XCVIII
Vida normal, Parte 1

Tokio, 21 de noviembre de 1992, 08:16p.m.

Las Sailor Senshi salieron de las ruinas del Circo de la Luna Muerta, agotadas mentalmente más que físicamente. Pero aún había algo que hacer antes de decir que todo había regresado a la normalidad, una tarea ineludible que le correspondía hacer a Helios (quien se había quedado en el hospital, debido que se encontraba muy debilitado después de que Neherenia le hubiera robado el Cristal Dorado). El cielo se había aclarado, y, al menos, se podían ver las estrellas, pero la gente seguía tirada en el suelo, inconsciente.

Helios asumió que el problema estaba en los sueños robados, y, con eso en mente, empleó el Cristal Dorado para restaurar los sueños de las personas, las que, poco a poco, fueron volviendo en sí. Se sobaban la cabeza y miraban hacia la distancia con evidentes signos de desorientación. Muchos vieron al grupo de Sailor Senshi en medio de las ruinas del circo más popular de Japón en esos tiempos, y asumieron de inmediato que ellas lo habían destruido. Por eso, lejos de haber muestras de agradecimiento por haberles librado, una vez más, de las fuerzas del mal, las miraron con recelo y odio, diciendo que los políticos tenían la razón sobre ellas, y que la alternativa era mucho mejor que dejar que ellas se ocuparan de proteger a la humanidad. Por supuesto, también notaron la ausencia de Sailor Silver Moon, y muchos razonaron que ella no quería tomar parte en la destrucción del circo, y, dados los antecedentes anteriores, fue la única Sailor Senshi que fue apoyada de forma unánime. Concluyeron que alguien que había detenido cien mil cabezas nucleares era incapaz de condonar salvajismo o imprudencia.

—Son unos idiotas —dijo Sailor Mars, mirando a la gente discutir sobre los asuntos recientes—. Les salvamos la vida, ¿y así nos agradecen?

—Pero ten en cuenta que ninguno de ellos fue testigo de lo que ocurrió —acotó Sailor Mercury sabiamente—. No hay registros de cámaras de video o algo que ayude a la gente a convencerse de que nosotras hicimos bien las cosas.

—Eso no importa por el momento —dijo Sailor Moon, mirando la devastación del circo con ojos tristes—. No necesitamos del reconocimiento de la población para que sigamos haciendo nuestro trabajo. Tampoco necesitamos aprobación de los líderes mundiales. Nosotras hacemos esto porque escogimos hacerlo, y porque nadie más lo hará en nuestro lugar.

—Pero, ¿no te molesta que seamos las malas de la película? —quiso saber Sailor Mars, mirando a Sailor Moon como si recién la hubiera conocido—. Si la gente no nos quiere como protectoras del mundo, tenemos que hacer algo para que sí quieran que los protejamos. Tengo la impresión que los líderes mundiales no se van a detener en su afán por subyugarnos, o sacarnos completamente del juego. Por eso es importante contar con el apoyo del pueblo. Si ellos aprueban nuestra forma de hacer las cosas, los gobiernos no podrán ponernos las manos encima.

—Sailor Mars tiene razón —dijo Sailor Mercury, mirando hacia la nada, pensando en las palabras de su compañera y amiga—. No podemos proteger a personas que no quieren ser protegidas por nosotras. No debemos cometer el mismo error que en Nueva York. En lugar de aceptar nuestra derrota, concentrémonos en hacer que la gente nos vea con buenos ojos. Tampoco tenemos que actuar pensando en eso. Ayudar debe formar parte de nuestra naturaleza, y para eso, debemos empezar por cosas pequeñas, en nuestras propias familias, por ejemplo. —En ese momento, la voz de Sailor Mercury se quebró. No era difícil imaginar por qué.

Sailor Mercury no había regresado a su departamento desde que había salido de éste a buscar a Herbert Dixon. No lo había hecho en demasiados buenos términos. Aunque a veces confiaba en su propia sabiduría, en que su madre le estaba haciendo más daño que bien ocultando su parentela biológica sin que hubiera una justificación de peso para hacerlo, también era cierto que había escapado de la casa de forma visceral, sin pensar mucho en las consecuencias. En retrospectiva, si no fuese por Sailor Silver Moon, no estaría contando el cuento. Había subestimado a Herbert Dixon, y, por culpa de eso, casi había dejado a su madre sola. Al darse cuenta de las consecuencias que acarreaba no pensar antes de hacer las cosas, Sailor Mercury juró jamás volver a tomar decisiones con el estómago. Casi siempre aquellas decisiones eran malas, al menos para alguien como ella.

Al final, las Sailor Senshi juzgaron que su presencia en las ruinas del circo no era necesaria. Se fueron en grupo hasta un lugar donde pudieran transformarse de vuelta sin ser vistas. Aunque innecesario, puesto que la ONU había revelado las identidades de todas las Sailor Senshi, de modo que hubiera mayor fiscalización en el marco de la ley Kobayashi, ellas consideraron sabio no tener que mostrar aquella transformación. Pese a que ostentaban vestidos de princesas en lugar de uniformes, transformarse nuevamente en chicas normales era igual que cuando eran Sailor Senshi. Lo que ignoraban era si cuando volvieran a usar sus cetros de transformación, se convertirían en princesas o en Sailor Senshi. Sailor Mercury había aconsejado dejar ese asunto para después, para cuando realmente necesitaran transformarse.

Una vez convertidas en chicas normales, todas decidieron pasar un tiempo juntas, tanto Inner como Outer Senshi, así como el Sailor Quartetto. De común acuerdo, fueron a un local de helados en el que trabajaba la hermana de Motoki, el dueño de la tienda de videojuegos, bajo la cual se encontraba la base secreta de las Inner Senshi.

Es relevante mencionar que Molly había sido una de las pocas Sailor Senshi en no caer en los espejos, puesto que se había protegido ella misma dentro de un cristal de su propia creación. No tuvo mucha participación, lo que se extendía a las demás Sailor Senshi, pues Sailor Moon había hecho todo el trabajo. Pero verlas en acción, y ver contra qué tipo de enemigo se enfrentaban, había hecho que se tomara más en serio su ya no tan nuevo rol, y prometió entrenar diariamente, como se lo había indicado Sailor Silver Moon.

Cuando todas ocuparon un asiento en una mesa particularmente amplia, una joven de cabello anaranjado y una sonrisa eterna las atendió. Como Serena era la que más frecuentaba aquel local, en esos tiempos donde trataba de pretender que nunca había llegado una gata parlante a decirle que era una guerrera, les indicó las demás sus recomendaciones. Como reconocida experta en helados de crema, todas aceptaron su criterio, y, en cuestión de minutos, ya tenían sus respectivos pedidos en la mesa. Así, entre sorbetes y risas, las Inner Senshi conocieron mejor a las Outer Senshi, y era sorprendente que Setsuna hubiera accedido a compartir con las demás, dada la costumbre de estar casi siempre sola, vigilando la Puerta del Tiempo. Por lejos, las Outer Senshi que más compartían con las Inner Senshi eran Michiru y Hotaru, aunque esta última parecía tener ojos solamente para Rini, y Michiru, demasiado intelectual y sofisticada para la mayoría, se llevaba muy bien con Amy, y con ella hablaba la mayor parte del tiempo. A Haruka le gustaba recitar cumplidos a Serena, Mina y Lita (a quien le recordaba a su superior, aunque, para ser francos, Lita veía superiores hasta por debajo de la mesa). Rei era la otra que a veces dialogaba con Michiru, debido a sus intereses comunes por lo esotérico y la percepción extrasensorial.

Hubo un momento en que la atención giró hacia Molly y el Sailor Quartetto, pues ninguna de ella sabía mucho de sus orígenes. De común acuerdo, las demás decidieron emplear sus nombres anteriores para referirse a ellas cuando no estaban transformadas. Una vez decidido eso, el Sailor Quartetto explicó que ellas provenían del reino en el que vivía Helios, y eran las guardianas del Cristal Dorado. Una vez que Neherenia decidió ir a invadir el reino, fueron ellas las que avisaron a Helios del ataque inminente, y fue cuando recibieron el mensaje de su parte, de proteger a la Pequeña Dama, aunque, al menos en un principio, ninguna de ellas sabían a quién se refería.

Cuando fue el turno de Molly, ella habló como en ráfagas, porque sentir todas esas miradas sobre ella, las miradas de chicas que habían arriesgado sus vidas en más de una ocasión para salvar al planeta, le ponía nerviosa, y se sentía empequeñecida ante sus nuevas compañeras. No obstante, ninguna de ellas mostraba una expresión de superioridad, lo que hizo que ella comenzara a explayarse con un poco más de confianza. Les habló de su madre (de la verdadera y la terrenal), y le causó un placer culpable ver las caras de asombro e indignación cada vez que mencionaba la forma en que Polaris la había tratado, tanto en el pasado como recientemente. Las Outer Senshi se mostraron impactadas por lo que les había ocurrido a las Sailor Gems, sus guardianas personales. Para cuando Molly hubo acabado, las demás solamente pudieron concluir que ella también había sufrido una buena ración de dramas personales. Al parecer, las vidas complicadas eran una constante en las Sailor Senshi.

Después de un par de horas de distensión, las Sailor Senshi decidieron ir cada una por su lado. Haruka y Michiru se fueron juntas, diciendo que tenían mucho en que ponerse al corriente. Serena, perceptiva cuando se trataba de romance, supo de inmediato a qué se referían ambas, y les dirigió una mirada pícara. Amy también tenía muchas cosas en las que ponerse al corriente, aunque aquellos asuntos fueran mucho menos interesantes. Mina había hablado de tratar de romper una maldición, y tenía planeado salir con varios chicos, ganándose la mirada de desdén de Rei. Lita decidió imitar a Mina, pero no era ni remotamente tan ambiciosa como su amiga. Setsuna regresó al lugar que siempre había vigilado, despidiéndose del resto de sus compañeras, Serena ardía en ganas de tener una cita con Darien el día de mañana y Rini iba a irse a la casa que arrendaban los padres de Serena, cuando vio por el rabillo del ojo que Hotaru la miraba de forma significativa.

Hotaru no sabía cuál iba a ser el desenlace de lo que se había propuesto hacer, no tenía ni la más leve idea de si era correcto lo que estaba haciendo o no. Lo único que sabía era que si no se atrevía a vaciar su corazón con el veneno que la estaba matando por dentro, aquel veneno iba a terminar matándola de verdad, y aquel no era un buen desenlace, lo mirara por donde lo mirara.

Tratando de que sus extremidades no temblaran, Hotaru se aproximó a Rini, pensando en mil tonterías, y varias de ellas tenían que ver con su amiga convirtiéndose en un monstruo horripilante y con cientos de garras y cuernos. En otras, aparecía Rini diciendo cosas como "¿en qué demonios estabas pensando? ¡No eres mi tipo!" y sucedáneos. Pero, pese a sus pensamientos, trató de componerse, y enfrentar aquella situación, con la estoicidad de un caballero medieval que estuviera a punto de enfrentar a un dragón.

—¿Me quieres decir algo, Hotaru? —inquirió Rini, y Hotaru agradeció que no le saliera una voz en falsete o un gruñido digno del más horrible orco imaginable.

—Bueno… sí… pero… bueno… es que… no sé lo que pueda significar si te lo digo.

Rini observó a Hotaru por un momento, y supo que, lo que fuese que intentase decir, no era fácil ponerlo en palabras. Y había solamente un puñado de situaciones en las que alguien se comportaba de la forma en que lo hacía su amiga. Los sonrojos en su presencia reducían las posibilidades a dos: o estaba tratando de decirle algo muy vergonzoso, lo que era lo más probable, o que estaba enamorada de ella, lo que era un disparate. Hotaru era muy joven aún para saber lo que era el amor, y demasiado joven para siquiera comprender la palabra "lesbiana".

—No me voy a reír de ti —dijo Rini, considerando que la primera opción era la más probable, sin saber la revelación que iba a caer sobre ella como un yunque—. Somos amigas. Cualquier secreto tuyo es secreto mío.

—Que bueno —suspiró Hotaru, tomándose su tiempo, porque confesar su atracción por otra mujer no era algo para lo que estuviera preparada. Y, seamos honestos, ¿quién lo está?—. Es que no es fácil de admitir, y mucho menos ante alguien como tú.

—¿Qué quieres decir? —preguntó Rini, viendo que lo que quería decir Hotaru no parecía concordar con sus predicciones. Se le apretó un poco el estómago.

—Es que tú eres muy especial para mí —dijo Hotaru con un pequeño temblor en la voz, y Rini se fue dando cuenta que se había equivocado rotundamente al juzgar los sentimientos de Hotaru. No obstante, como su amiga, tenía el deber de escuchar lo que ella quería decirle. De todas formas, lo que debía decirle importaba; el cómo lo decía importaba mucho más.

—Adelante —invitó Rini, sonriendo.

¿Cómo decir las palabras que venían a continuación? ¿Por qué confesar sentimientos era tan complicado? Hotaru nunca había estado en esa situación, porque nunca había estado enamorada en su vida. Si no hubiera sido por Sailor Silver Moon, ni siquiera le habría podido poner nombre a lo que sentía por Rini. Pero, ¿y si se trataba solamente de una confusión? ¿Podría estar confundiendo las cosas? ¿Podría ser que estuviera armando una montaña a partir de nada? ¿Podrían estar sus sentimientos edificados sobre un espejismo? Si todo aquello resultaba ser cierto al final, ¿qué pasaría con ella? ¿Cómo se sentiría? ¿Triste? ¿Decepcionada? ¿Frustrada? ¿O todo eso a la vez? Después, comprendió que eran demasiadas preguntas, para las cuales podría no haber una respuesta correcta. Confesar sus sentimientos no debería ser algo que pudiera resolverse a través de la lógica común. No era como resolver una ecuación, por ejemplo, donde había que hacer una serie de procesos lógicos para hallar el valor de la incógnita. Entendió que estaba usando la parte equivocada del cerebro para hacerle saber a Rini lo que sentía por ella.

Respiró hondo, miró a Rini, y dejó que sus sentimientos la llenaran, en lugar de estar tratando de entender de dónde provenían, qué hacer si las cosas no salían como ella quería, o pensar en cada desenlace posible. Los sentimientos eran todo lo que importaba.

—Lo que quiero que entiendas, es que lo que hay en mi interior me está matando por dentro, y no sé por qué —dijo Hotaru, sin contener las emociones que pugnaban por salir al exterior, tal como canarios que hubiera pasado demasiado tiempo dentro de una jaula—. En el tiempo que nos hemos conocido, me has defendido de varias formas, has intercedido en mi favor, y me has dado la oportunidad de conocerte, pero no pensé que todo eso tuviera semejante impacto en mí. Aunque soy capaz de verte como una amiga, no puedo evitar verte como algo más que eso. Había ocasiones en las que no podía explicar esos ardores en mis mejillas, no podía entender por qué mi corazón se vuelve frenético cada vez que estoy contigo o me dices algo que me agrada. Es algo que nunca había experimentado antes, y es una sensación agridulce, porque siento que algo aletea dentro de mí, y al mismo tiempo, siento la amargura de no saber si lo que siento es correspondido o no. Pero no quiero que me tengas lástima, Rini. Pese a todo lo que me pasa, pese a todo el dolor que me pudiera acarrear lo que estoy haciendo, no quiero que actúes por pena. Solamente… haz lo que tu corazón quiera. Pero quiero que sepas que, lo que sea que me digas ahora, lo voy a aceptar. No puedo permitir que te sientas obligada a gustar de mí. Si no sientes más que amistad por mí, dímelo, y yo voy a llorar más lágrimas de las que mis ojos puedan soportar, pero lo voy a superar, y esto no pasará de ser más que una anécdota. Pero si, por el contrario, sientes algo por mí, no digas nada y bésame.

Hotaru, cuando acabó de hablar, se sintió como si hubiera contenido la respiración por varios minutos. Se había sacado un gran peso de encima, lo que, por lo menos, era un alivio. Pero el silencio por parte de Rini estaba haciendo que sus entrañas se retorcieran como culebras nerviosas. Tal vez estaba procesando lo que le acababa de decir, tal vez era demasiada la sorpresa y la conmoción de saber que su mejor amiga acababa de declararle su amor a ella. Sin embargo, el tablero ya estaba dispuesto, y Hotaru había hecho el primer movimiento. ¿Haría Rini el suyo? ¿Siquiera jugaría ese juego?

Hotaru lo sabría pronto.

Tokio, en ese mismo momento

—Te estaba buscando —dijo Helios a Darien, quien acababa de llegar. Helios se había comunicado con él por telepatía hace una media hora atrás.

—¿Qué quieres?

—Es sobre el Cristal Dorado. No he hecho un buen trabajo custodiándolo. Por eso, quiero que tú desempeñes ese rol. Es tiempo de que vuelva adonde corresponde.

Helios hizo aparecer el Cristal Dorado entre sus manos, y se lo tendió a Darien, quien lo tomó entre las suyas, mirándolo con curiosidad. Era como si estuviera contemplando la esencia misma de lo que él era, y la experiencia le causaba curiosidad.

—Esto es, según tú, lo que me permite transformarme en Tuxedo Mask.

—No exactamente —dijo Helios, mostrando una sonrisa triste—. El Cristal Dorado despertará tu verdadero poder. Podías transformarte en Tuxedo Mask por el poder del destino que te une con Sailor Moon, el poder que proviene del pasado, en los tiempos del Milenio de Plata, cuando ustedes se juraron amor eterno a escondidas de la reina Serenity. Pero, con la ayuda del Cristal Dorado, ya no tendrás que depender de tu destino. Podrás ser una verdadera ayuda para las Sailor Senshi, porque estoy seguro que te van a necesitar. Y, para eso, es prudente hacerlo usando todas tus capacidades como príncipe de la Tierra.

—Pero, según lo que supe, este cristal es lo que sustenta a tu reino.

—Lo era, hasta que me di cuenta que esa es una labor que yo debo desempeñar —dijo Helios, bajando un poco la cabeza—. Cometí un error al permitir que un objeto hiciera el trabajo que debía hacer yo. Le di la oportunidad a Neherenia de poner en peligro el Cristal Dorado, un objeto que te pertenece por derecho. Estoy seguro que tú le darás un mejor uso que yo.

Helios alzó la cabeza, en un esfuerzo por parecer fuerte ante la situación, porque deshacerse del Cristal Dorado no era lo único que le afligía. Había ocurrido algo que ensombreció aún más su expresión, pero juzgó imprudente decírselo a Darien. En lugar de decir la verdad, dijo:

—Envíale mis saludos a Rini, ¿de acuerdo?

Darien, quien aún no salía de su asombro al escuchar a Helios, asintió con la cabeza, aún sosteniendo el Cristal Dorado entre sus manos. Para cuando se lo llevó a su pecho, y desaparecer en él, Helios se había transformado en el Pegaso, y voló hacia el sol, desapareciendo en éste. Darien se quedó de pie por un momento, reflexionando acerca de lo que había hecho que Helios luciera tan apenado, porque le daba la impresión que había algo más que desprenderse del Cristal Dorado, pero luego, decidió que el asunto ya carecía de importancia, y volvió a su departamento, no sin antes hacer una llamada telefónica. Después de todo lo que había pasado, era el momento de consentir a su novia por haber derrotado a Neherenia.