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Un funeral movido

Tokio, 5 de julio de 1992, 01:24p.m.

Ikuko, Kenji y Sammy no eran los únicos que sufrían a causa de la muerte de Serena. Luna también tenía muchos problemas, pues no solamente ella se había ido. Las demás habían ido a parar al laboratorio de algún contratista de defensa al otro lado del Pacífico, lo que no auguraba nada bueno. Además, Artemis le había comentado que había leído algunos reportes de humanoides que atacaban a personas, aparentemente al azar. En ese momento, el gato se encontraba junto a Luna, en el dormitorio de Serena, pues era el lugar más seguro para sostener una conversación sin que nadie estuviera mirando. Total, la gente se había reunido en el primer piso para entregar el último adiós a Serena.

—¿Has visto al pobre de Darien? —dijo Artemis a Luna, quien se paseaba por la habitación de un lado a otro, pensando en alguna solución para semejante desastre.

—Sí —repuso Luna, recordando el semblante de quien fuese el novio de Serena por solamente unos cuantos meses—. Parece un muerto viviente. No ha dicho palabra desde que entró a la casa.

—Se ve más delgado también… mucho más delgado —comentó Artemis, quien se encontraba sentado encima de la cama de Serena, luciendo muy preocupado—. Parece que no ha comido nada en días.

—¿De verdad lo podemos culpar? Un romance de miles de años, solamente para acabar por culpa de un atentado terrorista.

—Así es el mundo de hoy, nos guste o no —dijo Artemis, suspirando en señal de frustración—. ¿Y qué hay de la chica que llegó con el cuerpo de Serena hace unos días atrás? Recuerdo que me comentaste que ella había sido una Sailor Senshi en los tiempos del Milenio de Plata.

—Lo recuerdo, Artemis, pero no sabemos si actualmente es una Sailor Senshi o si es una chica normal. De todas formas, no podemos obligar a Saori a que pelee por nosotros. Suficiente ha hecho ya. No le podemos pedir más.

—Pero es necesario —insistió Artemis, taladrando con la mirada a Luna—. El mundo necesita nuevamente a Sailor Silver Moon. No sé por qué tengo la impresión que algo terrible está a punto de ocurrir.

—Lo sé —admitió Luna a regañadientes—, pero no estamos seguros si Saori aceptará pelear por nosotros nuevamente. Digo, salvó al reino de la Atlántida, defendió con éxito el Milenio de Plata en contra del Reino Oscuro, y salvó a todo el mundo de un holocausto nuclear a costa de su propia vida.

—Yo creo que lo hará —dijo Artemis, mostrando una pequeña sonrisa. Luna no lo sabía en su momento, pero intuía que su compañero tenía un as bajo la manga—. Vamos a la base secreta. Allí te darás cuenta que Saori ya está peleando por nosotros.

—¿Podemos ir después? —pidió Luna, y Artemis se percató de que había pecado de insensible—. Me gustaría estar aquí para… bueno… ya sabes… el funeral.

—Me parece bien —accedió Artemis, irguiéndose en sus cuatro patas y bajándose de la cama de Serena—. No estamos contra el tiempo, después de todo. Aún nos falta investigar de dónde provienen esos humanoides. Si el asunto es serio, entonces debemos contar con la ayuda de Saori.

Luna juzgó que aquella era una buena idea, y acompañó a Artemis hacia el patio trasero de la casa, donde sería enterrada Serena. Ikuko habría escogido el cementerio, pero ella era una mujer sentimental, y quería que el cuerpo de su hija descansara cerca del hogar que la vio nacer y crecer.

Había varios conocidos presentes en el funeral, aparte de Darien, Luna, Artemis y el resto de la familia Tsukino. Se encontraba la profesora de Serena, Molly, Kelvin y algunas otras compañeras de curso. Saori y Violet también habían asistido. Esta última había ido en representación de Nicole, Scarlett y Sophie, quienes se encontraban ocupadas tratando de dilucidar dónde se encontraba su princesa.

—Me gustaría decir algunas palabras —anunció Ikuko, y los demás asistentes dejaron de conversar entre ellos para prestar atención a la madre de Serena. El ataúd se encontraba detrás de ella, cerrado, pues era demasiada conmoción ver el cuerpo quemado de una persona que, más encima, estaba muerta, e Ikuko no quería que esa fuese la última imagen que alguien viera de su hija. En su lugar, había una fotografía de ella, riendo como si fuese lo último que hiciese en su vida.

Cuando supo que había captado la atención de todos los presentes, Ikuko comenzó a hablar. Aún tenía la voz trémula y sus ojos brillaban a causa de las lágrimas, pero se armó de coraje, y dijo las palabras que su corazón necesitaba que dijesen.

—Aunque… aunque las circunstancias me digan que debo mencionar las cosas buenas de Serena, tengo que hacer honor a la verdad, si quiero que la recuerden como la persona que es. Por eso, les quiero decir que Serena, pese a que era una buena chica, gentil, de buen corazón, y que se preocupa mucho por los demás, no era la mejor hija del mundo. Era buena para comer, para dormir, para pasar horas leyendo manga, sin siquiera hacer su tarea escolar. —Ikuko soltó una risas tristes antes de proseguir con su discurso—. No había día en que no tuviera una discusión con ella sobre sus deberes, y vaya que le gustaba protestar porque no le daban sus comidas favoritas. Era… la chica más llorona del mundo, y siempre llegaba tarde a clases. No había día en que su profesora no enviara cartas a la casa, diciendo que se quedaba dormida en la sala, que obtenía malas calificaciones en matemáticas e inglés. Pero, ¿saben qué? Pese a todo eso, pese a todos sus defectos y manías, ella era mi hija, y la amaba como cualquier madre amaría a su hija. Nadie tiene el derecho de arrebatármela de mis brazos, ni siquiera el gobierno más poderoso del mundo, por las razones que sean. Ojalá que el responsable de esta tragedia pague el precio que merece por cometer esta atrocidad.

Ikuko se quedó en silencio por un momento, para luego reunirse con los demás, quienes no decían palabra alguna. Nadie más era capaz de decir siquiera unas pocas palabras, pues juzgaban que Ikuko había dicho todo cuanto debía decirse sobre Serena. No obstante, alguien dio un paso adelante, caminando a paso decidido hacia el ataúd, y todos la miraron con caras de desconcierto.

—Pues yo tengo algo más que decir sobre Serena —dijo Saori con fuerza y firmeza, apuntando con un dedo al ataúd—, algo que estoy segura que la mayoría de ustedes no sabe sobre ella.

Darien y Molly se quedaron mirando a Saori, como si no quisieran que siguiera hablando, pero ella no se dio por enterada. Continuó como si no hubiese ninguna interrupción.

—Me imagino que han visto los noticieros, acerca de las dos veces en que esta ciudad ha corrido serio peligro de ser destruida. Pero un equipo de mujeres, usando sus poderes, evitaron que esto ocurriera. Ellas son conocidas como las Sailor Senshi, y Serena era una de ellas.

Como Saori esperaba, todos se quedaron mirándola como si hubiese dicho una calumnia terrible. Sin embargo, ella no se dio por enterada y prosiguió con su discurso.

—Ella era Sailor Moon, y en esas dos veces en que Tokio estuvo en peligro, dio todo lo que tenía para salvar la ciudad. Claro, su madre, aquí presente, la conocía mejor que yo, y sabe cuales son sus defectos, pero ella, en ningún momento, dudó de hacer lo que era correcto, incluso si eso implicaba entregar su vida. Les digo esto porque, como su madre quiere, es mi deseo que Serena sea recordada por lo que fue.

Saori se quedó en silencio, pues notó que había un sonido extraño, el cual se iba haciendo cada vez más fuerte. Cuando los presentes comenzaron a componer caras de susto, Saori supo que algo malo estaba a punto de ocurrir, y cuando miró hacia atrás, vio a un ejército de humanoides aproximarse al lugar del funeral.

—¡Violet! —exclamó Saori, tomando su pendiente con fuerza—. ¡Lleva a los asistentes a un lugar seguro! ¡Yo me encargaré de estas mierdas!

Violet obedeció. Aprovechando la confusión, se transformó y empleó su magia para guiar a los asistentes, tal como lo haría un perro ovejero con un rebaño de ovejas. Mientras tanto, Saori ya se había transformado y partió como un bólido a pelear contra los humanoides.

Cuando el público se encontró lejos del peligro, Sailor Silver Moon pudo emplear todo su poder. Sin preocuparle demasiado las pérdidas materiales, ella golpeó, pateó y mandó a volar a muchos de los humanoides con sus poderes sobre el aire. Eventualmente, el ejército de humanoides fue reducido a nada, y Sailor Silver Moon destruyó al último humanoide con sus propias manos. Limpiándoselas, ella se encaminó hacia el patio delantero de la casa para comprobar que no hubiera más humanoides cerca, pero se encontró con una sorpresa.

A varios metros de Sailor Silver Moon, Sailor Amethyst se empeñaba en que la gente se tranquilizara. No obstante, notó que, en medio de todas las personas presentes, una joven le miraba con mucha curiosidad. Se trataba de una chica de no más de quince años, de cabello castaño, decorado con un listón de color verde. No sabía por qué, pero le causaba una extraña sensación de nostalgia al mirarla directamente a los ojos. Y era exactamente la expresión que ella tenía en su cara. ¿Se sentiría del mismo modo? Al final, ella apartó sus ojos de la chica y Sailor Amethyst se enfocó en mantener a los asistentes a salvo, pues una mujer con un atuendo muy estrafalario había aparecido frente a Sailor Silver Moon.

—Mmm… no eres esa colegiala estúpida que salvó la ciudad hace unos meses atrás —dijo la mujer extraña—, pero tienes un uniforme similar. ¿Eres una de esas apestosas Sailor Senshi?

—Y asumo que tú eres la arpía de mierda que envió a todos esos humanoides —dijo Sailor Silver Moon con mucha agresividad—. Si es así, entonces prepárate, porque te haré papilla.

—Bah, no sabes con quién te estás metiendo.

—Me importa una soberana caca.

La desconocida se llevó las manos a la espalda y tomó un armatoste que llevaba a cuestas. Lucía como la tobera de escape de un lanzallamas. Sailor Silver Moon se dio cuenta en el acto que ella iba a atacarla.

Un fuego intenso brotó del lanzallamas, pero no era cualquier fuego. Se trataba de un fuego mágico, imposible de apagar con agua. Pero el elemento de Sailor Silver Moon no era el agua. Sonriendo, extendió ambos brazos hacia afuera y comenzó a girar a gran velocidad, generando un tornado que espantó el fuego lejos y, de paso, envió a la muchacha contra un vehículo, quien se hizo daño en la espalda. Se puso de pie con un poco de dificultad, mirando con descortés incredulidad a Sailor Silver Moon.

—¿Por qué diablos tienes tanto poder?

—No creo que esa sea la pregunta correcta —dijo Sailor Silver Moon, acercándose lentamente a la mujer del lanzallamas, dedicándole una mirada de puro veneno—. Yo creo que la pregunta del millón es qué mierda pretendes lograr, mandando a todos esos humanoides a sus muertes.

—No voy a responder a esa pregunta —dijo la mujer, apuntando su lanzallamas en contra de Sailor Silver Moon—. Ni creas que voy a explicarte en qué consiste nuestro plan. Lo único que puedes hacer es esperar por lo inevitable. Porque, tarde o temprano, cumpliremos con nuestro objetivo, y todo el mundo se va a ir al diablo.

Sailor Silver Moon no era una experta en leer entre líneas, pero sí había peleado las suficientes batallas para darse cuenta cuando alguien hablaba para ganar tiempo o para distraer a su oponente. Por el rabillo del ojo, vio a un par de humanoides que se preparaban para atacarla con esos rayos negros que expulsaban el corazón puro de una persona. Cuando fue el momento justo, Sailor Silver Moon flexionó las piernas y ejecutó un doble mortal hacia atrás, justo en que los humanoides lanzaban sus rayos. Éstos pasaron por debajo de Sailor Silver Moon, a escasos centímetros de su espalda, y murieron en el pecho de su oponente, quien lanzó un grito ensordecedor, dando con las rodillas en el suelo. Sailor Silver Moon eliminó a los dos humanoides con ataques simples y, a continuación, se acercó a la mujer del lanzallamas, tomándola por el cuello, y apretando muy fuerte, pero no lo suficiente para matarla por asfixia.

—Te mandaría al otro mundo, pero necesito información —dijo Sailor Silver Moon en un tono bajo, lento y deliberado, taladrando a su oponente con la mirada—. Y vas a entregarnos lo que necesitamos, lo quieras o no.

Y Sailor Silver Moon golpeó en la cara a la mujer, dejándola inconsciente. Luego, hizo un gesto a Sailor Amethyst para que guiara a la gente de vuelta al patio trasero de la casa de Serena. Por último, tomó a la mujer del lanzallamas, la cargó sobre su hombro como si fuese un saco de papas, y emprendió un vuelo corto hacia el hotel donde Nicole y las demás se hospedaban, juzgando que sus nuevas compañeras sabrían qué hacer con ella para obtener información.

Tokio, una hora más tarde

Las conexiones de Nicole en Tokio le habían permitido arrendar un cobertizo por unos cuantos días. Allí se encontraban las chicas, incluyendo a Saori, quien había tenido que hacer un trabajo de última hora para Yusuke (comprar insumos varios para el taller, incluyendo unas latas de aceite de motor). Todas rodeaban a la mujer que Sailor Silver Moon había derrotado hace una hora atrás. Se hallaba atada de manos y pies, con los ojos vendados, y no pasaba siquiera un momento sin intentar escapar de ese lugar. No obstante, Violet había tomado medidas de alto impacto en caso que ella consiguiera zafarse de sus ligaduras.

—Vamos a necesitar tus poderes —dijo Nicole, mirando significativamente a Scarlett, y todas, incluyendo a Saori, se transformaron en Sailor Senshi, de modo que la prisionera no supiera que ellas no estuvieran colaborando con humanos normales. De ese modo, Sailor Jasper, como la había bautizado Saori, usó sus poderes especiales con la prisionera, y ella dejó de intentar escapar. Sailor Amethyst retiró la venda de sus ojos, de modo que hubiera contacto entre ella y Sailor Jasper.

—Harás todo lo que te diga, y recibirás un placer fuera de este mundo —le dijo Sailor Jasper en un tono muy coqueto y sensual, y ella capituló de inmediato, no como Saori, quien había sido capaz de resistir el hechizo sin ningún problema.

—Lo que sea —dijo la prisionera, saliva corriendo por su boca. Sailor Silver Moon arqueó una ceja.

—Esta idiota tiene cero fuerza de voluntad —comentó, soltando una risa sardónica.

—¿Quién eres? —preguntó Sailor Jasper con calma—. ¿Para quién trabajas? ¿Cuál es el propósito de esos humanoides?

Hubo una pausa breve antes que la prisionera respondiera a las preguntas.

—Mi nombre es Eudial —dijo, en un tono monocorde, típico de una persona al que le hubieran lavado el cerebro—, y soy una de las Brujas 5, una división de una organización llamada Los Cazadores de la Muerte. Somos lideradas por un hombre llamado Soichi Tomoe, un profesor experto en biotecnología, quien busca unos artefactos llamados talismanes. Pero estos talismanes están encerrados en algo que el profesor denomina "corazón puro". Es por eso que él crea a estos humanoides. Ellos conforman el ejército creado por el profesor Tomoe para cazar estos corazones puros y encontrar los talismanes.

—¿Y qué ganan con eso?

—Son tres los talismanes —continuó Eudial, quien lucía un poco esperanzada—. Creemos que si juntamos los tres talismanes, un objeto de gran poder va a aparecer, el suficiente para traer a nuestro amo a este planeta. Ese objeto se llama la Copa Lunar.

—¿Y quién es tu amo?

—Una entidad de otro mundo, un ser hambriento de corazones puros, que proviene de un planeta que orbita una estrella de la constelación Cetus (48). Lo llamamos… el Faraón 90, y necesita del poder de la Copa Lunar para llegar a este planeta. Es el único objeto con la energía suficiente para distorsionar el espacio-tiempo y él pueda llegar a este mundo en poco tiempo. Por eso, no importa lo que hagan conmigo. Otras tomarán mi lugar, y encontraremos esos talismanes. Pronto, el Faraón 90 llegará a este mundo, y no habrá salvación para nadie.

Las Sailor Senshi se miraron entre ellas, luciendo preocupadas. No solamente tenían que lidiar con Eudial, sino que con, probablemente, más como ella, un profesor lo suficientemente desquiciado para traer al planeta a una entidad apocalíptica. Sin mencionar al ejército de humanoides que ese mismo profesor desquiciado estaba creando.

—Bueno, no es lo que esperaba oír —dijo Sailor Jasper, luciendo nerviosa—. Ahora, en lugar de buscar a nuestra princesa, tenemos que lidiar con una amenaza de otro mundo. Por si los humanoides fuesen poco.

—No solamente eso —añadió Sailor Amethyst, mirando a Sailor Jasper, también con cierto nerviosismo—. Hay más como Eudial allá afuera, atacando junto a esos humanoides, buscando esos talismanes. Tenemos que encontrarlos antes que las Brujas 5 y, para hacerlo, tenemos que aliarnos con esas dos Sailor Senshi que aparecieron esa noche.

—¿Te refieres a Sailor Uranus y Sailor Neptune? —inquirió Sailor Silver Moon, arrugando la cara—. Con Sailor Neptune no tengo problema alguno, pero esa Sailor Uranus me cae mal.

—Eso no importa —dijo Sailor Tourmaline, como Saori había bautizado a Nicole—. Son Sailor Senshi, lo queramos o no, lo quieran ellas o no. Tenemos que trabajar juntas en esto. Mientras más seamos, mejor. Es una lástima que no podamos contar con Sailor Moon y las demás.

Las cinco Sailor Senshi asintieron con la cabeza.

—Sailor Jasper —dijo Sailor Tourmaline, dedicando una mirada dura a Eudial—, deshazte de ella.

—¿Quieres que la mate?

—Dije, "deshazte de ella". El cómo, lo ves tú.

—De acuerdo —dijo Sailor Jasper, dedicando una larga mirada a Eudial—. Entonces, voy a hacerle el amor a esa mujer.

El resto de las Sailor Senshi se quedó mirando a Sailor Jasper con sendas caras de incredulidad.

—¿Qué mierda vas a hacer? —increpó Sailor Silver Moon con cara de repulsión.

—Le prometí que iba a recibir un placer fuera de este mundo —repuso Sailor Jasper, encogiéndose de hombros—. Ella nos dijo todo lo que necesitábamos saber, por lo que voy a cumplir mi parte del trato.

Las demás se miraron entre ellas, negando con la cabeza. Sailor Silver Moon se llevó una mano a la frente, murmurando algo que se parecía mucho a "loca".


(48) Específicamente, un planeta del sistema Tau Ceti.