XLIX
El regreso de una leyenda
Washington, 13 de marzo de 1992, 11:51a.m.
Sailor Zephyr había encontrado una casa abandonada en la cual esconderse. De todos modos, era mucho pedir que no llamara la atención mientras sostenía a una mujer de cabellos dorados y ataviada con una bata de hospital, y lo último que deseaba era que la policía anduviera tras su rastro.
La casa en cuestión tenía la ventanas tapiadas con tablas, y había un anuncio de hipoteca clavado en el patio delantero. Poseía dos pisos y no lucía como la típica casa abandonada, las cuales ostentaban pintura desgastada y claros signos de deterioro. Al parecer, los anteriores dueños del inmueble se había ido hace poco tiempo. Sailor Zephyr razonó que se trataba del escondite perfecto, pues no tendría que lidiar con criminales que estuvieran empleando la casa como base de operaciones para sus fechorías, un modus operandi bastante común entre delincuentes.
Sailor Zephyr echó abajo la puerta, cuidando de que Sailor Galaxia no sufriera ningún daño. Sin preocuparse en repararla, se adentró en la sala de estar, y subió por las escaleras hacia el segundo piso, que consistía de dos habitaciones y un baño. Los dos dormitorios contaban con mobiliario, debidamente cubierto con lona para proteger los muebles del polvo. Halló una cama lo suficientemente cómoda para dejar allí a Sailor Galaxia, y, después de apartar la lona, la recostó sobre ésta con cuidado. No tenía idea de cuándo iba a abrir los ojos, pero juzgó que aquella no era una pregunta que pudiera responder en ese momento. En lugar de hacerse preguntas vanas, decidió descender al primer piso, salir de la casa y buscar algo de comer.
Volvió quince minutos después con dos bolsas de mercancías. En cualquier otra circunstancia, Sailor Zephyr no habría sabido qué mierda hacer con esos abarrotes, pero encontró muchos recursos útiles en la conciencia del cuerpo que poseía. Saori Müller era una mujer muy independiente, y sabía cocinar bien, aunque le costó un poco de trabajo dominar aquellas habilidades, pues Saori, debido a sus evidentes habilidades de combate, era una mujer muy tosca, y manejar utensilios de cocina fue un reto para ella, y lo era más para alguien que estaba controlando su cuerpo como si fuese un títere.
Dos horas después, Sailor Zephyr estuvo probando los resultados de su primera incursión en la cocina terrestre. No está mal, para ser su primera vez se dijo, mientras saboreaba un básico arroz con pollo asado.
Escuchó un sonido en el segundo piso, como si alguien estuviera caminando allí. Sailor Zephyr tragó saliva, y trepó las escaleras de tres en tres, llegando en un santiamén a la habitación donde había dejado a Sailor Galaxia. Ella se encontraba ya de pie, moviendo sus brazos y caminando en círculos, sintiendo curiosidad por la bata de hospital que vestía.
—¿Dónde estoy? —preguntó Sailor Galaxia, incapaz de reconocer su entorno—. Lo último que recuerdo es una cama en algún laboratorio.
—Señora Galaxia —dijo Sailor Zephyr, inclinándose delante de ella—. La he liberado del laboratorio. Ahora se encuentra en una casa abandonada, pero es solamente una situación temporal. En cuanto de la orden, partiremos directamente hacia el centro de la Vía Láctea y reanudaremos el plan.
Sailor Galaxia se quedó pensando mientras se miraba los brazos, notando que sus brazaletes habían desaparecido. No obstante, por alguna razón, aquello no parecía preocuparle mucho. Sailor Zephyr arqueó una ceja al ver a Sailor Galaxia comportarse de ese modo. Normalmente, ella tenía la cara contorsionada por la ira y siempre regañaba a la persona más cercana por lo que fuese que hubiera salido mal. Sin embargo, en ese momento, a Sailor Zephyr le dio la impresión que Sailor Galaxia había perdido ese aire de malvada que la caracterizaba, o al menos la estaba ocultando bastante bien.
—¿Tiene hambre, señora Galaxia? —preguntó Sailor Zephyr con un poco de timidez, esperando que Sailor Galaxia reaccionara de forma violenta.
—No es comida lo que necesito —repuso ella, con una voz pareja que sorprendió a Sailor Zephyr—. Necesito seguir con el plan. Por cierto, ¿por qué tienes la apariencia de Saori?
—Ah, esto es obra de Herbert Dixon —dijo Sailor Zephyr, sin saber si sentirse tranquila o preocupada por el comportamiento de la mujer frente a ella—. Él puso mi ser en el cuerpo de Saori, o al menos eso fue lo que me explicó. Por mucho tiempo no supe dónde me encontraba, pero luego comprendí que, después de la batalla con Henry Abberline y esas Sailor Senshi por allá en 1969, acabé en un laboratorio militar, donde me hicieron muchos experimentos. Me dio la impresión que no sabían con qué estaban lidiando, hasta que alguien movió hilos en el laboratorio y me trasladaron a la base de Herbert Dixon, donde me convirtieron en lo que ahora soy.
Sailor Galaxia se quedó en silencio, ponderando las palabras de Sailor Zephyr, preguntándose si lo que le había pasado representaba un problema. Resultaba que así era. Sailor Zephyr, así como estaba, no era útil para sus propósitos.
—Esos experimentos te cambiaron —dijo Sailor Galaxia, mirando fijamente a Sailor Zephyr, como evaluándola—. Si estás en el cuerpo de Saori Müller, entonces tienes acceso a sus recuerdos. Estoy segura que algunos de ellos te molestaron en algún momento.
Sailor Zephyr se quedó muda. No sabía qué la asustaba más, sus palabras o la forma en que las dijo. De cualquier modo, el punto era el mismo: ella no era útil para Sailor Galaxia si aún seguía en el cuerpo de Saori. Aquello no auguraba nada bueno.
—Entonces, ¿debo entender que debo morir? —dijo Sailor Zephyr con voz trémula y tragando saliva.
—No dije eso —repuso Sailor Galaxia, crispando los puños, comprobando que sus poderes seguía intactos. Descubrió que tenía otras habilidades, aparte de las que ya tenía como Sailor Senshi—. Solamente dije que el hecho de que estés en el cuerpo de Saori es un problema. Por fortuna, puedo sacarte de ese cuerpo sin muchos problemas. Recuerda que los experimentos de Herbert Dixon fueron posibles gracias a mis poderes.
Sailor Zephyr volvió a tragar saliva.
—¿Entonces… no me va a matar?
—Por supuesto que no —dijo Sailor Galaxia con una voz que no parecía ser la suya, y Sailor Zephyr creyó haberla escuchado en alguna parte, pero no podía recordarlo—. Me has servido bien hasta ahora. Y, si no hubiese sido el caso, siempre hay espacio para mejorar. Matar servidores por sus fallas no arreglan los problemas. Solamente los hacen más complicados de resolver.
Sailor Zephyr estuvo a punto de llevarse un dedo a la oreja, en caso que no hubiera escuchado bien. Sailor Galaxia se caracterizaba por ser inmisericorde con sus vasallos. Su impaciencia por conseguir sus objetivos le hacía ser muy impulsiva con las personas que trabajaban para ella, y a menudo las castigaba, o mataba, por no satisfacer sus demandas. No obstante, Sailor Galaxia ya no exhibía aquella aura de amenaza que era tan típica de ella. Era más bien, como si hubiera perdido parte de su identidad en el laboratorio de Herbert Dixon. Después de todo, había sido objeto de incontables experimentos.
—¿Está segura que se encuentra bien, señora Galaxia? —preguntó Sailor Zephyr con timidez. No obstante, Sailor Galaxia le mostró una sonrisa.
—Me siento mejor que antes, mucho mejor que en los sesentas —respondió Sailor Galaxia con ligereza—. Ahora, en cuanto a tu problema, lo vamos a solucionar cuanto antes y luego, regresaremos a nuestro hogar. Es hora de continuar con el plan donde lo habíamos dejado. Por fortuna, aún tenemos un as bajo la manga.
—¿Y cuál sería ese?
—Hay una gema que las Sailor Senshi no nos han podido quitar —dijo Sailor Galaxia, recordando aquel cristal que las Sailor Senshi del Reino de Cristal andaban buscando—. El Diamante de Hielo aún es nuestro, y, de momento, no hay nadie que lo haya reclamado. Lo vamos a usar para concretar el plan.
—Si eso es cierto, ¿para qué me necesita?
—Pues es simple. Para ayudarme a obtener los Sailor Cristales de las Sailor Senshi que existen en este tiempo. —Sailor Galaxia se dirigió al primer piso, saliendo de la casa, acompañada de Sailor Zephyr como si ella fuese un perrito faldero—. El Diamante de Hielo por si solo no va a detener a las Sailor Senshi. Para eso, vamos a necesitar aliadas. Y tú serás la primera que yo recupere.
Sailor Galaxia juntó ambas manos, cerrando los ojos, y Sailor Zephyr comenzó a sentirse extraña, como si alguien la estuviera dividiendo en dos. Al final, el suplicio fue tal que comenzó a gritar, a medida que su personalidad estaba siendo arrancada del cuerpo en el que habitaba, dando lugar a otro cuerpo, uno con la apariencia de la Sailor Zephyr de los años sesenta. El cuerpo de Saori yacía junto a ella, luciendo las mismas ropas que había usado en su viaje hacia Nueva Orleans después de encontrarse con las Sailor Senshi en Tokio. Tuvieron que pasar unos pocos minutos para que Sailor Zephyr abriera los ojos y se pusiera de pie. Miró el cuerpo de Saori, para luego desviar la mirada hacia Sailor Galaxia, como esperando que hiciera algo con el cuerpo. Pero ella no hizo nada.
—¿Por qué no obtiene su Sailor Cristal?
—Porque ella no es una Sailor Senshi —explicó Sailor Galaxia, mirando a Saori con un poco de lástima—. Al menos ya no lo es. No es más que una chica excepcionalmente fuerte.
—¿Y no la va a matar?
—No es una amenaza —dijo Sailor Galaxia pacientemente—. Yo solamente voy a asesinar gente que sean una amenaza a mí o a mis planes.
Sailor Zephyr quedó en silencio, pensando en el sustancial cambio que había sufrido Sailor Galaxia después de los experimentos conducidos por Herbert Dixon. Sailor Zephyr era de la idea que fueron aquellos experimentos los que alteraron su personalidad. No obstante, aún poseía esa aura de liderazgo que siempre había tenido, solamente que ahora era más mesurada y calmada. Tal vez la prudencia terminase siendo una virtud útil.
—¿La vamos a dejar aquí?
—Es una chica independiente —dijo Sailor Galaxia, crispando los puños, reemplazando su ropa de hospital por su armadura típica—. Sabrá valerse por sí misma.
Y Sailor Galaxia y Sailor Zephyr desaparecieron en un destello de luz dorada.
Tokio, 22 de marzo de 1992, 03:17p.m.
Al parecer, las heridas de Sailor Moon habían sido más graves de lo que sus amigas habían pensado, pues le tomó más de una semana recuperarse, pese a que el corte en su pecho no había tocado ningún órgano vital. Amy le habría hecho un análisis más detallado con su computadora, pero los médicos no le habían permitido hacerlo, pues ella no tenía experiencia tratando con pacientes y terminaría haciendo más mal que bien. Amy aceptó la decisión, pero le iba a practicar el examen de todas formas, pues tenía la sospecha de que un poder oscuro estaba impidiendo que las heridas sanaran de forma normal, lo que explicaría el tiempo que había transcurrido entre su llegada al hospital y ese día.
Aquella tarde, Serena fue dada de alta, aunque aún sentía la sombra de un dolor en su pecho, en el lugar donde aquel trozo de metal había horadado su pecho. No le molestaba mucho, sin embargo. Era otra cosa la que le tenía cabizbaja, mirando al suelo en lugar de a sus amigas.
—Pobre Serena —dijo Amy, mirando a su amiga con pena—. Aún debe estar conmocionada por lo que le hizo Diamante.
—Menos mal que recibió su merecido —acotó Rei, recordando cuando ella y sus amigas llegaron a la superficie, y vieron que Diamante había muerto por una roca de una tonelada que le había aplastado la cabeza, manchándola con sangre y restos de su humanidad—. Es lo menos que merece por haber hecho lo que hizo.
—Zafiro se salvó, eso sí —dijo Lita, recordando que tenía una pierna rota y que la ambulancia había acudido a su rescate—. Creo que esa tal Petz está cuidando de él. Parece que lo aprecia mucho.
—Bueno, él no violó a nadie —gruñó Rei, quien lucía casi tan afectada como Serena por lo de la violación—. Pero Diamante… —Rei crispó los puños y arrugó el entrecejo—… me habría gustado matarlo con mis propias manos.
—No es bueno que pienses así —dijo Serena de repente, con voz queda y sin mirar a Rei. Ella la miró como si no pudiera creer lo que había escuchado.
—Serena… —dijo ella, luciendo preocupada.
—Si empleamos las mismas armas que el enemigo para derrotarlos, dejaremos de ser buenas personas —repuso Serena, alzando de a poco la cabeza—. Dejaremos de ser Sailor Senshi. Yo, por lo menos, no voy a permitir que eso ocurra. No voy a desear la muerte de una persona por los males que me haya ocasionado.
—¿Vas a dejarlo así? —inquirió Mina, quien también lucía muy molesta por lo que le había hecho Diamante a Serena—. ¿Vas a perdonarlo?
—Ninguna mujer debería ser víctima de eso —continuó Serena, alzando cada vez más la cabeza—, pero pelear contra ello no nos hará más fuertes. La gente cree que las mujeres somos débiles porque lloramos por cosas como éstas. Pues no les voy a dar el placer de decir eso.
Las demás se quedaron en silencio, pensando en las palabras de Serena. Rei no podía ocultar su asombro. Aquella chica llorona, perezosa y comilona había cambiado bastante desde ese entonces. Las demás también parecieron darse cuenta de eso, pues la comenzaron a mirar con una sonrisa.
—Tienes razón —dijo Amy, poniendo una mano en el hombro de Serena.
—Yo tampoco les daré el placer de que me digan esas cosas —añadió Rei, imitando el gesto de Amy.
—No lo vamos a permitir —dijo Lita, empuñando las manos y alzándolas al cielo.
—No señor —acotó Mina con un amplia sonrisa.
—¿Qué les parece si vamos a tomarnos un helado? —sugirió Serena. Las demás sonrieron, mostrando su aprobación, y cambiaron de dirección, rumbo hacia el centro de Tokio.
Estaban a punto de llegar al local, cuando fueron interceptadas por una mujer muy alta, de cabello gris y unos mechones familiares para quien hubiera conocido a Serena. Rei y Lita la reconocieron de inmediato.
—¿Eres esa idiota sin educación que nos encontró en nuestra base? —increpó Rei con los puños crispados.
—¡Cuida tus malditas palabras! —exclamó ella, y Rei no pudo evitar retroceder. Incluso Lita lo hizo—. Me costó mucho trabajo encontrarlas, y no quiero tener más malos ratos de los que ya tuve.
—¿Eres Saori? —preguntó Serena con timidez.
—Ella misma —repuso ella lacónicamente, posando distraídamente su mirada en Amy.
Su mente fue arrasada por una avalancha de recuerdos del pasado, imágenes de ella y Amy en diversas circunstancias, algunas más personales que otras. Su corazón latió más deprisa y hubo un espacio de tiempo en el que no supo cómo diablos reaccionar. Solamente pudo recuperar la compostura cuando las imágenes hubieron desaparecido de su cabeza. Cuando aquello ocurrió, le dio la impresión que Amy había pasado por lo mismo.
—¿Qué fue eso? —quiso saber Rei, olvidada de su enojo con Saori.
—No estoy segura —dijo Amy débilmente—, pero es como se los expliqué el otro día. Yo y Saori tuvimos alguna clase de relación en el pasado… bueno, no yo exactamente. Era una Amy de otro futuro, pero, de algún modo, sus recuerdos pueden cruzar dimensiones. Aquello podría explicar por qué tenemos sueños.
—¡Eso a mí no me importa! —exclamó Saori, ablandando su expresión en el momento que encaró a Amy—. Bueno, estoy aquí para pedirte un favor.
Aquello tomó a las chicas por sorpresa.
—¿Y qué quieres?
—Es que, en algún momento de mi vuelo hacia Nueva Orleans, perdí el conocimiento y tuve unos sueños raros, como si yo estuviera tratando de matar a las Sailor Senshi usando una armadura pesada.
—Pues eso ocurrió —murmuró Rei entre dientes.
—¡Cállate, quieres! —espetó Saori, y Rei no dijo nada más—. Lo que pasa es que, cuando desperté, perdí mi teléfono y con él, la ubicación del laboratorio de Herbert Dixon. ¿Podrías darme nuevamente esa información?
Amy, de algún modo, sabía que a Saori le costaba horrores usar la frase "por favor", por lo que no opuso ningún tipo de resistencia. Abrió su computadora de bolsillo y le pidió a Saori que activara sus conexiones inalámbricas. Luego, transfirió el mismo archivo de posición que le hubiera entregado la última vez, pues no lo había eliminado de la memoria de su computadora.
—Asegúrate de no volver a perder tu teléfono —le dijo Amy, con una pequeña sonrisa—. Te recomiendo que hagas una copia de seguridad de los datos del teléfono, para que no vuelva a pasarte lo mismo.
—Lo haré —dijo Saori con una sonrisa de lado—. Si acabo con la vida de Herbert Dixon, volveré a echarte una visita.
—¿Por qué andabas con ese uniforme tan raro? —quiso saber Amy, recordando la vez en que había conseguido arrancarle la armadura a Kamikaze.
—A mí que me cuelguen —repuso Saori bruscamente—. No tengo idea de cómo mierda llegué a Washington cuando desperté, pero supe que debía volver aquí porque había perdido el condenado teléfono.
—¿Alguna vez aceptaste trabajar para el Departamento de Defensa de los Estados Unidos?
—Jamás trabajaría para el gobierno de ningún país —espetó Saori, dándole la espalda a Amy y caminando hacia una parada de buses—. Menos para un gobierno tan podrido como ese.
Y con esas palabras, Saori desapareció entre la muchedumbre, dejando a Serena y a las demás de pie, frente al local de helados, pensando en si la volverían a ver alguna vez. Amy, por lo menos, se lo preguntaba, pues, pese a que Sailor Pluto le había platicado sobre el tema, quería comprobar aquel relato hablando con Saori. En cuanto a Serena y Mina, Saori era una mujer intrigante para ambas, a juzgar por lo que Luna le había dicho sobre ella, sobre sus proezas, antes y durante los tiempos del Milenio de Plata. En cuanto a Rei y Lita, ambas esperaban que Saori jamás volviera a aparecer en sus vidas.
Mientras tanto, en Washington, Soichi Tomoe acababa de comprar dos pasajes en clase económica hacia Tokio.
