LX
Tres frentes, Parte 1
Tokio, veinte minutos más tarde
Violet abrió los ojos lentamente, y lo primero que notó fue que sus amigas la miraban con mucha aprensión, como si algo muy importante estuviera en juego. Y, por desgracia, aquello no era mentira, pero Violet no lo sabía.
—Al fin despertaste —dijo Sophie, mirando a Violet como si ella fuese la última esperanza de salvación de la humanidad—. Necesitamos tu ayuda.
Violet tomó asiento sobre la cama, sacudiendo la cabeza y llevándose una mano a la frente, pues le sobrevino una jaqueca que casi hizo que se desmayara. Decidió tomárselo con calma, y se recostó sobre la cama, dedicando una mirada inquisitiva a sus amigas.
—¿Qué quieren de mí?
—Necesitamos rastrear el Diamante de Hielo —repuso Nicole, luciendo igual de aprensiva que Sophie. Scarlett, por otro lado, no parecía tomarle el peso a la situación, pero, lejos de ser una molestia, a Violet le ayudaba a tranquilizarse. Estar tranquila le ayudaba a pensar mejor, y eso hizo que encontrara una solución al dilema de sus amigas.
—El Diamante de Hielo funciona como un condensado Einstein-Bose (55) miniaturizado —explicó Violet, quien no esperaba que sus amigas entendieran siquiera alguna palabra de lo que ella estaba diciendo—. Emite una firma energética fácil de rastrear. De hecho, pueden usar mi aparato climático para encontrarlo.
Nicole frunció el ceño al escuchar las palabras de Violet.
—¿No vas a venir con nosotras?
—No puedo, Nicole, no en estas condiciones —dijo Violet, llevándose una mano a la frente nuevamente—. Sería más un estorbo que una ayuda. Ahora, tomen el equipo y váyanse. Solamente tienen tres minutos para encontrar el Diamante de Hielo.
Nicole iba a protestar, pero sabía que cada segundo perdido era muy valioso, por lo que no lo hizo. En lugar de eso, dedicó una mirada breve pero intensa a las demás, y ellas asintieron en señal de aceptación. Violet vio cómo sus amigas salían de la habitación, sintiéndose impotente por no poder ayudar en la difícil misión que ellas tenían por delante.
Tres minutos más tarde
Kakeru se sentía muy débil mientras iba rumbo a la cocina a prepararse la cena, a tal punto que sintió cómo sus rodillas se doblaban solas. Sin embargo, pudo componerse antes de caer al suelo, pero decidió no hacer cena. Venía sintiéndose así desde que había traído esa extraña joya que había caído del cielo.
Tal vez sea esa joya la que me está debilitando.
Sintiendo mareos, Kakeru llegó a su dormitorio, donde se encontraba la gema, y la tomó. De inmediato, su cuerpo se puso rígido como piedra, y cayó al suelo. No podía mover ningún músculo, como si cada partícula que componía su anatomía se hubiera detenido. Siquiera mover un dedo era como tratar de levantar un avión comercial con una mano. Su piel se estaba tornando horriblemente pálida, y sentía cómo miles de pequeños cristales de hielo se formaban en su sangre, las cuales rasgaban las paredes de sus arterias y venas como vidrio roto. Incluso sus pensamientos discurrían por sus neuronas a velocidad de tortuga…
Extraño.
Sus brazos comenzaban a reaccionar, sus dedos ya no se antojaban tan pesados, pero no sentía la gema en su mano ya. Luego, de forma casi milagrosa, su cuerpo volvió a tomar color, y pudo ponerse de pie nuevamente, aunque aún sentía sus rodillas débiles. Su corazón latía a ritmos irregulares y había ratos en los que le faltaba el aire. Fue cuando vio al grupo de tres chicas frente a él. Una de ellas sostenía la gema con una mano, y Kakeru notó que ella no se ponía rígida ni nada por el estilo. Luego, se fijó con más detalle en las chicas, y vio, para su asombro, que estaban ataviadas con los mismos uniformes que aquel grupo de guerreras que habían salvado la ciudad ya en dos ocasiones.
—¿Se encuentra usted bien? —preguntó la Sailor Senshi del cabello castaño, la misma que sostenía la gema.
—Pues… no —repuso Kakeru, quien debía apoyarse en la cama para no arriesgar una nueva caída—. Creo que… esa piedra… me pone muy mal.
—Entonces, permita que nos llevemos esta piedra —dijo Nicole en un tono diplomático, esperando por una respuesta de parte de Kakeru. Por otro lado, él no hallaba el momento de deshacerse de aquella joya. A esas alturas, haría cualquier cosa que mejorara su salud.
—Me estarían haciendo un favor —dijo Kakeru débilmente. Nicole mostró una sonrisa.
—Entonces, con su permiso, nos retiramos.
Sin embargo, el hecho que las chicas se hubieran ido con la gema, no hizo que Kakeru se sintiera mejor. Los síntomas continuaban haciendo de las suyas en su cuerpo, y no tuvo otra alternativa que recostarse sobre la cama y taparse con las sábanas, pues tenía mucho frío, pese a que la gema ya no se encontraba cerca de él.
¿Por qué me está pasando esto? Es como… como si mi cuerpo estuviera perdiendo la voluntad de vivir. ¡Es ridículo! No tengo ninguna razón para…
Fue cuando Kakeru pensó en Himeko, y en la forma en que le había dicho que se fuera. Se preguntó si esa era el motivo por el que su cuerpo parecía estar castigándole. Por favor, Kakeru, no seas imbécil. Las personas no mueren realmente por amor. ¡Ni siquiera estoy enamorado de Himeko!
Fue en ese momento en que entendió todos aquellos gestos extraños por parte de ella, todas aquellas actuaciones raras, esos sonrojos que no tenían ninguna explicación. Tal vez él no sintiera amor por Himeko, pero nadie le había dicho que ella sí podía sentir cosas por él. Himeko está enamorada de mí, y yo no me di cuenta. La eché de mi casa como a una extraña. ¡Por Dios, soy un maldito idiota!
Pobre Kakeru. Ardía en ganas de golpear algo, aunque fuese su propia almohada, pero tan débil se sentía que ni siquiera era capaz de hacerlo. Y, mientras tanto, el frío seguía esparciéndose por su cuerpo, haciendo que Kakeru deseara tener como mil frazadas más. Mi propio cuerpo me está diciendo que vaya por Himeko, pero ni siquiera puedo levantarme. Tal vez haya decidido irse antes a Cabo Cañaveral. ¡Pero necesito verla, necesito arreglar las cosas con ella!
No supo si la misma diosa de la luna le había escuchado o si simplemente se trataba de buena suerte, pero oyó la puerta abrirse y cerrarse, y, unos pocos segundos más tarde, Himeko apareció en la habitación de Kakeru, luciendo preocupada, a juzgar por el brillo en sus ojos.
—Hola, Kakeru.
—Ho-la, Himeko —saludó Kakeru débilmente—. Siento no poder levantarme, pero me siento muy enfermo hoy.
—Así veo —dijo Himeko, tomando asiento sobre la cama de Kakeru, mirándolo fijamente a los ojos—. De todos modos, vine a decirte que me iré antes hacia Cabo Cañaveral, porque las condiciones climáticas están haciendo que se reprogramen vuelos, o los cancelen. Mi vuelo sale a las dos de la mañana, justo el último que se encuentra programado. Después, las condiciones no van a permitir despegues o aterrizajes. Por eso, me pareció justo venir a decirte adiós.
—A mí también —dijo Kakeru, tratando de incorporarse para siquiera besar la mejilla de Himeko, pero no pudo—. Mi salud es patética. No sé si valgo la pena, después de lo que te dije para que te fueras de la casa.
—No te preocupes. Todos decimos cosas que no queremos decir. Además, los amigos se perdonan entre sí.
Kakeru frunció el ceño cuando escuchó las últimas palabras de Himeko.
—¿Es así cómo me ves, como un amigo?
—No sé de qué estás hablando —repuso Himeko, poniéndose ligeramente colorada.
Kakeru se quedó en silencio por un momento. Si no decía correctamente las siguientes palabras, bien podría estar encarando el fin de su amistad con Himeko. Como decía el popular frase, "ha corrido sangre por menos".
—¿Sabes? Había veces en que no entendía por qué hacías algunas cosas, por ejemplo, algunos sonrojos sin explicación, risas impulsivas, miradas con ojos brillantes cada vez que yo decía algo bueno. Ahora sé cuál es la explicación a todas esas cosas.
Himeko se quedó en silencio, pero, por desgracia, consultó su reloj. Eran las diez de la noche ya. Debía irse al aeropuerto, de otro modo, iba a perder su vuelo.
—Podrías decírmelo después que yo haya completado mi misión —dijo Himeko en un tono apremiado, consultando nuevamente su reloj—. Lo siento, Kakeru, pero tengo que estar en el aeropuerto dentro de una hora. Te prometo que habrá tiempo después de que regrese del espacio.
Himeko le dio un suave y dulce beso a Kakeru en su mejilla, y se fue de la habitación y de la casa, abordando el taxi que la esperaba frente al inmueble. Kakeru ni siquiera pudo articular alguna despedida digna. Había miles de cosas que le hubiese querido decir antes que se marchara, pero hasta su cabeza parecía funcionar a media máquina. Le dieron más ganas de machacar algo, lo que fuese, pero su falta de fuerza para destruir siquiera papel higiénico mojado le hacía sumirse lentamente en la frustración y la impotencia.
Si las cosas siguen así, puede que jamás vuelva a ver a Himeko otra vez.
Tokio, en ese mismo momento
El profesor Tomoe estaba teniendo algunos problemas para crear a un demonio lo suficientemente poderoso para contender con las Sailor Senshi, sobre todo con aquella llamada Sailor Silver Moon. Antes de morir, Eudial le había enviado un reporte automático sobre ella, su extraordinaria fuerza, su devastador poder, y sus habilidades de combate sin paralelo. Nada de lo que tenía en el laboratorio era capaz de crear algo tan fuerte, poderoso o hábil. Necesitaba materiales que no podría hallar en Japón, y no podía costear el precio del importe de los materiales necesarios. Necesitaba hacer algunas concesiones para lograr crear al humanoide perfecto.
Por un momento, consideró contactarse con Herbert Dixon, una de las pocas personas que tenía acceso a lo que necesitaba, pero desechó la idea al momento después. Recordaba muy bien lo que él había intentado hacer con Hotaru, y además, él no estaría para nada dispuesto a ayudarle, no después de desertar de su causa. Pero eso no significaba que no tuviera opciones.
El profesor Tomoe tomó asiento frente a su escritorio, tomó el teléfono y marcó el número 5. No esperó más de cinco segundos para que la llamada fuese contestada.
—¿Diga, profesor?
—Cyprine, Petirol —dijo el profesor Tomoe, cuidando de mencionar a las dos en la llamada—, les tengo una misión.
—Al fin —protestó una de las dos, pues era difícil decidir solamente por la voz quién era quién—. Estábamos resolviendo unos crucigramas para matar el tiempo. ¿Qué es lo que quiere de nosotras, profesor?
—Necesito que viajen a Estados Unidos y me traigan un par de materiales.
—¿Y cuáles son esos materiales?
—Necesito unos dos kilógramos de titanio y muestras de sangre de las Sailor Senshi… de todas ellas.
—Pero, profesor, usted sabe que Sailor Moon está muerta, ¿verdad?
—Lo tengo presente, pero, por eso mismo, ya no la necesitamos. Quiero muestras solamente de Sailor Senshi que estén vivas. En cuanto a las que fueron capturadas por los comandos Delta Force, busquen en las dependencias de los mayores contratistas de defensa de los Estados Unidos. Estoy seguro que las capturaron para fabricar armas basadas en sus poderes.
—Bien. Dos kilógramos de titanio, y muestras de sangre de todas las Sailor Senshi presentes. Considérelo hecho, profesor.
—Bien. Eso es todo.
Sin embargo, el profesor Tomoe no colgó el teléfono. Esta vez, marcó el número cuatro, y esperó por la respuesta.
—Aquí Viluy.
—¿Cómo vas con la identificación de las personas que tienen los talismanes?
—Bueno, con las herramientas que me proporcionó, no puedo hacer mucho. Necesito hardware y software especializado para la labor, y, perdóneme que se lo diga, pero usted no es ningún experto en ninguna de las dos cosas. Necesito un especialista, alguien que pueda crear hardware y software sin ningún problema.
—Lo reconozco, Viluy, no hay problema. —El profesor, sin embargo, tenía algo para ella, algo que podría ayudarle enormemente en su tarea—. Pero te puedo dar el nombre de la persona que buscas. Se llama Violet Taylor. Tiene una tienda de tecnología a unas pocas cuadras del taller donde trabaja una tal Saori Müller. Dicen que tiene muchas facilidades para fabricar aparatos extraordinarios en poco tiempo.
—Iré enseguida —dijo Viluy antes de que la llamada se cortara. El profesor Tomoe se quedó tranquilo, y colgó el teléfono. No tenía sentido llamar a las dos restantes, pues Kaolinite ya sabía lo que debía hacer, y Tellu debía esperar a que su creación estuviera lista. De hecho, el profesor Tomoe consideró que necesitaba tomar un descanso del plan. De todas formas, nada más se podía hacer al respecto, y descansar le iba a hacer muy bien. Decidió llevarse a Hotaru con él, pues también necesitaba de la luz del sol. En una de esas, hasta podría encontrar alimento.
En las afueras de Denver, 10:54a.m.
Colbert Sprague supervisaba el trabajo de sus científicos desde una oficina elevada y protegida por vidrio a prueba de balas. Consultaba un monitor donde se mostraban todos los procedimientos realizados en el proyecto. Su atención se centró en una entrada reciente, la que decía que se había logrado comprender el mecanismo mediante el cual funcionaban los cetros de transformación. En resumen, el cetro alojaba un transmisor y un dispositivo de memoria de una densidad jamás vista en el mundo. Se trataba de un objeto del tamaño de una estampilla, y podía almacenar yottabytes (56) de información. El transmisor tampoco era uno común y corriente. No estaba conectado al dispositivo de memoria de ninguna forma, pero aun así, transmitía un volumen absurdo de información al transmisor, el cual no emitía ondas de radio de ningún tipo. Era como si el intercambio de información no ocurriese en el espacio-tiempo.
Solamente hay una cosa conocida que puede intercambiar información de forma instantánea y sin necesidad de energía adicional.
Entrelazamiento cuántico.
Una nueva entrada en el monitor de eventos mostró que el dispositivo de memoria era, en efecto, una unidad de almacenamiento cuántico, entrelazada con el transmisor, que a su vez se encontraba entrelazado con el usuario. Otra entrada en el monitor dio cuenta del tipo de información almacenada en la unidad de almacenamiento cuántico. Lo que la unidad de almacenamiento contenía en su interior era un estado cuántico completo. O sea, transformarse en una Sailor Senshi es, básicamente, pasar de un estado cuántico a otro (57). Cuando Colbert consultó si la unidad de almacenamiento se encontraba protegida por contraseña, el monitor de eventos le dijo que así era, y que la contraseña no era otra que las palabras mágicas que siempre decían las Sailor Senshi para transformarse.
O sea, ¿cualquiera que diga las palabras mágicas puede transformarse en una Sailor Senshi?
Otra consulta en el monitor echó por tierra sus suposiciones. No bastaba con la contraseña para transformarse. El estado cuántico presente en la unidad de almacenamiento solamente podía transmitirse cuando el usuario era el correcto. Además, después de analizar los datos cuánticos, los científicos se dieron cuenta que había fragmentos de código que respondían solamente cuando era una mujer quien sostuviera el cetro. Aquel código era común en todos los cetros de transformación, lo que entrañaba una conclusión decepcionante.
Solamente mujeres pueden transformarse en Sailor Senshi.
Aquello era particularmente molesto cuando se dio cuenta que solamente el cero coma dos por ciento del personal científico era de sexo femenino, y más que ese personal femenino solamente ofrecía servicios de soporte técnico, ni remotamente calificadas para desempeñar tan delicada labor. Pues Colbert era de la idea que las mujeres no estaban hechas para pensar de forma racional, y por lo tanto, inútiles para la labor científica. Sin embargo, Colbert, para desentrañar el secreto de las Sailor Senshi, tenía que tragarse su machismo, y permitir el ingreso de personal calificado femenino al proyecto. Era la única forma de seguir adelante, y cumplir con lo solicitado por Desmond Hudson.
Tomando una decisión, Colbert descolgó el teléfono, preparándose para hacer un sinfín de llamadas telefónicas.
Tokio, media hora después del secuestro de Cristalia.
Las Sailor Gems llegaron con quince segundos de adelanto al lugar donde esperaba Polaris por su regreso. Totalmente falta de aliento, Sailor Tourmaline casi dejó caer el Diamante de Hielo en su apuro por llegar frente a la soberana del Reino de Cristal. Sailor Jasper y Sailor Turquoise se quedaron mirando a Cristalia, quien era sostenida por Polaris con una mano, y con la otra, blandía una espada de hielo, la que mantenía cerca del cuello de su propia hija.
—Me alegra que, al menos, tengan presente cuál es su lugar —dijo Polaris con una risa alta y fría—. Ahora, entréguenme el Diamante de Hielo, o vean cómo su princesa pierde la vida.
De las tres, Sailor Tourmaline fue la que dio el paso adelante, sosteniendo la gema con manos temblorosas, mirando a Polaris con el más profundo odio.
—Solamente espero que cumplas con tu palabra y dejes ir a nuestra princesa.
—Por supuesto —dijo Polaris, y, como muestra de buena fe, bajó la espada, de modo que Cristalia ya no estuviera en peligro de morir—. En el momento en que tenga la gema en mis manos, ella será libre.
—¡SUÉLTALA! —exclamó una voz a lo lejos. Sailor Jasper y Sailor Turquoise miraron hacia atrás, y vieron a una mujer de cabello castaño correr hacia donde se encontraba Polaris—. ¡ELLA ES MI HIJA! ¡ELLA NO TE HA HECHO NADA!
—Vaya, vaya, no esperé que tu madre adoptiva viniera a rescatarte —dijo Polaris con una carcajada—. Necia, no puedes hacer nada para evitar lo inevitable. Estas Sailor Senshi me entregarán la joya, y yo liberaré a tu querida hija. ¿No te parece un trato justo?
Sailor Tourmaline temblaba de rabia mientras se acercaba cada vez más a Polaris.
—Intenta matar a Cristalia, y serás comida para los buitres —gruñó, extendiendo la mano y mostrando el Diamante de Hielo. Polaris se quedó mirando la joya por unos pocos segundos antes de decidir que no era ninguna imitación, y la tomó, colgándosela al cuello.
—Bueno, un trato es un trato —dijo Polaris, y soltó a Cristalia, quien se hallaba al borde de las lágrimas. Sailor Tourmaline extendió la mano para tomar la mano de la princesa, y su madre se acercaba corriendo al encuentro de Molly, cuando se escuchó el sonido de algo afilado cortar el aire. Las Sailor Gems y la madre de Molly quedaron petrificadas al ver lo que había ocurrido. Ninguna de las presentes podía decir nada, no cuando todas veían la cabeza de Cristalia rodar por el suelo congelado.
(55) Se le llama condensado de Einstein-Bose a un grupo de partículas subatómicas que se encuentra en su estado energético más bajo, a lo que se le denomina "estado elemental". Al estar en un estado energético disminuido, su movimiento se reduce a un número muy cercano a cero (el calor es básicamente el grado de movimiento que poseen las partículas), lo que disminuye la temperatura del grupo a casi el cero absoluto, o sea, –273,16 grados Celsius.
(56) Un yottabyte es equivalente a un millón de trillones de bytes, o sea, un diez seguido de veinticuatro ceros. Uno necesitaría un billón de discos duros de un terabyte para almacenar esa cantidad de información.
(57) Esa explicación científica de cómo se transforman las Sailor Senshi se me ocurrió mientras escribía. xD
