LXXXII
Encrucijada

Tokio, 19 de noviembre de 1992, 2:10p.m.

Rini había acordado juntarse con Hotaru después de clases, pero la profesora había decidido hacer un examen sorpresa a los alumnos de su clase, y Rini, en el sentido académico, era un calco de su madre. Más encima, por boca de Saori supo que Amy había viajado a Washington por un asunto personal, por lo que no podía contar con ninguna ayuda académica.

Cuando salió de la sala, diez minutos después de la salida oficial de clases, el ánimo de Rini andaba por el subterráneo. Caminaba arrastrando los pies y mirando al suelo, pensando en que no quería ser igual que su madre en cuanto a los deberes escolares. No fue la mejor decisión mirar al suelo, de otro modo, habría notado antes que Hotaru la estaba esperando afuera de la escuela primaria.

—Hola, Rini —saludó ella, haciendo que la aludida pegara un brinco, y el corazón le saltara a la garganta.

—Ah, hola, Hotaru —dijo Rini, falta de aliento—. Me tomaste por sorpresa.

—Fácil hacerlo cuando estás mirando al suelo —repuso Hotaru, ahogando una risita. Rini no pudo evitarlo. Soltó una risa floja. Le agradaba ver que Hotaru lucía un poco más contenta de lo que había estado en cuatro meses.

—Es verdad —dijo Rini, llevándose una mano a la nuca—. Bueno, ¿nos vamos?

—Me parece bien.

Así Rini y Hotaru partieron hacia la casa de esta última, la cual era, técnicamente, de ella, pues el profesor Tomoe le había dejado todo lo que poseía en su testamento, pero como aún no era mayor de edad, la corte dictó que sus parientes más cercanos se harían cargo de sus posesiones hasta que Hotaru cumpliera la mayoría de edad. Aunque Hotaru estuviera de acuerdo con la ley, no le gustaba la forma en que dichos parientes estaban manejando sus bienes.

—Dicen que tienen la intención de vender la casa —dijo Hotaru, tratando de no mirar al suelo, lo que se le hacía muy difícil—. Legalmente no pueden, pero, de acuerdo a mi primo, existe un vacío legal que permite la transferencia de bienes mencionados en un testamento, si quien recibe los beneficios posee alguna causa criminal en su contra.

—Pero tú no tienes antecedentes penales —dijo Rini, luciendo indignada—. Nadie que te conozca creería que eres una delincuente o algo parecido.

Hotaru se puso colorada.

—Agradezco que pienses eso de mí —dijo Hotaru con una voz que apenas se le escuchó—. Pero mis primos dicen que pueden armar una causa criminal en mi contra. Según ellos, obtuvieron información de que yo era responsable de buena parte de la devastación de hace cuatro meses atrás, y no están por encima de usarla para acusarme de intento de genocidio.

—Pero Hotaru —dijo Rini, quien no parecía compartir la preocupación de su amiga—, ¿quién les va a creer? Nadie sabe qué fue lo que pasó en la batalla contra el Faraón 90. Y, hasta donde tengo entendido, tu padre fue quien hizo experimentos contigo, ¿recuerdas? ¿Cuándo realizó ese tratamiento para tu enfermedad? Tú no tienes la culpa de haberte convertido en esa arpía, al menos no más de lo que yo sentí cuando me transformé en Black Lady.

—Pero…

—¡No pienses negativo, Hotaru! —exclamó Rini, en un tono que no reflejaba para nada su estado de ánimo después de salir de aquel examen sorpresa—. Estoy segura que su causa se va a derrumbar por sí misma. Nadie te va a arrebatar lo que es tuyo. Pero me parece atroz que tu propia familia sea capaz de quitarte cosas solamente para su beneficio.

—¿Qué puedo decir? Mi padre era la oveja negra de la familia, haciendo experimentos y todo eso. En una familia de humanistas, él era el único científico, y les molestaba que él fuese más inteligente que ellos.

—Pues son una manada de niños en cuerpos de adultos —terció Rini, frunciendo el ceño—. Actúan igual que ellos. Ven algo que quieren en manos de otra persona, y de inmediato se ponen envidiosos. ¡Es patético!

—Es cierto. A veces, la familia puede ser un problema muy serio.

Las dos permanecieron en silencio durante el resto del trayecto. No obstante, Hotaru notó que había una persona que parecía seguirlas. Se trataba de una mujer alta, de cabello plateado y mirada de sargento. Pero no fue hasta que ambas entraron a la casa de Hotaru cuando ella manifestó sus reparos a Rini. Para su sorpresa, ella no le dio demasiada importancia.

—Ah, verdad que no conoces a Saori —dijo Rini, tomando asiento sobre el sillón más amplio en la sala de estar—. Ella es, técnicamente, mi hermana mayor, y se encarga de protegerme de los agentes del Circo de la Luna Muerta.

Hotaru miró a Rini con cierta incredulidad.

—Pero… pero ella es una chica… normal.

Rini soltó una carcajada que hizo que la incomprensión de Hotaru fuese mayor.

—Saori es cualquiera cosa menos normal —explicó, tratando de controlar el tono de su voz para que no diera la impresión que se estuviera burlando de Hotaru—. Ella también es una Sailor Senshi, y, a diferencia de las demás, sí puede transformarse sin morir. Ella es más que capaz de protegerme del Circo de la Luna Muerta.

De pronto, Hotaru puso cara de entendimiento.

—Era ella, entonces —dijo, recordando dónde la había visto antes—. La Sailor Senshi con la que peleé durante la batalla contra el Faraón 90, la del cabello plateado.

—Sí, ella misma —dijo Rini.

—Es muy fuerte —añadió Hotaru, mientras más retazos de aquella breve contienda acudían a su memoria—. Parar sus ataques era como tratar de detener a un toro furioso. Da la impresión que siempre estuviera enojada, porque pelea con todas sus fuerzas desde el comienzo.

—Saori no pierde el tiempo cuando se trata de combatir —dijo Rini, recordando cómo había acabado en un dos por tres con Viluy—. Es una Sailor Senshi muy poderosa, pero también es muy agresiva. Es la única de nosotras que tiene experiencia en combate cuerpo a cuerpo… digo, real experiencia.

—¿Será una buena cualidad para una Sailor Senshi? —preguntó Hotaru, y Rini supo que ésta había sido retórica, por lo que no respondió—Porque se supone que nosotras peleamos por el amor y la justicia. Ella no parece hacerlo por esos motivos.

—Es la única forma en que sabe hacerlo —dijo Rini, aunque no sabía de dónde provenía la personalidad de Saori para pelear de la manera en que lo hacía—. Es una chica ruda, y ya sabes lo que pasa con ese tipo de chicas: siempre tratan de aparentar que no son vulnerables, cuando son ellas las que más debilidades poseen.

Ninguna de las dos dijo algo por un par de minutos, pues parecía no haber ningún tema de conversación, por lo que Hotaru se puso de pie, acudió a la cocina, y trajo dos vasos de jugo de manzana, los que puso sobre la mesa ratona al centro de la sala de estar. Rini vio que llevaba unas galletas en un plato bajo. Fue cuando Rini recordó que no le había platicado a Hotaru sobre su nuevo compañero de habitación.

—¿Sabes, Hotaru? Tengo un nuevo amigo.

La aludida se quedó con la galleta en la mano al escuchar las palabras de Rini.

—¿Un nuevo amigo?

—Llegó hace poco a mi casa, y vive conmigo, al menos de momento —explicó Rini, pensando que aquello iba a animar a Hotaru. Al parecer, pensó bien, porque Hotaru también se veía emocionada por la noticia—. Se llama Elliot, y viene de Estados Unidos.

Rini juzgó poco prudente usar el nombre de Helios a Hotaru, pues ella no era tonta, y podría sospechar que se trataba de alguien que no era humano, así como decirle que su nuevo amigo tomaba normalmente la forma de un animal mitológico. Además, Helios le había dicho la primera vez que se encontraron que no le hablara de él a nadie, por mucha confianza que tuviera con aquella persona.

—¿Y duerme contigo, en tu misma habitación?

—No seas tonta —dijo Rini con una risita—. Los chicos y las chicas no pueden dormir juntos, a menos que sean pareja. Y conocí a Elliot solamente hace unos pocos días. Tampoco es que lo quisiera conocer. Mis padres aceptaron que se quedara en mi casa mientras encontraba una residencia más permanente.

Pese a que Rini había ensayado aquellas palabras hasta la náusea, le causaba mucha pena mentirle a Hotaru. Ella había sido honesta hasta el momento, pues daba la impresión que, al menos para ella, la mentira fuese algo deleznable. O tal vez su padre le había enseñado de ese modo. Sin embargo, Rini sabía que Hotaru, en algún momento, iba a tener que hacerlo, porque ser la Dama 9 no era algo que el público general debiese saber (aunque dudaba de si la gente estuviera al tanto de que, en algún momento, esa persona existió).

—Tus padres son buenas personas —dijo Hotaru, bajando un poco la cabeza—, no como mi familia.

—Hotaru —le dijo Rini con firmeza, tomándole ambos hombros y mostrando una sonrisa—, tú no tienes la culpa de que tu familia sea como es, así que deja de actuar como si así fuese. ¿De acuerdo?

Tuvo que pasar un rato para que Hotaru asintiera con la cabeza, porque le daba un poco de pudor hablar en ese momento. Tenía sentimientos encontrados dentro de su cabeza: por una parte, agradecía que Rini la tuviera en alta estima, siempre defendiéndola y diciéndole que no se culpara de las cosas que no estaban bajo su control. Por otro lado, no obstante, aquel actuar de Rini le hacía sentirse extraña. Nunca había sentido cosquilleos en su piel cuando Rini la halagaba, o que su corazón latiera un poco más de prisa cada vez que ella intercedía en su favor. Hasta donde ella sabía, aquellos podían ser síntomas de una enfermedad, una dolencia que solamente se activaba cada vez que Rini estaba presente. De todos modos, había registros de que ese tipo de cosas, en efecto, ocurrían. Por supuesto, Hotaru era muy joven aún para pensar en que lo que le estaba pasando era algo mucho más simple de lo que imaginaba.

Mientras procesaba lo que estaba sintiendo, Hotaru sintió unos estruendos que provenían de afuera. Olvidando por completo lo que estaba ocurriendo en su cabeza, ella y Rini salieron de la casa, y vieron una batalla campal entre Sailor Silver Moon y cuatro niñas que a Rini le resultaron familiares. Eran las mismas que habían incendiado su casa, tratando de capturarla.

—Hotaru —dijo Rini, luciendo alarmada—, quédate en la casa. Tengo que ayudar a Sailor Silver Moon.

Hotaru obedeció, y vio cómo Rini se transformaba en Sailor Senshi. No obstante, su uniforme era distinto, con el mismo diseño que el de Super Sailor Moon, pero con otros colores.

La batalla entre el Cuarteto de Amazonas y Sailor Silver Moon no estaba yendo bien. Ella tenía varias heridas en sus piernas y brazos, pero, aun así, seguía peleando con la misma intensidad, y, en algunas ocasiones, podía poner en verdaderos aprietos al Cuarteto de Amazonas. Sin embargo, Rini no quería perder más tiempo, e hizo aparecer la campana que le obsequió Helios.

Tienes que decir "llamado estelar" dijo una voz dentro de Sailor Chibi Moon, y ella supo que era Helios hablándole. Frunciendo el ceño y alzando la campana al cielo, Sailor Chibi Moon pronunció las palabras mágicas.

Un destello que provino de las alturas hizo que todos, incluyendo a los combatientes, miraran al cielo. El Pegaso había aparecido en un fulgor dorado, y, por extraño que sonara, poseía una especie de cuerno en su frente, como el de un unicornio, y el fulgor provenía del cuerno. De inmediato, Sailor Silver Moon se sintió extraña, como si agua tibia corriera por sus venas. Después, un brillo plateado la envolvió, y su uniforme cambió de apariencia.

Para cuando el destello hubo pasado, Sailor Silver Moon también lucía como Super Sailor Moon, pero con su típico color plateado. Tenía un aura plateada muy sutil rodeándola, y el Cuarteto de Amazonas la miraba con estupor, como si no entendieran lo que había ocurrido. De hecho, no lo entendía en absoluto.

—No sé qué mierda pasó, pero me siento más poderosa que nunca —dijo Sailor Silver Moon, crispando los puños y mirando a sus oponentes con los ojos como rendijas—. ¡Prepárense, sabandijas, porque van a morir ahora mismo!

El Cuarteto de Amazonas se preparó para atacar nuevamente, pero bastó con extender flojamente un brazo para que ellas salieran eyectadas hacia atrás, rebotando en portones y árboles como si fuesen muñecos de trapo. Incluso algunos tachos de basura volaron lejos, esparciendo su contenido por toda la calle.

—¡Vaya! ¿Qué demonios me pasó para tener este poder?

—Has recibido el poder del Pegaso —dijo Sailor Chibi Moon, indicando su campana—. Sirve para que puedas usar su poder para combatir a tus enemigos, pero no pensé que pudiera potenciarte tanto.

—¿Y es permanente? —preguntó Sailor Silver Moon.

—No lo creo —repuso Sailor Chibi Moon con una voz incierta, notando un destello que provenía desde abajo. Cuando miró en esa dirección, vio una especie de gema que emitía un brillo azulado. La curiosidad pudo más que su cautela, y Sailor Chibi Moon tomó la gema, pensando que iba a ocurrir algo, pero no pasó nada. La gema seguía pulsando como si nada.

—¡Rini, detrás de ti! —exclamó Sailor Silver Moon, pero la aludida reaccionó tarde.

La verdad, no había aparecido nadie detrás de Sailor Chibi Moon. Era, más bien, una burbuja de color púrpura que la había atrapado. Sailor Silver Moon trató de deshacer la burbuja, pero, por muchos golpes que le diera, era como si no hiciera nada.

De pronto, una risa malvada se escuchó en medio del aire, una voz sin cuerpo que solamente hizo que a Sailor Silver Moon le hirviera la sangre.

—Todas ustedes sois unas imbéciles —dijo la voz, luciendo divertida—. No sois capaces de reconocer una distracción aunque estéis frente a ella. Mi verdadero objetivo siempre ha sido esa mocosa, ahora que sé que ella posee el Pegaso. Pronto, el Cristal Dorado será mío.

—¡Te encontraré, y te haré mierda! —rugió Sailor Silver Moon.

—Oh, cuento con que lo hagáis. Estaré en la gran carpa del Circo de la Luna Muerta, si es que queréis recuperar a tu mocosa.

Y la voz dejó de escucharse. Sailor Silver Moon echaba humo por las orejas, y Hotaru veía desde la ventana cómo Rini era secuestrada por alguien que ni siquiera estaba presente. Una sensación de urgencia creció dentro de ella, a tal punto que salió de su casa y le suplicó a Sailor Silver Moon que la fuese a rescatar.

—Créeme que quiero hacer eso a toda costa —dijo ella, mirando al suelo y crispando los puños en señal de impotencia—, pero ya no tengo el poder para derrotar a estos enemigos. Lo siento.

—¡No debes rendirte! —exclamó Hotaru, tomando ambas manos a Sailor Silver Moon, pero ella no reaccionó. Seguía con los puños crispados, pero dejó de mirar al suelo. Su cara mostraba rabia pobremente contenida.

—Le dije a esa idiota que viniera cuanto antes —gruñó Sailor Silver Moon, y Hotaru entendió que ella no había captado nada de lo que le había dicho—. ¿Cómo diablos se puede llamar una Sailor Senshi si se afana en comportarse como una chica normal? Ahora ni siquiera puedo acercarme a Rini sin toparme con esas mocosas de mierda.

—¿Acaso no puedes hacerlo sola? —preguntó Hotaru, quien había sido testigo de cómo Sailor Silver Moon había acabado con el Cuarteto de Amazonas fácilmente—. Pensé que habías recibido nuevos poderes.

—Sí, pero no son permanentes —repuso Sailor Silver Moon, mirando a Hotaru con un poco de suspicacia—. Sin ellos, no puedo rescatar a Rini, mucho menos vencer al Circo de la Luna Muerta—. Sailor Silver Moon notó que los ojos de Hotaru brillaban, y conectó los cables de inmediato—. Estás enamorada de Rini, ¿verdad?

Hotaru tragó saliva y se puso roja como un rábano. Juntó ambos brazos y miró al suelo, evitando los ojos de Sailor Silver Moon.

—No… no es cierto. Rini es mi amiga.

Sailor Silver Moon se inclinó delante de Hotaru, tomándole un hombro y mostrando una sonrisa, olvidada por completo de su rabia anterior.

—Y estás enamorada de ella —dijo, empleando una voz más suave. De alguna manera, la reacción de Hotaru había hecho que su enojo se fuese diluyendo—. Créeme, lo sé por experiencia propia. La gente reacciona de la forma en que lo estás haciendo cuando está enamorada. No es algo fácil de admitir, porque existe esta creencia de mierda de que enamorarte te hace débil. Pues el amor me hizo detener cien mil misiles balísticos intercontinentales a finales de los sesentas.

Hotaru, de pronto, puso cara de entendimiento.

—Tú fuiste quien puso fin a la Guerra Fría.

—Así es, pero pagué un precio muy alto por eso. —Sailor Silver Moon juzgó necesario platicarle a Hotaru sobre lo que le había pasado, pues quería que entendiera que estar enamorada no era en absoluto una debilidad—. Hacer aquella hazaña me costó la vida. Sin embargo, aquí estoy. No sé cómo es que volví a la vida, pero ocurrió. Pero, el punto es que no habría podido hacer lo que hice si no estuviera enamorada. Por que lo estuve. De dos mujeres, en dos tiempos distintos…

Sailor Silver Moon dejó de hablar al instante. Dialogar sobre esos temas le había hecho acordarse de Amy (de quien estuvo enamorada en los sesentas, claro que esa Amy venía de un futuro distinto), y de lo que le había hecho para obtener…

—Sé lo que debo hacer para rescatar a Rini —dijo Sailor Silver Moon, poniéndose de pie, para sorpresa de Hotaru—. No tengo que enfrentar al Circo de la Luna Muerta para hacerlo. Lo único que debo hacer es traer de vuelta a las Sailor Senshi.

—¿Y cómo lo harás? Recuerda que tenemos estos collares en nuestros cuellos.

—Amy me entregó las coordenadas del centro de control de estos collares —dijo Sailor Silver Moon, más animada que hace unos pocos minutos atrás—. Lo único que debo hacer es destruir ese centro de control, y ustedes podrán transformarse sin perder la cabeza. Vamos a necesitar la ayuda de todas las Sailor Senshi si queremos vencer al Circo de la Luna Muerta.

—Te ayudaré —dijo una voz detrás de Sailor Silver Moon. Ella dio media vuelta, y vio a una mujer de cabello largo y negro, vestida con ropas casuales.

Era Rei.