III
Sailor Mercury
El Reino Oscuro, 23 de enero de 1992, 10:05a.m.
—Vaya, Jadeite —dijo la reina Beryl, quien lucía complacida—. Esta energía nos pone un paso adelante en la resurrección de nuestra gran reina. Sin embargo, es una lástima que Quartz haya tenido que pagar el precio.
—Quartz se confió al enfrentar a esa tal Sailor Moon —dijo Jadeite, contento por el voto de confianza por parte de la reina Beryl—. Pero esta vez, Sailor Moon no se dará cuenta de lo que estoy planeando. Ya he puesto a Brainstorm a trabajar en el siguiente plan. Le prometo mucha energía en esta ocasión.
—Adelante, Jadeite —dijo Beryl, quien seguía manipulando su bola de cristal—. Y si te encuentras con Sailor Moon, mátala sin compasión.
—Así se hará. —Y Jadeite desapareció del salón del trono en una llamarada.
Tokio, en ese mismo momento.
—¡Serena! —llamó Molly, viendo que su amiga estaba ocupada con el desayuno, aprovechando el recreo de diez minutos—. ¡Las calificaciones de matemáticas ya están en la tabla!
El corazón de Serena se comprimió en un puño, pero finalizó su tostada con mermelada y acompañó a Molly hacia donde se mostraba la tabla de calificaciones. Se trataba de una pizarra gigante donde las calificaciones iban subiendo de izquierda a derecha, junto a los nombres de los alumnos que las habían obtenido.
—Vaya, Serena, no tienes remedio —dijo Molly, mirando hacia el extremo izquierdo de la tabla y divisando el nombre de Serena—. Tienes que esforzarte más.
—¡Lo sé, pero no puedo subir mis notas!
—Eso pasa porque te la pasas divagando en clases, pensando en comida o en ese no-sé-cómo-se-llama Mask.
—¡Pero es que no me gusta estudiar!
—¿Y para qué vienes al colegio entonces?
—Porque mi mamá me obliga a hacerlo —dijo Serena con un tufo de impotencia adornando su voz—. Si fuera por mí, no estaría estudiando, sino yendo a cafeterías o saliendo con un chico guapo.
Molly sabía cuál era el destino de aquella conversación, así que cambió de tema.
—Oye, Serena. Mira el primer lugar.
Serena se fijó en el nombre de la alumna con mejores calificaciones, pero apenas se sorprendió.
—¡Vaya, qué novedad! —exclamó Serena sarcásticamente—. Amy volvió a obtener el primer lugar.
—Supe que había concursado en una olimpiada de matemáticas a nivel nacional —dijo otra alumna, quien había estado escuchando a Serena y Molly—. Y obtuvo el primer lugar. Puso a este colegio en el mapa y como premio le otorgaron una beca completa en el nuevo seminario Cristal.
—Ah, sí, es como un colegio especial para genios como Amy —dijo Molly, quien, por alguna razón, no estaba muy contenta—. Les pasan materias muy avanzadas y tiene un método novedoso de enseñanza por computadora. Es un seminario muy caro. Creo que un empresario de un holding llamado Greenland Berylium hizo las gestiones con el Ministerio de Educación para instalar el recinto educacional.
—¡Vaya! ¡Estás muy informada, Molly! —exclamó Serena, como si el sólo hecho de estar informado fuese una novedad para ella.
—No es nada —dijo Molly, quien todavía se mostraba molesta, y Serena supo la razón en cuanto ella volvió a abrir la boca—. Pero te confieso, Serena, que Amy no me cae bien. Siempre está ocupada con el estudio y es una chica muy petulante. Creo que se distancia de los demás porque cree que es mejor que el resto.
Serena, por alguna razón, no estaba muy convencida de que Amy fuese como Molly la describía. Al final, decepcionada por su nuevo fracaso en matemáticas, volvió al aula con el ánimo por el subterráneo.
Después de salir del colegio, Serena todavía lucía descompuesta y casi arrastraba el papel del examen. Fue cuando vio que una chica con el cabello corto y de color azul caminaba tranquilamente por la calle. Era Amy.
Serena iba a acudir a su encuentro cuando vio a Luna acercarse a Amy sigilosamente por encima de una pared de concreto. Cuál fue su sorpresa cuando la gata dio un salto muy largo y cayó en el hombro de Amy. Serena no entendía lo que estaba ocurriendo, pero se quedó quieta, mirando cómo Amy le acariciaba la cabeza a Luna.
—Tienes un pelaje muy suave —escuchó Serena hablar a Amy. Su tono de voz no hablaba de petulancia, sino de modestia y amabilidad—. Si viviera en una casa y no en un departamento tendría un gato como tú.
Voy a matar a Molly gruñó Serena en su cabeza antes de mostrar una sonrisa y aproximarse a la muchacha.
—Ven aquí, Luna —llamó Serena a la gata y ella obedeció al instante, trepándose su hombro fácilmente—. Tú eres Amy, ¿no es así?
—Sí, soy yo —repuso Amy en un tono de voz que hacía imaginar el fuego acogedor de una chimenea en invierno—. ¿Es tuyo ese gato?
—Sí, y es una gata.
—Perdón —dijo Amy con una risita—. Tiene un nombre muy lindo, tal como el satélite natural.
—¿Qué es un satélite natural? —quiso saber Serena, completamente perdida.
—Son cuerpos celestes que orbitan planetas —repuso Amy pacientemente. Serena estaba desconcertada. Tal vez estaba en presencia de la primera persona que no rodaba los ojos cuando hacía una pregunta obvia—. Son como rocas gigantes que flotan en el espacio.
—Ah, entiendo —dijo Serena. No es para nada petulante. De hecho, creo que es todo lo contrario—. Oye, Amy, ¿te gustan los videojuegos?
—A veces juego, pero dispongo de poco tiempo. Entre el seminario Cristal y el colegio apenas encuentro tiempo para hacer lo necesario y dormir.
Serena volvió a pensar en lo que había dicho Molly. Tenía razón sobre estar ocupada con el estudio, pero Amy parecía más impotente que orgullosa por ello. Serena podía no ser muy buena para la academia, pero percibió que la chica que caminaba a su lado cargaba con un enorme fardo de problemas. Y, sin embargo, se las arreglaba para mostrar una sonrisa mientras dialogaba con Serena. Es una chica admirable, y por lo mismo me da mucha pena.
—¿Sabes qué? Vamos al salón de videojuegos para que te relajes un rato.
—Pero, no sé si tengo tiempo.
—¡No te preocupes, Amy! —la animó Serena, llevándola por la espalda—. Si no me equivoco, el seminario está al lado del salón de videojuegos. Si te diviertes jugando, podrías ayudarme con matemáticas.
—Todo el mundo tiene problemas con las matemáticas —dijo Amy, considerando el trato de Serena. Luego, volvió a sonreír—. Está bien. Si la paso bien, te ayudaré.
—¡Trato hecho! —exclamó Serena, haciendo que Amy se sobresaltara un poco.
Diez minutos después.
—¡VOLVÍ A PERDER! —chilló Serena, con la cara roja y golpeando la máquina de videojuegos—. Déjame intentarlo otra vez… rayos, se me acabaron las monedas.
—¿Puedo jugar? —preguntó Amy y Serena le cedió el lugar. Total, ya no podía seguir jugando, aparte que le había prometido que iba a pasarla bien. Amy tomó asiento, insertó una moneda y se puso a jugar.
El juego de Sailor V era muy difícil, pero Amy lo hacía ver como si fuese un paseo en el parque. Se movía de manera ordenada y precisa, matando a los enemigos de manera sistemática, no aleatoria como la mayoría de los jugadores casuales. Pronto, la vecindad se llenó de personas que miraba con asombro la forma de jugar de Amy. Incluso el encargado de la tienda de videojuegos se acercó para ver.
—Vaya. Ella es genial.
—Lo es —dijo Serena mientras Amy entraba en la escena final del juego— ¡Vamos, Amy, tú puedes!
Y Serena comenzó a hacerle barra, molestando a los demás. Nadie supo de dónde había sacado los pompones con los cuales animaba a Amy, pero la gente no creía necesario tanto aspaviento por un simple juego de video. Al final, los aplausos sonaron en todos lados cuando Amy derrotó al jefe final, terminando el juego, cosa que nadie había conseguido. La pantalla decía lo siguiente:
Puntajes máximos
AMY: 121.365
ACE: 53.147
MRK: 51.058
SLV: 49.354
LOR: 48.881
—¡Por Dios! ¡Batió el récord! ¡Y por bastante margen!
Algo inesperado pasó en ese momento. Un sonido metálico se escuchó desde dentro de la máquina, como en aquellas dispensadoras de bebidas y en la bandeja bajo los controles apareció una especie de pluma, con la diferencia que no parecía servir para escribir. Sin embargo, tenía decoraciones que Serena jamás había visto.
—¡Te ganaste un premio, Amy! —chilló Serena, mirando con envidia la pluma—. Por lo menos debió haberme dado algo, siquiera un dulce. ¿Por qué no me dio nada?
Y Serena comenzó a golpear la máquina con sus puños, lo que hizo que la gente la mirara con un poco de preocupación. Andrew, el encargado del salón de videojuegos, navegó entre la marea de gente con un rostro severo.
—¡Serena! ¡No golpees la máquina!
Serena, al ver a Andrew, se detuvo al instante. No obstante, nadie esperó que el sonido metálico volviera a escucharse. Serena miró la bandeja y cuál fue su sorpresa al ver una pluma rosada con un rubí en su extremo. Encantada, Serena tomó la pluma y se la guardó en su mochila, dirigiendo una mirada de arrepentimiento a Andrew por haber maltratado el juego de Sailor V.
Una alarma sonó en medio de la multitud, la cual estaba dispersándose. Serena vio a Amy coger su mochila apresuradamente, luciendo preocupada por alguna razón.
—¿Qué te ocurre?
—¡Se me hace tarde para llegar al seminario! —chilló Amy, colándose entre la gente y deteniéndose frente a Serena—. Gracias, Serena, por invitarme a jugar. La pasé muy bien.
—De nada —repuso Serena, pero Amy había desaparecido en cuanto terminó de hablar. De pronto, sintió un tirón en su falda y vio a Luna. Indicaba con una de sus patas un objeto rectangular de color rojo, muy pequeño, con algo en su extremo que parecía un enchufe bastante extraño.
—¿Qué es?
—Es un flashdrive (2) —dijo Luna, recogiéndolo con su boca y tendiéndoselo a Serena para que lo guardara—. Una unidad de almacenamiento de alta densidad. Seguramente se le cayó a Amy en su apuro por llegar al seminario.
—Mira —dijo Serena, viendo un afiche publicitario—. Es publicidad del seminario Cristal. ¡Y aparece una foto de Amy!
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—No puedo creer que alguien sea capaz de usar a Amy para promocionar ese seminario —dijo Serena, arrugando el papel y arrojándolo por encima de su cabeza.
—Deberíamos devolverle ese flashdrive a Amy —dijo Luna, justo cuando la voz de otra persona se inmiscuyó en la conversación.
—Oye, cabeza de chorlito. ¿Tengo cara de ser un basurero?
Serena crispó los puños antes de encarar a quien le había hablado. Por supuesto, sabía quién era.
—¿Tú otra vez?
—Es de mala educación tirar basura en la calle, cabeza de chorlito. Fíjate para la próxima.
—¿Y por qué te metes en lo que no te importa? —rugió Serena, volviendo a echar humo por las orejas—. Déjame en paz.
—Oye, por cierto… me pareció que esa gata habló.
Tanto Serena como Luna quedaron petrificadas, con sendas caras estúpidas decorando sus caras. Así quedaron por un par de segundos hasta que Serena pudo recomponerse lo suficiente para responder.
—¿De qué estás hablando? —dijo ella con una voz efusiva, soltando carcajadas nerviosas y llevándose una mano a la nuca—. Los gatos no hablan. Debes estar loco.
Hubo un silencio muy incómodo que pareció durar para siempre. Luego, viendo que el sujeto la miraba de manera inquisitiva, Serena dio media vuelta y corrió a toda velocidad, seguida de cerca por Luna. Las dos se detuvieron cuando estuvieron por lo menos a diez cuadras del salón de videojuegos. Serena se apoyó contra un poste para recuperar el aliento y Luna se había derrumbado por completo, también luchando por normalizar su respiración.
—¡Uy! —gritó Serena, llevándose una mano a la frente y meneando la cabeza—. ¡Se me olvidó devolverle el no-sé-cómo-se-llama a Amy! ¡Y todo por culpa de ese imbécil engreído!
—¿Sabes, Serena? Se me ocurrió una idea.
—¿Qué?
—Lo que pasa es que estaba buscando aliadas para tu misión y me encontré con el expediente de Amy —dijo Luna, volviendo sobre sus pasos, pero en dirección al colegio de Serena—. Lo primero que noté es que tiene un CI extremadamente alto y percibí una energía extraña cuando estuve cerca de ella.
—¿Y qué hay con eso?
—Me parece que los agentes del mal la han marcado de algún modo —dijo Luna, preocupada—. ¿Viste el afiche del seminario Cristal? Está usando la imagen de Amy para efectos publicitarios… y no creo que una institución fundada por un holding privado permita que la inscripción sea gratuita. Hay algo raro en esto.
—Tal vez hay gente caritativa en ese holding.
—Eres muy ingenua, Serena —le reprendió Luna—. Por cierto, nos dirigimos a la sala de computación de tu colegio. Quiero ver qué hay en este flashdrive que lo hace tan especial.
Una vez en la sala de computación, Serena pidió una computadora y la encargada le dio una hora para usar el equipo número tres. Se trataba de un armatoste con un procesador de doble núcleo y solamente dos gigas de RAM. Le tomó dos minutos cargar el sistema operativo.
—¿Sabes, Serena? —dijo Luna cuando la computadora terminó de cargar los programas y todos los procesos en segundo plano—. Tu colegio realmente necesita invertir en hardware más actual. Hay laptops con doce gigas de RAM, discos SSD y procesadores de ocho núcleos.
—¿Y cómo rayos sabes tanto?
—Estoy actualizada y leo bastante —dijo Luna casualmente, insertando el flashdrive en un puerto USB desocupado—. Bien, es compatible con el sistema operativo. Veamos qué archivos tiene.
Serena estaba mareada con tanta terminología de computación e informática. Miró la ventana que contenía los archivos del flashdrive y notó varios íconos dispuestos de forma vertical. Luna movió el ratón e hizo clic con el botón derecho sobre el ejecutable para mostrar el menú contextual. A continuación, seleccionó la opción "ver código fuente" y otra ventana apareció, mostrando letras, números y símbolos que Serena no entendió y jamás entendería. Luna, por otro lado, se desplazó hacia abajo y, en la línea 2554, encontró algo que la dejó helada.
—Serena, mira esto.
La aludida tenía la mirada fija en la pantalla, pero no tenía idea de qué quería Luna que mirase.
—¿Qué? Sólo veo números y letras. ¿Acaso es una lengua extraterrestre?
—No, sólo es un lenguaje de programación para computadoras. Mira esta línea, fíjate en lo que dice.
Serena miró la línea que Luna estaba indicando. No necesitaba ser una programadora para entender lo que estaba pasando.
2554: playAudio: src = " " amplitude = 0,7 wavelength = 1,4 binaural = "true" = 1,0 exchange = "false".
Luna buscó el archivo mencionado y lo ejecutó con un reproductor de audio. Lo que ella y Serena escucharon era aterrador.
—¡Rayos! ¡Es un archivo de audio con mensajes subliminales para que el usuario del flashdrive entregue su energía! ¡Y la línea 2554 es la que determina el comportamiento del sonido!
—¿Qué quieres decir?
—Quiero decir que los malos han vuelto a las andadas y que Amy puede correr peligro.
—¿Qué Amy está en peligro?
—¡Vamos! ¡Date prisa! ¡Tenemos que entrar al seminario y llegar al fondo de esto!
—¿Y cómo?
—¿Todavía tienes esa pluma?
—Sí. ¿Por qué?
—Es un reorganizador molecular —dijo Luna y Serena quedó en blanco—. Te permite transformarte en cualquier profesional. Para usarlo, solamente tienes que alzar la pluma, decir "poder lunar" y la clase de profesional en la que quieres convertirte.
—¿Y lo uso de inmediato?
—Lleguemos al seminario primero.
Una vez en la entrada, Serena usó su pluma para transformarse en una doctora, con estetoscopio y todo. Sorprendida por el poder de su nuevo artefacto, Serena entró al seminario a la carrera, seguida discretamente por Luna y llegó a la sala de clase del segundo piso. Nadie le dijo nada o le prohibió la entrada en su camino a la sala de Amy y Serena se sintió más tranquila.
No obstante, cuando llegó al aula, se dio cuenta de inmediato que algo andaba muy mal.
Cada estudiante tenía su mirada fija en la pantalla de su computadora, sin percatarse que alguien había entrado en el aula. Pero lo más inquietante de todo el asunto era que los estudiantes lucían exhaustos y tenían sus pieles de un horrible color gris. La única que no parecía afectada era Amy, quien se había puesto de pie.
—¿Qué hace usted aquí?
Serena había olvidado que estaba disfrazada y se le enredaron las palabras.
—Bueno… yo… es que… soy una doctora y esos alumnos se ven muy mal. Es mi trabajo… bueno… asegurar su bienestar.
—Esto se ve muy serio —murmuró Luna, quien estaba detrás de Serena, convenientemente escondida—. Deberías transformarte.
—¿Quieres que pelee otra vez? —le susurró Serena con urgencia—. ¡No me digas eso!
—¡Tienes que pelear! ¿Qué no ves que esos pobres alumnos lucen como vejestorios? ¿Los vas a dejar así?
—¡Está bien, está bien!
Después de gritar las palabras mágicas y soportar toda la parafernalia que implicaba la transformación, Serena dejó de ser una estudiante para volver a ser una Sailor Senshi. Amy, por otro lado, no entendía nada de lo que estaba pasando. Había visto a la doctora sufrir una transformación y ahora lucía como alguien sacada de un club nocturno.
La profesora había visto todo y juzgó que ya no tenía sentido mantener las apariencias, pues su plan había sido expuesto. Comprimiendo sus manos en puños, se deshizo de su disfraz y ahora era un demonio rojo con cuchillas como extremidades. Sailor Moon tragó saliva, temiendo que los nervios la traicionaran como en su primera batalla. Brainstorm arrojó lo que parecían exámenes en blanco y Sailor Moon, creyendo que eran solamente papeles, se quedó quieta, hasta que uno de ellos cortó algunos de sus cabellos. Y mientras tanto, más exámenes salieron a su encuentro. Sailor Moon, contorsionando su cara a causa del pánico, corrió por todo el aula, evadiendo exámenes lo mejor que podía.
—Tú pareces más viva que el resto de los alumnos —dijo Brainstorm, dirigiéndose a Amy, quien estaba paralizada de miedo por todo lo que había ocurrido—. Tal parece que no has usado el flashdrive que te entregué. No importa, porque te arrebataré tu energía personalmente—. Brainstorm vio por el rabillo del ojo que Sailor Moon iba a atacarla y le arrojó más papeles cortantes, pero éstos se doblaron de forma que aprisionaran los brazos y piernas de Sailor Moon.
—¡AMY! —chilló Sailor Moon en balde mientras aquel demonio le tomaba la cabeza a su amiga. Amy trató de resistirse a los intentos de Brainstorm por robarle la energía.
—Necesitas… creatividad… para… estudiar y… y pensar —balbuceó Amy, crispando los puños para insuflarse fuerza—. No… puedes programar… la… creatividad y la… intuición.
Y, en efecto, Brainstorm no pudo robarle la energía a Amy. Mientras tanto, Luna, quien había estado observando con pavor los eventos, notó que Amy se estaba resistiendo con éxito y vio un rayo de esperanza.
—Rayos, no puedo robarle su energía. Entonces le arrancaré el cerebro. —Brainstorm alzó su brazo para rebanarle el cuello a Amy y Sailor Moon sufrió otra crisis de pánico que le hizo llorar el alma. Como era predecible, el aire vibró con los ultrasonidos que provenían de las gemas en sus moños y Brainstorm erró el blanco por centímetros. Luna vio su oportunidad.
—¡Amy, usa la pluma que obtuviste en el juego de Sailor V! ¡Hazlo ahora!
Amy todavía lucía asustada y Brainstorm se preparaba nuevamente para atacar. Sailor Moon intentaba por todos los medios para zafarse de sus ligaduras, pero era imposible. No obstante, algo muy extraño estaba ocurriendo en el aula.
La estancia se estaba llenando de una niebla que impedía la visión siquiera a unos dos metros a la redonda. Brainstorm se quedó de pie, cruzándose de brazos porque, por alguna razón, había comenzado a hacer mucho frío. Pronto, hasta Sailor Moon ya no pudo ver mucho y fue por eso que no vio cómo sus ligaduras eran cortadas y no supo que estaba libre hasta que sintió unos brazos sostenerla, unos brazos fuertes.
—No te preocupes, Sailor Moon, te tengo —dijo una voz suave, profunda y seductora que ella conocía bien. Su corazón se aceleró con sólo imaginar a la persona que la tenía en brazos.
—¿Tuxedo Mask?
—Sailor Moon, debes aprovechar las oportunidades que se te dan —dijo Tuxedo Mask, dejándola suavemente sobre el piso del aula—. ¡Vamos! ¡Tú puedes!
—Pero no puedo ver… y podría herir a Amy.
—Hazle caso a tu corazón, Sailor Moon. Sólo él podrá encontrar al mal y destruirlo.
Brainstorm no podía moverse a causa del frío, pero tampoco había buena visibilidad. Al final, Sailor Moon hizo caso al consejo de Tuxedo Mask y cerró los ojos mientras se sacaba la tiara y la arrojaba en contra del enemigo. Un sonido como de algo haciéndose polvo le dijo que su ataque había encontrado el blanco correcto.
La niebla comenzó a disiparse. Los alumnos todavía seguían agotados y, frente a Sailor Moon había una pila de polvo. Sin embargo, lo más desconcertante estaba por venir.
La sala se aclaró por completo, pero no se podía ver a Amy por ningún lado. En su lugar, había una chica con un uniforme similar al de Sailor Moon y, curiosamente, tenía la misma apariencia que Amy, pero el uniforme era azul, con botas largas del mismo color y una corbata de moño celeste, adelante y atrás.
—¿Quién eres tú? —inquirió Sailor Moon con cara de pregunta.
—No lo sé —dijo la joven, mirando su uniforme con una mezcla de curiosidad y desconcierto.
—Tú eres una Sailor Senshi, la segunda del equipo —dijo Luna, aliviada de ver el asunto resuelto—. Eres Sailor Mercury, y dominas el hielo y el agua.
—¿Sailor Mercury? —repitió la joven mientras Sailor Moon se acercaba a ella con una sonrisa.
—¿Eres Amy?
—Sí —repuso ella, quien seguía mirándose con una leve expresión de sorpresa en su cara—. Así que soy una Sailor Senshi. Es… raro. Es como si, de algún modo, ya lo supiera.
—Muy bien hecho, Sailor Moon —dijo Tuxedo Mask, sonriéndole—. Creíste en tu corazón y triunfaste. Te felicito. Ahora, debo irme. ¡Hasta pronto, Sailor Moon! ¡Me dio gusto volverte a encontrar!
Sailor Moon volvió a sentir su corazón latir con desesperación y, como consecuencia de ello, se ruborizó y un calor intenso se apoderó de su cuerpo.
¿Por qué siento estas cosas en presencia de Tuxedo Mask? ¡No lo conozco, pero hace que mi corazón se vuelva loco! Además, hay algo que se me hace familiar en él, pero no puedo recordar qué es. ¡Quiero verte otra vez!
Luna observaba a Sailor Moon, ya no con desdén, sino que con verdadera preocupación. Algo le pasa con ese hombre. Quizás haya algo más entre ellos dos, algo que todavía no puedo explicar.
Por último, Luna, Sailor Moon y Sailor Mercury salieron del seminario, bajo la atenta mirada de una cámara de seguridad.
Washington, 23 de enero de 1992, 01:14a.m.
Un hombre, como hace cuatro días atrás, apareció con unas fotografías en el despacho de Herbert Dixon. Él las tomó y las examinó detenidamente, percatándose de un detalle que le había hecho recordar eventos del pasado, eventos relacionados con un individuo llamado Jared Fox.
Las cosas se están precipitando. Hay que acelerar los planes.
Herbert tenía claro su objetivo, y no estaba en sus intenciones repetir la historia. Y aunque tenía experiencia peleando con Sailor Senshi, algo le decía que en esa ocasión, todo sería muy diferente.
No puedo permitir que ellas se pongan en mi camino.
Y, para que su plan funcionara, tenía que moverse en completo silencio y hacer cosas que en condiciones normales jamás haría. El futuro dependía de su discreción.
(2) La tecnología en ese tiempo es más avanzada por los avances logrados gracias a las investigaciones de Herbert Dixon, que llegaron al sector civil en la década de los ochenta.
