XXVIII
Sailor Mercury vs Kamikaze
Tokio, media hora atrás, a diez mil metros de altura
Rubeus no esperaba encontrar oponentes en ese lugar, pero le causaba gracia que las llamadas Sailor Senshi estuvieran ocupadas con otras amenazas. No sabía de dónde había provenido el sujeto llamado Kamikaze o ese extraterrestre de las orejas largas y el cabello pintoresco, pero estaban haciendo un buen trabajo distrayendo a las Sailor Senshi, lo que solamente podía trabajar a su favor.
—Rubeus —llamó el Gran Sabio, quien acababa de aparecer en medio del centro de mando de la nave trans-temporal—. Tengo las ubicaciones de los nexos de energía oscura. Las transmití al visor holográfico de la nave.
El dichoso visor holográfico mostraba un mapa de Tokio de Cristal y uno del Tokio actual que se superponía al primero. Unos puntos destellantes de color verde indicaban los nexos de energía oscura.
—Por cierto, Gran Sabio, ¿sabes dónde se encuentra el conejo en este momento?
—Por supuesto —repuso el aludido con su voz pausada y siniestra—. Se encuentra en la casa del guardián de la Tierra. Aprovecha que las Sailor Senshi se encuentran distraídas y tendrás éxito.
—Bueno —dijo Rubeus, masajeándose los nudillos—, es hora de ir nuevamente de paseo.
—Rubeus —dijo el Gran Sabio a modo de advertencia—. No subestimes al guardián de la Tierra. Concéntrate en el conejo y no en derrotar a su protector.
El aludido no dijo nada. Dando una última mirada hacia Tokio, se retiró del centro de mando, recordando que debía entregar la ubicación de los nexos de energía oscura a las Hermanas de la Persecución. Por fortuna, no necesitaba entregar los datos de forma física, pues la computadora de la nave haría el trabajo por él.
Rubeus encontró la calle en la que vivía el guardián de la Tierra y caminó con total calma por la acera, tratando de pasar lo más desapercibido posible, pero la gente vivía señalando el símbolo en su frente y sus extraños ropajes. No obstante, nadie le habló o intentó hacerle algo. Rubeus era solamente un tipo extraño.
Cuando llegó a la dirección especificada, a Rubeus le extrañó que hubiera un edificio en lugar de una casa. Luego, recordó que mucha gente vivía en sitios como esos, llamados departamentos. Había un control de acceso, supervisado por un guardia que leía un periódico dentro de una caseta de aspecto claustrofóbico, pero aquello no era ningún problema para Rubeus. Sin que el guardia se diera cuenta, se desvaneció y apareció frente al edificio, caminando casualmente hacia la entrada.
Después de subir las escaleras, Rubeus examinó cada puerta y encontró el número que buscaba. Esperando encontrarla cerrada con llave, usó uno de sus poderes para destruir la puerta y ésta voló hacia la sala de estar, rompiendo la ventana opuesta y precipitándose hacia el vacío. Rubeus esperó a que el humo se disipara y entró al departamento, pero no había rastro de un hombre allá. Solamente el conejo, quien miraba con pavor al recién llegado.
—Pues qué suerte —dijo Rubeus, dando pasos confiados hacia Rini, quien sostenía con fuerza su pelota con forma de Luna—. Ese guardián de la Tierra es descuidado. Te dejó a tu suerte, y ahora pagará el precio. Ven conmigo, enana. Será más fácil para ti si no pones resistencia.
Pero Rini no iba a rendirse. Había arriesgado mucho para estar allí y no tenía ninguna intención de darle en el gusto a su enemigo. Usó su Luna pelota y la transformó en un equipo de paracaidismo. Después, mientras Rubeus se acercaba para atraparla, se puso la mochila a la espalda y saltó por el agujero que había dejado la puerta. Gruñendo, se asomó por la ventana y vio un paracaídas rosa con un conejo blanco en el centro, planeando entre los edificios.
—¡Maldición! —se lamentó Rubeus, dando media vuelta y descendiendo por las escaleras. Salió del edificio por el acceso de vehículos, tratando de seguir con la mirada el trayecto del paracaídas, pero se había perdido entre los edificios y el tráfico matutino—. ¡Es la segunda vez que se me escapa, pero no habrá una tercera vez, ya lo verás!
En ese mismo momento
Sailor Moon sintió como unos brazos la agarraban y la apartaban del peligro en el momento justo. Sintió cómo rodaba por el pavimento, haciéndose daño en los codos y en las rodillas, pero fuera de eso, estaba a salvo.
Se puso de pie con cierta dificultad, tratando de ver quién la había salvado, aunque su corazón ya sabía de quién se trataba. Como era evidente, vio el hombre de la capa, el sombrero y el antifaz.
—¿Te encuentras bien? —quiso saber Tuxedo Mask con preocupación. La aludida se limitó a asentir mientras que Fiore miraba al recién llegado con el ceño fruncido. Conocía esa voz, aunque no pudiera ver bien quién se escondía detrás del antifaz.
—¿Darien? —dijo, dando un paso tras otro con extrema lentitud.
—¿Qué estás haciendo, Fiore? —preguntó Tuxedo Mask, desviando la mirada hacia Fiore—. ¿Por qué atacas a Sailor Moon? Ella no te ha hecho nada.
Fiore crispó los puños y arrugó la cara.
—No aún, pero lo hará. ¿Qué no ves que te está engañando?
—Estás diciendo tonterías, Fiore —repuso Tuxedo Mask, esta vez con más agresividad—. Sailor Moon no sería capaz de hacer algo así.
—¡Sé que lo hará! —exclamó Fiore, dando un paso hacia delante—. ¡Es lo que todos hacen! ¡Es lo que siempre me han hecho! ¿O acaso no recuerdas cuando nos conocimos, hace mucho tiempo? ¿Recuerdas lo que te dije sobre mí?
—No, pero no puedes escudarte tras esas palabras.
—¡Ya basta! —rugió Fiore, extendiendo sus manos y sus uñas se transformaron nuevamente en garras—. ¡No quiero que sufras a manos de esa chiquilla, Darien! ¡No quiero que te dejen solo, como lo hicieron conmigo!
Y Fiore atacó a Sailor Moon nuevamente. Tuxedo Mask supo que no había forma de apartarla del camino como lo hizo la primera vez. Sin embargo, su misión era protegerla, y eso iba a hacer, aun a costa de su propia vida.
Tragando saliva, Tuxedo Mask se interpuso entre Fiore y Sailor Moon, extendiendo los brazos en plan protector. Por otro lado, Sailor Moon había cerrado los ojos para no ver y, en lo posible, no sentir nada. Sin embargo, el dolor jamás llego, al menos, no en su cuerpo. Porque cuando vio que unas garras de color verde oscuro habían atravesado a Tuxedo Mask, su corazón volvió a fallar, de las tantas veces que había fallado últimamente. Fiore tenía los ojos abiertos y su brazo temblaba, mientras que Sailor Moon se aferraba al cuerpo de Tuxedo Mask, empapando su traje con sus lágrimas, llamándolo por su nombre.
—¿Tanto vale para ti la vida de Sailor Moon? —dijo Fiore, retrayendo las garras y acercándose a Tuxedo Mask—. ¿No entiendes que te va a abandonar, lo quieras o no? Si no quieres entender por las buenas, entonces lo harás por las malas. Que conste que esto lo hago por tu propio bien.
Fiore usó sus poderes para dejar inconsciente a Sailor Moon y la cargó sobre su hombro. Después de hacer lo mismo con Tuxedo Mask, hizo que sus pies despegaran del suelo y se elevó con rapidez hacia el cielo, justo en el momento en que Sailor Mercury abrió los ojos.
Se puso de pie con un poco de dificultad, sacudiéndose la cabeza y el polvo de su uniforme. Miró en ambos sentidos de la calle, notando que había gente mirando en las cercanías, señalándola con incredulidad. Sailor Mercury, ignorando al público, activó su visor, tratando de encontrar la señal de Sailor Moon, notando que estaba ganando altura, para luego desaparecer de la pantalla. Iba a apagar su visor cuando vio otra señal que se acercaba a toda velocidad hacia su posición. Miró en esa dirección y vio a lo que parecía un robot con forma de samurái y dos catanas cruzadas a la espalda.
Era Kamikaze. Sailor Mercury tragó saliva.
Estaba al tanto de lo que le había hecho a sus amigas, aunque eso no le hizo sentirse mucho mejor. Probablemente iba a sufrir el mismo destino que Rei, Lita y Mina, pero tenía algo muy claro en su cabeza: si ese iba a ser su fin, perecería de pie.
—Esto me gusta mucho —dijo Kamikaze, desenvainando sus dos catanas—. Eres justo la persona que andaba buscando, y sola, lo que es mejor. Ahora comprobaré si lo que han dicho de ti es cierto.
—¿Y qué han dicho de mí?
—Cosas sobre tus poderes —repuso Kamikaze, juzgando que dos catanas era demasiado. Con una bastaría—. Me han dicho que puedes congelar cualquier cosa y que usas una niebla extraña. No son poderes ofensivos, pero conozco gente que podría sacarle provecho a tus habilidades. Por eso, quiero que me muestres todos tus poderes, de lo contrario, muchas personas perderán la vida. —Kamikaze miró a su alrededor y notó la presencia de gente, quienes miraba la escena con desconcierto y pavor—. Y, por lo que veo, no faltarán víctimas.
—¡Déjalos en paz! —gritó Sailor Mercury, crispando los puños y volviendo a tragar saliva—. Pelearé contigo.
—Eso es lo que quería escuchar —dijo Kamikaze con una carcajada, maniobrando su catana de forma experta—. Ahora, ponte en guardia y muéstrame de lo que eres capaz.
Sailor Mercury flexionó las piernas y juntó ambas manos, cerrando los ojos, buscando concentración en un momento en que era muy difícil encontrar algo así. Sabía que Kamikaze iba a atacar en cualquier momento, por lo que se dio prisa.
Kamikaze dio el primer paso. Alzó la catana por encima de su cabeza y se abalanzó sobre Sailor Mercury, al tanto de que podía crear una niebla defensiva. Sin embargo, la armadura iba equipada para contrarrestar los poderes de las Sailor Senshi y, entre otras cosas, poseía visión térmica. Aquel sensor hacía que la niebla de Sailor Mercury fuese completamente inútil. Podía encontrarla aunque no se pudiera ver siquiera a dos centímetros a la redonda. Por eso, cuando Sailor Mercury iba a hacer su movimiento, Kamikaze se preparó para tal contingencia y activó el sensor térmico. Sin embargo, Sailor Mercury no hizo lo que Kamikaze había anticipado.
Un chorro de agua helada tomó a Kamikaze por sorpresa, congelando inmediatamente sus piernas, incapaz de moverse. Al ver que no podía deshacerse del hielo a través de su propia fuerza, usó su catana para romperlo con más efectividad, sin saber que Sailor Mercury había sacado su computadora de bolsillo y tecleaba con rapidez. Instintivamente, supo que lo que estaba haciendo su oponente era algo peligroso y dejó de romper el hielo para atacar directamente a Sailor Mercury, pero ella había anticipado aquel movimiento y se retiró hacia la cobertura de un edificio, donde estaría protegida de sus vientos. Maldiciendo, Kamikaze volvió a su tarea de romper el hielo, mientras veía cómo sus sensores estaban siendo interferidos y deshabilitados de forma remota.
¡Demonios! ¿Cómo lo hizo? ¿Cómo diablos pudo piratear la computadora de mi armadura? Se supone que está protegida por los mejores cortafuegos de la NSA, entonces, ¿qué pasó?
Cuando Kamikaze se deshizo del hielo, todos los dispositivos electrónicos, sensores y procesadores habían sido deshabilitados, pero podía moverse. Gruñendo de fastidio, Kamikaze encontró a Sailor Mercury y, haciendo un gesto violento con su catana, la envió unos quince metros hacia atrás, cayendo de espaldas y casi quedando inconsciente nuevamente. Sin correr riesgos innecesarios, Kamikaze corrió a toda velocidad hacia Sailor Mercury para asestarle el golpe final, pero su visión se fue nublando hasta que, pronto, ya no pudo ver nada siquiera a un metro a la redonda. Fue cuando se dio cuenta cuál era la mayor fortaleza de Sailor Mercury. Sus ataques no eran ni remotamente tan poderosos como el de las demás Sailor Senshi que había enfrentado, y si estuvieran en manos de cualquier otra persona, la habría hecho un oponente fácil de derrotar. Pero Sailor Mercury sabía cómo y cuándo emplear sus poderes. No solamente peleaba con el cuerpo, sino que con la cabeza también. Desmond Hudson tenía razón sobre ella; Sailor Mercury era, en efecto, muy inteligente. Pero había formas de deshacerse de la niebla.
Kamikaze sacó sus dos catanas y comenzó a girar de forma muy rápida, espantando lentamente la niebla y aclarando la visión. Parecía que todo estaba saliendo bien, cuando sintió cómo sus brazos iban perdiendo velocidad hasta detenerse por completo. Para cuando la niebla se hubo disipado totalmente, vio que sus brazos, piernas y torso estaban completamente congelados. Podía mover solamente la cabeza, y eso le causaba mucha rabia. Había podido derrotar a jóvenes que poseían ataques devastadores y no pudo con una joven que se había limitado a usar su cabeza. Sin embargo, aún tenía su fuerza física y aún podía intentar romper el hielo. Hubiera usado su armadura para derretirlo, pero Sailor Mercury se había deshecho de toda la electrónica, dejándolo casi indefenso. La única forma de escapar era rompiendo el hielo usando su musculatura para dilatar y contraer la armadura. Había comenzado a hacer precisamente eso cuando Sailor Mercury se alejó de ella hasta que estuvo a unos buenos cincuenta metros. No sabía lo que pretendía hacer, pero sí tenía claro que no iba a ser nada bueno. Se dio prisa en romper el hielo, justo cuando Sailor Mercury comenzó a correr a toda velocidad.
El hielo había probado ser más duro de lo que Kamikaze había imaginado, porque aún no podía romperlo. Mientras tanto, Sailor Mercury dio un salto, extendiendo ambas piernas hacia delante, empleándolas como un ariete, e impactó el hielo con todas sus fuerzas.
El efecto fue instantáneo.
El hielo se hizo añicos, y con éste, la armadura, exponiendo a la persona debajo de ella. Las sospechas de Sailor Mercury se vieron confirmadas cuando vio la cabellera larga y plateada de la mujer que le había pedido información sobre Herbert Dixon hace varios días atrás. Sin embargo, iba ataviada con un vestido extraño. Era, sin duda, el uniforme de una Sailor Senshi, pero era de color azul cielo, con dos listones de color celeste que se cruzaban adelante y atrás, las botas largas eran del mismo color que el uniforme y la tiara era más ornamentada que el de una Sailor Senshi normal (14). Sailor Mercury se puso de pie, incapaz de dar crédito a lo que estaba viendo.
Kamikaze era una Sailor Senshi. Eso venía a significar que Saori era una Sailor Senshi, pero, pensó Sailor Mercury, eso no tenía sentido. Desde que la conoció que había tenido la impresión de haberla visto en otra parte y en otro tiempo, pero sentía que algo andaba mal, y tenía mucho que ver con el uniforme que estaba usando. De algún modo, se le vino a la mente un paisaje desértico y una sensación de ahogarse, sin que le faltara en absoluto el aire. De pronto, sintió la sombra de un dolor en su pecho, como si alguien le hubiera disparado con un arma. Kamikaze aprovechó la confusión para noquear a Sailor Mercury con uno de sus ataques de aire y robó la computadora de bolsillo. Estaba segura que Desmond Hudson le iba a encontrar alguna utilidad, pues sabía que había sido eso lo que había inutilizado los sensores, pero mentes más brillantes que la suya lo iban a averiguar. De momento, consideró su misión como cumplida, y despegó hacia los cielos, pensando en Sailor Mercury y en cómo casi la había derrotado. No sabía por qué, pero esa Sailor Senshi había desatado en ella recuerdos que no le pertenecían.
Aquellos pensamientos la molestaron durante todo el vuelo hasta Washington.
Una hora más tarde
Rini vagaba por las calles de Tokio, buscando algún refugio en medio del usual caos citadino. A cada momento miraba hacia atrás o en dirección de cualquier calle, esperando que ese hombre del cabello pelirrojo y la luna invertida en su frente apareciera en cualquier momento para atraparla. A veces se preguntaba para qué la querían los esbirros de Black Moon, porque sabía que esa organización andaba tras sus pasos, pero ignoraba sus motivos. Sin embargo, juzgó que esas preguntas debían esperar. Lo que importaba en ese minuto era encontrar refugio seguro, y supo que necesitaba contar con la protección de las Sailor Senshi. Con ese afán, preguntó en la calle por ellas o sus nombres reales. Como era de esperarse, mucha gente conocía a las Sailor Senshi y algunos de ellos habían sido testigos de la batalla contra Kamikaze. Uno de ellos fue lo suficientemente amable para entregarle la dirección del hospital, aunque le recomendó que fuera pensando en unas palabras de despedida, porque Kamikaze las había hecho puré.
Al principio, Rini tuvo muchos problemas para ser tomada en serio por la recepcionista del hospital, más que nada por su aspecto de niña de ocho años. Le decía a cada momento que buscara a sus padres, pero, por alguna razón, Rini hacía pucheros cada vez que alguien mencionaba a sus progenitores. Finalmente, tuvo que mencionar los nombres de Rei, Lita y Mina para que le entregara la información que necesitaba. Preguntándose si era cierto que ellas estaban al borde de la muerte, Rini tomó el ascensor y llegó al piso de Cuidados Intensivos.
No obstante, lo primero que pensó Rini al llegar a la sala donde estaban Rei, Lita y Mina, fue que la persona que le indicó la dirección del hospital debió haberle jugado una broma muy cruel, porque esperaba verlas inconscientes y conectadas a ventilación artificial, pero allí estaban, sentadas sobre sus camas, comiendo y conversando entre ellas como si no hubieran sido vapuleadas por algún androide con forma de samurái.
—¿Chicas? —preguntó Rini de forma incierta. Ellas dejando de intercambiar palabra y miraron a Rini con cierta incredulidad.
—¿Qué haces aquí? —quiso saber Rei con un poco de preocupación—. Pensé que estabas bajo el cuidado de Darien.
—Dijo que necesitaba irse porque esa tonta de Serena estaba en peligro —repuso Rini, encogiéndose de hombros—. Pensé que estarían en peligro de muerte. Me dijeron que un tal Kamikaze las había derrotado.
Tanto Rei como Mina se rascaron la cabeza distraídamente. Fue Lita quien respondió.
—No sé qué fue lo que ocurrió —dijo, mirando a las sábanas como fascinada por ellas—. En un momento estábamos al borde de la muerte, al otro, despertamos sin ningún dolor o herida. Los médicos lucían estupefactos. Nadie pudo explicar qué fue lo que pasó. Pero eso no importa, por ahora. En unos minutos más, los médicos nos deberían dar de alta. Después, nos reuniremos con Serena y Amy para ver qué podemos hacer.
—Pero Serena está en peligro —dijo Rini con los ojos abiertos—. Deberíamos ir a rescatarla.
Apenas Rini terminó de hablar cuando otra persona apareció en la sala. Era Amy. Tenía la cabeza vendada, lo que preocupó un poco a las chicas.
—Lo que dice Rini es cierto —dijo Amy, haciendo que las demás compusieran caras de sorpresa—. Pensé que estaban a punto de morir. Me tenían preocupada.
—No luces demasiado preocupada —observó Rei, frunciendo el ceño—. Tal vez podrías explicarnos por qué seguimos con vida. Kamikaze estuvo a punto de matarnos y lo hubiera hecho, pero algo ocurrió mientras estábamos fuera de combate.
—Podría, pero no puedo en este momento.
—¿Por qué?
—Estuve peleando contra Kamikaze —dijo Amy, y las demás contuvieron el aliento. Había que tener muchas agallas para pelear contra semejante adversario a solas, pero lo más sorprendente era que Amy había sobrevivido al combate con solo una lesión en su cabeza.
—Te fue mejor que a nosotras —dijo Mina, rodando los ojos. Amy la taladró con la mirada.
—Me fue peor que a ustedes —dijo, bajando la cabeza—. Me distraje por un momento y ella me noqueó. Cuando desperté, noté que mi computadora de bolsillo había desparecido, así que asumo que Kamikaze me la robó. Pero descubrí algo inquietante sobre él, o debería decir, ella.
—¿Y de qué se trata?
—Bueno, fui capaz de romper su armadura y ver lo que había debajo. Por supuesto, ya sabía quién era por unos planos que obtuve del banco de datos de la NSA, pero cuando destruí la armadura de Kamikaze, descubrí otra cosa.
Rei, Lita y Mina se inclinaron hacia delante, interesadas por el relato de Amy.
—La persona detrás de la armadura de Kamikaze es Saori, esa chica del cabello plateado que nos pidió información sobre Herbert Dixon, ¿recuerdan?
Mina no recordaba ese nombre, pero Rei y Lita sí. Bastante bien.
—¿Esa tonta maleducada que no sabe cómo comportarse? —gruñó Rei, recordando como Saori les había gritado como si ellas fuesen chicas cualquiera.
—Sí, recuerdo a esa chica. Intenté golpearla, pero tenía una fuerza del demonio —dijo Lita, sintiendo la sombra de un dolor en la quijada.
—Pero eso no es todo —continuó Amy, como si Rei y Lita no hubieran hablado en absoluto—. Cuando destruí la armadura, vi no solamente que era, en efecto, Saori la que se escondía tras el nombre de Kamikaze, sino que ella es una Sailor Senshi.
Tanto las chicas como Rini quedaron con una expresión de total incredulidad. Aquella información era nueva y desconcertante. Siempre habían pensado que, después de recordar todo lo que había pasado en el Milenio de Plata, ellas eran las únicas Sailor Senshi…
—Espera un momento —dijo Rei de repente—. Nosotras sabíamos que Saori era una Sailor Senshi, o al menos lo fue. ¿Recuerdan lo que dijo Luna sobre ella? Ella era Sailor Silver Moon.
—Lo sé —dijo Amy, quien recordaba a la perfección aquella conversación—, pero su uniforme no concuerda con lo que recordamos sobre Sailor Silver Moon. Estoy segura que he visto ese uniforme en otra parte, pero no puedo recordar dónde ni cuándo. Puede que ni siquiera sea la Saori que conocimos en la base de operaciones, pero tenemos que asegurarnos. Lo que debemos hacer es recuperar mi computadora de bolsillo, pero después de rescatar a Sailor Moon.
Rei frunció el ceño nuevamente.
—¿Qué le pasó a Sailor Moon?
—Estábamos lidiando con un asunto que involucraba a personas inconscientes y plantas cuando nos encontramos con un hombre de aspecto extraño. Jamás lo había visto en mi vida. Recuerdo que me atacó y me dejó inconsciente, pero cuando desperté, noté que la señal de Sailor Moon se alejaba hacia el cielo, en la misma dirección donde se encuentra el meteorito en forma de semilla, así que asumo que fue secuestrada.
Las chicas quedaron en silencio, todas pensando en la misma cosa.
Los enemigos se estaban multiplicando como una colonia de bacterias. Primero, ese hombre que pertenecía a una organización llamada Black Moon, después, una Sailor Senshi desconocida en armadura llamada Kamikaze, lo que implicaba que el gobierno de Estados Unidos también contaba como enemigo y un adversario desconocido había secuestrado a Sailor Moon para propósitos que Dios sabría mejor.
No obstante, una nueva amenaza esperaba a la vuelta de la esquina.
Washington, cinco horas más tarde
Desmond Hudson había tenido algunos problemas para justificar su ausencia en esa ocasión, porque tampoco podía descuidar sus funciones habituales como Secretario de Defensa. Entre otras cosas, debía tomar algunas decisiones sobre los últimos reportes de NORAD sobre la nave espacial que merodeaba por los cielos de Tokio. Lo extraño era que su posición no afectaba a ninguna de las rutas aéreas en ese sector, como si fuese su intención pasar desapercibido. También era raro que la aviación japonesa no tomara medidas al respecto, pues esa nave estaba ocupando su espacio aéreo sin autorización. En todo caso, se requería un tipo especial de sensores para detectar el objeto, porque no había reportes alegando haber visto una nave flotando en medio del cielo de Tokio.
Fue cuando Kamikaze apareció, pero Desmond notó que no usaba la armadura que uno de los tantos contratistas de defensa había diseñado y construido. Vestía como una de esas Sailor Senshi, pero daba lo mismo. Esperaba resultados de la batalla contra Sailor Mercury.
—¿Y bien?
—Subestimamos a Sailor Mercury —dijo Kamikaze, extrayendo un objeto de color celeste y con un símbolo extraño, tendiéndoselo a Desmond—. Ella fue quien destruyó mi armadura. Al parecer, usa lo que parece un condensado Einstein-Bose para reducir la temperatura de cualquier cosa, congelando cosas al instante y volviéndolas muy frágiles. Así, puede romper acero como si fuese vidrio.
Desmond se llevó una mano al mentón, pensando.
—Yo creía que el condensado Einstein-Bose era un concepto teórico, como la fusión fría.
—Sí, tanto como que una chica de catorce años pueda generar un millón de voltios con su cuerpo —dijo Kamikaze con un poco de impaciencia—. Yo creo que es un buen candidato para una potencial arma, pero Sailor Mercury tenía otra sorpresa, y tiene que ver con lo que le acabo de entregar.
Desmond miró el objeto y se dio cuenta que era una especie de teléfono inteligente, con la diferencia que ocultaba un teclado deslizable y lo que parecían una batería de sensores.
—Esa computadora deshabilitó todos los sistemas de mi armadura fácilmente —dijo Kamikaze—. Quizá a los técnicos de la NSA puedan extraer algo de utilidad.
Desmond se sintió como un niño que había recibido un regalo de Navidad largamente anticipado.
—Has hecho muy bien, Kamikaze. Por eso, cumpliré con mi parte del trato.
Kamikaze mostró una sonrisa amplia. Sabía muy bien qué hacer con el beneficio que Desmond Hudson le había prometido.
(14) El uniforme de Sailor Zephyr, un personaje que aparece en "Cortejando el apocalipsis". Las razones de por qué Saori usa ese uniforme en particular vendrán luego.
