LXXIX
El Cuarteto de Amazonas

Tokio, 18 de noviembre de 1992, 03:10p.m.

Yusuke no tenía más trabajo para Saori ese día, por lo que la dejó libre antes de la salida normal del trabajo. Sin embargo, no pasaron más de diez minutos cuando ella se encontró con Molly, la mejor amiga de Serena. Lucía meditabunda por alguna razón.

—Eres Saori, ¿verdad?

—¿Qué quieres?

Molly tragó saliva. Sabía, por boca de Amy, que Saori era una mujer bastante frontal y brusca, pero no esperó experimentar su brusquedad apenas encontrarse con ella por primera vez.

—Bueno… la verdad es que quería pedirte algo de ayuda —dijo Molly, quien, pese a que trataba de mirar a Saori a los ojos, los evitaba como si de ellos brotaran rayos letales—. Lo que pasa es que Serena está actuando muy extraño últimamente. Descuida las clases… bueno, más de lo habitual, y cuando no está en el colegio, va a ese local de helados y no sale en varias horas. Y lo más raro es que no están sus amigas con ella, ni siquiera su novio.

Saori se quedó mirando a Molly como si ella le acabara de informar que la Tierra era redonda.

—No te has enterado de las últimas noticias, ¿verdad? —dijo, y Molly volvió a evitar la mirada de Saori—. Unos políticos de mierda se las arreglaron para engañar a las Sailor Senshi, y ahora ni siquiera pueden transformarse sin perder, literalmente, la cabeza. ¿O dime que no has notado esas cosas de metal que tienen en sus cuellos?

—¿Qué son?

—Son bombas activadas de forma remota. Tienen sensores que detectan cuando una Sailor Senshi se transforma. Yo, Rini y tú somos las únicas que no tenemos esas cosas.

—¿Y qué hay de las Sailor Gems?

—También fueron engañadas —respondió Saori con un gruñido—. Así que, de momento, no tienes guardianas que te protejan. Y más encima, hay un grupo de idiotas que dirigen un circo y quieren apoderarse de un Pegaso que tiene un cristal dorado. Lo único que podemos hacer es proteger a Rini, porque ella sabe dónde está ese animal, y lo más probable es que el enemigo ya tenga esa información.

Molly se quedó helada con lo que le había dicho Saori. Ser la princesa del Reino de Cristal de pronto ya no resultaba ser tan glamoroso. Además, como Sailor Jade, tenía el deber moral de ayudar a la Tierra con sus problemas, dado que su madre había discurrido por el camino opuesto, y Molly no quería terminar como Polaris.

—Te ayudaré, pero necesitaré cierta ayuda para hacer esto —dijo Molly con una mirada suplicante—. No tengo tu experiencia de combate, y las demás han hecho esto más veces que yo. Soy consciente de mis poderes, pero no de cómo usarlos de la mejor manera.

—Bien. Yo voy a darte algunos consejos. Pero, para empezar, deja de preocuparte por Serena. A ella no le pasa nada extraño. Solamente volvió a ser la chica que era antes de descubrir que era una Sailor Senshi. Lo mismo va para Lita y Mina. Amy al menos está tratando de ayudar en lo que pueda, y no he sabido nada de Rei últimamente. De las Outer Senshi, Hotaru es la única dispuesta a hacer algo, y tus guardianas se fueron a ayudar a un periodista a investigar algo relacionado con un acelerador de partículas.

Saori apenas terminó de hablar, vio a Amy correr a toda velocidad hacia ella. Tenía una expresión furibunda en su cara, como si alguien le hubiera ofendido gravemente.

—¿Qué mierda te pasa? —le preguntó Saori cuando Amy se plantó frente a ella.

—¿Quieres ir de viaje? —dijo Amy, sin preámbulos, pillando a Saori con la guardia baja.

—¿Dónde?

—A Washington —contestó Amy, sacando su computadora de bolsillo y mostrándole un punto que destellaba en el mapa en pantalla—. Ahora sé dónde podemos encontrar a Herbert Dixon, y acabar con él de una vez por todas.

Saori arqueó una ceja.

—¿Por qué diablos quieres matarlo?

—Tengo mis razones —repuso Amy con aspereza, y Saori arqueó ambas cejas. No formaba parte de su personalidad hablar de esa forma, ni tampoco ocultar cosas—. ¿Me quieres acompañar? Sé que has querido ponerle las manos encima a Herbert desde hace tiempo, ¿o me equivoco?

—Amy, aprecio que me des una oportunidad para hacer mierda a ese canalla, pero no puedo hacerlo en este momento. Es posible que Rini se encuentre en peligro.

Pero dio la impresión que a Amy no le importaba demasiado la seguridad de Rini.

—¿Me estás diciendo que no me vas a ayudar?

Saori le puso ambas manos sobre los hombros a Amy.

—¿Qué parte de "es posible que Rini se encuentre en peligro" no entendiste? —gruñó Saori con una voz peligrosa que, cosa curiosa, no amedrentó a Amy—. No sé que rayos te pasó para que, de repente, quieras emprender una misión de venganza contra Herbert, pero, al menos para mí, Rini es más importante. Lo que realmente necesito de ti son las coordenadas del centro de control de los collares. Si las tienes, podrías entregármelas y acabar con el yugo que las tiene sin poder transformarse.

—Si aceptas ayudarme con Herbert, te pasaré las coordenadas —dijo Amy con una voz perentoria—. De otro modo, olvídalo.

Saori gruñó y le asestó un golpe suave en el cuello a Amy, dejándola inconsciente en segundos. Molly vio con consternación cómo Saori tomaba la computadora de bolsillo de Amy y abría el archivo que tenía las coordenadas del centro de control. Sin embargo, en lugar de copiar el archivo, cosa que requería un cociente intelectual más alto que el que Saori tenía, le tomó una fotografía a las coordenadas con su teléfono. Después las ingresaría al navegador integrado del teléfono para obtener la ubicación exacta del centro de control.

—¿Así es como obtienes las cosas? ¿Golpeando a las personas? —Molly miraba a Saori con desaprobación, a raíz del golpe que le propinó a Amy.

—A veces es la única forma de conseguir algo —repuso Saori, sin importarle en absoluto la forma en que Molly la miraba—. Más adelante vas a darte cuenta que hay gente, incluso entre tus propios amigos, que no van a entender con palabras. Tampoco es que le haya hecho daño con mi golpe. Solamente le di en un punto sensible. Cuando despierte, sentirá una jaqueca de aquellas, como si tratara de caminar después de una punción lumbar (90), pero durará poco. Ni siquiera recordará que le hice algo.

—Eso no lo hace correcto.

—Lo que tú digas. Ahora, si quieres serme de ayuda protegiendo a Rini, tendrás que dar rienda suelta a tus poderes. No puedes estar preguntándote a cada rato si lo que estás haciendo está bien o no. Con tus amigos quizás puedas hacerlo, pero ten por seguro que a tus enemigos les importa una mierda si matan gente o no. Cuando estés combatiendo a oponentes sin moral, no debes dudar en usar toda tu fuerza y todos tus poderes.

—¿Y si hay inocentes en medio del combate?

—¿Por qué mierda crees que peleamos? Para proteger al inocente. Sin embargo, en algún momento, vas a matar, sin querer, a un civil. Es inevitable en nuestra línea de trabajo. Pero eso no debe detenernos. Debemos concentrarnos en hacerlo mejor la próxima vez.

Molly no hizo ninguna pregunta más. Saori miró el cuerpo de Amy, y decidió que era mejor que Molly cuidase de él.

—Quédate con ella hasta que despierte. Cuando lo haga, reúnete conmigo en casa de Serena. Asumo que sabes dónde vive.

Molly asintió con la cabeza.

—Bien. Recuerda. Nada de resistirse a usar tus poderes al máximo contra tus enemigos.

Y Saori dio media vuelta, caminando a paso brusco hacia el paradero de bus más cercano.

Washington, 18 de noviembre de 1992, 01:11p.m

Herbert Dixon nunca había entendido la costumbre del ser humano por salir de fiesta. De hecho, la única vez que había tirado una cana al aire fue en Honolulu, en 1941, justo antes de la invasión a Pearl Harbor, cuando Patrick Knoxville le había convencido de pasar un buen rato con una chica (91). Desconocía qué había sido de Rita o si había habido "consecuencias" de lo que pasó en aquella playa, pero no podía decir que le importara demasiado. Había suficiente en juego en ese momento que no se podía permitir ninguna arrancada a ninguna parte.

Fue cuando recibió la videollamada.

A Herbert le parecía extraño que alguien pudiera atravesar los cortafuegos que tenía instalados en todos sus sistemas, pero la mujer de unos cincuenta y tantos que le miraba fijamente a los ojos lucía como alguien que podía meterse en una red segura sin muchos contratiempos. Por supuesto, Herbert sabía quién era ella. Se trataba de la legendaria líder de la Vanguardia de Ares, Cora Dixon, mejor conocida como Medusa.

—Herbert Dixon, un honor conocerte —dijo Cora, sin ningún tipo de sarcasmo en su voz—. El secreto mejor guardado de Richard Helms.

—Dudoso honor —repuso Herbert, lo que hizo que Cora arqueara una ceja—. Por cierto, buen trabajo con Manuel Escudero. Oí que se suicidó hace un par de meses atrás. Desacreditado por todas partes.

—Era la idea —dijo Cora, cambiando su expresión por uno menos casual—. Primero que nada, debo pedirte disculpas por los robos de algunos… componentes para mis misiones. No teníamos forma de contactarte, al menos hasta hace poco. Adquirimos cierta… tecnología que nos permite entrar en cualquier sistema. Esos dos millones de dólares valieron mucho la pena.

Herbert Dixon había escuchado sobre un algoritmo que había convertido en los cortafuegos actuales algo del pasado, el cual estaba en posesión de uno de los funcionarios de la NSA, y se imaginó que debió haber abandonado la organización, con la perspectiva de ganar mucho más que trabajar averiguando secretos de otros países, o de carteles mafiosos. Cualquier tipo con dos dedos de frente lo haría (92).

—¿Qué quieres?

—Creo que el tiempo ha llegado para que ambos unamos fuerzas para lograr un fin común.

Herbert arqueó una ceja.

—Tu fin es la guerra —dijo, tomando asiento frente a la pantalla—. No podríamos tener objetivos más diferentes.

—¿Y qué es lo que quieres lograr?

—Mi meta es crear un mundo nuevo

—Bueno, es algo que una guerra puede conseguir muy bien —dijo Cora, encogiéndose de hombros—. Te conozco, Herbert, y creo estar en lo correcto en que harías lo que fuese por lograr tu mundo nuevo, aun cuando eso implique derrumbar el anterior. Y, viendo como están las cosas actualmente, creo que es la única solución posible.

—Me conoces bien, aparentemente.

—Sin embargo, cualquiera sea tu plan, se va a terminar sabiendo, eventualmente. Para evitar eso, es conveniente que el mundo esté convenientemente distraído, de modo que jamás sepa siquiera que hay un plan. De nuevo, eso es algo que una guerra puede hacer muy bien. Mientras finalizas los últimos detalles de tu plan, voy a dedicar todos mis recursos para crear la mayor distracción jamás vista en la historia de la humanidad.

Herbert lucía escéptico con la oferta de Cora.

—Vas a necesitar muchos recursos, los cuales dudo que tengas.

—Por favor, Herbert, ¿por quién me tomas? Con esta nueva pieza de software que tengo en mi poder, puedo obtener todos los recursos que quiera. Tú ya diste un paso bastante importante en esta guerra que quiero librar, y he visto lo suficiente de lo que está pasando en Estados Unidos para no ver tu mano en la creación de armas basadas en los poderes de las Sailor Senshi. Visto lo visto, tú también quieres desatar una guerra.

—No —repuso Herbert, cruzándose de piernas—. Lo que intento hacer es demostrar que lo que estoy haciendo no solamente es necesario, sino que inevitable. Así que… sí, tienes razón en que estoy dispuesto a borrar los cimientos de este mundo para erigir unos nuevos. Si realmente crees ser capaz de obtener los recursos para librar tu guerra, entonces encontrarás a un aliado en mí.

—No esperaba menos de ti —dijo Cora, sonriendo por primera vez en lo que iba de la videollamada—. Bueno, tengo asuntos que atender, así que… me imagino que nos veremos luego… padre.

Herbert sintió cómo sus entrañas se retorcían cuando escuchó a Cora decir su última palabra. Se puso de pie, incapaz de decir nada en absoluto. Miraba la pantalla, la que solamente mostraba un fondo aleatorio, como si todavía pudiese ver la imagen de Cora Dixon allí. Era como si hubiera viajado a otra dimensión, pues le costaba mucho trabajo creer que, en algún momento de su vida, hubiera sido padre…

Rita.

De pronto, Herbert soltó una carcajada. Pero era una carente de alegría. Se trataba de una risa sarcástica. Después de todo, sí había habido consecuencias de su único momento de entretención en toda su vida.

Tokio, 18 de noviembre de 1992, 04:47p.m.

Cuando Saori llegó a la casa de Serena, supo que había tenido razón al pensar que el Circo de la Luna Muerta iba a tratar de secuestrar a Rini. El segundo piso se encontraba en llamas, y vio a Serena y a su familia escapar de la casa como si detrás viniese un demonio horripilante. Saori suspiró de alivio al ver que Rini se encontraba a salvo, aunque no podía explicar por qué estaba inconsciente en los brazos de Ikuko. Al tanto de que podía toparse con enemigos, Saori se escabulló detrás de la casa y se transformó.

Cuando Sailor Silver Moon apareció nuevamente en la escena, vio que un grupo de cuatro chicas abandonaba la casa, persiguiendo a Serena y a su familia. Actuando rápidamente, Sailor Silver Moon se interpuso entre la familia y las agresoras, cruzándose de brazos.

—Lo siento. Hasta aquí van a llegar.

—¿Y quién lo dice? —preguntó la del cabello rosado, quien parecía ser un poco más madura que las demás.

—Soy Sailor Silver Moon —dijo ella, sin dejar de adoptar su postura desafiante—. Y me imagino que ustedes vienen de ese circo de mierda.

—Así es —dijo la del cabello rosado, poniendo los brazos en jarras—. Soy Cere-Cere. La del cabello celeste es Para-Para, la pelirroja es Ves-Ves, y la de verde es Jun-Jun. Somos el Cuarteto de Amazonas.

—¿Más de ustedes? —dijo Sailor Silver Moon, poniendo cara de asco—. Ayer derroté a un Trío de Amazonas. Si quieren el mismo tratamiento, vengan a pelear conmigo, mocosas de pacotilla.

—Eres bastante grosera —dijo Jun-Jun, arrugando el entrecejo—. Me gusta.

—E ignorante —añadió Ves-Ves, dando un paso en dirección a Sailor Silver Moon—. Ya verás que te daremos una lección.

—¡Nos vamos a divertir bastante! —exclamó Para-Para con una voz chillona que no envidiaba a la de Serena—. ¿Te gusta el billar? A mí sí, ¡no sabes cuanto!

Para-Para sacó una bola de billar de color celeste desde su espalda, aparte de un palo alargado. La bola se sostuvo en el aire sin ayuda, mientras que Para-Para maniobraba el palo, y Sailor Silver Moon notó que hacía muchas florituras con éste. Principiante se dijo, antes de avanzar como un rayo y golpear en el bajo vientre a Para-Para, inmovilizándola. Luego, extendió ambos brazos, y ella quedó como estampilla en una pared de concreto, mientras que Sailor Silver Moon regresaba a su posición rápidamente. Tanto Cere-Cere como Ves-Ves y Jun-Jun se quedaron de piedra al ver el actuar de su oponente.

—Eres muy fuerte —reconoció Cere-Cere, dejando de poner los brazos en jarras—. Tendremos que usar todas nuestras fuerzas, y en conjunto.

Para-Para regresó con las demás, frotándose la cabeza y luciendo como si hubiera cometido un error tonto.

—Ay, ay, ay, eso me dolió.

—Eso te pasa por no jugar en equipo —le reprochó Cere-Cere—. Ahora, ataquemos todas a esta impertinente.

Las cuatro imitaron los movimientos de Para-Para, aunque no hicieron demasiadas ceremonias. Sailor Silver Moon, por otra parte, esperaba que ellas no se demoraran mucho en atacar, y decidió emplear una técnica de área. Tampoco perdió mucho tiempo en hacerlo. Solamente giró con los brazos extendidos, cada vez más rápido, hasta que su cuerpo fue envuelto por un tornado. El Cuarteto de Amazonas atacó a Sailor Silver Moon, pero sus bolas de billar fueron repelidas por los vientos. Un par de segundos más tarde, las corrientes de aire eran tan fuertes que el Cuarteto de Amazonas quedó atrapado en el embudo, luciendo como muñecas de trapo.

Sailor Silver Moon dejó de girar, y las cuatro cayeron al suelo, apenas conscientes. Sabiendo que no debía darles ninguna oportunidad de recuperarse, se acercó a Ves-Ves, la más cercana a ella, y le propinó un golpe tan fuerte que la dejó inconsciente y con una fractura de cráneo. Iba a encargarse de la segunda amazona, cuando sintió algo pequeño y duro colisionar con su espalda, enviándola al suelo. Sin embargo, apenas se puso de pie, otro golpe le dio en la cabeza, y le comenzó a dar vueltas. Furiosa, Sailor Silver Moon, golpeó el suelo con sus dos puños, haciendo temblar el pavimento y las tres amazonas que quedaban perdieron en equilibrio y cayeron al suelo, lo que le dio tiempo a Sailor Silver Moon para incorporarse (a duras penas) y finalizar el trabajo.

No obstante, mientras se acercaba a Para-Para, ella desapareció de golpe de su lugar. Sailor Silver Moon miró a su alrededor, y vio, para su consternación, que todas ellas ya no estaban. Seguramente fueron transportadas desde el circo, de forma que no pudieran ser neutralizadas.

Si tanto valoran sus vidas, ellas deben ser sus ases bajo la manga. Si las derroto, ese circo de porquería ya no volverá a molestar a Rini.

Volviendo a su forma normal, Saori fue en busca de Serena y su familia, ignorando una vez más al ojo volador apostado en el techo de la casa, mientras se escuchaban las sirenas de los carros de bomberos que venían a apagar el fuego.


(90) La única vez que me hicieron una punción lumbar fue para descartar una meningitis viral. Pese a que nunca traté de ponerme de pie, sí pasa que te da una jaqueca terrible, por lo que siempre es recomendable permanecer acostado por cinco horas, a lo menos. Al menos eso fue lo que me dijo el neurólogo.

(91) Ver capítulo 17 de "Lo que hay detrás de la cortina" para más detalles sobre la aventura de Herbert Dixon.