LXXIII
Milagro en las alturas
Tokio, 22 de julio de 1992, 02:00p.m.
Luna veía con impotencia cómo Kakeru iba perdiendo gradualmente el calor y el color. Su piel casi no se podía distinguir de la nieve que caía afuera de la casa, y no era capaz siquiera de mover sus labios. Sus ojos estaban cubiertos por una fina capa de escarcha, y lo mismo se podía decir de su cabello. Luna no sabía qué hacer para mejorar la situación de Kakeru, y, aunque sabía que Sailor Moon y las demás hacían su mejor esfuerzo, había una parte de ella que creía que no iba a ser suficiente.
Solamente quiero que sepa lo que siento por él, solamente eso se decía Luna, que más que un dicho, parecía un rezo. Aún no tenía ninguna noticia sobre el desenlace de la pelea contra Polaris, pero bastaba con mirar por la ventana para entender que aquello todavía no había llegado a su fin. Pese a que era Sailor Moon quien podía hacer posible sus deseos, confiaba más en Sailor Silver Moon. Aunque no fuese la dueña legítima del Cristal de Plata, sí poseía la determinación suficiente para que Sailor Moon pudiera hacer bien su trabajo. De hecho, si lo pensaba detenidamente, ambas Sailor Senshi se complementaban entre sí. Serena necesitaba la fuerza, determinación y coraje de Saori, mientras que ella necesitaba la gentileza y compasión de Serena. No lo sabía con certeza, pero intuía que, en algún punto de sus vidas, aquella cualidad de ambas iba a jugar un papel muy importante.
Luna consultó el reloj sobre el velador. Las dos con cinco minutos. Miró a Kakeru, pero su estado no mejoraba. No obstante, cuando desvió la mirada hacia la ventana, notó que ya no caía nieve. De hecho, las nubes negras comenzaban a apartarse, revelando crecientes espacios de color azul. Esto solamente significa una cosa: las chicas vencieron a Polaris, y Cristalia volvió a la vida. Se preguntó si habría más buenas noticias, porque las esperaba con ansias.
No esperó lo que vino a continuación.
Cuando se miró las patas, vio que su pelaje estaba retrocediendo, y que iba creciendo en altura. Luego, las patas delanteras se transformaron en manos, y las traseras en piernas. Para su sorpresa, vio que aparecían atributos femeninos típicos de las mujeres humanas, y que el pelaje de su cabeza crecía hasta convertirse en cabello, largo, y ondulado. No tenía un espejo a mano para ver los moños encima de su cabeza, más grandes que los que ostentaba Serena, ni tampoco la luna menguante que brillaba sobre su frente. Por último, un vestido de color amarillo con tonalidades lilas cubrió su cuerpo. Luna no podía creer lo que acababa de experimentar. A fin de cuentas, el Cristal de Plata consiguió convertirla en una humana.
Fue cuando Kakeru al fin despertó.
Lo primero que vio fue a la mujer de ojos celestes y grandes, cabello lila oscuro, vestido amarillo y con una luna menguante en la frente. Fue esto último lo que le dijo quién era esa mujer en realidad.
—¿Tú… eres…?
—Soy lo que siempre quisiste encontrar —dijo Luna, viendo cómo Kakeru se incorporaba y se paraba delante de ella—. Soy la diosa de la luna, Selene.
Ante aquella increíble afirmación, Kakeru no pudo articular palabra alguna. Miraba a la mujer frente a él con una mezcla de asombro e incredulidad pobremente disimulados. Estuvo varios días cuidando a esa gata, sin saber que la razón por la que había decidido estudiar astronomía había estado frente a sus narices todo el tiempo.
—Ven conmigo —dijo Luna gentilmente, y tomó la mano de Kakeru.
Inmediatamente después, los dos salieron de la casa, donde ya se podía apreciar el aumento de la temperatura. Después, sus pies dejaron de tocar el suelo y ascendieron hacia los cielos, traspasando las nubes y llegando al espacio. El pobre Kakeru seguía sin poder hablar, estupefacto y asustado por lo que estaba viviendo, y aun así, no le faltaba el aire. Podía respirar como si estuviera en el suelo. Luego, Kakeru se percató hacia dónde se dirigían.
La Estación Espacial Internacional.
Sin embargo, no entraron allí. En su lugar, se mantuvieron flotando a unos cientos de kilómetros de la estación. Kakeru miró en esa dirección, e imaginó que Himeko debía estar observando la luna en ese momento, sin anticipar que, durante esa misión, comprobaría que Kakeru siempre tuvo la razón.
—¿Por qué me llevaste aquí? —dijo Kakeru al fin, aunque le salió la voz un poco débil. Imaginó que haber estado a las puertas de la muerte le había dejado rígidas ciertas partes de su cuerpo, e iba a tardar un poco en moverlas correctamente.
—Porque quiero que veas las cosas con perspectiva —dijo Luna, apuntando un dedo hacia la Estación Espacial Internacional—. Mira, Kakeru, seguramente no te diste cuenta, siendo yo una gata, pero cuando me salvaste de ser arrollada por un vehículo y me cuidaste de la forma en que lo hiciste, no pude evitar sentir cosas por ti. Pero no podía decirte nada, porque, ¿quién ha escuchado a un animal hablar alguna vez, y que más encima, esté enamorada de un humano? Es ridículo, lo sé, pero eso fue lo que me pasó contigo. Por un momento, tuve sueños tontos en los que aparecías, sueños por los que daría un brazo para que se hicieran realidad. Pero luego, vi como mirabas a Himeko, y vi cómo ella te miraba, y me di cuenta que yo no era para ti. Esa es otra razón por la que te llevé aquí, para que ella te vea, y sepa que cumpliste tu sueño, y se de cuenta que siempre tuviste la razón. A pesar de lo que siento por ti, tu lugar es al lado de Himeko. No desperdicies esta oportunidad, por favor, Kakeru.
El pobre Kakeru se había quedado mirando a Luna como si ella fuese una falla informática en un computador de escritorio. Le costaba trabajo creer que todo eso formaba parte de la realidad, y aun así, no era capaz de desechar completamente lo que le acababa de ocurrir. Luna, o la diosa Selene, le estaba dando una oportunidad para decirle a Himeko lo que ella tanto necesitaba escuchar. Kakeru primero miró a Luna, luego a la estación, y asintió con la cabeza. Luna sonrió, y, tomando de la mano a Kakeru, lo condujo a uno de los brazos de la estación, donde se encontraba el telescopio que usaba Himeko en ese momento.
Dentro de la estación, Himeko se había quedado de piedra al ver a Kakeru flotando en medio del espacio, acompañado de una mujer que, a juzgar por el emblema en su frente, solamente podía ser la diosa de la luna.
No puede ser. ¡Kakeru tenía razón! Siempre la tuvo. Y yo que le insistía en que dejara de lado esas fantasías, solamente para darme cuenta que nunca fueron fantasías. ¡Oh, Kakeru, perdóname por haberme burlado de ti!
Sabiendo que aquella era una oportunidad única en la vida, Himeko solicitó permiso para realizar un AEV (81), alegando que había detectado una posible falla en el sistema de dirección del telescopio. Cuando la solicitud fue confirmada por Control, Himeko tomó un traje espacial, se lo puso, poniendo especial cuidado con los sellos. Cualquiera abertura, y se podía dar por muerta.
Maniobrando la esclusa de entrada y salida, asegurándose de que no hubiera pérdidas de presión, salió de la estación, empleando los impulsores en el traje, de modo que pudiera llegar donde se encontraba Kakeru y Selene. Dado que había indicado el propósito de su salida, tenía que dirigirse hacia el mecanismo de dirección del telescopio. Mientras tanto, los astronautas que habitaban la estación, se fueron dando cuenta, uno por uno, de la presencia de Kakeru y de la mujer que flotaba a su lado. Varios de ellos tomaron fotografías y grabaron video, especialmente cuando Himeko se encontró con Kakeru y la mujer extraña.
Al principio, hizo como que no los había visto, e inspeccionó el mecanismo de dirección del telescopio, y, como esperaba, no encontró ningún problema, y se encargó de reportarlo a Houston. Cuando se disponía a volver a la esclusa, miró casualmente hacia donde se encontraban Kakeru y Selene, y pretendió hacer sonidos de sorpresa, de modo que nadie supiera que había salido exclusivamente a verlos.
—Hola, Himeko —saludó Kakeru, pero Himeko vio cómo él movía los labios, sin que escuchara ningún sonido. Luna se dio cuenta de ello, y le indicó que se acercara más, de forma que entrara en la burbuja que había creado. Himeko le hizo caso, y, cuando estuvo lo suficiente cerca de Kakeru, él le indicó que se sacara el casco.
—¿Estás loco? ¡Moriré!
—No la harás. Confía en mí.
Himeko se quedó en silencio por un minuto completo, deliberando si debía hacerle caso o no. Por mucho que viese a Kakeru sin traje espacial y que no hubiese estallado en mil pedazos (82), había visto muchos documentales sobre el espacio para que pudiera hacer algo como quitarse el casco.
—No morirás, Himeko. Selene no lo permitiría.
Himeko, al final, decidió correr el riesgo. Se quitó el casco y, para su asombro y estupefacción, no se sintió extraña. Era como si estuviera en tierra firme, respirando el aire de primavera.
—¿Ves? —dijo Kakeru con una sonrisa—. Puedes hablar con total libertad.
Sin embargo, darse cuenta que podía respirar en medio de la nada le había robado las palabras de la boca. Tardó un momento en procesar todo lo que había ocurrido, aparte que necesitaba decirle lo que sentía de una forma que no sonara demasiado cursi. Himeko odiaba ser cursi, porque le daba la impresión que sonaba como una colegiala atiborrada de hormonas, y se suponía que ya había dejado atrás esa etapa de su vida.
—Perdóname por no creerte cuando hablabas de la diosa de la luna —dijo Himeko, dando voz a una de las cosas que más le urgía decirle a Kakeru, pues sabía que él no se iba burlar de ella en cuanto le confesara lo que había en su cabeza—. Ya perdí la cuenta de las veces que ridiculicé tus ideas sobre el tema, y más encima, te oculté lo que realmente sentía por ti. No sé por qué las mujeres nunca somos directas cuando se trata de nuestros sentimientos. Me habría ahorrado muchos problemas si, en lugar de andar con evasivas, te lo hubiera dicho todo en el aeropuerto. Pero ahora ya lo sabes. Mi lugar siempre ha sido contigo. Por favor, Kakeru, déjame permanecer a tu lado.
Al otro lado de la situación, Kakeru se había quedado sin habla. Había pensado largo y tendido qué era lo que le iba a decir a Himeko cuando se encontrara con ella, pero no esperó que ella misma dijese justamente lo que él imaginaba. Pero, aparte de todo lo demás, lo que más le había alegrado fue la aceptación de parte de Himeko de que existía la diosa de la luna. Aquella era la única barrera que le separaba de sus brazos, y había probado ser más que un inconveniente para una posible relación entre los dos. Sin embargo, eso se había acabado, y un nuevo camino se abría para ambos.
—Me alegro que hayas cambiado de idea con respecto a Selene —dijo Kakeru con una voz suave, tomando las manos de Himeko—. Eso es todo lo que necesitaba escuchar, porque ya sabía lo demás.
Himeko abrió los ojos en señal de sorpresa.
—¿Lo sabías?
—Así es, pero pensé que decírtelo por adelantado sería un error. Quería darte la oportunidad de que tú lo hicieras.
Himeko sonrió.
—Gracias. —Ella tiró de las manos de Kakeru, de modo que él estuviera más cerca—. ¿Sabes? Podríamos hacer historia ahora mismo.
—¿De qué hablas?
—El primer beso en el espacio exterior —repuso Himeko, pasándose la lengua sutilmente por los labios—, sin estar dentro de una nave espacial ni nada parecido. ¿Quieres hacerlo?
—De todas maneras —dijo Kakeru, sonriendo. De hecho, se sentía más ligero y libre que en los últimos días, durante los cuales había sido víctima de un frío paralizante que casi lo llevó a la muerte. Y la perspectiva de hacer algo que jamás se había hecho en la historia de la humanidad le emocionaba aún más.
Luna, mientras ambas personas frente a ella unían sus labios, sin ser conscientes de que estaban siendo grabados, los miraba con ojos brillantes y sentimientos encontrados dentro de ella. Claro, había conducido a Kakeru precisamente para que tuviera ese momento con Himeko, pero no podía evitar sentirse un poco triste por no haber podido tener algo más con Kakeru. Pero, sin importar que forma tuviese, ella siempre iba a ser una gata. Era su naturaleza, y ningún Cristal de Plata podía cambiar eso.
Cuando Kakeru y Himeko se separaron, Luna se convenció más de que había hecho lo correcto. El brillo en las miradas de ambos, la sonrisa en sus labios, todo prácticamente gritaba que estaban hechos el uno para el otro. Pero, como siempre ocurría, hacer lo correcto acarreaba un precio, y Luna lo había pagado. Había tenido que renunciar al amor para que dos personas pudieran ser felices. Ojalá nadie tuviera que renunciar al amor, pero la vida nos obliga a hacerlo algunas veces. Eso es verdad, incluso para los gatos.
Después de que Himeko se pusiera nuevamente el casco y entrara a la estación, Luna condujo a Kakeru de vuelta al planeta. Él se sintió extraño pisando tierra firme, dado el tiempo que había pasado ingrávido, y le costó un poco caminar, debido a que tenía las piernas un poco débiles. Luna le explicó que aquello pasaría con el tiempo, y que él nunca había tenido la preparación que había recibido Himeko para su viaje al espacio.
—¿Y qué harás ahora? —preguntó Luna, curiosa por la siguiente investigación de Kakeru, ahora que había probado que Selene era real.
—Creo que investigaré agujeros negros —repuso, recordando un curioso acontecimiento que había tenido lugar en la década de los cincuenta, cuando una iniciativa para establecer comunicaciones de larga distancia se topó con algo inesperado, algo que provenía desde fuera del sistema solar (83)—. Creo que hay uno gigantesco en el centro de la galaxia, pero nadie lo ha probado aún.
—Es una meta muy ambiciosa —dijo Luna, sonriendo—. Te deseo mucha suerte con eso.
—Gracias.
—Por cierto —Luna no estaba segura de si hacer la pregunta o no, pero no podría vivir consigo misma si no la hacía, así que hizo de tripas corazón, y la largó—, ¿habría tenido alguna oportunidad contigo, ya sabes, si no hubieras querido a Himeko a tu lado?
Kakeru se largó a reír. Luna tragó saliva, pensando que la pregunta había sido estúpida. Bueno, lo era, pero no por las razones que ella imaginaba, como lo comprobaría a continuación.
—Curioso que me lo preguntes, porque yo pensé lo mismo. Pero claro, ¿qué persona tendría oportunidad con una diosa?
Luna juzgó que aquella era una muy buena pregunta que respondía la suya.
—Tienes razón —dijo, tendiéndole una mano a Kakeru—. Fue un placer conocerte.
—El placer es todo mío —respondió Kakeru, sonriéndole a Luna, dando media vuelta y entrando a su casa. Luna se quedó mirando a la puerta por un buen rato antes de hacer lo mismo y marcharse de allí, momento en el cual volvió a ser la gata que Serena y sus amigas conocían tan bien.
Perdí en el juego del amor hoy. Pero siempre está el día siguiente.
Washington, 22 de julio de 1992, 01:46a.m.
Desmond Hudson se había quedado hasta tarde ese día, a causa de un desafortunado incidente dentro del edificio de la NSA hace unas cuantas horas atrás. Había tenido que realizar el conocido protocolo de control de daños para tapar el enorme agujero que Amy Snow había dejado en la agencia.
Desde el momento en que Desmond había sabido que Amy Snow había logrado copiar Alfombra Roja, había desconfiado de esa mujer. Se podía ver en la mirada que se trataba de alguien ambiciosa. Pese a que era cierto que ningún ordenador en el planeta era capaz de ejecutar el programa, los avances en computación cuántica iban a hacer eso posible dentro de un par de años, y no habría razón para que un cerebrito de la NSA se apoderara de una herramienta tan vital para la seguridad nacional.
El presidente MacArthur había culpado a Desmond del desastre en la NSA, y era por eso que estaba trabajando a esas horas de la madrugada, a base de café colombiano y panecillos dulces. Por mucho que hubiera protestado que nadie pudo haber predicho la deserción de Amy Snow de la agencia, y la forma en que lo había hecho, MacArthur decía que era responsabilidad de Desmond mantener el aparato de defensa estable, y la NSA formaba parte del haz de defensa, lo quisiera o no.
Desmond había acabado con el informe de inteligencia que se suponía que iba a encubrir todo el fiasco, cuando recibió un mensaje de urgencia de parte de uno de los contratistas de defensa. El texto era bastante escueto, pero causaron un impacto tal que arrancó a Desmond del control de daños en la NSA. El mensaje hablaba de un ataque en un complejo de investigación, perpetrado por Sailor Silver Moon y una acompañante del que nadie tenía registro. El complejo había quedado en ruinas, y Desmond habría desfallecido, si no hubiera visto el archivo adjunto que venía con el mensaje. Era un archivo muy pesado, pero la conexión que disponía Desmond en su oficina era suficiente para descargar el archivo en menos de un minuto.
Como esperaba, el archivo necesitaba una contraseña para que pudiera abrirse, pero era activada por voz, y solamente Desmond tenía acceso. Como era protocolo, la contraseña era el nombre del archivo, pero desordenado, lo que agregaba una capa extra de protección. Además, el archivo estaba programado para detectar leves alteraciones en los niveles de ruido, de modo que una grabación de la voz de Desmond no bastara para abrirlo.
Desmond ingresó el nombre del archivo en un programa, el cual halló la contraseña y la mostró en pantalla. Luego, acercó el micrófono a su boca, y dijo la contraseña.
El archivo se abrió de inmediato.
Cuando vio el contenido, Desmond exhaló tan hondo que casi perdió todo el aire de sus pulmones. Colbert Sprague, una vez más, le había demostrado por qué era uno de los mejores contratistas de defensa del país.
(81) AEV es la abreviación de Actividad Extra Vehicular (EVA en inglés). Dícese de todos los procedimientos que se deben realizar fuera de un vehículo espacial, estando en el espacio.
(82) Pese a que en muchas películas se ve que a las personas no les ocurre nada dramático cuando son arrojadas al espacio sin protección, la verdad es que una persona, cuando se encuentra en el espacio vacío, estalla, debido a la diferencia de presión. El cuerpo humano funciona a una determinada presión, pero como en el espacio no hay presión, el aire dentro del organismo se expande a gran velocidad, generando la explosión.
(83) En la década de los cincuenta, un investigador de la empresa de telefonía Bell trataba de establecer comunicaciones a través del Atlántico, pero se topó de forma inadvertida con una fuente de ruido que, pese a todos sus esfuerzos, nunca pudo eliminar. Aquella señal parecía provenir desde la constelación de Sagitario, dirección en la que se encuentra el centro de la galaxia. Aquella fue la primera pista de que algo muy grande estuviera emitiendo ondas de radio, como un agujero negro.
