LXXXI
Helios y la Pequeña Dama
Tokio, 18 de noviembre de 1992, 08:11p.m
Afortunadamente, los daños en la casa de Serena no fueron demasiado graves, debido a la prisa con la que los bomberos llegaron a la escena del incendio. El fuego se había concentrado en la cocina, por lo que la mayoría de los muebles y artículos eléctricos fueron destruidos. El daño fue avaluado en ciento cincuenta mil yenes, y Kenji había sido lo suficientemente previsor para contratar un seguro. Sin embargo, mientras duraran las reparaciones, la familia tenía que trasladarse a otro lugar para vivir por mientras. La familia Tsukino era acomodada (94), por lo que podía costear un alojamiento alternativo. De ese modo, Serena y los suyos arrendaron una casa por diez días, tiempo que iban a durar las reparaciones.
No obstante, ni siquiera el riesgo de haberse quedado sin casa había apartado a Serena de su afán por desconectarse de todo lo que implicaba ser una Sailor Senshi. Ocupaba su tiempo en salir con Darien a varios lugares románticos, y, pese a que él agradecía que Serena tuviese más tiempo para dedicarlo a su relación con él, le insistía en que no rehuyera su rol, y que confiase en Saori para que resolviera el asunto. Era una fortuna que Darien fuese paciente con Serena, porque había ocasiones en las que ella recordaba todo lo que había pasado en aquella fatídica reunión en Nueva York, y su único refugio era él. Darien no tenía problemas en que Serena pasara tiempo en su departamento, y la atendía bien, la consolaba cuando ella estaba triste, y podían pasar horas recostados en la cama, sin hacer nada, simplemente abrazados, hablando de temas casuales.
Aquello era extensivo hacia la mayoría de sus amigas y compañeras. Setsuna podía estar horas abstraída en sus propios asuntos, sin ser capaz de desempeñar su rol. Haruka y Michiru hacían sus vidas normales, al igual que Lita y Mina. Amy esperaba por un pasaje de avión hacia Washington, decidida a encontrar a Herbert Dixon, y Rei seguía brillando por su ausencia. Como el lector podrá imaginar, todo eso tenía a Saori con un humor de perros, porque, aunque fuese la única que podía resolver toda esa situación, no podía hacerlo sin poner en peligro a Rini. Amy no le había entregado las coordenadas del centro de control de las collares por las buenas, y había tenido que golpearla para conseguirlas, cosa de la que no se sentía muy orgullosa que digamos.
En ese momento, Saori estaba de visita en la casa donde vivían los Tsukino, no solamente por convención social, sino que también para asegurarse que Rini no volviera a ser atacada por el Cuarteto de Amazonas. No obstante, cuando Ikuko le preguntó sobre el tema, Saori respondía que era su deber velar por Serena, quien salía cada vez que podía, muchas veces olvidando sus tareas. Pero Saori sabía que, en algún momento, iba a tener que decidir si seguir protegiendo a Rini, o acabar con el yugo de las Sailor Senshi.
Hablando de Rini, ella había cenado temprano y, en ese momento, se encontraba acostada, mirando al techo, vestida con su pijama rosado estampado con conejos. Mientras pensaba en lo que había ocurrido en casa de Serena, escuchó un sonido extraño, lo que la puso en alerta. Pero, al cabo de un rato, vio que nada malo había pasado. Revisando en toda la habitación, vio que un objeto similar a un cáliz había aparecido sobre el alféizar de la ventana. Emitía un leve brillo dorado, y Rini se acercó a éste, luciendo desconcertada, para luego irse de espaldas a la cama cuando escuchó la voz.
—Soy yo —dijo la voz, y Rini se maldijo a sí misma por no haber reconocido aquel timbre de inmediato—. Perdóname por sobresaltarte.
—No importa —repuso Rini, sentándose a la turca sobre la cama—. Agradezco que seas tan gentil conmigo.
—Tienes las maneras de una princesa —dijo el Pegaso, cuya voz sonaba un poco más alegre que la primera vez que había dialogado con Rini, cuando le dijo que era buscado por agentes del Circo de la Luna Muerta—. Hice bien en permanecer a tu lado.
Rini, pese a que agradecía las palabras del Pegaso, aún no entendía por qué el Circo de la Luna Muerta lo buscaba. Tampoco sabía realmente con quién estaba hablando. Porque el que apareciera un Pegaso delante de ti, y que te dijese que se encontraba en peligro, y que, más encima, iba a esconderse en tus propios sueños, no era algo que ocurriera todos los días. Cuando ella hizo patente sus preocupaciones, el Pegaso consideró que le debía aquellas explicaciones a la persona que le protegía de las fuerzas del Circo de la Luna Muerta.
—Me parece justo —dijo el Pegaso, y Rini fijó su atención en el objeto en forma de cáliz—. Bueno, como te podrás imaginar, tengo la forma de un animal mitológico, pero en realidad, soy una persona, y me llamo Helios (95). Soy el príncipe de una tierra lejana, ubicada en otra dimensión, cuyo acceso se encontraba en el reino de la Tierra. Yo y el príncipe Endimión éramos aliados. Él se encargaba de proteger la entrada a nuestra tierra, y nosotros protegíamos sus sueños. Por eso, normalmente no puedo existir en el mundo que ustedes viven, y me comunico con ustedes a través de objetos como el que estás mirando.
—La primera vez que hablaste conmigo, me dijiste que el Circo de la Luna Muerta te buscaba por el Cristal Dorado —dijo Rini, frunciendo el ceño—. Pero, ¿qué es el Cristal Dorado?
—El Cristal Dorado es el objeto al cual llegan todos los sueños de las personas, y permite la existencia de nuestro mundo —explicó Helios, luciendo triste y agotado—. Mientras nuestro mundo exista, podemos custodiar los sueños de la gente, de forma de mantener viva la esperanza en tu mundo. Sin el Cristal Dorado, los sueños pueden volverse pesadillas, y la gente dejará de tener esperanzas, y ésta será reemplazada por el miedo. Prefiero que la gente viva con esperanza antes que con miedo. Y eso es lo que busca el Circo de la Luna Muerta. Quiere apoderarse del Cristal Dorado para que la gente sienta miedo. Y la gente es más fácil de controlar cuando sienten miedo. Creerán lo que ellos quieren que crean, y se someterán a cualquier autoridad.
—¿Y qué es lo que tú quieres?
—Quiero que cada persona sea capaz de decidir su propio destino —dijo Helios, sonando un poco más ansioso—, no que otros decidan por ellos, que es lo que está pasando en tu mundo. Ustedes tienen presidentes, reyes, personas que les dicen a los demás lo que deben hacer, y la alternativa es, a menudo, horrible. Por eso, la gente obedece sin cuestionamientos. Lo único que impide que el mundo sea regido por un tirano es, precisamente, el Cristal Dorado. Sácalo del medio, y todos caerán en las tinieblas. Por eso, Rini, tienes que ser fuerte. Eres lo único que se interpone entre el Circo de la Luna Muerta y el control total sobre la humanidad.
Rini, por mucho que Helios hubiera sonado alentador con sus últimas palabras, sintió un horrible nudo en su estómago. Saber que el destino de toda la humanidad recaía en sus hombros le trajo un susto imposible de cuantificar. No tenía la experiencia, ni el poder, para enfrentar a una organización que, de forma indudable, iba a emplear todos los medios posibles para obtener la victoria, incluso atacar a personas cercanas a ella para tal fin.
—Es… es… demasiado.
—Estoy seguro que puedes con esto —dijo Helios, cuyo tono de voz hacía pensar que estaba sonriendo—. Sailor Moon pudo con esa carga en tres oportunidades, y ella es muchísimo menor que tú.
Rini tragó saliva. Nadie sabía su verdadera edad, salvo las Sailor Senshi de Tokio de Cristal y sus propios padres.
—¿Cómo lo supiste?
—Porque no hablas como una niña de doce años —dijo Helios, soltando una pequeña carcajada. A Rini le sorprendió que, hace solamente minutos atrás, él estuviera preocupado por el destino de la humanidad—. Hablar contigo es relajante.
Rini se puso colorada al escuchar las últimas palabras de Helios.
—Pero… aún no entiendo por qué yo, por qué me escogiste a mí —dijo ella, no sin cierta desesperación en su voz—. ¿Y por qué, después de darme una carga tan pesada, actúas de ese modo?
—Porque hay algo especial en ti, Rini —dijo Helios, retomando su tono serio—. Como ya has podido imaginar, soy capaz de ver los sueños de las personas. Y cuando vi el tuyo, entendí que el poder de tu sueño podía ser capaz de destruir para siempre al Circo de la Luna Muerta.
Rini se quedó en silencio por un rato, dándole vueltas en su cabeza a lo que Helios le había dicho. No recordaba haber tenido un sueño tan poderoso que pudiera acabar con toda una organización. Pero luego entendió que no sabía qué era exactamente lo que le daba poder a los sueños.
—¿Y sabes cuál es?
—No puedo decírtelo, Rini —dijo Helios, sonando apenado nuevamente—. Pero te puedo decir que ni siquiera tú eres consciente de que tienes ese sueño. Es un poco como estar enamorado. No eres consciente de ello, pero puedes sentir que lo estás.
—¿Y te has enamorado alguna vez? —preguntó Rini, colgándose de las palabras de Helios para cambiar de tema, porque el asunto anterior le estaba agobiando bastante.
—Una vez, pero no estoy seguro de si ella me corresponde o no —repuso Helios, en un tono un tanto melancólico, pero de una forma diferente a cuando hablaba del Circo de la Luna Muerta.
—¿Me puedes hablar de ella?
—Es una mujer a la que conocí hace poco —dijo Helios, sonando un poco más animado—, pero no me es posible verla porque ella no forma parte del mundo de los sueños. Es por eso que no sé si me corresponde o no. ¿Qué hay de ti, Rini? ¿Tienes una persona especial en tu vida?
—No, no hay nadie aún. Solamente tengo a Serena y las demás. Pero he estado hablando más con una chica de más o menos mi edad. Necesita amigos, porque perdió a su padre hace poco.
—Lo siento —dijo Helios, sonando apenado nuevamente—. ¿Y cómo se llama esa chica?
—Hotaru Tomoe —repuso Rini.
Helios permaneció en silencio por un largo rato. Rini pensó que se había marchado, al menos hasta que escuchó su voz nuevamente.
—Es una chica con un pasado muy difícil —dijo, tratando de sonar un poco más animado, pues le daba la impresión que estaba deprimiendo a Rini con su forma de hablar, y no quería eso—. Le agradas.
—Lo sé —dijo Rini, pues Hotaru tendía a sonreír más cuando estaba con ella, y hablaba de temas más casuales, alejándose de los tópicos deprimentes—. Es mi amiga.
—Por supuesto —dijo Helios, aunque a Rini le dio la impresión que tenía la intención de decir otra cosa muy distinta—. Has sido una buena persona, cuidando de ella, dándole razones para seguir adelante. En fin, debería irme. No puedo hablar mucho, en caso que el Cuarteto de Amazonas decida atacar de nuevo. Pero, si todo sale bien, mañana podría hacer algo que te anime.
—Seria bueno verlo —dijo Rini, sonriendo al objeto con forma de copa—. Nos vemos.
—Antes de irme, quisiera hacerte un pequeño regalo, en caso que te encuentres en peligro.
Rini vio un destello de color dorado frente a ella, el cual se transformó en una campana, con un mango en forma de corazón.
—Si te ves acorralada, haz sonar esta campaña. Ya verás que tus enemigos lo pensarán dos veces antes de atacarte.
—Gracias —dijo Rini suavemente, y la voz de Helios se dejó de escuchar. No obstante algunas de sus palabras quedaron dando vueltas en su cabeza, como las que hablaban de la persona de la que estaba enamorado, y las que hablaban de su sueño, cuyo poder era capaz de vencer al Circo de la Luna Muerta. No entendía por qué Helios no podía ser más abierto con sus palabras, porque si había algo que podía vencer a sus nuevos enemigos, debía saberlo, ¿o no?
Finalmente, el sueño pudo más que sus elucubraciones, y, lentamente, se quedó dormida.
Washington, 18 de noviembre de 1992, 03:11p.m
Herbert Dixon había permanecido en silencio desde su conversación con Cora Dixon. De todos modos, no todos los días le llegaba la noticia de que tenía una hija sin que él lo supiera. Cora Dixon debía estar en sus cincuentas, lo que coincidía con la fecha en la que había tenido aquella aventura con Rita. No obstante, tenía que sacar en limpio algo muy importante de aquella videollamada, pues Cora había accedido a ayudarle. Si Patrick Knoxville no le hubiera dicho que echara una cana al aire al menos una vez en su vida, no tendría una aliada tan poderosa para lograr lo que había tratado de conseguir desde hace casi ochenta años, cuando Sailor Galaxia se le apareció para decirle que podía darle un uso menos mundano a su fortuna. Cosa curiosa, ella se había convertido en una de sus oponentes. Al parecer, las Sailor Senshi en general tenían la tendencia de convertirse en sus enemigas.
Después de varios minutos de reflexión, llegó a la conclusión de que debía seguir con el plan. Usando el intercomunicador, ordenó a Hawkins a que buscara más datos sobre la oficial que había hecho la denuncia de acoso sexual en contra de Jackson MacArthur. El proceso podía tomar entre una y tres horas, dependiendo de la diligencia con la que su segundo al mando hiciera su tarea. Para su sorpresa, a Hawkins le tomó solamente treinta minutos obtener la dirección de la oficial en cuestión. La información venía incluso con un marcador GPS para que Herbert pudiera localizarla con más facilidad.
—Voy a salir —anunció, abandonando la pecera, en camino hacia la salida del complejo—. Quedas al mando, Hawkins.
—Entendido —repuso el aludido, tomando conocimiento del cambio de mando—. Le mantendré informado ante cualquier novedad.
Herbert salió del complejo, aspirando una gran bocanada de aire fresco. Hace rato que no salía de su lugar de trabajo, y su piel había adquirido un tono ligeramente pálido debido a la ausencia de sol. Después, consultó imágenes del lugar, de modo que pudiera usar su magia para transportarse de forma inmediata al domicilio de la oficial, cosa que hizo al cabo de unos pocos minutos memorizando las imágenes del barrio donde vivía.
Apareció en la parte trasera de una casa, lo que había resultado ser conveniente, pues nadie lo había visto. Subrepticiamente, se coló por el portón que conducía al jardín, y llegó a la calle de forma inadvertida. Caminando de forma casual, buscó la dirección de la oficial, y, después de discurrir por varios domicilios, halló lo que estaba buscando.
Pensando en las palabras que iba a emplear para dialogar con ella, tocó la campana que funcionaba como timbre. Tomó quince segundos para que la dueña de casa abriera la puerta y viera a Herbert frente a ella. Frunció el ceño.
—Perdone, ¿pero le conozco?
—No lo creo, pero yo sí la conozco a usted —dijo Herbert, quien ya había encontrada la mascarada perfecta para sus propósitos—. Si no me equivoco, usted es la señorita Kellerman, ¿no es cierto?
—Pues, sí —dijo ella, no sin cierta aprensión—. ¿Quién es usted?
—Mi nombre es Charles Coombs, y soy un abogado militar —repuso Herbert, dando un paso hacia la mujer—. Estaba revisando unos antiguos casos a modo de rutina, y me encontré con su nombre como de casualidad. Revisando su caso, creo que el fiscal que investigó el asunto omitió algunos detalles, los que, según pienso, llevaron a la exoneración de Jackson MacArthur.
Como Herbert esperaba, la señorita Kellerman arrugó la cara ante la mención del nombre del presidente de los Estados Unidos.
—No sé cuánto tiempo he estado pensando en lo mismo que usted —dijo, sin dejar de arrugar la cara. Herbert arqueó una ceja. Al parecer, su rencor en contra del presidente había permanecido inalterado todos esos años, y aquello trabajaba a su favor—. Ese hombre abusó de mí, y nadie me cree… bueno, casi nadie.
—Pues yo sí le creo —dijo Herbert, sacando del maletín que había llevado consigo unos papeles, los que entregó a la mujer. Ella los revisó, luciendo cada vez más indignada por lo que estaba viendo.
—¿Por qué mierda estos documentos están censurados?
—Para ocultar que el presidente abusó de usted —dijo Herbert, oliendo sangre—. Esto explicaría por qué no tuvo miedo de admitir que existió esta acusación. ¿Quién iba a averiguar algo, si la información clave estaba oculta?
—Por favor, dígame que obtuvo la información sin censura.
—De hecho, la tengo.
—¡Gracias al cielo! —exclamó la señorita Kellerman, luciendo enormemente aliviada—. Por fin voy a ver cómo Jackson MacArthur muerde el polvo esta vez. Se lo merece, por abusar de mí.
—Si gusta, puedo representarla en un nuevo juicio —dijo Herbert, quien ya saboreaba la sangre—. Técnicamente, esto es evidencia nueva, y nueva evidencia lleva, de forma invariable, a un nuevo juicio. En este maletín tengo evidencia que no solamente respalda sus acusaciones, sino que descarta totalmente las pruebas presentadas en su contra.
—¡Por supuesto que quiero que me represente! —exclamó la señorita Kellerman, a quien le brillaron los ojos—. Pero… bueno… no sé cuánto me va a cobrar por ello. Dudo que pueda costear un abogado en este momento. La economía no me ha tratado bien últimamente.
—Podríamos discutir el pago cuando hayamos ganado el juicio —dijo Herbert, haciendo un gesto como restándole importancia al tema económico—. Mi idea es proponer una demanda monetaria por los agravios que le haya causado el señor MacArthur. Como agravante podríamos agregar la exoneración previa a causa de la omisión del fiscal a cargo del caso. Si logramos probar que la evidencia omitida es vital para el cambio del veredicto, esto podría actuar como un agravante. Sumando todo esto, podríamos llegar a una suma de unos dos millones de dólares. Eso sin mencionar que la presión mediática hará que renuncie como presidente de los Estados Unidos.
—Tal como ese imbécil de Richard Nixon.
—Exactamente.
Después de pactar los términos de sus servicios, Herbert Dixon se despidió de la señorita Kellerman, pensando en lo fácil que era engañar a la gente que se encontraba entre la espada y la pared.
(94) En esos tiempos, poseer una casa de dos pisos en Tokio era un lujo (desconozco si aún lo es, pero me imagino que sí), pues el espacio en una metrópolis así de grande es muy valioso. Por eso se dice que los Tsukino debían ser una familia pudiente (y en ninguna parte del manga se menciona lo contrario). De todas formas, Kenji tiene un muy buen trabajo.
(95) Hasta hace unos pocos meses atrás no entendía por qué diablos muchos fans de Sailor Moon llamaban "Elliot" a Helios. Después supe que, en el doblaje latino, la dicción de ese nombre en particular era muy confusa, y los fanáticos que no leyeron el manga pensaron que se llamaba Elliot. Pero les aseguro que realmente se llama Helios.
