VIII
Primera plana

Londres, 23 de enero de 2000, 10:08p.m.

No tenía idea de si esta primera plana valía la pena o no, porque la protagonizaba el Primer Ministro de Inglaterra, un tipo que me cae tan bien como el tráfico londinense a mediodía. Bueno, yo era el que inmortalizaba las noticias con colores y formas, pero eso no me impedía tener opiniones sobre lo que fuese que estuviera cubriendo. Y yo tenía una opinión muy baja de aquel idiota que estaba a la cabeza del gobierno.

Jamás entendí por qué mierda había reyes en este país, si lo que menos hacían era reinar. Claro, aparecían en revistas de farándula y posaban para diversos noticieros, presumiendo de sus buenas obras y de tener más dinero del que podrían necesitar por generaciones, pero su utilidad política era la misma que la de un conserje. Aunque, visto lo visto, prefiero ser gobernado por un rey que por ese bufón que teníamos como Primer Ministro.

Sin embargo, sus anuncios eran más interesantes que la persona que los estaba haciendo. Recuerdo que hablaba sobre el nuevo director del Banco Central del país y que iba a realizar una reforma al sistema bancario actual para maximizar las ganancias y de esa forma ayudar a los que más lo necesitaban. Aquella era una muy buena noticia y procuré buscar los mejores ángulos para realzar lo significativo del momento. También habló de un proyecto a escala mundial que iba a necesitar enormes sumas de dinero y recursos. Hasta el día de hoy no entiendo lo que hace un acelerador de partículas, pero era eso lo que querían hacer, un acelerador de partículas del diámetro de la Tierra. Todas las grandes potencias económicas y tecnológicas del mundo iban a participar en el proyecto, el cual ya estaba en construcción.

Mientras cliqueaba el obturador como alma que lleva el diablo, alguien hizo una pregunta que me pareció sensata. ¿Cómo mierda iban a generar la energía necesaria para tan colosal proyecto? Se supone que para hacer funcionar algo se necesita energía, pero para un aparato del tamaño de la Tierra, se necesitaba una cantidad absurda de energía, tanta que pensé que era imposible mover algo así. Fue cuando el Primer Ministro entregó la respuesta.

Energía nuclear.

Fue allí cuando las alarmas se encendieron en mi cabeza. ¿Acaso estos tipos estaban locos? ¿Acaso el nombre Chernobyl no significaba nada para ellos? Recuerdo lo que pasó en esa ocasión, en Pripyat, Ucrania. No se puede plantar nada allí por miles de años, porque el decaimiento radiactivo es un proceso muy lento, o al menos eso leí. Hubo gente que nació con defectos genéticos por culpa de la radiación, gente sin brazos, piernas o sin nada, porque había muerto. Estoy al tanto que la tecnología ha mejorado, pero jugar con el átomo es como jugar a la ruleta rusa.

Verán, allí, mientras pensaba en las implicaciones del anuncio del bufón (y tomaba fotografía tras fotografía como maníaco), se me vino a la mente esos pobres niños con malformaciones, y la epifanía me golpeó con la fuerza de un camión. La radiación también podía causar ese tipo de secuelas y me pregunté si alguien estaba construyendo un reactor nuclear cerca de Kent. Pero esas preguntas tenían que esperar. El Primer Ministro estaba detallando el cambio al sistema bancario, propuesto por un hombre llamado Robert Griffin. Recuerdo que hablaba de algo llamado Sistema Bancario de Reserva Fraccionaria y que iba a ayudar a que hubiera más dinero en circulación para darle un buen uso, como financiar programas contra la pobreza, entre otras cosas. Pude haberme quedado conforme con la explicación, pero ésta había resultado ser tan vaga que me dejó con más preguntas que respuestas. ¿Cómo diablos podía un sistema bancario poner más dinero en circulación? ¿Tenía alguna consecuencia negativa la abundancia de dinero? Esas preguntas me persiguieron mientras conducía de vuelta a la oficina, y no se esfumaron mientras escogía las mejores y más representativas fotografías para mostrárselas a mi editor.

Resultaba que el aumento de sueldo prometido era una mierda. Un cinco por ciento sobre mi actual paga no alcanzaba para pagar la renta. Yo esperaba algo así como un veinte por ciento, pero no iba a librar una batalla contra un tipo al que le decían Patton. De algún modo, no sonaba bien y lo más probable fuese que yo terminara en la oficina de desempleo de la ciudad.

No obstante, lo bueno de la situación fue que mi trabajo fue lo suficientemente bueno para que mi jefe me permitiera ser un reportero en toda su definición. Dicho de otro modo, podía no solamente obtener fotografías, sino investigar una historia, meterme en ella, buscar la verdad y plasmarla en un artículo de prensa. ¡Hurra! Aunque sabía que no podía quejarme, la verdad es que mi madre siempre me decía que con dinero se compra pan. Y vaya que me hacía falta un sueldo decente.

Sin embargo, Patton me dijo que mi primera historia podía escogerla yo, y yo le comenté sobre los niños con malformaciones en Kent y que el anuncio del Primer Ministro podría estar relacionado con el incidente. Por suerte, mi jefe no opuso resistencia y me permitió continuar con mi investigación, claro que si había alguna otra historia que reportear, debía dejar mi proyecto principal y obedecer órdenes del general que tenía por superior.

Wallace no tenía ningún trabajo para mí en ese momento, así que decidí seguir con mi investigación. Richard se acercó a mí para felicitarme por mi ascenso, pero me sugirió que tomara unas clases de narración creativa con el fin de mejorar mi abismal redacción. De todas formas, si iba a contar historias, era mejor hacerlo correctamente y dar una buena impresión. La mala noticia, como siempre lo era con alguien como yo, era el costo del bendito curso. El más barato costaba doscientas libras por mes, y yo no podía permitirme ni un gasto más si quería llegar a final de mes bajo un techo. Bueno, eventualmente lo hice, pues no estaría escribiendo esto de otro modo. Pero ya llegaré a eso.

Volví a Kent con el propósito de efectuar una suerte de encuesta para ver la distribución de gente con malformaciones o enfermedades derivadas de la radiación. Me tomó varios días (y unos cuantos regaños por parte de vecinos malas pulgas), pero conseguí hacer un mapa de Kent con las zonas en las que se podía ver más personas afectadas. Cuando añadí los datos a la computadora, quedé estupefacto. Había una tendencia muy marcada en los datos. Casi todos los niños recién nacidos en la zona norte de Kent tenían defectos genéticos, pero en mis repetidas visitas al lugar no vi ni un solo reactor nuclear. De pronto, todo mi esfuerzo por aclarar qué diablos pasaba con todas esas malformaciones había quedado en nada. Tal vez mi presunción inicial sobre que la radiación era el responsable de los defectos genéticos estaba errada. Quizás se trataba de una contaminación química estándar o, lo que era más probable, que todos esos pobres niños habían tenido mala suerte al exponerse a algún agente nocivo en alguna parte. Lo importante era que esa historia había resultado ser un callejón sin salida.

Llegué a mi oficina a eso de las siete de la tarde con un humor tan luminoso como el de un sepulturero. Agradecía que mi jefe se hubiera marchado temprano a su casa y que Richard hubiese hecho lo mismo. Necesitaba algo de soledad en ese momento. Se trataba de mi primera historia y había estallado en toda mi maldita cara. Tal vez mi único consuelo estaba en lo que había dicho el Primer Ministro sobre ese asunto de la economía. Con apenas ánimo, prendí mi ordenador y busqué todo sobre Robert Griffin.

Fue una fortuna que lo hiciese.

Resultaba que Robert Griffin era un ingeniero comercial y economista que había ascendido al cargo de director del Banco Central de Inglaterra. Había obtenido su título profesional en Oxford e incluso había obtenido un posgrado en ciencias económicas en Princeton. Estuvo en la junta directiva de varios bancos privados antes de su actual cargo, además de haber realizado consultorías financieras a diversos organismos gubernamentales. Me maldije nuevamente. Era obvio que este sujeto era alguien respetable, con un montón de diplomas a su haber y sin antecedentes criminales de ningún tipo. Pero yo no me iba a rendir tan fácilmente.

Nuevamente me hice amigo del café, y acudí a la una de la mañana a la casa de un amigo que me debía un favor. Me he dado cuenta que siempre hay un amigo que te debe un favor cuando estás inmerso en algún problema que no puedes resolver por tu cuenta, pero no creo que mi situación se prestara para rehuir de los clichés. En fin, llegué a la casa de mi amigo y, por fortuna, vi que provenía luz de las ventanas. Suspiré de alivio, toqué el timbre, pero tuve que esperar sus buenos minutos para que la puerta se abriera.

—¡Jeremy! ¡Tantos siglos sin vernos las caras!

Yo no respondí de inmediato. Había olvidado que a mi amigo le gustaba usar superlativos. También recordé que esa cualidad me irritaba bastante.

—Así es, James —dije después de un rato sin abrir la boca—. Disculpa si te desperté, pero necesito que me hagas un favor.

—¡Por supuesto, por supuesto mi grandísimo amigo! —exclamó James alegremente—. ¿Por qué no entras a mi casa? Te prepararé un refrigerio épico, ¡ya lo verás!

Por supuesto, yo no necesitaba un refrigerio épico. No quería tener una indigestión igualmente épica, pero juzgué que estaba divagando y recordé mi propósito. Entré a la casa como si adentro me esperara una bestia del infierno.

—¡Toma asiento, amigo! —volvió a exclamar James, como si no hubiera nada mejor que reencontrarse con alguien de su pasado—. ¡Siéntete como en casa!

¿Cómo diablos podía sentirme en casa cuando solamente el sillón era del tamaño de mi automóvil? Y ni hablar de las mesas y las sillas. Solamente una de estas últimas podía acomodar a un par de siameses sin problemas. Y la araña del techo era tan amplia como el ancla de un transatlántico… y me imagino que tenía el peso de uno. Y lo más extraño de todo el tema era que la casa era PEQUEÑA. Sí, pequeña, de no más de cien metros cuadrados.

Cuando James volvió, pensé que él me había engañado con eso del refrigerio épico. Solamente llevaba unos bizcochos de chocolate y un par de tazas humeantes de té Earl Grey con limón. Había sido inteligente por parte de James traer bizcochos, porque el té era, literalmente, un trago amargo.

—¿Eso es todo? —pregunté, tratando de no sonar decepcionado.

—¡Por favor, no! ¿Por quién me tomas? —Luego, dio dos aplausos y, por el mismo lugar desde donde había aparecido James, dos chicas aparecieron, contoneándose sensualmente y mostrando sendas sonrisas. Yo quedé mudo y, por supuesto, desconcertado. Al parecer, mi concepto de "refrigerio épico" era muy distinto al de mi amigo James. Debo añadir que estas muchachas estaban vestidas con lo mínimo necesario para no decir que bailaban desnudas.

—¿Pero qué mierda es esto? —pregunté cuando pude encontrar nuevamente mi voz—. ¡James! Vengo a pedirte un favor, y estoy seguro que no pedí un baile erótico.

—Por supuesto que no, pero es un entretenimiento… magnífico —repuso James, bebiendo un sorbo de su té y yo lo imité. Arrugué la cara.

—¡Santo Dios, Jeremy! ¡Olvidé que no te gusta el Earl Grey con limón!

James volvió a desaparecer. Cuando volvió a la sala de estar, llevaba la misma taza humeante, pero se trataba de algo muy distinto, más familiar para mi paladar. Fue un alivio cuando saboreé mi café irlandés con crema.

—¿Y bien? ¿Qué es lo que deseas de mí?

Yo iba a plantear mi problema, pero mis palabras se quedaron atascadas en mi garganta cuando una de las jóvenes se acercó a mí y me tocó en lugares reservados solamente para las medias naranjas. James lanzó una risotada.

—¡Creí que ya habías pasado por esto! ¡No has cambiado en nada!

Luego, para mi alivio, James hizo que ambas mujeres abandonaran la sala. Yo me sentí más tranquilo, pero no recordaba que mi amigo tuviera chicas a su servicio. Bueno, él tenía mucho dinero (James trabajaba como corredor de la Bolsa de Comercio), pero jamás creí que lo usara para esas cosas. Debo admitir que James siempre fue machista, pero no que lo llevara al extremo de tener esclavas sexuales. Decidí que iba a quedarme allí solamente hasta que obtuviera lo que necesitaba.

—James —comencé sin preámbulos—, ¿qué mierda es un Sistema Bancario de Reserva Fraccionaria?

—¡Vaya! —exclamó James con una risa floja—. No pierdes el tiempo, ¿eh? No creo que yo sea el más indicado para responderte esa pregunta. Soy un corredor de bolsa, no un banquero, pero trabajo en finanzas y haré lo que pueda.

Yo, por mi parte, presté atención. No quería perderme nada. James no sabía que yo había tomado ciertas precauciones.

—En Estados Unidos se planteó un problema —comenzó James con una voz solemne, como si estuviera anunciando su candidatura a algún cargo político—. Durante la Revolución Industrial, la población comenzó a crecer a una tasa mayor de la normal. Creo que tuvo algo que ver con el descubrimiento de yacimientos petrolíferos. Esto causó un dilema en los economistas, porque se iba a llegar a un punto en el que la producción de dinero no daría abasto para las necesidades de una población en rápido crecimiento. Básicamente, no habría dinero suficiente para mantener la economía en movimiento. Ese problema, en teoría, se podía resolver mediante el empleo de una técnica llamada "Sistema Bancario de Reserva Fraccionaria". Cada vez que una persona hace un depósito en un banco, éste aparta un cierto porcentaje del depósito y lo deja en reserva, mientras que el resto se presta a otra persona o empresa. Claro que cuando un banco "presta" ese dinero, lo crea de la nada, sobre el depósito original. Si el banco prestara realmente ese porcentaje, no habría expansión del suministro de dinero. Era un sistema que permitía inundar el mercado con dinero para crear una economía más dinámica y que permitiera a todas las personas comprar bienes y servicios. Por supuesto, aunque el sistema era brillante, no se podía implementar, básicamente por un asunto de números. Era matemáticamente imposible crear dinero a la tasa propuesta por el Sistema Bancario de Reserva Fraccionaria y no se implementó hasta la llegada de la era digital. Ahora los depósitos se hacen por computadora y casi todo el dinero existe en forma de ceros y unos. De pronto, el sistema pudo funcionar y en este momento se está implementando en todos los Bancos Centrales del mundo.

Si algo bueno podía decir de James, era que sabía explicar cosas terriblemente complejas, aunque todavía había una cosa que necesitaba saber.

—¿Y hay alguna consecuencia negativa derivada de este sistema?

—Bueno, por lo que leí de la propuesta de Robert Griffin, el Banco Central iba a requerir de un porcentaje de interés para financiar el proyecto del acelerador de partículas. El problema que yo veo es que, al parecer, este interés es dinero que no existe y que solamente puede ser suplido por el sistema que te mencioné.

—¿Y es un problema que la cantidad de dinero se expanda tan rápido?

—Lo que puede causar, dado que el valor del dinero está regido por el que ya existe, es que suban los precios de bienes y servicios. Cuando hay demasiado dinero circulando, éste pierde valor y hace que todo sea más caro. Y si el gobierno quiere imponer una tasa de interés por todo préstamo realizado, entonces la moneda continuará perdiendo valor hasta que el consumidor ya no pueda pagar por bienes y servicios. Es por eso que los intereses deben ser regulados periódicamente para evitar el estancamiento de la economía.

Con el estómago un poco más lleno, salí de la casa de James, perturbado por sus palabras. El hecho que me hubiera ofrecido a una de sus chicas para proporcionarme el placer que yo quisiese había quedado en un tercer plano. Me preocupaba bastante lo cerca que el proyecto del acelerador de partículas podría poner al mundo del colapso económico total. Lo único que me entristecía era que no hubiera podido sacar nada en limpio con las malformaciones.

Sin embargo, otra lección valiosa que aprendí de este asunto era que nadie sabía lo que el siguiente día podría traer.