XX
Black Moon y la caída de la paz

Tokio, 23 de febrero de 1992, 05:41p.m.

Serena se había quedado petrificada de miedo al ver la pistola que aquella niña apuntaba en su dirección. Darien, viendo que su novia estaba en peligro, se dispuso a socorrerla, pero la niña afianzó el agarre de su arma.

—¡No te muevas! —chilló la niña, y Darien se detuvo al instante—. Si lo haces, te quedarás sin novia—. La niña dio un paso en dirección a Serena antes de dirigir la palabra hacia ella—. ¡Vamos! ¡Entrégame el Cristal de Plata!

—¿Y… y para qué lo quieres?

—Eso no es de tu incumbencia —gruñó la niña, dando otro paso hacia Serena—. ¡No volveré a repetírtelo! ¡Entrégame el Cristal de Plata!

—N-no lo tengo —mintió Serena, aunque aquello no era totalmente falso, pues el Cristal de Plata, en ese momento, era una simple flor de piedra, totalmente inútil para cualquier propósito.

—Entonces no me dejas otra opción —dijo la niña y, sin vacilar, apretó el gatillo. Un estruendo ensordecedor espantó a los pájaros de los árboles e hizo que los transeúntes giraran sus cabezas hacia la fuente del sonido. Darien vio cómo Serena caía al suelo producto del impacto e inmediatamente acudió a su lado, viendo que un líquido de color rojizo brotaba de la frente de su novia. Sintiendo un frío debilitante, Darien comenzó a pensar en que lo peor había ocurrido, cuando tocó la sangre de Serena y se la llevó a la boca.

Pero qué…

El líquido rojizo no era sangre, sino mermelada de frutilla. Darien se sintió estúpido. No había ningún agujero en la frente de Serena y, lo que había pasado por un agujero era simplemente la marca del proyectil que contenía la mermelada. Miró en dirección a la niña, pero ella había desaparecido.

Serena despertó con un pequeño sobresalto. Sentándose sobre la acera, se palpó la frente y vio manchas de mermelada en sus dedos. Compuso una expresión de incredulidad.

—¿Qué pasó?

—Esa niña te disparó una bala de mermelada —dijo Darien, al tanto de cómo había sonado—. Ya no está aquí. No sé adónde pudo haber ido, pero me sorprende que conozca la existencia del Cristal de Plata.

—¡Uy, esa mocosa me las va a pagar! —chilló Serena, poniéndose de pie, pero su mundo dio vueltas y casi volvió a desplomarse al suelo. Darien la sostuvo por los hombros, notando un moretón poco vistoso en la parte posterior de su cabeza.

—Deberías ir al hospital —le sugirió Darien. Serena asintió con la cabeza y se dejó conducir por su pareja hacia el centro asistencial más cercano, preguntándose quién era esa niña, por qué se llamaba igual que ella, por qué conocía el Cristal de Plata y para qué lo quería. Sin embargo, sentía su mente como aletargada, tal vez a causa del golpe que se dio en la cabeza al caer. Al final, Darien tenía razón. La prioridad era sanar sus heridas, luego despellejar viva a esa imitadora.

Ninguno de los dos vio la nave en forma de estrella que sobrevolaba Tokio a miles de metros de altura.

Madrid, 23 de febrero de 1992, 09:17p.m.

Medusa había regresado a la celda en la que Manuel Escudero estaba encerrado. Le divertía verlo indefenso e impotente, sentado en aquella silla, atado de manos y pies. No podía hacer nada para evitar la catástrofe que estaba por caer sobre él.

—Las dos horas ya pasaron hace unos pocos minutos —dijo Medusa desde fuera de la celda, una sonrisa siniestra oscureciendo su cara—. ¿Estás preparado para ver cómo tus afanes se desmoronan?

Manuel no dijo nada. No quería darle el placer a su captora de admitir que, tal vez, la causa de la paz estaba seriamente amenazada. No obstante, sabía que Medusa estaba pensando en eso mismo y, a juzgar por su tono de voz, tenía mucha confianza en que su plan iba a dar resultado. Aquello hizo que un sudor frío corriera por la espalda de Manuel, y la incomodidad que eso implicaba no pasó desapercibida para Medusa.

—¿Nervioso? —dijo Medusa en tono burlón—. Pues eso no es nada—. Hizo una pausa para mirar a un punto hacia la derecha, sonriendo maliciosamente—. Recuerdo que dijiste en una oportunidad que no tienes familia o pareja con la que yo podría ejercer alguna influencia sobre ti. Entonces… eso significa que… nunca has tenido pareja, ¿o me equivoco?

Aquello, Manuel pensó, no podía estar más lejos de la realidad. Había estado casado por un tiempo con una mujer que había formado buena parte de su infancia, pero había muerto a causa de una hepatitis fulminante mal diagnosticada. Desde ese momento, Manuel no había puesto ningún esfuerzo en encontrar un nuevo amor, ocupado como estaba en su carrera política. En una oportunidad, un colega del Partido Popular le había preguntado por qué no encontraba pareja, a lo que Manuel había respondido que ser político implicaba deshacerse de cualquier emoción, en aras de hacer lo que fuese necesario para que las políticas de su partido fuesen aprobadas y ejercidas. Desde su punto de vista, el amor y la política eran como agua y aceite. Había sido por esa razón que había aceptado postular al cargo de presidente de la Comisión Internacional por la Paz, para redimirse de todos los pecados que seguramente iba a cometer como político.

—Voy a tomar eso como un sí —dijo Medusa, interpretando erróneamente el silencio de Manuel—. Sea cual sea la razón de tu nerviosismo, pronto lo estarás más que nunca en toda tu vida.

Medusa aplaudió dos veces y un ejército de mujeres apareció a su lado. Dio la orden de abrir la celda y las mujeres penetraron en ésta, rodeando a Manuel, quien miraba con ojos desorbitados, sin entender cómo aquella maniobra podría poner fin a su cruzada por la paz.

—Es una cosa curiosa, la apariencia —dijo Medusa, mirando cómo las mujeres, quienes estaban todas desnudas, tomaron posturas provocativas, algunas de ellas abrazando a Manuel como si él fuese alguna clase de sultán frente a su harén—. Todo el mundo se deja llevar por ella, sin importar las palabras que uno diga para afirmar lo contrario. De todas formas, un hecho habla más que mil palabras… ¿o era una imagen? Bueno, para el caso es lo mismo. Después de que el mundo vea lo que usted realmente es… o pretendo que sea… nadie lo verá otra vez con los mismos ojos.

Medusa dio otros dos aplausos y un equipo de operativos hizo su aparición, llevando una aparatosa cámara de video, equipos de iluminación y utilería. Era el suficiente personal para armar un escenario improvisado. Manuel se dio cuenta, con miedo e incredulidad, que Medusa estaba tratando de destruir su imagen como líder de la mayor cruzada pacífica desde Martin Luther King Jr. Trató de deshacerse de sus ligaduras, pero todo fue en vano. Miraba con impotencia cómo los operativos de la Vanguardia de Ares montaban una escena similar a la de una habitación de lujo en algún hotel cinco estrellas… lográndolo sorpresivamente bien.

—¿Está bien que filmemos desde fuera de la celda? —preguntó el operativo que manejaba la cámara—. Lo digo por los barrotes.

—No te preocupes por eso —dijo Medusa con una sonrisa—. Las borraremos durante el proceso de edición. Además, hay que conseguir que el señor Escudero luzca muy convincente en su rol. Y esto —Medusa extrajo de sus bolsillos una especie de probeta con un líquido púrpura—, es lo que nos permitirá que nuestro invitado se comporte como queremos.

—¿Y qué es?

—Es un regalo de mi padre —dijo Medusa, al tanto que él no estaba de acuerdo con la idea de la Vanguardia de Ares—. No creo que se lo haya tomado muy bien cuando se lo robé de su laboratorio. Probablemente todavía no se ha dado cuenta que no está en sus anaqueles.

No hubo más preguntas a partir de ese momento. Lo único que importaba era causar la impresión deseada en la gente, una impresión que iba a dejar una marca no muy agradable en las mentes de las personas que creían en la Comisión Internacional por la Paz y en su líder.

Cuando el montaje estuvo listo, Medusa entró en la celda y apretó la garganta de Manuel, forzándolo a que abriera la boca. A continuación, hizo que bebiera el contenido de la probeta, haciendo movimientos bruscos con sus manos para que Manuel tragara el líquido. Contenta con el resultado, Medusa salió de la celda, esperando a que el químico hiciera efecto, lo que iba a ocurrir de forma inevitable dentro de unos quince o veinte minutos.

—A mi señal, desátenlo —dijo Medusa, consultando su reloj y ajustando el cronómetro en veinte minutos—. La filmación comenzará en cuanto todo operativo haya salido de la celda.

Tokio, 23 de febrero de 1992, 06:01p.m, a diez mil metros de altura

Un grupo de cinco personas miraba por los amplios ventanales de la nave trans-temporal, frunciendo el ceño al ver la ciudad de Tokio desde las alturas. De algún modo, la vista les causaba una repulsión difícil de tolerar.

—Así que este es el Tokio de 1992 —dijo el único hombre del grupo, un tipo alto y de cabello rojizo, con una mueca de desagrado—. No es gran cosa. Muy desordenado y caótico, la gente es poco civilizada, fácilmente manipulable… esto debería ser fácil.

—Lo que parece fácil, usualmente no lo es —añadió una mujer que parecía usar un traje de baño de una pieza de color celeste—. Hay que tener en cuenta que no conocemos mucho de esta época, al menos poco después de la Gran Edad de Hielo.

—¿Y estás seguro que encontraremos al conejo aquí? —preguntó una chica que usaba un vestido azul estrambótico y que parecía tener una gema en su frente—. Sabes que Diamante no tolera errores.

—Muy seguro —dijo Rubeus, poniendo las manos en sus caderas, sonriendo—. Si el Gran Sabio lo dijo, entonces debe ser cierto. Además, la computadora de la nave detectó una distorsión gravitacional en uno de los parques de la ciudad. Alguien estuvo usando poderes temporales y lo más probable es que sea el conejo que andamos buscando.

—A veces pones mucha confianza en el Gran Sabio —dijo una mujer de cabello verde y ojos de rendija—. Ni siquiera sabemos de dónde proviene.

—Pero si está dispuesto a ayudarnos… —intervino una mujer de cara redonda, cabello castaño y que siempre parecía llevar un látigo en sus caderas—. No es que contemos con demasiados aliados, ¿verdad?

—El Gran Sabio es nuestra mejor arma si queremos encontrar al conejo —dijo Rubeus de forma definitiva—. No podemos darnos el lujo de rechazar ayuda, especialmente aquella que podemos usar para destruir Tokio de Cristal—. Rubeus hizo una pausa para mirar a las cuatro mujeres, para luego romper el silencio—. De acuerdo. Yo me ocuparé de encontrar al conejo. La misión de ustedes será asegurarse que Tokio de Cristal jamás vea la luz del día. Y para hacerlo, debemos ser muy sutiles, en caso que haya amenazas imprevistas en este tiempo. La mejor forma de hacerlo es hallando nexos de energía oscura a través de la ciudad. El Gran Sabio les dará las mejores ubicaciones y proveerá información relativa al conejo. ¿Ha quedado claro?

Las cuatro hermanas asintieron vehemente con la cabeza antes de retirarse. Rubeus, en tanto, notó que el comunicador trans-temporal parpadeaba. A sabiendas de quién era quien esperaba al otro lado, Rubeus gruñó y aceptó la transmisión.

—¿Qué quieres ahora, Esmeralda?

—Solamente quería asegurarme que todo estuviera yendo como la seda —respondió la aludida con una voz estridente y chillona—. ¿Ya enviaste a esas inútiles a hacer el trabajo sucio? Oh, ya veo. El pequeño Rubeus quiere la gloria, ¿o me equivoco?

Rubeus gruñó, pero no dijo nada, pues sabía que Esmeralda tenía razón. Quería atrapar al conejo por su cuenta para impresionar a la mujer con la que se estaba comunicando, pero no le iba a dar el placer de admitirlo. Notó que la aseveración de Esmeralda trabajaba a su favor.

—Un poco de ambición no hace mal a nadie —dijo Rubeus, sonriendo de lado y mirando la imagen de Esmeralda con ojos como rendijas—. Ya verás que atraparé al conejo, sin importa si arraso esta ciudad o no.

Esmeralda arqueó una ceja.

—Sería bueno ver eso —dijo, en un tono condescendiente que irritó a Rubeus, pero no dijo nada—. Bueno, no te quito más tiempo. ¡Nos vemos!

Rubeus apagó el comunicador con sentimientos encontrados en su cabeza. Había ocasiones en las que Esmeralda conseguía sacarlo de quicio, pero en otras, cuando no se comportaba como su hermana mayor, juzgaba que era la integrante más atractiva de todo el clan Black Moon.

Ya verás, Esmeralda. Conseguiré el conejo y no solamente será una victoria para el clan, sino que será una para mí.

Tokio, treinta minutos más tarde

Darien se había despedido de Serena a tres cuadras de la casa de esta última, pues necesitaba hacer unos asuntos de la preparatoria y ella caminó los últimos trescientos setenta y cinco metros en completa soledad. Ya no tenía sentido volver a la fiesta, pues imaginó que sus amigas estarían en muy buena compañía junto a los Generales Celestiales.

Cuando entró a su casa, encontró la sala de estar desierta, pero se podía escuchar el tintineo de los platos y los vasos y supo que su madre estaba ocupada. La televisión, por alguna razón, estaba encendida, en el canal de noticias. Había dos imágenes en la pantalla; una mostraba lo que parecía un protesta en contra de una organización llamada "Comisión Internacional por la Paz, y en la otra, un video tapizado de bandas negras, en el que aparecía un hombre disfrutando de la compañía de las muchas mujeres que le rendían pleitesía en un amplio cuarto de hotel. A Serena le horrorizó que ese hombre fuese el presidente de la organización y que, al mismo tiempo, poseyera un harén secreto.

Las mujeres no merecen ser tratadas así.

Apartando su mirada del televisor y su cabeza de las noticias, Serena subió al segundo piso, rezongando y maldiciendo a la niña del cabello rosado por arruinar su cita con Darien. Cuando abandonó las escaleras, se encontró con Sammy, su hermano menor. Lucía como si acabara de jugarle una broma a alguien, pero no le dirigió la palabra. Mistificada, Serena entró en su habitación y compuso una expresión de total sorpresa.

Desorden por doquier.

La habitación lucía como si un huracán hubiera pasado por allí. Ni los gabinetes se habían salvado de la catástrofe. Serena pasó de estar confundida a componer cara de monstruo en menos de tres segundos y, pisoteando el suelo, se tomó la paciencia de dejar todo en su sitio antes de decapitar a su hermano menor por la broma que le había gastado. Veinte minutos le tomó a la pobre Serena ordenar su habitación y, para cuando lo hizo, estaba demasiado exhausta para hacer cualquier cosa en contra de Sammy. Fue mientras apoyaba sus manos sobre el velador cuando se dio cuenta que algo faltaba. Sin embargo, tuvo que revisar cada recoveco de su habitación para saber qué era, y cuando lo hizo, sintió un vacío enorme en su estómago.

La flor de piedra que conservaba desde la batalla contra Metalia había desaparecido.