XXXI
Resurgimiento
Nota: Para la secuencia final de este capítulo, les sugiero que lo lean mientras escuchan "Moon Revenge". Los que han visto la película "La promesa de la rosa" sabrán por qué.
Washington, 02 de marzo de 1992, 04:47p.m.
Herbert Dixon se había quemado las pestañas tratando de encontrar algún uso práctico al huevo que había caído en la superficie. Claro, en su momento había pensado en aprovechar su enorme resistencia para construir refugios a prueba de sismos, y había aislado el polímero que otorgaba aquella cualidad, pero creía que podía tener otros usos, y había estado trabajando de forma incesante para encontrarlos.
Herbert le había hecho de todo al huevo; lo había incinerado, sometido a altas presiones, radiación de microondas, ultravioleta e infrarroja, incluso había cultivado una cepa particularmente agresiva de ébola en una muestra del huevo, pero era como si no hubiera hecho nada. Cualquier daño era subsanado de forma inmediata, como si el huevo pudiera adaptarse a las condiciones extremas y sanar cualquier herida, por graves que fuesen. Herbert había estado tan obcecado en encontrar algún uso alternativo al tejido del huevo que hace rato que le dolía la cabeza. Juzgando que seguir trabajando en ese estado no le iba a hacer bien, decidió abandonar el laboratorio y encaminó sus pasos hacia la pecera, donde por lo menos podría hallar algún relajo.
No supo por qué, pero pensar en el descanso le trajo el recuerdo de aquella ocasión en la que estaba planeando recuperar esos sarcófagos de las manos de Henry Abberline en la localidad de Honolulu. Recordaba cómo un antiguo asociado de él, Patrick Knoxville, le había recomendado relajarse seduciendo a una chica. A Herbert no le habían interesado las chicas desde que era joven, cuando se dio cuenta que la pasaba mejor con los chicos. Aquella noche con Rita había sido el único experimento heterosexual que había hecho desde que descubrió que era gay. Recordaba que el experimento había sido satisfactorio, además de servir a su propósito original.
Sin embargo, Herbert ya no estaba en edad de hacer experimentos o pensar en su sexualidad. Ya no se consideraba heterosexual o homosexual. Solamente estaba el plan, el gran plan. El único relajo que consideraba que le hacía bien era la lectura. Pues en ese momento, a Herbert se le antojaba algo de literatura clásica. Tomó un libro de su biblioteca y ojeó la tapa. Soltó una carcajada. El viejo y el mar era como una analogía de su propia experiencia. El libro se trataba, a grandes rasgos, de lo que pasaba cuando alguien trataba de masticar más de lo que podía digerir. Herbert a veces se sentía como el pobre Santiago, porque el plan que estaba llevando a cabo era tan colosal que en ocasiones temía que los tiburones deshicieran todo lo que había conseguido, dejándolo con nada.
¿Estaré masticando más de lo que puedo digerir?
Sabiendo que no había forma de aseverarlo hasta que su plan estuvieran en sus fases finales, Herbert decidió que iba a leer otro libro, algo que no tuviera que ver con peces gigantes, porque también había considerado leer el clásico de Herman Melville acerca de una ballena enorme (15). Al final, decidió que algo de ciencia ficción no le haría mal. Arthur C. Clarke siempre era una buena opción, aparte que no había terminado el primer libro de la saga 2001: Odisea Espacial. Pudo haber visto la película basada en el libro, pero Herbert era una criatura de las letras, no de las imágenes.
No había siquiera abierto el dichoso libro cuando se le vino a la mente todas aquellas pruebas que le hizo al huevo. Muchas de ellas habían sido muy agresivas, pero el bendito huevo no parecía haber recibido ningún daño. Podría no haber leído siquiera una palabra, pero la distracción le había servido para poder ver las cosas desde otra perspectiva.
El huevo tiene capacidades asombrosas de regeneración. Incluso pudo resistir una enfermedad particularmente agresiva. ¿Qué pasaría si sintetizo parte de su tejido para crear una cura para el mal de Hotaru? El profesor Tomoe estaría muy agradecido. Pero la biología no es mi fuerte. Necesito al profesor.
Herbert se puso de pie y abandonó la pecera. Su destino: el domo habitacional del complejo.
Encontró al profesor Tomoe despierto, pero no por falta de sueño, de otro modo, habría notado ojeras en su cara. Por el contrario, lucía más sano y descansado que la última vez que habló con él.
—Ah, hola, Herbert.
—Profesor Tomoe, ¿se siente bien para trabajar?
—Estoy en buenas condiciones —dijo el aludido, poniéndose de pie—. No se lo dije antes, pero sus instalaciones son muy cómodas.
—Me siento halagado, profesor —repuso Herbert con un gesto cortés de su cabeza—. Lo menos que puedo hacer por mis empleados es que se sientan cómodos trabajando para mí. ¿Sabe? Hubo un momento en que trataba mal a las personas que cometían un error haciendo su trabajo. Perdí muchos seguidores por culpa de esa actitud y supe que debía cambiar. De hecho, si mis subordinados se sienten más cómodos trabajando conmigo, cometen menos errores, y cuando lo hacen, son menos significativos. ¿Eso me hace una buena persona?
—Una buena persona es definida por sus acciones, Herbert. Y, por lo que he visto, usted definitivamente lo es.
—Bueno, de todos modos, no estoy aquí por una charla trivial, profesor —dijo Herbert, haciendo un gesto para que Soichi Tomoe saliera de su habitación—. Verá, hace no mucho cayó un meteorito en el perímetro del complejo. Resumiendo, hay cosas en ese meteorito que pueden curar a Hotaru de forma definitiva, sin importar qué enfermedad tenga.
Herbert supo que sus palabras habían causado el efecto deseado cuando vio que los ojos del profesor Tomoe se abrieron más de la cuenta.
—¿Lo dice en serio?
—Estuve haciendo pruebas toda la noche y parte de este día —dijo Herbert, ansioso por compartir los resultados de sus experimentos con el profesor—. Las sustancias del meteorito poseen capacidades regenerativas, sanando tejidos y resistiendo enfermedades agresivas. Lo probé con una cepa de ébola, y nada.
—¿Ébola, dice? —El profesor Tomoe pasó de estar sorprendido a estar emocionado en menos de cinco segundos—. Pero… pero esa enfermedad es una de las peores del mundo. ¿Cómo diablos pudo un tejido orgánico tolerarlo sin problemas?
—A mí que me cuelguen —repuso Herbert, encogiéndose de hombros—. El punto es que se puede sintetizar una cura a partir del tejido, pero no puedo hacerlo solo. Necesito su ayuda y sus conocimientos de biotecnología. ¿Puedo contar con usted?
El profesor Tomoe miró a Herbert con una expresión de incredulidad.
—¿Contar conmigo? ¿En algo que puede salvar la vida de Hotaru? Pues claro que puede. Pongámonos manos a la obra.
Cuartel general de la NSA, dos horas más tarde
Amy Snow era una relativamente nueva adición a la organización, pero su brillantez había sido puesta a prueba en varias ocasiones, con mucho éxito. Sin embargo, a ella le gustaba trabajar sola, trataba mal a sus colegas, a veces diciéndoles en la cara que era más inteligente que el resto de los empleados de la NSA y su soberbia podía ser tan grande como el mismo complejo en el que trabajaba. Sin embargo, pese a todos aquellos defectos, estamos hablando de una joven que se sabía capaz de lograr cualquier cosa, jamás titubeaba a la hora de proponer ideas o de decir lo que pensaba y, por supuesto, nunca nadie le había visto balbucear o mostrar algún signo de nerviosismo (16).
Hace no mucho, el Secretario de Defensa había llegado a la NSA con un paquete especial. Se trataba de una computadora de bolsillo que parecía contener una especie de algoritmo que neutralizaba cualquier cortafuegos. Muchos pensaron que era imposible que existiera un trozo de código que fuese penetrar defensas tan tupidas como las de la NSA, pero Amy había logrado algo similar hace un par de meses atrás. Se trataba de un crimen, pero llamó la atención de la NSA y, antes que la corte de Washington pudiera emprender acciones legales en su contra, ya se podía contar entre la élite de los genios de las computadoras. Fue por eso que Desmond Hudson había confiado en ella para desvelar los secretos de aquella computadora, porque los demás simplemente no tenían la habilidad.
Amy tuvo el dispositivo por la mayor parte de tres horas, tiempo que usó para descubrir cómo se usaba. Sorpresivamente, no le fue complicado aprender todos sus comandos y operaciones, como si el aparato hubiese sido diseñada por ella misma. Contenta, exploró los directorios con un comando de búsqueda inteligente y halló una carpeta llamada "alfombra roja".
Esto debe ser importante.
Pensaba eso porque los metadatos de la carpeta estaban protegidos por una contraseña de 128 bits, como si el dueño de la computadora no quisiera que otras personas supieran de qué se trataba el programa. Amy sabía que a la computadora más potente que poseía la NSA le tomaría más de tres siglos encontrar la clave por fuerza bruta, algo absurdo, porque ni siquiera existían claves de 64 bits en el mundo. No quería ni imaginar de qué forma estaría protegida la misma carpeta. Encogiéndose de hombros, trató de abrir la carpeta y apareció una imagen. Se trataba de un paisaje montañoso pintado a mano y abajo había una pregunta engañosamente simple.
¿Para quién es este cuadro?
No había ningún recuadro donde escribir una respuesta, por lo que Amy asumió que debía decir la respuesta. Y, si eso era cierto, entonces el dueño seguramente había usado su propia voz como contraseña, además de la misma respuesta. Pensando rápido, abrió un navegador e hizo una búsqueda de la imagen por internet. Curiosamente, había miles de coincidencias. Amy pensó que habría solamente unas pocas, pero no se iba a rendir tan fácilmente. Recordó la pregunta que bloqueaba la carpeta y añadió unos pocos parámetros a la búsqueda. Las coincidencias se redujeron drásticamente. Fue comparando imagen por imagen, pues ninguna de ellas era exactamente igual a la otra, hasta que encontró una que era idéntica a la que protegía la carpeta. Los mismos trazos, los mismos colores y el mismo encuadre. Consultando los datos del cuadro, se trataba de un óleo que había sido pintado hace seis meses y enviado a Tokio a través de correo aéreo. Cuando vio el nombre del destinatario, tuvo que soltar una carcajada.
Así que el cuadro es para una tal Amy. Eso significa que la computadora es de ella también. Pero, ¿cómo una adolescente puede estar en posesión de algo tan poderoso?
Amy usó nuevamente un motor de búsqueda para encontrar cualquier cosa sobre aquella computadora de bolsillo. No halló funcionalidades o especificaciones técnicas, pero sí halló una imagen muy ilustrativa. Se trataba de una imagen de prensa, en la que podía ver claramente la computadora de bolsillo en manos de una joven de cabello azul y que usaba un uniforme bastante estrafalario. Contempló el símbolo en la tapa de la computadora y todo cobró sentido.
Esta es la computadora de Sailor Mercury. ¡Con razón no pude hallar una igual! No es algo que pueda comprar en un centro comercial. Así que Amy es una Sailor Senshi, aunque eso no me sirve para abrir la carpeta. Debo hallar una grabación de su voz.
Utilizó el motor de búsqueda de la misma computadora y halló múltiples registros de voz. Reprodujo cada uno de ellos, pero en ningún registro aparecía su nombre con su voz. Luego, recordó de quién era la computadora y supo que había estado buscando la aguja incorrecta en el pajar correcto. Volvió a reproducir los registros de voz y halló lo que estaba buscando. Descargó el archivo y lo copió a una computadora con un mejor sistema de audio. Necesitaba que la voz se escuchara lo más nítidamente posible. Editó el archivo de forma que solamente se escuchara lo que importaba y puso la computadora frente al parlante de alta fidelidad. Reprodujo el archivo.
Como por arte de magia, la protección desapareció y la carpeta se abrió, mostrando diferentes archivos. Cuando cargó el código fuente del programa, vio en la descripción que Alfombra Roja era un protocolo de handshake avanzado capaz de burlar cualquier cortafuegos. Es un código de líneas mutantes. Se adapta a las defensas del huésped, haciéndose pasar por un fichero inofensivo para el sistema. ¡Diablos! Alfombra Roja es básicamente un troyano, pero décadas más adelantado que los troyanos actuales. Con razón Amy llamó así a su programa. Es como si un cliente VIP entrara a un club exclusivo, excluyendo a los demás. Amy también sabía que los códigos mutantes eran empleados en virus informáticos, pero jamás había visto uno que pudiera adaptarse a los cortafuegos más avanzados del mundo. Fue cuando una sonrisa se apoderó del rostro de Amy. Con esto puedo entrar en cualquier sistema y nadie lo sabría jamás. Oh, esto va a hacer muy feliz a Desmond Hudson, aunque no me molestaría tener una copia de Alfombra Roja para mí. Mi tiempo en la NSA se acabó. Con esto podría ser millonaria y sembrar el caos al mismo tiempo.
Sonriendo para sus adentros, Amy conectó un cable a la computadora y descargó Alfombra Roja, protegiendo la carpeta con una contraseña y firma biométrica para que nadie más que ella tuviera acceso.
Órbita cercana a la Tierra, a 750km de la superficie, 06:36p.m, hora de Tokio
Tuxedo Mask apenas podía sostener las garras de Fiore. Sus fuerzas habían sido diezmadas desde que recibió aquella herida mortal en su pecho y sus rodillas dieron en el suelo, mirando a su contrincante con la cara arrugada a causa del esfuerzo.
—No me gusta pelear contigo, Darien —dijo Fiore, tratando de que su oponente se rindiera en lugar de simplemente matarlo—. Eres mi amigo, y eso siempre será así. Pero tienes que entender lo que trato de decirte. Sailor Moon, tarde o temprano, te va a abandonar, porque eso es lo que hacen las personas que te aman.
—Dime una cosa —dijo Tuxedo Mask con dificultad—, ¿eres tú quien cree eso, o la flor en tu pecho?
—Ya te dije que nadie me está diciendo qué hacer —dijo Fiore con menos paciencia que antes—. No soy esclavo de una planta, si es eso lo que estás insinuando. Por favor, Darien, hazme caso. Si lo haces, dejaré de atacarte, pero deberás prometerme que me harás caso. Sailor Moon es una embustera.
—¿Pero qué estás diciendo, Fiore? —replicó Tuxedo Mask, sacando fuerzas de flaqueza para zafarse del ataque de su amigo—. No puedes decir algo así de alguien que no conoces. Prefiero morir a abandonarla, aunque tenga que pelear contigo.
Fiore suspiró en señal de decepción.
—Veo que no quieres entrar en razón. Está bien, Darien. No me gusta lo que tendré que hacer, pero es necesario.
Usando todas sus fuerzas, Fiore empujó a Tuxedo Mask, haciendo que rodara varios metros, quedando de espaldas, incapaz de moverse. Recuperando el aire, avanzó hasta donde yacía su oponente e iba a asestarle el golpe final, cuando una muralla de fuego se interpuso entre él y su presa. Confundido, Fiore miró hacia un lado y vio a una de esas molestas Sailor Senshi, los brazos extendidos hacia él. Fue cuando cometió un error fatal.
Se distrajo.
Fiore iba a moverse, pero fue como si sus piernas se hubieran congelado. Miró hacia abajo y vio que, en efecto, todo de su cintura para abajo se había convertido en hielo. Fiore miró en todas direcciones, tratando de ver de dónde habían provenido los ataques, pero cuando vio a Sailor Mercury, sintió que sus brazos se pegaban solos a su cuerpo. Volvió a mirar hacia abajo y notó que había sido atado por una cadena de luz.
Miró al frente, y vio a Sailor Jupiter, quien ya había hecho aparecer su antena.
—Si no quieres salir lastimado, toma tu asteroide y llévatelo lejos de aquí.
Fiore, lejos de lucir desesperado, compuso una sonrisa.
—No me llevaré nada a ninguna parte.
En el momento en que Fiore acabó de hablar, todo el lugar comenzó a temblar. Las Sailor Senshi miraron en todas direcciones, esperando que el asteroide se llenara con enemigos similares al que Sailor Mercury y Sailor Moon habían enfrentado. Pero nada de eso ocurrió. En su lugar, tentáculos brotaron del suelo y, antes que las Sailor Senshi pudieran reaccionar, estaban atrapadas por los brotes. Instantes después, los tentáculos comenzaron a robar la energía de las guerreras, mientras que Fiore se deshacía de todo lo que le tenía atrapado.
—Como te dije, Darien, contaba con que las Sailor Senshi aparecieran —dijo, desviando la vista de su amigo y fijándola en Sailor Moon, cuyo pecho brillaba cada vez más—. Viendo que tú no quieres deshacerte de ella, permíteme que yo lo haga por ti. Después de todo, pese a mis palabras anteriores, no sería capaz de matarte. Discúlpame por lo que voy a hacer, pero no hay otra forma de evitarte sufrimientos futuros.
Fiore caminó hasta donde yacía Sailor Moon, dispuesto a poner fin a aquella patética vida, cuando vio que ella se ponía de pie como si estuviera desafiando la gravedad. Su pecho brillaba con un cegador destello plateado y sus ojos se abrieron lentamente.
—¿Pero qué diablos está pasando?
—¿Por qué no puedes creer en el amor, Fiore? —dijo Sailor Moon en una voz apenas más alta que la de un susurro, pero que sin embargo, se podía escuchar con claridad—. ¿Por qué crees que las personas que te aman te abandonarán?
Fiore bufó. La pregunta, en su opinión, era estúpida.
—Porque eso es lo que hacen —repuso el aludido, mirando a Sailor Moon con la cara arrugada—. Puede que no lo sepas, pero he estado observando este mundo desde que llegué a este planeta. Darien fue el único que me recibió de la forma en que yo esperaba, fue el único que me aceptó por lo que soy. En cuanto a los demás, apenas supieron que yo provenía de otro planeta, me rechazaron, por mucho que dijeran quererme.
—Tal vez tengas razón, pero piensa un poco, Fiore. Si te hubieras mostrado como eras desde el comienzo, tal vez te hubieran aceptado sin problemas.
Fiore arrugó aún más la cara.
—¿Estás diciendo que es mi culpa que piense de ese modo?
—Nadie te está echando la culpa —repuso Sailor Moon con gentileza—. Lo único que te estoy diciendo es que las personas que te quieren no te abandonan. Tal vez cometiste un error al no mostrarte por cómo eras desde el comienzo, pero aún estás a tiempo de enmendar las cosas. ¡Por favor, Fiore! ¡No hagas algo de lo que te arrepentirás después!
—De lo único que me voy a arrepentir es de no haberte matado antes —gruñó Fiore, recordando que tenía prisioneras a las Sailor Senshi. Compuso una sonrisa—. Es bueno que tus amigas hayan venido a rescatarte. Mis plantas necesitaban de una fuente de energía para despertar y encontrar sus caminos al planeta. Ten por seguro que les exprimiré hasta la última gota de fuerza vital antes que mueran, y tú, Sailor Moon serás testigo de todo. Considéralo un castigo por tratar de engañar a Darien.
Las Sailor Senshi exclamaban a todo pulmón mientras la energía era robada de sus cuerpos, pero Sailor Moon no se quedó de brazos cruzados. Juntó sus manos y el resplandor que había brotado de su pecho se trasladó a éstas. Uno podría pensar que se trataba del Cristal de Plata, pero no lo era. El brillo no tenía forma ni cuerpo, pero sí poder, y Sailor Moon parecía saber cómo usarlo.
Cuando el momento fue el apropiado, Sailor Moon extendió ambos brazos hacia afuera, y Fiore se vio envuelto en un halo de luz plateada que lo transportó varios años hacia el pasado, el momento en que Darien le había regalado aquella rosa. Pero algo era distinto. Había una niña de cabello rubio y unos moños que se parecían mucho a los de Sailor Moon. Sostenía una rosa en sus manitos. Se la tendió a Darien, diciéndole que su madre se la había regalado. Fiore vio, con asombro y tristeza, que se trataba de la misma rosa que Darien le había regalado a él.
¿Sailor Moon le dio esa rosa a Darien? De no ser por ella… yo jamás la habría recibido… jamás habría visto a Darien del mismo modo. ¡Maldición!
Fiore volvió al asteroide, llevándose ambas manos a la cabeza y cayendo de rodillas al suelo. Los tentáculos dejaron de aprisionar a las Sailor Senshi y ellas quedaron en cuatro, jadeando a causa del cansancio. Mientras tanto, la flor que había permanecido en el pecho de Fiore por tanto tiempo, se desprendió de su huésped y trató de escapar, pero Sailor Mercury usó su ataque de agua para convertirla en un cubo de hielo y Sailor Jupiter la hizo añicos de un pisotón.
Fiore dejó de gritar, pero seguía con las rodillas en el suelo, mirando a Sailor Moon como si fuese la primera vez que la viera apropiadamente.
—¿Ahora lo ves, Fiore? —dijo Sailor Moon, avanzando hacia él, extendiendo una mano, de forma que él pudiera tomarla—. No hay nada de qué temer. Si alguna vez conoces a alguien, no temas mostrarte como realmente eres. En ese momento te darás cuenta que nunca has estado solo.
Apenas Sailor Moon terminó de hablar, hubo un temblor que sacudió todo el asteroide. Sailor Mercury notó que las estrellas se estaban moviendo más rápido de lo normal y se dio cuenta que el asteroide estaba perdiendo altura.
—¡Sailor Moon! —dijo, señalando al planeta Tierra, setecientos kilómetros más abajo—. ¡El asteroide perdió energía a causa de lo que acaba de ocurrir! ¡Ya no puede sostener su órbita por su cuenta! ¡Necesitamos hacer algo!
La aludida miró hacia su planeta de origen y, con el corazón en un puño, encaró a la Tierra y alzó los brazos por encima de su cabeza, sosteniendo aquel brillo etéreo como si fuese un objeto físico, y todos fueron testigos de cómo Sailor Moon se iba transformando lentamente.
Para cuando todo hubo acabado, las Sailor Senshi miraron con asombro a una mujer familiar para alguien que hubiera vivido en el Milenio de Plata.
—Pero, ¿cómo es posible? —dijo Sailor Mars, sorprendida—. Se supone que no puede hacer eso sin el Cristal de Plata.
—¡Eso no importa, chicas! —exclamó Sailor Venus, avanzando hacia la princesa e instando a las demás a que hicieran lo mismo. Lentamente, Sailor Jupiter, Sailor Mars y Sailor Mercury se acercaron a la princesa y, tal como lo habían hecho en la batalla contra Metalia, se tomaron de las manos para darle a la princesa las energías que le quedaban. Sin embargo, a diferencia de aquella vez, Tuxedo Mask también se unió a las demás, abrazando a su princesa, también sufriendo un cambio. De pronto, ya no era Tuxedo Mask, sino el príncipe Endimión.
Fiore miraba todo eso con una expresión desolada, creyendo que ese iba a ser su fin. No sabía por qué no confiaba en que las Sailor Senshi, junto con la princesa y su príncipe, podían detener un asteroide que llevaba tanta inercia ya. El calor estaba comenzando a aumentar a causa de la fricción y se protegió la cara de forma instintiva.
No fue hasta que pasaron unos minutos cuando las Sailor Senshi notaron que el asteroide estaba disminuyendo la velocidad, y con ella, la fricción. Las manos de la princesa temblaban a medida que el brillo plateado comenzaba a extenderse por todo el asteroide, frenando el descenso aún más. Las energías de las Sailor Senshi comenzaban a agotarse y la princesa cayó de rodillas, pero aún sostenía el brillo con sus manos.
La superficie de la Tierra estaba a trescientos kilómetros de distancia cuando el calor comenzó a ser insoportable. El uniforme de las Sailor Senshi comenzó a chamuscarse en los bordes, y lo mismo se podía decir para el vestido de la princesa. No obstante, la velocidad del asteroide había sido reducida de forma notable, hasta que viajó lo suficientemente lento para no generar más roce atmosférico. Sin embargo, no bastaba con detener el asteroide. Había que alejarlo de la órbita de la Tierra y no causara estragos en las ciudades.
La princesa sentía que ya no podía sostener tal poder por mucho más tiempo, pero tragó saliva, hizo de tripas corazón y puso todo su empeño en revertir la caída. Las Sailor Senshi hicieron lo mismo, y Endimión también puso su parte con más ahínco. El asteroide, luego de unos minutos, y estando a cien kilómetros de la superficie, finalmente se detuvo y fue elevándose lentamente primero, luego con más rapidez. Pero nuevamente tuvieron que lidiar con la fricción atmosférica, y esta vez, el calor resultante quemaba la piel de las Sailor Senshi a tal punto que les era casi imposible resistir el dolor.
Tuvieron que pasar un poco más de dos minutos para que el roce cesara y el asteroide alcanzara la velocidad de escape, alejándose de la Tierra hacia el espacio exterior. Cuando todo hubo acabado, las Sailor Senshi se desplomaron, exhaustas. La princesa quedó inconsciente después que el brillo plateado hubo desaparecido. Solamente Fiore y Tuxedo Mask habían quedado en pie. Sin embargo, ninguna de las Sailor Senshi estaba muerta, y lo mismo se podía decir de la princesa, quien había regresado a su forma de Sailor Moon.
Pero aquella prueba había dejado un misterio atrás, como Tuxedo Mask sabía muy bien. Sailor Moon había podido usar el poder del Cristal de Plata sin el Cristal de Plata. La pregunta era cómo.
(15) La novela de la que hablo es Moby Dick, aunque, técnicamente hablando, la ballena es un mamífero, no un pez. xD
(16) Básicamente las cualidades opuestas a las de Sailor Mercury.
