XXII
El conejo y el sueño

Tokio, 24 de febrero de 1992, 08:36a.m.

Molly Osaka despertó de golpe.

Respiraba agitadamente, como si hubiera estado bajo el agua por varios minutos. Un sudor frío corría por su espalda. El sueño que había tenido la tenía mistificada y aterrada al mismo tiempo, porque había sido tan disparatado que por un momento creyó que se había metido en la cabeza de su amiga Serena, porque era ella la que soñaba con cosas fantasiosas y románticas.

Pero los recuerdos del sueño se le estaban escapando.

Recordaba un palacio bajo las estrellas y una mujer vestida de un blanco gélido que dialogaba con otra mujer, pero vestida con una armadura dorada. No podía evocar las palabras que se decían, pero podía notar que se trataba de una discusión seria. La mujer de la armadura lucía como si estuviera amenazando a la del vestido blanco. Cuando la discusión acabó, la mujer de blanco se aproximó a ella, llamándola por un nombre que no podía recordar cuál era.

Sin embargo, no era el mismo sueño lo que la tenía tan preocupada.

El sueño, si era eso lo que había sido, no se antojó como tal, sino como si fuesen recuerdos, como si ella hubiera realmente estado allá, en ese palacio, presenciando aquella discusión. Pero, Molly pensó, eso era imposible. Ella jamás había pertenecido a alguna clase de realeza. Su madre no tenía conexiones con ningún reino en el mundo. Ella era normal, o al menos tan normal como podía serlo cualquier ciudadano. No obstante, el sueño siguió molestándola mientras se vestía con su uniforme y bajaba las escaleras para recibir la colación de parte de su madre. Por un momento consideró platicar con su madre sobre el sueño, pero al final decidió que no sería apropiado. Seguramente le diría que dejara de ser una niña y que aspirara a madurar.

Molly llegó con cinco minutos de atraso a su sala, pero la profesora Mónica aún no había llegado. Giró su cabeza hacía atrás, cerciorándose de que estuviera Serena, y, para sorpresa de ella, la encontró sentada en su puesto habitual. Aquello era raro: Serena siempre llegaba con quince minutos de atraso, cuando menos. Sin embargo, no lucía como siempre, despreocupada y alegre. Su semblante estaba oscurecido por algo que no podía adivinar con una simple mirada. Por último, se ocupó de esperar a la profesora, notando que había muchos alumnos que charlaban animadamente sobre los sucesos de hace unos pocos días atrás. A Molly le costaba trabajo creer que pudieran hablar tan casualmente de un evento apocalíptico, pero luego se dio cuenta cuál era la fuente del entusiasmo de los demás alumnos, sobre todo de los chicos.

Las Sailor Senshi.

Los chicos hablaban de ellas como si fuesen estrellas de pop. Seguramente habían visto muchos de los registros de video que existían de aquel evento que casi devastó la mitad de la ciudad. Claro, Molly también había visto tales videos y, como las demás, también le había causado asombro al ver que esa clase de personas existieran, chicas no mayores de ellas, poseedoras de poderes mágicos y que combatían contra el mal. Al principio había creído que estaba viendo una película basada en algún manga, pero al ver que incluso aparecían en las noticias, ya no pudo soslayar la existencia de esas heroínas. Por supuesto, había escuchado hablar de Sailor Moon y de Sailor V (quien había desaparecido misteriosamente) pero no de las demás.

—A mí me gusta Sailor Jupiter —decía una de las alumnas con sus ojos brillando de admiración—. Es tan fuerte y capaz.

—Pues a mí me encanta Sailor Mars —añadía un alumno con las mejillas coloradas. Se ve que es muy tenaz.

—Sailor Venus es muy linda —decía otro alumno, mirando a cualquier parte menos a quienes se dirigía.

—Estoy de acuerdo contigo.

—Sailor Moon es la mejor de todas —chilló una alumna que parecía tenerla de fondo de pantalla en su celular—. Es tan frágil y a la vez tan fuerte.

—No, Sailor Mars es la mejor.

—Yo apuesto por Sailor Jupiter.

Molly, mientras escuchaba a sus alumnos platicar sobre las Sailor Senshi, se percató que ninguno de ellos hacía siquiera una mención sobre Sailor Mercury. Era como si no existiera o si la miraran en menos, no podía saber por qué, pero sus compañeros parecían ignorarla por completo.

—¿Y qué hay de Sailor Mercury? —interrumpió Molly, ganándose la mirada de los demás—. Es muy inteligente.

—Sí, pero eso es todo —dijo uno de los alumnos—. De todos modos, no me gustan las chicas de cabello corto.

—No destaca mucho que digamos —añadió otro alumno—, como si quisiera pasar desapercibida. Se nota que tiene dramas sociales. Además, se me hace que es muy engreída.

Molly no dijo nada. Supuso que en cuestión de gustos no había nada escrito. Tal vez, Sailor Mercury era así porque necesitaba ser así y, tal vez, le daba lo mismo ser popular o no. Había una alumna en el colegio que compartía esas características, pero que Molly había rechazado por creer que era una chica engreída a causa de ser tan inteligente. Sin embargo, no hizo la conexión en ese momento, porque también notó que Serena no decía nada. Pese a que todo el mundo dialogaba sobre las Sailor Senshi y las comparaban unas con otras, Serena parecía no tener ninguna intención de unirse a la discusión. Claro, Molly pudo haber concluido que ella tenía otras preocupaciones, pero le daba la impresión que intentaba mantenerse al margen a propósito.

Sin embargo, la llegada de la profesora hizo que sus pensamientos pasaran a segundo plano. Decidió platicar con Serena sobre su sueño, pues tenía la incierta impresión que ella la iba a entender.

En el primero recreo de la mañana, Molly se juntó con Serena y tomaron asiento en un banquillo apartado del patio principal. Hubo un rato durante el cual ambas permanecieron en silencio, como si ninguna de las dos supiera cómo plantear sus respectivos problemas. Al final, fue Molly quien rompió el hielo.

—Oye, Serena.

—Dime, Molly.

—¿Alguna vez has tenido un sueño que podías jurar que era real, como si no fuese exactamente un sueño, sino un recuerdo, como de otro tiempo u otra vida?

Serena se quedó en silencio. Aquella había sido una pregunta muy extraña, como si, de algún modo, hubiera adivinado que ella había tenido esa clase de sueños. Pero eso era imposible. Las únicas personas que sabían sobre aquellos sueños eran sus amigas y, claro, Darien. Por un momento, Serena no supo cómo responder. No sabía si estaba lista para decirle la verdad a Molly, aunque, si era honesta, ella era una chica inteligente, no como Amy, pero bastante. Solamente era cuestión de tiempo para que hiciera la conexión y Serena sabía que a Molly no le iba a gustar enterarse de su secreto de esa forma. Lo mejor era que le dijese la verdad.

—Pues sí, he tenido esa clase de sueños —dijo Serena, luciendo como si acabara de salir de un trance—. Soñaba que era una princesa, que era hija de la encarnación de la diosa de la luna y que me había enamorado del príncipe de la Tierra… entre otras cosas—. Serena escogió no platicarle a Molly sobre el final del Milenio de Plata y de cómo ella, su príncipe y la reina Serenity habían perecido a manos de los Desterrados—. Bueno, el punto es que no eran meros sueños. Todo eso había ocurrido, hace mucho tiempo atrás, digo, miles de años en el pasado.

Molly había quedado con la boca abierta. No podía decidir si creer en la historia de Serena o declararla una mentira burda, pero luego recordó las imágenes captadas por cámaras de aficionados de la batalla entre las Sailor Senshi y, en efecto, había una mujer, ataviada con un vestido blanco y un peinado casi idéntico al que usaba Serena. ¿Acaso estaré hablando con una princesa, una princesa de verdad? Me cuesta trabajo creerlo, porque Serena jamás ha actuado como una. Luego, otra epifanía vino, una que cambió por completo la imagen que tenía Molly sobre Serena. Fue el recuerdo de ver a esa princesa sosteniendo ese cristal brillante lo que había gatillado aquel nuevo entendimiento.

—¿Eres Sailor Moon? —preguntó Molly sin tapujos. Serena tuvo una sensación similar a la que uno tendría al tragar una bala de cañón.

—¿Por qué lo preguntas?

—Por favor, Serena, contesta mi pregunta —insistió Molly sin sonar molesta, pero Serena se sintió como si lo hubiese hecho—. Necesito una respuesta directa. Se supone que eres mi mejor amiga, por eso espero que seas honesta conmigo. ¿Eres Sailor Moon?

Serena no sabía por qué estaba poniendo tantos reparos en decirle la verdad a Molly. De todos modos, la conocía lo suficiente para saber que ella jamás revelaría el secreto a otra persona. Pero algo le impedía confesarlo. De algún modo, necesitaba que su identidad se mantuviera oculta, tal vez porque no quería que los enemigos usaran esa información para manipularla o hacer daño a las personas que más quería, como por ejemplo, su propia familia. Necesitaba ganar tiempo para tomar una decisión.

—Si eres mi mejor amiga, entonces necesito saber por qué me estás preguntando eso —dijo, esperando que Molly diera su brazo a torcer. Para alivio de ella, lo hizo.

—Es que… Sailor Moon tiene el mismo peinado que tú —dijo Molly, maldiciéndose por haber sido tan directa—. Y, cuando vi a la princesa en televisión, noté que era idéntica a ti. No creo que tengas una hermana gemela, por eso me gustaría asumir que eres tú.

Serena agradeció haber hecho esa pregunta. Ahora que conocía cuáles eran los argumentos de Molly para decir lo que dijo, tenía más certeza sobre lo que debía hacer a continuación. Después de todo, eso no cambiaba que Molly fuese su mejor amiga. Flaco favor le haría si no confiara en ella.

—Sí, Molly, soy Sailor Moon —dijo Serena en un tono confidencial, de modo que ninguna otra persona la oyera—. Era yo la que estaba peleando contra esa forma oscura, y las demás Sailor Senshi son mis amigas.

—Te he visto con ellas —dijo Molly, sintiéndose mucho más tranquila al ver que Serena había sido honesta con ella—. No sé si recuerdas la clase de la mañana, cuando todos hablaban de las Sailor Senshi. No pude evitar pensar que al menos dos de ellas estudian aquí.

—Sí —dijo Serena, también más tranquila al notar que su confianza estaba bien depositada—. Amy, la que siempre me ayuda con las tareas, es Sailor Mercury, y Lita, la que a veces me trae comida casera, es Sailor Jupiter. Las otras dos no estudian aquí, pero te puedo decir que Sailor V es, en realidad, Sailor Venus.

Molly tragó saliva. Había sido una admiradora de Sailor V desde que comenzó a frustrar algunos de los asaltos de la Vanguardia de Ares, pero ahora que sabía que se trataba de Sailor Venus, aquella admiración se hizo aún mayor. Por otra parte, Serena todavía no hallaba sensato revelar toda la verdad sobre la procedencia de las Sailor Senshi, sobre el Milenio de Plata y todo lo demás.

—Me preguntaste si yo había tenido un sueño que, más que sueño, parecía un recuerdo —dijo Serena, recordando el propósito por el que había decidido reunirse con Molly—. ¿Por qué me hiciste esa pregunta?

En honor a la honestidad de Serena, Molly hizo lo mismo. No tenía sentido guardarse nada, porque, para ser honesta, aquel sueño también podría significar nada.

—Es que… es que tuve un sueño que no se me antojó como un sueño, sino como un recuerdo.

—¿Y qué viste?

—Vi a una mujer vestida de blanco hablar con otra mujer, pero ataviada con una armadura dorada, mientras yo miraba desde lejos. Era una discusión muy seria, a juzgar por la forma en que parecían gritar. Lo demás se me hace muy borroso, pero recuerdo que estábamos en el salón del trono de algún palacio.

Serena tenía la boca abierta. Podía entender que una persona como Amy o Rei tuviera esa clase de recuerdos, pues ellas tenían vidas pasadas, pero no Molly. Siempre la había considerado una persona de lo más ordinaria, razonablemente inteligente y con los pies bien puestos sobre la tierra, pero ordinaria a fin de cuentas. Pero su narración había hecho que esa percepción se tambaleara un poco. Por un momento consideró la posibilidad que Molly también escondiera un pasado similar al de ella, Serena, tenía, pero no había forma de comprobarlo de forma decisiva. Se preguntó si Rei podría hacer algo para, al menos, arrojar alguna luz sobre el asunto.

—¿Sabes? Conozco a alguien que puede ayudarte con tus sueños.

—¿De verdad? —dijo Molly, luciendo esperanzada.

—No te puedo prometer nada, pero estoy segura que ella hará todo su esfuerzo por darte una mano.

—Gracias, Serena —dijo Molly, sonando profundamente agradecida—. Deberíamos volver a clases.

Pero Serena no dijo nada. A continuación un rugido hizo que se pusiera colorada. Molly se llevó una mano a la frente, negando con la cabeza.

—Ay, Serena. ¿No puedes aguantarte ni un minuto siquiera?

—¡Pero es que tengo hambre, Molly! ¡No alcancé a comer cuando llegué a la escuela!

—Pero queda un minuto para las clases. ¡No puedes darte el lujo de…!

Molly se detuvo cuando vio que Serena extraía un paquete de su mochila y lo abría como quien abría un regalo largamente anticipado. Podía ver cómo la saliva escapaba de la boca de Serena cuando vio lo que su madre le había preparado de colación.

—Si te lo comes ahora, después te dará más hambre.

Pero Serena, como otras tantas veces, tenía ojos solamente para la comida. Suspirando en señal de resignación, Molly se dirigió a su sala, dejando a Serena sola con su colación, sin saber que había un examen dentro de unos pocos minutos.

Dos horas más tarde

Serena (la pequeña) había tardado un poco en encontrar un lugar desprovisto de gente. Lo último que necesitaba era llamar la atención, sobre todo de los individuos que venían siguiéndola desde que llegó a ese tiempo. Lo único que le preocupaba era la gema que tenía en su poder.

Sabía que se trataba del Cristal de Plata, pero, por alguna razón, no emitía ese brillo plateado tan característico. Era una simple flor de piedra, inerte y anodina, una sombra de lo que en realidad era esa gema. Pero, pensó Serena, eso tal vez tuviera solución cuando regresara a Tokio de Cristal. Tal vez recuperara su poder con el tiempo, pero también sabía que el tiempo era un recurso escaso en su misión.

Tomó la llave que colgaba de su cuello con su mano desocupada, apretándola con fuerza. Tenía por delante una decisión muy importante. No esperaba tener que tomar decisiones, pues había llegado a ese tiempo con un objetivo muy concreto: obtener el Cristal de Plata. Pero no esperó que tal gema fuese una simple flor de piedra, completamente inútil para lo que ella necesitaba. También ignoraba por qué había ocurrido tal cosa. Había muchas cosas que no sabía, muchas variables que no había anticipado.

—¿Por qué estás tan sola?

Serena pegó un brinco al escuchar la voz. Por el timbre, supo que era una joven de no más de quince años. Con tiento, giró sobre sus talones, y vio a una adolescente que usaba el clásico uniforme de secundaria. Llevaba su maleta frente a ella y con ambas manos. Su cabello era de un extravagante color azul marino, y lo mismo se podía decir de sus ojos.

—¿Quién eres? —dijo Serena, demasiado a la defensiva para su gusto, pues la joven frente a ella claramente no iba a hacerle nada malo.

La joven se acercó lentamente y se arrodilló frente a ella, mostrando una sonrisa tranquilizadora.

—Me llamo Amy —dijo ella, ladeando un poco la cabeza—. ¿Y tú? ¿Cómo te llamas?

—Me llamo Serena —repuso la niña con un poco de recelo—. Y no es de tu incumbencia lo que yo haga.

—Por supuesto que no —dijo Amy con una risita—. Es sólo que me preocupo por ti. Después de todo, solamente eres una niña. Por cierto, ¿dónde está tu mamá?

Enseguida, Amy se arrepintió de haber dicho esas palabras, porque Serena comenzó a hacer pucheros y a derramar lágrimas sin razón aparente. No obstante, Amy supo que la reacción de aquella niña tenía mucho que ver con su madre y se refrenó de hacer más preguntas sobre el tema.

—Lo siento —dijo Amy con una pizca de tristeza—. No debí haber dicho esas palabras.

—No te preocupes —dijo Serena, sacando un pañuelo decorado con lunas menguantes y sonándose la nariz con éste—. No sabías nada. No soy de por aquí, ¿sabes?

—¿Y se puede saber de dónde provienes?

—De muy lejos —repuso Serena, creyendo prudente no platicarle a aquella desconocida sobre su real procedencia—. Vine sin mis padres porque… bueno… era necesario. Estoy por mi cuenta ahora.

—Pobrecita —dijo Amy, sintiendo verdadera lástima por la niña del extraño cabello rosado—. ¿Necesitas algo?

Serena alzó la mano que sostenía la flor de piedra y se la mostró a Amy, quien la reconoció al instante.

—Quiero saber por qué está así.

—¿Sabes? —dijo Amy, esta vez con un poco de severidad—. No deberías tomar cosas que no te pertenecen. Tienes que pedir las cosas con educación.

Serena arrugó la cara.

—¡Pero Serena no quiso pasarme el Cristal de Plata!

—Debe tener sus razones —dijo Amy, encogiéndose de hombros—. Además, ¿de qué te sirve tener una flor de piedra? Ninguna de nosotras sabe por qué está así.

—¡Es que la necesito! ¡Urgentemente!

—¿Para qué?

Serena volvió a hacer pucheros, pero respondió de todas formas.

—¡Porque quiero ayudar a mi mamá! —exclamó, hipando y volviendo a derramar lágrimas—. ¡Ella está en peligro y quiero ayudarla!

Amy entendió que no iba a ganar nada con insistir sobre el tema, viendo la reacción de la pequeña Serena. Con los ojos brillantes y la boca ligeramente curvada hacia abajo, se acercó a la niña y la abrazó gentilmente, sintiendo cómo Serena se estremecía entre sus brazos. Estuvo un rato prolongado así, hasta que la pequeña dejó de hipar.

—¿Sabes? Te pondré un nombre que te diferencie de la Serena que conozco —dijo Amy, irguiéndose nuevamente y tomando suavemente la cabeza de la niña—. Es el nombre de una niña de cabello rosado que aparece en unas caricaturas que ve Serena cuando no tiene nada que hacer.

—Me llamo Serena —dijo ella, pero luego compuso una sonrisa pequeña—, pero está bien, siempre y cuando el nombre me guste.

—Me parece justo —dijo Amy, pensando en ese personaje que tanto enternecía y divertía a Serena—. La niña de la que te hablo se llama Rini. ¿Te gusta?

Serena se llevó la mano al mentón por unos cuantos segundos antes de tomar una decisión.

—No me gusta mucho, pero lo aceptaré porque eres buena conmigo.

—Entonces te llamaremos Rini, ¿de acuerdo?

—De acuerdo. Por cierto, ¿me ayudarás a averiguar qué pasa con el Cristal de Plata?

Amy compuso una expresión un poco más seria.

—No puedo ayudarte mientras no sepa para qué lo quieres.

—Es que… es que no puedo decírtelo. No… no lo entenderías.

—Podrías ayudarme a entenderlo —ofreció Amy, justo en el momento en que una explosión casi las pulverizó. Amy se puso de pie con cierta dificultad, viendo que Rini había quedado inconsciente y con varias magulladuras en sus piernas y brazos. Frenéticamente, buscó un arbusto, incluso un banquillo, para esconderse, encontrando unas matas a unos pocos metros a su derecha. Rengueando, Amy se escondió tras las matas y sacó su cetro de transformación, pero no sin antes comunicar del peligro a las demás.

Un hombre pelirrojo y con una luna negra en su frente se acercaba a paso relajado hacia Rini. Hizo más amplia su sonrisa al ver que había sido noqueada por la explosión. Vaya, jamás pensé que impresionar a Esmeralda fuese tan fácil. Sin perder tiempo, tomó en brazos el cuerpo de Rini y se lo echó al hombro como si fuese un saco de papas.

—¡Detente! —exclamó una voz detrás de él. Rubeus giró lentamente sobre sus talones y vio a una muchacha con un uniforme extraño, con una falda desvergonzadamente corta y una tiara alrededor de su cabeza. Abrió los ojos. Conocía a esa muchacha.

—¡Vaya! Eres Sailor Mercury. No sabía que las Sailor Senshi existían en esta época.

Sailor Mercury frunció el ceño.

—¿Época? ¿Vienes del futuro? ¿Y para qué quieres a Rini?

—No necesito darte explicaciones, mocosa malnacida. No vas a impedir que me lleve a esta niña.

Rubeus extendió una mano y Sailor Mercury se hizo a un lado justo cuando una bola roja hizo explosión justo en el lugar que había ocupado segundos antes. Cayó de costado, lastimándose una rodilla, pero pudo ponerse de pie, no sin cierta dificultad. Rubeus arqueó una ceja.

—Eres rápida, pero no durarás mucho tiempo.

Pero esta vez, Sailor Mercury estaba preparada. Tratando de apoyarse en sus maltrechas piernas, juntó los brazos y los recogió hacia su pecho. A continuación, un chorro de agua brotó sorpresivamente de sus manos y Rubeus no tuvo tiempo para esquivarlo. El chorro impactó en su brazo izquierdo, congelándolo inmediatamente.

—¡No creas que has ganado, Sailor Arpía!

Con el otro brazo, Rubeus hizo un gesto violento y una hilera de explosiones devastaron todo en un radio de veinte metros. Sailor Mercury apenas tuvo tiempo para esquivar el ataque y rodó por el suelo, sintiendo un dolor punzante en su abdomen. Cuando dejó de moverse, vio que tenía una astilla clavada en el lugar donde había sentido el dolor. La sangre inmediatamente manchó su uniforme. Trató de ponerse de pie, pero su cuerpo no respondía correctamente. Rubeus comenzó a reírse, sin percatarse de las figuras que se acercaban a él por detrás.

Giró su cabeza demasiado tarde. Sintió que algo se enroscaba en su tobillo y, segundos después, perdió el equilibrio y cayó al suelo de cabeza, casi cayendo inconsciente. Rini quedó suspendida en el aire y habría sufrido serias heridas de no ser por un hombre que usaba un traje de etiqueta, una capa y un sombrero.

Sobándose la cabeza y percatándose que podía mover su brazo izquierdo, Rubeus se puso de pie, tambaleándose y mirando con rabia a las Sailor Senshi. Se dio cuenta que había sido Sailor Venus quien le había arrojado su cadena a los tobillos. Sin embargo, no reconocía ni al hombre del antifaz ni a la muchacha de los moños.

—¿Quién eres tú? —preguntó Sailor Jupiter, esgrimiendo un puño en contra de él.

—No responderé a tus preguntas —rugió Rubeus, extendiendo ambos brazos hacia las Sailor Senshi—. Basta con decir que formo parte del honorable clan Black Moon. Los días de esta ciudad están contados, así que disfruten mientras puedan.

A continuación, Rubeus atacó a las Sailor Senshi con sus esferas explosivas y ellas evadieron el ataque como pudieron. Cuando los estallidos cesaron, todas se pusieron de pie, notando que ninguna de ellas había salido lastimada. No obstante, se dieron cuenta que aquel hombre había desaparecido.

—¡Maldición! —gruñó Sailor Mars en señal de frustración—. ¡Se nos escapó!

—¡Chicas! —exclamó Sailor Venus, señalando con el dedo a un punto a veinte metros frente a ellas—. ¡Sailor Mercury está herida!

Sailor Jupiter fue a socorrerla junto a las demás, mientras que Sailor Moon se quedó atrás, junto con Tuxedo Mask, aliviada de ver a Rini relativamente sana y salva, aparte de las magulladuras en sus pequeñas extremidades.

—Menos mal que no le ocurrió nada —dijo Sailor Moon, pero Tuxedo Mask no decía nada. Miraba a la pequeña como si estuviera en un trance, o como si hubiera recordado algo de su pasado—. ¿Te ocurre algo, Tuxedo Mask?

Pero el aludido no respondió por un buen rato, hasta que pegó un pequeño brinco, como si acabara de despertar de una pesadilla. Tenía la boca abierta y sudor corría por su frente. Mientras tanto, Rini seguía inconsciente.

—¿Tuxedo Mask? —insistió Sailor Moon. El aludido la miró y tragó saliva. Ella también lucía sorprendida, pues él parecía asustado por alguna razón que no alcanzaba a entender. Lo que sí sabía era que Tuxedo Mask había comenzado a actuar raro desde que tomó a Rini en brazos. Sin embargo, mientras veía cómo sus amigas llevaban a Sailor Mercury al hospital, supo que ese no era el momento para preguntarle qué le había ocurrido.

De algún modo, presintió que se venían pruebas muy difíciles. Y no estaba segura de si era capaz de superarlas.