LVII
El renacimiento de Polaris

Tokio, 8 de julio de 1992, 01:15p.m.

Ryuko Kobayashi despertó en medio de una enorme confusión.

Había tenido un sueño horrible. Gritos de dolor y angustia, escombros, fuego, humo… parecía estar metida en una guerra. Sin embargo, cuando puso atención a su entorno, vio que se encontraba en una sala de hospital, cubierta de vendas. Apenas podía oír a los enfermeros avisar a los médicos a gritos cosas que no podía completamente entender. Oía como si alguien le hubiera puesto una pecera en la cabeza. No obstante, a medida que sus sentidos despertaban, fue cobrando conciencia que los enfermeros se hallaban en alerta porque ella había abierto los ojos. Ignoraba cuánto tiempo había permanecido inconsciente, pero no le daba la impresión que hubieran sido más de unos pocos días.

—Señorita Kobayashi —dijo uno de los médicos, apuntando un lápiz de luz a sus ojos—, siga la luz.

Ella no tuvo muchos problemas para hacerlo, y el médico se vio complacido.

—¿Qué es lo último que recuerda?

Ryuko se quedó en silencio, estrujando su mente para recordar. Por fortuna, o por desgracia, no le tomó mucho tiempo hacerlo. Le sorprendió que los recuerdos coincidieran con el sueño que había tenido antes de despertar. Aquello le hizo pensar que, tal vez, ese sueño no fuese un sueño.

—Bueno, me encontraba sola, rodeada de escombros, fuego, humo —dijo Ryuko en voz baja, como si temiera ser escuchada por el equipo médico—. No había muchos cuerpos, varios de ellos se movían al menos, pero vi muchos heridos.

—Ya veo —dijo el médico, alejándose un poco de Ryuko, dándole algo de aire—. ¿Qué fecha cree usted que es?

Ryuko sabía que aquella era una prueba, pero era necesario responderla. De todos modos, ella se desempeñaba como enfermera en ese mismo hospital, y tenía claro que esa pregunta solamente se la hacían a personas que hubieran permanecido en coma por un tiempo apreciable.

—¿Principios de marzo?

El médico intercambió una mirada con uno de los enfermeros, y él desapareció de la sala. A continuación, volvió a mirar a Ryuko.

—La verdad, señorita Kobayashi, estamos a principios de julio. Estuvo en coma por cuatro meses. Sus heridas eran muy graves. Tenía un TEC abierto, múltiples contusiones y algunas heridas internas. Hemos tratado las condiciones más graves, pero aquello implicó ponerla en un coma artificial, de otra forma, iba a sufrir de un fallo nervioso general a causa del dolor, lo que pudo haberla matado. Por fortuna, ya se encuentra en mejores condiciones, y no presenta grandes complicaciones a largo plazo, aunque es posible que le cueste mover su brazo izquierdo. Eso es algo que se irá corrigiendo con el tiempo, a medida que el cerebro cree nuevas conexiones nerviosas.

—¿Y a corto plazo?

—Habrá cosas para las que necesitará asistencia. Tendrá que usar pañales para orinar y, como dije, tendrá dificultades para controlar su brazo izquierdo, y lo mismo va para su pierna izquierda. Por lo mismo, deberá trasladarse mediante una silla de ruedas por, al menos, unos tres meses.

Ryuko abrió los ojos de forma desmesurada.

—¿Tres meses en una silla de ruedas, usando pañales? No puedo estar mucho tiempo de ociosa. Tengo que trabajar.

—Señorita Kobayashi, sabemos cuál es su situación, pero lo más importante para usted es su salud. —El médico suspiró hondo, a sabiendas de que Ryuko tenía una madre enferma a la que mantener, y que los montos derivados de su licencia médica no iban a solventar completamente los gastos—. No hay nada que podamos hacer por usted, salvo esperar a que sus afecciones sanen por completo. Si le sirve de algo, nosotros gestionaremos los trámites para su licencia médica. Usted no tendrá que mover un dedo.

Si era honesta consigo misma, que el mismo hospital se encargara de su licencia médica no le servía de nada. A ella le servía trabajar, pues el valor de la licencia no sería ni remotamente suficiente. No obstante, su médico tenía razón en que sus heridas tardarían en curar. Había sufrido un TEC abierto. En retrospectiva, Ryuko se podía considerar afortunada de seguir con vida, si es que a usar pañales por tres meses y trasladarse en una silla de ruedas por ese mismo periodo de tiempo se le podía llamar vida.

—¿Y no hay forma en que pueda trabajar, en las condiciones en que me encuentro? Debe haber algo que pueda hacer.

—Lo siento, señorita Kobayashi, pero las leyes laborales vigentes no permiten eso. De hecho, creo que será mejor que permanezca hospitalizada por estos tres meses.

—¿Qué? —protestó Ryuko, luciendo desesperanzada—. ¡No pueden hacer eso! ¡No tienen ningún…!

Ryuko sintió un mareo de aquellos, y casi cayó inconsciente. Veía borroso y sentía sus extremidades débiles.

—No está en condiciones de exaltarse, señorita Kobayashi —le dijo el médico, luciendo preocupado—. Necesita descansar. Su cuerpo no se encuentra en buenas condiciones. Viene recién saliendo de un coma. Debe tener paciencia con este proceso.

Ryuko dejó de protestar, o de intentar protestar. No le gustaba admitirlo, pero el médico tenía razón. No ganaba nada con rebelarse contra la situación. Tenía que buscar una forma de recaudar el dinero que le faltaba para solventar los gastos que implicaba tratar la enfermedad de su madre.

No obstante, los recuerdos de aquella fatídica tarde no querían dejarla tranquila. Ella no había hecho nada para merecer lo que le estaba ocurriendo. Ella no tenía la culpa de que una nave cayera sobre la ciudad. De todos modos, fueron solamente fragmentos de la nave los que cayeron sobre los habitantes. No tenía idea de si hubo algún muerto a consecuencia del desastre.

—Doctor —dijo Ryuko, luciendo un poco más calmada, pero aún veía los escombros caer en sus recuerdos—, ¿sabe usted algo sobre lo que ocurrió a principios de marzo, cuando cayó esa nave del cielo?

—No recuerdo muchos detalles, pero supe que el desastre pudo haber sido aún mayor, de no ser por las Sailor Senshi. Ellas trabajaron juntas para evitar muertes, pero aún así, dos personas perdieron la vida (51).

Ryuko se quedó pensando. Nadie que no viviera en una caverna había escuchado hablar de las Sailor Senshi. Muchos las calificaban como heroínas, pues habían salvado la ciudad (y el mundo) en una ocasión. Sin embargo, el grado de destrucción que habían dejado sus batallas no había sido menor, y tampoco habían podido impedir que dos personas murieran cuando cayó la nave. A fin de cuentas, ellas eran solamente unas adolescentes, con poderes que desafiaban la imaginación. Ryuko creía que ellas debían asumir la responsabilidad de todas las personas que habían resultado heridas o muertas durante sus peleas.

—¿Y han emitido algún comunicado, disculpándose públicamente por lo que ocurrió en marzo?

—No que yo sepa —dijo el médico, encogiéndose de hombros.

—Eso es muy arrogante de su parte —dijo Ryuko con una voz más firme y dura—. ¿Cómo es que nadie se ha dado cuenta de eso? ¿Pueden actuar dónde, cuándo y cómo quieran, sin supervisión de nadie? ¿Cómo es que el gobierno no ha hecho nada para detenerlas?

—A mí que me cuelguen.

Ryuko no dijo nada, pero tenía claro que parte de su miseria era culpa de aquellas chicas denominadas Sailor Senshi. Por culpa de ellas, tenía que pasar tres meses hospitalizada, sin ser capaz de ayudar a su madre. Lo menos que podía hacer era lograr que ellas se bajaran del pedestal y que fuesen supervisadas por alguna organización gubernamental.

Ese mismo día, 03:42p.m.

—No recuerdo que haya habido tanto frío aquí —dijo Kakeru, mientras caminaba por las calles, buscando una tienda de regalos. Himeko había decidido hacerle una visita, pues sus entrenamientos habían acabado ya, y estaba a una semana de que la misión despegara desde Cabo Cañaveral en el transbordador Atlantis, y Kakeru le estaba buscando un presente. En eso estaba cuando advirtió la presencia de una gata que circulaba sola por la calle. No parecía lucir muy compuesta, pues caminaba con lentitud y daba la impresión que fuese a colapsar en cualquier minuto, como eventualmente ocurrió.

Preso del miedo, Kakeru acudió rápidamente a socorrer a la gata, notando que un deportivo se aproximaba a toda velocidad hacia el animal. Por fortuna, Kakeru consiguió salvarla, estando él a centímetros de ser arrollado por el vehículo. Ignorando los reclamos del conductor del deportivo, Kakeru sostuvo en brazos a la gata, quien se había sumido en la inconsciencia.

—Pobre gata —dijo, olvidado del regalo que le iba a comprar a Himeko—. Pero no te preocupes. Yo me ocuparé de ti.

Decidiendo que más tarde iba a realizar la compra, Kakeru se dirigió a su casa, juzgando que estaba haciendo aún más frío que antes. Por alguna razón, esto hacía que Kakeru se sintiera un poco más débil, pero lo atribuyó a que había pasado mucho rato caminando por las calles de Tokio. Decidió emplear el transporte público para eso, de modo de no desgastarse más de lo necesario.

Apenas entró a su casa, Kakeru buscó una cesta, algunos cobertores, y puso a Luna en ésta, procurando que no pasara frío. A continuación, llenó un plato sopero con leche, y en otro colocó unos caramelos con formas de estrellas de diversos colores. Por último, tomó asiento sobre la cama y se puso a leer un libro, poniendo a ratos un ojo en Luna, por si despertara. No obstante, Kakeru había olvidado ponerle un paño frío en su frente. Sintiéndose tonto, acudió al baño, tomó un paño, lo humedeció con un poco de agua, y volvió al dormitorio, poniendo el paño sobre la frente de Luna, percibiendo que tenía mucha fiebre.

—Pobre gata —dijo una vez más, tirándose sobre la cama y tomando nuevamente el libro—. Su dueño no debe preocuparse mucho por ella. Quienquiera que sea, es muy descuidado. Pero no te preocupes, porque yo voy a cuidar de ti (52), al menos hasta que te recuperes.

Tuvieron que pasar más de cuatro horas para que Luna finalmente abriera los ojos. Kakeru había leído su libro, tomado unas dos tazas de té y echado una pequeña pestañada. Sin embargo, en ese momento se encontraba despierto, y notó que Luna también lo había hecho. Kakeru abandonó la cama y se acuclilló delante de la gata, sonriendo levemente.

—Así que al fin despertaste —dijo él en un tono suave, mirando a Luna como si fuese una persona muy cercana a él—. Mira, te dejé unos caramelos y un poco de leche, si es que te sientes con ánimos de comer o beber algo.

Luna se incorporó lentamente sobre sus cuatro patas, y bebió un poco de leche. A continuación, probó uno de los caramelos, y miró a Kakeru con ojos brillantes.

—Veo que te gustaron los caramelos —dijo Kakeru, acariciando la cabeza de Luna, notando la forma dorada que había en su frente—. ¿Cómo te llamas? A juzgar por la marca en tu frente, pienso que te llamas Luna.

La gata miró a Kakeru con ojos más brillantes, echando las orejas hacia atrás y ronroneando. Aquello le dijo todo lo que necesitaba saber.

—Es un bonito nombre —dijo él, tomando a Luna en brazos y acariciándole el lomo—. Es lo único bueno que puedo decir de tu dueño. Pero no creas que te voy a dejar ir ahora. Aún tienes que recuperarte. Lo siento, pero no te irás de aquí hasta que te sientas mejor, y, espero, intercambiar algunas palabras con tu dueño.

Kakeru advirtió que Luna ya no mostraba felicidad, sino que preocupación. Al principio, no supo cómo interpretar aquel gesto, pero luego, entendió por qué la gata deambulaba sola por la calle.

—Ah, ya veo. Tu dueño está muerto, ¿verdad?

La gata asintió levemente con la cabeza, algo que Kakeru no esperaba que hiciera. No sabía qué pensar al respecto. Al final, decidió aparcar esos pensamientos de su cabeza y dejó un poco más de leche en el plato, diciéndole a Luna que debía salir a comprar un regalo a una amiga, quien iba a llegar en la madrugada. Ella no hizo ningún gesto, pero se acercó al plato y bebió otro poco de leche, pensando que ese hombre estaba siendo más considerado que la misma Serena.

Luna no vio a la mujer de cabello naranjo que espiaba por la ventana.

Ese mismo día, 09:16p.m

—La temperatura está descendiendo de forma lenta pero constante —decía Violet, consultando su equipo climático, el que había armado en dos horas, con componentes que había comprado en diversas tiendas electrónicas—. Hace una hora atrás, mis lecturas indicaban 10,3 grados centígrados. Ahora es de 9,5 grados.

—Oye, Violet, es normal que las temperaturas bajen durante la noche —dijo Scarlett distraídamente, viendo una película erótica, lo que tenía a Sophie con las tripas retorcidas y el entrecejo arrugado—. Bah, por favor Sophie, no seas tan pudorosa. Ni siquiera muestran los detalles jugosos.

—Tú realmente tienes un problema —espetó Sophie, poniéndose de pie y arrebatándole el control remoto a Scarlett, quien se puso de pie, y encaró a su amiga—. Todo el santo tiempo estás pensando en sexo. ¿No puedes pensar en, por ejemplo, galletas, o acuarios?

—Déjala, Sophie —intervino Nicole, quien estaba más ocupada con su teléfono, mandando mensajes de texto a Jeremy—. Total, no falta mucho para que acabe. Y el documental que quieres ver no comienza hasta dentro de una hora.

A regañadientes, Sophie devolvió el control a Scarlett, y ella se enfocó en la película. Nicole envió un mensaje de despedida, y guardó el teléfono en su cartera.

—¿Qué dice Jeremy? —preguntó Scarlett, desviando su atención de la película—. ¿Te echa de menos? ¿Tiene ganas de ti?

Nicole gruñó. La verdad, a ella también le sacaba de quicio las salidas sexuales de Scarlett.

—¿Sabes? Con un comportamiento como ese, me extraña que nadie te haya calificado de ninfómana aún. —Nicole aspiró hondo, buscando paciencia, para luego responder a la pregunta de Scarlett—. El juicio va bien. El jurado parece estar de acuerdo en que él no tuvo nada que ver en la muerte de James Harrington. Está siendo más difícil vincular a la Vanguardia de Ares con el asesinato.

—No respondiste mi pregunta —dijo Scarlett. Nicole rodó los ojos.

—Dice que le hago falta en las audiencias. Al parecer, su abogado es muy competente para todo lo legal, pero es un asco cuando se trata de socializar o de ser un poco más abierto con el cliente. Según él, hace eso para mantener la distancia profesional.

—Caray —dijo Scarlett, volviendo a poner atención a la película—. No me extraña que quiera volver a hablar contigo.

Nicole apartó la mirada de Scarlett y se dirigió hacia donde Violet consultaba su equipo climático.

—¿Estás segura de que eso que dices no es normal?

—No coincide con las tendencias climáticas para esta época del año —repuso Violet, revisando otros indicadores, como la presión atmosférica, la humedad y la velocidad del viento—. Además, el resto de los parámetros son normales, cuando deberían estar acordes con la baja de la temperatura. —El aparato emitió un pitido, lo que indicaba una actualización en los datos que entregaba—. 9,1 grados ahora. Medio grado en menos de diez minutos. Eso no es normal en estas latitudes.

—Es, en realidad, intrigante —dijo Nicole, frunciendo el ceño—. ¿Puedes establecer la causa de este descenso de la temperatura?

—Solamente hay una cosa que puede obrar este efecto en el clima mundial —dijo Violet, poniéndose de pie, dejando el equipo sobre una mesa, y tomando un aparato más compacto, el que se asemejaba a un teléfono inteligente—. Y tú sabes lo que es, Nicole.

En efecto, Nicole no necesitó mucho pensamiento para imaginar qué podía hacer que la temperatura cayera de ese modo.

—Pero no tiene sentido —dijo Nicole, luciendo perpleja—. Se supone que nadie sabe dónde se encuentra el Diamante de Hielo. Nosotras perdimos su rastro cuando nos convirtieron en esos demonios.

—¿Qué es eso? —preguntó Sophie de improviso, quien miraba por la ventana, luciendo impactada—. Parece una… mujer… hecha de hielo.

Las demás, incluyendo a Scarlett, imitaron a Sophie y vieron, en efecto, a una mujer más pálida que la luna, y que parecía usar un vestido de hielo. La rodeaba un muro de vapor de agua, y parecía congelar a todo lo que le rodeaba. Sin embargo, lo más impactante de todo era que las cuatro chicas conocían bastante a esa mujer.

Se trataba de Polaris, la soberana del Reino de Cristal.

En ese mismo momento

Molly se estaba preparando para ir a la cama. Había puesto un set adicional de frazadas, pues ni la calefacción de su casa era suficiente para paliar el frío que se había asentado, de forma repentina, en toda la ciudad. Daba las gracias a que no debía levantarse temprano, pues se encontraba de vacaciones. Sin embargo, el frío de afuera no era nada en comparación con el frío en su interior.

La muerte de Serena, sobre todo, la forma en que había sido asesinada, había cambiado algo en su interior. Pese a que no había derramado lágrimas por ella, sí sentía el corazón oprimido y su ánimo andaba por el subterráneo. De hecho, aquella era una de las razones por las que agradecía no tener clases, pues su cabeza andaba claramente en otro sitio. De igual manera, le había afectado la desaparición de sus amigas. La ausencia de Amy y Lita era bastante notoria, pues asistían al mismo colegio que ella, y Molly se preguntaba dónde podrían estar, pues sabía que las amigas de Serena habían sido secuestradas, pero no para qué propósito.

Molly se iba a acostar, cuando una sensación extraña cruzó su cabeza. Se quedó enraizada al piso y con la mirada perdida. Era como si una lanza helada hubiera atravesado su corazón. No pudo moverse por un buen rato, tratando de discernir de dónde provenía aquella sensación, cuando pudo recobrar el movimiento de sus piernas. Como una sonámbula, caminó hacia la ventana, y vio a una mujer, totalmente ataviada de blanco, con una piel mortalmente pálida. Lejos de parecerle la visión más extraña que había visto en su vida, aquella mujer le era muy familiar.

—Mamá —dijo Molly, suave e inconscientemente.


(51) Ver el capítulo 37 para más detalles sobre aquel desastre.

(52) Me imagino que es lo que cualquiera pensaría al encontrar a una mascota suelta por la calle. De todas formas, no creo que Luna, en la vida real, luciera como una gata callejera, siendo una representante del planeta Mau.