XXXIII
Verdad y muerte

Tokio, 02 de marzo de 1992, 07:14p.m.

Darien había dejado a Serena sobre su cama, preocupado por su estado de salud. No sabía qué era lo que le estaba pasando, pero una cosa era cierta: si no hacía algo pronto, ella iba a morir. No obstante, él no era el único al que le afectaba la situación de Serena.

Fiore había escogido acompañar a Darien hasta el departamento y estaba sentado en el sillón, junto a Rini, a quien parecía ignorar por completo. Fiore creía que ella era hija de Serena, a juzgar por el parecido que había entre ellas, pero sabía que Serena era demasiado joven para arriesgarse a ser madre. Eso no quitaba que él había sido responsable, en parte, de lo que le estaba pasando a esa pobre joven.

Mientras tanto, Rini pasaba por una situación similar, aunque no podía decir que Serena se encontrara en ese estado por su culpa. Sin embargo, no podía dejar de sentirse responsable por lo que le pasara. De todas formas, su futuro dependía de que Serena no perdiera la vida.

En el dormitorio, Darien tocó la piel de Serena y notó con espanto que se estaba enfriando. En ese momento deseó contar con la ayuda de Amy para saber qué diablos le estaba ocurriendo a su novia, pero sabía que sin su computadora, no servía de mucho.

—Dime la verdad.

Darien enfocó la mirada en Serena, seguro de que había escuchado su voz. Se quedó mirándola por unos cuantos segundos antes que ella volviera a hablar.

—Dime la verdad.

Pese a que tenía cerrados los ojos y a que el calor de su cuerpo seguía desapareciendo, Serena, de algún modo, podía hablar. El tono suplicante y lastimero que había empleado puso a Darien en una situación complicada, pues él sabía que se estaba refiriendo a lo que había visto en la cabeza de Rini. Pero no podía decirle la verdad. De todos modos, en ese momento daba lo mismo ser honesto o no. Iba a perder a Serena, lo quisiera o no.

—Dime la verdad —insistía Serena, cada vez más débilmente, y Darien sintió una angustia que jamás había experimentado antes. No quiero perderla, no otra vez. Pero si le digo la verdad, podría haber consecuencias que no podré prever. ¡Demonios! ¿Qué hago?

Serena volvió a repetir las mismas palabras, y Darien supo que ella estaba en el límite. ¡Al diablo con las consecuencias! ¡Se lo voy a decir!

—Serena —comenzó Darien en voz baja, como si en realidad no quisiera que ella escuchara, aunque no tenía idea de si realmente le estaba prestando atención o no—, perdóname por no decírtelo antes, pero es que es tan terrible lo que vi que me comporté como un cobarde. La verdad es que… es que, en el futuro, no sé si cercano o lejano, tú vas a… a ser… asesinada por… por Black Moon. Había un reino… y un palacio… todo hecho de cristal. Tú eras mi reina y yo tu rey. Pero el enemigo llegó, nos tomó por sorpresa… nos atacó en el palacio y… tú… tú…

Darien no pudo continuar, pero fue suficiente para que Serena fuese abriendo los ojos lentamente. Él no sabía qué era lo que iba a pasar si le decía la verdad, pero no esperaba que su mentira, o mejor dicho, ocultamiento de la verdad, pudiera arrebatarle las ganas de vivir. No sabía si sentirse alegre o triste por el despertar de su novia, pero al menos ya no se encontraba en peligro.

—¿Estás bien? —preguntó Darien débilmente. Serena no respondió de inmediato. Miró a su novio por un largo rato antes de responder.

—¿Por qué no me dijiste la verdad desde el principio?

—Ya me escuchaste, Serena —repuso Darien con una voz un poco más elevada—. Solamente estaba tratando de protegerte.

—¿Protegerme de qué? ¿Del hecho que voy a morir en el futuro? —Serena tomó asiento sobre la cama y miró a Darien con ojos brillantes—. Pensaste que iba a ser demasiado para mí y trataste de ahorrarme el dolor.

—Lo siento —se excusó Darien, de repente fascinado por el piso—. Es que temí que… si te lo decía… la visión se haría realidad.

—Darien —dijo Serena con gentileza—, estás hablando del futuro, de algo que aún no está escrito. Sé que intentas protegerme, y te lo agradezco, pero no deberías subestimarme solamente porque soy una chica tonta, floja y despreocupada.

—Serena…

—No tienes que justificarte, Darien. No he dado el mejor ejemplo y es, en parte, mi culpa que me veas como lo haces. Pero recuerda que soy una Sailor Senshi. Eso debe contar, ¿verdad?

Darien no dijo nada. Se limitó a asentir con la cabeza. Serena, sintiéndose más fuerte, se puso de pie, tomó las manos de su novio y tiró levemente de ellas. Darien se puso de pie y Serena tuvo que alzar la vista para mirarlo a los ojos.

—Darien —comenzó ella, acercándose a él y poniéndose un poco colorada—, sé que tu deber es protegerme, pero no te tomes demasiado en serio tu rol. Además, quiero pedirte que, desde este momento en adelante, siempre me digas la verdad. No me la ocultes o me mientas, porque cada vez que me haces eso, me agrietas el corazón. Así que no lo hagas, por mucho que te duela, por mucho que creas que me va a doler. Siempre es mejor la verdad a las mentiras. Prométemelo, Darien, por favor.

Darien no respondió de inmediato. Ahora que tenía los recuerdos del Milenio de Plata, no podía evitar ver a Serena como la princesa desvalida que necesitaba ser protegida de las fuerzas del mal. Después de todo, ella jamás fue una guerrera en esos tiempos. No obstante, en la actualidad, era Sailor Moon, una Sailor Senshi, una guerrera. Ya no necesitaba protección. Podía cuidarse por sí misma, podía derrotar al mal y podía proteger a las personas que quería o amaba. Y, aunque los hábitos de antes se resistían a morir, tenía que hacer el esfuerzo, tenía que dejar de ver a Serena como la doncella en peligro.

—Te lo prometo —respondió Darien al cabo de un rato, tratando de componer una sonrisa, lográndolo a medias. Serena mostró una más sincera antes de ponerse de puntillas para alcanzar sus labios.

Fiore, quien esperaba un desenlace más dramático, vio cómo la puerta de la habitación se cerraba, y supo que debía alejarse de allí, tal vez a la cocina. No tenía idea de cuánto tiempo Serena y Darien iban a estar ocupados, por lo que trató de ocupar su mente en algo más. Notó que había platos sin lavar en el fregadero y, encogiéndose de hombros, tomó uno y comenzó a lavarlo. Sin embargo, ni siquiera había acabado con éste cuando Serena y Darien salieron del dormitorio, tomados de la mano.

—¿Por qué estás lavando platos?

—Eh… —Fiore no se atrevió a responder la pregunta, sabiendo lo que podría pensar Serena o Darien si les decía lo que había pensado en ese momento—. Pensé que… que necesitaban un poco de… bueno… espacio.

—¿Pero qué estás diciendo, Fiore? —dijo Serena, soltando una risa y llevándose una mano a la nuca—. Solamente tengo catorce años (17). No estoy en edad para esas cosas, ¿cierto, Darien?

Pero él no respondió. Sin embargo, el rubor en sus mejillas lo decía todo.

—Ya no importa —dijo Fiore, dejando el plato ya lavado sobre el fregadero—. Lo importante es que todo volvió a la normalidad entre ustedes.

—¿Y qué pasa conmigo? —intervino una voz chillona. Los tres giraron sus cabezas y sus ojos se posaron en los de Rini. Ella tenía el ceño fruncido y los brazos en jarras—. No he venido aquí de turista, ¿saben? Aún necesito el Cristal de Plata para ayudar a mis padres.

Serena había olvidado que Rini necesitaba ayuda. Como si fuese otra la persona, alzó ambas manos hacia el cielo y, de inmediato, un brillo plateado sin forma apareció entre éstas. Rini miró con ojos desorbitados lo que estaba ocurriendo y, como sabiendo lo que debía hacer, sacó la flor de piedra de su cartera y, enseguida, ésta comenzó a flotar en el aire. Finalmente, el brillo plateado se trasladó a la flor de piedra y se transformó en el Cristal de Plata que ella conocía.

—¿Pero qué rayos pasó? —preguntó Fiore, mientras veía que el broche de transformación de Serena se había abierto y el Cristal de Plata se introducía dentro de éste. Luego, el mismo broche sufrió un cambio.

—No lo sé —dijo Darien, mirando a Serena, quien tampoco entendía lo que acababa de ocurrir—, pero, sea lo que sea, debe ser algo bueno.

Serena se quedó mirando su nuevo broche, asumiendo que el cambio sería más notorio la próxima vez que se transformara en Sailor Moon. Sonriendo levemente, decidió que una cita con Darien era la mejor forma de tragarse el mal rato anterior. Fiore se dio cuenta que era momento de marcharse del planeta. Después de todo, había fallado en su cometido de regalarle a Darien la flor que le había prometido, aunque eso, en comparación con todo lo que había pasado en el espacio, podía ser algo bueno.

Washington, 02 de marzo de 1992, 09:02p.m.

Herbert Dixon no lucía muy contento.

Hace varias horas atrás, mientras realizaba los experimentos con el huevo, su ayudante le había comunicado acerca de un pico de energía detectado en Tokio. Antes de eso, otro pico fue percibido por los sensores, pero en el espacio. Cuando Hawkins comprobó que la longitud de onda de los rayos energéticos era la misma que había registrado en aquel rascacielos, Herbert supo que no podía ser otra cosa que el Cristal de Plata. Pero aquello no había sido lo más desconcertante de todo.

El evento en el espacio había desatado una energía de diez zettajoules, dos veces más que en el rascacielos. Después, unas pocas horas más tarde, el pico había sido de quince zettajoules. Eso era el 0,1 por ciento de la energía total que encerraba el planeta en su interior y treinta veces el consumo energético a nivel mundial. Y todo ese poder estaba encerrado en un simple cristal.

A Herbert no le molestaba que el Cristal de Plata fuese tan poderoso. Le molestaba que estuviera en las manos de una colegiala. No obstante, no había dicho nada a Hawkins o al profesor Tomoe, con el fin de no preocuparlos más de lo necesario, sobre todo a este último, pues necesitaba sus talentos no solamente para encontrar una cura a la enfermedad de Hotaru, sino para refinar el proceso de creación de sustancias resistentes a sismos.

Herbert sabía lo suficiente de geología para entender el poder de los terremotos. Los edificios, durante un sismo, debía lidiar con dos fuerzas que los movían en dos direcciones diferentes. Las ondas P eran las que hacían que los edificios se movieran de un lado a otro, mientras que las ondas S movían las estructuras de la misma forma en que una ola hacía lo mismo con una embarcación. Muchas construcciones no estaban diseñadas para soportar un movimiento combinado de ambas fuerzas y las que sí lo estaban, resultaban dañadas durante un sismo. Por eso, la sustancia que estaba desarrollando iba a ser capaz de resistir el movimiento resultante de las onda sin que resultara dañada en el proceso. Cuando el profesor Tomoe le preguntó por qué estaba tan interesado en los sismos, Herbert solamente le dijo que el tiempo le daría todas las respuestas. Sin embargo, eso no significaba que no tuviera los intereses del profesor en cuenta. Herbert le había ordenado explícitamente que se ocupara de curar a Hotaru primero, luego de los otros asuntos.

Pero el hecho que una mocosa de catorce años tuviera en sus manos el poder para cambiar el mundo molestaba mucho a Herbert, a tal grado que a veces se le olvidaba su propio plan. Tuvo que suprimir una carcajada. Antes de la aparición del Cristal de Plata, estaba dispuesto a ayudar a cualquiera que lo estuviera buscando. Después, Herbert solamente quería la gema para él. A fin de cuentas, su plan implicaba encontrar una fuente inagotable de energía, y el Cristal de Plata desempeñaba bastante bien aquel rol. Ganaba por goleada a cualquier combustible fósil o forma de energía renovable. Lo que no sabía, para nada, era el secreto de su poder. No sabía qué alimentaba al Cristal de Plata; si obtenía la energía del vacío, de los rayos cósmicos o de las personas, no podía precisarlo con claridad. Pero al final, a Herbert le era más redituable usar ese poder, no entender de dónde provenía.

Aparcando aquellos pensamientos, Herbert se puso de pie y miró a través del cristal de la pecera cómo el profesor Tomoe trabajaba en las muestras del huevo. Al verlo tan activo y esperanzado, Herbert supo que había tomado una buena decisión al dejar que el profesor descansara. Aquello reafirmó su idea de tratar bien a sus subordinados, lo que no le hacía un villano, sino un antagonista. Realmente creía que estaba haciendo lo correcto y que ningún sacrificio era innecesario para lograr sus metas. De todas formas, conocía la naturaleza humana y sabía que el ser humano estaba pavimentando su propio camino hacia la extinción. Las Sailor Senshi eran muy jóvenes para dimensionar el verdadero problema de la humanidad, eran simplemente soluciones de parche, destinadas solamente a atacar los síntomas de la enfermedad que asolaba al ser humano. Pero él, Herbert, tenía una ambición más radical.

Atacar las causas de tal enfermedad, de forma que las heridas sanaran para siempre.

Washington, 03 de marzo de 1992, 04:14p.m.

A Amy Snow le había tomado un día completo conocer todas las capacidades de "Alfombra Roja", pero había valido la pena cada segundo empleado en ello. Sin embargo, el programa era demasiado pesado para ser ejecutado en una computadora actual. Solamente abrir la interfaz de usuario requería dos minutos para ser cargada, algo que la computadora de Sailor Mercury podía hacerlo en cosa de una fracción de segundo. A Amy no le resultaban prácticas tantas demoras, porque el tiempo se contraía de maneras asombrosas a nivel computacional. Un segundo era casi una eternidad para un procesador, que realizaba millones de operaciones en ese lapso de tiempo. Le causaba frustración darse cuenta que "Alfombra Roja" solamente podía ser ejecutado correctamente en la computadora de Sailor Mercury. Aquello dejaba solamente una opción.

Sabiendo que lo que se propuso hacer podría tomar años, tomó la computadora y la dejó sobre un escáner, el que iba a realizar un modelo en tres dimensiones del dispositivo, con todos sus componentes. La idea era construir un plano esquemático de la computadora, de modo que se pudiera fabricar una igual. Sin embargo, aquella era la parte fácil. El verdadero reto era desarrollar el firmware y el software necesarios para que el hardware funcionara exactamente como la computadora de Sailor Mercury. Luego, se dio cuenta que aquello no era necesario. Bastaba con copiar el kernel del sistema operativo y la interfaz de usuario, comprimirlos y desarrollar un ejecutable con el que instalar el sistema en la nueva computadora. Para un usuario común, aquello habría sido imposible, pues los sistemas operativos estaban protegidos contra copias no autorizadas. Por fortuna, Amy Snow era uno de los mejores piratas informáticos de la nación, y hacer ese trabajo sería un juego de niños.

Aquí uno podría pensar que Amy se estaba complicando ella sola, que podría adueñarse de la computadora y usarla para su beneficio, pero Amy no quería usar el dispositivo de otra persona. Quería fabricar su propia computadora, con sus programas y con su personalidad. Además, el color celeste no le gustaba mucho, menos el símbolo dorado en su parte posterior.

Un pitido le indicó a Amy que el plano estaba terminado. Se acercó al escáner, tomó la computadora y caminó pasillos interminables hasta llegar a la oficina del director de la NSA y dejar el aparato en su poder, diciendo que estaba en condiciones de ser devuelta a su dueña. Cuando el director le preguntó el porqué de su decisión, Amy le respondió que ya no la necesitaba, que había obtenido el código de "Alfombra Roja" y que Desmond Hudson podía pasarlo a buscar en cualquier momento.

Sin embargo, lo que el director de la NSA no sabía, era que Amy había dejado una copia del programa para ella, sabiendo que Desmond Hudson jamás sería capaz de ejecutarlo correctamente. Tal copia la iba a cargar en su propia computadora, una vez transferido el firmware y el sistema operativo.

Tokio, 04 de marzo de 1992, 06:48p.m.

Amy había acabado de estudiar para un examen particularmente difícil y se sentía un poco agotada. Se sentó sobre la cama, tapándose la cara con sus manos, recordando la conversación que había tenido con Zoisite hace un par de días.

No había sido terrible la discusión. De hecho, él entendió a la perfección las razones que le dio Amy para terminar la relación. Zoisite era un hombre práctico y, aunque le dolía separarse de ella, también supo que era necesario. Al final, ni siquiera fue una discusión, sino un acuerdo entre ambas partes. Sin embargo, eso no significaba que aquello fuese un consuelo para Amy. No había sido mucho lo que había compartido con él, pero al menos supo lo que se sentía tener una relación de pareja, aunque fuese breve. Tampoco era que hubiese mucha pasión entre ambos, pues a Zoisite le gustaba conversar de temas varios y Amy disfrutaba escucharle hablar. Había unos momentos en los que había un poco de contacto físico, pero eran bastante sobrios.

Pero Amy se hallaba triste porque había dejado a Zoisite atrás. Aunque él hubiera entendido sus motivos, el dolor fue real, el dolor lo sintió. Era como si hubiera trabajado años para conseguir un ascenso en algún empleo, solamente para que se lo dieran a alguien que no se lo merecía. También supo lo que les había ocurrido a sus amigas, y aquello también formaba parte de su malestar. No le afectaba tanto el hecho que no le hubieran hecho caso tanto como que estuvieron a punto de morir si no fuese por la oportuna intervención de Aurora. Ninguna de ellas le había pedido perdón por no haberle creído, aunque aquello era entendible. Habían perdido a sus novios y debían sentirse de la misma forma que ella.

Oyó un par de toques a la puerta de su dormitorio. Amy se puso de pie, suspiró, y la abrió, encontrándose con su madre.

—¿Qué pasa?

—Alguien quiere verte —dijo su madre escuetamente, y ella se hizo a un lado. Amy vio a la persona que la estaba buscando y sintió que se le escapaba el aire de sus pulmones.

Era Aurora.

Y lo que era más sorprendente, sostenía su computadora de bolsillo. Lucía intacta.

—Como te lo prometí, aquí está —dijo Aurora sin preámbulos, extendiendo el brazo. Amy se quedó petrificada por unos segundos antes de reaccionar y tomar el aparato con un poco de tiento, como temiendo que Aurora cambiara de opinión en el último momento. Sin embargo, aquello no llegó a ocurrir.

—Gracias —dijo Amy a regañadientes. Pese a que Aurora había cumplido con su parte del trato, no le gustó que hubiera recurrido al chantaje para obtener lo que quería. No tenía idea de qué era lo que necesitaba de los Generales, pero supuso que era mejor no preguntar. Aurora no respondería la pregunta de todas formas.

—Bueno, no tengo nada más que hacer aquí —dijo Aurora y salió del departamento sin despedirse. La madre de Amy se quedó mirando a su hija como sin entender y ella le explicó que esa mujer se llamaba Aurora y que le había ayudado a recuperar una herramienta que usaba para estudiar. Su madre se quedó conforme y Amy cerró la puerta, sintiéndose mal por haberle mentido. Ella detestaba las mentiras, pero su madre no podía saber que ella era una Sailor Senshi. La conocía lo suficiente para decir con toda certeza que le disuadiría de seguir peleando contra el mal. Diría que no era su trabajo y que concentrara sus esfuerzos en lograr sus metas.

Amy volvió a tomar asiento sobre la cama, encendiendo la computadora y asegurándose que todo estuviera en orden. Por desgracia, no era así.

Consultó el registro de eventos de la computadora, solamente para comprobar que su peor miedo se había hecho realidad. Alguien había hecho una copia de "Alfombra Roja". Debía tratarse de una persona muy inteligente, pues había protegido la carpeta con los archivos de una forma intuitiva, de forma que solamente fuese ella quien pudiera desbloquear la carpeta. Sintió un horrible nudo en el estómago al dimensionar las consecuencias. Semejante arma digital en manos de un gobierno imperialista podía causar estragos. No obstante, aquel no era el peligro más inmediato que debía enfrentar. Lo supo en cuanto su computadora emitió un pitido.

Uno de los sensores había detectado múltiples fuentes de energía oscura diseminados por todo Tokio. Lo extraño era que las fuentes no estaban diseminadas al azar por la ciudad, sino que formaban un pentágono en la zona más densamente poblada. Las señales no eran fuertes, como si acabaran de aparecen en esos puntos concretos. Sabiendo lo peligrosa que podía ser la energía oscura, Amy salió de su habitación, le dijo a su madre que se iba a juntar con sus amigas a estudiar y salió del departamento a toda velocidad, sin olvidar su cetro de transformación. Tenía la impresión que lo iba a necesitar.

Tokio, una hora más tarde

Los Generales se habían reunido en una plaza colmada de cerezos para discutir los últimos eventos. Después de todo, esa tal Aurora les había obligado a romper con sus parejas y necesitaban saber por qué. Pese a que respetaban la decisión de las Inner Senshi, ninguno de ellos se iba a quedar de brazos cruzados. Decidieron encontrar a Aurora, enfrentarla y derrotarla de una vez por todas. De ese modo, las Inner Senshi ya no tendrían ninguna razón para mantenerse alejadas de ellos.

Acababan de tomar una decisión cuando Aurora apareció frente a ellos. Mostraba una sonrisa torcida y petulante. Era obvio que sabía dónde iban a estar. La pregunta era cómo.

—¿Cómo nos encontraste? —preguntó Zoisite, dando un paso hacia Aurora.

—Los seguí —repuso la aludida, encogiéndose de hombros—. Nosotras, a diferencia de los hombres, somos más sutiles. Eso solamente es una prueba de que hice bien mi trabajo. Ahora, les sugiero que se entreguen por las buenas.

—¿Y cómo nos derrotarás? Te superamos en número —dijo Nephrite con agresividad, pero Aurora no se mostró ni remotamente asustada.

—Porque están olvidando de algo muy importante —dijo ella, alzando un cetro del mismo color que su cabello—. ¡Por el poder de la aurora dorada!

Un breve destello de luz cegó momentáneamente a los Generales, quienes se protegieron del brillo hasta que éste hubo desaparecido. Cuando se atrevieron a mirar, vieron que Aurora usaba un uniforme similar al de las Sailor Senshi, solamente que era dorado, sin un listón en su pecho, su tiara era más ornamentada y su falda era lisa, sin pliegues. Usaba zapatos de tacón de color bermellón, el mismo color de la gema en su tiara. La transformación había tomado a los Generales por sorpresa, menos a Kunzite, quien ya había combatido con ella en otra ocasión.

—Sailor Eos —dijo Kunzite con una pequeña carcajada—. La vez que peleamos te dejé moribunda. Y solamente era yo. Ahora somos cuatro. No tienes oportunidad contra nosotros.

Kunzite juntó ambas manos y trató de crear una esfera de energía, pero, para su consternación, nada ocurrió. Zoisite intentó conjurar un aguijón de hielo, con el mismo resultado. Aurora puso los brazos en jarras, aguantando las ganas de reírse.

—Pobres insensatos —dijo, curvando su boca en una amplia sonrisa—. Se nota que no han reflexionado nada sobre lo que les ha ocurrido. Ustedes tenían poderes cuando eran siervos del Reino Oscuro. Ahora que Metalia ya no existe, sus poderes desaparecieron con ella. ¡Son simples humanos a los que puedo matar sin problemas!

Los Generales se miraron entre ellos, luciendo muy preocupados por la ausencia de sus poderes. Luego, la verdad cayó sobre ellos como un yunque.

En los tiempos del Milenio de Plata, ellos eran los guardianes del príncipe de la Tierra, pero, como eran terrestres, no tenían poderes especiales, a diferencia de las guardianas de la princesa de la luna. Tuvieron que ser corrompidos por Beryl para adquirir poderes, pero aquellos talentos provenían de la misma fuerza que daba vida al Reino Oscuro. Pero las Sailor Senshi derrotaron a Metalia y ese poder se deshizo. Ya no eran más que hombres. Y lo que era peor, no serían enemigos dignos para la persona frente a ellos.

—¡Rayo Aurora, aniquila! —exclamó Sailor Eos, extendiendo ambos brazos hacia delante. Después, cuatro rayos dorados, no muy distintos a los de Sailor Venus, brotaron de sus manos, atravesando a los cuatro Generales al mismo tiempo, perforando sus corazones, dejándolos congelados por unos cuantos segundos antes que cayeran al suelo. Sailor Eos se aseguró que los Generales estuvieran muertos y los envolvió en una cápsula de luz. Pudo haberlos atacado con más poder, pero necesitaba hacerles el menor daño posible. Aquello era esencial.

Cuando se hubo asegurado que no hubiera moros en la costa, Sailor Eos extendió un brazo y la cápsula de luz se elevó unos cuantos centímetros en el aire.

Muy pronto, las Sailor Senshi entenderán por qué estoy haciendo esto. (18)

Ningún transeúnte notó la desaparición de una mujer y cuatro cuerpos de la plaza colmada de cerezos.


(17) Leí por ahí que Serena tuvo sexo por primera vez a los quince años, aunque dudo de si esa información es fidedigna o no. En lo que respecta a este fic, aquello no será un hecho de importancia, pues no habrá escenas sexuales en esta historia.

(18) Les remito al capítulo 22 de "Cortejando el apocalipsis" para entender un poco mejor las motivaciones de Aurora.