LXIV
Tres frentes, Parte 3
Washington, 16 de julio de 1992, 5:17p.m
Herbert Dixon había llegado a la bodega donde almacenaba los materiales necesarios para mantener la operación en su laboratorio, cuando vio a dos mujeres muy delgadas, una de cabello azul y otra de cabello rojo, decorados con trenzas. Ambas vestían atuendos estrafalarios, de color negro y del de sus respectivos cabellos. Las dos ostentaban una estrella negra en sus frentes, y, de no ser por sus cabellos, Herbert no habría podido distinguir entre las dos.
—Están en una zona restringida —dijo, sacando su arma del bolsillo, pero sin apuntarla a las intrusas—. Díganme por qué están aquí.
—Solamente queremos unos materiales que el profesor Tomoe necesita para sus experimentos —dijo la del cabello azul con una sonrisa, como si no fuese consciente del palo de madera que sujetaba Herbert con su mano izquierda—. No queremos pelear contra usted. De todos modos, no podría derrotarnos, así que le sugiero que coopere con nosotras, y nadie saldrá lastimado.
Herbert no dijo ni hizo nada. Se limitó a evaluar a las dos intrusas. Lo primero que le llamó la atención, aparte del hecho de ser gemelas, era la forma en que se habían expresado, como si el laboratorio les perteneciera. En segundo lugar, habían mencionado al profesor Tomoe sin ningún tipo de contemplación, como si estuvieran seguras que no había ningún cuidado que poner al respecto. Después de todo, si ellas habían mencionado a Soichi Tomoe, entonces eso significaba que ellas estaban conectadas con él, o que trabajaban para él, lo que implicaba que sabían de antemano sobre el laboratorio o sobre cómo se podía ganar acceso sin que él se diera cuenta. Por fortuna, Herbert conocía el concepto de la "pirámide de la información", y era el único que sabía en qué consistía su plan maestro. Ninguno de los que alguna vez trabajaron para él sabía sobre lo que realmente quería conseguir con todos esos experimentos. La única persona en la que había confiado su plan, ya había manifestado su aprobación, y no tenía miedo de que lo revelara a una tercera persona, arruinando todos sus esquemas.
—¿Por qué asumen que no podré derrotarlas? —preguntó Herbert, jugando un poco con su arma, aún sin apuntarla hacia las intrusas—. Si trabajan para el profesor Tomoe, o están conectadas con él, asumo que él les platicó sobre mí y mis… digamos… habilidades. No es conveniente subestimar a un oponente, al que sea.
—Por eso se lo advertimos —repuso la del cabello rojo, dedicando una breve mirada al arma de Herbert—. El profesor Tomoe nos dijo todo sobre usted; sus capacidades intelectuales, sus poderes mágicos, todo. Y, para serle franca, sus trucos de salón no se comparan en lo absoluto con nuestras habilidades, sobre todo cuando trabajamos en equipo.
Herbert frunció el ceño. Conque ellas trabajan en equipo. O sea, por separadas, no son tan efectivas. Todo lo que tengo que hacer es mantenerlas divididas.
—¿Saben cuál es la primera regla en un combate? —volvió a preguntar Herbert, y ambas gemelas se miraron, en señal de confusión—. Nunca revelen información sobre sus capacidades antes de pelear. Porque, gracias a ustedes, ya sé cómo ponerlas en su sitio.
—Me gustaría verle intentarlo —dijo la del cabello azul, mirando de reojo a su hermana, y adoptando sus respectivas posturas de ataque. Herbert, por su parte, enarboló su arma hacia ambas mujeres, separando un poco sus piernas, de modo que no perdiera balance al defenderse o atacar.
Ellas hicieron el primer movimiento.
Aquello era algo que Herbert esperaba, pues aquella declaración sobre que él no podría derrotarlas le había dicho mucho sobre sus comportamientos de lucha. Asumió que estaban determinadas en ponerlo en su lugar, por lo que era predecible que intentaran acabar con el combate lo antes posible. Además, ellas necesitaban algo de su bodega de suministros, por lo que tampoco podían darse el lujo del tiempo. Decidió jugar con ambas variables antes de realizar algún movimiento ofensivo.
Vio que la del cabello rojizo se ponía detrás de él, y la del cabello azul permanecía en su lugar. Herbert juzgó que ambas atacarían al mismo tiempo, y que él no podría defenderse de dos ataques que provenían de direcciones opuestas. Aquello le decía algo nuevo sobre sus nuevos oponentes.
Dos esferas de energía brotaron de las manos de sus dos contrincantes, y Herbert decidió actuar rápido. Blandiendo su arma como si estuviera conduciendo una orquesta, la alzó hacia arriba, y un látigo de luz brotó de ésta, enroscándose en una tubería eléctrica. Otro movimiento, y Herbert salió como una exhalación hacia el techo, justo cuando ambas esferas colisionaron en el aire, calentando el aire alrededor, chamuscando las ropas de Herbert, pero sin hacerle un daño significativo. Cuando la explosión hubo desaparecido, Herbert descendió del techo, apuntando su arma hacia la del cabello rojo y conjurando el mismo látigo de luz que tan buenos resultados le había dado en tantas otras batallas, enroscándose en el tobillo de su oponente. Tiró con todas sus fuerzas, y ella cayó al suelo, machacándose la cabeza, apenas quedando consciente. Herbert volvió a tirar, cuando la del cabello azul, gruñendo de rabia, le lanzó otra esfera de energía, pero Herbert se agachó a tiempo, tirando con fuerza a la del cabello rojo, de modo que pasara por encima de él, usando a su enemiga como escudo humano. La explosión aún lo arrojó lejos, pero por lo menos no sufrió daños permanentes. Tampoco fue como si no pudiera hacer algo para amortiguar la caída. Usó su arma para no machacarse la espalda contra el piso de metal, y se puso de pie con rapidez. Aún había humo oscureciendo el campo de batalla, y Herbert lo apartó con una corriente de aire de su arma, percatándose que la chica del cabello rojo no estaba por ningún lado. Y, lo que era peor, la bodega se encontraba abierta. La chica del cabello azul estaba junto a la puerta, sosteniendo una caja con el familiar símbolo de riesgo biológico. No ostentaba una sonrisa de suficiencia, sin embargo. Tenía la cara de una persona que acababa de perder a alguien muy importante para ella. Fue cuando Herbert comprendió lo que había ocurrido.
Iba a atacar a la del cabello azul, cuando ella desapareció sin dejar ningún rastro de que alguna vez estuvo allí. Herbert se detuvo, mirando un pequeño montón de cenizas que yacía a sus pies, lo que había quedado de la mujer del cabello rojo. Le costaba trabajo imaginar que una persona sacrificara a su hermana por una caja. Volvió a pensar en el profesor Tomoe, y en la caja que le acababan de robar. Luego, en un flash de revelación, Herbert supo para qué quería esa caja en específico.
Aquella caja alojaba el material sobrante del meteorito que había impactado cerca del perímetro del domo hace unos pocos meses atrás. Recordaba que el profesor Tomoe la había usado para desarrollar un medicamento que curara a Hotaru de su enfermedad, pero, lejos de curar su condición, había creado algo peor (67). Aquella era la razón por la que Herbert había expulsado al profesor Tomoe de su laboratorio, y la razón por la que había decidido guardar el resto del meteorito en una caja, dentro de su bodega. Después de todo, ya había obtenido lo que quería de éste, y la única razón por la que no se había deshecho de aquel material era que no estaba seguro de lo que podía pasar si no se disponía de éste apropiadamente.
Aunque debía sentirse bien porque esa chica le había quitado un peso de encima, a Herbert le preocupaba lo que un biólogo como el profesor Tomoe podía hacer con material como el que esa chica acababa de robar.
No pasaría mucho tiempo para que lo viera con sus propios ojos.
Tokio, 18 de julio de 1992, 04:48p.m.
El profesor Tomoe no lucía demasiado complacido por la forma en que Cyprine había obtenido el material biológico, pues no podía darse el lujo de perder demasiados aliados. Eudial, Mimette, Viluy y Petirol habían perecido a manos de las Sailor Senshi y Herbert Dixon. Tenía el presentimiento de que iba a necesitar a Kaolinite para las fases finales del plan, pues Tellu no era tan fuerte para hacer frente a las Sailor Senshi, especialmente a la que había asesinado a Viluy. Su única esperanza era terminar con el experimento, y esperar que Petirol no hubiera muerto en vano.
No obstante, la mayor amenaza a su plan no eran las Sailor Senshi, ni siquiera Sailor Silver Moon. Se trataba de aquella niña del cabello rosado, la que se había hecho amiga de Hotaru. El último reporte de Viluy antes de morir le había dicho que aquella niña también era una Sailor Senshi. Aunque no era peligrosa, sí lo era su potencial cercanía con Hotaru. Había esperado que las secuelas de su condición hiciera que la gente se alejara de ella, y había funcionado, hasta que esa niña apareció. Lo que más le molestaba al profesor Tomoe era que no podía impedirle a ella entrar a la casa, pues estaría contradiciendo los deseos de Hotaru, y mantenerla feliz era una de sus mayores prioridades.
Una mujer pelirroja, que usaba un vestido del mismo color, con un escote que apenas escondía su voluminoso busto, apareció detrás del profesor Tomoe. Ostentaba una sonrisa de suficiencia.
—Profesor —dijo Kaolinite con una voz que le hacía justicia a su apariencia—, todo está listo en el colegio. Solamente falta su parte, y podremos dar inicio a la última fase del plan.
—Muy bien —repuso el profesor Tomoe, mientras vertía parte del contenido de la caja que había traído Cyprine en una solución de color grisáceo y contextura pegajosa—. Ya tengo lo que necesitamos para iniciar la guerra contra las Sailor Senshi. En un par de horas, tendremos al humanoide (68) más poderoso que alguna vez haya hecho. Ninguna Sailor Senshi podrá derrotarlo, y me traerá los talismanes que tanto ansiamos. Habría sido ideal que todas las Brujas 5 estuvieran vivas, pero con dos bastarán. Avisa a Tellu y Cyprine a que vengan a mi laboratorio, y después, anda nuevamente al colegio. Tengo la impresión que algo no anda bien allí.
—¿A qué se refiere?
El profesor Tomoe indicó a Kaolinite a que viera una pantalla que acababa de encenderse. Se trataba de las imágenes que transmitía una cámara de seguridad desde dentro del colegio. Kaolinite consultó la pantalla, sin entender qué quería el profesor que viese.
—No entiendo.
—El del cabello corto de color paja, y la chica del cabello verde —dijo el profesor sin mirar la pantalla—. No deberían estar allí. Ninguno de los dos aparece en los registros del colegio. O entraron por error, o son infiltrados. Deshazte de ellos.
—A la orden.
A los pocos minutos desde que Kaolinite se hubo ido del laboratorio, otras dos mujeres aparecieron. Una era Cyprine y la otra, la del cabello verde ondulado, era Tellu. Se aproximaron al profesor, ansiosas por ser de alguna utilidad, después que las Sailor Senshi hubieran diezmado sus números.
—Qué bueno que ya estén aquí —dijo el profesor Tomoe, encarando a ambas brujas y sosteniendo una probeta con un líquido de color verde grisáceo—. Ya han visto de lo que las Sailor Senshi son capaces de hacernos. Si no tenemos cuidado, nos van a derrotar uno por uno. Por eso elaboré este químico. Tellu beberá este compuesto, y se convertirá en la bruja más poderosa jamás vista. Cyprine, ella necesitará de tu ayuda, así que deberás colaborar.
Mientras el profesor Tomoe le tendía la probeta a Tellu, Cyprine miraba la escena con un poco de suspicacia. Sin embargo, para cuando pudo conectar los cables, ya era demasiado tarde; Tellu ya había bebido el contenido de la probeta. Solamente podía mirar cómo Tellu parecía ahogarse, mientras se inclinaba hacia delante y el color de su piel cambiaba al mismo color del líquido que acababa de beber. Su estatura cambió, y Cyprine imaginó que debía estar soportando un dolor inmenso, pues todo su cuerpo temblaba y la criatura en la que se estaba convirtiendo Tellu se llevaba las manos a la cabeza.
Para cuando la transformación hubo acabado, Cyprine se quedó mirando a Tellu como si estuviera viendo un fantasma. La criatura parecía un duende sobredimensionado, y la miraba con ojos rojos como rubíes, y con un hambre visible a kilómetros de distancia. Cyprine iba a dar media vuelta y correr a todo lo que daban sus pies, pero Tellu extendió su brazo izquierdo, y la atrapó, apretándola con fuerza. A continuación, Cyprine vio, con horror, cómo el brazo de Tellu se convertía en una masa pegajosa que la estaba envolviendo rápidamente. Pronto, no veía más que verde grisáceo por todos lados, se le hizo muy difícil respirar, y la desesperación vino después, cuando todo el mundo se le vino a negro, y ya no pudo seguir respirando. Momentos después, perdió por completo la conciencia, mientras que su cuerpo era disuelto por los ácidos que brotaban de la piel de Tellu, para ser posteriormente absorbido.
El cuerpo de Tellu volvió a sufrir una transformación. Sin embargo, ésta no era en absoluto dolorosa. Su cuerpo se hizo más pequeño, su piel tomó un color más ortodoxo, y su cabello se tornó de color turquesa. Su indumentaria era la misma, pero, como era un poco más alta que su forma original, la falda le quedaba un poco más corta, pero era, más o menos, la misma Tellu de siempre, solamente que con una mayor estatura y un color de cabello distinto.
—Resultó exactamente como esperaba —dijo el profesor Tomoe, mirando a Tellu de arriba abajo—. ¿Cómo te sientes?
Tellu se miró las manos y los pies, sintiendo que nada podía detenerla. Había un poder enorme surcando sus venas, y no podía esperar a desatarlo en las Sailor Senshi, o en cualquiera que se interpusiera en su camino.
—Poderosa —dijo, con una voz baja y ronca.
—Tráeme los talismanes —ordenó el profesor Tomoe—, y serás una de las primeras en contemplar la gloria del Faraón 90.
—Será un placer.
Tokio, una hora más tarde
Nicole y las demás habían llegado a la residencial donde se hospedaba Saori, pero no la encontraron allí. La dueña del local le había explicado a Nicole que ella había ido a la casa de los Tsukino, en compañía de una niña de cabello rosa chicle. Cuando Violet preguntó hace cuánto había ocurrido eso, la dueña de la residencial respondió que hace una media hora atrás. Nicole agradeció la información, e indicó a las demás a que la siguieran. Necesitaban encontrar el Cristal de Plata cuanto antes.
Quince minutos después, las cuatro se hallaban frente a la residencia de los Tsukino. Nicole juzgó prudente encargar a Violet preguntar por Saori, y ella, temblando de la cabeza a los pies, golpeó a la puerta de la casa, pensando en mil tonterías, y una señora de mediana edad la atendió.
—¿Se te ofrece algo?
—Bueno… eh… mi nombre es Violet, y quería saber si Saori se encuentra presente.
La dueña de casa compuso una expresión de reconocimiento al escuchar el nombre de Violet.
—Ah, tú debes ser la novia de Saori.
—Así es —contestó Violet con una voz más aguda de la usual.
—Qué bueno conocerte al fin —dijo Ikuko, haciéndose a un lado, diciéndole a Violet que podía pasar. Ella dudó un poco antes de poner un pie en la casa, mirando de derecha a izquierda, viendo que Saori se encontraba sentada en el sofá más amplio, conversando animadamente con la niña del cabello rosado que la dueña de la residencial había mencionado antes. Saori notó que alguien más había entrado en la sala de estar, y vio a Violet. Su sonrisa se hizo aún más amplia.
—Hola, Violet —dijo Saori, poniéndose de pie y abrazando a su novia. Rini, quien veía lo que estaba ocurriendo, pensó que solamente eran amigas, hasta que ambas se dieron un beso breve en los labios. Rini compuso una expresión de estupefacción al ver el acto. Saori lo notó, y se apresuró a explicar.
—Rini, Violet es mi novia —dijo, sin ponerse colorada o mostrar alguna señal de vergüenza—, y asumo que vino aquí a verme. Por cierto, ¿por qué estás aquí, Violet?
—Es una emergencia —repuso Violet, mirando hacia la puerta, donde esperaban sus amigas—. Lo que pasa es que hallamos una forma de revertir lo que hizo Polaris, pero para ello, necesitamos el Cristal de Plata. Lo tienes, ¿verdad?
—Lo tengo —dijo Saori en voz baja, cosa que los padres de Serena no escucharan—. ¿Acaso esperan que con eso puedan revivir a Cristalia?
—Ya hice todos los experimentos. Es algo muy factible.
—Entonces no debemos perder más tiempo.
—¿Hay algo en lo que pueda ayudar? —preguntó Rini, mirando a Violet y a Saori de una forma casi implorante.
—Rini, esto es algo demasiado peligroso —dijo Saori, arrodillándose delante de ella y tomándole los hombros—. Es una buena idea que permanezcas aquí, donde sabes que vas a estar segura. No creo que tu madre quiera que corras peligro sin razón. De todas maneras, siempre puedes contar con Sailor Pluto.
—¡Pero es que quiero ayudar! —protestó Rini, pero Saori negó con la cabeza, sin dejar de sonreír.
—No quiero perder a mi hermana menor justo después de encontrarla —dijo, sonando realmente apenada por la decisión—. Lo único que deseo es que entrenes duro, para que, algún día, seas una Sailor Senshi fuerte y prudente. ¿De acuerdo?
Rini bajó la cabeza en señal de resignación.
—De acuerdo —dijo, en voz baja y sin mirar a Saori.
—Volveremos todas de una pieza, te lo prometo.
Saori y Violet dieron media vuelta y salieron de la casa. Nicole y las demás permanecían afuera, distrayéndose con el tráfico, y cuando vieron a Saori salir de la casa, compusieron sendas caras de alivio.
—Me alegra que hayas decidido cooperar con nosotras —dijo Nicole.
Saori sonrió.
—Será como en los viejos tiempos.
(67) Ver capítulos 34 y 36 de este fic.
(68) Soy consciente que los monstruos que crea el profesor Tomoe en la tercera temporada se denominan "daimon", pero no es la idea hacer un calco de la historia original, como ya he dicho varias veces. De hecho, este arco, en este fic, no se parece en nada a lo que se vio en el manga o en el anime.
