LXXXVI
Charla motivacional

Tokio, 20 de noviembre de 1992, 02:22p.m.

Saori había decidido guardar duelo por Violet, por lo que la tarea de convencer a las demás de que volvieran al ruedo había recaído en Rei. De todas formas, Saori no era la mujer indicada para motivar a alguien. Rei tampoco era un as en elevar los espíritus de la gente, pero debía intentarlo, porque la alternativa era el total dominio de la humanidad por parte del Circo de la Luna Muerta. Pese a que podría necesitar la ayuda de Saori, entendía que debiese guardar respetos por su novia fallecida.

Rei consideró que Lita iba a ser la más fácil de convencer, por lo que se dirigió a su casa (eran más de las dos de la tarde, y ya debía estar fuera de clases). Tuvo que emplear transporte público para llegar, y aquel no era un buen momento para ello, porque muchos colegios terminaban sus clases a la misma hora, y los microbuses iban llenos en muchas ocasiones. Tuvieron que pasar más de veinte minutos para que Rei pudiera llegar a la casa de Lita. Por fortuna, se escuchaba música pop desde afuera, lo que era una buena señal.

Lo único malo era que estaba atardeciendo un poco más temprano de lo normal, pero Rei, al menos en un principio, no le dio demasiada importancia, juzgando que podría tratarse de algo relacionado con el clima. En fin, golpeó tres veces a la puerta. Tuvo que hacerlo con mucha fuerza, porque la música sonaba a un volumen muy alto. Lita podía darse el lujo de hacerlo, porque su casa tenía espacio en todas direcciones, y nadie se quejaba del ruido.

La puerta se abrió, y Lita apareció, sosteniendo una escoba, luciendo animada.

—Hola, Rei —saludó la dueña de casa—. No te veía hace varios días ya. ¿Qué te pasó?

—Estuve ocupada con mi llama y anduve de viaje.

—¿De viaje, eh? —dijo Lita, con ambas cejas arqueadas—. ¿Por qué no me cuentas de ello? Adelante, siéntete como en casa, mientras yo traigo algo de comer.

—Mmm… de acuerdo —accedió Rei, entrando en la casa, notando que estaba casi completamente limpia, a excepción de un rincón, donde había una pala para polvo—. ¿Has estado muy ocupada?

—¡Con las clases, el aseo y mis ratos de ocio, tengo mi tiempo completo! —exclamó Lita desde la cocina, y Rei no la notó deprimida o algo por el estilo. Había pensado que el resultado de la reunión en Nueva York la tendría de un humor más decaído—. ¡Nunca había estado mejor! ¡Nada de responsabilidades que no pueda manejar por mi cuenta!

Rei tomó asiento en un sillón, inclinándose hacia delante, apoyando los codos en las piernas, y puso el mentón sobre sus manos, pensando en las palabras de Lita. Pese a que no sonaban como si estuviera pasando un mal momento, era claro que no quería volver a tener la vida de antes. De pronto, la tarea de convencer a sus amigas de que volvieran a pelear contra el mal se le hizo cuesta arriba… muy cuesta arriba.

Lita volvió de la cocina con unas galletas y camarones fritos, aparte de unos vasos con jugo de naranja. Todo eso lo llevaba en una bandeja, la que depositó sobre la mesita en medio de los sillones. Rei, por otra parte, pensó que sería una buena idea hablar del viaje que había hecho el día de ayer, sobre todo porque la misma Lita lo había preguntado.

—¿Querías saber sobre el viaje que hice?

—¡Cuéntame sobre ello! —dijo Lita, emocionada, tomando una galleta y llevándosela a la boca.

—Bien —repuso Rei, tomando una cola de camarón fritas con los palillos que venían en la bandeja, y se lo llevó a la boca, masticando gustosamente. Por lo menos era bueno que las habilidades culinarias de Lita no hubiesen cambiado para peor—. Fue un viaje bastante apresurado, la verdad. Tampoco viajé en avión, si es que te interesa saberlo. Llegué en dos horas a los Alpes Suizos.

Lita quedó con la boca abierta, sosteniendo la cola de camarón frente a ella, olvidada de que debía comerlo.

—¿Te demoraste dos horas en llegar desde aquí hasta Europa?

—No sin ayuda —contestó Rei, recordando la forma en que le había hecho sentir viajar a Mach 6, a más de diez mil metros de altura—. Sailor Silver Moon me llevó hasta allá.

—Ah, bueno, ella es capaz de hacer eso —dijo Lita, recordando que tenía la cola de camarón frente a ella, y se la llevó a la boca, masticando con parsimonia—. Me imagino que fue un golpe a tus sentidos brutal.

—Estuve vomitando por un par de minutos. Vomité cosas que ni siquiera sabía que había comido. Bueno, la cuestión es que fuimos a los Alpes Suizos para deshabilitar el centro de control de los collares que nos impiden transformarnos. ¿No notaste que ya no tengo mi collar?

Lita había estado pendiente de tantas cosas que había pasado por alto la ausencia del collar en el cuello de Rei. Cuando lo notó, olvidó nuevamente la comida.

—¿Te… te puedes transformar?

—Y sin perder la cabeza, lo que es mejor —dijo Rei alegremente, comiendo otra cola de camarón a causa de la emoción—. Eso pasa porque conseguimos destruir el centro de control de esos collares. Ya no hay peligro en transformarse. Podemos meternos la ley Kobayashi por donde no alumbra el sol.

Lita no dijo nada por un buen rato. Rei entendía sus reticencias. Aunque hubiera pasado menos de una semana desde aquella reunión en Nueva York, tener una vida normal, alejada de las responsabilidades que entrañaba ser una Sailor Senshi, vivir siempre pendiente de las amenazas que llegasen al planeta, pelear contra enemigos que, frecuentemente, eran más fuertes que ellas, era mucho más de lo que una chica de quince años común y corriente podía tolerar. Mientras Lita parecía darle vueltas al asunto en su cabeza, Rei consideró la posibilidad de que se alejara de todo lo que implicaba ser una Sailor Senshi, pero, de alguna forma, no podía albergar siquiera la posibilidad de que eso ocurriera en algún momento de su vida. Su personalidad no le permitía rehuir la responsabilidad, o dejar aquella tarea en manos de otra persona que no fuese ella misma. Había sido escogida como una Sailor Senshi por una razón, y, aunque no la entendiera en ese momento, tenía claro que no habría podido ser de otra forma.

—¿Sabes, Rei? —comenzó Lita, y la aludida pegó un pequeño brinco, perdida como estaba en sus propios pensamientos—. Estos días, siendo una chica normal, han sido algunos de los mejores de mi vida. Por primera vez en mucho tiempo, hice cosas para mí, sin tener que preocuparme por prepararme para la siguiente batalla. Me preparé las comidas que siempre quise comer, salí de fiesta, tuve sexo dos veces, y no puedo decir que me arrepiento de todo eso. Pero después, pensé en todas aquellas personas que nos necesitan. No me refiero a los gobiernos, sino que a las personas comunes, que viven el día a día, sabiendo que nosotras estábamos allí para protegerlas. Simplemente, no puedo dejar indefensa a la gente. Tengo esta compulsión de interponerme entre las personas y el peligro, y no creo que eso cambie en un futuro cercano. Así que, puedes contar conmigo, Rei. Regresaré a la pelea contigo y, si tenemos suerte, con las demás.

Rei arqueó una ceja.

—¿Tenemos?

—Oh, vamos, Rei. ¿De verdad crees que voy a dejar que convenzas a las demás por tu cuenta? Yo te voy a ayudar. Pero primero, deberíamos acabar con esta comida. Sería una lástima que todos estos deliciosos platillos se pierdan, ¿no crees?

Washington, 20 de noviembre de 1992, 10:10a.m.

Saber que algo había salido mal siempre era un dolor de cabeza, pero, en el caso de Herbert Dixon, cualquier contratiempo implicaba tiempo y dinero para resolverlos, y había recibido una muy mala noticia hace unas horas atrás. La persona que le había informado semejante cosa tampoco lucía muy entusiasmado por comunicar la mala nueva, pero después, aquello no tuvo importancia. Gracias a la noticia, su plan maestro tenía una posibilidad muy real de fallar. Aunque le habían informado que acciones correctivas ya habían sido tomadas con éxito, siempre estaba el riesgo de que hubiera alguna filtración que terminara perjudicándole. De hecho, ni siquiera el momento que pasó con Isabella había hecho algo para quitarle la preocupación. De hecho, le hizo cobrar conciencia de que su plan de contingencia debía concretarse lo más pronto posible, y confiar en que sus agentes hicieran un buen control de daños, de modo que el plan principal siguiera su curso.

Sin embargo, había otro asunto que ocupaba su agenda, y no había que buscarlo más allá del perímetro de su base. Hawkins le había avisado hace unos dos minutos atrás que había una persona rondando por las cercanías, manejando lo que parecía un cajita de maquillaje. Pero Herbert sabía que aquello no era, en absoluto, un artículo cosmético. El símbolo en su parte trasera le indicó que una de aquellas Sailor Senshi había conseguido rastrear la posición de su base. La única capaz de hacer algo así era Sailor Mercury, pero cuando la vio por la pantalla, vio que lucía como una chica normal.

Herbert se quedó observando las imágenes por tres minutos más, hasta que la chica se detuvo, consultando información en su computadora de bolsillo, y vio que su cara mostraba sorpresa absoluta. Momentos más tarde, sacó su cetro de transformación y se convirtió en Sailor Mercury, sin que ninguna explosión le volara la cabeza. Aquello dejó perplejo a Herbert. Se suponía que los collares estaban diseñados para detonar en cuanto el centro de control detectara la radiación sigma que emanaba de una Sailor Senshi cuando se transformaba. Pero no había pasado nada. En lugar de preguntarse por qué ese collar en específico, hizo una llamada rápida a un número de alta prioridad que tenía registrado en su centro de comunicaciones, solamente para enterarse de otra mala noticia.

El centro de control había sido destruido.

Tentado en patear cosas, Herbert respiró hondo, dando vueltas por la pecera, con el propósito de calmarse un poco. La destrucción del centro de control implicaba que iba a tener que lidiar nuevamente con las Sailor Senshi, lo que no era ideal bajo ninguna circunstancia. Sin embargo, la amenaza más cercana era Sailor Mercury, quien deambulaba por el perímetro de la base, siempre consultando su computadora de bolsillo. Herbert decidió que era peligroso dejar que ella entrara en el complejo, y salió de la pecera, rumbo al ascensor que le conduciría a la superficie.

Se encontró cara a cara con Sailor Mercury, quien le miraba con una expresión de odio. Al principio, Herbert no supo por qué ella le odiaba. Conocía lo suficiente a Amy Mizuno para saber que ella no era una persona que albergara rencor, pero lo que estaba viendo desafiaba lo que sabía de la chica frente a él.

—Sé lo que hiciste —dijo Sailor Mercury con calma, una calma que escondía una furia inconmensurable por el anciano frente a ella—. Mataste a Darren Church y a Moira Lewis a finales de los setentas—. Sailor Mercury hizo una pausa, queriendo que Herbert entendiera la gravedad de lo que había hecho—. Ellos eran mis padres biológicos.

Cuando Herbert escuchó los nombres de Darren Church y Moira Lewis, finalmente entendió por qué Sailor Mercury había viajado desde Tokio hasta su base secreta. Ella era la bebé de cabello azul que había hallado junto a esos dos. No la había matado porque un bebé no era una amenaza para nadie… en ese momento.

—Así que viniste aquí por venganza —dijo Herbert, cruzándose de brazos y mirando a Sailor Mercury como lo haría un padre con un hijo que se hubiera comportado mal—. ¿Y creíste que podrías derrotarme por tu cuenta? ¿Acaso sabes con quién estás lidiando?

—Eres un Desterrado —repuso Sailor Mercury, crispando los puños—. Significa que desciendes de aquellos que obtuvieron sus poderes del Cristal de Plata. Ya vi parte de lo que puedes hacer cuando peleamos en el rascacielos. Usas esa varita para canalizar tus poderes, porque no puedes controlarlos de otro modo.

—No me sorprende ver que Sailor Mercury tiene respuestas para todo —dijo Herbert, sacando su varita y jugando un poco con ella—. Pero no tienes idea de lo que hice en los cuarentas. No te preocupes por eso, porque lo vas a saber pronto.

Tokio, 20 de noviembre de 1992, 04:00p.m.

Rei y Lita llegaron a la casa de Mina, discutiendo sobre la mejor forma de convencerla de que volviera a aceptar el rol de Sailor Senshi, aprovechando lo que sabía Rei de ella, pues era quién más compartía con Mina en los tiempos muertos, donde no había ninguna amenaza que enfrentar.

—Ella es nuestra líder —dijo Lita, mientras tocaba a la puerta—. No puede haber otra razón por la que la necesitamos.

—Lita, no se trata de lo que necesitemos nosotras —dijo Rei, quien esperaba justo detrás de Lita, sin escuchar ningún sonido que le indicase que había alguien en la casa—. Se trata de lo que necesita ella. Recuerda que dijiste que necesitabas proteger al indefenso, y que por eso decidiste volver. Tenemos que averiguar qué es lo que necesita Mina para que haga lo mismo.

La puerta se abrió, y ambas vieron a Mina. Usaba un pijama de color naranjo, decorado con estrellas azules, y se notaba que no se había peinado en varios días. No emanaba mal olor de ella. Rei agradecía de que, por lo menos, respetara su higiene personal.

—¿Qué quieren, chicas? —preguntó Mina con una voz apagada, como si acabara de despertar, pese a que no bostezaba ni ostentaba ojeras—. Estaba viendo una película romántica.

—¿Podemos pasar? —preguntó Rei gentilmente, sin acercarse a Mina, de modo de no mostrarse como una persona irrespetuosa—. Podríamos acompañarte a ver esa película.

Lita se quedó mirando a Rei, como si hubiera dicho algo incoherente. De hecho, Lita siempre había pensado que Rei era enemiga acérrima de las películas románticas, por lo que sus palabras le sonaron fuera de lugar.

—Eh… bueno, si es que quieren acompañarme.

Lita y Rei entraron a la casa, y, en cuanto se adentraron en la sala de estar, notaron de inmediato que Mina rara vez abandonaba la televisión. Había envoltorios de papas fritas y palomitas de maíz por todos lados. Al parecer, Mina cuidaba su cuerpo tan bien como a su misma casa.

—Si quieren, pueden comer —dijo Mina, viendo que Rei y Lita miraban los envoltorios con curiosidad—. Tengo bastantes de esas en mi habitación.

Rei y Lita, mirándose con preocupación, tomaron asiento en el sillón, y Mina las acompañó, reanudando la película. Al parecer, ésta se estaba acercando a su desenlace, porque Mina puso los ojos vidriosos mientras la protagonista decidía entre el amor de su vida y la libertad de su pueblo.

—La tiene difícil —comentó Mina, inclinada hacia delante, y Rei y Lita volvieron a mirarse, luciendo resignadas—. Pero yo quiero que se quede con Keiji. Su pueblo no la trató muy bien que digamos, y por eso Kasumi se fue de la aldea.

A medida que la película se acercaba a su fin, Rei seguía mirando como si estuviera enganchada con la trama, mientras que Lita había perdido interés (le gustaban las comedias románticas) (100), y partió a la cocina a preparar algo menos dañino para la salud. Para cuando los créditos aparecieron, Rei dejó de prestar atención a la televisión, y miró a Mina, quien suspiraba y se llevaba las manos a los ojos, limpiándose las lágrimas.

—Es hermoso, ¿verdad? —lloraba Mina con voz trémula.

—Sí, claro —repuso Rei de forma incierta, para luego añadir—: ¿aprendiste algo de esta película?

—¿Aprender? —dijo Mina, sonando como si la pregunta careciese de fundamento alguno—. Rei, las películas románticas no entregan moralejas. Están solamente para estimular nuestra imaginación y nuestras emociones. Nada más.

—Pues yo creo que sí entregó una moraleja —repuso Rei, acercándose a Mina, y haciendo que la mirara fijamente a los ojos—. Kasumi eligió a Keiji por encima de su pueblo, ¿verdad?

Mina asintió con la cabeza.

—Y crees que lo hizo porque su pueblo nunca creyó en ella —continuó Rei.

Mina volvió a asentir.

—El amor está por encima de todas las cosas —dijo Mina, esta vez con un poco más de fuerza—. Uno nunca debe renunciar al amor.

—¿Y crees que Kasumi debió haber huido de su pueblo, solamente porque nadie la trataba bien?

—¿Por qué otra cosa lo haría?

—¿Y no te cabe en la cabeza la posibilidad de que ella hubiera escogido darse a respetar antes de escapar? ¿Probar que ella valía algo?

—¿Y qué podía probar? —alegó Mina, viéndose arrastrada al debate—. ¡Era una sirvienta!

—Sí, una sirvienta que hacía muy bien su trabajo, pero que nadie la reconocía por ello —completó Rei, sorprendiendo a Mina—. Sí, también vi la película, junto a unas amigas. El punto, Mina, es que si Kasumi se hubiera dado a respetar, no habría tenido que irse de la aldea.

—Y no hubiera encontrado el amor, ni se hubiera convertido en lo que es —dijo Mina, mirando a Rei como si ella le hubiese ofendido seriamente.

—Se hubiera convertido en algo mejor —dijo Rei, para irritación de Mina—. Y, en caso que no te hubieses dado cuenta, fue culpa de Kasumi que su aldea estuviera en peligro. Si no hubiera huido, su aldea no habría corrido riesgo alguno, y habría llegado a ser alguien importante sin tener que convertirse en una asesina.

—¿Y qué hay con eso?

—Mina, ¿no te das cuenta que tú estás en la misma situación que Kasumi? —increpó Rei, tomándola por los hombros, moviéndolos un poco—. Si no te das a respetar en este mismo momento, ¿quién sabe por qué rumbos te va a llevar actuar así? Es verdad que la ley Kobayashi nos golpeó muy duro, pero no por eso debemos escondernos en la oscuridad, esperando por algún cambio. Tenemos que ponernos de pie, sacudirnos el polvo y seguir adelante. Ninguna de nosotras eligió ser una Sailor Senshi, pero también sabemos que nadie más puede hacer lo que hacemos. Y tú eres nuestra líder. Quiérelo o no, ley Kobayashi o no, siempre será así. Debes levantarte del suelo, Mina. No dejes que los políticos ganen. No le des la espalda a la humanidad. Date a respetar, salva al mundo una vez más, y verás que nadie nos verá con malos ojos otra vez.

Mina quedó en silencio, mirando a la pared en lugar de a Rei, mientras se escuchaban los sonidos de la cocina, donde Lita estaba preparando algo para comer. La verdad, Rei le había dado muchas cosas que pensar. Había pasado los últimos días encerrada en su casa, sin ir a clases, viendo películas románticas, descuidando su salud, desilusionada de que todos sus esfuerzos como Sailor Senshi habían ido a parar a oídos sordos. Pero Rei no se había rendido, y recordó que no llevaba aquel collar en el cuello.

—Oye, Rei —comenzó Mina, pero Rei había notado que ella le estaba mirando el cuello.

—La ley Kobayashi es historia —dijo Rei, viendo el cetro de transformación que reposaba sobre uno de los sillones, olvidado completamente por Mina. Rei recogió el cetro y se lo entregó a Mina—. Adelante. Ya no hay peligro.

Mina tomó su cetro, dedicándole una mirada incierta. Pensó en todas las palabras que le había dicho Rei, en el fin de la ley Kobayashi, al menos en lo concerniente a los collares, y en la película que acababa de ver. Mina siempre había sido una chica romántica, que veía amor en todas partes y que, como Serena, vivía en las nubes. La reunión en Nueva York la había devuelto a la tierra de forma violenta, sabiendo que estaba condenada a jamás hallar el amor en lo que iba de su vida. Pero Rei le hizo entender que las personas del mundo eran más importantes que sus ambiciones pueriles, y, en ese momento, todos la necesitaban, aunque no fuesen conscientes de ello. No podía dejar a la humanidad de lado de la misma forma en que lo había hecho Kasumi. La responsabilidad de ser una Sailor Senshi había recaído sobre ella, y tenía que aceptarlo, para bien o para mal.

Mina alzó la vista, frunciendo ligeramente el ceño, y apretó el mango del cetro con su mano.

—Cuenten conmigo —dijo.


(100) Hay veces en que me pregunto por qué a la gente (mi hermano mayor incluido), le gustan las comedias románticas. Suelen ser predecibles y llenos de clichés y tropes que, al final, me terminan aburriendo. Las teleseries gozan del mismo calificativo, porque, al menos para mí, yo valoro más el desarrollo narrativo y argumental de una historia que una simple historia de amor. Es por eso que me gusta añadir otros elementos a mis propias historias de amor (cosa que antes no hacía con mucha frecuencia), ya sea suspenso, ciencia ficción, thriller político u otros.

Pero no quiero que piensen que esas cosas son malas. Es mi punto de vista, y no necesariamente mis lectores pueden pensar igual que yo. Total, para gustos, el arcoíris.