LXV
Los talismanes, Parte 1

Tokio, 18 de julio de 1992, 06:21p.m.

Pese a que necesitaba mucha asistencia para hacer cosas tan mundanas como orinar, Ryuko Kobayashi había leído mucho sobre el incidente con la nave espacial. Había leído declaraciones de testigos que habían visto actuar a las Sailor Senshi, y varios de ellos recordaban haber visto a la que era conocida como Sailor Venus emplear su técnica, sin mucha efectividad. De hecho, contrastando las declaraciones de otros testigos, entendió que ella había sido la responsable de las dos muertes que habían ocurrido durante el evento. Ryuko supo, en ese momento, que un error de juicio había conducido a que dos personas perdieran la vida. Claramente, no podían actuar de forma independiente sin cometer errores. Aquello era todo lo que necesitaba para armar un caso contra las Sailor Senshi.

El segundo paso ya lo había dado. Había hecho todo lo posible para contactarse con las víctimas de la caída de la nave espacial (el gobierno había dicho que se trataba de un prototipo de aeronave que había sufrido una falla catastrófica), y varias de ellas respondieron, y, como ella pensaba, responsabilizaban a las Sailor Senshi por no pensar en el daño colateral que iban a causar con sus poderes. Ryuko había pasado noches en vela leyendo y respondiendo correos electrónicos enviados por las víctimas, y entendió que el descontento era más grande de lo que había pensado. Muchos no denunciaban a las Sailor Senshi por temor a represalias, y otros habían encontrado muchas trabas para presentar una queja formal en contra de ellas. Era como si alguien en el gobierno las estuviera protegiendo de cualquier consecuencia legal.

Esa tarde, Ryuko se había contactado con un abogado para discutir la idea de presentar una querella en contra de las Sailor Senshi por destrucción masiva de propiedad pública y privada, ejercicio ilegal de la justicia y cuasidelito de homicidio. Normalmente, la pena para aquellas acusaciones era un total de quince años de presidio, pero, como las Sailor Senshi eran adolescentes, no tenían responsabilidad penal, por lo que había considerado una alternativa, una que ningún juez podría desestimar, a juzgar por la destrucción de hace unos meses atrás.

Si ellas eran unas adolescentes con poderes, tenían que ser tratadas como adolescentes con poderes. Y si ellas se rehusaban a ser sometidas a una entidad gubernamental, se les prohibiría operar, no solamente en Japón, sino que en el resto del mundo también. Porque Ryuko se iba a asegurar que Naciones Unidas también estuviera al tanto de lo peligrosas que podían ser las Sailor Senshi sin supervisión.

Esa era la única forma en que ellas se hicieran responsables de sus acciones (69).

Diez minutos más tarde

La temperatura seguía descendiendo, y, pese a que no era muy inteligente usar el uniforme de Sailor Senshi en ese clima, ninguna se quejaba de ello. Sailor Silver Moon era indolente al frío, pero Sailor Amethyst no lo era. Por esa razón, Sailor Silver Moon la abrazaba contra ella, de modo que se mantuviera caliente. Cuando las cosas se pusieran más movidas, ya no necesitaría de su ayuda para entrar en calor.

Se encontraban en el cementerio, donde había sido enterrada Cristalia. Sailor Silver Moon recordaba muy bien el funeral, porque ella había estado presente, al igual que sus amigas. Había visto a la madre de esa pobre muchacha, su cara devastada, incapaz siquiera de llorar a causa de la pena. No fue capaz de decir alguna palabra de despedida. Solamente vio cómo el féretro donde descansaba el cuerpo de su hija era depositado en la zanja, tal vez esforzándose en recordar a Molly por como era, porque la alternativa era aterradora.

Después de aquella triste remembranza, Sailor Silver Moon decidió que era mejor seguir con lo que se había propuesto. Alzó los brazos hacia el cielo, cerrando los ojos, y concentrando su corazón en lo que necesitaba hacer. En segundos, un brillo plateado apareció entre sus manos e, instantes después, una joya con la apariencia de una flor tomó forma. Era el Cristal de Plata.

—Bueno, eso no fue difícil —dijo Sailor Silver Moon, y las demás lucían cada vez más confiadas en que el plan iba a tener éxito—. Sigamos adelante.

Sailor Silver Moon seguía con los brazos extendidos hacia arriba cuando volvió a cerrar los ojos, concentrándose en la persona que yacía bajo la lápida, justamente la persona que deseaba que volviera a la vida.

Por favor, Cristal de Plata, permíteme volver a la vida a Cristalia. Ella fue una víctima inocente del odio de Polaris, no tenía nada que ver en esto. Te lo ruego, Cristal de Plata, dame el poder para que Cristalia vuelva a respirar.

Los segundos pasaron, para dar paso a los minutos, pero nada ocurría. Desconcertada, Sailor Silver Moon miró hacia arriba, y vio que el Cristal de Plata seguía allí, pero lucía como opaca. No había rayos plateados brotando de su superficie, ni un aura plateada rodeando a la gema.

—¿Qué pasa? —preguntó Sailor Jasper, mirando al Cristal de Plata con una mezcla de curiosidad y decepción—. ¿Por qué no hace nada?

—Se supone que Cristalia debió haber vuelto a la vida —añadió Sailor Amethyst, quien se había cruzado de brazos a causa del frío—. O puede que lo haya hecho, y no nos hubiéramos dado cuenta.

—Pero el Cristal de Plata no ha hecho nada —acotó Sailor Tourmaline, perdiendo la paciencia—. Sailor Silver Moon, ¿estás segura que eres capaz de usar su poder? Porque parece que no responde a tus deseos. O tal vez no tengas el poder suficiente para emplearlo.

Sailor Silver Moon no decía nada. Ella no recordaba haber vuelto a la vida a nadie usando el Cristal de Plata, pero sí lo había empleado para detener cien mil cabezas nucleares. ¿Acaso revivir a alguien era fundamentalmente distinto? Porque influenciar la electrónica de un ICBM debía ser pan comido para el Cristal de Plata. Cien mil de ellos no haría ninguna diferencia. ¿Era cierto que necesitaba más poder? ¿O necesitaba una clase de poder diferente? Porque ella, Sailor Silver Moon, era muy hábil para el combate cuerpo a cuerpo, gozaba de una fuerza portentosa y sus poderes ofensivos eran devastadores. Era una guerrera mágica en toda su expresión. Entonces, ¿qué le hacía falta?

—Tal vez… tal vez le falta amor a tu corazón —se atrevió a decir Sailor Amethyst, acercándose a Sailor Silver Moon con un poco de tiento, como si pensara que ella le iba a golpear si decía una palabra más—. No es que no me ames, yo sé que lo haces con todo tu corazón. Pero el amor romántico no es el único tipo de amor que existe. El Cristal de Plata es un objeto que se nutre de todas las clases de amor, no solamente de uno.

—¿Me estás diciendo que no hay suficiente amor en mi corazón?

—Lo lamento, Saori, pero así es —dijo Sailor Amethyst, con un poco más de confianza—. Debes estar hecha de amor puro para hacer algo como revivir a una persona. No te lo dije antes porque no estaba segura de si aquello era requisito necesario para hacer funcionar al Cristal de Plata con todo su poder.

Sailor Silver Moon bajó los brazos, suspirando, y el Cristal de Plata desapareció. Su única oportunidad para revivir a Cristalia se había esfumado. Las demás Sailor Gems también lucían decepcionadas. Miraban hacia abajo, conteniendo las lágrimas a causa del fracaso en su cometido.

—¿Y qué hacemos ahora? —preguntó Sailor Tourmaline en voz baja.

—No lo sé —repuso Sailor Amethyst, con los puños crispados y una expresión de desconsuelo en su cara—. Esta era nuestra única oportunidad para revivir a Cristalia. Por desgracia, ella jamás volverá a la vida.

Sailor Tourmaline miró a Sailor Amethyst como si ella acabara de pronunciar una blasfemia horrible.

—Tiene que haber otra forma de hacerlo —dijo, perdiendo de a poco la paciencia—. No debemos rendirnos. No podemos quedarnos sin hacer nada. Tenemos que revivir a Cristalia. Es nuestra princesa.

Las demás Sailor Gems miraron a su líder con creciente desesperación. Sailor Tourmaline no perdía jamás el temple, y verla tan perdida y perturbada les causaba una impresión difícil de olvidar. Por otra parte, Sailor Silver Moon solidarizaba con Sailor Tourmaline con la idea de que debía haber otra forma de revivir a Cristalia. Sin embargo, ella aún no había perdido la calma, y juzgaba, de acuerdo a las palabras de Sailor Amethyst, que el Cristal de Plata era capaz de hacer el trabajo, pero iba a requerir a la auténtica dueña de la gema.

Por desgracia, la auténtica dueña del Cristal de Plata estaba muerta. Dependía de ella, Sailor Silver Moon, convertirse en su nueva auténtica dueña.

Quince minutos antes

Rini había desobedecido a Saori, y se encontraba frente a la puerta de una casa amplia y de dos pisos. Había tenido que usar a su luna pelota para alcanzar el timbre. No pasaron más de diez segundos para que la puerta se abriera, y una mujer con un vestido que ostentaba un escote muy provocativo la recibió.

—¿Qué se te ofrece, niña?

—Vengo a ver a Hotaru.

Kaolinite se quedó mirando a Rini por un momento antes de darle la pasada. Rini pensó que ella no le iba a permitir entrar, y se quedó petrificada por un par de segundos antes de entrar en la casa.

No había sala de estar en el inmueble. En lugar de eso, había un pasillo muy largo, en cuyos lados había varias puertas. Rini se quedó mirando las puertas, perdida, cuando recibió un poco de ayuda.

—Bienvenida, pequeña —dijo el mismo hombre de cabello canoso que había visto en aquella plaza, sentado cerca de donde Hotaru armaba su muñeco de nieve—. Hotaru está en la última habitación de la izquierda. Te está esperando.

—Gracias —dijo Rini cordialmente, y se dirigió a la puerta que el señor Tomoe le había indicado, y dio tres toques sobre ésta. Como cuando llegó a la casa, no esperó mucho rato para que Hotaru le diera el paso a su habitación.

Rini no sabía si Hotaru se sentía fascinada por la oscuridad o si era por otra razón, pero le daba la impresión que todo lo que ella usaba era de colores oscuros. Las sábanas eran negras, su ropa era oscura, y la única ventana que poseía la habitación tenía sus cortinas corridas, y éstas eran, predeciblemente, de color negro, de forma que la habitación siempre se encontrara en penumbra. Después, Rini recordó que Hotaru padecía de una enfermedad que la hacía alérgica a la luz.

—¿Es por tu enfermedad que debes estar a oscuras?

—Así es —repuso Hotaru, sentándose sobre la cama, e invitando a Rini a que hiciera lo mismo—. Antes de regresar a Japón, yo vivía en Estados Unidos con mi padre. Él trabajaba para un científico llamado Herbert Dixon. No sé cuál era su trabajo en específico, pero, durante mi estadía en el domo donde el señor Dixon hacía sus investigaciones, caí muy enferma, y mi padre desarrolló una cura. Aquello hizo que mi enfermedad desapareciera, pero me dejó con unas secuelas muy molestas, como mi alergia a la luz.

—Debe ser muy complicado vivir así —dijo Rini, mirando a Hotaru con lástima.

—Lo es —repuso Hotaru, bajando un poco la cabeza y poniendo las manos sobre sus piernas—. Mi padre no me permite tener amigos, a causa de mis problemas de salud, pero hizo una excepción contigo, porque vio que yo lucía más alegre en tu compañía, y dice que eso me hace bien.

—Pero tener amigos es algo positivo —dijo Rini, desviando la mirada de los ojos de Hotaru y mirando al techo, con una sonrisa vaga en su cara—. Hace que las cosas sean más fáciles, o al menos tolerables.

—Lo sé, pero ni en el colegio quieren acercarse a mí —dijo Hotaru, mirando a Rini con unos ojos melancólicos, y Rini se dio cuenta que esa mirada era bastante común en ella—. Dicen que soy una niña extraña, que tengo un aura oscura rodeándome y que estoy poseída por los demonios.

—Pues yo creo que eres una chica adorable —dijo Rini, mostrándole una sonrisa honesta—, y no creo que tengas un aura oscura rodeándote. Pienso que eres una buena chica a la que le han pasado cosas malas.

—Ves lo mejor de las personas.

—Soy igual a mi madre en ese sentido —admitió Rini, recordando cuando la Neo Reina Serena le contaba sobre sus aventuras en el pasado, siendo una Sailor Senshi. Rini se preguntaba por qué la Neo Reina no podía transformarse en una Sailor Senshi. Tal vez su nueva posición le impedía hacerlo, o si, simplemente, ya no necesitaba defender al mundo de ese modo.

—Tu madre debe ser una buena persona también.

—Sí, y eso es lo triste —dijo Rini, fijando su mirada en la cara de Hotaru, leyendo la soledad en sus ojos y el constante peso de su enfermedad en la boca curvada hacia abajo que mostraba en ese momento—. Ver lo bueno de las personas no siempre cae bien en las personas. Hay quienes sienten envidia de la gente que puede hacerlo, y trata de perjudicarlas, de cualquier modo.

—Eso es cierto. —Hotaru frunció levemente el ceño, como si hubiera percibido un detalle en Rini que había pasado por alto la primera vez que se vieron—. Tú también tienes un aura oscura rodeándote.

Rini tragó saliva.

—¿De qué hablas?

—Bueno, no es que seas una niña malvada, pero, en algún momento, fuiste poseída por el mal.

Rini se quedó en silencio. Tenía recuerdos vagos de cuando había sido Black Lady, pero todos ellos le causaban dolor, pues podía verse a sí misma haciéndole daño a otras personas, combatiendo con las Sailor Senshi, haciendo cosas malas…

De pronto, Rini sintió ganas de irse de allí. No quería que Hotaru fuese testigo de lo que le iba a ocurrir cuando su peor recuerdo afloró a la superficie. Se preguntaba cómo Sailor Pluto no era capaz de guardarle rencor por lo que ella le había hecho como Black Lady. Se había ofrecido a entrenarla como Sailor Senshi, había sido paciente con ella, compartido su amplia sabiduría con ella, todo ello sin mencionar ni siquiera una vez su pelea con ella hace un par de meses atrás.

—¿Cómo lo supiste?

—No lo sé —dijo Hotaru, y a Rini le perturbó un poco que ella estuviera sonriendo mientras hablaba—. Simplemente, lo supe.

—¿Por qué ríes?

Hotaru pareció ser consciente de lo que estaba haciendo, y borró su sonrisa de inmediato.

—Eh… no lo sé. Fue como… no lo sé.

Pero Rini no la miraba como juzgándola, sino como si entendiera lo que le ocurría.

—Tú también estuviste poseída por un ser maligno, ¿verdad?

—Eh, bueno, sí, lo estuve. —Hotaru, de repente, lucía incómoda, como si hubiera sido pillada robándole dinero a su padre—. Cuando estuve enferma me sentí como si un espíritu maligno hubiera penetrado en mi interior. Desde que mi padre curó mi enfermedad que ya no me siento así, pero hay veces en que esos recuerdos vuelven a mí, sobre todo en la noche, y no me dejan dormir.

—Entonces me entiendes —dijo Rini, quien se sentía cada vez más en confianza con Hotaru, pues daba la impresión que ambas habían pasado por experiencias similares en el pasado—. Nunca pensé que conocería a alguien como tú, alguien que tuviera cosas en común conmigo.

—Me siento del mismo modo contigo —dijo Hotaru, sonriendo.

—¿Puedo volver a verte?

—Por supuesto —contestó Hotaru, poniéndose de pie, y Rini hizo lo mismo—. Son raras las veces en las que salgo de la casa, así que casi siempre me podrás encontrar aquí. Salgo a las dos del colegio y llego a las dos y media a la casa, así que ya sabes cuándo venir. La próxima vez, te esperaré con un té y cosas para comer, ¿de acuerdo?

—Me parece muy bien —dijo Rini, tendiéndole la mano a Hotaru, quien la tomó—. Fue un placer conocerte, y espero que nos volvamos a ver.

—Es una pena que tengas que irte. Pero ya verás que la próxima vez la vamos a pasar muy bien.

—Cuenta con ello —dijo Rini, guiñándole un ojo.

Tokio, una hora más tarde

Después de mucho darle vueltas al asunto, Sailor Tourmaline decidió esperar a ver si Sailor Silver Moon podía manejar mejor el poder del Cristal de Plata. Las demás Sailor Gems estuvieron de acuerdo, porque nada más podían hacer por el momento. Entre todas, abandonaron el cementerio e iban a regresar al hotel, cuando se encontraron con otras dos Sailor Senshi. Sailor Silver Moon las reconoció de inmediato. Eran Sailor Uranus y Sailor Neptune. Ellas, a su vez, reconocieron a Sailor Silver Moon, pero no a las demás.

—Eres tú —dijo Sailor Uranus con un poco de desagrado en su voz—. ¿Qué haces aquí?

—No es de tu incumbencia —gruñó Sailor Silver Moon, notando que había una legión de humanoides detrás de Sailor Uranus—. ¿Qué les impide pelear? ¿Ese montón de idiotas?

—Son cientos de ellos —dijo Sailor Neptune, quien andaba en buenos términos con Sailor Silver Moon—, y son dirigidos por una de las Brujas 5. Su poder es terrible. Ni siquiera las dos pudimos hacerle siquiera un rasguño.

—Si unimos fuerzas, podremos ganar —dijo Sailor Tourmaline, y las demás Sailor Gems asintieron con la cabeza—. De todas formas, estamos desocupadas en este momento. Las ayudaremos.

—Gracias —dijo Sailor Neptune, pero Sailor Uranus no lucía muy convencida que digamos.

—¿Y serán capaces de enfrentar a todos esos humanoides al mismo tiempo?

—Desde luego, ustedes dos no podrán —dijo Sailor Tourmaline, encogiéndose de hombros—. Necesitan de nuestra ayuda, por mucho que no te convenzan nuestras habilidades, Sailor Uranus. Sailor Silver Moon se ocupará de esa bruja que dices que tiene un poder terrible.

—La haré mierda —gruñó Sailor Silver Moon, sonriendo y crispando los puños.

—Entonces, pongámonos manos a la obra —dijo Sailor Tourmaline, y sus amigas se pusieron a su lado, adoptando sus respectivas posturas de batalla. Sailor Uranus y Sailor Neptune también se pusieron en línea con las demás. Sailor Silver Moon tomó su lugar detrás de las demás, pues era su arma secreta, y no la iban a mostrar hasta que esa bruja poderosa hiciera su aparición.


(69) Para desarrollar esta idea, obtuve inspiración de los hechos en Capitán América: Civil War. Es otra cosa que va a ser distinta del argumento original de Sailor Moon, pero lo voy a dejar para después.