I
Sailor Moon
Tokio, 17 de enero de 1992, 08:15a.m.
Serena Tsukino acababa de abrir los ojos y lo primero que hizo fue consultar su reloj. Compuso una expresión de horror en su cara.
—¡NO PUEDE SER! ¡YA ES TARDE!
Los gritos, pese a que habían sido estridentes, y más tomando en cuenta el tono chillón de la voz de Serena, eran comunes en la residencia de los Tsukino, pero no por eso dejaban de ser molestos. La madre de Serena, Ikuko Tsukino, había acabador de preparar la colación de su hija cuando escuchó el grito de ella y, como siempre, su estómago dio vueltas.
—¡Te dije que despertaras hace media hora, pero nunca te das por enterada!
—¡No me di cuenta! —replicó Serena mientras bajaba las escaleras a toda velocidad. Cuando apareció en la cocina, apenas dedicó un saludo a su madre, cogió su colación y salió de la casa, todo en menos de diez segundos.
Serena corría por las calles de Tokio, bostezando descaradamente, preguntándose por qué debía madrugar, pese a que ya sabía la razón. A Serena no le gustaba esforzarse por conseguir alguna meta, más que nada porque no parecía tener ningún objetivo claro en su vida, salvo dormir, comer y divertirse. Disfrutar de la adolescencia era lo más importante para ella y, en opinión de Serena, estudiar arruinaba la juventud. No estaba claro si aquello era verdad o simplemente lo decía para enmascarar el hecho que parecía no tener habilidades para ninguna materia en el colegio. La máxima calificación que había obtenido era un 3,0 (1), y no obtenía ni siquiera eso en matemáticas o en inglés.
Mientras hacía lo que podía para no llegar tarde al colegio (un caso perdido), escuchó el desesperado maullido de dolor de un gato. Se detuvo en seco, mirando hacia atrás y dándose cuenta que le había pisado la cola a algún animal. Se aproximó lentamente y tomó al gato en brazos, sobándole la cola para siquiera aliviarle un poco el dolor.
—¿Pero qué es eso?
Serena notó que el gato tenía un parche en su frente y éste hizo un gesto con sus brazos para que se lo quitara. Ella obedeció y vio que, debajo del parche, había una marca muy peculiar, como la de un cruasán. La sorpresa la atenazó cuando el gato se zafó de su agarre, se trepó a su cabeza y saltó hacia una pared de concreto. Persona y animal se quedaron mirándose por unos segundos, hasta que el timbre del colegio arrancó a Serena de sus pensamientos y, componiendo otra mueca de horror, salió corriendo a toda velocidad, sabiendo que ya no iba a alcanzar a llegar a tiempo.
—¿OTRA VEZ TARDE, SEÑORITA? ¡TE QUEDARÁS EN EL PASILLO!
La profesora Mónica había quedado afónica de tantas batallas verbales con su alumna más rebelde. Por otro lado, Serena rodó los ojos al escuchar el portazo, pensando en qué había hecho ella para merecer ese trato. Luego, un sonido familiar para ella hizo que cambiara su cara a una de fastidio.
—Por Dios que tengo hambre —se lamentó Serena, mirando con ganas el paquete que le había dejado su madre para el almuerzo. Al final, fue tanta la protesta de su estómago que Serena, por enésima vez en su vida, obvió todas las leyes del sentido común y abrió el paquete, probando una cucharada de la colación, cuando la puerta del aula volvió a abrirse.
—¿CÓMO TE ATREVES A COMER EN CLASES? —rugió nuevamente la voz ronca de la profesora Mónica. Serena escondió en balde el paquete, temblando de la cabeza a los pies.
—Es que… es que tenía hambre, profesora…
—¡ESO NO ES EXCUSA! ¡LA PRÓXIMA VEZ QUE TE PILLE COMIENDO, TE DARÉ UN CASTIGO EJEMPLAR!
Lo único bueno de todo el asunto era que Serena pudo permanecer en el recinto escolar para las clases de la tarde. No obstante, las reprimendas no habían acabado.
—Eres bastante ingenua al creer que podías comer en clases sin que te descubran —dijo Molly, la mejor amiga de Serena, quien se había reunido con sus amigas para ponerse al corriente con los chismes.
—¡Tenía hambre, Molly! —se excusó nuevamente Serena—. Se supone que debemos comer para crecer, sobre todo en esta edad tan difícil.
Molly se limitó a gruñir a modo de respuesta.
—¿Cómo les fue en el examen? —dijo una voz que tomó a todas por sorpresa. Serena giró su cabeza lentamente. Solamente había una persona a la que le gustaba hablar de esos temas, pero lo último que Serena quería era hablar del examen. Había tenido otra desastrosa participación, lo que le había granjeado un vergonzoso 2,1.
—¿Por qué haces esas preguntas, Kelvin? —inquirió Molly, indicando con un dedo a Serena, quien había bajado la cabeza—. A Serena volvió a irle mal en el examen.
—Pues yo obtuve un 6,8 —dijo Kelvin alegremente—. Los exámenes no son tan difíciles, aunque no soy tan inteligente como la estrella del curso cinco.
—¡Lárgate de aquí! —le increpó Molly, pero el aludido no pareció registrar sus palabras. Para remediar la situación, ella cambió de tema a propósito—. Por cierto, ¿han escuchado nuevas noticias sobre ese grupo terrorista que está amenazando la paz mundial?
—¿La Vanguardia de Ares? —intervino Kelvin, olvidado de todo asunto académico—. Yo leí que ellos formaban parte de un equipo paramilitar que trató de invadir Cuba en 1961. Ayer vi una noticia sobre ellos. Últimamente han estado robando bancos como si fuesen ladrones, aunque varios asaltos han sido frustrados.
—Sí —dijo Molly, emocionada—. Sailor V ha aparecido mucho en las noticias. La Vanguardia de Ares atacó una joyería y ella alejó a los ladrones. Se ha convertido en toda una celebridad e incluso creo que van a lanzar un juego de ella.
—¿Un juego de Sailor V? —quiso saber Serena, quien jamás estaba al tanto de la actualidad nacional e internacional por considerarlos temas aburridos—. ¿Y quién es Sailor V?
Todos los presentes miraron a Serena como si hubiera anunciado que iba a postular a la presidencia de un país.
—¿Acaso no prestas atención, Serena? —dijo Molly con exasperación—. Sailor V es una justiciera ataviada con traje de marinero.
—Pero ella no es nada comparada con Sailor Grey —intervino Kelvin, quien extrajo una fotografía de una estatua ubicada en un cementerio—. Mis padres estuvieron en Nueva Orleans hace un par de meses y tomaron esta foto. Ella es la heroína que acabó con la Guerra Fría.
—No sabía sobre Sailor Grey —admitió Serena, ganándose otra mirada inquisitiva de parte de los demás. Era obvio que Sailor Grey había sido un personaje importante en la historia moderna y, por lo tanto, era conocida por la mayoría de la gente. Obviamente, Serena formaba parte de esa minoría que no la conocía o no estaba interesada en saber de ella.
—Se nota que el siglo se está acabando —acotó una de las chicas del grupo—. Hay muchos robos e incidentes raros ocurriendo en todos lados.
—Sin embargo, puedo entender que la gente robe joyas —dijo otra chica con una cara esperanzada—. Son preciosas, ¿no creen?
—Mi madre vende joyas —intervino Molly, recordando que había una liquidación en su tienda—. Podríamos ir a ver qué hay. Hoy hay precios especiales.
A todas las chicas presentes les brillaron los ojos.
—¿Precios especiales? —corearon varias de ellas, entre las que estaba incluida Serena.
—Es la idea de una liquidación.
—¡Vamos entonces! —chilló Serena y las demás la secundaron—. ¡Después de clases iremos!
Y las chicas regresaron a sus respectivas salas, dejando a Kelvin confundido, sin entender por qué a las jóvenes les gustaban tanto las joyas.
El Reino Oscuro, una hora atrás
—Sé que percibí el poder del Cristal de Plata. ¡Está en este planeta! —chilló la reina Beryl, frustrada por no poder encontrar aquella legendaria gema. Tenía una multitud de sirvientes a su servicio, pero ninguno de ellos había conseguido el objetivo. Mientras tanto, Beryl seguía con su monólogo.
—¡El Cristal de Plata es lo único con suficiente energía para despertar a nuestra gran reina! ¡Pero no lo tenemos, así que les exhorto a que consigan energía de otras formas por mientras!
—Daremos nuestro mejor esfuerzo —corearon sus sirvientes, al tiempo que una llama apareció de la nada y, en medio de ellas, se materializó un hombre alto, de cabello color paja y ojos celestes.
—Reina Beryl —dijo el hombre, haciendo una reverencia—. Ya me he puesto manos a la obra con este cometido. Tengo un infiltrado en Tokio reuniendo energía mientras hablamos.
—Bien, bien —dijo Beryl con aprobación—. Tráeme esa energía, Jadeite.
Jadeite hizo otra reverencia y desapareció, mientras que otro hombre, cuyo cabello era más largo y oscuro, hizo acto de presencia. Era aún más alto que Jadeite y tenía una expresión más dura en su cara.
—Nephrite —comenzó Beryl, quien seguía maniobrando su bola de cristal de forma incesante—, ¿alguna pista sobre el Cristal de Plata?
Nephrite mostró una sonrisa antes de hablar.
—Me he encontrado con alguien que sabe sobre él —dijo Nephrite, extendiendo una mano hacia la bola de cristal de la reina. A continuación, la imagen de un hombre entrado en años y ataviado con ropas caras apareció en el cristal.
—¿Quién es él?
—Mi reina, él es Herbert Dixon, y es el único que dispone de ese conocimiento y está dispuesto a ayudarnos.
La reina asintió en señal de aprobación.
—Asegura su completa cooperación y extrae de él cualquier información sobre el Cristal de Plata.
Nephrite hizo otra reverencia antes de desaparecer.
Tokio, 17 de enero de 1992, 04:26p.m.
Había un desorden total en la joyería de la madre de Molly. Las liquidaciones siempre se prestaban para esa clase de situaciones, y aquella no era la excepción. El griterío era audible incluso desde afuera de la tienda, donde Serena, Molly y sus amigas miraban al interior, preguntándose si era sensato entrar.
—Siempre pasa lo mismo cada vez que mi mamá hace una liquidación —dijo Molly, dando un paso adelante, y Serena y las demás la siguieron—. Pero parece que hay más gente de lo normal.
—¿Y podremos conseguir algo en estas condiciones?
—Si hablamos con mi mamá quizás tengamos una oportunidad.
Al final, el grupo entró en la tienda y, como Molly esperaba, fue atendido por su madre, quien ostentaba una amplia sonrisa. Al parecer, la liquidación estaba gozando de mucho éxito.
—Ah, hola, Molly.
—Hola, mamá. Tienes muchos clientes hoy.
—Es que tengo un exceso de stock en la bodega y trato de deshacerme de la carga extra. ¡Y veo que me está resultando de maravillas!
—¿Qué te parece si les muestras a mis amigas algunas de tus joyas?
—¡Me parece muy bien! —exclamó la madre de Molly, conduciendo al grupo a una estantería que no estaba tan poblada de consumidores—. Aquí están unas de las joyas más preciadas. Y, como son tus amigas, puedo hacerles un precio especial sobre el descuento que ya tienen.
Las caras de Serena y sus amigas eran elocuentes.
—¿Escucharon, chicas? —dijo Molly, dirigiéndose a sus amigas, quienes miraban sus billeteras en busca de dinero. Todas menos Serena bullían de entusiasmo.
—Oh, no. ¡Me gasté todo el dinero de la semana en comida!
Molly dejó a sus amigas para que eligieran sus joyas y se aproximó a Serena.
—¿Y por qué no le pides a tu papá?
—¿Cómo? ¡Volví a sacar malas calificaciones en matemáticas e inglés! —Serena extrajo de su mochila el papel del examen, dándole la impresión que ese 2,1 se burlaba de ella—. ¡No podré comprar joyas!
—Bueno, yo no puedo hacer mucho por ti —dijo Molly razonablemente—. Pero tienes que levantar ese ánimo. Estoy segura que mañana será un día mejor.
Serena salió de la tienda de joyas, todavía con el examen en la mano, pensando en si debía esforzarse más para obtener mejores notas, pero, por alguna razón, el simple pensamiento hizo que le diera flojera.
—Bah, al diablo con esto. —Serena arrugó el examen y lo arrojó por encima de su cabeza, sin percatarse que había un tipo atrás de ella.
—Ten cuidado, cabeza de chorlito —dijo el joven. Serena sintió cómo las orejas le ardían y giró sobre sus talones violentamente. El joven en cuestión tenía el cabello corto, negro y un rostro de forma de corazón. Por extraño que pudiera sonar, usaba un frac adornado con objetos a los que Serena no prestaba atención.
—¡No me llames cabeza de chorlito! —gritó Serena, pero el tipo solamente se encogió de hombros y alisó el papel que le había caído encima.
—¿Un 2,1? —El estómago de Serena dio un doble mortal y el color se le subió a la cara—. Deberías estudiar más, cabeza hueca.
Serena crispó los puños e hizo rechinar los dientes. Estaba más roja que una manzana y humo parecía brotar de sus orejas.
—¡Oye, no te metas en lo que no te importa! —chilló Serena, arrancando el examen arrugado de las manos del joven. Sacándole la lengua, dio media vuelta y caminó en dirección contraria, dejando al tipo con una expresión de leve diversión en su cara. Serena no notó que el sujeto había dirigido su vista hacia las joyas que estaban de muestra en la tienda.
También ignoraba lo que estaba pasando en el sótano de la joyería.
Serena caminaba tanto para tranquilizarse como para darse tiempo de pensar en la extraña sensación que la había cruzado cuando vio a ese tipo de cabello negro. Era como si lo hubiera visto alguna vez, hace mucho tiempo, o tal vez en uno de sus tantos sueños acerca de que ella era una princesa buscando a su príncipe. De cualquier forma, su corazón había latido con más rapidez en esa ocasión, pese a que le había gritado a pleno pulmón.
Poco después de poner en pausa aquellos pensamientos, Serena pasó frente a una tienda de videojuegos. Notó que ya estaba disponible el juego de Sailor V en formato arcade. Se puso a pensar tanto en ella como en Sailor Grey, la heroína de la Guerra Fría. Serena quería ser como ellas, pero a cada rato se reprendía a sí misma, pues jamás estaría a la altura de ambas Sailor. Deja de soñar, Serena se dijo, pero era un esfuerzo estéril. Una de las cosas que más hacía era soñar, y derramaba lágrimas cada vez que la realidad le arrojaba un mazazo a la cara.
Dos horas más tarde, después de enfrentar la furia de su madre al ver las calificaciones de Serena y tener un pleito con su hermano menor, se dirigió a su habitación y se quedó dormida preguntándose por qué su madre la regañaba tanto y decidiendo que estaba muy cansada para hacer alguna tarea. Tampoco notó el aire helado que provenía de la ventana abierta y tampoco la silueta que se coló por ésta. Al final, fue el golpe seco de la ventana cerrarse a causa del viento lo que despertó a Serena. Masajeándose los ojos, notó al gato con el que se había topado en su camino a la escuela.
—¡Pero si es el gato con el cruasán en la frente!
El gato entornó los ojos.
—No es un cruasán. Es una luna menguante.
Hubo un momento durante el cual Serena sintió que su voz le había fallado o que un cable en su cerebro se había roto. Sus sentidos parecían estar engañándola, porque acababa de escuchar hablar a ese gato. Y, hasta donde ella sabía, los gatos no hablaban, ¿o sí?
—Mi nombre es Luna —dijo el gato con voz femenina, lo que venía a significar que era una gata—, y he estado buscándote con afán, Serena.
Ya no había duda alguna. Esa gata podía hablar. Serena se quedó petrificada, siendo testigo de algo que desafiaba a la lógica. Luego, vino el miedo. Comenzó a temblar de la cabeza a los pies y se mordió las uñas obsesivamente. Luna, al parecer, no se había dado cuenta de ello.
—Debo agradecerte por quitarme ese parche —continuó Luna en un tono agradable que no hizo nada por aliviar el miedo de Serena—. No podía hablar con eso puesto sobre el emblema en mi frente, y tampoco era capaz de pensar correctamente. Me alegro de haberte encontrado al fin.
Pero Serena todavía no podía aceptar aquella nueva realidad que alguien le había restregado sin elegancia en la cara. ¿Gatos que hablan? ¿Gatos con lunas menguantes en sus frentes? Se rehusaba a hacer frente a lo que estaba pasando y se tapó las orejas, haciéndose la dormida. Luna volvió a rodar los ojos y puso sus patas sobre la cabeza de Serena, tratando de hacer que entrara en razón.
—¡Serena! ¡No es hora de dormir! ¡Si no me vas a hacer caso, yo te despertaré! —Pero Serena no dio su brazo a torcer y Luna probó otra forma de hacer que entrara en razón—. Serena, tengo un regalo para ti.
A la mención del regalo, Serena dejó de taparse las orejas y fue abriendo de a poco los ojos. A los pies de Luna había una especie de broche dorado, de aspecto redondo y con esferas de colores más pequeñas en los bordes. Serena se rascó la cabeza, observando el broche con curiosidad.
—¿Es para mí?
—Claro que lo es.
—¿Y puedo quedármelo?
—Por supuesto. Pero primero tienes que escucharme. —Luna vio cómo Serena tomaba el broche, dando las gracias a Luna, y se lo adosaba a la enorme corbata de moño—. Están ocurriendo eventos extraños por todo Tokio, eventos que la policía no puede manejar. Es ahí donde entra este broche. ¿Me estás escuchando?
Serena estaba mirándose en el espejo, admirando su nuevo broche.
—¡Oye! ¡No es joyería! ¡Es algo muy importante!
—¿Y para qué sirve entonces?
Luna hizo una pausa teatral antes de lanzarle la bomba a Serena.
—Sirve para que puedas combatir a los malos… como una Sailor Senshi. —Luna volvió a hacer una pausa, evaluando la reacción de Serena ante su nuevo rol, pero no le dijo mucha cosa, pues Serena parecía estar admirándose otra vez—. Y, como una Sailor Senshi, tendrás que encontrar a tus compañeras, quienes te ayudarán a encontrar a nuestra princesa.
—Me veo preciosa —dijo Serena, lo que hizo que Luna se fuera al suelo—. ¿Algo más que deba hacer?
Luna volvió a incorporarse en sus cuatro patas, bajando la cabeza.
—¿No has entendido nada de lo que te dije?
—¡Por supuesto que sí! —chilló Serena. Y era verdad, aunque todavía no tenía idea de lo que realmente implicaba su nueva labor.
—¿Sí? Entonces sigamos adelante. Tienes que decir "por el poder del prisma luna". Da igual qué gesto hagas con las manos.
Serena obedeció y dijo las palabras al pie de la letra. Inmediatamente, algo muy extraño pasó.
Estaba desnuda en medio de un montón de luces. Lo siguiente que notó fue que unas tiras rosadas brotaban del broche, envolviéndola y convirtiéndose en lo que sería su nuevo uniforme. Algo análogo ocurrió con sus brazos y piernas y, al final, sintió que algo le rodeaba la frente y unos pendientes colgaban de sus orejas. Para cuando la transformación hubo finalizado, Serena se miró en el espejo y se dio cuenta que había adoptado una postura que ella no recordaba haber hecho. Luego, la sorpresa.
Su uniforme no era muy distinto al que usaba para asistir a la secundaria, pero su falda era mucho más corta y usaba unas botas largas de color magenta, con lunas menguantes a modo de decoración. La corbata de moño de atrás era del mismo color que sus botas, ostentaba una cinta alrededor de su cuello, también del mismo color que sus botas, con una luna menguante en su centro y, para finalizar, una tiara rodeaba su cabeza y unas gemas rojas adornaban sus moños.
—Pero… pero…
—Es tu uniforme de Sailor Senshi —dijo Luna, mirando cómo Serena se miraba una y otra vez, luciendo asustada por alguna razón.
—¿Por qué mi falda es tan corta? —protestó Serena—. ¿Y todos estos ornamentos? ¡Parezco una mujer mayor!
—Ahora no eres una estudiante de secundaria —dijo Luna, subiéndose a la cama de Serena—. Eres Sailor Moon, una guerrera que lucha por el amor y la justicia.
—¿Quién me está hablando? —quiso saber Sailor Moon, notando en el espejo que las gemas en sus moños estaban destellando—. Creo que es Molly. ¡Parece que está en problemas!
Luna volvió a rodar los ojos.
—Entonces anda a rescatarla, de inmediato.
Diez minutos más tarde
—Los microcondensadores escondidos en las gemas funcionaron a la perfección —dijo la madre de Molly, que, por supuesto, no era la verdadera. Ella estaba atada de manos y pies en el sótano desde el día de ayer. El demonio que había adoptado la forma de la madre de Molly había tenido la idea de rebajar los precios de las joyas para que más gente las comprara y así incrementar la cantidad de energía percibida por éstas.
Sin embargo, había un detalle que necesitaba atención.
—¡Suéltame! —gritaba Molly desesperadamente—. ¿Por qué me haces esto, mamá?
—¿Cuántas veces tengo que decírtelo? —dijo el demonio con impaciencia—. ¡Yo no soy tu madre! ¡Ella está en el sótano, esperando su muerte!
Y el demonio apretó con más fuerza el cuello de su víctima y Molly estaba a punto de caer en la inconsciencia cuando una voz chillona se escuchó en medio de la tienda.
—¡Déjala en paz!
El demonio giró su cabeza en ciento ochenta grados y observó a la recién llegada con curiosidad.
—¿Quién eres tú?
—Yo… bueno… yo soy… ¡Soy una Sailor Senshi que lucha por el amor y la justicia! —La joven hizo unos movimientos introductorios completamente innecesarios para luego continuar—. ¡Soy Sailor Moon y te castigaré en el nombre de la luna!
Sailor Moon miró en todas direcciones y notó que había cuerpos repartidos por toda la joyería. Sintió una oleada de indignación que le hizo dar un paso adelante.
—¿Sailor Moon? —dijo el demonio bruscamente—. ¡Jamás he escuchado de una tal Sailor Moon! Pero no importa. ¡Esclavos, acaben con esta mocosa inmediatamente!
De pronto, las personas que yacían inconscientes se pusieron de pie y, extendiendo los brazos cual muertos vivientes, se dirigieron hacia Sailor Moon, quien dilató los ojos a tope a causa del horror, incapaz de decidir qué hacer, pues jamás había estado en una batalla. Corrió locamente en cualquier dirección, presa del miedo, evadiendo ataques por pura suerte. En su ciega carrera por sobrevivir, Sailor Moon tropezó con un trozo suelto de cerámica y cayó al suelo, arrastrándose hacia una pared, al borde del llanto.
El demonio, queriendo terminar con aquella patética imitación de batalla, extendió su brazo, con el fin de asfixiar a Sailor Moon, pero éste fue detenido por un destello de luz de roja, que culminó en la repentina aparición de una rosa roja. Sailor Moon miró hacia arriba, siguiendo la trayectoria de la rosa y vio a un hombre ataviado con un frac, una capa negra y un sombrero de copa igualmente negro.
—¿Quién rayos eres tú? —increpó el demonio.
—¿Yo? Pues yo soy Tuxedo Mask —se presentó el recién llegado, dirigiendo su mirada a Sailor Moon y hablando en un tono cálido y suave, casi seductor—. Sailor Moon, debes encontrar la fuerza que hay en tu interior, la guerrera que llevas dentro, y verás que podrás ganar esta batalla.
Pero Sailor Moon estaba harta de la situación en la que estaba metida. En la que yo misma me metí se corrigió mentalmente. Lo único que quería era irse a casa a hacer su tarea.
—¡Pues yo quiero irme de aquí! —chilló Sailor Moon, haciendo pucheros—. ¡No debería estar aquí! ¡Debería estar haciendo mi tarea, o durmiendo! —A continuación, Sailor Moon no lo soportó más y rompió en llanto. Fue ese el instante en el que las gemas en sus moños comenzaron a vibrar con fuerza, lanzando ultrasonidos que diezmaron a todas las fuerzas enemigas e inmovilizaron al demonio, quien se llevaba fútilmente las manos a sus orejas.
—¡Es la oportunidad, Sailor Moon! —gritó Luna—. ¡Quítate la tiara de tu cabeza y lánzala mientras dices "tiara lunar, acción"! ¡Hazlo ahora!
No sabía si fueron las palabras de Luna o un efecto retardado de las palabras de ese tal Tuxedo Mask, pero se limpió las lágrimas e hizo lo que la gata le había instruido.
La tiara voló con rapidez hacia el demonio, quien hizo esfuerzos inútiles por protegerse del ataque y, en un parpadeo, el enemigo había sido reducido a polvo. Segundos después, todas las personas que antes habían estado bajo el poder del demonio despertaron, preguntándose dónde estaban y por qué les dolía tanto la cabeza.
—Excelente trabajo, Sailor Moon —dijo Tuxedo Mask desde las alturas, mostrando una sonrisa en su cara parcialmente oculta por el antifaz—. Nos veremos muy pronto. ¡Adiós!
Sailor Moon se quedó mirando el lugar donde el héroe enmascarado había desaparecido, sus mejillas sonrosadas, su mente divagando por lugares bastante alejados de la joyería.
¿Quién será ese Tuxedo Mask? Pero es muy guapo y varonil. No me molestaría encontrármelo otra vez.
—¡Muy bien hecho, Sailor Moon! —dijo Luna, pero ella parecía no hacerle caso, por lo que asumió que debía estar pensando en ese hombre de frac que había aparecido de improviso—. Bah. Esta chica está en la luna.
El reino oscuro, en ese momento
Jadeite no estaba muy complacido por la derrota de su subordinada, pero la energía que había obtenido a causa de la tecnología de los microcondensadores era sustancial. Sin embargo, sabía que no era suficiente para despertar a la gran reina, por lo que necesitaba un nuevo plan, no sólo para obtener energía, sino que para hacerlo sin que Sailor Moon se diera cuenta.
Sonriendo internamente, buscó a un nuevo sirviente para el próximo plan.
