En el nido de las víboras.
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Partiendo de sus actuales datos, la investigación de Sakura se lleva a cabo en el puerto de manera sistemática. Manteniendo su aspecto de civil inofensiva, se infiltra en el puerto en cada uno de los siguientes días, con la intención y meta de obtener suficientes piezas del puzle para finalmente dar con el paradero de la base.
Aquellas personas que trabajan en los muelles se muestran más atentas a sus tareas desde el incidente de robo que la rosada había protagonizado hace poco. La ventana de oportunidad que le permitió entrar a la caseta sin ser vista es la clase de situación que no se repetiría pronto. Aun así, la vista de una persona observando el río no es algo raro para nadie en la ciudad. Mientras se limitase a sólo observar, no llamaría la atención de nadie.
De este modo, el primer día de vigilancia lo invierte en reconocer las actividades y rutinas del personal a bordo de las presuntas naves de la Serpiente. Muy pocos de sus hombres se retiran de las embarcaciones, a diferencia de lo observado en la tripulación de los demás navíos, que es mucho más activa, más apronta a explorar el puerto y la ciudad.
El segundo y tercer día lo ocupa para perseguir de manera disimulada a los hombres que descienden de estas prisiones o tres encargados por embarcación descienden a la ciudad, y recorren una ruta definida en la que se aprovisionan de distintos víveres. La ruta es siempre la misma, y las tiendas a las que estas personas acceden también lo son.
Llegado el cuarto día de vigilancia, la kunoichi ya tiene una idea bastante formada del modus operandi de la tripulación. La mayoría del personal permanece dentro del bote, manteniendo a los prisioneros en silencio. Mientras tanto, un pequeño número de hombres desciende a buscar suministros específicos de tiendas específicas. Unas horas después de que las provisiones suben a bordo, la embarcación desencalla del puerto y comienza a moverse río abajo. Durante esta parte del trayecto, una buena parte de la tripulación comienza una estricta rutina de vigilancia.
Es claro que esto último le indica que la base no puede estar muy lejos. No tendría sentido mantener tan estricta vigilancia si la situación fuese otra. Pero saber esto no quita que debido a esta rutina, le es imposible acercarse a las naves en esta última etapa.
Notando este cuarto día que su investigación amenaza con volverse infructuosa, Sakura comienza a tomar más riesgos. En cada ocasión que la cubierta de la embarcación que vigila se ve vacía, sube a ella buscando la ocasión para escuchar alguna conversación que le sirva de guía. Siempre se mantiene en alerta para saltar al agua en caso de que alguien se acercase a su posición lo suficiente como para detectarla.
Las primeras veces que se atreve a espiar de cerca estas prisiones de madera, lo único que logra escuchar son los sollozos, sobre los que el sonido del agua se sobrepone para todos aquellos que caminan en el puerto. De vez en cuando, escucha a los captores exigir silencio, cosa que suele apagar los murmullos por varios minutos.
La doctrina de silencio de las tripulaciones es estricta y eficiente, pero cada fracaso solo anima más a la mujer. No puede rendirse. Mientras más grande es una organización, mientras más gente emplea, se vuelve más difícil mantener el sistema libre de errores.
A pesar de su insistencia y el cuidado que toma en sus métodos, dos semanas pasan desde su llegada a Khanzen y la mujer aún se encuentra sin la información que busca.
Cada día llegan entre uno y tres barcos cargados de prisioneros. Si cada uno de estos tiene entre diez y veinte personas cautivas, Sakura debe aceptar que había subestimado demasiado la gravedad de la situación.
Necesita prestar más atención a la rutina, debe encontrar cuánto antes alguna vulnerabilidad en el sistema. Para más inri, dentro de pocos días tendrá que encontrarse con su equipo, y, a pesar de que está más que dispuesta a decirles que prosigan más tiempo sin ella, no quiere recurrir a esa alternativa. Pero, al mismo tiempo, no puede seguir demorando mientras tantas personas siguen sufriendo sin saber que alguien tan cerca de ellos está trabajando por recuperar su libertad.
El siguiente día, la joven cambia su enfoque y comienza a perseguir más de cerca a los encargados de hacer las compras de provisiones antes de que los barcos prosigan su rumbo. Encuentra que, lejos de la presión de sus camaradas, estos tienden a ser más laxos en el uso de sus lenguas. Aún así, no es ninguna palabra de ellos la que le otorga la pista que necesita.
Hasta ahora, cada vez que seguía al personal que descendía de las embarcaciones, estos siempre hacían sus transacciones en los mismos locales. Esta vez es diferente.
Los dos hombres a los que la muchacha persigue, mezclada entre el gentío de la ciudad, se detienen frente a la vidriera de una botica de barrio para observar las ofertas, y, luego de una breve conversación entre ellos, ingresan a ella para comprar algo antes de seguir la ruta que la kunoichi ya se ha memorizado.
Para sorpresa de la kunoichi, este dúo ingresa a una segunda botica, cinco cuadras más adelante. Aquella es la farmacia en la que los anteriores encargados han hecho siempre sus compras, y es un local frente al cual la joven pasa a menudo, a cada vez que transita por la calle que la lleva desde el hospedaje a los muelles. Además, siempre ha sido fácil de reconocer, debido a los motivos florales que adornan sus vidrieras.
"Esto no tiene sentido, podrían haber comprado todo en la farmacia anterior." Piensa mientras los ve ingresar al local desde la esquina de la cuadra.
Reconociendo la anomalía, la joven se adentra en la farmacia poco después de ellos, y comienza a contemplar la mercancía en exposición al tiempo que sus perseguidos son atendidos por un anciano.
— ¿Cómo puedo ayudarles? —Les pregunta el dueño del local.
—Necesitamos algo para tratar heridas superficiales en la piel—Responde de inmediato uno de los hombres, el más alto de los dos. Su voz es grave, pero su respuesta no suena natural. El ritmo de su tonada es diferente de aquel que la médica de Konoha viene escuchando desde que comenzó a seguirlos.
— ¿De origen vegetal o mineral? — Les contesta el anciano con voz amable.
—Vegetal. ¿Tienes algo así en tu tienda?
La kunoichi escucha la conversación mientras simula estar leyendo las etiquetas de unos productos de belleza, que reposan sobre las repisas más altas de la pared detrás del mostrador.
—Tengo una pasta a base de aloe vera por algún sitio en la estantería detrás de mi… —Pausa el hombre de avanzada edad, mientras le da la espalda a los clientes por un momento— Pero me temo que mi vista ya no es lo que era. ¿Podrías darle a un anciano un poco de ayuda para encontrar el envase? Es un frasco verde de unos cinco centímetros de altura.
Sin mucha demora, el hombre de menor estatura da unos pasos al frente hasta quedar apoyado sobre la barra del mostrador.
—Creo que lo veo en el tercer estante, contando de arriba abajo, al lado de la lavanda seca— Señala el hombre más joven. Su voz delata que no ha terminado de vivir su pubertad.
—Muchas gracias, joven muchacho—Le agradece el anciano mientras busca el frasco y se lo ofrece dentro de una bolsa de papel, recibiendo a cambio una cantidad moderada de ryus—Que tengan un buen día.
Los dos sujetos se despiden del anciano, dejando a la mujer forzada a comprar algo para mantener las apariencias.
Sakura lleva su mirada hacia la estantería de cinco niveles, la misma en la que estaba la crema de aloe vera, y saluda al dueño del local. Sin perder demasiado tiempo, paga por un manojo de lavanda y se retira para continuar su sigilosa vigilancia.
Es claro que esta botica es algo especial para la Serpiente, ya que, si este no fuese el caso, estos hombres hubiesen comprado todo en el primer local.
La segunda irregularidad, por otra parte, es algo más sutil, y que casi pasa por alto. La conversación entre sus perseguidos y el boticario no se sintió natural. No obstante, este detalle no es suficiente para destacarse por sí mismo.
Lo que sí termina por convencer a la ninja de que en aquel intercambio hubo algo oculto, es su último vistazo a la estantería, una estantería de cinco niveles.
"El hombre más pequeño mencionó 'la tercer estantería de arriba hacia abajo'. Eso no tiene mucho sentido. Lo normal hubiese sido decir 'la estantería del medio'."
La conversación que escuchó hace instantes no fue una simple interacción entre vendedor y clientes. Fue un canto y seña, por lo que el aquel anciano tiene que ser un contacto más de la Serpiente. Además, el hecho de que el hombre más joven se aferrase a la bolsa entregada por el boticario, como si fuese oro, confirma también estas sospechas.
"Había más que solo medicina allí dentro." Reflexiona Sakura, cesando finalmente de atosigar a aquellos hombres por este día, temiendo que comiencen a sospechar que ella estuvo siguiéndoles el paso durante todo este tiempo.
Por otro lado, por fin ha conseguido suficiente información para poder modificar sus planes a futuro. La misión podrá progresar de un modo mucho más eficiente a partir de ahora.
Esa noche, antes de descansar, la aprendiza de la Hokage informa al recepcionista del hotel que esta será su última noche aquí. Sakura no sabe si mañana será realmente su último día en la ciudad, pero, en caso de que así fuese, es mejor que se vaya realizando todas las formalidades que un simple turista acostumbra. Si tuviese que permanecer más tiempo en el poblado, basta con buscar otro alojamiento un poco más lejos de la zona céntrica.
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El día siguiente, la mujer abandona el resguardo del hotel una última vez, y revisa los horarios en los que el siguiente navío de prisioneros echará sus anclas en el puerto. Ya sabe la rutina a la que su tripulación se limitará. Aún así, para concretar su plan necesita llegar a la botica de las ventanas floreadas unas horas más temprano que el verdadero personal de la Serpiente.
Una vez que regresa a la botica, un genjutsu básico es todo lo que la kunoichi necesita para que el anciano no la reconozca. Al igual que el día anterior, la conversación entre ambos se repite, palabra por palabra, idéntica a aquella que Sakura ya había presenciado de los dos empleados de la Serpiente. De este modo, sin que el anciano sospechase del joven de pelo corto y negro y piel pecosa que tiene en frente, y que ve en el lugar de la rosada, el canto y seña es bien recibido. Acto seguido, el boticario toma una crema de aloe vera de la estantería detrás de él.
—Muchas gracias, joven—Contesta el hombre, mientras le entrega a Sakura su compra dentro de una bolsa de papel—Que tenga un buen día… Pero antes… ¿Por qué tan temprano?
La mujer sonríe, y estira su brazo, llevando su mano al cuello del anciano al tiempo que su técnica se disipa. El hombre de avanzada edad no tiene la fuerza necesaria para oponerse a su entrenada atacante, y pierde el conocimiento un par de segundos más tarde.
Sakura no puede permitirse que, cuando los verdaderos empleados de la Serpiente lleguen, estos se den cuenta del engaño en el que cayeron. Esto podría revelar la presencia de una amenaza en la ciudad. Así que, imitando las acciones que Sasori tomó para con su equipo durante el rescate de la pequeña Kyo, toma en consideración la edad y peso del anciano cuando le da una dosis de sedantes, los suficientes para que permanezca dormido por una hora, y despierte desorientado y dudando de si la edad le jugó una mala pasada.
El plan ha funcionado.
Instantes después, la médica se encuentra en la esquina más cercana al local que acaba emboscar. Sin más tiempo que perder, abre la bolsa y encuentra en ella una nota mucho mas especifica de lo que esperaba.
"Siete kilómetros río abajo, desembarcar en la orilla oeste y caminar un kilómetro más en dirección noroeste.
Encontrarán una cueva natural, cuyos túneles se bifurcan en múltiples direcciones. Tomarán los pasadizos izquierdo, derecho, izquierdo y tercero, contando de la derecha a la izquierda, en ese orden exacto. Sólo ese camino los llevará a la base. Si toman otro, es posible que jamás encuentren la salida. Presenten esta nota a los guardianes de la puerta o serán eliminados en el lugar.
No traigan a nuevos miembros con ustedes. Dejen a la tripulación en el barco, y no le informen de los detalles de su destino. Si la voz sobre la ubicación de este sitio se corre, todos los que han leído este mensaje perderán la cabeza. Sin excepciones."
Sakura sonríe victoriosa. No puede importarle menos el destino de todos los malditos que en algún momento han leído esta nota. Solo desea que todos estén presentes esta noche para cuando los visite en su propia morada.
Hoy es el día en que esto se termina.
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Unas horas antes de que anochezca, la mujer se encuentra cerca del lugar descrito en la nota. Sabiendo que el combate es inminente, ya ha venido preparada para este. Está ataviada con su túnica negra, y debajo es ésta porta su ya clásico uniforme de combate, el cual consiste en un par de botas negras, una blusa roja sin mangas, y el par de calzas negras cortas debajo de su falda beige abierta a los costados. Como siempre, mantiene un porta shuriken atado al muslo, y otro más sobre su espalda baja. En este último, en vez de cargar simples filos arrojadizos, lleva una cierta cantidad de bombas de humo y sellos explosivos, para así poder acceder a estos de manera rápida. Sin embargo, como esta vez tiene el presentimiento de que su armamento estándar no bastará para hacer el trabajo, ha tomado la precaución de llevar consigo un extra de herramientas propias de su oficio, las cuales guarda dentro de un pergamino.
Entre el entramado de árboles y maleza local, Sakura finalmente consigue dar con la entrada de la caverna sin necesidad de recurrir a la luz de su linterna. Allí, un cartel viejo, clavado al suelo por una estaca de madera, informa al posible curioso de los peligros de ingresar a aquella red de túneles subterráneos.
"Muchos de nuestros conciudadanos se perdieron en estos túneles. Por respeto a sus memorias, y a su propia vida, le pedimos expresamente que no ingrese a este sitio."
Luego de explorar el terreno circundante a la entrada, en busca de cualquier posición o ruta que pueda servirles a sus oponentes para sorprenderla, decide esperar a que todos los barcos de hoy hayan llegado. Quiere liberar a todos los prisioneros que pueda, y para ello no piensa dejar atrás a aquellos que llegarán esta noche.
Por otro lado, la espera se le hace demasiado larga. A decir verdad, no ve la hora de ponerle fin a esta abominación a la que estos monstruos llaman 'negocio'.
"No merecen vivir." Piensa a medida que la hora se acerca.
Finalmente, otro par de horas después de que la penumbra domine el sitio por completo, Sakura comienza a escuchar los pasos de los prisioneros, y las voces de sus captores, a tan solo unos cien metros por delante de ella.
Apostada sobre la copa de un árbol aledaño al minúsculo claro de césped que precede a la cueva, la ninja va viendo el lento marchar de una muchedumbre encadenada. La escasa luz que proyectan las linternas de los guardias, que cierran su andar enfilado y resignado en cada costado, le permite a la muchacha observar un grupo de pobres desgraciados, de distinta edad y género; la mayoría de éstos famélicos, frágiles, descalzos, y apenas tapados por camisones de lana gastada.
Sakura permanece escondida en el árbol, aguardando a que todas las luces desaparezcan en la profundidad de los túneles. Luego, permite que otros treinta minutos transcurran, sólo para estar segura de que no se encontraría con estas personas en medio del trayecto previo al verdadero centro de la base.
Una vez que está segura de que todas las presencias a su alrededor se han desaparecido, la mujer abandona su escondite y comienza a descender hacia los húmedos adentros de esta formación natural que se extiende por debajo del paisaje.
Puede entender por qué la Serpiente decidió que este sitio es perfecto para esconder una instalación. La oscuridad y la naturaleza laberíntica de los túneles que la rodean son una trampa tan efectiva, que es comprensible que el sitio no requiera demasiada vigilancia. La deshidratación y el hambre eliminarían a cualquier persona que no supiese exactamente en qué dirección moverse.
El ángulo de descenso, así como la altura y el ancho de los pasadizos que recorre, varían a medida que sus pasos la llevan a adentrarse cada vez más profundo.
El tiempo que tarda en llegar desde una bifurcación a la siguiente tampoco es regular, como podría esperarse de un sistema natural de cavernas. Empero, a medida que avanza, toma la precaución de grabar rayas con un kunai sobre la piedra de los túneles que la guiarán de regreso a la superficie. Una cruz a la altura de la vista es suficiente para que ella y los prisioneros puedan abrirse paso por el sinuoso laberinto cuando llegue el momento de regresar a la superficie.
Cuando la ninja toma el último pasadizo descrito en la nota, comienza poco a poco a sentir el aroma de la suciedad humana. El túnel en el que se encuentra ahora, se extiende por varios metros de lobreguez casi absoluta, y sin ser interrumpido por irregularidad alguna en él. Por lo que, a cada paso que da, la mujer se esfuerza más y más en producir el menor ruido posible con sus pies, sabiendo la facilidad con la que estos producen eco. Mientras más se acerca a la recta final del claustrofóbico laberinto, más nauseabunda encuentra la fuente de aquel hedor.
No quiere imaginar las condiciones en las que tienen a los prisioneros, pero pronto ya no tendrá que hacerlo.
— ¡Alto ahí! —Exclama una figura masculina, que se presenta frente a ella al final del túnel, mientras le da de lleno en el rostro con una linterna.
— ¡Presenta la nota! —Le grita una segunda voz, también masculina.
Sakura mete su brazo por debajo de su túnica y saca el papel del porta shuriken atado a su espalda baja. Acto seguido, arroja la nota hacia sus interlocutores. Los guardias la observan, y, luego de constatar que no parece ser un escrito falso, el primer hombre de la Serpiente continúa con la interrogación:
—El cliente no debería haber llegado hasta dentro de dos horas. ¿Por qué tan temprano?
—Porque quiero ver la mercancía con tiempo. Y, a menos que quieran quedarse sin clientes, podrías tratarlos con algo de respeto—Contesta Sakura en un arrebato de confianza. Después de todo, los hombres frente a ella son sólo peones.
— ¡Muestra tu cuello! —Ordena la segunda voz— ¡Vamos! ¡El cuello!
El pedido toma a la kunoichi por sorpresa, pero no se niega. Preparándose para reaccionar en caso de ataque, hace a un lado el cuello de su túnica para cumplir con aquel pedido.
Los dos guardias suspiran de rotundo alivio antes de invitarla acercarse a ellos.
— ¡Gracias a dios! —Exclama el primero de ellos, haciéndole un gesto con su mano para que se acercase con toda confianza—Pasa, la puerta está unos metros más adelante.
—Discúlpanos por ser tan rigurosos… pero hay sujetos peligrosos ahí afuera. Uno no puede ser en exceso cuidadoso estos días—Explica el segundo inspector.
—Es verdad… Tienen razón—Les concede la muchacha con una sonrisa enigmática mientras se acerca a ambos. Cuando finalmente los tiene a ambos al alcance de sus manos, los toma por el cuello y presiona sus gargantas, poniéndoles fin a sus vidas sin que llegasen siquiera a reaccionar.
"No merecen vivir."
No obstante, no tarda en recuperar la sobriedad y la cautela al tiempo que busca en los cuerpos la llave de la susodicha puerta. Necesitará conservar ambas mientras finge ser este conveniente cliente. Al menos, hasta que pueda echar un vistazo a lo que le espera del otro lado de la puerta, para así poder crear un plan de ataque.
No puede simplemente confiar en que todos dentro de la base sean igual de idiotas que estos dos desgraciados, que yacen ahora a sus pies con sus cuellos rotos.
Siguiendo la indicación de los muertos, camina en la oscuridad hasta que su linterna se topa con una gran puerta de madera. Al abrirla con ayuda de la llave, y traspasar el umbral, se encuentra un enorme domo natural, que se extiende por, al menos, unos treinta metros hacia arriba.
Lo primero que llama su atención, además de la altura, es que aquello se trata de un espacio circular abierto, de unos quince metros de diámetro, que sirve como sala central. A fin de cuentas, aquella cámara se presenta ante la ninja de Konoha plagada de objetos y personas, como cualquier otra fortaleza de la Serpiente.
La totalidad del recinto está iluminada por antorchas, que se encuentran colgadas a lo largo y alto de todas las paredes de la fortaleza subterránea. Estas permiten que cualquier persona en este siniestro cuarto pueda ver lo que el mismo esconde: un millar de huecos excavados en la piedra, distribuidos a ambos lados de cada uno de estos fuegos.
Además, cubriendo cada uno de estos huecos, se aprecian unos barrotes de metal. Para este momento, no le caben dudas a la recién llegada de que el total de la caverna está compuesto por cárceles.
Aún así, desde el suelo Sakura no puede identificar a ciencia cierta cuántas de ellas están ocupadas.
Una saliente de roca, claramente tallada por mano humana, sirve como un camino espiralado que permite escalar hasta la cima de la cúpula, a la vez que funge como conexión entre todas las prisiones y sus carceleros.
Al menos, la kunoichi sabe desde ahora que, cuando comience el combate, tendrá que enfrentarse a todos al mismo tiempo, ya que la cantidad de personal que detecta a primera vista es mayor a la que esperaba. Pese a todo, tiene la suficiente confianza en sus habilidades como para no preocuparse de inmediato por esto. Asimismo, un buen número de ellos deben de ser civiles, y los demás, como mucho, mercenarios de poca monta.
De repente, un hombre vestido de mameluco negro, y que aparenta cargar consigo unos sesenta años, se acerca a la kunoichi y la saluda cordialmente:
—Buenas noches. No te esperaba tan temprano… Y tampoco esperaba que fueras una mujer. Supongo que debería abandonar los prejuicios, pero francamente se hace difícil corregirlos para alguien de mi edad.
—Buenas noches—Responde Sakura, fingiendo adecuadamente su personaje— Decidí venir más temprano para poder escoger con tiempo la mercancía que llevaré conmigo. ¿Te molestaría enseñarme lo que tienes?
—Para nada. Llevo tiempo en el negocio. Entiendo que ciertos clientes son exigentes con su mercancía. Ven conmigo—La invita el hombre.
Ambos comienzan a subir por la saliente de piedra. Durante el trayecto, el hombre monologa sobre los detalles de su trabajo mientras la kunoichi observa con cuidado el escenario del combate que se avecina.
"No merecen vivir."
Vuelve a pensar con repugnancia al ver que, celda tras celda, no puede encontrar ninguna que esté vacía. El hedor a orina, heces y sangre es tan omnipresente en el sitio, que rápidamente está adormeciendo su sentido del olfato.
Todas las celdas exhiben entre dos y tres personas en distintos estados de sufrimiento, y que están completamente ajenas a las dos presencias que pasan frente a sus prisiones. Algunas aún se muestran lúcidas, y otras parecen haber perdido toda esperanza de tener algo similar a una vida. Por otra parte, la mayoría de estas tristes almas yacen semidesnudas, con la piel pegada a los huesos y acurrucadas en alguna esquina oscura, evitando el contacto con sus propios deshechos.
Hombres, mujeres, ancianos… Todos exhiben cicatrices de azotes, signos de malnutrición y quién sabe si hasta de abstinencia ante los fármacos que les inyectan en el cuerpo. En varias de las celdas, Sakura llega a vislumbrar huesos de ratas… Ante aquel panorama, sólo puede deducir que el hambre los ha llevado a devorarlas.
—Ignora estos especímenes. No voy a ofrecértelos, y sé que no te interesan. Más arriba tenemos a los más recientes y saludables—Se excusa el hombre, sin un atisbo de empatía por la calidad de su "mercancía".
Sakura no le responde, sólo atina a morderse el labio en silencio. Además, aprovecha la altura que de a poco va ganando para observar de tanto en tanto el salón circular, que ahora se encuentra debajo de ella. Desde el borde de la saliente de piedra, puede apreciar que el suelo, a pesar de no exhibir muros que delimiten áreas o subdivisiones de la base, ha sido organizado de manera tal que distintas tiendas de campaña militares están distribuidas por toda la planta. Algunas de estas tiendas tienen el símbolo radiactivo pintado sobre su techo, que quizás indique que allí se almacenan los químicos usados en los experimentos. Mientras tanto, otras tienen el símbolo de la cruz roja, probablemente debido a que son destinadas a almacenar las medicinas.
Asimismo, desde aquella altura Sakura cae en cuenta de que la cantidad de personal en el suelo es considerable. Fácilmente podrían doblegar el centenar, y, además de estos, también hay un buen número de guardias patrullando la saliente, o burlándose de los prisioneros más rebeldes.
—A partir de esta altura, puedes ver si alguien aquí te interesa—Pronuncia su guía sin coartar su paso—Te recuerdo que nadie aquí está entrenado. Necesitarás enseñarles obediencia tú misma, o contratar a alguien para que lo haga por ti.
Ese comentario hace que la mujer deba contener el impulso de iniciar la masacre en este mismo instante.
"No merecen vivir."
—Eso no será un problema—Atina a responderle, mientras continúa siguiéndole las espaldas.
Parece que esta cueva tiene sólo un punto de acceso. Si logra bloquearlo, ella podrá asegurarse de que ninguna de estas escorias humanas abandone con vida esta grotesca obra de ingeniería durante el combate.
A medida que sube más y más, los prisioneros desnutridos y maltratados van quedándose rezagados a pisos inferiores, y, en su lugar, se presentan ante ella otras pobres almas. Aunque estas figuras se ven mucho más presentables, debido principalmente a que son mantenidas en un mejor estado físico, sus rostros se ven mucho más devastados a comparación de las otras. No puede imaginar cuán tortuoso es saber que mantienen tu salud y vida solamente para satisfacer las perversiones de una patética excusa de humano, y tampoco la culpa que deben sufrir sabiendo que tantos otros desafortunados, a pocos metros de ellos, sufren hambre y sed…
—Si te interesa mercancía más compacta, aquí es donde la guardamos—Habla el hombre señalando unas celdas que sólo contienen unos niños en su interior. La mayoría de aquellas criaturas se ven inconscientes, mientras que el resto solloza en una voz baja y lastimera.
Sakura se encuentra a punto de abrir el cuello del hombre a su lado, cuando una voz la interrumpe antes de poder llevar a cabo su cometido.
— ¡Abran paso! —Pide un hombre que baja desde las partes más elevadas de la espiral, cargando una carretilla repleta de cadáveres con ayuda de otro guardia.
Sakura y su guía se hacen a un lado para permitir el tránsito.
—Lo sé, lo sé. El espacio es limitado y es incómodo trabajar en estas condiciones. Pero, al menos, el sitio está correctamente escondido—Se disculpa el macabro anfitrión.
"No merecen vivir. No merecen vivir."
—Solo falta un poco más y ya habrás visto todas las celdas. Si quieres, podemos hacer desfilar a aquellos en los que estés interesada.
A este punto, la mujer ya no siente su usual nivel de ira. En su lugar, puede sentir su sangre ser reemplazada por una sustancia extraña que la quema por dentro, sin permitirle mostrarlo en su rostro. Aquel nuevo odio y el desprecio que la inundan es tal, que sólo puede llegar a la decisión de que no habrá muertes limpias esta noche. Estos viles seres no merecen un final rápido, no merecen la piedad, no merecen el aire que están respirando.
"No merecen vivir."
Esas tres palabras se repiten en la mente de la médica, mientras continúa su ascenso en esta infernal cámara de tortura.
Instantes después de que el 'tour' terminase, cuando finalmente se encuentran al final de la saliente en espiral, y cuando ya no queda nada más por ver, la kunoichi de Konoha está en su límite.
— ¿Has visto suficiente, o quieres echar un vistazo más cercano? —Son las últimas palabras que su guía pronuncia mientras saca un llavero de sus bolsillos.
—Sí… más que suficiente—Responde ella con los dientes apretados, al tiempo que lleva sus manos al porta shuriken en su espalda y, con un solo movimiento de sus manos, adhiere un sello explosivo al kunai que utilizará a continuación.
Con un movimiento limpio, introduce el filo de su herramienta en la espalda del siniestro vendedor, y, acto seguido, levanta su mano sin soltar el kunai. El resultado de aquel brusco movimiento es una abertura de unos treinta centímetros en la carne de su nueva víctima, y un proyectil libre. Antes de que el cadáver del viejo tocase el suelo, la muchacha arroja el kunai hacia la entrada del domo desde su cómoda posición en las alturas. Un instante después, arranca el manojo de llaves de las manos del muerto.
La explosión, detonada por el sello adherido al filo, desencadena un pequeño derrumbe, que tapa la entrada con rocas y encierra a todos los presentes con ella. Además, el estruendo alerta a todos del hecho de que se encuentran bajo ataque.
El combate inicia de inmediato. Mientras comienza a descender por la espiral de piedra, es ella la que proporciona los primeros cinco ataques a los guardias que se va topando en su descenso, más específicamente, a aquellos que presenciaron el reciente asesinato.
La cueva es una formación natural, así que no hay manera de que la mujer pueda asegurarse de cuán estable es esta improvisada base. Le gustaría simplemente dejarse caer en picada sobre el centro de la habitación, y derribar a todos los presentes con un sólo impacto, pero sabe que haciendo eso correría el riesgo de sepultar a todos los prisioneros para siempre.
Por otro lado, desde el suelo de la gran cámara, todo el personal que posee armas de larga distancia comienza a arrojar saetas de hierro y filos envenenados hacia ella, mientras otros grupos de combatientes cuerpo a cuerpo inician su ascenso por la saliente en espiral.
El siguiente guardia que llega a acercarse a ella, es súbitamente tomado por el brazo y arrojado a un costado de la saliente. Quizá la caída no lo mate, pero su cuerpo serviría como proyectil para el desgraciado que se encuentre allí para recibir el impacto.
Ocupándose continuamente en correr y saltar para esquivar los proyectiles que intentan dale desde abajo, la kunoichi intenta derribar con kunais a los hombres que constantemente ascienden por la saliente en su dirección. Empero, en unos minutos ese plan se vuelve poco práctico.
Esquivar esta cantidad de ataques se está volviendo una molestia, ya que la conglomeración de humanos que suben hacia ella terminan ralentizando su ritmo de bajada. Así que, inspirada en las técnicas del mejor marionetista que conoce, Sakura toma de la ropa al primer hombre que se le acerca más de la cuenta, y, levantándolo aún vivo con uno de sus brazos, lo utiliza como escudo para bloquear las saetas, flechas y otros filos arrojados en su dirección.
Un mercenario frente a ella se aterroriza al observar al escudo humano perder la vida a causa de un sinfín de proyectiles aliados. Acto seguido, el desafortunado espectador recibe una firme patada en el pecho, que hace crujir sus costillas y retroceder su cuerpo, convirtiéndolo en una moribunda bala de cañón para todos sus camaradas detrás de él.
No obstante, uno de todos esos atacantes consigue esquivar el proyectil humano de Sakura de un modo imprevisto, y salta hacia ella con katana en mano.
"No merecen vivir." Vuelve a repetirse mientras toma con su mano libre a este único oponente por la garganta, sin dejarlo completar una voltereta que pretende cortarla con su arma. Por supuesto, la única intención de la rosada es utilizarlo como su siguiente proyectil humano.
Empero, de repente nota una anomalía imposible de ignorar: el hombre frente a ella no muestra miedo ante su agarre. De hecho, le está sonriendo.
— ¡Ahora…! —Habla con dificultad la miserable excusa de humano.
Antes de que la muchacha pudiese notar lo que está ocurriendo, siente una mano apoyada en su nuca. Inmediatamente después, un agudo dolor domina sus sienes, forzándola a soltar a su proyectil y a su escudo para caer al suelo en un estado casi absoluto de indefensión.
"¡¿Qué demonios?!"
Aquella pregunta es lo único que su mente puede formular en medio del sufrimiento. Mientras tanto, sólo puede permanecer arrodillada sobre la roca de la saliente, encorvada hacia adelante y con sus manos sujetas a cada lado de su cabeza en un intento de soportar el dolor.
— ¡Dejen de disparar! —Grita una voz femenina tras ella.
La médica de Konoha no llega a ver a su atacante, pero puede percibir cómo su ex cautivo vuelve a incorporarse y comienza a contemplarla desde arriba.
Acto seguido, la base hace un cese al fuego, pero esto ya no importa mucho para Sakura. El dolor, antes agudo, comienza a extenderse por todo el cráneo de la infiltrada, ocasionando que ésta no pudiese hacer más que quedarse estática y hecha un ovillo en el suelo.
Aquel dolor no se parece a nada que Sakura haya experimentado en su vida. Es una tortura que está quemando su mente, acabando con su cordura, y paralizando cada vez más la motricidad de su cuerpo. Es como si su cerebro estuviese por inflarse hasta reventar y comenzar a chorrear por sus oídos y cuencas oculares.
"¿Cómo…? ¿Shinobis…?"
Se cuestiona a sí misma, apretando los dientes y forzando su cuello a girarse para poder observar a la causante de su situación actual.
Una mujer de unos treinta años, de pelo castaño cobrizo y ojos verdes, no muy distintos a los de ella misma, la mira con un dejo de soberbia mientras se mantiene inclinada sobre ella, con su mano izquierda enredada en el pelo rosado de su nuca.
Sakura no esperaba esta clase de defensas. Jamás sospechó que alguien en la base fuera capaz de caminar por las paredes para atacarla por la espalda.
A continuación, la torturadora se inclina aún más sobre su víctima con una mirada arrogante, y pone su mano derecha sobre la cabeza de la ninja.
En consecuencia, el dolor se incrementa al punto que Sakura no puede evitar despedir un desgarrador grito a la vez que cierra sus ojos con fuerza.
"Genjutsu…"
El dolor no es causado por un daño físico… Esto es una ilusión.
La kunoichi lo deduce de inmediato, pero el saber este detalle no la hará sufrir menos en absoluto. A pura base de voluntad, ella intenta recuperar el control del chakra de su cuerpo, para sí poder liberarse del ajeno que la técnica está insuflando en ella para conseguir afectarla.
—Li… Liberación…—Susurra sin éxito.
—Buen intento—Le responde la torturadora con una sonrisa de medio lado. Acto seguido, el contacto de su mano izquierda sobre el cuero cabelludo de Sakura se hace aún más pronunciado.
Y eso es lo que termina causando que la mente de la joven ya no aguante más, y abandone finalmente cualquier contacto con el mundo real.
De repente, y sin saber cómo, Sakura se encuentra a sí misma de regreso en el bosque de la muerte, más específicamente, durante la primera vez que cruzó sus caminos con Orochimaru.
En aquel nuevo plano de existencia, ella vuelve a tener doce años, vuelve a tener el pelo largo, y vuelve a sentirse inundada por el terror ante la visión de aquel monstruo viperino de ojos amarillos.
—Vamos por una segunda vuelta—Se oye el eco de la voz de su torturadora. A continuación, la escena anterior se difumina.
Ahora, otro nuevo escenario toma lugar. Ésta vez, Sakura tiene el pelo corto. Empero, éste está enmarañado y mal cortado, y su cuerpo, aún sin desarrollarse al completo, está sucio y machacado a golpes. En aquella nueva visión, está viviendo de nuevo la primera vez que vio a Sasuke caer ante el sello maldito. Observa una vez más las invasoras marcas negras adueñarse del cuerpo del Uchiha, a la vez que se aterroriza de ver sus ojos rojos inundados de sadismo, de crueldad y de sed por probar su poder sobre la primera víctima que se cruzase en su camino.
Una vez más, la desesperación, la impotencia y el miedo regresan a ella de forma más vívida que nunca.
Sin embargo, la realidad vuelve a deformarse para llevarla a otro momento doloroso de su historia: el momento de la partida del Uchiha. Aquel día en donde la tristeza marcó la dirección que ella tomaría en los siguientes años de su vida.
—No sé qué es lo que estás viviendo… pero todo sería más corto si comenzases a contarnos para quién trabajas, o para qué viniste aquí—La esencia de la torturadora se filtra una vez más en la escena, trayendo con ella más y más dolor para su sobrecargada mente.
Aún así, la rosada sigue sin hacer caso a la voz omnipresente que invade sus recuerdos.
—Entonces, supongo que el dolor será más largo—Se jacta con malicia ante la ausencia de respuesta de su víctima.
De vuelta al mundo real, prisioneros y mercenarios por igual escuchan un grito incesante, que hace eco en la caverna al completo, ya que un nuevo pico de dolor fuerza a la ninja de Konoha a emitir un alarido extendido. Mientras tanto, permanece ajena al hecho de que están trasladando su cuerpo hacia el suelo de la instalación, en donde poder torturarla adecuadamente.
Ahora, está reviviendo aquella vez en la que presenció al Kyubi tomar el control del cuerpo de Naruto. La preocupación, el miedo de ver a su amigo consumido por un monstruo, y la impotencia vuelven a apuñalarla como un millar de estacas en el pecho. Y, gracias a la técnica en la que está sumergida, las sensaciones regresan a torturarla en el presente.
— ¿Aún no hablas? Pues… parece que todavía hay más cosas interesantes que explorar por aquí…
Un segundo alarido precede al siguiente asalto que Sakura recibe en su alma por parte de aquella mujer.
Una nueva emoción se traslada de sus memorias al presente, un miedo distinto… El miedo al futuro, el pánico que la consumió desde que salvó de la muerte a Sasori de la Arena Roja, y el disgusto que sintió hacia sí misma por perdonarle la vida a un monstruo.
Luego, reaparece la sensación de culpa que dominó su mundo cuando comenzó a trabajar con él, como si un peso dentro de ella hiciese presión desde adentro, resquebrajando su vida y la máscara de decencia que a duras penas lograba conservar en aquel momento.
Ahora, las imágenes de las estatuas rotas en el bosque inundan su mente, y luego le sigue la sensación de paranoia, más la desagradable y constante impresión de ser observada por un depredador insano.
Mientras tanto, en la vida real ella termina siendo apresada en una mazmorra escondida detrás de una pared a la altura del suelo. Allí, sus muñecas están sujetas por unos grilletes que cuelgan del muro. Sólo estas cadenas sostienen el peso de su cuerpo, ya que sus pies sólo quedan colgando sobre las frías rocas del suelo. La maestra de la tortura se mantiene de pie frente a ella, con ambas manos cubriendo el rostro de su víctima. Aquel pronto se convertiría un espectáculo aún más macabro, ya que los demás hombres presentes comienzan a echarse suertes acerca de quién la violaría primero luego de que la hicieran confesar.
Los ojos de Sakura están cubiertos de lágrimas, en un fiel reflejo de lo hecho trizas que está su estado mental por el cóctel de emociones dolorosas que la invaden desde los resquicios más oscuros de su memoria.
—Aún no hablas… Eres dura. Puedo admitir eso. Sin embargo, solo es cuestión de escarbar un poco más—Afirma la mujer castaña reforzando su genjutsu.
Los peores momentos que vivió con Sasuke vuelven a proyectarse a modo de imágenes y de forma constante. Y, a cada vez que esto ocurre, la tristeza, la impotencia y la desesperanza regresan de un modo más y más acentuado.
"No eres esa niña estúpida. Sasuke es una promesa que cumplirás."
Puede escuchar la de Konoha entre sus propios alaridos.
Luego de los rechazos constantes del Uchiha, el rugido del Kyubi pasa a dominar su realidad, y por debajo de éste vuelve a escuchar el eco de su propia voz llamándola a la cordura.
"Es sólo un monstruo con el que Naruto ha aprendido a vivir. Con el que aprendiste a vivir."
En un nuevo intercambio de realidades, se ve a sí misma perdonándole la vida a Sasori, e inmediatamente después, el miedo al futuro comienza a corroer su cordura.
"El presente es más entretenido." Vuelve a recordarle aquel rincón de sí misma.
Una multitud de muñecas de arcilla rotas la contemplan desde el bosque. Nuevamente se siente observada por un monstruo.
"Por un artista."
—No… hablaré—Musita una casi moribunda Sakura, con voz ronca y tono desafiante.
La mujer frunce el ceño, enfadada ante la terquedad de su víctima. Acto seguido, aumenta otro nivel más el indescriptible dolor que inflige sobre Sakura, pero esta vez no recibe un grito en respuesta.
La torturadora comienza a sospechar que, después de todo, un genjutsu no sería suficiente para quebrantar a la desafiante, aunque demacrada, mujer que tiene frente a ella. Pero eso no tendría por qué suponer un problema…
—Oigan, muchachos… No tienen por qué esperar a que hable para divertirse con ella. Sólo no le quiten la capacidad de hablar.
Un último recuerdo, un último miedo regresa del pasado para atosigar a la mujer de la Hoja antes de que la tortura dejase de limitarse exclusivamente a su mente: el instante en que su equipo de rescate fue abatido por el marionetista... Los breves segundos en los que temió por sus vidas durante el rescate de la menor de la familia Kimura…
Esta vez, la voz que venía oyendo, la suya propia, es la que afirma el control que aún posee sobre su propia mente.
"Dejarlo vivo fue la decisión correcta. Es un imbécil, pero no un monstruo."
Sentencia el último resquicio de su cordura, con la confianza que ella creía ya no poseer.
"¿Atacarte con tus emociones pasadas? ¿Acaso aún eres la niña que se paraliza por esa clase de cosas? Tienes gente contando contigo en Konoha. ¡Tienes gente contando contigo a tan sólo metros de ti en este momento!"
La kunoichi de la Serpiente, aún incapaz de conseguir un nuevo grito, redobla sus esfuerzos extendiendo el dolor físico que le produce a la médica. Mientras tanto, las callosas manos de tres hombres comienzan a liberar los pechos de Sakura de la ropa que los envuelve, a la vez que se los manosean con lascivia e impaciencia.
Sakura puede sentir como si todo su ser ardiese, como si sus huesos se estuvieran volviendo polvo dentro de su cuerpo… Pero el efecto del jutsu sobre su mente comienza a ser cada vez menor.
"Sasuke es una promesa a cumplir. Naruto es alguien a quien ya no le verás la espalda. Sasori es la decisión que te ha hecho madurar. Tú eres lo suficientemente fuerte para salir de esto… y ellos… Los que están frente a ti… los verdaderos monstruos… ellos…"
—No merecen vivir…—Comienza Sakura en susurros—No merecen vivir… ¡NO MERECEN VIVIR!
Completa en voz alta, en medio de un grito de furia, mientras se libra de sus cadenas haciendo uso de la fuerza que hasta ahora se había visto privada de usar.
Tomando a su torturadora por sorpresa, la enfurecida kunoichi la sujeta de la cabeza con ambas manos, y, casi como si le devolviese el favor, se fuerza a triturarle el cerebro. A diferencia del intento de la ninja de la Serpiente, Sakura sí que logra su cometido. Literalmente.
A continuación, la joven queda de pie, estática sobre el suelo, con ambos brazos bañados en sangre y restos de sesos humanos. Clava una mirada asesina en los tres hombres allí presentes, quienes, aterrorizados ante su sorpresivo despertar, no atinan a alejarse de ella a tiempo.
Una vez que aquella mazmorra queda desprovista de vida, la ninja de Konoha baja su mirada a su propio torso, y observa, sin darle la más mínima importancia, que sus pechos están desnudos, y que sus partes bajas sólo están cubiertas por sus bragas y botas.
"No merecen vivir." Piensa con la misma severidad de antes, mientras se vuelve a acomodar el sostén y la blusa, y toma sus calzas y falda del suelo para vestirse con ellas una vez más.
Inmediatamente después, se acerca a la esquina en la que su equipo está tirado, y recoge lo poco que todavía queda dentro de su porta shuriken. Junto a éste, encuentra también el manojo de llaves que había robado del carcelero. Al menos, no tendría que buscarlas una vez más.
Haciéndose con una bomba de humo, se dedica a observar la puerta que la separa del salón de las celdas.
"Esto tendría que alcanzar."
La puerta se abre con violencia, alertando a todos en la sala principal de que algo ha salido mal. Detrás de ésta, lo único que puede observarse es un denso humo blanco. De aquella neblina, emergen cinco copias de la médica, pero sólo una de estas altera el movimiento de la nube artificial. Por su parte, sólo la mitad de los shinobis contratados por la Serpiente tiene la suficiente experiencia para ver detrás de los clones ilusorios.
Prestando atención a qué enemigos siguieron con la vista a su verdadera yo, la mujer de Konoha consigue identificar quienes de los presentes representan un mayor peligro para ella actualmente.
Al tiempo que sus clones ilusorios hacen que sus enemigos menos experimentados desperdicien sus proyectiles y atención, Sakura se posiciona pegada a una pared, dándole la espalda sólo a las rocas que aún bloquean la vía por la que entró a esta base.
Manteniéndose al nivel del suelo, fuerza a todos aquellos que quieran atacarla a moverse hasta encontrar un camino libre, para que sus proyectiles no dañen a sus aliados. Es eso, o acercarse a combatir cuerpo a cuerpo con ella, situación en la que la violenta mujer podría derrotarlos con mayor facilidad.
Los mercenarios civiles la atacan manteniendo su distancia, pero sus ataques ya son predecibles, y muy simples de esquivar. Los shinobis entrenados como ella, por otro lado, están esperando al momento adecuado para su jugada. Ellos son el verdadero problema. Pero, primero que nada, la rosada debe aliviar la molestia que los civiles le causan antes de poder enfocarse de verdad en aquella división.
Durante el tiempo dentro del humo, ella había tomado de su equipo un pergamino, y, de él, dos bolsas del tamaño de su cabeza. Ahora, las arroja hacia arriba con todas sus fuerzas, y con dos kunais precisos, las abre en medio del vuelo, soltando su contenido en el centro del enorme recinto.
Un sinnúmero de abrojos metálicos comienza a bañar el centro del área de combate. La mujer no tiene planes de transitar por un área tan peligrosa, pero, para todos los que ya están allí, el perímetro se ha vuelto casi inhabitable.
El primer minuto del combate es caótico. Principalmente mercenarios, que sólo poseen entrenamiento marcial civil, son los únicos que la atacan. Por supuesto que su cercanía física es bienvenida, ya que le permiten a la joven un respiro de la, de otro modo incesante, oleada de ataques a distancia.
En el centro de la recámara, los abrojos comienzan a causar heridas en los guerreros menos experimentados, aquellos que no tienen la inteligencia o la práctica de permanecer quietos, o mirar donde están por pisar. Y el hecho de que el cuarto esté a tope de personal de seguridad sólo hace más difícil para ellos el encontrar el espacio para maniobrar sin dañarse los pies.
Finalmente, uno de los shinobis experimentados anuncia con un grito a los presentes la identidad del verdadero asaltante, haciendo de sus copias ilusorias una técnica que ya no le provee ventajas a la rosada.
Ahora, ella se encuentra rodeada de los cuerpos de sus atacantes civiles, con un muro de roca cubriendo sus espadas, y manteniendo su mirada atenta al pequeño ejército frente a ella.
Todo aquel que cree tener un tiro claro comienza a arrojar proyectiles, como saetas y senbons, en dirección a la rosada. Para ella comienza la tarea de esquivarlos, aunque esto ya no es algo nuevo ni difícil. Después de todo, es una médica de combate de Konoha, ha entrenado precisamente para esta clase de situaciones.
A la oleada de filos se suman técnicas de fuego y rayo, pero que tampoco conectan con su objetivo. A medida que pasan los momentos, y los proyectiles errados comienzan a abundar en el suelo, estos se vuelven armamento para la mujer, que puede retornarlos a la masa de gente que se le opone sin dejar de asestarles golpes demoledores con sus brazos y piernas.
Poco a poco, la frecuencia de los ataques en su contra se reduce a medida que los esfuerzos de avasallarla a la distancia prueban ser infructuosos.
—No merecen vivir—Habla para sí misma como en un trance, dedicándose casi ininterrumpidamente a la labor de romper todos los huesos que se encuentran a su alcance.
Los shinobis que hasta ahora se habían privado de atacarla no tardan en deducir, a partir de los fracasos previos, que impactarla con técnicas de largo alcance no parece ser la respuesta correcta a sus problemas. Además, la mujer parece buscar adrede el mantenerse rodeada de enemigos que le sirvan de escudo de carne, para que así aquellas técnicas terminasen dañando a sus propios aliados antes que a ella. Así que son estos ninjas los que deciden cambiar su estrategia, y ordenan a los demás un cese al fuego.
La mujer, sin dejar de curarse, observa como varios de sus oponentes realizan técnicas de clonación, y se dirigen en masa hacia ella. Previendo la posibilidad de que el número de atacantes entrenados sea suficiente para doblegarla, opta por llevar esta batalla en movimiento.
Sakura comienza a correr sobre la pared, asegurándose así de que sus atacantes lleguen a ella en distintos tiempos, para así no tener que enfrentarlos todos a la vez y de derribarlos de tanda en tanda.
Es claro que los shinobis a los que se enfrenta no son más que mercenarios con entrenamiento extra. No existe en ellos verdadera cooperación de equipo, y muchos de ellos prefieren ver a otros morir a manos de su oponente,si creen que esto favorecerá sus posibilidades de sobrevivir a la situación en la que se encuentran.
No importa de qué elemento estuviesen hechas estas imitaciones de vida, ninguna puede resistir los impactos, defensivos u ofensivos, de Sakura sin deshacerse. Cada vez que uno de sus oponentes no se deshace al contacto, es identificado por la mujer como un blanco de prioridad, un ninja real. Sin pensarlo dos veces, ataca sus gargantas con filos, y, si no tiene estos en sus manos, en el instante que identifica a su objetivo se limita a hacer chocar la cabeza de estos contra la pared.
Luego de realizar una vuelta alrededor del salón exclusivamente corriendo por las paredes, la médica decide realizar el resto de sus movimientos en el suelo. Cada momento en que las tropas civiles se entrometen en el combate, es una ayuda más que un inconveniente. Cada espacio de riesgo ocupado por un enemigo lento, y poco capacitado, es una preocupación menos, que le permite enfocar más de su atención en las verdaderas amenazas: los ninjas que, uno a uno, caen en sus redes.
Para el momento que la mujer de Konoha termina de dar la segunda vuelta a la base, un cuarto de las tropas civiles han caído. El espacio que estas ya no ocupan, permite ahora a sus enemigos más temibles maniobrar mejor.
Notando que la avalancha de ninjas se ha detenido, ella suspende su correr para ahorrar su energía.
Ahora, un grupo de tres shinobis, envalentonado por la idea de un oponente agotado, le hacen frente armados con unas herramientas de mediano alcance, que Sakura no había visto con anterioridad.
Estos enemigos ya conocen su efectividad a corto y largo rango. Por lo que limitan su estrategia a atacarla desde una distancia media, en el punto exacto en que ella puede ser herida por sus armas, pero en el que ellos se encuentran a salvo de la temible fuerza de sus brazos.
La pelea se extiende unos momentos más, sin que ningún bando ejerza daño. Simplemente, los cuatro combatientes se mantienen encerrados en una danza que no aparenta tener un fin.
No obstante, esto cambia cuando un cuarto miembro de este equipo de ninjas aprovecha las distracciones de la mujer, y las oportunidades creadas por los otros tres para clavar más filos en sus pies.
De inmediato, los tres combatientes se alejan de ella dejando camino libre para que tres bolas de fuego, provenientes de enemigos hasta ahora inactivos, impacten en la rosada.
Las flamas dan contra la piel de sus dos brazos, que son lo único con lo que llega a cubrirse del sorpresivo impacto. Acto seguido, el fuego es dispersado por la brusca separación de sus dos extremidades afectadas, y de las brasas emerge una oponente malherida, que expone a la vista de todos los presentes la quemada superficie que acaba de utilizar por escudo.
Inmediatamente después al impacto de la técnica, sus brazos chamuscados se encienden de verde, y comienzan a regenerarse. Ignorando el dolor, toma los senbons clavados en sus pies y los arroja a un lado.
Ebria de combate, dolor y adrenalina, se abalanza sobre el trío que hace segundos estaba tras ella. Un público cada vez más aterrado observa como el brillo verde de sus manos se torna azul, al tiempo que estas atraviesan los torsos del equipo de ninjas que, hace instantes, parecía enfrentarse a ella en igualdad de condiciones. El bisturí de chakra se abre paso en la carne, bañando a la monstruosa dama con el rojo que pronto teñiría toda la cueva.
Contra todo pronóstico, la kunoichi da un gran salto hasta caer en el centro de la recámara. Esquiva los abrojos de acero, asegurándose de sólo pisar el suelo con un colchón de cuerpos, vivos o muertos, entre el piso y sus pies. Luego, comienza a combatir exclusivamente cuerpo a cuerpo con todo aquel que tenga a rango.
En este punto del combate, la presencia de Sakura en la base ya no es la de una invasora o una enemiga, sino la de una fuerza desquiciada, aparentemente enfocada sólo en la meta de extinguir la vida de todos en esta caverna a base de puñetazos y patadas.
—No merecen vivir—Vuelve a sentenciar.
Los sentidos de Sakura están alerta como nunca lo estuvieron en su vida. En este momento, lo único que existe en su mente es el instinto de supervivencia, la memoria de sus músculos, y el odio hacia aquellos que se interponen en su camino. De vez en cuando, se ve obligada a recibir impactos en sus extremidades para proteger sus órganos, pero está poniendo todo de sí para mantener una regeneración constante en ellos.
Una seguidilla de jutsus de trueno son esquivados por la mujer, pero estos son sólo una distracción. El ataque combinado de viento y fuego resulta ser la verdadera contraofensiva, y a ella no le queda de otra que bloquearlo con sus brazos. No siendo este ataque suficiente para sobreponerse a su regeneración celular, un oponente se acerca luego del asedio blandiendo dos espadas, que son también recibidas por su brazo izquierdo.
Los últimos cincuenta supervivientes de la carnicería observan ese momento como en cámara lenta: el instante en que la carne del monstruo al que se enfrentan comienza a crecer alrededor del metal.
—No merecen vivir.
El resto del combate transcurre en una orgía de sangre, pánico y técnicas de distinto tipo. Una buena parte de los supervivientes, creyendo a su atacante indestructible, renuncia al combate y procura escapar. No obstante, estos intentos sólo sirven para darle la espalda a la aterradora mujer, que de inmediato los identifica como presas y hunde devastadores golpes en sus comunas vertebrales.
Por otro lado, las técnicas de aquellos que aún se le enfrentan, sin lugar a dudas infringen daños importantes en la mujer. Pero nunca en un área letal. Ella es demasiado cuidadosa. El aparente caos de la pelea es ya un baile instintivo en el que cada proyectil, técnica y golpe es esquivado, desviado o recibido en un área no letal.
A todo esto, la piel, y buena parte del musculo de sus brazos, cayeron y fueron reconstruidas en más ocasiones de las que nadie presente pudo contar.
—No merecen vivir.
Luego de casi dos horas de combate, la única superviviente se encuentra sola, cubierta de sangre y rodeada de un mar de tanta muerte, que es imposible distinguir dónde termina un cadáver y comienza el otro. Mientras tanto, es continuamente observada por una multitud de espectadores cautivos, que, aterrados, contemplan su figura como si estuviesen mirando al mismísimo demonio.
Sus brazos se encuentran magullados, apenas funcionales, y no tiene ni de cerca la energía para retornarlos a un estado de salud total.
De este modo, Sakura es consciente de que con este nivel de agotamiento a cuestas no podrá mantenerse de pie por mucho más tiempo. Pero sabe que aún hay algo más que debe hacer.
Cojeando y moviéndose cada vez más lento, esquiva la gran marejada de cadáveres regados por el suelo, y avanza con dificultad hacia la celda que está ubicada frente al inicio de la saliente de piedra. Una vez frente a la prisión, extiende el manojo de llaves por entre los barrotes.
—Abriré la salida. Libera a los demás…—Pausa un momento para toser un poco de sangre—Hice unas marcas en forma de cruz en los túneles, que los guiarán a la superficie. Por si acaso, lleven antorchas con ustedes.
Los tres hombres aterrorizados, acurrucados en el fondo de la celda, dudan por varios segundos sobre si acercarse a la ensangrentada aparición allá afuera. No obstante, el llamado a su libertad les puede más que el miedo.
—Hay un río en un kilometro al sureste, y una ciudad río arriba. Busquen ayuda allí—Finaliza la casi afónica joven, y, dejándoles el trabajo de rescate a ellos, se aleja hacia la entrada a la caverna, todavía recubierta de piedras.
Haciendo uso de sus últimas fuerzas, Sakura libera el camino de obstáculos. Acto seguido, jadeando profundamente por todo el esfuerzo y el dolor presente en sus articulaciones, se sienta sobre una roca al costado de la abertura recién formada, y termina perdiendo el conocimiento allí mismo.
No mucho después de eso, una mujer, de una edad no tan distante a la propia, la mece con cuidado de un hombro para despertarla.
— ¡Estas viva! ¡Gracias a los dioses! ¡Sabía que ellos estaban equivocados! ¡Sabía que no estabas muerta!—Exclama al verla volver en sí.
La voz es familiar para Sakura, demasiado familiar. No obstante, tiene que parpadear varias veces para poder aclarar su visión y finalmente reconocer a la desconocida.
— ¿Qué haces aquí? —Pregunta la ninja con un dejo de perplejidad, viendo que ellas dos parecen ser las últimas personas vivas en el recinto—Deberías irte.
La joven, de pelo largo y enmarañado, y rostro sucio e hinchado por alguna brutal paliza acometida contra su persona, no puede evitar largarse a llorar de pura alegría ante el despertar de Sakura.
—Te conozco—Musita entre sollozos mientras ayuda a la rosada a incorporarse una vez más—Eras la nueva prostituta que entró conmigo y las demás al viejo edificio de Hanazono. Me has salvado dos veces…
—No sé de lo que hablas—Contesta la de Konoha, reprimiendo un gemido de dolor al bajar de la piedra. No sabe cuánto tiempo pasó dormida, pero puede sentir como un poco de energía ha vuelto a su cuerpo en ese lapso—Ve… no dejes que te capturen de nuevo. Y no te preocupes por mí. Hay medicina en este sitio, suficiente para que alguien como yo sobreviva.
Sakura le ordena autoritaria, todavía con demasiada adrenalina en el cuerpo como para conmoverse ante la lastimera visión de aquella mujer. Para su satisfacción, obtiene un asentimiento de la agradecida muchacha.
Mientras la prostituta escapa de la cueva, la médica realiza el camino inverso, comenzando a moverse entre el suelo tapizado de sus víctimas, hasta que llega a un arcón cerrado, que reposa junto a los restos de una de las tiendas de campaña de la cruz roja.
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Los dos artistas se acercan a paso apresurado a la caverna señalada en el mapa de Sai. Estando ya tan cerca de su objetivo cuando el atardecer finalmente los alcanza, optan por finalizar con el camino durante esa misma noche.
Más temprano que tarde, el ruido de voces humanas en medio del bosque los alerta sobre la posibilidad de encontrarse con miembros de la Serpiente. Si bien esto es algo que no han descartado al acercarse hacia aquel perímetro, se sorprenden al notar que estas voces no pertenecen a mercenarios de la organización. Una investigación rápida los hace llegar a la realización de que las conversaciones que escuchan provienen de civiles. Y, cuando finalmente se topan con la entrada de la base, notan que son civiles en un estado de salud deplorable.
Aquella muchedumbre enfermiza ascendiendo al bosque desde las profundidades de la cueva, sólo puede significar que Sakura ha atacado la base recientemente. Quizá, el combate todavía persiste dentro de la caverna…
La posibilidad de que ella haya caído ante las heridas de combate, más la idea de que haya sido capturada para ser interrogada...
No es difícil de imaginar para ellos que la médica de Konoha pudiese inutilizar la base antes de caer. La Serpiente estaría más que dispuesta a sacrificar una porción de su territorio con tal de obtener información sobre sus enemigos.
El miedo ante la posibilidad de haber llegado tarde por tan sólo instantes consume al marionetista, quien, ignorando la presencia de los debiluchos testigos, acelera su paso para hacer el proceso inverso a los prisioneros y aventurarse en la oscuridad bajo tierra. El dibujante lo imita en silencio, siguiéndolo tan solo unos pasos atrás.
Ambos descienden a las profundidades de la formación natural, siguiendo al pie de la letra las instrucciones que recibieron de su red de espías. En un primer momento, los pasillos de roca, que se van desplegando ante su avance, parecerían idénticos el uno al otro de no ser por las marcas en forma de cruz que la piedra exhibe.
Luego de un recorrido sinuoso y tedioso para los artistas, una luz se presenta al final del último pasillo, y, junto con ella, se hace presente un aroma cobrizo. Acto seguido, la ausencia absoluta de sonido allí adelante se anuncia ante los ninjas como una tortuosa incógnita.
Los dos hombres atraviesan los restos de puerta, que yacen al costado de un hueco abierto en la piedra a base de fuerza bruta, y se encuentran con un escenario salido del mismísimo infierno.
Un sinnúmero de cadáveres cubre el suelo y una saliente de piedra, mientras que el líquido vital de los combatientes está regado por todo el escenario, tiñendo la roca de su color distintivo.
La tenue luz de las antorchas les hace temer por un momento que Sakura pueda llegar a ser uno de estos cuerpos, pero también existe la chance de que haya sido capturada durante el combate, y que por eso ya no se encuentre en la base. Quizá, se encuentra malherida, escondida entre los civiles que pasaron por alto en la superficie de esta base.
Las posibilidades son demasiadas, y la pregunta exige una respuesta inmediata en un cada vez más preocupado Sasori.
El ANBU de la Raíz toma un camino por la planta baja, y comienza a moverse entre los cadáveres del suelo, mientras que el artista de lo eterno sube por la saliente para obtener un mejor panorama del baño de sangre.
Desde arriba, su linterna le permite observar un mar de cadáveres desperdigados por el suelo, entre cajas, estantes y tiendas militares desarmadas y ensangrentadas.
Empero, un movimiento muy peculiar termina llamando la atención de Sasori: un torso que se mueve al ritmo de una respiración leve. De repente, el hombre siente a su corazón saltearse latidos cuando reconoce la silueta manchada de rojo de la mujer que ama. Ella está allí, en medio de la masacre, y recostada boca abajo sobre un arcón abierto.
Sin perder un segundo, el marionetista regresa a tierra firme con un salto en picada. Una vez que puede ver la escena más de cerca, nota que aquel alijo que sostiene a la inconsciente kunoichi parece ser un suministro de medicinas.
El miedo a perderla que siente en este momento sólo es rivalizado por aquella ocasión en la que creyó que su muerte era algo inminente.
—Si respira, puede sanar. Si respira, puede sanar—Se dice a sí mismo consumido por la preocupación, en un patético intento vano de aliviar su alterado estado mental.
En un acto instintivo, la toma por el estómago, y la acomoda en sus brazos para luego arrodillarse en el suelo adjunto al arcón, manteniendo a la joven recostada boca arriba sobre su brazo izquierdo. Acto seguido, apoya su mano derecha en el hombro de la joven y la mece ligeramente, repitiendo su nombre en voz baja.
Ahora que puede observar el estado de su amada en lujo de detalles, ve que sus brazos son una sola llaga rojiza y desollada. Además, su ropa está plagada de cortes, y la totalidad de su cuerpo está manchado de sangre.
La simple imagen se le hace insoportable. A pesar de que bien sabe que las chances de su supervivencia actual no merecen tanta alarma, el verla así, y el pensar en su dolor, lo priva del uso de la razón.
Por su lado, la mujer no responde de inmediato al contacto con el marionetista. Este último, actuando ya por pura inercia, enfoca su vista en el alijo de medicinas en busca de cualquier cosa que pueda ayudarla a volver en sí.
El dibujante se acerca a toda prisa a ellos, llegando a la escena justo cuando Sakura consigue recuperar momentáneamente la lucidez.
—Sasori… Sai…—Habla la mujer entre susurros, produciendo en el pelirrojo un dejo de alivio.
—Guarda tus fuerzas—Le pide el dibujante con una sonrisa de genuina alegría al encontrarla viva.
—Hay una botica sobre la calle principal que lleva desde el muelle al centro… Tiene las vidrieras dibujadas con flores…—Comienza a informarles la rosada en un tono un poco más vivo—El anciano que trabaja allí es parte de la Serpiente, y el hombre que trabaja en la caseta del puerto también... Cuando los prisioneros lleguen a la ciudad, ellos escaparán…
Sakura habla aún incapaz de remover la misión de su mente.
—Voy por ellos—Responde el ANBU de la Raíz al instante de ser informado. No duda en respetar la decisión de su compañera. Después de ver los resultados de lo que acaba de hacer allí, sólo puede reconocer que es correcto obedecer su criterio.
—Necesitas ayuda—Habla el renegado sin dejar de sostener su espalda, ignorando las palabras de Sakura al tiempo que busca vendas y analgésicos en el arcón.
—Tienes que ayudar a los prisioneros—Dice la joven al artista de lo eterno—Aún hay miembros de la Serpiente en la orilla del río. No todos los prisioneros podrán pasar sin ser detectados…
—Yo me dirigiré a la ciudad—Afirma el pálido artista, hablándole ahora al titiritero—Te dejo la ribera a ti.
Consumido por sus emociones, el ex Akatsuki no atiende a las últimas palabras que Sai le expresa antes de retirarse. Él puede reconocer la voz de la mujer y el significado de lo que le dice, pero, en este momento, el contenido de sus frases no le importa.
Finalmente, el pelirrojo encuentra una jeringa con estimulantes para mantenerla despierta, mostrándosela a la débil y herida muchacha en sus brazos.
— ¡Ve a ayudar a los prisioneros! —Le ordena Sakura con un grito al verse ignorada.
Sin embargo, las palabras siguen sin tener efecto alguno. En la mente Sasori solo existe una meta, y esta es garantizar la salud de la joven frente a él.
La deja reposando un momento sobre el suelo para así poder tomarla de un brazo, al tiempo que busca una vena en la que inyectar el contenido de la jeringa. Empero, para su frustración, no puede encontrar ninguna marca que le permita identificar alguna vía sanguínea, ya que no hay nada en la apariencia de su brazo que resemble una extremidad humana.
— ¡Que me dejes aquí, grandísimo imbécil! —Vuelve a gritarle la mujer, mientras el alterado hombre frente a ella sigue buscando, sin éxito, un punto en donde inyectarla.
Nuevamente, no obtiene respuesta por parte de él. Enfurecida ya por la situación, y aún alterada por la adrenalina del reciente combate, utiliza la poca energía que le queda en sus extremidades para arrebatarle la aguja y proporcionarse a sí misma la dosis de drogas que necesita.
Aprovechando este segundo aire, Sakura se incorpora hasta quedar parada, y empuja al marionetista con su pie, apartándolo hacia atrás con brusquedad.
—Puedo con esto—Afirma con una voz cargada de enojo, que finalmente logra penetrar el terco estado mental de Sasori—Así que deja de ignorarme y ve con los prisioneros. ¿Soy clara?
Sasori la observa desde el suelo, erguida, malherida, cargando consigo las huellas de un combate extenso, con el dolor marcado en el rostro, y con la determinación reluciendo en su voz. No ve en ella alguien que necesite de su ayuda, sino la voluntad que cambió su forma de ver el mundo. Ve en ella una persona a la que no está escuchando cuando debería.
Pero, lo más importante de todo, ve a una persona que está al borde de odiarlo.
—Entiendo…—Accede resignado—Te buscaré en la puerta de la caverna en dos horas.
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Notas de autores: Irónicamente, escribir un capitulo que pone énfasis en el agotamiento y el cansancio, es una tarea considerablemente agotadora.
Ahora, fuera de chiste, esta es la clase de escenas que Sakura hubiese merecido como co-protagonista del manga en que aparece. Una pena su desperdicio en la obra original, espero que historias como esta la rediman aunque sea un poco.
