LXXVI
Navegando en aguas turbulentas
Londres, 25 de enero de 2000, 08:31a.m
El resto de la conversación con Nicole consistió en un discurso de monosílabos por mi parte, y palabras esperanzadas por parte de ella. No sé por qué mierda no fui capaz de decirle que había encontrado el amor en otro lado. ¿Se han dado cuenta que a nosotros, los hombres, nos cuesta tanto ser honestos cuando hablamos con una mujer? Muchas veces tendemos a mentirles, como si se impresionaran por ello. Y lo triste es que lo hacen… por un tiempo, hasta que descubren la verdad. Ellas siempre terminan descubriendo la verdad, a menudo por otros medios. Y eso es lo más patético del asunto. Les mentimos a las mujeres, a sabiendas que ellas van a pillarnos, lo queramos o no. El hombre que sea capaz de mentirle a una mujer y que ella no se entere, ese hombre es o un héroe o un mitómano de primera categoría.
Para sacarme aquella conversación de encima, decidí retornar a mi principal tarea como reportero. La fiesta que había presidido Robert Griffin había sido más interesante de lo que había pensado en un principio. La construcción del gigantesco anillo había comenzado, y los directores del proyecto habían decidido que empezarían por los sectores más desafiantes, vale decir, los tramos que pasaban por mar. De acuerdo a los noticieros, varios de los pilares ya habían sido instalados. Esto me llamó mucho la atención, no por el hecho mismo de la instalación de los pilares, sino el poco tiempo que les había tomado hacerlo. No había pasado ni un día desde el anuncio de Robert Griffin y ya se llevaba un importante avance. Mi pregunta era: ¿cómo demonios instalaron varios pilares de dos kilómetros de altura en menos de veinticuatro horas? A ese paso, el acelerador estaría terminado en dos años. ¿Cuál era la prisa? Porque normalmente, con proyectos de ese tipo, no podían tomarse muchas libertades, debido a todos los chequeos que se deben hacer. Después de todo, era un instrumento científico sofisticado, no un edificio de oficinas. A menos que el acelerador de partículas, como sospechaba, no estuviera siendo construido para remover otra capa en la excavación arqueológica en la que se había convertido la inmersión en el mundo subatómico.
Había llegado a un callejón sin salida, de los tantos con los que me había topado desde que fui a Kent por segunda vez. Eso no significaba que no hubiese otras calles por las que transitar. Mientras pensaba en otros hilos de los cuales tirar, recordé la razón por la que había necesitado la ayuda de Nicole y las demás.
James.
El machista profesional que tenía por amigo, al menos hasta su memorable cita con el pavimento, había dicho unas cosas que me dejaron perplejo, muchas de ellas relacionadas con Robert Griffin. Razoné que si James sabía sobre el sistema bancario de reserva fraccionaria, tenía que conservar documentos, registros, o lo que fuese, en su casa. Yo sabía que la policía tenía por rutina registrar el domicilio de una persona que fuese asesinada, pero yo albergaba la esperanza que James fuese más precavido con la información clasificada, y la escondiera de tal forma que las autoridades no pudieran tener acceso. Por supuesto, era una esperanza vana, pero debía intentarlo, por lo menos para ir descartando algunas cosas. Con eso en mente, salí del edificio del periódico, solamente para encontrarme con una sorpresa bastante desagradable.
Bueno, habría sido un grata sorpresa, si no fuese por el hecho que ya tenía pareja. Por lo demás, era bastante bueno ver a las chicas una vez más.
—Hola, Jeremy —dijo Nicole, acercándose a mí, mucho más de lo que era razonable para un hombre en mi situación—. Aquí estoy, otra vez. Hemos venido a ayudarte con lo del acelerador de partículas, y… bueno, ya sabes para qué más.
Por supuesto que sabía qué era ese algo más de lo que Nicole hablaba, demonios. La testosterona circulando por mis venas me decía que le mintiera, que si se lo decía correctamente no tenía por qué enterarse de lo de Heather. Pero otra voz en mi cabeza me insistía en que le dijese la verdad, que, a la larga, el dolor que sentiría Nicole iría sanando con el tiempo. Pero era eso precisamente lo que quería evitar: que ella sufriera por que yo estaba saliendo con otra persona.
¿Qué mierda estás diciendo, Jeremy? ¿Nicole, sufrir por amor? ¡Ella no es una quinceañera atiborrada de estrógenos, por el amor de Dios! ¡Ya pasó por esa etapa! ¡Es una mujer adulta, plenamente consciente de lo que quiere y de lo que no! Sí, le va a doler, pero no al punto de deshacerse en lágrimas. No estamos en una película romántica, Jeremy Burns, eso tenlo por seguro.
—Justo ahora iba a ir a la casa de un amigo difunto, para ver si hay información —dije, para completar la respuesta que le iba a dar justo después—. Y, bueno, hay algo que debes saber, Nicole, y no es algo que te agrade.
Cuando dije esas palabras, Nicole puso una cara de entendimiento que me dejó perplejo. Pero aquello no fue nada en comparación con lo que me dijo.
—Encontraste pareja. ¡Vamos, Jeremy! Como que yo contaba con que esto pasara, pero decidí albergar alguna esperanza, solamente en caso que estuviera equivocada. No cambia lo que siento por ti, sin embargo. Cuando toda esperanza haya muerto, solamente en ese momento, aceptaré la derrota.
De acuerdo, yo pensé que ese momento iba a ser más incómodo, pero Nicole me demostró, una vez más, que era una mujer madura, que no iba a interferir en mi relación, y, lo que era más importante, que ella no iba a hostigarme hasta que mi relación con Heather se hubiera acabado.
—Bueno… no esperé que te lo tomaras con calma.
—No estoy exactamente calmada, Jeremy —dijo Nicole, sorprendiéndome una vez más—. Por fuera pareciera que lo estuviese, pero no estoy hecha de piedra ni soy un autómata. Tengo sentimientos también, y estoy lidiando con ellos en este momento. Pero no te preocupes por mí, Jeremy. Te ayudaré con tu investigación, todas nosotras lo haremos.
Lo natural en esta situación sería seguir preocupándome por ella, pero me di cuenta que hacerlo sería una colosal pérdida de tiempo. Nicole era de esas personas que eran capaces de separar sus emociones del trabajo. Aunque aquel sentimiento se colaba en tu cabeza de forma insidiosa, traté de no darle demasiada tribuna.
—¿Vamos a la casa de James? —pregunté, y ellas asintieron.
Nicole nos condujo hasta su deportivo con volante desmontable. Dado que ya no éramos buscados por la policía e Interpol, ella podía darse el lujo de conducir semejante vehículo. Como siempre pasaba cuando nos desplazábamos por tierra, Nicole era quien iba al volante, pues era quien mejor lo hacía. Eso siempre me había llamado la atención. Conducir no era exactamente difícil, y cualquiera de las chicas podía hacerlo. ¿Por qué siempre era Nicole quien conducía?
—Es bueno que me lo preguntes —repuso cuando yo decidí atreverme a preguntarle sobre el tema—. Mis esculturas no son la única fuente de ingresos que tengo. También soy corredora profesional. He participado en competiciones de Fórmula 1, NASCAR, pero mi preferido es el rally. Claro, este deportivo no es para nada apto para rally, pero ser buena en eso me hace perfecta para cuando hay una emergencia, porque hay harto derrape en las persecuciones, y soy una maestra con el freno de mano.
—¿Y has ganado carreras, o campeonatos?
—Algunos campeonatos, no todos ellos, porque resulta que hay otra corredora que es aún mejor que yo. Se llama Haruka Tenō, y es experta incluso conduciendo motocicletas. También es una atleta de primer nivel. Tiene una pareja que pinta unos cuadros bellísimos y toca el violín como pocos.
—La admiras.
—La conozco personalmente —dijo Nicole, dedicándome una sonrisa divertida—. Hace unos días la vi en una reunión que tuvimos allá en Estados Unidos.
Pese a que Nicole intentaba sonar casual, noté que su expresión había cambiado por uno mezcla de resignación y tristeza. También me di cuenta que ya no usaba su pendiente en el cuello. De hecho, ninguna de ellas tenía su correspondiente pendiente. En su lugar, había una especie de argolla en sus cuellos, pero no como las que acostumbraba ver en los matrimonios. Eran argollas de alta tecnología, y parecían estar hechas de un material que no se encontraba en este planeta.
—¿Qué les pasó? —le pregunté a Nicole, indicando la argolla en su cuello. Ella no respondió por varios segundos, al menos hasta que decidió ser honesta conmigo.
—Algo pasó allá en Estados Unidos —repuso Nicole, mientras doblaba una esquina—. Fuimos citadas a una reunión en el cuartel general de las Naciones Unidas, no solamente nosotras, sino que las Sailor Senshi de Japón también. Todas pensamos que íbamos a debatir sobre si nosotras debíamos ser supervisadas o no, pero todo resultó ser una trampa. Parece que ellos contaban con que nos íbamos a negar, y nos aturdieron a todas con dardos tranquilizantes. Cuando despertamos, vimos estas argollas en nuestros cuellos, y nos explicaron que estaban diseñadas para detectar nuestras transformaciones, y que un sistema automatizado activaría unas bombas pequeñas en las argollas, decapitándonos en el acto. Si nos transformamos en Sailor Senshi, aunque sea una vez, estamos muertas.
Yo, en medio de la conmoción, me pregunté cómo unas personas tan preparadas como las Sailor Senshi pudieron caer en una trampa tan burda, pero luego dimensioné la brillantez del plan. No había sido un comité de defensa o un organismo como la OTAN quien solicitó la asistencia de las Sailor Senshi, sino que la ONU, una organización que no se caracterizaba por llevar a cabo planes como aquel. Por eso no había razones para pensar que habría propósitos ulteriores. Lo que me tenía el coco dando vueltas era quién pudo haber subvertido las filas de la ONU para apartar del camino a las Sailor Senshi, porque ese parecía ser el plan.
—¿Entonces, sin sus poderes, no podrán ayudarme? —pregunté, a sabiendas que ellas eran unas chicas excepcionales, aun sin ser Sailor Senshi.
—No necesitamos poderes para asistirte —repuso Nicole con un intento de sonrisa. No esperaba más de ella, porque el hecho que no pudiera transformarse en una Sailor Senshi en sí mismo debía ser una carga bastante pesada—. Tenemos a Violet, y todas y cada una de nosotras tiene nociones avanzadas de combate cuerpo a cuerpo y manejo de todo tipo de armas. Recuerda que fuimos las guardaespaldas de una princesa antes de conocerte.
Juzgando que las respuestas fueron mejores que las preguntas, no dije nada más hasta que llegamos a la casa de James. Como la investigación oficial sobre su muerte ya había finalizado, el inmueble ya no se encontraba acordonado, pero había un cartel de venta en una de las ventanas. James no tenía familiares o hijos a los que legarles algo. Su estilo de vida no admitía una familia, porque eso significaría dejar ir cosas muy importantes para él, por ejemplo, sus esclavas sexuales. Sí, lo sé, sus prioridades aún me desconciertan, y me imagino que a ustedes también.
Tal vez había visto muchas películas, pero la forma en que Violet abrió la puerta me descolocó, y mucho. Pensé que iba a emplear una ganzúa para tal fin, pero lo que hizo fue aún más efectivo. Violet introdujo una especie de líquido en la ranura donde normalmente iba la llave, colocó un alambre de acero en el mismo lugar, el que me recordó a las llaves Allen que se vendían en las ferreterías, esperó unos diez segundos, y giró la manija diminuta del alambre. La puerta no opuso resistencia. Cuando Nicole vio mi cara de estupefacción, me entregó una explicación.
—El líquido está diseñado para interactuar con el mecanismo de cerradura, y cuando encuentra un punto donde no hay resistencia, se endurece. Básicamente, lo que hizo Violet fue crear una llave.
—¿Y de qué está hecho el líquido?
—Es un compuesto de silicio. Aunque no lo creas, contiene circuitos electrónicos y un procesador.
Cuando terminé de escuchar a Nicole, pensé que habría sido mejor que no hubiera hecho ninguna pregunta.
Los cinco entramos en la casa, y lo primero que vimos fueron las lonas que siempre se empleaban para proteger los muebles del polvo. Especialmente vulnerables era todo lo textil, porque sacar el polvo de una cama era un suplicio, sobre todo cuando éste llevaba un tiempo asentándose. La primera impresión era que James no tenía nada que esconder, pero él nunca había conocido a Violet. Una rápida inspección con su rastreador le indicó que había un habitáculo escondido detrás de un cuadro. Sin embargo, cuando las chicas llegaron a éste, se dieron cuenta que habían subestimado un poco a James.
El cuadro no mostraba una pintura en absoluto. Era como si la pintura hubiera sido sacada de una consola de videojuegos de los ochenta, pero un vistazo más cercano nos aclaró las dudas.
—Háganse a un lado —dijo Sophie, y ella se plantó delante del cuadro. Los demás nos quedamos mirando, porque el cuadro no era solamente un cuadro.
Sophie estuvo unos diez minutos mirando la pintura, al cabo de los cuales comenzó a mover las piezas. Era el típico rompecabezas donde uno tenía que deslizar cada pieza de arriba abajo o hacia los lados, de modo que haga espacio para la siguiente pieza. Yo mismo había resuelto algunos de esos, pero contenían números y no era de más de veinticuatro piezas. Ese cuadro debía contener al menos unas doscientas piezas, demasiado para la mente de cualquiera, incluyendo a Violet. Por eso Sophie fue quien tomó las riendas de la situación, porque su inteligencia abstracta funcionaba mucho mejor que la de Violet, que era más práctica.
Por eso, no me causó ninguna sorpresa ver que Sophie había resuelto el rompecabezas en diez minutos y unos cuantos segundos.
Detrás del cuadro había un montón de documentos. Nicole los sacó de su receptáculo y los puso encima de una mesa cubierta de lona, y una fina capa de polvo. Los títulos de los documentos eran bastante ilustrativos.
Reserva fraccionaria: metodología y aplicaciones.
Transacciones financieras: reportes anuales entre 1985 y 1991
Correspondencia privada.
Debo admitir que aquellos títulos no habrían sido demasiado relevantes, si no hubieran estado ocultas detrás de un rompecabezas. Pero el hecho que hubiera una publicación formal sobre el sistema bancario de reserva fraccionaria me tenía rascándome la cabeza. Si tal información era clasificada, ¿por qué demonios había un libro sobre el tema? Sin embargo, cuando leí la primera página, me di cuenta que aquel libro era de distribución restringida, y su reproducción ilegal era un crimen federal que se podía pagar hasta con cuarenta años de presidio. Si realizar una copia no autorizada entrañaba una pena tan alta, entonces había algo más detrás de ese sistema bancario. Me daba la impresión que el gobierno de los Estados Unidos estaba tratando de proteger esa información, distribuyéndola solamente a personas clave, y esa fue la razón por la que James debió pagar con su vida. Había, prácticamente, violado los derechos de propiedad intelectual de un gobierno federal.
Esa fue la primera vez que pensé que, tal vez, estaba masticando más de lo que podía digerir.
