La niña y la marioneta.


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La puerta de la habitación se cierra tras de sí. Sakura ahora se encamina una vez más al escritorio, en el cual se halló minutos antes de bajar a la cocina por algo de café.

Deposita la humeante taza a un lado del pergamino, a medio redactar, que se encuentra sobre la mesa. Iluminada por una pequeña lámpara de escritorio, la médica apunta la pluma sobre el papel, buscando las palabras adecuadas para reportar "lo que ocurrió" en la misión de rescate.

"Maldición... ¿Qué debería escribir para que suene creíble?" Piensa llevándose una mano a la sien un poco frustrada por lo tediosa que sería, a partir de ahora, el resto de la noche.

En la mañana deberá dirigirse a la torre Hokage con el informe de la misión, así que esta noche no habrá sueño para ella. Eso y que, de a ratos, le preocupa que Sasori haya acudido al resguardo de la familia Kimura, y en consecuencia haya sido descubierta su verdadera identidad.

Resulta que al final es más difícil intentar alejarse de ese sujetoque mantenerlo bajo su vigilancia. De repente, se desanima al contemplar la idea de que su honor como ninja de Konoha penderá de un hilo por siempre gracias al pelirrojo.

Sin embargo, esos pensamientos pesimistas no deben tener cabida en su mente ahora. No. Tiene que acabar el bendito informe. Sacude su cabeza, intentando librarse de toda idea que sea tóxica para su concentración. Luego, da un sorbo a la caliente bebida y, sin darle más vueltas al asunto, se pone manos a la obra…

A medida que las horas pasan y pasan, el rollo se va llenando de su caligrafía.

Insomne, ya llegada la primera hora de la mañana, Sakura deja finalmente a la pluma descansar sobre la madera del escritorio, mientras contempla el resultado final del esfuerzo con unas pequeñas ojeras ya exhibiéndose bajo sus párpados. Relee el pergamino al menos unas tres veces.

Cuando finalmente se siente satisfecha con su trabajo, baja al recibidor para calzarse sus botas, y, aún con la misma ropa que había llevado a la misión puesta, se dirige de una vez a la torre Hokage para entregar el itrabajo a quién sea que esté turno allí ahora.

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El matrimonio Kimura es la tercera generación que comparte y ostenta la nobleza del apellido. Es una familia conocida en la zona, por lo que Sasori no tiene problemas en localizar su casa.

Decirle casa en sí es… poco, siendo que se trata de una mansión enorme y con un patio delantero aún más grande, cuyo asentamiento yace no muy lejos de uno de los feudos principales del país del Fuego.

Es anormal ver a un simple peatón llamar al elegante portón que cierra el paso a la propiedad, pero cuando el personal de portería contacta con el padre y cabeza de la familia, la visita es recibida sin mayor trámite ni sospecha.

De esta manera, Sasori se presenta una segunda vez ante la familia. Esta vez con su nombre de pila real. A oídos civiles, dicho nombre no levanta ninguna alarma.

Por otra parte, no puede evitar las preguntas de la familia, pero supuso de antemano que las harían. Así que ya viene preparado para ellas. Se inventa una historia vaga, pero convincente: dice ser un peregrino del país del Agua que busca comprender conceptos, para ampliar su comprensión del mundo.

Dados los modales, y temas de interés del marionetista, esta fachada le es sencilla de mantener. Sacando provecho de este personaje, la utiliza como excusa para privarse de cualquier tipo de contacto físico con la familia. Una pequeña mentira hace el truco por él:

"Sólo debo estar en contacto físico con el mundo, pero no con otras personas. Es un voto al que me atengo hasta completar mi peregrinaje."

Por miedo de ofender una tradición milenaria, obviamente inexistente, la familia no insiste sobre el tema. Sin embargo, eso no les evita invitarlo a que pasase dos semanas con ellos. Sasori sólo accede a una.

Durante los almuerzos, se encierra a "meditar" en el templo sintoísta del jardín trasero de la familia, con la excusa de que era su costumbre y deber ayunar durante la mitad del día. Al llegar las cenas, también rechaza la comida que le ofrecen, retirándose de las premisas de la mansión para "procurar alimento", o al menos eso es lo que les dice. Sólo es una artimaña más para no ocultar que no necesita comer para subsistir. Aun así, comparte la mesa con ellos de vez en cuando, por una cuestión de cortesía.

Visto de este modo, no se puede decir que Sasori haya pasado mal estos primeros días.

El contacto social con otras personas hace la espera más amena. No es que le deje de molestar, pero al menos es soportable.

De todos modos, ya no sabe muy bien qué es lo que está esperando... Conseguir su armamento para protegerse, en caso de ser encontrado... y luego ¿Qué?

Aún así, el matrimonio Kimura lo trata con respeto, y no duda de la historia que él inventó. Otra historia distinta es Kyo. La niña se volvió bastante apegada a él. Quizá porque al ser educada en privado por profesores particulares, no posee muchos amigos de su propia edad.

Lo trata como con un amigo y, en su inocencia, lo observa desde abajo como una suerte de héroe. No es la clase de relación a la que está acostumbrado, pero no le molesta tampoco.

A decir verdad, es raro para él relacionarse de esa forma con la gente, pero no le es demasiado difícil adaptarse.

La casa es ciertamente enorme... Una mansión en toda regla. Sasori tiene tiempo para recorrerla mientras la niña está en sus clases.

Una exquisita selección de pinturas adorna las paredes de habitaciones y pasillos, que no dejan de llamarle la atención al artista de lo eterno. Otra de las cosas más disfrutables de su estadía es, sin duda, conversar con el señor Kimura sobre estas pinturas. Se nota que no las posee sólo por presumir de su dinero, en realidad es un interesado en el arte de la pintura.

La idea de inmortalizar una vista no es tan diferente de la de inmortalizar absolutamente toda la belleza en un humano.

La excusa de buscar comprender conceptos le permite hablar del arte y la belleza, como si fuese algo natural y esperable de un invitado.

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Días pasaron desde que la misión concluyó.

Al parecer, el tiempo que invirtió en ese informe valió la pena. Porque nadie preguntó, ni sospechó nada. Bueno, nadie hasta que volvió a cruzarse con la clienta...

La mujer, que hace unos días había encargado la misión, ahora se encuentra platicando con Tsunade dentro de la oficina de las misiones de la torre. Sakura apenas la reconoce cuando ingresa a la oficina acudiendo al llamado de su maestra.

La noble, al oír a la puerta abrirse, voltea hacia atrás y le sonríe ampliamente Sakura. Tsunade, por otra parte, le sonríe de medio lado con más discreción.

—Oh, Sakura. Justo estábamos hablando de ti—habla la Hokage con orgullo, llamando ligeramente la atención de los demás presentes que circulan con sus tareas por la oficina.

— ¿D-de mí? —la ninja sólo atina a poner cara de desconcierto, apenándose un poco por la atención que recibe, en general, por los presentes.

La clienta se acerca rápidamente a ella esbozando una sonrisa risueña de oreja a oreja.

—¡La Hokage me contó que fuiste tú quien salvó a mi familia! No tuve la oportunidad de darte las gracias como se debe—exclama sólo para apenar un poco más a Sakura.

—N-no fue nada... —expresa totalmente modesta, limitándose a devolver la sonrisa con ligera incomodidad.

—¡Muchas, muchísimas gracias! ¡Estoy en deuda contigo!—procede a reverenciarla en un gesto sincero de gratitud, y en una voz estridente y chillona. Parece que su dramatismo no se limita sólo a las situaciones negativas.

— ¿E-eh?—pregunta alzando una ceja, ya sonrojada tanto por la situación, como por la mirada divertida que le dedica su maestra desde atrás de la clienta.

La rubia más joven se incorpora mirando a Sakura a los ojos, tomando sus manos entre las suyas.

—Por favor, ¡Acepta ser mi invitada en nuestra mansión, como mi más sincera muestra de agradecimiento por tu valentía!—le propone con estridente entusiasmo, casi como si fuese realmente su intención el hacer que toda la gente en la oficina fuese testigo de sus palabras.

La propuesta toma por sorpresa a la kunoichi, quien no puede evitar expresar un asombro que eclipsa su pena ajena.

— ¿Pero qué dices? No es necesario. ¡De verdad! No debes preocuparte.

—Por favor, al menos sólo por un día. Permíteme compensártelo de alguna forma…

—Ve con ella… Lo mereces—interviene Tsunade dando su aprobación al presente de la mujer—. Además, no parece que esto sea un término negociable para nuestra clienta.

—Está bien... —asiente Haruno sin lograr esconder del todo su resignación ante la propuesta, cuasi obligación moral.

"Un momento…" Piensa al percatarse de algo en medio del bochorno general de la escena.

"Esto podría ser la oportunidad perfecta para vigilar de cerca a Sasori… Si es que realmente cumplió su palabra de ir a visitar a los Kimura, claro. Si voy y resulta que no está… pues mejor para mí. Finalmente podré quitarme la incertidumbre de encima."

—Estaré de servicio hasta el viernes... Cuando me libere, iré para allá—propone esta vez la muchacha, sacándole mejor partido a esta oportunidad de observar que Sasori no haya hecho nada extraño, en caso de estar allí.

—¡No será necesario!—replica la rubia mujer de finos ropajes—. Nosotros te llevaremos en nuestra carreta. Eres mi invitada.

De algún modo, Sakura logra esquivar a la exagerada mujer en los días subsiguientes que pasa en la aldea. Ya tiene suficiente en su mente estos días como para agregarse estrés extra.

Haber permitido la posibilidad de que Sasori conviva con una familia civil, es algo que no la deja del todo tranquila. Es verdad que los protegió. Lo vio con sus propios ojos, pero Sasori también es la clase de persona a la que la muerte persigue.

No es que crea que los va a matar. Ya se convenció a si misma de haber visto suficiente para saber que no es sólo un asesino, pero aún así se resiste a verlo como un humano.

El poner a un sujeto así de problemático al lado de una familia civil, le parece actualmente una pésima idea. Tiene miedo de que haga "algo", aunque no sabe con exactitud a qué le teme, e incluso en su mente su miedo es tan incorpóreo como ese término mismo.

"Algo". Que haga "algo" que, de alguna manera, ponga en peligro a una familia que no merece estar inmiscuida en esto.

Cuando el viernes finalmente llega, y cuando a primera hora de la mañana ingresa al carruaje junto con la señorita Kimura de estridente voz, sus irracionales dudas aumentan al punto de que ir a resolverlas es imperativo. Así que no puede hacer más que sentirse contenta de saber que, para esta misma tarde, ya estará en la mansión.

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El marionetista pasa casi la totalidad de sus días disimulando cotidianeidad de una manera efectiva. Invierte un buen tiempo conversando con el cabeza de familia sobre el arte, y observando su colección de pinturas, e incluso instruye a su esposa en el correcto manejo de los cuchillos para corte decorativo, luego de ver que su inexperiencia podría terminar hiriéndola. Lógicamente, obvia decirle en dónde aprendió a manejar filos.

Este viernes por la mañana, Kyo estará ocupada en sus clases particulares, y así permanecerá por parte de la tarde también. Aburrido, el artista deambula por la casa hasta toparse con el matrimonio anfitrión en la sala de estar, en un silencio aparentemente incómodo.

—Discúlpenme, no quise interrumpir—habla el pelirrojo antes de girarse para dejarlos en su privacidad.

—No es necesario que te retires. De hecho, estamos pensando en algo que te incumbe—menciona el padre de Kyo—. Estábamos aquí hablando... Pensando en la suerte que tenemos de que usted y el equipo de rescate de Konoha se presentasen en ese momento, y actuaran como lo hicieron.

—Sólo hicimos lo que debíamos hacer. No es nada especial.

—Quizá para ustedes, pero la experiencia del secuestro para nosotros fue algo… algo que no es simple de dejar atrás.

Sasori permanece en la escena en silencio a modo de respeto, mientras la pareja narra lo que recuerdan del asunto:

—Nuestra hija había escapado durante el asalto... esperábamos que no sea atrapada. Deseaba con toda mi fuerza que se escondiera y que jamás pudieran encontrarla.

—Nos sujetaron y nos amenazaron con navajas, mientras que enviaban a dos hombres a perseguir a nuestra hija—interrumpe la madre, prosiguiendo con el relato—. Pusieron un cuchillo en el cuello de mi esposo...Estaba tan asustada... A pesar de eso, él seguía intentando luchar. Cuando lo golpearon y dejaron inconsciente, temí que lo hubiesen matado.

La pareja se abraza, y el señor prosigue:

—No podía quedarme quieto mientras amenazaban a mi hija y a mi esposa... Tenía que hacer algo para, aunque sea, darles algo de tiempo… Lo que fuera. Imagina mi condición: cuando desperté junto a mi amor amordazado en la carreta de los bandidos, y sin saber a dónde se habían llevado a mi amada hija... Sólo podía alegrarme de que pude ver a mi esposa una vez más... Tenía miedo de que les hagan algo, a ambas... Tenía miedo de lo que les esperaba.

Sasori escucha el relato completo sólo a modo de cortesía, a decir verdad. No tiene nada mejor que hacer, pero esa historia, y otras similares, la escuchó ya mil veces. Aun así, tiene que mantener el personaje, y escucharla por completo es parte del plan.

En un principio sólo lo aburre, pero un detalle en todo esto consigue llamar su atención: esta fue una situación de vida o muerte. La familia entera se había enfrentado a la agonía. Sin embargo, el señor Kimura aún insistió en enfrentarse a sus captores. Aún enfrentándose a su muerte, sólo se detuvo por el mismo motivo que se había mantenido desafiante: por el bien de su familia.

Sabe que no está mintiendo, puede verlo en su mirada, una mirada que tiene una chispa al pronunciarse sobre su familia que se le hace ya conocida...

Este sujeto también la tiene, también tiene esa voluntad que no muere ante la agonía. Sus intentos carecerán de la fuerza o del entrenamiento de un ninja, pero su tenacidad, su perseverancia… esas cosas no se quebraron cuando se necesitaron.

Recuerda las palabras de Sakura, diciéndole que no era algo raro, que era algo común, algo relacionado a la protección de los seres queridos…

En un principio, consideró con escepticismo científico que quizá, y solo quizá, tenga razón, pero la evidencia ahora comienza a acumularse a favor de la rosada.

Aprecia como la suerte lo ha guiado hasta esta pareja. Parece que tiene otra chance de comprender este fenómeno que tan intrigado lo tiene.

—Su historia es en verdad conmovedora, e insisto en que no deben agradecerme, pero les pido que me perdonen el atrevimiento de preguntarles algo—acota intentando mantener el respeto.

—Creo que se lo debemos. Pregunte—contesta la señora Kimura con amabilidad.

—Usted hizo algo remarcable, arriesgó su vida por su familia—habla dirigiéndose al señor, pero de alguna manera refiriéndose a ambos—. Requiere una gran fuerza ir contra ese instinto primitivo de auto preservarse. Permítame preguntarle... ¿Qué se siente? ¿Que lo llevó a eso?

Las respuestas que recibe son confusas... Tanto como las de Sakura... Afectos, la importancia de otros. Pareciese una copia de lo que escuchó antes... la verdad que es poco satisfactorio.

Palabras y palabras sobre algo que no entiende, y todo lo que le dicen sigue sin tener sentido. Para colmo, la frase final:

"Quizá eres muy joven como para entender esto. Quizá algún día, cuando vivas lo suficiente, y tengas a alguien, puedas entender..."

Detesta con bastante fuerza esa sentencia en particular...Él vivió mucho, ciertamente más que este matrimonio, y no se refiere sólo a años. Vivió la pérdida de sus padres, e hizo hazañas que la gran mayoría de la gente sólo puede soñar con hacer. Conoció gente y sitios inmensamente distintos entre sí.

"Viví suficiente." Piensa orgulloso, tomándose aquella desafortunada frase casi como una ofensa. De no ser porque tiene una fachada que mantener… así que se guarda sus desacuerdos para consigo, y simplemente agradece la charla. Luego, emite una pequeña reverencia, y se retira al templo familiar a seguir "meditando".

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La carreta avanza con ritmo uniforme, habiéndose llevado consigo durante el trayecto a la mañana, al mediodía y también a parte de la tarde.

Mirando la inmensidad celeste ausente de nubes, y más precisamente la posición del Sol sobre el vehículo en movimiento, la ninja deduce que falta poco para arribar a su destino.

Durmió muy poco desde que partieron, tanto porque siente los nervios a flor de piel por no saber qué es lo que se encontraría ni bien arribara, como porque no está acostumbrada a desplazarse sobre ese tipo de vehículos. El golpeteo constante de las ruedas contra las rocas del suelo le revuelve el estómago por momentos.

En lugar seguir tratando de dormir, Sakura intenta distraerse mirando hacia la ventana, contemplando cómo el sendero deja atrás la vegetación para dar lugar a lo que se ve como la entrada del pequeño, pero bello, pueblo que ya había visitado hace poco más de una semana atrás.

—Señorita Sakura, estamos llegando—llama su compañera de viaje despertándose de su siesta con una voz inusualmente dulce, al menos para lo estridente que suele ser.

Sakura asiente en silencio con la mirada perdida tanto en sus pensamientos, como en el horizonte tras la ventana.

Está segura de que se sentirá aliviada muy pronto, al bajarse por fin del tortuoso carro que no viene haciendo otra cosa más que dañar su sentido del equilibrio desde que partieron durante madrugada de hoy.

Respecto al aspecto que opta por traer al viaje, es informal, pero cómodo. Consiste en unas calzas negras que cubren hasta un poco más debajo de sus rodillas; más una cómoda blusa blanca de algodón con delicadas mangas y un escote en forma de "V", que, a pesar de ser ajustada en el pecho, cae fina y holgadamente sobre su figura hasta casi debajo de los glúteos; y por último, unos zapatos comunes negros sin tacón, ni plataforma. Además, también lleva su portashuriken sujeto al muslo. Esto último sólo a modo de precaución por si algo ocurriese.

Los cascos de los corceles por fin comienzan a trotar por las calles de adoquines, produciendo una melodía y un ambiente mucho más ameno que las rutas de tierra silvestres. Sakura agradece el cambio al tiempo que se entretiene observando por la ventana a la impecable arquitectura antigua y elegante de los edificios del pueblo. A partir de allí, el camino restante es tan sencillo como seguir por la calle pincipal hasta doblar en una ruta privada. Un par de minutos después, por fin comienza a vislumbrarse la mansión, y delante de la misma el portón que sirve de entrada a la propiedad.

Una vez que el vehículo se detiene frente al aparcamiento de la residencia, sus enormes puertas talladas en madera de olmo oscuro se abren, dejando salir a varios empleados que se disponen a abrir el portón a las visitas, recoger el equipaje dentro del carruaje y a pagarle al conductor por sus servicios; además de brindarles agua y un par de manzanas a ambos caballos.

—Fantástico, llegamos justo para cuando las lecciones de la pequeña han terminado—comenta la mujer procediendo a bajarse del carruaje.

La kunoichi no tarda en secundarla, recogiendo su mochila del asiento del carro al tiempo que pone un pie en la acera con un sutil sentido de alerta.

—Señorita Kimura... ¿Sabían que usted llegaría hoy, o que yo también vendría con usted?—pregunta siguiéndole el paso a la mujer a través del sendero de mármol que cruza el jardín hasta el umbral de olmo.

—Antes de salir, les envié un mensaje con una paloma mensajera que tu aldea me proporcionó. Ya deberían haberlo recibido y estar al tanto.

Una vez que se acercan a las puertas, las dos mujeres son recibidas por los guardias que la vigilan desde adentro. Éstos les informan que la familia Kimura las espera en la sala de estar.

Ahora que los puede contemplar desde cerca, Sakura no ve nada en la actitud de los guardias que le indique que algo negativo haya pasado.

"Parece que todo está en orden. En el mejor de los casos, Sasori ni siquiera habrá venido a este sitio y ya estará a kilómetros de este lugar, en otro pueblo, quizá en otro país."

Sintiéndose optimista ante esta idea, ella se adentra en el vestíbulo de la elegante mansión junto a su anfitriona, permitiéndose admirar cada bello detalle, cada bello adorno tradicional en las paredes, cada pintoresco cuadro y cada cosa perfectamente colocada en cada pasillo que le da un aire rústico y formal a mansión.

La vez anterior sólo la había conocido desde fuera, porque había venido como escolta con el resto de su escuadrón, y todos declinaron amablemente el alojarse en la residencia de sus clientes para pasar la noche, prefiriendo hacerlo en un hospedaje; pero ahora se permite cada segundo del recorrido para disfrutar del pequeño tour.

Una vez que dejan atrás el vasto recibidor, ambas llegan hasta lo que sería la sala de estar. Sakura nota frente a ella el escalón donde comienza la alfombra. Es decir, donde no se puede pisar el suelo con zapatos puestos. Imitando el accionar de la mujer a su lado, se agacha para quitarse el calzado y dejarlo dentro de un discreto cajón pegado a la pared junto al resto de los zapatos.

Ahora se adentran en el living, ya descalzas, y logran observar a lo lejos a la niñita. Ésta se halla jugando sentada en la alfombra. Por otro lado, el matrimonio está hablando cerca de la chimenea de la sala con una tercera persona que está agachada. Como esta persona está siendo tapada por el sofá detrás de ella, la alumna de Tsunade no logra reconocerla desde aquella distancia, así que sólo puede desear que no sea quien está pensando.

Cuando se acerca más, y esta tercera presencia se pone de pie para sacudirse el polvo de la ropa, lo reconoce…

"Maldición. ¿Por qué tienes que estar aquí, tú también? ¡¿Por qué?!" Maldice para sus adentros, mordiéndose el labio con sutileza para que su estado actual no fuera tan evidente.

Por su parte, el señor Kimura las divisa al instante y las saluda en voz alta mientras se une al resto de la comitiva para recibirlas en persona.

— ¡Hermana mía!—exclama la madre de la pequeña, corriendo a abrazar a la anfitriona de Sakura—. Bienvenida seas. No tuve tiempo de agradecerte por la ayuda que nos brindaste, pero te debemos todo. Ven, pasa, siempre serás bien recibida. Además, traes contigo a la señorita Sakura. Recibí a tu paloma y siempre reconocería a la joven que nos salvó la vida.

La kunoichi no hace más que emitir una pequeña reverencia, sonriendo con cortesía ante la gratitud de sus palabras.

El resto de la familia no tarda en unirse al reencuentro, recibiendo a la acompañante de la rosada. Sasori es el último en agregarse a la escena, siempre desde la discreción y la reserva.

La compañera de viaje de Sakura mira con curiosidad al marionetista. Por otro lado, la aprendiz de Tsunade evita en todo momento mirarlo a los ojos, por temor a que se denote mucho su incomodidad por lo delicada que es esta situación.

Mientras tanto, la familia se abraza, reencontrándose sanos y salvos todos en un cuadro al que la joven de la Hoja y el ninja renegado de la Arena son prácticamente ajenos. No obstante, Sakura contempla la escena con calidez, a la vez que con ligero nerviosismo debido a la presencia del taciturno ex Akatsuki a poco más de un metro de distancia de ella.

La pequeña Kyo se deja coger en brazos por su tía, feliz y emocionada de volver a verla, mientras sus padres ríen con alegría.

Aún sosteniendo en brazos a su pequeña sobrina, la joven mujer rubia alza la mirada, posando sus ojos en el joven de llamativos cabellos rojizos que aún le es desconocido.

—Tú, joven... —llama captando la atención de Sasori.

Mientras tanto, Haruno suda frío al percatarse de que esta mujer aún no sabe que ella mintió sobre lo que realmente ocurrió en el rescate.

Kyo se apresura a contestar:

— ¡Él es mi amigo!¡El me salvó, y nos trajo de regreso a casa!

—Te dije que no quiero reconocimiento alguno... —Sasori regaña a la pequeña con suavidad, para luego responder por sí mismo—. Cuando ocurrió el rescate, yo los asistí calmando a Kyo para que no salga lastimada, mientras el escuadrón se encargaba de los secuestradores... Pedí quedar fuera de los reportes porque no soy alguien que busque crédito. Mi nombre es Sasori, y soy un monje peregrino de la nación del Agua.

Totalmente metido dentro de su personaje, el "monje" finaliza su presentación con una formal reverencia hacia la mujer.

—Y ayudaste con nuestro rescate, por eso para nosotros eres parte del equipo que nos rescató—añade el jefe de la casa.

Sakura mira con reservas la escena. Sin embargo, no puede dejar de contemplar perpleja al farsante cada cinco minutos.

—Sólo hice lo que me pareció correcto—sonríe el "peregrino", sin inmutarse al fingir modestia una vez más.

—Vengan adentro, seguramente están hambrientas luego del largo viaje. Compré unos deliciosos pastelillos para tomar el té—sugiere la señora de la casa, mientras su hermana menor asiente con la cabeza e invita a la ninja a unírseles.

—C-claro—acepta Sakura. Sin embargo, le dirige una última y discreta mirada de pocos amigos al pelirrojo antes de marcharse, dándole a entender que ya hablarían luego. Cuando la situación lo amerite, o cuando contasen con algo más de privacidad.

Luego del reencuentro familiar, las siguientes horas que restan de la tarde siguen un curso inusualmente normal, al menos para el juicio de la invitada.

De a momentos, el escenario parece una visita común y corriente: Sakura y las dos mujeres meriendan en los sillones del living, mientras el anfitrión y Sasori hablan junto a la chimenea acerca de los talentos de tal artista, autor de tal obra.

Por último, la niñita camina y corre de un lado a otro de la casa, jugando y llevando de aquí para allá distintos juguetes.

La situación es tan desconcertante y común para Sakura… Considerando que ella sabe quién es ese "peregrino" que los acompaña, aun así parece un amigo más de la familia, y quizá eso sea después de todo...

La oriunda de Konoha escucha a las mujeres conversar. De vez en cuando acota algo o sonríe para aparentar seguirles el ritmo, bebiendo cada tanto un sorbo del té en sus manos.

No obstante, su mente se encuentra enfocada en la otra conversación que se está dando del otro lado de la sala. Si bien que Sasori esté hablando de algo relacionado al arte no le parece en absoluto extraño, no puede dejar de contemplar la escena con reservas. Es que el asunto no es el que esté hablando de su afamado arte, el asunto es con quién, en dónde y bajo qué circunstancias.

Eso es lo que más la extraña y llama la atención. Sasori está relacionándose con civiles como ellos, con gente como la que en el pasado masacró sin una pizca de compasión ni piedad.

Y lo peor de todo es que en realidad parece algo normal. Es decir, que si ella misma no supiera de quién se trata en realidad, sería muy probable que también hubiese logrado engañarla con su fachada.

Eso es un poco alarmante si se lo pone a pensar detenidamente, porque hace realmente difusas y confundibles sus verdaderas intenciones. Definitivamente es eso. Ya no sabe qué esperar o no de él.

Pese a todo, decide que no se siente descontenta con la situación, tal vez sí incomoda y confundida, pero no descontenta.

Sakura, a decir verdad, jamás hubiera podido imaginarse a Sasori relacionándose con población civil de otra manera que no sea la de víctima y victimario. Ya le había costado sólo aceptar el simple hecho de que Sasori puede tratar a otro ninja como más que un simple obstáculo. Quizá por eso, todavía no puede abandonar el desconcierto ni la sensación de que, en cierto punto, esto está "fuera de lugar", sensación que se ve reforzada, además, por lo extravagante y bizarro de la situación en sí. Aún no puede creerse que ese Sasori fuese EL MISMO que casi la mata en la cueva de Akatsuki, durante la primera vez que se vieron.

Mientras la amena reunión prosigue, con cada quien en sus cosas, la pequeña de la casa llega caminando con algo de prisa desde las escaleras del primer piso, en donde la kunoichi supone que está su habitación o sala de juguetes. Curiosamente, esta vez no lleva ninguno en las manos.

— ¡No encuentro mi conejo de peluche! —exclama al arribar en la sala principal, con una voz entristecida y estridente característica de cualquier niño de esa edad.

Sin embargo, nadie de los adultos atiende a su llamado, al menos no de inmediato.

La médica se pone de pie con la intención de acercarse a auxiliar a la pequeña, pero en medio del camino alguien le gana.

—¿El amarillo con las orejas dobladas?—pregunta Sasori acercándose a la menor.

La niña asiente con los ojos vidriosos.

—Lo dejaste en el patio hoy en la mañana.

Sakura se detiene a unos pasos de ellos. De repente, se siente demasiado ajena a la situación e incapaz de pronunciar palabra. Por el contrario, Sasori parece, a sus ojos al menos, haber formado parte de esta familia por mucho más tiempo de lo que en realidad pasó.

Hablando de Sasori, es obvio que él se percata de su mueca de absoluta perplejidad, pero no por esto se gira a mirarla.

La pequeña Kyo, por otro lado, agarra la ancha manga de las ropas que viste el pelirrojo, jalándolo en dirección a donde, la kunoichi supone, se encuentra la salida al patio trasero.

—Vamos a buscarlo—dice la niña haciendo un puchero con la boca.

A Sakura le cuesta tanto asimilar que todo eso es real… que reacciona de un modo algo tardío al repentino agarre inocente que comienza a ejercer la mano de Kyo sobre la suya propia.

—¿Quieres conocer el patio de nuestra casa? ¡Te va a gustar mucho!—la invita con una sonrisa infantil.

Antes de que la kunoichi pudiera responderle nada, la niña la jala de la mano con impaciencia para que los siguiera.

—E-está bien, iré. Iré con ustedes—cede con una sonrisa incómoda, sintiéndose prácticamente arrastrada por la pequeña Kimura.

Al abandonar la residencia mediante la puerta trasera, Sakura se encuentra en un enorme, y muy bien mantenido patio trasero. Infinidad de flores pueblan la parcela de césped, y unos árboles frutales ubicados a modo de hilera doble les abre camino con parsimonia a un sencillo puente que lleva al templo sintoísta familiar. Dicho césped está podado y brilloso con el rocío del regado; y un estanque artificial con peces koi yace bajo el puente del templo. Además, hay unas curiosas piedras totémicas encalladas en los bordes del estanque, con unos grabados sumamente peculiares y ancestrales. Tal parece que los Kimura tienen un gusto definido en lo que a decoración exterior se refiere.

El trío recorre el patio durante unos minutos en busca del peluche, comenzando por los árboles hasta cruzar el puente sobre el manantial. Mientras Kyo se queda junto a Sakura a mitad del camino para enseñarle los peces que nadan debajo de ambas, Sasori se adelanta y termina recogiendo el conejo de las escaleras en piedra del templo.

En un fugaz movimiento de sus dedos, el "monje" hace levitar el conejo hacia su propietaria, quien, sin sorprenderse en lo absoluto ante la hazaña, suelta la mano de Sakura para recibir a su muñeco en el aire con ambas manos. Como si de repente se hubiese dado cuenta de algo, Kyo mira a su invitada con cara de preocupación.

—Tranquila, ella tiene cara de saber guardar secretos—la tranquiliza Sasori al tiempo que regresa al puente junto a ellas.

—Está bien... —asiente la niña con plena confianza en él, abrazando a su peluche.

—Verás, Kyo es una buena niña, y por eso le conté mi secreto acerca de que puedo hacer que los muñecos vuelen—prosigue él con una sonrisa enigmática, aunque sin dirigir expresamente su mirada hacia Sakura.

Pese a esto, la médica no hace más que parpadear insólita ante el repentino tacto que Sasori manifiesta ante ellas, tanto hacia la niña como a ella misma.

"Sin embargo, no deja de ser una simple fachada ¿Verdad?" Piensa intentando convencerse de que sólo está actuando y ya.

—Es muy divertido, a mi conejo le gusta volar.

—Además, se sentía correcto contarle algo. Ella también me contó que...—la menor lo interrumpe tirándolo de la ropa con enfado—. Cierto… Es un secreto.

El pelirrojo ríe con complicidad, para luego cruzar sus labios con el dedo índice y chistar.

A continuación, la hija de los Kimura se tranquiliza y le pide con señas a Sakura que se agache. Luego, al tenerla a su altura, le susurra su secreto en la oreja:

—No me gusta como cocina papá... pero no se lo digas a nadie...

Ella no puede evitar reírse ante la confesión, pudiéndole la inocencia de esa pequeña.

—No te preocupes, tu secreto está a salvo conmigo—le sonríe a Kyo guiñándole un ojo, volviéndose oficialmente la tercer integrante de este improvisado grupo de confidencialidades.

Particularmente llamativa es, para la ninja, la peculiar relación entre el pelirrojo y la pequeña Kyo. En realidad, no se había imaginado como podría relacionarse Sasori con civiles, mucho menos con una niña de esta edad. ¿Acaso es injusto sorprenderse por algo que ni siquiera se molestó en contemplar?

—Oye… ¿Es cierto que te tienes que ir mañana?—pregunta Kyo de improvisto, con sus grandes ojos negros apagándose por la tristeza mientras observan desde abajo al marionetista.

—Tengo que seguir mi viaje—explica Sasori, casi conmoviéndose ante el cambio en la mirada de su modelo artístico—. Además, le prometí a alguien que no me quedaría aquí por mucho tiempo.

—¿Pero vas a venir de visita?—insiste aferrándose a la gabardina negra del ex Akatsuki.

—Mhm… Creo que después de un tiempo podría venir a dar una visita ¿No? No veo el problema…—expresa de un modo altamente capcioso, sin mirar a Sakura, pero claramente dirigiéndose a ella.

A estas alturas, Sakura ya ha visto demasiado como para dudar. Al principio, cuando llegó a este sitio, aún era fácil asegurar que lo mejor era que Sasori dejase la mansión cuanto antes… Ahora es más difícil justificarlo.

—Sí... creo que después de un tiempo vendré de visita—la anima el "peregrino" al leer por el rabillo del ojo la contrareidad plasmada en el rostro de Haruno—. Pero tengo muchos sitios que conocer, así que me tardaré un tiempo.

Sin más intercambio de palabras, los tres proceden a regresar al interior de la mansión. Sin embargo, en un pequeño despiste por la confirmación de la partida de su nuevo amigo, Kyo tropieza con una gran raíz de árbol en el camino de regreso. El ruido no tarda en llamar la atención de sus dos acompañantes.

La kunoichi es la primera en acercarse y ayudarla a reincorporarse de su caída. Empero, la niña no demora en comenzar a llorar a causa de una pequeña herida producida en su rodilla.

—Tranquila, Kyo, no pasó nada. No llores, por favor—sonríe Sakura arrodillándose a su lado. A continuación, le sacude la ropa y observa la pequeña afección en su piel con más detalle.

Kyo se calma un poco ante la temprana contención, dejando de llorar para comenzar a sollozar en silencio.

—Siéntate un momento, tenemos que tratar eso antes de que se infecte ¿Sí?

La pequeña Kimura asiente en silencio, secándose las lágrimas de las mejillas y volviendo a echarse en el césped.

La mujer le corre el vestido hacia atrás para dejar la herida al aire y concentra su chakra curativo sobre la palma de su mano. Poco a poco, la rodilla comienza a sanar al contacto de su jutsu a la vez que la propia Kyo contempla el proceso embelesada.

Una vez que ya no hay rastro alguno de la herida, Sakura retira su mano y revela la misma piel que tenía antes de la caída. La niña se sorprende aún más con el resultado final, y cualquier resto de dolor es desplazado por una mirada brillante de admiración y sorpresa hacia ella.

—¡Señorita… usted es genial!—elogia maravillada con sus habilidades, ocasionando que Sakura llevase una mano a su nuca.

—No, para nada—sonríe con el rostro ruborizado, para luego ponerse en pie.

—¡Sasori! ¡Mira! ¡Me curó!—exclama totalmente emocionada con su nuevo descubrimiento, incorporándose de un saltito y acercándose una vez más a su ídolo.

—Pues… Admito que me sorprendió a mí también—acota él con apatía disimulada de sorpresa.

La mujer se acerca al conejo que había quedado en el suelo tras la caída y lo recoge. A continuación, lo lanza a las manos del "monje".

—Regresemos adentro—sugiere dirigiéndole una mirada cómplice a su ex informante. Luego, toma la mano de Kyo y retoma su rumbo hacia la mansión.

—Volvamos, entonces—le responde en voz baja, escudriñando al peluche en su posesión con una media sonrisa.

Una hora más tarde, la familia invita formalmente a Sakura a pasar la noche con ellos, y también consiguen extender un poco más la de Sasori. Si bien éste último intentó rechazar la petición, pero todos, obviando a su otra invitada, fueron demasiado insistentes.

Mientras espera por la cena junto a la señora Kimura y su hermana en la sala de estar, Sakura nota de un momento a otro la total ausencia de Sasori en los alrededores.

— ¿A dónde fue Sasori?

Al escuchar la peculiar duda de su invitada, la mujer rubia de voz estridente reproduce su misma duda.

—Salió a comer. Ha estado haciendo eso en los últimos días. Come afuera porque dice que no quiere que nos molestemos aún más con su presencia. Le insistimos en que, si podemos darle un techo, también podemos darle de comer, pero él siempre se niega. Seguro tiene que seguir alguna dieta especial como parte de su entrenamiento como monje... —explica la señora de la casa para sorpresa de su hermana, y para confirmar las sospechas de la ninja—. De todas formas, lo convencimos de que al menos nos acompañe en la mesa. Quizá no coma, pero es bueno tener a alguien que distraiga las charlas de mi marido. Puede ser muy insistente con esos temas suyos, y la verdad que no sé mucho de sus pinturas, así que es bueno que nuestro invitado comparta su interés.

"Veo que era cierto... Le concedo el que al menos se las arregló bien para cubrir el hecho de que no tiene necesidades fisiológicas." Piensa Sakura suscribiendo totalmente a lo dicho por la madre de la pequeña Kyo.

Como parte de su acostumbrado ritual, Sasori regresa a la mansión para la hora de la cena. El plato principal es cosa de los cocineros, mientras que los aperitivos y canapés son obra del señor Kimura. Como esta reunión es algo especial, el matrimonio decidió costear los gastos de una velada a la altura de las circunstancias.

Para cuando el invitado favorito de los Kimura arriba al comedor, los comensales ya están sentados a la mesa degustando la gran variedad de canapés.

Una vez que el plato de salmón ahumado y puré de patatas arriba a la mesa, el dueño de casa y Sasori ya se encuentran enfrascados en su conversación sobre pinturas y frescos. Por otro lado, las mujeres se encuentran riéndose sobre banalidades mientras Kyo es regañada por su madre por no comer suficiente pescado. Ante este nuevo ambiente, la anfitriona de Sakura no tarda en comenzar a interrogar un poco al excéntrico Sasori.

—Cuénteme, señor Sasori, si no le es molestia, claro: ¿Cuál es el motivo de su peregrinaje?

—No es molestia—niega él con un gesto sutil de su cabeza—. Viajo porque busco comprender...

Esas palabras suenan en la memoria de Sakura, quien acaba recordando uno de sus muchos encuentros previos.

—Soy una suerte de aprendiz de monje—prosigue desenvolviéndose a través de su fachada con total naturalidad—. Para progresar, nos embarcamos en un viaje en búsqueda de la comprensión de los conceptos que componen al mundo.

— ¿Y hacia dónde viajas?

—Hacia ningún sitio… al menos, ningún sitio en particular. Sólo camino a donde el viento me lleve y así me encuentro, tarde o temprano, con lo que debo comprender. Así me encontré con su familia, también. Confío en este sistema.

—¿Tus padres saben de este viaje?—pregunta la mujer de nuevo, con tanta curiosidad como poco tacto o sutileza.

La aprendiz de Tsunade, sin interrumpir su cena ni la conversación de sus compañeros de mesa, no puede evitar compadecerse en silencio de la ignorancia de su anfitriona.

—No lo creo... Todos los monjes que conozco son huérfanos. Yo también.

—Oh... lo siento por eso—se disculpa con torpeza, sin saber en dónde meterse.

—No es nada por qué disculparse. No recuerdo demasiado de ellos, y creo que me volví alguien próspero a mis estándares a pesar de su ausencia. Al menos, no preocupo a nadie en mis viajes.

—Por otro lado, no imagino lo que debe sentir el padre de esta joven—opina la hermana de la señora de forma inesperada, llevando su mirada avellana hacia su invitada, quien se halla sentada frente a ella—. Debe ser preocupante para ellos, al saber hacia dónde se dirige... O quizá al ser ninjas, ya estén acostumbrados. No sé si eso sea bueno.

Sakura observa en silencio y simulando una sonrisa de cortesía, mas no objeta. En lugar de eso, retorna su atención a llevarse una ración de salmón tras otra a la boca, a modo de poder evadir la situación sin ser demasiado evidente.

—Tienes razón Kyo, el puré con mantequilla en verdad está rico—le sonríe a la niña a su derecha, sentada en una silla para infantes, respondiéndole a un comentario previo que le había hecho. Empero, esto es sólo una artimaña más de Haruno para rehuir al tema central de la plática.

Ahora, para más pesar de ella, su anfitriona opta por realizar otra pregunta incómoda:

—¿Ustedes dos ya se conocían? Porque llamó mi atención que te dirijas a él de un modo tan informal.

Sakura observa a Sasori de inmediato por el rabillo del ojo, no sabiendo qué responder.

—Supongo que lo que pasó ese día puede calificar como conocernos. Tuvimos que trabajar juntos para que todo saliera bien, después de todo—responde por ella el renegado, salvando la situación para que ella no tuviese que recurrir a sus pésimas habilidades para mentir.

—Enshtonshesshisheconshian—dice de la nada la niña de la familia distrayendo, para fortuna de Sakura, a todos los presentes de la anterior conversación.

—¡Kyo! ¿Qué te dije sobre no hablar con la boca llena?—la regaña su madre, tomando una servilleta para limpiarle la boca.

El resto de la velada transcurre en relativa tranquilidad, aunque sigue siendo un suceso demasiado normal para alguien tan anormal como Sasori.. quien ya no pareciese ser quien es, o no es quien parece ser. Cualquiera de las dos explicaciones es complicada de aceptar para la kunoichi.

A la hora de dormir, los dueños de casa despiden a Sakura en la sala de estar, otorgándole toallas y ropa para dormir, y le piden a Sasori que la guíe a la habitación en la que pasará la noche.

Él asiente educadamente, y manteniendo su papel del monje invitado de la familia le indica a Sakura que lo siga.

A continuación, ambos suben por las escaleras, y caminan por los amplios pasillos del primer piso hasta un ala del edificio que parece exclusivamente dedicada al alojamiento de los huéspedes. Allí, el marionetista la lleva hasta una fina puerta de madera de roble, con unos lustrosos detalles más un picaporte dorado en ella, y se la señala con un gesto actuado de caballerosidad.

La muchacha, ya agotada de fingir a lo largo del día, hace uso de la aparente privacidad en la que se encuentran para detenerse frente a puerta y dejar emanar un profundo suspiro de su pecho.

—Aquí es donde duermes tú—indica Sasori, para luego señalar una puerta del lado opuesto del pasillo—. Y allí es donde duermo yo.

Desde su lugar, Sakura voltea para observar la puerta desde su hombro con cierta complicidad forzada, sabiendo que él no dormirá en lo absoluto. Luego contempla el panorama entero una vez más, asegurándose de que ambos sean las únicas presencias existentes en ese pasillo iluminado sólo por las lámparas pegadas en las paredes.

— ¿No extrañas todo eso que ya no puedes hacer? Dormir, al menos…—le pregunta ella con naturalidad. Después de todo lo que ha ocurrido durante este último tiempo, aquello sólo es un dato que no merece tanto recato de su parte.

—Pasó demasiado tiempo desde la última vez que dormí, y sé por qué renuncié a esas cosas. No me arrepiento.

A partir de ahí, ella está dudosa por indagar más en el tema, porque podría llegar a arruinar la minúscula confianza que se generó entre ellos con esa simple infidencia poco trascendental, pero siendo honesta consigo misma tiene más curiosidad que ganas de detenerse:

— ¿Por qué renunciaste? Si puedo saber, claro…

—Porque quisiera parecerme a mi definición de belleza.

—Pero, ¿No lo extrañas a veces?

—No, no veo por qué—asevera de modo alienígena, pasando a recargar su espalda ligeramente sobre la pared junto al marco de la puerta.

Sakura pone los ojos en blanco, inconforme y harta de las respuestas concisas y poco provechosas.

— ¿Es que para ti sólo existe el arte? ¿Es la belleza todo lo que te importa? No estoy diciendo que sea malo, sólo…—ella frena de golpe, arrepintiéndose de haber saltado a excusarse de esa manera tan berrinchuda—. Sólo quiero saber.

—Creo que sí, aunque ya estuve equivocado varias veces—concede su ex informante, aunque sin variar su porte.

— ¿Y eres feliz con eso? Digas lo que digas, no me creo que alguien pueda existir sin sentir felicidad o la ausencia de esta. Incluso si se trata de ti—insiste con incredulidad e insatisfacción en su voz, volviéndose a mirar a la marioneta a su lado—. Me refería a vivir por y para tu arte. De todas formas, ¿Qué es lo que lamentas? ¿No ser una marioneta de verdad?

—No puedo cumplir con mi propia definición de belleza. Mi cuerpo aún es destructible y, más importante aún, mi voluntad es quebrantable. Soy tan fracaso como la muñeca de la niña... Comprenderás lo contra productivo que sería ahora intentar destruirme contra un árbol, aunque a veces hasta tenga ganas de que lo hagas…—confiesa el criminal en medio de una risa sarcástica, con una sorprendente honestidad y claridad al momento de dejar aflorar sus frustraciones internas.

—No voy a intentar destruirte contra un árbol esta vez, también sería contra productivo para mí ahora. Además, aquí no hay ningún árbol… vivo, al menos—repone Sakura sin poder disimular su propia risa, como si fuera lo más natural del mundo o como si de repente estuviera conversando con cualquiera.

—Mira tú teniendo sentido, me sorprendes cada día… —se ríe de nuevo el ex Akatsuki.

—Sí, yo también estoy... bastante sorprendida—asiente más para sí misma que para él—. Oye... ¿Por qué se quebrantó tu voluntad aquella vez?

Finalmente pregunta su segunda y más grande duda, aunque de una forma bastante directa y sin muchos rodeos. Con todo lo espontánea que está resultando esta conversación, simplemente le había salido así.

—Porque soy débil—contesta tan directo como apático, alterando la jovial atmósfera previa.

—Pero estabas a punto de cumplir tu cometido. Una estocada más y habrías acabado con nosotras... pero no esquivaste el ataque de la abuela Chiyo ¿Por qué cambiaste de opinión de un segundo para el otro?

La cuestión es tan infame que consigue tocar un nervio. Sasori odia recordar eso.

— ¿Acaso yo te pregunto por qué tú tienes facilidad para perdonarle la vida a los traidores?—espeta defendiéndose de una acusación totalmente imaginaria, sin pensar ni medir sus palabras.

Sakura abre los ojos en estado de shock, mas termina evitando por inercia la mirada ajena... Esa frase le dolió un poco más de lo que debía, porque esa descripción no sólo aplica a Sasori.

—Perdón... debí expresar mi molestia de otra forma... —se disculpa él cuando nota el efecto negativo que sus palabras tuvieron sobre ella—. No quita el hecho de que las dos preguntas fueron... incorrectas.

¿Se está disculpando con ella? Eso es raro, no es la primera vez que lo hace, pero no deja de ser inusual. Más aún ahora, que esperaba que su reacción fuera más hostil, más propia de él.

—No, discúlpame tú. Mi pregunta estuvo fuera de lugar. Tengo sueño, me iré a dormir. Hasta mañana—lo evade Sakura con voz y mirada inertes, sólo para dejar la conversación pronto y en los mejores términos posibles.

"Ese se parece más al Sasori que conozco..."

Pero, ¿Por qué está conforme con eso? ¿Acaso prefería a Sasori como un amargado solitario e hiriente, por sobre aquel que vio durante este día? En realidad duda si lo conoce suficiente para saber cuál de los dos es real. No, ni siquiera merece dudarlo. En realidad no lo conoce suficiente para decir siquiera si uno de esos dos es "real", quizá ambos lo sean.

Ignorando la presencia a su lado, la médica pasa por la puerta y la cierra lo más rápido que puede. Sin demasiado interés en gozar del cambio de panorama, le echa a la habitación un solo vistazo rápido. Es hermosa, tal y como se esperaría de una residencia nobiliaria: amplia, con un baño incorporado y una gran ventana con balcón en el exterior, una ventana que está tapada por unas finas cortinas de seda roja con flores de loto bordadas en hilo dorado. La cama, por otro lado, es bastante grande también, de una plaza y media. La ropa de cama hace juego con el color de las cortinas, al igual que la funda de la almohada. El suelo alfombrado es de un color cobrizo, y a ambos lados de la cama hay unas mesas de noche de olmo tallado, cada una con una elegante lámpara de tocador sobre ella. Hay un armario en el otro extremo de la habitación, con un espejo de pared a un costado y, para decorar, varios cuadros pintados a mano por algún talentoso artista colgados en las paredes.

Quizá, aquí pueda dormir lo suficientemente cómoda como para sacarse el disgusto…

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Nota de autor: Basura.