XXXVIII
Los temores de Rini

Tokio, 06 de marzo de 1992, seis horas antes.

Rini había pasado buena parte del día de ayer en el departamento de Darien, inquieta porque aún no obtenía el Cristal de Plata. Sin embargo, en ese momento, se encontraba en casa de Serena, columpiando sus pies, sentada sobre la cama de ella, a cada momento pensando en lo que podría ocurrir si no cumplía con su misión.

Se suponía que estaba esperando a que Serena terminara de ducharse para luego ir al colegio. Vio que su uniforme yacía sobre la cama, junto a ella. Y encima de toda la ropa, estaba el broche que usaba para transformarse en Sailor Moon. Pese a que había probado que era una guerrera competente, aún no confiaba lo suficiente en ella, sobre todo por su carácter.

Si no llevo el Cristal de Plata con mi mamá, ella va a…

Al final, aquel pensamiento pudo más que su respeto por Serena y, tragando saliva, tomó el broche, se lo guardó en el bolsillo y salió de la habitación. Necesitaba estar a solas para dar el siguiente paso.

Cuando estuvo lejos de la casa, se escondió en un parque, tomó la llave que colgaba en su cuello y la alzó al cielo, pronunciando las palabras mágicas que la llevarían de vuelta al lugar donde pertenecía. Sin embargo, nada ocurrió. Rini se quedó petrificada, pensando en qué podría haber salido mal, cuando repitió el proceso, con el mismo resultado.

¿Por qué no pasa nada? Hice todo bien. ¡Necesito regresar!

—¿Qué haces aquí? —preguntó una voz grave que Rini conocía muy bien, pero no por ello le trajo consuelo—. Vas a preocupar a Serena si te escapas de esta forma.

—No me importa —repuso Rini, arrugando la cara—. Mi misión es más importante.

—Y asumo que no me vas a decir cuál es.

—No puedo —dijo Rini, bajando la cabeza—. No lo entenderías.

Darien miró fijamente a la niña, como queriendo descubrir una mentira en sus ojos.

—Creo que puedo hacerme una idea —dijo, arrodillándose frente a Rini y mostrando una sonrisa—. Pero no es bueno tomar cosas que no te pertenecen.

Rini tragó saliva. ¿Cómo supo que tengo el broche?

—No solamente puedo lanzar rosas o usar cualquier cosa como arma —dijo Darien, leyendo correctamente los pensamientos de Rini—. ¿Para qué necesitas el Cristal de Plata?

Rini se quedó en silencio por un rato, mirando al suelo y arrugando la cara, como si estuviera a punto de hacer pucheros. Después, abrió los ojos de repente y los clavó en Darien.

—¡Lo necesito para ayudar a mi mamá! —exclamó Rini, mientras que las lágrimas se asomaban por sus ojos—. ¡Si no llego a tiempo, ella va a…! ¡Pero no puedo regresar al lugar de donde vengo! ¡Se supone que esta llave me ayudaría, pero no funciona!

Darien se quedó mirando a Rini por un buen rato antes de tomarla en brazos, y notó que ella se iba calmando un poco.

—Tal vez no puedes ir donde tu mamá porque estás haciendo las cosas de forma deshonesta —dijo Darien con una voz suave, tomando la cabeza de Rini y acariciándola—. No creo que sea mucha molestia que le digas a Serena la verdad. Que le digas de dónde vienes, y para qué quieres el Cristal de Plata. Al contrario de lo que crees, Serena no es una mala chica. A veces es un poco irresponsable y no se toma las cosas en serio, pero créeme cuando te digo que ella siempre va a querer lo mejor para las demás personas, y se preocupa mucho por sus amigas.

—¡Pero ella me odia!

—No, Rini, ella no te odia —dijo Darien, meciéndola para ayudar a tranquilizarla—. Solamente se llevó una no muy buena primera impresión. Estoy seguro que si la conoces mejor, y ella a ti, entonces verás que no hay nada de que preocuparse. Así que, haz las cosas bien. Se honesta con Serena, y verás que ella te va a ayudar en lo que pueda.

Rini hipó y se limpió las lágrimas, asintiendo levemente con la cabeza.

—Entonces esperemos a que ella salga de clases y le dirás la verdad, ¿de acuerdo?

—De acuerdo —dijo Rini con voz queda.

—¿Te apetece ir a mi departamento? Tengo un poco de tiempo antes de ir a clases.

Rini mostró una sonrisa.

—Me gustaría.

Sin embargo, ninguno de los dos pudo concretar algún plan, porque ambos escucharon pasos que provenían desde atrás. Darien concluyó que no podría tratarse de algo bueno y, con un movimiento fluido y elegante, se transformó en Tuxedo Mask. Rini fue testigo del cambio, aunque no podía decir que le causara mucha sorpresa. No importaba si era Tuxedo Mask o Darien, la sensación que tenía cada vez que ambos hombres la abrazaban era la misma.

—Así que tú eres Tuxedo Mask —dijo una voz muy aguda, y acompañando sus palabras con una carcajada que hacía imaginar uñas rasgando una pizarra—. Y mira nada más, qué suerte la mía.

—¿Quién eres tú?

—Oh, pero qué descortés soy. Permíteme presentarme. Mi nombre es Esmeralda, y he venido por el conejo.

Tuxedo Mask supo que esa tal Esmeralda se estaba refiriendo a Rini, y se puso en guardia.

—Nunca te apoderarás de Rini.

—Eso lo veremos —repuso Esmeralda, preparándose para pelear.

Washington, 06 de marzo de 1992, 09:47a.m.

Herbert Dixon no lamentaba demasiado la huida de Soichi Tomoe. Había servido a su propósito, y por eso no lo iba a perseguir. Lo que hiciera con Hotaru, pese a lo que había creído en un comienzo, era asunto de él. Lo importante era que gran parte de los datos de la investigación sobre el meteorito, la que le interesaba al menos, permanecía en el complejo. Continuaría sobre la base que había construido el profesor Tomoe.

Lo que había encontrado su ex colaborador era algo sorprendente. La sustancia poseía una flexibilidad asombrosa y tenía capacidades de absorción de ondas que ningún metal o no metal poseía. Sin embargo, lo más increíble de ese material, era que podía adoptar las cualidades de cualquier otra sustancia con la que mantuviera contacto. Si, por ejemplo, tocaba una pieza de acero, la sustancia adquiría la misma resistencia, mientras que conservaba las suyas. Así, podría elaborar una aleación resistente y, al mismo tiempo, flexible y que disipara las ondas de forma efectiva. Herbert imaginó un edificio construido con semejante material. Sería inmune a los terremotos, cualquiera fuese su magnitud o frecuencia.

Se adapta a la perfección al plan.

Herbert ordenó a sus científicos que continuaran investigando aquella sustancia y que desarrollaran un compuesto que permitiera la construcción de edificios a prueba de sismos. Por otro lado, él se dirigió hacia el puesto de vigilancia del complejo, con el fin de saber cuáles era los últimos acontecimientos.

—¿Qué hay de nuevo, Hawkins?

—¿Recuerda la nave que NORAD descubrió hace unos días atrás?

Herbert se limitó a asentir con la cabeza.

—Fue destruida, señor, como a las ocho de la tarde, hora de Tokio.

—¿Destruida? —Herbert lucía extrañado por la noticia—. ¿Fueron los militares?

—La armada —repuso Hawkins, presionando unas cuantas teclas y mostrando la evidencia en una de las pantallas—. Nuestra armada.

Herbert miró detenidamente la explosión de la nave, e inmediatamente notó algo muy extraño.

—Eso no parece una explosión —observó Herbert, frunciendo el ceño—. Es como si… algo lo hubiera partido por la mitad.

Hawkins retrocedió el video unos pocos segundos y lo detuvo justo antes que la nave se destruyera. Herbert se acercó a la pantalla y vio una línea de color plata que apuntaba directamente a la nave. Era difícil de imaginar que un proyectil no explosivo pudiera causar semejante daño, pero, desde luego, Herbert tenía acceso a secretos militares y se le vino a la mente el proyecto Asgard. Sin embargo, no sabía que ya existía un cañón de riel operativo en la armada. Aquello, lejos de ser una amenaza, representaba una oportunidad para robustecer su plan.

—Así que… cañones de riel —dijo Herbert, llevándose una mano al mentón—. Imagínate, Hawkins, tener varios de esos en órbita, con proyectiles más grandes. Si el plan primario falla, podríamos tener este como plan de contingencia. Un enjambre de proyectiles golpeando el planeta, destruyendo la mayor parte de la población mundial. Por supuesto, no usaremos tungsteno como base para los proyectiles. Hay mucha munición disponible allá afuera.

—¿Se refiere a…?

—Exactamente —dijo Herbert, mirando hacia arriba—. Si el plan primario falla, entonces vamos a recrear lo que ocurrió hace miles de millones de años, claro que a una menor escala. Por supuesto, espero que el plan primario tenga éxito, pero debo estar preparado para varias eventualidades.

—Entonces, ¿quiere que me comunique con nuestros contactos en la NASA?

—No, la NASA es una organización civil. Esta operación será de naturaleza militar, pero necesitamos los recursos y las mentes de la NASA. Mi objetivo será engañosamente simple: hacer que la NASA sea un organización militar. Les estaríamos haciendo un favor. Tendrían un presupuesto prácticamente ilimitado para hacer lo que quieran, siempre y cuando eso no entre en conflicto con lo que queremos.

Hawkins frunció el ceño.

—¿Destruirá el programa espacial solamente para concretar su plan?

—Por supuesto. ¿Tienes un problema con eso?

—¿Personalmente? En absoluto. Solidarizo al cien por ciento con sus ideales. El problema que veo es que la gente no estará de acuerdo con eso. Debe recordar que la gran mayoría de los norteamericanos tiene muchas ideas románticas sobre lo que es la NASA, y no verán con buenos ojos que ésta pase al sector militar.

Herbert mostró una sonrisa.

—¿Sabes, Hawkins? Eres un tipo demasiado observador para que simplemente estés vigilando cámaras de seguridad. ¿Te parece si te conviertes en mi nuevo lugarteniente?

El tal Hawkins miró largo y tendido a su jefe, como si no pudiera creer lo que acababa de escuchar. Había pasado más de cinco años alimentando a su jefe con información valiosa, y esperaba que se mantuviera de ese modo. Pero la propuesta de Herbert se antojaba demasiado buena para ser verdad, y, normalmente, así era. No había que mirar más allá de lo que había ocurrido con el profesor Tomoe para hacerse una idea de ello.

—No lo sé, señor —dijo Hawkins, luciendo dubitativo—. Es una gran responsabilidad que no creo estar listo para tomar, al menos no hoy.

—No te estaba obligando a que lo hicieras —dijo Herbert en un tono ligero que no concordaba con la situación—. Si no te sientes preparado para ello, simplemente no lo hagas. Hazlo cuando estés completamente seguro de poder lidiar con la responsabilidad, de otro modo, cometerás errores. Y nadie quiero eso, especialmente yo.

—Le… agradezco que me haya dado la oportunidad, señor.

—No te preocupes. —Herbert se quedó en silencio por un momento, luego del cual habló con más seriedad—. Dicho esto, necesito que te comuniques con Desmond Hudson. Refiérete a mí como Justin Donovan. Necesitamos de su cooperación para convertir a la NASA en una rama militar.

—A la orden, señor.

Tokio, 06 de marzo de 1992, 03:15p.m.

Sailor Pluto, a diferencia de las demás Sailor Senshi, no tenía una forma normal. Ella era una Sailor Senshi todo el tiempo, lo que hacía difícil que no llamara la atención, de una forma u otra. Por esa razón, Amy había dicho que ella estaba haciendo cosplay de un anime conocido y que ellas solamente la estaban acompañando. Dado que en Japón era bastante común la práctica del cosplay, nadie tomó demasiado en serio a Sailor Pluto.

—Eres tan inteligente como cuando te conocí, allá en los sesentas —dijo ella, mientras el grupo salía del hospital después de haber dejado a Darien en Emergencias, lo que causó una gran conmoción en Amy.

—Pero… pero…

—No te preocupes —dijo Sailor Pluto con una sonrisa pequeña—. Seguramente ya no recuerdas lo que ocurrió en esos tiempos. Además, no he venido aquí a eso.

—¿Entonces a qué viniste? —preguntó Serena, y las demás clavaron sus miradas en Sailor Pluto.

—Como les dije, yo soy la guardiana de la Puerta del Tiempo y, entre mis deberes, está asegurarme que no haya cambios en la línea temporal que puedan destruir este mundo. Black Moon está amenazando con hacer precisamente eso, pero no puedo detenerlos por mi cuenta. Necesito de la ayuda de ustedes, y ustedes necesitan la mía.

—¿Y en qué puedes ayudarnos? —quiso saber Rei.

—Yo puedo llevarlas al futuro —repuso Sailor Pluto con seriedad—, para que ustedes puedan derrotar a Black Moon. Sin embargo, hay cosas que ustedes deben saber antes de pelear contra ellos, especialmente tú, Serena.

La aludida sintió un nudo en el estómago.

—¿Yo?

—Así es, pero yo no soy nadie para decírtelo en este momento. Tendrás que verlo por ti misma. Sin embargo, esperaremos a que Darien se recupere. —Serena notó que a Sailor Pluto le brillaron brevemente los ojos cuando pronunció el nombre de Darien, pero bien pudo imaginárselo—. También necesito que venga, porque hay muchas cosas que le conciernen a él.

El grupo de chicas llegó al templo Hikawa, lugar común que siempre empleaban para reunirse. Había unos cuantos destrozos, resultado de la batalla contra las Hermanas de la Persecución, pero eran menores. El grupo entró en la casa y tomó asiento frente a la amplia mesa.

—Si me disculpan, debo hablar algunos asuntos con Amy —dijo Sailor Pluto, y la aludida la siguió, luciendo confundida. Lita se ofreció a cocinar algo y Serena la habría ayudado, de no ser por su monumental torpeza. En lugar de eso, hizo que Rei fuese su asistente. Demás está decir que Serena derramó un mar de lágrimas antes de calmarse.

En el patio, Sailor Pluto buscó un banquillo en el que sentarse. Amy le indicó que había uno cerca de la entrada.

—¿Por qué quieres hablar conmigo? —preguntó Amy, tomando asiento, y Sailor Pluto la imitó—. ¿Es sobre lo que pasó en los sesentas?

—Sé que hay ciertos recuerdos que te han estado molestando desde que Saori apareció —dijo Sailor Pluto, tratando de ser discreta con sus palabras—. ¿Qué es exactamente lo que recuerdas de ella?

—¿Por qué me preguntas esas cosas?

—Porque podrían ayudarte a que duermas más tranquila. Sé que te has estado preguntando qué hacías en la década de los sesentas desde que viste esos periódicos.

Amy ni siquiera se preguntó cómo Sailor Pluto sabía esa información. Desde que ella dijo que custodiaba la línea temporal, asumió que también observaba todo lo que ocurría en el planeta.

—¿Y qué hacía en esos tiempos?

—Bueno, decir que eras tú es un error —dijo Sailor Pluto, mirando a Amy con una mezcla de lástima y seriedad—. Porque la Amy que apareció en la década de los sesenta pertenece a otro futuro.

Némesis, año 2993

—Te felicito, Esmeralda —dijo Diamante cuando la vio llevando el cuerpo inconsciente de Rini en sus brazos—. Pudiste capturar al conejo por tu cuenta, no como ese inútil de Rubeus.

—Fue bastante fácil, a decir verdad —dijo Esmeralda en un tono coqueto que Diamante pasó por alto—. Si me hubieras mandado a mí desde el comienzo, no tendríamos tantos contratiempos en este momento.

—No deberías confiarte —dijo Zafiro, quien apareció detrás de Esmeralda—. Esas Sailor Senshi del siglo veinte son oponentes tan dignas como las de este tiempo. Aprovechaste una oportunidad única, lo que trabajó para nuestro beneficio, pero no es razón para jactarse.

—Zafiro tiene razón —dijo Diamante, volviéndose hacia un panel holográfico, en el cual presionó un botón, y la imagen del Gran Sabio apareció—. Tenemos al conejo. ¿Cuál es el siguiente paso? ¿Matarlo?

—Tráiganmelo ante mi —dijo el Gran Sabio con su voz pausada y grave—. Yo me ocuparé del conejo. Ustedes sigan con el plan. Sin embargo, les recomiendo que tengan mucho cuidado. Es probable que las Sailor Senshi lleguen a este tiempo. Ellas, especialmente aquella llamada Sailor Moon, no deben saber la verdad sobre el conejo.

—Ya lo oyeron —dijo Diamante después que la imagen del Gran Sabio hubo desaparecido—. Esmeralda. Llévale el conejo personalmente. Zafiro, vigila los nexos de energía oscura en Tokio del siglo veinte. Tomará tiempo para que el Cristal Oscuro llegue al máximo de energía. Si es necesario, protege esos nexos con tu vida.

Zafiro no dijo nada. Se limitó a asentir con la cabeza y desapareció de la amplia sala. Diamante tomó asiento en su trono, pensando en esas Sailor Senshi que de repente habían aparecido, especialmente en Sailor Moon. Mientras contemplaba las imágenes que provenían de la nave destruida en el Tokio del siglo veinte, juzgó que había un parecido enorme entre ella y la mujer que yacía bajo esa tumba de cristal.

La Neo Reina Serena.


Mientras tanto, en un recinto amplio que semejaba a una caverna, Esmeralda esperaba a que apareciera el Gran Sabio. Ella siempre había pensado que él era solamente una herramienta, pero la forma en que se había estado comportando desde que apareció el conejo, le hacía dar la impresión que él estaba entregando órdenes en lugar de consejo. No alcanzaba a entender por qué el Gran Sabio quería deshacerse personalmente de esa niña, cuando cualquier miembro de Black Moon podía hacerlo.

Esmeralda pensaba en esas cosas cuando el Gran Sabio apareció frente a ella.

—Puedes dejar al conejo frente a mi —dijo, pero Esmeralda dudó, y no sin razón.

—¿Sabes, Gran Sabio? —repuso Esmeralda sin una pizca de respeto—. Últimamente te has puesto muy autoritario. Se supone que solamente eres un adivino, una herramienta que nos proporciona información. ¿Qué es lo que realmente quieres de nosotros?

—Quiero lo mismo que ustedes —dijo el Gran Sabio, alzando un dedo y Rini comenzó a flotar lejos de los brazos de Esmeralda—. Destruir Tokio de Cristal. Y creo que el conejo es clave para conseguir precisamente eso. Por eso les pedí que lo trajeran frente a mí.

—O sea, nos usaste.

—¿Acaso ustedes no quieren destruir Tokio de Cristal? —Esmeralda se quedó callada, buscando cómo responder a tal pregunta sin entregarle todo el poder al Gran Sabio. Sin embargo, él no esperó por una respuesta—. Ustedes tendrán lo que quieren. De eso no se preocupen. Yo solamente quiero al conejo.

—¿Y vas a matar al conejo?

—En cierto modo, así es.

Esmeralda frunció el ceño y puso los brazos en jarras.

—¿En cierto modo?

—En un modo que les va a beneficiar.

—Lo único que nos beneficia es el conejo muerto.

—¿Y estás dispuesta a desobedecer a Diamante por lo que crees?

Esmeralda tragó saliva. Si había algo que no haría por nada del mundo era ir contra el príncipe Diamante. Y él había ordenado llevar el conejo al Gran Sabio.

—Ahí lo tienes —dijo Esmeralda de mal humor—. Pero te tendré entre ceja y ceja, sólo para que lo sepas.

El Gran Sabio esperó a que Esmeralda se fuera y, a continuación, extendió sus dos manos hacia Rini. Inmediatamente, ella comenzó a apretar los párpados, como si estuviera teniendo un mal sueño. Y, desafortunadamente, aquello no estaba tan lejos de la verdad.

Rini despertó y notó que caminaba por las calles de Tokio de Cristal junto con sus padres. Llovía. Las gotas mojaban su cabello y sus padres ni siquiera se dignaban en poner un paraguas encima de ella. Tan pendiente iba de ello que no se percató del desnivel de la vereda y cayó de cabeza al suelo, lastimándose una rodilla. Arrugando la cara para contener las lágrimas, le pidió ayuda a su padre para que la pusiera de pie, pero él permaneció allí, de brazos cruzados.

—Levántate por tu cuenta —dijo su padre en un tono autoritario que a Rini lo le gustó para nada. No sonaba como si la persona que le miraba con ojos como rendijas fuese su padre. Al ver que él no le proporcionaba ningún consuelo, miró a su madre, pero el refugio que ella esperaba no llegó.

—Tu padre tiene razón —dijo ella, poniendo los brazos en jarras—. ¡Vamos! Levántate, que nos estás haciendo perder tiempo.

Rini apenas sentía el dolor en sus rodillas, porque el tormento que anegaba su mente era peor. No podía creer que sus padres fuesen tan fríos con ella, pues no era lo que recordaba de ellos, aunque, tal vez todos esos buenos recuerdos fuesen falsos, o meras ilusiones. Tal vez, lo que estaba viendo era la verdad.

Así es dijo el Gran Sabio dentro de la cabeza de Rini, esos buenos recuerdos que tenían fueron solamente sueños. Esta es la realidad. Tus padres no te querían, jamás te quisieron. Fuiste un fruto de un error, y ellos te aceptaron solamente porque no querían armar un mayor escándalo. Ellos jamás quisieron tenerte, por eso no pueden mostrarte verdadero amor.

En sueños, Rini se llevó las manos a la cabeza, exclamando cosas como "no es cierto" o "déjame en paz", pero el Gran Sabio sabía cuando una presa se encontraba herida. No iba a dejarla en paz hasta que fuese consumida por el odio. Solamente en ese momento, iba abandonar su mente.

Un nuevo recuerdo tomó por asalto a Rini. En esa ocasión, se encontraba en el castillo, acompañada de las Sailor Senshi. Ese día era su cumpleaños, pero las mujeres a su alrededor no parecían estar al tanto de ello.

—Tal vez tus padres no se acordaron porque están muy ocupados —dijo Sailor Mercury razonablemente—. No puedes culparlos, pequeña dama. Es mucho trabajo ser reyes de Tokio de Cristal, así es que es normal que pasen por alto este tipo de cosas.

—No todo puede tratarse de ti —le dijo Sailor Mars con un poco de brusquedad.

—Sí. A veces hay que resignarse a que no te celebren tu cumpleaños —añadió Sailor Jupiter.

—No es gran cosa, de todas formas —dijo Sailor Venus, encogiéndose de hombros—. A veces no recuerdan mis cumpleaños, pero no ando quejándome por ello. Y tú deberías hacer lo mismo, pequeña dama.

Y las Sailor Senshi abandonaron a Rini, dejándola sola en el balcón. Notó que algunas gotas comenzaron a caer. Juzgando que el clima era una perfecta analogía de lo que había en su corazón, bajó la cabeza y sus lágrimas se confundieron con la lluvia.

¿Ahora lo ves? Tus padres ni siquiera se acordaron de tu cumpleaños. Se supone que son ellos los primeros en decirte "feliz cumpleaños". Ni siquiera las Sailor Senshi se preocuparon mucho por eso. ¿Cómo puedes llamar "padres" a personas que no se preocupan por ti? Esa no es más que una lamentable prueba de que ellos jamás quisieron lo mejor para ti, porque, insisto, eres un error para ellos, no un acierto o lo más hermoso que han creado. Para ellos, eres un lastre, una obligación, nada más. Siempre has estado sola por culpa de eso, pero no los necesitas. Sola puedes hacer mucho. Lo único que debes hacer es aceptar que no tienes padres, que no tienes amigos, que solamente puedes confiar en ti misma. Debes destruir a aquellos que hicieron tu vida miserable, aquellos que no te prestaron atención, debes demostrarles que sola eres poderosa, que sola puedes conseguir más que cuando estabas acompañada.

Aun cuando estuviera inconsciente, Rini se revolvía, se llevaba las manos a la cabeza y exclamaba cosas como "esto está mal", "esto es un error" o "quiero despertar", pero cada vez con menos convicción. La voz que le decía que solamente estaba siendo testigo de la realidad se hizo tan fuerte que ocupó toda su cabeza, y cualquier rastro de la niña buena que alguna vez había sido se retiró al rincón más oscuro de su mente.

Bien, has aceptado que sola eres mejor que acompañada. Sola eres poderosa. Has dejado de ser una niña gracias a eso. Has madurado. Ahora serás toda una mujer. No dependerás de nadie y todos te temerán. Ya no eres la pequeña dama. Serás una… dama negra.

En ese momento, el cuerpo de Rini comenzó a crecer, dejando de ser una niña en absoluto. Lentamente, comenzaron a aparecer los atributos típicos de una mujer ya crecida, los atributos de una mujer peligrosamente atractiva. Su cuerpo fue cubierto por un vestido provocativo de color negro, su cabello creció, aunque los moños que la distinguían de las demás niñas quedaron en su lugar. Como guinda de la torta, una luna negra invertida apareció en su frente.

Cuando la transformación hubo concluido, el Gran Sabio vio que los únicos vestigios de lo que alguna vez fue eran el color de su cabello y sus ojos, y por supuesto, los moños. El resto no hablaba para nada de la niña llamada Rini. Incluso su mirada era dura y fría, carente de la ternura de una niña. Era la mirada de una mujer independiente, fría y solitaria.

Un nuevo enemigo había nacido.


Nota: En respuesta al último comentario que recibí, gracias por el spoiler (léase en tono sarcástico). Que conste que estoy viendo el anime de Attack on Titan, y aquello que dices aparece en el manga (que va más avanzado que el anime). De todas formas, lo que planteas es solamente una teoría que no ha sido confirmada por el autor del manga. Dicho esto, desde este momento, trataré en enfocarme en Sailor Moon.

Un saludo.