XCVI
Lluvia de princesas
Tokio, 21 de noviembre de 1992, 07:35p.m.
El tenue brillo plateado que brotaba del cuerpo de Sailor Moon había hecho que las otras Sailor Senshi despertaran de sus respectivas pesadillas, y vieran con sus propios ojos lo que le había pasado a Sailor Moon. Ninguna de ellas dijo palabra alguna. Solamente podían ver la transformación que había tenido su compañera. Sailor Silver Moon, sin embargo, tenía el ceño fruncido.
—¿Otra transformación? —preguntó, luciendo más irritada que asombrada—. ¿Cuántas van ya?
—¿Y eso qué importa? —replicó Sailor Uranus con exasperación—. Lo que pasa es que estás celosa de que ahora es más poderosa que tú.
Si Sailor Uranus pensó que con eso iba a hacer que Sailor Silver Moon ardiera de rabia, se equivocó de forma rotunda. Sailor Silver Moon seguía con el ceño fruncido, observando atentamente a Sailor Moon.
Todas vieron cómo Sailor Moon se acercaba a Neherenia, quien observaba a la Sailor Senshi con un poco de miedo, no a causa de su poder, sino por el aura plateada que seguía envolviéndola.
—No importa lo que seáis ahora, no podréis derrotarme —dijo, alzando los brazos nuevamente para usar el Cristal Dorado—. Tengo el poder de todos los sueños de los seres humanos de este planeta. ¡No puedo perder!
Pero Sailor Moon no hizo ningún gesto que indicara agresión hacia su oponente. Seguía avanzando hacia Neherenia, deteniéndose a un par de metros de ella, mirándola a sus ojos serpentinos, no con rabia o enojo, sino con pena.
—¿Por qué haces esto? —preguntó, empleando un tono gentil para ello—.¿Por qué robas los sueños de la gente y los haces tuyos?
Neherenia se sintió como si alguien le hubiera abofeteado.
—¿Por qué me hacéis esas preguntas?
—Porque tu vida depende de la respuesta que me des.
Neherenia aspiró aire, como si hubiera sido testigo de un sacrilegio imperdonable. En todo el tiempo que llevaba en el planeta, nadie, ni siquiera el Cuarteto de Amazonas, se había atrevido a hablarle de ese modo. Por otra parte, las Sailor Senshi también lucían impactadas por los dichos de Sailor Moon. Ninguna de ellas la había escuchado expresarse en esos términos, y, claro, en ningún momento había amenazado a sus enemigos con su vida.
—¿Cómo os atrevéis a amenazarme? —rugió Neherenia, creyendo que ya había juntado suficiente energía para atacar a Sailor Moon—. ¡Ya veréis, niña malcriada! ¡Os mandaré al infierno ahora mismo!
Neherenia bajó los brazos de forma violenta, y la enorme esfera dorada cruzó en segundos la distancia que había entre ella y Sailor Moon. Hubo muchos rayos de luz, temblores en el suelo y algunas explosiones, pero Neherenia se mantuvo en su posición, observando la deflagración, sonriendo, a sabiendas de que le había lanzado la suficiente energía para acabar con cualquier enemigo. Solamente era cuestión de tiempo para que el humo se disipara, y viera los restos de Sailor Moon tirados como trapos desgastados. Por eso, cuando vio que no le había hecho ni siquiera un rasguño a Sailor Moon, retrocedió un par de pasos, con la boca y los ojos muy abiertos.
—¿Por qué… no le hice nada?
Sailor Moon avanzó los pasos que Neherenia había dado hacia atrás, sin los puños crispados, sin fruncir el ceño, sin enojo de ningún tipo. Se plantó delante de su oponente, observándola con lástima.
—Ya veo —dijo Neherenia, recuperando la compostura, y volviendo a alzar los brazos—. Parece que no usé suficiente poder para venceros. Pero no cometeré el mismo error otra vez. Usaré todas mis fuerzas, y os haré polvo.
Sailor Moon vio que Neherenia, en esa ocasión, estaba hablando en serio. Extendió ambos brazos hacia delante, uno por encima del otro, y un cetro de mango blanco apareció entre sus manos. La punta estaba compuesta por una esfera de la que salían lo que parecían asas, dando la impresión que hubiese una especie de corona en el extremo superior del cetro. El extremo inferior se extendió hasta el piso, y Sailor Moon apretó el cetro con fuerza, haciendo que apareciera una luz dorada desde el extremo superior.
Ambos combatientes lanzaron sus ataques al mismo tiempo, y una luz dorada, muy intensa y cegadora, hizo que las demás Sailor Senshi hicieran visera con las manos. Era tal la intensidad del combate que Sailor Saturn, aunque hubiese querido, no ponía atención a Sailor Chibi Moon, por mucho que sus sentimientos le rasgaran las entrañas y la voz en su cabeza que le insistía que se declarara de una maldita vez se escuchara más fuerte que nunca.
El brillo dorado se hizo más extenso, engullendo a Neherenia y a Sailor Moon, y ninguna de las presentes pudo ver qué diablos estaba ocurriendo. Los temblores se hicieron cada vez más intensos, a tal punto que ya no era posible mantenerse de pie, y las Sailor Senshi dieron con sus rodillas en el piso, usando sus brazos para no irse de costado.
Y de pronto…
Una explosión apocalíptica envolvió a todas las Sailor Senshi, abrió el techo de par en par, y toda la carpa pareció sacudirse por el estruendo. Se escuchaban sonidos de lonas caer sobre otras, madera rompiéndose en astillas y trozos de roca caer sobre todo lo demás. El humo tardó un par de minutos en desaparecer, durante los cuales las Sailor Senshi trataban afanosamente de ponerse de pie, dando tumbos y gruñendo por alguna lesión. Las Outer Senshi fueron las primeras en ver cuál había sido el desenlace de la contienda, y contuvieron el aliento, impactadas por lo que estaban viendo.
Sailor Moon seguía de pie, incólume, sosteniendo su cetro, mirando al frente con altivez. Al otro lado, yacía Neherenia, encorvada y de rodillas ante Sailor Moon. Lo más desconcertante era su aspecto. Ya no lucía joven y llena de energía. Tenía las facciones de una pasa, su cabello había pasado del púrpura al blanco, y su expresión ya no era desafiante y severa, sino que envejecida y derrotada. Miraba a Sailor Moon con cierta desesperación, como si estuviera pidiéndole en silencio que la perdonara por los crímenes que había cometido, pero ellas sabían que Neherenia no iba a suplicar por su vida. Ninguno de sus enemigos lo había hecho hasta el momento.
Y Neherenia habló.
—Solamente quería recuperar mi juventud —dijo, con una marcada voz de anciana, pero desprovista de cualquier calidez. Era una voz punzante, aguda y craquelada, rasposa y sin alma—. No podéis castigarme por eso, ¿verdad que no?
—¿Robabas los sueños de las personas para ser más bella? —dijo Sailor Moon con incredulidad—. ¿Qué clase de persona haría algo así?
—No entendéis cuál es mi posición —dijo Neherenia, tratando, en vano, de ponerse de pie—. No sabéis por lo que tuve que pasar desde que quise el poder del Cristal de Plata. Vuestra madre no quería compartir ese poder conmigo, y, solamente por codiciarlo, ella me castigó, enviándome a un mundo del que no había escape. Veía mis años marchitarse, haciéndose más cortos, sabiendo que iba a llegar a mi destino sin contemplar el poder del Cristal de Plata siquiera una vez. Todo lo que quería era la juventud de la que disfrutaba vuestra madre, ser siempre bella, joven. De ese modo, todos mis súbditos me adorarían. Quería ser una reina benevolente, como Serenity, pero ella me lo impidió, y por su culpa estoy aquí. Fue hacia el final de mis días cuando me di cuenta que los sueños de las personas me mantenían joven. Por eso hice lo que hice.
Sailor Moon miraba a Neherenia, con la mirada de alguien que había descubierto a alguien robando unas joyas en el acto. Era inconcebible que la anciana frente a ella estuviera dispuesta a sacrificar los sueños de los humanos para el propósito más banal en existencia. Sin embargo, Sailor Moon no creía en la agresión como método de resolución de conflictos. Ella era una Sailor Senshi que luchaba por el amor y la justicia, no era un mercenario o un asesino. Sus oponentes no habían sido derrotados a través de la violencia, y aquella no iba a ser la excepción.
—¿Sabes? —dijo Sailor Moon, dando dos pasos en dirección a Neherenia, empleando una vez más un tono gentil—. Yo a veces pienso lo mismo que tú. No me considero una chica atractiva, aunque tenga solamente quince años. No soy la chica que todos escogen como pareja. Y, pese a eso, insisto en hacerme estos moños, aunque a medio mundo le haga gracia, y la otra mitad haga chistes sobre eso. Pero no me quejo. Nunca lo hecho y nunca lo haré. Mis amigas me dicen que los moños me distinguen del resto de las personas, y que no tengo un novio porque yo sea bonita. Tal vez ese sea tu problema, Neherenia. Te afanas en mirarte en un espejo, cuando todo lo que tienes que hacer es reconocerte a ti misma, de forma que el exterior no defina lo que hay en tu interior.
Neherenia se quedó en silencio antes las palabras de Sailor Moon. Pese a que fueron dichas con amabilidad, le sentaron como unos garrotazos en el abdomen. Aunque tenía pocas fuerzas para ponerse de pie, eso no significaba que fuese a creer cada palabra que su oponente le hubiera dicho. ¿Qué importaba el interior si nadie podía verlo? ¿Qué importaba tener sabiduría, si sus días se hacían cada vez más cortos? Claro, era fácil para Sailor Moon hablar de reconocerse a sí misma, cuando ella tenía toda una vida por delante. La belleza de sus palabras ocultaban la suma fealdad de la hipocresía, y aquel pensamiento le dio fuerzas a Neherenia.
—No me vas a convencer, Sailor Moon —dijo, tratando, una vez más de ponerse de pie, pero sin éxito—. Para mí, la belleza todo lo puede, y el que cree lo contrario se está engañando a sí mismo.
Sailor Moon no dijo nada. Tenía una expresión inescrutable en su cara. Las demás la observaban detenidamente, la mayoría con curiosidad, y unas pocas con impaciencia, entre las que se podían contar Sailor Uranus, Sailor Mars y Sailor Jupiter. Ellas tres querían que Sailor Moon acabara con Neherenia de una vez, aprovechando que se encontraba débil y maltrecha.
—Ese es el problema con Sailor Moon —murmuró Sailor Uranus, crispando los puños, como si ella quisiera acabar con Neherenia en ese preciso instante—. Es demasiado compasiva con sus enemigos. Debería acabar ya con ella, mientras no tengas muchas oportunidades de contraatacar.
En cualquier otra circunstancia, Sailor Silver Moon la había hecho callar a golpes, pero en esa ocasión, miraba a Sailor Moon con el ceño fruncido, como si acabara de descubrir algo nuevo en ella. Teniendo la oportunidad para acabar con Neherenia, le daba la posibilidad de redimirse, de ser alguien más que una persona dispuesta a todo por alcanzar la juventud eterna.
—¿Y por qué tienes ese afán de permanecer joven y bella? —preguntó Sailor Moon, como si ella fuese un psicóloga, y Neherenia, su paciente.
—¿Acaso no puedo serlo? —se defendió Neherenia, juzgando que Sailor Moon era la chica más impertinente en existencia.
—Claro que puedes serlo —repuso Sailor Moon pacientemente—, pero tienes que tener una motivación bastante fuerte para hacer lo que hiciste. No cualquiera es capaz de robar los sueños de todas las personas solamente por un capricho. Hay algo más detrás de tus acciones, ¿no es así?
Neherenia no dijo nada por un momento. Por una parte, su orgullo no le permitía ser honesta con su oponente en relación con sus objetivos, pero, por otra, le convenía que Sailor Moon entendiera las razones de por qué hizo lo que hizo. Porque un mero capricho de belleza imperecedera no era suficiente para cometer las atrocidades por las que estaba en esa situación, entre la espada y la pared. No. Había algo más, y quería que Sailor Moon lo entendiera. Aquella podría ser su única carta para salvarse.
—No quiero la juventud eterna porque me vea bien por ello, por mucho que me esfuerce en pensar en ello —dijo Neherenia, en un tono más bajo, pero no menos punzante—. Los sueños que robo no solamente me hacen ver más joven; me hacen más joven. Para mí, es imperativo no crecer, porque ser un adulto es lo peor que le puede pasar a una persona. Las responsabilidades, los problemas, los dramas, todo eso, no me gusta. No tenía súbditos por gusto. Nunca quise el título de reina. Si de mí dependiese, sería siempre una princesita, sin más responsabilidad que lucir bien y asistir a las actividades de la reina, sin necesidad de hablar con nadie. Uno es feliz cuando no crece, y cuando lo hace, es como si le cayera el mundo sobre sus espaldas. Una persona jamás debería convertirse en un adulto, porque los adultos son miserables, siempre están ocupados y ya no buscan ser felices o siquiera libres. Y yo no quiero llegar a eso.
Sailor Moon se quedó de pie, en silencio, mirando a Neherenia como si ella fuese un objeto de conmiseración. Y, precisamente, así la veía ella, arrodillada, sin fuerzas para nada más que hablar sobre sus motivaciones que justificaban sus crímenes. Era todo lo que le quedaba.
—Robaste todos esos sueños, solamente para no crecer —dijo finalmente, nuevamente sin enojo, sin rabia, sin nada que pudiera hacerle eliminar a Neherenia con una bomba atómica de ser necesario. De hecho, no la odiaba. No podía hacerlo, porque sus acciones habían sido las de una mujer arrinconada por la vida, temerosa de crecer y de todo lo que aquello implicaba. No había cabida para el odio cuando se estaba frente a una mujer así. Asesinarla no resolvería nada. Solamente la convertiría en un mártir para que otros cien ocupasen su lugar. La violencia engendraba más violenta, un círculo vicioso que Sailor Moon no deseaba alimentar bajo ninguna circunstancia.
Con eso en mente, Sailor Moon juntó sus manos frente a su pecho, e hizo aparecer el Cristal de Plata. De inmediato, Sailor Uranus crispó los puños, pensando que ella se había vuelto loca.
—¿Qué diablos estás haciendo? —increpó, haciendo un ademán para avanzar en su dirección, pero Sailor Silver Moon la detuvo.
—Tú no vas a ir a ninguna parte —gruñó, viendo que Sailor Moon extendía los brazos, como ofreciéndole el Cristal de Plata a Neherenia. De entre todas las presentes, Sailor Silver Moon era una de las dos que entendían lo que Sailor Moon quería hacer. Ella misma lo había hecho, a finales de los sesentas, cuando detuvo cien mil cabezas nucleares. Recordaba que hacer aquello le había costado la vida, y bien podría pasarle lo mismo a Sailor Moon. Por fortuna, Sailor Mars también había advertido el peligro, y llamó a que todas se dispusieran en un círculo y se tomaran de las manos.
—¡Tenemos que darle nuestra energía a Sailor Moon! —exclamó, y las demás, incluyendo Sailor Uranus, hicieron lo que Sailor Mars había indicado.
Y, tal como Sailor Silver Moon lo había pronosticado, en el momento que el Cristal de Plata comenzó a brillar, sus piernas flaquearon y Sailor Moon cayó de rodillas al suelo, pero no dejó de mirar a Neherenia.
—He decidido darte lo que quieres —dijo, lo que sorprendió a Neherenia, quien tenía tanto los ojos como la boca ligeramente abiertos—. No vale la pena estar luchando contra ti, viéndote como estás. Prefiero enseñarte el poder del Cristal de Plata.
¿Y qué podía decir Neherenia? Tal acción por parte de su adversario no lo esperaba de ella, ni de nadie para ser honestos. Cualquiera en esa posición la habría puesto dos metros bajo tierra sin ninguna contemplación. Aparentemente, Sailor Moon no era como su madre.
Por otro lado, el resto de las Sailor Senshi se había dispuesto en un círculo, y se tomaron de las manos. Inmediatamente, sus tiaras desaparecieron, y fueron reemplazados por sus símbolos astrológicos correspondientes. El Sailor Quartetto ostentaba símbolos extraños, puesto que ellas tenían nombres de asteroides, pero de igual forma, entregaban su poder a Sailor Moon.
Pronto, ella pudo ponerse de pie, y soportar el poder del Cristal de Plata sin problemas. Lo extendió más aún hacia Neherenia, quien podía sentir su piel estirarse y su postura erguirse. La juventud estaba regresando a ella, y, con aquella, la fuerza. Así que ese es el poder del Cristal de Plata se dijo, recuperando la estatura y la belleza que habían desaparecido después del combate contra Sailor Moon.
—Quiero más —dijo Neherenia con un temblor en la voz, testimonio de su avidez, de su codicia— ¡Quiero más!
Sailor Moon no dijo nada, pero siguió incrementando el poder del Cristal de Plata, a tal punto que el brillo estaba comenzando a lastimarle la vista a Neherenia, quemando lentamente su piel. Por un momento, no le importó. Un poco de dolor era un precio pequeño para lo que estaba obteniendo, mucho más de lo que había anticipado, sobre todo en una posición como la de ella.
Sin embargo, tal como una polilla que se acercaba demasiado a una lámpara, Neherenia sintió que la luz y el calor provenientes del Cristal de Plata le quemaba la piel y los ojos, y el dolor había dejado de ser soportable. De hecho, éste era el mismo que cuando uno ponía las manos sobre la superficie de una plancha a vapor en pleno funcionamiento, con la diferencia que Neherenia sentía ese mismo dolor en todo su cuerpo.
—Es suficiente —dijo, comenzando a retorcerse a causa del chillido silente de sus nervios—. ¡No quiero más! ¡ES SUFICIENTE!
—Pero es lo que querías —dijo Sailor Moon, a quien el calor y la luz del Cristal de Plata no le hacían el menor daño. De hecho, se sentía como si estuviera guareciendo del frío del invierno frente a la chimenea de alguna cabaña perdida en el bosque—. Querías sentir el poder del Cristal de Plata.
—¡YA NO QUIERO ESTE PODER! —chilló Neherenia, cuyo vestido se carbonizó por completo, dejándola expuesta. Su piel enrojeció de inmediato. Los extremos de sus dedos se estaban convirtiendo lentamente en ceniza.
—Es lo que pasa cuando deseas algo sin saber cuáles son las consecuencias —dijo Sailor Moon, alzando el Cristal de Plata por encima de su cabeza, y su brillo aumentó aún más, desintegrando a Neherenia por completo, aunque ignoraba que todo ese poder estaba teniendo otras consecuencias.
Al ver que su oponente había sido finalmente derrotado, Sailor Moon bajó los brazos, y el Cristal de Plata volvió a su pecho, y la luz plateada que bañaba las ruinas de la carpa desapareció. Sailor Moon se volvió hacia sus amigas, pero lo que vio, la dejó sin palabras por un momento.
En lugar de Sailor Senshi, vio a sus amigas con vestidos de diversos colores, vestidos de aquellos que solamente se podían ver en las estrellas de cine y televisión. Todas, sin excepción, lucían de ese modo. Vio que ella se miraban a sí mismas con expresiones de confusión. Rini ostentaba su vestido de princesa que acostumbraba usar en el palacio de Tokio de Cristal. Por un momento, Sailor Moon no entendía por qué sus amigas lucían de ese modo, pero verlas con esos vestidos estimuló su memoria, y recordó que aquellos eran sus atuendos cuando eran doncellas del Milenio de Plata. Tal como pasaba con ella misma cuando atravesaba momentos difíciles, sus amigas también habían despertado sus formas de princesas, porque ellas no solamente eran doncellas del Milenio de Plata; era también las princesas de sus respectivos planetas, regidoras de las estaciones que había en cada astro del sistema solar. Y, al parecer, las demás parecieron recordar de dónde habían visto aquellas vestimentas.
—Solía usar esto cuando estábamos en el Milenio de Plata —dijo Amy, mirándose las manos, como si haciendo eso pudiera recordar de dónde venía su vestido.
—Los chicos no dejaban de mirarme cada vez que me ponía esto —acotó Mina, y tanto Rei como Haruka la miraron con desdén.
—Me recuerda a mis tiempos en la Atlántida y en el Milenio de Plata, cuando mi nombre era Andrómeda —dijo Saori, luciendo pensativa y un poco taciturna, porque, de forma irremediable, le recordaba a Perséfone, a Violet, y al hecho mismo que estaba muerta, sin posibilidad de que vuelva a la vida…
—Lamento tener que decir esto, pero debo marcharme —dijo Saori en un tono grave, tomando por sorpresa a las demás—. Tengo que hacer algunas averiguaciones. Es posible que no me vean por un tiempo.
—¿Adónde vas? —quiso saber Amy, mirando a Saori con curiosidad.
—Muy lejos —repuso ella, suspirando—. No es una responsabilidad que deba eludir. No puedo decirles más, porque no quiero que otros enemigos se enteren de lo que pretendo hacer.
—¿Otros enemigos? —preguntó Sailor Neptune, luciendo un poco descolocada por las palabras de Saori.
—Sailor Galaxia sigue allá afuera —repuso Saori en un tono aún más grave—. Aún quiere los Sailor Cristales de nosotras, y, viendo lo que pasó aquí, creo que vendrá pronto a este planeta. Espero regresar antes de que eso ocurra.
Y sin más ceremonias, Saori dio media vuelta y se alejó de las demás, cuando recordó algo muy importante.
—Por cierto, ¿cómo mierda me deshago de este vestido?
