LXXXV
El renacer

Tokio, 19 de noviembre de 1992, 6:25p.m.

Saori y Rei se encontraban frente a la casa de Molly (en cuyo primer piso se alojaba la tienda de joyas de su madre), esperando a que ella apareciera. Saori había tocado el timbre como diez veces ya, y la persistencia había rendido frutos.

—Discúlpame por no haber ido cuando me llamaste —dijo Molly, luciendo compungida, pero Saori no ablandó la expresión de su cara—. Espero que mi ausencia no haya sido costosa.

—¡Por algo te llamé! —gritó Saori, resistiendo las ganas de tomarla por el cuello y arrojarla lejos—. Rini fue secuestrada por esos imbéciles de la Luna Muerta, y no sé qué mierda planean hacer con ella.

—Eso… es terrible —balbuceó Molly, y Rei percibió lo que Saori había fallado en notar. Lucía extraviada, como si estuviera en medio de una tormenta, sin nada que la guiara a destino.

—¿Por qué no viniste? —increpó Saori con violencia, pero Molly no respondió. Permaneció en silencio, temblando de la cabeza a los pies, y Saori pensó que se sentía intimidada por su presencia, pero Rei no pensaba en los mismos términos. Creía que Molly se comportaba así por otra razón, algo ajeno a la situación.

—Déjame hacer esto —dijo Rei, haciendo a un lado a Saori y acercándose a Molly con una sonrisa—. Recibiste una mala noticia, ¿verdad?

Molly tragó saliva, pero crispó los puños, sosteniendo la mirada de Rei. Sus ojos comenzaron a brillar.

—Así es —dijo ella, con voz queda—. Hace unos minutos atrás estuve viendo las noticias, y mostraron la escena de un incidente que tuvo lugar en la casa de un periodista llamado Jeremy Burns.

Rei no era familiar con el nombre del periodista, pero Saori sintió un violento retortijón de tripas. Conocía, al menos de oída, el nombre Jeremy Burns. Aquel era el periodista al que Nicole y las demás estaban ayudando con una investigación. Por eso le causaba malestar, porque creía que algo malo le había pasado a las Sailor Gems, y aquello le afectaba directamente.

—La cuestión es que unos soldados del Ejército inglés hallaron los cuerpos de tres mujeres de unos veinte años —continuó Molly, a quien le costaba mucho trabajo mantener un tono parejo de voz—. También fue hallado un cuerpo en la oficina de un tal Robert Griffin. Todos los… todos los cadáveres fueron identificados. Son… ellas. Nicole… Violet… Scarlett… Sophie… todas muertas.

Saori vio confirmados sus peores miedos, pero eso no le trajo ningún consuelo. Pese a que las demás también eran importantes para ella, la muerte de Violet fue como si un balde enorme de agua gélida hubiese caído sobre ella. No pudo articular palabra por casi un minuto. Rei le hablaba y le hablaba, pero era lo mismo que hablarle a una pared. Tenía los ojos brillantes, y la cara contorsionada le decía que intentaba suprimir el llanto. Rei la entendía a la perfección. Saori era la única esperanza que tenían las Sailor Senshi de volver al ruedo, y, si la conocía bien, no podía permitirse mostrar alguna debilidad en esa coyuntura tan crucial. Al mismo tiempo, la muerte de Violet le había pillado con la guardia baja, pensado que Molly no la había ayudado por alguna otra cosa que no tuviese demasiada importancia

—Es… es terrible… pero… pero eso no debe detenernos —dijo Saori con la voz quebrada, respirando de manera rítmica, con el fin de recuperar la calma, lográndolo de a poco—. Es… es por eso que los hombres nos… llaman débiles. Cada vez que las cosas se ponen complicadas, nos ponemos a llorar y nos ahogamos en el dolor.

—Saori… —comenzó Rei, pero ella la interrumpió.

—¡Sé que debería estar lamentando la muerte de Violet y las demás, pero este no es el momento para hacerlo! —Saori alzó la cabeza y crispó los puños, demostrando fuerza y decisión en un momento en que era muy difícil mostrar ambas cualidades—. ¡Estamos en guerra con el Circo de la Luna Muerta, y la única forma de ganar es que seamos fuertes!

Molly y Rei se quedaron mirando a Saori como si recién la viniesen conociendo. Ambas habían crecido escuchando la hazaña de Sailor Silver Moon a finales de los sesentas, cuando puso fin a la Guerra Fría deteniendo cien mil cabezas nucleares, a costa de su propia vida. Pero una cosa era escuchar cuentos sobre lo que la mujer frente a ellas había hecho, y otra muy distinta era experimentarlo en carne propia. Inutilizar esa cantidad de misiles no solamente requería un poder más allá de la imaginación, sino que una determinación tan fuerte como el acero. Y Saori era la única mujer en todo el planeta con ambas cualidades en ese preciso momento.

—Tienes razón —dijo Rei, mirando fijamente a Saori, admirándola en silencio por la fuerza que estaba mostrando—. No podemos quedarnos de brazos cruzados, pudiendo hacer algo por nuestras amigas.

Saori miró a Molly, pero ella rehuyó sus ojos.

—N… no puedo —dijo, con voz queda—. No todas son como tú, Saori. A muchas de nosotras nos duele este tipo de cosas, y, aunque queramos, no podemos hacer nada. Discúlpame, Saori, por no ser como tú, pero necesito tiempo para recuperarme.

Saori iba a protestar, pero Rei se interpuso entre ella y Molly.

—No te preocupes —dijo, tomándole un hombro y mostrándole una sonrisa—. Si no crees ser capaz de unirte a nosotros, no lo hagas. Seguramente no usarás tus poderes de buena forma, cometerás errores y será peor para nosotros. Es mejor que te quedes aquí y te recuperes, si crees que es lo mejor para ti.

—Lo es —dijo Molly, secándose las lágrimas y sonriéndole a Rei—. Es que no tengo experiencia de combate, como ustedes dos. Sería un estorbo más que una ayuda.

—Recuerda que tenemos que hacer algo al respecto —dijo Saori, recuperando lentamente la calma—. Cuando todo esto acabe, vamos a entrenar juntas, de forma que sí nos puedas ayudar en el futuro.

Molly no dijo nada, pero sí asintió levemente con la cabeza.

—Bueno, es hora de irnos —dijo Saori, transformándose en Sailor Silver Moon, y haciendo un gesto a Rei para que se acercara. Ella puso cara de incomprensión.

—¿No nos vamos a teletransportar o algo por el estilo?

—No tengo esa clase de poderes —gruñó Sailor Silver Moon, pensando que Rei estaba al tanto de sus habilidades como Sailor Senshi—. Pero puedo volar muy rápido. Llegaremos a nuestro destino en dos horas.

Rei palideció.

—¿Dos horas? —dijo, con un hilo de voz—. ¿A qué velocidad puedes volar?

—Mach seis —repuso Saori en un tono casual—. Deben ser unos siete mil kilómetros por hora. No es una teletransportación, pero es lo mejor a lo que puedes optar ahora mismo. Ahora ven, no tenemos mucho tiempo.

Rei se quedó de pie en su lugar por un rato, considerando la idea de viajar a siete mil kilómetros por hora, sin ninguna protección, sostenida solamente por los brazos de Sailor Silver Moon. De pronto, Rei se sintió como si padeciera acrofobia (98).

—¿Y no hay otra forma de llegar? —preguntó Rei con un ligero temblor de la voz—. ¿Una forma más… digamos… mágica?

—Si buscabas por magia, estás hablando con la persona equivocada —dijo Sailor Silver Moon, salvando la distancia entre ella y Rei en dos zancadas, y sosteniéndola por la cintura. Rei se puso ligeramente colorada.

—Eres brusca —dijo con un temblor en la voz. Sailor Silver Moon gruñó.

—No eres mi tipo, por cierto.

Y ella despegó a velocidad de vértigo del suelo, haciendo gritar a Rei.

Alpes suizos, dos horas más tarde

—¿Sabes, Saori? —dijo Rei, castañeteando los dientes y abrazándose a sí misma, sintiendo un desagradable sabor en la boca, producto de haber vomitado el desayuno a causa del viaje—. Si hubiera sabido que el maldito centro de control estaba en una montaña, hubiera escogido otro tipo de vestimenta.

—Bah, no te quejes —gruñó Sailor Silver Moon, a quien no le afectaba el frío, pese a que usaba un uniforme que mostraba sus brazos y piernas más de lo que le gustaba admitir—. Las cosas están a punto de cambiar. Recuerda que el centro de control está justo debajo de nosotros. Lo único que debemos hacer es atravesar como veinte metros de nieve y roca.

—¿Y trajiste explosivos? —dijo Rei sarcásticamente.

—No. Usar explosivos es de hombres. Déjame esto a mí.

Sailor Silver Moon hizo que Rei se apartara varios metros de ella. Ella conocía lo suficiente a Saori para desoír su consejo y se alejó bastante. Cuando estuvo a una distancia prudente, Sailor Silver Moon extendió ambos brazos y comenzó a girar, lentamente en un principio, más rápido después. Rei sintió el poder del viento azotar su cara con más intensidad a medida que Sailor Silver Moon giraba cada vez más rápido. Pronto, fue tal la velocidad de sus giros que comenzó a arrancar la nieve debajo de sus pies. Rei juzgó que aquello no era más sutil que usar explosivos, pero luego comenzó a ver la ventaja de emplear viento para taladrar un agujero en la nieve. Las ventiscas eran bastante comunes en las montañas, y el sonido de lo que estaba haciendo Sailor Silver Moon se podía confundir con algo del clima local.

Tres minutos más tarde, el tornado de Sailor Silver Moon perforaba la roca debajo de la nieve. Rei observaba con atención el agujero, de forma de saber cuándo debía parar de girar como una peonza. Fue un sonido metálico lo que le indicó que Sailor Silver Moon ya había excavado lo suficiente, y batió ambos brazos a modo de señal. Por un momento, pensó que ella no la iba a ver entre tantos detritos de nieve y roca, pero la velocidad de su tornado fue disminuyendo, hasta que se detuvo por completo. Miró al suelo, y asintió con la cabeza.

—¿Y ahora qué? —preguntó Rei, viendo el círculo de metal bajo sus pies—. Supongo que no viniste con un soplete, ¿verdad?

—No necesito un soplete —contestó Sailor Silver Moon, mostrando una sonrisa audaz—. Con el poder del aire, todo es posible.

Sailor Silver Moon extendió un dedo hacia un borde, y una corriente de aire brotó de la punta, tan rápida que, en efecto, estaba haciendo un surco en la superficie metálica. Rei notó que, mientras más tiempo mantenía ese flujo de aire, más profundo se hacía el surco, de la misma forma en que el agua a presión podía cortar planchas de acero (99). Cuando vio que su corriente de aire ya no tenía resistencia, describió una circunferencia, cortando el metal como si fuese papel.

El trozo de techo cayó, causando un estrépito que podía despertar a un muerto en Júpiter. Rei arrugó la cara cuando escuchó el sonido.

—Muy sutil —rezongó Rei, pero Sailor Silver Moon la miró con una cara de desaprobación tal que se ahorró cualquier otro reclamo que quisiera formularle.

—Amy no me entregó las coordenadas de la base en sí —dijo Sailor Silver Moon, mirando por el agujero, viendo a dos guardias—. Me entregó las coordenadas precisas del centro de control, que es una parte pequeña de la base. No está muy custodiada en el interior, porque, seamos honestas, nadie espera que alguien pueda entrar por el techo. Ahora, deja deshacerme de esos idiotas, porque ya sacaron sus armas, y nos quieren matar con ellas.

Sailor Silver Moon, de forma temeraria, se lanzó por el agujero, y fue recibida por una rociada de balas, ninguna de las cuales encontró un blanco, al menos no de forma efectiva, porque dos balas arañaron sus piernas. Pero Sailor Silver Moon era lo suficientemente veterana para ignorar el dolor, y, con un golpe en el piso, mandó a volar a ambos guardias, dejándolos inconscientes. Rei bajó después, y Sailor Silver Moon ablandó su caída con un colchón de aire.

—Bien —dijo Sailor Silver Moon, mirando el panel de control, localizando dos interruptores en ambos extremos, y cada uno de ellos poseía una ranura para una tarjeta.

—Registra a los guardias —dijo Sailor Silver Moon a Rei, examinando las instrucciones que aparecían en el panel—. Necesitamos dos tarjetas.

Por fortuna, Rei no necesitó hacer una inspección muy concienzuda, porque las personas que Sailor Silver Moon había asumido que eran guardias, eran, de hecho, las personas que operaban el centro de control, y ambos tenían tarjetas colgando de sus cuellos. Sailor Silver Moon se preguntó por qué unos simples operadores estaban capacitados para usar armas de fuego, pero decidió que trataría de responder a esa pregunta en otra ocasión, porque el tiempo apremiaba.

—Toma —le dijo Rei, entregándole una tarjeta, luciendo nerviosa—. Tenemos poco tiempo. No creo que el resto de la base no haya escuchado esos disparos, y realmente no quiero tener que enfrentarme a ellos, sobre todo cuando no puedo transformarme en una Sailor Senshi.

—Relájate —le aconsejó Sailor Silver Moon, abriendo la cobertura de plexiglás que cubría la ranura de la tarjeta—. Cuando hayamos desactivado este sistema de mierda, podrás hacerlo con toda libertad.

—¿Y no podemos simplemente destruir este panel de control?

—Algo me dice que no es tan simple como eso —contestó Sailor Silver Moon, tomando la tarjeta, poniéndola sobre la ranura, esperando a que Rei hiciera lo mismo—. Puede que destruyendo el sistema las mate a todas. No quiero arriesgar sus vidas por apresurarme. No, lo haremos de la forma correcta. Se supone que debemos insertar las tarjetas en las ranuras al mismo tiempo.

—Tú me dices cuando —dijo Rei.

—A la cuenta de tres —indicó Sailor Silver Moon, respirando de forma rítmica para controlarse, y le indicó a Rei que hiciera lo mismo—. Uno, dos… tres.

Sailor Silver Moon y Rei insertaron las tarjetas al mismo tiempo, y los botones se encendieron con una luz roja.

—Ahora, hay que presionar los dos interruptores, también al mismo tiempo —dijo Sailor Silver Moon, lo que hizo que Rei emitiera un gruñido—. No tengo la culpa de eso. Eso indican las instrucciones en el panel.

—De acuerdo, de acuerdo —protestó Rei, poniendo un dedo sobre el interruptor. Sailor Silver Moon hizo lo propio.

—Nuevamente a la cuenta de tres —indicó Sailor Silver Moon, percatándose de que estaban tratando de penetrar en la sala de control—. Uno, dos… tres.

Ambas presionaron los interruptores al mismo tiempo, y se escuchó un sonido como de un suspiro apenado. Varios circuitos explotaron, y chispas saltaron por toda la consola. Todas las luces se apagaron y la sala quedó en silencio.

—Lo hicimos —dijo Rei, sacando su pluma de transformación, mirándolo con cierta incertidumbre—. Pero me da un poco de miedo transformarme. ¿Qué pasa si hay un sistema de respaldo en otra parte del mundo?

—Si ese fuese el caso, Amy me habría entregado más coordenadas —repuso Sailor Silver Moon, apremiando a Rei con la mirada—. Pero como me entregó un solo set de coordenadas, entonces deberías confiar en que este es el único sistema existente que nos puede detener.

Rei miró su cetro de transformación por unos cuantos segundos más, y, tragando saliva, pronunció las palabras mágicas. Su cuerpo fue envuelto por una bola de fuego, y Sailor Silver Moon creyó que el collar en su cuello había estallado. Pero cuando una Sailor Senshi emergió de la bola de fuego, supo que el plan había tenido éxito. El centro de control había sido efectivamente desactivado, y confiaba en que tardaran varias semanas en construir uno nuevo, y para ese entonces, ya sería demasiado tarde.

—Bueno —dijo Sailor Mars, luciendo más contenta que en los últimos días—, es tiempo de salir de aquí.

—Podríamos irnos por el mismo agujero —sugirió Sailor Silver Moon, y ambas salieron por donde habían entrado, solamente para verse rodeadas por un ejército de soldados, todo apuntando sus rifles de asalto a ambas Sailor Senshi. Sailor Silver Moon y Sailor Mars se miraron brevemente, y se pusieron manos a la obra.

Todos los soldados dispararon al mismo tiempo, pero Sailor Silver Moon había tomado a Sailor Mars de la mano, y pegó un salto muy alto, girando rápidamente. Sailor Mars, tratando de no marearse, ejecutó su ataque de fuego, lo que, combinado con las ráfagas que estaba generando su compañera, creó un remolino de fuego que mantuvo alejado a los soldados y haciendo que no pudieran disparar sus armas. Sailor Silver Moon aprovechó la confusión para irse volando, sosteniendo firmemente a Sailor Mars, y aumentando la velocidad, de forma de llegar lo más pronto posible a Tokio.

Nueva York, quince minutos más tarde

Arthur Fleming se encontraba en su despacho, revisando unos documentos, cuando el teléfono sobre su escritorio sonó. No sabía por qué, pero le daba la impresión que había un urgencia desesperada en la forma en que sonaba el bendito teléfono.

—¿Diga?

—Le tengo malas noticias —dijo el oficial a cargo de la base en los Alpes Suizos—. El sistema de control de las Sailor Senshi fue deshabilitado hace unos pocos minutos atrás

Arthur sintió un retortijón de tripas tal que casi lo envió al suelo. Se suponía que la ubicación de la base era secreta, solamente conocida por un círculo muy pequeño de personas. Tampoco era de dominio público que el centro de control iba a estar ubicado en esa base en específico. Se preguntó si alguna de las personas que integraban ese círculo le había traicionado, aunque lo consideraba poco probable. Decidió seguir escuchando el reporte.

—No va a creer lo que estoy a punto de decirle, pero fue una Sailor Senshi quien destruyó el sistema.

Arthur casi se atragantó con su propia saliva.

—¿Una Sailor Senshi? Pero pensé que las habíamos atrapado a todas en esa reunión.

—Por lo que pudimos recabar, señor, la Sailor Senshi de la que hablo tenía el cabello plateado y largo.

Arthur gruñó. Por supuesto. Tenía que ser esa maldita Sailor Silver Moon. Ella no acudió a la reunión. Debimos haber previsto que ella no iba a presentarse. Pudimos haber usado a su novia para traerla a la reunión.

—Quiero que hagas un informe de la situación, y lo envíes a mí, con copia al Departamento de Defensa de Estados Unidos. Si las Sailor Senshi no son controladas, vamos a tener que acabar con ellas por las malas. Yo me ocuparé de que Desmond Hudson tenga las armas que prometió en el menor tiempo posible.

Arthur cortó la llamada, y marcó otro número, no sin cierto tiento. La persona a la que iba a llamar no iba a estar muy contenta por la destrucción del centro de control.


(98) Miedo a las alturas.

(99) El aire, en física, se considera un fluido, por lo que posee las mismas propiedades que una sustancia en estado líquido.