LXXXIV
Como al comienzo

Londres, 25 de enero de 2000, 09:09a.m

Mis malos presagios se hicieron realidad cuando vi a Robert Griffin ponerse de pie y dirigirse al cuadro que Scarlett había pintado, inspeccionándolo de forma concienzuda, como tratando de hallar algo malo en la pintura.

—Es un cuadro muy bien pintado —reconoció Robert, frunciendo el ceño—. Todo está cuidado hasta el más mínimo detalle. El motivo también me parece provocativo, como si estuviera tratando de evocar dos sentimientos distintos, antagónicos, pero que a la vez se necesitan mutuamente. Una yuxtaposición bastante llamativa. Sin embargo, señora Markham, creo que el detalle más interesante de esta pintura no está en su temática, o en la forma en que se usaron los colores. No. El detalle más fascinante de este cuadro se encuentra en el marco.

Viendo las imágenes, me percaté de que Nicole lucía muy nerviosa, algo que rara vez había visto en ella. Miraba hacia el cuadro con los ojos ligeramente abiertos, y se mordía a cada rato el labio. Mientras tanto, Robert Griffin extendía el brazo hacia la parte superior del marco, y extrajo la cámara, sosteniéndola entre sus dedos.

—En verdad interesante —dijo Robert Griffin, paseándose por su despacho como si recién hubiera sido elegido regidor del universo—. Lo que me pregunto, señora Markham, es por qué alguien querría espiar mi conversación con usted. ¿Quizás porque usted sabía que iba a revelar información confidencial sobre el acelerador de partículas?

Nicole seguía sin decir nada. ¿Qué podía hacer? Si negaba la acusación, Robert Griffin se daría cuenta de que estaba mintiendo. Si decía la verdad, la entrevista habría fracasado de la forma más estrepitosa posible. Pero lo peor estaba por venir.

—También me di el tiempo de revisar la transacción que usted me hizo ayer, con el propósito de apoyar mi plan —continuó Robert, volviendo a sentarse. Fue en ese momento que noté la presencia de dos teléfonos. Al principio pensé que, como director del Banco Central de Inglaterra, tenía derecho a usar dos terminales para comunicarse con mucha gente. Pero asumí mal, como vería después—. Pese a que la suma es bastante generosa, aquello no era lo más relevante de los datos que examiné. No. Lo que realmente me llamó la atención fue el número de la cuenta que se empleó para hacer la transferencia. Era el mismo número de cuenta que una tal Nicole Grey me envió cuando quise rentar una escultura que ella había tallado para ponerla en el vestíbulo de mi mansión. Así que, debo asumir que usted no es quien dice ser.

—No… no entiendo a qué se refiere, señor Griffin —dijo Nicole, visiblemente descolocada por las palabras de su anfitrión.

Pese a que ya no teníamos video, aún contábamos con audio, y el giro que había tenido la conversación no me gustaba para nada. Al parecer, Sophie había llegado a la misma conclusión, porque tomó el micrófono, y habló en un tono muy agitado.

—Nicole, tienes que neutralizar a Robert Griffin. Repito, tienes que neutralizar a Robert Griffin. Es tu única vía de escape.

Se escuchó un sonido suave, y, por parte de magia, volvimos a tener video. Sin embargo, me daba la impresión de que la cámara había sido posicionada sobre el escritorio de Robert Griffin, porque Nicole estaba frente a nosotros. Se había puesto de pie, con los puños crispados, tratando de calmarse. Agredir a cualquier persona sin un plan era lo peor que podía hacer en ese momento.

—¿Qué piensa hacer, señorita Grey? —preguntó Robert Griffin, girando la cámara hacia sus dos teléfonos, y vimos que uno de ellos poseía un botón rojo—. Porque todo lo que tengo que hacer es presionar este botón.

—¡Violet! —exclamó Sophie con urgencia—. ¡Tienes que obtener las especificaciones de ese teléfono ahora mismo!

Violet sacó uno de sus aparatos, lo conectó a la computadora y presionó una serie de botones. Un diagrama en tiempo real del teléfono apareció en la pantalla, junto a un esquema de los diversos botones del dispositivo.

—Esto nos va a permitir saber el destino de la señal que emiten los botones del teléfono, incluyendo el botón rojo. Solamente tardará unos veinte segundos —dijo Violet, quien lucía igual o más ansiosa que Sophie. Scarlett, por otro lado, permanecía en silencio, observando la situación con algo parecido a miedo en su cara.

La imagen volvió a girar y vimos a Nicole, ya más calmada, pero con la mirada fija al frente, asumía que preparada para atacar a Robert Griffin cuando hubiese bajado la guardia. Sin embargo, él no parecía sacar los ojos de encima de Nicole. Sabía que estaba en una posición de ventaja, y no la iba a soltar por nada del mundo.

—Veo que no puede hacer nada —dijo Robert, luciendo complacido, girando nuevamente la cámara hacia el teléfono, pero no oprimió ningún botón aún—. Pues yo hice mucho antes de esta reunión. Dudo mucho que usted haya hecho todo esto sola. Alguien diseñó esa cámara, alguien pintó ese cuadro y a alguien se le ocurrió ese plan. Eso me lleva a las noticias desde la ONU, cuando las Sailor Senshi fueron a aquella reunión. Había cuatro de ellas que lucían mayores que el resto, y asumí que eran un grupo aparte de Sailor Senshi. Por fortuna, sus nombres habían sido registrados en aquella reunión: Nicole Grey, Violet Taylor, Scarlett Reddington y Sophie Ocean. Sí, sé todo sobre ustedes, ahora que los archivos de aquella reunión están en mi poder.

Nicole ya no respiraba de forma agitada, ni tampoco crispaba los puños. Esperaba por una ventana para atacar a Robert Griffin. Pero yo no creía que neutralizarle fuese una opción realista a esta alturas. Si él sabía todo sobre mis compañeras, entonces debió haber admitido a Nicole a propósito en su despacho. Si me preguntan cuál era su propósito, entonces deberán esperar, por que yo no lo sabía en ese momento.

—Como puede ver, señorita Grey, tengo todas las cartas, y usted no tiene nada con qué negociar. Tampoco quiero que piense que va a salir de aquí como si nada. Cinco minutos antes de encontrarme con usted, llamé a la policía, con acusaciones de intervención por parte de ustedes, en directa violación a la ley Kobayashi. Deberían llegar aquí en cualquier minuto.

—Ahora, Nicole —le indicó Sophie por el micrófono, y, en el video, vimos que Nicole daba tres zancadas rápidas. Se escucharon unos forcejeos, dos golpes secos, y una mano venosa que caía sobre el escritorio.

—Está hecho —informó Nicole, tomando la cámara de Violet y poniéndosela en su frente—. Deberé escapar por la ventana. Hay guardias en el interior del edificio, y no tardarán en darse cuenta de lo que ocurrió.

—Espera un momento —dijo Sophie, luciendo un poco apremiada—. Llévate el teléfono. Podríamos hacer un importante avance en descubrir más sobre Robert Griffin y cómo es que sabe tanto sobre nosotras.

—Es una buena idea —dijo Nicole, dando media vuelta e inspeccionando el teléfono. La sorpresa la invadió cuando vio que la luz en el botón rojo se encontraba encendida. No lo había visto antes porque la luz de la ventana le impedía ver si el botón poseía alguna clase de brillo—. Sophie, la luz del botón rojo está encendida.

Fue lo último que escuchamos de Nicole, porque se escuchó un breve estampido que duró fracciones de segundo antes que la imagen mostrara estática. Luego, salté del susto cuando escuché tres estampidos más, y, más encima, sentí que un líquido me salpicaba en la cara y la ropa. Tardé varios segundos en recuperarme del impacto, solamente para recibir uno aún más grande.

Los cuerpos de Scarlett, Violet y Sophie yacían sobre el suelo, sin cabeza. La habitación completa estaba cubierta con su sangre y sus restos. La escena era incluso más surrealista que la pintura de Scarlett. Y pensar que había dormido con Heather la noche anterior en esa misma habitación. No era capaz de decir nada ni hacer nada. Ver a una persona muerta siempre era un shock para los sentidos, pero ver a tres personas, cuyas cabezas habían estallado de la nada, y cuya sangre manchaba mi cara, era demasiado para mí. Ni pensaba en la cantidad de tiempo que me iba a tomar limpiar mi habitación, porque la muerte de Scarlett, Violet y Sophie implicaba algo más grave aún, que me afectaba directamente.

Nicole.

Nicole estaba muerta.

No fui capaz de imaginarme su cuerpo, no después de ver lo que le había pasado a sus amigas. Me quedé de pie, incapaz de pensar o de siquiera mover un músculo, mientras un grupo de soldados entraba en mi habitación, metía los cuerpos de mis compañeras en bolsas plásticas, apilaba los equipos en cajas, y me llevaban afuera del edificio, limpiándome la sangre, dándome algo caliente de beber y lamentándose que yo hubiese sido manipulado para actuar a favor de mis compañeras. La medida de mi conmoción era tal que ni siquiera le di importancia a esto último. Me ofrecieron un domicilio alternativo mientras un equipo especial le hacía limpieza a mi habitación y reponía los enseres dañados por las explosiones. No fue hasta que estuve más calmado que me pregunté por qué tanta amabilidad de parte del Ejército.


Dos días transcurrieron desde el incidente en mi habitación, y juzgué que me encontraba apto para ir a trabajar nuevamente. Aún tenía la expresión de alguien que le había visto la cara a la muerte, y sobrevivido para contarlo. Mis colegas me miraban con conmiseración, cosa que yo no necesitaba, pero que agradecía por una cuestión de educación. Como era de esperarse, mi general no me recibió del mismo modo que mis demás colegas, y me dijo que tenía un trabajo listo para que yo lo hiciera.

En resumen, había una buena y una mala noticia.

La buena noticia era que no tenía que salir de mi cubículo en busca de una historia, o cubrir algo que un tabloide podía hacer mejor. La mala noticia era que el trabajo consistía en redactar un artículo sobre mi experiencia con mis compañeras. ¿Pueden creerlo? Ni siquiera el hecho que tuviese que redactar el maldito artículo me tenía tan tenso. Pero olvidé mencionarles otra mala noticia. Patton quería que el enfoque fuese el de mis amigas como una amenaza a la seguridad nacional, y que me habían manipulado para que yo accediese a cualquier cosa que me ordenaran. ¿Desde cuando uno contaba su experiencia con condiciones? ¿No era el propósito relatar lo que realmente ocurrió, y no lo que les convenía al uno por ciento más rico del mundo?

Fue en ese momento en que me di cuenta que seguir trabajando en el periódico no era una buena idea, si mi propósito era la verdad. Pero, como ya he reiterado hasta la náusea, mi cuenta bancaria siempre había podido más que mis ideales, cualesquiera que fuesen, por lo que tuve que agachar el moño y escribir el bendito artículo de la forma en que mi jefe lo quería. Tardé todo el día en hacerlo, pues hay que recordar que mis habilidades de redacción no eran las mejores, y, dada la situación, ya no había nadie que me ayudara con eso. Al final, tuve que usar el mismo procesador de texto para corregir los errores gramaticales.

Volví a mi departamento a eso de las ocho de la tarde. Mi habitación lucía de la misma forma que antes del incidente. Pero eso me importaba una mierda en ese momento. Lo que me tenía tan molesto era que había pensado con el bolsillo, en lugar de haberlo hecho con el músculo que importa. Antes de todo esto, creía que actuar pensando en mi bienestar financiero siempre me iba a dar buenos dividendos. Aquello siempre me lo decía mi madre antes de estudiar periodismo y arruinar sus sueños. Sin embargo, ahora que lo pienso con más detalle, mientras bebía un vaso de jugo, el dinero no siempre traía buenos dividendos. Trabajar en esa investigación me había hecho pensar en el valor de la verdad, o mejor dicho, repensar en el valor de ésta, porque había estudiado periodismo para contarle la verdad al mundo. Sí, lo sé, es la noción más romántica del universo, pero todos pensamos de ese modo cuando estudiamos algo, solamente para darnos cuenta de que las cosas no son como lo pintan en los afiches publicitarios de las universidades, institutos y demás.

Aunque no lo hubiera querido, había comenzado a creer en lo que realmente me había motivado a ser lo que siempre quise ser. Lo que no me gustaba de mi epifanía era que cuatro personas habían tenido que pagar con sus vidas en el proceso. Ni siquiera me permitieron conocer el lugar donde habían sido enterradas, explicándome que no podían arriesgarse a que Sailor Moon viniera y las reviviese. Aquello me dijo que solamente mis compañeras habían sido eliminadas. Las Sailor Senshi de Tokio seguían con vida, aunque poco consuelo me traía ese hecho.

Pensando en esas cosas me encontró Heather. Tuvo que golpear varias veces a la puerta para que yo acudiese a abrirle. De inmediato entendió qué era lo que me estaba pasando, y me invitó a que tomara asiento en el sillón de mi propia sala de estar.

—Se nota que pasaste por un infierno —dijo, dándome un vaso de mi propio jugo—. Esas mujeres merecen de largo lo que les pasó. Eran criminales, y te manipularon a placer. Ojalá que no vuelvas a pasar por lo mismo otra vez.

No dije nada. Era la primera vez que Heather hablaba de mis compañeras, y no habían sido buenas palabras. Ni siquiera podía acceder a ello mostrando una sonrisa o asintiendo con la cabeza. Era como mentirme a mí mismo. Nicole y sus amigas podían ser cualquier cosa, menos criminales. Sabía que estaba poniendo en riesgo mi relación con Heather, pero no podía permitir que trataran a mis compañeras, sobre todo a Nicole, como delincuentes.

—Ninguna persona merece morir, Heather —le dije con voz queda. Ella frunció el ceño de inmediato.

—¿Cómo puedes decir eso, si ellas te usaron para tenderle una trampa al director del Banco Central? —repuso Heather, olvidada de que yo no estaba pasando por un buen momento—. Tal vez te manipularon muy bien, tanto que sigues creyendo que ellas estaban haciendo lo correcto.

¿Cómo era posible que mi propia pareja, quien se suponía que debía apoyarme en este tipo de situaciones, estuviera haciendo lo contrario? En lugar de hacerme sentir mejor, me estaba haciendo que yo quisiera pegarle un puñetazo para que me dejase tranquilo de una maldita vez.

—¿Sabes? Creo que estás comportándote como una imbécil —le espeté, y noté que la había pillado con la guardia baja—. ¿Quién te crees que eres, diciendo ese tipo de cosas? Hablas, y ni siquiera conocías a mis compañeras. Crees toda la mierda que te tira la televisión y ni te molestas en buscar otras fuentes. ¿Qué es lo que siempre te he dicho, Heather? Nunca hay que conformarse con una sola fuente de información.

—¡Pues ahora eres tú el que se está comportando como un imbécil! —exclamó Heather, poniéndose de pie y mirándome con ojos vesánicos—. ¿Acaso no tengo derecho a opinar?

—No tienes derecho a opinar sin fundamento —le corregí, sin ánimos de ponerme de pie, pero sostuve su mirada de todas formas—. Ahora, puedes creer lo que te venga en gana, pero si piensas denigrar a mis compañeras sin argumentos válidos, bien puedes irte a la mierda ahora mismo. La puerta es bastante ancha.

—Ja. No podrías soportarlo —se burló Heather, poniendo los brazos en jarras—. Después que yo me vaya, me vas a llamar suplicándome para que te perdone. Todos los hombres son iguales.

—Heather, te estoy dando la oportunidad para que te vayas sin incidentes —dije, en un tono bajo pero claramente molesto—. Si insistes, voy a llamar a la policía, y la cosa se va a poner muy fea para ti.

—Te reto a que lo hagas… si es que tienes el valor para hacerlo. Pero claro, tú no tienes coraje. De otro modo, no estarías saliendo conmigo… aunque no creo que esto dure mucho.

No dije nada. Dejé que Heather se explayara todo lo que ella quisiera, pero eso no significaba que me iba a quedar de brazos cruzados. Me incliné hacia una mesita cercana, cogí el teléfono y marqué el número de la policía. Heather se detuvo en seco.

—¿No vas a llamar a la policía, verdad?

La ignoré completamente. La voz de un oficial se escuchó en el auricular.

—Quiero reportar un allanamiento de morada —dije, y noté cómo a Heather se le ponía pálida la cara—. Sí, es ahí donde vivo. La persona en cuestión se llama Heather Morris…

En cuanto dije su nombre, ella se marchó al instante. Corté la llamada de inmediato. Tuve que suprimir una carcajada. Aquella no había sido una llamada real. Mi celular tenía esta curiosa función de grabar un audio que puede ser usado para simular una llamada. Normalmente usaba esta función para evitar reuniones incómodas, pero en esta ocasión me vino con anillo al dedo.

Pero la satisfacción duró poco.

No creía que Heather volviera a mi lado después de lo que le hice. Tuve que soltar una carcajada sarcástica. No tenía pareja, ya no tenía compañeras, y ya no tenía ninguna información sobre Robert Griffin y el proyecto del acelerador de partículas.

Había vuelto al principio otra vez. Y dudaba que volviese a retomar la investigación. La verdad, ya no me importaba nada que tuviese relación con mis aventuras con Nicole y las demás. De ahora en adelante, iba a hacer lo que el general quería que hiciese. No iba a perseguir mis propias historias, y tampoco iba a poner un pie fuera de la línea otra vez.

La ignorancia es una dicha, ¿verdad?