LXXXIII
La reina de las pesadillas
Washington, 18 de noviembre de 1992, 07:11p.m.
Isabella Kellerman no necesitaba muchas razones para sacar a Jackson MacArthur de la Casa Blanca. Debido a eso, podía ignorar las condiciones en las que iba a testificar en contra del presidente de los Estados Unidos. Se encontraba en una casa abandonada, no muy lejos de donde vivía, sentada en una silla de madera que crujía al más mínimo movimiento, mirando a una cámara digital, la que era sostenida por un trípode. Isabella asumió que el señor Coombs iba a tomar un video en la que aparecía ella, testificando contra el presidente, para así añadir carga dramática a la declaración.
Para sorpresa de Isabella, el señor Coombs retiró la cámara, y arrastró una silla hasta ponerla frente a ella. A continuación, tomó su maletín y extrajo una serie de documentos. Isabella no entendía qué quería el señor Coombs que hiciera, por lo que debió explicarse.
—No necesito nada especial de usted —dijo el señor Coombs, ofreciendo una sonrisa tranquilizador a Isabella—. Solamente necesito que confirme estas declaraciones. Son las que ofreció en el tiempo que el señor MacArthur fue acusado de abusos sexuales en su contra.
Isabella tomó los documentos y los leyó con parsimonia. Le tomó más de quince minutos hacerlo, pero cuando acabó, miró al señor Coombs con una sonrisa.
—Estas declaraciones son fidedignas.
—Perfecto —dijo el señor Coombs, tomando los documentos y devolviéndolos al maletín—. Cuando el presidente vea las pruebas que logramos desenterrar, no tendrá otra opción que renunciar.
—¿Y no tendrá lugar el juicio primero?
—Señorita Kellerman —dijo el señor Coombs apaciblemente—, no debe subestimar el poder de la presión popular. El presidente renunciará a su cargo antes que el juicio comience. Es un tipo honesto. Hará lo correcto para con el pueblo estadounidense.
—Espero que así sea —dijo Isabella, quien comenzaba a confiar cada vez más en Charles Coombs, el abogado militar que había aparecido de la nada para ayudarle con su causa—. ¿Puedo invitarle a un café? Ya sabe, para discutir con más detalle lo que se propone hacer.
El señor Coombs miró fijamente a Isabella, notando un detalle que había visto en otra ocasión, por allá en los años cuarenta, cuando andaba a la caza de sarcófagos legendarios junto a Patrick Knoxville.
—Si lo hace por eso, no tengo ningún problema. Pero si quiere fraternizar conmigo, no creo que sea una buena idea.
—Le aseguro que solamente es por el trabajo —dijo Isabella, poniéndose de pie, y extendiéndole una mano al señor Coombs, quien la estrechó con vigor—. ¿No cree que fraternizar con usted, en mi situación, no es algo que deba hacer?
—Concuerdo perfectamente con usted —repuso el señor Coombs con gracia, pero él sabía que Isabella estaba mintiendo. Aquel detalle que había visto en los ojos de su cliente le había dicho todo lo que necesitaba saber sobre su estado sentimental.
—Conozco un lugar no muy lejos de aquí —dijo Isabella, cuyo ánimo se elevó sin que ella lo quisiese de ese modo—. Está a unas cinco cuadras de mi casa. Es un lugar tranquilo y acogedor.
—Allí estaré —dijo el señor Coombs, y condujo a Isabella hacia la puerta—. Bueno, hasta más tarde.
—Hasta más tarde —dijo Isabella, saliendo del perímetro de la casa, mirando hacia atrás. El señor Coombs no hizo ningún gesto mientras daba media vuelta y entraba nuevamente a la casa abandonada.
—Hawkins —llamó Herbert Dixon a través de su comunicador—. Buenas noticias. Isabella Kellerman va a cooperar con nosotros. Voy a transmitir unas fotografías para que las edites de la forma en que conversamos. Si todo sale bien, habremos decapitado al gobierno dentro de unas cuantas horas.
—Esperando transmisión.
Herbert insertó la tarjeta de memoria de la cámara digital en su laptop, descargó las fotografías y las envió a través de un cliente de transferencia de datos que empleaba la CIA para enviar información de forma segura a sus operativos.
—Ya tengo las fotografías en mi poder —dijo Hawkins. Herbert cerró su laptop, y lo guardó en su maletín, luciendo complacido.
—Estupendo. Ponte a trabajar de inmediato en ellas. Las quiero listas dentro de cinco horas.
—Estarán listas en tres.
—Así me gusta —dijo Herbert, asegurándose de que no hubiera nada que le perteneciera en la casa—. Voy a llegar a la base un poco más tarde de lo planeado. Avísame cuando estén las fotografías editadas.
—¿Y a qué se debe la tardanza, si es que se puede preguntar?
—Unos cabos sueltos que debo atar aquí —mintió Herbert, pues no creía prudente decirle a su segundo al mando que tenía un encuentro con Isabella Kellerman. Aquello se prestaría para un sinnúmero de malinterpretaciones que no quería imaginar en ese momento, y sabía que Hawkins confiaba en que él estaba completamente enfocado en el plan—. Creo que algunos vecinos me reconocieron, y tengo que solucionar ese problema.
—Entiendo, señor. Buena suerte.
Herbert cortó la comunicación. La verdad, se sentía un poco confundido en ese momento. La aparición de Cora Dixon en su vida le hizo pensar en aquella noche, cuando se dejó llevar por primera vez en lo que iba de su vida. Pese a que siempre se había considerado homosexual, Herbert había creído que una pequeña indulgencia hacia el sexo opuesto no le iba a hacer mal. Tal vez necesitaba de aquello que le había estimulado en ese entonces. Había estado trabajando sin descanso en su plan maestro (y en el plan alternativo), y, antes de conocer a Cora Dixon, creía que nada podría desviarle de sus objetivos. Pero después de aquella videollamada, Herbert pensaba, como la primera vez, que una cana al aire no sería mala para su salud.
Tomando una decisión, decidió esperar hasta más tarde para encontrarse con Isabella. Sin embargo, antes de eso, escogió ir a una farmacia primero. No quería otra Cora Dixon en su vida.
Tokio, 19 de noviembre de 1992, 3:02p.m.
—¿Dónde mierda estabas? —preguntó Sailor Silver Moon a Rei, quien se cruzó de brazos ante su gélida recepción.
—Podrías cuidar tu tono —repuso Rei con desdén, pero Sailor Silver Moon no quería perder el tiempo con nimiedades.
—¡Estamos en una emergencia, y te comportas como una imbécil! —rugió Sailor Silver Moon, y Rei dejó de cruzar los brazos, sin creer que la persona frente a ella fuese una mujer—. Ahora, ¿podrías decirme dónde diablos estabas? Te estábamos buscando.
—Si realmente quieres saber… —Rei aún no podía creer que hubiera pasado tanto tiempo encerrada en el templo, tratando de encontrar una solución al problema de los collares en sus cuellos. Pero lo que había visto en su llama había sido aún más sorprendente de lo que esperaba encontrar—. Aunque no lo creas, te vi a ti en las llamas. Y no solo eso, sino que estabas de pie, frente a Sailor Moon, tomadas de las manos. El Cristal de Plata flotaba entre ustedes, y emitía un brillo que jamás había visto antes, y, de fondo, vi la silueta de una mujer que parecía ser Sailor Moon, pero… no sé… lucía distinta, con un aura diferente.
Sin embargo, Sailor Silver Moon no parecía impresionada por la visión de Rei.
—¿Y eso me ayuda en qué?
—No es algo que te ayude, lo reconozco —admitió Rei, aunque no se vio cohibida en absoluto, a diferencia de las otras veces en las que había sido increpada por Saori—. Pero pensé que debías saberlo. Mis visiones rara vez son en balde. Creo que, en algún momento del futuro, ustedes dos tendrán un papel muy importante.
—Sí, reconozco que es interesante, pero el presente es lo que me preocupa en este momento —dijo Sailor Silver Moon, no sin cierta urgencia en su voz—. Hace poco, unos idiotas que se hacen llamar el Circo de la Luna Muerta secuestraron a Rini para no sé qué mierda, y no puedo ir a rescatarla porque, créelo o no, esos mismos idiotas de los que te hablé me superan en poder y en número. Por eso, tengo que devolverlas al campo de batalla. Y sé precisamente cómo hacerlo.
—¿Qué tienes en mente?
—Amy me entregó las coordenadas del centro de control de esos collares —repuso Sailor Silver Moon, moviendo los pies en señal de nerviosismo—. Es todo lo que necesito para liberarlas.
—Bueno, nada me gustaría más volver a transformarme en Sailor Senshi para combatir contra este nuevo enemigo —dijo Rei, más animada que cuando llegó, para luego componer una cara de preocupación—. No sé si pueda decir lo mismo de las demás. Creo que Amy está de camino hacia Washington, aunque no tengo idea de qué va a hacer allá. Mina y Serena han perdido completamente los ánimos, y se afanan en comportarse como chicas normales. Lita parece comportarse de forma normal.
—¿Y no has intentado convencerlas de hacer algo?
—No creo que sea posible para mí hacerlo —dijo Rei, luciendo apenada—. Tengo habilidades para varias cosas, pero en la diplomacia soy un cero a la izquierda. Amy es mejor para ese tipo de cosas, y de las pocas que estaba dispuesta a hacer algo en esta situación. ¡Demonios! No sé por qué viajó a Estados Unidos. Necesitamos su cabeza, ahora más que nunca.
—Déjame a mi convencer a Amy de que no haga una tontería —dijo Sailor Silver Moon, luciendo apremiada, y Rei se convenció de que ella no era capaz de quedarse sin hacer nada—. Pero, por el momento, debemos desactivar esos collares. Es el problema más urgente que debemos atacar.
—¿Y, vamos a partir de inmediato?
—No. Necesito que otra persona más venga con nosotros.
—¿Y quién es?
—Alguien que pudo haber evitado que Rini fuese secuestrada —gruñó Sailor Silver Moon, y Rei percibió el enojo de la mujer frente a ella. Era obvio que el destino de Rini escapaba a su control, pero se culpaba a sí misma por eso—. Vamos, sé donde vive ella.
—¿Ella?
—Sí —repuso Sailor Silver Moon, suspirando—. No todas las Sailor Senshi fueron afectadas por la ley Kobayashi, ¿recuerdas? Había una en particular que no asistió porque se encontraba muy lejos.
Rei conectó los cables de inmediato.
—¿Molly?
En ese mismo momento
Rini yacía de espaldas sobre una cama amplia, con doseles de color púrpura. No tenía las manos atadas ni tampoco los pies, pero, de algún modo, no podía moverse. Había intentado escapar de ese lugar, pero era como si sus extremidades hubieran perdido todas sus fuerzas. Tampoco podía girar su cabeza de un lado a otro. Sus sentidos seguían funcionado, de otro modo, no habría escuchado los pasos que se acercaban a ella a un ritmo ominoso.
La persona que apareció frente a Rini no lucía, al menos en un principio, como alguien malvado. Tenía el cabello púrpura, ondulado, y muy largo. Sus ojos, sin embargo, eran similares a los de un gato y transmitían un hambre por algo que no podía dimensionar aún. Usaba un vestido amplio y largo, de varias tonalidades de púrpura.
—¿Quién eres? —preguntó Rini con una voz débil, como si estuviera muy cansada.
—Mi nombre es Neherenia, y estoy a la cabeza del Circo de la Luna Muerta —respondió ella, tomando asiento junto a Rini—. Vos estáis aquí porque vos escondéis algo muy importante para mí (96).
Rini sintió escalofríos. Así que era cierto: el Circo de la Luna Muerta había encontrado al Pegaso. Lo que no entendía era cómo lo había conseguido.
—¿Cómo supiste que yo tenía el Pegaso?
—Tenemos nuestros medios —repuso Neherenia, consciente de que no debía dar mucha información al enemigo—. Lo que importa es que vos tenéis al Pegaso en tus sueños, y lo vamos a obtener, sin importar lo que tenga que haceros.
Neherenia aplaudió dos veces, y la cama se movió, inclinándose hacia delante, de forma que quedara vertical. Rini no se cayó de ésta, sino que permaneció en su lugar, como si estuviera atada con cadenas invisibles.
—Ahora, muéstrame tu sueño —dijo Neherenia, y Rini comenzó a gritar. Un brillo dorado apareció en su pecho, y, segundos después, un espejo dorado brotó de éste. Neherenia lucía complacida.
—Éste es el espejo que estábamos buscando —dijo, acercándose a Rini, y tomando el espejo con ambas manos—. Estoy segura que aquí está el Pegaso… o debo decir, el príncipe Helios.
—¿Cómo conoces a Helios?
—Os contaré una pequeña historia —dijo Neherenia, dando otro par de palmadas, volviendo la cama a su posición horizontal—. No os preocupéis por este espejo aún. Quiero que entendáis por qué estoy haciendo esto. Puede que incluso cuestionéis a Helios por lo que hizo.
Rini se preguntaba por qué habría que cuestionar a Helios por sus acciones. Todo lo que había hecho fue refugiarse en sus sueños.
—Yo, como la reina Serenity, vivía en la luna, en el lado visible (97). Pero estaría bajo directo escrutinio de la humanidad, por lo que debí fundar mi reino bajo la superficie. Mi intención siempre había sido vivir en el lado oculto de la luna, así no tendría que refugiarme bajo tierra, pero la reina Serenity dijo que era más fácil ocultar el poder del Cristal de Plata a los Desterrados. En ese momento, entendí sus razones, y me fui a vivir al lado visible de la luna. A veces iba a visitar a la reina Serenity por motivos diplomáticos, y el detalle que noté de ella fue que no parecía envejecer, mientras que aparecían arrugas en mis manos y en mi cara. ¿Cómo era que ella siempre permanecía joven, mientras que yo me marchitaba conforme pasaban los años? Fue mucho después, cuando estaba llegando al final de mi vida, que me di cuenta que era el Cristal de Plata lo que le daba esa juventud eterna. Decidí que no era justo que acaparara ese poder, y, con la ayuda de mis súbditos, tomé por asalto al Milenio de Plata, pero fuimos derrotados por la reina y esa maldita Sailor Silver Moon. Como castigo, nos encerró en una dimensión paralela. Y, mientras tanto, yo seguía envejeciendo. No sabía qué hacer para recuperar la juventud perdida. Lo único que tenía, aparte de mis súbditos, era un espejo que solamente me hacía recordar lo poco que me quedaba de vida. Pero no era lo único que hacía ese espejo. Gracias a él, vi que todos en nuestro interior teníamos espejos que reflejaban nuestros sueños más puros. Era lo único a lo que podía echar mano en mi situación, así que me apoderé de sus espejos, y, por arte de magia, mi juventud regresó, pero mis súbditos pagaron el precio por ello, convirtiéndose en el Circo de la Luna Muerta. Sabía que no iba a durar para siempre, pero el espejo me dio una alternativa. Usando mis poderes, conseguí encerrarme en el espejo, y preservar mi juventud. Cada cierto tiempo, podía salir de mi encierro para analizar la situación, hasta que el eclipse solar rompió el sello que nos mantenía aislados, y escapamos a este planeta.
Rini había escuchado algunas narraciones de Saori sobre los Desterrados, juzgando que Neherenia era exactamente como ellos, buscando poder que no merecía. Lo que seguía sin entender era cómo sabía de la existencia de Helios y el Cristal Dorado.
—Cuando por fin pude escapar de aquella dimensión, supe que el Milenio de Plata había sido destruido por los Desterrados, y asumimos que el Cristal de Plata había perecido junto con la reina Serenity. Pero no perdí las esperanzas. En una de las conversaciones que sostuve con la reina Serenity, ella mencionó un reino al que llegaban todos los sueños de las personas, el que era custodiado por un personaje llamado Helios, y que estaba en posesión de un objeto cuyo poder provenía de los sueños de la gente. Razoné que si podía echarle mano a ese objeto, podría permanecer joven para siempre. Le robaría los sueños a las personas, sumiéndolas en el miedo, para que estén bajo mi control y me alimenten. Fue en ese momento en que decidí ir en busca del Cristal Dorado, lo que me lleva a este momento.
Neherenia se puso de pie, sosteniendo el espejo de Rini, mirándolo con avidez. Rini sentía su cuerpo cada vez más helado, y asumió que tenía que ver con el espejo estando tan lejos de ella.
—¡Sé que estáis allí, príncipe Helios! —exclamó Neherenia, alzando ambos brazos y haciendo aparecer una esfera negra de energía de aspecto peligroso—. ¡Sal de ese espejo, o destruiré los sueños de esta niña, y os atraparé de todos modos!
Por un momento, nada ocurrió, y el corazón de Rini triplicó la frecuencia de sus latidos. Era natural que se sintiera así, porque Neherenia estaba amenazando con destruir sus sueños, y ya sabía lo que Helios había dicho sobre ellos. Neherenia, al ver que el Pegaso no salía del espejo, hizo un amago de arrojar la esfera de energía. Fue aquello lo que finalmente hizo que el animal saliera del espejo. Pero Neherenia no esperaba que arremetiera directamente en su contra, lo que la arrojó al suelo. Poniéndose de pie, se preparó para el siguiente ataque.
El Pegaso, sin perder mucho tiempo, dio media vuelta y volvió a atacar a su oponente, pero ella extendió un brazo, poniendo cara de concentración, y pudo sostener al Pegaso por el cuerno dorado. Con la otra mano, hizo un gesto como si quisiera cortar algo, y arrancó el cuerno de la frente del Pegaso, lo que hizo que sus patas perdieran fuerza y se transformara en un joven albino de cabello ondulado y ropajes de color blanco. Estaba de rodillas, apoyado sobre sus brazos, luciendo agotado.
—¿Vos sois Helios? —preguntó Neherenia, sosteniendo el cuerno dorado, mirando al joven con desprecio—. ¡Resultasteis ser un simple mocoso! Pensé que, con ese nombre, me iba a topar con un adulto experimentado. Sorpresivo, pero decepcionante a fin de cuentas.
Neherenia dio media vuelta, acercándose a Rini, y devolviendo el espejo a su pecho.
—Ya no necesito eso —explicó, mostrando una amplia sonrisa—. Después de todo, ninguno de vosotros sois una amenaza para mí. Pero permaneceréis aquí, en caso que alguien venga a rescataros.
Y, con una risa alta y fría, Neherenia abandonó la habitación, dejando a Rini y Helios a solas.
(96) Decidí, para los efectos de este fic, conservar la forma de hablar de Neherenia en el doblaje latino, con verbos y pronombres del castellano antiguo. Siempre hallé curioso aquel detalle en el doblaje, pero creo que fue algo acertado, porque le dio carácter al personaje.
(97) En el manga, Neherenia vivía en el lado oculto de la luna, mientras que la reina Serenity reinaba en el lado visible, en Mare Serenitatis, para ser específicos. En este caso, decidí variar este hecho para guardar coherencia con hechos anteriores en este fic.
