XII
Veinticuatro horas

Londres, 23 de enero de 2000, 10:46p.m.

Llegué tarde a la oficina ese día. Eso me pasa por haber ido a la casa de James tan tarde el día de ayer. No alcanzo a imaginar qué hubiera pasado si mis impulsos primigenios me hubieran ganado la batalla. Menos mal que no acepté, porque Patton se habría dado cuenta y él, como buen general, no toleraba el mal comportamiento, pues creía que aquello fomentaba la creación de un clima tenso de trabajo, sobre todo hacia mis colegas mujeres (que no eran pocas, y tampoco eran feas).

Menos mal que mi general, digo, mi jefe, aceptó mi excusa, aunque sí me descontó la hora que me había echado al bolsillo. Y ya he reiterado en varias ocasiones que no me podía permitir que me hiciera falta ni una libra esterlina. Pero la oportunidad de recuperar el dinero perdido se presentó de inmediato, cuando Patton acudió a mi oficina y me habló de un trabajo. No era algo del otro mundo, pero sí implicaba trabajar fuera del horario establecido. Aunque, en honor a la verdad, un reportero no tenía horario de trabajo, pero Patton sabía que me hacía falta el dinero. Por eso no protesté, porque tenía muchas razones para hacerlo, y todas ellas tenían que ver con ese trabajo.

El resto de la jornada lo empleé en investigar todo lo relacionado con el sistema bancario de reserva fraccionaria No hallé nada en internet ni había libros sobre el tema, acrecentando mis temores sobre el total colapso de la economía. El hecho que hubiera tanto dinero en circulación era, en sí mismo, alarmante, porque la ley de oferta y demanda obligaba a que los precios subieran a medida que la oferta monetaria lo hiciera. Más preocupante aún era el asunto de los intereses, los cuales, según Robert Griffin, iban a financiar el proyecto del acelerador de partículas. Yo (y todo el mundo) sabía que ese proyecto tenía un costo inimaginablemente grande, por lo que el interés recaudado debía ser igualmente grande. Me pregunté en cuántos puntos porcentuales tenía que subir la tasa de interés en todos los países del mundo para costear el acelerador de partículas, y cómo iba a afectar a la producción de dinero a nivel global. No tenía la cabeza, ni las herramientas, para hacer semejante cálculo, pero me quedaba claro que, con la actual tasa de interés, los bancos centrales en todos los países iban a tener que inundar el mercado con dinero para dinamizar la economía. Se debía incentivar el comercio, las ventas de bienes y servicios, que la gente gastara dinero en cosas, lo que implicaba campañas masivas de publicidad para generar necesidades en la población. Mientras más lo pensaba, más me daba cuenta que alguien quería hacer creer al mundo que la construcción del acelerador de partículas iba a fomentar la economía a niveles insospechados. Yo, por otro lado, me había dado cuenta que tal maniobra iba a dejar a muchas personas en la calle, porque habría tanto dinero en circulación que éste apenas tendría valor. Luego, me pregunté si los encargados del proyecto estaban al tanto de las consecuencias. Claro, podía asumir que aquel era el plan, pero un buen reportero jamás hacía suposiciones. Si mi trabajo era buscar la verdad, entonces necesitaba evidencia que me avalara, de otro modo, solamente haría el ridículo y mi carrera colisionaría con una pared de concreto. Y no me voy a cansar de repetirlo; necesitaba cada libra esterlina que cayese en mi cuenta bancaria.

Con el propósito de no olvidar nada relacionado con mi investigación, iba anotando todos mis hallazgos en un bloc de notas, subrayando los asuntos más importantes. En eso estaba cuando mi jefe volvió a mi oficina, avisándome que el evento estaba a punto de tener lugar. Me sugirió que contara con un fotógrafo a mi disposición, pero le recordé que yo también era un reportero gráfico y que me iba a encargar de las imágenes. Patton se limitó a encogerse de hombros.

La historia que supuestamente iba a cubrir era la de un hombre arrinconado por la vida, que no hallaba otra forma de escapar de sus problemas que arrojándose desde un décimo piso. Cómo había llegado a la azotea de un banco era un misterio, pero, en lo personal, no me gustaba cubrir potenciales suicidios, pues la prensa parecía reforzar la idea de estas personas de quitarse la vida. Pero allí estaba, apuntando mi cámara réflex a un hombre que, curiosamente, vestía ropas finas, ropas más apropiadas para un millonario. Me pareció curioso que un sujeto que, aparentemente, lo tenía todo, estuviera dispuesto a quedar como estampilla sobre la acera. Hice un poco de zoom al hombre de la noticia y, con horror, noté que era James.

Usualmente no digo groserías, pero en aquella ocasión se me escapó un garabato de la boca, porque, ¿qué diablos había motivado a James a tomar tamaña decisión? ¿Su casa era muy pequeña, o su aparato externo de procreación no se comportaba como un caballero frente a una dama? Decidí preguntarle. Pedí prestado a un policía su megáfono y me acerqué a la fachada del edificio, preguntándome por qué demonios me estaba poniendo yo solo en esa situación.

—¡Pero qué estás haciendo, James! —grité por el megáfono—. ¡Amas la vida!

Hubo un momento de silencio, durante el cual más y más gente se apiñaba alrededor del edificio. Por Dios que no quería que esto terminara en una tragedia, aunque no estaba en mis manos decidir. Alguien llamado Murphy dijo una vez que si las cosas podían pasar, iban a pasar, para bien o para mal. Mucha gente le dio la razón y ahora esas palabras son ley.

Después de varios minutos, James se dignó en responder.

—¡No hago esto porque no ame la vida, Jeremy! —gritó James al tope de sus pulmones—. ¡Si hay que buscar un culpable de lo que está pasando aquí, no hay que mirar más allá del idiota con un megáfono en la boca!

Tragué saliva. Aquel sujeto que me estaba gritando desde las alturas no era James. Mientras me preguntaba qué pudo haberle pasado para ponerse en esa situación, la voz de mi amigo volvió a penetrar mis oídos.

—¡Por tu culpa hay gente que quiere matarme! —gritó James en un tono que hablaba claramente de su desesperación—. ¡No tuviste que ir a mi casa ayer! ¡Me preguntaste cosas que no debiste preguntar!

De entre todo lo que estaba sintiendo en ese momento, un calor punzante hizo hervir mi estómago. Era indignación, pura indignación, tratando de escapar de algún modo no agresivo. Por fortuna, la cordura estaba de mi lado esa noche.

—¡Tú fuiste quien respondió mis preguntas! —grité por el megáfono, notando que el policía a quien le había pedido prestado el aparato lucía un poco tenso—. ¡Pudiste no hacerlo y, si más no recuerdo, no te puse una pistola al pecho para que respondieras!

—¿Qué no entiendes? ¡Si no hago esto, soy hombre muerto!

—¿Hacer qué?

—¡Obligarte a ponerte en mi lugar!

¿Obligarme a ponerme en su lugar? James siempre había sido un poco excéntrico, sobre todo con las decoraciones de su casa, pero nunca había escuchado a mi amigo hablar de esa forma.

—¿Quieres que me suicide? ¿Por qué rayos haría algo así? ¡Tú eres el que está en ese maldito techo!

—¡Hay sujetos que piensan que sabes demasiado! ¿Lo sabías?

—¿Por qué demonios sé demasiado? ¿Qué es lo que sé?

—¡El maldito sistema bancario sobre el que me preguntaste ayer! ¡Al parecer hay gente que no quiere que se sepa demasiado sobre el tema!

—¿Y tú sabías que era información sensible?

—¡Por supuesto que no! ¡No estaría aquí si lo supiera, y, desde luego, tú no sabrías ni mierda!

La conversación no había tomado el rumbo que yo esperaba. Yo creía que iba a toparme con el típico sujeto que no hallaba otra forma de solucionar sus problemas que machacando sus sesos contra el pavimento, pero no esto. De golpe y porrazo, me había entrampado en un asunto muy, pero muy turbio… y solamente por preguntar acerca de un sistema bancario planteado hace décadas atrás. Lo único que no podía explicar era cómo un hombre como James pudo haber tenido acceso a información clasificada, información que gente muy poderosa quería proteger a cualquier costo.

—¡Dime una cosa, James! —volví a gritar, mirando de reojo al policía, quien lucía realmente incómodo—. ¡Si no sabías que lo del sistema bancario era información clasificada, entonces cómo rayos la obtuviste!

—¡Vamos, Jeremy! ¡Ese sistema no es un secreto! ¡La gente informada sabe en qué consiste!

—¿Y por qué quieren matarte por eso entonces?

—¡No lo sé!

—¡Yo creo que sabías que esa información era secreta! —le grité, mientras que el policía pareció llegar a la conclusión que me había adueñado del megáfono por demasiado tiempo—. ¡Lo que no entiendo es por qué la compartiste conmigo!

James no dijo nada por unos cuantos segundos, aparentemente pensando cuidadosamente sus próximas palabras. Y, a juzgar por lo que ocurrió después, creo que lo hizo bastante bien.

—¡Lo hice porque ese es un sistema perverso! ¿O dime que no es perverso que los bancos puedan crear dinero de la nada mientras que nosotros debamos trabajar para ganarlo? ¡Es esclavitud, eso es lo que es! ¡Crean dinero para bajar su valor y hacer que los precios sigan subiendo! ¡Pronto ya no podremos comprar ni pan y quedaremos en bancarrota, mientras que los bancos se apoderarán de nuestras casas y vehículos porque no tendremos dinero para pagar las deudas! ¡Dime que eso no es una monstruosidad! ¡Dímelo, por favor!

Por supuesto, yo no sabía qué diablos decir. James había hablado como si hubiese esperado años para desahogarse, como si haber trabajado tanto tiempo en el mundo de las finanzas le hiciera cobrar conciencia de lo que realmente estaba haciendo, y a qué persona o grupo de gente estaba favoreciendo con sus acciones. Estaba formulando una respuesta cuando el policía tomó el megáfono y quiso arrebatármelo de mis manos. Estaba en su derecho, claro, pero yo realmente quería decirle unas últimas palabras.

—¡James! ¡Si crees que ese sistema es una aberración, entonces ayúdame a exponerlo! ¡Dime todo lo que sabes sobre cómo funciona el sistema financiero! ¡Hazlo si crees que esto no debe quedar así!

Con estas últimas palabras, el policía consiguió quitarme el megáfono, pero no protesté. Ya había dicho todo lo que necesitaba decir.

—¡Me quedan dos horas, Jeremy! —gritó James, en un tono un poco descolorido—. ¡Tenía veinticuatro horas para deshacerme de ti! ¡Ahora solamente me quedan dos! ¡Si no te entregas a la policía en ese lapso, me arrojaré de este edificio y mi sangre estará en tus manos!

Rayos. Ahora James quería hacerme sentir culpable por su propio suicidio. Por algo se llama así, porque no creo que los lingüistas se hayan pasado la etimología de la palabra "suicidio" por donde no alumbra en sol. Si alguien iba a tener sangre en sus manos, sería el mismo James, literal y figurativamente hablando. Puede sonar frío e indolente, pero fueron los errores de James, y no los míos, los que le movieron a emprender aquellas acciones. Tomé unas cuantas fotografías y me marché del lugar, aunque no pude evitar sentir algo de pena por mi amigo. Sus últimas palabras sobre el sistema bancario habían sonado genuinas y me hicieron pensar nuevamente en la persona de Robert Griffin, la mente maestra detrás del plan de financiamiento del enorme acelerador de partículas. Tal vez, pensé, no ahondé lo suficiente en su persona. Necesitaba saber más. La pregunta era si había una forma de recabar esa información sin quebrantar la ley.

Volví a mi oficina, pensando en James y su repentina locura, y busqué en internet más información sobre Robert Griffin. Fruncí el ceño. Todas las páginas que contenían datos sobre él habían sido dadas de baja por "violación a la ley de propiedad intelectual". Básicamente, había contenido en esas páginas que habían sido extraídas directamente de publicaciones acreditadas sobre Robert Griffin, incluida la biografía autorizada sobre ese personaje. Yo, desde luego, supe de inmediato que las páginas que había visitado ayer contenían referencias válidas a las publicaciones mencionadas, lo que estaba dentro de la ley. Entonces, ¿qué había pasado? ¿Quién quería ocultar información sobre Robert Griffin? ¿Y por qué? ¿Por qué esa persona era tan especial?

Como reportero, sabía que la única forma de contestar estas preguntas era entrevistando a Robert Griffin directamente, pero algo me decía que aquello sería imposible. Si alguien estaba protegiéndolo, entonces la prensa no tendría ninguna oportunidad de obtener una entrevista. Por último, opté por dejar esa arista en pausa y me fui de mi oficina, no sin dejar las fotografías de mi último trabajo, junto con el borrador del artículo, en el escritorio de Richard. Cogí un taxi y me dirigí a mi casa.

Cuando entré, no hallé nada fuera de lo típico. Encendí las luces, sólo para comprobar que todo estaba en su lugar. Bueno, casi todo.

Había una nota encima de la mesa. No parecía haber sido escrito con prisa. La letra se antojaba femenina, así que deduje que había sido una mujer quien me dejó esa nota. Con cuidado, tomé el papel y leí el contenido. No había mucho para leer, no obstante.

Cuente conmigo.
N.G.
P.S. 11:59. Kensington Gardens. Cuidado con la policía.

Consulté mi reloj de pulsera. Las once y media. Escuché unas sirenas a lo lejos. Seguramente había ocurrido un tiroteo y alguien había avisado a la policía. Las últimas palabras de la nota reverberaron en mi cabeza. Las sirenas se escucharon con más claridad que antes. Seguramente el tiroteo había ocurrido cerca del edificio, pero no recordaba haber escuchado el estampido de un arma mientras iba en el taxi. La última frase de la nota volvió a molestarme. ¿Por qué debería tener cuidado con la policía? Sintiéndome un poco nervioso, prendí la televisión y sintonicé el canal de noticias.

Mis entrañas desaparecieron.

Les juro que jamás en toda mi vida me había sentido de la forma en que me estaba sintiendo en ese momento. James, mi amigo, había cumplido con su palabra, al parecer. Su cuerpo estaba cubierto por una lona, mientras que un miembro de la policía sostenía un trozo de metal que se asemejaba mucho a un dardo. Lo poco que pude oír (estaba demasiado conmocionado para poner atención a todos los detalles), hablaba de un dardo tranquilizante… con mis huellas digitales. ¡Mis huellas digitales! Y, como si no quisiera la cosa, aquella frase volvió a incordiarme con más fuerza que antes.

Cuidado con la policía, cuidado con la policía…

No podía creer que las autoridades pudieran haber obtenido huellas digitales tan rápido. Sin tan sólo las operadoras telefónicas fuesen así de diligentes, ya tendría un nuevo plan de telefonía celular (que todavía no tengo por alguna razón). De cualquier modo, aquella rapidez en la obtención de pruebas bordeaba la clarividencia, por lo que no me la tragué. Tampoco creía en las ciencias alternativas, pero aquel no era el punto. El punto era que me había quedado claro por qué la nota me advertía sobre la policía. Todavía no sabía por qué diablos alguien querría incriminarme por la muerte de James. Tampoco sabía por qué rayos él quería que yo me suicidara en lugar de él. ¿Era por lo que él sabía? ¿Acaso alguien le había presionado para hacer semejante atrocidad? De todas formas, aquello era bastante común en el submundo de la inteligencia. "Sabe demasiado para dejarlo vivo". "Tiene que morir para que nuestro secreto esté a salvo". Al final, decidí dar un salto de fe y hacerle caso a la nota. Procuré llevarla conmigo en caso que la policía entrase a mi departamento.

Mientras bajaba las escaleras de emergencia del edificio, razoné que James estaba buscando una forma de quitarme del tablero sin tener que usar un arma. James detestaba las armas y seguramente no se imaginaba sosteniendo una, ni menos jalando el gatillo para matar a un amigo. Bueno, para ser honesto, aquella era una forma muy estúpida de asesinar a alguien. Supongo que la presión hizo que James tomara toda clase de decisiones erróneas que culminaron en su deceso. Porque creo que las mismas personas que lo amenazaron fueron las responsables de su muerte, y ahora querían inculparme de ello. ¿Por qué? No tenía ni la más remota idea, pero estaba seguro que aquello era algo que no iba a dejar pasar sin investigar primero. Menos mal que se me ocurrió llevar mis notas y mi cámara. Algo me decía que iba a pasar mucho tiempo sin visitar la oficina e imaginé la cara de mi jefe cuando se enterara de la cuestión.

Estaba a tres cuadras del edificio cuando oí el chillido de neumáticos mordiendo pavimento y vi el reflejo de luces estroboscópicas en las ventanas. Me había escurrido de la policía por poco. Limpiándome el sudor de mi frente, acomodé el bolso que contenía mi cámara y mis notas y enfilé mis pasos hacia Kensington Gardens, mirando mi reloj y preguntándome qué iba a encontrar allá.


Nota: Para los que no saben, la fecha que aparece en los capítulos correspondientes al hilo argumental del reportero no es la fecha en la que se desarrollan los acontecimientos. Él está contando una historia, y la fecha mencionada es aquella en la que él está narrando los hechos, no cuando los vivió. Espero que haya quedado claro.