XXIII
Cartas, flores y cadáveres

Tokio, 25 de febrero de 1992, 02:19p.m.

Mina salía del colegio cuando vio una figura que le hizo sacar una sonrisa. La necesitaba, porque los resultados del examen de Matemáticas habían sido publicados, y ella, como era predecible, no había obtenido buenas calificaciones. Habría sido la última de no ser por el alumno que no había asistido al examen sin justificación. Como podrán imaginar, eso tenía a Mina con un humor volátil, pero al menos ya no solamente podía contar con sus amigas.

—Hola, Mina —saludó Kunzite con esa voz profunda que la tenía loca. Aunque, en honor a la verdad, Mina aún no estaba acostumbrada de ver a su novio con ropas normales, pero juzgó que la camisa blanca y los pantalones grises le sentaban muy bien.

—Llegaste justo en un momento complicado para mí —dijo Mina, deteniéndose frente a Kunzite, su sonrisa contrastando con su mirada sombría—. Otra vez me fue mal en Matemáticas.

—¿Y te esfuerzas por conseguir mejores calificaciones?

—¡Claro! —mintió Mina, porque, para ser honestos, ella salía con sus amigas —o con la persona frente a ella— en cualquier oportunidad que se le presentaba. No hace falta recordar que Mina, como Serena, era como alérgica al estudio, y prefería divertirse, cosa con la que sus amigas generalmente solidarizaban. Como era obvio, la única que desaprobaba esa forma de comportarse era Amy.

—Pues parece que te afanas más en divertirte que en estudiar —dijo Kunzite, tratando de no sonar acusador, pero Mina frunció el ceño de todos modos—. Lo sé porque te gusta pasar tiempo conmigo y con tus amigas haciendo cosas que nada tienen que ver con estudiar. Lamento decirte que estoy de parte de Amy en esto; tienes que priorizar tus estudios.

—Pero… pero quiero pasar tiempo contigo —dijo Mina con voz trémula, tomando ambas manos de Kunzite—. Después de todo lo que pasamos, nos merecemos esto.

—Lo sé, Mina —repuso Kunzite, suspirando—, pero siempre habrá tiempo para nosotros, como ahora, por ejemplo. Ten un poco de paciencia.

Mina bajó la cabeza, luciendo ligeramente deprimida, pero luego volvió a alzarla, una pequeña sonrisa dibujándose en su cara. Abrazó a Kunzite firmemente, descansando su cabeza en el pecho de su novio.

—Lo siento —dijo al final—. Es que la adolescencia es una etapa de la vida que no puedo desaprovechar. Pero tienes razón. Siempre fuiste paciente, desde que nos conocimos hace miles de años ya. Te prometo que me esforzaré más en mis estudios. Lo único que quiero es complacerte.

—Yo también quiero complacerte —dijo Kunzite suavemente. Mina alzó la cabeza, poniéndose ligeramente coloraba al ver que él estaba sonriendo. No pudo evitarlo. Se puso de puntillas para alcanzar los labios de Kunzite, y él puso un poco de su parte, inclinando un poco la cabeza.

Había alumnas que miraba con envidia cómo Mina y ese sujeto de cabello blanco se besaban, preguntándose dónde habría conocido a ese tipo que lucía tan varonil y atractivo. De todas formas, las que conocían a Mina habían notado que ella jamás había sido vista de la mano con alguien, cosa que hallaban sospechosa, pues Mina no era fea, en absoluto. Sí la hallaban un poco extraña, pues creían que imitaba a Sailor V con su peinado y ese característico listón rojo en su cabello, y era esa la razón que no le permitía tener amigas como el resto de las alumnas del colegio. De todos modos, contemplaban con puños crispados y ceños fruncidos como la extraña Mina Aino hacía algo que nadie la había visto hacer.

Volviendo a ellos, Mina y Kunzite se separaron. Su sonrisa era amplia y miraba a su novio con ojos brillantes.

—¿Te gusta la adivinación? —preguntó Kunzite, sabiendo la respuesta a esa pregunta. La de veces que Mina había visitado a diversos adivinos en el pasado, tratando de ver si había un futuro en la relación que ella tenía con él.

—¡Me encanta!

—¿Qué te parece si rememoramos viejos tiempos y vamos donde un adivino para que nos diga nuestro futuro?

—Oh, Kunzite.

Ella volvió a besarlo, aunque se trató de un beso más breve que el anterior, y ambos, tomados de la mano, enfilaron hacia el centro de la ciudad.

En algún lugar del Desierto de Atacama, 24 de febrero de 1992, 01:15a.m.

Chile era el país donde se estaba concentrando el centro de toda la actividad astronómica del mundo. Con trescientos cincuenta noches despejadas al año, el desierto de Atacama era el lugar perfecto para observar el cosmos. La altura y la falta de contaminación atmosférica y lumínica favorecía la instalación de observatorios, y había varios proyectos, financiados por organizaciones internacionales, que estaban en proceso de licitación. Sin embargo, pese a todo eso, había solamente dos universidades en el país que impartían la carrera de Astronomía.

Esa noche, había dos astrónomos de turno en un observatorio ubicado en el corazón el desierto de Atacama, a tres mil setecientos metros sobre el nivel del mar, alejado de cualquier concentración urbana. Uno era chileno, el otro de nacionalidad japonesa. Era común que los equipos de investigación científica estuvieran compuestos por personas de diferentes nacionalidades, fomentando la integración mundial y la idea de que cualquier descubrimiento científico era beneficioso para la humanidad en su conjunto.

—Oye, Ernesto —dijo el astrónomo japonés, quien era el que estaba observando por el telescopio, en español casi perfecto—, necesito que conectes la cámara del telescopio. Estoy observando algo muy extraño aquí.

El tal Ernesto hizo un gesto afirmativo con la cabeza y pulsó un par de botones. El astrónomo japonés dejó de mirar por el telescopio, sabiendo que iba a ser la cámara la que captara el fenómeno, pues podía verlo en todo el espectro electromagnético, no solamente en el visible.

—La cámara está activa —dijo Ernesto, mirando al astrónomo japonés con algo de preocupación—. ¿Te pasa algo, Kakeru (9)?

El aludido, viendo cómo Ernesto le estaba mirando, compuso una sonrisa un poco forzada. No le ocurría nada del otro mundo; solamente era un asunto personal con una amiga a la que no veía hace mucho tiempo por culpa de sus investigaciones.

—Es solamente el cansancio —dijo Kakeru, tomando asiento junto a Ernesto. Las imágenes de la cámara iban a llegar a la computadora en cualquier minuto—. Muchas personas tienen un concepto muy romántico de la astronomía.

Ernesto soltó una carcajada, sabiendo a lo que se estaba refiriendo su colega.

—Tienes razón. Son muchas noches sobreviviendo a base de café, muchas noches en vela, sin poder estar con tus seres queridos.

—Pero tú no tienes una familia esperándote.

—No, pero entiendo a quienes sí las tienen —dijo Ernesto, bebiendo de su tercer café en la noche—. Es una vida muy dura, pero muchas veces uno siente la necesidad de cumplir sus sueños, a costa de todo lo demás.

Kakeru se estremeció un poco, recordando a su amiga. Sus respectivas carreras les habían impedido juntarse muy seguido, pues ella estaba terminando su preparación para convertirse en una astronauta, y sabía que la NASA era muy estricta con el asunto de las relaciones personales fuera de la organización.

—¿Estás seguro que no te ocurre nada, aparte del sueño? —inquirió Ernesto, mirando a Kakeru con extrañeza—. Te noto nostálgico.

Pero Kakeru jamás pudo contestar la pregunta, porque las imágenes del telescopio habían llegado a la pantalla de la computadora. Cuando las examinaron, ninguno de los dos dijo algo. Lo que estaban viendo desafiaba la lógica.

—Es un…

—Meteorito —completó Kakeru, luciendo estupefacto—, pero su forma es…

—No tiene sentido —añadió Ernesto con descortés incredulidad—. Se supone que los meteoritos son amorfos, pero esto…

—Es simétrico —dijo Kakeru, mirando con mucha atención las imágenes—, al menos en su eje mayor. No hay señales de actividad en el meteorito, su composición es la que podríamos esperar de un meteorito, pero…

Kakeru se quedó callado. Ernesto también miró la pantalla, creyendo que ambos se habían vueltos locos o que alguien estuviera jugando con sus ojos.

—Es… imposible.

—Diez kilómetros de diámetro, y pesa una décima parte de lo que pesa un meteorito de ese tamaño.

Ninguno de los dos astrónomos había visto algo así. Se suponía que los meteoritos estaban compuestos de metales relativamente pesados, como el hierro y el níquel, pero ese meteorito en particular rompía esa regla en pedazos. Era como si aquel cuerpo celeste estuviera hecho de cartulina en lugar de roca sólida. Kakeru y Ernesto revisaron los datos una y otra vez, asegurándose que las imágenes no fuesen resultado de un error en los sensores de la cámara, pero, después de dos horas de intensa revisión, ambos tuvieron que concluir que no había ningún error. Los sensores estaban funcionando bien.

—¿Y qué diablos hacemos con esto? —quiso saber Ernesto, mirando una vez más las imágenes—. No es que no estemos convencidos de que no hay errores, pero nuestros superiores podrían estar en desacuerdo, sin importar lo que les digamos. ¿Qué piensas, Kakeru?

—Pienso que deberíamos informar de nuestros hallazgos —respondió el aludido, presionando un par de botones para imprimir las imágenes—. De todos modos, hemos hecho todo en nuestro poder para verificar la información. No espero que nuestros superiores nos crean de inmediato, pero debemos exponer los datos crudos de una forma en que ellos puedan entender.

Ernesto se encogió de hombros.

—Tienes razón —dijo, suspirando y tomando las impresiones con mucho cuidado—. Somos científicos. Nuestra labor es presentar observaciones y sacar conclusiones en base a pruebas. Haré una llamada al jefe de investigación.

—Te lo agradecería mucho.

Kakeru se dio cuenta que la emoción del descubrimiento le había despejado la cabeza y espantado el sueño. Tal vez, la astronomía tenía una cuota de romanticismo después de todo.

Área 51, Nevada, 24 de febrero de 1992, 11:54p.m.

Era la segunda vez que Aurora trataba de llegar a la base aérea más secreta de Estados Unidos. La primera vez había sido interceptada por Kunzite y, en esa ocasión, casi la había asesinado. No quería admitirlo, pero estaba agradecida de que él se hubiera vuelto bueno después de recuperar sus recuerdos, porque eso significaba que nadie andaría tras su rastro nuevamente.

Podía ver el cerco perimetral del Área 51 y sus luces direccionales. Asumió que había guardias patrullando en las cercanías y otros más en puestos de vigilancia, escudriñando la noche con gafas de visión nocturna. Sin embargo, por mucha seguridad que enfrentara, Aurora sabía que entrar al complejo iba a ser tan fácil como entrar a su propia casa. Transformándose en Sailor Eos, se aproximó al complejo por el sur e hizo aparecer una pequeña esfera de luz, la que guió hasta que estuviera unos cien metros por encima de la valla perimetral. Sin embargo, necesitaba estar más cerca, lo que haría que los guardias la vieran. Pero, como Sailor Eos bien sabía, esa era la idea.

Cuando estuvo a cincuenta metros de la valla, escuchó el grito seco de un guardia, ordenándole que se quedara quieta y que pusiera las manos detrás de su cabeza. Sailor Eos obedeció sin cuestionamientos, viendo que varios guardias se aproximaban hacia ella, con armas en ristre.

Ahora.

Sailor Eos hizo un gesto con las manos, y la esfera de luz que flotaba encima de la valla sur estalló, creando una especie de sol en medio de la noche. Los guardias quedaron inmediatamente incapacitados a causa del brillo, pues las gafas de visión nocturna no estaban diseñadas para ser usadas con tanta luz. Sailor Eos aprovechó la confusión y pasó por encima de la valla sur con un enorme salto, corriendo a toda velocidad hacia un lugar cubierto por sombras. Juzgando que la distracción había cumplido con su rol, hizo otro gesto con las manos y la esfera de luz se apagó así como había aparecido. Sailor Eos escrutó la pista de despegue frente al hangar en el que estaba oculta, y vio su objetivo final.

El Hangar 18.

Estuvo un tiempo tratando de discernir un patrón para las luces direccionales, y descubrió una ventana de quince segundos entre ciclos de vigilancia. Sailor Eos aprovechó aquella debilidad y corrió a todo lo que daban sus piernas hasta el Hangar 18. Aplanó su espalda contra la pared, sabiendo que había dos soldados custodiando la entrada al edificio. Decidió trepar al techo del hangar y neutralizar a los dos guardias en un solo movimiento, pero debía esperar a que la luz direccional siguiera su curso, de otra forma, sería descubierta.

Ahora.

Cuando la luz direccional se alejó de la entrada al hangar, Sailor Eos se dejó caer sobre ambos guardias, aprovechando la velocidad de su caída para golpearlos. Como había esperado, los dos soldados quedaron inconscientes y, quitándole la tarjeta de acceso a uno de ellos, la deslizó por la ranura a un lado de la puerta y entró con cautela al hangar, esperando encontrar a un montón de soldados, científicos y demás personal auxiliar, pero el lugar se antojaba desierto. Ignorando las cámaras de seguridad que plagaban el hangar, Sailor Eos se dirigió hacia la enorme puerta que estaba buscando. Presionó el enorme botón rojo y la puerta de acero se abrió lentamente.

Sailor Eos entró en el sanctum del Hangar 18, un recinto circular bañado con una luz azulada muy tenue, lo que le daba un aspecto de no pertenecer a ese mundo. Había un pedestal en el costado derecho, en el cual daba la impresión que alguna vez hubo algo sobre éste, pero no vio nada. Ignorando el pedestal, Sailor Eos caminó unos cuantos pasos hasta una especie de contenedor de aspecto pesado. Había una consola de operación frente a éste con instrucciones en inglés. Sailor Eos, anticipando lo que iba a encontrar, presionó el botón correcto y la cápsula emitió un siseo de ultratumba antes de abrirse mediante la acción de unas bisagras hidráulicas. Vapor brotó del interior del contenedor y Sailor Eos esperó a que éste se disipara. Cuando lo hizo, supo que había encontrado lo que tanto había estado buscando.

El cadáver de una Sailor Senshi completamente vestida de blanco y con la primera letra del alfabeto griego en su frente.

Sailor Alpha. Al fin te encontré.

Tokio, 25 de febrero de 1992, 2:58p.m.

—¿Y cómo está Amy?

—Menos mal la esquirla no perforó nada importante —respondió Mina, quien había ido a verla al hospital junto con Kunzite hace diez minutos atrás. Kunzite había decidido no entrar a Cuidados Intensivos al mismo tiempo que sus amigas. Sus demás compañeros habían decidido lo mismo, a excepción de Zoisite, por supuesto—. Le darán el alta mañana, aunque su madre está preocupadísima por ella. Piensa que Amy andaba buscando peleas sin propósito, pero no la culpa. No le puede decir lo que ella es… lo que todas nosotras somos.

—No lo entenderían —dijo Kunzite, asintiendo levemente con la cabeza—. Por cierto, creo que encontré un buen lugar donde podríamos ver nuestro futuro.

A Mina le brillaban los ojos. Estaba al tanto que él no creía en las ciencias alternativas, pero se veía entusiasmado solamente por complacerla a ella. Claro, aquello podría sonar un poco cruel y manipulador por parte de Mina, pero eran pocos los hombres que no trataban de complacer a sus parejas, aunque se tratara de cosas o pasatiempos que ellos no compartían. Se prometió a sí misma complacerle también en algo que a él le gustara. Después de todo, el amor se basaba en parte en la reciprocidad.

—¿Dónde es?

—A la vuelta de la esquina. Dicen que es un as de la adivinación.

—Espero que sea verdad.

Ambos doblaron una esquina y se encontraron con un local cuya fachada era de lo más rimbombante, pues parecía estar hecho de cartas apiladas en forma de arco. Mina asumió que el adivino iba a leerle el futuro a través de los naipes y entró al local junto a Kunzite.

El interior estaba pobremente iluminado, pero aquello alimentaba el aire de intriga y misterio. Extasiada, Mina se adentró más en el local, percatándose que el corredor era innecesariamente largo y estrecho. Las paredes estaba decoradas con papeles tapices con motivos de cartas inglesas y se podía oler un leve tufo a incienso. Mina apresuró el paso, no porque tuviese prisa por llegar al adivino, sino por escapar de aquel corredor tan extraño.

Al final del pasillo, había una mesa de madera, sobre la cual había un mazo de cartas, perfectamente apilado, una taza de porcelana, dentro de la cual se apoyaba la vara de incienso y, detrás de la mesa, había un sujeto que hizo que el corazón de Mina saltara a su garganta. Había reaccionado así porque conocía muy bien a ese hombre, pero no esperaba verlo en una casa de adivinación de mala muerte.

—¿Kaito? —dijo Mina casi sin respiración.

Kunzite miró a Mina con incredulidad.

—¿Lo conoces?

—Sí, por desgracia. Su nombre es Kaito Ace y solía luchar contra el mal cuando yo era Sailor V.

Kunzite miró a Kaito con una mezcla de curiosidad y desconcierto.

—¿Quién es él? —preguntó Kaito, señalando con un dedo a Kunzite.

—Él es Kunzite, uno de los cuatro Generales Celestiales —dijo Mina, tomando al aludido del brazo—, y mi novio.

Kaito hizo una mueca que pasó desapercibida para Mina, pero no para Kunzite.

—Ya veo —dijo, tomando el mazo de cartas y revolviéndolas mediante magia—. Después de lo que te dije cuando nos vimos por última vez, creí que jamás intentarías encontrar pareja. Obviamente, me equivoqué. Pero me temo que mis palabras siguen siendo ciertas.

Kaito terminó de revolver las cartas y dispuso cinco de ellas en una hilera, de modo que Mina pudiera verlas, claro que estaban volteadas hacia abajo.

—Escoge dos.

Mina, insegura de lo que Kaito quería probar, hizo lo que le había pedido y las vio.

—No me digas cuáles son. Ese no es el punto, en todo caso. —Kaito volteó las cartas que Mina no había escogido y pidió que le devolviera las que había tomado—. Mmm… veo que dejaste tanto el as como el rey de diamantes. También dejaste el as de espadas. Las mismas cartas que te mostré la última vez que nos vimos. Tú sabes lo que significa, ¿verdad?

Mina, entre todo lo que había ocurrido con el Reino Oscuro, la llegada de Rini y Black Moon, era incapaz de recordar la respuesta a esa pregunta. Kaito exhaló, buscando paciencia.

—El as de espadas significa muerte a manos de un enemigo muy poderoso —explicó Kaito en un tono parejo que ocultaba su indignación al ver a Mina con otro hombre—. Si lo dejaste atrás, significa que tú no serás la que va a morir. Pero, como dejaste el rey de diamantes, quiere decir que, tarde o temprano tú misma alejarás a tu novio de tu lado, dejándolo a merced de la muerte, o el as de espadas. El as de diamantes significa fuerza, por lo que, si la dejaste atrás, solamente hará que la muerte de tu novio signifique tal dolor para ti que terminarás sucumbiendo a éste. Quedarás marcada para siempre por ese dolor, y éste guiará todas tus acciones. Resumiendo, cualquier relación que tengas conducirá a ese resultado, porque no puedes ser Sailor Senshi y tener pareja al mismo tiempo. Al final, tendrás que elegir qué es lo que quieres (10).

Kunzite, en ese momento, lamentó haber llevado a Mina a ese lugar. Si hubiera sabido que el adivino iba a ser alguien tan resentido, porque así lo había percibido, habría acudido a otro local.

—Deberíamos irnos, Mina —dijo, y ella solamente le dio la razón. Mirando con el ceño fruncido a Kaito, la aludida se dejó conducir hacia la salida del local. Mina agradeció enormemente haber escapado hacia la luz de la ciudad—. Por cierto, noté que ese tal Kaito tiene un resentimiento bastante serio contigo. ¿Qué pasó entre ustedes?

—¿Estás seguro de querer escuchar la historia?

—Totalmente.

Mina suspiró.

—De acuerdo, pero no quiero que te enojes por lo que te voy a contar.

Tanto Mina como Kunzite ignoraron los pétalos de rosas que comenzaron a caer del cielo.

En ese mismo momento

Serena y Darien sí se habían percatado de la lluvia de pétalos de rosas. El fenómeno los había pillado con la guardia baja, pues ambos estaban discutiendo los últimos eventos, claro que Serena siempre se desviaba del tema, narrando anécdotas y pidiendo helado tras helado en una época del año en que no era sensato comer aquellos dulces.

—¡Qué lindo! —chilló Serena, dando vueltas con los brazos extendidos, sin prestar atención al tráfico de personas y, claro, de vehículos. El pobre Darien tuvo que salvar a su novia de tres potenciales accidentes de tránsito, pues ella no tenía ojos para otra cosa que no fuese la lluvia de pétalos de flores.

—Por favor, Serena, no seas imprudente —le recriminó Darien y Serena comenzó a hacerle un poco más de caso, aunque seguía perdiendo concentración por la lluvia de pétalos—. No sé por qué de pronto comenzó esta lluvia tan extraña.

Ambos estaban llegando a una plaza colmada de flores y de pasto, pero casi sin árboles. Darien notó que la lluvia era más intensa en ese lugar, y comenzó a sospechar del extraño fenómeno. Aquella no era la tarde que tenía planeada, aparte que no había confesado a Serena lo que había visto cuando sostenía a Rini en brazos. Darien se estremeció al solo pensamiento de aquella tragedia. La lluvia de pétalos quedó completamente olvidada, reemplazada por un sentimiento de urgencia y desesperación que solamente podía conducir a un desenlace, uno que no le gustaba, para nada. Sin embargo, lo que le causaba más congoja era Serena. Ya no había alegría en los ojos de Darien cuando la miraba, solamente preocupación y miedo. Por supuesto, Serena se había dado cuenta de eso, pero, por mucho que insistiera en que hablara del tema, Darien siempre hallaba una excusa para evitar hacerlo, cosa que tenía a Serena un poco preocupada.

Ambos se acercaban lentamente a la pileta que marcaba el centro de la plaza, cuando la lluvia de pétalos se convirtió en un remolino. Tanto Serena como Darien se cubrieron con los brazos, preguntándose qué estaba pasando, cuando el viento se detuvo, así como la lluvia. Darien dejó de protegerse y notó que había un hombre frente a él, vestido de manera casual, de cabello castaño. Se trataba de un sujeto muy delgado y que caminaba con ligereza y despreocupación. Mostraba una sonrisa moderada, como si acabara de ver a un amigo al que no veía hace algún tiempo.

—Hola, Darien.

El aludido miró al recién llegado con mucho desconcierto. Jamás había visto a ese hombre en su vida, pero, de algún modo, él parecía conocerlo. Frunció el ceño.

—¿Quién eres?

Esta vez fue el turno del desconocido para fruncir el ceño.

—Por favor, Darien, tú sabes quién soy. Estuviste conmigo cuando me sentí más solo. Recuerdo que me regalaste una rosa, y también recuerdo que te hice una promesa.

La situación se estaba tornando cada vez más extraña. Por mucho que Darien forzara su memoria, no podía recordar a ese individuo, mucho menos que le hubiera regalado una flor.

—Lo siento, pero todavía no sé quién eres.

En cuanto terminó de hablar, Darien se vio asaltado por una serie de imágenes que no pertenecían a sus propios recuerdos. Podía verse a sí mismo hablando con alguien que no conocía, podía ver cómo él le regalaba una rosa roja, e incluso se podía oír a sí mismo hablar de una promesa, algo sobre devolverle el favor.

Darien volvió a la realidad, tambaleándose un poco. Por un momento, no supo lo que había visto, pero luego recordó la forma en que había hablado, con una voz que no era la de él, y supo que se había metido en la cabeza de ese hombre, tal como le había pasado con Rini el día de ayer. También supo, finalmente, quién era el sujeto frente a él.

—Fiore (11) —dijo Darien en voz baja, aunque lo suficientemente fuerte para que el aludido la escuchara.

—Finalmente has recordado, Darien —repuso Fiore con una sonrisa—. Solamente he venido a decirte que, por fin, podré devolverte el favor. Encontré la flor perfecta para regalarte.

Serena, quien se había mantenido al margen de la discusión, estaba comenzando a sentir que sus entrañas se revolvían al ver a ese hombre llamado Fiore hablar con Darien de la forma en que lo estaba haciendo. No pudo evitarlo. Se sintió amenazada. Armándose de valor, se acercó a Fiore, frunciendo el ceño.

—Discúlpame, pero Darien es mi novio —dijo ella en un tono petulante que a Fiore no le agradó para nada. Se acercó a Serena, arrugando la cara, y la empujó hacia un costado, haciendo que cayera al suelo. Darien se apresuró a ayudarla, mirando a Fiore con una expresión inescrutable.

—Voy a cumplir con mi promesa, Darien —dijo Fiore, pero él lo percibió más como una amenaza que como una auténtica promesa. Después, se formó otro torbellino de pétalos, y Darien volvió a cubrirse. Cuando el viento se detuvo, miró hacia la pileta, pero no había nadie.

Las amenazas se están multiplicando se dijo Darien mientras ayudaba a Serena a ponerse de pie. Y los dramas también.


(9) En caso que se estén preguntando si es el mismo Kakeru que aparece en la película "El amor de la princesa Kaguya", sí, es el mismo.

(10) Esa es mi propia versión de la maldición que le arrojó Kaito Ace a Mina, puesto que no he leído, aún, el manga de Sailor V. Sé solamente una que otra cosa, nada más.

(11) En esta historia voy a integrar los hechos de la película "La promesa de la rosa" con el argumento principal. Pronto verán por qué lo haré de ese modo.