XIV
El viaje a la luna

El Reino Oscuro, 15 de febrero de 1992, 10:09a.m.

Beryl miraba con inconmensurable codicia el cuerpo inerte del príncipe Endimión. Aquello era lo que siempre había querido, más que el mismísimo Cristal de Plata, el cual yacía junto al príncipe, adosado al Cetro Lunar. Metalia era quien quería aquella legendaria gema. Después de todo, aquel había sido el trato.

Beryl no sabía cómo Metalia se las había arreglado para sobrevivir al poder del Cristal de Plata en aquella terrible batalla. Recordaba muy pocos detalles de la contienda por el Milenio de Plata, pero sí sabía que había sido la reina Serenity la responsable de la derrota de Metalia, que sus Generales había perecido a manos de las Sailor Senshi y que ella misma, Beryl, había sido asesinada brutalmente por…

Todavía no he visto a la más terrible de las Sailor Senshi. Es una bestia del infierno.

Pero aquello, en realidad, constituía una ventaja. Si aquella guerrera no había despertado, entonces tenía más oportunidades para acabar con las Sailor Senshi que ya lo habían hecho. Lo único que le faltaba era un aliado, o mejor dicho, un sirviente. Y sabía que iba a necesitar a Metalia para conseguirlo.

—Puedo sentir el poder del Cristal de Plata cerca —dijo una voz tenebrosa. Era Metalia.

—Sí, gran reina. Como se lo prometí, aquí está.

Beryl tomó el Cetro Lunar y lo extendió hacia Metalia como si se tratase de una ofrenda. Inmediatamente, el Cristal de Plata se separó del cetro y flotó hacia la forma oscura que era Metalia.

—Sí, puedo sentir el poder del Cristal de Plata dentro de mí, pero… pero no es suficiente. No está desplegando todo su potencial.

—¿Y hay alguna forma de despertar todo su poder?

—El Cristal de Plata obtiene su poder de algo que los seres humanos llaman "amor" —dijo Metalia—. Es lo que hace a los seres humanos más unidos, pero es, al mismo tiempo, su mayor debilidad. Lo único que debes hacer es crear una amenaza. Las Sailor Senshi son guerreras del amor. Mientras más traten de defender a la humanidad, el Cristal de Plata obtendrá más poder, haciéndome más poderosa que nunca, tanto que podré destruir a este ruinoso planeta, junto con la princesa y las Sailor Senshi.

—Brillante, gran reina —dijo Beryl, mirando de reojo a Endimión—. ¿Cumplirá con su parte del trato?

—Claro —repuso Metalia con agrado—. Después de todo, me trajiste el Cristal de Plata. Cumpliré con mi parte del trato, pero necesitaré de tu asistencia una vez más. Quiero que seas tú quien desate la amenaza de la que he hablado. A fin de cuentas, desde este momento será tu responsabilidad.

—Así se hará, gran reina —dijo Beryl, mirando de reojo a Endimión—. ¿Y qué hago con el Cetro Lunar?

—Destrúyelo —fue la orden lapidaria de Metalia.

—Sus deseos son órdenes, gran reina —dijo Beryl, quien tomó el Cetro Lunar, caminó hasta un agujero del que manaba un brillo rojizo y lo arrojó por éste. El fuego haría el resto del trabajo.

Tokio, 15 de febrero de 1992, 11:14a.m.

—¿Qué quieres decir que todo esto es tu culpa? —preguntó Rei a la mujer del cabello dorado—. ¿Acaso tú eres la enemiga?

—No, no tengo nada en contra de ustedes —aclaró Aurora (7), quien apenas podía mirar a Rei a los ojos—. Pero es mi culpa que los enemigos que ustedes están enfrentando hayan despertado.

—Eres tú —dijo una voz detrás de Rei. Aurora miró en esa dirección y vio a un individuo de cabello albino—. Tú fuiste quien nos liberaste de nuestras tumbas, pero no estabas vestida como ahora.

Aurora, en un repentino destello de lucidez, se dio cuenta que aquel hombre era el mismo que había intentado asesinarla, dejándola moribunda en medio del desierto. Crispó los puños y arrugó el entrecejo.

—¡Tú trataste de matarme! —exclamó Aurora, sin percatarse que estaba en las afueras del quirófano—. Me perseguiste por todo el desierto antes de dejarme tirada, casi sin vida.

—Discúlpame —repuso Kunzite en voz baja—. Estaba actuando bajo las órdenes de Beryl. No tenía mis verdaderos recuerdos en mi cabeza.

—No me vengas con excusas —replicó Aurora, luciendo desairada—. Nada justifica lo que me hiciste. Estaba tratando de encontrar una forma de deshacer el daño que causé al liberarlos cuando me atacaste.

Se hizo un silencio muy tenso. Rei no sabía de qué estaba hablando Aurora, pero, al parecer, Kunzite había tratado de matarla cuando todavía no había recuperado todos sus recuerdos. Recordó que también había tratado de matar a Mina, pero se detuvo cuando sus recuerdos regresaron.

—¿Tú liberaste a Kunzite? —preguntó Rei, dedicando una mirada dura a Aurora—. ¿Y a los demás también?

—Por eso dije que era mi culpa —dijo Aurora, luciendo frustrada—. Y he venido a corregir este error. Supe que tres de los Generales están muertos. Tú eres el último que queda—, añadió, apuntando un dedo a Kunzite.

Rei estaba a punto de replicar cuando Amy apareció en escena. Miraba a la una y a la otra con evidente confusión, preguntándose quién era la mujer del cabello dorado y la vestimenta del siglo once.

—¿Quién eres tú? —inquirió Amy.

—Soy Aurora —repuso la aludida, apuntando sus ojos a los de Amy—. Yo soy la culpable de todo lo que está pasando, y estoy intentando corregirlo. Yo liberé a los Generales Celestiales de sus tumbas… y ellos liberaron algo que no debió ser liberado.

—Beryl —dijo Amy escuetamente.

—¿Cómo lo sabes?

—He investigado sobre el enemigo también. Eso era antes de recuperar mis recuerdos como guardiana de la princesa en los tiempos del Milenio de Plata. No sabía, eso sí, que fueron los Generales los que la liberaron.

—Ellos lo hicieron —dijo Aurora, crispando los puños, como si tratara de darse fuerzas para cargar con la culpa—. Al menos tres de ellos están muertos gracias a ustedes. Podrían ayudarme a completar el trabajo.

—Ni soñarlo —gruñó Rei de improviso—. No te ayudaremos a matar a Kunzite, menos que ahora ha recuperado el amor de una de nosotras.

—¿Es que no lo entienden? —insistió Aurora con cierta desesperación—. Él es uno de los temibles Generales Celestiales. Las va a traicionar y las va a matar sin compasión. Créanme. Sé de lo que hablo.

Amy frunció el ceño.

—¿Los conoces? ¿O has leído sobre ellos?

—He leído sobre ellos —admitió Aurora—, sobre las cosas que hicieron, sabiendo que debían proteger al príncipe de la Tierra. Se dejaron corromper por Beryl y su energía maligna y trataron de destruir el Milenio de Plata, pero no lo consiguieron.

—Eso ya lo sabemos —espetó Amy con dureza—. Y también sabemos que Kunzite recuperó los recuerdos de él como guardián del príncipe de la Tierra. Ya no es el enemigo que creíamos que era.

—¿Por qué no te largas de aquí? —increpó Rei, esgrimiendo un puño en contra de Aurora. Ella exhaló en señal de resignación.

—Está bien, hagan lo que quieran. Pero no quiero que vengan arrastrándose en súplica porque ese maldito General las traicionó. Están advertidas.

Aurora sostuvo la mirada de Rei por un par de segundos antes de marcharse en silencio de la sala de espera. Amy miró cómo Aurora desaparecía por una puerta y volvió su atención a la puerta del quirófano, esperando que Mina fuese trasladada pronto a Cuidados Intensivos.

Tokio, 15 de febrero de 1992, 16:59p.m.

La joven del cabello negro y corto acababa de llegar del aeropuerto. Había tratado de seguir los consejos relacionados con el jetlag por parte de la aerolínea, pero no había caso. Los síntomas no eran debilitantes, pero sí muy molestos. No obstante, eso no le impidió llegar al edificio que había visto en las noticias el día de ayer. Como era predecible, el lugar estaba acordonado por la policía y había gente que entraba y salía del inmueble con prisa.

Me pregunto si hallaré algo en la escena de los eventos.

La joven rodeó el edificio, pero estaba acordonado por todas partes. Sin embargo, notó que los accesos laterales estaban desprovistos de personal policial y se escabulló por uno de ellos. Después de guiarse por la señalética, halló las escaleras de servicio. Sabía que la policía jamás emplearía las escaleras para llegar al piso noventa y ocho, y ella estaba en una excelente forma física, más que cualquier otra persona del planeta.

Le tomó diez minutos llegar al piso noventa y ocho, y ni siquiera le faltaba la respiración. Al tanto que la actividad forense estaba concentrada en el salón, se escabulló por los pasillos adyacentes, cuidando de no toparse con nadie y subió al nivel siguiente, donde se encontraba la estación de monitoreo, el cual era su objetivo. Aplanó su oreja contra la puerta. No parecía haber nadie. Con cuidado, abrió la puerta y se encontró en una habitación oscura, con pantallas por todas partes, aparte de equipo de vigilancia y bancos de datos.

De acuerdo. Esa noche había un evento de San Mierdatín en el salón. Empecemos por allí.

La joven, después de mucho ensayo y error, encontró la grabación del evento. Maldita tecnología gruñó para sus adentros y reprodujo el archivo de video.

Tuvo que adelantar buena parte del video, pues no mostraba otra cosa que parejas disfrutando de fuegos artificiales. Normalizó la velocidad de reproducción en el momento justo y vio cómo las cosas se salían de control. Luego tuvo que fruncir el ceño al notar que cuatro de las chicas que participaban del evento se transformaban en lo que parecían colegialas con uniforme de marinero, con la aparición de una quinta más tarde.

Tengo la impresión de haberlas visto en otra parte, pero no puedo recordar dónde.

Al final del video, vio cómo unos paramédicos se llevaba a una de las chicas uniformadas y supo que aquellas cuatro chicas estaban en el hospital. Lo más importante, sin embargo, era que había visto a Herbert Dixon peleando con cuatro de aquellas muchachas.

Herbert estuvo aquí, pero ya no.

Sin embargo, el rastro no se había perdido. La chica del cabello azul corto había hablado de "triangular" la posición de Herbert Dixon. No sabía qué significaba triangular, pero sí sabía que esa joven podía encontrar al hombre que estaba buscando. Pensando en que todavía debía estar en el hospital, la joven salió de la sala de monitoreo, escabulléndose por los corredores hasta las escaleras de servicio, saliendo por donde había entrado. Por desgracia, un policía había visto cómo ella había salido del edificio e iba a detenerla, pero un golpe suave en su abdomen bastó para silenciarlo.

Lo lamento, pero estoy en una misión.

La joven caminó con disimulo frente al edificio, pidiendo un taxi que la llevara la hospital más importante de la ciudad. Después de todo, no cualquier establecimiento médico contaba con helicópteros diseñados y equipados para transportar pacientes desde rascacielos.

Tokio, 20 de febrero de 1992, 09:46p.m.

Las heridas de Lita y Mina ya habían sanado, pese a que habían sido muy graves. Los médicos se habían mostrado sorprendidos por tan rápida recuperación, pero no podían negar que ya se encontraban mejor y, por supuesto, no podían negarles el alta médica. No obstante, todavía parecía haber algo malo con Serena, pues casi no hablaba y ostentaba ojeras, aparte de tener los ojos enrojecidos.

—Pobre —dijo Amy, mirando con pena a su amiga—. Ya van varios días que está así.

—No me gustaría ser ella en este momento —acotó Lita, también mirando a Serena con mucha aprensión—. No quiero ni imaginar qué es lo que está pasando en su cabeza.

—Pero no puede estar así para siempre —intervino Luna, mirándolas a todas con severidad—. Tiene que asumir, y pronto, su rol como la princesa. La necesitamos para el siguiente paso.

—¿Y cuál es? —quiso saber Amy, mirando a Luna con el ceño fruncido.

—Bueno, tenemos que hacer que Serena cobre conciencia de su importancia —dijo la aludida, mirando hacia el cielo nublado—. La única forma que veo para ayudarla con eso es yendo al único lugar donde podrá hallar tanto las respuestas como la fuerza que necesita.

—¿Y cuál es ese lugar?

—Donde todo comenzó —anunció Luna teatralmente—. La luna.

Todas, a excepción de Serena, abrieron los ojos.

—¿La luna? ¿Y cómo vamos a llegar allá?

—¿Cómo vamos a sobrevivir? No hay oxígeno.

—Vengan conmigo —dijo Luna con apremio—. Tú también Serena. Te necesitamos para esto.

Serena tardó un poco en reaccionar, pero también obedeció y las cinco siguieron a la gata por varias calles hasta llegar a un lugar conocido, al menos para Serena y Amy.

—¿El salón de videojuegos?

—¡Deprisa!

El grupo entró en el local, cerciorándose que no hubiera nadie dentro y deteniéndose frente a la máquina del juego de Sailor V. Luna se trepó a los controles y usó una pata para introducir una especie de combinación de palanca y de botones. La sorpresa invadió a las chicas cuando la máquina comenzó a retroceder, revelando un agujero cuadrado del que descendían unas escaleras. Luna fue quien lideró la marcha, seguida por Amy, luego por Rei y más tarde por Lita y Mina. Serena se quedó de pie, mirando la entrada como si al final hubiera un monstruo horripilante.

—Serena, ¿qué te ocurre? Tenemos que entrar.

Pero ella no dijo nada. Luego, como impulsada por una fuerza al margen de su voluntad, movió sus piernas, muy lentamente, como si le pesasen mucho. Luna, un poco más aliviada, traspuso el umbral. Amy y las demás la imitaron, solamente para sorprenderse nuevamente.

¿Quién podría decir que bajo un salón de videojuegos hubiera todo un centro de operaciones, con una pantalla gigante dominando la vista, rodeada por varios paneles llenos de botones, palancas y perillas? Y, en uno de los asientos, había un gato blanco, con la misma marca en la frente que Luna, quien usaba unos audífonos con micrófono integrado.

—¡Luna! —saludó el gato, alzando una pata—. Menos mal que no te ocurrió nada grave.

—Estamos bien, Artemis, gracias —repuso Luna. Amy, Rei y Lita miraron al gato llamado Artemis con curiosidad.

—¿Otro gato que habla? —inquirió Rei, perpleja—. Yo pensaba que Luna era la única.

—Hola, Artemis —saludó Mina, quien se adelantó al resto y tomó a su amigo, llevándoselo al hombro—. ¿Has estado bien?

—Sí. Pensaba ir a verte después de lo que pasó en el rascacielos, pero no aceptan animales allá.

—No te preocupes, Artemis —dijo Mina en tono tranquilizador—. Ya estoy mucho mejor. Serena es la que me preocupa más.

Y, en efecto, Serena había caminado como si fuese un muerto viviente hacia el centro de operaciones, mirando todo como si fuese algo cotidiano, incluso aburrido. Sus amigas no sabían qué hacer frente a su comportamiento, pero Luna era de la idea que Serena debía darse cuenta que no podía cambiar lo que fue, y lo que todavía era, y que mientras más pronto lo aceptara, mejor.

—¡Serena! —apremió Luna, pero ella apenas podía hacer caso. Amy y las demás la miraban como si hubiese contraído una grave enfermedad, cuando unos pasos hicieron que todas saltaran de la sorpresa.

Había una mujer muy alta en la entrada al centro de operaciones. Tenía el cabello muy corto, de color negro y usaba ropa muy masculina. Mientras Amy, Lita y Mina miraban con desconcierto a la recién llegada, Rei dio un paso hacia ella, mirándola con suspicacia.

—¿Quién eres tú? —preguntó Rei en tono desafiante.

—Cuida tu maldito tono, ¿quieres? —repuso la joven de forma tan agresiva que Rei retrocedió un poco—. He estado siguiéndolas desde el hospital porque necesito su ayuda para encontrar a Herbert Dixon.

Para sorpresa de las demás, Amy dio un respingo. Entre todo lo que había pasado desde el incidente en el rascacielos hasta ese momento, había olvidado por completo que su computadora estaba triangulando la posición de Herbert Dixon. Sin embargo, Amy miró a la joven con el ceño fruncido.

—¿Por qué quieres encontrarlo?

—Eso no te incumbe —espetó la joven en un tono cortante que no agrado para nada a ninguna de las presentes—. Denme la información y me iré sin herir a nadie.

—¿Por qué habríamos de ayudarte? —dijo Mina con el ceño fruncido.

Lita, por otro lado, no dijo nada. Se aproximó a la joven, esgrimiendo un puño en contra de ella. Dos segundos más tarde, Lita estaba en el suelo, a cinco metros de la joven. Ni siquiera se había movido de su lugar la joven del cabello negro.

—Atiendan a la pobre —ladró ella y Amy fue a ayudar a Lita a ponerse de pie—, y entréguenme la condenada información, que no tengo todo el día.

—No te daremos nada —desafió Rei, crispando los puños—. No a alguien que no sabe pedir las cosas.

—Bien, entonces tendré que tomarla por la fuerza.

—¡Esperen un momento! —exclamó Luna, poniéndose entre las chicas y la extraña—. Te daremos lo que quieres, pero, por favor, dinos quién eres. Bien podrías ser un agente del enemigo.

La joven exhaló, buscando paciencia.

—De acuerdo, de acuerdo —accedió la joven y se llevó una mano a su cabello, algo que tomó por sorpresa tanto a Luna como a todas las demás. Luego, la joven tiró de éste, pero nada dramático ocurrió.

La cabellera oscura era solamente una peluca. En realidad, la joven tenía el cabello mucho más largo. Se trataba de un cabello largo, lacio y de color gris plateado. Luna contuvo la respiración, mirando bien a la joven. Recordaba bastante bien a esa mujer, claro que con otros atuendos y en otro tiempo.

—Tú… eres… Andrómeda.

La joven arrugó la cara.

—¿De qué mierda hablas?

—Andrómeda… una de las doncellas del Milenio de Plata… y también…

Las chicas también tenían los ojos como platos. Ellas también habían reconocido a la joven. No era otra persona que la instructora que ellas tenían en los tiempos del Milenio de Plata.

—¿Sailor Silver Moon? —inquirió Amy con voz trémula.

—¿La heroína de la batalla de la Atlántida? —añadió Lita, quien se sobaba la quijada por el golpe que la joven del cabello gris le había propinado.

—¿Pero de qué diablos están hablando? —insistió la joven de manera tan brusca que sacó a todas de sus propios mundos—. Les iba a decir que mi nombre es Saori, y ustedes salen con estupideces que no tienen sentido.

—Eres Saori ahora —explicó Luna—, pero en otro tiempo… en otra vida fuiste una de las guerreras más poderosas de la galaxia. Ganaste la batalla de la Atlántida y adiestraste a quienes serían las guardianas de la princesa de la luna.

—Bah, no me digas —dijo Saori sarcásticamente—. Mira, ya te dije quién era yo. ¿Podrías darme la ubicación de Herbert Dixon?

Amy no dijo nada. Dio media vuelta y extrajo su computadora de bolsillo. La puso en posición vertical y la insertó en una ranura en uno de los paneles. Inmediatamente, la pantalla mostró un mapa de la ciudad de Washington, en Estados Unidos. Un triángulo rojo pulsaba en las afueras del radio urbano.

—Por cierto, ¿qué mierda le pasa a la de los moños?

Luna no supo cómo responder la pregunta sin enredarse en tantos detalles. Al final, optó por decirle la verdad.

—Ella también tuvo una vida pasada, pero no quiere aceptarlo aún. Necesitamos que lo haga rápido.

Para sorpresa de Luna, Saori sonrió. Le tranquilizó un poco que un ogro de persona podía mostrar algo tan humano como una sonrisa. Claro, Saori era muy hermosa, pero tenía una personalidad que bien podría ser la de un sargento.

—Yo haré que entre en razón.

Saori caminó a paso resuelto hacia Serena. Ella la miró con leve curiosidad, pero seguía cabizbaja y melancólica. Parecía que Saori iba a razonar en buenos términos con ella, a juzgar por la forma en que se había aproximado a Serena, pero…

—¿Qué mierda te pasa? —increpó Saori bruscamente, haciendo saltar a Serena—. ¡Tus amigas te necesitan y allí estás, ahogándote en un vaso de agua!

De pronto, Serena encontró la voz.

—¡Mi Endimión se ha ido! ¡Se ha ido!

—¿Quién rayos es Endimión?

—Es… es el amor de mi vida… el enemigo… se lo ha llevado… junto con el Cristal de Plata… no quiero que muera… pero no puedo hacer nada… sin mi Cetro…

—¡Pero por Dios que eres llorona! —exclamó Saori con impaciencia, tomando ambos hombros de Serena y sacudiéndola violentamente—. ¡Todas hemos derramado lágrimas por alguien, pero eso no nos debe debilitar! ¡Yo también he tenido sueños sobre alguien que me es arrebatada de mis manos, incapaz de hacer nada para evitarlo! ¡Sí, lloro en mis sueños y me siento triste al despertar, pero eso no me impide levantarme en las mañanas y hacer lo que debo hacer! ¡Eres mujer, con un demonio! ¡Eres mejor que lo que estás mostrando ahora! ¡Por eso los hombres nos tildan de débiles y cobardes, por mujeres como tú! ¡Levántate, mantén la cabeza en alto y acepta tu destino! ¡Muéstrale al mundo de lo que las mujeres somos capaces de hacer! ¡Arriba ese ánimo, mierda!

Serena no dijo nada por un minuto completo. Todavía derramaba lágrimas, hipaba y tragaba saliva, pero al mismo tiempo, crispaba los puños y trataba de alzar la cabeza, consiguiéndolo de a poco. Al final, tuvo la fuerza para limpiarse las lágrimas y mirar a Saori con algo más de convicción.

—Eso es —dijo Saori con aprobación—. Tus amigas te necesitan. Ayúdalas. Encuentra el camino y cumple con tu destino.

—Tienes razón —dijo Serena, sonándose la nariz y tragando saliva—. Gracias, quienquiera que seas.

Amy se acercó a Saori y le tendió una tarjeta de memoria. Saori la tomó.

—Es un archivo de posición —explicó Amy, quien se estaba sintiendo muy extraña en compañía de Saori, como si ya la hubiera conocido antes, pero en otras circunstancias, en otro espacio y en otro tiempo muy distintos a los del Milenio de Plata—. Puedes cargarlo con cualquier aplicación de mapas y te entregará el camino más corto para llegar.

—Gracias —dijo Saori, quien también se sentía del mismo modo que Amy—. Lamento haber sido tan… brusca con ustedes. No creo que nos volvamos a ver otra vez.

—¿Por qué quieres encontrar a Herbert Dixon? —preguntó Rei de repente, bien al tanto de la clase de respuesta que podría entregar Saori. No obstante, sus aprensiones fueron infundadas.

—Para matarlo.

Y Saori desapareció del centro de operaciones, dejando a Serena y a las demás de pie, pensando en la clara y austera respuesta de Saori sobre sus intenciones con Herbert Dixon. Luna se dio cuenta que Saori poseía lo necesario para darle batalla a tal individuo, dejándola con una tarea menos de la que preocuparse.

—Artemis, ¿tienes la posición de destino?

El aludido tardó un poco en reaccionar, pero pulsó un botón para minimizar la ventana en la que estaba la posición de Herbert Dixon, mostrando en su lugar un mapa de la luna. Un punto azul destellaba en el lado oculto del astro.

—Bien. Chicas, transfórmense.

Todas (a Serena le tomó un poco de tiempo espabilar) alzaron sus cetros de transformación y, después de un caleidoscopio de luces de muchos colores, las cinco chicas se habían convertido en cinco Sailor Senshi.

—¿Tienes la imagen del destino? —preguntó Luna a Artemis. El aludido hizo una combinación de teclas y apareció un paraje lunar típico en la pantalla gigante, donde se podían advertir unas columnas derruidas.

—Pongan mucha atención a la pantalla, porque a ese lugar deben llegar —dijo Luna a las Sailor Senshi—. Cuando estén listas, formen un círculo, tómense de las manos y, al unísono, griten "teletransportación". Es muy importante que lo hagan en perfecta sincronía, de lo contrario, podrían aparecer en cualquier parte del universo.

—No te preocupes, Luna, no estamos para nada presionadas —dijo Sailor Mars sarcásticamente.

—¿Dijiste a cualquier parte del universo? —acotó Sailor Venus con preocupación.

—Concéntrense, chicas —dijo Sailor Mercury pacientemente.

—Lo haremos bien —añadió Sailor Jupiter, frunciendo el ceño, mostrando concentración.

Sailor Moon fue la única que no habló. Miraba a las demás en silencio, tragando saliva, recordando la forma en que le había hablado Saori. Volvió a tragar saliva, diciéndose a sí misma que lo que estaba a punto de hacer era necesario, que otra persona no iba a tomar su lugar y que dependía de ella aceptar finalmente lo que era y lo que siempre iba a ser.

—¿Listas? —dijo Luna. Todas asintieron con la cabeza.

—¡Ahora!

—¡Teletransportación! —corearon todas las Sailor Senshi como una sola voz.

Inmediatamente, una cúpula dorada envolvió al grupo de chicas y, segundos después, todas flotaron unos cuantos centímetros sobre el suelo, comenzando a girar muy lentamente, luego de manera más rápida. Ninguna de ellas soltó a la que tenía al lado, por muy rápido que giraran. Luego, cuando hubieron alcanzado determinada velocidad, un cilindro de luz descendió desde el techo, se escucho un sonoro estampido, un destello de luz, y luego nada.

Las Sailor Senshi habían desaparecido de la Tierra.

El lado oculto de la luna, 20 de febrero de 1992, 11:32p.m, hora de Tokio

Sailor Moon pensó que le iba a faltar el aire en cuanto llegaran a la superficie lunar, pero, por raro que pudiera parecer, podía respirar sin problemas. Al parecer hubo un pequeño desfase entre las voces de las Sailor Senshi que las hizo aparecer un poco más distanciadas de lo normal, pero por lo menos podían discernirse, pese a la profunda oscuridad reinante.

—Esperen un momento —dijo Sailor Mars y extendió un dedo hacia el espacio. Inmediatamente, una llama brotó de allí, iluminando todo en un radio de diez metros—. Ahora podemos ver.

—Pero, ¿qué exactamente estamos viendo? —quiso saber Sailor Venus, divisando las columnas derrumbadas, los escombros y esqueletos humanos diseminados por todas partes—. ¿Dónde estamos?

—Luna nos envió aquí por una razón —acotó Sailor Jupiter, mientras que Sailor Moon seguía sin hablar. Tampoco sabía a ciencia cierta donde estaba, pero algo en su corazón le decía que había estado en ese lugar, hace mucho tiempo atrás, cuando el mundo era dichoso y feliz.

Sailor Mercury sacó su confiable computadora de bolsillo e hizo un barrido con el emisor láser que venía con el aparato. Esto le permitió crear un modelo en tres dimensiones de todo el área dentro de un radio de dos kilómetros con una precisión de más menos un centímetro.

—Chicas —dijo Sailor Mercury cuando su computadora hubo completado el modelo 3D—. Creo que sé por qué Luna nos envió aquí.

Las demás se acercaron a ella y vieron el modelo que había creado. Todas contuvieron el aliento. Las ruinas se asemejaban bastante a los recuerdos que ellas poseían del lugar donde ellas habían protegido a la princesa hasta el día de su muerte.

—Dios santo —dijo Sailor Venus.

—Imposible —añadió Sailor Mars.

—Este lugar es…

—Sí —dijo Sailor Moon por primera vez desde que Saori habló con ella—. Estamos en las ruinas del Milenio de Plata.


(7) En respuesta a un comentario que me llegó hace poco, introduje al personaje de Aurora en el capítulo 18 de "Cortejando el apocalipsis" como la hermana de Sailor Zephyr. Ella también es una Sailor Senshi, Sailor Eos, quien va a tener un papel significativo en relación con los Generales Celestiales.

Fe de errata: En una oportunidad dije que Eos era la diosa del amanecer, pero nuevas fuentes hablan de ella no como una diosa, sino como la titánide de, precisamente, la aurora. Que conste que le puse Aurora sin saber ese dato. xD