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Voces y dolores de cabeza
Washington, 13 de febrero de 1992, 09:19p.m.
Herbert Dixon despertó con un dolor de cabeza.
Era la enésima vez que le ocurría lo mismo y el asunto se estaba tornando molesto. Por ese motivo había puesto a trabajar al profesor Soichi Tomoe en una solución para el dilema. Herbert estaba agradecido que el hijo de Kobayashi y Kasumi Tomoe se hubiera quedado con él, pues ambos habían decidido que su trabajo había acabado y Herbert permitió que se fueran, no sin antes borrarles sus recuerdos para que no pudieran recordar la ubicación de la base.
No obstante, aquella no era su única preocupación. En absoluto.
En adición a los dolores de cabeza, Herbert podía escuchar voces que despedazaban su mente, voces que no le pertenecían. Una de ellas era una voz sabia y bondadosa, la otra rebosaba de maldad y falta de misericordia. Le hablaban tanto en sueños como cuando estaba despierto, diciéndole lo que debía hacer.
¡Acaba con esta humanidad! ¡Haz lo que has venido a hacer, haz lo que siempre quisiste hacer!
Tienes la oportunidad de enmendar todos tus errores. ¡Puedes hacer de este mundo un lugar mejor sin tener que matar y destruir!
¡Este mundo no tiene salvación!
Sailor Silver Moon te ha demostrado que este mundo sí tiene salvación. Tú mismo lo creíste en su momento. ¡Debes creer!
¿Y cuánto tiempo te tomará salvarlo? ¿Diez años? ¿Veinte? ¿Cincuenta? ¡No puedes esperar mucho tiempo! ¡Debes ser leal a lo que siempre creíste, que hay que erigir un mundo nuevo encima de los escombros del anterior!
No puedes decir que estás salvando al mundo si matas gente para hacerlo. ¡Por favor, entiéndelo!
Herbert debía convivir con aquellas voces desde que los experimentos con Sailor Galaxia y la reina Serenity hubieron concluido. Pese a que él simpatizaba más con los pensamientos de la voz cruel, la voz amable siempre hallaba una forma de sembrar las dudas sobre sus propios fines. Era cierto que Sailor Silver Moon le había mostrado un mejor camino, pero se trataba de un camino que implicaba mucho sacrificio, muchas lágrimas, mucho esfuerzo y, por supuesto, entregar su propia vida por una causa que después ya no le iba a importar. También era cierto que él mismo creyó, al menos por momentos, que había una alternativa a su plan, pero Herbert creía que esa paz no iba a durar. La Vanguardia de Ares se iba a encargar de ello.
Un técnico se acercó a Herbert, quien se tomaba las sienes producto del dolor de cabeza que recién había remitido. Era el mismo hombre que solía entregarle fotografías provenientes de las cámaras de seguridad de todo el mundo. Herbert había aprendido a leer la expresión de aquel técnico cada vez que acudía a él con nuevas imágenes. Sabía con precisión si se trataba de la Vanguardia de Ares, de lo que estaba pasando en Londres y, por supuesto, si aparecía alguna nueva Sailor Senshi.
—Déjeme adivinar, señor Hawkins —dijo Herbert, dejando de masajearse las sienes al instante—, es una Sailor Senshi, ¿verdad?
—Bueno… no es lo único, señor Dixon —dijo el tal Hawkins, tendiéndole un manojo de fotografías—. Hay algo que está pasando en Londres y en España, señor.
—Dímelo por partes.
—Bueno… las fotografías hablan por sí mismas.
Herbert tomó el manojo de fotografías y las fue examinando una por una, frunciendo el ceño cada vez más a medida que iba desfilando por las instantáneas. Había una fotografía de un individuo dialogando con quien parecía ser el dueño de una casa muy pequeña, otra que mostraba varios sujetos en teñida militar, librando batalla lo que parecía un equipo de seguridad de élite, y una última en la que aparecía una chica con un listón rojo en su cabeza y que usaba un uniforme muy familiar, pero de color naranjo.
—Tenemos audio de la escena con la Sailor Senshi —dijo el técnico e hizo un gesto para que Herbert le acompañara. El aludido obedeció y fue conducido hasta un enorme armatoste, lleno de palancas, botones y perillas. El técnico oprimió un botón y un archivo digital de audio fue reproducido.
Herbert se quedó helado.
—¿Estás seguro de que el audio es el correcto?
—Cien por ciento, señor.
Pero aquello era sencillamente imposible. La persona de la que hablaba aquella Sailor Senshi había muerto hace mucho tiempo, junto con todos los de su especie. Herbert crispó los puños.
El trabajo no está completo. Debo terminarlo antes de seguir con los planes.
Londres, 13 de febrero de 1992, 11:14p.m.
James Harrington decía ser más inglés que la misma reina de Inglaterra. Tomaba el té a la hora correcta, conducía por la izquierda (y maldecía la mala costumbre de los americanos de conducir por la derecha) y asistía a la iglesia anglicana, aunque esto último lo hacía más que nada por una cuestión de imagen, pues su credo difícilmente podía justificar la existencia de esclavas sexuales a su entera disposición. Y, más encima, trabajar de corredor en la bolsa de comercio de Londres tampoco le daba muchos puntos, tratándose de una profesión que implicaba un divorcio total de su propia alma. Lucrar con deudas de otros países no era exactamente una vía rápida al cielo, y lo más gracioso era que James lo sabía. Y cuando la gente le preguntaba acerca de sus evidentes contradicciones, él simplemente respondía que ser anglicano no le prohibía tener una buena vida.
James estaba disfrutando de las ventajas de tener chicas a su disposición cuando el teléfono comenzó a sonar. Resoplando en señal de fastidio, hizo un gesto para que la chica abandonara la habitación, se puso de pie, se subió los pantalones y caminó cinco pasos para contestar el teléfono.
—¿Diga?
—¿Estuvo hablando con alguien el día de ayer? —La voz era metálica y andrógina, como robotizada. Era obvio que quien le había llamado no quería ver su identidad comprometida bajo ninguna circunstancia.
—¿Y por qué he de responderle? ¡No sé quién es!
—Mi nombre es irrelevante, pero puedo convertir su mundo en un infierno si no responde mi pregunta. ¿Estuvo hablando con alguien el día de ayer?
—¿Me está chantajeando?
—Por supuesto que no. —Se oyó una carcajada robótica al otro lado de la línea—. Mire por la ventana y se dará cuenta que no es ningún chantaje. Es su vida la que está en juego en este momento, así que le sugiero que haga lo que le estoy pidiendo.
Algo en las palabras del desconocido hizo que los vellos de la nuca de James se erizaran. El miedo hizo que se acercara a la ventana y espiara entre las cortinas. El sujeto no estaba mintiendo. Había una van estacionada frente a la casa y siete hombres, armados con rifles de asalto y lanzagranadas, apuntaban a la casa. No había que ser muy observador para entender que se podía demoler un edificio pequeño con ese armamento. James tragó saliva y comenzó a sudar.
—¡Está bien, está bien! —dijo James en un susurro asustado—. ¿Qué quiere saber?
—Ya se lo dije. Quiero saber si usted habló con alguien el día de ayer.
—Era un reportero —dijo James, aflojándose el cuello de la camisa—. Un amigo de hace mucho tiempo. Quería saber qué era un sistema bancario de reserva fraccionaria.
—¿Qué le dijo al reportero?
—¡La verdad! —gritó James, procurando moderarse lo suficiente para que las chicas no le escucharan. Las iba a necesitar después—. ¡Soy un corredor de bolsa, pero sé lo suficiente de bancos para responder esa pregunta!
—No debió contestar, señor Harrington —dijo la voz andrógina—. Lo último que mi jefe necesita es que la gente sepa en qué consiste ese sistema.
—¡Le dije que se trataba de algo positivo!
—Me da lo mismo.
James comenzó a temblar. Su garganta se contrajo, agudizando su voz.
—¿Me va a matar?
Otra risa andrógina. Los nervios de James estaban al límite.
—No, señor Harrington, no lo mataré. Pero deberá ganarse su derecho a vivir. Tendrá que hacerme un favor.
—¿Y cuál es?
—Deshágase del reportero. Permanentemente.
El estómago de James se retorció dolorosamente.
—Pero… pero es mi amigo.
—No me importa si es su amigo o no. Tampoco la forma en que se deshaga de él. Hágalo, o los hombres frente a su casa volverán y, esta vez, no habrá una llamada telefónica que le salve. Tiene veinticuatro horas.
Y la llamada se cortó.
James temblaba de la cabeza a los pies. Mientras duró la llamada, se había tratado de convencer de que todo el asunto podía tratarse de una broma de muy mal gusto, pero sus esperanzas se fueron por el desagüe cuando vio a los hombres frente a su casa. Era evidente que se había metido en un juego peligroso sin siquiera quererlo, un juego que iba a reclamar su vida si perdía. Pensó en las chicas esperándolo, en sus posesiones y en su trabajo, y decidió que no iba a perder aquellas cosas por culpa de un reportero, aunque se tratara de un amigo.
La única pregunta era si estaba dispuesto a matar para proteger sus intereses.
Madrid, 13 de febrero de 1992, 10:46p.m.
Manuel Escudero no estaba preparado para lo que estaba pasando a su alrededor.
Estaba sentado en el asiento trasero de su vehículo a prueba de balas, cubriéndose la cabeza y agachado de forma que su cabeza quedara por debajo del nivel de la ventana. La balacera que agujereaba su SUV blindado parecía estar siendo perpetrada por un ejército, pues las balas se antojaban pesadas, de grado militar, y el estacato de los rifles de asalto refrendaba aquella idea. Podía ver a sus guardaespaldas, parapetados contra el lado opuesto de la caravana, contraatacando con pistolas y subametralladoras que parecían juguetes al lado de las armas de los agresores. Uno de los vehículos ardía en una bola de fuego y el Primer Ministro español pudo ver a las primeras víctimas civiles del tiroteo, lamentando que algo como eso ocurriera en un momento en que la paz parecía finalmente convertirse en una norma.
Por supuesto, Manuel no sabía por qué diablos estaba siendo atacado. Sabía que, en adición de ser el jefe del gobierno español, también desempeñaba un papel importante como vicepresidente de la Comisión Internacional por la Paz, fundada tres años después de la muerte de Sailor Silver Moon. Entre tanto caos, se preguntó si aquella era la razón por la que estaba siendo asaltado por un ejército.
Se supone que dentro de dos años más se completará el total desarme de todas las naciones del mundo. ¡Y estoy siendo atacado por una multitud de ellas!
El sonido de un cohete hizo que los sentidos de Manuel se pusieran en alerta. Sin embargo, no tuvo tiempo para reaccionar, porque la granada propulsada por cohete impactó en un costado del vehículo, enviándolo unos tres metros hacia la acera, dando vueltas en el aire antes de caer con las ruedas hacia arriba.
La fortuna quiso que Manuel tuviera puesto el cinturón de seguridad en ese momento, porque habría sido otro su destino si no lo hubiese usado. Pese a ello, Manuel sentía que su cabeza le daba vueltas y tenía unas cuantas contusiones en sus brazos y piernas, pero nada grave.
El tiroteo cesó. Uno podría pensar que aquello había sido el fin, pero había que estar en la posición de Manuel para entender que sólo había sido el comienzo. Se oyó un zumbido metálico y, a continuación se escuchó el típico sonido de una sierra eléctrica cortando metal. Manuel tragó saliva mientras su conciencia se iba aclarando, aunque a veces deseaba caer inconsciente para no ver lo que le iban a hacer esos soldados. Sin embargo, fue testigo de cómo la puerta era arrojada lejos y unas manos cubiertas por guantes militares sostenían una cuchilla igualmente militar. Manuel cerró los ojos para no ver cómo era asesinado, pero no sintió su carne ser horadada.
Cuando abrió los ojos, notó que el soldado solamente había cortado el cinturón de seguridad. Manuel volvió a tragar saliva mientras escuchaba las sirenas de la policía acercarse al lugar del tiroteo, sabiendo que ya era muy tarde para impedir que aquellos hombres lo secuestraran, porque era eso lo que estaban haciendo. Sintió que unos brazos poderosos lo sacaban del vehículo y le ponían una bolsa de género en su cabeza. Luego, un pinchazo en su cuello bastó para noquear su conciencia.
Washington, 13 de febrero de 1992, 11:11p.m.
Herbert Dixon todavía se preguntaba cómo deshacerse de aquellas voces mientras entraba en el laboratorio del profesor Soichi Tomoe. Solamente verlo trabajar le hacía creer en que había sido una buena inversión pagar su carrera de biotecnología, pues era tan brillante como sus padres. Se trataba de un buen hombre trabajando para una causa que posiblemente no iba a compartir, pero necesitaba su genio, sus conocimientos y, por sobre todo, su tenacidad. Hubo un momento en el que Soichi deseó perseguir sus propias investigaciones, pero Herbert le había hecho un favor impagable.
—¿Cómo va todo, profesor? —preguntó Herbert a modo de saludo.
Soichi apartó la mirada de su telescopio y encaró a su superior.
—Las muestras que me entregó son suficientes, aunque temo que haya secuelas. No es exactamente un procedimiento estándar extraer tejido cerebral.
—Lo sé, profesor Tomoe —dijo Herbert como restándole importancia—, pero me gustaría ver mi problema resuelto. Por eso debo proporcionarle todo lo que necesita.
—Es usted muy considerado, señor Dixon, sobre todo por el gran favor que me hizo.
—No se preocupe, profesor. Hotaru está en buenas manos.
—Es una niña un poco retraída, pero es así por lo que le pasó a su madre.
—Sí —dijo Herbert, recordando el accidente vehicular que segó la vida de Mariko Tomoe, esposa de Soichi Tomoe—. Es lamentable que ocurran esta clase de cosas, sobre todo a una niña.
—Se parece mucho a ella —dijo el profesor Tomoe con un ligero tinte de nostalgia—, sobre todo en sus ojos. Es una pena que mi trabajo me aleje tanto de ella, por eso le agradezco que pueda mantener a Hotaru cerca. Sería un dolor terrible que ella no pudiera contar conmigo, por lo menos.
—Es lo menos que puedo hacer por usted, profesor —dijo Herbert, acercándose a la pantalla que mostraba la imagen del microscopio electrónico que el profesor Tomoe estaba usando—. Son neuronas, pero lucen extrañas.
—Sí, hay tejido extraño en los axones —dijo el profesor, indicando la imagen—. Creo que este tejido envía señales equivocadas al cerebro, causándole los dolores de cabeza. Además, pienso que el procedimiento de transferencia de conciencias fue imperfecto, pero necesito hacer más experimentos para estar seguro.
—¿Impugna el trabajo de sus propios padres?
—Solamente sigo el método científico —aclaró el profesor Tomoe con una pequeña sonrisa—. Cuando encuentro una hipótesis más o menos plausible, es mi deber encontrar evidencia que la apoye o que la refute. En este momento, mi hipótesis es que hubo un defecto en la transferencia que contaminó sus axones con tejido extraño. También podría explicar la presencia de voces, pues es posible que la información que pasa a través de las neuronas se altere de algún modo que todavía no comprendo.
—Es un avance al menos —dijo Herbert, cuando se vio asaltado por otro dolor de cabeza. Sin embargo, no hubo voces en aquella ocasión, sino que imágenes, imágenes de otros tiempos, otros lugares… memorias de otras personas. Un reino que era reducido a ruinas… un enemigo en apariencia invencible… la muerte de una joven a manos de muchos sujetos con varitas de madera por armas… la derrota de un ser poderoso a través de un acto egoísta…
—¿Le pasa algo, señor Dixon?
Herbert volvió a la realidad. Ya no le dolía la cabeza, pero no podía explicar por qué tenía las rodillas en el piso. Más difícil de entender eran aquellas imágenes. Parecían recuerdos de alguna vida pasada, pero no de él, sino que de otras personas… posiblemente las mismas que habitaban su conciencia.
—Estoy bien ahora —repuso Herbert, sobándose las sienes por segunda vez en el día—, pero no oí voces esta vez. Vi… recuerdos… recuerdos de otras personas.
El profesor Tomoe se llevó una mano a su mentón, pensando en las palabras de Herbert Dixon, revolviéndolas dentro de su cabeza, formulando ideas y reformulando hipótesis.
—Veo que tiene mucho en lo que pensar —dijo Herbert, interpretando correctamente el gesto del profesor Tomoe—. Le dejaré trabajar tranquilo y me aseguraré de mantener cómoda a Hotaru.
El profesor Tomoe asintió con la cabeza, dando a entender que había escuchado a Herbert y volvió a mirar por el microscopio electrónico. Herbert, por otro lado, se retiró a su amplio despacho, juzgando que ya era muy tarde y, enfundándose su pijama se recostó sobre su cama, pensando en las cosas que estaban ocurriendo en Londres, Madrid y Tokio. Al parecer, Soichi Tomoe no iba a ser el único que pasaría la noche despierto.
Nota del Autor: ¡He vuelto! Hasta el momento, mi laptop me ha andado bien, sin apagones repentinos, cortesía del servicio técnico del fabricante. Ya ha pasado bastante tiempo desde que colgué el último capítulo y no quiero perder la costumbre de actualizar este fic dentro de periodos decentes de tiempo.
Como nota al margen, ¡feliz cumpleaños, Michiru Kaioh (Sailor Neptune)! Ella es mi segunda Sailor Senshi favorita después de Sailor Mercury, y mi Outer Senshi preferida. Es hermosa, ¿verdad?
¡Saludos lunares!
