II
Herbert Dixon
Washington, 19 de enero de 1992, 11:19a.m.
Herbert Dixon todavía tenía problemas para moverse y pensar correctamente. Haber pasado catorce años en animación suspendida mientras dos conciencias eran transferidas a su cabeza había dejado secuelas, pero Herbert había anticipado aquellos malestares. Era cosa de acostumbrarse a escuchar las voces de dos entes muy distintos aparte de su propia voz interior.
El mundo había cambiado bastante desde que Sailor Silver Moon detuvo el avance de los misiles a mediados de 1969. La paz era constante, algo que no parecía molestar demasiado a Herbert, pues solamente le había hecho ver que destruir el mundo para construir uno mejor no era la única solución. Sin embargo, solamente era cuestión de tiempo para que las cosas se salieran nuevamente de control. Ya estaba ocurriendo. Lo había visto en las noticias.
Herbert a veces pensaba en si había sido una buena idea haber colaborado en la formación de la Task Force 101, más que nada porque los responsables de múltiples asaltos a bancos y joyerías eran ex miembros de aquel grupo paramilitar o descendientes de los mismos. La única diferencia estaba en el nombre.
La Vanguardia de Ares.
Incluso había desenterrado suficiente evidencia para afirmar que la Vanguardia de Ares estaba obteniendo fondos para financiar el derrocamiento de líderes clave para la continuación de la paz. Lo más preocupante del asunto era que sus números se habían multiplicado, e incluso la Vanguardia tenía bases militares secretas distribuidas a través del globo. Había pasado de ser un equipo paramilitar a un ejército clandestino en menos de treinta años.
Y está ese sujeto también.
Por increíble que pareciera, no era la Vanguardia la mayor preocupación de Herbert, sino el individuo que había acudido a su laboratorio hace unos cuantos días atrás. Recordaba que se había presentado como Nephrite y que necesitaba información sobre el Cristal de Plata. Recordaba cada palabra de aquella conversación.
—Quiero que sepa que seré completamente honesto con usted, señor Dixon —había dicho Nephrite cortésmente—. Soy uno de los honorables Cuatro Generales Celestiales y estoy buscando el Cristal de Plata para entregárselo a mi ama, la gran reina Beryl.
Herbert no había entendido ni la mitad de las palabras de Nephrite, pues jamás había escuchado de esos Cuatro Generales Celestiales ni de le existencia de una reina llamada Beryl. No obstante, Herbert no tenía ningún interés en el Cristal de Plata y asumió que debía ayudar a quienquiera que lo estuviera buscando.
—¿Debo entender que ustedes son los malos?
Nephrite soltó una carcajada.
—No más que usted, señor Dixon. Cualquier información será apreciada.
No obstante, pese a que Herbert deseaba ayudar a Nephrite, no tenía muchas pistas sobre el paradero del Cristal de Plata. La única información que disponía era la tumba de Sailor Silver Moon, pero juzgó que no era necesario decir exactamente quién descansaba bajo aquella aparatosa estatua.
—Hace veintitrés años, hubo un evento en este mundo llamado Guerra Fría —dijo Herbert, haciendo aparecer dos vasos y una botella de coñac de la nada, tomando la botella y llenando ambos vasos—. ¿Un trago?
—Es usted muy amable, señor Dixon —agradeció Nephrite, tomando el vaso y dando un sorbo—. Por favor, continúe.
—Durante esta Guerra Fría, en una desafortunada cadena de acontecimientos, el mundo estuvo a punto de ser aniquilado por cien mil cabezas nucleares, pero una guerrera utilizó el Cristal de Plata para inutilizar los misiles, salvando al mundo del apocalipsis.
Nephrite frunció el ceño.
—¿Guerrera? ¿De casualidad no fue una Sailor Senshi?
Herbert arqueó una ceja.
—¿Cómo sabes sobre las Sailor Senshi?
—Mi reina me platicó sobre ellas, las guardianas de la princesa de la luna.
—Ah, la hija de la reina Serenity —dijo Herbert, arrugando un poco la cara. Pese a que la conciencia de la reina Serenity formaba parte de él, las viejas emociones se negaban a morir—. Fueron mis antepasados los que la asesinaron, junto a la reina y las Sailor Senshi.
—¿Fueron ustedes? —dijo Nephrite, abriendo comedidamente los ojos—. Porque mi reina nos contó que nosotros fallamos en destruir el Milenio de Plata. Me alegra saber que otras personas compartían nuestras mismas ambiciones.
—Como sea, esta Sailor Senshi sacrificó su vida al usar el Cristal de Plata, y es ahí donde el rastro se pierde. La mejor pista que puedo entregarle es su tumba, en el cementerio de Nueva Orleans. Hay una enorme estatua de ella. Es imposible perderse.
—Le agradezco su tiempo, señor Dixon.
—Por favor, llámame Herbert.
—De acuerdo, Herbert. —Nephrite se puso de pie y estrechó la mano de su anfitrión con firmeza—. ¿Podría contar con usted si por algún motivo encuentra pistas adicionales?
—No lo dude —dijo Herbert, soltando la mano de Nephrite y acompañándole hacia la salida—. Pero no tenga muchas esperanzas allá en Nueva Orleans.
Nephrite asintió con la cabeza y se marchó, dejando a Herbert con un cúmulo de pensamientos dando vueltas dentro de su mente.
Herbert volvió al presente, pensando en quién era Nephrite, esos Cuatro Generales Celestiales y la reina Beryl. En cuanto al Cristal de Plata, él había escogido no perder el tiempo con la gema, más que nada porque sabía que no podría desencadenar todo su poder. Solamente Sailor Silver Moon podía hacerlo, pero ella estaba muerta.
Un técnico apareció en el despacho de Herbert, llevando unos papeles pequeños en una mano. Buscó la mirada de su jefe, quien se la devolvió de manera distraída.
—Señor, tiene que ver esto —dijo el técnico con voz aterciopelada y Herbert vio que los papeles eran, en efecto, fotografías. A juzgar por el ángulo y la posición, las fotografías habían sido tomadas desde una cámara de seguridad. Sin embargo, lo más llamativo era la presencia de una joven cuyo uniforme le traía recuerdos muy vívidos. Conocía muy bien esos moños y ese uniforme.
—Sailor Moon —dijo Herbert, su mente retrocediendo casi treinta años hacia el pasado, cuando vio a esa misma muchacha aparecer en el evento que él mismo había orquestado para que Sailor Galaxia pudiera robar las semillas estelares de los espectadores. Lo único raro era que la Sailor Moon que había visto en 1963 lucía mayor que la de las fotografías, en las cuales se podía ver claramente que era solamente una adolescente.
—¿La conoce, señor?
—No como la estoy viendo ahora —repuso Herbert, dejando las fotografías sobre su escritorio—. Bien hecho. Sigue vigilando las cámaras en caso que veas otras cosas extrañas.
El técnico asintió con la cabeza antes de retirarse, dejando a Herbert solo con sus pensamientos. ¿Qué hace Sailor Moon aquí? ¿Y por qué diablos ahora es una adolescente? ¿Habrá renacido o algo por el estilo? Pero para el caso era lo mismo. Herbert no iba a responder esas preguntas encerrado en su laboratorio. Tenía que, como lo hacía un antiguo enemigo que ahora estaba muerto, buscar la verdad en el lugar que vivía. Herbert soltó una carcajada. Se le vino a la cabeza el horrendo asesinato en aquel hotel en Ciudad de México. Herbert había cumplido una promesa que le había hecho a Darren Church hace muchos años atrás, cuando él decidió exponerlo a la prensa. Pero, por mucho que lo buscó, no lo encontró. El programa era solamente una grabación para darle tiempo a Darren y salir del país. Herbert no perdió tiempo tratando de encontrarlo y se abocó a su plan. Solamente cuando el intercambio de conciencias entre Sailor Galaxia y la reina Serenity hubo terminado (lo que había tomado más tiempo de lo pensado), Herbert dispuso de tiempo para una búsqueda más minuciosa. Por otro lado, encontrar a Michelle fue patéticamente simple. Sabía que era ella porque escuchó por las cámaras del complejo a Sailor Silver Moon llamar Michelle a Sailor Neptune. Lo demás había consistido en una rápida consulta a una base de datos del Registro Civil.
El laboratorio estaba casi vacío, aunque difícilmente podía llamarse laboratorio en ese momento, sino más bien un centro de operaciones. Había técnicos y operativos en lugar de científicos, consultando imágenes de varias partes del mundo, midiendo la estabilidad global en caso que fuese necesario poner en marcha el conocido y antiguo plan de erigir una civilización sobre las cenizas de la anterior. Sin embargo, para concretar un plan tan ambicioso necesitaba fondos.
Muchos fondos.
Herbert había comenzado su carrera como súper villano con un montón de dinero en el banco, pero esos tiempos se habían acabado hace mucho. En ese minuto, solamente le alcanzaba para costear su extravagante forma de vivir. El centro de operaciones subsistía a base de un reactor de fusión cuyos planos habían sido robados a un científico pionero en energía sustentable. Tenía suficiente energía para hacer funcionar el domo completo por unos tres mil años. El agua se obtenía como subproducto del proceso de fusión nuclear, por lo que era un recurso virtualmente inagotable.
Somos una civilización basada en la tecnología. La tecnología es la solución a los problemas, no el dinero, la política o la religión. Esos conceptos están obsoletos.
No obstante, Herbert estaba comenzando a entender que, pese a la paz, la economía seguía regida por el dinero y, muy pronto, los bancos iban a encontrar la forma de mantenerse en el negocio a costa de los más pobres. Lo habían hecho en los tiempos de Woodrow Wilson, y lo iban a hacer ahora. La necesidad del plan estaba volviéndose una realidad nuevamente. La corrupción jamás sería erradicada de la faz del planeta en el mundo actual, un mundo regido por las corporaciones, los bancos y el dinero. Necesitaba empezar de cero, desde los cimientos hasta el techo.
Reconstruir la civilización.
Y la única forma de hacerlo era siguiendo la filosofía de los ingenieros en demoliciones: destruir el antiguo y desgastado edificio de la humanidad pata erigir uno nuevo, fuerte, robusto, libre de mácula. Sería una civilización libre del poder de las corporaciones, el dinero y la corrupción. De hecho, Herbert estaba trabajando en el modelo económico para su nuevo mundo.
Un intenso dolor de cabeza hizo que Herbert se llevara una mano a su frente. No era la primera vez que le ocurría algo así, pero aquel había sido un poco más intenso que el anterior. Aquellos dolores podían durar horas y los medicamentos no tenían ningún efecto, para luego desaparecer de la misma forma en que habían aparecido. Aquella era una de las preguntas que tenía Herbert en su cabeza. Quizás tengo demasiadas preguntas sin responder. Pero sabía que esa no era la razón. Los dolores siempre eran acompañados por unas voces ininteligibles, susurros sin nombre u origen, palabras que eran ahogadas por el dolor, pero que hacían mella lentamente en la mente de Herbert.
Tal vez sea normal. He hecho muchos experimentos en mí mismo, sobre todo con esa extraña energía que incrementa la entropía del entorno. Tal vez por eso sufro dolores.
Había sido esa extraña energía la que le había motivado a capturar a Sailor Galaxia. Y ahora que su conciencia se había mezclado con la de él, había adquirido buena parte de sus habilidades y conocimientos. ¿Estaría esa energía afectando mi cerebro? ¿Estará haciéndolo más caótico, debido a su naturaleza? Herbert sabía que ya no importaba. Ya había llevado a cabo los experimentos y ya no había vuelta atrás. Tenía que convivir con los dolores, tal como lo hacía con el resto de sus incomodidades.
El dolor pasó. Herbert dejó de masajearse las sienes y se enfocó en concretar su plan. Porque, pese a que reinaba la paz, sabía que no iba a durar y que la corrupción nacida del dinero iba a extender su negra mano sobre la Tierra una vez más. La mala hierba nunca muere se dijo Herbert mientras buscaba la mejor forma de cumplir con sus objetivos sin que nadie lo supiera.
