Antes de la tormenta.


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La vida de Hiromu dio un cambio radical en los últimos meses. Ya no necesita emprender viajes largos, y obligados, para mantener a su familia, ahora se le ha dado la oportunidad de poder convivir con ella sin temer por su seguridad. Hace unos años, cuando tenia otros empleadores, este tipo de lujo sería inimaginable como parte de su futuro.

Pese a que, en un primer momento, se vio obligado a prestar sus servicios a un nuevo maestro, día tras día el panorama va aclarando la naturaleza de su nueva realidad, hasta el punto en que hoy considera que esa fue la mejor decisión que jamás pudo haber tomado para asegurar su supervivencia, más la de su esposa e hija.

Antes era un investigador, un especialista empleado para fabricar una pesadilla que pudiera ser portada dentro de un tubo de ensayo o aguja. Hoy, es el médico más sabio que opera en un pueblo pequeño, y casi sin nombre. Ya no pasa sus días manufacturando muerte, ahora se dedica a mejorar la calidad de vida de sus congéneres.

Si bien todo lo anterior es cierto… si bien puede de vez en cuando dormir en paz sabiendo que tiene una vida distinta... Es una mentira… es una máscara.

Su vida es indiscutiblemente mejor que ayer, pero, en el fondo, sigue siendo la misma cosa. Sus mismos pacientes se lo recuerdan cada vez que acuden al hospital: un buen numero de ellos hombres y mujeres de nueve dedos. Hombres y mujeres como él. Empleados del ANBU pálido de Konoha. Contactos. Espías.

Además, en la misma casa en la que su esposa e hija viven, coexisten compartimentos secretos en donde resguarda y cuida mensajes que tiene prohibido leer, y de los cuales sólo puede deshacerse en la manera y momento que se le instruye.

Es verdad, su nuevo jefe le permite vivir con ellas, y nunca las amenazó de manera directa, pero Hiromu no se engaña a sí mismo… tiene esta vida porque es un recurso útil, porque obedece. Y el dia que le digan que construya un arma, tendrá que hacerlo, porque si se resiste, el monstruo que masacró a cada uno de sus compañeros en su anterior trabajo golpearía pronto a su puerta.

No necesita que su empleador se lo diga, es un buen detalle que no lo haga, pero uno innecesario.

Mientras su esposa y él están comenzando un nuevo día, sentados a la mesa y disfrutando de un desayuno compuesto de huevos fritos, pan tostado y té de manzana y canela, la infame imagen de Sasori de la Arena Roja, bañado en sangre y hollín, intentando matarlo junto al resto de sus compañeros le turba los pensamientos por un instante.

"Debe ser ese servicio militar obligatorio que tienen en las aldeas ninjas lo que hace que sujetos como él se vuelvan tan... bestiales… tan sanguinarios…" Piensa con la piel de gallina bajo la camisa, más un nudo en la boca del estómago.

"Escuché rumores de que algunos se recibieron de la academia con cinco o seis años… y otros que a los ocho ya eran mandados a misiones de asesinato peligrosas… De hecho, en la Aldea de la Niebla hasta hace poco era reglamentario que los estudiantes se mataran entre sí para poder graduarse... y esas son sólo las cosas que nos dejan saber."

Con unos antecedentes así de duros, la verdad que no le extraña que haya tipos tan peligrosos como ese sueltos por ahí, cuando desde pequeños se los prepara para ser meras herramientas de asesinato al precio del mejor postor.

De repente, el rostro plácido de su hija reemplaza al del monstruo que casi lo mata.

Su pequeña Aiko, de cabello castaño cobrizo como su madre, rostro en forma de corazón y sonrisa blanca y alegre, con el gracioso hueco dejado por el incisivo lateral de leche que hace una semana atrás se le había caído, tiene escuela hoy.

Hace un rato, Hiromu había subido a su habitación para despertarla para que se les uniera en el desayuno, pero la paz y la serenidad que irradiaba su semblante lo hizo desistir de inmediato, y decidió dejarla dormir un poco más.

"Aiko sólo tiene nueve años… pronto cumplirá los diez… Es una niña sana y feliz, que ama los gatitos y jugar a atrapar mariposas."

Intenta imaginar cómo sería su hija si hubiese nacido en una de esas aldeas, y tuviese que enlistarse en una de esas academias al igual que los hijos de otros ninjas… Intenta imaginarse cómo sería hoy en día: lánguida y apagada, con la inocencia perdida, las manos manchadas de sangre y sin más sentido de la vida que servir de peón a un gran señor… y la idea lo enfurece y repugna de inmediato.

"No puedo… no mi hija… ni ninguna otra... No puedo aceptar con la conciencia limpia que un niño tenga que padecer por esas cosas."

Por otro lado… no puede negar que, incluso sin ser ninja, su propia posición no es mucho mejor que esa realidad que su imaginación se esfuerza por construir.

Él mismo es, y ha sido siempre un recurso en los planes de otros… al punto en el que es el único trabajo que conoce.

"Después de todo, la vida aquí afuera tampoco es mucho mejor" Reflexiona al tiempo que mordisquea una rebanada de pan tostado con mantequilla.

Basta con mirar el sitio al que su empleador lo asignó. Es demasiado pequeño como para tener un hospital. En su lugar, existe un edificio pequeño, entre los más pequeños del poblado, compuesto de un baño y una sala principal. Sala en la que se encuentra la única camilla del lugar, un par de sillas y un gran placard, originalmente destinado para guardar ropa, que le sirve de casillero para acomodar unas pertenencias. Es sin duda un sitio humilde, para una población igual de humilde, pero, en las manos adecuadas, es suficiente para prestar gran parte de los servicios que la gente requiere.

Pese a eso, los habitantes de este pueblo matarían por tener al menos una pizca del servicio médico de primera que seguramente opera en la mismísima Konoha. Muchos de ellos ni siquiera tienen un plan de vacunación completo, sin mencionar que hay varios antecedentes de muerte, tanto infantil como adulta, por viruelas y cólera desde hace varias generaciones.

La pobreza de los recursos y la insalubridad que Hiromu presenció en todos sus años de trabajo, quizá se compare a las altas tasas de mortalidad infantil que deben esconder todas esas aldeas.

Entre que muchos terminan en este negocio para no morir de hambre, y que los niños bien alimentados de las aldeas ninja no tienen otra opción de vida más que intentar sobrevivir sirviendo a quien pueda y quiera pagarles… ¿Quién es el que se beneficia de este sistema tan ruin?

"Algunos señores feudales, y quizá algunas familias en las aldeas" Finaliza con un dejo de amargura que la dulzura del té no puede borrar del todo.

Luego del desayuno, el médico se despide de su mujer y abandona su hogar para dirigirse a pie hacia su trabajo.

En lo que la calle de tierra guía sus pasos, Hiromu sacude su cabeza intentando dejar de ser tan cínico. Esa actitud no es propia de un hombre, y no lo ayudará a hacer frente a la realidad que cada día llama a su consultorio.

"Fueron mis acciones las que me llevaron a esta situación. Yo fui quien se enlazó a la Serpiente haciendo la vista gorda a sus crímenes, en vez de averiguar exactamente en dónde me estaba metiendo."

Quiere creer que él no fue el único que ingresó a trabajar para organizaciones de este tipo a causa de necesidad y falta de perspectiva. Se sentiría menos idiota si ese fuera el caso.

Cuando su salario como médico generalista dejó de alcanzar para llegar a fin de mes, y cuando Aiko aún estaba en el vientre de su madre, el hombre tuvo que arreglárselas para crear una nueva fuente de ingresos. Lo primero que hizo fue vender narcóticos, y luego comenzó a crear los propios… aunque, para proteger a su familia de su nuevo negocio, fue necesario conseguir un distribuidor para su mercancía, alguien que ponga una distancia entre lo que crea y aquellos que lo consumen. Por un tiempo, creyó que la Serpiente era solo eso, un distribuidor de mercancías delicadas.

Cuando estos distribuidores le pidieron que usara sus conocimientos para sintetizar otras sustancias, en vez de preguntarse por qué necesitaban esta clase de talentos, preguntó qué estaban dispuestos a pagar.

Más temprano que tarde, supo demasiado como para que se le permitiera salirse de la operación… Preso de su ambición, y de lo que sabía, se vio en necesidad de un milagro para escapar… y, si aquello que vio en la base subterránea es lo que los dioses llaman milagro, los dioses tienen un macabro sentido del humor.

La relación con su nuevo empleador es… pues, sí… igual de involuntaria que la que tuvo con el anterior, pero, y es un gran pero, es mucho mejor.

Su empleo actual, y las condiciones en las que lo cumple, es quizá lo mejor que le puede pasar a un hombre que ha cometido los errores que identifican su vida.

El ninja pálido, y quienes sean que controlan la organización de hombres de nueve dedos, parece preferir pagar primero con dinero y favores que con intimidación y control. La violencia y las amenazas sólo están reservadas para aquellos que incumplen los términos… Para aquellos que, como él, vieron al hombre, o más bien la criatura encargada de llevar a cabo esas amenazas…

Mejor no profundizar en eso de nuevo. Su esposa e hija lo ven todos los días. No pasan hambre, ni frío, ni enfermedad. Mucho menos temen por cuándo será la próxima vez que lo vean.

Dadas las circunstancias, atender heridos y transmitir mensajes sin hacer preguntas es poco pedir.

Hablando de esto… y casi como de costumbre… el primer paciente del dia es un hombre delgado y pecoso de unos veintiocho años, y de mano mutilada.

A primera vista, muestra ningún trauma en sus músculos y huesos, ni tampoco reporta haber sido afectado por algún tipo de veneno. Sus síntomas sólo son una fuerte fiebre, un silbido en sus pulmones y una cantidad de flema espesa que guía su diagnóstico hacia la neumonía.

Le pregunta por el clima al que se enfrentó en sus viajes, confirmando casi por completo sus sospechas. A continuación, le pone una inyección y por último le entrega unos antibióticos de vía oral de su cajón cerrado con llave, el sitio en la guardia donde almacena sus materiales de trabajo.

—Te cuidarás de la manera en la que te digo. Tomarás una de estas cada ocho horas, hasta que se termine el frasco, y luego le dirás a tus superiores que tienen que me tienen que suplir de más suministros si esperan que pueda seguir trabajando.

El paciente asiente y presta atención a las palabras de Hiromu antes de retirarse del edificio, para probablemente no volver a ver a este médico otra vez en su vida.

Es una buena señal que en muy raras ocasiones haya atendido a un miembro de la organización con heridas de combate. La mayoría vienen con enfermedades relacionadas al ejercicio físico, la exposición al fuego o al rayo, la falta de defensas contra patógenos de tierras lejanas…e incluso vejez… así que es algo que le da buena espina.

Una red que se dedica a este tipo de actividades pseudo legales, y que cuida a sus miembros cuando la edad comienza a hacer mella en ellos, es algo que no imaginaba posible antes de trabajar para el pálido.

Por otra parte, lo más agradable de sus horas en la guardia médica siempre es atender a la población local. Al jamás haber tenido en su pueblo un acceso a atención médica verdaderamente formada, los hombres y mujeres de allí lo recibieron como si fuese un enviado del mismísimo cielo.

Según las historias de sus pacientes, antes de su llegada, cualquier enfermedad más grave que un catarro era muchas veces atendida por curanderos y chamanes locales, y otras veces era necesario viajar kilómetros en un arado modificado para funcionar como carreta.

No le cabe duda que aquí existen más hombres como él: empleados aparentemente comunes que trabajan para la comunidad de máscara para afuera, pero esperando sus órdenes, y rezando que nunca lleguen aquellas que les interrumpan la pacífica vida que en este pueblo tienen.

Entre pacientes "especiales" y pacientes civiles, cada tanto llegan los mensajeros, y todos sin excepción lo saludan con un canto predeterminado que debe reconocer de una lista que tuvo que aprender de memoria. Cada canto que oiga merece una respuesta adecuada..

Si lo saludan tomándole la mano derecha con dos manos, y preguntando por el clima, Hiromu tiene que contestar con una oración que termine en "Si Dios lo desea."

Si le preguntan por "Alguna medicina para el abuelo de mi mujer, que está pasando por un mal momento", tiene que recomendar "un té de manzanilla y un ungüento de hierbas del sur"

Al responder correctamente, siempre recibe dos papeles. El primero es para leer por la noche a la luz de las velas. Lo que hay ahí escrito sólo son las instrucciones de qué hacer con el segundo mensaje. Este último es el que no debe leer bajo ninguna circunstancia, y ese segundo es el que debe resguardar bajo llave.

Por las tardes, mientras su mujer aprovecha para tejer o adelantar tareas, como fabricar mermeladas caseras y pan de semillas de chía que luego vende a los lugareños, Hiromu dedica unas horas a ayudar a su hija con sus deberes la esperanza de que algun dia, llegada su adultez, Aiko tenga las herramientas para decidir más que sólo con quien casarse.

Esa noche, como en tantas otras, mientras la niña descansa en su cama y su esposa está duchándose, dedica su último momento a solas para leer las instrucciones que le llegaron junto a los mensajes del día de la fecha.

Luego de esto, esconde los pergaminos en distintos escondrijos de la sala de estar, dependiendo siempre de su destinatario y fecha de entrega, antes de retirarse a sus aposentos. Tener que esconder estos mensajes bajo el mismo techo que cobija a su familia no es algo que lo alegre, pero es una de las condiciones de su nuevo trabajo, y puede comprender que el ninja pálido considere que esconder la información es tan importante como para hacerlo cerca de los seres queridos de su intermediario…

El cuarentón Insiste en recordar que no debe enfocarse en eso… El joven de Konoha es un buen empleador… sólo tiene que asegurarse la lealtad de sus subordinados como cualquier otro en el negocio.

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Otro día más transcurre para el químico de los nueve dedos. Tras tomar con cierta prisa un té de limón, más unos bizcochos de salvado y mermelada de frambuesa, preparados por su esposa, sale de su hogar para llegar a la guardia como todas las mañanas.

Como de costumbre, es cuestión de pocos minutos, desde que abre la puerta de su pequeño consultorio, para que el primer empleado del joven ANBU de la tinta venga a recibir su asistencia. Es bueno que lleguen temprano y antes que nadie, el no tener que dar explicaciones a los locales facilita el dia.

A eso de las nueve y diez, cuando despide en la puerta al segundo de sus pacientes, se decide por dejarla abierta un momento para husmear con discreción el tránsito que acontece tras ella.

Desde hace un rato que puede escuchar en la calle las voces difuminadas y excitadas de los vecinos, así como sus pasos acelerados corriendo de aquí para allá.

Por inercia, Hiromu rememora sus conversaciones pasadas buscando alguna explicación para todo este revuelo.

Su esposa balbuceó anoche sobre que alguien reconocido visitaría el pueblo hoy. Su hábito de hablarle desde la ducha es uno que siempre se presta a que se pierdan palabras. Tampoco ayuda que al tiempo que ella se ducha, él está en otro cuarto atendiendo a los mensajes que deber reenviar como parte de su trabajo.

Cuando el aprendiz del tintorero que trabaja a dos manzanas de su hogar pasa lo suficientemente cerca de él, Hiromu decide pararlo y obtener un por qué de la situación de una manera más directa.

—Una caravana de la nobleza del norte está de viaje por los poblados de la región. Hace poco vinieron noticias del Roble Quebrado de que se dirigía hacia aquí. Las lavanderas y los comerciantes acaban de correr la voz de que ya llegó—le contesta el joven aprendiz, sin poder contener su entusiasmo ante el prospecto de tener su primer contacto con quienes gobiernan estas tierras, antes de proseguir su camino.

La posada del Roble Quebrado está a un costado de la ruta, un poco lejos del pueblo, ya que es una de las que suelen prestar cobijo a los carromatos de mercaderes y grandes señores que viajan por estas tierras. Siempre que un acontecimiento grande se hace presente en los alrededores, sea bueno o malo, los posaderos son los primeros en advertir la noticia.

Sea quien sea el funcionario que los visita hoy, debe gozar de muy buena reputación para que las gentes de la comunidad se vean tan animadas y preparándose para presentarse de la mejor manera ante él o ella. Al químico nunca le interesó demasiado la política y sus internas, pero aún así le nace la sana intención de ir a asistir a los vecinos con la limpieza de las calles, y los preparativos en la plaza municipal y sus comercios aledaños, aunque conoce de antemano el tipo de respuestas que obtendrá: "Su puesto es la guardia médica." y, "¿Que se pensaría de un pueblo en el que su sanador deja su puesto sin cuidado?"

No es que existiesen tantas emergencias, más bien es la rígida y anticuada manera en la que las responsabilidades son entendidas por aquí; así que opta por no prestar atención a su impulso altruista y vuelve a encerrarse dentro de la guardia.

La mañana y gran parte de la tarde se extinguieron sin mayores eventos. Como Hiromu esperaba, la novedad de la visita mantuvo al pueblo ocupado y lejos de la guardia, incluso a aquellos que deben presentarse el dia de hoy para sus chequeos.

Mientras ellos se toman el día libre allá afuera para celebrar, la soledad y el aburrimiento invaden su centro de atención hasta eso de las seis y media de la tarde. Cuando el hombre no hacía más que esperar sentado en su escritorio, contando los minutos para poder regresar a casa, el lejano bullicio del exterior poco a poco se va acercando hasta que termina en la fachada de su puesto de trabajo.

"¿Un político que se acerca a ver el estado de la única guardia médica de pueblo?" Se pregunta dudando de si esto no es un sueño.

—Supongo que hay una primera vez para todo—resuelve en voz alta, poniéndose en pie y acercándose a la puerta con genuina curiosidad.

—Hagan espacio. El señor quiere hacer un chequeo a su salud. El viaje parece haberlo afectado—se escucha una voz grave por detrás del umbral.

"Probablemente un guardaespaldas."

Al abrir la puerta para encontrarse con su destino, lo primero con lo que se topa es un hombre pálido y de pelo corto color arena que, a juzgar por las patas de gallo que asoman en sus afiladas facciones, y por las discretas canas que se dejan entrever en su cabello, roza sus cincuenta años. Su postura erguida, y su figura fuerte, alta y fornida le otorgan un porte imponente y bien distinguido; pero, sin lugar a dudas, lo que más destaca de él a primera vista son sus ojos de halcón, claros, de un gris frío y tan transparente que recuerda al cristal. Por otra parte, su vestimenta sólo realza la pulcritud de su imagen, a la vez que designa la alcurnia de su linaje: un chaleco suave y negro con ribetes de oro, y debajo una camisa blanca y rayada de mangas bordadas de rosas, unos pantalones lisos a juego con su chaleco, unas botas de cuero de cervatillo y una túnica de algodón elegante con capucha que le sirve de capa y abrigo ante la polvorienta brisa crepuscular.

—Buenos días, doctor—le saluda el apuesto dignatario con una sonrisa cálida, mientras le toma la mano con un apretón cargado de virilidad.

—Buenos días, mi señor...—tartamudea obnubilado con la majestuosidad de su presencia.

—Hanazono—se presenta con la dulzura de la miel—. Akira Hanazono.

El químico reconoce el nombre de inmediato, y se paraliza al identificar a la cabeza de una de las familias más influyentes de todo el país del Fuego.

—Sr Hanazono, pase por favor—lo invita haciéndose a un lado al tiempo que emite una torpe reverencia.

El noble asiente dedicándoles una sonrisa de complicidad a los cuatro grandulones que se trajo como guardaespaldas. Éstos responden al gesto comenzando a dispersar la multitud que los siguió hasta allí. Hanazono les asiste sin palabras al voltearse a sus admiradores para despedirlos con una sonrisa radiante, más un saludo de su mano. Como último gesto, les promete gran un banquete público esta noche, auspiciado por la comitiva de cocineros y otros nobles que se trajo en su viaje, y luego se aventura a solas dentro de la guardia de Hiromu.

—Tome asiento—le indica el anfitrión cuando lo guía hasta su escritorio—. ¿Qué lo trae a mi humilde morada?

Hanazono mantiene su sonrisa afable sin que se le mueva un músculo de la cara.

— ¿A este pueblo? La responsabilidad de un gobernante de conocer a su gente y lo que pasa en este—responde con un tono tan distinguido y calmo como sus facciones— … Y particularmente a ti… la necesidad de realizarme un nuevo chequeo médico. Las criadas y el resto de mi corte siempre me dicen que me mantengo bien para mi edad, pero la verdad es que ni siquiera mi salud es inmune al paso del tiempo.

—Entonces, será un chequeo estándar para usted, mi señor—asiente Hiromu mientras busca el estetoscopio en su cajón.—Por favor, quítese la ropa de cintura para arriba y siéntese en esa camilla de allí.

El ilustre paciente se pone en pie, y en un grácil movimiento se deshace de su capa, de su chaleco y por último de su camisa.

Cuando se acomoda sobre la litera del consultorio para ser inspeccionado por sus herramientas, Hiromu nota que su físico está realmente fornido y tonificado.

—Si encuentra alguna anomalía, le pediré que las anote en un pergamino para que pueda presentarlas a mi médico personal al llegar a casa—sugiere su paciente cuando le coloca la punta del estetoscopio primero sobre el corazón, y luego en la espalda para oír sus pulmones.

—A sus ordenes—accede concentrado en su trabajo—. Por favor, respire naturalmente.

—Por supuesto…. Dígame doctor… ¿Qué hace un hombre como usted en un pueblo como este?

Hiromu no comprende la pregunta en un primer momento. Asume que es debido a que está demasiado distraído en oír el aire circulando por sus vías respiratorias.

—Su estetoscopio es de un modelo moderno, y por lo que vi en su cajón, el resto de sus instrumentos y algunas de sus medicinas no son precisamente accesibles, a menos que dispongas de cierta cantidad de dinero. Tienes elementos mucho más costosos de los que esperaría ver en un pueblo de este tamaño y de estos recursos tan limitados.

—Como profesional, es mi deber dar el mejor tratamiento posible a aquellos que lo necesitan—se excusa mientras deja a un lado el instrumento y pasa a tomar el tensiómetro, el cual enrosca en torno al musculado brazo color leche del hombre para la medir su presión arterial.

—La iniciativa de hombres como usted impacta de tal manera nuestro país, que nada tiene que envidiar a las decisiones que aquellos como yo tomamos ¿No es verdad?—prosigue el señor feudal.

—Eso quiero creer, aunque no quita que, ante la llegada de los problemas, la gente siempre mira a aquellos en posiciones de poder por explicaciones o ayuda.

—Y tenemos que estar a la altura de nuestros trabajos. Todos los hombres tenemos tareas y responsabilidades, y el dia en que las traicionamos, es cuando las cosas caen. Desde países a negocios… desde empresas hasta familias. ¿No lo crees así, Hiromu?

El químico sonríe mientras mira la aguja del tensiómetro inflado.

—Ya lo creo, señor Hanazono… ¿Alguien en el pueblo le dió mi nombre? —pregunta sin que escape de su percepción que él nunca le había dado tal información.

—No es eso. Pasa que nunca me olvido de aquellos que trabajan para mí. Al menos, no de aquellos que me importan.

—No se lo tome a mal. señor. Pero creo que recordaría si hubiese trabajado para alguien de su importancia—contesta con cordialidad, intentando aclarar el malentendido.

—Insisto. No me estoy equivocando. Te sorprenderías de cuánta gente trabaja para mi sin siquiera saberlo.

El tono del mandatario cambia a uno serio, vacío de la familiaridad y jovialidad que caracterizaba su habla anterior. Aquel hombre que tanta confianza inspiraba en sus súbditos, y otros tantos suspiros de amor entre sus admiradoras, parece haber sido devorado por esta nueva persona que brota de su interior.

—Cuando alguien traiciona sus responsabilidades causa un grave daño ¿No es verdad, mi querido Hiromu? —insiste apretando los dientes sin perder la elegancia, a la vez que sus ojos grises lo escudriñan amenazantes, calculadores e impiadosos—. Por supuesto que es verdad. Tu traicionaste el puesto que te asigne para huir y esconderte en esta pocilga. Muy mala idea. Muy, muy MUY mala idea.

Pese al sombrío cambio de su temperamento, su amenaza se presenta sutil, en un tono contenido y al mismo tiempo aterrador, que confunde y casi paraliza al químico.

—Traicionaste mi confianza, Hiromu. Me causaste muchas pérdidas. ¿Tienes idea de lo que me costó encontrarte?—prosigue ante la mirada cada vez más preocupada del hombre, quien a este punto dejó olvidado el tensiómetro aún apretado sobre su piel—. Por supuesto que no lo sabes… Tuve que hacer un censo en toda la condenada región y visitar a todo químico, curandero y médico masculino y de más de treinta años que se haya mudado desde que comenzaron a atacar mis bases. Ya era suficientemente grave que informases a mis enemigos sobre su posición. ¿Puedes siquiera imaginar los inconvenientes que causaste al esconderte como una rata?

El exasperado noble detiene su discurso para arrancarse de un tirón la banda del antebrazo y bajarse de la camilla.

—Te explicaré la situación en la que te encuentras—recita tirándole el tensiómetro a los pies con violencia contenida, a la vez que camina de regreso a su silla para recolocar la ropa sobre su torso—. Tú solo escuchas, asientes y por tu bien y el de tu familia, ni siquiera piensas en hacer algo que me incomode. Asiente con la cabeza si entiendes.

Hiromu asiente con un sudor frío recorriendo su espina, incapaz de hacer otra cosa ante el prospecto de que su familia pague por sus errores.

—Tienes suerte de tener la clase de conocimientos que necesito para recuperar la fortuna que me hiciste perder. Así que vuelves a trabajar para mi desde ahora. Y no estás en posición de pedir ni preguntar por tus condiciones de trabajo. Harás lo que te digo, cuando lo digo y donde diga que lo hagas. Tu familia estará donde a mi se me antoje, y la verás cuando a mi se me dé la gana. Genérame dinero, y no les pasara nada grave.

El médico asiente, a duras penas conteniendo las lágrimas que le produce el enterarse de su inevitable futuro.

—Está bien que llores. Prueba que no estas totalmente loco—se burla al tiempo que se abrocha el último botón del chaleco y se vuelve a echar la túnica sobre los hombros—. Y también prueba algo ya evidente… que no fuiste tu el que causó tanto daño a mis edificios y tropas. ¿Aun tienes esperanzas de que las sabandijas con las que te aliaste te salven?... probablemente la tengas. Empecemos confesando la verdad. Trabajas con un grupo de shinobis ¿No es así?

El químico asiente.

—Por supuesto que lo haces. ¿Recuerdas que te dije que tengo buena memoria para recordar a aquellos que trabajan para mi? Pues, hace unos años trabajó para mí un joven con claros problemas de socialización, más una obsesión insana por reemplazar partes de sí mismo con marionetas. Un joven al que dejé crecer bajo el ala de mi organización hasta que no lo pude controlar más… ¿Y como me paga el favor? Años después de que lo dejara partir sin perseguirlo, ni atosigarlo. ¡Ataca mis negocios, por supuesto! Un par de mis empleados que sobrevivieron a sus primeros ataques hablaban de una marioneta humana sacada del mismísimo infierno, incapaz de ser asesinada y que descuartizó regimientos enteros sin el menor esfuerzo. Mis consejeros me dicen que son alucinaciones, cuentos para niños que los supersticiosos aún creen. Me dicen que el único ninja que coincide con esa descripción fue asesinado el año pasado por fuerzas de Konoha y la Arena… pero por eso ellos son consejeros, y yo no. Yo conozco suficiente a mi gente como para identificar cuando alguien es responsable de algo.

A este punto del diálogo, el sudor frío de Hiromu comienza a acumularse visiblemente sobre su frente.

—Toma asiento… no puedes perder el conocimiento sin mi permiso. Quiero que escuches claramente lo que voy a decirte, para que nunca más tengas la feliz idea de traicionarme. —ordena el noble obteniendo obediencia inmediata de su viejo empleado—. Lo primero que haré es establecer una reunión con el tesorero de Akatsuki para darles las buenas nuevas. Ellos estarán aún más interesados que yo en eliminar ese cabo suelto. Y después de eso, me encargaré de los otros dos. Verás que Sasori y sus ayudantes quisieron actuar como héroes en Khanzen… y aquellos idiotas rescatados no tuvieron mucho problema en contarme que fueron tres shinobis los que estuvieron presentes en la escena. Vas a decirme algo que no sepa de los dos que no conozco, o solamente vas a tener que preocuparte por tu hija de aquí en adelante.

—N.. No se nad...—comienza a balbucear presa de los nervios.

—Piensalo antes de completar tu respuesta. No te daré otra chance. Dime algo que no sepa de ellos.

—Uno… uno de ellos, un hombre pálido... maneja técnicas de tinta, y trabaja para Konoha. La otra es una mujer. Sólo sé que tiene el cabello rosa y es una ninja medica… creo que es de su misma aldea, pero no la conocí tan bien como para estar seguro.

— ¿Ves que sí sabias algo? Y pensar que tu esposa casi se muere a causa de tus mentiras. No te dejé que la mates. Soy misericordioso. Mucho más misericordioso de lo que Konoha será con este par de idiotas cuando se enteren que trabajan junto a un terrorista de rango S. ¿Algo más para confesar, Hiromu?

—Es… Eso es… todo.

— ¿Es esa la manera de referirte a un noble?

—Eso es todo, mi señor.

—Mucho mejor—sonríe satisfecho—. No tengo que decirte que tengo ojos sobre ti y sobre tu familia. Así que esta tarde regresarás con ellos como si nada hubiese pasado. No te desviarás un solo paso, no hablarás con ninguna persona, no enviarás ningún mensaje. Mañana recibirás una visita que te escoltará a ti y a tu familia a sus nuevos hogares. Obviamente, no sera el mismo sitio para ellas que para tí, no te ganaste ese lujo.

—Entiendo, mi señor…—se resigna con la mirada muerta, clavada en su propio regazo.

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Esa noche, mientras su mujer se ducha, el químico contempla el sombrío y ruin futuro que le espera a sí mismo y a quienes más ama… Al final, sólo tuvo unos meses de paz bajo el cuidado de su nuevo empleador antes de que su pasado volviese a aterrorizar su presente.

Quizá, estos meses serán recordados como los mejores de su vida adulta…

Con el pulso tembloroso y resistiéndose a la tentación de ahogar sus penas en una botella, Hiromu toma la decisión de que es tiempo de que le diga a su familia la verdad de toda la suciedad del negocio en el que está metido… Si van a odiarlo… sería mejor que lo odien sabiendo quién es, en qué clase de vida las ha involucrado...

Empero, antes que nada… quizá debería darle una chance de huir al hombre que le permitió estos meses de paz. Como mínimo le debe una advertencia.

Toma un pergamino, un tintero de uno de sus escondrijos, un tintero que tenía instruido sólo utilizar en la peor de las circunstancias, y se sienta en la mesa del comedor-cocina. Acto seguido, comienza a escribir la nota de despedida y agradecimiento más sucinta que puede formular.

"Akira Hanazono controla la Serpiente. Sabe sobre ti y tus asociados. Contactará con Akatsuki y Konoha. Lo siento por haber hablado. Tienen a mi familia. Adios… y gracias."

Cuando pone el punto final, arroja el resto de la tinta sobre la mesa tal y como también se le instruyó. Ésta cobra vida, y toma la forma de un ave que agarra el mensaje en sus patas antes de inmiscuirse en la chimenea, y desde allí perderse en el cielo nocturno. A continuación, la mujer de la casa sale del baño y se acerca a la cocina.

—Cariño… ¿Qué pasa? Estás muy pálido...—pregunta preocupada por su marido, reconociendo de inmediato la sombra de un gran pesar obrando sobre él.

—Querida mía… tengo algo que confesarte.

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Esto es para los que consideraron que la "batalla final" contra la Serpiente no fue todo lo que pudo ser. Co-autor y yo nos preguntamos varias veces cómo crear un villano que se imponga y represente una amenaza para los protagonistas, sin desentonar con el mundo establecido en el manga, y que tampoco termine siendo más poderoso que los personajes del canon. Pues esta es una de nuestras respuestas.

Atentamente, lahonestidadenmi y Co-autor.