Donde terminan las arenas.


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Ausencia total de cualquier estímulo sensorial. La mente aletargada del ninja moribundo tarda en reaccionar.

En un primer momento, no se asusta por eso. En su lugar, el instinto básico es el de extender sus hilos. Pero no hay hilos… no hay núcleo. Ahora sí tiene miedo. Con un esfuerzo extra para recordar, Sasori logra traer a su mente las memorias de sus últimas acciones.

"Lo logré… estoy..." Antes de que pudiese formular la conclusión por completo, su percepción cambia. Por fin toma conciencia de sí mismo, de su cuerpo… un cuerpo humano. Un cuerpo humano que flota desnudo sobre lo que parece ser una gigantesca cámara inundada.

No puede moverse en lo absoluto, sólo permanece a la deriva al tiempo que pequeñas perturbaciones en el agua le acarician la piel. La cámara en sí se encuentra a oscuras, pero eso no le impide ver a su alrededor, y notar que el océano que lo envuelve es de color escarlata. Un escarlata que se impone al negro impoluto del cielo…

La situación en sí no tiene sentido… pero el tener un cuerpo humano completo tampoco lo tiene…

Si existen otros compartiendo su destino, otros flotando en esta cámara, no puede decir que sea consciente de sus presencias. El marionetista se encuentra solo.

Poco después de volver en sus sentidos, el panorama actual comienza a nublarse. De no ser porque jamás deja de sentir el agua debajo de él, consideraría la posibilidad de que está siendo transportado, o de que el entorno está cambiando.

Aunque su sentido del tacto permanezca en este misterioso mar quieto y muerto de agua roja, su vista y oído se alejan de la escena, y le muestran una escena distinta… pero familiar. Una escena de su niñez, en la que se observa a sí mismo en tercera persona.

El camino que lo llevó a ser lo que es hoy es más que nada mérito de su abuela. Ella lo inició en más de una manera. Chiyo le transmitió su pasión por las marionetas a una temprana edad, inmediatamente después de que el pequeño huérfano tuviera los años y la consciencia suficiente para preguntarle por sus padres.

La confección y el control de marionetas son el escape del niño, su chance de pensar en otra cosa, su distracción del llanto. También, estas marionetas son su compañía. Sin el libre albedrío para moverse por sí mismas, pero también incapaces de dejarlo solo, el pequeño tiene la seguridad de que todas ellas permanecerán con él en lo que dure la necesidad de compañía en su vida.

También es gracias a la abuela Chiyo que el futuro renegado de la Arena posa sus ojos sobre una técnica, que en aquella época es incipiente. Una técnica que lo definiría como persona, una técnica que le haría conocer el arte, una técnica que le daría fama a su nombre y una nueva forma a su cuerpo. Una técnica que ya es más que una teoría, incluso cuando llega a sus ojos por primera vez.

El pasar de la teoría a la práctica es un salto importante. El joven Sasori sabe, desde hace unos años ya, que el proceso de crear marionetas humanas sería la manera de aproximarse a la perfección en su arte. Estudiar el proceso, encontrar la información y el tiempo para leerla y estudiarla en secreto es un paso difícil al comienzo.

La historia se remonta años atrás, momento en que un Sasori de ocho años acapara la escena que se reproduce en su mente.

Una habitación lúgubre y triste, con una iluminación aún más pobre y triste le llena los sentidos. En medio de ella, hay un escritorio con muchos cajones. El pequeño huérfano curiosea dentro de uno de estos compartimentos, posando sus ojos sobre un informe de esos que la abuela Chiyo trae de su trabajo con la Brigada de Marionetas.

De tanto en tanto, alguno de sus compañeros de trabajo pasa de visita a su casa, y las discusiones son todas muy similares entre sí para la mente del niño:

"Es ir demasiado lejos"

"¿Hasta qué punto estamos dispuestos a llegar?"

"No es una línea que deberíamos cruzar."

A continuación, el escenario muta a otro en el que Sasori de nuevo se descubre observándose a sí mismo a una edad muy temprana.

Escucha al viejo Ebizo y a su abuela escondido detrás de una puerta. Reconoce la escena de inmediato, porque, incluso en ese momento de su vida, tiene la consciencia para saber que no debería estar fisgoneando, aunque hace tiempo que la curiosidad es más fuerte que él.

El único patrón que persiste entre las conversaciones con su tío abuelo y el resto de los adultos, es que Chiyo siempre se opone a lo que sea que todos ellos sugieren. Con el pasar de los meses, Sasori termina por comprender el trasfondo de esas conversaciones. En un principio sólo a grandes rasgos, pero al final todo cobra sentido cuando se hace con uno de los reportes del escritorio y lo lee a escondidas de su abuela.

Por primera vez desde que esas discusiones captaron su atención, puede leer de primera fuente cuál es el núcleo de la discordia. Tiene ya diez años para entonces. Todo se trata de una técnica de preparación de marionetas, marionetas realizadas con seres vivos. Una técnica que promete el potencial de preservar mucho más que las cualidades físicas del cuerpo.

Su mente infantil e inmadura no puede encontrar el sentido en todo lo que lee, pero sí tiene en claro desde que posa sus ojos en esas páginas codificadas, que en ellas se encuentra el camino que debe seguir.

Lo siguiente es pura inercia. Realiza una copia a mano de este escrito para no alertar a su abuela. No puede simplemente quedárselo, ella se daría cuenta. Es una noche de insomnio y prisas en la que sus manos se acalambran más de una vez, pero poco importa. La semilla de su vocación, y posterior obsesión, ya está sembrada en él. Comprender la técnica, experimentar con ella, hacerla propia… Crear marionetas perfectas… poder conservar personas por siempre… robarle una pequeña victoria a la muerte misma. Sería su pequeña venganza contra ella por haberse llevado a sus padres.

Desde aquella noche en vela, el tedioso fluir del tiempo y la rutina cotidiana es reemplazado por una misión. Desde ese momento, un nuevo horizonte se alza, una meta a perseguir se manifiesta, una dirección en la que encaminar su vida se materializa. Una dirección que alteraría su futuro y que ocupa sus siguientes años dentro de la Arena.

Lo primero para él es hacerse de los materiales necesarios para experimentar, principalmente sustancias. Es la primera vez que utiliza sus prometedores talentos como marionetista para un objetivo práctico. El ser un huérfano menor de edad le permite evitar sospechas a la hora de robar lo que necesita. Prosiguiendo con la evaluación de sus otras opciones, tamvién considera comenzar a practicar la técnica con animales, pero la descarta de inmediato, eso ni siquiera podría llamarse práctica. Así que se refugia nuevamente en su aspecto de niño inocente. Nadie lo miraría extraño si pasa su tiempo en el cementerio. Un preadolescente llorando a sus padres se ve incluso más inofensivo.

Este cementerio es lo suficientemente antiguo como para tener un buen número de criptas abandonadas por sus familias. El lugar resulta perfecto para desempeñarse en sus actividades: alejado de ojos curiosos, con espacio para experimentar, y con acceso a todos los cuerpos que quiera…

Si bien es verdad que la mayoría de los cadáveres enterrados allí no son precisamente frescos y, tras un año y medio de intentos, descubre que no son útiles para llevar el proceso en su totalidad... al menos puede familiarizarse con algunos aspectos de la técnica.

Llegado el tercer año desde que se hace con los escritos de Chiyo, Sasori se impacienta como nunca ante la urgente necesidad de encontrar mejor material con el que trabajar. Con su progreso como única prioridad, y gozando de un cuerpo más fuerte y desarrollado, ya entrado en la adolescencia, no duda en romper el siguiente tabú. Comienza por secuestrar ebrios crónicos, aquellos hombres que se pierden en el alcohol y abandonan su consciencia en botellas. Un cuerpo inconsciente es fácil de mover.

Y como lo esperaba, nadie se alarma de la ausencia de esas personas la mañana siguiente a su desaparición. Son la presa perfecta en un comienzo, sin nadie que los extrañe o busque.

Aún atrapado dentro del agua roja, más perdido en sus visiones, Sasori se ve forzado a revivir como espectador de su propia historia la manera en la que él mismo, a los trece años de edad, tomó sus primeras vidas. Ya conoce el capítulo siguiente de la historia. Sabe cómo continúa esto… No pasó suficiente tiempo como para olvidarlo. Verse a sí mismo recorrer ese familiar camino es una experiencia extraña. No sabe exactamente qué pensar de ese joven, al que ve avanzar por un camino tan oscuro como peligroso.

Las responsabilidades de la abuela Chiyo frecuentemenye la mantienen ocupada hasta tarde en la noche, por lo que el joven artista dispone del tiempo suficiente para dedicarse a practicar la técnica.

Más temprano que tarde, cerca de su decimoquinto día de primavera, las acciones del joven Sasori comienzan por fin a llamar la atención de la anciana. Nunca tuvo un pelo de estúpida después de todo. Pese al tiempo que le dedica a la confección y venta de marionetas en su taller en casa, ella nota que Sasori tiende a salir y permanecer en paradero desconocido por muchas horas, a veces hasta varios días. Y no parece tener miedo a los rumores oscuros que rondan a las desapariciones que azotan a la aldea. Tiene sentido que no tema a las desapariciones de pordioseros… pero poco después comienzan también a desaparecer los guardias enviados a investigar… y por último desaparecen también los niños…

Nada de esto parece preocupar al joven pelirrojo a su cuidado, que cada vez tiene menos interés en el mundo, prefiriendo encerrarse en su mundo de artista y creador de marionetas… Aunque la aldea de la Arena esté cada día más tensa por ello, él parece estar cada día más animado.

Chiyo intenta no dar crédito al patrón que ve frente a sus ojos. Debe ser sólo una coincidencia, algo de nula importancia… No podría ser Sasori quien esté detrás de las desapariciones… es su propio nieto, y solo un niño…

Aún así, movida quizás por un mal presentimiento, la mujer comienza a investigar por su propia cuenta las desapariciones. Parte de ella desearía conseguir la prueba definitiva que elimine esas sospechas estupidas de su cabeza…

Este nuevo enfoque de los hechos, las dudas y contrariedad de Chiyo incluídas, sí es algo que Sasori observa por primera vez al revivir sus primeros pasos.

Poco a poco, la anciana está acercándose a resolver el misterio. Aún se encuentra negada a la posibilidad de que él sea la mente criminal detrás de esto. Intenta convencerse de que el culpable es un miembro de la Brigada operando a espaldas de todos. Eso debería ser lo más probable, dadas las circunstancias. Lo que sí intuye con seguridad es que el responsable de estos crímenes defendería su vida en combate al ser descubierto, y, sólo en caso de que este oponente sea verdaderamente peligroso, ella le pide a Ebizo, su hermano y compañero en la Brigada de Marionetas, que le siga los pasos a una distancia segura, sólo en caso de que ella requiera asistencia.

En el momento que inevitablemente descubre la verdad, lamenta haber comenzado la búsqueda… pero mucho más lamenta el haber sido ciega ante aquel monstruo que se estaba gestando en su hogar.

Profesional, observadora y haciendo uso de su experiencia en el espionaje, Chiyo sigue el hilo de pistas, testimonios, avistamientos, y también el patrón de desapariciones hasta una cripta de dos pisos en el cementerio más antiguo de la aldea.

En la luz rojiza de la hora del crepúsculo, Chiyo sabotea la cerradura de la puerta e ingresa a la gran bóveda polvorienta y abandonada, moviéndose por la primera planta hasta llegar a los peldaños de piedra gastada y húmeda que conducen a la cámara mortuoria de arriba. La familia a la que pertenecía esta tumba sin duda era adinerada, pero llevaban tanto tiempo muertos que el viento y la arena habían borrado sus nombres de los nichos de piedra que debieron inmortalizar sus identidades para la aldea.

Una vez en el piso de arriba, al que asciende con el silencio de un gato, la visión le hiela la sangre de inmediato: un laboratorio improvisado, pero claramente identificable para ella, al igual que esos con los que tiene que lidiar cuando se trata de los miembros de la Brigada que proponen el uso de estas técnicas.

Iluminado por las velas, en el centro de todo el tétrico panorama, y frente a una gran mesa de piedra repleta de cadáveres opacos, en distintos estados de disección o momificación… está sentado el muchacho pelirrojo… su nieto… el monstruo… alguien que no sólo cruzó la línea de profanar a los muertos… sino que, a diferencia de sus colegas, no tiene ningún escrúpulo a la hora de cobrarse vidas inocentes para alimentar sus experimentos.

Pese a su precaución al arribar al sitio, la mujer debe hacer un sonido, quizá simplemente un espasmo en sus pulmones, que le basta al joven frente a ella para notar su presencia y levantarse de su asiento para verla.

No hay nada en sus ojos. No hay dolor, arrepentimiento, sorpresa, ni un dejo de afecto hacia ella, sólo la realización de que sólo uno de los dos puede salir vivo de esta cripta.

—No quería esto, abuela… pero al menos puedo prometerte que pasarás a la eternidad.

El tono del joven rompe el corazón de Chiyo… Falló como madre a su difunto hijo, y también como tutora de este niño…

— ¡No me llames eso! —grita en respuesta con un porte severo, eliminando cualquier emoción, cualquier rastro de duda al momento de apartarlo de la silla con sus hilos de chakra para alzarlo en el aire y empujarlo contra la pared.

El monstruo sólo se ríe ante su avance.

—No puedo elegir dejar de ser tu nieto...—se pronuncia Sasori, con sus palabras impregnadas de burla hacia ella—. Abuela.

—Ya hiciste tu elección.

— ¡¿Qué elección?! —estalla ampliando su sonrisa perturbadora, al tiempo que deshace el control ejercido sobre su cuerpo con sus propios hilos, que azotan a los ajenos lejos de él para poder así regresar al suelo— ¡Mi único crimen es haber explotado el don que tú me diste!

Cadáveres momificados y marionetas, indistintos el uno del otro se alzan para atacar a Chiyo. En un instante, ella reacciona para esquivar el primer impacto, y a modo de instinto desenvuelve un pergamino para invocar sus propias marionetas. El sujeto frente a ella había dejado de ser un niño inocente hace ya mucho… ahora está enfrentándose a un monstruo muy peligroso.

El primer impacto del combate lo recibe ella, cuando Sasori le lanza un bisturí que consigue clavarse en su brazo derecho. Pese al pétreo porte de fuerza y severidad de su segunda madre, el adulto omnisciente, que observa todo en imágenes, puede ver en su rostro una oculta mueca de dolor por el daño.

— ¡Ya basta, Sasori! —le grita enfadada, para al instante siguiente enviarle sus propias marionetas con una sola orden de su mano sana.

Una de estas elegantes marionetas de Chiyo no consigue ser esquivada a tiempo por él, recibiendo un puñetazo en el pecho que lo lleva a chocar con otra mesa de madera y derribar notas y utensilios cortantes, que caen junto a él sobre el suelo.

Por supuesto que ella tiene mayor control, mejor técnica a la hora de controlar sus creaciones, pero Sasori lo compensa con números y la energía propia de su edad. Al recomponerse de la caída con instinto asesino en su mirada, una vorágine de macabras creaciones inexpertas en diverso estado de compleción se abalanza sobre la mujer de avanzada edad, y al intentar llegar hasta ella se convierten en un remolino a su alrededor que le impiden verlo directamente.

Chiyo casi que llega a agradecerle esto a su joven oponente, pues es más fácil enfocarse en el combate si no puede ver su rostro.

La experimentada jounin da batalla al enjambre enemigo con su propia técnica. Una a una, las marionetas de Sasori comienzan a caer a manos de las de ella casi sin poder realizarle daños, y con esto la desesperación en él comienza a hacerse evidente. Las marionetas de Chiyo son más resistentes, más curtidas en el arte del combate. Y el control que la anciana ejerce sobre ellas es preciso y de rápida reacción incluso para un escenario tan acotado como este.

Pronto los ataques de sus creaciones dejan de enfocarse en tumbar las marionetas y comienzan a apuntar directamente a los tendones de sus brazos, la total extensión de estos… Una marionetista como ella debe estar más que acostumbrada a que sus enemigos se enfoquen en sus manos y dedos… pero Sasori no le permitiría la más mínima ventaja.

La anciana comienza a sentir el agotamiento tras defenderse de los constantes asaltos del asesino serial que se generó bajo su techo. Por brillante que fuera, ella no creyó que hubiera progresado como marionetista hasta el punto de sostener un encuentro contra ella. Si su hermano Ebizo está en camino para ayudarla… no parece que vaya a llegar a tiempo.

— ¡Soy el futuro de esta maldita aldea! ¡Quieres destruirme porque temes que mi técnica sobrepase la tuya! —grita el criminal encolerizado.

Sasori recuerda esas palabras. No son honestas. La verdad es que son un burdo intento de afectar psicológicamente a su abuela, aterrado ante la idea de perder.

— ¡Eres una peste a la que purgar! —responde Chiyo con frialdad— ¡Nada más!

Gravemente presionada por la situación, Chiyo esquiva una embestida aérea de una marioneta humana que se le abalanza por la espalda. Es entonces cuando el limitado espacio de maniobrabilidad la obliga a avanzar a través del torbellino de filos y títeres que la rodea. Intenta cubrirse del daño colateral llamando de regreso a una de sus propias marionetas, pero esta se ve destruida al instante y ella es impactada por una seguidilla de cortes sobre su brazo izquierdo.

Las esquirlas de su propia creación y los filos controlados por Sasori terminan por inutilizar este brazo, pero poco importa ahora. Aún puede usar el derecho, y ahora tiene una vista directa de su atacante.

El Sasori adulto sólo presencia cada detalle de la escena, absorto tanto en ella como en su realismo. El brazo de marioneta de Chiyo... No se le había cruzado por la cabeza que él fue el responsable de este…

Una serie de filos de Chiyo procede a impactar en el hombro y torso del joven asesino. Claro que sus defensas son lo suficientemente buenas como para evitar que estos impactos le arrebataran la vida, pero la pérdida de sangre acabaría con él en minutos si el esfuerzo del combate no termina pronto. Él necesita atender sus heridas, poner presión sobre el punto desde el cual la sangre se le escapa del cuerpo… y eso sin contar que no tiene viales a mano en caso de que su abuela esté usando veneno.

— ¡PAGARÁS POR ESTO, ABUELA!

Con un grito cargado de ira y desesperación, el pelirrojo toma control de todo aquello en la cripta que no se encuentra adherido al suelo. Acto seguido, crea una sola masa de material orgánico, un menjunje de filos y fragmentos de marionetas para arremeter en contra de su abuela.

El ataque es masivo, pero impulsivo y predecible para una mujer con la experiencia de Chiyo.

La anciana siente cada vez más el peso del deber, y detrás de él, la decepción de haber fallado al punto de permitir que un abismo así de oscuro crezca dentro de su nieto. Ella lo crió y es ella la que debe ponerle fin antes de que dañe a otro inocente.

Esquiva el inexperto ataque de Sasori y con un sutil gesto de su mano hace flotar un kunai apuntando a su cuello. Es el fin del combate. En tan solo un instante todo esto acabaría.

El joven asesino tiene ojos lo suficientemente hábiles para observar su final acercándose, su vista nunca fue el problema. El problema es su falta de experiencia: la agilidad de sus dedos, la herida que lo distrae, la enorme frustración que lo carcome… De nada le sirve reconocer la dirección y velocidad del filo que cobrará su vida si no puede detenerlo.

Sasori cerra los ojos aceptando el final, pero el agudo y frío beso del acero no llega a tiempo. En su lugar, puede escuchar un rápido suspiro que proviene de la posición de su abuela. Luego, solamente queda el sonido del kunai cayendo en el suelo a un metro de él.

Al abrir los ojos, puede presenciar la escena de su abuela perdiendo el conocimiento y cayendo boca abajo sobre la fría piedra de la cripta.

Al caer la anciana, detrás de ésta se hace presente el responsable. Un rostro conocido, uno de los hombres que trabaja con su abuela para la Brigada de Marionetas. Un hombre de edad tan avanzada como la de Chiyo: su tío abuelo Ebizo.

—Sólo un somnífero potente. Despertará en unas horas y reconocerá que la derrotaste y le tuviste piedad—el hombre habla en un tono frío y comandante. No es una sugerencia, no es un consejo. Es una simple descripción del futuro.

El asesino pelirrojo hace un esfuerzo en levantar sus destrozadas obras para defenderse de él.

—No tienes la fuerza para defenderte. Cubre tu herida y huye antes de que alguien más venga—ordena Ebizo, y a continuación, hace rodar un vial sobre el suelo hasta su sobrino nieto.

— ¿Por qué? —alcanza a preguntar Sasori, recogiendo lo que reconoce al instante como un antídoto para el veneno de Chiyo.

—Mientras la Brigada se discute si practicar o no la técnica, tú hacías los experimentos por nosotros. Vengo a recuperar mi inversión. Vengo por mis marionetas. No eres tan bueno ocultando tus rastros. Se de tí hace un buen tiempo.

El joven criminal mantiene el silencio, mientras se clava la medicina sobre la vena de su brazo. Luego, comienza a cojear hacia el primer peldaño de las escaleras. Si este es el precio para mantener su vida, mejor sería no ponerse a discutirlo.

—No puedo protegerte por más tiempo, jovencito. Serás un renegado, serás perseguido. Y tarde o temprano caerás… Crea más marionetas, perfecciona la técnica y descubre todo lo que los cobardes de esta aldea no se atreven a conocer… Después de todo, harías eso incluso si no te lo pidiera… estaré allí para analizar aquellas que recuperemos el dia que la Arena te capture.

La visión se torna negra tras este último suceso y su conciencia regresa a su cuerpo, aún inerte y flotando en este misterioso lugar.

Como si haber tenido aquella visión le hubiera robado un poco la noción de la realidad, el criminal de la Arena se siente abrumado, mareado ahora que vio el que fue su primer encuentro cercano con la muerte. Aquel día pudo muy bien haberse ganado una visita a este purgatorio.

De repente, un algo debajo de él hace que el agua en la que flota comience a moverse, formando ondulaciones moderadas en la superficie que llaman su atención. Con la palpable sensación de que sus extremidades pesan demasiado para moverse, la inquietud le dura poco. En su lugar, su conciencia vuelve a recaer en alucinaciones de algún otro tiempo pasado.

El escenario es también conocido, de nuevo un capítulo anterior en su historia, de un pecado más. Se observa a sí mismo administrando una jeringa a un joven harapiento. Luego a una anciana. Ambos están encadenados a una pared con grilletes pesados.

El encuentro con Ebizo cambió la manera en la que concibe el combate, y eso se refleja en la manera en la que progresa con sus estudios, una vez que está dentro de la Serpiente.

El veneno experimental hace efecto de inmediato. Los llantos y gritos comienzan a inundar el aire. Como rompiendo una suerte de cuarta pared, el alter ego joven de sí mismo se gira y observa al espectador, con una mirada aterradoramente vacía.

Pero en realidad no lo mira a él. Mira a través de él, al calabozo que se encuentra detrás de sí. Seguido de esto, la visión del ambiente se amplía y se revelan ante cámara más prisioneros allí atrapados, hombres y mujeres de todas las edades, todos en distintas celdas. Todos en distinto estado de desnudez debido al desgaste de sus ropas.

—Necesito sujetos de prueba más sanos—habla el Sasori de casi dieciséis años al volverse hacia su compañero de la Serpiente, una presencia que ahora sólo existe como una sombra sin rostro—. Jóvenes, no niños. Adultos, no ancianos. Los débiles no tienen suficiente energía como para que podamos aprender algo de valor.

—Veré lo que puedo conseguirte—contesta la voz masculina de mediana edad—. Por ahora, esto es lo que tienes. Si no tienes uso para ellos, tengo otros clientes.

—No dije que no los usaría. Tengo otras ideas que explorar con ellos.

Los gritos de agonía y las sacudidas corporales del joven y la anciana de esta celda se detienen. Una mueca de disgusto se dibuja en el rostro del torturador pelirrojo al retornar su atención a ellos.

—No pueden desmayarse aún—señala antes de volcar agua en sus cabezas para que despierten—. Quiero saber cuál es la dosis de veneno correcta y para eso los necesito despiertos.

Las víctimas se despiertan en shock y se esfuerzan por contener los sollozos.

El joven harapiento logra reunir las fuerzas para escupirle a los pies.

—Esto es exactamente lo que buscaba saber—sonríe el pelirrojo—. Parece que la dosis no es suficiente para quitarte la fuerza. Vamos a aumentarla un poco. Ya sabes como va esto, si te resistes, todo será peor.

—Por favor...—susurra la anciana a su derecha antes de perder el conocimiento una segunda vez.

—Tu compañera volvió a caer. ¿Algunas palabras antes de que no puedas volver a hablar?

El joven renegado se burla de su víctima todavía despierta. En cambio, el prisionero no se permite darle el gusto, sólo lo mira a los ojos con los dientes apretados. Su mirada está cargada con tanto odio, que si el dolor del veneno y la enfermedad aún existen en su alma, están demasiado hundidas en rencor para ser visibles en su semblante.

Cuando el recuerdo se termina, Sasori vuelve a la superficie de la marea muerta. Lo que sea que se esté debajo de él se encuentra inquieto, luchando por emerger. Las ondas que la fuerza desconocida provoca en el agua impactan continuamente contra su espalda y muchas burbujas ascienden por sus costados, como si de repente el agua estuviera hirviendo.

De un momento al otro, el marionetista empieza a ser succionado dentro de la sustancia. Aún incapaz de moverse lo suficiente como para pelear contra el agua, intenta contener la respiración cuando la corriente lo hace girar en espiral.

Cuando queda atrapado en la misteriosa vorágine, con el agua cubriéndolo hasta por debajo de los hombros, la sensación de ahogo se adueña de él... pero el alivio de la pérdida de consciencia no llega a su rescate. En lugar de ello, distingue emergiendo de su agitada prisión a una figura familiar, una marioneta de rasgos poco humanos. La silenciosa criatura lo mira con unos globos oculares blancos cargados rencor. El mismo rencor que impregnó la última imagen de su recuerdo más reciente.

Ágil como una criatura marina, la víctima de tortura nada de modo rápido y violento hacia él y clava sus garras en su pecho.

Sasori cierra los ojos a causa del dolor, pero la sensación de una mano tan fría y huesuda, ahora también en su garganta, lo fuerza a abrirlos. Una nueva marioneta emerge de sus espaldas y lo sacude forzandolo a tragar líquido. No contenta con ello, refuerza el agarre sobre su cuello y lo arrastra a las profundidades.

Cuando ambas figuras lo envuelven en su agarre mortal, su sentido de la vista y el oído se transportan de nuevo a su pasado.

Se observa sentado sobre una mesa de operaciones, febril, impaciente, con el cuerpo mutilado y a poco de completar su marionetización. Él mismo había planeado el proceso al cual se someterá en breve.

—Date prisa, Kiyoshi. Siento como si mi cabeza fuera a explotar—habla Sasori al borde del desmayo, a punto de deshacerse de sus últimos resquicios de humanidad—. No puedo pasar mucho más tiempo despierto.

El subordinado, vestido para la ocasión con guantes, barbijo, gorro aislante y bata, lo asiste al removerle los brazos y las piernas con suavidad.

Las cuatro extremidades del marionetista ya fueron seccionadas y convertidas en marioneta hace ya tiempo. Pero su carne restante ahora las rechaza, reaccionando a ellas como un cuerpo extraño más. Los muñones en sus hombros e ingle son unas masas hinchadas, palpitantes y malolientes, casi negras por la persistencia de la infección. Sumado a esto, la fiebre tan elevada amenaza a cada instante con quitarle primero el juicio y luego la vida.

Aún con las imágenes reproduciéndose, Sasori regresa al abismo por un momento, y puede ver como un enorme número de marionetas escondidas en el fondo de ese mar de sangre comienza a rodearlo, tomando su turno para atacar. Una a una se acercan para golpearlo, para abrir un corte en su piel, para sacudirlo, hacerlo girar sobre sí mismo y perder el sentido de la orientación.

No puede defenderse, no puede regresar a la superficie, no puede terminar de ahogarse, no puede dejar de ver lo que ocurre con una nitidez y transparencia imposibles dado la profundidad del agua. No es más que un juguete, una presa de un millón de manos que reclaman todas un trozo de él.

Detrás de todo este horror, aún continúa escuchando la voz de Kiyoshi en el dia de la operación:

—No esperaba que tu cuerpo resista de esta manera los antibióticos que te estuve administrando hasta ahora… Esto es demasiado arriesgado. La cirugía podría matarte ahora más que nunca. Te aseguro que aún estamos a tiempo de tratar la infección, de reducir el riesgo de que esto fracase. Si me permites hacer uso de mi jutsu médico…

—Mi cuerpo ya no puede aguantar más—espeta Sasori con su último resquicio de conciencia, sin intención de echarse atrás—. Prefiero morir tratando de alcanzar la perfección, que por esta infección.

Es necesario completar su transformación ahora o nunca. Tanto Sasori como Kiyoshi lo saben.

A este hombre le confía el secreto de su técnica, y ahora está por confiarle su vida. Ambos experimentaron antes, pero lo que ocurrirá en unas horas será una primera vez en la historia del mundo ninja.

La afiebrada existencia del artista de lo eterno siente el pinchazo de un sedante sobre su cuello… bueno… No sólo un sedante. Su cuerpo enfermo reacciona ante el cóctel de drogas en cuestión de minutos. Él ya no está consciente, pero su organismo está tan alterado y cargado de adrenalina como si estuviese en un combate.

Controlar la carne como el ninja controla los elementos es una tarea más que delicada. Conservar suficiente de sí mismo en una porción de tejido pequeña, suficientes células de cada uno de sus órganos ya es algo muy complejo.

Además de todo eso, hay que conservar las puertas de chakra abiertas durante el proceso, conservar su vida, cambiarla, comprimirla… volverla inmortal. Sin duda para Kiyoshi, este es el mayor experimento de su carrera, y el más grande honor que un hombre de su calaña puede vivir.

En sus últimos momentos de permanencia en el mundo, en sus últimos segundos de mortalidad, el moribundo Sasori del recuerdo se siente tener una visión del éxito. Y ríe complacido ante el prospecto, casi delirante.

—Lo puedo ver, Kiyoshi. ¡Puedo ver a la perfección llegando hasta mí! ¡Este cuerpo mortal e insignificante perecerá… y entonces… me despertaré una vez más… Y seré ARTE!

A partir de ahí, su consciencia se divide en dos, encontrándose a la vez como espectador de la operación que le sirvió de segundo nacimiento, y perdido dentro del océano fantasmagórico.

El hervir de su fiebre en aquel día se replica en la temperatura asfixiante que adquiere este líquido anti natural que rodea a su cuerpo y a las miles de marionetas. Y el dolor físico de aquella vez se ve reflejado en este limbo en forma de ataques.

Delgados y alargados dedos de estas figuras infernales, todas rojas por acción del agua, rodean su cráneo desde la nuca y comienzan a presionar su cabeza como si se la quisieran quebrar a base de presión.

Dentro del improvisado quirófano, la potente inyección mantiene el chakra del joven mutilado fluyendo por su torso y cabeza. Una maraña de hilos de chakra inertes brotan de su cuerpo y caen a los lados de la mesa de operaciones.

La mano derecha de Kiyoshi sostiene un bisturí que abre su torso en un corte limpio, desde la ingle hasta la base del mentón. La mano izquierda, envuelta en un aura verde, hace a un lado la piel, el tejido adiposo y el fibroso perineo para exponer ante su vista los órganos del renegado de la Arena, aún funcionando.

Al tiempo que la visión le proporciona una única perspectiva a sus propias entrañas, comienza a sentir en tiempo real el dolor de las miles de garras rasgando su abdomen de forma incesante, hasta que consiguen romperlo y sacarle los intestinos afuera a base de hambrientos tirones.

El dolor es intenso y cruel, tan agudo y torturador que pese a gritar y poder oír sus propios gritos aún debajo del agua, es incapaz de morir de shock, incapaz de desmayarse y dejar de agonizar incluso cuando todas las marionetas comienzan a masticar y arrancarle jirones de carne de los órganos.

Ya no hay un solo centímetro de su cuerpo libre de la violencia de las criaturas. No le queda ni un poco de espacio o control sobre sí para moverse. Sólo permanece a merced de la voluntad de sus víctimas. Víctimas que le mordisquean las entrañas, le arrancan un brazo, le clavan los dientes en el cuello, le jalan el pelo y le revientan un globo ocular dentro de su cuenca.

El dolor no acaba, no deja de quemarlo. Y su cuerpo nunca termina de desintegrarse por más metros de intestino que saquen de su cuerpo para devorar.

Esta vez, incluso sin poder abandonar su presente tortura, la visión continua.

En aquel momento, Kiyoshi mantiene a Sasori al borde de la vida y la muerte. El remanente cuerpo sedado y tendido sobre la camilla, a pesar de estar abierto de par en par, se esfuerza al máximo en mantener los hilos de chakra activos y visibles ante quien lo opera. El médico sabe que la calidad de estos hilos es la única manera certera de monitorear el estado de este experimento, así como la salud de su paciente.

La mano derecha de Kiyoshi brilla de azul al tiempo que manufactura un bisturí de su propio chakra. Con el dedo medio derecho sobre la frente de su paciente, realiza una única incisión destinada a abrirle la cabeza, rapada en la sección predefinida para el corte, y separarle el cráneo en dos mitades perfectas.

Una vez que ambas manos cambian de azules a verdes de nuevo, procede a buscar manualmente las áreas del cerebro que deben conservarse. Poco a poco, va cortando y tomando lo que necesita, guardándolo todo en el que será el núcleo viviente de Sasori.

Luego de finalizado el cultivo cerebral, Kiyoshi regresa al torso de su paciente. Con su mano izquierda sostiene el contenedor y alimenta la vida y actividad de todas las células allí guardadas, bañándolas de su chakra curativo a cada momento, y con la otra mano, continúa recolectando muestras del resto de los órganos. Todos ellos aportan células y tejido al núcleo: hígado, médula ósea, tiroides, páncreas, pulmones, bazo, riñones, e incluso sus genitales.

Una vez que todo lo necesario está guardado en su sitio, corta por completo al corazón y lo guarda en el centro del núcleo, para que nutra de sangre a todo el tejido subyacente. Su chakra se ocupa especialmente de mantenerlo latiendo mientras se aparta del cuerpo inconsciente.

Para terminar con todo este proceso de traspaso de vida, Kiyoshi coloca el núcleo abierto sobre otra mesa de acero quirúrgico esterilizada. Se cambia de guantes y, con el pulso exquisito propio de un especialista en técnicas médicas, une y suelda los vasos capilares, nervios y canales de chakra de todos los tejidos en conexiones nuevas en red. Conexiones que permitirán a las células coexistir unidas y abastecerse las unas a las otras, y que le permitirán a Sasori seguir subsistiendo en una modalidad más simple, con menos necesidades.

Cuando esto es realizado con éxito, el cuerpo abierto sobre la mesa ya puede darse por muerto, listo para ser disecado y transformado en la última pieza de la marioneta que falta. Kiyoshi siguió el proceso de transformación de las extremidades muy de cerca, y tomó las notas correspondientes como para encargarse de esta última fase en nombre de su paciente y maestro.

De no ser porque está ocupado siendo desgarrado en vida, a Sasori le provocaría preguntarse cuán grande fue el milagro de que haya sobrevivido a esa noche. De mucho que le sirvió perseguir la inmortalidad...

El rojo de su propia sangre en el presente se disuelve en el rojo que lo rodea, desintegrándose poco a poco hasta fundirse en uno con el agua. El dolor y el sonido, tanto el propio como aquel producido por sus torturadores ascienden en intensidad, culminando en saturar y ahogar todos sus sentidos. Primero se apaga su vista… luego su oído, su olfato, y, por último, desaparece cualquier tipo de dolor.

Tras unos instantes de silencio, el rojo se apaga y deja paso a una oscuridad similar a la de una noche sin estrellas.

Su cuerpo parece haberse recuperado, y su percepción se activa de nuevo. Nota que está de nuevo sobre la superficie, flotando en el océano rojizo, pero algo es distinto. Escondidos en los recovecos de su aprehensión, se mueven más sombras humanoides.

Al asesino condenado no le cabe la menor duda de que los ataques volverán en breve.

Por otro lado, lo que ve ahora es a sí mismo como una marioneta humana, con la chispa del entusiasmo dibujada en el rostro. No hay ninguna duda, esta es la noche del espectáculo.

El pronto a ser genocida acaricia un grueso pergamino con las yemas de sus dedos. Pronto se le conocería por la "conquista" del país de la Luna. El shinobi que sin ayuda derrumbó a un reino inocente. Esa no es la historia en su totalidad...

Detrás de Sasori, a sus espaldas y estratégicamente distribuidos en distintos pueblos aledaños se encuentran hombres de la Serpiente, esperando que él comenzara la masacre.

Este país no es inocente, tiene muchisimas deudas por comprar armas y venenos a la Serpiente. Y ahora bajo golpe militar, el consejo dirigente no hizo más que incrementar esas deudas, y de paso aumentar las tensiones con el país de la Tierra debido a varias disputas territoriales.

Bajo ese panorama tenso, el país de la Tierra entra en escena ofreciéndole a la Serpiente pagar las deudas de este país con las riquezas que se recuperen de los nobles caídos, los minerales preciosos extraídos de las minas, los impuestos de las aduanas y también con las ganancias por aquellos botines que puedan ser vendidos en esclavitud. De hecho, alrededor de las aldeas clave para la Serpiente se encuentran varios campamentos militares de la Tierra, anteriormente solo puestos vigías, que también esperan por el momento de vulnerabilidad para comenzar a conquistar el territorio por la fuerza.

La tarea de Sasori no es sencilla. De hecho, él es el único hombre capaz de hacerla. Las fuerzas militares del país de la Luna cuentan no sólo con armas, sino con venenos que él mismo había diseñado. Se necesita un ejército inmune al veneno para poder hacerles frente… él es ese ejército… él y sus creaciones.

El marionetista abre el pergamino y lo deja caer desenrollado en el suelo. A continuación, una multitud de figuras humanoides emergen del papel y comienzan a ascender una a una al cielo, donde comienzan a moverse en un patrón casi animal. Son un intermedio entre una bandada de pájaros y un enjambre de insectos.

Una vez que el centenar se encuentra muy elevado por los aires, bloquea parcialmente la luz de la luna. Todo el que viese el cielo en esta región sería capaz de ver esta horda de espectros. Una horda que no tarda en desplazarse en bandada a la primera aldea.

Sasori vuelve a revivir el primer combate de su campaña de conquista. Al mismo tiempo, debajo de él, en la oscuridad de las profundidades del océano, un similar número de criaturas a las del recuerdo se agita. Una especie de sexto sentido le advierte que no está solo, que no puede estar tranquilo.

La visión le muestra cómo la nube de sus creaciones llega al poblado. Inmediatamente debajo de ella, está la figura del propio Sasori de diez años atrás, vestido con una capa negra con capucha y ropas opacas y poco remarcables, como si fuera un viajero más.

Algunos guardias en las calles observan el fenómeno nocturno junto a civiles curiosos. Y a unos kilómetros de distancia, tropas de la Tierra y la Serpiente están más que listas para entrar en acción.

Del misterioso enjambre de marionetas desciende primero una sola en picada, con suficiente la velocidad y precisión como para partir a la mitad a uno de los guardias de la plaza central.

En respuesta, suenan campanas y cuernos anunciando que todo el lugar está bajo ataque… pero los anuncios no harían ninguna diferencia. Una leyenda de horror nace esta noche.

Los inhumanos atacantes apenas modifican su trayectoria ante los impactos de saetas y filos explosivos de la resistencia. Carentes de vida, más con una capacidad de esquiva y ventaja numérica importante, casi todas las que llegan a ser tocadas por el impacto de las explosiones se reaniman al instante y prosiguen con su ataque como si nada. No hay discriminación alguna entre las víctimas que van tomando en su sobrevolada frenética, y el veneno embebido en las armas de los locales tampoco hace diferencia a su favor.

En medio de ataques de artillería, y algunas técnicas de fuego o rayo que se unen a la contienda, el teatro avanza con clara ventaja sobre el campo de batalla. La multitud civil grita presa del pánico, y muchos son abatidos en medio del escape de la plaza por lluvias de senbons, o de plano son vueltos picadillo por las filas interminables de brazos que son invocadas a gran velocidad desde las extremidades de varias marionetas. Todo lo que tiene pulso y está dentro del alcance sensorial del monstruo es pasado por filo, y las construcciones aledañas al campo abierto son incendiadas por aquellas creaciones que tienen la capacidad de invocar al fuego.

Su conciencia regresa al presente, al contenedor color sangre en el que flota indefenso e incapaz de moverse. El centenar de torturadores, siempre esperando por su presa favorita en el fondo del mar, deciden subir a la superficie en este preciso momento.

Una a una, este millar de criaturas son atraídas hacia el cielo negro y vacío, emergiendo de manera precipitada y violenta por todo su alrededor, detrás de él y por delante, algunas hasta rozando su piel de manera escalofriante… pero no le hacen daño. Todas ellas se amontonan cual enjambre de murciélagos en un techo invisible... para luego descender en picada sobre él.

La zona de impacto es tan amplia que, nuevamente, muchas de las marionetas no lo golpean con su caída, sino que más bien se zambullen a sus lados, forzando al agua alrededor suyo a sacudirse, desequilibrando su posición, y dejándolo mareado, desorientado.

Por otro lado, las que sí lo golpean con su caída lo hacen de manera cruel, sin apuntar a su cráneo ni a su pecho para matarlo de una vez. En su lugar, se sirven como proyectiles para pegarle en los hombros, en el torso, en los brazos y en las piernas por debajo del agua. Un millar de golpes que quiebran huesos y abren heridas y magulladuras muy dolorosas en su piel. Todo el daño es intencional, controlado, dirigido, quirúrgico... Como la técnica de un marionetista.

El estallido de ataques aéreos lo empuja de nuevo a terminar sumergido debajo del agua, y al mismo tiempo, la mitad de su consciencia regresa a sumergirse dentro del pasado. Un pasado en el que él es el causante de la carnicería.

De tanto en tanto, alguien toma coraje frente al titiritero autor del atentado, e intenta apuntarlo a pesar de estar protegido en medio del furioso enjambre asesino. A ojos de los aterrados defensores, él es tan inmune como las monstruosidades que lo acompañan.

A medida que más y más marionetas descienden del cielo y se unen a la trágica excusa de batalla, la motricidad fina de todas ellas se ve reducida. En cuestión de tiempo, sus movimientos se convierten en toscos avances y arremetidas de filos. Aún así, el abrumador número de creaciones que maneja sólo desde su pecho es más que suficiente para compensar por esta falla en su movilidad. Y la ventaja se mantiene una vez que se siente confiado con su desempeño y toma la iniciativa de desplazarse través de una calle incendiándose, lejos de la plaza destruída y bañada en sangre.

Pese a ser un objetivo en movimiento, sus marionetas forman una defensa de trescientos sesenta grados a su alrededor, abatiendo cualquier dejo de resistencia que se apareciera entre los edificios ardiendo para detenerlo, a la vez que hacen que su avance sea implacable. Ahora prácticamente no necesita mover sus manos. El chakra que se aparece desde su pecho, abierto por debajo de la capa negra y la ropa holgada, hace todo el trabajo por él.

Al caminar tranquilamente mientras continúa con la carnicería, puede ver cómo muchas construcciones son golpeadas y destruidas por jutsus de tierra, a la vez que divisa a las tropas aliadas dispersarse para hacer su parte en la toma definitiva de esta aldea.

El taciturno genocida pelirrojo se sonríe al contemplar que este no es nada más que el comienzo.

Luego de que el cielo nocturno se tiñe del hollín y la sangre de la masacre, el insomne Sasori se reúne con parte del ejército, tanto de la Serpiente como de shinobis de la Roca, en uno de los campamentos militares de las fuerzas de la Tierra. Su trabajo en esta aldea había terminado.

El escenario tras el primer exterminio de la noche deja una pila de edificios ruinosos y montes de tierra quemada, más un número de cadáveres imposible de contabilizar.

Al arribar hasta la empalizada de troncos y alambre del campamento, ya hay varios soldados encargándose de saquear y quemar los cuerpos de los alrededores.

En la mesa de guerra, dentro de un tenderete improvisado, Sasori se reúne con los altos mandos para tomar nota del siguiente movimiento de las fuerzas. Allí, todos lo saludan con respeto y caución, teniéndolo al mismo tiempo como un aliado poderoso y como un adversario peligroso. Mientras tanto, el comandante de la base, un hombre de la Serpiente curtido en la batalla de nombre Daichi, de unos cuarenta y cinco años de edad, lo llama a mirar el gran mapa del país sobre la mesa.

—Mandaremos un mensaje al Paso del Águila—informa Daichi a los presentes en la tienda, señalando un camino encrucijada que está mucho más adelante, después de montañas y bosques espesos—. Las tropas del pueblo de Jikou y las de la ciudad de Mikan se reunirán con nosotros allí, y juntos avanzaremos a la ciudad de Mihanjo. Necesitaremos de su ayuda para hacer caer las murallas.

Sasori y los mandos de la Serpiente acatan sus instrucciones, pero de inmediato ve cómo los hombres de la Tierra lo miran con desdén y cuestionan su estrategia.

— ¡Así tardaremos mucho! Les daremos tiempo a los perros de la Luna para preparar una mejor defensa. Reforzarán las murallas, traerán armas de la capital, y quién sabe si no le compran armas a la aldea de la Arena… armas que hagan caer los juguetes de este niño marionetista… ¿Y entonces qué? —espeta el líder del campamento, quien tiene a su mando a los shinobis de la Roca. Es un tipo gordo, con unos cincuenta años muy mal llevados, ojos como los de un cerdo y una nariz rechoncha y roja, aún más roja ahora por la congestión de su cara—. Mis hombres son especialistas en derribar murallas. Los mejores usuarios del elemento tierra que el mundo haya visto jamás. Yo mismo los seleccioné. Mi sugerencia es que tomemos el camino corto: damos la vuelta, cruzamos el lago al pie de esta colina a pie y les tendemos una emboscada las murallas de Mihanjo desde allí. Los de Jikou y Mikan pueden reunirse con nosotros una vez que la ciudad esté a nuestra merced.

—No seas estúpido, Atsushi—lo regaña Daichi con rostro severo—. Tus soldados no son suficientes para encargarse de toda una ciudad clave para el frente enemigo como lo es Mihanjo. Además, las murallas están lo suficientemente pensadas como para resistir contra el elemento Tierra. Tenemos que planear mejor nuestra ofensiva o nos matarán.

Aquella discusión sin sentido se prolonga por más tiempo del que Sasori está dispuesto a invertir. La parte interesante para él ya pasó. Ya probó la eficacia de su espectáculo de las cien marionetas. No está interesado en presenciar ni tomar parte en algo tan banal como lo es esta pelea de egos. Después de todo, algunas de sus marionetas fueron averiadas durante el ataque, y debería solucionar esto para cuando el ejército esté listo para partir… a dónde sea que haya que partir.

—Estos imbéciles de la Roca se pasan de arrogantes—se queja uno de sus compañeros de la Serpiente, saliendo de la tienda justo detrás de él—. Se unen a la guerra a último momento por pura codicia, y encima le ponen peros a nuestro plan, creyéndose los reyes del mundo.

Sasori suspira en hartazgo antes de retirarse a un sitio más apartado, lo cual es bastante difícil considerando que las tropas siguen demasiado agitadas incluso si por ahora no tienen nada más que combatir.

Se sienta un momento sobre un banco e invoca unas cinco de sus marionetas dañadas, junto con un kit de herramientas de reparación. Es el sitio más calmo que encuentra para reparar sus obras en silencio, cerca del bosque que rodea al campamento, y aún así escucha cómo a unos metros de él se forma un círculo de soldados de la Roca semi borrachos que ríen, y siguen bebiendo mientras tienen su diversión con una prisionera. La insultan, la escupen, la golpean, le jalan el pelo rubio y enmarañado, y la manosean tomándose todo el tiempo del mundo antes de tomarla a la fuerza.

Sin mucho interés, y bastante molesto por el ruido de esos idiotas ebrios, mira por el rabillo del ojo que, pese al aspecto desgarbado, ensangrentado y sucio de la mujer, ella continúa intentando pelear para liberarse de ellos. No es una civil cualquiera, sino una trágica superviviente de las fuerzas de la resistencia.

En un momento, la mujer abate a uno de sus captores y logra alejarse lo suficiente como para pasar cerca de él, pero tropieza, o uno de ellos la hace tropezar al arrojarle algo a lo lejos. Sasori la observa de nuevo ya sumamente irritado por el ruido. Está tentado a cortarle la garganta ahí mismo sólo a modo de mensaje para esa panda de animales molestos. Pero en lo que se debate por hacerlo, dos de ellos arriban hasta ella y la empiezan a patear en el suelo.

— ¡Eres una puta sucia y sin clase! —le grita uno de ellos, una bestia grande y corpulenta, con tanto sobrepeso como masa muscular, antes de levantarla por el pelo—. Ven aquí, voy a enseñarte lo que es estar un hombre de verdad. Te voy a cojer hasta que te mueras.

Ajeno a la escena, Sasori nota de inmediato que algo no está bien. Se incorpora cauteloso y en un acto reflejo, levanta su brazo frente a él y llama a una de sus marionetas para protegerlo de un proyectil fugaz y poderoso, que de todos modos atraviesa su defensa y se termina clavando sobre su brazo.

Inmediatamente después, se siente una explosión rompiendo la empalizada de madera al lado del bosque, expulsando con el impacto a varios soldados hacia atrás, incluídos varios de estos borrachos.

Sin moverse de su sitio, el marionetista percibe una ráfaga arribando hasta la prisionera, golpeando de manera contundente al tipo que está por violarla, y desapareciendo de inmediato con la mujer a cuestas.

Con ese simple acto inútil de rescate, Sasori ya no está apático…

— ¡¿Qué ocurrió aquí?! —pregunta Daichi al llegar corriendo al lugar junto al idiota de Atsushi.

— ¡Esa maldita PUTA...! ¡ME LAS VA A PAGAR! —grita el gordo corpulento tirado boca arriba en el suelo, abatido por la fuerza de rescate misteriosa. Sasori nota que no sólo fue golpeado por quien sea que se llevó a la prisionera… sino que ésta le clavó un kunai en el ojo izquierdo como regalo antes de retirarse. Y ahora un charco de sangre se forma debajo de él.

—Atención médica… ¡Necesito atención médica para Fudo ahora! —exclama Atsushi sumamente enfadado y contrariado por la situación, acercándose hasta su soldado para llevarlo hasta la tienda médica.

Una vez que las tropas empiezan a dispersarse de allí, Sasori posa sus ojos en la flecha que tiene clavada sobre el brazo…

Luego, mira a la marioneta que usó para protegerse, y nota el agujero limpio que el proyectil realizó sobre todo el ancho de su creación hasta detenerse sobre su cuerpo.

Muy interesante… Quien fuera que realizó el ataque, no quiso matarlo, sino medir su nivel… probar su capacidad de reacción.

Por otro lado, al sacarse la flecha y estudiarla detenidamente, nota que no tiene nada extraño que dé cuenta del origen de su potencia. No parece haber ningún veneno impregnado en ella, y, aunque lo hubiera, él es lo suficientemente experto en esa materia para saber que es imposible que un veneno corrosivo haga este tipo de daño en tan poco tiempo y de un modo tan limpio. Una técnica propia de ese ninja debe ser la respuesta.

Idear maneras de sorprender a este nuevo oponente se lleva su atención a partir de esa noche.

De regreso a su propio infierno, tras un simple pestañear, el dolor se detiene en seco y su cuerpo se completa por segunda vez. Aún así, el enjambre de marionetas no desaparece… sólo se reagrupa dentro del océano y comienza a nadar a su alrededor haciendo mímica de su más devastadora técnica.

Las imágenes de aquel mes de combates que prosigue a su último recuerdo, son revividas como una vorágine de sangre y muerte. La metáfora no está tan lejos de la realidad tampoco. Uno de cada tantos rostros a los que arrebató la vida se une a la horda de espectros sin identidad que lo acosan con su presencia. Entre aturdido y resignado, el artista casi se encuentra deseoso de que dieran rienda suelta a su tercer ataque de una buena vez. Tratándose de él, la espera es una tortura cruel en sí misma.

Pero los espectros no se le acercan demasiado... En su lugar, esperan por algo, algo que aún hay que ver en sus memorias...

Los últimos cuatro meses de su campaña en el país de la Luna son distintos a los comienzos.

El atacante misterioso que irrumpió en el campamento durante la primera noche de victoria resulta ser una mujer… una mujer que con el pasar de las batallas se volvería general de la resistencia, comandando las tropas de la Luna para impedir a toda costa que tomaran la capital.

Dicha líder es competente. A partir de su ascenso, las defensas de las ciudades están siempre atentas y los civiles son evacuados antes de su llegada. Además, el frente de batalla opositor ahora se enfrenta casi siempre a las invasiones en formaciones cerradas y con armamento defensivo, para cubrirse los puntos ciegos.

Las batallas de Sasori ya no son sencillas y rápidas. Sus marionetas sufren más daño del que le es posible subsanar antes del siguiente combate, e incluso varias se rompen de manera irremediable.

La pequeña general tiene un gusto bastante peculiar por enviar a sus tropas más capaces en excursiones nocturnas. Por lo que los ataques de sus comandos directo a los campamentos por la noche, se vuelven cada vez algo más frecuente.

Estos grupos comandos no tienen otra misión más que molestarlos, cansarlos, robarles comida y hacerlos gastar valiosos recursos bélicos en pequeñas batallas, en las que finalmente ellos se escapan, evaporándose entre las sombras del bosque como si no hubieran existido. Ninjas especializados en el sigilo.

En este panorama, el campamento de turno que tenga a Sasori es el único que más o menos resiste las visitas nocturnas de los enemigos sin tener que dedicar a shinobis o invocaciones patrullando los senderos por la noche. Él es el único en su clase que no necesita dormir, ni sufre pérdida de energía.

De todos modos, la estrategia de la líder de la Luna lo termina afectando a él también. Puesto que son varios asesinos sigilosos a los que Sasori mata durante estos ataques nocturnos, y varias herramientas útiles de reparación las que le roban. Sumado esto a los combates que se llevan a cabo durante el día…ella hace que tenga cada vez menos marionetas funcionales.

Por suerte para todos estos ninjas de pacotilla que combaten de su lado, el repertorio del que dispone es muy amplio, ya que con sus hilos de chakra puede valerse de armas y cuerpos caídos en el bando enemigo, sean civiles o no.

La situación por fin se torna a su favor cuando más refuerzos llegados de la Tierra arriban a la capital por el sur, mientras que Sasori junto con la Serpiente, y el ejército principal de la Tierra se desplazan por el norte… por aquel camino más corto y el que más es combatido por las fuerzas de la Luna.

La ventaja se las da en este caso el manejo de la información, puesto que ambos frentes ponen especial atención en impedir cualquier forma de contacto de la capital para con los otros frentes. Matan a los pájaros mensajeros, capturan espías y ejecutan a los exploradores. De este modo, los refuerzos en el sur pasan inadvertidos por los defensores hasta que ya es tarde.

La batalla por la capital es el infierno mismo. Sasori no necesita visiones para recordar la crudeza del enfrentamiento. Pero el infierno no quiere recordarle el combate, quiere recordarle el fuego que lo consumió todo. Quiere recordarle los rostros de los inocentes, sus gritos.

Por momentos, no sabe cómo interpretar lo que llega a sus sentidos, no sabe si estas voces son parte de su pasado o si pertenecen a las figuras que lo torturan en el presente. No pareciese que la diferencia importara en este sitio, quizá ni siquiera exista.

La visión escapa casi por completo de la masacre de la capital para enfocarse en los momentos posteriores. Un baño de sangre y humo… cuerpos decapitados, empalados.

Una imagen en especial se adueña de la escena: las escaleras externas y el patio delantero del Gran Templo de los Hijos, en donde Sasori abatió en combate singular a la líder de las fuerzas opositoras que tantos problemas le dio. Ante ellos, la gran estatua de la diosa que preside el acceso al templo pareciera mirar con horror la masacre perpetrada contra su pueblo. Sus ojos de mármol lloran sangre mientras las puertas trancadas del templo comienzan a ser golpeadas por las fuerzas invasoras, hasta que finalmente son tiradas abajo y los civiles que están refugiados dentro… hombres, mujeres y niños, son golpeados y sacados a la fuerza.

Mientras se los llevan a todos de allí, Sasori se agacha sobre la guerrera de que yace boca arriba entre las flores blancas del jardín. El cabello largo y morado de la mujer que está regado tras su espalda parece ahora una mancha de sangre más, junto al tinte rojo que colorea las flores a medida que la sangre brota de la herida mortal y cargada de veneno que él le propinó en el costado izquierdo.

—Maldito monstruo...—lo maldice con los ojos vidriosos y cargados de impotencia, apenas con la fuerza para sujetar y arrancar la tierra y el césped debajo de ella—. Por qué… ¡TE ODIO!

Poco a poco, la sangre que escapa de ella se torna espesa y negra, podrida.

—A las mujeres les encanta hacer cosas inútiles...—se burla de ella antes de atarle la boca con una mordaza. No puede permitir que se muerda la lengua. Después de todo lo que le hizo pasar… ahora la quiere con vida.

—Necesito que un médico le cierre la herida, pero nada de antídotos—ordena Sasori, tras ponerse de pie, al grupo de hombres que se acercan a él por detrás—. Sólo necesito que aguante viva por un par de días. Luego, llévenla a mi tienda… Ella es mi botín.

La expresión sombría y siniestra del artista es suficiente para que ninguno de ellos pregunte ni le espete nada. Simplemente cargan a la moribunda cual saco de patatas y la suben a un carro con otros cuerpos.

Un par de horas después, los hombres sanos son encadenados y puestos a marchar, los viejos y los enfermos son pasados por la espada… y mujeres y niños son separados en caravanas, con el peor destino de todos… ese que siempre se les reserva al terminar la guerra. Sin saberlo Sasori, en una de esas caravanas también va su trofeo personal.

El final de esta escena es lo que el cardumen de marionetas espectrales necesita para reaccionar y desatar su siguiente ataque.

— ¡Piedad, mi señor! ¡Piedad!

—Mi hijo… mi madre…

— ¡Maldito monstruo!

— ¿Por qué nos haces esto?

— ¿Qué hicimos para merecer esto?

Muchas voces atormentadas y agonizantes que parecen venir de las propias marionetas, y de ningún lado a la vez, llegan hasta él. A continuación, la masa coordinada de criaturas se arremolina a su alrededor cortando su piel a base de garras y dientes, aunque esta vez de un modo desesperado… como si en un último intento de aferrarse a la vida, le abrieran múltiples laceraciones y heridas en el cuerpo.

La secuencia que le sigue a este evento comienza con un Sasori furioso, avanzando a zancadas dentro de un pasillo lúgubre, sucio, húmedo, oscuro… que en el recuerdo pareciera estar compuesto de carne humana.

Cuando por fin el vestíbulo termina, se despliega ante él la habitación del horror. La mazmorra improvisada con colchonetas y camillas austeras, en donde las prisioneras de guerra están siendo tomadas por soldados con hambre de carne. El escenario es horrible, espantoso… incluso a través del recuerdo arriba a sus fosas nasales el olor a sudor, a sangre, a sexo. Pero el marionetista que se mueve dentro de la escena no repara en nada de esto. Él sólo mantiene su mirada despiadada y carente de empatía clavada en un punto fijo de la sala de torturas, hacia dónde termina dirigiendo sus pasos.

Allí, tirada sobre el piso está su botín de guerra, y sobre ella está el asqueroso de Fudo… ese shinobi corpulento al que ella había sacado un ojo con un kunai.

—Ey, tú. Saco de sebo inútil—se pronuncia a sus espaldas, agarrándolo del cuello de la ropa con sus hilos de chakra para apartarlo de su juguete—. Vete a buscar otra, esta es mía.

El sonido de aquel recuerdo es apenas distinguible para el asesino de la Arena Roja. El dolor de los sucesivos y constantes cortes le hubiese quitado la consciencia si aún estuviese vivo.

Fudo se incorpora de inmediato y se gira con el rostro enrojecido. El ahora tuerto sujeto debe ocultar la ausencia de su ojo con un parche.

— ¡Esta perra me sacó el ojo! —le grita casi escupiendo su saliva sobre él— ¡Yo le voy a partir el culo a base de cogidas!

— Sí, ¡Ve a buscar otro agujero si tantas ganas tienes! Fudo la pidió primero, ¡Yo lo vi! —un segundo ninja tan imbécil como ignorante a la situación se une en apoyo a Fudo. Incluso se atreve a apuntar su navaja en dirección a Sasori ¿Acaso tiene la menor idea de con quién está tratando?

Un soldado de la Serpiente sale de la multitud de rostros insignificantes para disolver el conflicto. De inmediato procede a regañar a aquellos que se oponen a la voluntad del pelirrojo.

— ¿Tienen idea de con quién hablan, ustedes dos? Claramente no la tienen, o no estarían haciendo estupideces. Están frente a Sasori de la Arena Roja. Y lo que escucharon de él no es ni la mitad de lo que lo vi hacer.

Los dos imbéciles palidecen y abren los ojos como platos ante la aclaración. De inmediato se avergüenzan por su comportamiento, y se apartan de su camino en medio de rastreras disculpas y reverencias.

—Eso es, fuera de mi vista y agradezcan que aún siguen vivos—los apremia el soldado de la Serpiente en un tono autoritario antes de volverse a Sasori—. Disculpe la insolencia, mi señor. No todos tuvimos el privilegio de combatir de tu lado. Tontos engreídos.

El renegado del presente puede ver el perfil de su yo pasado con claridad. Es un asesino, un torturador… uno que está recibiendo la venganza y el castigo que sus víctimas no pudieron darle en vida. Pero ese eco de Sasori no lo sabe.

No… ese Sasori no es sólo su yo pasado. Él nunca dejó de ser quien es.

El responsable de tantas muertes... aquel eco del pasado muestra una mueca de frustración en el rostro. Consideró el matar a estos dos insolentes como si fueran basura, así que en realidad su compañero en la Serpiente les acaba de salvar la vida. Pero nada de eso tiene importancia, él sólo está allí por una cosa...

Gira su cabeza y mira hacia abajo, topándose con la mujer que vino a buscar, esa belleza de pelo morado que fue traída como botín común por error.

Con el veneno aún matándola poco a poco, apenas sí tiene fuerzas para estar consciente y mirarlo con odio. Eso tampoco importa, porque pronto será una pieza más de su preciada colección.

Sin demasiada ceremonia, el artista de lo eterno la carga sobre sus hombros y comienza a alejarse de aquellos que quisieron usarla como una de sus mujerzuelas. Tiene mejores planes para ella.

En ese momento, el Sasori del escenario se siente inmortal, superior a cualquier dios, invulnerable a todo. Cuánto cambiaron las cosas….

Después de que esta secuencia terrorífica se acaba, las criaturas dejan de atacar por el momento, pero su cuerpo aún conserva las heridas.

Sin ninguna fuerza ni gota de energía, Sasori flota boca abajo en este limbo. De tanto en tanto, logra abrir los ojos bajo el agua con dificultad. La inflamación y los cortes sangrantes en su rostro se lo hacen difícil. En el inicio de un nuevo ciclo, puede distinguir la siempre latente presencia de sus torturadores en las profundidades de su prisión.

Por ahora se conforman con dejarlo sufrir inmóvil. El daño que recibió es suficiente para que, de manera periódica, oleadas de dolor y ardor sacudan su cuerpo dibujando macabros y enloquecedores patrones en sus heridas.

Otra visión más, otra memoria, otro pecado...

Se ve a sí mismo en la Arena, su poco extrañada aldea de origen. Su cuerpo ya hace tiempo que no puede llamarse humano. Luego de su trabajo destacado en la caída del país de la Luna, el líder de la Serpiente decidió darle un ascenso. Ahora comanda su propio equipo de asalto.

Su equipo tiene una misión: enviar un mensaje a los viejos ancianos de la Arena, porque hay consecuencias por no pagar lo adeudado a la Serpiente.

El Kazekage debe morir.

Él no es responsable de la situación en realidad, ya que la Arena hace tiempo que no es gobernada por el Kazekage. Los ancianos toman las decisiones, y el Kage pone el rostro y la fuerza por ellos…

El hecho de que la Arena oculte a sus verdaderos líderes detrás de la fuerza del shinobi más capaz, es lo que mantiene la política de la aldea a salvo de aquellos que buscan causar daño.

El pelotón que viaja con él está compuesto también por otros renegados. Ninguno de ellos especialmente capaz en batalla, y ciertamente ninguno en condiciones de enfrentarse al shinobi más fuerte de la aldea, pero sin duda son buenos en aquello en lo que se especializan.

La tarea de sus acompañantes es conseguirle un tiempo a solas con el "líder" de la Arena. Y en ese sentido, la verdad es que son unas herramientas más que útiles.

Un hombre de avanzada edad y pelo canoso se encarga de que el clima ayude. Su aldea de origen es la Lluvia, y quizá por esto se especializa en el control del viento y la humedad.

El renegado de la Lluvia se toma unos días en reunir las condiciones necesarias para crear una tormenta sobre la región. Las nubes rara vez se acumulan en el desierto, y cuando lo hacen es por poco tiempo, causando un diluvio al punto en que para los habitantes pareciera haber llegado el fin del mundo.

Una mujer joven de pelo negro hasta los hombros, muy capaz en la sutileza del genjutsu y oriunda de la aldea de la Niebla, logra convencer por distintos medios a la seguridad de la frontera para que dejen pasar al marionetista y a su tercer compañero.

Este último miembro es un sujeto extraño para su escasa edad: un usuario del sonido, quizá de los primeros en convertir al sonido en un arte ninja. Alto, fuerte, de piel pecosa y con el cabello cobrizo corto y rizado, se trata de un ninja talentoso. Sus habilidades le permiten cambiar su voz a voluntad.

Este joven que ahora lo acompaña pasó un tiempo acechando al Kazekage con anterioridad, más bien prestando atención a las voces que siempre lo rodean… lo que le da un papel más que clave dentro del plan de Sasori.

Esa noche, tal y como fue planeado, una tormenta se ciñe sobre la aldea de la Arena. Por otra parte, en algún sitio un poco apartado de la mirada pública, unas voces conocidas, femeninas, dulces y provocativas llaman al Kazekage, invitándolo a subir al tejado de una casa de placer que visita de vez en cuando.

Allí arriba, el líder encuentra dos presencias desconocidas: al joven shinobi de las voces, y delante de él... al ninja pelirrojo, que va ataviado con una capa negra. Una emboscada en el momento en que el clima más la favorece.

La experiencia del usuario del magnetismo le indica lo que continúa. De la espalda del pelirrojo, debajo de su capa, se extienden unos bultos que erupcionan de golpe, desgarrando todo lo que viste por encima de la cintura.

El joven ninja revela entonces un aspecto único, un torso que está hecho de cerámica, con el estómago hueco a modo de compartimento, y unas largas cuchillas metálicas desplegándose desde su espalda, tan afiladas como cualquier kunai.

El Kage de la Arena reconoce, sólo comparando el temor exhibido en la mirada del niño de rizos con la frialdad del asesino pelirrojo de ojos ámbar, que sólo una de estas figuras es una amenaza, la otra es simplemente una carnada. Y la carnada también tiene claro que inmiscuirse en lo que está por acontecer es una sentencia de muerte. Así que tiene la sensatez de hacerse a un lado. Después de todo, su destino está en manos de quien ganase el próximo encuentro, ya sea su compañero de la Serpiente… o el líder de esta aldea.

Sasori y su rival se contemplan en silencio por un instante… instante tras el cual una sonrisa torcida se adueña de las facciones de la marioneta humana, ante el que será su siguiente paso como artista de la eternidad.

La única luz que alumbra el enfrentamiento son los relámpagos ocasionales que surcan el cielo. Además, la tormenta produce unos truenos fuertes que colaboran lo suyo en ocultar el ruido del combate del resto de las fuerzas.

Sasori se abstiene de utilizar fuego en este enfrentamiento… No necesita volver a verlo para recordar ese detalle.

Al comienzo, el pelirrojo tiene la teoría de que el magnetismo que caracteriza la técnica del tercer Kazekage se vería afectado por la electricidad y el agua de esta tormenta artificial… No obstante, si ese es el caso, no puede decir que la desventaja se haya sentido durante el encuentro.

En múltiples ocasiones tiene que desarmar su cuerpo para evitar ser capturado por el polvo metálico que trata de ponerle fin. Los muros de arena de hierro, que se materializan en cuestión de segundos, son escudos efectivos contra los chorros de agua a alta presión que él invoca de sus pergaminos, y que de otra forma serían tan letales como cualquier filo.

La manera en la que el "líder" de la Arena combate es admirable. La flexibilidad y resistencia del material que controla con su técnica sucesoria es maravillosa. Ya quisiera un titiritero tener un control tan fino, una marioneta tan flexible, tan ágil, tan rápida como el metal que este hombre estoico y de templanza absoluta maneja con una naturalidad aterradora.

En aquel momento, el pronto a ser magnicida tiene en su mente sólo el frenético combate… eso y sus enormes deseos de poder conservar tanto al hombre como a su técnica.

Ahora Sasori se lamenta de haber perdido tan magnífica marioneta… lo cual lo asusta. Ya no se siente tan alejado de aquel joven asesino. ¿En qué momento comenzó a sentirse lejos de esa parte de sí mismo? El dolor que lo cala en lo más hondo es evidencia de que nunca debió considerarse alejado de su pasado, más bien de su identidad.

La victoria se la da la lección que hace años aprendió de Ebizo. El veneno es no sólo otra herramienta, es la herramienta. Habilidad y fuerza son importantes. De hecho, el Kazekage lo supera en estos aspectos por mucho, pero el veneno convierte el primer desliz, el primer impacto en el único necesario.

Tras recibir de lleno el daño de un senbon envenenado en su cuello, más haber aspirado por error una de las nubes de gas morado que Sasori lanza cada tanto sobre el campo de batalla, el Kazekage arremete contra él por varios minutos después de que el resultado de la batalla fuera decidido.

De no ser porque su núcleo es la única parte viva de sí mismo, Sasori hubiese muerto en, al menos, una veintena de ocasiones en lo que espera por la inminente caída de su adversario.

Llega a respetar tanto al Kazekage, que casi se aflige ante el hecho de tener que esconder su cuerpo moribundo y amordazado dentro de la marioneta Hiruko.

El joven espectador del combate, por su parte, reacciona por instinto ante la victoria del pelirrojo, acercándose y arrodillándose ante él por su hazaña, en un gesto de respeto.

Hay un pequeño inconveniente en el plan: la Serpiente logró pagar para que los guardias fronterizos de la Arena ignoren la salida de dos hombres. Ahora que Hiruko y su cuerpo real están ambos afuera… el "aliado" que tiene frente a él se vuelve una carga.

El usuario del sonido no es tan estúpido, quizá había notado esto, quizá está por mencionarlo. Quizás cree que el magnicida tiene un haz bajo la manga… y no está tan lejos de la verdad.

Cuando el muchacho del sonido le muestra la nuca, el pelirrojo toma la oportunidad para clavarle un kunai envenenado por la espalda, tan profundo como su fuerza se lo permite... podría jurar que el filo le llega hasta el corazón.

El traicionado muchacho sólo tiene unos segundos de vida, lo suficiente para levantar la cabeza y dedicarle una mirada de odio.

De su boca, entre oleadas de sangre, brota una amenaza que en su momento se ve vacía.

Te veré en el infierno… monstruo...

—Tal vez ese día no llegue nunca, niño—sonríe Sasori con arrogancia, sacando más ropa de su equipaje, y otra capa, para cubrir las armas de su cuerpo—. Tengo intención de vivir eternamente… y para eso, ya no necesito de la Serpiente. Akatsuki es un mejor prospecto para alguien de mi nivel.

Una sola figura emerge de las profundidades del mar de la muerte para buscarlo, y lo jala hacia abajo para verlo cara a cara.

De nuevo atrapado dentro del líquido sanguinolento, Sasori no puede evitar observar en el rostro de la criatura una amalgama de todas aquellas vidas borrosas y olvidadas que alguna vez sufrieron el destino final de caer ante sus creaciones.

Notando como el agua adquiere una tonada diluida y casi transparente, como un saco amniótico… contempla a la marioneta dedicándole una mirada de odio personal, profundo, uno que se merece.

Quizá, lo peor de todo es que incluso ahora es incapaz de ver en esta cosa la persona individual de ninguna de sus víctimas.

Para la que es su única torturadora en este nuevo ciclo, esto no tiene importancia. Sólo emite un grito agudo, de agonía, y toma a Sasori de ambos brazos haciendo uso de una fuerza tal que amenaza con quebrar sus huesos. Acto seguido, se cae de lleno dentro del abismo acuático, llevándolo con ella a una velocidad cada vez más vertiginosa.

Mientras más y más se hunde, el dolor de sus heridas se acentúa, la presión que la criatura ejerce sobre su brazo es cada vez mayor, y la percepción que tiene de sus alrededores se reduce mas y mas.

Al cabo de un tiempo que es imposible de definir, Sasori ya ni siquiera siente la presencia de esta marioneta arrastrándolo. Sólo es consciente del dolor de sus heridas, de la creciente oscuridad que lo acecha y de la fuerza impersonal e inerte, como una corriente, de la cual no puede escapar. Una corriente que lo transporta a algún sitio profundo y perdido en este más allá.

"Despierta."

Una voz etérea y dulce resuena en medio del caos. Quizá un delirio, quizá un recuerdo, quizá algo más…

Al menos él sigue consciente, incluso si el único sentido que vuelve a funcionar es su oído.

"Despierta." La voz vuelve a sonar.

Fuera lo que fuera, las palabras que resuenan como un eco dentro del abismo que lo aprisiona, funcionan como un bálsamo que limpia y purifica su cuerpo dejándolo casi como un lienzo en blanco.

Su sentido del tacto regresa. Puede sentir su cuerpo nuevamente. No hay dolor. No hay heridas.

Por fin obtiene un descanso momentáneo de la pesadez, del remordimiento, de la desesperación, la agonía… Todo desaparece a medida que él continúa cayendo cual peso muerto dentro del infinito oscuro del mar. Ya no hay nada ni nadie quien lo empuje por medio de la violencia hacia allí… sólo… cae. En paz.

La verdad es que esto lo asusta. La última vez que su cuerpo se recuperó fue solo para repetir la tortura una vez más.

"Supongo que es lo que la muerte depara a aquellos como yo." Piensa el artista condenado.

"Lucha… todavía tienes mucho por delante." Responde la voz, como si pudiese escuchar sus pensamientos.

Ahora que no existe nada más que esa voz llenándole los sentidos, puede enfocarse en ella. Parece femenina, amable, maternal. Le resulta familiar, demasiado familiar.

"¿Madre?" Es lo único que llega a preguntarse, sintiendo como si de repente su desdibujada y apagada existencia fuera arropada por un calor fantasma. Por un momento, una especie sexto sentido lo hace sentir acompañado. Empero, su paz se ve perturbada por un escalofrío al pensar en las implicaciones de que su madre también esté condenada a vagar por este sitio.

"No…Ella no puede estar aquí..." Se dice esforzándose en ignorar la parte racional de sí mismo. Su madre era una shinobi después de todo.

La sensación de infinito descenso se detiene, y el artista de lo eterno cae casi sin fuerza ni impacto. Caer… caer hacia arriba, como si pasase a flotar.

Sasori se encuentra ahora flotando sobre otro cuerpo de agua. Uno que no huele a sangre ni muerte. Uno que se mueve en pequeñas olas que lo arrastran hasta una especie de orilla, donde su espalda pasa a reposar sobre arena fina.

"Despierta." Comanda la voz otra vez.

Como si la palabra le hubiese devuelto la vida, Sasori abre los ojos de par en par.

Lo primero que ve es un cielo cobalto estrellado, con muchas nubes rosadas y violáceas pinceladas sobre él. El agua roja sigue presente, aunque ahora sólo a sus espaldas.

El paisaje es tan hermoso como tétrico.

Entre desconcertado por la belleza de su nuevo paradero, y aún alarmado ante la posibilidad de que más monstruos regresen a torturarlo, se incorpora sobre la arena en medio de un impulso brusco. Respirar aire puro en vez de líquido le resulta extraño. Tarda unos instantes en volver a acostumbrarse a la simple acción.

Todavía asustado y paranoico, mira a su alrededor intentando buscar el origen de la voz que lo despertó, a las criaturas que lo atacaron, o tan siquiera alguna indicación de qué es lo que le depara ahora.

El escenario que lo acoge parece ser infinito. Detrás de él sólo está el mar, vivo y apacible, que no parece tener ningún límite. Delante de él, la playa da lugar a un pastizal calmo, dorado y enorme, tan enorme y sin fin como el mar.

Nota además que ya no está desnudo, sino que porta el atuendo mojado de Akatsuki. Este sitio no lo dejaría olvidarse de qué o quién es. La túnica le resulta pesada en más que una manera. Al menos, hasta que el agua y el olor de la vida marina se evaporan de sus prendas como por arte de magia, dejándolas ligeras, frescas, como nuevas.

"¿Qué es este sitio? ¿El verdadero más allá?" Se pregunta sin articular palabra, pero la voz deificada y omnipresente lo oye tal y como si lo hubiese formulado en voz alta.

"El comienzo. Tienes un viaje por delante."

"¿El comienzo de qué? ¿Viaje hacia dónde?" Pregunta Sasori, adaptándose de inmediato a la conexión mental entre él y su acompañante.

"Sigue adelante."

"No entiendo… Dímelo, ¿A dónde debo ir?"

"Recuérdalo. Recuerda de dónde vienes. Recuerda quién eres. Sólo así sabrás a dónde te diriges."

"¿Quién soy? Sasori. Sasori de la Arena Roja. Nací en la aldea oculta de la Arena… Soy..."

"¿Quién eres?" Lo interrumpe la mujer etérea, firme.

Lo primero que el renegado observa es su túnica.

"Sasori de la Arena Roja. Artista… Traidor… Asesino... "

Una imagen nueva se materializa ante sus ojos de imprevisto, un recuerdo nítido y casi real. Pero esta vez no es un crimen, ni objeto de culpa o castigo. Es la imagen de una mujer de pelo castaño y largo, sentada en una cómoda silla de madera junto a una ventana. La mujer amamanta un bebé muy pequeño, con el pelo rojo.

"Soy… soy un huérfano." Sentencia sintiendo como un par de lágrimas ruedan por sus mejillas. Con su mirada perdida en el horizonte, presencia cómo la mujer de la imagen rompe la cuarta pared y lo ve a través de la ilusión, sonriéndole antes de desaparecer junto con el bebé.

"¿Y qué más?"

Una nueva visión secunda las palabras de la voz. En ella aparece una escena tan familiar como lejana: la primera vez que decidió morir a manos de las marionetas de sus padres. La imagen dura nada más que un segundo para pasar a otra. Otra en la que una joven de pelo rosa está curando a su cuerpo inconsciente y presa del abrazo de muerte, en medio del mismo escenario sangriento y hecho trizas.

Anticipando un ataque de las figuras que siempre vienen tras él luego de cada visión, lleva sus brazos a su rostro en un intento de protegerse… Pero ningún ataque llega. Sigue a solas en la playa. Solo… o más bien junto a una voz que aún espera respuestas de él. Solo y frágil. Expuesto.

"Soy… un humano. Un humano imperfecto, que sucumbe a los sentimientos, al miedo… Sólo un humano. No muy distinto que los demás." Resume recordando algo que llevaba tiempo dormido dentro de su memoria.

"Muy bien. Encontrarse a uno mismo no es fácil en este lugar. Tú lo lograste. Nunca olvides quién eres... Ahora encuentra tu camino."

Grabándose esas palabras en su corazón, el condenado se adentra en el enorme pastizal, el cual le llega hasta poco más arriba de la cintura, pero se siente tan suave y aterciopelado que se peina ante su paso.

Una corazonada, de la que se agarra con la mayor confianza posible, lo hace caminar en línea recta hasta que de repente el prado a su alrededor comienza a brillar como si estuviera repleto de luciérnagas. Luciérnagas que abandonan la hierba y se arremolinan y danzan en el aire, hasta conglomerarse en un único aro de luz. Dicho aro se expande y forma un portal extraño, hacia otro mundo desconocido.

"No puedes quedarte aquí." Comanda la voz apremiante.

Lo que lo espera tras cruzar ese umbral es un lugar cerrado. Está en una habitación rodeada de paredes de piedra, frías y sombrías. En el centro del recinto, una mujer de pelo rojo llameante agoniza recostada sobre una camilla austera. No es más que otra figura sin rostro, o más bien posee un rostro difuminado e indefinido. La manera en que percibe la realidad en este limbo es muy diferente a la que una vez tuvo el reino de los vivos.

Quizá no pueda identificar el rostro de la mujer que tiene enfrente, pero de alguna manera puede ver en su expresión el dolor del parto. El fuego de la determinación en sus ojos. De entre sus dos piernas abiertas brota sangre a borbotones, tan brillante como su pelo.

Los gritos de dolor a medida que algo lucha para salir de sus entrañas, son lo suficientemente perturbadores como para indicar al artista de lo eterno que este no es un nacimiento cualquiera.

"Existe un antes y un después de este día." Susurra la voz a sus espaldas.

Sasori no puede entender sus palabras del todo. Al menos, hasta que un gemido monstruoso inunda la sala.

Al prestar más atención a la secuencia, ve a una criatura luminosa que a pesar de su forma humana, se mueve de manera animal. Desde la espalda baja de este ser, flotan una decena de delgados filamentos luminosos. La criatura se abre paso a zarpazos de entre las piernas de su madre. Con un par de ojos demoníacos, dentadura afilada y un aura entre amarillo y naranja, gatea fuera de ella a cuatro patas, extendiendo los anómalos filamentos hacia el infinito.

"¿Soy yo, verdad? El día que nació el monstruo de la Arena Roja..." Pregunta con cierta melancolía al ver al pequeño monstruo rugiendo de manera errática, sin conciencia de sí mismo ni del mundo, al tiempo que la vida de su madre se apaga y funde en un charco de lava.

La voz no responde sus dudas, pero ya no tiene importancia. Si algo dejó en claro esta voz, si algo él tiene en claro… es que tiene que continuar.

Contempla la imagen sin poder interactuar con ella. Cada quejido del recién nacido parece iluminar la presencia de una puerta al otro lado de la habitación.

"Allí es por donde debo continuar…" Resuelve dirigiéndose hacia esa nueva puerta. Al cruzar por ella, vuelve a encontrarse de regreso en el pastizal dorado.

Su instinto lo guía a seguir caminando hacia adelante, cada vez más lejos del océano. De tanto en tanto, una brisa cálida agita la hierba a su alrededor. A cada paso realizado, Sasori se siente temer por el retorno de sus torturadores, pero el prado siempre permanece sereno, inmutable, indiferente ante su presencia… al menos hasta que otra imagen extraña se materializa ante él.

Parte de la hierba del prado mágico se desprende, y sale volando en miles de partículas luminosas tan pequeñas como cipselas de diente de león. En su lugar, queda una tierra árida repleta de cadáveres difusos, semi transparentes y sin identidad definida…

A continuación, una niebla pesada y grisácea se forma en medio de toda la masacre y se esparce ensuciando la belleza que rodea el cruento escenario. La humareda tapa el final del claro lleno de cuerpos, y le impide al artista el poder ver el horizonte detrás.

Sasori entiende que esto está lejos de ser el final, y cuando las apariciones muertas pasan a cubrir gran parte del terreno que lo rodea, dos figuras nuevas se materializan dentro del campo de niebla, oscuras y tenebrosas, vivas y combatientes. Nota que ambas apariciones son masculinas ¿Dos hombres? No… un adulto y un joven.

Como no podría ser de otro modo, los fantasmas lo ignoran, observándose el uno al otro con intensidad. No puede ver sus ojos… pero sabe que están ahí… No es que pueda escudriñar sus expresiones… sólo… están ahí.

Las dos figuras empiezan a pelear.

"Son shinobis.. los dos lo son." Piensa el espectador del enfrentamiento al contemplar la ferocidad exhibida en sus ataques. Se escucha el sonido de golpes y espadas chocando, pero los incorpóreos cuerpos en movimiento siempre pierden su forma al momento de chocar entre sí, sólo para volver a materializarse poco después. Sin embargo, en cada una de sus técnicas de taijutsu se denota un conocimiento marcial muy similar, al punto que ambos parecieran ser un espejo del otro.

Algo en esas figuras le da a entender que son cercanas, que comparten historia, y también sangre... Casi parecen ser dos etapas distintas del mismo ser. Dos gotas de agua separadas sólo por el paso del tiempo.

El fantasma joven se mueve con pasión, con ira y con ímpetu, enfocado sólo en la destrucción de su oponente. El fantasma adulto, por su lado, no parece tener la mente enfocada en dejar todo de sí en el enfrentamiento. Sasori puede sentirse más cercano a éste último. Puede percibir lo que se agita dentro de él: un perverso sentido del orgullo. Una concepción del afecto que no está del todo bien. Una piedad por la figura joven… piedad que no es merecida.

— ¡Traidor! —grita el joven con un odio que le nace de las entrañas, antes de volver a impactar contra su oponente.

—Lo entenderás todo algún día—contesta el adulto impasible, carente de ira o remordimientos en su porte.

— ¡Jamás seguiré tus pasos!

—Lo harás… y entonces lo entenderás.

A pesar de no entender por completo lo que observa, el marionetista sólo puede simpatizar de momento con la figura mayor. Si bien reconoce las emociones crudas, el ímpetu y la ira en la menor, hace tiempo que dejó ese aspecto de la juventud atrás. Es por esto que el resultado de este conflicto termina por helar su sangre.

A medida que la batalla se torna cada vez más frenética, y todo tipo de armas y técnicas elementales hechas de niebla se suman a sus movimientos, los dos fantasmas sin identidad cierran el círculo de su accionar alrededor de él… Así, gracias a la cercanía física, Sasori ve como el menor toma la ventaja, con la escena sólida mostrando un claro progreso a su favor.

— ¡No olvidé lo que somos! ¡No olvidé lo que hiciste! ¡Y por eso soy más fuerte! —exclama la presencia joven, traspasando a Sasori como si nada para abalanzarse sobre su enemigo en una última embestida. Cuando los dos cuerpos de niebla impactan de nuevo, el patrón repetido hasta ahora se rompe.

El humo que compone a la figura mayor se dispersa por completo al ser golpeada y traspasada por su semejante. Ahora la figura joven es la única que queda en pie ante Sasori.

Aún sin poder ver su rostro ni mucho menos sus facciones, el artista nota un fuego de juventud aterradoramente familiar. El fantasma está erguido, victorioso, aunque agotado. Sin embargo, la alegría de la victoria decrece en su porte de un momento al otro. Ahora sí que puede conectar con esta presencia, con el peso de lo que implica haber ganado, con el dolor de saber lo que acaba de destruir.

Todo en este combate se siente profundamente mal, y el resultado se siente aún peor.

El joven hecho de sombras se mira las manos, y el condenado hace lo mismo. Ambos las encuentran manchadas de sangre… como si no existiese diferencia entre niebla y hombre.

Tanto la escena como el pelirrojo permanecen paralizados por un minuto… dos minutos...

Lentamente, con esfuerzo y dificultad, dejos de niebla un poco más clara que el resto se separan del aire denso y oscuro, y forman de nuevo la imagen del fantasma más maduro. Éste camina con dificultad y lentitud hacia el joven consternado.

Quizás por cansancio, quizás por miedo… por el motivo que sea, el menor no opone resistencia a la cercanía de quien odia. La figura mayor, en peligro de volver a disiparse en cualquier momento, levanta su mano derecha en un gesto que resultaría amenazante de no ser por la debilidad expresada en su pose. En el momento en que su mano incorpórea finalmente hace contacto con el rostro del joven, vuelve a desaparecer.

Sasori parpadea confundido ante el giro de los acontecimientos. Podría jurar que la figura joven ahora está sollozando.

"No puedes quedarte aquí." La voz femenina regresa a él. Esta vez le parece escuchar un dejo de angustia en su advertencia.

— ¿Qué significa esto? —la voz del condenado hablándole a la nada corta la niebla que compone toda esta visión, y la dispersa hasta que el escenario vuelve a ser un tramo más del dorado y sereno paisaje sin fin. Sus propias manos también vuelven a estar limpias.

No hay respuestas a sus preguntas, sólo un vago sentido de la dirección y el recordatorio que lo apremia a seguir adelante.

Cuando otro portal de luz se materializa en medio de su camino, toma el desvío para cruzarlo, sin saber qué es lo siguiente que este sitio tiene preparado para él.

Lo que se encuentra del otro lado son unas escaleras que descienden a una profundidad en la que no puede ver demasiado. Quizá sus torturadores lo esperan allí abajo… pero debe continuar. Sabe que continuar es su única opción.

Paso a paso, desciende por la escalinata de piedra hasta que sus oídos captan algo:

— ¿Qué hacemos con ella?

—Es una convicta, deberíamos matarla cuánto antes, y tirar su cuerpo al río o cremarlo.

— ¿Y qué si los otros vienen por ella?

Muchas voces nuevas lo inundan cuando cae de nuevo en otra escena. Él no conoce este sitio, nunca estuvo en él, pero es sin duda alguna un calabozo en toda regla.

Sasori se encuentra del otro lado de las rejas, junto a unas presencias carceleras totalmente invisibles que se susurran entre sí. Dentro de la celda, se escuchan los sollozos de una mujer.

El corazón del condenado se encoge al instante al escuchar ese sufrimiento. Se trata de una mujer joven, aterrada, confundida, con pánico a lo que sus carceleros decidan para ella.

"Sakura…" Piensa atando cabos de inmediato.

Se acerca en seguida a los barrotes, pero al tocarlos y sentirlos duros y fríos, nota que no puede atravesarlos como si fueran una materialización de humo. Son reales.

Al husmear entre las barras, ve la figura femenina sentada y encogida sobre sí. Nuevamente, no tiene rasgos faciales definibles, y su contorno es borroso y difuminado tal y como las que vio antes. Pero su llanto es nítido, desgarrador.

Ahora es cuando Sasori se lamenta por haber deseado un alto a la monotonía. Su mente funciona a velocidad desesperada. No lo duda ni por un momento, esta es Sakura, y se encuentra prisionera por sus actos. Por haber seguido su plan.

—Esto es mi culpa...

En las paredes que recubren la celda de la captiva, otro espectáculo macabro se lleva a cabo. Miles de sombras siniestras y de distintas formas surgen del cuerpo de la mujer. Unas tienen forma de insectos deformes, como ciempiés, mariposas, mantis. Otras se ven como aves rapaces de dos cabezas, de tres o de ninguna. Otras son como pulpos de miles de tentáculos, y otras simple y llanamente lucen tan monstruosas y retorcidas que no puede identificarlas con nada que conozca. Todas estas sombras danzan, combaten y se comen unas a las otras a los alrededores de quien llora.

Ante la imagen y el resto de las voces a sus espaldas, que todavía discuten sobre qué hacer con la mujer, Sasori se siente desesperar y trata de golpear y separar los barrotes a base de fuerza bruta, pero no funciona. Son tan duros como el diamante.

— ¡Sakura! —grita con mucha dificultad en articular palabras. ¿Por qué es tan difícil hablar aquí?

"Ayúdame a sacarla de aquí, por favor. Está aquí por mi culpa, por mi culpa…" Reza a la voz, ignorando el hecho de que en algún momento él fue una persona con orgullo y templanza. Ahora es sólo un muerto más, uno que ya no puede asistir a los vivos. Pero quizá aquella voz que lo ignora pueda hacer algo al respecto. Las visiones siguen aquí.. y quizá ella también.

"No te quedes aquí." Insiste la voz, demostrando no haberse ido de su lado. Esta vez, suena como un susurro en su oído..

— ¡¿Cómo se supone que salga de aquí?! ¡¿Qué no ves que es tarde?! —exclama sin poder contener las lágrimas, que le queman las mejillas como si fueran ácido.

"No es tarde… No me digas que es tarde..." Lo advierte.

Es la primera vez que Sasori siente que la voz está respondiendo a sus palabras. Por un momento, esta presencia que le hace compañía suena descorazonada, pero no tarda en recuperar el ímpetu, aunque lo haga de manera forzada:

"Vamos. Sigue adelante, Sasori de la Arena Roja. No vas a decepcionarme ahora después de tanto."

No entiende por qué esta frase lo motiva, pero ya no importa. La voz ya no tiene que repetirlo. Tiene que continuar. Por tantas eternidades como sea necesario. Incluso si ya no hay nada más que eternidades por delante.

Afloja el agarre de los barrotes y, cargando con la culpa que merece por el destino de Sakura, se gira para buscar la salida a esta visión. Efectivamente está allí. Una puerta de madera simple.

Al abrirla, Sasori ya no se encuentra en el pastizal. Frente a él se despliega un desierto gigantesco, con multitud de barras gigantes metálicas clavadas en el suelo y sobre escombros y restos de edificios destruidos, pero donde no mora ni una sola alma. Reconoce de inmediato que se encuentra en lo que antes era una aldea.

"¿Son esos senbons? ¿Qué… qué ocurrió aquí?" Piensa en shock, sintiendo una brisa fría y polvorienta azotarlo desde sus espaldas antes de perderse en la inmensidad del páramo muerto.

Sasori nunca jamás pisó este sitio, pero lo reconoce hasta cuando no queda nada de lo supo ser en sus días de esplendor. Está en Konoha. En el hogar de Sakura.

"Consecuencias." Es la explicación de la voz.

El artista observa la devastación de la aldea de la misma manera que observó las demás visiones, pero esta se niega a desvanecerse. Permanece allí, invitándolo a explorar las ruinas. Y el único camino que le permite avanzar es a través de ellas.

A continuación, camina errático por el cementerio de escombros y estacas intentando encontrar la que fue la casa de Sakura.

El impulso nace exclusivamente de su emoción. Sabe que es una causa perdida, nunca vio su casa, sabe que jamás la encontraría cuando todos los restos le parecen iguales. No tarda en desesperarse y dejar salir un grito de frustración, tras resbalar en una porción de tejado inestable y caer al suelo.

"Debes seguir." Lo apremia la voz.

"Esto es mi culpa… debo encontrarla." Espeta poniéndose de pie.

"Ya estás cerca del final."

No le cree. No tiene motivos para creerle. Tanto tiempo pasó en este limbo que la idea de que exista una salida es casi irrisoria. La idea de que esta salida está cerca francamente le resulta insultante. Ya lleva suficiente tiempo siguiendo la misma dirección.

"¡NO!" Grita iracundo, reanudando su inútil búsqueda. Convencido de que un instante más en este páramo destruido no alteraría en nada la eternidad que lo espera.

"No pierdas el tiempo, no la encontrarás aquí."

De repente, la voz le muestra otra imagen dentro de su mente. En ella, se ve un río apacible y tranquilo, y frente a él, un puente de madera y hormigón. Pese a que el sol dentro de la imagen es tan radiante que no puede vislumbrar el puente a detalle, sí puede divisar una silueta femenina de espaldas parada sobre él, contemplando al río. Dicha silueta tiene un sombrero de verano, y un vestido blanco que le llega casi hasta las rodillas. La brisa suave le agita los pliegues del vestido a la vez que juega con su fino cabello rosa.

"Tienes que seguir. No encontrarás nada aquí. Tienes mucho por delante."

La secuencia lo saca por completo del escenario de destrucción por un instante, y las palabras de la voz vuelven a cobrar el sentido suficiente para arrancarlo de su desesperación actual.

Un nuevo impulso cobra vida y fuerza dentro de él. Si existe una mínima chance de que haya algo más allá de todo lo que ya vio… entonces sólo lo encontraría avanzando.

"¿Y qué si me esta esperando? ¿Voy a ser tan hipócrita como para hacerla esperar?"

La omnipresente voz le contesta con agrado en su tono:

"Eso suena más como tú..."

El artista de lo eterno camina por los escombros de Konoha hasta salir de ellos. Detrás de la puerta derruida de la aldea no encuentra el bosque circundante. En su lugar, el pastizal eterno lo recibe. Quién sabe cuánto tiempo pasaría en él esta vez.

"Un pie delante del otro, Sasori" Se dice a sí mismo antes de comenzar la interminable marcha.

Ahora se encuentra de nuevo bajo el cielo cobalto con nubes rosadas y liláceas. Lo que sí, el pastizal al que arriba es mucho más bajo que el de antes, llegando sólo hasta las rodillas.

En medio del prado de hierba, a unos ciento cincuenta metros de él, se alza un árbol enorme, cuyas ramas se pierden en el cielo, y sus hojas y frutos parecieran estar compuestos de las mismas nubes. Desde el tronco del árbol, emerge el torso y la cabeza de un hombre, también de madera. Como si hubiera sido esculpido allí.

La imagen en sí es desconcertante, pero no lo inquieta tanto como sí lo hace la persona que está de pie junto al árbol solitario. Es un hombre todo vestido de negro, con su pelo corto también oscuro. En donde debería estar su rostro, sólo hay un agujero negro, un trozo de vacío infinito, del que sólo se asoma un ojo. Un único ojo en su cuenca derecha, que es de un color carmesí vivo y lleno de odio.

"Itachi." Es lo primero que piensa, pero cambia de idea de inmediato. Se ve demasiado fornido y malévolo como para encajar con el porte siempre tranquilo, bajo en perfil y casi enfermizo del muchacho.

"Quizá sea el otro… el Uchiha que sobrevivió… Sasuke."

El aura del desconocido se asemeja al de un guerrero sediento de venganza. ¿Contra quién?

A diferencia de todo lo que vio anteriormente, este hombre sin rostro mantiene su ojo posado sobre él en todo momento. Lo sigue en silencio a medida que se desplaza por el pastizal.

Tener esa mirada sobre él es algo que le causa una profunda incomodidad. Con intención de ocultarse de la vista de esta figura, cambia un poco su rumbo para rodear al árbol que existe entre ellos.

En el momento que hace esto, el cielo mismo se torna rojo, y sus alarmas internas se encienden. Al elevar su vista hacia este nuevo firmamento sangriento, ve allí, donde debería estar la luna, un iris rojo con un elaborado patrón en él. La mirada de ese espectro gigante pasa a ser algo opresivo, peligroso.

El césped no es lo suficientemente alto para ocultarse de ese ojo. Por lo que se gira de regreso al árbol que le tapa la vista del hombre sin rostro, y, por algún motivo, lo ve a muchas hectáreas lejos de él... siendo ahora una mota alargada en el horizonte.

En un instante de confusión, el titiritero busca a su alrededor algo que pueda servirle de refugio.

Es en ese preciso momento en donde el siguiente portal se hace presente: una gran puerta doble hoja de hierro que emerge desde el suelo.. levantando gran cantidad de polvo a su paso, así como terrones que se mantienen unidos por las raíces de la hierba. El ominoso proceso de su erupción provoca un temblor que sacude el terreno mismo.

El gran portal de al menos diez metros de altura transmite respeto y caución de inmediato al condenado. Sus dos compuertas, con grabados antiguos en forma de dragones, esqueletos y guadañas, se abren solas al tiempo que la voz vuelve a pronunciarse con total aplomo a la situación:

"Solo un poco más."

Empeñado en escapar del ojo gigante sobre el cielo, Sasori no demora mucho en refugiarse dentro de la oscuridad absoluta que se muestra del otro lado de las compuertas.

— ¡Eres una maldita desagradecida! ¡Me tienes harto! ¡HARTO!

El eco de una voz masculina se escucha una vez que ingresa al recinto desconocido. Una voz muy dolida, enojada, quebrada, angustiada y desesperada… las descripciones se quedan cortas.

El recinto está a oscuras salvo por un pequeño foco de luz a lo lejos, pero al menos le transmite una sensación de encierro y escondite más que bienvenida.

Al moverse en dirección a la luz, Sasori nota que está caminando sobre una suerte de pantano. Ya que una melaza espesa le cubre los pies, hasta media pantorrilla, haciendo muy difícil el desplazamiento.

— ¡Me desvivo por ti! ¡Maté por ti! ¡Renuncié a todo por ti! Y tú… y tú sólo me tratas como si fuese tu maldito juguete. ¿Por qué no puedes amarme como yo te amo? ¡¿Por qué no puedes agradecerme de vez en cuando?! —continúa la voz del amante despechado.

Aún sin entender bien el contexto, el intercambio le suena por demás desquiciado. Porque, de hecho, no existe intercambio alguno. El hombre, que ahora se deja ver como una mota bajo la luz, continúa gritando solo.

— ¡¿Por qué te niegas a ver el futuro?! ¡Siempre buscas excusas en vez de disculparte! ¡¿Que no ves que el pasado ya no existe?! … ¡¿Sabes qué?! ¡¿SABES QUÉ?! ¡Te mereces tu final por no escucharme! ¡Te lo mereces todo!

Para cuando Sasori finalmente consigue llegar hasta la zona iluminada del pantano, la pequeña mota de vida de antes, ahora se transforma en la visión detallada del supuesto novio herido.

El ser está arrodillado de espaldas a él, y lo ancho y tonificado de su espalda lo hace ver como una figura musculosa y fuerte. Tiene la cabeza y los ojos vendados al completo, y muchísimos cortes y heridas se exhiben sobre su piel, todos mal cosidos con hilo quirúrgico. Además de estas heridas, un par de fierros y clavos parecen estar clavados sobre sus hombros.

Entre sus brazos, el hombre sujeta a su amante… que resulta ser una marioneta femenina inanimada, sin cabello, vendada igual que él y de aspecto genérico… a excepción del único ojo, de un amarillo brillante, que se deja ver entre sus vendajes y que permanece muerto ante los reclamos ajenos.

Todo esto es demasiado inquietante para él, y no soporta verlo por mucho tiempo. Aún así, el suelo es particularmente denso y espeso alrededor de ambas figuras, y le cuesta horrores realizar unos pocos pasos.

— ¡¿Qué?! ¡¿Aún quieres más de mi antes de amarme?! Tienes que estar de broma. Eres una mentirosa y una manipuladora—continúa hablando solo, agitando a la marioneta en sus brazos con ira contenida— ¡Nunca cumples ninguna de tus promesas! ¡Siempre se trata de ti! ¡Tú siempre estás primero!

El marionetista observa la escena horrorizado. Un hombre a medio romper, sacrificando todo por afecto… por amor a la mujer perfecta: una marioneta… No quiere verse a sí mismo en esta figura. No quiere reconocer sus emociones en las palabras que escucha.

— ¡Deja de mentir! Tú nunca me dejaste ayudarte. Nunca en serio. Siempre te aferraste a tu terca manera de ver el mundo. ¡Nunca me diste una sola oportunidad de mostrarte que puedo hacerte feliz!

Si la marioneta le contesta de alguna manera, Sasori no puede oír nada más que las desgarradoras confesiones. Aún así, el amante atormentado queda en silencio por un segundo, y su porte cambia a uno de sorpresa y retorcido entusiasmo.

— ¿Qué? —pregunta sobresaltado de la nada— ¿Un sacrificio más? ¿Eso me dices? ¿Matar al bastardo que odias? ¿Dónde? ¿A dónde está?

Sasori tiene un mal presentimiento de la situación, comenzando a sudar frío ante el cambio de tono que toma ese monólogo delirante. De repente, la marioneta muerta parece cobrar vida y posa su ojo visible sobre él…

—Oh… ya veo… Él está aquí… —ríe el amante ciego, al tiempo que se gira hacia Sasori siendo plenamente consciente de su presencia en ese lugar—. Te mataré, maldita basura.

"Sí, mátalo." Se escucha un murmullo siniestro que no pertenece a la voz maternal y llena de sabiduría que lo guió todo este tiempo.

La corpulenta criatura en forma de hombre se levanta y avanza a grandes zancadas hacia él, aunque convulsionando su cuerpo de maneras extrañas y perturbadoras a cada movimiento hacia adelante que realiza.

Sasori atina sólo a retroceder y huir de él a duras penas, sin poder maniobrar casi nada en este lugar a diferencia de su agresor. La marioneta femenina sólo los mira sonriente y semi hundida en el pantano.

"Hacia abajo." Lo llama la voz en la que sí confía. En medio de la adrenalina, no entiende bien a qué se refiere.

El amante ciego levanta algún tipo de mandoble cortante y pesado por debajo de la melaza y le infringe un sólo corte de absoluta potencia.

Haciendo caso a la única interpretación que se le viene a la mente en ese pantallazo, Sasori se deja caer hacia atrás para evitar ser golpeado por el arma, hundiéndose de inmediato dentro del pantano negro.

Como si la profundidad del mismo resultase ser igual de infinita que la del océano rojo, Sasori cae dentro de otro vacío negro presa del miedo y la confusión.

"¿Qué es todo esto? ¿Qué significa? Sakura… ¡Sakura, ayúdame! ¡SAKURA!" Piensa con los ojos cerrados, presa de la incertidumbre ante otro descenso sin fin.

"Sasori…" La voz que le susurra ahora es nítida, definida, inconfundible. Es ella. Es la voz de Sakura.

"Sakura… Sakura… ¿Dónde estás? Quiero ir a buscarte, dime… dime a dónde ir..." Pide a modo de rezo, modificando la postura de su cuerpo en medio de la caída de un modo casi inconsciente. Ya no está de espaldas y siendo presa de los designios de este limbo insoportable. No… ahora está confiado, lanzándose de cabeza hacia el vacío en un salto de fe.

"Sasori… regresa a mí."

El marionetista sonríe al notar cómo la luz baña su rostro al final del trayecto, cayendo de lleno dentro de ella en un solo chapuzón.

Como si haber entrado en la gran piscina de luz incorpórea hubiese despojado del peso de la gravedad a su cuerpo, siente como si su existencia se fundiese con este halo resplandeciente, flotando en él hasta materializarse otra vez en el suelo. Un suelo cálido de adoquines.

Cuando por fin abre sus ojos, nota que está en el lugar que previamente le fue mostrado en imágenes. Una plaza con un puente de madera y hormigón, por el cual cruza un río. La luz allí es tan brillante que cuando posa su atención sobre la mujer que lo espera sobre el puente, no puede evitar hacerse sombra con el brazo.

—Sasori… —le sonríe Sakura al verlo parado a los pies del gran puente—. Ven, toma mi mano. Vamos a casa…Tengo una maravillosa noticia para ti.

Él avanza con la impaciencia que siempre lo caracterizó. A cada paso que da, la escena se va tornando cada vez más borrosa, más cercana a un sueño. Aunado a esto, más y más sonidos dulces y coloridos comienzan a arribar a sus oídos. El trinar de las aves, el latir de dos corazones unidos, la risa de unos niños jugando, el canto de las cigarras, un suspiro de placer, el correr de las aguas del río… un… llanto.

Dicho llanto se impone por sobre todos los demás estímulos en el preciso momento que alcanza la mano de su amada, y el sueño se desvanece…

Su regreso al mundo real es sorpresivo, abrupto. De inmediato siente una punzada desgarradora sobre su núcleo, y una presencia humana íntimamente cerca de él.

Sakura lo tiene recostado boca arriba sobre la hierba, con la cabeza sobre su regazo. Su mano desnuda se mantiene aplicando chakra curativo sobre el dañado núcleo. Además, su cara está enrojecida e hinchada de tanto llorar, en especial sus ojos. Quién sabe por cuántas horas estuvo así, con el alma en vilo y temiendo que no pudiera despertarlo nunca más.

—Saku… ra… —musita con suma dificultad para controlar su chakra hasta para lo más básico.

—Shhh…—es lo único que le susurra ella, dejando salir todo su miedo en un único suspiro, sin más lágrimas para derramar ante su regreso. En su lugar, lleva su mano libre para acariciar con cariño la mejilla que tiene destrozada por culpa de ella—. Descansa, por favor...

—Te amo...—le susurra con la poca energía que puede reunir, antes de caer rendido ante un sueño tranquilo, calmo, sin más tormento.

—Idiota... —responde ella con los dientes apretados ante el nuevo impulso de llorar de felicidad—. No vuelvas a hacer eso. No puedes morirte sin mi permiso.

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Nota de autores

¡Hola a todo el mundo! Volvimos con una actualización más de nuestro pequeño y querido monstruo.

Imaginamos que si alguno de los que está leyendo esto está entre nuestros viejos lectores, ya nos estaban dando por muertos. Pero no, sólo nos perdimos por ahí con asuntos de la vida. (¡Con lahonestidadenmi ya habiéndose graduado de la universidad después de tanto esfuerzo, sudor y lágrimas! ¡Yay!).

Así que, como prometimos, e informamos a todos los lectores que nos contactaron en este tiempo de ausencia… poco a poco estuvimos trabajando en la producción de este capítulo. Y vaya que nos tomamos nuestro santo tiempo, pero creemos que finalmente posee la calidad necesaria para ver la luz. Esperamos que sea de su agrado.

En lo personal (lahonestidadenmi hablando), no me atrevería a hacer promesas vacías acerca de publicaciones regulares, no puedo prometer eso. Lo que sí puedo prometer es que nuestro tiempo libre está ocupado en producir el siguiente episodio y hacerlo en la mejor de nuestras capacidades. Esta historia verá su final y agradecemos a todos aquellos que estén interesados en verlo.

Atentamente, lahonestidadenmi y Co-autor.