XIII
Recuerdos de vidas pasadas

Tokio, 14 de febrero de 1992, 11:24p.m.

Herbert Dixon habría encontrado una muerte segura de no ser por su varita. Había conjurado un paracaídas justo después que fuese empujado hacia la ventana del edificio. Caminaba entre la multitud, buscando un lugar desierto para transportarse. Fue el momento en que su celular sonó. Herbert extrajo su teléfono y se lo llevó al auricular, ligeramente desairado.

—Diga.

—Señor Dixon, odio interrumpirle, pero ha habido un descubrimiento en el laboratorio.

—¿Acaso el profesor Tomoe encontró la cura a mi problema?

—No, señor. Él se encuentra descansando en este momento. Se trata de otra cosa.

Herbert exhaló en señal de exasperación. Nada era más importante que resolver el problema de sus dolores de cabeza, y también el de las voces y las imágenes que recurrentemente aparecían en su mente.

—Entonces no quiero que me molesten.

—Pero señor. Se ha detectado un pico enorme de energía en Tokio, justo en el lugar donde usted se encuentra en este momento.

Herbert se detuvo justo cuando iba a entrar en un callejón. ¿Un pico de energía? ¿En el edificio?

—¿Tienes imagen de las cámaras de seguridad del edificio, piso noventa y ocho?

—Afirmativo, señor.

—¿Puedes ver algo?

La línea permaneció en silencio por varios segundos, al cabo de los cuales, el técnico volvió a hablar, pero se le escuchaba desconcertado y tenso.

—Hay un… brillo. Una especie de brillo.

—¿Cuál es la fuente?

—No puedo ver la fuente. La luz es muy brillante y no tengo filtros por hardware. Podría polarizar la imagen por software, a ver qué pasa.

—Hazlo.

Hubo otro rato prolongado de silencio, durante el cual Herbert se internó en el callejón, ocultándose tras un contenedor de basura particularmente hediondo. Arrugó la nariz, pero no apartó el celular de sus oídos.

Después de lo que le parecieron varios minutos, la voz del técnico volvió a escucharse en la línea.

—Es un… una especie de cristal, con la forma de un diamante.

Herbert se quedó de piedra. Tenía una idea bastante aproximada de lo que estaba viendo el técnico. Pero, en lo que le concernía a él, aquel cristal no era de importancia. Sus prioridades eran otras.

—Sólo por curiosidad, ¿cuánta energía posee el cristal?

El técnico volvió a quedarse en silencio y Herbert dedujo que no se trataba de una cantidad pequeña de energía. En absoluto.

—No va a creer esto, pero ese cristal, sea lo que sea, alcanzó un pico de energía de cinco zetajoules, con un promedio de 2.7 zetajoules por hora.

¿Cinco zetajoules? ¡Pero eso es suficiente para proporcionar energía a la Tierra entera por quince años! ¡Y en tan sólo fracciones de segundo! Si ese cristal emitiera esa cantidad de energía en un año… 2.7 zetajoules por hora… serían más de treinta mil años de energía sin contaminación. ¡Es la fuente de energía del futuro!

Herbert Dixon, entre todos sus planes, siempre había pensado en cuál iba a ser la fuente de energía a emplear para su mundo después del apocalipsis. No confiaba en la energía nuclear, puesto que era muy ineficiente. Tampoco en las tan mentadas fuentes renovables, pues se requerían de grandes armatostes solamente para recolectar la energía. Pero con ese cristal, bastaría con construir un reactor con el Cristal de Plata como núcleo. Un solo reactor para todo el mundo… por miles de años.

—Buen trabajo, Hawkins. Sigue monitoreando la situación. Voy en camino.

Pocos segundos después, Herbert Dixon no estaba en ninguna parte.


Kunzite se sentía engañado.

Desde la aparición de Sailor Venus que creía que ella era la princesa. Después de todo, la evidencia que Herbert Dixon le había mostrado apuntaba directamente en ello. Sin embargo, mientras jugaba al tira y afloja con Sailor Venus, vio cómo la princesa se mostraba delante de él.

Sailor Moon es la princesa, no Sailor Venus.

Kunzite se distrajo por una fracción de segundo, pero eso fue suficiente para que Sailor Venus lo atacara, tirándolo contra la pared. Se puso de pie con dificultad, tomándose su hombro izquierdo con la mano derecha, blandiendo una cuchilla de luz con su mano desocupada, pero no parecía tener intenciones de atacar. Se acercaba a Sailor Venus, mirándola como si tratara de reconocerla.

Mientras tanto, Sailor Moon, convertida en la princesa, sostenía el cetro lunar, pero éste tenía adosado aquella gema que emitía ese brillo plateado. Se arrodilló frente a Tuxedo Mask, todo bajo las miradas de asombro de Luna y Sailor Mercury, y extendió de forma instintiva el cetro lunar hacia su pecho, mientras unas imágenes difusas se abrían paso en su cabeza, imágenes de tiempos pasados, de un palacio enorme, de un hombre idéntico al que tenía frente a ella, pero con otros atuendos. Parecía haber un romance apasionado entre ella y aquel hombre, un romance prohibido, un amor que no podía ser.

Y llegó el fuego, la muerte y la destrucción. Hombres armados con palos de madera asesinaban personas, derrumbaban pilares, sembraban el caos. Vio cómo el hombre del que estaba enamorada sucumbió protegiéndola. Después, las imágenes se desvanecieron, el cristal dejó de brillar y la oscuridad volvió a anegar el salón. Sailor Mercury contempló a la princesa y notó que tenía el cabello plateado en lugar de su rubio usual.

—¿Qué le pasó? ¿Por qué su cabello es plateado?

Luna no respondió de inmediato. Tenía la misma expresión que había puesto la princesa mientras miraba a Tuxedo Mask. Parecía estar procesando un montón de recuerdos, por lo que Sailor Mercury no insistió. Pero no entendía por qué Sailor Venus había afirmado ser la princesa, si Sailor Moon era la verdadera. Tal vez Sailor Venus no sabía la verdadera identidad de Sailor Moon, tal vez sí y mintió al respecto para atraer la atención del enemigo. Pero ambas posibilidades no cambiaban los hechos: Sailor Moon era la princesa y, al parecer, eso había tomado al enemigo por sorpresa también.

—La familia real de la luna tiene el cabello plateado.

Sailor Mercury escuchó a Luna, pero sin registrar sus palabras.

—¿Familia real?

—No me digas que no lo recuerdas —dijo Luna, mirando a Sailor Mercury con incredulidad.

—¿Debería?

Pero Sailor Mercury se vio asaltada por varias imágenes en rápida sucesión. Había un reino en la luna, tres chicas como ella que la acompañaban y que eran sus amigas, una instructora de cabello plateado que era bastante estricta y ruda… en todas esas imágenes se podía ver la Tierra en el cielo. Pero eso no era todo. Había imágenes que mostraban paisajes de la Tierra, prados enormes y castillos majestuosos. Había un hombre de cabello rubio, largo y ondulado que parecía estar siempre a su lado. Iba tomada de la mano con él, se abrazaban, se besaban y hacían otras cosas que hicieron que Sailor Mercury se pusiera colorada. De pronto, todo cambió para mal. Su amante fue corrompido por una reina malvada. Vio cómo atacaba el reino de la luna, junto con otros tres lugartenientes, fracasando en su cometido y muriendo a manos de las guardianas de la princesa…

Sailor Mercury abrió los ojos, llevándose ambas manos a la cabeza. No podía creer que todo eso hubiera ocurrido en el pasado, y menos que ella estuviera viva en esos tiempos tan remotos. Luna miró inquisitivamente a Sailor Mercury, como si se hubiera dado cuenta de lo que pasaba por su mente.

—Ahora lo recuerdas, ¿verdad?

—Es… es… imposible —balbuceó Sailor Mercury, tratando de encontrar una explicación a sus recientes desvaríos—. ¿Aquellas cosas realmente ocurrieron?

—Así es, Sailor Mercury —repuso Luna, quien no sabía si sentirse contenta o triste por lo que había pasado en los últimos diez minutos—. Puede sonar como una locura, pero todo eso pasó, hace mucho tiempo atrás, cuando había un reino en la luna.

—Había un hombre en mis recuerdos —dijo Sailor Mercury en voz baja, como si no quisiera ser escuchada—, el mismo hombre al que enfrenté y derroté hace unos días atrás. Creo que se llamaba Zoisite o algo así. Parece que tenía una relación romántica con él en el pasado. ¡Eso explicaría por qué me sentía de ese modo cuando lo vi en televisión!

—Y tus amigas tienen recuerdos similares —dijo Luna, viendo cómo Sailor Mars recuperaba la conciencia y se ponía lentamente de pie, sacudiendo su cabeza y mirando en todas direcciones, hasta que sus ojos se posaron en la princesa.

—¿Quién es ella? ¿Y por qué tengo más recuerdos que antes?

—Es la princesa, Sailor Mars —repuso Sailor Mercury—. La verdadera. Yo también tengo más recuerdos, pero no sé cómo llegaron a mi cabeza.

Ambas chicas escucharon un quejido que provenía de un punto atrás de ellas. Lentamente, como esperando encontrar a una bestia infernal, las dos guerreras giraron sus cabezas y lanzaron un resoplido de alivio. Sailor Jupiter había despertado y se tocaba la parte donde había sido herida.

—Diablos, debo tener más cuidado para la próxima.

—¡Qué bueno que te encuentres mejor, Sailor Jupiter! —exclamó Luna, y Sailor Mercury y Sailor Mars mostraron sendas sonrisas.

—¿Qué demonios pasó aquí? —quiso saber Sailor Jupiter, viendo a Sailor Venus que miraba como obsesa a un hombre de cabello albino, el mismo que le había dejado aquella poca vistosa herida en su pecho—. ¿Y quién es la chica que está arrodillada frente a Tuxedo Mask? Es igualita a Serena, pero tiene el cabello plateado.

Pero sus nuevos recuerdos respondieron la pregunta por ella. Era la princesa, la persona que ella y sus compañeras debían proteger a toda costa. Pero también acudieron otras imágenes en su cabeza, imágenes parecidas a las que había visto Sailor Mercury y Sailor Mars.

—No… puede ser… posible —volvió a hablar Sailor Jupiter, crispando los puños y mirando al suelo—. Era él… era mi amante… el hombre que maté en ese concurso… Oh, Nephrite.

—Por eso me sentía rara junto a Jadeite —acotó Sailor Mars, la boca abierta y una expresión de horror oscureciendo su cara—. ¡Tenía un romance con él!

—Pero, ¿quiénes eran esos sujetos con los palos de madera en sus manos? —intervino Sailor Mercury, recordando las imágenes que mostraron el fin del reino de la luna—. No parecían ser del mismo bando que los enemigos que hemos enfrentado hasta ahora.

—Jamás he visto hombres como esos —dijo Sailor Mars, tratando de controlarse por medio de la respiración—. ¡Esperen un momento! ¡El individuo que nos atacó! ¡Tenía un palo de madera en su mano!

—Tienes razón —repuso Sailor Mercury, sacando su computadora de bolsillo e introduciendo diversos comandos—. Estoy obteniendo las imágenes de las cámaras de seguridad del salón… aquí está. Es un hombre de… no puede ser.

—¿Qué pasa? —preguntó Luna, trepándose al hombro de Sailor Mercury para ver los datos de la computadora—. ¿Qué no puede ser?

—De acuerdo con los datos biométricos de la base de datos de la CIA, este hombre debería haber muerto hace años —dijo Sailor Mercury, introduciendo más comandos—. Su nombre es Herbert Dixon y, en los tiempos de la Guerra Fría, tenía más de cien años.

—¿Qué? —exclamaron Sailor Mars y Sailor Jupiter al mismo tiempo.

—Según los datos que aquí tengo, Herbert Dixon hizo varios trabajos para la Agencia Central de Inteligencia, e incluso colaboró directamente con el entonces Director de Operaciones Encubiertas, Richard Helms. Fue el responsable de armar un equipo paramilitar llamado "Task Force 101" y de hacer experimentos para crear súper soldados… o algo así. Los reportes son muy vagos.

—¿Algún domicilio donde podamos patearle el trasero? —quiso saber Sailor Jupiter con un pequeño gruñido de dolor.

—No tiene una residencia fija —repuso Sailor Mercury, consultando los datos de su computadora—. Se hospeda en hoteles o en residenciales de forma aleatoria, pero puedo identificar los hoteles en los que ha estado en los últimos seis meses y compilar un algoritmo que permita triangular su ubicación. Con esta computadora, podría demorarme un par de horas en tener un resultado.

—¿Qué haríamos sin ti, Sailor Mercury? —dijo Sailor Mars, notando por el rabillo del ojo que la princesa se estaba poniendo de pie.

—Por favor —dijo la princesa—. Por favor despierta, mi príncipe.

Las tres Sailor Senshi y Luna miraron cómo la princesa parecía llamar a alguien que no estaba allí. Pero ellas no contaban con sus nuevos recuerdos, y fue Luna quien recordó lo que había pasado entre la princesa de la luna y el príncipe de la Tierra.

—Tuxedo Mask es el príncipe de la Tierra.

—Ahora que lo pienso, he visto a ese hombre con ese mismo traje escabulléndose en los jardines del palacio —dijo Sailor Mars, sorprendida de lo que aquellas imágenes habían conseguido—. Nunca le dijimos nada a la princesa porque estaba enamorada hasta las patas de aquel hombre.

Y la princesa seguía implorando por la vida de Tuxedo Mask, mientras que Sailor Venus se había quedado de piedra al reconocer finalmente al hombre frente a ella. Era Kunzite, el líder de los guardianes del príncipe de la Tierra, de quien se había enamorado hace mucho tiempo atrás. Aquello explicaba por qué se había sentido de ese modo cuando lo había visto por primera vez.

—Sailor Venus —dijo Kunzite, ya no con esa voz brutal que le caracterizaba—. Después de tanto tiempo… aquí estás… tal como cuando te conocí.

—Kunzite… eres tú —repuso Sailor Venus débilmente, acercándose paso a paso a él, con los ojos brillantes—. Pensé que habías muerto.

—Lo estuve —dijo él, tomando ambas manos de Sailor Venus, mirándola fijamente a los ojos—. No sé lo que realmente pasó, pero recuerdo haber visto a una joven en el lugar donde nosotros habíamos perecido… en el Polo Norte. Creo que ella nos liberó de nuestras tumbas.

—Bueno, lo que importa es que sigues con vida —dijo Sailor Venus, acercándose más a Kunzite—. Y no puedo estar más contenta por eso.

Mientras Sailor Venus abrazaba a Kunzite, Tuxedo Mask despertó, gruñendo de dolor. Trató de ponerse de pie, pero se sentía muy débil. Alzó la vista y vio a una joven que recordaba muy bien… la princesa… su princesa.

—Serena —dijo Tuxedo Mask débilmente, tomando las manos de la princesa—, al fin lo recuerdo todo. No sé qué pasó, pero ya sé quién soy. Soy… Endimión, el príncipe de la Tierra.

—Sí —repuso la princesa, estallando en lágrimas de alegría—. Eres tú, mi amado Endimión. Estás vivo.

—Lo estoy, mi princesa —dijo Tuxedo Mask, tratando nuevamente de ponerse de pie, consiguiéndolo a duras penas—. No sé cómo mis recuerdos volvieron a mí, pero…

Tuxedo Mask se detuvo, mirando con detenimiento el cetro lunar que sostenía la princesa. Había un cristal en éste, un cristal con forma de diamante.

—Es el Cristal de Plata. Lo has encontrado.

—Sí —dijo la princesa, mirando el cetro lunar con leve curiosidad—. No sé cómo llegó allí, pero eso no importa mucho. Al fin estamos juntos otra vez.

Sin embargo, aquella alegría duró poco. Los recuerdos de la vida pasada de Serena estaban torturándola de a poco, sobre todo el momento en que Endimión dio su vida por protegerla de los hombres con palos de madera.

—No me dejes —dijo la princesa con cierta determinación, lágrimas brotando de sus ojos.

—No volveré a abandonarte, mi princesa.

Pero aquel recuerdo en particular era muy insistente.

—¡No me dejes! —gritó la princesa nuevamente, en el momento que ella volvió a emitir un brillo plateado, transformándose otra vez en Sailor Moon y cayendo al suelo, inconsciente. Sin embargo, seguía diciendo "no me dejes", aun cuando no fuese consciente de ello.

—¿Por qué se transformó?

—No lo sé… pero creo que es demasiado lo que debe asimilar ahora —dijo Luna, justo cuando una explosión lanzó a todo el mundo al suelo. Para cuando el humo se hubo disipado, Luna vio a una mujer ataviada con un vestido púrpura y cabello marrón. La reconoció al instante.

—No puede… ser —balbuceó, notando que la recién llegada se inclinaba para tomar el cuerpo de Tuxedo Mask—. Es… es…

—¡Beryl! —gritó una voz brutal que provenía del fondo del salón. Luna miró en esa dirección y vio a Kunzite, quien se tomaba el hombro con una mano—. ¡No te llevarás a Endimión!

—Pero mira nada más, un General renegado —dijo Beryl con aburrimiento, sosteniendo sin problemas el cuerpo de Tuxedo Mask—. Asumo que el Cristal de Plata restauró tus recuerdos. ¡No me sirves si estás enamorado de esa colegiala estúpida!

—Soy uno de los guardianes del príncipe de la Tierra —replicó Kunzite, acercándose a Beryl con la intención de atacarla—. Solamente estoy cumpliendo con mi deber.

Y Kunzite conjuró sus cuchillas de luz, arrojándolas con todas sus fuerzas a Beryl, pero ella las detuvo simplemente extendiendo su brazo desocupado. Frunció el ceño, sabiendo que iba a perder a un poderoso aliado, pero un General con sus verdaderos recuerdos no servía a sus propósitos.

—Que así sea, entonces —gruñó Beryl, devolviendo las cuchillas de luz a Kunzite, quien no podía moverse bien. Cerró los ojos, esperando no sentir el frío de sus propias armas horadando su pecho, sólo que no hubo dolor. Sorprendido, abrió los ojos y vio, con horror, que Sailor Venus se había puesto entre él y Beryl. Ella temblaba levemente, profiriendo gemidos ahogados antes de desplomarse al suelo, inconsciente, con dos heridas en su pecho.

Beryl se encogió de hombros. Una Sailor Senshi menos se dijo antes de coger el cetro lunar y desaparecer como había aparecido. Sailor Mercury y sus amigas se sacudieron sus cabezas antes de ponerse de pie con dificultades. Sailor Mars tenía un feo hematoma en su cabeza y Sailor Jupiter seguía tomándose la herida de su pecho. Sailor Moon seguía fuera de combate, repitiendo las mismas palabras de antes "no me dejes".

—¡Por aquí! —llamó una voz grave. Luna reconoció el timbre y se dio cuenta que sonaba desesperado. Algo malo había ocurrido, y fue testigo de aquello cuando vio el cuerpo de Sailor Venus a los pies de Kunzite. Tenía dos heridas en su pecho, de las cuales brotaba sangre sin parar.

Con el corazón en un puño, Sailor Mercury acudió a socorrer a su compañera, congelando la herida para frenar el flujo sanguíneo y enlentecer la hemorragia. Consultó su computadora de bolsillo para comprobar la extensión del daño y sintió cómo sus entrañas desaparecían dentro de ella.

—¡No le queda mucho tiempo! ¡Debemos llevarla a un hospital, ahora!

—Deberías ir con ella, Sailor Jupiter —dijo Luna y la aludida accedió, en el momento que un grupo de paramédicos irrumpió en el salón, acarreando camillas. Sailor Jupiter se tendió por su cuenta en una de ellas, mientras que Sailor Venus tuvo que ser levantada por los paramédicos.

—Demonios —dijo uno de ellos, mirando el pecho de Sailor Venus—. Quienquiera que haya aplicado hielo a las heridas merece una medalla. Estaría muerta de otro modo.

—Deprisa —apremió el paramédico a cargo y el grupo se dirigió a la ventana, donde un helicóptero médico esperaba con arneses y otros equipos para rescate de pacientes en altura. Finalmente, los paramédicos treparon por unas escaleras retráctiles, ingresaron a la aeronave para luego desaparecer en la noche.

—Espero que Mina se ponga bien —dijo Sailor Mars, muy preocupada por su amiga. Luego, encaró a Sailor Mercury—. Tengo que pedirte disculpas, Amy. Ninguna de nosotras te hizo caso y ahora Mina está al borde de la muerte.

—No te preocupes por eso —dijo Sailor Mercury con una sonrisa—. Se supone que somos amigas, y debemos apoyarnos entre nosotras. Por cierto, deberías poner cuidado con ese hematoma.

—Iré al hospital ahora mismo, pero llevaré a Sailor Moon a su casa. Ha pasado por bastante.

—Tienes razón —accedió Sailor Mercury—. También te ayudaré.

—Iré con ustedes —dijo otra voz. Sailor Mars giró la cabeza y vio a Kunzite.

—Deberías ir con Mina —sugirió Sailor Mercury, luciendo preocupada—. Ella te necesita.

—Está bien —dijo Kunzite—. Iré con ella.

Y fue así que la noche más romántica del año culminó en un desastre. Se podían escuchar las sirenas de la policía a lo lejos, pero, como siempre pasaba en este tipo de situaciones, iban a llegar tarde.

Nueva Orleans, 14 de febrero de 1992, 12:45p.m.

No era el restaurante más costoso de la ciudad, pero sí se servía comida fina. Era lo único que comía una joven de veinte años, de cabello corto y negro, ojos azules y una estatura muy poco usual. Ostentaba ojeras. Había pasado la noche en vela, haciendo cosas que eran necesarias en la sociedad individualista y machista en la que vivía. Después de todo lo que había hecho la legendaria Sailor Grey por el mundo, había cosas que seguían igual. Y eso le irritaba bastante. Tampoco le había gustado mucho su nueva apariencia, pero había sido necesario hacerlo, pues necesitaba lucir lo menos atractiva posible. Para realzar aquella nueva idea, usaba ropa que no se ajustaba a su figura, ropa remendada y que por norma general usaría un hombre.

Comía sin usar los cubiertos, algo raro, en virtud del lugar en el que estaba almorzando. Se había ganado la mirada de muchos comensales, pero eso a ella no le importaba. Se empeñaba en no ser atractiva para los hombres, así, nadie la miraría, nadie trataría de violarla y, por consiguiente, se refrenaba de actuar en represalia. Claro que había hombres que estaban en tal nivel de desesperación que abordaban a cualquiera que no estuviera pasada de peso. En tales casos, ella no veía otra alternativa que hacerles daño, a menudo en lugares sensibles, para que dejaran de molestar.

—Oiga, señorita, ¿podría comer con un poco más de educación? —le increpó una señora, quien estaba sentada en un puesto contiguo—. Debería estar avergonzada.

—¿Pero qué mierda te pasa? —replicó la joven, con tanta educación como la que mostraba al comer—. Yo puedo comer como me da la gana. Mejor fíjate en tus niños.

Y, en efecto, la señora había venido al restaurante con dos niños, uno de los cuales estaba llevándose una avellana a la nariz. Avergonzada, la señora se dispuso a quitarle el fruto seco a su retoño. No volvió a molestar por el resto del almuerzo.

Para distraerse de aquel episodio, la joven miró hacia arriba, donde había un televisor de pantalla plana, mostrando el noticiero. Hablaba de un suceso ocurrido en Japón. Había mucha gente mirando hacia un edificio muy alto, del cual brotaba humo. Se estaba preguntando si allí habría ocurrido un incendio cuando vio a un hombre destacarse entre los transeúntes.

Un hombre entrado en años y que sostenía un palo de madera.

No sabía por qué, pero la joven se vio asaltada por una repentina rabia que no podía ni explicar ni precisar de dónde venía. Una necesidad urgente por encontrar a ese individuo llenó toda su conciencia y, dejando una generosa propina, salió como una exhalación del restaurante, hizo parar un taxi e indicó su destino.

—Voy al aeropuerto —fue todo lo que dijo la joven.

Tokio, 15 de febrero de 1992, 01:02a.m.

Rei acababa de ser atendida por el hematoma y Lita seguía en cama, pero su herida ya había sido suturada. Afortunadamente, no había sido mucha la sangre que había perdido y se mantenía en reposo mientras su organismo se encargaba de la recuperación. Amy había llegado hace unos pocos minutos y, acompañada de Rei (Serena seguía fuera de combate en su casa), acudieron al quirófano, donde tendrían respuestas sobre el estado de Mina. Kunzite ya estaba allí. Lucía preocupado y se paseaba de un lado a otro.

Media hora transcurrió desde la llegada de Amy y Rei al quirófano cuando el cirujano hizo acto de presencia. No dijo nada mientras se acercaba a Kunzite con una expresión indescifrable en su cara.

—Las heridas de la paciente eran muy graves, pero se pondrá bien. Debería agradecer a la persona que puso hielo en su pecho. Nos hizo ganar minutos valiosos. En este momento está recibiendo transfusiones de sangre. Podrá verla cuando la traslademos a Cuidados Intensivos.

Tanto Kunzite como Amy y Rei resoplaron de alivio. Mina iba a sobrevivir.

—Iré a contarle las noticias a Lita —dijo Amy y partió a paso rápido hacia Cuidados Intensivos. Rei, por otro lado, miraba a Kunzite, apenas atreviéndose a creer que hace poco había intentado matar a Mina.

Ella es afortunada. Tiene a su amado de vuelta. Yo… yo quemé vivo al mío.

Tener todos aquellos recuerdos de vuelta no había sido un paseo por el parque, ni para Rei, ni para las demás. Todavía tenía problemas para creer que ella había sido, en el pasado, una de las guardianas de la princesa de la luna, que se había enamorado de uno de los guardianes del príncipe de la Tierra y, por sobre todo, cómo esos hombres armados con palos de madera habían destruido el reino lunar, junto con la princesa y las Sailor Senshi.

Y todavía existen esos desgraciados que asesinaron a nuestra princesa.

Unos pasos lentos reverberaron en el piso cerámico. Rei giró su cabeza y vio a una mujer muy alta, de cabellos dorados y usaba un vestido que no parecía ser de la época.

—Tú eres Rei Hino, ¿no es así?

—¿Quién pregunta?

—Mi nombre es Aurora, y he venido a ayudarles con su problema.

—¿Y por qué hemos de aceptarla?

Aurora compuso una expresión de tristeza.

—Porque todo lo que está pasando es mi culpa.