LXXXVII
Golpe de estado

Washington, 20 de noviembre de 1992, 10:19a.m.

—Asesinaste Sailor Senshi, ¿no es así?

—Varias de ellas —repuso Herbert Dixon, sin apartar los ojos de su rival—. Se convirtió en una especialidad mía. Espero que lo tengas en cuenta cuando intentes atacarme, porque sería peligrosamente arrogante de tu parte ignorar mis advertencias.

—Entonces no solamente te mataré por Darren Church y Moira Lewis —dijo Sailor Mercury, preparándose para atacar a Herbert—, sino que también por todas las Sailor Senshi que eliminaste en el pasado.

Sailor Mercury recogió sus brazos y los puso por delante de su pecho, concentrando su energía en atacar a su oponente. Herbert, por otro lado, ya tenía lista su varita. Viendo que ella se demoraba bastante en ejecutar su técnica, Herbert empleó su siempre confiable látigo de luz. La idea era atar los pies de Sailor Mercury, para luego tratarla como una muñeca de trapo. Pero, fracciones de segundos después, vio que ella había esperado a que él atacara para usar su técnica. El chorro de agua congeló el látigo de luz, dejándolo inservible. A continuación, Sailor Mercury empleó su niebla para oscurecer el campo de batalla. Herbert no podía ver más allá de unos pocos metros a la redonda, y, para cuando la niebla se hubo disipado, notó que ya no tenía su varita en la mano.

—¿Buscabas esto? —dijo Sailor Mercury en un tono burlón, sosteniendo la varita de Herbert con su mano izquierda. Por otra parte, él no podía creer que pudiera haber caído en una trampa tan básica. Necesitaba su varita para controlar sus poderes, de otro modo, usar siquiera uno de ellos podría hacer que perdiera la vida, arruinando todo lo que había construido en los últimos años.

—¿Cómo te atreves…?

Pero Herbert dejó de hablar en el momento en que Sailor Mercury rompió la varita en dos, y las tiró a un lado.

—Que esto te sirva de lección. Nunca subestimes a una Sailor Senshi. —Sailor Mercury repitió su ataque acuático, y Herbert, paralizado por la indecisión, miraba con rabia a su oponente. Aún no podía creer que ella le hubiera derrotado con tanta facilidad, cuando había asesinado a Sailor Senshi más poderosas que la que tenía frente a él.

En el momento en que Sailor Mercury iba a extender sus brazos, se escuchó un breve estacato que rompió el silencio que reinaba en el perímetro de la base subterránea. Herbert no entendió qué fue lo que había ocurrido, hasta que vio la mancha de sangre en el pecho de Sailor Mercury. Cuando ella cayó al suelo, vio la torreta que le había asestado el golpe de gracia, y recordó que, hace un año atrás, había indicado a Hawkins que instalara un mecanismo de defensa en el perímetro, de modo de prevenir cualquier incursión no deseada. No se había acordado de hacerle un seguimiento a la actividad, pero, al parecer, Hawkins había obedecido sus órdenes al pie de la letra. Sin embargo, la computadora de Sailor Mercury debió haber detectado aquel sistema, y se imaginó que lo había deshabilitado antes de adentrarse en el perímetro, por lo que Hawkins debió manejar el sistema de forma manual.

—Ja. Todas las Sailor Senshi son iguales —dijo Herbert, tomando el cetro de Sailor Mercury, y rompiéndolo. En el momento en que lo hizo, ella volvió a su forma normal, y Herbert recogió las partes de su varita, juzgando que tardaría un poco en repararla. Habría estado mucho más preocupado si hubiese quemado la varita. Guardó las partes en su bolsillo e inspeccionó el cuerpo de Sailor Mercury. Las balas habían hecho su trabajo, pero no habían dañado órganos vitales. Pero había perdido mucha sangre ya, y su piel estaba adquiriendo un tono pálido.

—Hasta nunca, Sailor Mercury —dijo Herbert con saña, dando media vuelta y regresando al ascensor que le conduciría a la base.

Cuando entró nuevamente en la pecera, escuchó la voz de Hawkins, mostrando unas imágenes en la pantalla. Herbert vio, con sorpresa e indignación, como alguien se llevaba el cuerpo de Amy Mizuno volando. Herbert maldijo por lo bajo. Siempre que creía que había ganado, Sailor Silver Moon se las arreglaba para arruinar su día. Por otro lado, Amy había perdido la suficiente sangre para decir que se encontraba en un estado crítico. Había muchas probabilidades de que Amy Mizuno perdiera la vida.

Apartando los pensamientos de su anterior batalla, Herbert consultó su computadora por una actualización del estado de la denuncia que Isabella Kellerman había puesto contra Jackson MacArthur. Al principio, pensó que la denuncia caería en oídos sordos, pues Isabella no había presentado su caso con el aplomo suficiente. Sin embargo, aquello había probado ser una ventaja, porque el jurado decidió que su vacilación hablaba de lo que perturbada que se encontraba aún por lo que le había hecho MacArthur, y la demanda fue acogida. Aquello había ocurrido solamente hace unos diez minutos atrás, y con unos pocos comandos, vio las noticias de diversos canales de televisión, y, en todo ellos, aparecía la denuncia de Isabella Kellerman en contra del presidente de los Estados Unidos. Herbert sabía que los escándalos sexuales podían derrumbar la reputación de una persona, sin importar cuán intachable fuese su personalidad. Ya lo había visto con Manuel Escudero, hace unos cuantos meses atrás.

Mientras Herbert revisaba los noticieros uno por uno, también revisaba las opiniones de la gente, y, para sorpresa de nadie, vio que el ochenta por ciento de la población creía que Jackson MacArthur había sobornado a los jueces para que fuese absuelto de los cargos, pese a que él provenía de una familia de clase trabajadora. Pero Herbert había contado con aquel giro de eventos, pues la percepción popular de una situación, especialmente en el ámbito político, siempre podía ser manipulada, ya sea por agentes gubernamentales, o intereses económicos. En ese caso, el interés era político… aparentemente. De todos modos, Herbert no contenía el aliento por el desenlace de aquella polémica. Estaba seguro que su ardid iba a acabar en la renuncia de Jackson MacArthur como el presidente de los Estados Unidos.

Solamente era cuestión de tiempo.

Tokio, 21 de noviembre de 1992, 03:34p.m.

Rei, Lita y Mina discutían sobre cómo convencer a Serena de que retomara su rol, pero ninguna de ellas había dado con alguna solución coherente. Hace una hora atrás la vieron, de la mano con Darien, paseando por un parque. Rei había interrumpido la cita para plantearle, de forma directa, que volviera a ser Sailor Moon, pero a Serena parecía darle una sordera temporal cada vez que Rei mencionaba el nombre "Sailor Moon". Al ver que no había rendido frutos, trató de convencer a Darien de que hablara con Serena sobre el tema, pero él había dicho que el bienestar de su pareja era su prioridad, y que si ella no quería volver a ser lo que era antes, entonces honraría su decisión. Molesta con ambos, Rei dio media vuelta y se reunió nuevamente con Lita y Mina, negando con la cabeza.

—No hay caso —dijo, bajando la cabeza, gesto que imitaron sus amigas—. Serena prefiere tener los ojos cerrados a aceptar la realidad.

—Perdió las ganas de pelear —acotó Lita, mirando cómo Serena se alejaba del parque, junto a Darien—. Ella es muy sensible. La ley Kobayashi debió afectarle bastante. Tampoco la puedo culpar. Ha pasado por mucho más que todas nosotras, y saber que todo eso fue en vano… bueno… yo habría reaccionado igual.

—Yo también —añadió Mina, suspirando—. No creo que debas ser muy dura con ella, Rei.

—No lo entienden, ¿verdad? —dijo ella, taladrando con la mirada a sus amigas—. Puede que Saori no sea un modelo de feminidad, pero ella tenía razón. No podemos darnos el lujo de ignorar a la humanidad, sobre todo cuando se ve amenazada. Serena no puede darse el lujo de darle la espalda al mundo, solamente por una ley. Tiene que entrar en razón, y me aseguraré de que así sea.

Sin embargo, justo cuando Rei planeaba ir a la siga de Serena y Darien, escuchó unos pasos detrás de ella. Giró sobre sus talones, y vio a Saori, con una expresión grave en su cara. Inmediatamente supo que algo malo había ocurrido.

—Saori —dijeron Lita y Mina al mismo tiempo.

—¿Pasa algo? —preguntó Rei, con el corazón en un puño.

—Es Amy —respondió Saori en un tono sombrío—. Se encuentra herida de gravedad. Herbert Dixon casi la mata. Si no hubiese llegado antes a su base de operaciones… no estaría contándoles esto, para empezar.

Las tres sintieron un horrible retortijón de tripas. Sabían que Amy había viajado a Washington, pero ninguna de ellas tenía claro de a qué. Las preguntas no se hicieron esperar.

—¿Y por qué Herbert? —inquirió Rei, con el ceño fruncido.

—No sé qué mierda le pasó a Amy para buscar venganza en su contra, pero comenzó a actuar raro desde que vio un correo electrónico con una información sobre unas personas que eran importantes para ella. Le dije que me entregara las coordenadas del centro de control, pero no me hizo caso. Tuve que obtenerlas por las malas.

—Tú siempre obtienes cosas por las malas —comentó Rei, pero palideció al instante al ver la mirada de Saori—. Bueno… el punto es que Amy también está en Tokio, ¿no es cierto?

—Fue atendida de urgencia en Washington —dijo Saori, luciendo apremiada—, pero yo la trasladé aquí. Está en Cuidados Intensivos en este momento, si es que quieren ir a verla.

—Podríamos llevar a Serena con nosotras —dijo Rei, a quien se le había ocurrido una idea para que ella entrara en razón de que el mundo necesitaba a las Sailor Senshi—. Darien también debe venir.

—¿En qué estás pensando? —quiso saber Lita. Mina también se preguntaba cuál era el plan de Rei.

—Ahora que tenemos a Amy de nuestra parte, podríamos hacer que ella convenza a Serena de unirse a nosotras.

—Es un buen plan —aprobó Saori, dando media vuelta, aunque su destino era desconocido para las demás—. Por mi parte, le diré a Hotaru que haga lo mismo con Haruka, Michiru y Setsuna. O peleamos todas juntas, o no peleamos. Es así de simple.

Rei y las demás vieron cómo Saori se alejaba de ellas, desapareciendo por una esquina. Después, encaró a sus amigas para comunicarles los detalles del plan.

—Mina, tú le vas a decir a Serena que Amy se encuentra en el hospital. Sugiérele que lleve a Darien con ella. Mientras nosotras vamos a ir a Cuidados Intensivos a explicarle el plan a Amy. Con suerte, podríamos resolver todo este entuerto dentro de unas pocas horas.

—Cuenta conmigo —dijo Mina, y ella desapareció por la misma esquina que Saori. Rei y Lita, en tanto, se encaminaron hacia el hospital, discutiendo sobre lo que podía pasar si Amy no conseguía su cometido.

Sin embargo, algo le decía que su plan iba a llegar a buen puerto.

Washington, 21 de noviembre de 1992: 05:14a.m.

Aquella había sido una noche bastante larga para el presidente MacArthur. Había visto suficientes noticieros y programas de opinión para una vida entera. Debía admitir que aquel tiro había venido desde un ángulo inesperado, y le había pillado con la guardia baja, pero también sabía que aquel era un caso amañado. La acusación en su contra por abusos sexuales a Isabella Kellerman se había desmoronado por su propia cuenta, pues Isabella nunca llegó a demostrar de forma fehaciente que él había abusado de ella. No obstante, las nuevas pruebas desenterradas lucían lo suficientemente convincentes para ameritar un juicio.

Pero aquello solamente era la punta del iceberg.

Como siempre ocurría cuando había un escándalo en la cúpula de gobierno (el caso Watergate (101) fue bastante emblemático), se hacían montones de encuestas para medir la popularidad del mandatario. En su caso, su propia popularidad había bajado de un setenta y seis por ciento a un lamentable veinte por ciento. En la misma línea, el porcentaje de personas que creían que él había abusado de Isabella Kellerman era de un cincuenta y cuatro por ciento, el veintitrés por ciento creía en su inocencia y los demás no respondían, ya fuese por desidia o por no saber sobre el tema. Sin embargo, lo más preocupante era que un ochenta por ciento de las personas que creían que él había abusado de Isabella decía que él debía renunciar a la presidencia, un diez por ciento pensaba que su renuncia no iba a solucionar nada, y el resto pedía que pagara con cárcel por sus crímenes.

Eso, hace seis horas atrás.

Los números que estaba viendo en ese momento eran bastante peores que las cifras anteriores.

Jackson había jurado, en su primer día como presidente, que iba a escuchar al pueblo y que iba a actuar en consecuencia. Había sido una promesa difícil de cumplir, pues sus propuestas nunca caían bien en los parlamentarios republicanos (102), y ponían trabas para que sus proyectos y sus leyes fuesen aprobadas, tanto por el senado como por la Cámara de Representantes. No obstante, aquello también había formado parte de su discurso inicial como presidente de la nación, y, aunque fue bien recibido por el público en general, sus contrapartes republicanas (y un puñado de demócratas) lo acusaron de populismo y de querer minar la reputación de la clase política (la que nunca había sido demasiado bien vista). Pero Jackson creía que era el pueblo quien tenía la última palabra.

Nunca creyó que aquella forma de pensar le jugase alguna vez en contra.

A esas horas de la madrugada, sus asesores se encontraban fuera de la Casa Blanca. Había unos pocos funcionarios en el Ala Oeste del palacio de gobierno, pero en el Despacho Oval solamente se encontraba él. Había sobrevivido la noche a base de café, y ostentaba ojeras visibles, pero no podía abandonar la Casa Blanca en ese momento tan difícil. Pese a que no quería hacerse a un lado, el pueblo demandaba que lo hiciera. Jackson creía que el presidente era un servidor público, y que debía actuar como un líder más que como un regidor. Si el pueblo no quería que él siguiera liderando al país, entonces iba a hacer caso, con indiferencia de lo que creyese. Irónicamente, aquella cualidad, alabada por la gente, era profundamente criticada por la clase política, porque existía la creencia de que actuar de ese modo le hacía débil. De todos modos, Jackson sabía a qué mundo había entrado en el momento en que decidió postularse como parlamentario, y se sabía preparado para enfrentar las consecuencias.

Sin embargo, eso no quitaba que tuviera sus opiniones sobre aquella repentina acusación en su contra. El factor más importante que debía tener en cuenta era el tiempo. Varios años separaban la primera acusación de la segunda, y en la primera ocasión, el jurado había desestimado categóricamente la denuncia de Isabella Kellerman, precisamente por la falta de pruebas. Tenía que investigar más sobre el tema, y, convenientemente, la mejor forma de hacerlo era desde el anonimato, algo que una renuncia al cargo más alto del país podía hacer muy bien. Pero primero, tenía que contar con un grupo de gente que le fuese leal, y que tuviera recursos para descubrir la verdad sobre la nueva acusación en su contra.

Cuando hubo pensado bien en su plan, Jackson MacArthur decidió esperar hasta la mañana para llevar a cabo la primera fase. Para eso, necesitaba hacer varias llamadas telefónicas. Necesitaba gente con alcance y recursos, y una rueda de prensa.

Washington, tres horas más tarde

Herbert Dixon había tomado un buen descanso, pensando que iba a encontrarse con buenas noticias al día siguiente. Despertó a las ocho y medía de la mañana, y, después de tomarse una ducha breve, salió del área residencial de la base, y llegó a la pecera dos minutos más tarde. Lo primero que hizo fue consultar los noticieros locales, y, como esperaba, la noticia del momento era el anuncio del presidente de la nación. Lo único que quedaba por verse era si, en efecto, MacArthur iba a anunciar su renuncia o no.

A medida que el discurso del presidente se prolongaba en el tiempo, más evidente era de que el plan iba a ser coronado por el éxito. El tono del presidente se iba tornando cada vez más sombrío a medida que progresaba la rueda de prensa, y al final, hizo la declaración que Herbert había estado esperando después de media hora de discurso.

Inmediatamente, Herbert descolgó su teléfono, marcó un número que se había aprendido de memoria, y esperó. Por suerte, no debió hacerlo por mucho rato, porque una voz de hombre se escuchó al otro lado de la línea.

—¿Señor Dixon?

—Ah, señor Logan —dijo Herbert, sonando complacido—. Me imagino que estuvo viendo la rueda de prensa.

—Con mucha atención.

—Me alegro. Mire, asumo que recuerda lo que hablamos hace unas semanas atrás, sobre usted asumiendo la presidencia del país.

—Lo recuerdo perfectamente, señor Dixon.

—El problema, señor Logan, es que debemos enfrentar un pequeño contratiempo. La renuncia del presidente MacArthur implica que deben haber elecciones anticipadas. La idea es que nos podamos saltar ese proceso, de modo que usted ocupe su cargo sin que haya alguna posibilidad de que usted no consiga lo que quiere.

—Soy todo oídos.

—Lo que debemos hacer es hacerle creer a la gente que usted es el vicepresidente de la nación —dijo Herbert, de forma tan casual que le sorprendió que al señor Logan no hiciera alguna objeción—. Algo que, para alguien como yo, no debería ser difícil. En segundo lugar, hay que hacerle creer a la gente que la renuncia del presidente no sea interpretada como un golpe de estado (103), aunque, técnicamente, lo sea.

—¿Y cómo hacemos eso?

—Cuando la gente piense que usted es el vicepresidente, podrá asumir el cargo de presidente sin muchas ceremonias. Y allí, usted ratificará a la población que, en efecto, Jackson MacArthur es culpable del crimen que se le acusa, y mostrará las pruebas que estoy a punto de enviarle por correo electrónico. Haciendo eso, causará una transición fluida y, en apariencia, legal, del poder. Asumo que está al tanto de las condiciones bajo las cuales quiero que usted sea presidente.

—Muy al tanto, señor Dixon. De hecho, lo he esperado desde que el Challenger voló en pedazos.

—Entonces, ¿no tiene ningún cuestionamiento al plan?

—En absoluto.

—Perfecto —dijo Herbert, cruzándose de piernas—. Va a saber de mí muy pronto, señor Logan. Hasta luego.

Cuando la llamada se cortó, Herbert se sintió como si las malas noticias de los dos últimos días no hubieran ocurrido. Agradecía que, por lo menos, su plan secundario estuviera yendo sobre rieles. Eso, sin embargo, no significaba que dejara de lado su plan principal. Con eso en mente, revisó su bandeja de entrada y vio un correo de un contacto al otro lado del Atlántico, diciendo que las acciones correctivas habían sido eficaces, y que el plan no estaba en peligro de fallar o de ser revelado al público. Herbert podía cantar. Después de dos días para el olvido, finalmente las cosas volvían a encarrilarse en la dirección correcta. Y, lo que era mejor, las investigaciones sobre el material que había caído del cielo apuntaban a una disipación de energía cinética más allá de lo que se había pensado en un principio. Aquella era otra buena noticia, porque, cuando finalmente se llevara a cabo el plan primario, iba a necesitar de las bondades de ese material.

El único cabo suelto que quedaba por atar era la continuada existencia de las Sailor Senshi. De algún modo, habían podido encontrar el centro de control y deshabilitarlo. No obstante, si los reportes que le entregaba Hawkins de las cámaras de seguridad en Tokio eran ciertos, ellas iban a tener las manos muy ocupadas para lidiar con él y sus planes. Además, el desarrollo de las armas basadas en sus poderes iba por buen camino, gracias a Colbert Sprague y su sacrificio.

¿Qué cosa podía salir mal?


(101) El escándalo Watergate, a grandes rasgos, consistió, al principio, en un robo de documentos desde las oficinas Watergate (de ahí el nombre), instalaciones pertenecientes al Partido Demócrata de Estados Unidos, por parte de la administración Nixon, y el subsecuente encubrimiento por parte del gobierno de aquel robo, usando a entidades gubernamentales como el FBI, la CIA y otros. Este escándalo culminó con la dimisión del presidente Richard Nixon en 1974.

(102) En Estados Unidos, el partido republicano es un frente de derecha, mientras que el partido demócrata es de izquierda.

(103) Un golpe de estado se define como una acción repentina mediante la cual un individuo o un grupo, empleando normalmente una violencia limitada, captura posiciones de la autoridad gubernamental, sin cumplir con los requerimientos formales para la sustitución de funcionarios, según lo prescriben las leyes o la Constitución. Fuente: "Tras la pista de los asesinos", por Jim Garrison, capítulo 20.