resultó tener alguna utilidad, o sino ya estaría en problemas—acota Sai con un tono muy calmado para ser alguien que mueve esta clase de información—. Tu fuente parece confiable.

La kunoichi siente como su incertidumbre se acrecienta con la última frase.

—Sí... eso creo. —musita con una media sonrisa enigmática, mientras se queda mirando al vacío.

Sai muestra cierta perplejidad por el gesto.

— ¿Qué ocurre? ¿Estrés de espía?

—Podría decirse—recobra un poco la compostura, intentando emular el tono neutro de su compañero.

—Debes deshacerte de lo que sea que te moleste. Si vas a jugar a dos bandos, entonces los dos bandos pueden ser enemigos. Necesitas calma de espíritu, desahogo, lo que sea. No debes cargar estrés contigo—aconseja el artista con seriedad en su porte.

Sakura sacude su cabeza contrariada.

—Eso no es importante ahora. Lo que importa es recaudar toda la información que podamos para proteger a Naruto y a la aldea de Akatsuki—replica para aplacar la reacción de Sai, recordándole el objetivo de todo este acuerdo de espionaje.

—No te pido detalles, te pido que hagas algo para relajarte. Te van a atrapar... Soñarás con algo, hablarás dormida, dirás algo que no debes, no sabrás excusarte, y a partir de allí todo irá en picada—la advierte casi como si le hablase desde la experiencia, tanto que la jmédica no puede sentir más que un escalofrío recorrer su espalda al contemplar aquella posibilidad—. Es en serio. No puedes permanecer estresada.

—Es una perspectiva interesante—ella intenta no sonar afectada por lo que escucha—. De ahora en adelante, lo tomaré en cuenta.

Sai vuelve a negar con la cabeza.

—No es una perspectiva, ni un consejo, es una orden. Sin autoridad quizá, pero debes obedecerla. Vas a pasarla muy mal, te lo digo como compañero de equipo, como amigo. No puedes permitirte estar mal cuando estás tratando este tipo de asuntos.

Las palabras del espía calan a fondo dentro de ella, dejándola en blanco y sin nada que pudiese decir. Es cierto, él tiene razón. El tener que mentir y fingir que todo está bien, y más aún, el hecho de que ha dejado con vida a un Akatsuki es muy cansador. Muy estresante.

—Ya encontraré algo que pueda hacer—es lo único que puede responder al cabo de unos instantes de silencio de muerte—. No prometo que vaya a funcionar, pero, al menos, puedo asegurar que lo intentaré.

—Intenta mucho... es en serio—insiste regañándola con la simple profundidad azabache de su mirada.

Sakura comienza a pensar que esto es demasiada coincidencia, o ella es muy transparente, o Sai sabe más de lo que aparenta. Está casi segura de que él en el fondo intuye de qué es aquello de lo que están hablando.

—Si es seguro este lugar, podríamos venir hasta aquí directamente. Sólo para estar seguros…

— ¿Cuándo? —pregunta su compañero sin abandonar la precaución en su voz.

—En cuatro días más.

—Golpea la pared tres veces, a intervalo de un segundo y medio. Así reconoceré que eres tú. Eso sí, asegúrate de no ser vista.

Sai toca el suelo, y de él emerge un compartimento, en el cual deposita el pergamino. Luego, hace un par de sellos que Sakura reconoce como genjutsu básico. Acto seguido, ambos salen de la habitación, cubiertos de los posibles espectadores gracias a la ilusión del dibujante.

—En serio, encuentra el modo de des estresarte—aconseja una última vez, encaminándose junto a su compañera hasta el final del callejón.

—Podría comenzar golpeándote—sugiere arqueando una ceja con picardía.

—Si eso sirve…Hazlo—responde el ninja con ineptitud, sin notar el tono bromista de la sugerencia.

—Era una broma, pero si insistes…

La kunoichi esboza una sonrisa con un dejo de malicia, proporcionándole un golpecito en el hombro a Sai. Claro que lo que para ella se define como un "golpecito", es algo muy distinto de lo que un ser humano normal identifica como tal.

—Alumna de Tsunade, definitivamente—agrega Sai forzando una sonrisa, y sujetándose el hombro para sobarlo con disimulo.

—Nos veremos en unos días. Yo… Yo pensaré en lo que hablamos hoy…—se despide la joven tras recuperar de nuevo más la compostura.

—Siéntete libre de buscarme si me requieres. Mientras no dejes que te atrapen, puede decirse que estoy de tu lado—sonríe por última vez el ANBU, antes de que sus caminos se volviesen a separar.

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El marionetista pasa un día esperando en aquella olvidada carretera, y, afortunadamente, ese es todo el tiempo necesario que tiene que esperar.

Por fin algo llama su atención: una carreta, pero no cualquiera.

Desde su modesto sitio de vigilancia, el criminal puede notar que el ostentoso vehículo guarda cierto ornamento: un noble menor, o quizá incluso un comerciante rico.

Sasori decide asaltar aquella comitiva, aunque sea sólo para obtener algo de dinero para adquirir algún reactivo o arma, aquellas de las cuales carece desde que su arsenal fue destruido en la última gran batalla que libró. Mientras permanece escondido perfectamente entre las ramas de los árboles, presencia a la carroza pasar justo debajo de las ramas que sostienen su peso sobre el suelo. Gracias a su vista privilegiada, él no tarda en identificar un conductor en el transporte, más un guardia de seguridad.

"Es una carreta de dos compartimentos, transportando un pasajero adelante y uno atrás, posiblemente civiles." Razona al escudriñar a detalle su objetivo.

Cuando el vehículo pasa sobre los trozos de tronco, que previamente puso en el camino, el ex Akatsuki hace uso de sus hilos de chakra para lograr que dichas astillas comiencen a levitar. Acto seguido, los pedazos de madera son introducidos en cada uno de los rayos de la rueda derecha trasera. La fricción de los cuerpos extraños no tarda en causar que la pieza en movimiento quede hecha añicos, ocasionando que el carruaje finalmente se detenga.

El guardia y el conductor descienden a observar qué pasa. No demoran mucho en notar el daño, pero no sospechan lo ocurrido... Perfecto.

El conductor toca la ventana delantera de la carroza, y ésta se abre. A continuación, una dama con un fino y lujoso kimono se vislumbra tras el vidrio. El hombre le informa de lo ocurrido, y de que tendrían que reparar la rueda antes de seguir.

Sasori todavía no tiene datos acerca de quién es el pasajero en el compartimento trasero…

Luego de haber hablado con la mujer, el conductor se queda en el carruaje para cambiar la rueda inservible por la de auxilio. El guardián, por otra parte, se interna en el bosque, quizá buscando un sitio para orinar alejado de los ojos de la comitiva.

Para el pelirrojo, la verdadera función está por comenzar.

"Por fin algo que hacer."

Desplazándose sobre las ramas más bajas de los árboles que rodean el sendero, el renegado persigue al guardia bosque adentro. Una vez que se cerciora de que su presa se encuentra lo suficientemente lejos del resto de la compañía, Sasori decide revelar su presencia.

—Transportas algo que me interesa. Planeo tomarlo—informa descendiendo al suelo, justo detrás de la espalda del hombre que lo doblega en altura.

El guardia, que había comenzado a bajarse la bragueta para mear frente a un arbusto, desiste en la tarea y se gira de inmediato hacia él, alarmado y con arma en mano.

—Y mi tarea es proteger eso, idiota—contesta sin sospechar con quién habla.

—Así sea.

Al segundo siguiente, un combate se da entre ellos, si es que así puede llamársele a lo que acontece a su pequeño intercambio de palabras.

El enfrentamiento es demasiado sencillo para el ex-Akatsuki, y sería incluso más sencillo si no tuviese ciertas reglas que cumplir. Una de ellas, es que no puede matarlo, ya que no quiere llamar la atención de las autoridades. Éstas pueden ignorar a un ladrón con facilidad, pero no a un asesino.

Otro de sus 'códigos', es que no puede usar técnicas propias de él o será identificado, y eso resulta ser contraproducente en muchos aspectos.

Por su lado, el oponente sólo lo ataca con taijutsu... y ni siquiera del bueno. Sasori esquiva con facilidad sus golpes, retrocediendo ante sus movimientos y llevándolo a un claro que preparó la noche pasada.

El guardián se enoja, lo insulta, lo provoca...

"Patético ser sin disciplina, aunque por lo menos se esfuerza en cumplir su trabajo." Piensa con tanta irritación como aburrimiento.

Finalmente, ambos combatientes arriban al claro, bañado por la luz de la luna, y por fin el marionetista puede contraatacar como es debido.

Finge sellos de manos, y atrae un sinfín de rocas, posicionadas a lo largo de todo el pequeño mar de hierba, con sus hilos de chakra. Éstas comienzan a impactar en su oponente de manera continua y despiadada.

Sus técnicas se mimetizan al ojo inexperto, simulando fácilmente ser jutsus de tierra. Aún así, su corpulento oponente no cae rendido ante los primeros golpes. Sin embargo, el constante avasallamiento de sus improvisados proyectiles termina por arrinconar al hombre contra el tronco de un árbol limítrofe al claro. De este modo, curvando las ramas del árbol hacia adentro con más de sus hilos, Sasori aprisiona su cuerpo contra el tronco, manteniéndolo inmóvil gracias a una cárcel de madera hecha a la medida.

—Dime entonces… Sobre tu trabajo protegiendo ese carruaje. ¿Es necesario que te mate? ¿Vale la pena morir por eso? —pronuncia acercándose a su oponente, y poniendo un kunai sobre su cuello.

—No, no, no, no, no es necesario. Puedes tomarlo, lo que sea, no me pondré en tu camino... Sólo no me mates. No es necesario—suplica el indefenso guardia, sin rastro alguno de la voluntad que mostró durante el enfrentamiento anterior.

"Patético. Común... Como todos... No era un desafío en combate, y como todos antes que él, ante la agonía se acobarda..."

Eso piensa, pero más le molesta que él mismo no es ninguna excepción. Ante la agonía, él también se acobarda, y cambia cuando la muerte toca a su puerta.

Sin perder más tiempo, sofoca al guardia con ayuda de una rama que se enrrosca sobre su cuello, mientras observa su mirada de pánico.

"No puedo matarlo... Además, tampoco merece que le dé muerte." Se afirma a sí mismo al contemplar al inconsciente sujeto, ahora desplomado sobre la hierba silvestre.

El criminal se aparta del durmiente sujeto a sus pies, y retorna sobre sus pasos. Adentrándose en el bosque una vez más, se vuelve a trepar a los árboles que se encuentran a los costados del sendero, en donde el carro todavía ha de estar esperando por el idiota al que acaba de dejar fuera de combate.

Una vez que regresa a por su verdadero objetivo, el conductor le es menos problema aún.

Con rapidez y destreza felina, el marionetista se desplaza por las ramas hasta dejarse descender sobre el techo del carruaje, sólo para lograr acercarse a su nueva víctima por detrás. Sin más, lo ahorca con sus hilos, dejándolo fuera de combate por falta de oxígeno. Los pasajeros ni lo notaron.

Ahora, sin ninguna otra presencia que le estorbe, el pelirrojo empuña un kunai y baja al suelo. Se halla decidido a colarse dentro de la puerta del vehículo, más precisamente dentro del compartimento de atrás.

Para sorpresa de Sasori, ningún grito de socorro se escucha al momento en el que él abre la puerta e ingresa al misterioso recinto.

Sentada en el único asiento que posee la diminuta recámara, se encuentra una niña que está ataviada con un delicado vestido azul de motivos florales, y sostiene una muñeca que presenta mucha similitud a ella misma.

El adulto y la menor se observan por un tiempo en silencio. La niña juega con su muñeca, sin mostrar miedo alguno al extraño sujeto que pasa a sentarse a su lado sin pronunciar palabra. Incluso, le ofrece su muñeca con nobiliaria amabilidad.

Empero, como él no reacciona ante el inocuo gesto, la pequeña presencia vuelve a su mundo de fantasía.

La tenue luz de una vela dentro del recinto, permite al marionetista apreciar mejor la apariencia de la pequeña criatura junto a él. Tiene la tez clara, inmaculada. Sus mejillas son rellenas y ligeramente rosas. Su pelo es igualmente claro, en forma de abundantes rizos peinados con cuidado, que reposan sobre sus hombros. No obstante, el rasgo más arrebatador de la vista son sus ojos: negros, profundos y grandes, que, sin miedo a causa de la inocencia, lo observan de tanto en tanto.

"Es... bella. Es una pena que vaya a crecer... que sus rasgos desaparezcan, que esa mirada se vaya a desvanecer... Merece más que eso... Merece la eternidad."

La niña pierde total interés en el fantasmagórico marionetista, que sólo se limita a escudriñarla, y comienza a peinar a su muñeca.

"De todas formas, no puedo conservarla..."

No es conveniente darse a conocer... Y no tiene los modos para preservarla tampoco.

Además, no se siente capaz de conservar esa mirada. Él conoce los ojos de alguien que comprende que su vida está por llegar a su fin. No quiere esa mirada en esta niña.

"Viéndolo del lado positivo, al menos encontré lo que buscaba: inspiración, belleza..." Sonríe de modo irónico.

Es una pena el no poder darle el trato que merece, el no poder inmortalizar esta mirada...

Resignado por estos pensamientos, finalmente se baja de la carreta.

—No cambies tu mirada...—le susurra a la niña antes de desaparecer de su vista y perderse de nuevo en el bosque.

Hoy no tuvo que matar, no hubo necesidad... Es demasiado riesgo, y no quiere llamar la atención de las autoridades. Además, tanto el conductor como el guardia quieren conservar sus empleos. Son demasiado cobardes e interesados como para decirles a sus empleadores que un ataque ocurrió. Cuando despierten, y vean que todo está en orden, ambos hombres actuarán como si nada hubiese pasado.

Respecto a la niña, si ella llegase a hablar, solo creerán que fue un amigo imaginario. No deberá preocuparse por ser descubierto a causa de ella, ya que no dejó huella alguna haber estado ahí.

De todos modos, la imagen de la niña no puede echarse a perder por completo.

"No voy a dejar que así sea." Se promete con determinación.

Fiel a esta nueva conjetura de su razón, el marionetista se decide pasar los siguientes días recorriendo el bosque, en búsqueda de algún banco de arcilla natural...

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