Un mensaje.


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Desde el regreso a la vida de Sasori, desde su breve momento de lucidez y sus palabras galantes... muchas horas más pasan para Sakura. No sabe exactamente cuántas.

Su jutsu médico logra estabilizar el latido de su núcleo, a la vez que cerrar la herida casi al completo. Aunque ahora existe una cicatriz en el kanji que adorna su cuerpo real.

La perseguida por Konoha no sabe si esto es normal. No prestó ese grado de atención durante la última vez que le intentó salvar la vida de esta manera.

Si bien, no es la primera oportunidad en que se encuentra tratando de rescatarlo de la muerte, si bien ya había curado una lesión igual de terrible, infringida por las marionetas de Madre y Padre en la cueva que lo inició todo… ahora es diferente.

Aquella vez no le importaba Sasori, sólo le importaban sus principios, su consciencia. Le importaba más el intentar hacer algo ante la situación que el fin de devolverlo a la vida. Evidencia de que eso fue así, es que no recuerda si por ese entonces le quedó una cicatriz en el núcleo.

"¿Cuánto tiempo estuvo inconsciente dentro de la cueva en la que peleamos hasta que recuperó el conocimiento? ¿Cómo es que nunca se lo pregunté?" Se lamenta Sakura, teniendo presente el recuerdo de haberse marchado de allí justo después de haberle cerrado las heridas. La información le hubiera sido muy útil en este momento para calmar un poco sus nervios.

En este escenario, el pelirrojo sólo permanece inconsciente… inmóvil como un muerto, salvo, por supuesto, del tejido vivo de su pecho, que sigue emanando vida.

Sakura sube su mirada desde el núcleo a su rostro. Es al contemplar su semblante roto, y no la herida en su núcleo, que comienza a especular sobre lo que debió estar pensando o viviendo Sasori para decidir tomar su vida. No puede evitar llorar. Por culpa. Por miedo. Por todo. Por nada en específico.

A partir de allí, a partir de que cae inconsciente una segunda vez tras decirle que la ama… ella sólo espera. Espera sentada junto a él hasta que las piernas se le acalambran.

"Por favor despierta, Sasori."

El tiempo sigue pasando, y con él, la Luna y algunas estrellas comienzan a asomarse en el gran cobalto etéreo del cielo.

"Este no es un sitio ideal para hacer una fogata…" Resuelve viendo que en este tramo del bosque hay demasiados arbustos, y los troncos de los árboles están muy juntos el uno con el otro. De no ser por el desenlace terrible de su última discusión, hubieran seguido camino hasta toparse con un campo un poco más abierto. Además, no se anima a dar una señal con el humo a posibles presencias a sus alrededores. No así, no con Sasori bajo su cuidado.

"Armar la tienda de campaña será lo mejor, al menos por esta noche."

Decidida a esto último, Sakura invoca desde un pergamino de su mochila al bolso con los elementos para el refugio. Es la primera vez desde que arrancaron su viaje que por fin le darán un uso.

Con su prisa de alejarse de la aldea, armar y desarmar la carpa parecía una pérdida de tiempo, pero ahora, con una posición más o menos aventajada, más la prioridad de dar cobijo a su amor en mente, Sakura se toma el tiempo necesario para la tarea.

Una vez que la tienda está armada, toma al marionetista con cuidado entre sus brazos y lo lleva adentro. Allí, lo deja recostado boca arriba sobre una manta que extendió previamente sobre el suelo aislante, y le quita el calzado, más el abrigo y la camiseta que están manchados de sangre seca. Con cuidado, le limpia las manchas coaguladas que le quedaron sobre el pecho con un trapo húmedo, y le coloca una camiseta nueva, de manga corta. Al terminar, ella se descalza también y se acurruca a su lado, metida dentro de su bolsa de dormir. Sakura los cubre a ambos con otra manta suave y acolchada, y le rodea el pecho a su amado con un brazo, decidida a darle la mayor calidez posible en su inconsciencia.

—Lo siento… de verdad...—susurra con su rostro muy cerca del de él, al tiempo que siente como un par de lágrimas traicioneras se escapan de sus hinchados ojos cerrados—. Despierta pronto, mi amor…

Con ese último deseo, la tienda queda en silencio, con ambas figuras sumidas en un profundo sueño.

Dicho sueño es inerte, carente de eventos para Sasori. Debido a esto, su segundo despertar es sereno, calmo, sin dolor. Regresa al mundo carente de sentidos, pero no como cuando el limbo se los arrebataba. En esta realidad que lo recibe, es incapaz de sentir la presencia de su cuerpo, pero sí puede sentir a su núcleo.

"He vuelto… Sakura."

Es un instinto, parte de su segunda naturaleza. Lo primero que hace a partir de allí, es extender hilos desde su parte viva para explorar a su alrededor. Reconoce que se encuentra dentro del cuerpo de marioneta, y que puede controlarlo. Activa su sentido del oído, y la respiración suave de la joven arriba hasta él. Luego, enciende su vista.

Su memoria más primitiva le recuerda al momento en que volvió a la vida rodeado de las marionetas muertas de Madre y Padre. Pero, a diferencia de aquella vez, no es el cielo nocturno estrellado la primera vista que lo recibe… sino un techo en la penumbra clara del amanecer. Y además, una compañía viva y cálida lo envuelve en un abrazo cercano, angustiado.

Sasori gira su rostro a la derecha, topándose con el semblante durmiente de su dama. A continuación, levanta su mano hasta posarla sobre el brazo cálido que lo rodea por debajo del núcleo, acariciándolo con la fuerza propia de un hombre enfermo.

Su atontada mente intenta rememorar poco a poco lo sucedido, buscando pieza por pieza reconstruir el contexto de este escenario. El llanto de Sakura, su propio coma, los gritos… el puñetazo en su rostro... que explica por qué su visión es tan inestable…. y finalmente… su muerte.

"Oh, por amor al arte… no fue un sueño… realmente lo hice." Sus párpados dispares se abren de par en par, sintiendo cómo el peso de la culpa arriba a él.

Cuando por fin recupera la motricidad suficiente como para mover la mayoría de su cuerpo , Sasori gira sobre sí mismo bajo la manta y abraza a la muchacha que duerme a su lado.

El súbito contacto enciende las alertas mentales de la joven, despertándola al instante.

— ¿Sasori? —es lo primero que pregunta, alterada pese a su estado de somnolencia.

—Perdóname…—susurra el renegado con tono lastimero, arrepentido—. Pensé que… si moría… Fui un imbécil… Te hice aún más daño. Perdóname…

Sakura saca sus manos fuera de la bolsa, y las lleva a ejercer un agarre débil sobre la ropa de su amado marionetista, derramando nuevas lágrimas en el proceso.

—No… no… la idiota fui yo… Te grité y te rompí la cara. Quería descargarme y no me di cuenta, y solo estoy arruinando las cosas... y lo arruine todo, y en serio lo siento y…

La joven no logra organizar sus pensamientos, una mezcla de alegría y culpa la compele a soltar mucho de lo que temía no tener la chance de decir.

—Eres incapaz de arruinar nada...—le asevera el artista apretando más el abrazo. Intenta activar su tacto, pero una breve y dolorosa punzada en su núcleo le indica que no tiene la fuerza para hacerlo. Allí es cuando recuerda el estado de su cara, y agradece no haber podido activarlo—. Cuando todo… todas las estupideces que hago, las arreglas tú. Debí saber mejor, debí escucharte, debí entender. Yo fui el que arruinó todo.

—Tonto...—solloza Sakura—. Tú me importas tanto como mi aldea, ¡Tonto! ¡No te atrevas nunca a pensar otra cosa!

Quién sabe cuánto permanecen allí, juntos y abrazados, dejando salir sus culpas. Sasori sólo nota que Sakura gime y llora contra su hombro hasta que vuelve a caer dormida.

Él se queda allí, sin moverse, viéndola dormir mientras poco a poco la luz radiante del día se va colando dentro de su refugio. Momento en el que ella vuelve a agitarse entre sus brazos, aunque sin sobresalto alguno.

—Buenos días...—saluda Sasori con cierta dubitación en su tono de voz. Acto seguido, le da espacio para incorporarse debidamente—. Perdón por haberte despertado hace rato, nunca quise interrumpir tu sueño en primer lugar… Espero que al menos hayas podido descansar un poco.

Sakura aparta la manta de su cuerpo y se sienta con cierta pesadez.

—Sí… aunque, luego de tanto llorar, debo verme deplorable ahora mismo—ríe por lo bajo, frotándose los ojos hinchados con el dorso de la mano. En cierto modo escondiéndose de la mirada ajena.

El renegado no encuentra nada que responder al respecto, sabiendo que la desesperación y la tristeza que dominó a su dama el día anterior fueron culpa suya. Sólo se queda sentado a su lado, viendo a la mano embebida en chakra curativo de Sakura colarse debajo de su cabello rosa revuelto, para bajar la hinchazón en sus párpados.

Aquello lo hace recordar la existencia de la fractura que existe ahora mismo sobre su propio rostro. Tener el tacto desactivado le hace fácil olvidar su estado, pero al llevarse una mano a la mejilla, nota como más polvillo y pequeños fragmentos caen sobre su propio regazo. Dichos restos de cerámica se hacen aún más visibles al verse contrastados con el negro de su pantalón. Por un momento, la gravedad y la acción de su mano le mueven el ojo izquierdo, que está contenido dentro de su cuenca por lo poco que queda de su párpado, y su vista se vuelve dispar. Empero, Sasori lo agarra de inmediato para volverlo a presionar dentro de su cuenca, evitando que caiga rodando al suelo.

—Lo siento… eso fue mi culpa...—se expresa Sakura con porte avergonzado y contrito, observando la escena con un aspecto mucho mejor. Luego del breve tratamiento, luce como si su noche de llanto no hubiese existido.

—No pasa nada… con un poco de cerámica extra, estará como nuevo...—la tranquiliza Sasori con su mano aún manteniendo su ojo izquierdo en su sitio…— pero hasta entonces… ¿Podrías permitirme unos momentos a solas con un espejo? Tengo que estabilizar las grietas y preferiría que no tengas que ver lo que sigue.

Sakura sale de la tienda con su mochila en mano, entre avergonzada y culpable. Quisiera creer que respeta sus deseos obedeciendo. La verdad es que le cuesta verlo a la cara, el recuerdo es demasiado cercano.

Lo primero que hace al regresar a la intemperie, es arrodillarse sobre la hierba, y usar uno de los pergaminos de su mochila para convocar agua tibia y llenar una palangana pequeña de latón. Con sus botellitas de shampoo y acondicionador a la mano, se lava el cabello y también la cara; refrescándose, y deshaciéndose de todo rastro físico de la noche anterior. Tras escurrir y secarse el pelo con una toalla, hace uso de su pequeño cepillo de finas cerdas y pasta de menta para lavarse los dientes. Esta vez, toma un sorbo fresco de su cantimplora para enjuagarse la boca, y lo escupe a un lado al terminar.

Dejando el cepillo de dientes dentro de su mochila, se hace con otro diferente, mucho más grande, de dientes duros, para peinarse el cabello húmedo y deshacerse de todo nudo.

Una vez completadas todas estas tareas, la llamada de la naturaleza la lleva un momento lejos, tras unos arbustos. Allí, se baja las calzas junto con la ropa interior y se pone de cuclillas. En lo que expulsa la orina de la mañana, la muchacha no puede más que pensar en las complicaciones que les traerá su arranque de violencia de ahora en más.

Al caminar de regreso al campamento, y lavarse las manos una segunda vez en la fuente, Haruno se convence de que no puede dejar la situación así. Debería ayudar.

Cuando entra de nuevo a la tienda, se encuentra con el artista con bisturí en mano, arrancándose una última pieza, contorneada y perfecta, del rostro. A continuación, lo ve guardar el corte de cerámica, resquebrajado en su centro, dentro de una bolsita de cuero.

Con su acción, Sasori se abre un hueco en la capa superficial del cráneo. En donde debería existir una cuenca ocular y su pómulo izquierdo, ahora existe un gran agujero que permite a Sakura ver los filamentos conductores de chakra, y capas internas de la marioneta detrás de la fachada de humanidad.

—Las grietas ya no van a extenderse, pero hasta que no pasemos unos días bajo techo, donde podamos controlar la temperatura y la humedad, no podré reparar los daños—Sasori reporta esto con frialdad. Para cuando termina la oración, se da cuenta de que necesita agregar más al contexto de la situación—. De todas formas, pasar por un pueblo es parte del plan original. Esto no es más que un inconveniente mínimo. No deberias preocuparte.

Sakura ve a través del transparente intento de aliviar los ánimos. Ella recuerda el proceso de reparación que presenció la última vez… no quiere despreciar los esfuerzos de Sasori. No de nuevo. Por otro lado, es peligroso que alguien en dicho pueblo vea a un transeúnte paseándose con medio rostro roto… Hay que disimular su avería de alguna manera.

—Deja que vende tu cabeza y cara—propone la renegada de Konoha—. Sé que será solamente estético, pero ayudará para que no llames la atención, para que sólo te veas como alguien que sufrió una herida en el ojo… y no está tan lejos de la verdad… Es lo minimo que puedo hacer ahora por ti.

—Hiciste más que suficien…

—Insisto.

El pelirrojo deja de oponer resistencia y se acomoda para quedar sentado de espaldas a ella.

—Estoy en tus manos.

El proceso de remendar a Sasori se da en silencio. Sakura no puede evitar ver la ironía, o más bien, la poco sutil metáfora que resulta ser el poner un parche temporal sobre las consecuencias de sus actos. Sí… el parche que le rodea la frente, y le cubre la cuenca vacía y gran parte de la mejilla, lo hace ver mas humano, pero lo único que hace es ocultar el innecesario daño que ella le causó a su cuerpo.

"Sabía cuánto le importa su cuerpo. Sabía que no tiene otro. Debería haber sabido lo que él estaba pasando." Se recrimina a medida que se desenvuelve con su labor.

Las manos de la médica y el vendaje danzan frente a la vista del pelirrojo. El constante vaivén de manos le trae un oscuro pantallazo de su pesadilla del otro lado del velo.

De inmediato, se ve en la necesidad de contener un escalofrío. Un espasmo que lo fuerza a perder el control de su rostro para no reflejar en él una mueca de miedo y disgusto. No quiere volver allí. No quiere pensar en eso. No quiere pensar si eso es lo mismo que le esperaría a ella si fallara en su misión.

"No, no tengo tiempo para pensar en eso" Se justifica Sasori de la Arena Roja para olvidar de nuevo todo lo relacionado a esa experiencia.

Una mano femenina que se cuela bajo su ropa para palparle el núcleo, contribuye a sacarlo de su estupor. El cálido chakra curativo de Sakura alivia una incomodidad en él que hubiese pasado desapercibida, de no ser porque ella la está atendiendo ahora mismo.

—No sé cuánto tardaste en recuperarte la primera vez que nos vimos… pero ya no estamos en las mismas circunstancias. En aquel momento, sólo quería salvarte la vida… ahora te quiero… y te quiero sano. Así que voy a seguir tratándote hasta que estés totalmente recuperado.

—Gracias por todo…—contesta el marionetista sin atreverse a negarse.

Las palabras de gratitud le duelen un poco a la joven. Ella quería decirlas antes.

—No se vale…—se queja ofuscada—. Soy yo quien debería agradecerte… Estás haciendo demasiado por mi. Incluso si me cuesta entenderlo.

A este punto, la remienda está completa, y la mirada tuerta de Sasori se desplaza hacia su costado derecho, encontrando a su dama asomada por detrás de su hombro.

—Y es mi culpa por no explicarlo. Pienso remediar eso a partir de ahora. Si me permites, quisiera decirte los siguientes pasos que tengo en mente.

— ¿Quisieras? —parpadea Sakura con la curiosidad recobrada— ¿Cuál es el "pero"?

—Voy a tener que pedirte que confíes en mí, y en mi criterio. Porque soy consciente de que lo que voy a decir va a sonar… dudoso como mínimo—prosigue con aún más misterio—. Pero puedo prometerte que jamás tomaría este camino si no lo considerara nuestra mejor opción ahora mismo.

Sakura observa cómo en el porte de Sasori se dibuja una mezcla entre la súplica, un intento de negociar y el miedo a la posible respuesta.

—Te escucho. Y confío en ti—contesta ella, cambiando de posición para sentarse ahora junto a él, a su derecha, y tomarle la mano con cariño.

—Vamos a ir a un pueblo, aproximadamente a dos días de viaje de aquí. Allí existe una especie de nexo. Un lugar neutral donde gente como nosotros… espías, y otros personajes en situaciones y actividades delicadas, pueden dejar y recibir mensajes protegidos por códigos u otras medidas.

Sakura lo sigue con atención. La idea de acercarse a un área poblada siempre es arriesgada, pero hasta ahora no suena como algo tan descabellado, más aún considerando que más pronto que tarde deben abastecerse de nuevas provisiones.

—No es una garantía… pero estoy muy seguro de que allí puedo recibir un mensaje… un mensaje de… de Deidara.

La mujer tiene que esforzarse un poco en deshacer el nudo de su garganta.

—D.. Deidara… el miembro de Akatsuki…—repite como un pensamiento en voz alta, digiriendo las palabras hasta notar un detalle que Sasori omitió en su relato—: ¡¿Qué acaso él no murió en la explosión gigantesca que casi nos mató a mí y a mi equipo durante el rescate de Gaara?!

Sasori niega con la cabeza.

—No. Él sigue vivo igual que yo… aunque, a diferencia de mí, él sobrevivió por sus propios medios. En el pasado, me hubiera costado admitirlo, pero eso lo vuelve oficialmente un shinobi más capaz que yo. Tenerlo de nuestro lado, incluso si es sólo en un aspecto y tiempo limitado, lo convierte en un recurso valioso.

—Increíble...—se sorprende su dama—. Vi con mis propios ojos cómo su cuerpo volaba en pedazos antes de que mi maestro absorbiera la explosión con su sharingan...

—Ya sé que se escucha ridículo y es difícil de creer, y entiendo si piensas que él no dudaría en perseguirnos y darnos caza junto a todo el resto de Akatsuki—Sasori hace una pausa para dar un poco de crédito y razón a la expresión entre sorprendida y atemorizada con la que ella lo mira—. A decir verdad, no me caben dudas de que eventualmente lo haría. Pero, y esto es un "pero" importante: existen cuatro personas en las que confío, y él es una de ellas. Él me prometió que me daría unas semanas de ventaja si esta clase de situación llegase a ocurrir. Y le creo.

— ¿Que clase de mensaje esperamos recibir? —la voz de Sakura no inspira confianza, pero sus palabras sí. "Esperamos" en tiempo presente…y sujeto en plural… son detalles que no escapan al marionetista.

—Confirmación de que estamos siendo perseguidos. Fecha de inicio de la persecución. Dirección de su búsqueda inicial. Esa es la clase de información que él podría adquirir, y la clase de información que puede comunicar sin ponerse en un riesgo excesivo. Eso nos dará tiempo para prepararnos, para planificar, para que nos pierdan el rastro.

—Estamos por poner nuestras vidas en sus manos—señala Sakura con el ceño fruncido en gesto de duda y desconfianza.

—Estás tú primero que nadie, después Sai, luego Kiyoshi… y por último Deidara. No existen otros en quienes confiaría hasta este punto—manifiesta el artista de lo eterno, tan firme como convencido de su plan de acción.

El hecho de que un Akatsuki esté mencionado en la misma oración y categoría que Sai y ella misma tiene todo tipo de impacto en la kunoichi de Konoha, pero no puede llegar a interpretarlo de manera negativa. Él no haría una comparación así a la ligera. Deidara, indistintamente de sus pecados, sus crímenes y su compañia… Sakura no logra completar esa línea de pensamiento. No importa. Sasori confía en él. Incluso si ella no lo hace… ella sí confía en Sasori.

—Entonces, deberíamos ponernos en marcha cuánto antes—lo apremia ella, esforzándose en ser práctica a pesar de su falta de entusiasmo ante la estrategia—. Mientras más rápido recibas este mensaje, ganaremos más tiempo de ventaja para planear nuestro próximo movimiento.

Durante los veinte minutos siguientes, Sakura toma un desayuno austero fuera de la tienda, consumiendo parte de las raciones que le quedan, y Sasori se cambia la camiseta de manga corta por una de mangas largas y cuello de tortuga de color lila opaco, echándose una capa negra con capucha sobre los hombros poco después. Su ropa sucia y manchada de sangre, es guardada dentro de su equipaje. Una vez terminadas estas tareas, ambos recogen sus cosas, y desarman y guardan la tienda de campaña de nuevo dentro de su correspondiente pergamino.

Ahora pueden resumir su viaje hacia el que será su nuevo destino.

Dicho recorrido se traduce en dos noches más que deben pernoctar a la intemperie. Noches en las que todo está tan tranquilo como puede estarlo, considerando el último altercado que tuvieron.

Sasori nota que ya no existe un mal ambiente entre ellos, por más que la comunicación no sea el fuerte actual en su convivencia. El cambio en la situación en sí pareciera comprenderse sin palabras de por medio.

Tampoco puede decirse que estén en una completa paz… Sakura parece haber dejado atrás la ira y la desesperación para reemplazarlas por incomodidad o culpa. De parte del pelirrojo… una mezcla de decepción por sus propias acciones y gratitud por el resultado, son utilizadas como excusa para no pensar en el infierno.

La expectativa ante las noticias de Akatsuki ciertamente se lleva gran parte de la atención ahora. El hombre prefiere ante todo enfocarse en el futuro, en posibles planes y rutas de acción que deriven de las palabras de su contacto, y Sakura, por su lado, evita activamente cualquier pensamiento sobre el porvenir hasta no tener un panorama real de la situación. El preocuparse sin dirección ya probó tener consecuencias terribles. Ahora mismo, sólo está enfrascada en hallar una manera de dejar atrás su frustración y disgusto por los problemas que su último error trajo sobre Sasori.

—Sé que este no es el mejor momento para ponernos con el tema, pero… No quiero que estemos distantes ahora… ya no más—se sincera el pelirrojo durante la primera noche, sentándose en la hierba junto a ella durante su cena, intentando quizás crear un poco de intimidad frente a la fogata.

—Sí… aunque no me molestaría esperar hasta llegar al pueblo—bromea Sakura entre bocados discretos a los onigiri rellenos de huevo y atún que está degustando—. Me gustaría tomar un baño de agua caliente antes… y ayudarte a reparar…

Para vergüenza de la ninja, se encuentra incapaz de vocalizar la expresión entera. En su lugar, sólo hace un gesto con su mano apuntando el lado izquierdo de su propia faz.

Pese a no tener el tacto activo en gran parte de su cuerpo, el renegado le acaricia la mejilla con un ligero roce de sus dedos.

—Créeme que yo también quiero eso para ti. Te mereces un descanso de todo esto. Y quiero dártelo…. Un tiempo de paz, en un hospedaje de verdad—él intenta desviar la conversación del estado de la marioneta que usa por cuerpo. Convencido de que permanecer en el tema no es algo que beneficie a su musa.

— ¿Y lo de dejarme enmendar mi error? —pregunta ella dedicándole una mirada cargada de arrepentimiento, de culpa.

Sasori sonríe de medio lado, volviendo su vista tuerta a la fogata con una resolución opuesta.

—Creo… que ya hiciste demasiado por mi. Deja que yo me preocupe por eso cuando llegue el momento.

—Perdón...—comienza a disculparse de nuevo con él, dejando de comer al comenzar a sentir un nudo de angustia arribar a su garganta.

—No llores, mi muñeca...—comienza Sasori arrimándose aún más a ella para pasarle el brazo por detrás de la espalda y sobarle el hombro a modo de consuelo. Detesta ser tan torpe ahora mismo para hacerla sentir mejor, y detesta aún más no poder conectar con su piel como es debido—. Ya no te sientas culpable, en serio que no es la gran cosa. Me arreglaré en un abrir y cerrar de ojos. Nada más necesito una habitación donde podamos controlar la humedad y la temperatura. Si tengo el lugar correcto, donde trabajar y solucionar este detalle. Pronto será parte del pasado.

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Antes de acercarse al camino de tierra que los guiaría a la entrada del pueblo, el dúo dedica unos momentos a alterar su aspecto y presentación.

Sasori aprovecha el hecho de que su rostro está vendado para cambiar sus movimientos y ritmo de caminar a aquellos propios de un paciente en recuperación. Además, se sube la capucha para añadir a la fachada de un viajero entrado en años. Unas disimuladas manchas de polvo en las partes de su rostro que están expuestas añaden al efecto.

La mujer opta por hacer un genjutsu menor que le cambia el color de pelo a negro azabache, y los ojos a un marrón claro.

Ambos coinciden en usar un acento distinto al hablar, así como en sus roles. Si alguien pregunta, ellos son primos en peregrinaje, buscando una medicina para un abuelo que no está en condiciones de viajar. No es necesario más que eso. No por ahora.

Cuando llegan a su destino, el pueblo resulta ser mucho más grande que lo que Sakura había supuesto de antemano. Muchas carretas deambulan por las calles, y muchas personas se mueven dentro de los comercios y por la vía pública. Por un momento, teme que sea fácil llamar la atención, incluso si el peculiar contacto de Sasori sólo se pasa a dejar un mensaje. Pero luego recuerda que, en muchas ocasiones, el mejor lugar para esconder a una persona es en medio de un gentío.

De la misma manera, el mejor lugar donde esconder un establecimiento dedicado a transmitir mensajes, sin mediar preguntas, sería en medio de establecimientos civiles.

"¿Será muy lejos del lugar en el que estamos? ¿Uno con menos casas y comercios a la vista?... O quizá en el centro mismo del pueblo."

Por más que mira hacia adelante, sólo se encuentra con un espacio céntrico con calles de adoquines y aceras de hormigón que no parece tener fin. Por otro lado, pasar frente a tantos restaurantes y casas de comida exquisita le hace rugir las tripas. Son las dos de la tarde y desde las nueve de la mañana que no prueba bocado.

—Deberíamos ir a buscar un sitio ideal para hospedarnos, pero primero… tú tienes que comer algo—señala Sasori adelantándose a ella.

El tono casual con el que lo dice casi que hace olvidar a Sakura que Akatsuki está por descubrirlos. Por ahora, logra sonsacarle la que es quizás su primera sonrisa desde la noche del comienzo de su exilio. Esto le recuerda un poco a tiempos mejores.

—Debo admitir que se me antoja un poco de ramen…—musita por lo bajo, siguiéndole el juego al renegado.

Sasori la toma de la mano en respuesta, pese a no tener el sentido del tacto activo, y la guía a un restaurante en la esquina de enfrente. A Sakura le recuerda muchísimo al puesto Ichiraku, a excepción de que la barra para comer de este lugar es quizá el doble de ancha, con el doble de asientos, y con unas puertas grandes y decorosas que lo abren al público.

Después de tanto disgusto y miedo, de tantos días a la fuga, no puede evitar agradecer el momento de distracción y cotidianeidad que Sasori le está dando.

Una vez que entran al rústico comercio, Sasori divisa de inmediato un lugar disponible entre los clientes, y cuando ella se acerca al banco, se toma la molestia de agarrarla por la cintura con ambos brazos para subirla a él. Ella se sonroja por el gesto, considerado a la vez que romántico.

—Pide lo que quieras...—susurra a sus espaldas, muy cerca de su oído, cuando ella se inclina sobre la barra—. Puedo dejarte un poco de dinero extra.

—Gracias, cariño...—susurra Sakura volviéndose al pelirrojo, embelesada por lo espontáneo del momento. Deja atrás por un momento el juego de espionaje.

—Todo por verte feliz…

El repentino tono seductor de Sasori la hace reír avergonzada. Siguen estando en un sitio público, rodeado de clientes, y no puede evitar sentirse observada por todos ahora.

—Eso. Dirás que es una tontería, pero… extrañaba tu risa—finaliza Sasori sonriendo satisfecho con el resultado de su desempeño, al tiempo que le alcanza un poco más de ryus—. Disfruta de la comida, mientras yo busco un sitio adecuado en el que podamos quedarnos, y que no esté muy lejos de aquí. En no más de dos horas volveré a buscarte en este sitio...

Sakura se siente muy torpe ahora mismo para poder formular una respuesta ingeniosa.

— ¿Es una promesa? No me hagas esperar mucho…

—Jamás—musita el marionetista acariciando su hombro una última vez a modo de despedida.

No pasan más de treinta minutos hasta que el renegado de la Arena da con el sitio ideal. Varias calles a distancia del restaurante, divisa lo que parece ser un motel de dos plantas, de aspecto tradicional, con unos veinte departamentos a la vista.

Sólo viéndolo desde afuera, nota que todas las habitaciones tienen un único ventanal de cortinas gruesas y pesadas, que esconden bastante bien lo que está del otro lado.

La recepción es a donde Sasori ingresa para aclarar sus dudas. Lo que busca en el hospedaje no es demasiado: algún sistema de calefacción para poder trabajar con la temperatura de la arcilla, y una ubicación algo apartada de la mirada pública. Con sus dudas ya aclaradas, paga por el uso de la primera habitación a la derecha de la primera planta, y recibe las llaves de la misma.

En vez de regresar de inmediato a buscar a Sakura, opta por hacer uso del tiempo que le queda en dirigirse al que es su sitio de interés. Un comercio vistoso que no está muy lejos de allí, en plena zona céntrica.

Al meterse en la peatonal de hormigón que atraviesa la propiedad, lo mira por afuera fingiendo ser un turista más. A juzgar por la clientela que asoma desde su fachada, todas familias con niños y parejas de adolescentes, deduce que durante el día es sólo un café de gustos y precios refinados, y por las noches un bar sereno con mucha más clase y poder adquisitivo que otros en el rubro. Por otro lado, un simple vistazo a las ventanas de vidrio no le permite detectar nada extraño que llame su atención. Sólo empleados moviéndose con bandejas y clientes que entran y salen del baño, o de pagar la cuenta.

Mientras la familia Daigo siga a cargo del local, los verdaderos negocios tras esta fachada seguirán funcionando como tienen que hacerlo. Es bueno saber que existen cosas estables en este mundo.

Sasori sabe que no puede ingresar ahora. Su tipo de mensajería requiere que visite el local durante la noche. Durante su fachada de cafetería, allí sólo mueven mensajería de aquellos que no se manchan de rojo. Y nadie se mancha tanto de rojo como Akatsuki.

Cuando la pareja vuelve a reunirse, el hombre desgarbado y herido lleva a su "prima" hasta un mercado de paso hacia su hospedaje. Un pequeño trámite necesario para reponer las provisiones de esta noche y de los próximos días.

Arroz, fideos, huevos, más jabón, pasta dental, shampoo, desodorante, detergente, jabón para la ropa, té, pan, latas de conserva, algunas pocas verduras, onigiri ya preparado, pastillas de caldo, salsa de soya, carnes en conserva, y también compresas femeninas, son algunas de las cosas que Sakura compra allí. Por su lado, Sasori compra un paquete de arcilla blanca en la tienda de al lado.

Finalizado el mandado, ambos resumen el camino hasta el motel en donde se quedarán por la noche.

Sakura pasa junto a su amado por la recepción en silencio, y sólo se anima a hablar con él cuando ya están resguardados dentro de su departamento.

Al ingresar, nota que el alojamiento está bien provisto con todo lo que necesitan. Luego de que se quitan los zapatos en el recibidor, suben un escalón hacia un pequeño espacio comedor-living pintado de verde opaco, con una estufa en la pared, una mesa con cuatro sillas, unos estantes flotantes con un pequeño reloj allí posado, y un tenderete para la ropa que cuelga sobre la calefacción. Una barra separa el final del recinto de la cocina. Dicha cocina está revestida de azulejos blancos, y tiene una encimera de mármol, una heladera, y una alacena flotante de madera. A la izquierda de la barra, se desprende un pasillo que conduce al baño y a la recámara.

—¿Pudiste encontrar lo que buscabas?— pregunta deshaciendo la técnica ilusoria sobre sí misma por un rato, a la vez que deposita las bolsas de la compra sobre la mesa.

—Mi punto de contacto trabaja en horario nocturno. Voy a visitarlo durante las primeras horas de la noche, antes de medianoche. El proceso se tomará un rato. Después de todo, hay que ser cuidadosos.

—¿Y no quieres contarme cómo funciona este contacto?

—Quiero, pero no es necesario ahora—el pelirrojo no tarda en contradecirse—. De hecho, por lo que dure esta estadía, es mejor que no sepas los detalles. Una vez que salgamos de este pueblo, te contaré cómo funcionan estas personas… De lo que sí quiero hablarte, es sobre cuál es nuestro plan inmediato.

—Te escucho.

—Si consigo el mensaje hoy… volveré aquí, haré el trabajo en arcilla que no podría hacerse en la intemperie, y nos retiraremos del pueblo para leer el mensaje por la mañana—el titiritero puede ver la pregunta en los ojos de Sakura antes de que pueda emitirla—. El mensaje que vamos a recibir no puede leerse en una ciudad, a menos que queramos dejar muertos y mucha atención sobre nosotros. Imagínate un pergamino de Sai, pero mucho más fuerte y sin ninguna de las sutilezas y consideraciones por la vida humana que vienen de su creador. Ese es el tipo de protección que el mensaje tiene, en caso de ser descubierto por la persona equivocada.

— ¿Y qué pasa si no consigues el mensaje hoy?

—Eso implicaría que, por algún motivo, mi contacto no tuvo la chance de hacer llegar el mensaje aquí. Mi consejo seria pasar un máximo de tres noches en este motel, y alterar nuestra coartada si es necesario. Creo que eso es lo máximo que podemos permitirnos esperar por su contacto.

—¿Y si no existe contacto?

—Siempre existirá un contacto, meses después, en otro pueblo, en otra nación, por otros medios.

Sakura parpadea perpleja, con un dejo de preocupación adueñándose de sus facciones.

—La verdad es que tengo algo de miedo por la clase de deuda que debes tener ahora con… tu contacto.

—Si bien puede parecer un mocoso inmaduro e impulsivo… también es inteligente, y además es un amigo—el pelirrojo pone un acento especial sobre la última sentencia. Casi pareciera que existe algún tipo de ofensa a través del tono de su voz—. No necesito estar en deuda para sentirme responsable por hacerle un favor, si me lo pidiese.

Esa es la última vez que Sakura manifiesta en voz alta sus dudas respecto a Deidara. Sasori no usa esa palabra a menudo. No usa ese tono tan seguido.

—Sakura...—continúa él, esta vez en un tono más conciliador y reconfortante—: entiendo tus preocupaciones. Entiendo que, en esta situación, las dudas pueden ser la diferencia entre la vida y la muerte… pero es justamente en estos momentos en los que es importante saber en quien confiar, y permitirse el beneficio que nace de esa confianza… lo que quiero decir es que… le confiaría no sólo mi vida, sino también la tuya. Deidara es a mi, lo que Sai es a ti.

Las últimas palabras suenan como un susurro casi inaudible. El marionetista sabe lo suficiente como para no decir ciertos nombres en voz alta.

La muchacha no responde, pero en algún rincón de su mente puede decirse que comienza a comprender el tipo de relación que existe entre los dos artistas.

Llegadas las diez y media de la noche, el renegado de la Arena ingresa a solas al bar de la familia Daigo. Lógicamente, la llegada de un extranjero encapuchado llama un poco la atención debido al parche de vendas que cubre un tercio de su rostro.

Sin mediar palabra, ni cruzar miradas con nadie en particular, Sasori se abre paso hasta el final de la barra.

El local está concurrido, no lleno, pero las voces de conversaciones amenas y joviales inundan el ambiente lo suficiente para que un oído inexperto las crea indistinguibles a la distancia.

Con un tono de voz ronco, pide un vaso de cerveza al bartender. Ese hombre es su intermediario: un sujeto de cuarenta y muchos o cincuenta y pocos, pelo grisáceo y ralo por la edad, más un bigote torneado que cubre su labio superior. Viste una camisa blanca impecable, y sus manos gruesas se mueven por los vasos y botellas con la agilidad que sólo puede traer toda una vida de práctica.

Sasori de la Arena Roja no dicta el canto y seña, sino que se dedica a fingir que bebe de a sorbos espaciados entre minutos. Absorbe poco a poco el líquido del vaso gracias a una modesta pieza de algodón que puede ocultar con facilidad debajo de la lengua.

Le desagrada el método, porque implica que tendrá que enjuagarse la boca más tarde, pero es lo suficientemente higiénico como para disimular su humanidad por unas horas. Además… tendrá que limpiar su cabeza de todas formas en el proceso de repararla.

Con su bebida en mano, permanece los primeros treinta minutos sólo escuchando conversaciones. Sabe más que bien que al menos un tercio de los presentes están aquí por "negocios". En cada intercambio, puede estar escondido un código, una señal. Todo es cuestión de intentar identificarlas.

Pasados cuarenta y cinco minutos, por fin escucha algo relevante… un viejo código que selectas personas pueden utilizar para intentar contactar con Akatsuki.

—Disculpe el atrevimiento—canta un cliente de aspecto olvidable que se aparece frente a la barra—. Vi cuánto creció su negocio en los últimos meses… y los míos propios también gozan de una suerte similar. ¿Podría usted referirme a su contador?

Sasori sabe bien que en estos círculos existe un solo contador. El contador. El único tesorero de negocios ilegales que aterra lo suficiente para no ocultar sus tareas dentro de su organización: Kakuzu.

La poca sangre que aún existe dentro del titiritero se siente helada. La respuesta del encargado es demasiado importante como para ignorarse.

—Podría recomendarte tres. Recuérdame que te diga sus nombres cuando salgas del bar, y también recuerda el favor cuando pienses en la propina—contesta el intermediario de mediana edad antes de preguntar qué puede servirle de beber.

Lo único que importa en la respuesta del bartender es el número tres. Eso indica la cantidad de semanas que hay que esperar antes de que el mensaje sea recibido por Kakuzu.

"Tres semanas es mucho tiempo" Reflexiona el oyente encapuchado. Esto significa que Akatsuki, o al menos su contador están ocupados por el momento. Eso es lo más cercano a una confirmación que podría obtener. Si Kakuzu está dispuesto a ignorar una oportunidad de negocios por tres semanas, significa que está ocupado con algo prioritario.

La idea de que Kakuzu y su nuevo compañero Hidan sean los encargados de perseguirlos es… francamente aterradora. Si la mitad de las cosas y rumores que conoce de ellos son verdaderas… al menos uno de ellos es inmortal. Y verdaderamente inmortal, a diferencia de sí mismo.

Un enfrentamiento es tan mala idea que ni siquiera es una opción. Quizá si tuviera todo su arsenal a su disposición, si tuviera un laboratorio donde crear sus venenos… quizá y sólo quizá existiría una chance de que cruzarse con ellos no sea un suicidio.

Decide esperar a que ese cliente de Kakuzu se retire antes de dirigirse al hombre del bar, diciéndole su propio canto y seña.

—Amable señor: soy nuevo en el pueblo—comienza Sasori llamando la atención del intermediario—. Estoy buscando un regalo para mi padre. Usted sabe, no es de buen gusto viajar y no traer nada para la familia. ¿Sabe usted de algún sitio aquí donde pueda conseguir una artesanía? ¿Alguna pequeña pieza de interés para al menos mantener las formalidades?

El bartender lo mira por un instante y mantiene silencio. Hace años que este hombre no escucha este código. La última vez que Sasori lo pronunció, lo hizo desde dentro de Hiruko.

—Estoy un poco ocupado en este momento… déjeme pensarlo y vuelva a preguntarme en un rato—contesta el miembro de la familia Daigo en un tono cortés—. Mientras tanto... ¿Quiere algo para acompañar su bebida?

"No hay mensaje aún."

El pelirrojo permanece en el local por unos minutos más. Al momento de retirarse, se excusa con que está sintiendo latir su herida y no cree que tropezar a causa de la ebriedad sea una buena idea. Abandona la cerveza a medio tomar sobre la barra, y deja una propina sustanciosa antes de salir del local.

"Deidara enviará un mensaje aquí… Sólo espero estar presente para recibirlo"

En su camino al hospedaje, el marionetista escupe el algodón hinchado de alcohol dentro de una papelera pública. Ya es pasada la medianoche cuando arriba al departamento.

Sobre la estufa prendida, cuelga el tenderete con la ropa lavada y húmeda de ambos, y sentada frente a la mesa, se encuentra Sakura aún despierta. Se la ve recién bañada, con el pelo húmedo, una bata de dormir encima del pijama y un aura de tristeza.

—No pude dormir— dice la joven al verlo llegar, esforzándose para sonreír. El dejo de lágrimas se observa sobre sus mejillas—. De todas formas, quiero ayudarte a reconstruir lo que rompí.

El marionetista se descalza antes de ingresar en la estancia, y acerca a ella en silencio para acariciarle la mejilla. Por mucho que le gustaría sentir su piel bajo sus dedos, sabe que activar el tacto no es una buena idea en su situación actual.

—Por favor, descansa. Las tareas de esta noche las puedo hacer solo.

—Pero... sé cuánto te duele el proceso.

—No voy a activar mi tacto esta noche. Cuando se trata de replicar mi cráneo, es mejor crear un molde aproximado sin recurrir a mis sentidos. Te prometo que si necesito de tu ayuda, te despertaré… pero tú tienes que prometerme que intentarás descansar.

—Ni siquiera te pregunté sobre el mensaje…—esquiva la mujer, tomando la mano de Sasori entre las suyas— ¿Pudiste leerlo?

—Aún no está aquí. Esperaremos un poco, a ver si él o sus hombres pueden hacerlo llegar. Necesito el tiempo para repararme a mí mismo, de todos modos— contesta el artista de lo eterno de manera automática. A medida que lo hace, se da cuenta de lo que la muchacha está intentando—. Ahora… Sakura… por favor, descansa, no me voy a perdonar si desperdicias nuestro tiempo aquí, quedándote insomne.

La kunoichi lo mira al ojo, y luego a las vendas que cubren la "herida".

—Voy a intentarlo, pero respecto a lo que tú me prometiste...

—Cumpliré...—asiente Sasori sin muchas ganas de responder por su palabra. Odia la manera en que Sakura lo ve ahora. No quiere que su rostro sea sólo un recordatorio de las malas decisiones.

Una vez que Sakura se retira a descansar a la recámara matrimonial, el proceso de tratar su rostro es tan indirecto como puede serlo.

Comienza por enjuagarse la boca en el lavabo de la cocina, y después se desnuda el torso y se quita los vendajes. Luego, deja su ropa colgada sobre una silla en el comedor, y toma de un estante el paquete con arcilla en polvo que compró en el día junto a su dama. Vierte sólo la mitad del paquete sobre un bol.

Con el chorro caliente del fregadero, más una espátula de su kit de herramientas, el artista comienza a mezclar suavemente el agua con la arcilla, hasta que la sustancia se espesa y se transforma en una pasta blanca, muy viscosa. El segundo paso ahora, es crear una tablilla con el material y apoyarla sobre la mitad sana de su rostro.

El proceso es desprolijo, casi novato. Careciendo de tacto, y ahora también de vista, el acto de crear un molde con la forma de su rostro es más difícil de lo que normalmente sería.

El artesano se toma su tiempo, esparciendo y presionando la arcilla en cada centímetro, para asegurarse de que el molde capture cada detalle y curva de su imagen.

La siguiente parte es particularmente molesta para alguien que odia esperar. Se aparta de la cocina y se sienta frente a la estufa encendida, para que el calor seque la arcilla sobre su cara. Después de todo, el material tiene que endurecerse antes de poder removerse. Muchos de sus hilos de chakra son extendidos por la habitación, para permitirle construir una idea de lo que le rodea. Ante la ausencia de vista, esta es la mejor opción.

Con la puerta del dormitorio entreabierta, puede escuchar la respiración de Sakura de tanto en tanto. En el silencio absoluto de la noche, contar los ciclos de ésta es el único pasatiempo que tiene.

Pasan dos horas de madrugada antes de que Sasori se atreva a remover el molde. Cuando lo hace, éste se despega dejando unas pocas manchas blancas sobre él. Como resultado de su trabajo, el renegado obtiene un reflejo en negativo del contorno de su rostro, al menos de la mitad sana.

Una media hora más pasa, donde el molde queda apoyado en el piso de madera flotante, secándose aún más frente a la estufa mientras él prepara una porción de otro material.

En lo que su molde termina de consolidarse, aprovecha también para limpiar los restos de arcilla que quedaron sobre su rostro. Ahora que se encuentran secos, es fácil removerlos con el uso de un cepillo.

A continuación, una nueva pieza de arcilla húmeda es presionada contra el molde seco, aún caliente por el tiempo cerca del calor.

Ahora, Sasori puede usar esta pieza replicada con uso del molde para modelar la que sí se convertirá en parte de su cara. De su equipaje, toma la mezcla en polvo color beige que corresponde a la tan imprescindible cerámica de marionetista. Al igual que con la arcilla, usa agua caliente para otorgarle la consistencia pastosa y espesa propia de un material de modelado.

Sentándose a la mesa, y con una lámina de papel desplegada sobre ésta, para evitar manchas, Sasori comienza a trabajar con la réplica de arcilla y la masa amorfa de cerámica.

Poco a poco, con el pulso y el detalle de un artesano, se guía en los rasgos de la réplica para recrearlos a mano en el material beige, pero de modo invertido. La derecha en la arcilla pasa a ser izquierda en cerámica. Una copia idéntica, e inversa. Como su fuera la réplica espejada.

Para cuando el amanecer llega, el artista por fin sostiene en sus manos un modelo crudo de la mitad dañada de su rostro. El modelo perfecto, recortado y listo para ser introducido como una llave dentro del hueco… a decir verdad, ojala pudiese llamarse perfecto. Haría el proceso mucho menos doloroso de lo que ya es.

Sakura se despierta a eso de las diez de la mañana, alarmada por un golpe que resuena desde el living-comedor.

Con una reacción rápida e instintiva, se calza y sale de la habitación para ver lo que ocurre.

— ¿Sasori? —pregunta al asomarse desde el pasillo y toparse con el marionetista, desnudo de cintura para arriba y sentado a la mesa. Sus dos puños están apretados a cada lado de su cabeza, y su frente está pegada a la mesa.

El artista se repone de inmediato al escuchar la voz de su amada, saliendo de su momento de frustración para incorporarse y volver a quedar con la espalda erguida sobre la silla.

—Estoy bien, no pasa nada—dice para calmarla, sin voltearse a verla—. Dime, ¿Qué tal tu noche?

Sakura no responde sus palabras, sólo se acerca a él hasta tener una mejor visión de lo que ocurre. Ve una porción de cerámica fresca en el suelo, más fragmentos de arcilla blanca esparcidos por el mantel de papel. Hilos de chakra débiles se encuentran expuestos y visibles alrededor del núcleo de Sasori. Estos hilos tiemblan con unos espasmos de aspecto eléctrico, y demoran unos momentos en regresar al cuerpo inerte de cerámica.

—Quisiste ponértelo y te dolió mucho, ¿No es así? —deduce ella en gesto de desaprobación.

La marioneta vuelve a animarse y se gira para enfrentarla.

—Conozco mis capacidades, planeé paso por paso, no debería ser difícil...—recita el renegado, repasando su plan. Su voz es entrecortada, ocultando ecos del dolor recién sufrido—. Sólo necesito un segundo intento. Acostumbrarme a la sensación. Eso es todo.

—O podrías simplemente cumplir lo que prometiste—lo regaña tomando otra silla y sentándose a su lado— ¿Por qué te empeñas en no dejarme ayudarte? ¿Cuál es el problema?

—No me gusta ver como te sientes culpable al verme la cara. Vi cómo me sigues de reojo los últimos días, cómo intentas esconder cada vez que lloras. Me hubiese gustado corregir esto sin que tengas que volver a verme la cara en este estado… Ya te causé suficientes disgustos con mi arranque de estupidez… —el tono del artista es arrepentido a pesar de que sus palabras intentan justificar sus decisiones—. Solo quería evitarte un problema. Los cielos saben que ya tienes suficientes.

—¡Por supuesto que ver tu rostro me pone mal!— exclama Sakura sin subir demasiado la voz— ¡Yo fui una estúpida por romperlo! … Y la única forma en la que voy a sentirme mejor es si te ayudo a aliviar el dolor de reparar mis errores. No estoy buscando castigarme a mí misma. Sólo me niego a fingir que no causé ningún daño… Y te voy a pedir que dejes de buscar protegerme...

—No me pidas que...

—De este error en específico—aclara con voz firme—. Ya deja de ser terco y permíteme ayudarte. ¡Estamos juntos en esto! ¡Deja de tratar de cargar con todo tú solo!

El marionetista desciende su mirada. Le resulta imposible discutirle. Es verdad que en estos últimos días intentó solucionar todo por su cuenta… incluso hasta un punto drástico que preferiría no volver a visitar.

—Entiendo que quieras quitarme presión, pero creo que estos días olvidaste que tambien tengo mis fuerzas que aportar a nuestra situación—prosigue Haruno—. No quiero que vuelvas a sacrificarte por mi. Ningún tipo de sacrificio. Ninguno de los dos debería tener que sacrificar nada. Al menos, deberíamos hablarlo antes de hacerlo.

De nuevo, no obtiene respuesta inmediata. Sasori reflexiona en serio sobre las palabras. No encuentra una crítica válida a ellas. Puede reconocer el error en sí mismo.

—Aquí es donde normalmente me dices por qué estoy equivocada, pero no lo estoy.

—No lo estás…—asiente su amado—. Esta actitud mía es un error que estuve… repitiendo últimamente. Me temo que dejé que lo que siento por ti nuble mi juicio. A riesgo de sonar ridículo, creo que amarte me volvió estúpido.

—Que te preocupes por mi es tierno—se sonroja la kunoichi por un momento, más no por esto deja de ser intransigente—. Pero que me dejes de lado es algo que no voy a aceptar. Así que voy a ayudarte con esto, y con todo lo que nos enfrentemos. De por vida. También estoy incluyendo en la lista tener que confiar en Deidara sólo porque tú confías en él.

Sasori ríe admirado por su determinación, además de sentirse apoyado por ella pese a su regaño.

—Te besaría en este momento, pero me gustaria recuperar el rostro antes. No eres la única que se incomoda por esto.

En ese momento, la marioneta humana recuerda la existencia de su parche cerámico. Al girarse para buscar la pieza, la encuentra en el suelo. Atrayéndola de nuevo hacia sí con sus hilos de chakra, nota que la caída la echó a perder.

Frunce el ceño al contemplar las roturas del fruto de tantas horas de trabajo. El dolor en serio le hizo perder el control por aquel instante. Ya el hecho de que haya tenido que buscar la pieza, en vez de saber dónde está, es suficiente indicativo de su umbral de dolor.

— ¿Tienes que volver a armarla? —pregunta Sakura al verlo sostener la pieza con esa mueca de especial frustración en su faz.

—Sí. Me va a llevar otro rato.

—Entonces, me arreglaré y desayunaré algo mientras tú terminas con eso. También debería planchar la ropa que lavé y puse a secar ayer—razona levantando su mirada al tenderete sobre la estufa—. Será mejor que comience de una vez.

—No me atreveré a comenzar la parte difícil sin ti—le asegura el titiritero roto.

—Y más te vale no atreverte. La próxima vez lo haremos juntos, y lo haremos bien.

Dicho y hecho, Sakura le sonríe antes de levantarse y dirigirse al baño. Aún necesita lavarse los dientes y la cara. Por lo demás, puede decir que se siente mejor, más aliviada… como si un peso desapareciera de su espalda al saberse útil en esta nueva situación.

Para cuando ella se le une en la mesa, ya arreglada y vestida con un pantalón corto de tela blanca, más una playera negra y larga de mangas cortas, él permanece de a ratos perdido en su nuevo trabajo, y de a ratos viéndola desayunar.

Fueron demasiados errores de su parte estos últimos días. El renegado de la Arena Roja no puede evitar sospechar que quizá él fue afectado tanto o más que Sakura por la idea de la persecución. Tiene que volver a tener la cabeza sobre sus hombros. No puede permitirse más errores... Por otro lado, debe reconocer que hay una diferencia nada despreciable entre estar trabajando a solas, y con Sakura presente. La compañía de su amada es un elemento positivo para su ánimo, aliviando su frustración. Al menos ahora se hace consciente de ello, y no tiene problemas en admitirlo.

—No puedo evitar imaginarme cómo fue tener que reparar la grieta de tu rostro, cuando te golpeé en nuestro primer combate—pronuncia Sakura en una de las ocasiones que percibe su mirada tuerta sobre ella.

—Aunque no lo creas, esa vez no fue tan difícil. Era una grieta superficial. No se sintió como más que una quemadura sobre la piel—explica casi riéndose del recuerdo—. Esa herida no comprometió la integridad de la pieza… En este caso… digamos que el daño es más profundo. Pero en los dos casos me merecía el golpe. Si se me permite opinar al respecto.

—Sólo la primera vez… en esta llegué muy lejos...—contesta Sakura casi auto compadeciéndose de nuevo. Empero, tras un sorbo de té, recupera su porte optimista—. Pero ahora puedo hacer algo para arreglarlo.

Las siguientes horas el artista las dedica a volver a replicar la porción izquierda de su rostro en la cerámica. Aunque esta vez, sólo prepara la necesaria para volver a modelar las partes que se arruinaron en la primera versión. Lo fusionará todo una vez haya terminado.

Por ahora abandona la mesa, retirando el papel sucio para vaciar los restos de arcilla dentro de la papelera junto a la barra. Con la intención de cederle el uso completo de la mesa a su amada, Sasori mueve su espacio de trabajo frente a la estufa apagada. A su izquierda, tiene un plato en donde guarda el agua y una porción de cerámica húmeda para trabajar, y a su derecha tiene sus instrumentos de trabajo; una serie de pequeñas cucharas y piezas de madera con distinta forma y ancho en sus filos, todo lo necesario para esculpir detalles. Frente a él, tiene el papel limpio extendido y, suspendida en el aire con sus hilos, a la réplica del rostro que aún conserva sano.

El tiempo sigue pasando y el mediodía encuentra a la joven planchando y perfumando con un pote de fragancia a la ropa limpia. Ayer le costó sacar la sangre de las prendas de Sasori, pero su esfuerzo dio un resultado más que satisfactorio. Ahora las plancha junto al resto de prendas y las dobla, perfumadas e impecables.

Por un instante, la cotidianeidad la hace preguntarse si vivir juntos sería algo parecido a esto…

"No seas ilusa, eso nunca pasará. Akatsuki y las aldeas les darán caza hasta que finalmente los maten a los dos." Le dice su parte más cínica y pesimista, obligándola a dejar atrás su ensoñación.

Dejando la ropa limpia dentro del ropero de la recámara, Sakura se regresa hacia la cocina para hacerse el almuerzo. La verdad es que no tiene mucho apetito, así que se prepara un plato de arroz hervido a fuego lento, con curry instantáneo y un poco de pan con queso.

—No lo voy a negar: ahora más que nunca extraño la comida casera de mi mamá...—expresa a modo de broma al volver a sentarse en la mesa, aunque con un sesgo melancólico por detrás, que Sasori no puede dejar de notar—. La cocina nunca se me dio especialmente bien. Tampoco tengo la paciencia para preparar cosas elaboradas.

—Acabas de darme una idea más que interesante, gracias—responde Sasori de inmediato, con una sonrisa y tono de misterio más que intencionados.

Sakura levanta su mirada de su plato para posarla en él, que aún está sentado en el piso trabajando.

— ¿Qué idea? —pregunta curiosa.

—Aprenderé a cocinar para ti—revela posando su ojo sano color ámbar sobre ella—. Tendré todas las noches del mundo libres para buscar, leer y practicar recetas que te gusten. Si algo me sobra es tiempo. No espero reemplazar nunca a la cocina de tu madre, pero… Ya que viviremos a la fuga, quiero que al menos la comida vuelva a ser algo placentero para ti. Si puedo darte eso… además de cuidar que tu dieta siga siendo equilibrada, estaría más que contento.

Sakura no esperaba tan insólito gesto naciendo de él ante un comentario que, en su intención, fue algo insignificante… pero la emociona, la emociona hasta el punto de que sus ojos se humedecen.

— ¿Lo dices en serio? —pregunta sintiendo un nudo en la garganta que no le permite probar bocado—. No lo decía por… No tienes que hacerlo…

— ¿Por qué no? —prosigue Sasori convencido ante su propuesta—No hay pérdida en esto para ninguno de los dos. Además, me gusta mimarte, y lo sabes.

Sus últimas palabras destilan un romanticismo tal que enciende las mejillas de Sakura del rojo de su pelo.

—Gracias… en verdad. Eres… Eres todo lo que jamás podría desear. Y perdón de nuevo por romperte la cara.

—Sabes que te perdoné hace tiempo…

Una vez que Sakura termina de lavar los trastes, el artista finalmente la llama a su lado:

—Es momento de la parte desagradable.

—Sé cómo aliviar el dolor, pero también que el proceso dura mucho tiempo y va a requerir movimientos precisos de parte tuya. ¿Algún consejo? —pregunta acercándose a la estufa.

—Mis manos y herramientas se moverán por delante de mi, asi que voy a pedirte que te sientes a mis espaldas. Busca estar cómoda, porque esto va a demorarse.

Tras estas palabras, Sasori se incorpora sólo para volver a sentarse un poco más lejos de la calefacción, y Sakura toma una silla y se sienta detrás de él, pudiendo ver desde arriba el rostro de Sasori con sólo inclinarse un poco hacia adelante.

—Buena idea—vocaliza el renegado— ¿Me permitirías reclinarme un poco más hacia atrás?

La mujer asiente sin palabras y él se se deja caer, hasta que su peso queda recargado contra la silla. En respuesta, ella abre sus piernas para que el peso no caiga sobre ella. De este modo, la cabeza de Sasori queda entre sus muslos. Y al mirar hacia arriba, ve a su amada directamente con ojo y cuenca vacía.

—Prueba apoyar tus manos alrededor del desperfecto y dime si crees poder mantener la postura.

Sakura obedece acariciando el rostro resquebrajado de Sasori. Estando su cabeza entre sus piernas, la pose no exige demasiado de ella.

El artista prueba llevar sus manos y herramientas en dirección al agujero que tiene en la cabeza, emulando los movimientos que requeriría hacer en las siguientes horas.

Tras una pequeña seguidilla de indicaciones mutuas, ambos parecen estar listos para comenzar el proceso. Las manos de Sakura rodean el rostro herido de su amado por ambos lados, siempre manteniéndose apenas a unos tres centímetros del contacto.

—Muy bien… estoy en tus manos...—habla el titiritero con cierto temor en su voz. Mientras tanto, una porción acotada de cerámica semi sólida, cuidadosamente recortada del modelo entero, es agarrada por un hilo de chakra que nace de su cuerpo, y llamada a incrustarse en un borde del hueco en la mejilla.

Sakura puede observar desde una perspectiva tan cercana como única el motivo por el cual este proceso es necesario. Si bien la porción de cerámica blanda tiene un aspecto humano perfecto, una vez que esta encaja en el rostro del renegado, es clara la falta de simetría. Si tuviese que describirlo de alguna manera, sería como si esta nueva porción de rostro no perteneciera a Sasori, sino a un hermano o familiar perdido.

—Voy a activar mi técnica ahora. Y no la voy a deshacer hasta que no me lo indiques tú. Cuenta conmigo.

Secundando sus palabras, las manos de la kunoichi brillan con el verde característico del jutsu médico. El brillo a penas obstruye la visión del paciente. Por suerte, él no necesita ese sentido para lo que viene.

Sasori asiente en silencio antes de dar la única advertencia:

—Activo mi tacto en tres, dos, uno.

Tal y como la vez anterior, la cerámica uniforme que rodea al fragmento pegado al hueco adquiere una elasticidad y brillo propios de la piel humana. A partir de ahí, todo el contorno y superficie del parche inanimado y fresco se ilumina de azul, gracias al chakra que lo impregna y lo mimetiza con el resto de su cuerpo.

Afortunadamente, durante los primeros instantes de humanidad recobrada no hay señal de dolor. Sólo prevalecen las muecas de extrañeza que indican que el pelirrojo está comprendiendo por medio del tacto los desperfectos de su creación, la cual es percibida casi como un cuerpo extraño. Luego, con el esfuerzo y determinación de ver el trabajo terminado, Sasori toma con sus manos una espátula, y una especie de aguja, y las acerca al área imperfecta de sí mismo iluminada en azul.

No habla ante el proceso, ya que no quiere causar un solo movimiento innecesario. Ahora, cada segundo cuenta. Poco a poco, los instrumentos pasan de acariciar la superficie irregular del parche a desprender láminas y retazos delgados de cerámica, que se arremolinan en espiral al paso de la espátula.

Esa primera extracción dura unos largos veinte minutos. Incluso con la ayuda del chakra de Sakura, el dolor y el impulso de pestañear o fruncir el ceño requieren que el artista se detenga para no perder el control del proceso. Ya de por sí es un esfuerzo el tener que controlar su pulso.

De no ser porque puede ver a Sakura sobre él, el dolor le recordaría demasiado a lo que sabe que le espera del otro lado del velo. Si tuviese lagrimales, este moldear de sus pómulos le habría arrancado un inevitable llanto.

La médica puede ver el dolor en el ojo sano de Sasori durante los segundos que ocupa, de tanto en tanto, para detener el trabajo. Le da palabras de aliento, le recuerda que falta poco, lo anima a no bajar el ritmo, pero la falta de respuesta le hace preguntarse si son de alguna ayuda. Poco importa, las palabras son tanto para ella como para él.

El siguiente proceso es un poco más ambicioso. Porque implica aplicar presión sobre una porción un poco más grande que la primera, que se pega sobre su frente. Dicho remendado se excede unos milímetros hacia afuera. Por más maleable que sea la cerámica al llenarse de su chakra, la sensación del cráneo cediendo ante el peso de sus movimientos es un dolor tan intenso, que fuerza unos cinco intentos antes de obtener un resultado satisfactorio.

A medida que más y más fragmentos de pómulo y frente se van sumando a su piel, la boca de Sasori se va transformando en una tensa mueca de dolor intenso.

—Por favor, descansa cariño. Ya casi terminas—pide Sakura luego de haber presenciado por suficiente tiempo el esfuerzo continuo y sin pausas en él—. Desactiva tus sentidos por un momento. Ya sólo falta la zona de tu ojo.

Sasori la obedece, y apaga su humanidad al instante, de forma abrupta. Aún sin necesitarlo más que a nivel simbólico, emite un suspiro de alivio y afloja toda tensión en su postura.

Ahora, sin dolor que lo distraiga, sólo queda en él la comodidad por la peculiar posición que lo mantiene pegado a su amada.

— ¿Mejor? —pregunta ella desactivando su flujo de chakra curativo por el lapso de descanso.

Sasori le rodea una rodilla nívea con su brazo y gira a su costado para besarla en respuesta inmediata.

—Mucho mejor...—susurra antes de subir su único ámbar para conectar con ella—. Discúlpame, mi muñeca. Mi impaciencia a veces saca lo peor de mi. No volveré a sobreesforzarme así.

Sakura sonríe con cosquillas ante la caricia.

—Otra promesa que vas a cumplir sí o sí.

Pasan unos cinco minutos así, quizá diez. Ninguno se mueve de su posición. Sakura sólo se acomoda un poco recargándose contra el respaldar de la silla. Todo esto no es más que una bocanada de aire antes de transitar por la recta final del proceso. Antes de volver al trabajo, Sasori mira por el rabillo del ojo al reloj sobre el estante, notando que faltan casi treinta minutos para las ocho de la noche.

—Ya es hora de continuar.

En respuesta a su comando, la kunoichi se reclina de nuevo hacia él y lleva su tacto embebido en chakra hacia sus sienes.

Como primera acción, Sasori toma el globo ocular faltante de su bolsita de cuero, y se lo coloca de nuevo dentro de la cuenca vacía. En ausencia de párpados, este ojo se mantiene quieto en su sitio gracias a la acción de la gravedad al quedarse con la cabeza inclinada hacia atrás. A continuación, los sentidos y la vida vuelven a su existencia mecánica, y con eso regresa el dolor de un párpado arrancado.

Acto seguido, la última pieza faltante levita desde el suelo hasta pegarse en la rotura que queda por cubrir. Este nuevo párpado izquierdo, aún húmedo e irregular, se anima con el accionar del chakra que lo llena, y realiza un ligero espasmo a modo de pestañeo.

Quizá la parte menos desagradable para Sasori, aunque aún dolorosa, es la de detallar a mano el contorno de este párpado. Ayudado por finas agujas, dibuja las líneas de expresión en estos, y perfecciona la adecuada unión natural que debe existir con el párpado inferior.

Esta última etapa no se siente más que como pequeños cortes, un dolor ligero comparado a momentos previos. Esta es quizá la parte que más impresiona a Sakura. Ver el cuidado con el que él dibuja a milímetros de su globo ocular, le provoca un tipo particular de ansiedad.

Para la mujer, el proceso es más largo de lo que aparenta serlo para su compañero. Después de todo, la tarea que a ella compete es menos detallada.

Una vez que toda la nueva piel está reestructurada y acoplada a su rostro, los toques finales no le llevan más de un par de minutos.

Del material roto que todavía guarda en su pequeña bolsa, Sasori recupera las pestañas y la ceja izquierdas. Con la cerámica sobre su cuenca aún lo suficientemente fresca, realiza un par de incisiones en el contorno superior de la última pieza colocada para pegar la ceja allí, y en los bordes finales de la misma para ensamblar las pestañas. Todo es embebido de chakra, casi sin esfuerzo significativo, y su rostro por fin vuelve a recuperar la naturalidad que había perdido.

Para cuando el último instrumento es dejado en el suelo, ya son las ocho de la noche en punto.

—Voy a desactivar el tacto por ahora—anuncia Sasori apenas moviendo sus labios, realizando algunas pruebas con el globo ocular recién colocado para asegurarse de que todo esté en orden.

—¿Terminamos?— pregunta Sakura comenzando a sentir un poco de agotamiento luego de mantener su técnica activa por tanto tiempo.

—Un poco de calor extra ayudará a que la reparación termine de endurecerse, pero ya estoy firme. Y ya puedo sentir como antes— el titiritero sonríe levemente, tomando las manos de Sakura entre las suyas—. Ya puedes descansar. Gracias por haber hecho esto posible.

Las manos de la médica se apagan.

—Encantada de ayudar—sonríe también Sakura, conteniendo las ganas de besarlo en celebración, para no arriesgar la reciente reparación.

El artista se aparta de su posición al tiempo que su musa se pone en pie.

Ahora con su ojo izquierdo de regreso, Sasori por fin vuelve a tener una visión completa de ella y del mundo.

—En poco más de dos horas debería volver a ver si por fin nos llegó el mensaje—informa volviéndose a su amada.

A ella no le da tiempo de reaccionar, ya que los pocos pasos que realiza en dirección a la cocina se ven coartados por una mano rodeándola por detrás.

—Esta noche cocino yo…

Sasori se toma en serio la propuesta que le hizo hace un rato. Y ella no puede más que darse la vuelta entre risas.

— ¿Cómo podría negarme si lo pides de esa manera? —pregunta antes de acercarse al rostro recién arreglado de su amado—. Dime, entonces ¿Qué tienes pensado prepararme?

—Oh, nada complicado—responde subiendo su mano libre hasta la mejilla de su dama—. Sólo un platillo que solía comer muy seguido en mi aldea natal. Es... uno de esos recuerdos que todavía conservo.

El prospecto la deja con tantas preguntas como entusiasmo. Por lo que lo sigue en silencio hasta quedar recargada sobre la barra de la cocina.

—Es tierno que todavía tengas recuerdos agradables de tu tiempo en la Arena—comenta Sakura mientras Sasori saca varias cosas de la nevera para colocar sobre la encimera—. ¿Eras de tener buenos modales en la mesa? ¿O quisquilloso al comer?

Sasori ríe entretenido por lo extrañas que son esas preguntas. Aunque Sakura con su curiosidad honesta añade su toque adorable al momento. Esa capacidad de dejar de lado lo que sabe de él, incluídos sus primeros pasos como criminal en su aldea de origen, para enfocarse en anécdotas inocuas, cotidianas, sólo podría esperarse de ella. Sólo podría esperarse de este vínculo particular que se construyó en su relación.

—A decir verdad, no. No recuerdo ser un niño especialmente berrinchudo en la mesa. Nunca le hice asco a cosas como las hojas verdes o el pescado. En ese aspecto, quizás sí era un bicho raro.

Lo primero que hace es tomar un pimiento rojo entero y cortarlo en dos mitades perfectas. Luego, les quita las semillas y los pedúnculos a cada uno de estas mitades. La muchacha nota que siempre que corta algo, ya sea con un cuchillo de cocina o un arma ninja, lo hace con la rapidez y destreza propia de un profesional del arte.

Una vez que los trozos de pimiento están limpios, Sasori los pone a calentar a fuego lento dentro de una olla con agua.

—Sé que la cultura culinaria en la Arena tiene gran predilección por el picante—continúa Sakura—. De las veces que fui, lo que probé sí que tenía su toque fuerte… y eso que lo que comí era de lo menos abrasador del menú.

—Es cierto—concede Sasori, pasando a cortar un cuarto de porción de queso crema en pequeños cubos—. En ese sentido, creo que en teoría tengo más resistencia al picante que el promedio, sólo por haberme criado en la Arena. Pero no te preocupes, muñeca. Te prometo que lo que te prepararé no es picante.

Sakura suspira de alivio ante la noticia. Entretanto, su cocinero personal prosigue con su labor cortando un poco de cilantro y dos rodajas grandes de tomate. Por último, también pone a hervir un poco de arroz blanco en otro recipiente de latón, condimentando el agua con un trocito de pastilla de caldo.

—Raro...—comenta Sakura ante su última ocurrencia—. Nunca se me habría ocurrido ponerle condimento al arroz antes de cocinarlo. Supongo que en Konoha estamos muy acostumbrados a tener al arroz blanco como acompañante.

—Así tendrá un poco más de sabor.

Cuando el pimiento está listo, Sasori apaga el fuego bajo la olla y hace levitar las mitades cocidas fuera del agua caliente sólo con sus hilos. En lo que los deja enfriar un poco, se ocupa de prender el horno debajo el fuego y preparar una bandeja con unas gotas de aceite.

— ¿Se vale que yo pregunte lo mismo? ¿Cómo eras tú en tu infancia? ¿Tenías algún plato favorito? ¿Alguno que odies? ¿Alguna maña en particular? Me vendría bien la información extra—pregunta el renegado de nueva cuenta, al tiempo que coloca los pimientos cocidos dentro de la bandeja. Rellena ambas mitades con todo el queso y los trocitos de cilantro que cortó previamente. Y por último, casca dos huevos uno tras otro, vertiendo una yema dentro de cada relleno.

—Mmm… Supongo que yo siempre fui reticente a comer vegetales como espinacas o lechuga—rememora Sakura con un dedo bajo su mentón—. De hecho, más de una vez dejaba mi plato sin terminar para pasar al postre… Tengo predilección por los dulces. ¡En especial las bolas de anko! Pero, ahora mismo… supongo que puedo tolerarlo todo, a excepción de… bueno, los picantes.

Sasori ríe ante lo que escucha, al tiempo que desliza la bandeja dentro del horno con sus hilos.

—Supongo que teníamos que ser distintos también en lo que respecta al picante.

— ¿Entonces tú no tenías nada a lo que le hicieras asco durante tu infancia? —insiste ella.

—Sí, creo que hay algo…—musita Sasori pensativo—. Cada vez que sentía algo que estaba mínimamente quemado, mínimamente pasado en cocción… lo rechazaba de inmediato. Viéndolo de esa manera, nunca tendrás que preocuparte porque algo que te prepare esté quemado.

Solamente a ella se le ocurriría conversar sobre esa clase de cosas con él. La verdad es que, desde que abandonó la Arena, esta clase de interacciones con ella son lo único que lo lleva a pensar o recordar cotidianidades de su pasado de esta manera.

—Doblemente tierno—lo secunda la médica con una mueca risueña.

Si bien no es realista querer que todo a partir de ahora sea así de ameno y agradable, al menos puede apreciar y aprovechar cada uno de estos momentos. Momentos en los que sólo viven en el aquí y ahora, en los que sólo son una pareja como cualquier otra.

Pronto el arroz también alcanza su punto de cocción, y es retirado del fuego para ser llevado a la mesa dentro de su recipiente. Lo mismo con el pimiento: al sacarlo del horno, Sasori le agrega las rodajas de tomate encima del queso derretido como toque final, y lo sirve en un plato.

Sakura ahora espera sentada en la mesa, sintiendo cómo se le hace agua la boca con el aroma.

—Buen provecho, muñeca—pronuncia Sasori al hacerse presente en el comedor, dejando el plato frente a ella.

—Muchas gracias—dice sonriendo como una niña con un juguete nuevo—. Se ve delicioso…

Ambos cortes del pimiento cocido rellenos de queso y con el huevo frito encima, son acompañados ahora por el arroz condimentado. Sasori se toma la molestia de servirle también una buena porción de éste en el plato con una cuchara de madera.

—Tenías razón… el caldo le da un sabor especial al arroz—concede Sakura al probar el primer bocado.

El pimiento relleno tampoco la decepciona. Todo está tan delicioso que se olvida de la llamada nostálgica del hogar, y de la pena propia de saberse poco útil en lo que a sus habilidades culinarias respecta.

Sasori se vuelve a la cocina para lavar la olla y los trastes que usó, y luego acompaña a su amada sentado del otro lado de la mesa. Conversa un poco más con ella, aunque también comienza a tener gran parte de su atención puesta en el trámite que espera por él.

Una vez que la cena se termina, el ambiente en la habitación se torna en silencio, en el que sólo se escucha el correr del agua del fregadero.

—Sobre lo del mensaje de esta noche...—comienza Sakura mientras lava su plato, vaso y cubiertos, poniéndose seria—. Quiero acompañarte.

—Muy bien—asiente el artista tras pensarlo por unos segundos, recargándose de espaldas sobre la barra de la cocina, mirando hacia el recibidor—. Pero antes deberíamos volver a poner vendas sobre mi ojo izquierdo. Sería demasiado raro que aparezca sano de una noche para otra. Mientras atendemos eso, te explicaré un poco sobre el protocolo.

Sakura se seca las manos con una toalla ,y luego busca vendas dentro del botiquín de primeros auxilios que carga consigo. Al acercarse a Sasori por detrás para hacerle el favor, se hace con información que sería muy útil en breve. El artista le explica el sistema de cantos y señas que la familia Daigo maneja, aunque omite el apellido de dicha familia y los detalles sobre mencionar cantos y señas específicos. Esa es la clase de cosas que no se pueden siquiera susurrar en la privacidad de un hospedaje.

—Lo importante esta noche es que los dos tenemos que beber del mismo recipiente en al menos una ocasión que sea observada por el bartender. Es la señal de que estamos juntos en el negocio. De otra manera, el intermediario pensará que estoy siendo perseguido y no me entregará el mensaje.

— ¿Por qué sospecharía eso? —indaga la ninja a la vez que termina de darle las últimas vueltas a la venda sobre su frente.

—Porque ayer llegué solo al bar. Porque su trabajo es sospechar de todos y proteger el mensaje y la privacidad de los involucrados, por sobre todas las cosas. Créeme que esta gente se mantiene en el negocio porque son más cuidadosos que nadie.

Sakura se pone un fino saco spolverino bordó para salir. Sasori, por su parte, se vuelve a cubrir el torso con la camiseta cuello de tortuga color vino, que quedó abandonada la noche anterior sobre una silla, y se echa la capa negra con capucha sobre los hombros.

—Tu genjutsu, muñeca—le recuerda Sasori al tiempo que se sube la capucha.

—Sí—asiente ella, realizando unos sellos de manos para volver a cambiarse el pelo y los ojos, a negro y marrón respectivamente.

Dejan atrás el motel y se mueven por las calles vacías del pueblo, hasta llegar a la peatonal de hormigón. En donde el tránsito de peatones indica la existencia de una vida nocturna bien asentada.

Sakura sólo camina tomada de la mano con su pareja, sin tener idea de a dónde queda el bar. Por un momento, se pregunta si no se encontrarán con el contacto ahí mismo, esperando por ellos en persona. Intenta imaginarse un escenario en el que interactúa en buenos términos con un Akatsuki que no haya desertado de la organización como Sasori… y la verdad es que no puede figurarse a sí misma en tal escenario.

"Deidara sólo ayuda a Sasori por haber sido su compañero en Akatsuki, y aún así es posible que a largo plazo intente acabar con nosotros. Además de que, incluso si nos ayuda ahora, no tendría ningún reparo en raptar a Naruto el día de mañana, igual que hizo con Gaara… Alguien así de peligroso es mi aliado ahora... "

Caer en cuenta de la complejidad de la situación le hace palpitar las sienes. Es un dilema mucho más complicado del que habría esperado. Sasori dejó Akatsuki luego de su primer encuentro, y vendió información sobre ellos a Konoha para ganarse su confianza, por lo que no se compara con tener que trabajar con un Akatsuki de verdad, uno que es tan capaz de perdonarle la vida a ella como de matar a sus amigos…

"Y quizá a mí también, si me cruzo en sus planes… ¿Cuánto sabe Deidara de mi? ¿Qué es lo que le contó Sasori?"

Este no es el momento adecuado de evacuar esas dudas.

"¿Qué clase de amistad tenían ellos dos? ¿Acaso tenían una realmente? ¿Por qué Sasori está tan seguro de que Deidara no es una amenaza ahora mismo?"

Demasiadas preguntas surgen, y le hacen un poco difícil atenerse a la pauta de simplemente confiar en él. Si tan sólo Sasori le hubiera contado todo esto antes… antes de tener que llegar a este punto...

Su momento de introspección termina cuando Sasori le indica con su simple lenguaje corporal que están allí. Sakura pasa por la puerta del bar justo detrás de él, y juntos avanzan hasta dos asientos vacíos al final de la barra.

El renegado vuelve a sentarse en el mismo sitio que anoche, y pide exactamente la misma bebida.

Sakura se sienta a su lado y, sin interactuar con él de inmediato, pide para sí un trago de cerveza negra. Tras unos quince minutos de contemplar el vaso, por fin se decide a improvisar un diálogo con su compañero.

De inmediato, la kunoichi puede percibir como el bartender de pelo canoso pasea su mirada y atención entre todos los clientes, buscando cualquier tipo de irregularidad. El precavido sujeto se abstiene de dirigirles la palabra a ellos dos, hasta que el intercambio casual trasciende a un coqueteo. Coqueteo que culmina en Sakura robando la bebida del pelirrojo y tomándola frente a él a modo de desafío.

El bartender percibe el gesto, más no da indicación de haberlo notado, al menos por unos diez minutos más. Una vez que este lapso transcurre y los demás clientes de la taberna están atendidos, el hombre se acerca a Sasori y le hace un par de preguntas capciosas.

—¿Aún buscas tu artesanía? Porque creo que tengo alguien para recomendarte—el marionetista sólo sube su mirada para verlo a los ojos con su único ámbar visible, y no emite respuesta—. Todo depende de cuál sea tu gusto. ¿Tienes alguna opinión sobre cuál es la cualidad del buen arte?

"Por supuesto que no podías dejar pasar esta oportunidad para burlarte de mí… ¿Verdad, Deidara?" Piensa Sasori ocultando su incredulidad tras una risa irónica.

—El arte es efímero…—contesta en un susurro entre dientes, sufriendo cada una de las palabras que pronuncia. Por supuesto que el mocoso engreído lograría que lo dijera...

Sakura es ajena al significado entre líneas de la frase. No dice palabra, pero no puede dejar de notar una molestia especial presente en su compañero.

—Una bebida a cargo de la casa—anuncia el encargado del local—. Para que tengas una revancha con la señorita.

Tras decir esto, el hombre le llena de nuevo el trago de cerveza, y junto con éste, le entrega una pequeña estatuilla blanca con forma de ave. La figura es apenas más grande que la palma de su mano, y se desliza dentro de la capa de Sasori con facilidad.

Sakura contempla la transacción sin interrumpir nada. Es demasiado sutil, adecuadamente escondida en el movimiento y la conversación. Si no estuviera buscándola desde un comienzo, se hubiera escapado a sus sentidos.

El tamaño del ave es un código en sí mismo. Sasori comprende al recibirla que Deidara no vino al pueblo en persona para entregarla. Está ocupado, o vigilado. Ninguna de las dos cosas es buena señal para ellos. Por otro lado, mejor para él. Sería incómodo para todos, en especial para Sakura, el que la presentara como su novia ante Deidara. Algo totalmente alejado de lo que sería una reunión de amigos.

Permanecen una media hora más dentro del establecimiento simplemente para mantener las apariencias. Y el camino de regreso al hospedaje se da en un silencio y ansiedad palpables. Esta calma forzada recién se rompe al cruzar el umbral de su refugio.

—Salimos mañana temprano—declara el artista primero—. Sería sospechoso si nos retiramos antes.

—Comprendo...—accede Sakura, sintiéndose abrumada por lo que les depara según el mensaje.

—El tamaño del ave me dice que nuestro contacto no entregó este mensaje en persona—explica sacando la figurilla de adentro de su capa, para mostrarla sobre su mano extendida—. Eso oculta una buena noticia: él y sus compañeros no están cerca de aquí. No tenemos que temer. No por ahora.

Sus palabras no hacen mucho para calmar los nervios de su amada. Después de todo, la calma de la tarde no podía durar mucho más.

—Para ser honesta contigo… me va a costar descansar esta noche.

—Vamos a la cama, entonces. Mejor aprovechar el tiempo.

—¿Vamos?...—Sakura vocaliza su sorpresa en voz alta, pero sonríe un instante después—. Sí, vamos.

Compartir la cama con él, después de lo ocurrido la vez anterior, después de lo ocurrido hace pocos días, de varios días en los que él careció de tacto… se siente extraño.

La mezcla de ansiedad, miedo y cansancio es suficiente para haber eliminado el libido en ambos. La realización en sí de este detalle, se le hace incómoda a la joven. En parte se siente avergonzada por siquiera haber considerado esa posibilidad en un panorama como este.

Al momento de desvestirse, la kunoichi de Konoha no tiene el interés suficiente para colocarse el pijama. En su lugar, sólo se deshace del sostén y de sus pantalones cortos, quedándose sólo con la playera que le cubre poco más abajo de su panti blanca.

Sasori, por su parte, se deshace de su vendaje con un simple tirón. Ahora, las vendas son enrolladas de nuevo y dejadas sobre la mesa de luz de su lado de la cama. Por último, decide reemplazar su camiseta manga larga por una playera azul oscuro, y cuello abierto en ve.

Una vez que ambos están juntos debajo de las sábanas, con las luces del dormitorio apagadas, una atmósfera de intimidad se impone ligeramente por sobre la espera y la incertidumbre.

La caricia y la confortante cercanía, le quitan la sensación de extrañeza a la muchacha al cabo de pocos minutos. La distancia física que queda entre ellos se hace casi nula cuando ella se recuesta sobre su pecho y se permite ser envuelta por los brazos de su amado.

Sasori aún la quiere cerca, y ella aún necesita esa muestra universal de contención. De a momentos, latidos de corazón y núcleo se sincronizan en un ritmo único.

—Deidara...—susurra Sakura, esforzándose en ignorar la existencia de esa estatuilla, que tienen guardada en el cajón de la mesa de luz del lado de Sasori—. Háblame de él…

— ¿Qué quieres saber? —pregunta el titiritero, acariciándole el hombro con la mano que la envuelve por la espalda.

—Es sólo que… no entiendo qué hizo para ganarse tu confianza en esta situación. ¿Cómo lo conociste? ¿Cómo se llevaban? Entiendo que no quieras darme detalles sobre lo que hiciste durante tus días en Akatsuki, que pueden ser historias desagradables… sólo… No me agrada saber de esto recién ahora—se sincera ella con el ceño ligeramente fruncido—. Y sólo quiero entender... tener algo sólido que me ayude a calmar mis dudas cuando se trata de él como una figura de confianza.

Sasori sonríe, jugando de tanto en tanto con su pelo rosa. Toma un mechón y lo enreda y desenreda entre sus dedos, sólo disfrutando de su sedosa textura.

—Suena justo. Supongo que podría comenzar por cómo lo conocí. Hace ya unos cuatro años atrás, tres de nosotros viajamos al país de la Tierra para reclutar a un "joven prodigio" dentro de la organización: Kisame Hoshigaki, su compañero Itachi Uchiha, y yo… Orochimaru había desertado para entonces, y estaba planeado que ese niño fuera mi nuevo compañero.

"Itachi Uchiha…" Repite Sakura para sus adentros. Sin pasar por alto la mención del hermano de Sasuke dentro de ese relato. De inmediato, se dibuja en su mente la imagen fría y poderosa de aquel hombre, durante la única vez que lo vio mientras su equipo se dirigía tras el rastro de Gaara. Aunque al final sólo se tratara de un clon creado para retrasarlos, su aspecto era un calco del Itachi verdadero. Las reacciones tanto de Kakashi como de Naruto, fueron prueba de eso.

"Demonios, sobre Itachi también tengo demasiadas preguntas. Pero saber más sobre quién me está ayudando ahora debería más importante."

— ¿Osea que Deidara no se unió voluntariamente a Akatsuki? —indaga Sakura regresando su atención a la historia—. ¿Cuántos años tenía cuando fueron a buscarlo?

—No tendría más de dieciséis años. Ya en ese entonces era un muchacho arrogante, con tendencias a inmolarse en nombre del arte. El líder nos dio la orden de traerlo con nosotros, antes de que se inmolase con sus técnicas en contra de las fuerzas del Tsuchikage. Incluso a su corta edad, ya estaba entre los terroristas más buscados, y que se suicidara para no ser atrapado era un riesgo que el líder quería evitar.

—Ya veo...—comenta comenzando a armar la situación en su cabeza— ¿Y cómo lo capturaron?

—Kisame y yo no hicimos nada. Fue Itachi el que se ofreció a derrotarlo en combate singular, con la condición de que si perdía, se uniría a Akatsuki… Y con sólo una técnica ilusoria, casi hizo que Deidara se eliminase a él mismo con una de sus creaciones en arcilla. El combate estuvo decidido en menos de cinco minutos.

La ninja no se asombra ante lo que oye. El popio Kakashi estuvo en coma luego de enfrentarse al Uchiha mayor cuando éste fue a Konoha hace tres años, y el único ataque que recibió su maestro fue un poderoso genjutsu del Mangekyo Sharingan.

—A partir de entonces, Deidara se convirtió en mi compañero de Akatsuki—prosigue Sasori—. Hicimos algunas misiones juntos, y solíamos pelear bastante seguido respecto a nuestras visiones artísticas. Era un compañero mucho más ruidoso e inmaduro que Orochimaru, pero vivía por y para crear belleza. En cierto modo, llegó a verme como su maestro. Discrepaba totalmente con mi definición de belleza, pero respetaba mi trayectoria como artista… Yo no puedo decir lo mismo en ese aspecto.

Recordar su desprecio sincero hacia la visión de Deidara le saca una risa.

— ¿Y por eso le confiaste el secreto de que sigues con vida? ¿Cómo fue que se enteró?

—Todo ocurrió cuando desperté en la cueva en donde peleamos. Ya era de noche. Tú hace horas que habías partido de allí—rememora esta vez dejándose empañar por un dejo de nostalgia, que se traduce de alguna manera a través de su tono—. No entendía qué hacía vivo, ni por qué tú habías decidido curarme.

— ¿Cómo supiste de inmediato que fui yo? —sonríe Sakura, acompañándolo en su nostalgia, al tiempo que le acaricia el pecho con su mano.

— ¿Quién más podría haberlo hecho? ¿La abuela Chiyo? No… Me crié con ella, la conozco como la palma de mi mano. Ella siempre fue una kunoichi muy racional. Jamás se habría atrevido a dar ese paso.

La mano de su amada se desliza hasta su hombro, para estrecharlo más cerca de ella durante su narración.

—Tierno…

—Al escapar de allí, al dejar todo mi arsenal destruído atrás… Lo primero que hice fue buscar a Deidara—retoma el renegado con tranquilidad—. Había fallado en mi misión, había perdido al Tercer Kazekage, y había sucumbido ante la agonía… De inmediato, supe que mi única opción real era desertar de la organización. Y lo único que sonaba como un buen plan en ese primer momento era buscar un aliado allí, un cabo suelto que pudiera serme útil más adelante. Deidara era el único apto para la tarea. El único que podría entender y respetar la decisión de abandonar Akatsuki para perseguir y comprender la belleza. No me costó demasiado dar con la gran explosión en el bosque que dejó su combate contra tu equipo. Y, al dar con ese lugar, lo encontré ahí. Tan ensangrentado, mutilado y acabado como yo, pero vivo, y, en cierta forma, también victorioso.

Sakura lo escucha en silencio, lo suficientemente anonadada e inmersa en su reconstrucción como para no tener nada que agregar.

—Y así lo hice. Interpelé a su espíritu de artista. Le pedí que me cubriera, que fuera mi aliado. Y aceptó. A partir de ahí, el resto es historia. Somos diferentes en muchos aspectos, pero, en cuanto a lo que nos define, ambos somos similares. Tanto él como yo lo sabemos. No existen muchos como nosotros. Apoyarnos dentro de lo posible es natural.

—Eso aclara mis dudas lo suficiente… al menos, sobre por qué confías en él—responde satisfecha, sintiendo cómo él le acaricia la mejilla con la mano que tiene encima de ella—. Lo que no me queda claro, es si también sabe sobre mi. Sobre tu colaboración con Konoha.

—No—asevera Sasori—. Antes de decir cualquier cosa sobre tí, mínimo te preguntaría primero. Además, información como esa sólo entorpece el contacto, si hablamos de trabajo de contrainteligencia. Mientras menos sepa de lo que hago, más dispuesto estará a seguir cubriéndome las espaldas. Es lo mismo a la inversa. Esto es a propósito. Mientras menos sepamos sobre lo específico de nuestras vidas, mejor para ambos.

—Tiene sentido—musita meditando un momento sobre esas palabras—. De todos modos, si él fue reclutado a la fuerza como dices… No entiendo por qué, a diferencia de tí, él decidió seguir en Akatsuki en vez de fingir su muerte y desaparecer también. ¿Ganas de causar daño? ¿Aburrimiento? ¿Simple locura?

Sasori suspira antes de responder esa última interrogante.

—No es asunto mío saber lo que pasa por la cabeza de mi ex compañero, pero… Por lo que puedo deducir con la información que tengo, le tiene un rencor especial a Itachi. Siente que sus técnicas, su forma de mirarlo y tratarlo, son despectivas hacia su arte. No acepta haber perdido ante él. Muy seguido balbuceaba sobre distintas maneras de hacerlo volar en pedazos. Incluso llegaba a soñar co el tema y hablar dormido en ocasiones. Creo que su principal motivación para seguir en Akatsuki es vengarse de Itachi...

No debería sorprenderla, pero no viene mal el recordatorio de que, pese a ser individuos antisociales y sanguinarios, los miembros de Akatsuki siguen siendo humanos, con acuerdos y disputas como cualquiera. Aunque, cuando Haruno considera que probablemente Itachi sea uno de los ninjas que Akatsuki envíe en contra de ellos…

"Ojalá Deidara pueda matar a Itachi antes de que eso pase… Si lo hace, yo misma le daré las gracias, y hasta lo consideraré un amigo."

—Sakura… sé que es un poco difícil de concebir en estos momentos, pero… no creas que los últimos días, o los que vienen, van a repetirse por siempre. Son sólo un paso necesario para que nuestro rastro se enfríe y podamos establecernos. No seríamos los primeros en sobrevivir este tipo de persecución… —el artista continúa acariciando a su dama en un patrón rítmico, intentando transmitir algún semblante de calma—. Existe Orochimaru… y, por lo que veo, ni ustedes en Konoha, ni nosotros en Akatsuki pasamos cerca de atraparlo.

La relajación en Sakura se transforma lentamente en una risa honesta. La joven se sorprende de su propio sentido del humor al responder:

—Pues, es la primera vez que me alegro de que Orochimaru exista, y de que mi aldea no tenga un buen historial al perseguir renegados. Nos cuidaremos entre nosotros. Juntos.

Sasori la estrecha un poco más contra sí, sintiendo plenamente cada detalle de su cuerpo; sus piernas, sus ingles, su estómago y también los delicados pezones, libres de la prisión de sostén alguno.

—Todo saldrá bien…—musita al verla cerrar sus jades para conectar más con el abrazo—. Nos mantendremos siempre un par de pasos adelante.

Ninguno de los dos termina de creerse por completo estas palabras. El que Deidara no haya dejado este mensaje en persona, no ayuda a creer que todo está bien. Pero los dos se guardan sus inquietudes por todo lo que dura su estadía en el lecho.

Ahora están juntos. Están cerca el uno del otro, y, por primera vez desde que comenzó todo esto, están en la misma página.

Por unos momentos de la noche, los dos se permiten enfocarse exclusivamente en el ahora, exclusivamente en la compañía del otro. El tiempo es suficiente, como para que el calor que se acumula dentro de las sabanas aisle de la fría situación que los espera la mañana siguiente.

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El inicio del día es marcado por el despertar de la kunoichi de Konoha.

Mientras ella toma un último baño matutino, Sasori recoge y ordena todas las posesiones de ambos, y se asegura de que no dejan tras sí ninguna evidencia de sus identidades en el hospedaje.

Una hora después, sin más contratiempos de por medio, la pareja de extranjeros procede a alejarse del pueblo.

Los dos sienten la anticipación y la intriga acumulándose dentro de ellos. Para la mujer es como si tuviese un nudo en el esofago, y en Sasori de la Arena Roja, las ansias se manifiestan como un ligero temblor en sus manos.

Tras caminar un par de kilómetros por el sendero de tierra, toman la decisión de desviarse a la derecha para adentrarse en el bosque circundante.

—¿Qué tan peligroso es abrir el mensaje? —consulta la kunoichi permitiendo mostrar la ansiedad acumulada en ella— ¿Cuánto más tenemos que alejarnos?

—Seguramente leíste reportes sobre nuestro contacto. Cuando miremos el mensaje, vamos a causar una explosión. Mientras más lejos estemos del pueblo y el camino, mejor. Sus métodos serán excesivos, pero son funcionales, nadie que no los conozca va a vivir para contar el contenido de sus mensajes. Estoy seguro de que al menos tres "atentados terroristas" al año, son en realidad mensajeros que traicionaron a la persona equivocada.

—Todavía me cuesta un poco asimilar la naturalidad con la que hablamos de estas cosas.

—No es muy distinto de lo que deberíamos hacer si un miembro de los hombres de nueve dedos nos traicionara, Sakura… Un eslabón débil en esta cadena haría caer toda la operación.

Por supuesto que en este caso tiene razón. Incluso antes de ser renegada de Konoha, ella ya se había acercado demasiado a ese mundo. En esta época, ella tiene más en común con Deidara y Sasori que con sus propios padres e Ino… al menos, es así para todos aquellos que importan.

Alrededor de las dos de la tarde, el marionetista anuncia que ya están lo suficientemente lejos, y saca de su equipaje el estuche que contiene al ave de arcilla.

—Necesitaré tu ayuda para esta parte—informa abriendo el compartimento para mostrarle la estatuilla a la renegada de Konoha. La mayor parte de la masa que compone al ave, se encuentra en el torso de esta, y la forma de su cabeza es extraña, redonda y sin ojos, con una gran boca cerrada en lugar de pico—. Cuando saquemos el pergamino de la boca de la estatuilla, tendremos pocos segundos antes de que la arcilla explote. Tú eres mas rapida y fuerte que yo. Necesito que separes el papel de la arcilla y la arrojes por los aires, tan lejos como puedas. No queremos que la explosión altere el paisaje y deje huellas de que estuvimos aquí.

Sakura asiente ante su plan, y ve cómo Sasori tira de la cola del ave. Acto seguido, su boca se abre de par en par y un rollo de papel brota fuera de ella. La joven toma el rollo con su mano izquierda, y al ave con la derecha.

"Todos los artistas que conozco... no tienen mejor idea que usar sus talentos como arma…"

Sasori da un paso atrás sin mediar palabra, y Sakura entra en acción. Es un simple movimiento, arroja la figura en un ángulo de cuarenta y cinco grados. El proyectil blanco sale volando por el cielo a una velocidad vertiginosa.

—Dos segundos… tres segundos...— para el momento en que el artista comienza a contar el cuarto, una explosión semejante a un fuego artificial lo interrumpe.

El impacto espanta a los pájaros de las copas de los árboles, y seguramente también a la fauna terrestre. Pasada la conmoción en el paisaje, la pareja se encuentra desenvolviendo el rollo que definiría el siguiente paso en sus vidas.

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