XVI
El ascenso del Reino Oscuro
Washington, 20 de febrero de 1992, 10:09p.m.
Herbert Dixon supervisaba el trabajo del profesor Tomoe desde la "pecera" como llamaba a su despacho privado, bebiendo un whiskey en las rocas, admirando la tenacidad de su empleado más valioso. Había sido una buena decisión dejar que descansara por el tiempo que necesitara.
No obstante, le preocupaban los hechos que estaba ocurriendo tanto en Madrid como en Tokio. Hace unas horas atrás desfilaba por los canales de televisión, buscando algo interesante que ver, cuando se detuvo en el canal de noticias. La conductora hablaba sobre un importante personaje político que a la vez era presidente de la Comisión Internacional por la Paz.
Esos infelices de la Vanguardia de Ares se están volviendo temerarios.
No era que le simpatizara mucho aquel Manuel Escudero, pero él prefería hacer el trabajo de una manera más soterrada. Se había desafiliado de la Task Force 101 por una razón, pero eso solamente había hecho que sus miembros dejaran de practicar la discreción y se convirtieran en una manada de terroristas. Robaban bancos a plena luz del día, secuestraban gente importante y mataban sin contemplaciones. Su nivel de violencia era más bien reducido, pero eso no impedía que causase un gran impacto en la población. Los noticieros se estaban poblando con reportajes sobre aquellos individuos y el miedo, el cual se creía desterrado desde la muerte de Sailor Silver Moon, había vuelto con renovado brío. Claro, Herbert tenía los recursos para poner fin a sus operaciones, pero tenía cosas mucho más importantes en las que emplearlos.
Mientras miraba al profesor Tomoe trabajar afanosamente en una cura para sus problemas, Herbert se puso a pensar en todo lo que había ocurrido desde su batalla con las Sailor Senshi en Tokio. La princesa de la luna había despertado al fin y, aparentemente, tenían una base secreta en el sótano de un salón de videojuegos, lo que le llevó a pensar en el otro asunto serio que rondaba sin descanso en su cabeza.
Hawkins había acudido a Herbert hace unas horas atrás con nuevo material de vigilancia. Al principio no había encontrado nada sospechoso en las imágenes de las cámaras de seguridad, pero cuando vio a la mujer que salía del salón de videojuegos se había quedado helado.
Saori. Maldición.
¿Era que esa puta jamás lo iba dejar tranquilo? Pero si murió deteniendo los misiles. ¿Cómo diablos sigue con vida? ¿Acaso ella es inmortal? Herbert dejó sus pensamientos en pausa, pues sabía que nada de lo que hiciese podía cambiar el hecho que Saori seguía con vida. Tengo que hallar una forma de neutralizar aquella amenaza, de lo contrario, estaré en un gran peligro.
En algún lugar del Océano Pacífico, 21 de febrero de 1992, 04:20a.m.
Saori despertó con un pequeño sobresalto. No tenía idea de cuántas horas había dormido, pero no parecían ser muchas, pues el cielo todavía estaba oscuro. Se quitó los audífonos, solamente para darse cuenta que el sujeto a su lado todavía roncaba. Consultó su reloj.
Las siete y media de la mañana.
Saori gruñó. Había olvidado que el avión debía cruzar numerosos husos horarios antes de aterrizar en Nueva Orleans e iba a favor de la dirección de rotación de la Tierra, lo que hacía más lento el transcurso de las horas a bordo. Volviendo a gruñir, Saori pulsó el botón que llamaba a la azafata y ella llegó en cuestión de segundos.
—¿Dónde mierda estamos?
La azafata se quedó en silencio por un momento, seguramente tratando de tragarse la nula educación de Saori.
—Todavía falta para sobrevolar Hawai.
Mierda se dijo Saori, quien ya no tenía ganas de dormir.
—¿Podría traerme un vaso con agua… por favor?
—Enseguida, señorita Müller.
Después que la azafata se hubo retirado, Saori volvió a mirar por la ventana diminuta, pero lo único que le devolvió la vista fue un mar de oscuridad tan negro como tinta. Consultó su teléfono; le quedaba una cuarta parte de la batería. Gruñendo por tercera vez, Saori cerró la aplicación de música y guardó el aparato en su cartera. Su única perspectiva de entretención la tenía en la revista que siempre ponían en los aviones, la que había hojeado desinteresadamente mientras el avión se desplazaba por la pista de rodaje antes del despegue.
—Aquí tiene su agua, señorita Müller.
—Gracias —repuso Saori con voz monocorde, notando que la azafata adoptaba posturas rígidas, demasiado rígidas para ser una simple empleada de aerolínea. Se imaginó que había pasado por la Fuerza Aérea antes de ser una azafata, mientras la veía alejarse por el pasillo para atender a otro pasajero. Saori bebió un sorbo e inmediatamente arrugó la cara.
¿Qué mierda tienen contra el agua normal estas malditas aerolíneas?
Con el fin de reducir la incomodidad al mínimo, Saori bebió todo el contenido del vaso de plástico en un solo trago y tragando lo más deprisa posible. Dejando el vaso sobre su regazo, Saori volvió a mirar por la ventana, pero el paisaje no había cambiado en absoluto. No sabía qué hacer para pasar el rato hasta que fuese de día y tuviera más entretenimiento a su disposición, cuando comenzó a darle sueño otra vez. Recuerdo que una vez leí que los mecanismos del sueño se activaban de acuerdo a la cantidad de luz solar. Era todavía de noche, por lo que Saori concluyó que su cuerpo le estaba pidiendo más horas de sueño y no reprimió las ganas de dormir.
Mientras sus párpados se cerraban solos, Saori deseó despertar cuando el avión estuviera a punto de aterrizar.
Tokio, 21 de febrero de 1992, 09:36a.m.
Serena despertó en medio de sueños tumultuosos. Vio que ya era de día y se masajeó los ojos, bostezando a sus anchas. No parecía como una joven de catorce años que hubiese recibido un castigo monumental por parte de su madre. Había llegado a las tres de la mañana a su casa, despertando a sus padres y a su hermano menor, quien no perdía una oportunidad para vilipendiar a su hermana mayor por lo tonta que era.
Sin embargo, Serena lucía como alguien que no hubiese recibido un castigo porque tenía asuntos mucho más importantes en su cabeza, asuntos que la tenían con un montón de dudas, pese a lo que había dicho allá en la luna. No sabía dónde estaba Endimión, no sabía qué hacer con la nueva arma que había adquirido y, para colmo, sus padres la habían castigado por una semana sin salir de su habitación.
Endimión.
Todo su pensamiento estaba concentrado en él. Ahora que sabía qué clase de vínculo había tenido con él, los temores y las dudas eran constantes en ella. A veces Serena creía que era demasiada carga para una adolescente de catorce años, lo cual era cierto, y pensaba que la actitud de Luna para que ella madurara lo más rápido posible no ayudaba en nada. Por cierto, la gata le hacía compañía en su habitación, como un constante recordatorio de la titánica tarea que tenía por delante; derrotar a una malvada reina que llevaba incordiándola desde los tiempos del Milenio de Plata. Y debía hacerlo sin el Cristal de Plata, lo que se le antojaba imposible.
—Andrómeda tiene razón —dijo Luna, quien se paseaba por la habitación de Serena, con la cabeza en alto—. Tienes un destino que cumplir y no vas a ganar nada si sigues dudando de ti misma.
—¿Y qué pasará con Endimión?
—Eso dependerá de lo que estés dispuesta a hacer para recuperarlo —repuso Luna, trepándose a la cama de Serena y mirándola a los ojos—. Ya no hay tiempo que perder. Si realmente lo amas, harás todo lo que esté en tu poder para tenerlo de vuelta.
—¡Es que no lo entiendes, Luna! —gritó Serena de repente, con lágrimas en los ojos—. ¡Jamás en tu vida has estado enamorada de alguien! ¿Tú crees que no sé lo que debo hacer? ¡Por supuesto que lo sé, pero mi corazón me impide seguir adelante porque temo lo que el enemigo pueda hacerle si hago lo que me dices! ¡Si hubieses amado tan profundamente a alguien me entenderías!
—Debes deshacerte de ese miedo —dijo Luna, impasible a los gritos de Serena—. Tu corazón es tu mejor arma, Serena. Lo que pasa es que dejas que él te maneje y no al revés. Cuando aprendas a controlar la fuerza que hay en tu corazón, serás una guerrera invencible. ¡Piénsalo! Podrás recuperar a Endimión y derrotar a la reina Beryl, pero tienes que ser fuerte. No pienses en lo que puede pasar si no consigues rescatarlo. Piensa en lo que pasará si lo logras. ¡Serás feliz! ¿No es algo por lo que vale la pena luchar?
Serena se quedó en silencio. Se limpió las lágrimas con la manga de su pijama, pensando en las palabras de Luna.
—No soy fuerte —dijo ella con tristeza—, nunca lo he sido.
—Sí, es verdad, pero eso no significa que siempre seas débil —repuso Luna, echándose sobre la cama de Serena—. ¿Quieres que Endimión muera, o que sea manipulado por el enemigo?
—Por supuesto que no.
—Entonces debes hacer algo. ¿Qué estarías dispuesta a hacer, o a entregar, por él?
La respuesta de Serena fue predecible.
—Todo. Pero tengo miedo a hacerlo. ¿Qué pasa si lo pierdo para siempre?
—Pues lo pierdes —dijo Luna como en contra de su mejor juicio—. Endimión no es el final, Serena. Piensas que no habrá nadie como él, pero la vida es así. A veces ganas, a veces pierdes, y hay ocasiones en las que perder te será más beneficioso que ganar.
—¡Pero no quiero perderlo! —Serena volvió a derramar lágrimas—. No quiero.
—Entonces ponte manos a la obra, y asegúrate que eso no pase.
En ese momento, Serena recordó las palabras de Saori. Por eso los hombres nos tildan de débiles y cobardes, por mujeres como tú. Habían sido palabras duras, pero ciertas. Las mujeres también tenían derecho a ser fuertes y a exponerse al peligro por las personas que amaban. Tengo que estar preparada para dar mi vida si es necesario. No puedo estar pensando como una adolescente todo el tiempo. ¡Tengo una responsabilidad que cumplir! ¡Se lo debo a Endimión! ¡Él entregó su vida por mí! ¡No seré menos que él!
Serena se levantó de la cama, sobresaltando un poco a Luna, y tomó el broche de transformación.
—¡POR EL PODER DEL PRISMA LUNAR!
Las Sailor Senshi miraban con horror cómo los demonios desataban el caos en la población. Al principio habían enfocado sus esfuerzos en destruir casas, edificios y vehículos, para luego atacar directamente a las personas.
—¡Sailor Mercury! —gritó Sailor Venus, quien estaba al frente, con los puños crispados y el ceño fruncido—. ¿Esos bastardos tienen algún punto débil?
La aludida, como siempre hacía en esas situaciones, activó su visor y tecleó frenéticamente en su computadora de bolsillo, encontrando patrones y haciendo diversos análisis. No obstante, sus manos temblaban a ratos y cometía algunos errores, pero al menos llegó a una conclusión prometedora.
—Fíjense en sus auras —dijo Sailor Mercury, apuntando con el dedo a uno de los demonios, cuya silueta era de un color celeste—. Ese es susceptible a la electricidad. Los rojos son débiles contra el agua, los verdes no resisten el fuego y los negros son demonios de miedo.
—¡Ya la escucharon! —chilló Sailor Venus, encarando a sus compañeras—. ¡Sailor Jupiter, te encargarás de los demonios celestes, Sailor Mars, desata el infierno entre los demonios verdes, Sailor Mercury, derrota a los demonios rojos! ¡Yo me encargaré de los demonios de miedo!
Y así, las Sailor Senshi se pusieron manos a la obra. Siguiendo al pie de la letra las indicaciones de Sailor Mercury, atacaron a los demonios de acuerdo al color de sus auras. Pronto fue evidente que aquella había sido una buena decisión, pero ellas solamente eran cuatro contra un ejército de seres oscuros que no tenían ninguna vacilación por atacar, herir o matar personas, con independencia de su edad, sexo, credo o situación económica. En la mayoría de las ocasiones, las Sailor Senshi conseguían salvar gente, pero eran tantos los demonios que la pérdida de vidas humanas era inevitable. Aquello fue mermando lentamente la determinación de las guerreras por mantener la lucha por el mayor tiempo posible mientras que Sailor Moon llegaba al campo de batalla.
Las Sailor Senshi estaban llegando al límite de sus fuerzas cuando Sailor Moon hizo acto de presencia. Vio que ellas estaban haciendo lo imposible para tratar de ganar esa batalla, pero los enemigos eran numerosos y las víctimas inocentes se multiplicaban como una plaga. Esto hizo que Sailor Moon crispara los puños. Claro, lágrimas escapaban por sus ojos, pero aquello no restó determinación en lo que debía hacer. Porque sabía qué era lo que venía a continuación.
No pienses en lo que puede pasar si no consigues rescatarlo. Piensa en lo que pasará si lo logras. ¡Serás feliz! ¿No es algo por lo que vale la pena luchar? Aquellas habían sido las palabras de Luna, las cuales se repetían ad infinitum en su cabeza. No sabía qué había sido de Endimión, pero sabía que sus amigas no podían correr el mismo destino.
Con eso en mente, Sailor Moon entró en acción.
Con firmeza y sin dudas, se sacó la tiara y la arrojó con todas sus fuerzas hacia los demonios. El halo de luz convertía en arena a cada ser oscuro que se interponía en su camino antes de volver a las manos de Sailor Moon. Las demás, al ver a la Sailor Senshi pelear junto a ellas, recobraron la moral y continuaron defendiendo y atacando, a veces combinando sus ataques con la tiara lunar, con resultados devastadores.
Dos horas estuvieron peleando, matando, defendiendo, sangrando y cayendo al suelo para volver a levantarse, hasta que el último de los demonios hubo caído a los pies de Sailor Moon. No obstante, la victoria había sido costosa.
Muy costosa.
Tres cuadras habían sido destruidas, había postes de luz caídos, cuerpos por doquier, niños llamando a sus padres y padres llamando a sus hijos, gritos que provenían de los escombros, humo brotando de los inmuebles… aquello era demasiado para Sailor Moon. Dio con sus rodillas sobre el pavimento, mirando la devastación con ojos llorosos, con indignación, con tristeza y con rabia. Las demás estaban de pie, con magulladuras en sus piernas y brazos, hilos de sangre corriendo por sus mejillas y sus uniformes manchados con tierra y sangre. Ninguna de ellas creyó que ser una Sailor Senshi pudiera implicar soportar tanta muerte y destrucción. Eran guerreras después de todo. Se suponía que debían pelear guerras, pero siempre era difícil lidiar con las consecuencias, sobre todo cuando el enemigo estaba tan empecinado en quitar o dañar tantas vidas como fuesen necesarias.
Por eso las Sailor Senshi se quedaron mudas y con ojos desorbitados cuando vieron que la batalla aún no había acabado.
No obstante, la nueva amenaza no era un ejército de demonios.
Sailor Moon se quedó de piedra al ver a la persona en la que más había pensado desde aquella fatídica noche en que recuperó los recuerdos del Milenio de Plata.
—Nada mal para unas simples guardianas —dijo Endimión, quien estaba solo, pero en lugar de usar un traje de etiqueta, usaba una armadura de aspecto brutal—, pero esto se termina aquí. Es bastante simple lo que deben hacer. Ríndanse, y les daré el placer de una muerte rápida y sin dolor.
—¿Pero qué diablos…? —dijo Sailor Mars, con la boca y los ojos abiertos.
—¿Qué te has creído? —rugió Sailor Jupiter, sin perder tiempo y atacando a Endimión con su ataque relámpago, pero él lo detuvo con su espada sin ningún problema.
—¿No quieren una muerte digna? —dijo Endimión calmadamente, como si tener a cinco guerreras frente a él no fuese peligro suficiente—. Está bien. No me dejan opción. Las mataré lenta y dolorosamente.
—¡Detente! —exclamó una voz llena de angustia y tristeza. Las demás giraron sus cabezas en dirección a Sailor Moon. Lucía como si su mundo hubiera llegado repentinamente a su fin—. ¡Tú eres Endimión, y yo soy Serena, tu princesa! ¿Acaso no lo recuerdas?
—Soy Endimión, pero no recuerdo ninguna Serena —repuso el aludido en un tono apropiado para un autómata—. Sí tengo una reina, y ella es Beryl. Yo soy su rey y haré todo lo que ella ordene.
Aquellas palabras le sentaron como un terremoto a Sailor Moon. Su mundo se puso patas arriba, su cerebro dejó de pensar correctamente, sus nervios se congelaron y sus músculos semejaban granito. ¿Por qué no me recuerda? ¿Por qué dijo esas palabras? ¡Se supone que recuperó todos sus recuerdos!
Unos pasos se escucharon detrás de Sailor Moon. Las demás voltearon sus cabezas y vieron algo que sabían que era imposible. No era uno, sino cuatro. Los cuatro Generales Celestiales estaban reunidos. Caminaban a paso lento hacia las Sailor Senshi, pero no parecían ponerles atención. De hecho, cuando llegaron hasta ellas, las ignoraron por completo y se pusieron al lado de Endimión.
—No matarán al príncipe de la Tierra —dijo Kunzite con su voz grave y los demás asintieron en señal de aprobación.
Esta vez fue el turno de Sailor Venus de poner una expresión vacante en su cara.
—Kunzite… ¿por qué?
—Endimión está poseído por Beryl —dijo Sailor Mercury desesperadamente, pero los Generales parecían no hacer caso. Finalmente. Zoisite tomó la palabra.
—Lo sabemos, pero eso no impide que cumplamos con lo que se nos ordenó —dijo el aludido sin emoción en sus palabras—. Si intentan agredir al príncipe de la Tierra, nosotros responderemos con toda nuestra fuerza.
—No nos hagan pelear contra ustedes, por favor —pidió Sailor Jupiter, tratando de reprimir las lágrimas—. No queremos matarlos, pero debemos proteger este mundo y, lo quieran o no, Endimión en este momento es una amenaza.
—Si eso es lo que se requiere… —dijo Nephrite, mirando a Sailor Jupiter como si jamás la hubiera visto en su vida, pese a que ninguno de los Generales estaba bajo el influjo de Beryl.
Parecía que las palabras no iban a ser suficientes para zanjar el conflicto. Las Sailor Senshi, cansadas como estaban, avanzaron hacia los Generales, lanzando sus poderes en contra de ellos, quienes hicieron lo mismo. Sailor Moon miraba con tristeza cómo sus guardianas y los guardianes de su príncipe se afanaban en protegerlos, tratando de hacerse el mayor daño posible. Era el Milenio de Plata una vez más, cuando Beryl intentó apoderarse del reino con la ayuda de sus Generales y las Sailor Senshi tuvieron que matarlos en esa oportunidad.
¿Acaso estaremos siempre destinados a pelear entre nosotros?
Sailor Moon recordó las palabras que había dicho el eco de la reina Serenity mientras estaba en las ruinas del Milenio de Plata.
Cosas malas siempre ocurren cuando hay un vínculo entre la Tierra y la luna.
¿Acaso es cierto? ¿Nunca habrá paz mientras desee el corazón de Endimión? ¿Acaso tendré que desistir de estar a su lado? ¿Acaso es la única alternativa para terminar con este conflicto? ¿Deberé renunciar al amor por el bien de este mundo?
Sailor Moon crispó los puños.
¡No! ¡El día en que nosotros renunciemos al amor será el día en que dejemos de considerarnos humanos! ¡Tiene que haber otra solución!
El Reino Oscuro, en ese momento
—Tu plan ha funcionado a la perfección —dijo Metalia lentamente. Beryl no podía estar más contenta por la aprobación de su líder—. Puedo sentir que el Cristal de Plata está incrementando su poder, haciéndome más fuerte. ¡Pronto los terrícolas no conocerán otra cosa más que la desesperación!
—¡Y Endimión al fin es mío! —exclamó Beryl, paseándose de un lado a otro del amplio salón—. ¡No sé cuánto tiempo esperé para este momento!
Metalia no dijo nada. Beryl siguió hablando.
—Es verdad que debí lavarle el cerebro para que estuviera a mis órdenes, pero será cuestión de tiempo para que ya no lo necesite y pueda estar con él hasta el fin de los tiempos.
Y Metalia seguía sin decir palabra alguna. Beryl vio cómo su aura oscura iba aumentando de tamaño lenta pero sostenidamente. Ambas había conseguido lo que deseaban. Era un gran día para el mal.
—Beryl —dijo al fin Metalia—, ¿te gustaría ser más poderosa y hermosa de lo que jamás fuiste?
Beryl escuchó las palabras pero tardó un momento en procesarlas. No podía creer que Metalia le estuviera dando la oportunidad de su vida. Tenía la posibilidad de ser más de lo que jamás fue, lucir como toda una diosa frente a Endimión para que jamás la abandonara y reinaran el planeta Tierra por mil años y más allá.
—¿De verdad me está ofreciendo más poder y belleza?
—Has sido una buena sierva —repuso Metalia, quien lucía complacida—. Conseguiste el Cristal de Plata y lo has traído a mis manos. No es más de lo que mereces.
—Entonces acepto con gusto, gran reina —dijo Beryl con ansias, acercándose a la forma oscura de Metalia y extendiendo ambos brazos hacia el cielo—. Te ayudaré a conquistar mil planetas y a que seas la ama indiscutida de este universo.
—Te creo —dijo Metalia, antes que un rayo de luz negra envolviera a Beryl. Ella exclamaba de alegría al saber que estaba logrando lo que no había podido en los tiempos del Milenio de Plata. Sería más bella y gloriosa de lo que la reina Serenity jamás fue, reinaría la Tierra junto con Endimión y estaría al servicio de la gran reina Metalia. Más gloria no podría haber obtenido.
Fue cuando comenzó a sentir un poco de dolor. Beryl se miró sus manos y notó que se estaban deshaciendo en miles de partículas de polvo. No entendía nada. Metalia le había prometido gloria y belleza. ¿Por qué su cuerpo se estaba desintegrando delante de sus propios ojos?
—Reina tonta —dijo Metalia con su acostumbrada voz tenebrosa, lo que hizo que Beryl cobrara conciencia de que había sido solamente un peón de un juego mucho más grande y siniestro de lo que había imaginado—, ¿de verdad creíste que iba a honrar nuestro acuerdo? Tus ambiciones son insignificantes, dignas de una niña malcriada. No mereces la gloria y la belleza que deseas. En lugar de eso, formarás parte de mi fuerza y tu esencia desaparecerá en un mar de odio y miedo. La reina Beryl ha dejado de existir.
Y fue con las últimas palabras de Metalia que Beryl sintió fuego en su interior a medida que su visión se iba nublando en nada. Lo último que pudo ver antes de morir fue un resplandor plateado en medio de un océano de oscuridad.
Tokio, 21 de febrero de 1992, 12:27a.m.
Tanto las Sailor Senshi como los Generales apenas podían seguir peleando. Sailor Mars era la única que seguía dando batalla, pero las demás estaban en cuatro sobre el pavimento, la sangre mezclándose con el sudor. Los Generales también lucían exhaustos, pero podían mantenerse de pie.
—¿Por qué peleamos entre nosotros? —exclamó Sailor Mars, sus piernas temblando y atacando con todas las fuerzas que le quedaban a los cuatro Generales—. ¿Por qué se empeñan en defender a alguien que claramente está bajo el influjo del enemigo?
El último ataque de Sailor Mars derrumbó a todos los Generales, pero sus fuerzas finalmente se habían agotado y, con una sonrisa cansada, cayó de espaldas al suelo, respirando agitadamente. Los Generales trataron de levantarse una vez más, pero el cansancio les traicionó.
Endimión parecía complacido con el resultado de la batalla. También sabía que los Generales estaban actuando por cuenta propia, pero eso solamente había trabajado a su favor. Solamente quedaba una Sailor Senshi, la que estaba de pie frente a él, devastada por el combate que recién había acabado.
Sailor Moon, por otro lado, tenía sus ojos vidriosos, apenas creyendo lo que estaba ocurriendo frente a ella. Sus amigas habían cumplido con su propósito original, pero ya no había nadie que se interpusiera entre ella y el peligro. De todas formas, ya no podía pedirle más a sus guardianas. No obstante, algo era diferente entre el pasado y el presente.
En los tiempos del Milenio de Plata, ella era una princesa indefensa, sin poder alguno del que echar mano para combatir a los enemigos. Había necesitado la ayuda de sus guardianas y del mismo príncipe Endimión para protegerla de las amenazas, pero eso no había impedido en absoluto su muerte. No obstante, en ese preciso minuto, disponía de las herramientas para pelear. Ya no era una chica indefensa. Era Sailor Moon, y no importaba quién fuese el enemigo, siempre se las arreglaría para castigarlo en el nombre de la luna.
Siempre con lágrimas en los ojos, Sailor Moon cogió su tiara y la lanzó con todas sus fuerzas hacia Endimión. Él se disponía a bloquear aquel ataque con su espada, pero algo inesperado ocurrió.
La espada se rompió en varios pedazos, pero la tiara también se hizo trizas. Los trozos cayeron como lluvia de metal sobre el suelo, dejando tanto a Endimión como a Sailor Moon enraizados al pavimento, incapaces de entender qué diablos había ocurrido. Sin embargo, Sailor Moon pronto comprendió que la agresión convencional no iba a resolver el entuerto.
—Endimión —dijo Sailor Moon, dando uno, dos, tres pasos en su dirección—, no sé qué te hizo el enemigo para que seas uno de ellos, pero sé que tú eres mío, y creo que tú también lo sabes, muy en el fondo.
—Ya te dije que no te conozco —repuso Endimión con firmeza—. Yo pertenezco a la gran reina Beryl. Tú solamente eres una mocosa insolente que merece morir.
Sailor Moon se estremeció ante las palabras de Endimión, pero siguió avanzando, acercando ambas manos pero no juntándolas. Inmediatamente un brillo plateado apareció entre ambas palmas.
—Yo no creo eso, Endimión —dijo Sailor Moon, acortando distancias con él de forma más decisiva—. Y sé que tú no crees eso, por mucho que creas que has vendido tu alma al diablo. Para mí, siempre serás mi príncipe, el hombre que yo amo, el hombre al que jamás dejaré de amar. ¿Qué no lo ves? Ni el mismo tiempo puede vencer nuestro amor. Después de miles de años, nuestros sentimientos no han cambiado.
—¿Qué sentimientos? —desafió Endimión, esgrimiendo un puño en contra de Sailor Moon—. Hablas puras tonterías. Jamás hubo algo entre nosotros. Ya te he repetido que mi reina es Beryl—. Endimión extendió un brazo y un viento oscuro casi hizo que Sailor Moon trastabillara, pero se mantuvo firme, apretando los dientes y protegiéndose del viento inclinándose hacia delante.
—No importa cuántas veces lo niegues —dijo Sailor Moon con dificultad, separando sus manos al tiempo que el brillo plateado desapareció. Endimión notó que Sailor Moon ahora esgrimía una espada de aspecto pesado—. Siempre volveré a tus brazos y tú siempre me estrecharás entre ellos. Estábamos destinados a amarnos desde incluso antes de nacer.
Sailor Moon ya había llegado frente a Endimión cuando una forma oscura hizo su aparición sobre la ciudad. Era como un murciélago siniestro que planeaba lentamente por el cielo, oscureciendo el cielo y sembrando el miedo y la desesperación entre los habitantes de Tokio y del mundo entero.
—Mátala, Endimión —dijo la voz de Metalia—, y ambos seremos más poderosos de lo que jamás fuimos. ¡Mátala!
Relámpagos comenzaron a caer sobre el suelo, desatando apagones, matando personas y dañando edificios. El ambiente se antojaba apocalíptico, pero Sailor Moon, incluso de cara al Armagedón, no se detuvo hasta estar a escasos centímetros de Endimión.
—Te mataré, Sailor Moon.
—¿Por qué esperar? —dijo la aludida con una sonrisa que se oponía a las lágrimas que rodaban por sus ojos—. Prefiero morir a pelear contigo.
Endimión se quedó helado al ver que Sailor Moon se aferró a él, abrazándolo con firmeza, reposando su cabeza sobre su pecho, sonriendo y derramando lágrimas al mismo tiempo.
—Lo único que lamento es lo que voy a hacer ahora —dijo Sailor Moon, haciendo un movimiento que no pasó desapercibido para Metalia—. Espero que me perdones, porque no quiero vivir en este mundo sin ti y, al mismo tiempo, no quiero que sigas bajo el poder del enemigo. Después de esto, ambos seremos libres.
Metalia iba a advertir a Endimión, pero fue demasiado tarde. Sailor Moon alzó la espada lunar con ambos brazos, cerrando los ojos, con la esperanza de no sentir nada cuando todo hubiese acabado.
El inesperado movimiento de Sailor Moon tampoco había pasado de forma inadvertida para las Sailor Senshi. No obstante, nada podían hacer ya, pues sus cuerpos no respondían por culpa de tanto batallar.
—¡Sailor Moon! —gritó Sailor Venus.
—¡No lo hagas! —exclamó Sailor Mercury.
—¡SERENA! —chilló Sailor Jupiter. Sailor Mars, mientras tanto, no decía nada. Estaba dividida entre el terror de ver a su compañera hacer lo que iba a hacer y su admiración por ella.
Pero, por mucho que ellas llamaran a Sailor Moon, no había forma de evitar la catástrofe.
Perdóname, Endimión, pero es la única forma.
Sailor Moon empleó todas sus fuerzas para hundir la espada lunar por la espalda de Endimión. Él se estremeció y profirió un gemido ahogado al sentir la hoja horadar su corazón. Sin embargo, aquella era solamente la mitad de la tragedia, pues no era el único corazón roto por la espada.
Las Sailor Senshi veían, con sorpresa y espanto, que la hoja de la espada también había atravesado el pecho de Sailor Moon. La punta de ésta había sobresalido por su espalda, derramando sangre y manchando su uniforme.
El silencio en Tokio era de muerte.
