XVII
Sobredosis de poder

Washington, 21 de febrero de 1992, 03:14a.m.

—Señor, tenemos imágenes de lo que está pasando en Tokio —dijo el técnico de vigilancia a Herbert Dixon, quien todavía observaba la labor del profesor Tomoe. Él se volteó y miró al técnico con leve curiosidad.

—Estás demasiado ocupado en tus cámaras de vigilancia que no ves lo que está pasando en nuestro propio país —dijo Herbert, mirando por una de las tantas cámaras de seguridad en las afueras del perímetro en el cual estaba enterrado el complejo—. Esa oscuridad no es normal. Puedes escuchar los gritos afuera.

—Pero el evento tiene su origen en Tokio —insistió el técnico, tratando de que Herbert mirara por sus pantallas—. Hay algo… oscuro ganando fuerza allá, pero al mismo tiempo estoy detectando picos de energía que superan los diez zettajoules.

Herbert tragó saliva.

—¿Diez zettajoules?

—Sí, señor. Además, la longitud de onda es idéntica a la que nuestros sensores percibieron el pasado 14 de febrero.

Es el Cristal de Plata otra vez se dijo Herbert, llevándose una mano al mentón. ¿Pero por qué ahora emite el doble de energía que la primera vez? ¿Acaso su poder no tiene límites? ¿Qué es lo que alimenta al cristal?

—¿Qué diablos es esa forma oscura?

—No lo sé, señor, pero el pico de energía proviene de su centro. Tengo una cámara apuntando al objeto en este momento. ¿Desea verlo con más detalle?

—Compláceme.

La imagen que mostraba la cámara hablaba de un entorno que se antojaba apocalíptico. Había edificios derrumbados, rayos cayendo al azar, gente herida, muerta y que parecía gritar por ayuda. Y, en el centro de la pantalla, dominando casi todo el horizonte, había una figura más negra que la noche. Lucía como si fuese un murciélago superdesarrollado, pero lo que más le llamó la atención a Herbert era el brillo plateado que provenía del centro de la silueta oscura. No obstante, notó algo más en la imagen, algo que el técnico aparentemente no había advertido.

—¿Puedes aumentar la imagen hacia ese punto?

El técnico giró una perilla y la imagen fue agrandándose hasta que Herbert vio con más detalle lo que había visto antes. Había un total de ocho cuerpos, todos los cuales le resultaban muy familiares.

—Son los Generales —dijo Herbert, acercándose más a la pantalla—, y las Sailor Senshi. Siguen con vida, pero parece que están muy débiles. Esto me está gustando cada vez más.

Herbert siguió inspeccionando la imagen y vio, para su asombro y alegría, a Sailor Moon y a un sujeto ataviado con una armadura, ambos atravesados por la misma espada. No tenía idea de lo que había pasado, pero a Herbert le convenía mucho lo que estaba viendo. Sailor Moon pronto será cosa del pasado. Y sus compañeras la van a acompañar al infierno, de eso no hay duda.

Herbert miraba con evidente regocijo las imágenes de los minutos finales de las Sailor Senshi, cuando de pronto ocurrió algo que hizo que abriera mucho los ojos. Estupefacto, Herbert Dixon se dio cuenta que nada podía darse por sentado cuando se trataba de Sailor Moon.

La Casa Blanca, en ese mismo momento

El presidente Jackson MacArthur tenía varias cosas en su mente, pero todas ellas eran de carácter protocolar: reuniones con dignatarios de otros países, discusiones sobre política exterior, más reuniones con el Consejo de Seguridad Nacional, entre otras cosas. En resumen, más de lo mismo.

Jackson era un demócrata desde que comenzó su carrera en la Fuerza Aérea norteamericana. Hizo unas cuantas misiones durante la operación Tormenta del Desierto, en las cuales había mostrado habilidades superiores a la mayoría de los pilotos de aviones de guerra, cosa que le había granjeado el ascenso al rango de coronel. Luego de su retiro, Jackson postuló como senador por el estado de Florida. Fue durante ese periodo cuando se dio cuenta que la política era un juego en el que daba lo mismo si uno se ensuciaba las manos o no. Y él escogió no hacerlo, pues él venía de una familia de clase trabajadora y sabía que no había recompensa sin esfuerzo.

Su llegada a la Casa Blanca estuvo plagada de polémicas, acusaciones de falsificación de votos y supuestos romances con conocidas actrices porno. Claro, uno podía fácilmente concluir que todo eso formaba parte de una campaña de desprestigio por parte del candidato rival… y tendría razón. En una actuación poco ortodoxa para un candidato a la presidencia, Jackson solamente aceptó donaciones que no superaban los mil dólares y negó cualquier afiliación con empresas privadas, sobre todo con las que pertenecieran al lucrativo rubro de la defensa. Muchos analistas creían que Jackson estaba condenado a perder las elecciones porque le faltaba talento político y capacidad de ensuciarse las manos, sin embargo, el pueblo no estaba de acuerdo y Jackson fue elegido en una segunda vuelta reñida.

Pero haber sido elegido presidente no significaba que sus promesas de campaña se iban a cumplir. El partido demócrata tenía que obtener la mayoría en el senado y en la Cámara de Representantes para que pudiera ejercer real poder político, cosa que por poco no se logró. Aun así, estaba teniendo problemas para que sus nuevas políticas fuesen implementadas, pues el poder político por sí solo no era suficiente. Sus proyectos estaban siendo constantemente retrasados por el sector privado, y eso incluía bancos y corporaciones energéticas que, de manera misteriosa, habían vuelto a tomar el control de la economía. Era extraño que, hace solamente tres semanas atrás, los bancos apenas tuvieran participación en la política exterior y las compañías energéticas estuvieran a punto de declararse en quiebra debido a la proliferación de tecnologías alternativas.

Jackson pensaba en esas cosas cuando un hombre alto, que también parecía haber servido en alguna rama de las fuerzas armadas, apareció en el Despacho Oval, llevando un sobre en el que claramente se podía leer "Alto Secreto" en letras rojas bien visibles.

—Buenas noches, señor presidente.

El presidente MacArthur apenas se había percatado de la hora que era. Consciente de lo que implicaba la falta de sueño para su desempeño laboral, acudió al Despacho Oval para encargarse de que las reuniones que iba a tener mañana resultasen como él quería. Además, el hecho que el Secretario de Defensa estuviera presente allí a esas horas de la madrugada, hablaba de que algo muy serio había ocurrido.

—Buenas noches, Desmond —dijo el presidente, bebiendo un sorbo de café—. ¿Con qué malas noticias vienes ahora?

—Bueno… no son exactamente malas noticias… aparte de lo que está pasando en Tokio. Es un informe de NORAD. Tiene que verlo con sus propios ojos.

Desmond Hudson dejó el sobre en la mesa y el presidente lo tomó, con incertidumbre sobre lo que iba a encontrar. Abrió uno de los extremos y extrajo varios papeles e imágenes en blanco y negro. Las imágenes habían sido obtenidas por un sensor infrarrojo y uno de rayos x, pero no había que ser un experto en interpretación de imágenes para entender que esa silueta oscura no era un avión de pasajeros o un satélite de telecomunicaciones.

—¿Qué es? Tiene la forma de una… estrella de muchas puntas.

—Ha estado orbitando el planeta desde hace unos días, de acuerdo con el informe de NORAD —dijo Desmond Hudson, señalando con el dedo la silueta con forma de estrella—. Nuestra mejor teoría es que se trata de una nave extraterrestre.

El presidente se quedó en silencio por un rato, tratando de dimensionar las repercusiones de las afirmaciones del secretario Hudson y hallando alguna otra explicación para la repentina aparición de tal figura en el espacio.

—¿No tenemos ningún prototipo allá arriba?

—Nada, señor. Esto es nuevo, algo que nunca habíamos visto antes.

—¿Ha tratado de comunicarse con nosotros?

—No, pero los astrónomos de SETI han podido interceptar algunas transmisiones provenientes del objeto. La mayoría de las señales contienen una extraña modulación que hace casi imposible descifrar el contenido, pero en SETI pudieron descifrar una frase.

El presidente frunció el ceño.

—¿Sólo una? ¿Y qué dice?

—Es algo que se repite una y otra vez. Hablaba de "atrapar al conejo", pero nada más pudimos sacar en limpio.

Aquello era inesperado. "Atrapar al conejo" sonaba como una frase muy genérica, por lo que el presidente dedujo que podía tratarse de una frase en código. Lo que más le sorprendía, sin embargo, era otra cosa.

—Si dices que ese objeto es extraterrestre, ¿por qué diablos hablan de atrapar un conejo? ¿No crees que suena muy "humano"?

—La transmisión no fue textual, señor presidente —dijo Desmond Hudson, indicando una página del informe de NORAD—. SETI tuvo que efectuar una especie de traducción usando los nuevos procesadores neurales que fueron desarrollados hace poco en Silicon Valley. Era la única frase que pudo ser traducida, porque los otros mensajes están "protegidos" por la estática. No pudimos obtener nada del resto de las transmisiones.

—Esto es extraño —dijo el presidente, examinando el resto del informe con el ceño fruncido—. ¿Por qué las transmisiones de una nave extraterrestre hablaría de atrapar un conejo?

—Tenemos varias teorías, pero ninguna tiene sentido. Lo que más me preocupa, señor presidente, es si la nave es hostil o no. Mi trabajo es asegurar la seguridad de la nación y, por definición, tengo que asumir que cualquier objeto que aparece de manera repentina en el espacio es una potencial amenaza.

—No podemos actuar sin pruebas sólidas de agresión.

—¿Quiere esperar a que esa nave nos ataque para asegurar que son hostiles? Para cuando eso suceda, puede que sea demasiado tarde. No sabemos nada sobre las capacidades bélicas de la nave.

—Y es por eso que debemos esperar —dijo el presidente en un tono perentorio—. Puede que sean hostiles, puede que no, pero no voy a arriesgar a atacar seres inteligentes cuyos propósitos desconocemos. Tal vez vienen con intenciones pacíficas.

—¿Y qué hay con eso de "atrapar al conejo"? A mí no me sonó demasiado pacífico que digamos.

—Desmond —dijo el presidente en un tono cordial—, eres el Secretario de Defensa. Está entre tus deberes informarme de cualquier potencial amenaza a nuestra nación. Déjame a mí las decisiones. Y, en este momento, he decidido que, mientras no haya claras muestras de agresión, lo único que haremos será monitorear la situación. ¿De acuerdo?

Desmond Hudson bajó los hombros, derrotado.

—Se hará como usted ordene, señor.

—Buen hombre —dijo el presidente con una sonrisa cansada—. Deberías tomarte un pequeño descanso. A todos nos hace bien.

El Secretario de Defensa dio media vuelta y salió del Despacho Oval sin mirar atrás. El presidente volvió a tomar asiento, suspirando. Esos Secretarios de Defensa ven amenazas hasta debajo de nuestras lenguas. ¿Quién podría vivir tranquilo así? Al final, decidió ocuparse de los asuntos que habían hecho que abandonara la comodidad de su cama y ver si podía arañar unas pocas horas de sueño.

Tokio, 21 de febrero de 1992, 03:34p.m.

Sailor Moon podía sentir la fría hoja horadar su carne y perforar su corazón y, sin embargo, no sentía dolor alguno. Abrió los ojos y se encontró con los de Endimión, cuyas pupilas estaban dilatadas. Ya no ostentaba esa expresión de odio que había mostrado desde que llegó a las calles de Tokio.

Y Endimión habló.

—Sa-Sailor Moon.

Ella derramó lágrimas, las cuales rodaron por sus mejillas.

—Endimión. ¿Me recuerdas?

—Te… te recuerdo. Pero, ¿por qué estoy muriendo?

Sailor Moon hipó.

—Prefiero morir a verte matar gente en nombre del enemigo. Pensé que te estaba liberando también

—L-lo conseguiste —balbuceó Endimión, notando que le era cada vez más difícil respirar—. Fue como… como si d-despertara de una pesadilla. Gracias p-por liberarme.

—Al menos moriremos juntos —dijo Sailor Moon, pero, por alguna razón, no se sentía como si estuviera perdiendo la vida—. No vale la pena vivir en este mundo sin ti. Tampoco vale la pena que vivas bajo el yugo del enemigo.

—Fue la… mejor decisión que pudiste ha-haber tomado —dijo Endimión, ya casi sin fuerzas—. No habría podido despertar s-si no hubieras… hecho lo que hiciste. N-nos iremos juntos d-de este m-mundo y podremos a… a…

Sailor Moon abrazó con más fuerza a Endimión, todavía sin entender por qué su vida no llegaba a su fin, mientras que el calor de él estaba desapareciendo lentamente. Lo siguiente que pudo notar fue que la espada había desaparecido y que Endimión se había desplomado al suelo, sin respirar, sin pensar, sin vida.

¿Por qué no muero? ¿Qué está pasando? ¿Por qué Endimión está muerto y no yo? ¡Se supone que ambos debíamos morir! ¿Por qué?

A cierta distancia de los pensamientos de Sailor Moon, Sailor Mercury se puso de pie como pudo y activó su visor, viendo lo que Sailor Moon no podía ver.

Un pico de energía en el pecho de Sailor Moon. ¿Por qué? Se supone que no tiene el Cristal de Plata en su poder.

Sailor Mercury notó que la espada no se podía ver por ninguna parte. Inmediatamente, extrajo su computadora de bolsillo y ejecutó un algoritmo de comparación entre la energía que brotaba del pecho de Sailor Moon y la energía que había detectado cuando estaba en las ruinas del Milenio de Plata.

¡Es la misma energía! Pero… pero eso significa que… la espada está reemplazando al Cristal de Plata, pero, ¿por qué? ¿Qué pretendes hacer, Sailor Moon?

Mientras tanto, Metalia comenzó a darse cuenta que algo estaba saliendo mal, muy mal. Era cierto que se estaba haciendo cada vez más poderosa, pero hasta una entidad como ella tenía sus límites. El poder del Cristal de Plata se estaba haciendo casi intolerable, pero Metalia no entendía por qué estaba ocurriendo eso. No podía comprender de dónde había ganado tanta fuerza, al menos hasta que recordó lo que había ocurrido delante de sus propios ojos.

Endimión. ¡Esa maldita de Sailor Moon se atrevió a matar a Endimión! Pero, ¿qué tiene que ver eso con el Cristal de Plata? No… espera un momento… ella y Endimión fueron atravesados por la misma espada. ¡No, no, NO! ¡Maldita Sailor Moon! ¡Me las vas a pagar!

Esencialmente, el sacrificio de Sailor Moon había brindado al Cristal de Plata un poder tal que le era imposible soportar. Y, sin embargo, Metalia no quería separarse de la gema, pues era lo que le estaba haciendo ganar la guerra contra las Sailor Senshi. Puedo soportarlo. ¡Puedo soportarlo! Metalia siguió ejerciendo su poder sobre el mundo, haciendo que más ciudades en diversos países sufrieran los mismos efectos que en Tokio.

Sin embargo, Sailor Mercury sabía que Metalia estaba llegando a su límite. La oscuridad alrededor del Cristal de Plata se estaba disolviendo lentamente e imaginó que ella debía estar soportando un dolor indescriptible.

—Chicas —dijo Sailor Mercury, cerrando su computadora de bolsillo—. Miren eso. Metalia no puede aguantar el poder del Cristal de Plata. Puede que todavía tengamos la oportunidad de ganar esta batalla. Debemos llegar hasta donde está Sailor Moon.

Sailor Venus también se puso de pie con cierta dificultad.

—Sailor Mercury tiene razón —dijo, haciendo que Sailor Mars y Sailor Jupiter alzaran sus cabezas—. No podemos rendirnos mientras nos queden energías para pelear. ¡Vamos! ¡Debemos llegar hasta Sailor Moon!

Temblando de la cabeza a los pies, Sailor Mars y Sailor Jupiter también se pusieron de pie y, junto a Sailor Venus y Sailor Mercury, avanzaron hacia Sailor Moon, dando tumbos, a veces tropezando con el propio cansancio, pero siguieron adelante, animadas por el creciente halo de luz que estaba sobreponiéndose a la oscuridad.

Metalia ya no pudo tolerar la agonía que suponía contener tanto poder y soltó el Cristal de Plata, sintiendo un alivio inenarrable. De todas formas, había acumulado suficiente fuerza para arrasar con el mundo entero. Ya no importaba si tenía la gema o no. No había salvación alguna.

Sailor Moon vio que el Cristal de Plata flotaba delante de ella y lo tomó entre sus manos. De inmediato, sus brazos comenzaron a temblar violentamente y su cuerpo se llenó de un calor que iba creciendo dolorosamente. ¿Qué pasa? ¿Por qué me duele sostener el Cristal de Plata? ¿Será porque maté a Endimión? ¿Tendrá demasiado poder? Pronto, Sailor Moon sentía que cada poro de su piel exclamaba en agonía y temió que su cuerpo se derritiera si seguía sosteniendo el Cristal de Plata por más tiempo.

—¡Sailor Moon! —exclamó Sailor Venus con las fuerzas que le quedaban—. ¡No sueltes el Cristal de Plata, hagas lo que hagas!

—Chicas —dijo Sailor Moon débilmente, doblando las rodillas, como si estuviera sosteniendo el peso del mundo con sus manos—, ya… ya no puedo más. Es… demasiado… poder—. Sailor Moon soltó una carcajada triste—. No soy… tan fuerte… después de todo.

—Puede ser —dijo Sailor Mars, quien llegó primero al lado de Sailor Moon—, pero puedes estar segura que contarás conmigo y con las demás cada vez que nos necesites. Sola no eres gran cosa, pero con nosotras, ¡eres invencible!

Sailor Mars tomó a Sailor Moon por el hombro y ella notó que sostener el Cristal de Plata ya no suponía un dolor tan terrible. Después, fue el turno de Sailor Mercury poner su mano en el otro hombro de Sailor Moon.

—Nunca estarás sola, Sailor Moon —dijo Sailor Mercury—. No seríamos dignas de llamarnos tus amigas si alguna vez te abandonamos.

—No importa que no lo creas, pero debes ser fuerte, por todos nosotros —añadió Sailor Jupiter, tomando el hombro de Sailor Mercury mientras que Sailor Venus hacía lo propio con Sailor Mars.

—¡Adelante! —dijo Sailor Venus alegremente—. ¡Vence al enemigo y salva al mundo!

Con el apoyo de sus amigas, Sailor Moon ya no sentía el Cristal de Plata pesado. De hecho, podía sostenerlo sin problemas. Fue cuando la gema, de algún modo, se abrió. Todas pensaron que se había roto, pero Sailor Moon vio que solamente se había transformado. Ahora el Cristal de Plata tenía la forma de una flor.

Desgraciadamente, Metalia lo había visto todo y supo, con horror, que sus ambiciones estaba a punto de fracasar de forma monumental. Desesperada por una victoria definitiva, Metalia concentró todo su poder en el grupo de cinco guerreras que entre todas ellas sostenían el Cristal de Plata en su verdadera forma.

En este mismo momento van a morir.

Pero cuando Metalia iba a desatar toda su furia contra las Sailor Senshi, vio otra cosa que la dejó helada.

Sailor Moon había sufrido otra transformación. Ya no tenía el uniforme de Sailor Senshi que la caracterizaba, sino que un vestido blanco con bordes dorados. En su frente brillaba el símbolo de la familia real de la luna. Maldición. ¡Es la princesa! ¡Esta es mi oportunidad! ¡Debo matarla cuanto antes!

Al otro lado de la situación, la princesa miró hacia la oscuridad y supo lo que necesitaba hacer. Extendió los brazos hacia Metalia y un rayo plateado brotó del Cristal de Plata, encontrándose con el rayo negro de Metalia. Hubo un rato en el que no hubo un claro ganador en aquel juego del tira y afloja, durante el cual todo el cuerpo de la princesa Serena tembló, frunciendo el ceño y apretando los labios, sabiendo que sus amigas estaban allí para ayudarla.

Desafortunadamente para Metalia, el poder del Cristal de Plata era superior a sus fuerzas. El tira y afloja fue dando paso a un sostenido retroceso de su rayo oscuro, pese a que estaba usando todos los recursos de los que podía echar mano. Cuando su visión se llenó de luz plateada, supo que había subestimado groseramente la fuerza del Cristal de Plata y el dolor en su cuerpo etéreo quemaba como el infierno mismo. Podía sentir cómo su ser se disgregaba lentamente, al tiempo que era mortificada por el suplicio más abrumador que jamás hubo sentido antes de disolverse en la nada.

Después de la desaparición de Metalia, el cielo comenzó a aclararse lentamente, pero eso solamente hizo evidente la devastación, las muertes y el sufrimiento que Metalia había regado no solamente por Tokio, sino que por el resto del mundo. Aún había gritos, tanto de dolor como de angustia, gritos de personas llamándose entre sí y edificios que se caían a pedazos.

A la princesa Serena le dolía ver el precio de la victoria reflejado en la misma ciudad. No obstante, su cuerpo ya no podía sostenerse por sí mismo. Lo sentía como si estuviese hecho de arena mojada, pero tenía una tarea más que cumplir antes de que el cansancio finalmente la venciera.

Se inclinó con mucha dificultad sobre el cuerpo del príncipe y extendió la mano que sostenía el Cristal de Plata sobre su pecho.

Por favor, Cristal de Plata, devuélveme a mi Endimión. Él no merecía morir por mí o por nadie. Dame algo de tu poder para corregir mi error.

La flor de cristal brilló una última vez antes de convertirse en piedra, pero bastó para que Endimión abriera los ojos y viese a su princesa devolverle la mirada con lágrimas de alegría. Se sentó sobre el pavimento destrozado al tiempo que la princesa ya no pudo contra el cansancio y se desplomó, inconsciente sobre el suelo. Las demás Sailor Senshi también estaban hechas polvo y colapsaron una a una, en el momento en que los Generales se ponían de pie con dificultad.

—¿Qué pasó? —preguntó Endimión, mirando a su alrededor.

—Estabas bajo el influjo de Metalia —dijo Kunzite, bajando un poco la cabeza—, y nosotros acudimos como tontos a protegerte, sabiendo lo que te había ocurrido. Y ellas —añadió, mirando a las Sailor Senshi— pagaron el precio.

—Lamentamos haber puesto nuestra misión antes que a ellas —dijo Nephrite, acercándose a Sailor Jupiter y tomándola en brazos—. Tenían razón sobre ti.

—Al menos Metalia ya no puede destruir nada —añadió Jadeite, imitando a Nephrite y cargando con Sailor Mars, mientras que Zoisite hacía lo propio con Sailor Mercury—. Les debemos todo a las Sailor Senshi.

Kunzite tomó en brazos a Sailor Venus, mirando los edificios derrumbados y escuchando las sirenas de las ambulancias y los bomberos, preguntándose si pudo haber salvado más vidas si no hubiese puesto su misión por encima de las circunstancias. Por otra parte, Endimión cargaba con la princesa, quien había vuelto a ser Sailor Moon, pensando en la enorme laguna mental que tenía dentro de su cabeza. No recordaba nada sobre haber sido poseído por Beryl y Metalia. Pero sabía que esos asuntos debían esperar. El asunto más urgente era hacer que Sailor Moon y sus amigas descansaran apropiadamente y, si era posible, reanudar la relación que había entre ellos, rota hace mucho tiempo por el ser que acababa de ser derrotado.

Washington, 21 de febrero de 1992, 10:15a.m.

—Le tengo buenas noticias —dijo el profesor Tomoe a un expectante Herbert Dixon, quien tenía ojeras por haber pasado la noche anterior en vela—. He conseguido aislar la causa del problema. Era, en efecto, una consecuencia de la transferencia imperfecta de las conciencias de Sailor Galaxia y la reina Serenity. La terconalina no es el mejor agente para el procedimiento pero, para ser justos con mis padres, era lo mejor que se podía hacer en ese tiempo. ¿Todavía tiene los cuerpos?

—El de la reina Serenity lo conservo en hielo. Sailor Galaxia está en animación suspendida.

—Bien. Necesito una muestra de cerebro de ambas.

Los ayudantes del profesor Tomoe procedieron a acatar sus instrucciones. La tarea no habría resultado en absoluto fácil de no ser por la tecnología que Herbert Dixon poseía. Usando un taladro láser para perforar el cráneo y escalpelos cerámicos, la obtención de muestras no tomó más de quince minutos.

—Por favor, tiéndase sobre la cama y exponga el brazo izquierdo —indicó el profesor Tomoe y Herbert obedeció sin cuestionamientos—. Lo que haré es disolver los tejidos con ácido y mezclar el contenido con 3-terbutalina clorhidrato. Se lo inyectaré vía intravenosa. Debería tener efecto dentro de cuarenta minutos.

La inyección no fue para nada placentera. Por momentos, Herbert sintió que le estaban inyectando ácido sulfúrico en sus venas, pero afortunadamente, la sensación solamente duró unos dos minutos.

—La 3-terbutalina clorhidrato es una versión mejorada de la terconalina —explicó el profesor Tomoe, maniobrando su cronómetro para medir el tiempo que tomaba el químico en hacer efecto—. Corregirá las imperfecciones gracias a los marcadores genéticos que mezclé con el principio activo. Lo que espero es que expulse el material genético defectuoso a través del vómito. Si lo hace, por favor, hágalo en el matraz que voy a poner junto a usted.

Herbert estuvo esperando cuarenta y tres minutos, de acuerdo con el cronómetro del profesor Tomoe, cuando sintió que se le revolvía el estómago por ninguna razón en particular. No reprimió el líquido que ascendía por su esófago y vomitó en el matraz, justo cuando un equipo de seis hombres acarreaba lo que parecía un sarcófago de metal. Herbert tosió y uno de los asistentes del profesor Tomoe le tendió un vaso con agua.

—Le evaluaremos por las próximas cuarenta y ocho horas —dijo el profesor Tomoe—. Si no escucha voces o ve imágenes en su cabeza, significa que el procedimiento tuvo éxito.

—Estupendo —dijo Herbert, sintiéndose mucho mejor que antes—. Veo que el paquete especial ha llegado. Justo a tiempo.

Herbert se puso de pie y se dirigió al sarcófago de metal. Pasó un dedo lentamente por su superficie y se detuvo en uno de los extremos, mirando a través de la rendija protegida por plexiglás. Compuso una sonrisa.

—Profesor Tomoe, tengo una pregunta para usted.

—Soy todo oídos.

—¿Qué pasaría si le inyecto el vómito por vía intravenosa a otra persona?

—El vómito viene con trazas de 3-terbutalina clorhidrato y material genético del huésped —repuso el profesor Tomoe—. Si inyecta el residuo en una persona, implantará las conciencias involucradas con mínimas probabilidades de tener efectos secundarios, claro que no será consciente como usted de la presencia de otras conciencias. Formará parte de su instinto, o al menos esa es mi hipótesis.

Herbert hizo aún más amplia su sonrisa. Acababa de encontrar un muy buen uso al vómito que había escupido hace unos minutos atrás, ahora que sabía que las Sailor Senshi habían derrotado al mal que se cernía sobre Tokio.

Sailor Senshi, su hora ha llegado se dijo Herbert, mirando detenidamente al sarcófago de metal, bien al tanto de quién yacía bajo éste.