LXXVIII
El Circo de la Luna Muerta
Tokio, 17 de noviembre de 1992, 05:36p.m.
El desconocido del cabello rubio iba a abrir la boca, cuando Saori se soltó con un movimiento violento de sus brazos y piernas, y golpeó al sujeto en el bajo vientre. Mientras el hombre se sobaba el abdomen, reveló su verdadera apariencia. Lucía como si perteneciese a un circo, por la ropa estrafalaria y el látigo que colgaba de su cintura.
—¿Quién mierda eres? —demandó Saori, tomando al sujeto del cuello, y alzándolo fácilmente en el aire, tal como lo había hecho con Haruka.
—No… no voy… a… responder… esa… pregunta.
—Ah, es una pena, porque la alternativa es terminar con el cuello roto —dijo Saori sarcásticamente.
—Deberías… poner… más atención… a… tu entorno.
Saori, sin dejar de ejercer su fuerza sobre el hombre de cabello rubio, miró por el rabillo del ojo a Haruka y las demás, y vio que ella y Michiru habían sido atrapadas por otros dos tipos más: uno de cabello rosa y disparado hacia arriba, y el otro… bueno, era un tipo, pero no lucía como uno. Tenía el cabello de color celeste, largo y ondulado, como el del Michiru, pero con una cara andrógina. Su contextura era la única forma de decir que, en realidad, ese sujeto era un hombre.
—Suéltame… o las demás… morirán.
Era la típica encerrona del chico malo. Para cualquier persona, aquella era una situación sin solución, al menos una que no implicara acceder a las demandas de quien amenazaba. Pero Saori había estado numerosas veces en la misma situación, mientras batallaba contra los Desterrados en los tiempos de la Atlántida, y más recientemente en la década de los sesentas. Lo peor que podía hacer era ceder.
El hombre del cabello rubio presentía que aquella chica del cabello largo y plateado iba a soltarlo. Y, de hecho, lo hizo, pero no esperó que un brillo plateado brotara de su cuerpo. Los otros dos tuvieron que hacer visera con las manos para protegerse de la luz, mientras sostenían a sus rehenes.
Para cuando el brilló cesó, el hombre del cabello rubio sintió que sus pies tocaban el suelo, y los otros dos pudieron ver más apropiadamente, solamente para percatarse de que ya no tenían a sus rehenes en sus manos. Aparte de todo eso, había una mujer que se parecía a Saori, pero que usaba un uniforme bastante extraño.
—¿Quién demonios eres tú? —preguntó el hombre del cabello rubio, mirando como un poseso a la chica del cabello plateado.
—Tu peor pesadilla —dijo Sailor Silver Moon, esgrimiendo un puño en contra de su oponente—. Te aconsejo que te vayas a la mierda, y no vuelvas.
—Lo siento, pero no podemos hacer eso. Nosotros, el Trío de Amazonas, tenemos una misión que cumplir. Pero antes de que acabemos contigo, seas quien seas, déjanos presentarnos. Yo soy Ojo de Tigre, el del traje anacrónico es Ojo de Águila, y el sujeto que parece emplear un chaleco salvavidas es Ojo de Pez. Nosotros te recomendamos que te hagas a un lado mientras hacemos lo nuestro. Será más fácil para ustedes, y más fácil para nosotros. Opónganse, y haremos esto por las malas.
—Lo mismo digo yo —gruñó Sailor Silver Moon, haciendo un gesto para que los tres la atacaran al mismo tiempo. Pues, eso hizo el Trío de Amazonas.
Al principio, Sailor Silver Moon parecía ser capaz de luchar contra los tres al mismo tiempo, porque, en el primer ataque, sus oponentes quedaron en el suelo, y les costó mucho trabajo ponerse de pie. No obstante, cuando ellos comenzaron a emplear sus poderes, Sailor Silver Moon vio que la pelea no iba a ser tan simple. Esquivaba ataques y lanzaba los suyos, pero ellos eran muy ágiles también, y sus poderes tendían a dar en el blanco, lo que iba agotando cada vez más a Sailor Silver Moon. Ella sabía que iba a encontrarse con oponentes que rivalizaran con sus habilidades, y juzgó que su mejor apuesta era apoyarse en su experiencia de combate.
Mientras aguantaba la lluvia de ataques por parte del Trío de Amazonas, vio que sus movimientos defensivos, aunque rápidos, eran un tanto torpes y aleatorios, típicos de una persona con poca experiencia en el campo de batalla. Eso los hacía fácilmente manipulables. Pues, Sailor Silver Moon decidió emplear un ataque de área, de forma que los tres se vieran obligados a esquivarlo. La lógica dictaba que tratarían de alejarse lo más posible del daño, y fue de esa forma en que Sailor Silver Moon pilló a Ojo de Pez, a quien golpeó con tanta fuerza que atravesó su cuerpo de extremo a extremo.
Uno menos. Quedan dos.
A continuación, Sailor Silver Moon empujó el aire cercano con ambas manos, a sabiendas que los otros dos iban a evadir el ataque arrojándose hacia los lados. Ojo de Águila, mientras rodaba por el suelo, usó su lanzallamas para tratar de hacerle algún daño a Sailor Silver Moon, pero ella había contado con que él hiciera semejante movimiento, y se aproximó a él, dando vueltas como una peonza, generando corrientes rotatorias de aire que fueron contrarrestando el fuego. Al final, cuando Sailor Silver Moon estuvo frente a Ojo de Águila, alzó ambos brazos al cielo de forma violenta, y Ojo de Águila salió eyectado hacia el cielo, cayendo treinta segundos más tarde, impactando contra el concreto y machacándose la cabeza, dejando un reguero de restos de humanidad en la plaza.
Ojo de Tigre se quedó paralizado al ver que sus dos compañeros habían perecido a manos de aquella misteriosa guerrera. Creía que no iba a dar tanta pelea, viendo que sus poderes parecían tener efecto sobre ella, pero jamás esperó que una mujer tuviera tanta habilidad en una pelea.
—¿Quién… quién eres? —tartamudeó Ojo de Tigre, viendo que su oponente se acercaba cada vez más a él.
—No sé de dónde mierda vienes o qué es lo que quieres, pero mientras yo esté aquí, lo único que obtendrás será una golpiza.
Ojo de Tigre no dijo nada. Su boca temblaba. Miraba con ojos desorbitados a Sailor Silver Moon, como si estuviera enfrentando a un monstruo terrible cuya derrota era imposible. Tragó saliva cuando Sailor Silver Moon dio dos zancadas y volvió a tomarlo por el cuello, claro que con menos fuerza, para que pudiera hablar con un poco más de fluidez.
—¿De dónde vienes? ¿Qué es lo que quieres? ¿Qué mierda intentaste hacer conmigo? Respóndeme, o voy a apretarte el cuello tan fuerte que te separaré la cabeza del cuerpo. ¡Habla, ahora!
—¡Por favor, hablaré, hablaré, pero suéltame! ¡Te lo ruego!
Sailor Silver Moon soltó a Ojo de Tigre, y él tosió, sobándose el cuello.
—Date prisa.
—Nosotros veníamos del Circo de la Luna Muerta —dijo Ojo de Tigre cuando hubo recuperado la respiración normal—. Fuimos enviados para encontrar a una persona importante para nosotros, pero él se esconde en los sueños de la gente, por lo que no podemos buscarlo de la forma en que se busca normalmente a alguien. Para eso, nos metemos en la fuente de los sueños de las personas, lo que denominamos "Espejo de los Sueños". El proceso no es fatal, pero puede llegar a ser doloroso.
—¿Y qué quieren hacer con ese sujeto al que están buscando?
—Lo que pasa es que ese individuo robó un tesoro bastante preciado para nosotros. Lo llamamos el Cristal Dorado, y es la responsable de nuestro aspecto. Si miras los cuerpos de mis compañeros, verás que tengo razón.
Sailor Silver Moon miró alrededor, y notó que los cuerpos de Ojo de Pez y Ojo de Águila se habían transformado en un pez y un águila respectivamente.
—Todos en el circo tenemos un aspecto terrorífico por la ausencia de ese cristal —continuó Ojo de Tigre, sin darse cuenta que Rini tenía el ceño fruncido—. Seguramente, el sujeto al que estamos buscando no sabía que podía ocasionarnos este daño, y es por eso que lo estamos buscando. Te aseguro que no queremos hacerle daño. Solamente queremos que nos devuelva el cristal.
Sailor Silver Moon se llevó una mano al mentón, mientras que Rini se acercaba a ella, con la intención de decirle algo. Sin embargo, ella no parecía querer que Ojo de Tigre se enterara, porque pidió que Sailor Silver Moon se inclinara para que Rini pudiera hablarle al oído. Ojo de Tigre hizo un ademán para detener a Rini, pero bastó una mirada de Sailor Silver Moon para detenerlo.
Cuando Rini hubo acabado, Sailor Silver Moon arrugó el entrecejo y agarró nuevamente a Ojo de Tigre por el cuello, pero no fue tan benevolente como la última vez.
—Eres un mentiroso de mierda —dijo, taladrando con la mirada a Ojo de Tigre, y él supo que iba a morir muy pronto—. Hubiera sido un cuento muy bonito, de no ser porque ustedes quieren el Cristal Dorado para que no tengan ninguna oposición en apoderarse de los sueños de la gente, ¿o me equivoco?
Ojo de Tigre no podía decir nada. Sentía cómo la mano de Sailor Silver Moon apretaba con más y más fuerza, hasta que su visión se apagó por completo, y dejó de sentir. Sailor Silver Moon acababa de triturar su médula espinal, matando a Ojo de Tigre en el acto. Sabiendo lo que venía a continuación, Sailor Silver Moon arrojó el cuerpo al suelo, viendo cómo se transformaba en un tigre.
Cuando el peligro hubo pasado, Haruka y Michiru se acercaron a Sailor Silver Moon. Michiru lucía impactada, y Haruka tenía una expresión de completa desaprobación en su cara.
—¿Era necesaria tanta violencia? —le espetó Haruka, y Sailor Silver Moon sintió ganas de molerla a golpes—. ¿No viste que había menores de edad presentes? Ni siquiera te preocupaste de Rini y Hotaru. Quizás qué secuelas tengan después de ver las barbaries que hiciste.
—Bah, no me vengas con psicología barata —repuso Sailor Silver Moon, retornando a su forma normal—. Ellas también son Sailor Senshi. Tienen que acostumbrarse a ver el lado feo de la vida, te guste o no.
—Esa es su forma de pelear —dijo Rini, quien no parecía para nada escandalizada por lo que había visto—. Tengan en cuenta que yo misma he pasado por situaciones horribles. Y creo estar en lo correcto al hablar por Hotaru también.
Haruka y Michiru miraron a Hotaru a la cara, y vieron que ella, aparte de sonreír, tenía un ligero rubor en las mejillas.
—Pero… —iba a protestar Haruka, pero Saori la calló.
—Ahí lo tienes —dijo, plantándose delante de ella, mirándola hacia abajo—. Lo dice alguien que trató de matar a las Inner Senshi sin saber lo que estaba haciendo. Considérense afortunadas de que no hayan tenido que pasar por ese infierno.
Saori dio media vuelta, y Rini la siguió, dejando solas a Haruka, Michiru y Hotaru. Esta última se había quedado mirando a Rini, pensando en las palabras que había dicho, como si guardasen una enorme significancia para ella.
Ninguna de las presentes notó el ojo alado que tomó vuelo desde una cámara de seguridad montada en un poste.
Tokio, en ese mismo momento
Amy llegó a su departamento con el ánimo por el suelo. Entró arrastrando los pies, dejando su morral sobre el sillón y sentándose sobre éste, hundiendo la cara entre sus manos, aguantando las ganas de llorar. Durante el trayecto a su departamento, se había dedicado a comprobar toda la información que le había llegado, tratando de determinar si ésta era verdadera o no. Por desgracia, todo lo que había visto era fidedigno, lo cual explicaba el estado en el que había terminado con la cara entre sus manos, sentada en un sillón, reprimiendo las lágrimas.
Cuando Saeko Mizuno apareció en la sala de estar, Amy se puso de pie y se plantó delante de su madre, con una mezcla de enojo y tristeza ensombreciendo su cara.
—¿Por qué no me dijiste quiénes eran mis verdaderos padres? —preguntó Amy, tratando de mantener la calma en una situación en la que era imposible hacerlo.
Saeko Mizuno tragó saliva. No tenía idea de cómo Amy había descubierto que ella era su madre adoptiva. Por fortuna, sabía precisamente qué tipo de respuesta darle. Después de todo, era una verdad tácita cuando se trataba de la familia.
—Amy —comenzó su madre, tomándola por los hombros y dedicándole una sonrisa—, eres una chica brillante, y sé que es mejor no preguntar cómo obtuviste esa información, pero créeme cuando te digo que la respuesta siempre ha estado delante de ti.
—¿De qué hablas?
—Hablo de que tus verdaderos padres son aquellos que se quedan contigo, que te crían, te apoyan y te ven crecer y convertirte en la persona que quieres ser. No creo que sea justo decir que tus padres biológicos no lo habrían hecho mejor que nosotros, pero no hay forma de saberlo. Los encontré muertos en una residencial en Ciudad de México a finales de los setenta, y a ti te hallé sobre una cama. Solicité a la policía federal que pudieran facilitarme los trámites de custodia de ti, y, después de seis meses, me la otorgaron. Desde ese entonces que me hecho cargo de ti.
Amy miraba a su madre como si se tratara de una persona a la que no conocía. No era que no agradeciese sus cuidados, pero consideraba que era lo suficientemente madura para saber la verdad. Además, ella tenía claro todo lo que le había dicho su madre. Era otro el asunto.
—Eso lo sé. Lo que no entiendo es por qué no me dijiste la verdad. Me merezco saberlo.
—Amy, tú te mereces la verdad, pero no era tiempo de decírtelo aún. —Saeko Mizuno tomó por el hombro a Amy y la conminó a que tomara asiento junto a ella, sobre el sillón—. Solamente tienes catorce años. Tienes que entender que la verdad puede llegar a ser algo peligroso si no se tiene cuidado con ella, especialmente cuando se trata de personas que no son capaces aún de dimensionar las consecuencias de saber cosas antes de tiempo.
—¡Eso es basura! —exclamó Amy, poniéndose de pie nuevamente, y Saeko miró a su hija con desconcierto—. Son ustedes, los adultos, quienes siempre están subestimando a los menores. ¿Acaso no te has puesto a pensar en que mientras más esperas para decir una verdad como esa, más daño terminas haciendo? Tenías que habérmelo dicho antes, mientras mi mente siguiera siendo flexible.
—Eso no lo sabes, Amy.
—¡Claro que lo sé! —exclamó Amy, sin percatarse que se estaba poniendo colorada a causa de la rabia—. ¡Lo sé porque siempre estoy leyendo sobre el tema! ¡Tal vez te hace falta un poco más de lectura, a ver si entiendes de una vez por todas que…!
Amy no alcanzó a terminar de hablar, porque su madre le había asestado una bofetada. Amy se llevó una mano a la mejilla, mirando a su madre como si fuese una cualquiera.
—No voy a permitir que me faltes el respeto de ese modo.
—¿Cómo te voy a respetar? —replicó Amy, con los puños crispados y una expresión más propia de Saori que de ella misma—. ¡Ni siquiera eres mi verdadera madre! ¡Y más encima, me mentiste al respecto!
—¡YA BASTA! —rugió Saeko Mizuno, y Amy volvió a quedarse callada—. Primero tienes sexo a escondidas, y ahora vienes con esto. Estás castigada por un mes. No vas a salir de esta casa bajo ninguna circunstancia, salvo cuando vayas al colegio. Nada de juntarse con tus amigas o con cualquier otra persona. Y me vas a pasar esa computadora que siempre usas.
Pero Amy ya no lucía como la chica insegura y tímida que siempre había sido. Había un brillo en sus ojos que se asemejaba bastante a rebeldía.
—Tú no me vas a imponer ningún castigo —dijo Amy, dándole la espalda—, y ciertamente no me vas a quitar nada. Tu pecado fue más grave que el mío, y ni siquiera te dignaste en ser honesta conmigo. Quien debería darte un castigo soy yo. Ahora, si me disculpas, tengo algo que hacer, y ni tú ni nadie me va a detener.
Saeko no pudo reaccionar al ver que su propia hija se comportaba como nunca lo había hecho en toda su vida. Mientras veía con ojos vidriosos cómo Amy salía del departamento, pensaba en si habría sido mejor decirle la verdad antes. Tal vez, Amy tenía razón. Había causado un dolor inmenso en ella darse cuenta que todo lo que sabía sobre su familia era una mentira. Ni siquiera le había prometido decirle todo cuando fuese mayor, pues cada vez que Amy había hecho la misma pregunta, a lo largo de cinco años, ella había evitado responder. Todo había comenzado cuando Amy notó que el color de ojos de su madre no era el mismo que el de ella. Aquello había sembrado las primeras dudas en Amy sobre si Saeko era su madre biológica o no. Y ella no había hecho nada mejor que ignorar la creciente curiosidad de su hija.
Santo Dios, ¿qué he hecho?
Mientras tanto, a dos cuadras del edificio de departamentos, Amy se dirigía a la residencial donde vivía Saori. De pronto, ambas tenían un objetivo en común.
Tokio, diez minutos después
En el interior de la inmensa carpa que alojaba al Circo de la Luna Muerta, el ojo alado entró por el techo, volando por encima del elenco del circo, quienes practicaban para la función del día siguiente, y se posó sobre el cayado de una mujer con más arrugas que una pasa. Su piel era de un desagradable color púrpura pálido y era tan alta como un joven de trece años. Su espalda estaba bastante encorvada, pero eso no parecía preocuparle mucho. De hecho, prestaba más atención a lo que fuese que le estaba comunicando el ojo alado.
—Ya veo —dijo Zirconia con una voz de abuela desprovista de cualquier calidez—. Esos buenos para nada no pudieron contra esa joven del uniforme gris. Aunque me parece raro que esa chica no le hubiera creído a Ojo de Tigre. —Zirconia siguió examinando las imágenes que el ojo alado le mostraba, frunciendo el ceño al ver que esa chica del cabello plateado había hablado después de que la niña del cabello rosado le hubiese hablado al oído—. Ja. Esa niña debe saber el paradero del Pegaso. Seguramente se le apareció en sueños.
Zirconia dio cuatro golpes con su cayado en el suelo, y, de forma inmediata, cuatro niñas aparecieron frente a ella. Tenían peinados muy extravagantes y sus ropas eran casi inexistentes. (89)
—Encuentren a esa niña y tráiganmela a mi presencia —dijo Zirconia, mostrándoles la imagen de Rini a las cuatro chicas.
—Lo haríamos, si no fueses una vieja amargada —dijo la del cabello rojo.
—¿Están diciendo que no lo harán?
—De acuerdo, de acuerdo —dijo la del cabello verde—. Solamente bromeábamos.
—Ten un poco de sentido del humor —añadió la del cabello celeste, quien tenía una voz muy aguda.
A Zirconia le temblaba el labio mientras veía al cuarteto alejarse de ella. No estaba segura de si cumplirían con su objetivo o jugarían con él, pero no tenía otra opción. Lo positivo de todo el asunto era que, pese a la ineptitud del Trío de Amazonas, ellos habían, de forma inadvertida, revelado el paradero del Pegaso, y, por ende, del Cristal Dorado.
(89) En este fic se tomará la postura del manga, donde el Cuarteto de Amazonas se convierte en las guardianas de la Pequeña Dama, el Sailor Quartetto.
