LVIII
La princesa del Reino de Cristal

Washington, 08 de julio de 1992, 13:10p.m

Herbert Dixon podía considerarse afortunado.

Cuando vio a Sailor Silver Moon, creyó que estaba alucinando. No tenía idea de qué diablos había ocurrido para que Saori volviera a ser aquella Sailor Senshi que tantos problemas le había causado. Por eso juzgaba que había sido afortunado, pues ese golpe fácilmente pudo haberle arrancado la cabeza de cuajo. Luego, se preguntó por qué ella no había aprovechado de matarlo en el acto. Tenía la oportunidad y los medios para hacerlo, pero no lo hizo.

Tengo mucha suerte.

Herbert llegó a la central de monitoreo, donde Hawkins se encontraba consultando las diferentes cámaras de seguridad, esparcidas por el globo, cortesía de Richard Helms. En ese momento, sin embargo, se hallaba enfrascado en lo que estaba ocurriendo en Tokio. No solamente miraba las cámaras de seguridad, sino que estaba pendiente, por alguna razón, de las lecturas de temperatura en todo el mundo.

—¿Alguna novedad?

—Recibí un memorando del Departamento de Defensa. Las Sailor Senshi se encuentran en las instalaciones de Colbert Sprague. Están tomando todas las medidas necesarias para impedir filtraciones de cualquier tipo.

—Esa es una buena noticia —dijo Herbert, también echando un vistazo a los sensores térmicos—. ¿Qué pasa con la temperatura global?

—Eso es lo que no entiendo —dijo Hawkins, frunciendo el ceño ante la proliferación de puntos azules en el mapa—. La temperatura global está decayendo a razón de una centésima de grado por hora. Si las cosas siguen su tendencia, podríamos estar en presencia de una nueva edad de hielo en menos de dos semanas.

Herbert se llevó una mano al mentón, mientras miraba la pantalla que mostraba los gradientes de temperatura a nivel global.

—Recuerdo que pasó algo similar en la década de los sesenta —dijo, desviando la vista de la pantalla, y examinando las imágenes que mostraban las cámaras de seguridad—. Miami lucía como Tokio luce ahora. —De pronto, Herbert se vio sacudido por imágenes de recuerdos que no le pertenecían, imágenes de batallas pasadas. Se veía a sí mismo sostener una gema con el color del hielo—. Así que eso es.

—¿De qué habla, señor?

—Sé qué es lo que está causando el descenso en la temperatura —dijo Herbert, llevándose una mano a la frente, como si sufriera alguna clase de migraña—. Es un cristal llamado "Diamante de Hielo". Unas chicas que se hacían pasar por Sailor Senshi buscaban los fragmentos de esta gema. Es la semilla estelar de la reina de un lugar muy lejano. Esta reina se llamaba Polaris. Sailor Galaxia la asesinó, justo cuando se dio cuenta que la gema era su semilla estelar (53).

Hawkins miró a Herbert con el ceño fruncido.

—¿Y cómo sabe eso?

—Recuerda que fui partícipe de un experimento que involucraba la transferencia de un par de consciencias. Como resultado, a veces tengo algunos flashes de recuerdos de Sailor Galaxia, y creo que el tipo de recuerdo que sale a flote depende del contexto, como en esta ocasión.

—¿Deberíamos hacer algo para impedir esto?

—No creo que sea inteligente hacerlo —repuso Herbert, cruzándose de brazos—. Es cierto que fuimos capaces de deshacernos de las Sailor Senshi, pero aparecieron nuevas jugadoras en el tablero. Esas condenadas chiquillas con las que tuve que pelear a principios de los sesenta volvieron a aparecer, junto con dos Sailor Senshi del sistema solar exterior. Pero Sailor Silver Moon es mi mayor dolor de cabeza. Si tan solo hubiera una forma de sacarla del juego…

—¿Qué es eso? —quiso saber Hawkins, señalando con un dedo a la pantalla principal, la que mostraba imágenes de las cámaras de seguridad de Tokio—. Parece una… mujer, pero pálida como hielo.

Herbert la observó solamente por un par de segundos, y supo quién era.

—Ella es Polaris, la soberana del Reino de Cristal. Pensé que estaba muerta.

—¿Es un peligro para nosotros?

Herbert no dijo nada por unos pocos segundos. Parecía estar analizando la situación Cuando lo hizo, curvó su boca en una sonrisa.

—No lo será. Dejaremos que Polaris y las Sailor Senshi se maten entre ellas. Mientras, nosotros seguiremos haciendo lo nuestro. Comunícate con Desmond Hudson, de parte de Justin Donovan, y asegúrate que las Inner Senshi no salgan del complejo de Sprague. Después, contáctate con los bancos para que inyecten dinero en la segunda fase del plan maestro. Diles que aumenten la tasa de interés en un dos coma cinco por ciento. Eso será suficiente para financiar la fase dos. ¿Puedes hacer eso por mí?

—Considérelo hecho, señor.

Herbert asintió en señal de reconocimiento.

—¿Y cómo va el asunto legal con el señor Donovan?

—Viento en popa. Cuando Kendrick sepa que estaba acusando a alguien inocente, quedará desacreditado. Ya hablé con Gerald Tenet, y está de acuerdo con hacerse cargo de la NASA de acuerdo a sus condiciones.

—Excelente. Mantenme informado.

Tokio, 8 de julio de 1992, 9:34p.m.

Nicole y las demás habían salido del hotel, y se percataron que había comenzado a nevar. El cielo se encontraba cubierto por nubes densas. Polaris se acercaba a ellas a paso lento, congelando todo lo que se encontraba a su paso. No obstante, se detuvo a unos veinte metros de ellas, mirándolas con curiosidad primero, luego con una sonrisa torcida.

—Las recuerdo —dijo Polaris, cruzándose de brazos y poniendo los ojos como rendijas—. Ustedes eran las guardianas de Cristalia, pretendientes a ser Sailor Senshi. Pero no estoy aquí para recordar el pasado. Estoy aquí porque necesito el Diamante de Hielo.

—Nosotras no sabemos dónde se encuentra —dijo Nicole, sosteniendo su pendiente. Algo en la situación no le cuadraba—. Y, aunque lo supiéramos, no te lo diríamos. No después de que le vendiste tu alma a Sailor Galaxia.

Polaris frunció el ceño.

—Eres tan ingenua —repuso, dando un paso hacia las chicas—. Nuestro reino jamás iba a prosperar si no aceptaba el trato de Galaxia. Recuerda que nuestro sistema solar es pequeño, y no gozamos de grandes cantidades de recursos naturales. Cualquier reino rival podría venir y conquistarnos. Necesitábamos la expansión, y Galaxia me ofreció el mejor trato.

—No era el mejor trato —intervino Violet, furiosamente colorada, pero ostentaba una expresión de determinación. Había activado su comunicador por alguna razón—. Tenías buenas relaciones con el Milenio de Plata. La reina Serenity te habría recibido con los brazos abiertos.

—Pero no me daba lo que yo quería —replicó Polaris, perdiendo la paciencia—. Claro, me decía que siempre sería bienvenida, pero no me ofreció recursos, o posibilidad de expansión. Ella misma me dijo que aquellas eran malas cosas para desear, y que debía conformarme con lo que tenía, lo que no era suficiente.

—Pero este sistema solar tampoco es muy grande, tampoco posee vastos recursos, pero nadie ha podido apoderarse de éste —dijo Sophie, fulminando a Polaris con la mirada—. Y eso ocurre porque este sistema solar posee buenas defensoras. Tus guardianas, por otro lado, tenían más orgullo que coraje. Cosas como esas hacen a un sistema vulnerable, no la cantidad de recursos.

—O sea, en resumen, no me van a entregar el Diamante de Hielo.

—Por supuesto que no —dijo Nicole, alzando el pendiente al cielo negro. La demás le imitaron y se transformaron en Sailor Senshi. Polaris se quedó mirándolas antes de prorrumpir en carcajadas.

—¡Por favor! No me digan que van a pelear contra mí. No tienen el suficiente poder para vencerme.

—Puede que no —dijo Sailor Amethyst, componiendo una sonrisa pequeña—, pero ella sí.

Por un momento, Polaris no supo de qué estaba hablando Sailor Amethyst, pero cuando sintió el poder de un puño impactar en su cara, vio a qué se estaba refiriendo. Polaris quedó estampada en contra de la fachada de un edificio, mirando a la nueva jugadora que había ingresado al tablero. Compuso una expresión de rabia.

—Ah, sí, Galaxia me habló de ti —dijo, taladrando con la mirada a Sailor Silver Moon, quien se había reunido con las demás—. Eres una oponente peligrosa, eso te lo concedo, pero ni creas que me voy a dejar vencer así de fácil.

—No lo pensé ni por un segundo, zombie de mierda —gruñó Sailor Silver Moon.

Polaris regresó al campo de batalla, bajo la mirada de muchos ciudadanos, quienes se hallaban presas del miedo y la confusión. Algunos incluso habían sacado sus teléfonos, marcando el número de la policía. Sin embargo, a ella le daba lo mismo quién estuviera mirando o quién viniera a interrumpir su pelea. Alzó ambos brazos hacia el cielo, y una esfera de color blanco apareció entre sus manos. La esfera parecía estar a muy baja temperatura, pues el aire se condensaba alrededor de ésta. Por otro lado, Sailor Silver Moon había adoptado su postura usual de combate, llevando los brazos hacia atrás y crispando los puños. Ere evidente que estaba a punto de ejecutar su ataque.

—¡No lo hagas, Sailor Silver Moon! —exclamó Sailor Amethyst de improviso, sacando de concentración a su novia—. Esa esfera es inmune a las corrientes de aire. No ganarás nada atacándola.

—¿Y qué sugieres que haga?

—Déjamelo a mí.

Sailor Amethyst se puso delante de todas las demás, esperando a que Polaris arrojase su esfera de hielo. Los tiempos eran cruciales. No podía conjurar su barrera antes que Polaris la atacara, de otro modo, reuniría más poder. También sabía que su ataque iba a llegar a ellas en fracciones de segundo, por lo que la ventana para conjurar su barrera era muy estrecha. No obstante, tenía que hacerlo, por el bien de sus compañeras y de su pareja.

—¡Perezcan! —exclamó Polaris, y lanzó su esfera de hielo, justo en el momento en que Sailor Amethyst hizo aparece su barrera. Ambos poderes colisionaron, y Polaris y Sailor Amethyst se vieron arrastradas a un peligroso juego del tira y afloja, juego que Sailor Silver Moon sabía que, tarde o temprano, iba a perder.

—¡Violet! —exclamó ella, pero la aludida no le hizo caso. Se concentró en oponer resistencia al poder de Polaris, haciendo una muy sutil señal a sus amigas. Sailor Tourmaline captó el mensaje, y reunió al resto de sus amigas. Lo que estaban a punto de hacer no lo habían hecho en mucho tiempo.

Después de dos largos y angustiosos minutos, Sailor Amethyst ya no pudo seguir resistiendo el ataque de Polaris, y se vio envuelta en la esfera de hielo, congelándola al instante. Sailor Silver Moon se quedó petrificada al ver a su novia rodeaba de una coraza de hielo, con la boca abierta y una expresión de miedo en su cara. Se acercó lentamente a Sailor Amethyst, tocando suavemente la placa de hielo que la separa de su pareja, luciendo devastada.

A unos metros más atrás, las Sailor Senshi restantes tenían las manos juntas, todas apuntando a Polaris. Había una aureola de luz roja rodeando el punto donde se juntaban las manos. Era evidente que el ataque que pretendían realizar era poderoso, y Polaris se dio cuenta, pero, como había estado demasiado ocupada tratando de penetrar la barrera de Sailor Amethyst, no había podido prever que las demás harían algo así. Polaris no tenía la fuerza para resistir un poder de esa magnitud.

No obstante, cuando las Sailor Senshi restantes iban a atacar a Polaris, vieron algo que hizo que detuvieran su ataque al instante.

Una joven se había interpuesto entre ellas y Polaris. Tenía el cabello castaño, decorado con un listón verde, ojos color verde olivo y, por alguna razón, estaba vestida con un pijama que hacía juego con el listón en su cabello. Sailor Tourmaline recordó la descripción que le había hecho Violet, cuando había asistido al funeral de Serena, de esa muchacha, y de lo que había sentido en presencia de ella. Era la misma chica.

—Por favor —dijo la chica, y Sailor Silver Moon vio que tenía los ojos brillantes—, no lastimen a mi mamá.

Por alguna razón, Sailor Tourmaline y las demás no pudieron seguir adelante con el ataque. De hecho, tenían pensado hacer que se apartara del camino, pero había algo que les impedía atacar a Polaris, como si esa chica, quienquiera que fuese, estuviera un peldaño más arriba que ellas.

Sailor Silver Moon miraba la escena con el ceño fruncido, recordando lo que Nicole y las demás le habían dicho sobre que estaban buscando a su princesa. Ella no tenía forma de saberlo con certeza, pero intuía que esa chica era, precisamente la princesa que andaban buscando. No obstante, Sailor Silver Moon también recordaba por qué sus amigas necesitaban el Cristal de Plata, y decidió ayudarlas en ese momento. Extendió los brazos hacia arriba, procurando que el bloque de hielo en el que estaba atrapada Sailor Amethyst, e hizo que apareciera el Cristal de Plata entre sus manos.

Por favor, devuélvele los recuerdos a mis amigas, haz que se reencuentren con su princesa.

El Cristal de Plata brilló por un breve momento antes de apagarse, desapareciendo un instante más tarde. Sailor Silver Moon miró a sus amigas y vio, para su alivio, que ellas miraban a la chica del cabello castaño como si no la hubieran visto en milenios.

—No puede ser —dijo Sailor Turquoise, luciendo estupefacta.

—Es ella —secundó Sailor Jasper, con la misma expresión que Sailor Turquoise.

—Nuestra princesa —añadió Sailor Tourmaline con voz queda, sin poder quitar la vista de la chica, quien no era otra que la mejor amiga de Serena, Molly—. Al fin la hemos encontrado.

En ese mismo momento

Luna estaba echada sobre su cesta, descansando, sintiéndose mejor que cuando se encontraba en la calle, en dirección al salón de juegos, pues necesitaba ver a Artemis por un asunto que había surgido esa mañana. No obstante, pese a que el asunto era importante, por alguna razón, no quería irse de la casa de Kakeru aún. Se sentía cómoda en ese lugar, además que tenía a alguien que la cuidara, al menos hasta que su enfermedad sanara por completo.

Luna escuchó unos golpes a la puerta. Desde la comodidad de su cesta, vio a Kakeru abrirle la puerta a una mujer de cabello negro y ojos azules. Se saludaron fraternalmente y pasaron a la sala de estar, donde tomaron asiento en el sillón más amplio. Luna trató de ponerse de pie, pero sentía sus piernas muy débiles y cayó. Se tuvo que conformar con escuchar la conversación desde su posición.

—Así que… completaste tu entrenamiento —dijo Kakeru, mirando a Himeko con una sonrisa.

—Con honores —repuso ella, también con una sonrisa—. Y eso, proviniendo de la NASA es mucho decir. Voy a pasar un par de días aquí en Tokio, y luego, me iré a Cabo Cañaveral para la misión.

—No me has platicado mucho sobre tu misión. Sé que vas a observar la luna desde la Estación Espacial Internacional, pero poco más me has dicho.

—Lo que pasa es que instalaron un telescopio de corto alcance en la estación —explicó Himeko, luciendo visiblemente entusiasmada—. Tiene varios tipos de sensores, especialmente diseñados para observar cuerpos celestes, como la luna. Y, con mis conocimientos de astronomía, y del aparato, vamos a hacer verdaderos descubrimientos sobre nuestro satélite natural.

—Y, en una de esas, podrías comprobar de forma científica la existencia de la diosa de la luna —añadió Kakeru, también emocionado, pero a Himeko no lucía ni remotamente entusiasmada con la idea. De hecho, compuso una mueca de desdén.

—Kakeru, ¿hasta cuándo vas a creer en esa tontería de la diosa de la luna? —le reprochó Himeko en un tono muy serio—. Para ser un científico con varios doctorados en su haber, dices cosas muy extrañas.

Como era predecible, Kakeru no reaccionó muy bien a aquellas palabras.

—Pues la ciencia no ha podido aún demostrar que estás en lo cierto.

—Pero tampoco ha podido probar lo contrario —dijo Himeko, perdiendo levemente la paciencia, pues sabía que ponerse a hablar de la diosa de la luna con un hombre como Kakeru, simplemente no conducía a ninguna parte—. Kakeru, tienes que entender que nada de lo que dices tiene sentido científico.

—¿Podrías irte de aquí, por favor? —pidió Kakeru, pero más que una petición, sonó como una orden, y Himeko lo interpretó de ese modo.

—De acuerdo —dijo ella con voz queda y los ojos brillantes—, me iré. Espero que encuentres a tu diosa de la luna, dondequiera que esté.

Kakeru no dijo nada. Dejó que Himeko se fuera de la casa, pero él no se movió de su sitio, mirando hacia la puerta, también con ojos brillantes. Estuvo varios minutos así, hasta que se puso de pie y se acercó a Luna, acariciándole el lomo y la cabeza, a lo que ella respondió con un ronroneo.

—Me pregunto por qué tienes ese luna menguante en tu frente —dijo Kakeru suavemente, mirando a los ojos magenta de la gata—. ¿Vendrás de la luna? ¿Habrás conocido a la diosa de la luna?

A Kakeru le costaba interpretar los maullidos de Luna, pero lucían como si la respuesta estuviera muy lejos de su alcance. Sin embargo, Kakeru no creía que fuese una casualidad que Luna tuviera esa marca tan peculiar en la frente. A veces quería creer que era una señal de que se estaba acercando a la respuesta de si existía una diosa de la luna o no. Sintiéndose conforme, Kakeru tomó en brazos a Luna, a quien le brillaban los ojos.

—¿Y si tú fueses la diosa de la luna, atrapada en el cuerpo de una gata? —dijo Kakeru con suavidad, y Luna se puso colorada, aunque, a causa del pelaje que la cubría, Kakeru nunca lo supo.

Se oyó otro toque a la puerta. Kakeru dejó a Luna en su cesta y acudió a atender a quienquiera que esperase afuera. Por un momento, Luna pensó que se trataba de Himeko, pues no había tratado muy bien a Kakeru, y asumió que venía a disculparse, pero, en lugar de ella, vio a una mujer de cabello naranjo amarillento y que usaba lentes. Buscaba a Kakeru. Sin embargo, en cuanto vio que, entre sus vestimentas, ostentaba una estrella negra, supo que Kakeru se encontraba en serios aprietos.


(53) Ver capítulo 30 de "Lo que hay detrás de la cortina".